XL SEMANA SOCIAL DE ESPAÑA
Palabras del Sr. Cardenal Arzobispo de Toledo, Primado de España
Saludo del Presidente Diocesano, don Roberto Jiménez Silva
Discurso del Presidente Nacional, don José Tomás Raga Gil
Ignacio Sánchez Cámara, "Culturas particulares en un mundo global"
Alejandro Llano Cifuentes, "Seis propuestas desde la cultura a los agentes educativos".
Eduardo Ortiz Llueca, "La familia, espacio privilegiado para la cultura"
Mons. Eugenio Romero Pose, "La armonía fe-razón como promesa de auténtica convivencia social"
Homilía del Sr. Cardenal Arzobispo de Toledo, en la Misa de clausura
APERTURA XL SEMANA SOCIAL
(Toledo, 2 de noviembre de 2006)
Palabras del Sr. Cardenal Azobispo de Toledo, Primado de España
Me sumo enteramente a las palabras de saludo y bienvenida de Roberto Jiménez Silva, Presidente de las Semanas Sociales en Toledo. No es casual que se celebre en Toledo esta Semana Social, que va a tratar una importantísima cuestión, nada menos que: "Propuestas cristianas para una cultura de la convivencia", tan urgentes y necesarias en los tiempos que corremos. Digo que no es casual porque aquí tuvo lugar, en el año 589, el Tercer Concilio de Toledo, "dato histórico, eclesiástico y europeo de primer orden", en palabras de quien hoy es el Papa Benedicto XVI, en una conferencia en Madrid en uno de los actos programaos para conmemorar el XIV centenario de este Concilio,
El entonces Cardenal Ratzinger añadía en aquella ocasión: "La España de aquel tiempo estaba dividida internamente en un doble sentido. Al enfrentamiento étnico entre la población románica y la germánica, se sumaba la correspondiente oposición religiosa entre las versiones católica y arriana del cristianismo. Las contraposiciones de la sangre sólo podían ser salvadas por la unidad del espíritu; ambos pueblos podían crecer y caminar juntos, por senda de la unidad en la fe... No volvemos nuestro pensamiento a estos acontecimientos Históricos para refugiarnos en el pasado. El Concilio de Toledo ha creado futuro ha construido Europa, produciendo unidad a partir de la fuerza del espíritu. En el Encuentro con el Concilio, buscarnos modelos de unidad, al no que pueda reunir a unos y otros y abrir caminos para avanzar" (J. Ratzinger), En esta Semana Social también buscamos y esperamos hallar, en las fuentes y propuestas cristianas, caminos por los que avanzar por las sendas de la unidad y de la convivencia entre los pueblos, las razas, las religiones, las gentes, en definitiva.
En esta Semana van a estar presentes preguntas como éstas: ¿Qué puede dar unidad y edificar convivencia entre los hombres y los pueblos? ¿Que fuerzas pueden servir a la edificación de un nuevo futuro para una cultura de la convivencia? ¿Es todavía la fe cristiana, también hoy, mil cuatrocientos diecisiete años después del Tercer Concilio de Toledo una fuerza así? (Cf. J. Ratzinger). Si el camino trazado y emprendido en aquel momento fue quebrado siglos más tarde de algún modo y recuperado, de nuevo en Toledo, con la llegada a Toledo y restablecimiento del rey cristiano. A partir de entonces se origina una convivencia que ha dado lugar a la denominación de Toledo, como la "Ciudad de las tres culturas", no sin una cierta carga de mito de todos conocido.
En todo caso, Toledo representa y es signo de unidad, de convivencia y de una verdadera tolerancia que tiene sus raíces y fundamentos cristianos. Hoy, una de las palabras que está más en boga en el lenguaje público es "tolerancia". Y es verdad que estamos muy necesitados de ella. Se trata de una exigencia básica para las relaciones humanas. Necesitamos vivir en la tolerancia, entendida ésta como obligado respeto a la conciencia y a las convicciones ajenas; la necesitamos como base firme para una convivencia en libertad. La necesitamos en un mundo intolerante, abundante, por desgracia, en rechazos por doquier.
Ojalá, por el bien común de la convivencia, que no se hiciese de la "tolerancia" una palabra manida, un slogan. Con seguridad, habría que hablar poco de tolerancia y, sin embargo, ser en la realidad muy respetuosos unos de otros. Esto requiere un largo aprendizaje. Un aprendizaje que no es ajeno al reconocimiento de la verdad. Cuando la tolerancia se entiende como indiferencia relativista que cotiza a la baja todo asomo de convicción personal o colectiva, o cuando domina la persuasión de que no hay verdades absolutas, de que toda verdad es contingente y revisable y de que toda certeza es síntoma de inmadurez y dogmatismo, o cuando se estima que tampoco hay valores que merezcan adhesión incondicional y permanente entonces es muy difícil que se construya una sociedad tolerante y una cultura de la convivencia.
Estimo que uno de los enemigos más fuertes y más difíciles para una sociedad tolerante y para cultura de la convivencia es el relativismo y el desplome ético que caracteriza muchos aspectos de la cultura contemporánea. Incluso, "no falta quien considera este relativismo ético como una condición de la democracia, ya que sólo él garantizaría la tolerancia, el respeto recíproco entre las personas y la adhesión a las decisiones de la mayoría, mientras que las normas morales, consideradas objetivas y vinculantes, llevarían al autoritarismo y a la intolerancia" (Juan Pablo II). Pero cuando faltan estas normas morales, objetivas y vinculantes para todos, por ejemplo en lo concerniente al respeto a la vida, todos somos testigos de las graves consecuencias que se originan.
"Es cierto, como señaló el Papa Juan Pablo II en su Encíclica sobre la vida, que en la historia ha habido casos en los que se han cometido crímenes en nombre de la 'verdad'. Pero crímenes no menos graves y radicales negaciones de la libertad se siguen cometiendo también en nombre del 'relativismo ético'. Si por una trágica ofuscación de la conciencia colectiva, el escepticismo llegara a poner en duda hasta los principios fundamentales de la ley moral, el mismo ordenamiento democrático -basado en el respeto y la tolerancia- se tambalearía en sus fundamentos, reduciéndose a un puro mecanismo de regulación empírica de intereses diversos y contrapuestos" (EV 70). Una sociedad tolerante y una cultura de la convivencia se asienta sobre la verdad que nos hace libres y se realiza en el amor. Una sociedad que destruya o disminuya la libertad, asentada en la verdad, o desvirtúe y desnaturalice la realidad del amor o la misma palabra "amor", va de camino hacia la intolerancia. Por ello, si queremos ser libres y construir una sociedad tolerante, busquemos y sirvamos a la verdad que se realiza en el amor.
La Iglesia se presenta en el mundo servidora de una verdad sobre el hombre y de una vida que ha encontrado en Jesucristo, camino verdad y vida, amor de Dios encarnado y crucificado por los hombres. Ella sabe que esta verdad es vida en libertad y en comunión y amor, en mano tendida, en acercamiento al extraño que yace malherido y despojado por otros, arrinconado y marginado, porque la libertad sólo nace del amor, y porque la única razón de ser de la libertad es hacer posible la comunión y el amor, el servicio respetuoso y atención sanante a todo hombre que es próximo a cada uno. Se trata de una libertad para buscar y adherirse a la verdad y al bien, para la comprensión y el respeto, para la longanimidad y el diálogo, para el amor y la misericordia.
Para el cristiano ser tolerante y ser factor de una cultura de la convivencia no debiera ser un añadido, pertenece a su misma entraña. Porque el cristiano es hombre de comunión, de diálogo, de encuentro; porque ha nacido del amor, de la comunión, del diálogo y del encuentro de Dios con el hombre en su Hijo Jesucristo. La tolerancia y la convivencia entre los hombres tan cercana y tan dentro de la comunión es posible si cada uno respeta la dignidad personal y humana de los demás. La comunión, la convivencia, y la tolerancia no existen cuando la colectividad se impone a los hombres; la tolerancia no es real si coexisten unos junto a otros con indiferencia y sólo buscan sus propias ventajas e intereses. La verdadera tolerancia tiende de suyo a la comunión, y sólo surge cuando uno percibe la dignidad inrobable del prójimo y la diversidad como riquezas, cuando le reconoce al prójimo la misma dignidad sin uniformidad que a uno mismo y está dispuesto a comunicarle sus propias capacidades y dones.
Esto es lo que he visto y contemplado en Jesucristo, esto es lo que he aprendido en la Iglesia y de su historia, esto es lo que nos va a ofrecer con gozo y sencillez a todos esta XL Semana Social en España, en el primer centenario de su andadura, aquí, en Toledo, para la que deseo y pido todos los frutos y bendiciones de Dios.
SALUDO DEL PRESIDENTE DIOCESANO
D. Roberto Jiménez Silva
Un saludo muy entrañable a los presentes y mi más cordial bienvenida a todos ustedes como Presidente de las Semanas Sociales en la diócesis de Toledo. Los toledanos nos sentimos sumamente agradecidos y dichosos por haber elegido nuestra ciudad y nuestra diócesis para celebrar el primer centenario de las Semanas Sociales en España, que tan incalculables bienes han aportado, y por darnos, además, la oportunidad de acogerles en esta ciudad, sede de los Concilios, que mantiene multisecularmente sus puertas abiertas de par en par para todos.
Es cierto que Toledo es un lugar emblemático para toda España y que su Tercer Concilio abrió un camino y marcó un hito para su unidad e historia social y cultural, tan fecunda en frutos de humanización, sobre las raíces del Evangelio y de la fe católica. Su carácter de Primada, por otra parte, con la significación que esto entraña, confiere a esta sede toledana una responsabilidad notable en orden a la difusión e implantación de la Doctrina Social de la Iglesia, objeto de estas Semanas Sociales.
Bien es sabido que la Doctrina Social de la Iglesia está en la entraña misma del ser cristiano, de la misma Iglesia; no es algo extrínseco a su vida. La Doctrina Social de la Iglesia no abarca sólo algunas cuestiones parciales de la vida económica y laboral, sino que viene a ser como el rostro humano de la redención, el "signo" visible del misterio del que la Iglesia es portadora: Jesucristo, revelador de la verdad de Dios y de la verdad del hombre, presencia de la humanidad nueva redimida hecha de hombres y mujeres nuevos. Se comprende que el contenido de la Doctrina Social de la Iglesia alcance a toda la trama de la vida, porque en todos los ámbitos la Iglesia ha de mostrar y hacer presente la nueva humanidad de un pueblo que ha experimentado la fuerza renovadora del poder de la redención de Jesucristo y de su Evangelio. La Iglesia está llamada a hacer presente ese rostro humano de la redención que es o implica la aplicación de su Doctrina Social; si no lo hiciese dejaría de ser Iglesia.
Por todo ello, acoger esta Semana Social, en el primer Centenario de la andadura seguida por las Semanas Sociales de España, y celebrarla en esta ciudad tan significativa por tantos motivos es un honor para nosotros, al tiempo que una preciada responsabilidad. La primera responsabilidad será acogerles a ustedes, intentar que se sientan gratamente entre nosotros, y ponernos enteramente a su disposición.
Muchas gracias.
DISCURSO DEL PRESIDENTE NACIONAL
D. José Tomás Raga Gil
Excmo. y Rvmo. Sr. Nuncio Apostólico
Eminentísimos y Reverendísimos señores
Cardenal Arzobispo de la Sede Primada de Toledo y
Cardenal Presidente del Pontificio Consejo "Justicia y Paz"
Ilmo. Sr. Presidente de la Junta Diocesana de la XL Semana Social de España
Excmos. y Rvmos. Señores; Sr. Secretario General de la C.E.E.
Excmas. e Ilmas. Autoridades
Excmo. y Rvmo. Sr. Presidente e Ilmo. Sr. Secretario de las Semanas Sociales de Italia
Sr. Vicepresidente de las Semanas Sociales de Francia
Juntas Nacional y Diocesana, Semanistas todos, señoras y señores:
1. Un trecho de cien años, bien que fructífero, separa esta reunión de hoy de aquella otra acontecida en el mes de mayo de 1906 en la que, con el apoyo del Papa Pío X –San Pío X– y de los obispos españoles, se celebrara en Madrid el Curso de Cuestiones Sociales, que más tarde se consideraría como la primera Semana Social de España.
A través de este período, las «Semanas Sociales» se han manifestado como cátedra itinerante para la difusión del magisterio social pontificio, representando "... un importante ejemplo de institución formativa que el Magisterio siempre ha animado. Éstas –sigue diciendo el Compendio– constituyen un lugar cualificado de expresión y crecimiento de los fieles laicos, capaz de promover, a alto nivel, su contribución específica a la renovación del orden temporal. La iniciativa... es un verdadero taller cultural en el que se comunican y se confrontan reflexiones y experiencias, se estudian los problemas emergentes y se individúan nuevas orientaciones operativas."
2. La Junta Nacional de Semanas Sociales ha elegido en esta ocasión a Toledo, como sede para su centenaria celebración, de un lado, por su gran significado histórico-cultural y, de otro, porque el beneplácito entusiasta de su Cardenal Primado, ha convertido en tarea sencilla, la organización, siempre dificultosa, de un evento semejante.
3. El tema elegido para la conmemoración del centenario de las Semanas Sociales de España, Propuestas cristianas para una cultura de la convivencia, es de indubitada relevancia para la sociedad actual, resaltando que entre las cosas nuevas de hoy, la cuestión cultural ocupa un lugar destacado. La cultura, entendida como cultivo del hombre, de las relaciones de los hombres entre sí, de éstos con el mundo que les ha sido confiado, y con Dios mismo, experimenta hoy un proceso acelerado de transformación.
La interdependencia creciente entre los hombres y los pueblos, la promulgación de una normativa internacional de protección de los derechos y las libertades humanas, la constitución de una comunidad internacional organizada en instituciones encargadas de velar por la paz, la proliferación de instituciones socioeconómicas y de organismos no gubernamentales de ámbito supranacional, la mundialización de los mercados, así como el impacto de las Nuevas Tecnologías de la Información y la Comunicación, ha alumbrado una sociedad mundial multiforme que genera tantas oportunidades y esperanzas, como interrogantes y peligros.
4. La razón, pues, del tema elegido, parece más que evidente. La humanidad está inmersa en estos momentos, y el mundo desarrollado tiene que asumir la responsabilidad que le corresponde en un modelo que hemos dado en llamar globalización o, por algunos, mundialización. Para nuestros propósitos hoy, baste destacar un rasgo que caracteriza el proceso iniciado: el mundo global que estamos implantando, al menos formalmente, es un mundo sin fronteras, un mundo de permeabilidad –precisa para la movilidad que se propone–, un mundo –podría suponerse– de fraternidad.
Sin embargo, la realidad es bien distinta. Si bien se han eliminado, repetimos formalmente, las fronteras para la mayor parte de los bienes y recursos, quedan un buen número de ellos que son objeto de una gran restricción; siguen las reticencias para la movilidad de los servicios, se levantan nuevas barreras proteccionistas de carácter discriminatorio frente a países de bajo coste de la mano de obra, y queda sin acometer la movilidad del recurso por excelencia: el factor humano.
Es quizá por ello por lo que buena parte de los países europeos, y muy particularmente España, están viviendo un clima de conflicto, nunca conocido anteriormente, que se muestra en la dificultad de convivencia, en la violencia y en la tensión social. La razón de este clima social, por lo que a España se refiere, trata de situarse, quizá con cierta gratuidad, en el multiculturalismo que ha impregnado la sociedad española en un corto espacio de tiempo.
De aquí que la XL Semana Social de España, se proponga, a la luz de la Doctrina Social, brindar a la sociedad un análisis riguroso de la realidad actual, interpelando desde el Mensaje de la Iglesia a las responsabilidades que, como actores nos corresponden, a cada uno según los talentos recibidos, para conducir a la sociedad a un modelo de convivencia más humano, que es tanto como decir, para construir una ciudad más digna del hombre.
5. En esa ciudad que nos proponemos construir, "… hay que establecer como fundamento el principio de que… el hombre tiene por sí mismo derechos y deberes, que dimanan… de su propia naturaleza. Estos derechos y deberes son, por ello, universales e inviolables y no pueden renunciarse por ningún concepto." Es más, esos derechos que corresponden a la persona en cuanto persona, son parejos, hunden sus raíces y forman parte inseparable de la dignidad que a la persona humana se le asigna ya en la Creación.
Por ello, afirmamos que "… la convivencia civil –a la que aspiramos– sólo puede juzgarse ordenada, fructífera y congruente con la dignidad humana si se funda en la verdad… cuando cada cual reconozca, en la debida forma, los derechos que le son propios y los deberes que tiene para con los demás. Más todavía… cuando los ciudadanos, bajo la guía de la justicia, respeten los derechos ajenos y cumplan sus propias obligaciones; cuando estén movidos por el amor de tal manera, que sientan como suyas las necesidades del prójimo y hagan a los demás partícipes de sus bienes, y procuren que en todo el mundo haya un intercambio universal de los valores más excelentes del espíritu humano."
6. Ahora bien, cuando hablamos de convivencia, estamos hablando de una comunidad de personas humanas que aspiran a vivir juntas, es decir, a vivir una verdadera communio. Es, precisamente, esa comunidad de objetivos, dirigidos al bien de todos, lo que caracteriza la vida en comunidad.
Al margen queda lo accesorio, postergado lo que es privativo, minimizado lo que corresponde a esferas particulares o a círculos restringidos y, sobre todo, desconsiderado todo aquello que no es esencial a la vida humana, todo aquello que ensombrece e incluso dificulta ese realce al reconocimiento de la dignidad del hombre como criatura preferida por la Creación. En otras palabras, estamos hablando del predominio de la dimensión espiritual de la convivencia entre hombres y mujeres, sobre cualquier referencia material. En definitiva, es, precisamente, la dimensión espiritual la que distingue, sin posibilidad alguna de confusión, a la persona humana sobre cualquier otro ser creado.
De aquí que el buen Papa Juan XXIII proclamara con especial clarividencia pastoral que "La sociedad humana… tiene que ser considerada, ante todo, como una realidad de orden principalmente espiritual: que impulse a los hombres, iluminados por la verdad, a comunicarse entre sí los más diversos conocimientos; a defender sus derechos y cumplir sus deberes; a desear los bienes del espíritu; a disfrutar en común del justo placer de la belleza en todas sus manifestaciones; a sentirse inclinados continuamente a compartir con los demás lo mejor de sí mismos; a asimilar con afán, en provecho propio, los bienes espirituales del prójimo. Todos estos valores informan y, al mismo tiempo, dirigen las manifestaciones de la cultura, de la economía, de la convivencia social, del progreso y del orden político, del ordenamiento jurídico y… de cuantos elementos constituyen la expresión… de la comunidad humana..."
Esa es la comunidad y la convivencia de que estamos hablando y a la que conjuntamente aspiramos. Es esa riqueza de orden espiritual la que se derrama, desbordando la singularidad de cada persona humana para inundar, de su bien, a toda la comunidad. Es esa abundancia interior la que, traspasando sus propios confines, se traduce a los asuntos del orden temporal, favoreciéndolos en extremo. No podemos olvidar que, cualquier aspecto de ese orden temporal, salvo aquellos que quedan fuera del control de los hombres, tienen como protagonista al hombre mismo; siendo su conciencia, su conocimiento y su compromiso, el que configurará una acción que le engrandezca o que le humille, para el bien común en el primer caso y para el deterioro de la convivencia en el segundo.
7. Es la comunión en esos valores la que, por decantación, acaba conformando lo que podríamos calificar, sin restricción alguna, de cultura para la convivencia.
Estamos hablando de la cultura de lo permanente, de lo sustantivo para la vida en sociedad; estamos refiriéndonos a la entrega del hombre en cuanto tal, en su capacidad para hacer el bien en beneficio de todos. Como precisaría el Concilio Vaticano II, "Con la palabra cultura se indica… todo aquello con lo que el hombre afina y desarrolla sus innumerables cualidades espirituales y corporales; procura someter el mismo orbe terrestre con su conocimiento y trabajo; hace más humana la vida social, tanto en la familia como en toda la sociedad civil… finalmente, a través del tiempo expresa, comunica y conserva en sus obras grandes experiencias espirituales y aspiraciones para que sirvan de provecho a muchos, e incluso a todo el género humano."
En esta cultura, el enemigo, el adversario, el que sirve a objetivos contrarios al proyecto de convivencia diseñado, lejos de ser motivo de marginación, de desatención, se convierte en sujeto privilegiado del amor fraterno que, vivido en comunidad, aspira a corregir sus errores y a mostrarle el camino de la luz, de la verdad. Ésta es una muestra más, y muy cualificada, de la actitud cristiana en ese proyecto de convivencia. Esa es una aportación sin parangón que el cristiano puede realizar para la consecución del bien común universal; una aportación que comienza en la célula más sencilla de la comunidad, la familia, para extenderse, con su riqueza, a toda la familia humana.
De aquí que no quepa discriminación alguna en el seno de esa comunidad –todos somos hermanos, en cuanto que hijos de un mismo padre–. Un arma letal aparece, sin embargo, en este horizonte, y el término que mejor engloba las actitudes que la alimentan sería el de proteccionismo. Proteccionismo en lo económico, en lo político y en lo social, como muestra visible de un vicio encubierto que humilla, tanto más al que lo practica, que al que lo sufre: la actitud perversa no es otra que el egoísmo. En definitiva, exaltación del "yo" con exclusión del "tu" y ausencia del "nosotros".
8. En ese mundo en el que vivimos, los cristianos, por vocación y por respuesta necesaria al llamamiento que nos interpela, tenemos una responsabilidad que en modo alguno podemos declinar. Es la responsabilidad de defender al hombre en su dignidad pues, como miembros de la Iglesia de Cristo, "todo lo que es humano nos pertenece." Una responsabilidad a la que haremos frente con la razón, que no con la fuerza, pues no en vano, el cristiano, asistido por la verdad revelada, está especialmente preparado para el diálogo, a la vez que inclinado a él.
Un diálogo que encuentra su origen trascendente en esa vocación del hombre a la unión con Dios, como respuesta al hecho de que, "Desde su mismo nacimiento, el hombre es invitado al diálogo con Dios." Un diálogo sin arrogancia, con humildad, con la mirada puesta en el bien que se persigue, con el acercamiento al hombre y, en él, a la humanidad.
Diálogo no es, pues, condescendencia irresponsable, no es aceptación de lo inadmisible, no es connivencia o transacción con el error. El diálogo implica respeto, pero no elusión o indiferencia; la indiferencia nunca es comprometida, mientras que el diálogo del cristiano se caracteriza por el compromiso con el hermano y por su bien más preciado, traduciéndose en el acompañamiento en su itinerario por el camino de la verdad, que no es otro que el mismo Cristo; Él es el camino, la verdad y la vida.
Se trata, en definitiva, de una forma de contemplar la realidad, de ver el mundo y de comprometerse con él; un compromiso que emana de la propia misión apostólica de la Iglesia, en la cual, los católicos todos, tenemos una obligación ineludible: participar, con los pastores y con todo el pueblo de Dios, desde la función a cada uno encomendada en la sociedad, a fin de que ésta sea levadura que fermente y se transforme en frutos abundantes.
9. Una labor apostólica que, especialmente, interpela a políticos, a educadores y a familias. Personas singulares que, desde su singularidad, apoyados en la misión cívica y, en su caso en la institución que les resulta propicia para ello, con voz nítida, proclaman los valores sobre los que se debe asentar la convivencia entre hombres y mujeres, en ocasiones de procedencias y ámbitos culturales bien diferentes.
En la familia, célula primaria y esencial de la sociedad, "… el hombre recibe las primeras nociones sobre la verdad y el bien; aprende qué quiere decir amar y ser amado, y por consiguiente qué quiere decir en concreto ser una persona." Desde estas enseñanzas, está llamado a sembrar en la comunidad esas vivencias que harán un mundo más habitable, más digno del hombre, siendo ésta su aportación más significativa a ese bien común.
Es en esa familia donde el hombre habrá aprendido, aún sin pretenderlo, lo que significa comprometerse con los que nos necesitan. Unas necesidades que, si bien atraen especial atención cuando se representan en carencias materiales, no son menos importantes cuando son de carácter espiritual, cuando conocemos la soledad de muchos, el desarraigo, la ausencia de la experiencia del amor –en su dimensión transitiva, la experiencia de amar, como en la receptiva, la experiencia de sentirse amado–.
10. Junto a las vivencias que se originan en el seno familiar, existe otra fuente de formación y aprendizaje, complementaria a la de la familia, en la que muchos católicos tienen el privilegio de contar con una oportunidad excepcional para sembrar sus enseñanzas y participar en la formación de las generaciones más jóvenes, llamadas a ser los apóstoles para los tiempos venideros. Estamos hablando de los enseñantes, de los numerosos miembros de los cuerpos docentes que, con vocación, desarrollan en los jóvenes la fascinante y grandiosa tarea de desvelar lo que está oculto, de iluminar en el camino de la confusión, de las dudas, de las incoherencias.
La responsabilidad de estos profesionales de la educación formal, no debe limitarse a la enseñanza de las ciencias a las que consagraron su tiempo y su esfuerzo, sino que debe profundizar en el sentido del hombre y de lo humano, debe mostrar la riqueza social y comunitaria que la vida humana entraña, debe, en definitiva, no sólo enseñar sino educar, formar de manera íntegra la personalidad de los jóvenes a su alcance para que, sus lecciones unidas a su testimonio constituyan los cimientos sobre los que edificar el hombre nuevo para una sociedad mejor.
El profesorado todo, más aún si es católico asume, por vocación y por función, ese reto de construir un hombre capaz de aceptar la función que le corresponde en la construcción de una sociedad de la convivencia. En esta materia, la llamada de Juan Pablo II a los profesores universitarios, es de obligada referencia: "Vuestra vocación de estudiosos y profesores que habéis abierto el corazón a Cristo consiste en vivir y testimoniar eficazmente esta relación entre cada uno de los saberes y el "saber" supremo que se refiere a Dios y que, en cierto sentido, coincide con él, con su Verbo encarnado y con el Espíritu de verdad que él nos ha dado. Así, con vuestra contribución, la universidad se convierte en el lugar del effetá, donde Cristo, sirviéndose de vosotros, sigue realizando el milagro de abrir los oídos y los labios, suscitando una nueva escucha y una auténtica comunicación."
Ojos y oídos abiertos para que la educación tanto en lo científico, técnico y profesional, como sobre todo en lo humano, no se quede en elegantes teorías o puntos de erudita retórica, sino que se conviertan en algo vivo y práctico para ser asumido como tarea del quehacer cotidiano
"El paso de la teoría a la práctica –dirá Juan XXIII– resulta siempre difícil por naturaleza; pero la dificultad sube de punto cuando se trata de poner en práctica una doctrina social como la de la Iglesia católica. Y esto principalmente por varias razones: primera, por el desordenado amor propio que anida profundamente en el hombre; segunda, por el materialismo que actualmente se infiltra en gran escala en la sociedad moderna…".
Frente a los atractivos efímeros del mundo, contrarios a la dignidad de la persona humana, frente a la comodidad de dejarse arrastrar por su fuerza cautivadora o simplemente por la inercia de lo general y lo común, nos corresponde como cristianos ser sal y luz, a fin de que nuestra vida sea instrumento para el effetá en un mundo en el que se aspira a la convivencia fraterna, aunque, de hecho, poco se haga para conseguirla.
* * *
La XL Semana Social de España, intenta adentrarse en esa misión, que desde sus inicios tuvieron las Semanas Sociales, de asumir la función de candelero en el que colocar la luz que emana del Mensaje evangélico y de la doctrina pontificia, para que alumbrando a todos los de la casa, provoque esa conversión que nos impulse a la construcción de una comunidad más justa, más fraterna y más solidaria. Así será, con la ayuda de Dios, a través de los temas sobre los que girará el trabajo de los participantes y de las personalidades y profesores que figuran en el programa de esta edición.
A todos y, especialmente, a quienes la han hecho posible, muchas gracias.
Toledo, 2 de noviembre de 2006
LOS DERECHOS HUMANOS, FUNDAMENTO PARA LA
CONSTRUCCIÓN DE UNA CUL TURA UNIVERSAL
Renato Raffaelo, Card. Martino
Presidente del Pontificio Consejo «Justicia y Paz»
y del Pontificio Consejo para la Pastoral de Emigrantes e Itinerantes
Premisa
1. Expreso mi sincero agradecimiento a los Responsables de la XL Semana Social de España por la amable invitación que me hicieron para tener esta lección inaugural sobre el tema: Los derechos humanos, fundamento para la construcción de una cultura universal, asimismo me congratulo con Vosotros . por esta significativa iniciativa, promovida para profundizar el tema «Propuestas cristianas para la cultura de la convivencia».
Al afrontar el tema que se me propusó haré referencia al Compendio de la doctrina social de la Iglesia, ya ampliamente difundido y utilizado también en España gracias al impulso de los Obispos y de la Conferencia Episcopal. Con respecto al tema de esta lección, me detendré, en particular , para evidenciar la parte del Compendio que nos puede orientar hacia una mejor comprensión del valor de los derechos fundamentales de la persona en el ámbito de las exigencias que están vinculadas con el anuncio del Evangelio en la sociedad de nuestro tiempo.
2. Permítanme expresar mi satisfacción por participar en esta XL Semana Social, organizada para celebrar el centenario de una iniciativa que ha caracterizado y orientado al movimiento de los católicos españoles en su compleja y articulada historia de presencia en las realidades socioeconómica y sociopolítica de su País.
Con su venerable edad, las Semanas Sociales de España siguen siendo un instrumento muy importante para el presente y el futuro de los católicos de este País, un instrumento que debe ser valorado plenamente para afrontar de la mejor manera los múltiples problemas sociales, económicos y políticos que nuestro tiempo presenta a la conciencia cristiana, dando a ellos respuestas culturales y políticas adecuadas, inspiradas en el Evangelio y la doctrina social de la Iglesia. El Compendio sostiene su valor con estas significativas palabras: "Las «Semanas Sociales» de los católicos representan un importante ejemplo de institución formativa que el Magisterio siempre ha animado. Éstas constituyen un lugar cualificado de expresión y crecimiento de los fieles laicos, capaz de promover, a alto nivel, su contribución específica a la renovación del orden temporal. La iniciativa, experimentada desde hace muchos años en diversos países, es un verdadero taller cultural en el que se comunican y se confrontan reflexiones y ,experiencias, se estudian los problemas emergentes y se individúan nuevas orientaciones operativas" (n. 532). Teniendo en la debida consideración las actuales preocupaciones pastorales de la Iglesia, con el instrumento de las Semanas Sociales los católicos españoles podrán ofrecer su valiosa contribución para mantener vivas las raíces cristianas de España, mostrando la fecundidad cultural del cristianismo sin renunciar al necesario rol público que la fe cristiana debe jugar como fermento en la historia del País.
3. Al deber afrontar el tema de los derechos humanos, me parece importante y necesario tener plena conciencia que éstos, en el momento presente, se inscriben dentro de una problemática más amplia: considero que al centro de esta problemática se deba colocar la difícil relación entre técnica y ética. La humanidad moderna va dividiéndose cada vez más sobre la relación entre técnica y ética: serán éstos los dos nuevos bloques del futuro.
Ejemplificándo, esta gran división se puede expresar también de la siguiente manera: existe quien retiene que la libertad de hacer se deba fundamentar sobre algo diverso de sí misma, en definitiva sobre la dignidad de la persona humana. Éste es su fundamento y, por lo tanto, también su límite; existe, por el contrario, quien retiene que la libertad de hacer tenga una dignidad en sí misma, que sea ésta la que fundall1enta la dignidad de la persona humana.
Una visión de la técnica desenganchada de la ética, en efecto, hace del hombre un producto histórico, cultural y artificial, truncando el nexo con la naturaleza, la tradición y con la creación. En esta perspectiva, el hombre deja de ser un proyecto, y se convierte en algo proyectado. El hombre no tiene ya deberes, sino sólo derechos. Nace así el absolutismo del prohibido prohibir. El terrorismo, una concepción técnica de la política, la laicidad entendida como lugar neutro de valores y de absolutos, la democracia como procedimiento, la financiarización de la ecdnomía, el relativismo de las culturas, la tecnificación del derecho y de los derechos humanos, son nuevos absolutos negativos en cuanto que absolutizan la técnica. Tales absolutos se afirman conjuntamente con la voluntad de echar a Dios fuera del corazón del hombre. Todo esto tiene una gran relevancia, y es por esto que cada vez más la cuestión antropológica -y en ella las cuestiones inherentes a los derechos humanos- es hoy la cuestión social por excelencia.
4. Hablando aún de premisas, es necesario afrontar la cuestión -surgida hoy desde diversos partes-, sobre la legitimidad de una intervención de la Iglesia en las cuestiones- sociales. Ante una mal entendida laicidad, según la cual la fe no debería entrar en la vida pública porque ésta es de todos, el Compendio reafirma que la Iglesia se ocupa y preocupa no tanto de las técnicas mediante las cuales se resuelven los problemas vinculados con la cuestión social, cuanto de la persona humana en todas sus dimensiones y que la Iglesia conoce en su estructura definitiva, la que Dios mismo ha establecido. El «de más» que la Iglesia conoce gracias a la Revelación de Dios y al paradigma de lo humano constituído por Jesucristo, se vuelve criterio de valoración de las práxis sociales y políticas, y se vuelve también criterio de orientación de las práxis mismas. En último análisis, se procede con la convicción -sobre la cual se sostiene todo el Compendio- de que, en virtud de la Revelación de Dios, nadie conoce la verdad sobre la persona humana como la Iglesia, y por lo tanto, nadie está en grado de defenderla como la Iglesia: la doctrina social tiene este objetivo fundamental (cf. n. 75).
Derechos humanos: una perspectiva histórica
5. En materia de derechos humanos, el Magisterio social ha ofrecido contribuciones bastante importantes, contribuciones utilísimas para orientar el itinerario de los católicos en una dirección que sea plenamente respetuosa de la dignidad y de la plena verdad de la persona humana. De la atenta consideración de estas contribuciones magisteriales, orgánicamente expuestas en el Compendio, se puede fácilmente recavar la conciencia que, a través de la historia de la Iglesia, existe una larga tradición cristiana de los derechos de la persona. Al respecto, cómo no recordar a Fray Bartolomé de Las Casas ya Francisco de Vitoria, que elaboraron «una doctrina actualizada sobre la persona y sus derechos fundamentales»1.
El itinerario histórico de la tradición cristiana de los derechos humanos no ha sido un itinerario pacífico. En efecto, por parte del Magisterio han existido también muchas reservas y condenas de frente a la afirmación de los derechos humanos en la línea de la revolución francesa; pero estas reservas, manifestadas repetidamente por los Pontífices, especialmente en el siglo XIX, se debían al hecho que estos derechos se proponían y afirmaban contra la libertad de la Iglesia, en una perspectiva inspirada por el liberalismo y el laicismo. El individualismo dominante hacía sí que la reivindicación de los derechos del hombre se transformase en afirmación de los derechos del individuo más que de la persona, es decir, del ser humano sustraido de la dimensión social y privado de trascendencia. Tal es la imagen del hombre considerado como la medida de todas las cosas, creador absoluto de la ley moral, consignado a un destino de pura inmanencia. Todavía, el Magisterio apreció en modo sustancialmente positivo la Declaración universal de los derechos del hombre adoptada por la Asamblea General de las Naciones Unidas en 19482.
El fundamento de los derechos
6. La primera gran cuestión que. el Compendio afronta en materia de derechos humanos, es la relacionada con su fundamento teológico y ético, cuestión que trata específicamente en el n. 153 donde se afirma que «La raíz de los derechos del hombre se debe buscar en la dignidad que pertenece a todo ser humano3. Esta dignidad, connatural a la vida humana e igual en toda persona, se descubre y se comprende, ante todo, con la razón. El fundamento natural de los derechos aparece aún más sólido si, a la luz de la fe, se considera que la dignidad humana, después de haber sido otorgada por Dios y herida profundamente por el pecado, fue asumida y redimida por Jesucristo mediante su encarnación, muerte y resurrección»4.
El hombre se ha hecho hijo de Dios en el Hijo Unigénito. Su capacidad de buscar y realizar la verdad y el bien está emiquecida y sostenida por la apertura a la Verdad y al Bien asolutos de Jesucristo, a su Espíritu de amor, a su comunión con Dios. La dignidad humana que es igual en toda persona, es, por lo tanto, la razón última por la cual los derechos pueden ser reivindicados con mayor fuerza para sí mismo y para los demás. Todos los seres humanos pueden legitimamente reivindicarlos, ante todo porque son hijos de un mismo y único Padre, no ya por razón de su pertenencia étnica, racial y cultural.
7. En la visión católica, por lo tanto, una correcta interpretación y una eficaz tutela de los derechos, dependen de una antropología que abarca todas las dimensiones constitutivas de la persona humana. En esta óptica, la tendencia -favorecida hoy con varios pretextos- a entender los derechos únicamente como instrumentos que tutelan la esfera de autonomía del individuo con respecto al Estado, es de considerarse como una deriva. Por el contrario, el conjunto de los derechos del hombre debe corresponder a la sustancia de la dignidad de la persona. Estos deben referirse a la satisfacción de sus necesidades esenciales, al ejercicio de sus libertades, a sus relaciones con las demás personas y con Dios5.
La referencia a la persona humana, a su ser integral, obliga a individuar la fuente última de los derechos humanos -más allá de la mera voluntad de los seres humanos6, de la realidad estatal y de los poderes públicos mundiales-, en el hombre y en Dios su Creador. Los derechos, perteneciendo originaria e intrínsecamente a las personas, son por ello naturales e inalienables7. Esto excluye que puedan ser adquiridos por iniciativa propia o de otros, o que puedan ser conferidos o colocados desde fuera.
8. Esto no significa, de ninguna manera, considerar al sujeto de los derechos fuera de la dimensión política o disminuir el rol de los Estados con respecto a los derechos humanos. Estos derechos presuponen, en efecto, un orden político -nacional e intemacional- que tiene el deber de reconocerlos, respetarlos, tutelarlos y promoverlos. Es en este contexto que los derechos son jurídicamente reivindicables: su encuadramiento en el derecho constitucional es la vía normal para que sean definidos sus contenidos reales y se vuelvan exigibles de manera concreta.
Este proceso pone en evidencia la importancia de la conciencia social para la afirmación, defensa y promoción de los derechos humanos. Dado que estos derechos representan valores morales fundamentales y universales, la conciencia social no puede dejar de reconocerlos y acogerlos. No hay que olvidar, además, que esta conciencia, como la razón, no está en grado de penetrar toda la verdad ni de formular un juicio siempre recto, excepto del error8. La traducción y especificación de los derechos en los diversos ordenamientos jurídicos, en efecto, no es perfecta siempre. La distancia efectiva entre su institucionalización y su existencia originaria en la persona podrá ser disminuida sólo a través de nuevas comprensiones y mediaciones históricas. Éstas encuentran su vigor moral en la referencia a la verdad integral de la persona, a la luz de la cual se pueden discernir los derechos verdaderos de los ficticios y juzgar sus diversas formulaciones y actuaciones como conformes o no a la dignidad humana. Es necesario por lo tanto afinar y educar la conciencia para percibir los valores fundamentales, reforzarla así para hacerla libre de influjos y condicionamientos negativos y de cualquier forma de distorsión de la verdad9.
Indivisibilidad y diversidad de los derechos
9. En la perspectiva propia del Compendio, los diversos derechos deben reflejar la unidad estructural de la persona, por lo cual los derechos del espíritu, «los derechos objetivos del espíritu», asumen una relevancia particular1o. En efecto, a la luz de los valores espirituales y de la relación con Dios, son definidos plenamente el significado de la existencia, tanto en el ámbito personal como en el social, así como el modo de servirse de los bienes terrenos y materiales. Esta es la razón fundamental por la que es necesario tutelar el derecho a la libertad religiosa, que representa la fuente y síntesis de los derechos humanos, su verdadero «corazón».
Por un lado, este derecho puede considerarse fuente de los demás derechos porque la persona humana, en su apertura a Dios y en la comunión con Él, realiza y acrecienta –de la forma más elevada- su libertad y su responsabilidad, es decir la dignidad que es el fundamento mismo de los derechos. Por otro lado, la libertad religiosa expresa una síntesis de los demás derechos humanos11, en cuanto consiente al hombre dar el sentido integral y último a toda su vida y hacia éste orientarla.
10. El Compendio percibe otra distinción entre los derechos, que viene individuada en base a su importancia con relación a la existencia y el crecimiento de toda persona. Está sobre todo el derecho a la vida, desde el momento de su concepción hasta su fin natural, un derecho primordial respecto a los otros, porque es condición para su ejercicio12.
Vinculados con este derecho originario están el derecho a la integridad física, el derecho a los medios indispensables y suficientes para un tenor de vida digno, el derecho a la seguridad, el derecho a la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión13.
El derecho al desarrollo integral14 y el derecho al uso de los bienes que especifican el derecho a la vida, son prioritarios respecto a los otros derechos, incluido el derecho a la propiedad15. Lo cual quiere decir que la actuación práctica de estos últimos no debe contrastar la realización del destino universal de los bienes y debe ser una concretización particular del derecho al uso de los bienes16.
11. Las culturas marcadas por el eficientismo, el materialismo práctico, el individualismo utilitarista y hedonista, derivadas en último análisis del escepticismo en los fundamentos del saber y de la ética17, ponen en peligro el entero corpus de los derechos. En base a culturas semejantes -que no tienen más una visión integral del hombre como punto de referencia- la misma tutela jurídica de los derechos se pone radicalmente en discusión y se vacía de contenido.
Debemos ser muy conscientes de que el reconocimiento parcial de los derechos, hacia el cual inducen antropologjas ipadecuadas, compromete el destino de las democracias contemporáneas. Por lo tanto, el respeto de la verdad integral del hombre se vuelve un imperativo moral para la cultura democrática de nuestro tiempo, en la que se ha difundido la opinión de que el ordenamiento jurídico de una sociedad debería limitarse a registrar y recibir las convicciones de la mayoría18. El reconocimiento del fundamento objetivo de los derechos de la persona puede evitar a las comunidades políticas el peligro de caer en una praxis de poder o en la contingencia de una conciencia puramente histórica, con pactos sociales dependientes únicamente del criterio de la unanimidad, de la neutralidad o de la máxima utilidad colectiva.
La igualdad de los derechos y la opción por los pobres
12. El Compendio afirma que la igual dignidad de las personas impone la igualdad en el ejercicio de los derechos. En su potencialidad, éstos son idénticos en todos los hombres; todos son titulares de los mismos derechos, por lo cual ninguna persona puede reivindicar una superioridad sobre las demás, por motivo de los derechos. Como todos los seres humanos son fundamentalmente iguales,'así también el patrimonio de los derechos es igual en toda persona y en todas las personas. Los derechos, por lo tanto, son universales19, están presentes en todos los seres humanos, sin excepción alguna de persona, lugar y tiempo.
Efectivamente, los derechos fundamentales pertenecen al ser humano en cuanto persona, a toda persona ya todas las personas, hombres y mujeres, ricos y pobres, sanos y enfermos.
La igualdad de los seres humanos y su dignidad trascendente, exigen también la inviolabilidad de los derechos20; lo que pretendo para mí, no puedo dejar de reconocerlo para cualquier otro en la misma situación. Lo que puedo exigir del otro en nombre de mis derechos, lo puedo exigir también para la otra persona en nombre de sus derechos, aún cuando ésta no esté en grado de articular tal exigencia, como por ejemplo un enfermo mental grave o un niño todavía no nacido
13. Impulsado por la consideración de la común dignidad, que supera toda diferencia y hermana a todos los seres humanos unificándoles en una sola familia, el Compendio estigmatiza toda forma de discriminación perpetrada en nombre de la raza, la etnia, el sexo, la condición social o la religión. La igual dignidad de las personas requiere que no existan discriminaciones injustas en los derechos fundamentales, en cualquier ámbito, tanto social como cultural; pide que se llegue a una condición más humana y justa de la vida, eliminando de entre los miembros y pueblos de la única familia humana las muchas desigualdades e injusticias21.
Considerando la dignidad de todo hombre y la igualdad de sus derechos, se puede comprender mejor el conjunto de razones que sostienen la opción preferencial de la Iglesia por los pobres. El Hijo de Dios se ha encarnado y ha ofrecido su vida por nuestra redención; se ha unido en cierto modo con cada hombre para que éste madure su plenitud como persona. En virtud de la Encarnación, la Iglesia se dedica a la causa del hombre y proclama los derechos humanos, especialmente de los más pobres.
De esta manera la Iglesia da testimonio de la dignidad del hombre. Esta afirma claramente que el hombre vale por lo que es, no por lo que tiene. Testifica que la dignidad humana no puede ser destruida, cualquiera que sea la condición de miseria, desprecio, marginación, enfermedad, a la que un hombre pueda encontrarse reducido. La opción preferencial por los pobres, lejos de ser un signo de particularismo o de sectarismo, postula y reivindica la igual dignidad de todos los hombres y contribuye a reintegrar al pobre en la fraternidad humana y en la comunidad de los hijos de Dios.
Derechos y deberes de las personas y de los grupos
14. El Compendio vincula los derechos a los correspondientes deberes22. Existe reciprocidad entre derechos y deberes en la persona misma y en la relación con las demás personas. De la profunda correlación entre derechos y deberes emerge una doble línea de acción.
a) La primera concierne a la persona individual en sí misma y evidencia los deberes para consigo misma. Cuando el sujeto de los derechos, mirando la naturaleza de su propio ser, toma conciencia de su exigibilidad, descubre también la exigencia moral de primero comprometerse con el fin de conseguir. el bien tutelado por sus derechos. Es así que el derecho de todo ser humano a la existencia se ve vinculado con el deber de conservar la vida; el derecho a un tenor de vida digno, con el deber de vivir dignamente; el derecho a la libertad en la búsqueda de la verdad, con el deber de buscar la verdad23.
b) La segunda línea de acción, al revés, concierne más directamente a las relaciones sociales y pone en evidencia el deber de respetar los derechos de los demás. Todo derecho natural en una persona comporta un respectivo deber en todas las demás: el deber de reconocer y respetar ese derecho. En base al reconocimiento del otro como igual a mí, es decir como dotado de la misma dignidad, debo reconocer también que los derechos que me pertenecen son también derechos del otro.
15. La reflexión sobre la estructura relacional de las personas lleva necesariamente al reconocimiento de los derechos y deberes inherentes a la familia24, a los grupos humanos intermedios, a las comunidades religiosas25, a las Naciones, a las comunidades políticas, a los pueblos, a la humanidad pensada como familia. La concepción del hombre en cuanto persona conduce también al reconocimiento de derechos y deberes inherentes a bienes relacionales, es decir a bienes que pertenecen a la entera comunidad humana y que se pueden conseguir con la aportación de todos, como el desarrollo, la paz, el ambiente natural y la ecología humana26. Existe una dimensión colectiva de derechos y deberes que debe encontrar traducción adecuada en los ordenamientos jurídicos nacionales e internacionales.
La Iglesia defiende en partfc.ular los derechos de la familia27 como sujeto colectivo. Expresión emblemática de este compromiso a favor de la familia, fundada sobre el matrimonio entre un hombre y una mujer, es la Carta de los derechos de la familia promulgada por la Santa Sede28. Este documento constituye un punto de referencia válido para salvaguardar y promover la familia como sociedad natural y universal, sujeto de derechos y deberes anterior al Estado; sujeto social y político, que debe crecer en la conciencia de ser cada vez más la protagonista de las llamadas «políticas familiares», asumiendo su responsabilidad de transformar la sociedad29.
El compromiso de la Iglesia
16. La Iglesia, consciente de cómo su misión esencialmente religiosa incluya la defensa y promoción de los derechos fundamentales del hombre, aprecia mucho el dinamismo con el cual en nuestros días los derechos humanos son promovidos en todas partes30. Mientras realiza su acción educativa de las conciencias, la Iglesia hace más eficaz su compromiso pastoral mediante el testimonio ecuménico, la colaboración sincera con los organismos gubernamentales y no gubernamentales que, a nivel nacional e internacional, ayudan a defender y promover los derechos del hombre. Ella confía sobre todo en la ayuda del Señor y de su Espíritu que, derramado en los corazones, es la garantía más segura para la realización de la justicia y de los derechos, y por lo tanto de la paz: sólo el amor y la misericordia dan en plenitud al hombre lo que le es debido conformemente a su dignidad.
Toledo, 2 de noviembre de 2006
NOTAS
1 Cf. PONTIFICIA COMISIÓN «IUSTITIA ET PAX», La Iglesia y los derechos del hombre, 16, Tipografia Políglota Vaticana, Ciudad del Vaticano 1975, p. 11.
2 Cf. PONTIFICIO CONSEJO «JUSTICIA y P AZ», Compendio de la doctrina social de la Iglesia, n. 152.
3 Cf. CONCILIO V ATICANO II, Const. past. Gaudium et spes, 27; Catecismo de la Iglesia Católica, 1930. 4 Cf. CONCILIO V ATICANO II, Const. past. Gaudium et spes, 22.
5 Cf. JUAN PABLO II, Discurso a la Asamblea General de las Naciones Unidas (2 de octubre de 1979), 13 14.
6 Cf. JUAN XXIII, Carta enc. Pacem in terris, 78.
7 Cf. JUAN XXIII, Carta enc. Pacem in terris, 79.
8 Cf. CONCILIO V ATICANO II, Const. past. Gaudium el spes, 16.
9 Cf. PONTIFICIA COMISIÓN «IUSTITIA ET P AX», La Iglesia y los derechos del hombre, 17.
10 Cf. JUAN PABLO II, Discurso a la Asamblea General de las N aciones Unidas (2 de octubre de 1979), 19.
II Cf. JUAN PABLO II, Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 1999, 5.
12 Cf. JUAN PABLO II, Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 1999, 4; . CONGREGACIÓN PARA LA DOCTRINA DE LA FE, Instr. Donum vitae, 5; Catecismo de la Iglesia Católica, 2258.2317.
13 Cf. JUAN PABLO II, Discurso a la Asamblea General de las N aciones Unidas (2 de octubre de 1979), 13.
14 Cf. PABLO VI, Carta enc. Populorum progressio, 15.
15 Cf. JUAN XXIII, Carta enc. Mater et magistra, 30.
16 Cf. PABLO VI, Carta enc. Populorum progressio, 22.
17 Cf. JUAN PABLO II, Carta enc. Evangelium vitae, 11.
18 Cf. JUAN P ABLO II, Carta enc. Evangelium vitae, 69.
19 Cf JUAN XXIII, Carta enc, Pacem in terris, 9.
20 Cf. JUAN PABLO II, Carta enc. Centesimus annus, 44.
21 Cf. CONCILIO VATICANO II, Const. past. Gaudium et spes, 29; Catecismo de la Iglesia Católica, 1935; PABLO VI, Carta enc. Populorum progressio, 62- 63; JUAN PABLO II, Discurso a la Asamblea General de las Naciones Unidas (2 de octubre de 1979),17 -21.
22 Cf. JUAN XXIII, Carta enc. Pacem in terris, 28 - 34.
23 Cf. JUAN XXIII, Carta enc. Pacem in terris, 28.
24 Cf. CONCILIO V A TICANO II, Decl. Dignitatis humanae, 5; JUAN PABLO II, Carta enc. Sollicitudo rei socialis.
25 Cf. CONCILIO V ATICANO II, Decl. Dignitatis humanae, 4.
26 Cf. JUAN PABLO II, Carta enc. Centesimus annus, 38.
27 Cf. LEÓN XIII, Carta enc. Rerum novarum, 10; PÍO XII, Carta enc. Summi Pontificatus, 25; JUAN PABLO II, Carta enc. Dives in misericordia,43; ID., Carta enc. Centesimus annus, 48- 49.
28 SANTA SEDE, Carta de los derechos de lafamilia, Tipografia Poliglota Vaticana, Ciudad del Vaticano 1983. 29 Cf. JUAN PABLO II, Exh. ap. Familiaris consortio, 44.
30 Cf. CONCILIO V ATICANO II, Const. past. Gaudium el spes, 41.
MENSAJE DE LA SECRETARÍA DE ESTADO DE LA SANTA SEDE
Al Excmo. Sr. D. José Tomás Raga Gil, Presidente de la Junta Nacional de las Semanas Sociales de España
Vaticano, 28 de octubre de 2006
Señor Presidente:
1. Con motivo de la celebración de la XL Semana Social de España, que tiene lugar en Toledo, me complace transmitir un particular saludo de Su Santidad Benedicto XVI a los organizadores y participantes en la misma, a los que alienta en sus esfuerzos por ahondar y difundir la Doctrina Social de la Iglesia, tanto en el campo de la cultura y la investigación, como en la conciencia de todos, personas o grupos, llamados a contribuir al bien común según su propia condición y responsabilidad.
Este compromiso adquiere especial relevancia al cumplirse 100 años desde que comenzaran estos encuentros, bajo los auspicios de la Santa Sede y el Episcopado español, siendo un punto de referencia muy cualificado para profundizar en las diversas cuestiones sociales más graves y urgentes en cada momento de la vida española.
2. Acorde con su tradición centenaria, se ha elegido para estas jornadas el tema Propuestas cristianas para una cultura de la convivencia. Dicho tema responde, por un lado, a la perenne aspiración del Magisterio de la Iglesia a que todos encuentren en los diferentes grupos unos valores que los atraigan y los dispongan al servicio de los demás (cf. Lumen gentium, 31). Por otro, destaca la novedad de una situación que en este tercer milenio se constata como uno de los principales desafíos para toda la comunidad humana, en la que se produce de manera creciente la presencia de los ciudadanos con culturas y creencias religiosas diversas dentro de un mismo núcleo social
Al asumir el estudio de este argumento, la presente edición de las Semanas sociales se enfrenta a una cuestión delicada y con frecuencia impregnada de malentendidos o posturas emocionales, en la que tampoco faltan simplificaciones indebidas. En efecto, el término "convivencia" expresa el propósito de no quedarse en una tolerancia genérica, falta de discriminación o marginación de los valores e ideales profundos que marcan más que otras cosas la identidad de los individuos y los grupos. El respeto de la diversidad no es sometimiento ni debe cerrar el paso a la amistad, a la concordia y a la colaboración en aquello que es común a todos y, ante todo, al bien común.
3. La celebración de esta Semana Social en Toledo, además de ofrecer un espléndido marco artístico, histórico y cultural, ofrece también la oportunidad de reflexionar en una ciudad renombrada como ésta, donde diversas culturas han buscado la verdad y se alcanzaron notables logros de coexistencia pacífica y de encuentro fructífero entre diferentes formas de pensamiento y estilo de vida.
En esta circunstancia, el Santo Padre confía a la Santísima Virgen María los trabajos de la Semana, para que esta secular Institución, con la luz que emana del Evangelio y en consonancia con la Doctrina Social de la Iglesia, contribuya a la construcción de una comunidad humana más justa, fraterna y solidaria. Con estos sentimientos, imparte a todos los que participen en ella la implorada Bendición Apostólica.
Cardenal Tarcisio Bertone
Secretario de Estado de Su Santidad
CULTURAS PARTICULARES EN UN MUNDO GLOBAL
D. Ignacio Sánchez Cámara
Síntesis de la primera Sesión Plenaria del día 3 de noviembre
en la Semana Social de España
El Catedrático de Filosofía del Derecho, Ignacio Sánchez Cámara, ha intervenido esta mañana en la Primera Sesión Plenaria de la XL Semana Social de España, inaugurada en Toledo en la tarde de ayer. Ha pronunciado una conferencia con el título "Culturas particulares en un mundo global". En su intervención ha analizado los problemas, "sobre todo de naturaleza moral que plantean las convivencias entre las distintas culturas, tanto en el ámbito de las relaciones internacionales, entre países, como en el seno de una misma sociedad, y ahí el problema es el que normalmente calificamos como de multiculturalismo".
Sobre el multiculturalismo el profesor Sánchez Cámara ha analizado tres soluciones posibles a una cuestión que es de hecho, "que vivimos en sociedades en las que conviven personas de distintas culturas". Así, esa convivencia entre distintas culturas "se puede plantear, o se puede intentar resolver desde tres perspectivas: desde la asimilación de los inmigrantes, desde la integración, o bien desde la solución multicultural".
Según el ponente, "la asimilación atenta contra la libertad y el respeto a la pluralidad cultural, mientras que el multiculturalismo puede conducir a la disolución de la propia sociedad y, sobre todo, a la división como en compartimentos estancos o guetos", por eso "la solución más razonable es la integración".
A parte ya de estos problemas, el profesor Sánchez Cámara ha planteado "las cuestiones de naturaleza filosófica y moral que laten por debajo, cuestiones relativas al fundamento de la democracia, la naturaleza y límites de la tolerancia y al problema del fundamento de los derechos humanos". En el fondo, "el problema estriba en determinar si la convivencia entre las culturas, la convivencia pacífica sólo es posible desde una perspectiva relativista, es decir si la convivencia entre culturas solamente será pacífica si cada una renuncia a la pretensión de tener razón o de poseer verdades absolutas, o si por el contrario esto no es así".
"Mi respuesta –ha dicho- es más bien la segunda. La convivencia pacífica entre las culturas no requiere que cada cual se niegue a sí misma o considere que lo que ella defiende es puramente arbitrario o relativo. Por otra parte, tampoco se pueden evaluar del mismo modo los diferentes productos de las culturas; una cultura no es como una cárcel que oprima nuestra visión del mundo y la determine absolutamente, de hecho podemos valorar ingredientes de otras culturas de forma también desigual".
"Y tampoco –concluye- hay igualdad entre las culturas en cuanto a la capacidad de integración y asimilación de otras extranjeras. En ese sentido una de las razones de progreso de Occidente ha sido también su capacidad para integrar elementos de procedencia diversa".
VERDAD Y TOLERANCIA, INGREDIENTES NECESARIOS PARA UNA CULTURA DE LA CONVIVENCIA
D. Teófilo González Vila
Síntesis de la Segunda Sesión Plenaria del día 3 de noviembre
en la XL Semana Social de España
La experiencia de los desastres generados por los intentos totalitarios de imponer mediante el poder una presunta verdad total (nazismo, comunismo,...) ha suscitado el recelo ante cualquier pretensión de verdad. Hoy la mayoría de los exponentes dominantes de la cultura mediática parecen dar por supuesto que la convivencia democrática sólo es posible si adoptamos todos una actitud relativista, de manera que ni se pretenda ni se consienta hacer valer públicamente ninguna verdad. De hecho, en nuestra presente situación, como Juan Pablo II constataba, "cuantos están convencidos de conocer la verdad y se adhieren a ella con firmeza no son fiables desde el punto de vista democrático, al no aceptar que la verdad sea determinada por la mayoría o que sea variable según los diversos equilibrios políticos" (Centesimus annus, 46).
Pero ese absoluto relativismo que se considera condición ineludible para preservar la pacífica convivencia democrática resulta ser, paradójicamente, el mejor caldo de cultivo de nuevas formas de totalitarismo. Si no podemos apelar en absoluto a verdad alguna anterior y superior al poder, es el poder el que termina por erigirse en absoluto dictador de qué es correcto y qué incorrecto, qué es lo justo y lo injusto, qué lo bueno y qué lo malo. De que esto es así son buena prueba experiencias que estamos viviendo ahora mismo en España y en Europa.
La convivencia verdaderamente humana no es posible sin unas verdades comunes fundamentales, de índole moral, que no valen porque las aceptemos sino que las aceptamos porque valen. Baste pensar en la verdad fundamental de la igual dignidad de todas las personas, verdad sin cuya común aceptación pre-política, pre-jurídica, preconstitucional, carecería de sentido y, por supuesto, de soporte una verdadera convivencia democrática. La cuestión está en cómo dar vigencia social estable a esas verdades necesarias en una sociedad en la que se integran increyentes y creyentes de diversas confesiones con concepciones extraordinariamente distintas sobre el origen, sentido y destino del hombre y de la historia, etc. etc. Es necesaria la verdad. Pero aun el mero intentar imponer la verdad no sólo es inmoral violación de la libertad del otro, sino contradictorio con la naturaleza misma de la verdad --y de Dios mismo--, como decía Benedicto XVI en Ratisbona. El modo de hacer frente al error no es poner silencio a nadie sino exponer razones a todos. Las ideas se proponen, no se Imponen.
Entre la imposición totalitaria de una verdad y la renuncia relativista a toda verdad, está el camino real de la búsqueda comunitaria de la verdad en la comunicación dialogal. y para que sea posible ese encuentro dialogal, todos los participantes han de empezar por adoptar una actitud de tolerancia. Muchos conciben la tolerancia como exigencia y expresión del relativismo o ven en ella una infidelidad a la verdad que se dice defender. La tolerancia, sin embargo, no supone ni exige necesariamente renuncia o infidelidad a la verdad. La tolerancia, tal como aquí la entendemos, al presentarla como condición e "ingrediente" de la convivencia, es la actitud de respeto a la dignidad personal del otro y al derecho que el otro tiene a exponer y argumentar sus ideas y propuestas en el debate público (ideas y propuestas que yo podré luego, si es el caso, considerar erróneas, criticar y refutar...). A la cuestión aquí planteada la actual intercomunicación global le confiere un alcance mundial.
Si en el ámbito occidental los dos grandes "interlocutores" han de ser la fe cristiana y la racionalidad laica, ambos tienen que escuchar a las demás culturas hoy, alguna de las cuales adquiere pujante y creciente presencia en Europa. Fe y razón están llamadas a escucharse y dejarse ayudar mutuamente también para defenderse y liberarse de sus posibles respectivas patologías (fundamentalismos, fanatismos, por un lado y desvíos antihumanitas, por el lado de la ciencia, que desemboca en la bomba atómica o en la "producción" de seres humanos). Un laicista demócrata sin duda considerará no ya legítimo sino necesario que los creyentes aporten también en el diálogo público el caudal de sabiduría moral que transmite la religión. Así será posible un proceso universal de purificación en el que vuelvan a resplandecer "los valores y las normas que en cierto modo todos los hombres conocen o intuyen" (Benedicto XVI), aunque sean distintos los sistemas filosóficos y religiosos que fundamentan en la conciencia de cada uno su adhesión a esos valores y normas (Maritain).
LA ARMONÍA FE-RAZÓN COMO PROMESA
DE AUTÉNTICA CONVIVENCIA SOCIAL
Mons. Eugenio Romero Pose
Síntesis de la Quinta Sesión Plenaria del día 5 de noviembre
en la XL Semana Social de España
El obispo auxiliar de Madrid, monseñor Eugenio Romero Pose, ha pronunciado la conferencia de clausura de la Semana Social de España, en Toledo, con un texto titulado "La armonía fe razón como propuesta de auténtica convivencia social", en el que ha sintetizado "algunas de las ideas más queridas por Benedicto XVI que pueden enriquecer el legado del pensamiento social de la Iglesia". Para monseñor Romero Pose, el servicio que quiere prestar la Doctrina Social de la Iglesia es el de "favorecer el marco en el que la exclusión no sea la brújula orientadora de la convivencia, sino el ámbito en el que todos se sientan amparados con el reconocimiento y defensa de los inalienables derechos humanos".
La Doctrina Social de la Iglesia ha tratado de adentrarse en el corazón de los problemas humanos, recordó el ponente. "Para el encuentro con el mundo ilustrado y con la razón moderna y para el hallazgo de un lugar común en el que todos puedan convivir, Benedicto XVI ofrece este capítulo -armonía fe/razón- para ser desarrollado por la Doctrina Social de la Iglesia. Sin este presupuesto doctrinal resultará imposible salvar la escindible unidad entre existencia, verdad y bien", insistió.
En una primera parte de su intervención, el obispo auxiliar de Madrid se refirió a la Doctrina Social de la Iglesia como superación de las aporías culturales, desde el interés por "llamar la atención sobre algunas indicaciones e importantes orientaciones ofrecidas por Benedicto XVI en relación a la convivencia social y en orden a la superación de los graves límites que nuestra cultura, cada vez más burguesa y homogénea, impone a la sociedad".
El conferenciante ha subrayado que para "Benedicto XVI proponer una nueva convivencia u otro estilo de la misma, al igual que otro modelo de sociedad, equivale a proponer una nueva cultura o una alternativa o mutación cultural que impida el hundimiento y la derrota de la humano y la fractura de la sociedad. Los presupuestos culturales, a la par de su discernimiento, merecen, para Benedicto XVI, la primacía de la atención de la Doctrina Social de la Iglesia".
El análisis de la Encíclica Deus caritas est "nos ofrece caminos nuevos para comprender la aportación propia e inequívoca de la Doctrina Social de la Iglesia a la superación de las aporías sociales en las que se ha visto sumergido la sociedad de nuestros días, de un modo especial la sociedad europea, tanto en la que mira a la persona humana como a la organización de la sociedad como tal en sus distintas dimensiones político-social, jurídico, económico y interelacional".
En el capítulo dedicado a la armonía entre fe-razón, monseñor Romero Pose ha recordado que la Doctrina Social de la Iglesia debe centrar sus esfuerzos "en favorecer el acercamiento entre la visión racional, o si queremos el mundo laico, y la perspectiva religiosa, o mejor la perspectiva creyente, para que sobre la base de una armonía con la dimensión religiosa se puedan no solo reconocer sino cimentar los derechos fundamentales del hombre y de la sociedad; y, se pueda proponer con garantía, la realización de los mismos para la superación de las conflictividades sociales cada día más crecientes debido al rechazo de la armonía fe/razón sin la cual se puede establecer un auténtico diálogo en el que se engloben todas las dimensiones fundamentales del hombre".
Un texto obligado para esta comprensión de la función de la Doctrina Social de la Iglesia en el presente de la historia es la lección magistral con motivo del Encuentro con los representantes de la Ciencia, en el Aula Magna de la Universidad de Regensburg, el 12 de septiembre de 2006. Para el obispo auxiliar de Madrid, "el Discurso de Benedicto XVI en el Aula Magna de su vieja Alma Mater, es, por así decir, un posible, necesario y nuevo itinerario para la Doctrina Social de la Iglesia en nuestros días. Al pensamiento social de la Iglesia se le han abierto rutas inéditas que si son secundadas fecundarán las posibilidades de una sociedad en búsqueda de una convivencia que producirá más frutos en vez de seguir levantando muros que obstaculizan el ser superados para llegar al encuentro del otro".
La completa comprensión que para la Doctrina Social de la Iglesia tiene el discurso de Ratisbona se debe hacer desde algunos precedentes de la necesidad de la relación fe/razón para el diálogo de los creyentes con el mundo laico: el ejemplo de los encuentros de Jospeh Ratzinger con J. Habermas, con Marcelo Pera, con Flores de Archais y con Galli della Logia. Con estos diálogos, " J. Ratzinger había puesto en el centro de la Doctrina Social de la Iglesia que viviendo en orillas aisladas -fe/razón- no era posible encauzar el río de la convivencia social y que la ruptura del cauce no se podía impedir cuando el mensaje cristiano quedaba empantanado en las ideologías".
La Doctrina Social de la Iglesia, según monseñor Romero Pose, "debe conceder el primado a lo que aparece como indiscutible en las raíces de la Europa cristiana: la no ruptura de la cohesión interior en el cosmos de la razón cuando no deja de estar presente la pregunta sobre de Dios -puesta en él corazón del hombre- y la respuesta de Dios mismo dada a su criatura (la Revelación). "Se puede deducir de las palabras de Benedicto XVI que es radicalmente imposible la convivencia y cohesión social si Dios es el gran ausente. El eclipse de Dios conlleva el eclipse del hombre".
Por tanto, "una de las más sugerentes invitaciones de Benedicto XVI como acción propia de la Doctrina Social de la Iglesia es la defensa y revitalización de las raíces cristianas como terreno fecundo y lugar donde nacerá el dinamismo de la aportación eclesial al futuro de nuestra sociedad. "Sólo así no se producirá la fractura entre la fe y la vida cotidiana, y únicamente de este modo la realidad creatural puede ser sanada y plenificada por la fe y la gracia", ha insistido el ponente.
Monseñor Romero Pose ha concluido con una síntesis de lo que es irrenunciable al ser cristiano.
a) el cristianismo ha dejado lo político -y no ha situado el mesianismo en lo político- en la esfera de la racionalidad ética. Ha enseñado la aceptación de lo imperfecto. La política y la ética pueden esperar de la teología su fundamento. El valor de la racionalidad, que es el valor de aceptar lo imperfecto, tiene necesidad de la promesa cristiana para poder ejercer su puesto de gobierno.
b) La fe cristiana despierta la conciencia y fundamenta el ethos. Hemos reducido la dimensión moral al cálculo matemático. El verdadero camino es que aceptemos un mayor dominio de la razón; concebir la razón moral como razón. La razón que se encierra en si misma deja de ser racional.
c) La gravedad de la reducción de la religión a la esfera de la privada es un manifiesto de desprecio a la razón.
HOMILÍA DEL SR. CARDENAL ARZOBISPO DE TOLEDO
EN LA CLAUSURA DE LA XL SEMANA SOCIAL DE ESPAÑA
S. I. Catedral Primada
5 de noviembre de 2006
Queridos hermanos Obispos, queridos sacerdotes, Presidente y Junta de las Semanas Sociales de España, queridos hermanos y hermanas en el Señor: Con esta celebración de la Eucaristía finaliza la XL Semana Social, en el Centenario de las Semanas Sociales de España, que ha tratado el tema de "Perspectivas cristianas para una cultura de la convivencia", cuestión siempre viva y abierta, pero que hoy asume una urgencia decisiva por lo frágil de esta misma convivencia. En esta mañana, damos gracias a Dios por su inmenso amor entregado hasta el extremo en su Hijo Jesucristo, nuestra reconciliación y nuestra paz, que ha acercado y reconciliado a los que estaban lejos y es el fundamento indestructible para la unidad entre los hombres y los pueblos. En Jesucristo se nos ha descubierto y hecho posible el sentido y dignidad de la vida humana, la vocación de todo hombre y toda mujer a la íntima unión con Dios, fuente y condición de la unidad de todo el género humano, es decir de la convivencia auténtica y respetuosa y de la paz verdadera.
A esta acción de gracias unimos nuestro agradecimiento a Dios por los cien años de las Semanas Sociales que han contribuido de manera importante a difundir el conocimiento de la doctrina social de la Iglesia y, propiciar su aplicación ente nosotros, y que, junto a otras iniciativas, prosiguen sin desmayo en su empeño por que esta Doctrina social sea punto de referencia de la vida del pueblo cristiano. La doctrina Social de la Iglesia, traducción histórica de los frutos de la redención, rostro humano de la redención de Jesucristo, signo visible del misterio del que la Iglesia es portadora, consecuencia más inmediata y visible de su experiencia de Cristo, esto es: el respeto y el aprecio de la persona y su dignidad inviolable en tanto que persona, siempre y en cualquier circunstancia; la comunión de afecto y de vida entre todos los miembros de Cristo y de su humanidad; un amor apasionado por el hombre, por todo hombre; y una preferencia por los más pobres, los más débiles y los más necesitados.
La Palabra de Dios que hemos proclamado y escuchado en esta celebración nos pone ante lo fundamental de la vida del hombre y del cristiano; nos descubre la entraña misma del ser cristiano y la base que sustenta su actuar en el mundo y en la historia, inseparable del reconocimiento de Dios como Dios, como del sólo y único Dios, señor único de nuestras vidas, a quien debemos un amor total por encima de todo, con todo lo que somos, con todo nuestro corazón, nuestra mente, nuestra querer y nuestros sentimientos. Un amor que es cumplimiento entero de la voluntad de Dios, de sus mandatos, que no son ajenos a nuestro ser de hombres imagen de Dios, un amor que es obediencia plena al querer divino, que es su infinito y apasionado amor por todos y cada uno de los hombres. Aquí radica la verdad del hombre, ahí está su felicidad y su dicha, su libertad y la base para su encuentro en amor con los otros.
"Escucha, Israel: El Señor, nuestro Dios es solamente uno". Esta es la clave. "Existe un solo Dios que es el Creador del cielo y de la tierra y, por tanto, también es el Dios de todos los hombres... realmente todos los otros dioses no son Dios y toda realidad en la que vivimos se remite a Dios, es creación suya... no se trata de un dios cualquiera, sino que el único Dios verdadero, Él mismo, es el autor de toda la realidad;... éste Dios ama a su criatura porque la ha hecho, ama al hombre... personalmente... y le da la Torah "la Ley", es decir abre los ojos de Israel sobre la verdadera naturaleza del hombre, y le indica el camino del verdadero humanismo" (Benedicto XVI, Deus Caritas est, 9), inseparable del amor incondicional a Dios, que es Amor, como se ha manifestado plenamente en su Hijo Jesucristo. Jesús ha dado pleno cumplimiento a la Ley. Obediente hasta la muerte y una muerte de Cruz, cumpliendo en todo la voluntad del Padre, haciendo del querer del Padre su alimento, ha desplegado enteramente su vida amándonos hasta el extremo, hasta su entrega sacrificial por nosotros los hombres, y así, como ante la pregunta que se le plantea en el relato evangélico proclamado, nos ha mostrado el camino del hombre, en el que es inseparable la relación entre el amor a Dios y amor al prójimo. "Ambos están tan estrechamente entrelazados, que la afirmación de amar a Dios 'sobre todas las cosas, por encima de todo' es en realidad mentira si el hombre se cierra al prójimo o incluso lo odia... el amor del prójimo es un camino para encontrar también a Dios y... cerrar los ojos ante el prójimo nos convierte también en ciegos ante Dios" (Benedicto XVI, Deus caritas est, 16).
El reconocimiento de Dios, el amor de Dios sobre todas las cosas comporta unirnos a su voluntad y a su amor, por tanto a su amor apasionado y total hasta despojarse de sí por el hombre y llenarlo de su amor. No cabe contraposición. Es la base del amor al prójimo, su raíz y fundamento más firme. Quien ama a Dios por encima de todo crece en comunión con la voluntad divina, con su sentir y su querer, con su pensar y su actuar, siempre en favor del hombre, volcado sobre él; así coinciden cada vez más nuestro querer y la voluntad de Dios, que es amor, amor encarnado y crucificado por nosotros, en su Hijo Jesucristo. Ahí está la verdad del hombre, la verdad de una nueva humanidad, ahí está su futuro, el futuro de una humanidad nueva que se rige por el amor, que se hace historia.
La Palabra de Dios hoy nos pone ante lo esencial. Debemos volver a Dios, tenerle a Él en el centro de nuestras vidas yen la realidad donde nuestro corazón está puesto, descansa, se apoya y vive. Así es como podrá surgir una humanidad nueva, una cultura de la convivencia. Sin Dios no hay futuro para el hombre, se destruye el fundamento de toda convivencia entre los hombres que radica en el amor. Esto es lo fundamental y prioritario, irrenunciable. Al hombre de nuestro tiempo, desgarrado y dividido por tantas divisiones internas y externas, por tantos fragmentos de verdad, sin encontrar su tan necesitada unidad, es preciso ofrecerle aquello esencial que requiere dar sentido a su vida y orientar su existencia, personal y comunitaria, por el camino certero de la verdad, que se realiza en el amor y nos hace libres en la comunión de amor. En la afirmación "Dios es amor" y en el doble e inseparable mandamiento, "amarás al señor tu Dios sobre todas cosas, y al prójimo como a ti mismo", tenemos el núcleo de la fe y el fondo de la realidad del hombre. Ahí está la entraña y la novedad del cristianismo; pero ahí está también lo que concierne a todos, lo que es válido y universal, lo que es decisivo a todo hombre ya la comunidad humana en cuanto tal, lo que está en el fundamento: El amor, "del cual Dios nos colma y que nosotros debemos comunicar a los demás" (Benedicto XVI, Deus Caritas est, 1). En él está el amor, Él es el amor, Él nos ha amado primero. Por eso mismo el primero y principal, insustituible mandamiento es el amor a Dios, que es el único Señor, no hay otro, por encima de todas las cosas.
"El problema central de nuestro tiempo es la ausencia de Dios, y por ello el deber prioritario de los cristianos es testimoniar al Dios vivo. Antes de los deberes (morales y sociales) que tenemos, de lo que hemos de dar testimonio con fuerza y claridad es del centro de nuestra fe. Hemos de hacer presente en nuestra fe, en nuestra esperanza y en nuestra caridad la realidad del Dios vivo. Si hoy existe un problema de moralidad, de recomposición moral en la sociedad deriva de la ausencia de Dios en nuestro pensamiento, en nuestra vida. O, para ser más concreto, de la ausencia de la fe en la vida eterna, que es vida con Dios... Hemos dejado de atrevernos a hablar de la vida eterna y del juicio. Dios se ha vuelto para nosotros un Dios lejano, abstracto. Ya no tenemos el valor de creer que esta criatura, el hombre, sea tan importante a los ojos de Dios, que Dios se ocupa y preocupa con nosotros y por nosotros. Pensamos que todas estas cosas que hacemos son en definitiva cosas nuestras, y que para Dios, si es que existe, no pueden tener demasiada importancia. Y así hemos decidido construirnos a nosotros mismos, reconstruir "el mundo sin contar realmente con la realidad de Dios, la realidad del juicio y de la vida eterna. Pero si en nuestra vida de hoy y de mañana prescindimos de Dios, de la vida eterna, todo cambia, porque el ser humano pierde su gran honor, su gran dignidad. Y todo se vuelve al final manipulable. Pierde su dignidad esta criatura a imagen de Dios, y, por tanto, la consecuencia inevitable es la descomposición moral, la búsqueda de sí mismo en la brevedad de esta vida; hemos de inventar nosotros el mejor modo de construir la vida y la vida en este mundo. Por eso, nuestra tarea fundamental, si realmente queremos contribuir a la vida humana ya la humanización de la vida en este mundo, es la de hacer presente y por así decirlo, casi tangible, esta realidad de un Dios que vive, de un Dios que nos conoce y nos ama, en cuya mirada vivimos, un Dios que reconoce nuestra responsabilidad y de ella espera la respuesta de nuestro amor realizado y plasmado en nuestra vida de cada día" (J. Ratzinger, Ser cristiano en la era neopagana, Madrid 1995, 204) .
"Hay quien piensa, decía el Papa Benedicto XVI el pasado septiembre en Munich, que los proyectos sociales deben promoverse con la máxima urgencia, mientras que las cuestiones que atañen a Dios... revisten bastante menor interés y urgencia. Con todo, la experiencia... enseña precisamente que la evangelización ha de ser prioritaria, que el Dios de Jesucristo tiene que ser conocido, creído y amado, debe convertir los corazones para que las cuestiones sociales puedan progresar, para que se emprenda la reconciliación... Si sólo damos a los hombres conocimientos, habilidades, capacidades técnicas e instrumentos, les damos demasiado poco. Y entonces se imponen demasiado pronto los mecanismos de la violencia, y la capacidad de destruir y de matar se vuelve dominante, transformándose en capacidad de alcanzar el poder, un poder que antes o después debería traer consigo el derecho, pero que nunca será capaz de hacerlo. Con ello nos alejamos cada vez más de la reconciliación, del compromiso común con la justicia y el amor. Entonces se extravían los criterios con los que la técnica se pone al servicio del derecho y del amor, criterios de los que precisamente todo depende; criterios que no son meras teorías, sino que alumbran el corazón, encauzando así la razón y la acción por el camino recto" (Benedicto XVI, Homilía en la explanada de la Neue Messe de Munich, 10-9-2006).
Por ello, no hay prioridad ni imperativo más urgente para los cristianos que se pueda anteponer a ésta: la prioridad del testimonio del Dios vivo el estar "centrados" en el primer desafío que tenemos de creer realmente y dar testimonio del Dios vivo. Todo lo demás está subordinado a este esencial, apremiante e imprescindible testimonio de Dios vivo. "Si vivimos bajo los ojos de Dios, y si Dios es la prioridad de nuestra vida, de nuestro pensamiento y de nuestro testimonio, lo demás es sólo un corolario. Es decir, de ello resulta el trabajo por la paz, por la criatura, la protección de los débiles, el trabajo por la justicia y el amor" (J. Ratzinger, Ser cristiano, 205).
La enseñanza constante del Papa Benedicto XVI, desde el inicio de su pontificado, es un constante apelar a este testimonio de Dios, a centrar la vida en Dios, a advertir sobre la ruina que le adviene al hombre, a la humanidad, cuando se aleja de Dios o hace que no cuente. Desde su primera homilía en el inicio solemne de su ministerio petrino, hasta su viaje apostólico a Baviera, su tierra natal, pasando por su gran Encíclica "Dios es amor", es una permanente y apremiante llamada a que los hombres vuelvan a Dios. Ahí se juega todo. Eso es lo esencial. En tiempos como los nuestros de grandes cambios y de una complejidad tan enorme en todos los campos no podemos perder el norte, no podemos quedar atrapados por la barahúnda de cosas, ni enredados en miles cosas que no llevan a ningún sitio las ramas no pueden impedirnos ver el bosque. Es preciso ir a lo esencial y centrarnos en lo que es el centro de todo: la fe en Dios, que se ha revelado plenamente en la existencia histórica de su Hijo único, Jesucristo, nacido de María. ¡En él hemos conocido a Dios, que es Amor!", (1 Jn 4' 16). Es plenamente cierto y seguro, "el mundo necesita a Dios. Nosotros necesitamos a Dios. ¿A qué Dios necesitamos?" Al que vemos, palpamos, y contemplamos en Jesús, que murió por nosotros en la cruz, el Hijo de Dios encarnado que aquí nos mira de manera tan penetrante, en quien está el amor hasta el extremo. Este es el Dios que necesitamos: el Dios que a la violencia opuso su sufrimiento el Dios que ante el mal y su poder esgrime, para detenerlo y vencerlo, su misericordia (Benedicto XVI, Homilía en la explanada de Neu Messe).
Esto es lo fundamental, prioritario e irrenunciable. Está por encima de todo. "Escucha, Israel, el señor muestro Dios es solamente uno". Aquí está la base de nuestra presencia cristiana en el mundo.
No quiero finalizar esta homilía, sin evocar el recuerdo de algo que veo providencial. Ayer, día 4, fiesta de San Carlos Borromeo, hizo 24 años que nos visitó el Papa Juan Pablo en Toledo. Aquí, en el barrio del Polígono, tuvo el encuentro con el apostolado de los laicos. No es una coincidencia casual con la celebración del primer Centenario de las semanas Sociales. El Papa invitó a la presencia cristiana y evangelizadora de los laicos en el mundo. Esta presencia es inseparable de la Doctrina Social de la Iglesia.
Hace unos momentos escuchábamos al obispo auxiliar de Madrid en la última lección de la Semana estas palabras: "En los últimos decenios, ateniéndonos a las abundantes y riquísimas enseñanzas de índole social de Juan Pablo II, hemos constatado cómo la aportación de la Doctrina Social de la Iglesia –una parte de las más importantes Encíclicas de Juan Pablo II han merecido el ser consideradas Encíclicas Sociales- han significado un aliento específico para que el hombre de fines de un milenio y de los comienzos de los años 2000 pudiese no olvidarse quién era él mismo, cómo podría afrontar los graves retos en el campo de la bioética, cómo ayudar a superar los conflictos bélicos y políticos y, no en último lugar, cómo favorecer las nuevas organizaciones sociales y cómo dar respuesta a los problemas suscitados por los nuevos nacionalismos insolidarios en un mundo globalizado".
Que sean las enseñanzas de Juan Pablo II norte y guía de la presencia cristiana en el mundo; que sean, unidas a las enseñanzas del Concilio Vaticano II, de los Papas en su Doctrina Social, y del último de los Papas, Benedicto XVI, la luz que guíe permanentemente estas Semanas Sociales, para que constantemente sigan influyendo en nuestra sociedad, renovándola desde dentro.
Y también quiero anunciar el propósito, ahora que comienza el XXV Aniversario de la visita del Papa Juan Pablo II a Toledo, que vayamos preparando nuestro corazón y nuestras aportaciones para, en una cuestación popular, dedicarle una estatua, aquí en Toledo, en esta ciudad emblemática por su fe y por su significado en la historia de España y de Europa.
Que así sea.