HOMILÍA DEL SR. ARZOBISPO DE TOLEDO,PRIMADO DE ESPAÑA

D. ANTONIO CAÑIZARES LLOVERA,

EN LA SOLEMNIDAD DE SAN ILDEFONSO


 

Santa Iglesia Catedral Primada

23 de enero de 2006

 

Hoy es un día grande y gozoso para Toledo. Celebramos la fiesta de nuestro santo Patrón, modelo e intercesor, san Ildefonso, que, por gracia de Dios, con los santos arzobispos toledanos, san Eugenio y san Julián, llenó de gloria la diócesis de Toledo, en el siglo VII, y marcaron el verdadero camino a seguir por la Iglesia toledana para responder a la vocación a la que está llamada. Este año, según los mejores estudios, se cumple el décimo cuarto centenario de su nacimiento: deberá ser un año en el que ahondemos de manera especial en el conocimiento y en la intercesión de san Ildefonso, con diversas acciones que iremos señalando. No deberíamos dejar pasar por alto este hecho.

Cuando nació San Ildefonso habían transcurrido menos de veinte años desde el Concilio III de Toledo, el gran Concilio que abrió la puerta a una nueva fase de la historia española y europea, y la marcó indeleblemente para el futuro. Aquel Concilio toledano, bien lo sabéis, selló solemnemente el paso del pueblo visigodo a la religión católica, demostró certeramente que las contraposiciones de la sangre entre la población románica y germánica podían ser salvadas por la unidad del espíritu y que ambos pueblos podían crecer y caminar juntos, por la senda de la unidad de la fe. Aquel Concilio, ha dicho el Papa Benedicto XVI siendo todavía cardenal, "ha creado futuro; ha construído Europa, produciendo unidad a partir de la fuerza del espíritu"; en el acontecimiento de este III Concilio, encontramos un "modelo de unidad, algo que pueda reunir a unos y a otros y abrir caminos por donde avanzar".

En ese clima, pues, de unidad en la fe y del espíritu, de superación de contraposiciones de la sangre y de los pueblos, nace y crece el que es una de las mayores glorias toledanas, y sin duda alguna el gran protector de nuestra Archidiócesis a la que tanto amó y sirvió en la tierra como su pastor; ama, sirve y guía desde el cielo. A él nos encomendamos y le pedimos que interceda por esta diócesis de Toledo para que continúe aquella fecunda y admirable historia de santidad que se ahondó en el siglo VII con la unidad de España en torno a la misma y única fe en Jesucristo, Dios y hombre verdadero, que nació de santa María siempre virgen.

España, la Iglesia que peregrina en estas tierras de Toledo, ha sido bendecida largamente por Dios con la santidad. En verdad, Dios "ha estado grande con nosotros y estamos alegres". Es eterna e infinita su misericordia. Por eso, con quien es la toda santa, la siempre Virgen María, desde esta tierra suya, porque somos tierra de María, porque somos de Ella, como nos enseñó san Ildefonso, proclamamos hoy la grandeza del Señor y su inmensa misericordia. La misericordia divina, en efecto, se ha mostrado generosa y desbordante con España -en concreto, con Toledo, corte real y sede primada, que representaba España- al darle entre sus mejores hijos a San Ildefonso, y a esa pléyade inmensa de hombres y mujeres del espíritu como espejo y modelo de santidad. Con los santos, como nuestro Patrón, Dios nos indica ciertamente su bondad y su gracia que nos llenan de gozo y de esperanza, pero, al mismo tiempo, nos indica también cuál es la vocación a la que estamos llamados, qué es también lo que nos pide a la Iglesia en los momentos actuales: sencillamente, que caminemos por esa senda de la santidad, donde se nos abre el más amplio horizonte de futuro y de esperanza.

Los santos son, de manera eminente, testigos del Dios vivo, presencia testificante de Jesucristo entre los hombres, visible manifestación de su rostro y de la vida nueva conforme a las Bienaventuranzas, testimonio real y cercano de la esperanza a la que estamos llamados, hechura de Dios y de su gracia, obra acabada en quienes podemos palpar y ver la humanidad nueva obra del Espíritu. La santidad, que es seguimiento fiel de Jesucristo no merma en nada la plenitud de nuestras vidas, al contrario, la multiplica, la ensancha hasta abrazar con nuestro amor a los confines del mundo. Los santos son así luz de vida y esperanza para la sociedad.

Este es el camino, el verdadero camino que se nos abre ante los grandes desafíos de nuestra época. Los santos, por ser testigos singulares de Dios, son, por lo mismo, testigos de la caridad que no tiene límites y de la entrega servicial a los hombres, recorriendo el camino que Cristo recorrió: el camino de las bienaventuranzas, retrato que Jesús nos dejó de sí mismo, dibujo de su rostro y descripción concreta de su infinita caridad, esa caridad, centro y nucleo de la fe, de la que nos va a hablar el Papa Benedicto XVI en su primera encíclica, cuyo título es precisamente: "Deus charitas est", que se hará pública pasado mañana. Los santos, obra acabada de verdadera humanidad, reflejan la vida que Jesucristo mismo encarnó y vivió históricamente, aquella que los discípulos vieron con sus propios ojos y palparon con sus manos.

Ser santos es el camino a seguir por la Iglesia en el presente y en el futuro, ése ha de ser su programa pastoral, no puede tener otro. Todos podemos ser santos, todos estamos llamados a serlo, a nadie le faltará la ayuda necesaria para que así sea, contamos con el auxilio del amor y de la gracia de Dios, contamos con la ayuda de la que es toda Santa, la Virgen María, contamos con la ayuda de todos los santos, en particular, de san Ildefonso. Con ellos no es tan difícil como algunos puedan pensar; no se trata de algo extraordinario o inalcanzable, es seguir el Evangelio con toda sencillez, en la vida de todos los días. "La perspectiva en la que debe situarse el camino pastoral -decía Juan Pablo II- es el de la santidad". Hoy más que nunca es necesario hacer hincapié en esta urgencia pastoral. Sin esto todo se desmorona, nada tiene consistencia. En los momentos cruciales de la Iglesia han sido siempre los santos quienes han aportado luz, vida y caminos de renovación. También hoy que vivimos un tiempo crucial, delicado, necesitamos santos, pedir a Dios con asiduidad santos, y ofrecer modelos de santidad. La vida entera de la comunidad eclesial, la de las familias cristianas, la de todos los cristianos, de cualquier clase o condición, debe ir en esta dirección: la que lleva a la plenitud de la vida cristiana ya la perfección del amor.

El programa de una pastoral de santidad es muy amplio y creo que nadie pueda albergar respecto de él recelo alguno, ni tildarlo de escapismo o de fuga hacia un espiritualismo que nos haga desentendernos de nuestro mundo y de las necesidades que urgen y apremian. Cuando digo esto, cierto, no se me ocultan los gravísimos problemas que hoy acechan a la humanidad y a nuestra patria, que están en la mente de todos. No estoy en las nubes ni huyo a ningún pasado; no soy ningún ingénuo. Soy muy consciente que estamos a unas alturas concretas de la modernidad, y por eso mismo afirmo que lo prioritario en estos momentos es una pastoral de la santidad. En los momentos más difíciles, en los momentos cruciales, en los momentos más claves de la historia, han florecido los santos como guías de futuro. Y hoy necesitamos que se nos abran caminos de futuro. Sí a la santidad, precisamente porque estamos en unos momentos cruciales de nuestras historia, particularmente graves, necesitados de norte y orientación; sí a la santidad porque ciertamente una Iglesia de santos será una Iglesia, cuyos miembros, unidos a Cristo, serán testigos de la caridad que no tiene límites y de la entrega servicial a los hombres, siguiendo el camino que Cristo recorrió, y es El mismo: el camino de su infinita caridad.

San Ildefonso de Toledo, en estos momentos graves de nuestra historia, que cada día que pasan parecen tornarse más delicados, nos está diciendo a los católicos toledanos, y -¿como no?- a los católicos españoles: ¡No tengáis miedo, no tengáis miedo a ser santos! ¡No tengáis miedo al futuro si sequís el camino de la santidad, abrireis caminos nuevos de futuro y esperanza! Porque ser santos es seguir a Jesucristo, donde está todo futuro, dejar que Él sea nuestro dueño, y nosotros sus esclavos, sus siervos; cuando Él es nuestro Dueño y Señor, es cuando somos más libres, es cuando amamos con su mismo amor, es cuando caminamos en la verdad que nos hace libres y donde está la paz; es cuando vivimos desde el perdón y somos instrumentos de reconciliación y paz, es cuando vivimos en Él como hijos de Dios que es en quien está toda dicha y alegría, la vida que nada ni nadie nos puede arrebatar.

San Ildefonso nos mostró un camino singular: el de la esclavitud de María. Ser esclavos de la esclava del Señor para que el Señor sea nuestro Dueño y nuestra vida, nuestro todo. Ser esclavos de María que se plegó en todo a la voluntad de Dios; esclavos de María, la que marcó su vida con aquel decisivo "aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra", que trae la salvación, la esperanza, la paz, la luz, la verdad y el amor a toda la tierra. San Ildefonso, enamorado enteramente de María, siempre Virgen, entregado a Ella como esclavo y siervo suyo, vivió, como Ella, enteramente para su Señor, Jesucristo, fuente de libertad, de vida y de amor. Abrámonos al Señor para que Él ilumine todos nuestros pasos. Abrámonos a los dones de la gracia: sólo la gracia y los medios de la gracia nos santificarán; secundemos los medios y caminos que conducen a la santidad; abrámonos, como san Ildefonso, a María, que le premió con la investidura del traje sacerdotal de fiesta. Que Cristo sea en verdad nuestro tesoro más querido. La docilidad a esta llamada suya no mermará en nada la plenitud de nuestra vida: al contrario, la multiplicará, la ensanchará hasta abrazar con nuestro amor los confines del mundo. Así seremos luz de vida y esperanza en medio de esta sociedad, la nuestra. Aquí está el futuro.

En este día de san Ildefonso, tan unido a la Virgen María, y en la misma víspera de la festividad de la Descensión de María, fiesta tan toledana, ayudado por la intercesión de nuestro santo Patrón, desde lo más hondo de mi corazón, en estos momentos graves de nuestra historia, siento la necesidad de elevar y compartir con vosotros una súplica honda a la Santísima Madre de Dios, siempre Virgen, por España, por su tierra, "Tierra de María", como la llamó Juan Pablo II.

A nadie, a estas alturas, se nos oculta la gravedad, en efecto, de estos momentos. Son muchas cosas las que están en juego. Está en juego la unidad de España y sus raíces culturales e históricas, que han hecho de ella ese gran pueblo, que es y ha sido capaz de grandes gestas en todos los campos y en todas las épocas, si no las deshecha y destruye; está en juego "la herencia de valores humanos y cristianos que representan el patrimonio más precioso del pueblo" español, "la herencia de la fe, suscitada por la predicación" de los discípulos de Jesucristo ya desde los primeros siglos del cristianismo y profundizada desde el Tercer Concilio Toledano. Está en juego "la herencia de la cultura, florecida en ese tronco común a lo largo de generaciones"; está en juego la "herencia de la unidad", que se mide por largos siglos de historia común, "incluso más allá de su específica configuración política, consolidada", sobre todo en el final del siglo XV y el XVI, y que ha estado y sigue arraigada en la conciencia de los españoles, que se han sentido y sienten miembros de una única nación, en la diversidad de los pueblos que la integran. Nada de lo que sucede en España, en la sociedad, le es ajeno a la Iglesia. Nada humano nos es extraño. Nada de lo que afecta al hombre, a la sociedad, a nuestra historia y a nuestro país le es ajeno a los cristianos. El Papa Juan Pablo II, en una ocasión delicada para Italia, enero de 1994, en un Mensaje a los Obispos italianos decía a los cristianos estas palabras que hago mías refiriéndome a nuestra peculiar y propia situación: "Los laicos cristianos, precisamente en este momento histórico decisivo, no pueden evadirse de sus responsabilidades. Antes bien, deben manifestar con valor su confianza en Dios, Señor de la historia, y su amor a Italia -a España, añado- a través de una presencia unida y coherente y un servicio honrado y desinteresado en el campo social y político, siempre abiertos a una sincera colaboración con todas las fuerzas sanas de la nación". Y añadía el Papa estas palabras que hago mías también refiriéndome a nuestra propia realidad: "Si la situación actual exige la renovación social y política, a nosotros, los pastores, nos corresponde recordar con energía los presupuestos necesarios, que llevan a la renovación de las mentes y de los corazones, y por tanto a la renovación cultural, moral y religiosa (Cf Veritatis Splendor 98). Precisamente aquí se coloca nuestra misión pastoral: debemos invitar a todos a un examen de conciencia específico. Este balance no sólo es de carácter político, sino también, y sobre todo, de carácter cultural y ético. Es necesario, por tanto, ayudar a todos a librar ese balance de los aspectos utilitaristas y coyunturales así como de los peligros de una manipulación de la opinión pública". El amor al bien de la propia nación, los comportamientos de solidaridad renovada dentro del propio país y con la humanidad entera, la verdad en la paz, el principio de subsidiariedad, la superación del nihilismo y del fundamentalismo así como de la dictadura del relativismo, el camino y los comportamientos en la verdad, la justicia, la libertad y el amor, la apertura y no la cerrazón al reconocimiento de Dios que es Amor que salva, son bases necesarias para la consolidación de la verdad de la convivencia entre nosotros y camino de futuro en estos momentos.

Nuestra solicitud por España, queridos hermanos, "no puede manifestarse sólo mediante palabras, es necesario que todos los creyentes se movilicen mediante la oración común". Aquí, en la diócesis de Toledo, desde ahora, e intensificádose en el tiempo de la próxima Cuaresma, tiempo de oración, ayuno y ejercicio de la caridad, vamos a orar intensamente por España. La Iglesia, decía el Papa Juan Pablo II en el citado Mensaje de enero de 1994, es una fuerza social que une a los habitantes de nuestra tierra, que ha superado la prueba de la historia, "ante todo a través de la oración y la unidad en la oración". Oremos, pues, para que Dios, por intercesion de la Santísima Virgen Maria, y de todos los santos españoles, singularmente de san Ildefonso, conceda a España mantener viva la unidad solidaria de todas sus gentes, que conserve la herencia recibida de la fe y de la cultura arraigada en las raíces cristianas, que el Señor nos haga a los católicos españoles recuperar el vigor de una fe vivida, ser testigos del Evangelio, hombres de fe, fieles a las raíces católicas de nuestra historia común.

No olvidemos las palabras de Jesús: "Sin mí no podéis hacer nada". Estas palabras contienen "la invitacion más convincente a la oración y a la vez el motivo más fuerte de confianza en la presencia del Salvador entre nosotros. Precisamente esta presencia es fuente inagotable de esperanza y valor también en las situaciones confusas y difíciles de la historia de los indivíduos y de los pueblos" (Juan Pablo II, Mensaje a los Obispos Italianos, enero, 1994)