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CRITERIOS FUNDAMENTALES |
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El principio esencial en una visión justa del hombre y de la sociedad. De ella se derivan una serie de elementos irrenunciables en la construcción del Estado, de la economía o de la sociedad, que deberán ser elementos proclamados, defendidos y propugnados en la actividad de los cristianos en la vida pública: 1.) El orden social tiene como centro al hombre, que su inalienable dignidad de criatura creada a imagen de Dios, creada con capacidad para la relación personal con Dios y llamada a ser hijo en el Hijo. Todo hombre, desde el primer instante de su existencia, tiene una única razón de ser: Dios, que le ha dado la vida personalmente; y una única razón de existir, un único fin último: la comunión de amor, personal e íntima, con las Personas divinas. Aquí radica la igualdad de todos los hombres y su dignidad común: a todos y cada uno de los hombres y mujeres, los ha creado el mismo y único Dios, del mismo modo y con el mismo fin. Y todos han sido redimidos por Cristo, y disfrutan de la misma vocación e idéntico destino (GS 29). Sólo desde su fin sobrenatural se puede conocer plenamente la dignidad de todo hombre. Y sólo en el encuentro con Cristo se puede reconocer (GS 22). La primera cuestión para tener criterio es qué concepción del hombre hay detrás de las diversas organizaciones sociales o proyectos políticos, económicos o sociales. Del valor del hombre nace el valor de la sociedad, y no al contrario. El valor de todo hombre no nace de su pertenencia a una sociedad y del hecho de que ésta reconozca legalmente sus derechos fundamentales, sino que los tiene por sí mismo, por el mero hecho de existir, y la sociedad se los debe reconocer, tutelar y promover. Ahora bien, individuo y sociedad no están en contraposición. Por el contrario, el hombre es estructuralmente un ser relacional. Aunque su relación primera y fundamental sea la que mantiene con Dios, también es imprescindible y vital la relación del hombre con sus semejantes. Esta interdependencia objetiva se eleva a la dignidad de una vocación y una misión, convirtiéndose en llamada a la solidaridad y al amor, a imagen de la vida trinitaria. El hombre sólo puede realizarse existiendo con los otros y para los otros; sólo puede realizarse dándose. 2.) De esta visión del hombre se desprende una visión justa de la sociedad. Centrada en la capacidad de relacionarse de la persona humana, no puede ser concebida como una masa informe, que acaba siendo absorbida por el Estado, sino que debe ser reconocida como un organismo articulado, que se realiza en diversos grupos intermedios, comenzando por la familia y siguiendo por los grupos económicos, sociales, políticos y culturales, los cuales, como provienen de la misma naturaleza humana, tienen su propia autonomía, siempre dentro del bien común. Por lo tanto, son claves en una visión justa de la sociedad la participación y el bien común. Y no se olvide que por bien común se entiende: "el conjunto de las condiciones sociales que permiten tanto a los grupos, como a cada uno de sus miembros, alcanzar su perfección de una manera más total y acomodada" (GS 1). El ejercicio de la autoridad, la función gubernamental, no tiene sentido más que en vista a ese bien común (PT 54). 3.) De estos dos principios se derivan una serie de valores fundamentales, que constituyen un bien indiscutible no sólo de la moral cristiana, sino simplemente de la moral humana, de la cultura moral, y que han de estar inexcusablemente presentes en la participación del cristiano en la construcción del Estado, de la economía o de la sociedad:
Es necesario evangelizar --no decorativamente, a manera de un barniz superficial, sino de modo vital, en profundidad y hasta sus raíces-- la cultura y las culturas del hombre. La ruptura entre evangelio y cultura es, sin duda, el drama de nuestra época, como también lo fue de otras. Actualmente el camino privilegiado para la creación y para la transmisión de la cultura son los medios de comunicación social. En todos los caminos del mundo, también en aquellos principales de la prensa, del cine, de la radio, de la televisión y del teatro, debe ser anunciado el evangelio que salva.
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