|
El emperador Diocleciano comenzó su reinado con los mejores auspicios.
Dotado de singulares dotes de gobierno, había de ser uno de los grandes
soberanos del Bajo Imperio romano.
Un cuarto de siglo llevaban los cristianos gozando de relativa paz, y el
recuerdo de las pasadas persecuciones se hacía cada vez más lejano. Dividido
el territorio imperial en dos mitades administrativas, Diocleciano, que se
asoció como césar a Galerio, se reservó el Oriente, mientras en la parte
occidental ejercía d supremo mando Maximiano, con la colaboración de
Constancio Cloro.
Sin que hoy se puedan precisar con exactitud las causas, Diocleciano,
benévolo con los cristianos durante un decenio, cambió radicalmente de
conducta influido por el césar Galerio, verdadero responsable de la enorme
matanza que se siguió. En Oriente la sangre se derramó sin medida, y los
tormentos de los mártires revistieron inaudita crueldad y satánicos
refinamientos.
También en Occidente abundaron los martirios durante los primeros años del
siglo IV. El poeta Prudencio, con estro pindárico, pudo escribir años
después su libro De las coronas, el Peristephanon, con los relatos
martiriales de quienes en aquella persecución pagaron con la vida su
inquebrantable adhesión a Cristo.
Víctima de ella fue también la doncella toledana Leocadia. La blancura,
representada por su nombre, de origen griego, coincidía con su corta edad de
adolescente, casi de niña. Un templo parroquial de Toledo a ella dedicado, y
en cuya demarcación se escriben estas páginas, se eleva sobre el lugar que
se cree fue su casa paterna, mostrándose un subterráneo considerado como
lugar de oración de la santa niña.
Los calendarios mozárabes atestiguan desde muy antiguo el culto de esta
mártir, cuya prisión y muerte fue narrada en un relato compuesto en el siglo
VII.
Según en él se nos dice, procedente de las Galias, penetró en España el
gobernador imperial Daciano, llegado para cortar a sangre y fuego todo brote
cristiano que pudiera haber nacido en un territorio saturado de paganismo.
Como lobo hambriento de sangre y cadáveres, inició un recorrido que había de
extenderse desde Gerona hasta Mérida. Letanía de mártires para el cielo y de
simiente cristiana en la tierra fue su itinerario por Gerona, Barcelona,
Zaragoza, Alcalá, Toledo, Avila y Mérida. El autor del relato escribe: "La
tierra, empapada en sangre, gritaría, si la lengua callase, la magnitud de
los escarnios, azotes, tormentos y derramamiento de sangre por él
perpetrados. Testimonio cruento de su paso feroz los mártires Félix,
Cucufate, Eulalia, los Innumerables de Zaragoza, los santos hermanos Justo y
Pastor, los también hermanos Vicente, Sabina y Cristeta y la emeritense
virgen Eulalia. "
Desde Alcalá, Daciano se trasladó a Toledo. La noticia de su llegada hubo de
poner estremecimientos de pánico en la reducida comunidad cristiana
existente en la ciudad. Muy poco tardó en citar a su tribunal a la cándida
joven Leocadia, sometiéndola a un interrogatorio, sostenido de la siguiente
forma:
-Pero ¿ cómo ha sido posible que tú, nacida de tan noble familia, te hayas
dejado obsesionar por un engaño tan burdo y sin sentido, y que, abandonando
las prácticas de culto de nuestros dioses, te hayas adherido a ese Cristo
desconocido?
Con inesperada entereza contestóle Leocadia:
-Tus recriminaciones no me apartarán de mi fe en Cristo, como tampoco la
melosidad de tus palabras ni el apego a las comodidades de mi familia, con
que intentas persuadirme, me van a arrancar de la servidumbre y promesa
hecha a mi Señor Jesucristo, que, al redimimos con su preciosa sangre, nos
concedió la máxima libertad.
Enrojecido por la ira, mandó Daciano a sus sayones que con fuertes amarras
atasen a la intrépida doncella y la encerrasen en una oscura cárcel,
mientras él se tomaba tiempo para excogitar las penas y tormentos a que
había de someterla para quebrantar su férrea voluntad.
En la parte baja del lado oriental del famoso Alcázar toledano, que, asomado
al Tajo, hubo de ser desde los tiempos celtibéricos hasta nuestros días
fortaleza casi inexpugnable, existe hoy un. recinto ruinoso, desmantelado y
cerrado con una verja de hierro. Desde el siglo XIII, renovado por Alfonso X
se sitúa en este lugar el emplazamiento de la mazmorra de Santa Leocadia. Un
autor del siglo pasado atestigua: "Todavía existía, y nosotros hemos tocado,
una señal de cruz cavada en la piedra por la costumbre continua que la
mártir tenía de imprimir con sus dedos este signo de nuestra redención".
Sobre la cruz incisa en el muro, una inscripción recordaba que allí, cargada
de cadenas, había sido encarcelada la Santa y que con sus manos había
excavado la santa cruz.
Aherrojada en lóbrega mazmorra quedaba la cristiana doncella, mientras
Daciano reemprende su viaje persecutorio. fijando sus sangrientas estancias
en Evora, Avila y Mérida. Las vidas de los mártires Vicente, Sabina,
Cristeta y Eulalia enjoyan como rubíes la corona del Rey de la gloria.
Los tormentos y la crueldad desplegada con ellos, sobre todo con la virgen
emeritense Eulalia, pronto fueron conocidos con espanto, y la noticia de
ellos llegó hasta Toledo y penetró a través de los barrotes de la cárcel
donde Leocadia se encontraba.
Fuera de santa envidia o fruto de sus oraciones, o a causa del acabamiento
por el inhumano trato a que estaba sometida, en la misma cárcel,
arrodillada, entregó su alma a Dios esta incruenta mártir toledana, a quien
los textos litúrgicos hispanos califican de confesora y mártir. Su
fallecimiento tuvo lugar el 9 de diciembre del 303 o del 304.
Enterrada en el cementerio local, en el pomerio occidental de la ciudad,
junto al Tajo, en la vega, muy pronto surgió en torno a su tumba un culto
martirial. incrementado años después al ser reconocida por Constantino la
religión cristiana. Posiblemente en el mismo siglo IV se erigió sobre el
sepulcro una basílica romana, que fue notablemente mejorada en el 618 por el
rey Sisebuto, siendo consagrada el 29 de octubre. Durante el siglo VII el
culto a la Santa vive su época de esplendor. Los grandes arzobispos de
Toledo buscan la cercanía intercesora de los restos de Leocadia para fijar
en la basílica su sepultura. Eladio, Eugenio, Ildefonso y Julián fueron en
ella enterrados y allí también se celebraron tres de los renombrados
concilios toledanos.
El recuerdo de Santa Leocadia está íntimamente relacionado con San
Ildefonso, pues ambos bienaventurados fueron los protagonistas de un
singular portento ocurrido en el interior del famoso templo.
Con inusitado esplendor se preparaba aquel año la festividad de la Santa,
día 9 de diciembre. Clero, nobleza y pueblo se agolpan en el recinto de la
basílica.
El poeta Valdivielso reconstruye la escena con abundancia de anacronismos:
...El Cabildo con capas de oro y plata,
perlas sembradas por la plata y oro,
de cuya majestad decir no puedo
más de que es Cabildo de Toledo.
Los sufragáneos del Arzobispado
con pontificio ornato acompañaban
al varón justo, al singular prelado,
a quien con todo corazón amaban...
Sale ostentando toda su potencia
el rey de la española monarquía,
mayor haciendo con su real presencia
el alborozo del solemne día...
Hace Toledo ostentación gallarda,
de consulares ropas adornados,
los padres de la Patria, en que se vían
que la sangre y las letras competían...
Ha tomado el rey asiento en su trono. Ildefonso se arrodilla a los pies del
sepulcro de la Santa, totalmente recubierto por una losa enteriza. Entonaban
los cantores estrofas e himnos de composición ildefonsiana. Súbitamente, por
obra de manos invisibles, remuévese la piedra y aparece Leocadia,
recortándose su casta silueta sobre el fondo prestado por su manto
extendido. Obispos, clero, nobles y pueblo claman glorificando a Dios. A las
voces de todos une la suya la virgen mártir para alabar a Ildefonso por los
servicios prestados a la Madre de Dios.
Entretanto, el arzobispo, ajeno al panegírico que tan portentosamente se
tejía en su honor, asióse del manto de Leocadia y, echando mano al estilete
que colgaba de la cintura de Recesvinto, cortó un trozo de aquella
vestidura, que pasa en seguida a enriquecer, como una reliquia más, el
sagrado tesoro de Toledo.
Hasta mediados del siglo VIII descansaron los huesos de la Santa en la
basílica toledana. Mas por estas fechas, al producirse la persecución de
Abderramán I contra los cristianos y sus reliquias, los atemorizados
mozárabes huyeron de la ciudad, llevando consigo como sagrado depósito las
reliquias de Santa Leocadia y de los otros santos toledanos.
Trasladados a Oviedo los de la Santa, Alfonso el Casto erigió una basílica
en su honor para que allí recibiera el culto de que se había visto privada
en Toledo.
En Oviedo permanecieron los restos de Santa Leocadia probablemente hasta
finales del siglo XI, en que, según tradición, un conde de Hainaut, llegado
a España como romero de Santiago, colaboró con Alfonso VI en la obra de la
Reconquista, y de él obtuvo como inapreciable regalo los cuerpos de Santa
Leocadia y San Sulpicio, que guardaba la iglesia ovetense.
Ciertamente se sabe que en el siglo XII se encontraba el cuerpo de la Santa
toledana en la abadía benedictina de Saint-Ghislain, sita al oeste de la
actual Bélgica.
Con culto creciente cada día en toda la comarca, allí fue visitada por los
archiduques Felipe el Hermoso y Juana la loca, . quienes obtuvieron para la
catedral de Toledo una tibia de la Santa, venerada hoy en el mástil de un
precioso relicario gótico que simula una nave y que posee la citada
catedral.
Las guerras de religión e independencia de los Países Bajos tuvieron también
sus tristes consecuencias en la abadía de Saint-Ghislain, invadida en alguna
ocasión por los herejes, quienes, deslumbrados por el fulgor de las chapas
de bronce que cubrían la arqueta de las reliquias de la Santa, y pensando
que serían de oro, las arrancaron de ella, dejando al descubierto la caja de
madera en que se guardaban.
Conocida es la preocupación de Felipe II por reunir en España el mayor
número posible de reliquias santas. Las de Santa Leocadia eran muy notables
y su recuerdo perduraba en la iglesia de Toledo con la esperanza de que a
ella pudieran regresar aquellos restos, que eran la mejor gloria cristiana
de la ciudad. El duque de Alba, toledano y gobernador de los Paises Bajos,
hizo algunos intentos para conseguirlo, mas sus poderosas instancias
resultaron fallidas ante la negativa de la comunidad, que de forma alguna
quería desprenderse de tan rico tesoro.
Más hábil y afortunado fue el jesuíta padre Miguel Hernández; también nacido
en la provincia toledana, quien, ejerciendo sus ministerios apostólicos en
los Países Bajos, comenzó en 1583 a madurar la audaz empresa de conseguir,
para su restitución a Toledo, el cuerpo de Santa Leocadia.
La tarea no fue fácil. Hubo que convencer a los monjes de la justicia de la
petición y demostrarles que el amor y reverencia que sentían por aquellos
restos se patentizaría más permitiendo que se trasladaran a lugar seguro que
no dejándolos en aquel monasterio, rodeado de herejes en lucha, quienes,
como ya había ocurrido, podrían adueñarse de él y reducir a cenizas los
huesos que por permisión divina se habían v1sto protegidos contra tantos
perseguidores.
Inesperadamente los monjes accedieron a la solicitud, no sin antes exigir
documentos de Felipe II y del Romano Pontífice Gregorio XIII. En presencia
de los prelados de Cambray y Tournai, el abad hizo entrega de los preciosos
restos al padre Hernández, y dio comienzo una larga peregrinación, que había
de prolongarse cuatro años. Dos dificultades se oponían al feliz éxito de la
empresa. Era la primera la temida oposición de los flamencos, que no veían
con agrado el verse privados de aquel santo cuerpo, que durante tantos años
había sido objeto de su piadosa veneración. La otra, sin duda más grave, se
debía al estado belicoso en que los Países Bajos se encontraban contra el
dominio español y el catolicismo.
El itinerario más corto para llegar los restos a Toledo era el que
atravesaba Francia, pero era el menos seguro y a la sazón debía de
desecharse por ser sumamente expuesto a toda clase de riesgos. Eligióse, por
tanto, el que a través de Alemania e Italia conduciría hasta un puerto
seguro del Mediterráneo, donde con plenas garantías las reliquias pudieran
ser embarcadas para su traslado a España.
Extremando cautelas, orillando los peligros, desorientando a los posibles
raptores, el padre Hernández llegaba a Roma con su inestimable depósito el
13 de febrero de 1586. El 1 de agosto partía de Génova por mar, llegando a
Barcelona el 12. Sin embargo, el desembarco del cuerpo de Santa Leocadia
tuvo lugar en Valencia.
Desde Cuenca el traslado hasta Toledo fue apoteósico. El monarca, el
cardenal don Gaspar de Quiroga y el Cabildo toledano no regatearon ni
previsiones ni gastos. Como Felipe II quería asistir con su real familia a
la entrega oficial del glorioso cuerpo, tan difícilmente logrado, a la
catedral de Toledo, hubo de demorarse la fecha de tan solemne acto hasta
finales de abril de 1587.
En la relación de actos que en la ciudad se tuvieron en tan memorable día,
los cronistas se hacen lenguas. El Cabildo y el Ayuntamiento competían en la
erección de arcos y tribunas. El recibimiento tributado a la santa mártir
por sus paisanos y por la muchedumbre de personas, llegadas de todas partes,
rebasaba todo cuanto pudiera decirse.
Luego de haberse depositado la arqueta con las santas reliquias en un
templete erigido en la basílica de Santa Leocadia, en la Vega, el domingo 26
de abril se verificó la solemne traslación. . Al llegar ante la fachada
principal del templo primado, Felipe II puso sobre sus hombros uno de los
brazos de la litera en que el santo cuerpo era transportado, mientras el
heredero, don Felipe, sostenía un cordón a ella cogido. Detrás iba,
ennobleciendo el lucido cortejo, la hermana del monarca, doña María de
Austria, y la hija, Isabel Clara Eugenia, que con sus veinte años demostraba
cómo había sido eficaz para su nacimiento otro traslado glorioso, el de San
Eugenio, verificado con la misma suntuosidad el año 1565.
En la catedral el monarca hizo la entrega oficial del cuerpo al arzobispo, y
ton él se incrementó notablemente el relicario de la Iglesia toledana.
Desde 1593 las veneradas reliquias reposan en una riquísima arca de plata,
blanca y dorada, diseñada por Nicolás Vergara y confeccionada por el platero
Merino. Custodiada durante el año en la grandiosa lipsacoteca denominada El
Ochavo, juntamente con las demás reliquias que la catedral atesora, el 9 de
diciembre es puesta sobre una carroza, revestida de terciopelo carmesí y
adornada con ramos de laurel, y es procesionalmente paseada por todo el
ámbito de la catedral, mientras la schola catedralicia, acompañada por los
capitulares y prebendados, canta el himno procesional de la Santa.
En los ocho días siguientes el arca de las reliquias permanece expuesta en
el altar de la capilla del Sagrario para que ante ella desfilen los
toledanos y soliciten su valiosa intercesión, pues no sin motivo Santa
Leocadia es la Patrona principal de la ciudad.
D. JUAN FRANCISCO RIVERA RECIO
BIBLIOGRAFÍA
FÁBREGA GRAU, A., Pasionario Hispánico (Madrid-Barcelona 1953) t.1 p.67-78;
t.2 p.65-67.
HERNÁNDEZ, M., S. I., Vida, martyrio y translación de la gloriosa virgen y
mártyr Santa Leocadia (Toledo 1591).
Biblioch. Hag. Lat. t.2 n.4848.
FLÓREZ, España Sagrada t.6 p.315-417.
Analecta Bollandiana t.14 p.30; t.17 p.119; t.20 p.392 y 410; t.59 p.317;
t.71 p.l00-132; t.72 p.382-396.
|