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Secretariado Diocesano de Migraciones

Contacto:

Centro Beata Teresa de Calcuta
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Director del Secretariado:
D. Vicente Domínguez
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Extracto de la Carta Pastoral «La Caridad no desaparecerá jamás», nº 22
D. Antonio Cañizares Llovera, Arzobispo de Toledo
1 de octubre de 2007

carta completa »

          "22. Un capítulo al que debemos prestar singular atención, sensibilizándonos de verdad y poniéndonos manos a la obra es la pastoral con los inmigrantes. Nada verdaderamente humano puede dejarnos indiferentes a los que seguimos a Jesucristo; nada humano debe pasar desapercibido ante la caridad cristiana. Uno de los asuntos en los que se juega el destino del hombre sobre la tierra, ya en el momento presente y sobre todo en los próximos años, es el de las migraciones. Las migraciones están adquiriendo en nuestro tiempo una magnitud que desconocíamos. Sus proporciones son gigantescas. Los países desarrollados, entre los que se incluye el nuestro, están recibiendo miles y miles de pobres gentes que, asesinadas por el hambre, tienen que dejar su tierra. Proceden, precisamente, de los lugares -que son las partes más extensas de la tierra donde reinan el hambre y la muerte prematura. Buscan salir de su miseria,liberarse de las amenazas que pesan sobre ellos, hallar un presente y un futuro mejor para sí y para los suyos.

         Por eso emigran. Tienen derecho a hacerlo. También los países receptores tienen el deber de ordenar justamente la inmigración, para evitar que el conflicto entre los ciudadanos del país receptor y los que llegan de fuera desemboque en odio y violencia. El problema es muy grave, uno de los más graves y complejos sin duda ninguna de nuestro tiempo. Requiere unos cambios muy sustanciales en el ordenamiento mundial. O se distribuyen más equitativamente los recursos económicos o se abren las fronteras a quienes tratan de escapar del hambre.

         Los cristianos, las comunidades cristianas, las diócesis, no podemos permanecer ajenos y como espectadores más o menos inquietos ante ese asunto capital. Es necesario interesarnos por él y trabajar. No podemos desentendernos del hecho lacerante de que haya gente todavía que muere de hambre, que esté condenada al analfabetismo, que carece de la asistencia médica más elemental o que no tiene techo donde cobijarse. Esa es la raíz de las migraciones.

         Como nos señaló el Papa Juan Pablo II en su Carta «al comenzar el Nuevo Milenio», «el cristiano que se asoma a este panorama, debe aprender a hacer su acto de fe en Cristo interpretando el llamamiento que El dirige desde este mundo de pobreza ‘de la inmigración: ‘fui forastero y me acogiste’. Se trata de continuar una tradición de caridad que ya ha tenido muchísimas manifestaciones en los dos milenios pasados pero que hoy requiere mayor creatividad ‘La caridad es más exigente y va más allá, incluyéndola, que la justicia; es también ‘caridad política’. Es la hora de una nueva ‘imaginación de la caridad’, que promueva no tanto y no sólo la eficacia de las ayudas prestadas, sino la capacidad de hacerse cercanos y solidarios con quien sufre ‘el inmigrante’, para que el gesto de ayuda sea sentido... como un compartir fraterno».

         Es lo que la Palabra de Dios nos exige: «Si un emigrante se instala en vuestra tierra no le molestaréis; será para vosotros como un nativo más y lo amarás como a ti mismo, pues también vosotros fuisteis emigrantes en Egipto» (Lev 19,33). «No explotarás al jornalero pobre e indigente, tanto si es uno de los tuyos, como si se trata de un emigrante que reside en tu tierra y en tu ciudad... No violarás el derecho del emigrante ni el del huérfano, ni tomarás en prenda los vestidos de la viuda. Recuerda que fuiste esclavo en Egipto y que el Señor tu Dios te rescató allí; por eso te mando que procedas así» (Dt 24,14.17).

         «Fui forastero y me acogiste», dice el mismo Jesús. Esta frase, como el resto de la parábola del Juicio Final, «no es una simple invitación a la caridad: es una página de cristología, que ilumina el misterio de Cristo. Sobre esta página, la Iglesia comprueba su fidelidad como Esposa de Cristo, no menos que sobre el ámbito de la ortodoxia».

         Y no olvidemos que un deber primordialísimo de la caridad es ofrecer a estos hermanos nuestros, en libertad plena y en el respeto más total, el que les ofrezcamos la gran riqueza, la única y principal que tenemos, el Evangelio de Jesucristo, a Jesucristo mismo en persona, para que se encuentren con El, lo acojan, crean, sientan el gozo de su cercanía y de su salvación, y renazcan a la esperanza que en El solamente se halla. Es un deber de los cristianos, que no podemos olvidar. Es un servicio a los hermanos que llegan de lugares donde no conocen a Jesucristo. Deber y servicio que todavía se intensifica cuando los que vienen de otras tierras profesan la fe en el Señor y requieren que las comunidades cristianas los acojamos como hermanos en la fe, la compartamos con ellos y nos animemos mutuamente en esa misma fe. Que puedan ver en nosotros cumplidas aquellas palabras de Pedro «No tengo oro ni plata; lo que tengo te doy; en nombre de Jesucristo Nazareno, levántate y ponte a andar».

         Insisto en este punto. La primera tarea de la Iglesia recibida como misión propia es el anuncio del Evangelio. Deber fundamental de la Iglesia, y en ella de todo bautizado, es dar a conocer a todos de manera explícita a Jesucristo, el Hijo de Dios que se ha hecho hombre, ha muerto y ha resucitado por nosotros, que vive hoy y es Señor del universo, Salvador único de la humanidad entera. Tal misión puede ser ayudada pero nuca sustituida por la sola tarea asistencial. Esta misión entraña nuestra actitud para el diálogo sincero, abierto, respetuoso con todos, pero tampoco puede quedarse únicamente en el diálogo. Puede ser favorecida por nuestro conocimiento objetivo de las posiciones de los otros, pero se llevará a cabo de verdad cuando consigamos conducir al conocimiento de Cristo al que nuestros hermanos desconocen. No podemos olvidar que la acción evangelizadora es por su naturaleza universal y no permite la exclusión de nadie: Predicad el Evangelio a toda criatura. Esto pertenece a las exigencias primordiales y más hondas de la caridad de Cristo que nos apremia y urge."

 

  CONSEJO DIOCESANO DE LAICOS  —  Archidiócesis de Toledo  —  consejodelaicos@architoledo.org