LA PARTICIPACIÓN DE LOS FIELES CRISTIANOS
EN LA COMUNIÓN Y MISIÓN DE LA IGLESIA

Discurso de Juan Pablo II con miras al Sínodo de los Obispos de 1987
Roma, 23 de mayo de 1987

 

Queridos hermanos en el Episcopado, queridos amigos:

Testimonio, compromiso y acción a partir de una formación adecuada

1. A través de las palabras del señor cardenal Eduardo Pironio, Presidente del Pontificio Consejo para los Laicos, habéis querido expresar vuestra gratitud por esta audiencia. Yo mismo deseaba encontrarme con todos vosotros, que habéis aceptado participar en esta consulta mundial, organizada por el Pontificio Consejo para los Laicos, con miras a la próxima Asamblea del Sínodo de los Obispos, que tendrá por tema: "Vocación y misión de los laicos en la Iglesia y en el mundo, veinte años después del Concilio Vaticano II". Por mi parte os agradezco el que hayáis venido aquí desde numerosos países, de todos los continentes, con el fin de aportar una contribución de calidad a la preparación de un acontecimiento tan importante.

     Sé que sois los testigos y mensajeros de experiencias muy variadas en cuanto a la participación de los laicos cristianos en la comunión de la Iglesia y en su misión. Entre vosotros hay representantes de asociaciones que aseguran una presencia católica en la vida internacional y que manifiestan la sorprendente floración de carismas y la vitalidad misionera de los movimientos eclesiales. Veo también miembros de los consejos nacionales de los laicos, de los consejos pastorales o de otras estructuras de colegialidad y de la corresponsabilidad en la vida pastoral de la Iglesia. Muchos de vosotros han asumido ciertas tareas y prestan sus servicios muy apreciables a nivel de la animación de la comunidad, de la liturgia, de la formación catequética, de la ayuda caritativa; y en algunos casos la Iglesia os ha confiado para ello una misión estable, más aún, un ministerio instituido, no-ordenado. O también, como cristianos dais un testimonio de fe y de caridad activa en el estado conyugal y familiar, en vuestros ambientes de vida, en el mundo del trabajo, en la acción política, en la creación artística y cultural, en la investigación científica, en el campo socio-económico y en el importante sector de las relaciones internacionales; y así, os reunís a menudo en los movimientos que os permiten reflexionar juntos y llevar a cabo una acción concertada para perfilar las mentalidades y, mediante las personas, ordenar las estructuras. Esta es la vocación y la misión que el Concilio ha reconocido a los laicos cristianos y que vosotros tratáis de desarrollar plenamente y realizar concretamente.

     A este respecto, desearía evocar dos aspectos que el Sínodo no dejará de desarrollar. Vuestra participación en la vida de la Iglesia, en su testimonio y en su acción, es una verdadera responsabilidad, que pide un compromiso continuo con el que la Iglesia cuenta. Os felicito por haber comprendido esto y os animo a continuar asumiendo tales responsabilidades, en un momento en que demasiada gente en torno vuestro toma una actitud pasiva o va a la búsqueda de experiencias comunes de gozo y bienestar, que aunque legítimas beneficiosas, fácilmente pierden de vista el compromiso necesario.

     Por lo demás, todos, jóvenes y adultos, hombres y mujeres, están llamados a asumir una responsabilidad y a prepararse mediante una formación adecuada.

2. Me he dado perfectamente cuenta de vuestras experiencias de vida cristiana escuchándoos y dialogando con vosotros. Lo mismo digo que los cardenales y los obispos miembros del Consejo de la Secretaría del Sínodo quienes, con el Secretario General, monseñor Jan Schotte, y sus colaboradores, os han acompañado a lo largo de la primera jornada de vuestros trabajos en Roca di Papa. Con ellos habéis podido compartir vuestras experiencias, vuestras preocupaciones, vuestras iniciativas y vuestras esperanza en la perspectiva del próximo Sínodo. Su presencia en esta audiencia es muy significativa, y yo les agradezco el que hayan venido. Los miembros del Pontificio Consejo para los Laicos, reunidos para su asamblea plenaria, se han unido igualmente a vosotros.

La dinámica de la escuela y del diálogo

     Esta dinámica de escucha y de diálogo, de compartir y discernir, de oración, de intercambios y de propuestas —que se llama con todo derecho "consulta"—, es un poco como un espejo donde se refleja y se concentra el amplio movimiento de participación y de consultas que, a través de innumerables y diversificadas ramificaciones, ha permitido a millones de católicos en el mundo aportar su contribución, según ritmos variables, a los trabajos preparatorios del Sínodo. Todos vosotros reunidos aquí en estos días, no representáis más que la parte visible del iceberg, cuya masa imponente —escondida para quien sólo da una mirada superficial— está formada por una multitud de corrientes y engloba las numerosas intervenciones de comunidades parroquiales y diocesanas, de consejos pastorales, de comunidades religiosas, de movimientos, de asociaciones, sin contar con el testimonio de todas las personas que actúan a título personal, y la aportación de los grupos más diversos a todos los niveles, local, nacional, continental e internacional.

La eclesiología de comunión

3. Queridos amigos: En diciembre de 1985, al final de la Asamblea Extraordinaria del Sínodo, que conmemoraba el XX aniversario del Concilio Vaticano II, pude decir, insistiendo una vez más sobre la importancia de la institución sinodal, que las Asambleas futuras darían frutos abundantes en la medida en que estuvieran precedidas de una preparación apropiada, con la participación e información oportuna de todas las comunidades cristianas. "Así, decía a los padres del Sínodo Extraordinario, se desencadenará un movimiento de vida que servirá a la catolicidad y a la unidad de los espíritus y de los corazones" (Discurso de clausura, 7 de diciembre de 1985, n.8). La eclesiología de comunión, que ocupa un lugar fundamental en la teología expresada por los padres conciliares, se realiza a través de este movimiento: todos los miembros de la Iglesia —sacerdotes, religiosos, laicos—, reunidos en torno a sus Pastores, están llamados de este modo a participar en la riqueza multiforme de los ministerios y carismas en la unidad de la misión.

     Yo he citado a los sacerdotes y a los laicos. Demasiado a menudo, sus respectivas funciones se presentan como si fueran opuestas entre sí, sin que se perciba bien su complementaridad real; a veces se presentan también en términos de suplencia. Conviene —y yo espero que el Sínodo lo precisará— considerar bien la coherencia de la estructura sacramental de la Iglesia, el Cuerpo de Cristo, donde el sacerdocio ministerial significa y realiza la presencia y la acción de Cristo Cabeza.

Las energías vivas del laicado, asociaciones y movimientos

4. La participación en la comunión es lo más urgente e importante, ya que el tema del próximo Sínodo atañe a la mayor parte del Pueblo de Dios. Por esta razón, es conveniente recordar que ya en la introducción a los Lineamenta —el documento que puso en movimiento los preparativos para el Sínodo—, se dio énfasis en el hecho de que "la naturaleza misma del tema elegido, sobre todo por los aspectos de experiencia de vida, hace utilísima una amplia consulta a los laicos mismos, ya durante la fase preparatoria de la Asamblea sinodal en las Iglesias locales. No sólo porque ellos son los primeros y directos interesados en el tema, sino aún más por el carisma que los laicos reciben del Espíritu Santo en orden a ejercer su apostolado. La consulta a los laicos, si se hace en tiempo oportuno, lo más capilar posible y se facilita inteligentemente", continúan diciendo los Lineamenta, "será una ayuda preciosa a fin de que la Iglesia, y en particular los Pastores que la animan y la guían, puedan conocer mejor la situación real acerca de la conciencia que tienen los laicos hoy, a veinte años de distancia del Concilio Vaticano II, de su inserción y de su participación en la vida y en la misión de la Iglesia en el mundo y en la historia". Yo mismo he animado esta consulta en varias ocasiones —en particular hablando a la asamblea plenaria de vuestro Pontificio Consejo—, especialmente en lo que respecta a las "energías vivas del laicado", y de modo particular a las "asociaciones y movimientos".

     El proceso de preparación del Sínodo ha sido hasta tal punto excelente que ha mostrado un gran sentido de responsabilidad por parte de los fieles, abundante colaboración entre ellos y sus Pastores, así como también una singular riqueza de sugerencias, muchas de las cuales enviadas a la Secretaría del Sínodo han sido pronta y cuidadosamente consideradas para perfilar el Instrumentum laboris. La publicación del Instrumentum laboris, mis catequesis dominicales sobre temas relacionados con el Sínodo, y vuestra presente reunión son signos claros de una disposición a continuar una preparación compartida, idónea para la víspera de la Asamblea.

5. Dentro de este marco inspirador, el Sínodo ha de ser considerado ciertamente como un instrumento inestimable —como signo y como realización a la vez— de la colegialidad episcopal. Tan es su naturaleza, composición y función. La Asamblea es esencialmente un lugar de participación para los obispos designados como padres sinodales. Y aunque ya he expresado mi deseo de invitar a un significativo número de laicos para que estén presentes en el Sínodo, con todo, su número no debe exceder objetivamente determinados límites para no caer en el riesgo de cambiar la naturaleza del Sínodo mismo. Pero esto en ningún caso, ni de ninguna manera, debilita o hace menos eficaz la participación laical en la comunión eclesial. Por el contrario, esto es ya una realidad en la trayectoria sinodal de la Iglesia, en el período siguiente al Concilio, con una intensidad creciente, en toda la variedad de áreas y campos, con la libertad y creatividad propia de una sociedad de participación, con diversidad de aportaciones que reflejan una presencia cristiana en el corazón de todas las culturas y naciones, con un amor intenso por la vida de la Iglesia y al servicio de la humanidad.

Presencia cristiana en todas las culturas y naciones

     Por tanto, gracias una vez más por vuestra presencia y por vuestra aportación —que ciertamente será transmitida a los padres sinodales— como un signo de ese "movimiento vital" que hoy, en este preciso momento de la preparación al próximo Sínodo, impregna todo el cuerpo de la Iglesia, todas las Iglesias locales y las asociaciones y movimientos internacionales. Este es el necesario y prometido preludio de su realización y de los abundantes frutos que, como todos esperamos, el Sínodo proveerá para el crecimiento consciente de todo el Pueblo de Dios en el misterio de comunión que es el Cuerpo de Cristo y en su misión de salvación y completa liberación de todo.

     Que María, la humilde mujer del pueblo de Israel y primera discípula de Cristo, os asista en vuestro trabajo y en el de todos los laicos de cara a la preparación del Sínodo, para que se celebre a la luz y bajo la inspiración del Año Mariano, que está a punto de comenzar en la gran fiesta de Pentecostés.

     Os imparto a todos vosotros mi bendición apostólica.