POR
QUÉ UNA ENSEÑANZA RELIGIOSA ESCOLAR
LA
ENSEÑANZA RELIGIOSA, EXIGENCIA DE LA ESCUELA
Es
función propia de la escuela transmitir, de manera sistemática y crítica,
la cultura. Esta transmisión no se hace sólo en orden a lograr que el alumno
acreciente sus conocimientos o se inicie en los métodos de aprendizaje y de
aplicación del saber a los problemas concretos, sino también en orden a una
educación de la persona en su capacidad de juicio y de decisión responsable.
Los niños y adolescentes acuden a los centros escolares no sólo para
adquirir una información científica y unos hábitos intelectuales según los
distintos campos del saber, sino también para aprender a orientarse en la
vida individual y social.
La
enseñanza religiosa escolar, impartida como materia ordinaria a aquellos
alumnos que –por medio de sus padres o por sí mismos– la deseen, está en
la línea de los objetivos mismos de la escuela. Si ésta es lugar
privilegiado para la formación integral del hombre, si no puede contentarse
con instruir, sino que ha de educar, debe cultivar todas las dimensiones de la
personalidad de los alumnos y, entre ellas, la dimensión religiosa.
Para
un sistema educativo entendido como factor de liberación y humanización,
como contribución esencial a la comprensión del mundo, como apertura
universal y realista a los problemas de la humanidad, la formación religiosa
es una exigencia imprescindible, ya que funda, potencia, desarrolla y completa
la acción educadora de la escuela.
La
formación religiosa aparece como necesaria, en efecto, en orden a una serie
de objetivos, entre los que cabe destacar los siguientes:
a)
Situarse lúcidamente ante la tradición cultural
La
maduración de la personalidad humana surge dentro de una determinada tradición
cultural y en este medio se sustenta y crece, pudiendo sólo configurarse a
partir de una dato cultural heredado. Aunque luego el adulto pueda y, en
muchos aspectos, deba distanciarse de esa cultura heredada para hacerla
evolucionar, no podrá hacerlo sin una previa asimilación reflexiva de la
misma.
Nuestra
cultura occidental está sustentada y conformada profundamente por creencias,
costumbres, ritos, fiestas, valores y modos de vida impregnados de
cristianismo. Es imposible interpretarla en profundidad sin tener en cuenta,
para bien o para mal, ese punto de referencia.
La
escuela tendrá que transmitir, pues, el patrimonio cultural cristiano
ofreciendo a los niños y adolescentes los elementos del suelo nutricio de su
cultura. Y ha de poder ofrecerlos, al menos a los creyentes, en toda su verdad
y realidad, es decir, mediante una presentación creyente de los mismos.
b)
Insertarse críticamente en la sociedad
El
sistema educativo no puede tener como objetivo reproducir sin más el modelo
de sociedad existente. Habrá de disponer a sus alumnos para que puedan
abordar críticamente esa sociedad e intervenir en ella para cambiarla o
modificarla. La preparación para esta crítica y futura intervención en la
vida social supone una determinada manera de ver la vida, en cuyo fondo hay
siempre una referencia a una escala de valores y a un concepto de hombre.
Desde esta concepción del hombre y de la vida tendrá lugar todo juicio y
acción transformante, ano ser que demos por bueno el positivismo sociológico
que escondería, en el fondo, una voluntad de reproducir la sociedad de hecho
establecida. Consideramos que la religión, como instancia crítica de la
sociedad, ejerce un papel esencial en el desempeño de esta imprescindible
función escolar, a la que también otras disciplinas, ciertamente, han de
colaborar.
c)
Dar respuesta al sentido último de la vida con todas sus implicaciones éticas
Sin
una conveniente orientación hacia un significado último y total de su
existencia humana no lograrán el niño y el adolescente su identidad
personal, finalidad fundamental del quehacer escolar. Uno de los objetivos más
importantes de este quehacer es suscitar y aclarar, según la capacidad del
educado, sus preguntas radicales en torno a sí mismo, a su vida en comunidad,
al sentido último de la historia y del mundo, a las limitaciones y fracasos,
y a la muerte. Proporcionar este sentido es una de las competencias propias de
la formación religiosa. De hecho, cuando falta este horizonte religioso, son
las ideologías las que tratan de dar una respuesta. El niño, como el adulto,
necesita ese sistema último de orientación en el mundo, ese hondo sentido de
vivir que es la dimensión religiosa.
Esta
dimensión religiosa vinculada no sólo vincula a los interrogantes más
radicales del hombre, sino además le proporciona una axiología, una jerarquía
de valores, unas actitudes, que se traducen en modos concretos de conducta y
de convivencia éticas.
Dentro
de los cometidos de las demás disciplinas, la contribución más específica
de la enseñanza religiosa al quehacer escolar es la respuesta al sentido último
de la vida con sus implicaciones éticas.
De
todo esto deducimos que la enseñanza religiosa en la escuela es, con toda su
legitimidad –sin perjuicio de su propia peculiaridad–, una materia propia
y rigurosamente escolar, equiparable a las demás asignaturas en el
planteamiento de sus objetivos, en el rigor científico de sus contenidos, en
el carácter formativo de sus métodos, y en la significación educativa del
conjunto del programa escolar.
COMISIÓN EPISCOPAL DE ENSEÑANZA Y CATEQUESIS,
ORIENTACIONES
PASTORALES SOBRE LA ENSEÑANZA RELIGIOSA ESCOLAR.
Su
legitimidad, carácter propio y contenido Ed.
Renovada, 1999