El Sr. Cardenal recibió la Medalla de Oro de la Ciudad de Toledo y el título de Hijo Adoptivo

Salón de Concilios (15 de diciembre de 2006)

Discurso del Sr. Cardenal

Laudatio del Dr. D. Vicente Manuel Rouco Rodríguez

 

PALABRAS DEL SR. CARDENAL ARZOBISPO,

DON ANTONIO CAÑIZARES LLVOERA,

EN EL ACTO DE DECLARACIÓN DE HIJO ADOPTIVO TOLEDO

La verdad es que estoy emocionado y abrumado, siento pudor y rubor por este gran gesto que está teniendo conmigo esta queridísima ciudad de Toledo, desde hoy mi queridísimo pueblo, aunque no sea digno de él. Con lo feliz que me siento cuando paso inadvertido y como de puntillas por el mundo, sin que se me note; y mira por donde... Cuántos trabajos y sacrificios han tenido que llevar a cabo, unos, nuestra admirada y muy querida Corporación Municipal para todo el complejo trámite que este gesto y este acto comporta, otros para asistir a este cálido encuentro. Perdonad que haya sido motivo de algunos sacrificios e incomodidades; algunos os habéis trasladado incluso de muy lejos; sé que lo hacéis gustosos y de buen grado, porque ése es vuestro gran corazón y ésa es la gran amistad con la que me honráis y que está muy por encima de mí. Sois todos muy buenos, todos muestran una gran amistad y una generosidad para conmigo que no merezco, ni mucho menos. Que Dios os lo pague: que Dios se lo pague, querido y respetado Sr. Alcalde y Ayuntamiento de Toledo, que Dios os lo pague a todos.

En estos momentos, abrumado y emocionado, me siento en el deber gratísimo de pronunciar la palabra más hermosa que sin duda tiene el vocabulario: "¡gracias, muchísimas gracias!". Siempre que se dice "gracias" es porque se está recibiendo un regalo. El regalo siempre es fruto de la benevolencia y del amor. Se trata de un don, de algo inmerecido, de algo que no corresponde en justicia y para lo que no se tiene derecho alguno, ni para lo que no hay trabajo previo que se recompense; algo por completo gratis. Nada más gratis, ni ningún don como el ser hijo adoptivo: ser hijo es siempre un don, nadie se merece ser hijo, es fruto del amor, del amor de los padres y sobre todo de la madre. Ser, además, hijo adoptivo de una ciudad, en este caso Toledo, es con toda claridad fruto de la pura bondad y libertad de quien te distingue de esa manera, con tal gesto de generosidad. Este es mi caso esta tarde. Y esto lo que siento: necesidad de dar gracias, por el amor de Toledo, por el afecto de todos por esta distinción, por su gran benevolencia y liberalidad: así es esta ciudad de Toledo, -mi ciudad desde ahora-, siempre tan generosa, abierta, acogedora y madre.

Este don, querido Alcalde y Concejales de Toledo, que recibo, de vuestra parte expresa, en efecto, la magnanimidad del que regala, vuestro afecto y vuestra amistad, pero también el amor, la grandeza, la nobleza, la generosidad, que siempre ha caracterizado a Toledo. Por eso, por encima de otras cosas o de otras consideraciones, esto es también un homenaje, pues, a Toledo y a su Ayuntamiento, y a quienes lo han apoyado, por su hidalguía y grandeza de corazón, por su bondad y por su talante de dar gratis y tan generosamente.

Significa mucho tener un pueblo, más aún ser de un pueblo, ser hijo adoptivo de un pueblo, ser estimado como hijo: es tanto como tener una comunidad, una gran familia, con la que se comparte todo, con la que se vive desde la confianza y la comunión, o en la que se siente uno comprendido y apoyado por pertenecer sencillamente a ella, y con la que se comparten anhelos, inquietudes, proyectos, empresas comunes; ser hijo adoptivo de un pueblo es como echar y tener raíces, asumir e incorporarse a las raíces de ese pueblo o ciudad; sólo una persona con raíces, sólo una vida con raíces tiene consistencia, puede mantenerse en pie y con vida, tiene futuro. El gesto de esta tarde me da esa fuerza aun mayor, esa alegría grande por la vida, ese pertenecer a una comunidad, sin eso uno está solo. No estoy solo. Me sé a mí mismo que estoy con vosotros, que os tengo a vosotros, que tengo a nuestra querida Toledo. Que formo una unidad con vosotros, que vuestros gozos y esperanzas, vuestros sufrimientos y trabajos, vuestras inquietudes y anhelos, vuestras alegrías, son también mías. Así, además, puedo sentir la unidad con. el resto de los pueblos y de las gentes. Un homenaje, por tanto, a estas raíces toledanas, raíces sólidas y cargadas de savia nunca agotada porque son raíces cristianas hondas, vividas y cultivadas en siglos, que son también raíces de España, y así mismo aún de la misma Europa, que son raíces de unidad, de una unidad histórica, cultural y espiritual que ha formado y perdurado el conjunto unido y diverso de nuestros pueblos y de nuestras gentes de España.

Desde el primer momento que me comunicaron esta buena nueva, que me llenó de asombro agradecido, no he dejado de preguntarme: "¿por qué, por qué a mí?". Sin duda por ser vuestro Arzobispo, por haber sido constituido por el Papa Benedicto XVI, Cardenal de la Santa Iglesia de Roma. En verdad no he hecho nada especial. Han hecho en mí. Lo ha hecho Dios, lo ha hecho el Papa, lo ha hecho la Iglesia. En el fondo estáis haciendo hijo adoptivo de Toledo a quien no tiene más mérito que ser un siervo y servidor de la Iglesia, y que, como he dicho en más de una ocasión, no quiere más que servir, unido a la Iglesia y con su Señor. Vuestro reconocimiento, que, vuelvo a repetir nunca agradeceré como se debe, es un reconocimiento a la Iglesia, de la que, se diga lo que se diga o se piense lo que se piense, está unida a ella desde que se siembra la semilla cristiana en sus tierras: ya a comienzos del siglo IV, en el 304, aparece su primera mártir, Santa Leocadia, patrona de Toledo y de la juventud toledana. Ella sí que fue una gran hija de Toledo, una gran toledana, ella sí que hizo por Toledo, ahí queda su testimonio y su grandeza que engrandeció y engrandece a Toledo: que ella me ayude también a serlo.

Reitero que soy consciente de que no tengo ningún mérito para lo que esta tarde me estáis concediendo. El que reciba esta tarde el don de ser hecho hijo adoptivo de Toledo, es un hecho más de lo que es la experiencia y realidad de toda mi vida: todo lo he recibido, soy obra de la gracia, un fruto del amor de los demás, del amor de Dios; todos somos así. Un gesto más para que me dé cuenta de que la vida toda es don, y que no me crea que nada es mío, que no haya soberbia en mi vida ni por mis obras, ni orgullo como si algo no lo hubiera recibido.

Lo que sí os puedo asegurar es una cosa: que llevo en mi entraña más profunda, en lo más vivo y hondo de mi corazón, un grandísimo amor a Toledo, y que comparto con Toledo su gran amor a la Eucaristía -ahí está su inigualable Corpus que cada año habrá de tener mayor realce y ser celebrado con el mayor brillo que Dios quiere y que el Señor se merece-; comparto también con Toledo su gran amor a la Santísima Virgen -ahí está "su" Virgen del Sagrario, el voto inmaculista del Ayuntamiento toledano que renovamos el pasado día siete, y, de manera singular, su santo Patrón, San Ildefonso, devoto como pocos, amante como pocos, y cantor como pocos de las glorias de la siempre Virgen, cuyo decimocuarto centenario de su nacimiento nos aprestamos a celebrar, incluso -es primicia lo que voy a comunicar- con la visita a Toledo durante unos días de sus sagradas reliquias que se guardan y veneran en Zamora. Con Toledo comparto también su historia, su vocación, su apertura a todos: aquí se forjó la unidad católica de nuestra patria española, aquí se amasó ese proyecto común y esa vocación común que nos une a los pueblos y gentes de España, aquí se vivió una convivencia ejemplar entre religiones y culturas que tanto necesitamos en nuestro tiempo, aquí estuvo la cabeza visible de la España renacida. Es también la ciudad de los Concilios que tanto influyeron en la cristiandad de Occidente, aquí se ha conservado el rito hispano o de los mozárabes, los cuales defendieron su fe en medio de grandes dificultades.

Y tantas y tantas gestas y aspectos que podríamos y deberíamos añadir, para como, nuevo toledano, de adopción, sienta muy míos esos avatares, esa memoria que siempre es mirada y capacidad de futuro, esa gran herencia, y, al mismo tiempo e inseparablemente, sienta la llamada al compromiso común y a la responsabilidad para con esa inigualable y singular herencia para enriquecerla, avivarla, y hacer posible que toda la vitalidad en ella contenida se despliegue si cabe con más fuerza en nuestros días. Porque tiene esa historia y le ha sido legada esa herencia, no a pesar de ella, Toledo mira al futuro, son sin duda muchos los retos, las empresas y proyectos que tiene ante sí. Les puedo asegurar que también los comparto y me siento corresponsable enteramente con ese futuro, esas empresas, esos retos, esos proyectos. Trabajaré por Toledo, como he trabajado desde que el Santo padre, Juan Pablo II, de feliz memoria me envió a serviros y ser vuestro. Mi servicio no puede ser otro que el de Obispo y el de Cardenal, y como tal, me gastaré y me desgastaré por mi pueblo y para nuestro pueblo, Toledo, y trabajaré por su unidad, que es su vocación en el conjunto de los pueblos y aun de la misma Iglesia, por eso es Sede Primada.

Me siento unido y comprometido con Toledo. Entre otros, mi compromiso cómo pastor, porque amo mucho a Toledo, es rezar siempre por todos los toledanos, por nuestra entrañable y grande ciudad; es lo mejor y que puedo hacer por ella: hablarle al Señor que es el más poderoso, grande, importante y amoroso de todos los seres, Dios, hablarle de nuestra ciudad, de Toledo, de todos, de sus gentes, de sus asuntos, de sus necesidades; que Él os atienda y vele por vosotros, como Dios que es; en sus manos os pongo diariamente: ¿en qué mejores manos?. Otro compromiso o de las mejores cosas que puedo hacer por Toledo - quizá os pueda parecer extraño decir esto en un salón de actos de un Ayuntamiento, una institución civil, pero es verdad: el compromiso de llevar a todas las partes donde esté y pueda el nombre de Jesús, ser un toledano de adopción que no se canse de trabajar por el Evangelio, Jesucristo; es, sin duda, de lo mejor que puedo hacer por el hombre y como servicio de Toledo a la humanidad, como han hecho nuestros más ilustres paisanos desde santa Leocadia; es lo que más necesita el mundo, que sufre una tan vasta y honda secularización, una quiebra de humanidad tan grande expresada en su quiebra moral, que vive tales conflictos y divisiones, que padece tanta agresividad y violencia.

Cuando me hacéis hijo adoptivo, debéis saber que estáis haciendo a uno que no quiere saber otra cosa ni servir a otro que a Jesucristo, y Éste crucificado: esa es la razón de ser de mi existencia: no tengo oro ni plata, lo que tengo, mi riqueza y mi todo, Jesucristo, eso ofrezco por Toledo, y desde ahora, como toledano de adopción. Habéis tenido, quizá sin pretenderlo una intuición grande, al hacer hijo adoptivo a un siervo, que no está en el mundo para que le sirvan, sino para servir y dar su vida; que no está para tener poder, sino para ocupar los últimos puestos, como el siervo: Mi corazón no es ambicioso ni pretendo grandezas que superan mi capacidad. Estáis haciendo hijo adoptivo a un pastor que quiere dar su vida por los demás y reunir a los dispersos; que quiere ser lo que Dios quiera de Él, no lo que el mundo quisiera; que es de todos y para todos: sabiendo que para ser de todos hay que ser en concreto de algunos; por eso, como soy y me siento de aquí, vuestro y vosotros míos, puedo ser de todos. Hacéis hijo adoptivo a uno que quiere ser como el mas grande de los hijos de Toledo, san Ildefonso de Toledo: santo porque eso es lo que quiere Dios, lo único que cuenta, y sin eso todo lo demás es pérdida, no hay futuro: humilde, sencillo, pobre, dedicado a la contemplación y al pastoreo, a anunciar el Evangelio para que el mundo crea, preocupado por cómo hacer cristianos, testigo de esperanza.

Tengo tres pueblos, mejor, soy de tres pueblos: Utiel, donde nací, Sinarcas donde me crié, y ahora Toledo, donde dejo mi vida por vosotros: todo un lujo. Ahí veis una prueba más del cariño de Dios. Dios se porta muy bien conmigo, mejor que yo con Él. Otro signo más en mi vida: servir a la unidad.

De nuevo mi agradecimiento al Ayuntamiento de Toledo, en la persona de nuestro querido Alcalde, buen amigo, D. José Manuel Molina. No puedo concluir, sin agradecer también a mi buen amigo, admirado amigo, D. Vicente Rouco, Presidente del Tribunal Superior de Justicia de la Comunidad de Castilla-La Mancha, cuya laudatio sólo se puede hacer desde la amistad y desde su generosidad y su corazón magnánimo; esta tarde le permitimos a tan fino y espléndido Juez que se extralimite conmigo por su benevolencia. Muchas gracias a todos por su presencia, por sus muestras de afecto y amistad. Muchas, muchísimas gracias a Toledo. Y en todo y por todo sean dadas gracias a Dios. Todos, presentes y ausentes, os mostráis como lo que sois: muy buenos amigos, muy buenos conmigo; me queréis, como yo también os quiero a todos y a cada uno. A todos tendría que agradecer personalmente: cada uno estáis aquí por diferentes motivos, pero con un común denominador: vuestro afecto y vuestra bonhomía. Es para mí una responsabilidad el aceptar este honor con el que me habéis distinguido: ser hecho hijo adoptivo de Toledo. Sé que adquiero un mayor compromiso por Toledo: ahora aún soy y me siento más toledano, como también me sentiré más utielano por ser hijo predilecto de allí, y más sinarqueño al ser también hijo adoptivo de a que pueblo que me acogió y me vio crecer y ordenar sacerdote.

Que la Virgen Inmaculada, la Purísima, testigo excepcional de este acontecimiento os colme de todo bien, que proteja a esta ciudad de Toledo en todo. Ella, esta tarde, está con nosotros como madre de todos, y particularmente de uno que quiere ser, todavía más desde hoy, un buen hijo de Toledo, un buen hijo de Ella, la humilde y pequeña esclava que canta la grandeza del Señor, porque su misericordia es eterna como demuestra el acto de esta tarde, que se fija en la pequeñez de su siervo.

 

LAUDATIO

Ceremonia del solemne acto para la imposición de la Medalla de Oro de la Ciudad y Concesión del Titulo de Hijo Adoptivo de Toledo

A su Emmcia. Rvdma. D. Antonio Cañizares Llovera,

Cardenal Arzobispo de Toledo y Primado de España.

 

Excmo. Sr. D. Vicente Manuel Rouco Rodríguez

Presidente del Tribunal Superior de Justicia de Castilla-La Mancha

Cuando el pasado día 8 de Diciembre, Festividad de Nuestra Sra. la Virgen Inmaculada Concepción, me senté para comenzar a escribir el texto de mi intervención para la laudatio de Su Eminencia el Cardenal D Antonio Cañizares Llovera con motivo del acto en el que se le entrega la medalla de oro de esta insigne ciudad y se le proclama hijo adoptivo, lo primero que hice fue pedir a la Virgen que me iluminara para enfocar adecuadamente su preparación y poner en mí las palabras apropiadas para referirme a una persona de la altura intelectual y sobre todo espiritual del Sr. Arzobispo de Toledo.

Cuando me llamó el Excmo. Sr. Alcalde de Toledo para pedirme que fuera yo quien pronunciara este discurso debo decir que acepté prácticamente de inmediato.

Eso sí manifesté a D José Manuel una cierta sorpresa, que en mi interior era mucho mayor, por el inmerecido honor que se me hacía al pensar que yo pudiera estar a la altura de un encargo semejante. Confío que el Sr. Alcalde y D Antonio no se molesten si desvelo la anécdota que el primero me refirió al indicarme que su Eminencia había sugerido que esta intervención la hiciera Rouco y cuando el Sr. Alcalde le manifestó que llamaría a aquél a Madrid para hacerle la petición, D. Antonio le aclaró enseguida " No, no es ese Rouco a quien yo me refiero..."

Está claro que D. Antonio se refería a este servidor que les habla y no a mi tío.

Pues bien, distinguido auditorio, estimados amigos, querido D Antonio... lo cierto es que tras aceptar la encomienda me enfrenté a ella lo mejor que he podido y confío que sepan disculpar el modesto resultado obtenido, derivado del escaso tiempo de que he dispuesto y sobre todo de las escasas cualidades de quien les habla.

En efecto, ¿Qué puede decir un humilde Juez como yo de una egregia figura de la Iglesia y una de las personalidades más relevantes de la España de nuestro tiempo?

Por otro lado mi conocimiento directo de su historia vital, de sus obras, de su trabajo, de su actividad como hombre de Iglesia es más bien reducido. Muchos que le han tratado y seguido de cerca, les habrá con mayor capacidad y mérito que yo para relatarnos o describirnos esa trayectoria, esos años de esfuerzo, ideas y doctrina hasta llegar a ocupar la sede Primada de España, a Cardenal de la Iglesia Romana y Vicepresidente de la Conferencia Episcopal en una edad todavía joven pero de plena de madurez y de lucidez para orientar el peregrinar de su Iglesia, la Iglesia de Toledo, y la de España y el de los fieles católicos y también de aquellos que miran con afecto y simpatía los principios y valores de la fe y pensamiento cristianos en estos tiempos que nos ha tocado vivir.

Estoy seguro que Su Eminencia no ha dejado de darse cuenta de mis muchas limitaciones. Así que comprenderá y disculpará que a mis palabras les falte el fundamento de ese contacto con las fuentes directas de conocimiento. Lo mismo pido a este distinguido auditorio.

Ahora bien, lo que no les puedo prometer es imparcialidad en el afecto y en la simpatía que D Antonio como persona se ha sabido ganar desde que le conocí y empecé a tratar, siendo ya Arzobispo de Toledo.

Una simpatía y afecto que brota inmediatamente hacia la persona cercana y sencilla que siempre he visto en él, de la persona que nunca hace alarde de su dignidad y condición, como me demostró la primer vez que tuve la ocasión de hablar con él, cuando allá por el año 2003 siendo ya Arzobispo de Toledo me llamó por teléfono a mi despacho entonces en la Sala de lo Contencioso-Administrativo del Tribunal Superior de Justicia sin intermediario alguno; recuerdo perfectamente que un funcionario del Tribunal que recogió la llamada, ignorante de la verdadera identidad de su interlocutor, me dijo que deseaba hablar conmigo Antonio Cañizares, así se había presentado él directa y personalmente en el teléfono.

Un hombre del pueblo que nace el 15 de octubre de 2005, festividad de Santa Teresa de Jesús.

Feliz coincidencia, dado que según la información de la que dispongo D Antonio profesa una gran veneración por la Santa de Ávila, donde desempeñó su primer destino en el ministerio Episcopal. La figura y pensamiento de la Doctora de la Iglesia ha sido especialmente importante en su vida.

Como él mismo ha declarado en alguna ocasión: "Desde que nací el día 15 de octubre, festividad de Santa Teresa de Jesús, ella me ha guiado, ella ha estado muy cercana a mí. Uno de los primeros libros que me regalaron por Reyes, siendo niño, fue una biografía de Santa Teresa; fui formado en una institución teresiana y, para colmo, Dios me llevó a la tierra de Santa Teresa para ser obispo, iniciando el ministerio episcopal.

Durante mis años en Ávila siempre estuve en la fiesta de la Transverberación, y también en los días anteriores a la conmemoración de este hecho tan importante en la vida de Santa Teresa. En aquellos tiempos venía don Marcelo y ahora la providencia me ha llevado a Toledo, y sigo la tradición suya de estar en estos días de la Transverberación.

Don Marcelo fue un hombre hondamente teresiano que conocía muy bien la espiritualidad teresiana, predicó durante más 25 años en la fiesta de la Transverberación y conocía como pocos a Santa Teresa. Yo quiero seguir también ese camino, que para mí es un gozo, porque la Santa es una de las cotas más altas de la humanidad, una de las personas que mejor ha mostrado la verdad del hombre, y la ha mostrado precisamente porque ha sido enteramente de Dios y para El.

Como dice en esa coplilla suya: Quien a Dios tiene, nada le falta; sólo Dios basta, y eso es sólo y lo único donde está la verdad del hombre".

Don Antonio es natural de Utiel, donde muy recientemente ha recibido la medalla de oro de esa ciudad concedida por su Ayuntamiento.

Esa naturaleza le vincula estrechamente con Valencia, provincia, pero al mismo tiempo le proporciona también el carácter propio de las gentes castellanas de la Meseta, (en la que este antiguo pueblo está enclavado) en la comarca Requena-Utiel. Allí se cría y recibe sus estudios de enseñanza primaria y media en Sinarcas y Requena, además de en Segorbe (Castellón) y Moneada (Valencia).

No ha debido perder en modo alguno el cariño por Valencia, por sus gentes y por Nuestra Sra. la Virgen de los Desamparados, cuando es capaz de posponer su toma de posesión como Cardenal en la Iglesia de San Pancracio y acude a la ciudad del Turia para celebrar la Misa de Infantes el 17 de Mayo de este año en honor de la querida patrona de los valencianos, con una multitudinaria asistencia.

La primera impresión que tiene un cristiano laico como yo al tratar a D. Antonio aun sabiendo de su dignidad Episcopal y de Cardenal de la Iglesia es que sobre todo estamos ante un sacerdote en el pleno sentido de la palabra.

Sus estudios eclesiásticos los realizó en el Seminario Diocesano de Valencia (1961 a 1964) y en la Universidad Pontificia de Salamanca, entre 1964 y 1968, doctorándose en Teología dos años más tarde por la misma Universidad.

Fue ordenado Sacerdote en la localidad de Sinarcas el día 21 de Junio de 1970.

Es perito en Pastoral Catequética por el Instituto Superior de Pastoral.

Tras pasar por Alcoy, en octubre de 1972 es adscrito a la Parroquia de San Gerardo en Madrid, donde es coadjutor hasta su designación en abril de 1992 como Obispo de Ávila.

En ese período de tiempo ha llevado a cabo una intensa labor en el seno de la Conferencia Episcopal como colaborador y Secretario de la Comisión de Enseñanza y Catequesis y así mismo de la Comisión Episcopal para la Doctrina de la Fe, participando en la elaboración de importantes documentos de ambas Comisiones y de otros que fueron tratados y aprobados por la Comisión Permanente y Plenario de la Conferencia Episcopal.

Así pues su labor doctrinal durante estos años se ha proyectado en los campos de la enseñanza y de los principios y fundamentos de la fe tal y como la entiende el magisterio de la Iglesia católica.

En Abril de 1992 fue nombrado por Juan Pablo II Obispo de la Diócesis de Ávila.

En febrero de 1997 Arzobispo de Granada y desde allí el 15 de diciembre de 2002 Arzobispo de Toledo y Primado de España.

Actualmente es Vicepresidente de la Conferencia Episcopal, en la que es miembro de la Comisión Permanente y donde ha sido miembro de las Comisiones Episcopales para la Doctrina de la Fe y de Enseñanza, siendo hasta marzo de 2005 Presidente de esta última.

Fue creado Cardenal por SS el Papa Benedicto XVI en el Consistorio Público celebrado el día 24 de marzo de 2006 con el titulo de San Pancracio.

Fue designado por el Papa Juan Pablo II miembro para la Congregación de la Doctrina de la Fe, el 10 de noviembre de 1995, a la que sigue perteneciendo como Cardenal formando también parte de la Comisión Pontificia Eclesia Dei.

Miembro honorífico de la Academia de Medicina y de Jurisprudencia de Granada, ha desarrollado una ingente labor docente y científica.

Y así entre otras labores de este tipo entre 1974 y 1992 ha sido Profesor Agregado y Catedrático de Teología de la Palabra de la Universidad Pontificia de Salamanca, donde ha explicado Teología y pastoral de la Evangelización, Catequética, Pedagogía Catequética, Teología e historia de la predicación.

En este campo de la enseñanza de la teología ha sido Profesor y Director del centro de Estudios Teológicos e Instituto Superior de Ciencias Religiosas San Dámaso de la Diócesis de Madrid durante los años 1976 y 1992.

Precisamente su preocupación en este ámbito le ha llevado en Toledo a promover la creación del Instituto Superior de Ciencias Religiosas de Toledo bajo el patrocinio de la Facultad de Teología de San Dámaso.

En el terreno universitario ha sido fundador y Gran Canciller de la Universidad Católica "Santa Teresa de Jesús" de Ávila (1994 a 1997) y Canciller e impulsor de la Universidad San Antonio de Padua de Murcia.

Su tesis doctoral publicada versa sobre Santo Tomás de Villanueva, testigo de la predicación española del siglo XVI. Madrid 1973.

Ha escrito también La Evangelización hoy, Madrid 1976 y participado en una obra colectiva titulada "Evangelización, catequesis y catequistas", Madrid-Roma 1997.

Ha sido director y colaborador de numerosas revistas y publicaciones, ha escrito numerosos artículos, cartas pastorales y pronunciado conferencias /entre las que recomiendo de manera muy particular "La Iglesia ante la Constitución Europea", que tuvo lugar en el Club Siglo XXI en 2003.

Ha participado en numerosos Congresos y Simposios nacionales e internacionales.

Durante su etapa pastoral como obispo ha promovido la construcción de nuevos templos y parroquias, como son aquí en Toledo la de Santa Beatriz de Silva o del Corpus Christi o San Juan de la Cruz o la de Teresa de Calcuta en Talavera de la Reina; tampoco ha dejado de mostrar su preocupación por impulsar actividades sociales, e incluso artísticas, promoviendo importantes exposiciones: "Castillo Interior" en la catedral de Avila con ocasión del 25 Aniversario de la proclamación de Santa Teresa como Doctora de la Iglesia. O en Granada "Jesucristo y el emperador Cristiano" o la de "Alonso Cano en Granada.2002" ha promovido diversas brillantes exposiciones o en Toledo la gran exposición sobre "Isabel, la Reina Católica. Una mirada desde la Catedral primada.

Cuando le visité en el Arzobispado de Toledo el pasado año 2005 me mostró con orgullo la biblioteca y el Archivo Diocesano de Toledo cuyo acondicionamiento y renovación está llevando a cabo y sigue siendo considerado como uno de los archivos más importantes en el campo eclesiástico.

Más recientemente ha sido nombrado Académico Numerario de la Real Academia de la Historia, en sustitución de Don Antonio Romeu Armas.

Hasta aquí un resumen apretado elenco de fechas, variados cargos y numerosas actividades que ya de por sí permiten adivinar una vida intensa, rica y muy activa.

De ahí cabe extraer que estamos en presencia de una persona de una disponibilidad absoluta, con una entrega total a la causa de la Iglesia que es el Anuncio del Evangelio y la Salvación del Hombre.

Alguien que le conoce me lo ha definido como un enamorado de Jesucristo.

Sólo una persona de fe como él, que cree como él, es capaz de desplegar ese cúmulo de actividades y buenas obras al servicio de la Iglesia que es como decir al servicio del hombre. Es un ejemplo de fe viva.

Pero además al examinar su vida y sus obras, sus ideas y pensamientos brota una sencilla conclusión: se trata de una persona con una poderosa fuerza espiritual que lleva dentro de sí haciendo no sólo oración interior con su reflexión, meditación y su predicación sino que ora con su vida, con sus obras y labores diarias.

Un hombre al que no se le ha subido el cargo a la cabeza como se dice de manera directa por la gente de la calle.

Cuando conoció la noticia de su nombramiento como Cardenal tras manifestar su gratitud al Papa lo interpretó inmediatamente como una "llamada a colaborar con el mismo". "No me siento en absoluto príncipe de la Iglesia" - decía - "sino servidor suyo" "Colaborar con el Papa en su ministerio de confirmar la fe apostólica, garantizar la unidad y fortalecer la comunidad eclesial." "Soy consciente de que ser grande en la Iglesia significa simplemente servir. Nada más que servir" o de una manera muy gráfica "Gastarse y desgastarse por completo en esta entrega sin límites, en los duros y apasionados trabajos del Evangelio y en la dedicación plena a la Iglesia Universal"

Se trata de una persona que desborda energía y trabajo: sólo muchas horas de dedicación y esfuerzo son capaces de dar los grandes frutos que se observan en su vida.

Ahora bien, la diócesis de Toledo es la Primada de España, e históricamente tuvo un papel muy relevante habiendo conservado siempre una influencia y un papel claves en la Iglesia Española debido a ese carácter y al hecho de que ha estado regida siempre por prelados de una gran talla.

El nombre de D. Antonio sigue con el 119 a una larga lista de Arzobispos toledanos a los que les ha tocado vivir épocas históricas diversas con azares y acontecimientos diferentes.

¿Qué papel desempeña D. Antonio y qué hace atractiva su figura en el tiempo presente? ¿Qué virtudes o acciones le distinguen en la España de hoy?

Sin duda el otorgamiento de la dignidad cardenalicia por el Santo Padre supone una clara muestra de confianza en su labor pastoral y en su fidelidad a la doctrina y magisterio de la Iglesia desde que accedió al ministerio episcopal.

Es verdad que suele ser tradición que los Arzobispos de Toledo casi sin excepciones lleguen a Cardenales y también lo es que D Antonio conocía y había mantenido una larga relación de amistad con el Santo Padre Benedicto XVI, con el que coincidió en la Congregación para la Doctrina de la Fe, pero también lo es que D. Antonio ha desarrollado una importante actividad en defensa de la doctrina de la Iglesia en cuestiones fundamentales para los católicos, como la defensa de la familia, el derecho de educación religiosa y de libre elección de los padres, e igualmente de la tradición y raíces cristianas de España y de su unidad cultural y política, que le lleva a representar un claro liderazgo y protagonismo dentro de la propia Iglesia en nuestro país.

De modo que es evidente que la confianza papal no es sólo expresión de una confianza meramente personal y amistosa hacia la persona y valía de nuestro homenajeado, sino una manifestación inequívoca de identificación con su labor y con la defensa que viene haciendo de estos valores y principios fundamentales para los católicos en la España de hoy.

Lo que como católico español de este tiempo aprecio más en la figura y trayectoria de D Antonio es la claridad de sus ideas y la nitidez de su pensamiento, que expresa y proclama a los cuatro vientos utilizando todos los recursos a su alcance, con dominio incluso de las técnicas de los, medios de comunicación. No creo que pueda afirmarse que no se entiende lo que dice o proclama, pues habla y escribe con suma claridad, con un español llano, directo y sencillo, asequible a todos. Expresando ideas perfectamente comprensibles en cuanto al fondo.

Y admiro sobre todo su notable valentía y vigor en la defensa del Evangelio, de la doctrina de la Iglesia y de sus valores y también de los valores de la realidad histórica y nacional española.

Precisamente el más importante y una de las características de su acción pastoral particularmente en la diócesis de Toledo y en la Conferencia Episcopales la defensa de la unidad de España, una unidad, sostiene, ha sido forjada precisamente contando con elementos no sólo políticos y de identidad cultural a lo largo de los avatares de la historia, sino fundamentalmente con rasgos de tipo espiritual y religioso vinculados a la fe cristiana y a la Iglesia Católica.

D Antonio es un apasionado de esa vinculación de España con sus raíces cristianas, llevando a cabo una reivindicación constante -que es una reivindicación de la Iglesia - de esas raíces, que son concebidas no como un esqueje sin vitalidad destinados a pudrirse sino como cauces transmisores de los elementos vitales de un presente fecundo, en la convicción de que una nación que da la espalda a su pasado, a sus señas de identidad está condenada a su disolución.

Desde los tiempos de la primera evangelización de la Hispania Romana la fe cristiana ha estado vinculada al desarrollo de la identidad de España y esa unidad de los pueblos de España comienza a perfilarse precisamente en Toledo durante la etapa visigótica en el marco de los famosos Concilios celebrados en ella.

No carece por ello de sentido que se reavive la unidad de España en torno a sus componentes cristianos precisamente desde la sede primada.

Como olvidar por sólo hacer alguna cita la gran obra de generaciones para la gloria de Dios y de España que supone una de sus más bellas catedrales; los esfuerzos de largos siglos de Reconquista, las figuras del Cardenal Mendoza y del Cardenal Cisneros; el descubrimiento y Evangelización de América; o la tarea ingente de las Ordenes Religiosas y los testimonios innumerables de tantos santos de la Iglesia española. Y un muy largo etc.

La preocupación por la promoción de esos valores le ha llevado a desarrollar una activa reivindicación de figuras históricas como la de la Reina Isabel "La Católica", que se tradujo en la organización de una grandiosa exposición en la Catedral Primada que a todos nos cautivó.

Así pues para el pensamiento y actuación de nuestro Cardenal la idea de España y la Iglesia están siempre unidas, y las raíces e identidad Cristinas de nuestros pueblos constituyen una realidad rica y viva que no puede derrocharse.

En el fondo ese pensamiento es manifestación de la defensa de la unidad e identidad europeas en torno a sus raíces cristianas que ha propugnado también con vehemencia siguiendo las directrices de Juan Pablo II y de Benedicto XVI.

Y con palabras apasionadas (ha dicho por ejemplo) en su Conferencia "La Iglesia ante Europa" pronunciada en el Club Siglo XXI el día 19 de enero de 2004: Las "raíces cristianas" son una verdad histórica, empíricamente comprobable, y apelar a ellas en este momento de una cierta confusión espiritual y cultural es algo perfectamente legítimo, aunque quepa a veces un mal uso de esta verdad, tanto desde dentro como desde fuera de la Iglesia.

Afirmando que no cualquier tipo de unificación o integración europea que sobrevenga equivale por sí misma a un futuro europeo, si no salvaguarda "la dignidad" humana y una existencia conforme a ella. Una mera centralización de competencias económicas o legislativas podría conducir a una rápida disolución de Europa si, por ejemplo, se orientase a una tecnocracia cuyo criterio fuese el aumento de consumo o de poderío. Una sociedad organizada en clave de progreso y bienestar, en la que la religión quedase superada como reliquia del pasado o recluida a lo sumo a la esfera de lo privado y en la que la felicidad se pretendiese quedase garantizada por el funcionamiento de las condiciones materiales, estaría abocada igualmente al fracaso, a la disolución más tarde o más temprano de Europa.

Para el Cardenal Cañizares la edificación de la "casa común de la nueva Europa, su integración, o la verdadera unidad entre sus pueblos, para ser algo más que una quimera o algo más que el conjunto de unas relaciones empíricas, ha de construirse sobre la búsqueda de la verdad de la persona, único fundamento posible al respeto de la identidad y los derechos de los hombres y de los pueblos.

Pues bien, en la búsqueda de esa verdad cobra también protagonismo la afirmación de la dignidad de la persona y de sus derechos fundamentales y libertades, para los que han sido fundamento imprescindible la herencia y valores cristianos.

Por eso ha destacado también la firmeza y reiteración de su condena del terrorismo en general y en particular el terrorismo de ETA: "el terrorismo -ha dicho reiteradamente - es intrínsecamente perverso, porque no hay ni puede haber gesto o actividad que lo justifique, porque sería una batalla perdida por la sociedad y por el hombre".

Siempre ha negado -siguiendo el Magisterio del Papa- a cuantos participan en él cualquier forma de legitimación religiosa, moral o política. Porque el asesinato deliberado del inocente es siempre un pecado grave sin justificación de ningún tipo, una perversión del comportamiento humano y de la verdad del hombre, así como una amenaza constante para la humanidad".

En esa línea ha admitido que para acabar con el terrorismo "hará falta mucha generosidad" y "perdonar siempre, pero no tolerar la injusticia, también siempre, y poner todas las condiciones para que se establezca la verdad, la justicia, la libertad y el honor, siempre".

Y también ha defendido que con el terrorismo no se negocia porque sería tanto como justificarlo.

No cabe duda de que esa línea de pensamiento es la que domina en la Conferencia Episcopal para la que no se puede reconocer explícita ni implícitamente a una organización terrorista como representante político legítimo de ningún sector de la población, ni puede tenerla como interlocutor político. O que la justicia, que es el fundamento indispensable de la convivencia, quedaría herida si los terroristas lograran total o parcialmente sus objetivos por medio de concesiones políticas que legitimaran falsamente el ejercicio del terror.

Su voz ha sido especialmente tenaz en defensa de la institución familiar y del matrimonio tal y como las entiende el magisterio de la Iglesia, partiendo del respeto del derecho a la vida desde el mismo momento de su concepción y localizando en el matrimonio y en la familia la fuente, ámbito y cauce natural para la transmisión de la vida y de la fe, a modo de pequeña Iglesia doméstica, con una importancia capital para la fortaleza de la propia sociedad, en cuanto es su propio fundamento.

Y lo mismo ha hecho y sigue haciendo con el derecho fundamental de los padres a la educación religiosa de sus hijos y a la libertad de educación y libre elección de centros de las familias católicas.

Todos guardamos en nuestra memoria reciente su valiente e intensa participación en todo tipo de actividades en el seno de la propia Iglesia, que ha llegado incluso a la presencia en multitudinarias manifestaciones públicas en nuestras calles convocadas en defensa de esa concepción de la familia y el matrimonio en protesta por recientes modificaciones legislativas que se han considerado especialmente perturbadoras de esa concepción.

Y su aliento e impulso para la celebración del V Encuentro Mundial de las Familias celebrado en Valencia con la asistencia del Santo Padre Benedicto XVI.

Al glosar de esta forma tan tosca -espero que se me disculpe- la figura y obras de Su Eminencia debo proclamar el orgullo y honor de contar en nuestro tiempo con una personalidad así, que contribuye a la defensa de la fe y de los valores del Cristianismo y de la fe católica y por ende también de España.

Y lo hace bien alto quien como yo -que se proclama y trata de comportarse en su vida como católico- desempeña en la España de hoy un cargo público de responsabilidad que me exige de una completa neutralidad.

Hubo tiempos en que religión, sociedad y poderes públicos estaban identificados en un Estado confesional.

Afortunadamente esa realidad ha cambiado y el Estado nacido de nuestra Constitución es respetuoso con todas las creencias y confesiones.

También, sus servidores, hemos de partir de ese principio básico en una sociedad libre y democrática.

Pero al propio tiempo, tenemos el derecho a nuestra conciencia y a compórtanos no sólo en nuestro ámbito privado sino también en la vida pública y social en coherencia con ella partiendo en todo caso del principio de neutralidad y de respeto a los derechos y creencias de todos y con exquisito respeto a la legalidad.

Esta aclaración me permite además hacer una reflexión sobre el derecho de la Iglesia a defender su doctrina y valores consustánciales en nuestra sociedad y sobre el papel de los católicos en la vida pública española.

Es para mí una obviedad y una verdad histórica demostrada que la Iglesia Católica al difundir la Buena Noticia y el Evangelio no predica otra cosa que la Salvación de los Hombres y la Palabra de Jesucristo. Con muchos errores y pecados puesto que la historia de la Iglesia está hecha por hombres sin embargo ha contribuido y sigue contribuyendo al triunfo del bien y al progreso de la Humanidad y a la afirmación de la dignidad humana como valor sustancial de las sociedades más avanzadas.

En nuestra Patria la decidida apuesta de la Iglesia y de los católicos a favor de la reconciliación nacional ha constituido un elemento clave para el consenso que alumbró una Constitución de la Concordia donde se reconocieron los derechos de todos en un ámbito amplísimo de libertad. Una Constitución que no obstante garantizar el derecho de libertad religiosa, de pensamiento o de conciencia y de culto, el principio de aconfensionalidad realiza un reconocimiento expreso de la importancia de la identidad católica de España al mencionar expresamente a la Iglesia y aludir al mantenimiento de las necesarias relaciones de cooperación con la misma por parte de los poderes públicos.

Así pues en el contexto de ese Ordenamiento jurídico no se puede pretender que la Iglesia silencie o reduzca al ámbito del culto privado sus legítimos puntos de vista sobre cuestiones fundamentales que afectan a su credo y a la visión de la vida y de la sociedad. Ella y los católicos tienen pleno derecho a trabajar con respeto a la ley por la defensa de sus creencias y valores y hacerlo con libertad en el marco de una sociedad democrática.

Y tienen pleno derecho de libertad de expresión para la defensa de ese legado que conforman los valores del humanismo cristiano lo mismo que cualquier otro sujeto o entidad su ideología o confesión, no siendo en modo alguno comprensible la crítica irracional cuando no el insulto, la descalificación más innoble, o el rencoroso ataque a esos valores o principios.

Al defender ese derecho de la Iglesia y de los católicos no se vulnera, como pudiera sostenerse, ni mucho menos el principio de aconfensionalidad del Estado sino que se hace efectivo un derecho fundamental de toda sociedad democrática en defensa de una concepción perfectamente lícita al servicio del hombre, de la dignidad de la persona, que son valores fundamentales también de nuestra Constitución.

¿De qué progreso y libertad se puede hablar si negamos esa libertad en una Constitución que se alumbró precisamente para que todos cupieran en ella?

Ruego disculpas por haber aprovechado como conclusión de mi intervención para hacer esta modesta reivindicación pública del papel de la Iglesia y de los católicos en la sociedad actual, pero he creído necesario hacerlo como homenaje a la valentía de D Antonio.

Y concluyo de nuevo honrando a D. Antonio, por esta merecida distinción, que honra también a su Ayuntamiento y al Alcalde de esta maravillosa ciudad, y que honra y prestigia a Toledo mismo al disfrutar al servicio de su Diócesis de un hombre así.