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Hermanos todos:
Hemos llegado al final del Sínodo, cuyos trabajos
preparatorios comenzaron en 1986, con tan limpio deseo de
realizar un servicio a nuestra Diócesis de Toledo, dentro
del marco de lo que la iglesia pide hoy a sus hijos.
Somos herederos y beneficiarios del Concilio Vaticano II, y
de todo lo que a lo largo de esta etapa particular se nos ha
ido ofreciendo entre alegrías y sufrimientos. Las luces han
sido más abundantes que las tinieblas y, durante todo este
tiempo, desde que terminó el Concilio, el Magisterio de la
Iglesia no ha cesado de ofrecer enseñanzas que, examinadas
en su conjunto, ayudan a todos a caminar con toda seguridad
hacia el futuro. Porque necesitamos seguridad y no
incertidumbre.
1. En nuestra Diócesis de Toledo, al igual que en otras, era
muy necesario realizar un esfuerzo de reflexión, tendente a
lograr una renovación en los modos de pensar y actuar
personales, en las instituciones y estructuras, con el deseo
de hacernos más capaces de poder servir mejor en las tareas
de evangelización y el apostolado.
Pero tenía que ser un esfuerzo que hiciéramos conjuntamente,
unidos todos en la meditación y en la caridad, y buscando el
auxilio de la gracia de Dios en nuestra oración personal y
comunitaria, para que el resultado de nuestras
deliberaciones fuese provechoso, orientador y comúnmente
participado, aunque no fuese perfecto. Esto es lo que quería
hacerse y se ha hecho en el Sínodo, lugar de encuentro y
camino de hermanos que avanzan, como una familia unida,
hacia un horizonte, que nos espera en la meta lejana de
nuestras aspiraciones, a la que sólo se llega cumpliendo
bien lo que nos pide nuestra conciencia responsable, tal
como aparece en la cercanía inmediata del servicio que
prestamos a la Iglesia y al mundo, según nos lo pide el
Señor de los talentos.
2. Cuando alguien pregunte en el futuro qué hacía la Iglesia
de Toledo aquellos --es decir-- estos años del Sínodo, no
dejará de oírse una voz que responda diciendo lo mismo que
Pablo VI imaginaba que respondería alguien a quien
preguntase en el futuro qué hacía la Iglesia en los años del
Concilio. La respuesta sería y es: amaba: "Amaba con
corazón pastoral", y todos lo saben, si bien es muy
difícil penetrar la profundidad y la riqueza de este amar...
Amaba la Iglesia de nuestro Concilio --aquí de
nuestro Sínodo-- con corazón misionero. El amor que
anima nuestra Comunión, no se aparta de los hombres, no nos
hace exclusivistas ni egoístas. Precisamente todo lo
contrario, porque el amor que viene de Dios nos forma en el
sentido de la universalidad: nuestra verdad nos empuja a la
caridad. Recordad el aviso del Apóstol: «Veritatem
facientes in charitate». «Obramos la verdad en la
caridad» (Eph 4, 15). Aquí, en esta magna asamblea,
la manifestación de dicha ley de la caridad tiene un nombre
sagrado y grave: se denomina «responsabilidad»
(Discurso de Pablo VI - 10 de septiembre de 1965, con motivo
de la cuarta y última sesión del Concilio).
3. Yo también apelo a ese amor; a esa responsabilidad.
A partir de ahora, nuestro Sínodo es pan para la mesa diaria
en que la familia diocesana come y se alimenta: no quita
nada de la gran legislación de la Santa Iglesia, sino que la
supone y la presenta, haciéndola familiar en ese conjunto de
artículos de las Constituciones finales para que los
documentos eclesiales en que se inspiran, junto con las
aplicaciones que se dictan para el bien de la concreta
realidad diocesana de Toledo, nos ayuden a todos a cumplir
mejor con nuestra misión.
Los cuatro libros en que aparecen divididas las directrices
de nuestro Sínodo se resumen en estas cuatro llamadas que
hace el Espíritu a nuestra Comunidad Diocesana:
Primero: Haced más hermoso el rostro externo y visible de
la Iglesia, para que sea más fácil y hacedero llegar a
comprender el misterio de su corazón.
Segundo: Proclamad la Palabra de Dios, id por el
mundo y predicad, pregonad el Evangelio de Cristo,
haciéndolo vida vuestra, y ayudad a que los demás también lo
hagan de la suya, una catequesis permanente, un servicio al
Verbo Encarnado, a la Palabra que se nos dio para nuestra
salvación.
Tercero: Meditad, orad, celebrad los misterios de la fe,
buscad la túnica de Cristo y tocadla con vuestras manos,
uníos con Él para tomar parte en el gran sacrificio de
alabanza y reconciliación, cantad el Creo todos juntos,
recordad a los Santos vuestros hermanos, buscad el perdón y
acercaos a la fuente preciosa de la Eucaristía; no os
olvidéis nunca de la Virgen del Sínodo y de todos los
Sínodos, de la vida particular y colectiva de los hijos de
la Iglesia.
Cuarto: Vivid la caridad, servir a vuestros señores
los pobres, curad sus llagas, organizad vuestros esfuerzos,
pero, sobre todo, alimentad en el Corazón de Cristo Jesús el
fuego que ha de hacer arder el vuestro, para que nunca se
canse de promover el amor y la justicia.
De esto nos hablan los cuatro libros. Meditadlos mil veces,
perfeccionadlos, añadid a lo que es de todos lo que cada uno
de vosotros puede aportar como suyo, no para romper la
armonía coral de vuestras voces unidas, sino para hacer más
potente el sonido y más fina la modulación.
4. En estos momentos, nuestra Iglesia Diocesana, como lo ha
hecho siempre en el transcurso del Sínodo, se coloca en
actitud de súplica al Señor para pedirle que con su gracia
ayude a todos, Sacerdotes, Comunidades, Religiosas, familias
cristianas y seglares todos, a una profunda conversión del
corazón, para ponernos al servicio del Reino de Dios en la
tierra, suplicando su intercesión poderosa a Nuestra Señora,
Santa María del Sínodo, como así la hemos llamado al
contemplarla en medio de nuestros trabajos, en la bella
imagen que lleva este título, tan graciosamente expresivo de
la maternidad eclesial que la acompaña... |