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Queridos Hermanos en el Episcopado, Miembros del Sínodo,
Cabildo de la Catedral, Sacerdotes de la Diócesis, Alumnos
de los Seminarios y hermanos todos en Jesucristo.
Fijaos qué aplicación tan directa e inmediata tiene la
Epístola que hemos leído, al acto que estamos celebrando. Es
un fragmento de la Carta a los Efesios, y en él dice San
Pablo, refiriéndose a los que hasta entonces habían sido
paganos: Ya no sois extranjeros, ya no sois forasteros, sois
ciudadanos del Pueblo de Dios, más aún, miembros de la
familia de Dios.
Nosotros no venimos del paganismo; nosotros somos cristianos
desde que hemos sido bautizados, y además, por las mil
influencias propias del ambiente cristiano en el que hemos
sido educados: de manera que estamos en casa desde hace
mucho tiempo. Pero por lo que se refiere al Sínodo, nunca
hasta hoy habíais participado tanto en construir pueblo y
familia; y, por consiguiente, nunca hasta hoy podía decirse
con todo derecho que ya no sois forasteros, ni extranjeros,
que sois muy de casa. Esto es el cristiano y, de manera
particular el cristiano militante, el que ama a la Iglesia y
se compromete por ella.
Segunda afirmación que hace San Pablo: «Estáis edificados
sobre el cimiento de los apóstoles y los profetas», o sea,
que sois Iglesia apostólica. Esta familia viene de muy
lejos; nuestra genealogía llega hasta ese momento en que los
Apóstoles fueron enviados por Jesucristo a predicar, como
dice San Marcos, en el Evangelio que se ha leído; ese es el
cimiento nuestro; y todavía podemos ir más lejos, porque
hubo quienes prepararon esos cimientos, y fueron profetas,
los que hablaron en nombre de Dios durante el Antiguo
Testamento, y fueron como preparando el terreno para que un
día llegase la gran novedad, la Buena Nueva: el Nacimiento
de Cristo y la predicación de su Evangelio.
Ese es nuestro cimiento y por eso también vosotros, miembros
sinodales, que habéis propuesto una legislación para la
Iglesia particular en que vivís, lo hacéis conscientes de
que no es un abuso por vuestra parte, sino que estáis
llamados a participar en estas actuaciones, porque tenéis
como cimiento a los mismos Apóstoles.
Y sigue San Pablo diciendo: «Y la piedra angular es
Jesucristo, en el cual queda ensamblado todo el edificio», o
sea, más que los Apóstoles, más que los Profetas, más que el
Antiguo Testamento, más que el Nuevo; porque el Nuevo sólo
tiene razón de ser por el que lo hace Nuevo, que es Cristo
la piedra angular; y vosotros, miembros sinodales, estáis
edificando sobre esa piedra angular, porque amáis a Cristo.
Los trabajos del Sínodo han sido una prueba de amor, de amor
muy grande a la Iglesia y a la obra de Jesús. Esta tarde que
hemos venido aquí, traemos con nosotros todos los esfuerzos
que fuisteis realizando durante la etapa presinodal, que
empezó en 1986, y luego después de la etapa propiamente
sinodal. Todos esos esfuerzos se incorporan al esfuerzo
redentor de Cristo, que ama a su Iglesia y sigue
vivificándola con su Espíritu. Y vosotros no habéis hecho
más que esto. Yo en nombre de Dios, en nombre de la Iglesia
Diocesana, he recogido esos trabajos vuestros, los he
examinado, he visto que merecen la aprobación, y ahora vengo
aquí con toda solemnidad, no por las personas que estamos,
sino por el acto que celebramos, aquí en presencia de
nuestra diócesis. Esto es también algo que pertenece a la
piedra angular y, no lo digo yo, lo dice San Pablo, porque
termina este fragmento de la Carta a los Efesios, diciendo
el apóstol: «Y vosotros mismos también os vais integrando en
la construcción». ¿Os dais cuenta, hermanos? Os integráis en
la construcción del Reino, de tal manera que, «por el
Espíritu, venís a ser morada de Dios». Esta es la Carta de
San Pablo a los Efesios. Y por eso digo yo que tiene una
aplicación inmediata a nosotros, los que estamos aquí esta
tarde, para que seamos conscientes de que lo que hacemos es
para integrarnos más en esa piedra angular del edificio;
pero con la alegría de ser no solamente los peones que
arrastran las piedras, sino los albañiles que las colocan y
las ponen junto a Cristo, que es la piedra fundamental. Y
así, edificamos la construcción, o sea, edificamos la
Iglesia Diocesana. Esta es la dignidad de nuestra labor
durante este tiempo.
Ahora se va a proceder a la aprobación solemne de los
Documentos Sinodales y se leerá el Decreto con el cual
quedan promulgadas las Constituciones Sinodales. Yo dejo de
hablar, pero no sin antes dar las gracias a cuantos estáis
aquí: al Sr. Obispo de Ciudad Real, querido hermano nuestro,
hijo de Toledo. Los demás Obispos de la Provincia
Eclesiástica tenían hoy compromisos ineludibles; él ha hecho
un esfuerzo para estar aquí hoy con nosotros, y se lo
agradecemos muy de veras.
Doy las gracias al Excmo. Cabildo de la Catedral, por cuanto
ha hecho para que este acto se celebre con toda dignidad,
sin escatimar los medios necesarios para ello. Agradezco
mucho a la Delegación Arzobispal del Sínodo, a los
sacerdotes y seglares, que desde el principio han estado
gastando tantas horas de trabajo, de día y de noche, para
poder lograr que todo fuera lo más perfecto posible. A los
seglares, algunos de ellos también miembros sinodales con
todo derecho. Y a todos los demás, sin excluir a aquellos
más de diez mil o doce mil, que formaron parte de los grupos
presinodales en todas las Parroquias de la diócesis. Yo me
acuerdo de aquel año en que recorrí todos los lugares,
concentrando a los fieles en alguna Parroquia un poco más
significativa y más a propósito para eso, anunciando la
convocatoria del Sínodo, explicando lo que iba a ser y
recibiendo de todos una adhesión fervorosa que se ha
mantenido hasta el final.
También a vosotros, los que habéis venido desde muy lejos,
esta tarde, y volveréis muy de noche ya a vuestros hogares;
que podáis regresar en paz y con alegría. Sabed que nos
dejáis aquí como el perfume de vuestra presencia eclesial:
Ya no es sólo Toledo, no es sólo la Ciudad y la Catedral;
aquí están las demás ciudades, villas, pueblos y aldeas;
aquí están los demás templos; templo consagrado al Señor es
el edificio que se levanta como consecuencia del Sínodo, tal
como lo ha recordado San Pablo. Es como un templo el que
hemos estado levantando durante este tiempo; ahora vamos a
hermosear entre todos los que tiene de edificación en su ser
externo y en su estructura interior, para que de verdad se
produzca la renovación necesaria en la diócesis.
Esta es la hora en que ya se puede decir: «Por sus frutos
los conoceréis». Ya no es el momento de las críticas, ni de
las preferencias subjetivas, ni de los comentarios
estériles; es la hora de aportar todos, dando cada uno lo
que pueda para que en todas las Parroquias se estudie lo que
propone el Sínodo: son cuatro libros, los cuatro libros
deben ser leídos, estudiados, analizados, asimilados,
retenidos, comentados y hechos fruto. Se explicarán en el
Seminario, en las clases a que correspondan los estudios a
que se refiere cada uno de esos libros, se explicarán
detenidamente para que los alumnos salgan ya a su vida
sacerdotal con la mentalidad que requiere el Sínodo.
Vosotros, cada uno, lo haréis en vuestras Parroquias, y os
referiréis a ello incluso en vuestras clases de religión;
toda la diócesis se sentirá conmovida como consecuencia de
esta acción, que durante tanto tiempo ha sido movida por el
Espíritu Santo en la comunidad diocesana. Llamo, por último,
de manera particular, a los jóvenes, a esas juventudes que
están aumentando cada día en nuestra diócesis, que están
organizándose ya fuertemente hasta el punto de contar ya
varios millares, los que están así organizados y formados
para seguir caminando en unión con Cristo.
Decía un escritor francés del siglo pasado, que los jóvenes
buscaban siempre lo desconocido para alimentarse con la
novedad, de lo contrario, piensan que lo que tienen en la
mano no sirve para nada. Muy pronto le corrigió otro poeta,
Paul Claudel, diciéndole: «No hay que buscar lo desconocido
para encontrar lo nuevo, hay que analizar cada vez más
profundamente lo que se tiene para encontrar lo inagotable».
Y ese es el Evangelio, lo inagotable. Y ese es Jesucristo,
inagotable. Y esa es la Iglesia, inagotable en su riqueza. Y
ese es el Espíritu Santo, que nos conduce a todos.
¡Ven, ven, Espíritu Santo!, guíanos, santifícanos,
enciéndenos con el fuego de tu Amor. Así sea. |