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UN RITO VENERABLE DE LA IGLESIA ESPAÑOLA, CONSERVADO EN TOLEDO
El Rito
Hispano es uno de los diversos que en el transcurso de los tiempos se fueron
formando en las distintas regiones donde se extendió la Iglesia. Todos los
ritos derivan de aquella primera «fracción del pan» que practicaron los
apóstoles, según las instrucciones recibidas de Jesús, para conmemorar su
muerte y resurrección, celebrando la Eucaristía. Posteriormente, a la
primitiva sencillez de aquellas celebraciones se fueron añadiendo nuevos
elementos de lecturas sagradas, oraciones e invocaciones, diferenciadas
según el tiempo y el lugar. Así fueron surgiendo las diversas maneras de la
celebración que ahora llamamos ritos. Surgieron los ritos orientales, y
surgieron los ritos occidentales, celebrados todos en latín, pero con
diferencias entre ellos. Tales fueron el rito romano, el milanés o
Ambrosiano, el galicano, el norte-africano, el bracarense y el hispánico.
El
rito Hispano es, por tanto, la manera propia de celebrar las acciones
litúrgicas en la Iglesia Española en los primeros diez siglos de su
historia. Se usó primero por los cristianos hispano-romanos, se siguió
usando bajo la dominación de los visigodos, época en que los grandes Padres
de la Iglesia visigoda lo enriquecieron considerablemente, y también por los
cristianos que permanecieron bajo la dominación musulmana en las diversas
regiones de la España dominada y los que se mantuvieron en las regiones no
ocupadas.
Cuando el Papa Gregorio Vll decidió extender el rito romano a toda la
cristiandad europea, los reyes de Aragón y después los de Castilla, no sin
resistencias, acabaron por aceptar el rito romano, desapareciendo entonces
el rito español en los reinos cristianos de la península, Se mantuvo, sin
embargo, en los territorios ocupados y fue entonces cuando comenzó a
llamarse «mozárabe», como se llamaba a los propios cristianos sometidos al
Islam. El centro fue Toledo, ya que en el Ándalus eran pocos los cristianos
residentes, a causa de las constantes emigraciones y también de las
apostasías producidas por la continua presión de los dominadores.
Cuando en 1085 Toledo fue reconquistada del poder musulmán por Alfonso VI de
León y Castilla, se planteó el problema de la pervivencia del rito mozárabe.
El rey pretendía abolir el rito ancestral, presionado por sus consejeros
monjes de Cluny, partidarios de la unificación gregoriana. Los mozárabes
toledanos, que habían tenido parte destacada en la reconquista de la
ciudad, no querían perder sus fórmulas tradicionales de expresar la fe, que
les habían mantenido unidos durante los siglos de dominación musulmana.
Se llegó a una solución de
compromiso. El rito Mozárabe se mantendría vigente en seis parroquias de la
ciudad, a las que se asignaron los cristianos que vivían en ellas antes de
la Reconquista, fuera de distribución territorial, introduciéndose el rito
Romano en la Catedral y en las Parroquias territoriales creadas para los
nuevos pobladores castellanos y francos.
Así perduró el rito Hispano-Mozárabe en seis Parroquias. Y así se han
conservado también unas familias, que agrupadas por esa singularidad de su
condición, arropadas por los privilegios que les fueron concediendo los
reyes castellanos, y a causa de su pertenencia personal a dichas parroquias,
han mantenido viva su mozarabía, atestiguada por lo libros parroquiales,
mientras en otras partes de España, los descendientes de los antiguos
mozárabes han perdido la memoria de su origen.
Pronto, sin embargo, los mozárabes toledanos, por diversas causas,
comenzaron a disminuir en algunas de las parroquias que les fueron
asignadas, hasta el punto de que en siglo XVI ya no tenían feligreses las
parroquias de san Sebastián y de san Torcuato. Pero se mantuvieron en las
otras, incluso con feligreses que residían fuera de Toledo, que por ser
feligreses a título personal y razón de descendencia, seguían tributando sus
diezmos a la parroquia mozárabe a que pertenecían.
Y
siempre, los de fuera y los de dentro, bajo la autoridad pastoral de los
Arzobispos de Toledo, considerados Superiores del Rito, como lo ha
reconocido recientemente la Santa Sede al aprobar los prenotandos del Nuevo
Misal.
Breve aproximación litúrgico-pastoral
Para el fiel que se acerca por primera vez a una “Misa
mozárabe” la impresión es la de verse envuelto en un diálogo vivo entre la
comunidad y su Señor y Salvador, Jesucristo.
Queda lejos cualquier frialdad o esquematismo sintético,
aquí el arte del bien decirse despliega en plegarias y cantos que reclaman
constantemente la respuesta de la asamblea que aclama diciendo “Amén”,
“Aleluya”, o responde con breves e insistentes estribillos.
La celebración nos sumerge en el “hoy” del misterio, en
curiosa comunión entre el cielo y la tierra, como lo expresan muchos
textos litúrgicos hispanos. Al mismo tiempo se aprovecha al máximo la virtud
didáctica de la celebración, que guarda abundantes elementos rituales con
fuerte sabor catecumenal o mistagónico; la fracción del
Pan en nueve partículas que evocan los principales misterios de la vida de
Cristo o el Padre nuestro desgranado por el sacerdote y acogido por la
asamblea con sus “amenes”.
Al mismo tiempo muchos elementos manifiestan el amor
por la fe recibida y el deseo de custodiarla conservando gran
número de antiquísimos elementos litúrgicos- así el elevado número de
lecturas, tres cada día y cuatro en días y tiempos penitenciales; o el
mantener como fórmula de oración universal los Dípticos y estos unidos al
Rito de la Paz antes de comenzar la plegaria eucarística.
Por lo que se refiere a la Plegaria Eucarística
tendremos que decir que guarda en el fondo su antiquísima estructura
antioquena, de base narrativa y una única epíclesis (invocación del Espíritu
Santo) al final de la misma tras el relato de la Institución. Pero también
ha incluido novedades alejandrinas, que posiblemente llegaron desde Roma., y
se articuló en tres oraciones concatenadas que se hicieron variables según
los días: l) Illatio, 2) Post Sanctus, 3) Post Pridie. Esta variabilidad
permitió un amplísimo margen de creatividad dotando cada domingo y día con
liturgia propia de una específica Plegaria Eucarística..
Pero esta riqueza se desplegó también a lo largo del resto de la
celebración haciendo variables tres plegarias que formaban parte de los
Dípticos: l) Oratio Adminitionis - más bien una monición dirigida al
pueblo-, 2) Alia, 3) Post Nomina; así como la oración que acompaña al Rito
de la Paz, Ad Pacem, y la monición que introduce el Padre nuestro. De este
modo toda la riqueza teológica y espiritual de los Padres de la Iglesia
Hispana se vertió en fórmulas litúrgicas que llegaron a suplir en gran
medida a otros tipos de literatura sacra.
Las siete oraciones típicas de nuestra Liturgia serán ya
comentadas por san Isidoro (De Eccl. Off 1, 15) a la hora de presentar las
originales del Rito.
Las partes
fijas
del Ordinario de la Misa han quedado reducidas prácticamente a las dos
series de súplicas de los Dípticos y a una serie de cantos prácticamente
invariables, salvo raras excepciones: el “Gloria”, el “Hágios”, el canto “Ad
Pacem”, el “Sanctus-Benedictus” y el canto de comunión “Ad Accedentes”.
Los estilos celebrativos oscilaron desde los orígenes a
nuestros días, pero a la época de esplendor (siglos VI y VII), corresponde
el influjo de la solemnidad que la Liturgia había adquirido ya desde el
siglo precedente tanto en Roma como en Bizancio. Esta Liturgia solemne,
cuajada de textos ricos de contenido, la conservaron los Mozárabes tal y
como se refleja en los libros litúrgicos de los siglos X y XI (como el
Antifonario de León o los Liber Ordinum episcopal y sacerdotal). Más tarde,
en Toledo, se producirá la salvaguarda de la Liturgia suprimida ya en el
resto de España y sustituida por la Romana. Este proceso implicará una
paulatina introducción de elementos nuevos locales que se han de
valorar convenientemente,
Como conclusión, podemos afirmar, que la Venerable
Liturgia Hispano-Mozárabe es un buen ejemplo de conservación de la esencial
unidad de la fe, vivida y expresada de modo original, conjuntando la
incorporación de elementos nuevos, en diálogo con otras familias litúrgicas
y con las cambiantes circunstancias históricas, y la celosa custodia de
elementos tradicionales motivada y hecha gratitud por el legado de fe de los
mayores y asumida como referencia de identidad en un contexto muchas veces
contrario y hostil.
La última revisión ha pretendido restaurar la pureza primitiva de los textos
Cuando
el paso de los tiempos puso en peligro la pervivencia del rito en las
propias parroquias, -los antiguos libros en pergamino, costosos de rehacer,
llegaban a hacerse ininteligibles para las nuevas generaciones de clérigos-,
llegó la imprenta, de la mano generosa del cardenal Cisneros, que tras una
cuidadosa revisión de los manuscritos que seguían usándose en las parroquias
y de los que ya estaban sin uso, por su difícil lectura, ordenó la
publicación del Misal y Breviario Mozárabes, para que la Antigua Liturgia
Hispana pudiera seguir celebrándose en las parroquias supervivientes y en la
Capilla del Corpus Christi que él mismo instituyó en la Catedral Primada.
Posteriormente el Cardenal Lorenzana, al agotarse los misales de la edición
anterior, hizo una nueva edición, muy cuidada y anotada, sin pretender la
modificación del texto en el cuerpo del Misal. Seguía siendo un medio
mejorado para la celebración del Rito tal como venía practicándose en la
Capilla y parroquias mozárabes de Toledo.
A la
luz del Concilio
Recientemente se ha efectuado una nueva revisión del Misal que ya no
pretendía sólo mantener al día la celebración en Toledo, como en las
revisiones anteriores. Se pretendía, siguiendo las directrices marcadas por
el Concilio Vaticano II en su Constitución sobre la Sagrada Liturgia para
todos los Ritos Católicos, restaurar la pureza primitiva de los textos y del
orden de celebración, no ya sólo en Toledo, sino también en cualquier lugar
de España, donde la devoción o el interés histórico-litúrgico lo
requiriera.
Tal ha sido la obra que durante su pontificado promovió el Cardenal Primado,
don Marcelo González Martín, en su doble calidad de Arzobispo de
Toledo-Superior responsable del Rito y de Presidente, a la sazón, de la
Comisión de Liturgia de la Conferencia Episcopal. Lo realizó con el
nombramiento de una Comisión de expertos sacerdotes toledanos y de otras
diócesis así como de congregaciones religiosas, que en un trabajo de nueve
años, consultando archivos y bibliotecas, manuscritos y códices publicados,
lograron restituir el Misal Hispánico a su auténtica y genuina pureza,
eliminando las adherencias que se habían agregado a través de los siglos e
incorporando lo que se había perdido en Leccionarios, Fiestas de algunos
santos, etc.
Por primera vez un Papa celebró en
este Rito la Santa Misa
en mayo del año 1992
En el
año 1992, fue presentado al Santo Padre Juan Pablo II el primer volumen del
Nuevo Misal Hispano-Mozárabe. El Papa quiso entonces celebrar la Santa Misa
en este Venerable Rito, y así lo hizo el 28 de mayo de 1992, solemnidad de
la Ascensión del Señor.
No
era la primera vez que las melodías mozárabes resonaban bajo las bóvedas de
la Basílica Vaticana; durante la celebración del Concilio Vaticano II se
ofició en el Aula Conciliar una Misa en Rito Mozárabe que presidió el Excmo.
Mons. Anastasio Granados, Obispo Auxiliar de Toledo, que había sido antes
capellán mozárabe. Sí era la primera vez, según creemos, que la Misa
Mozárabe era celebrada por el Papa. Dentro de los múltiples cuidados y
atenciones que el pastoreo de la Iglesia Universal hace gravitar sobre el
corazón del Santo Padre, quiso dedicar un espacio a la celebración de esta
Liturgia Hispano-Mozárabe que venía de renovarse. Fue como si, por decirlo
de alguna manera, las manos de Juan Pablo II elevasen la patena de la fe de
la Iglesia Hispana, de sus mártires, confesores, vírgenes y doctores, unida
con la Iglesia de Roma, por cuyo vigor ha brotado la floración del Pueblo de
Dios en su caminar por las tierras de España.
LOS MOZÁRABES
EN TOLEDO
Pocas tradiciones perviven a lo largo de los siglos con la intensidad que lo
ha hecho la comunidad mozárabe de Toledo. Quizás la única de origen religioso
que permanece viva y mantiene su liturgia, de origen hispano-godo, desde que
estas tierras estuviesen bajo dominación árabe. Los mozárabes, antiguos
pobladores de la Península Ibérica que, durante la dominación islámica se
arabizaron, mantuvieron a pesar de la conquista su fe cristiana, sus
iglesias y las costumbres de sus mayores, agrupándose en parroquias personales,
como Santa Justa y Rufina, San Marcos, San Lucas, Santa Eulalia, San Sebastián
y San Torcuato, incluso después de la Reconquista, situando en Toledo una
especie de sede y lugar de referencia para no perder su identidad.
Generación tras generación, la memoria mozárabe ha sido mantenida por
numerosas familias toledanas, que hoy viven con orgullo esta condición. En la
actualidad son cerca de 2.000 las familias censadas como mozárabes que forman
la Comunidad, repartidas en Toledo y sus alrededores, además de encontrar mozárabes
en Madrid y otros puntos de la geografía nacional e internacional.
Los caballeros Mozárabes visten como distintivo manto de paño azul con un
gran cuello y en el brazo llevan la cruz de Alfonso VI, de doce puntas: tres en
cada extremo, sobresaliendo la central, esmaltada en blanco y cantoneada en oro.
Llevan birrete del mismo color, octogonal.
La comunidad
Mozárabe, formada por familias, cuenta en la actualidad con una rama social, la
Hermandad de Caballeros y Damas Mozárabes que desfilan en la Procesión del
Corpus Christi, entre otros actos, y una rama cultural , a través del instituto
de Estudios Visigóticos de Toledo.
El Cardenal Cisneros hizo construir la capilla del Corpus Christi para que en
ella, por privilegio papal, se celebre la misa y el
oficio coral según el rito Mozárabe, supervivencia de la liturgia
hispano-visigoda, conservada por los cristianos que vivieron sometidos al
dominio árabe. Protegida por una reja gótica encierra en su interior un
mosaico de la Virgen con el Niño, mandado construir en Roma por el Cardenal
Lorenzana, y una gran pintura mural conmemorativa de la toma de Orán por el
Cardenal Cisneros, regente del Reino en 1509, bajo una cúpula octogonal obra de
Juan Manuel Theoitocopuli, hijo del Greco.
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