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CARTA PASTORAL 2005
«ID, ENSEÑAD, Y HACED DISCÍPULOS»
Carta pastoral al comenzar el curso 2005-2006
X Antonio Cañizares LloveraArzobispo de Toledo Primado de España I. SALUDO A LOS DIOCESANOS Queridos hermanos y hermanas: Gracia y paz en el nombre del Señor que nos ha amado. Os saludo a todos con todo mi afecto y gratitud, a todos y a cada uno quisiera saludaros; a todos y cada uno os deseo lo mejor en el Nombre del Señor. A los Obispos Auxiliares 1. Saludo a mis queridos hermanos, los Obispos Auxiliares, D. Ángel y D. Carmelo, que tanto estáis suponiendo en mi ministerio pastoral y en la edificación de la iglesia diocesana con vuestra ayuda, amor fraterno, testimonio, consejo, aliento, y entrega episcopal. A los sacerdotes, diáconos y seminaristas 2. Saludo a mis queridos hermanos y amigos sacerdotes, inestimables e imprescindibles colaboradores, a quienes os tengo especialmente presentes en esta Carta, y que junto a vuestro trabajo y dedicación pastoral ofrecéis el bello y ejemplar testimonio sacerdotal de vuestras vidas. Os tengo muy presentes a vosotros, diáconos, que acabáis prácticamente de dar un paso tan decisivo y valiente en vuestras vidas para testimonio y ánimo de todos. Un saludo muy especial lleno de gratitud, aliento y cercanía hacia los formadores y profesores del seminario mayor y menor, en esa labor tan nuclear y difícil que lleváis a cabo espléndidamente, a mis queridos seminaristas, que sois el futuro y la esperanza de la iglesia diocesana, y a quienes trabajáis en la pastoral vocacional, tan imprescindible y urgente. Y también mi saludo entrañable para todos los que estáis trabajando en la primera línea de la Iglesia en las tierras de misión en América, en Asia, o en África. A los religiosos y religiosas y personas consagradas 3. Saludo de todo corazón a los religiosos y religiosas de vida contemplativa, que con vuestra vida escondida con Cristo en Dios, en el claustro, tanto y tanto os debemos todos por vuestra oración, caridad, penitencia y testimonio vivo de que sólo Dios es necesario. Saludo a todos los religiosos y religiosas de vida activa y a todas las personas consagradas en otras formas de consagración -institutos seculares, vírgenes consagradas, sociedades de vida apostólica- que, en medio de la Iglesia y ante el mundo, sois signo de la presencia del Reino de Dios entre nosotros y estímulo para una dedicación plena y total a los asuntos de Dios. A las familias, a los enfermos, a los ancianos, a los jóvenes, a los niños, a los que sufren y a los pobres 4. Mi saludo entrañable y particular a los padres y madres de familia, a los esposos unidos en santo e indisoluble matrimonio, que, en estos tiempos, permanecéis fieles a lo que Dios quiere de la familia y del matrimonio y lleváis a cabo la primera e imprescindible evangelización y educación cristiana de vuestros hijos. Saludo con todo mi amor, cercanía, agradecimiento y admiración, a los enfermos e impedidos, que, con vuestras vidas puestas en las manos del Señor y disponibles a su voluntad y con vuestra unión con Cristo crucificado, representáis lo mejor de la Iglesia y completáis la pasión redentora y salvadora del Señor Jesucristo. Mi saludo se dirige también expresamente a los ancianos, a quienes os debemos tanto y de quienes, junto a vuestro amor y entrega sacrificial por nosotros, hemos recibido la mejor de las herencias y de las riquezas: la fe en Jesucristo, en la que permanecéis con firmeza admirable. No puede faltar mi saludo y la expresión de mi cercanía, amistad y afecto grande hacia vosotros, jóvenes, que sois primavera de la Iglesia y esperanza para la misma Iglesia y la humanidad, en medio de situaciones que no os son, por cierto, fáciles ni propicias. ¿Y cómo voy a dejar de saludar con todo cariño a mis queridos amigos, los niños, amigos, además, especialmente de Jesús, que tanto os quiere, que no permite que nadie impida que os acerquéis a Él, y que os puso como modelo y os colocó los primeros en el Reino de Dios. Acercaos a Él, os quiere como nadie y se alegra con vosotros. Finalmente, aunque no los últimos, os saludo a los pobres, a los que sufrís, a los que no tenéis trabajo, a los emigrantes, a los presos, a los que estáis solos, a los afligidos, a los que la vida os está zarandeando fuertemente, y que sois los preferidos del Señor, presencia suya en medio de nosotros con quienes se identifica. A los fieles cristianos laicos y a cuantos trabajan en los distintos campos pastorales 5. En este saludo, quiero y debo saludar explícitamente, con agradecimiento, a tantos y tantos -más de lo que parece a simple vista- que estáis trabajando con verdadera entrega y ánimo en la viña del Señor y tomando parte en las labores de la Iglesia como catequistas, profesores de religión, educadores cristianos, colaboradores en la formación de los agentes pastorales en la Escuela diocesana y en el Instituto Superior de Ciencias Religiosas, animadores misioneros, miembros de la Acción Católica o de otros movimientos eclesiales antiguos y nuevos y asociaciones de apostolado y de cofradías; o como colaboradores en la pastoral familiar, o en la pastoral de la salud y visita a los enfermos, o en la pastoral universitaria y de la cultura, o en los medios de comunicación diocesanos, o que estáis trabajando en Cáritas parroquial, interparroquial o diocesana, o en la atención a los presos, o en el Consejo diocesano de economía, o como animadores de la celebración litúrgica -lectores, cantores, monitores, acólitos-, o contribuyendo al ornato y limpieza de nuestros templos, o en grupos de oración o de adoración eucarística. Al Consejo Diocesano de Pastoral. Agradecimiento y aliento a todos 6. Para todos, representados de una u otra manera en el Consejo diocesano de Pastoral, que tan estupendamente está trabajando al servicio de la Iglesia diocesana, mis mejores deseos, mi plegaria y mi agradecimiento por lo que sois, por vuestra fe, por permanecer fieles en esta fe en tiempos de inclemencia, y por tomar parte generosamente en los duros trabajos del Evangelio para la firme edificación de la Iglesia que está en Toledo. ¡Gracias por el ánimo con el que Dios me fortalece valiéndose de vosotros para proseguir, sin desfallecer, en el combate de la fe y en la lucha por el Evangelio, y seguir caminando con la mirada puesta en Jesucristo, crucificado y resucitado, iniciador y consumador de nuestra, guía y pastor de nuestras almas!
II. MIRADA AGRADECIDA POR LO QUE DIOS HACE CON NOSOTROS Motivo de esta Carta al comienzo del curso pastoral, en unos momentos apasionantes y también arduos, de gracia y esperanza 1. Al comienzo del curso pastoral, desde que llegué a Toledo como servidor vuestro, os he dirigido año tras año una Carta, extensa sin duda, en la que, abriéndoos mi corazón, trato de animaros y exhortaros en vuestra fe, la fe de la Iglesia, compartir con vosotros las inquietudes e iniciativas pastorales, así como los fines, objetivos, acciones y metas para el año en este terreno, según el Plan Diocesano de Pastoral; y encareceros vuestra colaboración y entrega a lo que Dios nos pide en la Iglesia. Vuelvo a hacerlo de nuevo, este año, con la perspectiva que este curso nos abre y con la atención puesta en los objetivos que el Plan Pastoral de la Diócesis nos señala, como voz del Espíritu dirigida a nuestra Iglesia. Lo hago en unos momentos apasionantes, siempre gozosos, porque se trata de la hora de Dios y de la esperanza que no defrauda, pero también arduos, como arduos y duros son, desde el comienzo, los trabajos del Evangelio. Hemos vivido, a lo largo de este año, acontecimientos muy importantes dentro de la Iglesia y del mundo, experiencias de gracia grande tanto en el conjunto de la Iglesia universal como en el de esta Iglesia diocesana, y nos hallamos envueltos como inmersos en una situación histórica en nuestro país que engendra no pocos sufrimientos y no menos numerosas y hondas preocupaciones. La muerte del Papa Juan Pablo II y la elección de Benedicto XVI, especiales e intensos momentos de gracia y esperanza 1.1. En marzo y abril pasado Dios, en su entrañable misericordia, visitó a su Iglesia llamando junto a Sí al Papa Juan Pablo II, el «Grande», y suscitó un nuevo Pastor conforme a su corazón para suceder a Pedro: el Papa Benedicto XVI. ¡Cuánto nos ha dicho y hecho el Señor en estos acontecimientos! ¡Qué luz y qué fuerza ha desplegado su brazo en favor de los hombres! Acontecimientos de gracia en nuestra diócesis: 1.2. En esta misma providencia que Dios tiene de nosotros, por la bondad y ternura inmensas con las que Él nos cuida, el Señor, a lo largo del año trascurrido desde mi última carta pastoral, ha estado grande con la diócesis de Toledo y estamos alegres. Miremos, en efecto, con sencillez y gozo a cuanto ha acaecido entre nosotros y palparemos su misericordia desbordante para con este pueblo suyo de las tierras castellano-manchegas y extremeñas. Los Obispos Auxiliares y el nuevo Obispo de Tarazona 1.2.1. Él ha enriquecido a nuestra diócesis con dos nuevos Obispos Auxiliares, muy queridos, D. Carmelo y D. Ángel, para hacer más palpable su cercanía y solicitud de Pastor para con todo su rebaño. Ha sido un don de su gracia y signo de la especial benevolencia que tiene para con esta diócesis primada: así podrá estar mejor atendida en todos los aspectos, verse más fortalecida y cuidada, y crecer en su vida cristiana, que es lo que Dios quiere. También ha suscitado, de entre los miembros de su presbiterio, además de D. Ángel Rubio, un nuevo pastor conforme a su corazón, D. Demetrio, para que rija y sirva a la iglesia hermana de Tarazona. Así nos ha mostrado que se complace en este presbiterio, lo que nos llena de alegría y de esperanza. Con todo ello, además, Dios nos ha hecho percibir de modo cercano la importancia del ministerio apostólico en la comunión y catolicidad de la Iglesia, reavivar el sentido y la verdad de la sucesión apostólica, recordar que la Iglesia se edifica sobre el cimiento de los Apóstoles, los testigos de su resurrección, aquellos que comieron y bebieron con Él, y que nos han trasmitido lo que han visto y oído, lo que han palpado sus propias manos acerca del Verbo de la vida para que estemos en comunión con ellos y, en esa comunión, estemos también con el Padre y su Hijo Jesucristo. También Dios ha querido que veamos tan de cerca que la Iglesia es apostólica y enviada a los hombres para anunciarles el Evangelio y hacer discípulos de todas las gentes, y que nosotros participamos hoy de su misma misión. La Visita «ad Limina» 1.2.2. Pocos días antes de ser hospitalizado el Papa Juan Pablo II, en la última y luminosa etapa de su vida, los Obispos de la Provincia Eclesiástica de Toledo, junto a otros Obispos de diversas Provincias Eclesiásticas de España, fuimos en «Visita ad Limina» a Roma, para reavivar nuestra comunión con el Santo Padre y orar ante las tumbas de los Apóstoles para fortalecer la misma comunión eclesial y reavivar el carisma que Dios ha puesto en nosotros de la sucesión apostólica. Momento de gracia, no sólo para quienes hicimos esta Visita, sino también para nuestras respectivas diócesis que también se benefician de los dones recibidos en ella. El Papa, en sus últimas palabras a Obispos españoles, nos dejó como una especie de testamento y de encomienda, de misión, de gran alcance para todos. Misioneros en Perú: Moyobamba y Lurín, familias en misión, iniciativas misioneras en parroquias 1.2.3. El Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, habiendo elegido y llamado, y dado fortaleza y gracia para responder a su llamada a siete sacerdotes de este mismo presbiterio, en el curso que finaliza, los ha enviado desde nuestra diócesis a la iglesia hermana y tan necesitada de Moyobamba en Perú; y ha dispuesto a otros nueve sacerdotes para que, en el otoño próximo, se incorporen a la misma misión de la Prelatura de Moyobamba o sirvan en la de Lurín (Perú). No podemos olvidar, en este orden del mandato y urgencia misionera, las nuevas familias en misión de las comunidades neocatecumenales que parten para Boston y Santo Domingo, dejándolo todo, dejando sus profesiones, y tantas cosas aquí, para ponerse al servicio de la misión en aquellos lugares donde el amor de Dios los reclama. Y aunque sea modesta en su aportación, sin embargo relevante en su significación, debo así mismo mencionar las iniciativas de nuevas misiones parroquiales con nuevo método llevadas a cabo en varias parroquias, como en Villafranca de los Caballeros, Casas de D. Pedro, Escalona, y Burguillos. Sin duda, todo esto está siendo un acontecimiento de gracia con el que Dios nos ha visitado y bendecido, y una llamada para indicarnos cual es el camino que Él quiere que sigamos. Tanto estos sacerdotes, como las mismas familias, como las misiones en parroquias. Ordenación de catorce nuevos presbíteros y doce diáconos 1.2.4. ¿Qué decir de la ordenación de trece nuevos sacerdotes y doce diáconos el pasado mes de julio, y uno, anteriormente, de la Hermandad de Operarios Diocesanos? Todos hemos visto ahí la gran benevolencia de Dios para con nosotros. ¡Qué regalo y qué esperanza para la diócesis en este Año de la Eucaristía, y qué responsabilidad ante esta señal de la predilección de Dios y de su gracia! Dios nos enriquece de manera muy importante y significativa, por pura bondad y misericordia suya. Los sacerdotes son necesarios. Sois necesarios, queridos hermanos sacerdotes. Hacen falta sacerdotes para que haya eucaristía, para que haya Iglesia, para que haya laicos entregados a la implantación del Reino de Dios en el mundo, para que haya vocaciones a la vida consagrada y a la acción misionera, para gustar y ver qué bueno es el Señor y cómo nos ama. Sin ellos -sin vosotros-, sin sacerdotes buenos y santos, pastores conforme al corazón de Dios, no habrá futuro para la Iglesia y la misma sociedad. Por ello, lo que hemos recibido en nuestra diócesis con estas ordena-ciones, es un don inmenso, que nos llama a ser fieles en el itinerario de formación que se sigue en nuestro seminario secundando aquellas directrices maestras de D. Marcelo tan arraigadas y originadas en los criterios del concilio Vaticano II. Nuevas vocaciones sacerdotales 1.2.5. Una señal de esperanza es, también, que Dios suscita vocaciones sacerdotales entre nosotros para responder a los grandes retos que la Iglesia tiene hoy en Toledo y a las necesidades nuevas que se le avecinan en su crecimiento, sin ignorar las demandas misioneras y el deber de compartir los bienes recibidos con otras iglesias hermanas que llaman a su puerta. Y signo de que Dios se complace en este suscitar nuevos pastores conforme a su corazón precisamente en esta diócesis de Toledo, sin duda por pura magnanimidad suya y seguramente también por la fidelidad de su presbiterio, y de su Seminario, y de sus gentes y familias, es el número alto de nuevos ingresos para el nuevo curso tanto en el Seminario Mayor como en el Menor. Dios nos sigue diciendo que cuidemos las vocaciones sacerdotales, que trabajemos por ellas, que cuidemos muy mucho nuestros Seminarios y su formación, como Dios y la Iglesia nos dicen. Sin duda la mejor promoción vocacional sois vosotros, los sacerdotes, que con vuestro testimonio, ejemplo, identidad, alegría y ánimo sacerdotal animáis a las nuevas generaciones de niños y jóvenes para seguir este camino que merece la pena realizar. En esta promoción vocacional un lugar imprescindible lo ocupa la oración. Creo que este año se ha orado mucho por esta intención, las monjas contemplativas lo han hecho, se ha hecho también en muchas parroquias y comunidades que han dedicado momentos especiales de adoración eucarística por este mismo motivo y han elevado preces en la Eucaristía con esta súplica; hay que seguir orando y reduplicando esta oración, que nunca falla. También la pastoral que se está llevando a cabo en bastantes grupos de jóvenes de algunas parroquias y de algunas espiritualidades muestran, por los frutos vocacionales, que su camino es correcto, que están en el buen camino: sigan por ahí. Y no digamos de los grupos de monaguillos, donde se está realizando una labor tan buena, que siempre podemos extender e intensificar. En todo caso, están siendo las familias cristianas en nuestra diócesis un instrumento valiosísimo para este surgir vocaciones por el que damos gracias a Dios, y sentimos la responsabilidad de avanzar sin desmayo y con ilusión esperanzada. Ese es otro de los signos que Dios apunta para secundar lo que Él pide y regala a su Iglesia que está en Toledo. El primer año de nuestro Plan Pastoral diocesano: «Favorecer el cultivo de la experiencia de Dios en Cristo». Año de la Eucaristía y de la Inmaculada 1.2.6. Sólo Dios sabe lo que el curso pasado ha supuesto como acontecimiento de gracia para nuestra diócesis que, de manera tan relevante, se ha unido al Año universal de la Eucaristía, y que ha tenido como gran objetivo pastoral: «Favorecer el cultivo de la experiencia de Dios en Cristo», fomentando «la vida de oración y el trato con Dios a nivel personal, familiar y comunitario en nuestras parroquias y comunidades»; revitalizando «nuestras celebraciones litúrgicas y, en especial, la Eucaristía dominical, en este Año de la Eucaristía»; difundiendo «el conocimiento de la Sagrada Escritura, para penetrar más en el conocimiento de Cristo»; y cultivando «la espiritualidad cristiana militante». Como digo, sólo Dios conoce lo que ha pasado en el favorecer e intensificar la experiencia de Él en nuestra diócesis: si hemos orado más, si hemos orado mejor, si le hemos conocido mejor en el trato personal y de amistad diario y en todo momento. Seguro que hemos fallado y mucho; pero más seguro aún, que Él se ha volcado con su gracia y se ha acercado a nosotros, y segurísimo también que la comunión de los santos es una realidad viva y que toda la diócesis se habrá visto revitalizada en su experiencia de Dios. Si hemos fallado, si no hemos llegado a todo el alcance de este objetivo, -cosa totalmente cierta- Dios, en su gran misericordia, habrá suplido nuestra deficiencia, cortedad e insensatez; pero, en todo caso, la siembra se ha hecho, la semilla ha sido depositada en el sembradío de nuestra diócesis: personas, comunidades, grupos, parroquias; dará su fruto; ahí queda para fructificar cuando el terreno esté más propicio, porque habrá de fructificar sin duda alguna. Todos seguimos escuchando la llamada que Dios nos ha hecho y nos hace a entrar más dentro de su intimidad, a tener ese trato de amistad con Él, singularmente por la Eucaristía, la oración y la escucha de su Palabra. Los objetivos pastorales no son equiparables a la cuenta de resultados de una empresa, ni cuantificables con pesos y medidas humanas, ni son conclusiones lógicas e inexorables de cuentas matemáticas, ni resultados eficaces y exitosos previstos de la producción de una máquina. Dios, por otra parte, no sabe o no le interesan los números ni tiene por nombre o atributo «éxito». Por eso insisto en que, a pesar de nuestra negligencia o pereza, de nuestra debilidad e incluso del pecado que hayamos podido tener en nuestra respuesta, Dios sabe lo que ha pasado, lo que ha quedado en el corazón del hombre y de nuestra diócesis y comunidades, y que ahí queda como recuerdo permanente y como meta necesaria que nos interpela y llama para no abandonarlo ni relegarlo al olvido. En cualquier caso, con nosotros, e incluso quizá a veces a pesar nuestro, ¿no es cierto que sí que ha ayudado este curso a tomar conciencia más viva entre los sacerdotes y los seglares de la necesidad de la oración, y que en no pocas parroquias se ha intensificado la oración, que se ha predicado sobre la oración y enseñado a orar, que se han propiciado momentos para la adoración y para vigilias, que se ha promovido la oración de las Horas, se ha difundido más o recuperado el rezo del Santo Rosario, y que algunas familias han vuelto a la oración en su seno? Miremos, por ejemplo, las reuniones sacerdotales, los encuentros del presbiterio diocesano, ¿no se ha orado más ahí? ¿No ha aumentado, aunque sea posiblemente aún insuficiente, el número de sacerdotes que hacen ejercicios espirituales? ¿No han respondido, acaso, al objetivo de fortalecer la experiencia de Dios y la vida interior y de oración la Carta pastoral de vuestros Obispos «Orar sin desfallecer», o las celebraciones del comienzo de curso con procesión de las reliquias de Santa Leocadia desde la basílica de su nombre a la Catedral, al comienzo de año, o la fiesta de la misma Santa Leocadia como final del Año Jubilar, o la reinstauración del Sermón de las Siete Palabras el Viernes Santo, o las «nuevas» procesiones del Corpus este año en Toledo con los enfermos, los niños y las familias, con los jóvenes, o la celebración de final de curso en el campo de fútbol del «Salto del caballo», en Toledo, con la presencia de casi cincuenta imágenes de la Virgen María de las distintas partes de la diócesis, o la magna peregrinación diocesana a Tierra Santa con cuatrocientos cincuenta peregrinos? Tengamos en cuenta, además, que han surgido algunos grupos de oración, algunas iglesias están más tiempo abiertas para facilitar la visita al Santísimo. Por lo que respecta a la difusión del conocimiento de la Palabra de Dios, se han dado algunos cursos bíblicos, -sin duda menos de los necesarios, pero se han dado-, y se ha extendido todavía más de lo que estaba la difusión de la lectura del «Evangelio de cada día», a través de diversos instrumentos. Y, por lo que se refiere a la Eucaristía, debemos señalar como relevante y emblemático todo lo que ha supuesto el Congreso Eucarístico Diocesano con sus diversas fases -parroquial, de Vicaría territorial y diocesana- la celebración del Corpus particularmente en Toledo, la adoración del Santísimo, semanal o mensualmente, en no pocas parroquias siguiendo lo que ya se venía haciendo o comenzando de nuevo, el inicio y continuación de la adoración permanente del Santísimo en la Capilla Arzobispal de la Inmaculada en Toledo -espero que pronto se animen en Talavera y se tenga allí también y que, así mismo, si no es posible todo el día y noche a lo largo del año, se pueda tener la adoración del Santísimo durante todo el día en otras poblaciones y lugares de culto-. No puedo pasar por alto ni silenciar, porque tanto tiene que ver con la Eucaristía, la inauguración del «Hogar 2000» dedicado a la Beata Teresa de Calcuta, para enfermos de SIDA, en las fiestas de Corpus: Eucaristía y caridad van unidas, la Eucaristía es fuente de la caridad. Alguna iniciativa más ha habido en lo que se refiere a la Eucaristía dominical. Es mucho lo que nos queda y algo lo que hemos hecho, ahí siguen los «deberes» y ahí la gracia de Dios que nos auxilia y la comunión de los santos. ¡Prosigamos con buen ánimo, sin abandonarlo, este camino y estos objetivos que el año pasado nos propusimos! Permitidme que, dentro de este apartado referido al objetivo pastoral para el curso trascurrido, comunique la nueva iniciativa -bien sabe Dios que no es obra de laboratorio ni ningún ensayo, sino de alguna manera indicación suya- de la nueva comunidad sacerdotal de sacerdotes seculares que se ha formado en la zona de Robledo del Mazo-Piedraescrita, integrada por tres sacerdotes, que será un espacio abierto a la oración y contemplación, a la dirección espiritual, a días de retiro y encuentro en el Señor, un lugar de acogida y de misión para intensificar la vida espiritual necesaria para evangelizar. Un lugar parecido, de alguna manera, a Buenafuente, que muchos de vosotros conocéis o habéis oído hablar. Tengo mucha esperanza en esta iniciativa que, sinceramente creo, dará abundantes frutos. Tampoco quiero omitir la mención de la encomienda que he hecho a un sacerdote de promover, alentar, fomentar y coordinar iniciativas en nuestra diócesis encaminadas al fortalecimiento de la vida espiritual en ella. En estos tiempos que vivimos, tan secularizados, Dios sigue hablando y despertando nuevos caminos. ¡Todo ello nos abre a la esperanza! Los jóvenes: la pastoral con jóvenes. El Encuentro Mundial de la Juventud con el Papa 1.2.7. Uno de los campos que más me preocupa y que, a veces, casi me angustia, es el de lo jóvenes. Lo tienen muy difícil y lo tenemos muy difícil con ellos. El momento que vivimos les es muy adverso. Todo, en el ambiente en que nos encontramos y que respiramos, parece invitarles a no seguir a Jesucristo, alejarse de la Iglesia y vivir una vida de libertad omnímoda y permisiva, cargada de relativismo, de exaltación del sujeto y dominada por el goce efímero y el disfrute en experiencias que pasan, en las que se dice «pasarlo bien». También en este campo, a pesar de apariencias en contrario, no podemos ni debemos desanimarnos en nuestra diócesis y dejar de considerar lo significativo de lo que se ha llevado a cabo el curso pasado para el fortalecimiento de su experiencia cristiana. Son emblemáticas las peregrinaciones de diferentes grupos y convocatorias a Guadalupe, Urda, Fátima, Santiago de Compostela, El Pilar o Lourdes; las vigilias de la Inmaculada y de Pentecostés; la procesión nocturna con el Santísimo en las fiestas de Corpus de Toledo; las reacciones espontáneas o programadas de los mismos jóvenes ante la muerte del Papa Juan II, «su Papa», y lo que se ha visto que significa para ellos su persona y su mensaje, la huella que les ha dejado; el amor y la esperanza que han puesto en el nuevo Papa, Benedicto XVI, también para ellos «su Papa». Cuánta esperanza para nuestra diócesis suscita en especial la peregrinación y el encuentro mundial de jóvenes este verano en Colonia con el Papa: ha sido un acontecimiento de gracia para todos, también para el numeroso grupo de jóvenes de Toledo, que han vivido intensamente como peregrinos las etapas del camino o itinerario espiritual hasta llegar a Colonia, y después, en Colonia, adorando al Señor con el resto de los jóvenes, con los Obispos de todo el mundo, y, sobre todo, con el Papa. Tenemos unos jóvenes y unos sacerdotes que trabajan con jóvenes que son una verdadera esperanza; he venido de Colonia con el ánimo ensanchado y dando gracias al Señor por su inmensa bondad. Esperanza también suscita el ver cómo está trabajando el Secretariado diocesano de pastoral de juventud, lo que se está realizando en los diferentes grupos y movimientos: en la Acción Católica de Jóvenes y niños, en el Camino Neocatecumenal, en los Cursillos de Cristiandad, en los Jóvenes por el Reino de Cristo, en los Peregrinos de María, en «Getsemaní», en «Oasis», en grupos parroquiales, en «Los Pinos», en los grupos universitarios, o en otras iniciativas. El trabajo es paulatino, el avance paso a paso, pero ahí está, los frutos ahí están también y sólo Dios los conoce enteramente. Se están poniendo cimientos. Es necesario trabajar sin descanso, sin desmayo, y sin desánimo. Para Dios no hay nada imposible. ¡Adelante, jóvenes! ¡Adelante, familias, no arrojéis la toalla, no os rindáis! ¡Adelante, comunidad diocesana, sacerdotes, personas consagradas, profesores de Religión, agentes de pastoral de juventud, no tengáis miedo a trabajar con ellos! ¡Son el futuro! Formación de agentes de pastoral: iniciativas y cauces 1.2.8. Otro terreno en el que también se han dado algunos pasos y se están poniendo las piedras para edificar un sólido edificio eclesial diocesano con capacidad de convocatoria y de vida de Evangelio, es el de la formación de agentes de pastoral, en particular de laicos. Me refiero, en concreto, a la Escuela Diocesana de Formación Teológica y Pastoral y al Instituto Superior de Ciencias Religiosas «Santa María», que ha sido ya aprobado y erigido por la Santa Sede el día 11 de julio, pasado, fiesta de San Benito, patrono de Europa. Estos dos instrumentos, muy jóvenes y tiernos aún en su andadura, están llamados a ser dos elementos claves para nuestra diócesis y para su obra evangelizadora: sin formación y sin difusión de la verdadera y sana doctrina de la Iglesia, nunca se llevará a cabo la urgente y apremiante obra evangelizadora que reclama el anuncio explícito de Jesucristo, el Hijo de Dios vivo venido en carne, y dar razón de la esperanza que nos anima. Ahí los fieles cristianos laicos van a encontrar uno de los medios necesarios para su testimonio y presencia cristiana pública en el mundo y para su aportación específica a la obra evangelizadora de la Iglesia. Es necesario que apoyemos estas iniciativas. Dios nos las regala y nos pide que las secundemos en esta hora en que apremia dar testimonio del Evangelio y evangelizar, como en los primeros tiempos, como en otros tiempos nuevos e incluso de inclemencia y crisis. Presencia de los cristianos en el campo de la cultura y en la vida pública 1.2.9. También veo como signos de moderada esperanza y acontecimientos de gracia en este año, que son como otras tantas señales que Dios nos pone para encaminarnos hacia el futuro, varias iniciativas llevadas a cabo en el campo de la cultura y de la presencia de los cristianos en la vida pública. En febrero pasado, la plataforma «Presencia cristiana» celebró un simposio sobre el tema «Fe y razón» con participación de un numeroso grupo de intelectuales y profesores, precedido de una exposición en la Universidad sobre los «Padres de Europa», y seguido de otra exposición de pintura moderna religiosa en la Iglesia de San Ildefonso de la Compañía de Jesús, con obras de un pintor talaverano sobre «El Apocalipsis, símbolo de la nueva Europa»: ambas intentaban transmitir un mensaje sobre las raíces e identidad de Europa ante el inminente referéndum para el Tratado Constitucional europeo. Al mismo tiempo en la nueva sala de exposiciones del Arzobispado podía verse la exposición «A imagen y semejanza» sobre Santa Leocadia y los 1300 años de santidad en nuestra diócesis a partir del martirio de la primera santa toledana. También los «cafés universitarios», organizados por el Secretariado de Pastoral Universitaria, han sido una sencilla, pero esperanzadora experiencia para hacer presente el Evangelio en el campo de la cultura. Finalmente, la diócesis de Toledo, uniéndose a la conmemoración del V Centenario de la muerte de la Reina Isabel «la Católica», ha celebrado un ciclo de conferencias y una magna exposición -«Isabel, la Reina Católica: Una mirada desde la catedral de Toledo»-, con las que no sólo ha hecho memoria agradecida esta gran mujer, grande esposa y madre, grande reina, y gran cristiana, sino que ha querido también mostrar su verdad y transmitir los grandes mensajes y legado que nos trasmitió, tan válidos y actuales para el momento concreto que estamos viviendo en España, y que tanto tienen que ver con Toledo, sus raíces, su historia y su vocación de siempre. En el terreno de la presencia de los cristianos en la vida pública, además del testimonio y de la acción de cristianos y de grupos cristianos que están actuando como tales en el campo de la familia, o de la política, o de la economía, o de los medios, quiero recordar tres acciones en las que los laicos de nuestra diócesis habéis dicho claramente que no queréis estar ausentes en cuanto cristianos de la vida pública, que queréis y estáis decididos a implicaros con compromiso público en aquellos campos donde se está jugando el futuro de la sociedad o que tocan a los derechos fundamentales de la persona humana. Me refiero en concreto a la recogida de muchos miles firmas, promovida particularmente por CONCAPA y Profesores de Religión, para reclamar los derechos que corresponden a los padres en la educación religiosa y moral de vuestros hijos en el ámbito de la escuela; o la iniciativa del Foro de la Familia y de varios grupos de cristianos laicos para la recogida, también de miles, de firmas, éstas acreditadas notarialmente, para promover una iniciativa legislativa popular sobre la verdad del matrimonio; o la convocatoria por parte del Consejo Diocesano de Laicos y posterior participación numerosa de toledanos en la manifestación del 15 de junio en Madrid reivindicando la verdad del matrimonio y de la familia, ante leyes injustas que la contradicen y vulneran. También esto es parte del cumplimiento de nuestro Plan Pastoral de este año que tenía como uno de sus objetivos concretos el «cultivar la espiritualidad cristiana militante». Otros acontecimientos. El conjunto del año nos prepara para el nuevo curso pastoral: «Hacer de Toledo una diócesis misionera» 1.2.10. Con toda certeza han ocurrido muchas más cosas, y hasta probablemente de más calado, en nuestra diócesis a lo largo de este año. Pero, en todo lo que he recordado con agradecimiento a Dios y con confianza en su Providencia, se puede ver como unos indicativos, unos signos por los que Dios nos encamina y que tienen que ver, en su conjunto, con aquel camino que señaló el Papa Juan Pablo II para España en el último viaje de mayo de 2003: «España Evangelizada, España evangelizadora», que nosotros hemos traducido para nuestra diócesis: «Toledo evangelizada, Toledo evangelizadora». El pontificado de Juan Pablo II, todo lo vivido en los últimos días de su enfermedad y en su muerte, la elección del Papa Benedicto XVI, la primavera que hemos vivido en aquellos días y la manifestación de una «Iglesia joven» en todos estos acontecimientos, la sucesión apostólica, la edificación sobre los Apóstoles, la comunión con la Iglesia católica y apostólica y con Pedro, la fidelidad a sus enseñanzas y al envío apostólico, la empresa misionera abierta en diferentes «frentes», la Eucaristía y la celebración de este Año Eucarístico, los sacerdotes y las vocaciones sacerdotales, el seminario, la vida de oración y el cultivo de la experiencia de Dios, la escucha y conocimiento de la Palabra de Dios contenida en la Sagrada Escritura, la formación de laicos y de agentes de pastoral, la atención a los jóvenes y la pastoral con ellos, la presencia evangelizadora en el campo de la cultura con diversas iniciativas: en fin, a través de todo ese conjunto Dios nos ha estado preparando para entrar en este nuevo curso donde nos espera promover con todas nuestras fuerzas, ayudados con el auxilio de la gracia divina, la misión. Porque ése va a ser el objetivo de la diócesis, conforme al Plan que elaboramos y aprobamos el año anterior siguiendo la voz del Espíritu a nuestra Iglesia: «Hacer de Toledo una diócesis misionera», secundando el mandato recibido del Señor, que constituye nuestra dicha e identidad más profunda: «Id por todo el mundo y anunciad la buena noticia»; «Id, enseñad y haced discípulos de todas las gentes»; «seréis mis testigos hasta los confines de la tierra». En todo ello nos ha acompañado y seguirá acompañando, la Virgen María, Estrella de la evangelización, a la que este año hemos contemplado especialmente en su Concepción Inmaculada, en diversos actos y con distintas iniciativas, como toda Santa y llena de gracia, modelo de santidad, base ineludible para impulsar una verdadera y sólida pastoral misionera.
III. ALGUNOS DATOS PREOCUPANTES DE LA SITUACIÓN ACTUAL Honda preocupación 1. Al mismo tiempo que esto y otras muchas más cosas sucedían como acontecimientos de gracia y bendición de Dios, nos hemos hallado envueltos en una serie de hechos y situaciones que nos hacen vivir el momento actual con una honda preocupación. Pienso que se asemeja bastante a la tempestad que azota la barca de Pedro en los evangelios o a los vientos contrarios de aquella noche del Evangelio en que Jesús anduvo sobre las aguas inquietas del lago de Genesaret. Pero allí se vio -y se verá siempre- la presencia del Señor que apacigua los mares procelosos y amaina los vientos contrarios que le obedecen, salva, y no deja que perezcan ni se hundan ni Pedro ni el resto de sus discípulos ni la barca de Pedro. Situaciones y actuaciones políticas y sociales que provocan preocupación Algunas legislaciones aprobadas o en curso 2. No acuso a nadie ni voy contra nadie. No pretendo ningún juicio político de nada. Simplemente trato de constatar unas situaciones que reflejan unas realidades de fondo que nos inquietan. Situaciones para una honda y grave preocupación, adversas a la voluntad de Dios y contrarias a la verdad y el bien del hombre, son, en efecto, las legislaciones aprobadas, o en curso de aprobarse, sobre algunos aspectos que atañen a realidades fundamentales como es el matrimonio y la familia, la vida o la educación. Tras estas legislaciones hay una realidad común que no puede pasar desapercibida. Leyes contrarias al matrimonio y la familia 2.1. La ley que tan ampliamente favorece, agiliza y abrevia el divorcio, o la que modifica el Código Civil para anular la verdad del matrimonio como unión única e indisoluble de un hombre y de una mujer en comunión de amor y de vida y abierta a la vida, son ataques a lo más básico del hombre y de la sociedad, de nuestra historia y de nuestra cultura, asentada sobre la base firme de la verdad de la familia y de cuanto ella representa. Se está socavando de este modo, dígase lo que se diga, lo que es el «núcleo central y fundamental de toda sociedad, ámbito ini-gualable de solidaridad y escuela natural de convivencia pacífica, que merece toda tutela y ayuda para cumplir sus cometidos». Se están, de hecho, postergando derechos primarios respecto a otros cuerpos sociales, entre los que se encuentra «el de nacer y crecer en un hogar estable, donde las palabras padre y madre puedan decirse con gozo y sin engaño». Con alguna de estas legislaciones, además, no se permite a los más pequeños prepararse «a abrirse confiadamente a la vida y a la sociedad, que se beneficiará en su conjunto si no cede a ciertas voces que parecen confundir el matrimonio con otras formas de unión del todo diversas, cuando no contrarias al mismo, o que parecen considerar a los hijos como meros objetos para la propia satisfacción» (Juan Pablo II, Al Embajador de España ante la Santa Sede, 18, junio, 2004). Es toda una concepción antropológica, una visión del hombre y del matrimonio, la que está en juego y en trance de desmoronarse. Esto es muy grave y de muy amplias y radicales consecuencias. Leyes contrarias a la vida y al derecho fundamental a la vida 2.2. Otras legislaciones y proyectos tendentes a aprobar la experimentación con células madre de embriones vivos, a pesar de todo lo que se quiera edulcorar con falsedad, o la ampliación que se propone para un futuro un poco más tardío de los supuestos y facilitación del aborto, o la extensión del uso de la píldora abortiva poscoital o del día siguiente, facilitándola incluso a los niños o preadolescentes, son nuevos y terribles atentados contra la vida de seres humanos inocentes e indefensos. Una vez más nos encontramos con estas leyes, además de otras cosas, con un cambio antropológico total, con una visión del hombre donde su verdad se desvanece y donde la persona humana desaparece. Resulta una grandísima «incoherencia de ciertas tendencias de nuestro tiempo que, mientras por un lado magnifican el bienestar de las personas, por otro cercenan de raíz su dignidad y sus derechos más fundamentales, como ocurre cuando se limita o instrumentaliza el derecho fundamental a la vida, como es el caso del aborto <o de la manipulación de embriones>»; con estas legislaciones, además, se está desoyendo e ignorando a «la conciencia humana que aspira a la verdad y se preocupa por la suerte de la humanidad»; legislando así, los responsables públicos, por lo demás, incumplen en cuanto garantes de los derechos de todos -que no «origen de los derechos innatos de todos»-, la obligación de defender la vida, en particular de los más débiles e indefensos, y de alcanzar las verdaderas «conquistas sociales» que son «las que promueven y tutelan la vida de cada uno y, al mismo tiempo, el bien común de la sociedad» y no el bien para algunos «a costa del sacrificio de otros» (Cfr. Juan Pablo II, Al Embajador de España). Proyectos legislativos que cercenan la libertad de enseñanza e impiden el verdadero derecho a recibir con todo el rango y garantías académicas una formación religiosa y moral en la escuela, conforme a las propias convicciones 2.3. El Proyecto de Ley Orgánica de Educación aprobado en Consejo de Ministros, en la lógica de la promoción de una escuela única, pública y laica, inaceptable como está, además de un recorte de derechos y libertades fundamentales, es un paso más hacia la desaparición o al menos debilitamiento en su rango académico, y desnaturalización de la formación religiosa y moral -uno de los derechos fundamentales de los padres, garantizado en la Constitución Española- y hacia la laicización de la sociedad, con graves consecuencias para el futuro de los actuales alumnos y de la misma sociedad. Es el hombre, una vez más, y el bien común de la sociedad, los derechos fundamentales, que son fundamentales independientemente del «status» jurídico que se les otorgue, la familia, y la gran cuestión de la verdad lo que está en juego. Otras campañas 2.4. Habría que añadir a estas leyes o a estos proyectos, las campañas subliminales -y no tan subliminales- favorecidas por instancias de poder en favor de la eutanasia, en favor de la calidad de vida como única vida merecedora de vivirse, o del «sexo seguro» y sin apertura a la vida, que denotan toda una mentalidad que se cierra sobre el hombre, cada día más incapaz de futuro. La desfiguración del Derecho. Parece que ya no hay Derecho. Se crean derechos inexistentes, y no se cumplen los verdaderos derechos 3. Me es duro decirlo, pero creo con toda sinceridad, que estamos entrando o inmersos en un mundo en el que parece que se cuestiona la existencia misma del Derecho -con mayúscula-. Parecería que ya no hay Derecho. Literal y sencillamente quiero decir que, en la práctica, se anula la posibilidad del Derecho al convertirse éste en la decisión del poder u obra del consenso. Lo que son verdaderos derechos -los referentes a la vida, la familia o la educación- no se asumen en su verdadera identidad, ni se acatan, más bien se hace propaganda en contrario y hasta se legisla, a veces, contra ellos; y sin embargo «se crean» derechos inexistentes como el «derecho al aborto», o a «acortar la vida», o a unirse personas del mismo sexo y a considerar matrimonio a esa unión. El Derecho siempre ha estado al servido del bien común, que pasa por el bien de la persona, para implantar la justicia y defender lo justo, para proteger al débil y al indefenso, lo que es fundamental e inalienable para el bien común y el bien de la persona humana: la vida, la familia, la justicia, la verdad... Hoy entre nosotros, sin embargo, se aprueban leyes, expresión de lo que debería ser aplicación y garantía del Derecho, que van precisamente contra la vida, la familia, lo justo, lo verdadero y lo bueno. Es más, ahora parece incluso, insisto, que se quieran inventar y reconocer derechos inexis-tentes, actuando de un modo arbitrario que excede a las capacidades de los Estados, lo cual dañará, sin duda muy seriamente, al hombre y al bien común. De la negación de la verdad al totalitarismo. La dictadura del relativismo Se nos está instando a asumir un horizonte de vida y de sentido en el que ya nada hay en sí y por sí mismo verdadero, bueno, justo en sí y por sí mismo, porque ya no tiene cabida la existencia de una verdad última. Hemos entrado en una mentalidad relativista, escéptica, y subjetivista, que niega la posibilidad y la realidad de principios estables y universales, de la verdad, en definitiva, o de acceder a ella, paso ineludible hacia cualquier forma de totalitarismo. «De la negación de la verdad al Estado totalitario», titula un excelente trabajo de investigación uno de nuestros sacerdotes sobre un autor de nuestro tiempo de gran influencia en la actual situación política de España, del que cito alguna de sus conclusiones. «La negación de la verdad y del bien -dice- es el motor que impulsa el proceso de expulsión de la religión del ámbito público. Si el bien y la verdad no pueden conocerse entonces sólo puede ligarse la ley a un sentido procedimental. Es una manera de entenderse los hombres, de vivir en comunidad sin matarse, de garantizar un marco donde cada individuo pueda realizar su ‘plan de vida’ sin causar daño a los otros. Gracias a este primer paso -relativista a pesar de afirmaciones que pretenden matizarlo o negarlo- la religión queda reducida al ámbito de lo privado. Hay un segundo paso. La visión contractualista de la sociedad se vuelve absoluta. Porque el Estado no tiene límites. No hay Dios, no hay ley natural, no hay ninguna verdad sobre el bien que esté encima de la voluntad del Estado. Es un Estado absoluto. La libertad del individuo es ilimitada según esta concepción filosófica. Cada hombre es libre para hacer lo que quiera. No hay ninguna ley superior que indique lo que se puede o no realizar. Sin embargo, para hacer posible la vida en la sociedad se realiza un pacto, a través del cual cedemos nuestros ilimitados derechos al Estado. Él velará para que estos ilimitados derechos se puedan cumplir asegurando al mismo tiempo solidaridad y seguridad. El Estado por tanto aparece sin límites morales, sólo procedimentales (...). El Papa Juan Pablo II alerta en la encíclica Centessimus annus del peligro: ‘Si no existe una verdad última, la cual guía y orienta la acción política, entonces las ideas y las convicciones humanas pueden ser instrumentalizadas para fines de poder. Una democracia sin principios se convierte con facilidad en un totalitarismo visible o encubierto, como demuestra la historia’ (CA 46) (...) La conclusión es clara: una democracia sin principios se convierte en un estado totalitario porque es ilimitado su poder moral y bajo la apariencia de defensa de la libertad y de lo plural lo que hay es una imposición de un monismo naturalista. Si ninguna concepción del bien y de la verdad tiene cabida en el Derecho, entonces lo que hay es -bajo apariencia de libertad- la imposición de unas leyes cuyo único principio es que no hay ningún principio trascendente. El pluralismo supuestamente es aceptado, pero con la excepción de aquellos que creen conocer la verdad. Estos no pueden ser aceptados porque son un peligro para la democracia» (L. Petit). Un mundo sin Dios o con Él. Dios lo verdaderamente y más decisivo para el hombre 4. Esta situación no es imaginaria o virtual, es real, es la que está instalada en ciertos ámbitos del poder, y que se va extendiendo y afianzando en la sociedad, sobre todo entre los sectores jóvenes, ante la pasividad o la resignación, como si nada ocurriera. Pero esto es grave. Y unido a esto, la irrupción de una pretendida nueva revolución cultural y social en la que Dios sobra y hay que eliminarlo. No anda muy lejos de ahí, incluso con mucha mayor radicalidad, un Nobel de Literatura, quien, en un reciente artículo aboga por la desaparición de Dios y la erradicación de su nombre de la esfera humana y de la sociedad porque constituye, para él, el problema capital que impide la paz y el entendimiento entre las gentes y los pueblos. Esta manera atea de pensar sustenta la opinión de poderes que crean o imponen una mentalidad que se va extendiendo más de lo que pueda parecernos. Lo que está en juego detrás de todo, lo digo una vez más, es un mundo con Dios o sin Dios: es Dios mismo. Esto es lo más grave que le puede pasar al hombre y a nuestra civilización. Es lo más decisivo. La suerte del hombre está en Dios. Somos de Dios, creación suya, estamos en sus manos; Él nos ha redimido, nos salva y nos ama con amor perpetuo y sin límites; en Él está la vida eterna, nuestra vida plena, el futuro y la meta. Somos de Él y para Él. El corazón humano trata en vano de extraer vida de otras fuentes, pero en realidad se destruye, como demuestran tantos signos de nuestro tiempo, en los que son evidentes las consecuencias trágicas de la ausencia de Dios. En esta ausencia de Dios se funda la crisis de nuestra cultura, y tenemos que confesar que también la crisis de la Iglesia es en buena parte la consecuencia de una cierta marginación de la realidad de Dios. Por lo mismo, sólo se superará tal crisis y se devolverá a nuestra Iglesia diocesana y a nuestras parroquias toda su vitalidad, si desparece ese «silencio o ausencia» de Dios, si volvemos a Dios, si se le devuelve a Dios el lugar vital y central que le corresponde en el corazón, en el pensamiento y en la vida del hombre. El Papa Benedicto XVI en la vigilia con los Jóvenes del Encuentro Mundial de Colonia, ha hablado directamente de aquello que salvará siempre a la humanidad: «Sólo de Dios proviene la verdadera revolución, el cambio decisivo del mundo. En el siglo pasado hemos vivido revoluciones cuyo programa común fue no esperar nada de Dios, sino tomar totalmente en las propias manos la causa del mundo para transformar sus condiciones. Y hemos visto que, de este modo, un punto de vista humano y parcial se tomó como criterio absoluto de orientación. La absolutización de lo que no es absoluto, sino relativo, se llama totalitarismo. No libera al hombre, sino que le priva de su dignidad y lo esclaviza. No son las ideologías las que salvan el mundo, sino sólo dirigir la mirada al Dios viviente, que es nuestro creador, el garante de nuestra libertad, el garante de lo que es realmente bueno y auténtico. La revolución verdadera consiste en mirar a Dios, que es la medida de lo que es justo y, al mismo tiempo, es el amor eterno. Y, ¡qué puede salvarnos, si no es el amor!» (Benedicto XVI). Esta es la situación que vivimos y ésta es la respuesta que necesitamos hoy en España, en nuestra sociedad, en nuestra diócesis. Un laicismo esencial e ideológico con sus consecuencias y expresiones Todo esto encaja perfectamente dentro del laicismo esencial e ideológico que viene expresado en las leyes o los proyectos legislativos a los que me he referido. Dios no cuenta, Dios queda relegado a la esfera de lo privado, aún más, Dios no tiene que ver con el mundo, no es real, no es el origen, guía y meta de todo el universo. Todo está sujeto al hombre y a la decisión del hombre, a su libertad. Así tampoco cuenta la verdad que nos precede y de la que no podemos disponer. No hay verdad. Dejará de ser cierto que «la verdad nos hará libres» (Jn 8, 32), para pasar a la certeza de que «la libertad nos hace verdaderos», según una desafortunada expresión que parece pretender enmendar la plana al mismo Jesucristo. La realidad de la naturaleza obra del Creador y a Él referida deja de tener valor. Deja de existir lo bueno y lo malo en sí mismo, porque ya no hay bueno ni malo por sí mismo, en toda circunstancia y lugar, siempre. Dependerá de las circunstancias, de los intereses, de los fines que se persigue. El fin justifica los medios. Todo es cálculo y estrategia, todo se mide por la proporción de los efectos. Todo queda, en fin, sometido a la elección y decisión del hombre, en su individualidad del sujeto, en la individualidad de la mayoría, en la individualidad del que detenta el poder. Pero eso es una dictadura, la «dictadura del relativismo», a la que se refirió al comienzo del Cónclave quien después sería elegido Papa Benedicto XVI. Estamos, pues, ante un cambio epocal, ante el impulso de una ideología que pretende hegemonizar todo, ante una verdadera revolución cultural, reflejo de un mundo sin Dios, que se vuelve contra el hombre, se diga lo que se quiera. En eso estamos y a eso vamos. Es a lo que se llama «modernidad o modernización», la gran meta a la que, nos dicen, hay que aspirar, cuyo ingrediente imprescindible habrá de ser el laicismo, como ideología, y la mundanización de todo, sin mirada a lo alto, o la preocupación exclusiva por la tierra y por las metas de esta tierra sin apuntar más allá de este horizonte, porque estorbaría para su progreso y desarrollo. Así se está construyendo una «sociedad de arqueros» que apuntando con su flecha a la tierra nada más, se quedan cortos, a un paso de sí mismos o en sí mismos, sin horizontes amplios, sin vuelos, y con el riesgo de que su misma flecha rebote sobre ellos y los hiera y hasta los aniquile; no miran al cielo, a lo lejos, no tienen una mirada de amplios horizontes, y así tampoco pueden poner las metas en un gran futuro, menos aún en la vida eterna, que es el grande, verdadero y único futuro al que todo hombre está llamado. Un proyecto cultural que conlleva la erradicación de las raíces cristianas 5. A esta situación se refirió amplia y constantemente el siempre querido y recordado Papa Juan Pablo II. Su diagnóstico ha sido siempre certero; me remito, por ejemplo, a las encíclicas «Veritatis Splendor», «Evangelium Vitae» y «Fides et Ratio» y a la Exhortación Apostólica «Ecclesia in Europa». Es un clima, pudiéramos decir, general en Occidente, que en España está teniendo una intensidad especial y se está impulsando con una aceleración inusual, lo cual nos indica que nos hallamos ante un gran proyecto político y cultural, apoyado por fuerzas poderosas y anónimas, que tratan de impregnar y configurar todo y en todas las esferas de la vida; que tratan de penetrar los criterios de juicio y de pensamiento, con esta mentalidad desde los medios de comunicación a la escuela, desde la familia a la política, todo. En este proyecto y como algo inherente al mismo entra, así se palpa en muchísimas manifestaciones y acciones políticas y sociales, la erradicación de nuestras raíces más propias, de la tradición más genuina y noble que hemos recibido y en la que hemos nacido y vivido, y de la base religiosa y cristiana que la sustenta, con el consiguiente y paulatino cercenamiento de la misma libertad religiosa. Entiéndase todo esto referido de manera clara a la fe católica que es la de nuestro pueblo, la que es tan frecuentemente, zaherida y atacada, en nuestros días, en medios de comunicación y en otras actuaciones. Reducción de la fe a la esfera de lo privado y restricción de la libertad religiosa 6. A eso, con toda lucidez, naturalidad y valentía se refería el Papa Juan Pablo II en el último de sus discursos a Obispos españoles en la «Visita ad Limina» del pasado enero, ya mencionada. «En el ámbito social, decía, se va difundiendo una mentalidad inspirada en el laicismo, ideología que lleva gradualmente, de forma más o menos consciente, a la restricción de la libertad religiosa, hasta promover un desprecio o ignorancia de lo religioso, relegando la fe a la esfera de lo privado y oponiéndose a su expresión pública. Esto no forma parte de la tradición española más noble, pues la impronta que la fe católica ha dejado en la vida y en la cultura de los españoles es muy profunda para que se ceda la tentación de silenciarla. Un recto concepto de libertad religiosa no es compatible con esta ideología, que a veces se presenta como la única voz de la racionalidad. No se puede cercenar la libertad religiosa sin privar al hombre de algo fundamental». Extensión de la mentalidad laicista y su repercusión en las nuevas generaciones 7. Esta mentalidad ha calado, está calando, en nuestra sociedad, de manera particularmente intensa, aunque no exclusivamente, entre la nuevas generaciones de niños y de jóvenes, totalmente inermes, débiles e indefensos frente a toda la gran fuerza y el inmenso poder de las enseñanzas y mensajes que se trasmiten en medios de comunicación, sobre todo en ciertos programas, en algunas enseñanzas escolares, en el ambiente que nos rodea y con la fuerza de la propaganda en favor de medidas legislativas o modelos de sociedad que se están adoptando. El deterioro de la familia, al que se la intenta llevar y que la va minando desde dentro, frecuentemente también indefensa ante el poder y la avalancha de esa ideología y sistema de vida, incapaz por lo mismo de educar, es otro factor de difusión y caldo de cultivo para que toda esa mentalidad y forma de ver las cosas cale en el alma y en el pensamiento de los pequeños y jóvenes. A eso hay que añadir el actual proyecto escolar que de manera aparentemente inocua ha ido inculcando, sutil y eficazmente, el predominio de la razón instrumental, del subjetivismo y del relativismo, la ausencia de la pregunta por el sentido de la vida y el valor de la verdad. Hoy nos encontramos con no pocos jóvenes inmersos, mental y vitalmente, en esta mentalidad dominante, lejos de los criterios de pensamiento y del juicio de valor que entraña la fe en Jesucristo, y aun la misma recta razón. Repercusiones en la educación y para la enseñanza religiosa escolar 8. Por eso, el mismo Papa Juan Pablo II, en el mencionado discurso re-ferido a España, se refería a la educación y a la escuela y, en concreto, a la enseñanza religiosa escolar como algo fundamental a mantener y tutelar. Decía: «En el contexto social actual, están creciendo las nuevas generaciones de españoles, influenciadas por el indiferentismo religioso, la ignorancia de la tradición cristiana con su rico patrimonio espiritual y expuestas a la tentación de un permisivismo moral. La juventud tiene derecho, desde el inicio de su proceso formativo, a ser educada en la fe. La educación integral de los más jóvenes no puede prescindir de la enseñanza religiosa también en la escuela, cuando lo pidan los padres, con una valoración académica acorde con su importancia. Los poderes públicos, por su parte, tienen el deber de garantizar este derecho de los padres y asegurar las condiciones reales de su efectivo ejercicio, como está recogido en los Acuerdos parciales entre España y la Santa Sede de 1979, actualmente en vigor». Esto se ve amenazado por el intento de llevar a cabo el modelo de escuela pública, impuesto por una ideología, aunque esté en contra del sentir de los ciudadanos que, en su inmensa mayoría, como se demuestra año tras año -así hasta veinticinco años ya- piden para sus hijos formación religiosa y moral católica, porque la consideran básica y fundamental para su educación. Campañas contra la Iglesia como reaccionaria y contraria a la modernidad, y de descrédito de la religión y de la moral de la Iglesia. Incidencia de estas campañas 9. Al mismo tiempo se va trasmitiendo de modo incisivo y sembrando en las mentes de muchos la idea de que todo ese conjunto de normas y de criterios de actuación y de vida son propios de un mundo moderno, progresista y de futuro, conquista de la modernidad y obra de la democracia, a la que se exalta y se la identifica con esa ideología y ese conjunto de criterios permisivos y relativistas. En la siembra de esas ideas se presenta a la Iglesia como enemiga de la modernidad y de la democracia, lo cual resulta alta y absolutamente intolerable. Así cada día se va incidiendo más en el rechazo a la Iglesia y el arrinconamiento de lo religioso a lo íntimo y privado del hombre. Se agravará esa posición hostil y de rechazo, si a esto se añade que lo que Iglesia propugna es una pervivencia del pasado y una vuelta a posiciones inquisitoriales propias de otros tiempos. Asimismo esta ideología y propaganda muestra a la Iglesia como reaccionaria ante la ciencia y al progreso; como contraria y adversa de la libertad; como enemiga del disfrute y bienestar; como misógina, homófoba y represiva del sexo; como dictadora de las conciencias y ávida de poder; como insolidaria ante la realidad y consecuencias de ciertas enfermedades, como el SIDA. La cosa se empeora, si en ciertos ámbitos escolares, en lecturas que se recomiendan o en programas de TV, se muestra lo religioso, y, más en concreto, al cristianismo como factor de división, de hostilidad, o de violencia. (Por lo demás, así eran presentadas las religiones en el libro de las «Propuestas para un debate», del Ministerio de Educación para una reforma educativa). La consecuencia es que hoy nos encontramos, en buena parte de los casos, con adolescentes y jóvenes que son, por un lado, hijos de nuestro tiempo, dominados por la mentalidad imperante que antes he descrito y, por otro, que tienen todo ese peso de la ideología y de la propaganda contraria a la Iglesia. No es extraño que no pocos vivan alejados de la Iglesia, incluso con hostilidad hacia ella, manteniendo una distancia tan enorme que les hará difícil escuchar y aceptar lo que la Iglesia propone. Eliminación de lo católico en este proyecto cultural y social 10. En esta situación, personas y grupos influyentes que configuran ciertas esferas de poder tratan de implantar un proyecto cultural y social donde queda eliminada la realidad católica, «propugnan la laicización del Estado y pretenden configurar una sociedad laica, sin ninguna referencia religiosa ni moral, sin otra norma objetiva que el pleno reconocimiento de una omnímoda y quimérica libertad que termina siendo un auténtico nihilismo moral» (F. Sebastián). Esto lleva aparejado en el proyecto de sociedad que propugnan, la eliminación deliberada de lo católico en la vida pública, su reducción al ámbito de lo privado, o su equiparación o equivalencia a otras religiones muy minoritarias en nuestro país. A esto se añade que «en nuestra sociedad está apareciendo con fuerza una corriente de pensamiento que considera que la democracia crece solamente cuando la religión ha sido eliminada de la vida pública. Para quienes opinan así, la democracia solamente puede realizarse en un clima de estricto laicismo, en el que las instituciones públicas desconocen la vida religiosa de los ciudadanos y ésta pasa a ser una actividad estrictamente privada» (F. Sebastián). La desmembración de la unidad dentro de este proyecto no resulta casual 11. A todo este cambio cultural, social, político y religioso, que conlleva la erradicación de lo católico en la vida de las gentes de nuestra sociedad y el intento de eliminación de nuestras raíces, no resultaría tal vez extraño el movimiento por parte de algunos de desmembración de la unidad de los pueblos de España. La pérdida de la unidad de España podría contribuir también a la superación de aquellos principios y valores que la sustentan y aquellas raíces que la alimentan. La negación y pérdida de éstos podría representar la negación de la identidad de aquélla. Estamos viviendo un momento difícil y delicado para España. Los católicos españoles sabemos que la fe católica y sus raíces en España, que constituye uno de los primeros patrimonios de nuestro pueblo, y la suerte de la Iglesia católica corren ciertos riesgos. Es necesario ser muy conscientes de ello, ser muy lúcidos ante su importancia y su alcance. Hoy se nos llama a creer y a mostrar con obras y palabras, en el corazón de esta sociedad y en medio de los pueblos de España, la verdad del Evangelio, la salvación de Jesucristo y la esperanza de la vida eterna. Los diagnósticos de Juan Pablo II y de Benedicto XVI sobre el momento presente y los de la Conferencia Episcopal: dificultades fuera y dificultades dentro 12. A esta descripción podríamos añadir aún alguna palabra de definición y determinación de la situación humana y cultural del momento que vivimos. Me remito a los diagnósticos del Papa Juan Pablo II, en numerosos documentos e intervenciones, y también del Papa Benedicto XVI, en diversos escritos. También son muy importantes los diagnósticos de la Conferencia Episcopal Española, en bastantes de sus documentos y declaraciones. Me remito, así mismo, a las afirmaciones que en este sentido he hecho en otras cartas pastorales de años anteriores. En todos estos diagnósticos, que nos afectan de lleno a nosotros, los diocesanos de Toledo, advertimos una realidad complicada. Dificultades, incluso hasta descalificaciones, y aun ciertas formas de «persecución» desde fuera; pero también dificultades desde dentro, por la secularización interna que atravesamos, por la dificultad, y hasta la incapacidad, de evangelizar, de llegar al hombre de hoy, de hacernos comprender y sintonizar por nuestros jóvenes. Lo más arduo y sobresaliente hoy es, sin duda, esa cultura de la increencia, tan alejada y opuesta al Evangelio y a la dignidad verdadera del hombre, que genera nuevos modos de pensar y valorar; ese «intento de hacer prevalecer una antropología sin Dios y sin Cristo. Esta forma de pensar ha llevado a considerar al hombre como el ‘centro absoluto de la realidad, haciéndolo ocupar así falsamente el lugar de Dios y olvidando que no es el hombre el que hace a Dios, sino que es Dios quien hace al hombre. El olvido de Dios condujo al olvido del hombre’, por lo que, ‘no es extraño que en este contexto de haya abierto un amplísimo campo para el libre desarrollo del nihilismo, en la filosofía; del relativismo en la gnoseología y en la moral; y del pragmatismo y hasta el hedonismo cínico en la configuración de la existencia diaria’»; una cultura que «da la impresión de ser una apostasía silenciosa por parte del hombre autosuficiente que vive como si Dios no existiera» (Juan Pablo II, "Ecclesia in Europa", 9). Esta realidad también afecta a los cristianos, y, aunque parezca contradictorio, se traduce en una vida en la que Dios no cuenta, en la que se intenta compatibilizar el vivir diario con la cultura dominante; más aún, se vive sin Iglesia o en distancia real hacia ella, con una fe que no configura todo nuestro ser y las esferas de la vida en su totalidad. Debilidades y miserias en los hombres que formamos la Iglesia: trigo y cizaña en el campo de la Iglesia Ni Juan Pablo II, ni Benedicto XVI, ni la Conferencia Episcopal -basta leer sus escritos para percatarse de ello- niegan nuestras debilidades y miserias a lo largo de los tiempos y en la situación actual. A todos nos estremecieron las palabras sobre la Iglesia del todavía Cardenal J. Ratzinger en el «Vía Crucis» de la Semana Santa de Roma de este año, donde se preguntaba: «¿Qué puede decirnos la tercera caída de Jesús bajo el peso de la cruz? Quizá nos hace pensar en la caída de los hombres, en que muchos se alejan de Cristo, en la tendencia a un secularismo sin Dios. Pero, ¿no deberíamos pensar también en lo que debe sufrir Cristo en su propia Iglesia? En cuántas veces se abusa del sacramento de su presencia, y en el vacío y la maldad de corazón donde se entra a menudo. ¡Cuántas veces celebramos sólo nosotros sin darnos cuenta de Él! ¡Cuántas veces se deforma y abusa de su Palabra! ¡Qué poca fe hay en muchas teorías, cuántas palabras vacías! ¡Cuánta suciedad en la Iglesia y entre los que, por su sacerdocio, deberían estar completamente entregados a Él! ¡Cuánta soberbia, cuánta autosuficiencia! ¡Qué poco respetamos el sacramento de la Reconciliación, en el cual Él nos espera para levantarnos de nuestras caídas! También esto está presente en su pasión. La traición de los discípulos, la recepción indigna de su Cuerpo y de su Sangre, es ciertamente el mayor dolor del redentor, el que traspasa el corazón. No nos queda más que gritarle desde lo profundo del alma: kyrie, eléison - Señor, sálvanos» (cf Mt 8, 25). El mismo Cardenal añadía a continuación en la plegaria que dirigía al Señor: «Frecuentemente tu Iglesia nos parece una barca a punto de hundirse, que hace aguas por todas partes. Y también en tu campo vemos más cizaña que trigo. Nos abruman su atuendo y su rostro tan sucios. Pero los empañamos nosotros mismos. Nosotros quienes te traicionamos, no obstante los gestos ampulosos y las palabras altisonantes. Ten piedad de tu Iglesia: también en ella Adán, el hombre, cae una y otra vez. Al caer quedamos en tierra y Satanás se alegra, porque espera que ya nunca podemos levantarnos; espera que Tú, siendo arrastrado en la caída de tu Iglesia, quedes abatido para siempre». Es preciso reconocer nuestros pecados y ponerlos ante el Señor, e invocar su misericordia. Es necesario pedir perdón y purificarnos; y, al tiempo, estamos proclamando de esta manera que Él puede y que no nos deja solos, que Él se ha levantado resucitando de entre los muertos, permanece con nosotros, en su Iglesia, en ella «se manifiesta viviente, siempre con nosotros y al mismo tiempo ante nosotros», hasta el fin de los siglos, y puede levantarnos, salvar y santificar a su Iglesia en nuestros días, como lo viene haciendo a lo largo de su historia. Por eso, como acaba de decir el propio Benedicto XVI en Colonia, «se puede criticar mucho a la Iglesia. Lo sabemos, y el Señor mismo nos lo ha dicho: es una red con peces buenos y malos, un campo con trigo y cizaña». Sin perder la esperanza Los problemas y las contrariedades están ahí, pero no son para perder la esperanza, sino para afrontarlos con acierto y esperanza. Las dificultades de fuera, el acoso al que se ve sometida la fe y la Iglesia desde el exterior y las que puedan venir no debieran darnos ningún miedo; tampoco las dificultades internas, las deserciones incluso y las debilidades y fragilidad de nuestra fe, de nuestro cristianismo de hoy, incapaz de comunicar a nuestros hermanos de hoy el inmenso tesoro que llevamos dentro. El Señor está con nosotros hasta el fin de los siglos: ésa es su promesa que se cumple hoy. Él no se baja de la barca, la Iglesia, ni la abandona, ni deja de andar sobre las aguas procelosa por contrarios y fuertes que sean los vientos adversos ni por la duda o temor de los suyos. La historia de la Iglesia, desde Jesucristo mismo, se ha visto envuelta en persecuciones, adversidades, traiciones, negaciones, abandonos, y no ha caído, ni caerá. Los poderes de este mundo pasan. La Palabra de Dios, Dios mismo, no pasan ni pasarán, Cristo es el mismo ayer, hoy y siempre. La Iglesia ha sido edificada sobre la roca firme de Pedro, y de la fe que confiesa Pedro; los poderes del infierno no prevalecerán sobre ella. «En el fondo, consuela que exista la cizaña en la Iglesia. Así, no obstante nuestros defectos y debilidades, podemos esperar estar aún entre los que siguen a Jesús, que ha llamado precisamente a los pecadores. La Iglesia es como una familia humana, pero es también al mismo tiempo la gran familia de Dios, mediante la cual Él establece un espacio de comunión y unidad en todos los continentes, culturas y naciones. Por eso nos alegramos de pertenecer a esta gran familia; de tener hermanos y amigos en todo el mundo. Justamente aquí experimentamos lo hermoso que es pertenecer a una familia tan grande como el mundo, que comprende el cielo y la tierra. En esta gran comitiva de peregrinos, caminamos junto con Cristo, caminamos con la estrella que ilumina la historia» (Benedicto XVI). La estrella de la fe. La gran cuestión del mundo y de nuestra sociedad española en esta encrucijada de la historia, y la gran cuestión de la Iglesia, es, como siempre, la fe, el vivir la vida con Dios o sin Él, el estar guiados o no por esa luz, por esa estrella, que es la que en la noche del mundo al que no le atrae ni interesa Dios, orienta y conduce al encuentro dichoso de la alegría grande en el Enmanuel, Dios-con-nosotros. A esta gran cuestión habremos de responder.
IV. «HACER DE TOLEDO UNA DIÓCESIS MISIONERA» Poner nuestra diócesis en estado de misión, en pie de misión: ése es nuestro objetivo 1. Esta situación, con todas sus consecuencias, detalles y circunstancias, lo mismo que cuanto vemos que Dios ha suscitado entre nosotros y ha hecho posible a lo largo del curso pasado como signos e indicativos de su llamada, apuntan a una misma respuesta: la que está contemplada como objetivo del año para estos próximos doce meses, es decir: hacer de Toledo una diócesis misionera, evangelizar, poner toda nuestra diócesis en estado de misión. Porque de eso se trata: poner a toda la diócesis en estado de misión, a punto para la misión, y misionando y evangelizando en todo y por todos. Impulsar una nueva y decisiva evangelización, intensamente, a lo largo de todo el año, a tiempo y a destiempo, buscando que todo sea misionero y evangelizador, con actividades específicas y especiales que habremos también de procurar con capacidad creadora. Una gran misión en nuestra diócesis, una nueva evangelización es la respuesta que Dios reclama de nosotros y a la que nos urge y apremia el amor por nuestros hermanos. Purificación de la Iglesia en esta situación: para evangelizar Lo que estamos viviendo en este tiempo, cierto que con no pocos sufrimientos, entiendo que es una purificación de la Iglesia y, como en toda purificación, una llamada a cumplir la voluntad de Dios que quiere hacer llegar su salvación a todos. Una purificación, pues, de la Iglesia que está aquí, para que siendo Iglesia conforme la ha querido y quiere su Señor, Jesucristo, fortalezca su identidad de fe, y se entregue llena de confianza, gastándose y desgastándose, a la gran labor y al gran servicio a los hombres y a la sociedad de nuestro tiempo, que es la misión a cumplir con una nueva evangelización. Para ello será preciso que nos armemos de unas actitudes y que nos dispongamos con unos sentimientos y unas certezas. También es preciso que lleguemos a una aclaración precisa de lo que es y representa en concreto esta nueva evangelización con sus contenidos, fines y método. Y por último, también será preciso, que indiquemos y sugiramos algunas actividades que este curso nos pueden ayudar a poner nuestra diócesis en verdadero estado de misión y que llegue a ser, en verdad, misionera. Identidad y entraña de la evangelización Conviene para todo ello que recordemos y tengamos muy en cuenta lo que pertenece a la entraña, naturaleza, fines, contenido y método de la evangelización. De posiciones e ideas diferentes sobre lo que es la evangelización surgen a menudo disensiones y aun posturas encontradas o divergentes que nos pueden llevar a una estéril disgregación. Me remito para ello a los fundamentales y clarificadores documentos del Magisterio de la Iglesia, en concreto dos de los Papas, Pablo VI: la Exhortación Apostólica «Evangelii Nuntiandi», y Juan Pablo II: la Encíclica «Redemptoris Missio»; ambos juntos e inseparables. También me remito a la intervención del entonces Cardenal J. Ratzinger, hoy Benedicto XVI, en el Jubileo de los Catequistas y Educadores cristianos del año 2000, sobre «La nueva evangelización», que publico con esta misma Carta Pastoral como anexo de la misma. Así mismo, tened muy presentes, las sobrias y precisas indicaciones que se nos ofrecen a todos en el «Desarrollo del Plan Pastoral Diocesano» para este próximo curso. 2. Actitudes, sentimientos y certezas para impulsar una nueva evangelización en nuestra diócesis Evangelizar: algo más que unas actividades y métodos programados 2.1. Poner a la Iglesia diocesana, toda ella, en estado de misión, «hacer de Toledo una diócesis misionera», impulsar una nueva evangelización entre nosotros no significa, en primer término, planear un amplio o reducido número de actividades; programar y llevar a cabo muchas o pocas, acciones de alguna manera llamativas o extraordinarias; comenzar enteramente de nuevo como si nada hubiese acaecido antes en nuestra diócesis o en nuestras parroquias y en nuestras gentes o poner entre paréntesis las cosas que se vienen haciendo. Es verdad que habrá que programar, sugerir acciones, más aún tendremos que llevar a cabo algunas acciones «especiales» y, si queremos, que se salgan de algún modo de lo ordinario. Pero es más que eso, exige más que eso. Reclama unas actitudes que son previas y concomitantes, pide vivir de unas certezas básicas o reavivarlas en nosotros, convoca a tener unos sentimientos -en el fondo, los mismos de Jesús-, exige avanzar en el camino de crecimiento en la amistad y amor a Jesucristo; sin esto no habrá una nueva evangelización, ni podremos desplegar algunas de esas acciones que podemos llamar extraordinarias. A todo ello me refiero ahora sin que la mención cronológica, suponga necesariamente una prelación sobre el conjunto; todo está concatenado y mutuamente referido. Hacer la voluntad de Dios. Buscar lo que Dios quiere. Los criterios de Dios 2.2. Cuando nos disponemos a secundar lo que el Espíritu nos dice a nuestra Iglesia, expresado también en el Plan Pastoral de la Diócesis para el próximo curso pastoral, traemos una vez más a la memoria, lo que el Papa Benedicto XVI dijo sobre sí mismo y su «programa» en orden a orientar el ejercicio de su ministerio y su actividad futura en el gobierno de la Iglesia: «Mi verdadero programa de gobierno -nos dijo Benedicto XVI en la homilía de la inauguración del Pontificado- es no hacer mi voluntad, no aferrarme a mis ideas, sino ponerme a la escucha, con toda la Iglesia, de la palabra y de la voluntad del Señor y dejarme guiar por Él, de tal manera que sea Él mismo quien guíe a la Iglesia en esta hora de la historia». Ahí tenemos el núcleo y lo básico para este «programa» que Dios traza para Toledo: con Cristo, no buscar, ni imponer ni aferrarse a la propia voluntad o las ideas de cada cual o de los diferentes grupos, sino, como Él, buscar la voluntad de Dios en todo, hacer lo que Dios quiere y piensa, no lo que nosotros opinamos y queremos, no seguir nuestras propias ideas y nuestros propios criterios sino los de Dios, los que Jesús nos nuestra y lo que Jesús hace: porque Él ha venido a cumplir la voluntad del Padre en todo y no la suya, porque toda su vida es cumplimiento de lo que el Padre quiere, porque viéndole a Él hasta la cruz vemos en carne humana y en la cercanía de esta carne el querer de Dios, los criterios de Dios, sus costumbres, por los que hace presente la Buena Noticia de su amor y de su querer, de su perdón y salvación, su obra de evangelización y redención. Dejarnos guiar por Cristo es imprescindible para llevar a cabo su obra entre nosotros, que no es otra que evangelizar: para esto ha venido Él al mundo, para anunciar el Evangelio del Reino de Dios y hacer presente el amor inconmensurable con el que Dios ama a los hombres, su querer, su voluntad. Así es como Él también guiará, seguirá guiando, nuestra Iglesia diocesana, como el único y Buen Pastor de nuestras almas, el único dueño de este rebaño que peregrina por nuestras tierras, como solamente Él sabe hacerlo, por las sendas de los buenos pastos y de las aguas que sacian; defendiendo a las ovejas atacadas, curando a las heridas y maltrechas, reuniendo a las dispersas: que eso es, de hecho, evangelizar. Ponernos a la escucha de lo que Dios quiere y dice en Jesucristo Para ello, subrayo, es imprescindible que toda la Iglesia diocesana, desde los obispos hasta el último de los fieles, nos pongamos, con toda la Iglesia, a la escucha de Cristo, de su palabra, de su voluntad. Vamos a vivir un año en el que toda la diócesis nos pongamos a la escucha de Cristo, con la Iglesia entera; así, «habremos de estar con Él», habremos de estar más y más cercana e intensamente con Él, para que le podamos escuchar en la suavidad de su presencia, entremos en su misterio de Hijo único de Dios vivo venido en carne, y nos veamos trasformados y como trasfigurados por Él, asumamos su misma vida, sus mismos criterios, sus mismos sentimientos y actúe en nosotros con su celo por la gloria de Dios que es que los hombres vivan. No lo olvidemos nunca, buscar y entregarse a la voluntad de Dios, es buscar y entregarse por completo a Cristo, en quien se nos hace palpable y vemos cumplida la voluntad divina. Ahí está, como en su núcleo, todo cuanto corresponde a la evangelización y a una Iglesia en estado de misión. De aquí surgirá el nuevo ardor que Juan Pablo II reclamó para la nueva evangelización: como los caminantes de Emaús, así nosotros, al escucharle, acompañados por Él en el camino, en aquella cercanía tan grande, sintieron que su corazón ardía, y tras comer el Pan de la Vida, no pudieron más que ir a donde estaban los otros, volver a la comunidad de los discípulos, a comunicar con todo gozo y esperanza lo que les había pasado en el camino. Así, guiados por Él, entregados a Él, iluminados y encendidos por su Palabra, por su presencia, y por el Pan de la Vida, llevaremos a cabo el querer de Dios que es que nuestra diócesis de Toledo sea en verdad y en todo «misionera». Poner a nuestra diócesis en estado de misión en el quinto centenario de la muerte de San Francisco Javier: estímulo, aliento, ejemplo y patrono de la obra misionera. Invocar su intercesión, la de otros santos misioneros o impulsores de la misión 2.3. Es providencial, además, que nuestra diócesis tenga como objetivo pastoral el hacer de ella una «diócesis misionera», coincida precisamente en el año en que en la Iglesia vamos a celebrar el quinto centenario de la muerte de San Francisco Javier, el gran santo misionero, el «nuevo Pablo» del siglo XVI, el Patrón de las misiones, devorado por el celo apostólico para evangelizar hasta los confines de la tierra. Un hombre apasionado por Cristo y por darlo a conocer a todas las gentes, «Divino impaciente» que recorre a pie el mundo entero, sin escatimar esfuerzo alguno, por que el Evangelio fuese acogido por los hombres de los confines de la tierra. Que Dios nos conceda este año, como pide la Iglesia el día de la fiesta de San Francisco Javier, la gracia de que nuestros corazones ardan en el mismo celo apostólico, que nos devore ese celo por la gloria de Dios y la salvación de los hombres, que nos consuma la pasión por evangelizar, que nos desvivamos por dar a conocer a Jesucristo por amor a los hombres, y que cuando no podamos hablarles de Él, de Dios, que será muchas veces, no nos abandonemos en esta pasión evangelizadora y le hablemos de ellos, con nombres y rostros concretos a Jesucristo, a Dios. Como Jesús hizo hasta la muerte, en la soledad orante del encuentro del Padre, o como sigue haciendo ahora, glorioso, con las llagas y el costado abierto intercediendo por todos y cada uno de los hombres. A san Francisco Javier encomendamos «la misión» de Toledo y su diócesis en este año, sin olvidarnos de Santa Teresa del Niño Jesús, cuyas reliquias nos visitaron en el año en que comenzábamos el Plan Pastoral Diocesano bajo el lema y la consigna de Juan Pablo II: «Toledo evan-gelizada, Toledo evangelizadora». Tampoco olvidaremos, aunque no haya sido aún proclamada santa, a la Reina Isabel, que impulsó hace más de quinientos años la gran empresa evangelizadora de América. Reconocer nuestras carencias humanas y cristianas y las dificultades que nos encontramos: Llamada de Dios a identificarnos con Cristo 2.4. Es preciso que humildemente, como ya hemos insinuado o hecho en el apartado anterior, reconozcamos nuestras carencias y pobrezas humanas y cristianas, y las no pocas dificultades que hay en nosotros para evangelizar, para comunicar y transmitir la fe, para que nos entiendan y acepten las nuevas generaciones y los hombres y mujeres, marcados por todo ese mundo complejo que nos domina y que se muestra impermeable, aunque sólo aparentemente, a Dios. Es el camino para ponernos en movimiento y purificarnos, que es donde radica la genuina renovación que precisamos. Porque es verdad, lo primero que necesitamos en nuestra Iglesia, en nuestra diócesis y comunidades, es una renovación profunda, a la que se apuntaba en los objetivos y acciones pastorales del año anterior, siempre necesaria, sólo iniciada, nunca acabada. «Necesitamos, en efecto, que nuestra experiencia de Dios y de Jesucristo, nuestra fe viva, se fragüe, se sedimente y fortalezca para anunciar el Evangelio; necesitamos acoger de nuevo el Evangelio de Jesucristo, que se haga vida en nosotros, que vivamos de él, como el justo vive de la fe» (De la Carta Pastoral «Toledo evangelizada, Toledo evangelizadora»). Que Cristo nos gane Necesitamos que «nos gane» Jesucristo para Él; que «nos neguemos a nosotros mismos», que «nos perdamos» a nosotros y lo nuestro, para que sea Él y lo «suyo», que es lo de su Padre; que nos gane, se adueñe de nosotros, y viva en nosotros, de forma que su pensamiento, su querer, su sentir y su actuar actúe en nosotros: sea Cristo nuestra vida. Que no nos importe otra cosa que Él, que vivamos para Él y desde Él, que Él sea para nosotros ese tesoro escondido o esa perla fina que lo merece todo, y que reclama que nuestro corazón sea ganado enteramente para Él, y nuestros criterios de juicio y de pensamiento sean los suyos. Que como Andrés y Simón, Juan y Santiago, Mateo o Zaqueo, Francisco Javier, san Juan de Ávila y tantos y tantos a lo largo de la historia, lo dejemos todo; que no seamos como el joven rico que no fue capaz de dejarlo todo por Jesús y seguirle, y así se fue entristecido, no encontró la alegría y la plenitud de la vida. De esta manera evangelizaremos, así es como en este tiempo podremos ser signos significativos y atraer, con la gracia de Dios, a los no creyentes y alejados. Tener conciencia clara de que el mundo necesita a Dios. Nosotros le necesitamos 2.5. El mundo necesita el Evangelio, porque necesita a Dios. Necesita a Jesucristo, porque necesita a Dios. Sin Dios el hombre se pierde, camina sin sentido, carece de esperanza ante el vivir y el morir. El mundo necesita de Dios, revelado, presente, entregado en Jesucristo, para que resplandezca la verdad de la creación y del hombre, se instaure la justicia, haya paz entre las gentes y los pueblos. No nos sintamos, porque no lo somos, espectadores pasivos ante esta necesidad No podemos quedarnos impasibles ante esa necesidad tan grande, a veces ni siquiera caemos en la cuenta, pero, con más frecuencia de lo que queremos imaginar, muy explícita y consciente, que vemos en los que se han alejado de la fe, en los que no creen, en los que padecen la quiebra y vacío que acarrea esta no fe o su pérdida; en los que sufren el desamor, la injusticia o el olvido de los hombres que pasan de largo ante sus propias necesidades y lamentos. No podemos sentirnos espectadores pasivos de esta dramática situación; es preciso que la sintamos como en carne propia con todo el dolor que entraña y la compasión que debiera suscitar. Situación dramática del hombre de hoy, que, como hombre, no se contenta con menos que con Dios y que sin Él, se diga lo que se diga, no vive Al final se trata de una gran necesidad e indigencia que llama insistentemente y con fuerza a nuestras puertas, que nos grita hoy. Es verdad que, en principio, parece existir una gran distancia entre lo que muchos hombres de hoy, sobre todo en los sectores más jóvenes reclaman, y lo que desde la Iglesia les estamos ofreciendo o comunicando, o lo que ellos están entendiendo que les ofrecemos; es verdad que parece tener los oídos cegados para oír, o los ojos embotados para ver; es cierto que muchos sienten una casi «alergia» o una notable indiferencia a lo que viene de nosotros, miembros de la Iglesia. Lo advertimos y lo vemos reflejado en medios audiovisuales de comunicación y de ocio que crean opinión más de lo que pensamos, y que expresan, con diversos registros y lenguajes, el odio a Dios, el odio a Jesucristo, su rechazo más pleno, al que desearían eliminar del horizonte de la humanidad. Pero no menos cierto, y más verdadero aún, es que «donde desaparece Dios, el hombre no se convierte en algo más grande, sino que pierde la dignidad y pasa a ser el fruto de una evolución ciega» (Benedicto XVI). E igual de cierto y verdadero es que también el hombre de nuestro tiempo, como el hombre de siempre, quiere encontrar sentido a la vida y a la muerte, quiere ser feliz, descubre en el fondo de su corazón, el anhelo de «más», el deseo de absoluto, quiere llenar su pobre corazón que, en expresión teresiana, «no se contenta con menos que Dios». Es totalmente seguro que en el corazón de todo hombre, también el de hoy, está inquieto, como diría san Agustín, hasta que descanse en Él; que el hombre, el hombre en cuanto hombre, sea de la condición que sea y viva en las circunstancias que viva, anhela y aspira a verse lleno de lo que le colme plenamente. Sólo Cristo responde a esta radical demanda del hombre, también hoy. Anunciarle, siguiéndole junto a los que nos han precedido ¿Quién puede responder a esa demanda sino Jesucristo, el que tiene palabras de vida eterna, y es camino, verdad y vida? Sólo Él llena, sólo Él satisface y sacia. A nuestros amigos, a nuestros familiares, a nuestros paisanos, a nuestros jóvenes y niños que no lo han descubierto o están escépticos o atrapados por esta civilización o por un estado de opinión ateo y pagano, cristofóbico, presentémosles la persona de Jesucristo, hecho carne de nuestra carne, como «encarnado» en nuestras propias vidas; y ayudémosles a descubrirle en su verdad y su riqueza y a abrirle su corazón; veremos cómo sí le siguen. «En Jesucristo, que por nosotros permitió que su corazón fuera traspasado, en Él se ha manifestado el verdadero rostro de Dios. Le seguiremos junto con la muchedumbre de los que nos han precedido. Entonces iremos por el camino justo» (Benedicto XVI). No un sucedáneo, sino el Cristo real y verdadero También los cristianos hoy hemos de preguntarnos al contemplar a nuestros hermanos tan alejados de la fe, ¿no será que les estamos presentando un sucedáneo de Jesucristo, o un Cristo no hecho vida de nuestra vidas en el fondo, un «fantasma» o una reproducción aprendida de memoria sin que haya tomado carne de nuestra propia y personal carne, o sin que tengamos de Él una experiencia viva, salvadora y sanante, fruto del encuentro con Él y de la experiencia de su amor y bondad conmigo? Para ello, para evangelizar, para que nos escuchen y entiendan -otra cosa será que le acojan y le sigan- es necesario que, como decía antes, Cristo se haya hecho vida nuestra y que para nosotros la vida sea Cristo; y que se palpe y vea que nos importa por encima de todo, que nos ha trasformado y hecho hombres nuevos, por una vida y novedad que merece vivirse. Dios, revelado en Jesucristo, es la paz y no da lugar a violencia. Testimoniar a Jesucristo 2.6. El mundo de hoy está sufriendo mucho a causa de la violencia, y el terrorismo; se siente amenazado, y desearía que toda eso acabase y apareciese la paz, la concordia, la integración, el entendimiento y el encuentro entre las gentes y los pueblos. Algunos se permiten afirmar que Dios es un estorbo para ello, cuando sólo Él podrá traer la paz a los corazones y a los pueblos. Cuando hoy, en el nombre de Dios, se predica el odio y se practica la violencia, es necesario descubrir el verdadero rostro de Dios, el rostro de Dios que se nos ha desvelado en Jesucristo, que cargó sobre sí nuestros crímenes y pecados, nos amó hasta el extremo, y trajo el perdón y la reconciliación y la paz. Es preciso que viviendo en Dios, y ante Él, mostremos testimonialmente la verdad de Jesucristo. Pararse a contemplar el rostro de Cristo para evangelizar 2.7. Como veis, resulta enteramente necesario para llevar el Evangelio, hoy, que nos paremos y pasemos largo tiempo, muchas horas contemplando el rostro de Cristo, que es el «rostro de Dios mismo», su imagen, como nos indicaba el Papa Juan Pablo en «Novo Millenio Ineunte», o en su Carta Apostólica sobre el Santo Rosario. Necesitamos, en efecto, contemplar su rostro, el que nos ofrece cada página del Evangelio, el que se nos muestra en esa página tan bella de las Bienaventuranzas en la que Jesús mismo nos ofreció su propio autorretrato, o en la cruz y llagado donde le vemos con su rostro más genuino, el de Dios mismo inclinado a lo más escarnecido del hombre y a los más humillados, a tantos y tantos pobres, afligidos, hambrientos, enfermos, crucificados de la historia con los que Él mismo se identifica, en esa página tan única y bella del capítulo 25 de san Mateo. También vemos su rostro en esos miles y miles, miríadas, de santos y testigos suyos en los que ha quedado plasmado su rostro y las cotas más altas de la verdadera humanidad, o en la comunidad humilde de sus discípulos, a lo largo de la historia, que es la Iglesia. Acercarnos a Él para contemplar su rostro donde se le puede encontrar Para contemplar su rostro hemos de acercarnos a Él en persona. Desde la lejanía lo veremos borroso y desdibujado: por eso debemos acercarnos hasta donde podamos ver y contemplar de cerca no como espectadores lejanos, sino al igual que Zaqueo, interesados verdaderamente en su persona. Contemplar, pues, su rostro, y dejarse penetrar de él; copiar en nosotros como en el velo de la Verónica o en la vida de los santos, ese mismo rostro suyo. Y, como en el Tabor, dejarse iluminar por el brillo de su gloria, de su verdad: la verdad de Dios y del hombre inseparables, en la que confluye y se esclarece toda la historia de los hombres, todas las esperanzas, todos los caminos; y se disipan todas las oscuridades que nos envuelven, pero más allá de las cuales, se atisba, como horizonte, también la realidad de la Cruz. Y, en esa contemplación del rostro de Cristo, escucharle a Él, como el Hijo de Dios bien amado, predilecto suyo en quien el Padre plenamente se complace. En la escucha y en la contemplación entraremos dentro de su verdad que será luz para nosotros, nos hará libres y trasfigurará en hombres nuevos; también entonces, como en un nuevo Caná de Galilea, al escucharle y hacer lo que Él nos dice, gustaremos del vino nuevo de la «hora» de Dios, de Dios entre nosotros y con nosotros, del vino del que carecen los hombres y que es Dios mismo, derramando su sangre en favor nuestro como bebida de salvación para que la bebamos, para que saciemos nuestra sed de verdadera humanidad y de amor y nos llene de alegría desbordante, la cual ya no puede ser contenida sin hacer partícipes de ella a los demás. Entonces seremos misioneros, entonces evangelizaremos como san Pablo o san Francisco Javier, san Juan de Ávila, o el mismo Juan Pablo II. Así seremos una diócesis misionera y pondremos nuestra diócesis y sus gentes en un verdadero estado de misión. Convertirnos a Dios y llamar a la conversión en una sociedad pagana 2.8. No podemos negar que vivimos tiempos «recios», lo hemos visto antes. Podemos gemir y deshacernos en lamentos, como tentación, tal vez, a propósito de lo que he afirmado sobre la situación que atravesamos, pero esto, además de estéril, no se corresponde con la fe cristiana. Quizá podamos incurrir en el error de buscar culpables de esta situación o, sencillamente, «ver la mota en ojo ajeno»; incluso podemos sentir ante todo lo que está pasando, fuera y dentro de nuestra sociedad y de la Iglesia, una sensación grande de impotencia frente a la magnitud y las dificultades del momento. Vivimos, cierto, una sociedad típicamente pagana, en la que se percibe un gran eclipse de Dios, en la que Dios no cuenta o en la que una parte amplia vive de espaldas a Él, incluso contra Él; una situación donde se quiere ver a Dios como un problema, «el problema» de nuestra sociedad avanzada; una sociedad, en todo caso, en la que como he dicho antes y me habéis escuchado ya tantas y tantas veces: lo que está en juego en ella es la manera de entender la vida con Dios o sin Dios, con fe o sin ella, con esperanza de vida eterna o sin más horizonte que los bienes del mundo; la preeminencia del progreso material y la coexistencia sin amor; una sociedad con un código moral objetivo valedero por sí mismo y respetado desde dentro o una vida con la afirmación soberana de la propia libertad como norma absoluta de comportamiento hasta donde permitan las reglas externas de juego. Y esto es muy importante y decisivo. No da lo mismo una cosa que otra. Este es el reto para nosotros los cristianos: que los hombres entendamos y vivamos la vida con Dios y con esperanza en la vida eterna; que los hombres creamos en Jesucristo, le sigamos y alcancemos con Él la felicidad, la verdad que nos hace libres, el amor que nos hace hermanos, porque solo el amor de Dios puede hacer hermanos; hacer nacer aquella verdadera fraternidad de los hijos «nacidos» de Dios porque sin Dios no habrá hermanos que vivan con aquel amor y caridad, que propone san Pablo en la primera carta a los Corintios, y que es también retrato y rostro del amor de Cristo. Por eso se trata de volver a Dios, y encontrar, de nuevo, la plena comunión con Él, en quien está la dicha y felicidad del hombre, la vida y la esperanza, la paz y el amor que lo llena todo y sacia los anhelos más vivos del corazón humano. Convertirse significa repensar la vida y la manera de situarse ante ella desde Dios, donde está la verdad; poner en cuestión el propio y el común modo de vivir, dejar entrar a Dios en los criterios de la propia vida, no juzgar ni ver, sin más, conforme a las opiniones corrientes que se dan en el ambiente, sino en conformidad con el juicio y la visión de Dios mismo, como vemos en Jesús. Convertirse es dejar que el pensamiento de Dios sea el nuestro, asumir, por tanto, «su mentalidad y sus costumbres», como comprobamos y palpamos en Jesucristo. Convertirse significa en consecuencia: no vivir como viven todos, ni obrar como obran todos, no sentirse tranquilos en acciones dudosas, ambiguas o malas por el mero hecho de que otros hacen lo mismo; comenzar a ver la propia vida con los ojos de Dios; buscar por consiguiente el bien, aunque resulte incómodo y dificultoso; no apoyarse en el criterio o en el juicio de muchos de los hombres - y aun de la mayoría-, sino sólo en el criterio y juicio de Dios, sólo en Dios, en la comunión con Él; es decir, convertirnos o volvernos a Dios, auxiliados por su gracia, para que nuestro pensar y nuestro querer, nuestros deseos y nuestras obras, se identifiquen con el querer y el pensar de Dios, y nuestro actuar no sea sino la realización de su voluntad, de su designio de amor y de gracia. El pensar, el querer y el actuar de Dios lo encontramos hecho carne palpable, acontecimiento y realidad de nuestra historia, en su Hijo Jesucristo. Por esto la conversión es volver a Jesucristo, es dejar que su pensamiento penetre en el nuestro y que nuestro obrar sea seguirle en todo. Así, ofrecer al mundo el testimonio de una vida nueva, animada en el seguimiento de Jesucristo, Camino, Verdad y Vida. En otras palabras: convertirse implica buscar un nuevo estilo de vida, una vida nueva en el seguimiento de Jesucristo, que entraña aceptar el don de Dios, la amistad y el amor suyo, dejar que Cristo viva en nosotros y que su amor y su querer actúen en nosotros; se trata de, como Zaqueo, acoger a Jesús y dejarle que entre en nuestra casa y con Él llegará la salvación, una vida nueva, y el cambio de pensar, de querer, de sentir y actuar conforme a Dios. Convertirse es tener la humildad de entregarse al amor de Dios, entregado en su Hijo Jesucristo, amor que viene a ser medida y criterio de la propia vida. «Amaos como yo os he amado»: amar con el mismo amor con que Cristo nos ama a todos y a cada uno de los hombres. Reconocer y arrepentirse de los pecados Esto reclama, por ello, la conversión de todos, nosotros los cristianos, los primeros. Decir conversión es decir también reconocimiento y arrepentimiento de nuestros pecados, volver a Dios. Porque hemos pecado, todos. Porque pecamos y pecamos mucho, porque hoy, aunque a algunos les pueda resultar chocante, se peca de muchas maneras, entre otras, olvidando o rechazando Dios. Es ahí donde está el pecado mismo, extendido en múltiples actos y manifestaciones: vivir sin Dios o de espaldas a Él, sustituyendo a Dios o reviviendo, en tantas manifestaciones, el grito del príncipe de la mentira: non serviam (no serviré), de una cultura que se pretende «oficial». Quien dice que no peca es un mentiroso, y hoy se miente cuando no se reconocen los propios pecados. Es preciso sentir la llamada a la conversión, nosotros los primeros, llamar a la conversión de los pecados, predicar a tiempo y destiempo la conversión: sin esto no habrá misión. Por eso poner a nuestra diócesis en estado de misión exige la conversión de los evangelizadores que somos todos y cada uno de los cristianos, que la formamos. Los cristianos no somos meros espectadores. No nos podemos cruzar de brazos. Nos sentimos urgidos a evangelizar. No podemos callar, ni dejar de denunciar los pecados, ni de anunciar la gracia y la conversión. Pero sólo podemos hablar si nos convertimos, sólo podemos hablar si creemos: «Creí, por eso hablé». «Si no creemos, tampoco subsistiremos». Es preciso que ahondemos más y más en la conversión, en el sentido y exigencias de la conversión; para ello me remito a las dos anteriores Cartas pastorales de comienzo de curso. Volver a comenzar y evangelizar de nuevo: como en los primeros tiempos, como los Apóstoles 2.9. En nuestro tiempo se impone una realidad nueva respecto a la evangelización. Hay que volver a comenzar. Hay que volver de nuevo a evangelizar. Hay que vivir y anunciar el Evangelio así: en su realidad más radical y original, en su sustancia viva y en sus contenidos fundamentales. Como lo vive y anuncia la Iglesia de los santos, en comunión con ella, en comunión con los Apóstoles; hay que vivir y anunciar el Evangelio como les ha sido confiado y dado a conocer a los Apóstoles por la revelación del Padre, y no por las opiniones de «la carne y la sangre» de la cultura, o de los poderes oficiales, o de los pregoneros de los «poderes de este mundo», o de los pronunciamientos y fabricaciones al uso en cada momento. Anunciar el Evangelio de la Cruz, no querer saber otra cosa ni anunciar a otro que a Cristo y Éste crucificado, aunque se considere una estupidez o una necedad a los ojos y oídos de los «bienpensantes» de la época o de ciertas instancias, aunque esto sea despreciado como políticamente incorrecto, aunque ni cultural ni socialmente tenga cabida, eco y altavoz en ciertos canales mediáticos. Anunciar la sabiduría de la Cruz, la única que ilumina, salva y libera, es decir, el Evangelio, Jesucristo en persona, como si nunca lo hubieran escuchado, en nuestras casas y hogares; anunciar el Evangelio de Jesucristo a nuestros vecinos, a las personas con las que tratamos y convivimos, con las que trabajamos o compartimos tareas e ilusiones. Como en los primeros tiempos. Como si fuese la primera vez que se anuncia a Jesucristo en el interior de un pueblo; con toda su fuerza de novedad, escándalo y provocación, sin quitarle ninguna «arista» y con todo su inigualable atractivo; con toda la fidelidad a su persona, inseparable de la Iglesia, sin ninguna desfiguración, arreglo o acomodo, sin mirar al tendido buscando el aplauso y la anuencia; sin hurtar nada de lo que es propio de Él y pertenece a «su entraña»; sin ignorar que, como le pasó a Pablo en el Areópago de Atenas, seguramente también hoy nos dirán con oídos escépticos, cerrados, agnósticos o incrédulos: «En otra ocasión os escucharemos, ahora dejadnos tranquilos y no nos creéis problemas» (Cf He 17, 22-33). Nos toca anunciar a Jesucristo, oculto a los sabios y entendidos de este mundo, sin complejos, ni temores, con sencillez ilusionada y entusiasmo vigoroso; con audacia apostólica; con inmenso amor hacia todos. Y ese anuncio, desde la experiencia gozosa de fe que nos transforma interiormente y nos hace vivir la vida con una entera confianza y esperanza en Dios que nos ama. Así estará nuestra diócesis en estado de misión, en cuanto haga, enseñe, viva, testimonie y celebre. Aprender a vivir y anunciar el Evangelio en un mundo pagano y secularizado, siendo levadura en la masa y sal de la tierra 2.10. Vivimos, como dije, un ambiente pagano, sin paliativo de ningún tipo, que también nos toca -tal vez más de lo que nos parece a los diocesanos de Toledo-. Tenemos que aprender a vivir como cristianos en ese ambiente, siendo levadura en la masa, como el alma en el cuerpo, como luz puesta en lo alto para que alumbre en la oscuridad de nuestra «noche del ateísmo colectivo» actual, como sal que sazona y preserva los alimentos, como levadura que fermenta la masa de nuestro mundo insípido y dañado, dando vida y aliento a nuestros hermanos de hoy. Y vivir como cristianos, con todas las consecuencias, es vivir la autenticidad del Evangelio, dar testimonio de él, anunciarlo, ser lo que el alma al cuerpo. Esta debería ser nuestra respuesta ante la escasez de anuncio evangelizador de nuestra Iglesia diocesana a los que no creen o se han alejado de la fe o están en contra de ella. Para ello es preciso, diría que imprescindible, crear ámbitos de vida cristiana, donde se viva en concreto lo que es y significa el cristianismo; ámbitos y comunidades donde poder pensar, vivir, orar, celebrar, orientar la vida entera conforme al Evangelio. Es posible con la ayuda de Dios Con la ayuda de Dios esto es posible. No lo dudemos. Seamos humildes para reconocer que el auxilio nos viene del Señor que hizo el cielo y la tierra, que para Él nada hay imposible, y que nos basta su gracia y la fe capaz de mover montañas. No tengamos miedo alguno, aunque la «empresa» nos supere, aunque esté por encima de nuestras fuerzas, y el camino se presente largo. Por ello, como se lee de Elías (Cf 1 Re 17 ss), en su dolorosa y difícil travesía contracorriente de los poderes y de la oficialidad, es necesario «alimentarse» del alimento que no perece, el que sacia y da vigor, y que sin embargo se nos da gratis: Cristo, en su palabra, Cristo hecho Eucaristía, pan de vida. Como peregrinos, con la mirada fija en el Rostro de Cristo, nuestro camino y nuestro «programa» 2.11. Para «hacer de Toledo una diócesis misionera», es preciso que nos unamos a toda la Iglesia peregrina, y, con ella, prosigamos nuestro camino con nuestra mirada fija en el Rostro, en la persona, de Aquel que es el iniciador y consumador de nuestra fe: Cristo Jesús, Puerta siempre abierta de par en par a la esperanza para las nuevas generaciones de este Tercer Milenio. Es evidente que se está abriendo una nueva etapa en la vida del mundo y de toda la Iglesia, por lo mismo también en la vida de nuestra Diócesis; y lo que Dios nos pide en esta hora y en esta situación social y cultural que estamos viviendo, tan distinta a la de hace pocos lustros, «cada vez más variada y comprometida» (NMI 40), es que encaminemos nuestros pasos por el único camino que conduce a la meta de la esperanza. El camino, en efecto, nos lo traza el mismo Cristo: Él mismo es la meta y el camino, la verdadera fuente y el término de nuestra esperanza; Él es el presente y el futuro del hombre, un futuro que es posible, porque en el presente está Jesucristo. No busquemos, pues, otra respuesta a los grandes retos que se nos abren en los pasos de esta nueva etapa de la historia. Como dijo el Papa Juan Pablo II, en «Novo Millenio», y nos recuerda el Papa Benedicto XVI desde el comienzo mismo de su pontificado: «No se trata de inventar un nuevo programa. El programa ya existe. El de siempre. Se centra en Cristo mismo al que hay que conocer, amar e imitar para vivir en Él la vida trinitaria y transformar con Él la historia» (NMI 29). Por mucho empeño que pongamos en dar ingenuamente con «fórmulas mágicas» y proyectos fabulosos no hallaremos otro camino verdadero que no sea éste ante los grandes desafíos de nuestro tiempo. Así nos encaminaremos por las sendas de una diócesis misionera.Con todo el corazón puesto en Cristo 2.12. No busquemos, pues, un programa bien trabado de objetivos y acciones, como fabricado en laboratorio pastoral, ni nos preocupemos tanto por los métodos, los procedimientos o las organizaciones. Todo ello es obra humana. Lo que debe importarnos por encima de todo y antes de cualquier programación, como indicó Benedicto XVI al comenzar su ministerio petrino, es escuchar y buscar la voluntad del Señor. Es lo que también dijo el Papa Juan Pablo II, y que tanta veces habremos repetido: «No será una fórmula lo que nos salve, pero sí una Persona y la certeza que ella nos infunde: ¡Yo estoy con vosotros!» (NMI 29). Por eso se trata ahora de buscarle de todo corazón y seguirle, de oírlo y contemplarlo, adorarlo, vivirlo, y darlo a conocer con obras y palabras. Cultivar el encuentro con El y la configuración con Él en una vida de gracia y santidad en seguimiento suyo es la clave para una apasionante renovación de nuestro mundo, y de un renacimiento pastoral en nuestras comunidades, en la Iglesia universal, y en nuestra Diócesis. Se trata de enamorarnos enteramente de Jesucristo, con verdadera pasión por Él, con confianza plena y sin fisura puesta en Él, sin dudar de Él, dejándonos agarrar de la mano por Él que no nos dejará que nos hundamos y nos devore el «mar proceloso» de nuestro tiempo. De esta renovada experiencia de fe y de amor a Jesucristo podrá nacer un nuevo ímpetu en la misión de la Iglesia. Dar testimonio de lo que hemos «visto y oído» 2.13. A partir de ese encuentro y de esa experiencia renovada de Jesucristo, no dejaremos de comunicar y testificar lo que «hemos visto y oído» acerca de Él. Nadie que haya recibido la gracia de la fe en Él puede eximirse de dar testimonio del Evangelio de la Encarnación y Nacimiento de Jesucristo, del Evangelio de la Cruz y de la Redención, del Evangelio de la Esperanza que descansa en la victoria de su Resurrección. En Cristo las expectativas de la Humanidad hallan su fundamento más real y firme. La salvación y la vida están en Cristo, Hijo Único de Dios que «se encarnó por obra del Espíritu Santo, nació de María la Virgen, y así compartió nuestra condición humana menos en el pecado; anunció la salvación a los pobres, la liberación a los oprimidos y a los afligidos el consuelo. Para cumplir los designios de Dios, él mismo se entregó a la muerte y, resucitando, destruyó la muerte y nos dio nueva vida. Y porque no vivamos ya para nosotros mismos, sino para Él, que por nosotros murió y resucitó, envió al Espíritu Santo, como primicia para los creyentes, a fin de santificar todas las cosas, llevando a plenitud su obra en el mundo» (Plegaria Eucarística IV). Dar razón de la esperanza hallada y palpada en Cristo: nadie nos puede separar de su amor La esperanza de todo ser humano se colma en Cristo por su victoria del amor sobre el odio, del perdón sobre la venganza, de la verdad sobre la mentira, de la solidaridad sobre el egoísmo, de la libertad sobre toda forma de esclavitud y de dominio opresivo. En Cristo está todo el amor, Dios nos ha amado hasta el extremo en Él, no se ha reservado nada, lo ha entregado todo, se ha dado todo, nos ha comprado con su propia sangre que es la de Dios mismo. En Él tenemos la suprema y total cercanía de Dios, Dios con nosotros, que no pasa de largo en el camino de la vida ante el hombre tirado y despojado, herido y maltrecho, y se acerca a él, y se apiada de él, y carga con él sobre sus hombres, como ha cargado con nuestros pecados y ha sufrido en sus heridas todo lo terrible y condenable que hay en el pecado, en los pecados innumerables, de los hombres. Quien ha sentido tal cercanía de Cristo, este amor suyo, como san Pablo y todos los misioneros y evangelizadores del mundo no puede menos que testificar: ¿Quién puede apartarnos del amor de Cristo? ¿La espada, la aflicción, la guerra, la burla, la descalificación, el odio del mundo, la persecución, la propaganda adversa, las legislaciones contrarias, las privaciones de medios, los poderes mediáticos, políticos o económicos...? En todo eso venceremos fácilmente por Aquél que nos ha amado y ha vencido en Cristo, resucitado de entre los muertos. Nada ni nadie, pues, podrá apartarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús (Cfr. Rom 8). Este testimonio del amor de Cristo Jesús sí que llena al hombre perdido, al hombre necesitado de amor, al hombre afligido. Por eso necesitamos palpar y ganarnos por completo por este amor de Cristo. Así sí que llegaremos al hombre de hoy que tanto amor necesita. Vivamos este amor, abrámonos y acerquémonos a él, gustemos y veamos su inmensa consolación trasformadora, que podemos palpar y gozar en la Iglesia, donde Él, Cristo, está presente; acerquémonos a la Eucaristía donde encontramos el Amor de los amores y digamos: «Venid y veréis». Esto es lo que reclama de nosotros el ser una diócesis misionera. Ningún cristiano se exima de este sagrado deber 2.14. Nadie, ningún cristiano en Toledo, en consecuencia, debería eximirse del sagrado deber de comunicar este anuncio gozoso y salvífico a los hombres y mujeres de nuestro tiempo. A esta tarea, por la misma caridad que nos urge y configura, estamos llamados y obligados todos, porque todos hemos sido liberados por Cristo de la esclavitud del pecado y de la muerte. Se abre el gran tiempo de la misión, como en los primeros momentos del cristianismo. No hay tiempo que perder. Ni vuestros Obispos, ni los sacerdotes, ni los religiosos, religiosas o laicos, ni los niños, ancianos, adultos o jóvenes, ni los enfermos o los sanos..., nadie de los cristianos, estamos eximidos de esta urgencia de evangelizar, de mostrar al hombre de hoy el rostro de Cristo, el Redentor; nadie de nosotros debiera esperar, o dejarlo para mañana. A veces da la impresión de que nos estamos preocupando en exceso de los problemas «internos», de nuestros propios «problemas domésticos», mientras muchos de nuestros hermanos necesitan respuestas verdaderas que les ayude a vivir con plenitud y esperanza. El hombre de hoy tiene sed y hambre de felicidad, amor, verdad, justicia, paz... Y hay que darle el Evangelio para que no muera su verdadera identidad y dignidad. Sabemos que si el hombre acogiera el Evangelio sus verdaderos problemas internos terminarían. Mirad, en símil teresiano, el mundo se está quemando, el fuego devorador, contrario al evangelio, lo está destruyendo, y es preciso apagar el fuego; todos nos tenemos que implicar en apagar ese fuego, cada cual con sus capacidades: unos echando el agua restauradora de Evangelio con un gran cubo, otros con un pequeño vaso, otros disponiendo de un caudal mayor, unos en primera línea, otros llenado esos cubos, otros animando y orando, como sea, de mil maneras y de mil cometidos, pero todos, unidos todos, haciendo «espaldas» y «cadena» entre todos, sin entretenernos en demasiados planteamientos y planificaciones perfeccionistas, ni en burocracias eclesiales estériles, porque esto se quema. Es preciso que tengamos ese convencimiento: si no estamos convencidos de que el mundo arde, se quema, y necesita del Evangelio para que no se destruya, no podremos evangelizar. Sabéis bien que no exagero. Con el convencimiento cierto de la necesidad de una reconstrucción a fondo, en sus cimientos, sobre Cristo, piedra angular Estamos viviendo en un mundo, en una sociedad, en una cultura, y en una civilización, que necesita ser fortalecida y en parte ser reconstruida: se viene a bajo, se desmorona. A veces nuestra sociedad asemeja a un edificio que necesita ser apuntalado, o mejor ser reconstruido; muchos viven como a la intemperie, expuestos a cualquier riesgo si no llevamos a cabo una honda y viva reconstrucción. Esta misma imagen también puede ser aplicada tal vez a la situación de algunas comunidades cristianas. En esta situación no caben apuntalamientos que siempre son pasajeros y de gran riesgo; se necesita reconstrucción, la transformación radical y la refundación a fondo desde el cimiento. Un cimiento que es Cristo, la piedra angular que los edificadores de este mundo, no pocos responsables de su marcha y de su edificación, pretenden eliminar en nuestro tiempo. Precisamos de la firme convicción, en primer lugar, de esta ruina amenazadora, de la necesidad de esta transformación y reconstrucción a fondo, y, después, de que no podemos poner otro cimiento que el ya puesto por Dios, que es quien edifica: Cristo y los Apóstoles. Si no es Dios quien edifica, y lo hace sobre esas bases, en vano nos cansaremos y trataremos de edificar. Esta convicción es fundamental para que nos aprestemos a evangelizar, que es edificar la sociedad y la Iglesia del presente y del futuro según Dios y con Él. La caridad de Cristo nos urge y apremia 2.15. Llenos del amor de Cristo que brota de la Eucaristía, en definitiva, configurados por el amor de Dios derramado en nuestros corazones por el Espíritu, viviendo en el amor de Cristo por el mismo Espíritu del que nada ni nadie puede separarnos, nos sentiremos urgidos por su mismo amor hacia los hombres de nuestro tiempo, que están en nuestra diócesis y conocemos; urgidos a evangelizar, a reconstruir y edificar sobre la roca firme de la Palabra que es Cristo trasmitida por los Apóstoles, a derramar el agua del Evangelio que apague el fuego destructor. La caridad de Cristo nos urge y apremia a que nos entreguemos a esta labor y entreguemos lo mejor que les puede suceder a los hombres de todos los tiempos y lugares: la buena noticia de que Dios los quiere y de que Cristo ha muerto y ha resucitado por cada uno de nosotros. Mirar al mundo con la misma mirada de amor, compasión y misericordia de Cristo Es preciso mirar al mundo con el mismo amor de Cristo, con la misma mirada de Cristo, siempre de misericordia y acogida, nunca de condena ni de rechazo: Miró a aquella muchedumbre que le seguía antes de saciarla con los panes y sintió lástima (Cf Nc 8,2-3); tuvo compasión de la muchedumbre que andaba como ovejas sin pastor (Cf Mc 6,34); vio Jerusalén y lloró (Cf Lc 19,41); se acercó a la viuda de Naim, y se apiadó; miró a la mujer sorprendida en adulterio, y no la condenó (Cf Jn 8,11); veía con entrañas de amor y solicitud por el mucho trabajo que requiere el amplio campo de nuestro mundo, heredad de Dios, y se sintió solícito ante ese gran sembradío de su Padre; con afecto miró también al joven rico de corazón bueno (Cf Mc 10, 21), y a Pedro que le había negado sin reprocharle nada: así hemos de mirar al mundo de hoy para traerle la salvación, el perdón, la curación, la esperanza... Con la misma mirada con la que veía san Pablo a su pueblo judío, por el que sentía dolor y pena tan honda que no le importaba sentirse un proscrito con tal de que gozase de los bienes de Dios en el conocimiento y aceptación de Cristo el Señor, así es preciso que también miremos y veamos a nuestras gentes, la gran muchedumbre necesitada y dispersa, nuestro pueblo que, análogamente al judío y como nosotros, ha escuchado en ocasiones la Palabra, ha experimentado los dones de Dios, ha recibido el bautismo, pero que está alejado y cerrado a acoger y reconocer toda la bondad con que es amado por Dios. Con esos mismos sentimientos de Cristo, de Pablo... Es como podremos llevar a cabo el anuncio y el testimonio del Evangelio, mostrar y entregar el «don de Dios». Que el mismo amor y los mismos sentimientos de Cristo nos urjan a dar a conocer a nuestras gentes el «don de Dios», como hizo Jesús con la samaritana (Cf Jn 4,10); que tengamos también la misma «sed» de Jesucristo en el pozo de Siquem; que también nosotros, ante este mundo, ante nuestra sociedad o ante el templo de la Iglesia de hoy, lloremos, como Jesús mirando a Jerusalén y al templo por el rechazo de su amor y de su cuidado y la ruina consecuente que se le avecinaba, no para quedarnos en el llanto, en el dolor o en el lamento, sino para, como Él, amarlo hasta el extremo y entregar la vida entera por él en un arriesgarlo todo e intentarlo todo por su salvación. Esto también nos llevará a evangelizar de verdad. Arriesgarlo todo en la gran aventura de la evangelización: es verdaderamente apasionante 2.16. El tiempo que vivimos «se abre ante la Iglesia», ante nuestra Iglesia diocesana en estado de misión, «como un océano inmenso en el cual hay que aventurarse, con la ayuda de Cristo» (NMI 58), y arriesgarlo todo en esa aventura de la obra evangelizadora, tan urgente, apremiante y necesaria. Hay que tener conciencia y convicciones firmes y claras de esta necesidad y de este apremio, para atreverse a vivir la más noble y bella aventura que pueda vivirse hoy: llevar el Evangelio de Jesucristo a los hombres de nuestro tiempo, a este mundo nuestro de hoy que vive en unas especiales condiciones de vida que todos tenemos ante nuestros ojos. No lo dudemos, «nos espera una apasionante tarea de renacimiento pastoral. Una obra que implica a todos» (NMI 29): Evangelizar; evangelizar de nuevo; evangelizar como en los primeros tiempos. Es en verdad apasionante mostrar la verdad de Dios en nuestras vidas; es apasionante sin duda alguna el poder hablar a los hombres de Jesucristo, invitar a nuestros hermanos contemporáneos a que compartan con nosotros la gracia y el don inmensos de la fe. Nada se le puede comparar a esto. Llevar el Evangelio sin ningún miedo ni complejo, con certezas y razones, con entera libertad 2.16.1. Llevemos, pues, el Evangelio, sin ningún miedo ni complejo, con firmes y básicas certezas, con plena libertad y valentía, con la alegría que viene de Dios y el gozo de la dicha que encierra el tesoro del Evangelio, con las razones que sustentan el anuncio del Evangelio, capaces de responder con toda seguridad a las explicaciones que hoy se nos piden. Mostremos, sin echarnos atrás y sin retirarnos, a Jesucristo; obedeciendo a Dios antes que a los hombres, conscientes y sabedores, con certeza, de que el Evangelio, la palabra de Dios, no están encadenados ni en trance de perecer, y son fuerza de salvación para todo el que cree; sabiendo, además, que navegamos contracorriente, que estamos en el «mar proceloso» de nuestro tiempo, sacudidos por tantas cosas, por tantas olas de modas culturales que tanto presionan, por tantos vientos, a veces tan adversos, que parecen confundirnos y llevarnos sin rumbo, al retortero. Pero el Señor está con nosotros, navega con nosotros, sin bajarse de la frágil barca de Pedro (Cf Mc 4,35-40), y que Él, en medio de la noche, ya en la alborada de un nuevo día, nos busca, viene a nuestro encuentro caminando sobre las «aguas agitadas» de hoy, agarrándonos de la mano para que no nos hundamos, y seamos salvados y conducidos a buen puerto con los vientos y las aguas sosegadas (Cf Mt 14,22-32). Sin que las dudas se apoderen de nosotros 2.16.2. Caminemos también nosotros sobre esas aguas agitadas y en medio de estos vientos contrarios de hoy, sin que la duda, o más bien las dudas se apoderen de nosotros, porque nos hunden en el abismo y en las olas destructoras, sino con la certeza de que es Él mismo, en persona, el mismo que nació de María y fue crucificado, el mismo que vive con las llagas abiertas de la carne y del costado herido, no un fantasma, no una idea, no nuestras imaginaciones y quimeras, no nuestras proyecciones u opiniones: Él mismo, en persona, el Hijo único de Dios venido en carne, el mismo ayer, hoy y siempre, que nos sostiene, y nos salva. Vivir de la certeza del Evangelio con una fe firme y madura, que crea unidad Para evangelizar es necesario vivir de esta certeza y en ella, y estar dispuesto a dar la vida por ella. Esta es la certeza de la fe que salva, más firme que cualquier otra certeza. La duda y la perplejidad, por el contrario, corroen, atemorizan y anegan; el relativismo de nuestro tiempo hunde en el abismo y destruye; algunas opiniones e interpretaciones de la fe hoy en circulación nos alejan y apartan de la realidad, impiden acercarse a la persona de Cristo, en su realidad propia y de salvación; así imposibilitan evangelizar. No seamos victimas ni estemos presos del último o de lo último que nos llega, del último artículo que hemos leído o de la última opinión teológica o no teológica que hemos escuchado que parece moderna o halagar a los oídos de muchos del presente; no nos casemos con el presente que de inmediato nos quedaremos viudos. Seamos hombres y mujeres de fe sólida, de firmes certezas, maduros en la fe, enraizados en la roca firmísima de la fe de la Iglesia. Viene muy bien recordar y tener muy presente las palabras literales -tan necesarias siempre y en todo momento-, del todavía Cardenal J. Ratzinger en la homilía de la Misa «Pro eligendo Pontifice», que trascribo: «No deberíamos permanecer como niños en la fe, en estado de minoría de edad. Y, ¡qué significa ser niños en la fe? Responde san Pablo: Significa ser ‘llevados a la deriva y zarandeados por cualquier viento de doctrina’ (Ef 4,14)¡. Una descripción muy actual! Cuántos vientos de doctrina hemos conocido en estas últimas décadas, cuántas corrientes ideológicas, cuántas modas de pensamiento... La pequeña barca del pensamiento de muchos cristianos ha sido agitada a menudo por las olas, zarandeada de un extremo al otro: del marxismo al liberalismo, hasta el libertinismo; del colectivismo al individualismo radical; del ateísmo a un vago misticismo religioso; del agnosticismo al sincretismo religioso, etc. Cada día nacen nuevas sectas y se realiza lo que dice san Pablo sobre el engaño de los hombres, sobre la astucia que tiende a inducir en el error (cf. Ef 4,4). tener una fe clara, según el Credo de la Iglesia, se etiqueta con frecuencia como fundamentalismo. Mientras que el relativismo, es decir, el dejarse ‘zarandear por cualquier viento de doctrina’, aparece como la única actitud a la altura de los vientos actuales. Se va constituyendo una dictadura del relativismo que no reconoce nada como definitivo y sólo deja como última medida el propio yo y sus deseos. Nosotros, en cambio, tenemos otra medida: el Hijo de Dios, el verdadero hombre. Él es la medida del verdadero humanismo. ‘Adulta’ no es una fe que sigue las olas de la moda y de la última novedad. Adulta y madura es una fe profundamente arraigada en la amistad con Cristo. Esta amistad nos abre a todo lo que es bueno y nos da el criterio para discernir entre lo verdadero y lo falso, entre el engaño y la verdad. Tenemos que madurar en esa fe adulta, tenemos que guiar en esa fe al rebaño de Cristo. Y es esta fe, sólo la fe, la que crea unidad y se realiza en la caridad» (J. Ratzinger). Con una trasmisión de la sana, recta y verdadera doctrina de la Iglesia Por ello es preciso, a la vez e inseparablemente, insistir en esto, en la trasmisión de la sana, recta y verdadera doctrina, aunque eso «escandalice» a los oídos de muchos de nuestro tiempo, o a la cultura dominante de nuestra época; o a los que, erigiéndose en jueces y mentores de nuestro mundo, deciden y dicen qué es lo que hoy hay que pensar, hacer y hasta creer, todos, hasta los cristianos. A veces, desde el seno de la propia Iglesia se asume esta expresión de la cultura dominante cuando se busca una interpretación «adaptada» y «ligth» de la fe de la Iglesia, una interpretación del cristianismo que no escandalice ni se destaque por su originalidad y radicalidad; piensan que de esa manera y con tales interpretaciones, y con los aplausos y los oídos halagados de los espectadores y de la cultura permanecerá el cristianismo; siempre encontrarán a mano una interpretación del cristianismo o unas interpretaciones del Evangelio y de la moral cristiana que no escandalicen a nadie. Pero ¿no se es desleal cuando se quiere mantener en pie el cristianismo a base de interpretaciones tan artificiales y arbitrarias como algunas de las que ahora se ofrecen? «Una interpretación del cristianismo que le deja tan vacío de realidad significa no ser sinceros ante las preguntas de los no-cristianos, cuyo ‘quizá no’ nos acosa tan seriamente como quisiéramos que nuestro ‘quizá’ cristiano les acose a ellos» (J. Ratzinger). Ante el desconcierto, la trasmisión fiel e íntegra de la fe de la Iglesia Ante tales interpretaciones del cristianismo y ante tanta teoría e invención de doctrinas, la gente está desconcertada por tanta disparidad, por tanta opinión e interpretación del cristianismo o de los asuntos y realidades cristianas, muchas de ellas básicas e imprescindibles para creer y pertenecer a la Iglesia Católica. Ante ese "maremágnum" algunos se preguntan: ¿Es que podemos creer todavía? ¿Podremos mantenernos mucho tiempo en pie sin que se esto caiga? Los hombres necesitan certezas; no se evangeliza ni se trasmite la fe, ni se puede conducir a ella sin la fidelidad a la fe de la Iglesia y sin la comunión inquebrantable con ella. Se requiere un anuncio fiel e íntegro del Evangelio, transmitir un «núcleo» permanente e irrenunciable en la predicación, en la catequesis, en la enseñanza religiosa, en el generar y formar la fe: «la sustancia viva del Evangelio», a la que se refería Pablo VI, la que se contiene en el Credo, los Sa-cramentos, el Decálogo y el «Padre Nuestro», la que es la «regla de la fe» y la base de la vida cristiana, la síntesis del Magisterio de la Iglesia, fundado en la Escritura y en la Tradición de la Iglesia, la que se trasmite en el «Catecismo de la Iglesia católica», y la que se condensa en el «Compendio del Catecismo». Sin distorsionar o cambiar la «regla de fe» Al margen de esto o «mutilando» esto por no sé qué acomodaciones y adaptaciones, iremos conduciendo a nuestros creyentes a la pérdida y aun disolución de la fe. Si por dar gusto y agradar, cambiamos o mutilamos algunos aspectos básicos de esta «regla de la fe cristiana» ofreceremos otra cosa distinta al cristianismo y se vivirá otra cosa, por ejemplo un sucedáneo o remedo de él; cierto que podrá hacerse eso, ahí está la libertad, pero lo que no podrá hacerse es presentarlo como lo cristiano porque eso no será cristiano; lo mismo que se podrán mutilar y cambiar las reglas del juego de ajedrez, introducir modificaciones sustanciales, pero se jugará a otra cosa, a un nuevo juego, pero no al ajedrez. Por esta mutilación y por estas acomodaciones, que siempre tienen como criterio y medida el sujeto y no la realidad y verdad de la fe que no es dis-ponible y a la que nos debemos por fidelidad y lealtad, a través de de-masiadas catequesis y enseñanzas actuales, nos encontramos con el resultado, comprobado, de la disgregación del sensus fidei (sentido de la fe) en las nuevas generaciones, a menudo incapaces de una visión de conjunto de su religión y de vivir por ello la alegría y el gozo esperan-zador de la fe. No evangelizamos distorsionando o falsificando la fe de la Iglesia Nada pues de tibieza, ni de ambigüedades, y menos aún de mutilaciones de la «sustancia viva del Evangelio» y de la «regla de la fe»: certezas, fir-meza, fidelidad en la trasmisión del Evangelio; de lo contrario nos llevaría a no evangelizar y a unos resultados que, desgraciadamente, podemos ya comprobar, y se vuelven contra el propio hombre que además de engañado, se le priva de la verdad que salva y ofrece razones para vivir y esperar . Pongo un ejemplo tomado de una obra del Papa Benedicto XVI cuando era Cardenal: «Quien habla de Dios, habla de vida eterna del hombre, porque no hay un Dios de muertos sino de vivos. Por miedo a que nos acusen de que al hablar de la vida eterna alejamos a los hombres de su compromiso con el mundo, nuestro anuncio ha sido a menudo demasiado tibio. Pero el hombre privado de la vida eterna está gravemente mutilado. La certeza dada al hombre de vivir eternamente con Dios, pero también de que puede perderse eternamente, no debilita el compromiso terrenal, sino que le confiere su verdadero peso e importancia. Por este motivo tenemos que hablar con gran confianza tanto de la vida eterna como de la resurrección de la carne. Esta es nuestra alegría: el Señor ha ido a 'prepararnos un aposento', la casa del Padre, en efecto, 'tiene muchos aposentos '. El Señor mismo es nuestro aposento. Él es nuestra casa. Esta es nuestra alegría, la alegría del Evangelio, que nadie nos quita. Esta es la alegría que debemos anunciar en la nueva evangelización» (J. Ratzinger). Para evangelizar necesitamos de la certeza de Pedro, y apoyarnos en su roca firme Por lo mismo, en estos momentos y siempre, necesitamos para evangelizar de la certeza de Pedro, y apoyarnos en su roca firme: la de su confesión de fe o la de su anuncio de Pentecostés, la de su afirmación de permanecer junto a Jesús cuando otros lo abandonan y dejan, o la de su confesión de amor a Jesús resucitado: «Sí, Tú sabes que te quiero», por tres veces y de manera rotunda y neta. «¿A quién vamos a acudir?, Tú tienes palabras de vida eterna, y nosotros hemos creído y sabemos que eres el Santo de Dios». «Tenga por cierto toda la casa de Israel que Dios le ha hecho Señor y Cristo a este Jesús, a quien vosotros habéis crucificado», «Él es único Nombre que se nos ha dado en el que podemos ser salvos», «la piedra que han desechado los arquitectos, y que se ha convertido en la piedra angular»; «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo». Es la certeza de la fe, la certeza que viene de la revelación de lo alto, que nos muestra la realidad, la verdad, y genera unidad, no la de la carne ni de la sangre, que se expresa en opiniones e interpretaciones particulares que dispersan y dividen; la certeza de la comunión eclesial asentada sobre la roca firme de Pedro y su confesión de fe -las puertas del infierno y de la disgregación no prevalecerán contra ella-; la certeza que da el estar dispuesto a seguir a Jesucristo camino de la cruz y en la cruz, contraria a los criterios humanos. Cuestión vital para la evangelización: el anuncio fiel y verdadero Con esta certeza hemos de anunciar el Evangelio. Esta certeza es la que reclama la nueva evangelización, con ella, en fidelidad a ella llegaremos a la gente y se pondrá en pie, como el paralítico del libro de los Hechos a la puerta del templo. Por el contrario, nuestro anuncio de este modo dejará a la gente igual en su zozobra y en su oscuridad, no evangelizará; no llevará el Evangelio sino una obra y una creación nuestra. No evangelizaremos mientras nos dejemos llevar por dudas y opiniones o por miles de interpretaciones; cuando nos erijamos en criterio subjetivo de la verdad o tratemos de disponer de ella a nuestro arbitrio. No evangelizaremos cuando no hablemos de lo que hemos recibido de la Revelación trasmitida fielmente en la Tradición de la Iglesia o no lo hagamos en comunión con ella. Tampoco evangelizaremos cuando trasmitamos nuestras propias doctrinas y no lo que tenemos por la Iglesia presidida por Pedro, o cuando sean los criterios humanos de vida, muchas veces los de Satanás, los que nos dominen y no el del seguimiento de Cristo que padeció la Cruz y resucitó. Esta es una cuestión fundamental, vital, para la nueva evangelización: la del anuncio fiel, la fidelidad y la certeza doctrinal, la eclesialidad del anuncio, la verdad de nuestra proclamación y nuestra vida. En medio de dificultades, hostilidades o persecuciones 2.16.3. Hay que tener en cuenta, además, que la obra evangelizadora se ha abierto paso contra viento y marea, frente a vientos contrarios, en medio de hostilidades. Siempre ha sido así, desde el comienzo, en Jesucristo mismo, en los tiempos apostólicos, siempre, hasta nuestros días. Hoy, como palpamos y sufrimos, no es ninguna excepción; al contrario, atravesamos unos momentos duros, como venimos reconociendo a largo de esta carta. Tengamos la certeza de que vamos a pasar y habremos de padecer muchas más dificultades, hasta incluso naufragios, muchas calamidades, contrariedades e incluso persecuciones, pero sabemos que esto no es la última palabra: que «nos acosan, pero no nos derriban, que nos hieren, pero no nos rematan», como dice el Apóstol de los paganos o de los gentiles, san Pablo. Habremos de estar dispuestos y tendremos que beber el cáliz de la pasión, como Santiago, y no regatear ni ahorrar sacrificio alguno, como no los regatearon ni se ahorraron los Apóstoles y los mejores evangelizadores de todos los tiempos; sabiendo que en todo ello venceremos por Aquel que nos ha amado y que el Evangelio es fuerza de salvación para todo el que cree y de él todos tienen total necesidad. Acostumbrarnos a decir «no» a lo que esté en contradicción con el Evangelio También tendremos que acostumbrarnos a decir muchas veces «no» aunque genere disgusto y fastidio, aunque provoque dolor y sufrimiento, aunque corramos el riesgo de la contradicción y del rechazo: la bondad de nuestro padres, que tanto agradecemos y que nos ha formado, les llevó a decir muchas veces «no», pues una bondad que deje hacerlo todo y a que todo dé la razón y gusto, no hace bien al otro; esto cuesta, esto no se acepta fácilmente, menos hoy, y trae rechazo. No tengamos miedo, ni nos encerremos en nosotros No tengamos miedo. No nos cerremos dentro de nuestros espacios abrigos y cálidos eclesiales por temor a no sé qué «enemigos» de fuera; animados con la fuerza del Espíritu, que siempre está activo y que lo vemos soplar con tanta fuerza en los últimos tiempos, salgamos a donde están los hombres para anunciarles con toda decisión el Evangelio que predicaron Pedro y los Apóstoles en medio de tantas hostilidades. No tengamos miedo a los que nos pueden denigrar, desprestigiar, y hasta perseguir o eliminar; no tengamos miedo a los que pueden dañar el cuerpo o hacernos perder prestigio u otras cosas, temamos sólo a los que pueden matar el alma o perdernos. ¡Cuántas y cuántas veces escuchamos en el Evangelio: «No temas, no temáis, no tengáis miedo»! ¡Cuántas y cuántas veces escuchamos de labios del Papa Juan Pablo II la misma expresión, que también la hemos oído de Benedicto XVI! No tengamos miedo en absoluto de Jesucristo Pero hay algo primerísimo de lo que no debemos tener miedo en absoluto y que, además, disipará el resto de los miedos y de los temores que salgan a nuestro paso. ¡No tengamos miedo, en absoluto, de Jesucristo! Parece como si tuviésemos miedo de Él, como el joven rico que le dio miedo seguirle, o como aquel joven que me decía que le daba miedo Jesucristo, aun a sabiendas que Él sí que llena, porque lo pide todo. El mundo de los Estados, de la cultura, de la política, de los negocios, de la misma familia, del esparcimiento... El mundo parece tener miedo de Él y se cierra a Él o busca soluciones al margen de Él, o caminos que no son los suyos pero que se tornan después sin salida. También, a veces, en la Iglesia, entre los cristianos, parecemos tener miedo a Él, a su verdad, a sus exigencias; parece que, como a Pedro, en el lago nos da miedo ir a Él decididamente y sin dudas de su realidad, que sale a nuestro encuentro, y esto nos hunde; parece que tenemos miedo de ir a evangelizar, salir de nuestros cuarteles de invierno, arriesgar más en nuestro tiempo por el anuncio del Evangelio, por el mismo Jesucristo, que sentimos el temor de los discípulos en desbandada cuando es perseguido y proscrito por los hombres y no nos atrevemos a dar la cara por Él. No tengamos miedo a que se nos note que somos cristianos Tememos, de tantas maneras y por tantas gentes, el que se nos note hoy que somos cristianos porque parece que esto no se lleva o se penaliza y descalifica por no ser «moderno», o de decir a plena luz, con la cara descubierta, lo que escuchamos en la intimidad de la Iglesia; de cuántos y variados modos estamos negando hoy a Jesucristo; qué poco se sale a la palestra de los medios de comunicación, sobre todo por parte de aquellos que tienen la responsabilidad, el deber, el saber y la capacidad de decirlo; ¡cuánto Nicodemo, cuánta componenda! Que no se nos tache de intolerantes, de retrógrados, de no ser dialogante ni persona de consenso. Tenemos miedo de muchas cosas. Pero, en el fondo, detrás de todo ello de quien tenemos miedo, como digo, es del propio Jesucristo y del seguimiento de Él, que, es verdad, lo pide todo, pero lo da todo. La generación de cristianos de hoy, con frecuencia, se parece a los discípulos camino de Jerusalén que estaban asustados por los anuncios de Jesucristo sobre su pasión y su parecer de que a ellos les iba a pasar algo similar en Jerusalén; como ellos, porque creemos que vamos a perecer o que somos una especie en trance de extinción. Sentimos sin duda miedo, y estamos acurrucados, porque, en último término, nos falta fe, somos aún hombres de poca fe, tenemos aun miedo y temor de Jesucristo y de ir a Jesucristo sobre las aguas procelosas del océano de nuestro mundo a donde se nos invita a la gran y apasionante aventura de evangelizar, ese mundo que juzga y condena a Jesucristo, pero en el que estamos llamados a lo más gozoso que se le puede conceder a un hombre: testificar en ese juicio a favor de Jesucristo, dar la cara por él, salir en su defensa por Él que tanto nos ha amado, y así agradecer un poco lo mucho, lo todo, que Él ha hecho por nosotros. Sin miedo, ¡abramos nuestras puertas a Cristo! Por eso, el gran grito de Juan Pablo II: «¡No tengáis miedo! ¡Abrid de par en par las puertas a Cristo, abrid las puertas al Redentor». O la gran llamada de Benedicto XVI, también en el inicio de su ministerio petrino: «Continuamente resuenan en mis oídos» las palabras del Papa Juan Pablo II cuando inició su ministerio: ‘¡No temáis! ¡Abrid: más todavía, abrid de par en par las puertas a Cristo!’ El Papa hablaba a los fuertes, a los poderosos del mundo, que temían que Cristo pudiera quitarles algo de su poder, si lo dejaban entrar y concedían la libertad a la fe. Sí, Él ciertamente les había quitado algo: el dominio de la corrupción, del quebrantamiento del derecho y de la arbitrariedad. Pero no les habría quitado nada de lo que pertenece a la libertad del hombre, a su dignidad, a la edificación de una sociedad justa. Además, el Papa hablaba a todos los hombres, sobre todo a los jóvenes. ¿Acaso no tenemos todos de algún modo miedo, si nos abrimos totalmente a Él; miedo de que Él pueda quitarnos algo de nuestra vida? ¿Acaso no tenemos miedo de renunciar a algo grande, único, que hace la vida más bella? ¿No corremos el riesgo de encontrarnos luego en la angustia y vernos privados de la libertad? Pero el Papa quiere decir: ¡No! Quien deja entrar a Cristo no pierde nada, nada, absolutamente nada de lo que hace la vida bella, libre y grande. ¡No! Sólo con esta amistad se abren las puertas de la vida. Sólo con esta amistad se abren realmente las grandes potencialidades de la condición humana. Sólo con esta amistad experimentamos lo que es bello y nos libera. Así, hoy, yo quisiera, con gran fuerza y gran convicción, a partir de una larga vida personal, deciros a todos vosotros, queridos jóvenes: ¡No tengáis miedo de Cristo. Él no quita nada, y lo da todo. Quien se entrega a Él, recibe el ciento por uno. Sí, abrid, abrid de par en par las puertas a Cristo, y encontraréis la ver-dadera vida» (Benedicto XVI). Así es como evangelizaremos, como hizo Juan Pablo II, como está haciendo el Papa Benedicto XVI, sucesores de Pedro, y los hombres de hoy encontrarán la vida, y escucharán a quien tiene palabras de vida eterna, y se sumergirán en un amor a Jesucristo como nadie, mejor, como Pedro: que se sepa que le queremos. Entregar valientemente el Evangelio de Jesucristo a todos 2.16.4. Demos pues este Evangelio, el único que se nos ha dado, y proclamémoslo a los cuatro vientos, sin miedo, sin callarlo, démoslo valientemente a todos, sin someterlo a ningún poder de este mundo y sin esconderlo, ni encerrarlo por temor a no sé qué o quienes, que lo pongamos en lo alto para que alumbre a todos: a los que están lejos y a los que están cerca, a aquellos con los que convivimos y trabajamos, a todos. Con la fuerza y la verdad del testimonio Anunciemos a Jesucristo, como personas de este mundo y enraizados plenamente en él, solidarios con sus gozos y esperanzas, a los que nada del hombre les es ajeno; como testigos, con la vida y los criterios de juicio, pensamiento y actuación del mismo Jesucristo; con obras -nuestros trabajos, nuestras familias, nuestra vida en la sociedad, nuestras realidades cotidianas, nuestras personas- que sean «signo» de que somos de Jesucristo, que le pertenecemos, que Él es nuestro dueño y Señor; y con palabras que testimonien las cosas buenas que, en el presente, en nuestra propia vida, obra el Señor. Frente a teorías e interpretaciones a las que estamos tan acostumbrados, se pueden presentar otras teorías y otras interpretaciones, pero frente a los hechos -que ésa es la palabra y la realidad del testigo, la certeza de los hechos de quien los ha visto y ha tomado parte presencialmente en ellos- no caben argumentos ni otras interpretaciones. El ciego de nacimiento no hizo ningún discurso bello, ni fabricó una interpretación de lo que le había sucedido, del bien que había acontecido en Él, sino que sencilla y llanamente se remitió a los hechos, a quién había actuado en él y a lo que éste le había hecho y sucedido. Andrés contó a Simón, su hermano, lo que les había pasado en la tarde que habían estado con Jesús él y Juan, lo que habían visto; no se inventaron ninguna cosa para convencerlo: contó lo que habían visto, es decir, al Mesías. Los caminantes de Emaús, contaron lo que les había pasado en el camino y cómo lo reconocieron al partir el pan. Juan evangelista se empeñó una y otra vez en remitirse a lo que ha visto y oído, a lo que ha palpado, se acercó a la tumba del Crucificado y la «vio» vacía, y así lo anunció. El mismo Jesús, ante la embajada de los discípulos del Bautista, se remite a los hechos: «Id y contad lo que estáis viendo y oyendo». Sobran palabras y discursos, sobran interpretaciones, son superfluas las opiniones; son necesarios y elocuentes los hechos, los acontecimientos; es imprescindible la certeza del testimonio. Los hechos y su testimonio no se pueden negar, ahí quedan. Por eso es tan imprescindible que no hablemos de oídas, sino de lo que hemos visto y oído, de lo que hemos palpado, de lo que hemos tenido experiencia salvadora de Aquel que vive, donde se puede tener experiencia o donde se le puede palpar y está presente: en la comunidad de los testigos, en la Iglesia, y sin separarnos de ella. Aquí, en la Iglesia y desde ella, contemplemos, pues, palpemos, amemos, anunciemos a Jesucristo y su amor; demos testimonio de Él, para que los hombres crean en Él, le amen y le sigan; y así pueda haber una Humanidad abierta al futuro de Dios y hecha de hombres nuevos a los que Él ha devuelto su dignidad, su libertad y su esperanza de vida eterna y dichosa, la alegría grande que llena de gozo el vivir y nos dispone al morir, en estos tiempos nada fáciles que atravesamos. Con alegría anunciemos el Evangelio de la gracia, de la felicidad, de la alegría 2.16.5. Esa es la alegría que debemos anunciar en la nueva evangelización y con la que debemos llevar a cabo esta gran empresa que nos desborda humanamente, pero que es Dios con su gracia, con su misericordia que todo lo dispone y lleva a su término. La alegría es «ingrediente y compañera» inseparable de la evangelización: inseparable en su contenido, inseparable en la actitud de los evangelizadores e inseparable por todo cuanto suscita en quienes acogen el Evangelio. Este es el verdadero, el grande, el dichoso mensaje de nuestra religión: Dios es nuestra felicidad. Dios es el gozo, la bienaventuranza, la plenitud de la vida, no sólo en sí sino para nosotros. Dios se ha revelado en el amor, ha escuchado nuestro clamor. Dios ha tenido corazón para toda deficiencia, para nuestra cautividad, para nuestro pecado. Se ha ofrecido a nosotros como misericordia, como gracia, como salvación, como sorpresa regocijante y gloriosa. La alegría está presente en todo el anuncio de la salvación que ha llegado con Jesucristo, con la irrupción del Reino de Dios entre nosotros. «Alégrate», le dice el Ángel a la Virgen que le va a anunciar la luminosa noticia de que Dios la ha elegido para ser Madre de su Hijo, el Salvador de los hombres. La criatura que está en el seno de Isabel salta de alegría por la presencia del Salvador, Dios con nosotros, Isabel a voz en grito de júbilo proclama a María «dichosa» porque ha creído y «bendita entre las mujeres», y María «proclama la grandeza del Señor y se alegra en Dios su Salvador por las grandes obras que hace en favor de su humilde esclava». El Ángel anuncia en la Navidad: «No temáis, porque os anuncio una gran alegría para todo el pueblo». Todo el Evangelio es una explosión de alegría, la alegría del que encuentra un tesoro o una perla cuyo valor con nada se le pueda comparar, la alegría del pastor que acaba de encontrar la oveja perdida o de la mujer que encuentra su pequeña moneda, la alegría del buen padre, la alegría semejante a la de la mujer que da a luz. El mensaje de Jesús, resumido en las bienaventuranzas, es un mensaje de dicha y felicidad, es la persona misma de Cristo: «Alegraos porque vuestra recompensa será grande en el cielo». Alegría misma de Jesús, cuando regresan los discípulos de su pequeña misión. Alegría de los discípulos al ver al Resucitado. Todo en el Evangelio es alegría, genera alegría, se trasmite con alegría, aunque entre tanto se tenga que pasar por el trance del sufrimiento y experimentar la contradicción. Nuestra religión es una religión de salvación, de alegría. Entre nosotros resuenan aquellas palabras de Pablo: «Alegraos, os lo digo de nuevo, alegraos, estad siempre alegres en el Señor, os lo repito, estad siempre alegres». Esta es la verdadera religión, nuestra religión, nuestra espiritualidad: el gozo de Dios. Este es el regalo que nos trae Cristo al nacer al mundo: alegría, el gozo, la paz de Dios, la felicidad. La felicidad que los hombres buscan, «la felicidad que tienen derecho de saborear, tiene un nombre, un rostro: el de Jesús de Nazaret, oculto en la Eucaristía. Sólo Él da plenitud de vida a la humanidad» (Benedicto XVI). ¿Cómo no decir esto y proclamarlo a los cuatro vientos con alegría, o cómo ocultar la alegría que esto entraña o no dar testimonio de la alegría desbordante que aquí se contiene? ¿Seremos capaces de hacer comprender a los hombres de nuestro tiempo este mensaje religioso: Dios es la alegría, nuestra alegría y nuestra dicha? ¿Quién nos escucha? ¿Quién nos cree verdaderamente? Tal vez no tengamos éxito en este anuncio. No nos creen frecuentemente los hombres del pensamiento, enfrascados en la duda y en los problemas. No nos creen los hombres de acción fascinados en el esfuerzo por conquistar la tierra. No nos creen los jóvenes, arrastrados por la civilización del disfrute a toda costa. Es la suerte del Evangelio en la humanidad, el cual significa precisamente anuncio dichoso, anuncio feliz. La fe cristiana, el acontecimiento cristiano ha ofrecido como pleno y último don esta verdad, esta actitud y espiritualidad: la felicidad es alcanzable por el hombre en Dios, por Cristo, en el Espíritu Santo. Permanece esta certeza impávida: Dios es la verdadera, la suprema felicidad del hombre. Permanece esta pedagogía para enseñar a los niños y los jóvenes: Sí, en efecto, la fe es misterio, Cristo lleva la cruz, la vida es deber, pero sobre todo Dios es la alegría y la dicha, la felicidad. Para los pobres y los afligidos, para los que no tienen nada, pero lo tienen todo porque tienen a Dios, para los hambrientos de justicia y de paz, para todos los que sufren y lloran es el Reino de Dios. El Reino de Dios es para éstos y es el Reino de la felicidad que conforta, que compensa, que da consistencia y verdad a la esperanza. Cristo nos habla en el corazón de felicidad y de paz. Y con este don Él no aplaca, en la vida presente, nuestra búsqueda, nuestra sed. Hoy su felicidad no es más que un anticipo, una prenda, un comienzo: la plenitud de la vida vendrá después de esta vida terrena, vendrá mañana después de esta jornada, vendrá cuando la felicidad misma de Dios sea abierta a aquellos que hoy la han buscado y pregustado. Dios es alegría. Alegría y no miedo, porque el hombre ha sido redimido por Dios, gozo desbordante y no temor porque Dios ha amado al mundo. Lo ha amado tanto que ha entregado a su Hijo Unigénito. Este Hijo permanece en la historia como el Redentor, Dios con nosotros, Salvador, paz, luz y vida, camino y verdad, servidor que entrega su vida para que los hombres tengamos vida, Hijo de Dios que se hace hijo de hombre para que los hombres seamos hijos de Dios. La Redención impregna toda la historia del hombre, también la anterior a Cristo, y prepara su futuro último y definitivo. Es la luz que brilla en la oscuridad y que la oscuridad no ha recibido. El poder de la Cruz de Cristo y de su Resurrección es más grande que todo el mal del que el hombre podría y debería tener miedo y sentir tristeza. Para que el mundo cambie y viva inmerso en la gran alegría del Reino de Dios es necesario que en la conciencia del hombre contemporáneo resurja con fuerza la certeza de que existe Alguien que tiene en sus manos el destino de este mundo que pasa... Alguien que es el Principio y el Fin de la historia individual, sea la individual como la colectiva. Y este Alguien es Amor. Amor hecho hombre, Amor crucificado y resucitado, Amor continuamente presente entre los hombres. Es Amor eucarístico. Es fuente incesante de comunión. Es el único que puede dar plena garantía de las palabras: «No tengáis miedo», o «alegraos». Él es nuestra gracia, Él es nuestra fuerza, nuestro gozo y nuestra alegría. No podemos te-mer a un Evangelio exigente. Aceptar lo que el Evangelio exige quiere decir afirmar la propia humanidad completa, ver en ella toda la belleza querida por Dios, reconociendo en ella, sin embargo, a la luz del poder de Dios mismo también sus debilidades: lo que es imposible a los hombres es posible a Dios. Dios quiere la salvación del hombre, quiere el cumplimiento de la humanidad según la medida por Él mismo pensada, y Cristo tiene derecho a decir que el yugo que nos pone es dulce y que su carga, a fin de cuentas, es ligera. Quien acoge el Evangelio, quien se encuentra con Él, encuentra la joya del amor que no tiene precio. Quien vive inmerso en el amor, que es Dios, vive inmerso en la gran alegría y quien lo encuentra, encuentra la salud, la salvación, lo encuentra todo y no puede contener su alegría sin que los demás sean también partícipes de este gran don y gozo que es el mismo amor. No conozco a ninguna persona que haya encontrado esto, que tenga esta gran experiencia totalizadora y que no desborde alegría. ¡Qué alegría se respira y se palpa en tantas comunidades de religiosas que no tienen nada, pero lo tienen todo, porque tienen a Dios, porque sienten tan dentro y tan cercano el amor de Dios en Jesucristo! Pienso en algunas comunidades que su sola alegría ya evangeliza. Como evangelizaban los primeros discípulos que admiraban a los demás por su alegría: los reconocían por su caridad, porque se amaban unos a otros, pero admiraban por su alegría. Amor y alegría son inseparables; por eso san Agustín recomendaba al diácono Deogracias para su catequesis, para su obra evangelizadora, dos actitudes fundamentales: el amor y la alegría; alegría y amor que surgen de la contemplación de las maravillas de Dios; las obras de Dios, su salvación y su amor, sacan y suscitan amor; el amor suscita gozo y alegría; quien vive de esto no puede dejar de comunicarlo con alegría, como cuando enseñamos nuestro pueblo y trasmitimos nuestra historia vivida como historia de amor: ¡con qué gozo y alegría lo hacemos! También la evangelización en nuestro tiempo, para ser verdadera y para que dé fruto, ha de ir acompañada de esta alegría. No evangeliza un triste evangelizador. Es necesario que se supere o que no se de la imagen de cristianos como «tristes y amargados» que, en el fondo, son incapaces de evangelizar. Fidelidad en los evangelizadores 2.17. Que nos sirva de guía y aliento el Apóstol Pablo en todo, en sus diferentes cartas, sobre todo las pastorales. Recordemos una de sus cartas que dirige a Timoteo donde piensa, no sin temor, en la perseverancia del discípulo. Sus consignas se pueden resumir en una sola palabra: fidelidad, porque eso es lo que se nos pide sobre todo, como siervos que somos, tengamos una u otra responsabilidad en la misión: que seamos fieles, que nos mantengamos firmes, con la firmeza misma de Dios. Por eso mismo Pablo pide en el fondo firmeza activa y martirial en guardar el mandato recibido, en cumplir el ministerio encomendado, practicando «la justicia, la religión, la fe, el amor la paciencia, la delicadeza». Como el día de la «hermosa profesión», hasta el encuentro definitivo con Cristo. Perseverar en la oración Para ello, para mantenernos perseverantes y firmes en esa fidelidad, oremos, oremos mucho, oremos sin desmayo. Sin oración personal y en común, sin pasarnos largos ratos junto al Señor, ante el sagrario, y unidos en la plegaria litúrgica y comunitaria, nada podremos hacer. El pastor o el evangelizador que ama mucho a su pueblo es el que ora mucho por su pueblo: no hay evangelización sin amor, y no hay amor sin oración. Encarezco esto de modo muy principal: fijémonos bien en nuestro Señor, el Enviado del Padre, toda su vida marcada por el trato de amor con el Padre, por la oración en cuyo trato consiste, desde el primer «aquí estoy para hacer tu voluntad», de la Encarnación, hasta el «a tus manos encomiendo mi espíritu», de la expiración de la Cruz cuando todo ha sido ya consumado y cumplido. Todo es esa relación y trato con el Padre, pero particularmente en muchos momentos, diría que claves en su vida, de oración: cuando se retira al desierto antes del anuncio del Reino, antes de la elección y de los discípulos, previamente a milagros o tras ellos, en noches largas de soledad, en la última Cena, en Getsemaní, en la Cruz... Y, ya en los cielos y exaltado como Señor, intercediendo ininterrumpidamente por sus hermanos los hombres con las llagas y el costado abierto. Poner a nuestra diócesis en estado de misión es ponerla en estado de oración. Sin oración no habrá evangelización La evangelización necesita de la oración, y es imprescindible su compañía. Sin oración no habrá evangelización. Si Jesús, el Hijo de Dios, Evangelio vivo, primer y singular evangelizador, está siempre, como acabo de recordar, acompañado de la oración, ¿cómo vamos a pretender nosotros, pobres y frágiles hombres pecadores, que vamos a poder evangelizar sin oración? Jesús ora y pide que oremos para que el Padre envíe obreros a su mies, para que haya evangelizadores. Él mismo nos indica que pidamos el Espíritu Santo, el que es la fuerza de lo alto que suscita testigos hasta los confines del mundo, que nos dirá todo y conducirá a la verdad plena, el que impulsa, guía y fortalece la misión. Nosotros hoy, la comunidad diocesana y todas las comunidades debemos ponernos en oración para que suscite obreros en su mies, evan-gelizadores, teniendo presente que los primeros evangelizadores habremos de ser, somos, los pastores -obispos y sacerdotes-. Por eso mismo, habremos de ser los primeros orantes de la diócesis. Tengo el pleno convencimiento de que si los Obispos y los sacerdotes dedicásemos más tiempo diariamente a la oración, y orásemos mejor, con más fe, evangeli-zaríamos más y mejor. Que no nos quepa duda de esto. ¿Por qué no lo probamos? Orar ahora, presididos y acompañados de la Virgen María, y unidos a los Apóstoles y sus sucesores, para que Dios envíe el Espíritu Santo, agente principal y alma de toda la evangelización. Permanecer hoy unidos en la oración asiduamente, como la primera comunidad de Jerusalén, es requisito, como entonces, para llevar a cabo la misión. La comunidad cristiana acompañaba con su oración a los apóstoles, predicadores de la Palabra que no está encadenada, testigos del Evangelio, en dificultades y hasta con persecución, acompañaba, orando, a Pedro que estaba dando testimonio ante los tribunales de este mundo. También hoy, como entonces, es necesario, más aún imprescindible, este acompañamiento orante: orar para que el Espíritu Santo dé la fortaleza y sabiduría necesaria a los evangelizadores y ponga en sus labios las palabras adecuadas, orar para que nos haga testigos que seamos capaces de dar testimonio y razón ante los diferentes tribunales de este mundo que hoy juzgan el Evangelio; orar para que no se debilite nuestra fe... Que mientras unos evangelicen y den testimonio en el mundo, otros, en la soledad callada, oren; que ore toda la comunidad, que toda ella se ponga en oración por la misión, que nazcan y se multipliquen en nuestra diócesis comunidades y grupos orantes que acompañen la misión con su súplica, que, como Moisés suplicante, en ningún momento nuestra comunidad baje los brazos de la plegaria, que los enfermos hagan de su cruz la plegaria ofrecida por la obra de la evangelización. Que los llamados a evangelizar en primera línea y con mayor dedicación y aun dificultad oremos siempre: el fruto viene de Dios, la fe viene de Él, la conversión es obra de sus manos, el Evangelio es gracia y posesión suya, sólo Dios edifica y en vano si no edificamos con Él. Muchas veces no podremos hablar a los hombres de Dios, pero sí podremos y habremos de hablar a Dios de estos hombres. Sin esto, sin la oración, compañera inseparable de la misión, no iremos a ninguna parte. Orar con confianza, la propia de un niño en brazos de su madre, la que no busca éxitos sino hacer lo que Dios quiera, la que es consciente de que la evangelización es la obra de Dios, la confianza del siervo con la mirada puesta en las manos de su Amo que es el que obra, con la esperanza del que sabe que nos basta la gracia de Dios y de que Él no nos abandona, con la paciencia del labrador que sabe que lo suyo es sembrar y propiciar el espacio para la siembra pero que el crecimiento es obra de Dios, con la entera certeza de que Dios nunca nos falta ni nos deja en la estacada. Orar con la compasión y el amor inquebrantable a nuestros hermanos que engendra perseverancia en la súplica, intercesión constante por ellos, por todos, con las entrañas misericordiosas del mismo Dios. Acompañados además, siempre, de la compañía en oración de la Santísima Virgen María, en plegaria hacia ella, para que nos mire con sus ojos miseri-cordiosos, muestre al fruto bendito de su vientre y, como en Caná, también hoy propicie que su Hijo adelante su hora, y nos entregue el bueno y nuevo vino que es Dios con nosotros. Seamos conscientes, además, -lo cual es muy fundamental- que no estamos solos, que nos acompañan en la oración y en la intercesión de los santos, como tan vigorosamente como esperanzadamente reconocía el Papa Benedicto en la Misa del comienzo de su ministerio petrino: necesitamos acudir y confiar en la comunión e intercesión de los santos. Unámonos, sobre todo a la oración de Jesús, en la «hora de la verdad», la ora de la Cena, la hora de Getsemaní, la hora de la pasión, la hora de la Cruz, la hora de la glorificación. Orar en comunión toda la diócesis, con un solo corazón y como una sola súplica compasiva que se eleva hasta el cielo: para que el mundo crea; orar de modo perseverante e insistente como nos recomienda el Señor que sea nuestra oración en el Sermón del Monte o en la parábola del amigo «inoportuno»; o desde la compasión por nuestro mundo, con una mirada de misericordia, y sufriendo en carne propia los padecimientos y pobrezas de nuestra sociedad, hija de alguna manera nuestra, suplicar, como la mujer cananea, oportuna e inoportunamente, sin descanso ni desmayo, con fe verdadera en el Señor de la misericordia y de la compasión, con las entrañas de misericordia y amor de madre afectada por la dolencia de la hija dominada por el diablo e identificados con la misma compasión y misericordia de Jesús, que siente lástima de los hombres, esclavos de tantas maneras por el príncipe de este mundo, y viene a traerles la libertad. Poner a nuestra diócesis en estado de misión entraña, pues, ponerla a toda ella en estado de oración. Algunas recomendaciones y disposiciones de Jesús para la misión de los Apóstoles 2.18. Tengamos también muy en cuenta las recomendaciones e indicaciones de Jesús a los discípulos que Él envía en la versiones de los distintos Evangelios; releamos una y mil veces esos pasajes. Mirad las disposiciones que señala el Evangelio en ese envío: con la premura consciente de la salvación de los hombres y de que no se puede perder tiempo, el tiempo urge (caminemos, no nos detengamos en cosas o tratos inútiles, en interminables evasiones divergentes de la misión). Con la libertad del que no necesita apoyar su confianza en provisiones y, por ello, sin afán de provisiones, aceptando la noble pobreza, sin rebuscarla, y reconociendo con firme convicción y certeza que el éxito no es uno de los nombres de Dios y que no es cristiano codiciar el éxito público y el número; aceptando con la misma sencillez la abundancia y la escasez de los frutos, la gloria y el brillo que la humillación o el descrédito, el bienestar que la nobleza de la austeridad, la riqueza de recursos o la escasez o indigencia de los mismos. No violentos, ni impositivos, como corderos, pero tampoco ingenuos, sabiendo que los lobos son lobos, y con la debilidad invencible de los dispuestos al martirio. Sin complejo de cobardía. Sencillos, seguros, felices, dispuestos siempre a escuchar, prontos a servir. Haciendo el bien como Jesús: atendiendo a los enfermos, signo de la presencia del Salvador y Mesías entre los hombres. ¡Qué bien lo han entendido los misioneros y misioneras de todos los tiempos! Proclamando la palabra y comunicando la paz. Siempre inseparables las obras de asistencia y la predicación de la Palabra. Sin alforja y sin bastón, sin otra riqueza que Jesucristo: «No tengo oro ni plata, lo que tengo te doy: en nombre de Jesucristo Nazareno, ¡levántate y anda!» Con la única apoyatura de Dios, con la confianza puesta en Él, como el niño pequeño en brazos de su madre. «El Reino de Dios está cerca», con él viene la paz El mensaje que proclamaremos es el mismo de Cristo y que es Cristo. «El Reino de Dios ya llega a vosotros». Dios está muy cerca: que los hombres lo oigan con toda claridad, aunque tal vez algunos prefieran no saberlo: Dios está muy cerca y en su mano la justicia eterna. El «Reino» en labios de Jesús abarca y resume todo el Evangelio: Dios aceptado como centro de la vida: feliz y cercana eternidad ya desde ahora. Y con él la paz. Los misioneros del Evangelio lo son de la paz, que significa y es la plenitud de todos los bienes, caricia de la ternura de Dios, derramamiento de la misericordia infinita de Dios. ¡Qué mayor regalo que la paz, fruto y presencia del Espíritu, que sólo viene de lo alto! Si este anuncio nuestro encuentra acogida, habremos realizado la obra más grande que se puede concebir en el orden social: la de dar al hermano la felicidad. Sólo en aceptar a Dios está la paz. Los que con absoluta voluntad se cierran a aceptar el mensaje de la fe son ciertamente libres; pero estemos dispuestos a decirles claro que en su decisión queda comprometida su temible responsabilidad ante Dios. Anunciar la Paz es anunciar a Cristo. Cristo es nuestra paz. Pero Cristo es el de la cruz, que crucificándonos con Él nos libera del mundo y de nosotros mismos. Su paz no es otra que la del Crucificado que nos ha reconciliado. Quien entienda la cruz descubrió la paz. E inseparable de este anuncio la presencia a través de vuestras obras de esta cercanía de Dios compasivo, fiel y misericordioso, que quiere hacer de todos los hombres, sus hijos, una familia de hermanos donde tengamos seguros cada día el Pan que necesitamos como el perdón y el perdón que necesitamos todos como el pan. Amemos y sirvamos a los más necesitados que esto es lo que reclama la misión a la que se nos llama: que sobresalgamos por la caridad en todo. Algunas recomendaciones de San Pablo 2.19. Recomiendo también a toda la comunidad diocesana, particularmente a los que estén o estemos en la vanguardia de la misión, que tengamos así mismo muy presentes las palabras de Pablo a los Tesaloni-censes (1 Tes 2, 9-13). Evangelizar exige un esfuerzo, que merece la pena Decididamente vamos a evangelizar, y evangelizar exige esforzarse. Como el mismo Pablo vamos a tomar parte en los duros trabajos del Evangelio, sin escatimar esfuerzos ni fatigas. Y es que el Evangelio de la gracia, la salvación de los hombres, la gloria de Dios y el cumplimiento del designio divino que quiere que todos los hombres lleguen al conocimiento de la Verdad, todo lo merece; y, además, «a jornal de gloria, no hay trabajo grande». Bien valen la pena todos los sacrificios y fatigas, el gastarse y desgastarse en favor del Evangelio de Jesucristo para el bien de los hombres. Cristo mismo no se ahorró ningún sacrificio, ni siquiera el de su propia vida, por traernos la salvación, el amor de Dios a los hombres. Tampoco los Apóstoles, ni los mejores evangelizadores en cualquier época. Sin intereses particulares y sin medro alguno. ¡Ay de mí si no evangelizo! Pablo no hizo del anuncio del Evangelio ninguna carrera, ni ninguna gloria, ni ningún interés propio o lucro para sí, no buscó nada a cambio, tampoco nosotros. Al contrario, Pablo en medio de los Tesalonicenses, y nosotros nos vamos a entregar limpiamente al anuncio del Evangelio sin buscar interés ni medro personal alguno, sino trabajando día y noche sin ser gravosos para nadie, mostrando, así, que es sólo el amor de Cristo lo que nos apremia y que lo que se ha recibido gratis hay que entregarlo. Cuando, como san Pablo, uno «ha creído en el amor», entonces el amor de Dios urge y la evangelización es una verdadera necesidad. Por eso dice, dirigiéndose a los cristianos de Corinto: «Porque, si evangelizo no es para mí motivo de gloria sino que se me impone como una necesidad». Porque evangelizar es la vocación y misión constitutiva de la Iglesia y, con ella, de cada uno de los creyentes en Cristo, como tantas veces he repetido a lo largo de esta carta. Evangelizar es nuestra dicha y nuestra paga. Con la Iglesia, en efecto, existimos para evangelizar, es decir, para predicar y enseñar y ser canal del don de la gracia. Cuando se vive la fe como experiencia personal del amor con que Dios nos ama, la evangelización no es sino la trasparencia de ese amor que consume nuestro interior y nos abre a comunicarnos sin medida a todos los hombres. O como diría el mismo san Pablo: «Nosotros todos con el rostro descubierto reverberando como espejos la gloria del Señor, nos vamos transfigurando en la misma imagen, de gloria, conforme a como obra el Espíritu del Señor» (2 Cor 3, 18). Con honestidad y sin intenciones torcidas. Tratando como un padre a los hijos En la proclamación del Evangelio de Dios, san Pablo procedió con toda honestidad, sin ninguna intención torcida, en verdad y autenticidad, con un proceder leal, recto e irreprochable hacia los creyentes. Más aún, trató personalmente con cada uno de ellos como un padre trata con sus hijos, «animando con tono suave o enérgico a vivir como se merece Dios» que los «ha llamado a su reino y gloria». Es en esa comunicación y trato personal y directo con cada uno como lleva a cabo el anuncio del Evangelio; no desde la impersonalidad de una comunicación genérica y abstracta que a nada llega ni a nadie se dirige; él se dirige a cada uno en su concreción intransferible, en su propia mismidad, en su personal situación, que unas veces requiere tono suave y otras enérgico, pero que en todo caso necesita siempre ánimo y aliento para vivir según Dios merece. Es el trato de padre que ama a sus hijos, que se entrega por ellos, que se desvive y desgasta buscando el bien de sus hijos. Es el trato del que conoce el corazón de sus hijos y se siente totalmente unido, solidario, de sus alegrías y esperanzas, angustias y tristezas, logros y fracasos. Un trato en el que no cabe el mero oficio ni la distancia funcionarial y asalariada, sino que reclama completamente la entrega, el cariño y la cercanía de la persona entera, que se lo juega todo porque ahí está en juego la suerte del hijo de sus entrañas. Tan en juego está que de la libre aceptación o no aceptación del Evangelio, del vivir o no vivir responsablemente como Dios se merece depende el participar del Reino y de la gloria a la que han sido llamados por pura gracia y benevolencia del mismo Dios. Vivir como Dios se merece Pablo, evangelizador de los gentiles, pone como objeto de su animación evangelizadora no unos intereses de vivir mejor, aunque esto también es necesario, sino el «vivir como Dios se merece». No el interés del hombre en primer término; sino la gloria de Dios, la gloria y el honor que le corresponden a Dios: «no a nosotros; Señor, no a nosotros, sino a tu Nombre da la gloria». Porque es ahí, en vivir como Dios se merece, donde está el logro del hombre, su «éxito», su participación en la gloria. La gloria de Dios es que el hombre viva; y el hombre vive cuando busca, reconoce y adora a Dios como le corresponde y merece. Con la palabra de Dios, no la nuestra Pablo, con acción de gracias a Dios, recuerda a la comunidad de Tesalónica que ha recibido su predicación no como palabra de hombre, sino, como es en verdad, Palabra de Dios. Su palabra no es suya, sino de Aquel que, por pura gracia lo llamó y lo envió, para predicar el Evangelio de Dios, que es fuerza de Dios, fuerza de salvación para todo el que cree y que permanece operante con toda su fuerza salvadora en los que como el justo viven de la fe que justifica y salva. No inventa doctrina, sino que proclama lo que ha recibido por revelación de Dios en Jesucristo por el Espíritu o lo que le ha sido entregado por los otros Apóstoles que vieron, comieron y bebieron con el mismo Jesús. No es invención suya, no es palabra humana, no es sabiduría del mundo, sino sabiduría de Dios que quiso valerse de la necedad de la predicación para salvar a los creyentes. Con la sabiduría de la Cruz La sabiduría escondida en Dios es Cristo crucificado. Igual que a los de Corinto: «Cuando vine a vosotros a anunciaros el misterio de Dios, dice Pablo, no lo hice con sublime elocuencia o sabiduría, pues nunca entre vosotros me precié de saber cosa alguna, sino a Jesucristo, y éste crucificado. Me presenté a vosotros débil y temblando de miedo; mi palabra y mi predicación no fue con persuasiva sabiduría humana, sino en la manifestación y el poder del Espíritu, para que vuestra fe no se apoye en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios» (1 Cor 2, 1-5). Sólo el poder de Dios. Sólo Dios y en nombre de Dios El «sólo Dios» de san Pablo, como el de santa Teresa de Jesús, de san Francisco de Asís o del Hermano Rafael, es lo que en verdad evangeliza. «Sólo Dios», en cuanto que es en la fuerza y en el poder de Dios como se lleva a cabo esta obra que es suya, porque es obra de la Gracia. «Sólo Dios», porque ese es el contenido del anuncio evangélico. Una evangelización que reduzca prácticamente su mensaje a los derechos, anhelos y deseos de los hombres, pronto se queda sin contenido, porque los que de verdad habrán contribuido al mejoramiento económico de la sociedad, y a su progreso cultural y político, serán los legisladores, los partidos políticos, las planificaciones. Estos grandes recursos que el mundo de hoy tiene en sus manos se bastan por sí solos para cubrir sus objetivos y no necesitan de nosotros para seguir ofreciendo el bienestar y la participación. Cuando, sin embargo, lo hayan alcanzado, más aún, en la medida en que lo vayan alcanzando ya, los hombres experimentan cada vez con más angustia otra necesidad: la de alcanzar la liberación verdadera... Ahí está la misión de la Iglesia. Pero, ¿en nombre de qué y de quién les ofrecemos esa liberación? ¿Cómo tendremos fuerza y convicción para predicarlo y vivirlo nosotros? No será en nombre de la ciencia o de la técnica, porque todo esto lo tendrán sin nosotros y sin embargo seguirán siendo esclavos. Habrá de ser en nombre de Dios, en nombre de la Gracia que rompe las ataduras del corazón, en nombre de Cristo y de su vida divina ofrecida a los hombres. Ahora bien, para ofrecer esto es necesario vivir en Dios y, desde Él, contemplarlo y amarlo. No se trata de despreciar ni de abandonar ninguno de nuestros afanes y trabajos, ni ninguno de los diálogos y esfuerzos emprendidos en el campo de la justicia, de la cultura o de las demás realidades humanas. Se trata de que junto a esto, y precisamente por esto, debe aumentar y extenderse en la Iglesia de hoy el reconocimiento de la iniciativa de Dios, la entera confianza en la fuerza y el poder de Dios, en la Gracia divina; se trata de que Dios se le coloque en el centro tanto de nuestro anuncio como de nuestros esfuerzos. De lo contrario se producirá en la Iglesia un gran vacío. Dejar a Dios ser Dios y que actúe ¡Qué bien lo entendía esto todo esto san Pablo, el modelo de evangelizador en todos los tiempos! A raíz de su encuentro con Jesucristo y su conversión a Él, su vida es una manifestación de un dejar a Dios que actúe, un confiar en su poder y en su fuerza salvadora, en un entregarse por completo a su amor misericordioso, un guiarse por su voluntad. Ahí, en el testimonio de san Pablo, tenemos las actitudes necesarias de los evangelizadores de siempre y, por tanto, también de nuestro tiempo. Que Dios nos ayude, que Dios nos acompañe. Tened todos por seguro, por muy cierto, que Jesucristo, resucitado, está con nosotros y va con nosotros en ese camino de la misión, y que Él no niega sino que da su Espíritu prometido, para que llevemos a cabo su encargo y seamos testigos valientes y sencillos del Evangelio. Ninguna dedicación puede quitarnos de la evangelización. Es lo que demanda la Iglesia 2.19. La nueva evangelización, digámoslo una vez más, constituye el horizonte de la misión de la Iglesia y de nuestra diócesis, siempre, y sobre todo en la situación que estamos viviendo. Ninguna otra dedicación puede quitarnos de ésta; es prioritario que nos entreguemos por delante de otras cosas al servicio del anuncio misionero del Evangelio. La hora presente debe ser la hora del anuncio gozoso del Evangelio, y así será también la hora del renacimiento moral y espiritual de nuestro mundo. Ésta es nuestra tarea más apremiante como Iglesia que no podemos en modo alguno dejar de lado o debilitar. No podemos estar en nuestro mundo ni servirlo con otra fuerza ni con otro bagaje que con el que nos ha entregado la Iglesia, su riqueza única, Jesucristo, el verdadero tesoro. No poseemos ninguna otra palabra ni ninguna otra riqueza para servir a la esperanza y dar testimonio de ella que Cristo: pero ésta ni la podemos olvidar, ni la queremos silenciar, ni la dejaremos morir. Una sola aspiración de los hombres en relación con la Iglesia: que les entregue a Cristo. Esta es la deuda que tenemos con el hombre En el fondo de los hombres de hoy en general, y de los jóvenes en particular, hay una sola y gran aspiración en relación con la Iglesia: ¡Tienen sed de Cristo! El resto lo pueden pedir a otros. ¡A la Iglesia se le pide a Cristo! Y de nosotros tienen derecho a esperarlo con obras y palabras. Somos deudores para con los hombres de hoy de este anuncio-testimonio; se lo debemos porque nosotros hemos recibido esa gracia sin mérito nuestro, y ellos tienen derecho a reclamarlo de nosotros; se lo debemos a los cercanos y a los lejanos; se lo debemos sobre todo a los más pobres y necesitados, en el alma y en el cuerpo; a todos, también a los que confiesan a Dios en otras religiones o a los que en absoluto creen en El, a todos se lo ofrecemos también con respeto y amor fraternales, humilde, con sencillez. Es el tiempo de la misión, de una nueva evangelización Así pues, insistiendo una vez más, «nuestro tiempo, como dijo hace unos años el Papa en Palermo, no puede ser tiempo para la simple conservación de lo existente», sino que es tiempo para la misión. Es tiempo para proponer de nuevo, y ante todo, a Jesucristo, el centro del Evangelio. «Una pastoral de sola conservación y mantenimiento es a todas luces insuficiente; aún más, hoy es también culpable». No podemos ni queremos caer en esa culpabilidad. Por ello nos apremia el poner a toda nuestra diócesis en estado de misión y llevar a cabo la «nueva evangelización : Nueva en su ardor, nueva en sus métodos, nueva en su expresión», como dijo muchas veces el Papa Juan Pablo II. El ardor tiene que ver con la conversión, es decir, con la mirada puesta en Cristo. Los métodos y la expresión serán nuevos en la medida en que Cristo sea encontrado por hombres de este mundo, de esta cultura, que expresan el drama de la existencia, y por tanto, en el lenguaje y con los modos propios de nuestro mundo de hoy. Los métodos y la expresión no son nada si falta el ardor de un encuentro con Jesucristo que toque el centro de la persona. La nueva evangelización habrá de conducir a superar la separación entre la fe y la vida 2.20. Así podrá superarse una de las raíces de la debilidad de la fe en los tiempos actuales: la de la separación de la fe y de la vida que reduce la fe a la privacidad y convierte a los cristianos en la «cofradía de los ausentes» de este mundo. El anuncio de Cristo del que la Iglesia es portadora, es percibido, en efecto, por muchos hoy como irrelevante para la vida concreta, para las preocupaciones y sufrimientos que llenan la existencia de los hombres. Y la verdad es que esa separación entre las realidades de la vida y la experiencia de fe es mortal, tanto para la vida como para la fe. Pues a la fe se la desnaturaliza, y a la vida la deja en la soledad y la desesperanza tan características del hombre contemporáneo. La fe en Jesucristo entraña un significado decisivo y fundamental, imprescindible me atrevo a decir, para la existencia humana, para la vida en todas sus dimensiones, y para toda la realidad. La atención al hombre compañera inseparable de la evangelización Así, la primera mirada de la nueva evangelización, del servicio a la conversión y a la fe, ha de fijarse en la atención al hombre, y la reconstrucción en él de lo verdaderamente humano. En este sentido, el desarrollo del ser entero del hombre, de las capacidades de su mente y de su corazón, de las potencialidades que le configuran y que desbordan las expectativas puramente materiales y funcionales, han de ser objeto de atención prioritaria. La evangelización, el servicio a la fe entrañado en ella, ha de incidir sustancialmente en el descubrimiento y desarrollo de la verdadera humanización, ha de conducir a una Humanidad nueva, hecha de hombres nuevos con la novedad de vida en Jesucristo y conforme a su Evangelio. Anunciar el Evangelio en la realidades concretas de la vida y para esas mismas realidades Precisamente porque Cristo es el criterio de la verdad de la vida de los hombres, es preciso anunciarlo de forma concreta a todos, y no sólo en el marco tradicional de las iglesias, sino ante todo en la vida real: en el ámbito del matrimonio y de la familia, en el ámbito de la educación y de la cultura, del trabajo y de las relaciones laborales, en el ámbito de las relaciones humanas de todo tipo que constituyen la vida social, y en las que se va tejiendo el futuro. Y por lo mismo, ha de incidir en todo lo que es el hombre en su realidad concreta, en su experiencia más viva y de su vida real. Ese ámbito de la vida real es sobre todo el espacio del testimonio. Por eso mismo es necesario e inaplazable el proponer a Jesucristo como Camino que nos conduce a la verdad del hombre y la vida del hombre, como Salvador único y total del hombre; y se ha de proponer, con el ardor y la convicción profunda que procede de la Iglesia que confiesa, celebra y vive la fe en Jesucristo, y, en consecuencia, mediante la forma propia y más coherente de transmitir esa fe de la Iglesia: el testimonio, que es el «ardor» que implica al evangelizador de siempre y de nuestros días. La nueva evangelización, convocatoria a la esperanza: En Cristo está la esperanza para los hombres Nuestro tiempo es tiempo abierto a la esperanza y necesitado de ella. Nuestro servicio por esto a los hombres ha de ser una convocatoria a una gran esperanza, la que no decepciona. Como el Papa Juan Pablo II o el Papa Benedicto XVI, desde el comienzo de su pontificado, también nosotros debemos convocar a los hombres a que abran, sin miedo y de par en par, sus puertas a Cristo, a quien los hombres -también los de hoy, incluso los que parece más lejanos, y los mismos jóvenes de manera principalísima- andamos buscando en lo profundo de nuestro corazón. «En realidad, es a Jesucristo, decía el Papa Juan Pablo II a los jóvenes, a quien buscáis cuando soñáis la felicidad, es Él quien os provoca con esa fe de radicalidad que no os permite dejaros llevar del conformismo; es Él quien os empuja a dejar las máscaras que falsean la vida; es Él quien os lee en el corazón las decisiones más auténticas que otros querrían sofocar». O como el Papa Benedicto XVI les ha dicho una y otra vez en el Encuentro Mundial de Colonia. Somos testigos de esto y no lo podemos callar. Queremos y debemos decirlo a lo cuatro vientos. La misión es de todos, a todo y a todos ha de llegar Todos, cada uno desde nuestra propia vocación, hemos de contribuir, con todo lo que Cristo nos ha dado, nuestra vida, nuestra inteligencia, nuestras cualidades, con todo nuestro ser, a que su gracia y su amor lleguen a todos los hombres y mujeres de nuestra Diócesis, a todos los hogares, a todos los lugares de estudio y de trabajo, al campo y a la ciudad, a las fábricas, a las oficinas, a las tiendas, a los hospitales, a los lugares de esparcimiento, a los medios de comunicación, a todos los espacios donde el hombre vive y trabaja, sufre y ama. La misión es de todos y a todo y todos ha de llegar Jesucristo. La pastoral evangelizadora ha de impregnar todo el conjunto de la labor pastoral en la diócesis Sin hacer muchas cosas nuevas, la preocupación por promover de verdad una pastoral evangelizadora tiene que ir impregnando todo el conjunto de nuestro trabajo y de las actividades pastorales. Con fe, y por eso con realismo y humildad, sin angustias, de lo que se trata es de conseguir que esta Iglesia nuestra adquiera poco a poco las características y el vigor de una Iglesia en misión, de una Iglesia entusiasta que se siente llamada y quiere ser misionera de su propia gente, de los jóvenes, de las nuevas familias, de los universitarios y profesionales, de los dirigentes y de los trabajadores, de los inmigrantes y de los extranjeros, de las minorías étnicas, de los pobres y marginados, de los enfermos, de todos los que sufren y esperan, de cuantos necesitan escuchar la Palabra del Señor para recibir el gozo y la alegría de la Buena Noticia del Amor, de las Promesas y de los dones de Dios. Una Iglesia espiritualmente joven, ilusionada, que no se resigna a ser una Iglesia en retirada, sino que quiere ser servidora generosa y abnegada de la difusión del Evangelio en nuestra propia tierra. Así y sólo así, con la ayuda y la gracia de Dios seremos servidores y testigos del Evangelio de la esperanza.
V. EL PLAN DIOCESANO DE PASTORAL: OBJETIVOS Y ACCIONES PARA EL CURSO PASTORAL 2005-2006 El conjunto del Plan Pastoral diocesano se orienta a que los hombres crean 1. A esto, en todo su conjunto, y en su entraña más íntima se encamina el Plan Pastoral que la Diócesis se propone llevar a cabo, con la ayuda del Señor y la colaboración de todos, en el próximo año, dentro del programa elaborado en el Consejo diocesano de Pastoral para cinco años con algunas líneas de acción adecuadas a las condiciones concretas de nuestra diócesis y de sus comunidades (Cf NMI 29). A decir verdad en esta «hora», se trata sencillamente de creer en Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de la misericordia y Dios de toda consolación, de creer en Jesucristo, de volver a Jesucristo, el Señor, el Hijo de Dios, Redentor universal, esperanza y salvación para todos, singularmente para los pecadores y los más necesitados. Él es el camino de Dios al hombre, del hombre a Dios, y del hombre a cada hombre. Se trata de abrir a su fuerza salvadora las fronteras de los Estados, los sistemas económicos y políticos, los vastos campos de la cultura, de la civilización, del desarrollo, y, sobre todo, el corazón del hombre, de cada hombre. Y esto porque «Cristo sabe lo que hay dentro del corazón del hombre, ¡sólo Él lo sabe!» (Juan Pablo II). Esta es la gran preocupación Las gentes de la diócesis de Toledo, los fieles cristianos, los sacerdotes, las personas consagradas, los jóvenes y los adultos, los medios de comunicación, me han escuchado en múltiples ocasiones que como Obispo me preocupan muchas cosas, pero de entre todas ellas me preocupa de manera principal que los hombres crean, que los jóvenes crean, que en las familias se realice el designio de Dios. No da lo mismo creer que no creer. Quien cree tiene vida eterna. Al desear la fe para todos, deseo que todos participen del don de Dios. Y «si conociéramos el don de Dios», como le dice Jesús a la Samaritana, todo sería distinto. Y para esto necesitamos evangelizadores, misioneros, aquí y allá, donde la llamada de Dios nos reclame. Por eso me preocupan mucho, y nos deben preocupar a todos, las vocaciones al ministerio sacerdotal y a la vida consagrada, y la formación de los laicos. En esto habremos de poner nuestro empeño y viviremos tiempos de esperanza. El Plan Pastoral en el próximo curso, 2005-2006, para impulsar una pastoral misionera Es de lo que se trata, a mi entender, en el intento de esta etapa del Plan Pastoral diocesano a alcanzar en el próximo año. En el adjunto «Desarrollo del programa anual diocesano para el curso pastoral 2005-2006», tenéis, en su sobria esquematicidad, muchas y ricas indicaciones y orientaciones para llevarlo a cabo. Ahora me vais a permitir que glose los objetivos concretos y acciones del Plan Diocesano de Pastoral para este curso para impulsar una pastoral misionera, una nueva evangelización en nuestra diócesis. Impulsar una nueva evangelización No podemos olvidar que «nueva evangelización no significa un intento de recuperar de golpe las grandes masas perdidas, nueva evangelización significa la humildad y el realismo de reconocer que ha concluido un ciclo cultural nacido de la fe y de la vida cristiana asumida por el conjunto de la población. Significa que la Iglesia y la fe han perdido el soporte cultural y tienen que adaptarse a una nueva situación de minoría contracultural. Significa que los cristianos necesitan vivir en la Iglesia con una fuerte conciencia de identidad y una consolidación de sus elementos comunitarios. Significa que hay que trabajar intensamente para anunciar el Evangelio personalmente a los que se sientan interesados por conocer las razones de nuestro modo de vivir. Significa que hay que dar paso a un estilo nuevo de pastoral presidido por el objetivo central de ayudar a las personas a conocer las promesas de Dios y a creer en Él, dispuestas a recomponer su vida a partir de esta fe reencontrada o encontrada por primera vez... Con humildad, sin prisas, dando primacía a la autenticidad de la conversión personal tenemos que ir ganando para la fe a nuestros hermanos uno por uno. Sin ponernos fechas ni calendario, dejando que Dios dirija la historia y marque los ritmos de la nueva expansión del Evangelio. Éxito no es un nombre de Dios. Evangelizar significa acercarse a las personas para ayudarles a conocer a Jesucristo y creer en el Dios que le resucitó de los muertos. Significa promover una pastoral que favorezca expresamente la fe en Dios» (F. Sebastián). 2. Suscitar una pastoral misionera en nuestras parroquias Textos programáticos 2.1. Para esto tenemos indicaciones y orientaciones precisas y de gran calado en la Carta Apostólica «Novo Millenio Ineunte», y en las Exhortaciones Apostólicas «Ecclesia in Europa» y «Mane Nobiscum Domine», de Juan Pablo II. A este textos, programáticos para toda la Iglesia en Europa, también por tanto programáticos para nuestra diócesis, me he remitido frecuentemente, sobre todo en mis dos cartas pastorales de comienzo de cursos pasados: «Toledo evangelizada, Toledo evangelizadora», y «Si conocieras el don de Dios», que no son para dejar en el olvido, sino para volver a ellas y actualizar su acogida, teniendo en cuenta las circunstancias reales de cada pueblo, de cada parroquia, de cada momento, de cada situación. El programa está ya inventado: el mismo programa de los Apóstoles. Testimoniar lo que hemos visto y oído 2.2. El Papa Juan Pablo II dijo algo que hemos de tener siempre muy presente si queremos una diócesis misionera, algo elemental para impulsar una pastoral misionera, algo que puede parecer obvio y que incluso pudiera decepcionar a algunos, en los tiempos que vivimos, pero que es de muy largo alcance: no hay que inventar nada. El programa ya está inventado. Ha de ser el mismo programa de los Apóstoles, el de Jesús: testimoniar de lo que cada uno ha visto y ha vivido. Jesús habla de lo que vive. Los Apóstoles hablan de lo que han visto y oído. Nosotros ¿de verdad hemos «visto», hemos «vivido» la verdad y la hondura de Jesús, la cercanía y la bondad de Dios y de sus promesas de salvación? A eso, en último término se encaminaba nuestro Plan Pastoral en los objetivos, metas, acciones, sugerencias que se nos ofrecían en el curso pasado. Tener en cuenta y asumir más enteramente, actualizar, continuar, lo que pretendíamos el curso anterior Es necesario que volvamos una y otra vez, a suscitar, fortalecer, consolidar la experiencia de Dios en Jesucristo. Todo lo que allí se nos ofrecía y nos proponíamos no podemos abandonarlo, para hacer de nuestra diócesis una diócesis misionera; hemos de continuarlo con serenidad y paciencia, con constancia y perseverancia, si no difícilmente daremos paso alguno para los objetivos que en este año se nos presentan. Cultivar la vida de oración y centrar nuestras vidas en la Eucaristía es imprescindible para contar con parroquias misioneras; ponerlas a la escucha de la Palabra, fortalecer la formación de los cristianos, recuperar en la vida de nuestras comunidades con toda normalidad y en toda su profundidad y amplitud el sacramento de la penitencia y de la conversión, cultivar la interioridad y la vida de caridad en las parroquias, es algo vital sin lo que no podrán tener nuestras parroquias el aliento misionero que se nos reclama. Si nuestras parroquias pretenden hacer nuevos cristianos para los tiempos nuevos, o que la gente crea en esta nueva etapa de la historia humana, -que ahí está la obra misionera-, habrán de ser verdaderas escuelas de oración, en lo que se refiere a la oración personal y comunitaria, comunidades eucarísticas con las características que señalara Juan Pablo II en «Mane Nobiscum» que viven con toda verdad y normalidad el contenido y sentido del Domingo, Día del Señor, comunidades que se alimentan de la palabra y del sacramento. Proseguir en este empeño, con la ayuda de la gracia, -siempre la primacía de la gracia-, es empeñarnos en parroquias misioneras que llevan a cabo una pastoral misionera, una pastoral de una nueva evangelización. Descripción general de la pastoral de evangelización Para llevar a cabo esta pastoral permitidme que os trasmita lo que me han comunicado de una conferencia de monseñor Fernando Sebastián, en un curso de verano de la Universidad Juan Carlos I, el pasado mes de julio en Aranjuez. Sus orientaciones son muy lúcidas y certeras, adecuadas al momento que vivimos; con su permiso, las hago mías. Trascribo la cita literalmente, aunque sea larga; merece la pena: «Esta pastoral de evangelización, dijo, debe utilizar métodos nuevos, más activos, más personales, de mayor iniciativa, más cercanos a las relaciones personales de los cristianos con los no cristianos. Para que una persona llegue a creer puede necesitar un proceso previo de sanación intelectual, corrigiendo informaciones y convicciones falsas, ideas o imágenes malintencionadas, modelos de conducta y proyectos de vida erróneos. Y requiere también que nuestras catequesis y nuestras predicaciones presenten algunos contenidos del kerigma cristiano poco frecuentes en nuestras predicaciones ordinarias. Por ejemplo, la existencia de Dios como madurez intelectual, el hecho y las consecuencias de la creación, nuestro ser personal, una recta comprensión de la libertad, el pecado original y el pecado actual, la redención, la inmortalidad, la resurrección de la carne, la vida eterna, la conciencia, etc. Los catecúmenos, los llamados a la fe, los fieles necesitan ayuda para aprender a rezar y a relacionarse con el Dios personal, con Jesucristo resucitado, con los santos. Evangelizar es también enseñar a orar, a tratar con Dios, a contar con Él en la vida. Una pastoral evange-lizadora tiene que saber situar a las personas en actitud de esperanza de las promesas de la vida eterna. Todo lo referente a los novísimos, ahora muy presente en la formación de los cristianos, debe ser recuperado como un elemento indispensable en la formación de una visión cristiana de la vida. Evangelizar es enseñar a descubrir la propia libertad como participación de la libertad y del amor de Dios, liberada del pecado, redimida por la penitencia, santificada por el Espíritu Santo, en el camino de la verdad, del amor y la esperanza. Todo ello supone un proceso de conversión que incluye la persona entera, que requiere un tiempo y la ayuda de una comunidad cercana en la que la nueva existencia pueda ser vivida, aprendida y ejercida con el apoyo de los demás. En este proceso es esencial ayudar a los catecúmenos -y aún a los fieles- a conocer la figura de Jesús, a creer en Él como enviado de Dios y salvador de los hombres. El conocimiento histórico de Jesús es el primer apoyo para creer en Dios y esperar los bienes de la salvación. Solamente a partir de esta fe es posible la piedad filial en el Padre del cielo, la esperanza positiva de la vida eterna y en consecuencia la aceptación del amor fraterno como norma eficaz de todo nuestro comportamiento. Esta pastoral evangelizadora tiene que ser una pastoral muy personalizada, y por tanto lenta, exigente, que no puede modificar rápidamente la situación, pero que es capaz de ir poniendo los fundamentos de una comunidad cristiana reconstruida a partir de las conversiones personales pacientemente preparadas con este nuevo estilo de acción pastoral. Esta estrategia pastoral tiene que ir protegida por una presencia del anuncio cristiano en los medios y en el conjunto de la opinión pública. Los fieles necesitan que la fe cristiana recupere el prestigio y el respeto cultural. Para eso es también indispensable que las parroquias sean capaces de crear comunidades de familias cristianas capaces de ofrecer el apoyo social y las ayudas sociales a la fe y a la concepción cristiana de la vida, en la juventud, la vida familiar, el tiempo de ocio, los medios de comunicación, etc. En esta perspectiva de una pastoral evangelizadora se hace necesario repensar y recuperar la unidad y la complejidad del proceso de iniciación cristiana, relacionando entre sí los sacramentos de bautismo, confirmación y eucaristía, envueltos en un proceso unificado de catequesis de tipo catecumenal, capaz de engendrar nuevos cristianos, bien instruidos, convertidos, con clara identidad y pertenencia eclesial. En una parroquia evangelizadora el cate-cumenado de iniciación tiene que ser la institución central de la actividad pastoral. No es que tengamos que comenzar desde cero. Con humildad y realismo tenemos que comenzar desde donde estamos, respetando los sentimientos de nuestro pueblo, bastante más religioso de lo que muchas veces pensamos, buscando los momentos en los que las vicisitudes de la vida les hace más sensibles a la presencia d Dios en su vida, aprovechando su manera de sentir, vivir y expresar su religiosidad, aunque no siempre coincidan con lo que a nosotros nos parece mejor, acercándonos con respeto y confianza a los signos de la presencia y de la acción del Señor en sus corazones. No basta repetir, tenemos que ser capaces de readaptar las formas de nuestra Iglesia y nuestro cristianismo a las exigencias de la nueva situación que consiste en vivir y anunciar el cristianismo en una sociedad paganizada». Acciones para el curso 2005-2006 2.3. Para esto, para que nuestras parroquias sean en verdad misioneras y lleven a cabo una pastoral de evangelización, además de y junto a las tareas y sugerencias que asumíamos o deberíamos asumir en el curso pasado, tareas de alguna manera permanentes para su purificación, renovación y fortalecimiento en su vida cristiana hoy, habremos de emprender o potenciar algunas acciones o iniciativas como las propuestas para este nuevo curso en el Plan Pastoral: Misiones parroquiales o en algunos ámbitos de población 2.3.1. Misiones populares o parroquiales, pensadas y organizadas por la propia diócesis, para responder en unidad y comunión a las necesidades pastorales de evangelización; con estilo propio adecuado a nuestras circunstancias; con equipos misioneros de sacerdotes, de personas consagradas y laicos nuestros, formados durante un tiempo suficientemente prolongado para este cometido misional; con instrumentos nuestros, con un esquema sencillo, con contenidos comunes, fuertemente kerigmaticos y provocativos, para suscitar la fe, para removerla y fortalecerla; sería ideal que en todas las parroquias hubiese una misión, o que toda nuestra diócesis viviese como una gran misión, pero esto no será seguramente realista ni posible, se hará donde se vea más conveniente o necesario, para toda la parroquia o para sectores del pueblo de Dios, ne este curso o en los siguientes; habrá que estudiar todo ello y ponerse a trabajar de inmediato. Jornadas diocesanas sobre «Iglesia misionera-parroquia misionera» 2.3.2. Jornadas diocesanas sobre «Iglesia misionera-parroquia misionera» para todo el pueblo cristiano, o mejor para aquellas personas de nuestras parroquias más implicadas en ella y en su vida y acción pastoral, procedentes de movimientos o colaboradores en diversas tareas parroquiales. Se organizarán en las parroquias, o en arciprestazgos, pero que llegue a todas, para que en todas se tenga conciencia de la urgencia de la evangelización y de los rasgos y exigencias que esto comporta. Podremos tener en cuenta y seguramente nos dará luces el Congreso nacional de hace unos años sobre «Parroquia evangelizadora», también podrá senos muy ilustrativa la experiencia misional llevada a cabo en Roma hace unos años como preparación para el Jubileo del 2000. Promoción de movimientos de evangelización 2.3.3. Promoción e impulso a aquellos movimientos o nuevas realidades que el Espíritu ha suscitado en la Iglesia encaminados, precisamente, a la pastoral evangelizadora. Entre éstos enumeramos: los Cursillos de Cristiandad, netamente al servicio del anuncio kerigmatico y de la conversión en un tiempo breve e intenso, que tanto bien han hecho, están haciendo y están llamados a hacer en su gran actualidad; el Camino Neocatecumenal al servicio, sobre todo, de la reiniciación cristiana mediante el catecumenado, que, como se ha indicado antes, tiene que ser la institución central de la actividad pastoral en esta clave evangelizadora, y que cuenta en su haber con frutos palpables de hacer cristianos, de vocaciones y de servicio a la Iglesia; la Legión de María, para muchos desconocida, pero que, en su humildad y sencillez tiene una fuerza y una capacidad grande para evangelizar, para ir de puerta en puerta, de casa en casa, de persona a persona, para presentarles el Evangelio. No hay que tener miedo a estas nuevas realidades que el Espíritu hace surgir en la Iglesia; hay que edificar estas nuevas realidades basadas en la fe, en las que la fuerza del Evangelio se deja sentir con vivacidad. No ahoguemos su creatividad y su presencia, que son importantes; pero importante también es conservar la comunión eclesial. Nuevas iniciativas diocesanas 2.3.4. Nuevas iniciativas diocesanas, algunas incluso de vida consagrada, que, como voz del Espíritu Santo, están surgiendo con la única preocupación que la misión, desde el fortalecimiento de la vida interior y como respuesta a la vocación universal a la santidad. La Acción Católica 2.3.5. La Acción Católica General, en sus diversas ramas, que en las etapas más vigorosas de su historia se ha caracterizado por su afán evangelizador y misionero, con tantos frutos en su haber, y que, renovada en nuestra diócesis, recupera de nuevo ese mismo afán. Otros nuevos movimientos y asociaciones 2.3.6. Otros nuevos movimientos y asociaciones que el Espíritu suscita en estos tiempos para una Iglesia en misión, algunos más dirigidos al ámbito universitario o cultural, otros más al fortalecimiento de la comunidad o el sentido comunitaria, otros a la oración para la misión, como: Comunión y Liberación, Focolares, Renovación Carismática, etc. Cuidar el Domingo y la predicación en sus diversas formas con verdadero esmero 2.3.7. Es fundamental e imprescindible, como tanto nos insistió Juan Pablo II, y continua insistiendo Benedicto XVI, que recuperemos el domingo, que cuidemos particularmente el domingo, según las preciosas orientaciones del magisterio de la Iglesia. También hemos de cuidar la predicación dominical y en otras celebraciones litúrgicas (como en fiestas patronales, bautismos, primeras comuniones, matrimonios, exequias), la catequesis en todos los niveles, otras formas de predicación: todas estas formas de anuncio de la Palabra han de cuidarse, prepararse, tener unos contenidos y un estilo netamente evangelizador, de anuncio gozoso, centrado en los aspectos centrales de la fe de la Iglesia, con capacidad de dar razón de la esperanza; en as parroquias para que sean misioneras, habrá que potenciar mucho la catequesis de adultos y de jóvenes, revisar las catequesis que se estén impartiendo, cuidar que sean de tipo catecumenal, que edifiquen sobre la conversión y para ello o dar por supuesta la fe, que se apoyen en el «Catecismo de la Iglesia Católica» y en el «Compendio» del mismo Catecismo, que trasmitan íntegra y fielmente la doctrina cristiana; habrá que cuidar en todas las parroquias para que esta catequesis sea misionera la elección, formación y cuidado de los catequistas. Impulsar programas de educación cristiana en tiempo libre y recuperación de los ejercicios espirituales para todo el Pueblo de Dios 2.3.8. Impulso de programas de educación cristiana de niños, adolescentes y jóvenes, en tiempo libre, como pueden ser, algunas convivencias de fin de semana o los campamentos de verano. Recuperación y organización de ejercicios espirituales para distintas edades y estados, que tanta carga kerigmática y evangelizadora tienen en la mente de san Ignacio de Loyola, su creador: hemos de poner mucho empeño en esto. Creación de escuelas parroquiales de padres 2.3.9. Creación de escuelas parroquiales de padres, para ayudarles a vivir y testimoniar el Evangelio de la familia y de la vida y educar cristianamente a sus hijos, que es la forma más urgente y primera en la evangelización. Atención a la escuela y a la pastoral en la escuela 2.3.10. Atención muy especial al ámbito de la escuela que debe ser considerado como ámbito privilegiado para la evangelización de los niños y de los jóvenes, de los mismos alejados, bien a través de la enseñanza religiosa escolar, bien a través de los Colegios de la Iglesia, bien, incluso, de los colegios e institutos estatales a través de los profesores cristianos. Las parroquias han de cuidar de una manera particularmente solícita a los profesores de religión y a los profesores cristianos, mantener una relación colaboración pastoral con ellos, tener una relación estrecha y de gran colaboración pastoral con los colegios de la Iglesia, visitar los centros escolares estatales, tener relación con los claustros. En este curso recomiendo y pido muy vivamente a las parroquias que colaboren con CONCAPA para crear asociaciones de padres católicos, no sólo en los colegios de la Iglesia -donde ya deben estar actuando-, sino también en los colegios del Estado. Iniciativas en relación con los sacramentos 2.3.11. Otras iniciativas para parroquias en estado de misión habrán de ser la acogida, el cuidado y la preparación de los padres, y de los padrinos, para la recepción del Bautismo, de la Confirmación o de la Primera Comunión de sus hijos. El tiempo de preparación de los novios para su matrimonio. En todos estos casos se habrá de cuidar muy mucho el contenido kerigmático de la preparación y el estilo evangelizador de los encuentros. Atención a los enfermos: la pastoral con los enfermos 2.3.12. Especial atención en la obra misionera de la parroquia es el de los enfermos. El cuidar y visitar a los enfermos, tanto en las casas como en los hospitales, es uno de los signos más evangélicos y de mayor fuerza evangelizadora; es una de las señales de la presencia de Cristo entre nosotros. Los sacerdotes harán muy bien en dedicar tiempo a este menester pastoral. Además, cuidarán también de crear en las parroquias el grupo de visitadores de enfermos. La labor realizada por los capellanes en los hospitales es ingente y admirable. ¡Qué gran obra de evangelización están llevando a cabo! En la medida de lo posible habría que favorecer la relación de las parroquias con las capellanías hospitalarias; también convendría crear equipos de voluntariado de pastoral sanitaria con los correspondientes capellanes. Atender pastoralmente a las cofradías y la religiosidad popular 2.3.13. Las cofradías, hermandades y religiosidad popular es otro instrumento de valor e importancia que hemos de cuidar. Las Orientaciones de la Congregación para el Culto Divino sobre la Religiosidad o catolicismo Popular tiene abundancia de criterios y sugerencias para llevar a cabo la evangelización de este sector tan amplio. Las cofradías y hermandades, como asociaciones eclesiales de fieles, además de ser un lugar donde hay que evangelizar, constituyen también un cauce para llevar a cabo la nueva evangelización y la pastoral con alejados. El Secretariado diocesano de Religiosidad Popular ofrecerá a las parroquias y a las mismas Cofradías criterios, orientaciones, directrices, auxilios y materiales para fortalecer la evangelización y la formación de los cofrades, y promoverá acciones diocesanas, como el próximo congreso de cofradías, u otras, que revitalicen a estas asociaciones de fieles y las impulsen a la evangelización dentro de su peculiaridad. No debemos temer ni apartar estas asociaciones por complicado que a veces pueda resultar, sino que hay que acercarse a ellas, entrar dentro de ella, y evangelizar, formar e incorporar cada vez más a las tareas de la Iglesia. Hay que imprimir eclesialidad, darles formación, ofrecerles atención eclesial e incorporarlas a la misión. Dos campos a cuidar con particular solicitud: alejados y jóvenes 2.4. Como ampliación de una pastoral misionera para parroquias misioneras quiero referirme de una manera particular a dos campos que han de ser prioritarios en estos momentos y que requieren particular atención. Me refiero a los alejados y a los jóvenes. Con los alejados 2.4.1. Entre nosotros, muchos bautizados han perdido el sentido de la fe y de pertenencia a la Iglesia: viven alejados de ella, con una práctica ocasional y escasa, con una fe debilitada. Con frecuencia los tenemos entre nuestras familias y nuestras amistades. No podemos permanecer insensibles ante esta situación. Sé que a todos, pastores y fieles, nos preocupa y nos duele. Por eso es necesario un firme propósito de acercamiento a estos bautizados alejados, inspirados en la actitud que tuvo Cristo, reflejo de la misericordia del padre, con los alejados de su tiempo. La acogida y el acercamiento Las parroquias han de abrirse más a la acogida y búsqueda de los que están alejados o hemos alejado, a los pobres y a los últimos y lejanos. Han de ser un auténtico lugar de acogida y experiencia del Evangelio, abierto a todos, y preocuparse de manera especial de los alejados. Es necesario que perciban en ella el rostro amable de Cristo y de la Iglesia, su entraña maternal, que la descubran y encuentren como su propio hogar, que se sientan en ella como en su propia casa, como su familia, como comunidad que ama, respeta, comprende y acoge a todos. Urge, por tanto, una actitud profundamente evangélica de acogida y de búsqueda de los lejanos y prevenir el riesgo de alejamiento de las nuevas generaciones de cristianos. Misión y responsabilidad de todos en el servicio de acogida La pastoral de alejados es misión y responsabilidad no sólo de los sacerdotes y párrocos, sino también de las personas consagradas y de los laicos. Esto conlleva y exige un testimonio vivo cristiano, evangélico, y ofrecer un rostro de Iglesia cercano y fraterno. Debemos trabajar todos, más con gestos y actitudes de vida, que con palabras, que trasparenten el rostro del Señor, que ha venido no a juzgar ni condenar, sino a servir, y a reunir a los hijos de Dios. Deberemos esforzarnos todos -sacerdotes, personas consagradas, laicos- en impulsar el servicio de la acogida, con todo lo que esto entraña de diálogo, de comprensión, de respeto al otro, de misericordia, de hospitalidad, de cercanía, de acompañamiento. Tenemos infinidad de ocasiones al día para mostrarnos con toda naturalidad con esas actitudes a tantos con los que nos encontramos o que vienen a nuestras parroquias por miles motivos cada día. Según las diversas categorías de alejados, habrá que subrayar unas u otras actitudes de acogida, unas y otras acciones concretas. El servicio de la acogida aunque es principalmente misión del sacerdote que, como signo de Cristo, debe siempre ofrece el rostro amable y paciente de Jesucristo, también es compartido por otros miembros de la comunidad eclesial. Tener un servicio de acogida en algunas parroquias Habrá que responsabilizar, en consonancia con esto, en cada parroquia o iglesia, a laicos que lleven a cabo la acogida; prepararlos así mismo para este servicio eclesial de modo que sean formados en la capacidad de escucha, y en el sentido eclesial. Esto no eximirá de formar también a toda la comunidad parroquial para que sea agente de acogida y buscador de los alejados. Habrá que facilitar por lo mismo la acogida con templos y despachos abiertos y horarios claros, utilizar un lenguaje adecuado que no cree barreras, sino que las elimine, ni divisiones con la gente sencilla y con los alejados. Hay que cuidar de un modo especial el espíritu de acogida en la atención cristiana y pastoral a los enfermos, el acercamiento de las familias con la ocasión de la muerte de sus familiares, funerales y misas de difuntos, visitas domiciliarias. Las actitudes de acogida y cercanía en estos momentos son clave de cara a la misión evangelizadora de la Iglesia. Buscar a los que están lejos. Actitudes y sugerencias Hay sectores sociales, familias y personas que, por causas diferentes, se encuentran lejos de la Iglesia. También a éstos ha sido enviada. Las comunidades cristianas no pueden permanecer en actitud de espera; no basta la acogida, hay que iniciar la búsqueda, dar el primer paso, para ofrecer el mensaje de Jesús y allanar los caminos para ello. En este orden de cosas hay que aprovechar todos los momentos de encuentro con estas personas (bautismo, primeras comuniones, bodas, enfermos, funerales, etc.) para un acercamiento por parte de los responsables pastorales. Será preciso o al menos conveniente tener buena información para orientar a las personas que necesitan algún tipo de orientación y ayuda hacia las obras de Iglesia, en lo educativo, familiar, social, etc. Crear y atender con constancia los signos de acercamiento y las instituciones humanizadoras: Caritas, acogida de inmigrantes, centros hospitalarios, residencias de ancianos, bolsas de trabajo, pastoral penitenciaria, apostolado gitano, etc. Impulsar la creatividad en medios de acercamiento a todos: visitas y reuniones domiciliarias, hojas informativas de las parroquias, actividades culturales o recreativas, viajes y peregrinaciones, páginas de internet... Atender preferentemente a las delegaciones y los secretariados diocesanos de pastoral que tienen más posibilidades de acercamiento a personas alejadas: enseñanza, pastoral de juventud, misiones y evangelización, pastoral familiar, pastoral con inmigrantes, Caritas diocesana, parroquiales e interparroquiales, pastoral de la salud, pastoral penitenciaria, medios de comunicación diocesanos. Especiales posibilidades de acercamiento a multitud de alejados ofrecen las escuelas católicas y la enseñanza religiosa escolar. Singular exigencia evangelizadora de alejados la encontramos en el ámbito universitario. Los secretariados de Enseñanza y de Pastoral Universitaria encontrarán el apoyo de toda la diócesis en el desarrollo de sus programas de acción. Mención especial para la pastoral de alejados merecen las nuevas urbanizaciones con visitas personales de los sacerdotes, de equipos misioneros, de personas de movimientos, de religiosas: el ir de casa en casa para evangelizar, para buscar a los alejados, es una de las urgencias mayores que tenemos en el momento. Para ello es necesario creatividad e imaginación, pero también romper todos los miedos y complejos que a veces nos atenazan. Con los jóvenes 2.4.2. Nadie creo que dude, a estas alturas, de la preferencia y urgencia que debe tener para nosotros la pastoral evangelizadora de los jóvenes. Ha sido preferencia del Papa Juan Pablo, lo está siendo a luces vistas del Papa Benedicto XVI, son muchas las razones que abogan por esta preferencia en las que no voy a entrar. Creo que todos lo tenemos claro y que estamos de ello convencido, pero no sabemos, nos da un cierto temor, algunos pueden creerse que se les ha pasado la edad, otros que es difícil -y no se equivocan-, en todo caso es un reto y una urgencia para la Iglesia de hoy evangelizar a los jóvenes que representan la nueva cultura, el nuevo mundo en el que estamos, la nueva realidad con respecto a la fe, con frecuencia el alejamiento de Dios y en todo caso de la Iglesia, los que piden razones para vivir. ¿Qué hacer con los jóvenes? ¿Qué hacer? La respuesta no es fácil ni quizá la tengamos enteramente. De todos modos, viendo lo que ha sido el Papa Juan Pablo II para los jóvenes, lo que Él mismo ha suscitado a nivel mundial y que entre nosotros -también en Toledo- ha suscitado, lo que vimos y palpamos cuando su muerte, me hace pensar que es preciso que entremos en lo que ha supuesto el llorado y querido Papa, el Papa de los jóvenes, al que los mismos jóvenes, como en Cuatro Vientos, le dijeron: «Tú también eres joven». Y él respondió: «Sí, un joven de ochenta y tres años». Lo que hizo el Papa Juan Pablo II ¿Qué es lo que él hizo con ellos y ante ellos? ¿Qué les dijo, qué les pidió, qué les entregó? Lo mismo podríamos decir de Benedicto XVI, que en los pocos meses de su pontificado ya se los ha ganado también. Y no sólo se los ha ganado, sino que en el conjunto de intervenciones durante el Encuentro Mundial con los jóvenes, en Colonia, nos ha trazado unas líneas maestras y unas claves sustanciales para la pastoral de los jóvenes, que tendremos que desentrañar y seguir: constituyen todo un programa de acción. Recuerdo a unos jóvenes de la sierra de Granada a los que les pregunté, con ocasión de una visita pastoral: «¿Qué es lo que tiene el Papa, qué es lo que él os ofrece, qué es lo que os hace, qué veis en él?». La respuesta fue inmediata, con desparpajo y no poca espontaneidad, por parte de uno de ellos: «Mire usted, don Antonio, el Papa, es un hombre ‘legal’». «¿Qué quieres decir con eso, con eso de ‘legal’?» le repuse; ya sabía yo que esa expresión es para los jóvenes algo emblemático, lo mejor que se puede decir de uno con mucho. Entonces me añadió: «¿Se ha dado cuenta que Juan Pablo II no nos critica ni nos condena? Y mire que tenemos cosas que nos puede echar en cara. Nos quiere y nos comprende; no nos utiliza, nos respeta, no nos impone ni nos manda; nos exige mucho ¿sabe?, pero nos ofrece lo que nosotros necesitamos, aunque, a veces, nos cueste verlo, para ser felices; nos ofrece a Jesucristo, que sí nos llena y hace felices, aunque nosotros, a veces, ya sabe usted...» Seguramente que aquel joven no había reflexionado mucho, más bien nada, sobre la pastoral evangelizadora de los jóvenes; pero intuyo que estaba dando en el clavo. El Papa Juan Pablo II vivió con mucha paz, sin crispación, con mucha bondad, la realidad de nuestro mundo y de los jóvenes, a menudo azotados tan fuertemente por este mundo que los zarandea y despista; pero no acusaba a los jóvenes; no disimulaba los males que los amenazaban y que a veces podrían vencerlos, pero veía su situación con entrañas de misericordia, con mirada de bondad y compasión, con la cercanía y comprensión de un padre, con la confianza y amistad de un amigo; les exigía mucho, confiaba en su corazón grande para grandes cosas y grandes comportamientos; se presentaba ante ellos como amigo suyo, como amigo de los hombres, defensor de lo mejor de los hombres, como amigo amable y deseoso de su libertad y de su felicidad, de la verdadera y no pasajera ni mendaz; se les presentaba como un hombre de Dios, un hombre de fe que no ocultaba, les ofrecía un testimonio estrictamente religioso, no les ocultaba a Dios como Dios, sin el que el hombre nada es, les ofrecía en todo el testimonio de Dios, como hizo, por ejemplo, a los jóvenes en su visita a Kazjestán; les hablaba de Jesucristo y les presentaba el Evangelio de Jesús como felicidad, como una verdadera liberación y salvación, como el salvador, como Camino para su vida, como Vida y fuente de libertad, como esperanza y futuro, como el que es capaz de llenar el corazón grande del joven y saciar sus anhelos más altos y más nobles, como el que tiene palabras de vida eterna; les presentaba la vida cristiana como una vida humana digna de vivirse, recuperada, alegre, satisfactoria, sin ocultarles sus exigencias, a menudo contracorriente de lo que el mundo y la cultura de hoy le ofrecen, pero felicitante, como Jesús al joven rico; les mostraba que se «puede ser joven, ser de hoy» y seguir a Jesucristo, que merecía la pena seguirle; no los halagaba con falsas o engañosas promesas; les presentaba la verdad: la verdad del hombre, inseparable de Dios, hecha presente en Jesucristo; les ofrecía la verdad como fuente de libertad y camino de futuro; les anunciaba la doctrina integra y fiel de la Iglesia, sin concesiones a la galería, y aunque fuese «dura» a ciertos oídos de hoy; los invitaba a amar con el corazón grande y generoso que les caracteriza, a crear la nueva civilización del amor, la cultura de la solidaridad y la vida, la cultura de la paz y la construcción de la paz, que siempre es posible; les hablaba de la belleza y maravilla de la sexualidad, de su verdad -siempre la verdad-, de la belleza y grandeza del matrimonio y de la familia, santuario del amor y de la vida; los invitaba a seguir a Jesucristo, no les forzaba, simplemente les decía: «venid y veréis»; con qué fuerza los llamaba a no tener miedo, a no contentarse con una vida mediocre, a metas altas, a no tener miedo a ser santos; no les presentaba a Jesús al margen de la Iglesia o sin ella; ante ellos se presentaba, como Pedro, con una sola riqueza: Cristo, y les entregaba y mostraba en todo a Cristo. ¿No será esta la forma de acercarnos a los jóvenes, de evangelizar a los jóvenes? ¿No fue así Jesús?. Ahondemos, pues, en la obra de evangelización llevada a cabo por el Papa Juan Pablo II con los jóvenes, o lo que está mostrando Benedicto XVI y sigámosles. Los jóvenes necesitan ver. La fuerza y la necesidad del testimonio Los jóvenes necesitan «ver», necesitan el testimonio, necesitan testigos donde «vean». Uno de los grandes mensajes del Papa, especialmente con los jóvenes, fue: «Seréis mis testigos» (Hch 1,8), testigos de lo que hemos visto y oído, de lo que hemos palpado en nuestras propias vidas de la presencia de Jesucristo y de su obra redentora, de lo que ha sucedido en nuestras personas al encontrarnos con Él. Como Andrés y Juan, como los caminantes de Emaús, como el ciego de Jericó: contaron lo que habían visto -al Mesías-, lo que les había pasado en el camino -se habían llenado de gozo y esperanza-, lo que sucedió en el encuentro con Él -antes era ciego y ahora veo-. «Seréis mis testigos» en la peculiares condiciones del momento histórico que vivimos. Los hombres necesitan «ver»: «Queremos ver», leemos en el evangelio de Juan. No necesitan tanto interpretaciones, cuanto testimonios Hemos de asumir que los cristianos de hoy -de manera especialmente relevante en relación para amplios sectores de los jóvenes para los que les resultamos un tanto extraños a ellos- nos hallamos en este mundo de nuestro tiempo en una situación como una especie de exilio cultural, muy semejante al de las primeras comunidades cristianas en el mundo pagano o judío, pero con una diferencia fundamental: que el cristianismo constituía entonces una novedad, mientras la sociedad actual cree conocerlo, porque ha leído lo que dicen de Él los textos oficiales de la historia. Esta sociedad nuestra ha aprendido, por así decirlo, a interpretarlo, en las claves que a ella le son familiares, como ideología, como estructura de poder, como sistema abstracto de valores, como sentido estético, o sentimiento afectivo, o vivencia privada. Por desgracia, con mucha frecuencia, los mismos cristianos interpretamos así nuestra propia fe, y ése es quizá el obstáculo más persistente para una nueva evangelización, sobre todo de los jóvenes, que, ante todo, habrá de ser obra de testimonio. En vez de juzgar el mundo desde las categorías que nos proporciona la experiencia de la fe, juzgamos la fe desde las categorías del mundo. Para que los hombres, para que las nuevas generaciones de hoy, puedan percibir la gracia de Jesucristo como verdad, luz y felicidad, como realidad humanamente significativa es fundamental que nosotros mismos podamos superar las interpretaciones del cristianismo, y remitirnos a los hechos, a lo que nos ha sucedido. Remover la experiencia de fe Es fundamental que se remueva en nosotros la experiencia de fe, que vuelva a darse en nosotros esa sorpresa y gratitud sin límite por una gracia presente y una certeza que sostiene la vida, la gracia y la certeza de la verdad y del amor sin límite en nuestras vidas que nos afecta de manera incondicional y decisiva, que nos llena por completo y nos hace experimentar la riqueza total que entraña para nuestro humano vivir, la gracia y la certeza de una persona que es Jesucristo en la Cruz, Cristo que vive y está presente con nosotros. Un discurso abstracto no mueve a cambiar de vida: sólo el testimonio de lo que a uno le ha sucedido moviliza al joven Un discurso abstracto acerca de Jesús, una idea sobre Él, o un conjunto de valores que en Él pueden descubrirse no bastan para llenar la vida del hombre, moverle a cambiar de vida, hacerle de verdad feliz y dichoso. Sólo puede ser el testimonio de algo que a uno le ha sucedido en la vida, el testimonio de la redención de Cristo, de la que brota una vida nueva esperanzada, libre y dichosa, una visión nueva, una mirada nueva sobre toda la realidad que se extiende a todas las facetas de la vida, las llena de sentido y las ilumina. Un testimonio puede ser rechazado o acogido, pero no es algo de lo que se pueda discutir por mucho tiempo; como el ciego de nacimiento: «Yo sólo sé una cosa: que era ciego y ahora veo»; que me he encontrado con Jesucristo en mi camino y, como al paralítico, me ha hecho andar. La clave es el encuentro con Jesucristo, como les sucedió a Andrés y a Juan, como le sucedió a Pedro : «¿A quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna»; «lo que tengo te doy»; «es el único nombre que se nos ha dado»; o como a Pablo: «Para mí la vida es Cristo»; «¿quién podrá apartarnos del amor de Cristo?»; o como a Zaqueo: «Daré la mitad de mis bienes»; o al Buen Ladrón en aquella hora de la Cruz: «Hoy estarás conmigo». Si uno se queda detenido en ideales y valores, en conceptos e ideas, por muy atractivos que sean, y no se encuentra con la persona misma de Jesucristo y se confía a Él, no ha llegado hasta el final para ver y palpar la grandeza de ser hombre, la felicidad y la vida, la salvación que en Él se nos da. Así no se puede llegar a los jóvenes. Me vais a entender perfectamente con una anécdota. Se me acerca una madre con sus tres hijos a 2500 metros de altura en Sierra Nevada, los tres liberados de la droga. Primero había caído el primero, después el segundo, finalmente, arrastrada por los hermanos, la hermana más pequeña. Todos en ese hoyo; la madre viuda incapaz, como santa Mónica, lloraba y rezaba. Me los presentaron y me contaron su historia, su destrucción. «Nuestra vida ha estado destruida. Hemos estado en prisión, hemos pasado por diferentes centros de desintoxicación; y nada; en ningún lugar tuvimos la curación. Hasta que hemos llegado a este lugar de silencio, y nos hemos encontrado con este cura, que nos ha llevado al encuentro con Jesús y Jesús nos ha curado. Él sí que cura; sólo él cura de verdad, hasta las raíces. Eramos un guiñapo humano, y ya ve, tras ese encuentro con Jesús y el trato con Él, nos ve hombres nuevos, incluso hemos sacado oposiciones con buen puesto, o hemos acabado la carrera. No nos pregunte ni nos diga que demos explicaciones. Como el ciego de nacimiento, nos hemos encontrado con Él, y ya ve: estamos curados, llenos de esperanza, dichosos, y nuestra madre con nosotros, hemos nacido de nuevo. Dígaselo usted a todos: Sólo él cura, sólo Él salva, sólo Él llena; dígaselo a los jóvenes, que somos muy débiles ante el poderío tan inmenso de esta civilización de consumo, de disfrute, de evasión, ante esta cultura donde nada es bueno, ni malo, donde Dios no cuenta. Dígales que vengan a Él, que vean, que lo prueben y se convencerán de que no estamos mintiendo. En Cristo está la esperanza». Os imagináis lo que a uno se le pasa por la cabeza cuando oye una historia así contada por la persona que la ha vivido. Aún me estremezco y conmuevo al recordarla, y que expresa de forma muy expresiva y significativa lo que sucede cuando uno se encuentra de verdad con Cristo vivo. Ciertamente se trata ésta de una historia dramática, pero que menos dramáticamente, de una manera u otra, puede ser vivida por cualquiera. Para mí, os confieso con todo gozo y agradecimiento, no ha sido tan dramática, pero significa lo mismo; encontrar a Jesucristo significa la vida, y significa la posibilidad de una vida nueva. Cuando falta Jesucristo, ¿cuál es la experiencia humana? ¿Da lo mismo tenerlo a Él que no tenerlo, encontrarse con Él, que no tropezarse con Él y no conocerlo? Contra aquello no caben argumentos. Los hechos son los hechos, son tozudos. La verdad está ahí. ¡Qué alegría y qué agradecimiento tan grandes! ¡Qué felicidad y qué esperanza rezumaban aquellos hermanos y aquella madre! ¡Qué dicha tan imposible de arrebatar! ¡Y qué ganas de vivir las de aquellos jóvenes y las de aquella madre cargada de sufrimientos! Como muchos de hoy, jóvenes y no tan jóvenes, habían probado todo o casi lo que ofrece esta sociedad nuestra para ser felices, como la chispa de la vida, para vivir. Pero no habían encontrado en todo ello sino muerte y tristeza. Habían creído en los mensajes y reclamos de nuestro ambiente, lo que masivamente se nos vende sin cesar por los poderosos medios de comunicación de masas, pero se encontraron con una vida que no era vida. Se vende hoy constantemente una felicidad barata para que los hombres, de modo particular los jóvenes, vendan sus vidas, se vendan a sí mismos para adquirir esa felicidad barata que en modo alguno puede llenar ni colmar la esperanza, sólo sirve para pasarlo bien y disfrutar, pero se pasa y el goce siempre resulta efímero, y no hace ser feliz, vivir en la alegría y en el gozo de la vida, ni en la luz de la esperanza. Me diréis: ¿Dónde podemos encontrar una humanidad verdadera, dónde podremos encontrar aquello que llena de verdad la vida del hombre, de los jóvenes, a los que no sabemos cómo llegar o con los que nos sentimos en una especie de exilio cultural? Testimonio de Jesucristo como el que verdadera y plenamente salva: fundamental en la pastoral con jóvenes No os puedo dar más que un testimonio: el de aquella madre y aquellos hijos, el de tantos y tantos que coinciden con mi experiencia, y que, seguro, coincide también con vuestra propia experiencia. ¡¡EN JESUCRISTO!! el Hijo de Dios vivo, Amor encarnado, hecho Compañero y Hermano nuestro en la vida de la Iglesia, es donde uno puede encontrar el amor que sostiene la vida, donde uno puede encontrar la verdad de cuál es nuestra vocación, de quiénes somos; donde uno puede encontrar la respuesta a las preguntas ¿quién soy yo, para qué se me ha dado la vida?; donde se puede ver y palpar la verdad de aquellas palabras de Jesús : «Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna?» Es lo que Juan Pablo II ha testimoniado ante los jóvenes, lo que han visto en él, lo que les ha dicho con su persona, con obras y palabras. Jesucristo en el centro de la pastoral de jóvenes: Él es la dicha y la vocación humana, también para los jóvenes Adherirse a la persona de Jesucristo y a Jesucristo en persona, seguirle como únicamente se le puede seguir -negándose a sí mismo, tomando la cruz de cada día, dejando que Él sea nuestro dueño y señor- ésa es la dicha y la vocación humana, también para los jóvenes. Cuando uno no es capaz de dejar este mundo nuestro de tener y acumular, de disfrutar por encima de todo, de renunciar a todo por seguir de verdad a Jesús -asumiendo su manera de pensar de sentir y actuar, recorriendo su mismo camino, el de las bienaventuranzas-, no encontrará la alegría, como no la encontró el joven rico. Sin embargo, al que la sigue, desde la invitación y el ofrecimiento, desde la llamada a su libertad, ése encuentra un tesoro que no lo cambia por nada y que colma y sacia de verdad. Jesucristo la respuesta a los jóvenes: a sus preguntas, búsquedas y anhelos mejores. Sólo Él es capaz de llenar el corazón de los jóvenes: Él sacia y llena completamente y de verdad La pastoral evangelizadora con los jóvenes tendría, pienso, que encaminarse por ahí: grabar a fuego en su corazón -también en el nuestro- la verdadera y única respuesta capaz de dar esperanza y aliento de vida a las búsquedas y preguntas del corazón del hombre, de los jóvenes, que nada ni nadie puede apagar: Jesucristo. Esa ha sido la clave del Encuentro Mundial de Colonia. Es lo que tenemos los cristianos, es lo que hemos recibido de la Iglesia, el tesoro donde deberíamos tener puesto el corazón: Jesucristo, y entregarlo como se nos ha dado, como lo entregó aquel humilde, casi eremítico, cura de Sierra Nevada, a aquellos hermanos: como él lo había recibido de la Iglesia. «Dios nos ha dado la vida a cada uno de nosotros porque nos ama, y porque nos ama con un amor infinito. Y nos ha entregado a Jesucristo porque quiere, para cada uno de nosotros, un destino bueno, un destino que no acaba con la muerte; un destino que es participar ¡desde ya! de la libertad gloriosa de los hijos de Dios, de la dignidad grande de saber que tenemos un destino que no está determinado por la suerte, por la clase social a la que pertenecemos, por el país en el que estamos, que no está determinado por ninguna de las cosas de este mundo, sino sólo porque el Hijo de Dios ha derramado su sangre por mí y esa sangre -que es la de Dios- tiene un valor infinito. Ese amor es infinito y ese amor puede sostener mi vida ¡sin que desaparezcan las dificultades! Porque al descubrir el amor de Jesucristo, yo descubro quién soy yo, y cuánto vale mi vida -y la de los otros-. ¡Cuánto tiene que valer la vida de cada uno de nosotros, mi vida, mi pobre vida, un puntito de la historia de la humanidad, un puntito perdido en el universo para que Dios se entregue para que to viva, para que Dios me ame hasta el punto de entregar su Hijo por mí!» La experiencia del encuentro con Cristo Esa es la experiencia de Pablo: «Me amó y se entregó por mí». Todo cambió en él; todo se llenó de luz, tras la ceguera en la que se encontraba. Para mí la vida es Cristo. Todo lo estimo pérdida y basura con tal de ganar a Jesucristo. Eso es lo que explica que ninguna de las propuestas que el mundo hace en las que falta Cristo, en las que falta Dios como fundamento, pueda llenar nuestro corazón. No nos pueden llenar porque nuestro corazón está hecho para el amor infinito de Dios, no se contenta menos que con Dios. Por eso, sólo Cristo, en quien Dios se da todo y nos lo da todo, nos ama hasta el extremo de lo indecible e inabarcable, llena el corazón del hombre. ¿Por qué puedo decir que Jesucristo es una repuesta -la única- para los anhelos más vivos, verdaderos y hondos de nuestra vida? «Justo por la experiencia de cuando nos encontramos con Él, cuando abrimos nuestra vida a Jesucristo que nos sale al encuentro en persona, a través de otros testigos, de su gran testimonio que es la Iglesia, nuestra vida cambia, y cambia de una manera que nosotros nos sabemos en qué ha cambiado. Y eso basta para saber que es alguien muy importante, decisivo para mi vida y la vida de los demás: que Jesucristo es alguien que vive -y por eso me afecta incondicionalmente-; que no es un personaje de hace 2000 años que nos enseñó unas cosas bonitas que nosotros tratamos después de hacer y de seguir con mucho esfuerzo. Yo sé que Jesucristo vive porque tengo la experiencia de cómo Él obra en mi vida algo que yo nunca podría lograr, algo que he intentado muchas veces en mi vida hacer sin Él y no funciona. No puedo demostraros -ni demostrar a nadie- como si fuera un razonamiento de Matemáticas -o de una argumentación de lógica- que Jesucristo es la respuesta a nuestras preguntas -lo que llena el corazón del hombre que quiere ser feliz, ser libre, vivir en esperanza, sentir el gozo de ser amado por lo que es-. Puedo daros el testimonio de mi vida. Puedo daros el testimonio de muchas personas que conozco. Puedo daros el testimonio de las personas cuya vida Cristo ha cambiado, y han empezado a vivir de un modo que parece imposible para el hombre -hablan incluso de su otra vida- y, sin embargo, he visto morir a personas con alegría... Yo mismo, en persona, he tenido el gozo de ver la santidad de muchas personas cambiadas por Jesucristo, transformadas por Jesucristo; y he tenido la posibilidad y la gracia de ver la obra de Jesucristo en mi vida, y sé con certeza que es Jesucristo, que no es una imaginación porque, si no, los hombres lo habríamos adaptado a la medida de nuestros deseos; yo trato de adaptar a Jesús constantemente a mis medidas. Sólo Él es capaz de obrar en nuestra vida esa transformación, esta capacidad de alegría, esta capacidad de dar gracias que Él genera constantemente en la vida de los que en verdad le siguen. Este creo que es el camino para evangelizar a los jóvenes; éste es el que intuyo y descubro en Juan Pablo II o en Benedicto XVI, o en tantos apóstoles de la juventud en nuestros días. Invitarles a que abran sus puertas a Cristo La pastoral misionera con los jóvenes pienso que ha de consistir en invitarles a que abran de par en par sus puertas a Cristo, a que no tengan miedo de Él, como hizo Benedicto XVI en la homilía de la Misa con que iniciaba oficialmente su ministerio petrino o ha hecho permanentemente, de una u otra manera, en el Encuentro de Colonia; una invitación a que vayan de verdad a Él, pero invitación viendo y oyendo cómo viven y a donde viven los discípulos de Jesucristo que le siguen con todas sus debilidades, pero sanados y alegres, felices y libres, con amor en sus vidas, acercándolos a esos mismos discípulos, como el Evangelio del encuentro de Jesús, el Cordero de Dios, con Andrés y Juan el Evangelista, para que los lleven junto a Jesús, y se lo muestren, se lo hagan ver. Una pastoral que ayude a los jóvenes a abrir, de verdad, su joven y gran corazón, para que puedan encontrarle, para que se encuentren con Él y todo cambie y se trasfiguren; nuestra pastoral con los jóvenes ha de conducirles a que no nos escuchen a nosotros y se adhieran a nosotros, sino a que le escuchen a Él para que, como en el Tabor, puedan ver el futuro trasfigurado que nos espera y se llenen de gozo, en medio de las escenas oscuras de nuestra historia, sobre la que se cierne la violencia y la muerte, los horrores de la guerra y el desamor que destruye. Ayudar a los jóvenes a que abran su corazón al amor de Cristo Una pastoral evangelizadora con los jóvenes reclama, a mi entender, que les ayude a abrir su corazón a Cristo, al amor infinito de Cristo, a la misericordia sin condiciones de Jesucristo, porque eso es lo que permite reencontrarse uno, eso es lo que permite reencontrar la propia dignidad, reencontrar una razón para vivir, para amar la vida, -para amar a los otros en concreto-, para amar las cosas. Esa es, al final, la razón, para mí, más importante para estar en la Iglesia. Yo me doy cuenta de que hay personas que están fuera de la Iglesia y que son mejores que yo, que tienen más cualidades que yo; pero yo estoy en la Iglesia no porque sea mejor que otros o porque tenga más cualidades que otros. Estoy en la Iglesia -porque gracias a ella- me he encontrado con Jesucristo, le he encontrado a Él, el tesoro escondido que vale infinitamente más que todo y por el que se puede aventurar y dejar todo, porque gracias a haber encontrado a Jesucristo me es posible amar la vida, amar a las personas, amar a la realidad; y eso sé que no sería posible sin Él. Siguiendo a Jesucristo yo encuentro una posibilidad de alegría; una alegría verdadera que no la hace el mundo. Sabemos cómo son las alegrías fabricadas con instrumentos fabricados que duran lo que dura la fábrica, y que luego te dejan con la misma soledad y con el mismo abandono, sin saciarte, pero astragado. Pero cuando uno encuentra a Jesucristo empieza a nacer la verdadera alegría, y no porque desaparezcan los problemas, o porque yo empiece a ser perfecto o no tenga defectos. Jesús lo único que quiere es nuestra alegría, nuestra esperanza, nuestra vida, que podamos vivir sabiendo quiénes somos y sabiendo que hay un amor infinito que nos espera y nos ha dado la vida para que participemos de esa vida para siempre. Es lo único que quiere. Incluso la bondad o el amor... todo eso viene después, lo hace Él en nosotros, pero no es una condición previa. Seamos, por tanto, testigos, que eso es lo que reclama la pastoral misionera con los jóvenes: eso sí que lo entienden. La gran labor del Secretariado diocesano de Pastoral de juventud El Secretariado diocesano de Pastoral con los jóvenes está trabajando bien, llevando a cabo una magnífica labor, dando pasos firmes, poniendo cimientos, poco a poco, sin precipitaciones, con serenidad, cada vez con más hondura religiosa, espiritual y eclesial, siempre con ánimo y esperanza, a pesar que las cosas no son fáciles. Hay que ayudarlos, hay que escucharlos y apoyarlos. Es un ámbito de comunión, plural en la unidad, y no de imposición de una única y determinada postura u opción. En él confluyen, o habrían de confluir, los distintos movimientos y asociaciones, complementándose, enriqueciéndose, poniendo en común lo que cada de estos grupos es, su carisma, para el fortalecimiento común, tirando unas veces unos, otras otros. El último encuentro mundial de jóvenes con el Papa en Colonia va a suponer un empujón y un afianzamiento de la pastoral de juventud en nuestra diócesis, como los supusieron otros, o han supuesto los encuentros en Santiago de Compostela o los estrictamente diocesanos de Guadalupe y Urda. Perdamos el miedo a la pastoral con jóvenes y lancémonos con toda fe y decisión a trabajar con ellos Es necesario que se nos vaya el miedo a trabajar con los jóvenes, a hacer catecumenados con ellos, a programar peregrinaciones o ejercicios espirituales en su sentido más propio con ellos, o a intensificar la vida espiritual con los jóvenes, o a promover movimientos. No tengamos miedo a apoyar en nuestras parroquias, todo lo contrario, a los nuevos y antiguos movimientos y carismas de diferentes grupos de jóvenes que están en la Iglesia suscitados por el Espíritu, ni hagamos banderías o «ghetos» de ellos o con ellos; suscitemos grupos apostólicos -no voy a decir parroquiales porque todos lo son o deben serlo-, con capacidad y vocación de continuidad, con afán apostólico para hacer cristianos, para ser testigos, para llamar a otros; presentémosle la vocación cristiana, la vocación a la santidad, de manera particular hablémosles como posibilidad y llamada de la vocación sacerdotal, y de la vocación a la vida consagrada y a la acción misionera. Apoyar la misión «ad gentes» de nuestra diócesis de Toledo (especialmente en Perú: Moyobamba y Lurín) 3. Como leemos en el «Desarrollo del Programa anual diocesano de pastoral en el 2005-2006, si «cada Iglesia diocesana tiene la misión prioritaria de evangelizar a los hombres y mujeres que viven dentro de su territorio, también cada Iglesia diocesana es responsable de la misión universal de la Iglesia, es decir, de hacer llegar el anuncio de Cristo también más allá de sus propias fronteras. Ello implica que cada cristiano, cada parroquia, cada comunidad, cada grupo apostólico, debe sentir en primera persona el empeño de que Cristo sea conocido en todos los rincones de la tierra. Esta misión de la Iglesia es hoy particularmente necesaria y urgente porque el número de los que no conocen a Cristo ni forman parte de la Iglesia aumenta constantemente, más aún, desde el final del concilio casi se ha duplicado» (RM 3). Renovado compromiso misionero en una historia diocesana misionera Ello requiere un renovado compromiso misionero «ad gentes». Este compromiso misionero está siendo, además, ya un don de Dios entre nosotros: a la larga y muy rica tradición misionera de siglos de la diócesis toledana, como la que se llevó a cabo en América con el auxilio y guía de la Virgen de Guadalupe, hay que añadir en los últimos cincuenta años el impulso misionero de mis queridos antecesores, los cardenales D. Marcelo González y D. Francisco Álvarez, la colaboración amplia y generosa de tantos sacerdotes con la OCSHA o con el IEME, la presencia en nuestra diócesis de los Operarios por el Reino de Cristo, los Siervos de los Pobres, los Misioneros Eucarísticos, y últimamente la misión de Lurín o la encomienda de la Prelatura Apostólica de Moyobamba, además de otras muchas presencias misioneras en muchos otros lugares de sacerdotes diocesanos, de religiosos, religiosas y laicos: todo un signo de que Dios quiere que la diócesis de Toledo sea una diócesis eminentemente misionera, y que ésta se siente llamada de manera vigorosa y fuerte a dar un impulso misionero ‘ad gentes’ «no sólo como un deber, sino como una realidad para la revitalización de nuestra comunidad diocesana, para la renovación de la fe y de la vida cristiana en nuestra diócesis: ‘La misión renueva la Iglesia, refuerza la fe y la identidad cristiana, da nuevo entusiasmo y nuevas motivaciones. ¡La fe se fortalece dándola! La nueva evangelización de los pueblos cristianos hallará inspiración y apoyo en el compromiso por la misión universal’ (RM, 2)».¡Qué duda cabe que el asumir, sin que haya sido algo previamente programado por la diócesis, como compromiso misionero nuestro el servicio a la Prelatura de Moyobamba está siendo, de hecho, un don de Dios a esta Iglesia que peregrina en estas tierras castellano-manchegas y extremeñas de la diócesis toledana; y aún no se ha visto todo lo que Dios hará con nosotros, porque a generosidad no le gana nadie! Necesidad de seguir impulsando y fortaleciendola conciencia misionera en la diócesis y en las parroquias Es necesario seguir impulsando y fortaleciendo la conciencia y el compromiso misionero de nuestras parroquias y comunidades, de todos cuantos formamos la diócesis; sólo así asumiremos los grandes retos y llamadas que tenemos para hacer, con el auxilio del Espíritu, una diócesis misionera. La nueva evangelización y la misión «ad gentes» van unidas y son inseparables. Por ello nuestro objetivo concreto para este curso. Para reavivar esta conciencia misionera en todos, vamos a tener iniciativas que miren de manera especial a nuestra presencia misionera en Lurín, y particularmente en Moyobamba. Esta conciencia y este compromiso se reforzarán si apoyamos nuestra presencia misionera en estos lugares de Perú, sin que esto suponga olvido de los otros lugares donde estamos, o de las necesidades universales, como también se manifiesta, entre otras cosas, con el envío de dos matrimonios en misión de las comunidades neocatecumenales de la parroquia de Santiago, de Toledo. Ya es, cierto, un reforzar esta conciencia, el nuevo envío a uno y otro lugar de nueve sacerdotes y de los dos matrimonios. Tendremos la celebración del envío en la Catedral, como se hizo el curso pasado. Invito a todos a participar en esta celebración y a uniros desde las parroquias a este importante acontecimiento misionero; para ello, los sacerdotes debemos darlo a conocer previamente e informar a los fieles, al tiempo que pedirles su adhesión y su oración; también se trasmitirá por el Canal Diocesano de TV y por Radio Santa María. Pero esto, con todo lo mucho que es, no nos puede contentar, hemos de dar más pasos. Las Jornadas Misioneras del Domund, de la «Infancia Misionera», del día de Hispanoamérica y de los misioneros diocesanos. Cuidaremos, por eso, de un modo especial y con singular relieve -en la eucaristía, la predicación, la oración, gestos, sesiones informativas, charlas- tres fechas en orden a dicho fortalecimiento de la conciencia y del compromiso misionero en toda la diócesis: el 16 de octubre, día del DOMUND, jornada diocesana de lanzamiento del Plan Pastoral y de envío de los agentes de pastoral; enero, jornada de la infancia misionera, diversas acciones para potenciar ya entre los niños el sentido de las misiones que hoy puede resultarles extraño; 5 de marzo, día de Hispanoamérica, celebración en todas las parroquias del día de la Misión diocesana y de los misioneros diocesanos. Otras jornadas o acontecimientos para este año con especial carga misionera o evangelizadora Junto a estos días, en orden a renovar nuestra conciencia misionera habremos de tener en cuenta la solemnidad de Pentecostés, 4 de junio, día especialmente misionero en su origen primigenio, jornada diocesana de acción de gracias por el curso pastoral, también con un subrayado evangelizador y misionero. También la preparación para el Encuentro Mundial de las familias que tendrá lugar en Valencia, y que se ocupará de la familia como transmisora de la fe, podría tener este acento misionero. Lo mismo digo de los encuentros diocesanos, las peregrinaciones y vigilias con jóvenes, debería tener el mismo acento, y la fiesta de Santa Leocadia, patrona de los jóvenes de Toledo, podría también para los jóvenes dársele este mismo acento. Y puesto que la Eucaristía es fuente y meta de la misión, las fiestas de Corpus habrán de subrayar este año el aspecto misionero. La oración misionera y otras iniciativas para sensibilizar a las misiones Además de estas jornadas o fechas puntuales habrá que insistir en la oración misionera frecuente, en particular por la misión en Perú: la oración nos sensibilizará más que a nada a la misión, aparte de ser de una ayuda imprescindible para la misma. Se habrá de conducir a la lectura y conocimiento mayor de la Exhortación Apostólica «Evangelii Nuntiandi», y de la Encíclica «Redemptoris Missio», los grandes textos misioneros después del Vaticano II, a través de la difusión y vulgarización de estos documentos, de retiros o charlas. Se organizarán cursos de formación de evangelizadores, que, además, de conocer cual es la identidad de la misión y la evangelización y su desarrollo, se sensibilicen a la urgencia misionera y despierte vocaciones para la misión y la nueva evangelización. Medios de comunicación propios al servicio del fortalecimiento de la conciencia y responsabilidad misionera. Información y sensibilización hacia la misión en Perú: Moyobamba y Lurín Habrá de ofrecerse, de manera muy particular por los medios propios de comunicación -el semanario diocesano, la radio, la TV y la página de internet- y también de otros medios ajenos, o de otros instrumentos, una información constante, adecuada, provocativa, motivadora, acerca de lo que es, de lo que se está haciendo, las necesidades, etc., de la Prelatura de Moyobamba y de las parroquias que servimos en Lurín; hay que crear el cauce e instrumento adecuado desde allí y desde aquí. Iniciativas y cauces para promover la colaboración con la Prelatura apostólica de Moyobamba También, coordinadas por el Secretariado Diocesano de Misiones y evangelización, se promoverán iniciativas de ayuda y colaboración en las parroquias, por ejemplo: hermanamiento entre parroquias de aquí y de Moyobamba, el asumir por parte de una parroquia de aquí o varias unidas la construcción de un templo que cuesta alrededor de tres millones de las antiguas pesetas u otros proyectos, creación de becas para seminaristas, o para la formación de los agentes de pastoral... Caben muchas iniciativas. Se va a constituir una Fundación que con carácter de ONG, y siempre en estrechísima unidad con los sacerdotes de Toledo en aquella misión, canalice búsquedas de recursos y otras ayudas para Moyobamba y Lurín, promueva diversas iniciativas y sensibilice la opinión hacia aquella realidad. Se abrirá un programa especial en Caritas diocesana para la cooperación con Caritas de Moyobamba. En la formación de los seminaristas se contempla, como necesario, el pasar un tiempo en la misión También, en este capítulo de sensibilización y fortalecimiento de la conciencia misionera en nuestra diócesis y del compromiso con la realidad de Perú donde Dios nos ha llevado, todos los seminaristas habrán de pasar por aquellas misiones y tener una experiencia misionera allí de, al menos un mes, antes de ordenarse: se considera que esta presencia y experiencia es fundamental e imprescindible para su formación como pastores para la nueva evangelización y para el futuro de la presencia misionera de la diócesis en aquellas tierras cuyo camino nos ha abierto Dios mismo; también será de interés crear en el seminario el grupo o la «academia» misionera, como se le llamaba en mis tiempos de seminarista, para potenciar esta conciencia entre los futuros sacerdotes. Colaboración a tiempo parcial de sacerdotes con los misioneros estables en Moyobamba, de profesores del Instituto Teológico, de los Obispos, de laicos y personas consagradas En el mismo orden de cosas, siempre en relación y coordinación, con nuestros sacerdotes de allí, se propiciará la ida de sacerdotes por un espacio breve de tiempo, un mes por ejemplo en verano, para ayudar en la misión, posibilitar vacaciones, etc. Ayudará mucho también para esta conciencia misionera y para una sensibilidad cada día mayor hacia la misión «ad gentes», concretamente para la de Moyobamba, la colaboración de los profesores del Instituto Teológico «San Ildefonso» que, con algunos de los residentes en Moyobamba, se hagan cargo de la enseñanza en el Seminario de la Prelatura, en tiempos de, al menos, dos meses. Cada uno de los Obispos también visitaremos a nuestros misioneros, al menos, una semana al año. Además de estas colaboraciones. Por supuesto, se promoverá la incorporación y colaboración de laicos y de personas consagradas de nuestra diócesis como misioneros, en espacios breves o prolongados de tiempo, conforme a lo que vayan pidiendo nuestros misioneros en Perú, y coordinados por el Secretariado diocesano de Misiones y Evangelización; se les propiciará la formación adecuada.
4. Potenciar el apostolado seglar y las iniciativas de presencia pública de nuestros seglares Necesidad de los fieles cristianos laicos en la nueva evangelización 4.l. No es necesario insistir mucho en la necesidad de los seglares para la nueva evangelización. Si queremos una diócesis misionera, si queremos ponerla en estado de misión, como Dios nos pide, es preciso incorporar de manera decidida a los seglares a la nueva evangelización: nadie en la Iglesia puede eximirse; pero además, según lo que venimos diciendo a lo largo de esta Carta, en estos momentos y dada la situación que estamos viviendo en España, es particularmente necesaria y urgente la incorporación de los seglares a la obra evange-lizadora, y suscitar y fortalecer su presencia en la vida pública en cuanto seglares católicos; es muy bueno que haya políticos católicos, o economistas católicos, o profesionales católicos de los medios de comunicación, aún deberían haber más, pero añadiría un matiz: es preciso promover católicos en la política, en los medios, en el ámbito de la cultura. Esto es absolutamente preciso para evangelizar nuestro mundo, para cumplir con la consigna del Papa Juan Pablo II: «Toledo evangelizada, Toledo evangelizadora», tal y como señalaba de manera amplia y pormenorizada en aquella Carta programática, a la que me remito sustancialmente. La evangelización, obra de renovación de la humanidad, hecha hombres nuevos, reclama la incorporación de los laicos en esta edificación de una humanidad nueva La evangelización es obra de renovación de la humanidad y para hacer posible una humanidad nueva, hecha de hombres nuevos con la novedad del Evangelio, con criterios de juicio, corazón y pensamiento nuevos conformes con Jesucristo, de relaciones nuevas de amor y justicia y capaces de influir en unas estructuras nuevas conformes al plan de Dios (Cf EN 19-20). Por su vocación específica, que los coloca en el corazón del mundo y al frente de las más diversas tareas temporales, los fieles cristianos laicos son particularmente llamados a llevar a cabo la renovación de nuestro mundo, de la humanidad: que en eso consiste, como digo, evangelizar. Si no contamos con un laicado evangelizado y evangelizador no habrá Iglesia que evangelice. Y esto, no tanto por la escasez de sacerdotes, cuanto por la propia y específica vocación de fieles cristianos inmersos en el mundo. Al igual que en los primeros tiempos, ahora los seglares están llamados a propagar la fe en Cristo por todas las partes. Los Apóstoles dirigían la misión, pero no sólo ellos la llevaron a cabo; los simples cristianos, los «cristianos de a pie», de la profesión o condición que fuesen, llevaron el Evangelio a donde aun no habían llegado todavía los enviados «oficiales» de las comunidades establecidas. Sin la mediación de los cristianos laicos, es imposible la obra de evangelización; ellos llegan con toda naturalidad donde no podemos ni llegaremos nunca los Obispos o los sacerdotes. Y, sin embargo, en esos lugares está en juego la evangelización. Llamamiento apremiante a los fieles cristianos laicos a que se unan a la obra de evangelización Hago a todos los fieles cristianos laicos una llamada apremiante y urgente a que se unan, sin ningún temor, a la obra de la evangelización. Su tarea primera e inmediata es poner en práctica todas las posibilidades cristianas y evangélicas escondidas, pero a su vez ya presentes y activas en las cosas del mundo. El campo propio de su actividad evangelizadora es el mundo vasto y complejo de la política, de lo social, de la economía y también de la cultura, de las ciencias y de las artes, de la vida internacional, de los medios de comunicación de masas, así como de otras realidades abiertas a la evangelización como el amor, la familia, la educación de los niños y jóvenes, el trabajo profesional, el sufrimiento... Pero, sobre todo y de manera muy primaria y principal, en el campo de la familia y todo lo relacionado con ella. Cuanto más seglares haya impregnados del Evangelio, responsables de estas realidades y claramente comprometidos con ellas, competentes para promoverlas y conscientes de que es necesario desplegar su plena capacidad cristiana, tantas veces oculta y asfixiada, tanto más estas realidades estarán al servicio de la edificación del Reino de Dios y, por consiguiente, de la salvación en Cristo Jesús y, en consecuencia, de hacer mejor nuestro mundo. Es hora de actuar y de aportar la savia renovadora del Evangelio para recomponer el tejido social y moral de nuestro pueblo. Los seglares tienen la principal parte. Es su hora. Pido, desde aquí, a toda la Iglesia diocesana que, con la fuerza de la gracia de Dios, hagamos un esfuerzo decidido por promover la corresponsabilidad y participación de los seglares dentro de la vida y misión evangelizadora de la Iglesia en conformidad con sus caracteres específicos de existencia cristiana. Potenciar un laicado maduro y comprometido en las realidades temporales, incorporado al apostolado activo y asociado Es necesario que con toda claridad y decisión nos propongamos ayudar a que nazca y se potencie un laicado maduro y comprometido en las realidades temporales, sin el que la Iglesia no podrá aparecer como luz y sal de la tierra. Apremia el que los hombres crean. Apremia el que nuestro mundo sea renovado con hombres nuevos. Por eso, invito con todas mis fuerzas a la comunidad cristiana, especialmente a los sacerdotes, a que hagan un llamamiento vigoroso a los cristianos laicos a que se incorporen al apostolado activo. Primeramente a un apostolado individual, porque éste es la forma principal de todo el apostolado de los laicos. Se trata de una irradiación capilar constante y particularmente incisiva en el entorno en que el laico cristiano desarrolla su vida: el ámbito familiar, el del trabajo, el de las relaciones sociales, el del esparcimiento... De este apostolado individual nadie debe sentirse exento. Pero esto es insuficiente para la obra evangelizadora de la Iglesia. Se necesita un apostolado asociado, máxime en esta hora tan compleja que estamos viviendo. Por ello pido y exhorto a las comunidades y a los sacerdotes que inviten a los cristianos laicos a participar en el apostolado asociado, que es signo de la comunión y de la unidad de la Iglesia. No tengamos miedo al apostolado asociado. No veamos en este apostolado ningún riesgo para las parroquias; al contrario son fermento y acicate para su revitalización. Debemos promover el apostolado asociado, los movimientos y asociaciones apostólicas, especialmente aquellas que tienen un carisma especialmente kerigmático y evangelizador, como señalé ya anteriormente. Nuestra diócesis debe poner todo su empeño en ello; la estrecha unión de fuerzas es la única que vale para lograr plenamente todos los fines del apostolado. Debemos promover y favorecer la inserción de los cristianos laicos en los diferentes movimientos apostólicos laicales suscitados por el Espíritu Santo, reconocidos y aprobados por la Iglesia, acompañarlos y proporcionarles los elementos educativos necesarios. No hacer esto sería ir contra el mismo Espíritu Santo que es quien suscita los diferentes carismas de apostolado en la Iglesia. ¿Cómo vamos a ir o actuar contra el Espíritu? Es necesario que nuestra diócesis, con la ayuda inestimable del Consejo Diocesano de Laicos, y a través de la Delegación de Apostolado Seglar y de los responsables diocesanos de los diferentes movimientos, oriente a las parroquias, a los sacerdotes, a los seminaristas, sobre la naturaleza y sentido de los movimientos y asociaciones apostólicas, tanto en la ciudad como en el resto de los pueblos, los más adecuados a nuestras sociedad. Nuestra Iglesia diocesana ha de apoyarlos. Se trata de relanzar el apostolado de los laicos y de las asociaciones apostólicas en nuestra diócesis, para que evangelicen en todo el sentido fuerte del término, para que estén presentes en el mundo como fieles cristianos laicos, para que, uniendo siempre fe y vida, muestren en todos los asuntos pastorales, la fuerza trasformadora del Evangelio y se empeñen, comprometida y lúcidamente, en los diferentes campos en los que se juega la suerte de la sociedad: la familia, la cultura, la política, las relaciones laborales, etc. No cristianos en las sacristías y en los abrigos espacios parroquiales, sino católicos en el mundo, católicos en la vida pública, conforme a los principios y criterios de la doctrina social de la Iglesia, que, es como la aplicación del Evangelio a las diferentes aspectos y campos de la realidad social. Llamo la atención sobre dos campos concretos de actuación de los laicos: el de la cultura y el de los medios de comunicación 4.2. En mis Cartas pastorales de los años anteriores ya indiqué algunas orientaciones y campos concretos para esta misión de los laicos. En ésta, me permito llamar la atención e insistir de nuevo particularmente en dos de ellos: en el de la cultura y en el de los medios de comunicación. En el campo de la cultura se está jugando el futuro de nuestra sociedad, estamos, he dicho anteriormente, en medio de una revolución cultural; por eso evangelizar la cultura, y llevar y anunciar el Evangelio en el campo de la cultura es algo que nos incumbe de manera prioritaria; la diócesis de Toledo se siente urgida a esta tarea. Inseparable de esta evangelización es la presencia de la Iglesia, de los cristianos, en los medios de comunicación social; a través de ellos se está llevando a cabo con fuerza dicha revolución cultural; son instrumentos, en esta civilización mediática, básicos para la transmisión y creación de cultura, mediante la información y la formación de opinión pública; la diócesis de Toledo debe hacer un esfuerzo nuevo y denodado para evangelizar a través de sus medios propios con los que cuenta y que constituyen, sin duda, un don de Dios anticipado a los tiempos que vivimos para evangelizar. Y junto con ello, nuestra diócesis deberá hacer un gran esfuerzo por difundir la doctrina social de la Iglesia, generalmente tan desconocida y preterida; para ello contamos ya con instrumentos valiosísimos como es el «Compendio de Doctrina Social de la Iglesia», del Papa Juan Pablo II, y con la Escuela de formación social, dentro de la Escuela diocesana de formación de agentes de Pastoral. Campo de la evangelización de la cultura 4.2.1. En el campo de la evangelización de la cultura conviene tener en cuenta lo que dijo el Papa Pablo VI en «Evangelii Nuntiandi», y lo que tantas veces ha repetido el Papa Juan Pablo II, que hizo de la evangelización de la cultura uno de los distintivos y empeños de su Pontificado. «Lo que importa es evangelizar -no de una manera decorativa, como con un barniz superficial, sino de manera vital, en profundidad y hasta en sus mismas raíces- la cultura y las culturas del hombre en el sentido rico y amplio que tienen sus términos en la "Gaudium et Spes", tomando siempre como punto de partida la persona y teniendo siempre presentes las relaciones de las personas entre sí y con Dios... La ruptura entre el Evangelio y la cultura es sin duda el drama de nuestro tiempo, como lo fue también en otras épocas. De ahí que hay que hacer todos los esfuerzos con vistas a una generosa evangelización de la cultura, o más exactamente de las culturas. estas deben ser regeneradas por el encuentro con la Buena Nueva. Pero ese encuentro no se llevará a cabo si la Buena Nueva no es proclamada» (Pablo VI, EN 20). Habría que añadir que la «síntesis entre cultura y fe no es sólo una exigencia de la cultura, sino también de la fe... Una fe que no se hace cultura es una fe no plenamente acogida, no totalmente pensada, no fielmente vivida» (Juan Pablo II). Afrontando la evangelización de la cultura, haremos, además, una opción radical por el hombre, que eleva la dignidad del hombre hasta su auténtica e irrenunciable dimensión de hijo de Dios. Significado histórico y cultural de Toledo Recuerdo en este punto lo que ya dije en mi Carta Pastoral «Toledo evangelizada, Toledo Evangelizadora». «Toledo, decía, es una ciudad ‘cultura’, es ‘patrimonio cultural de la humanidad’. En su configuración y en su idiosincrasia, la que ha tenido en el pasado, la que hemos recibido, la que se proyecta hacia el futuro, la iniciativa y el protagonismo eclesial han sido fundamentales. La diócesis debe estar muy presente en todo lo que se refiera a la cultura. Cuenta con un patrimonio histórico y cultural único y principal: Toledo, como ‘patrimonio cultural de la humanidad’, es inconcebible sin la Iglesia, sin la fe católica, y sin el patrimonio histórico y cultural que esta fe ha aportado. Sin ella, dejaría de ser Toledo, y la aportación de Toledo a la cultura y a la historia sería de muchísimo menor relieve y significación. Sus monumentos tan emblemáticos, sus archivos tan ricos e importantes, sus instituciones, sus obras, a lo largo de la historia han dejado una huella y una herencia que trasciende el lugar y el tiempo. No es algo que remite sólo al pasado, sino que está llamado a mostrar todo su vigor y su fuerza de actualidad y su capacidad para generar futuro. La diócesis de Toledo tiene una grave responsabilidad hoy ante la Iglesia universal, ante España y ante la sociedad de Occidente y aun de Oriente. Por eso, una de las tareas que se abren para su camino es su renovada presencia en el campo de la cultura». Toledo, pues, tiene una especial responsabilidad en este campo. Perspectivas e iniciativas en este campo Vuelvo a insistir en las perspectivas e iniciativas concretas que señalaba para este campo en la mencionada carta, todas ellas vigentes y urgentes: la pastoral Universitaria, la Escuela Católica, la promoción de estudios históricos, la evangelización con nuestro riquísimo e importante patrimonio histórico-artístico, el Instituto Superior de Ciencias Religiosas, recién erigido por la Santa Sede, el Instituto diocesano de la Familia, las Conversaciones de Toledo cada día más de actualidad si las enfocamos adecuadamente, el trabajo y la apertura de los Archivos de la Catedral y de la Diócesis, el Centro Cultural de la Catedral, el campo del arte... Añado simplemente el aliento y el apoyo que se merece la Plataforma «Presencia cristiana», que sin duda es uno de los caminos para evangelizar la cultura en Toledo; si no la tuviésemos habría que crearla; a sus miembros y dirigentes les pido que no se desanimen y que luchen, ya que cada día es más urgente en nuestra sociedad lo que ellos intentan llevar a cabo. Creo que también podrán y deberán ayudar mucho, si las apoyamos, ayudarán en la evangelización de la cultura, la Escuela Social, las escuelas de padres y la pastoral familiar, la promoción de conferencias y de ciclos de charlas en Toledo y en otros lugares en que se aborden grandes e importantes cuestiones de actualidad, el trabajo de educación cristiana en tiempo libre de niños, adolescentes y jóvenes donde caben gran número de iniciativas a las que no podemos renunciar o dejar en otras manos exclusiva y monopolísticamente. Los medios de comunicación 4.2.2. Los medios de comunicación social son, en general, campo privilegiado para la nueva evangelización y, en concreto, para la evangelización de la cultura. La Iglesia, los cristianos, no tenemos otra palabra que «Jesucristo». Pero esta palabra no la podemos olvidar, no la debemos silenciar, no la dejaremos morir, y menos aún al alba del Tercer Milenio tan necesitado de Él. Hoy en día no es posible comunicar esta Palabra, que es luz y verdad, sin los medios de comunicación social. Vivimos un mundo fuertemente impactado por los medios de comunicación social, estamos inmersos una sociedad mediática de la información, nos hallamos dentro de una nueva cultura originada y configurada de manera muy principal por la fuerza poderosísima de estos medios. La Iglesia debe utilizar los medios de comunicación si no quiere ser culpable en la necesaria y urgente obra de evangelización de nuestro mundo «La Iglesia se sentiría culpable ante el Señor si no utilizara estos poderosos medios» (Pablo VI), que constituyen hoy por hoy «‘el primer areópago de nuestra época’ en la cual se intercambian constantemente ideas y valores. A través de los medios la gente entra en contacto con personas y acontecimientos, y se forma sus opiniones sobre el mundo en el que vive. Incluso ahí se configura su modo de entender el sentido de la vida. Para muchos su propia experiencia vital es en gran medida una prolongación de la experiencia de los medios de comunicación. El anuncio de Jesucristo debe formar parte de esta experiencia» (Juan Pablo II). Es necesario que la Iglesia, y con ella los comunicadores cristianos, anuncie el Evangelio que salva y humaniza a través de medios propios y ajenos. La contribución específica de los medios de comunicación es valiosísima e imprescindible en la obra de la nueva evangelización que comporta la renovación de la humanidad con hombres y mujeres nuevos con la novedad del Evangelio. Es preciso lanzarse a la presencia en los medios de comunicación social con medios propios, con verdadera decisión y confianza, y con recursos Conscientes de esta responsabilidad, de una vez por todas, sin complejos de ningún tipo y aportando los recursos que sean necesarios -de personas y de instrumentos materiales-, es hora de que la Iglesia nos lancemos a esta presencia con verdadera decisión y confianza. Que creemos, multipliquemos, potenciemos, mejoremos, aunemos esfuerzos y usemos con vigor y habilidad los propios medios de comunicación, que hagamos la autocrítica que sea necesaria de nuestros propios medios o de nuestra presencia, pero que nos decidamos lúcida e inteligentemente a estar ahí, sin complejos y sin miedos. Es necesario sensibilizar fuertemente a los cristianos en este terreno: para estar presente en ellos, para proporcionar los medios económicos y recursos financieros necesarios que hagan posible la presencia evangelizadora en los mismos, para situarse con libertad y discernimiento ante ellos. Que los comunicadores cristianos sean «intrépidos y creativos para desarrollar nuevos medios y métodos en la proclamación». Presencia en medios de comunicación ajenos Es necesario asimismo, que la Iglesia, en la medida de lo posible aproveche «al máximo las oportunidades de estar presente también en los medios seculares». Está en juego el futuro del hombre y de la sociedad. Sin la actuación de los comunicadores cristianos, profesionales de la información u ocasionales, la Iglesia carecería de una presencia relevante y de un medio a través del cual el carácter universal del Evangelio se refleja especialmente. Algunos problemas y dificultades para esta presencia No podemos dejar de reconocer cómo los medios están contribuyendo de muchas formas al enriquecimiento espiritual y humano de la sociedad. Pero tampoco podemos ser ingenuos y dejar de reconocer -para actuar de la manera que corresponda- la indiferencia y la hostilidad que existe en ciertos sectores y en ciertos medios hacia Jesucristo y su mensaje, hacia la Iglesia y sus personas e instituciones, o hacia los valores humanos y morales que ella propone. «Es necesario un cierto tipo de ‘examen de conciencia’ por parte de los medios, que conduzca a una mayor conciencia crítica sobre esa tendencia a un escaso respeto por la religiosidad y las convicciones morales» (Juan Pablo II). Atención a los comunicadores Cada día se siente mayor la necesidad de que los comunicadores, en los medios de comunicación social, busquen la verdad, se apasionen por ella y la sirvan. Ciertamente que no es fácil luchar por dar con la verdad, proponerla y no manipularla o ser incorruptible ante ella. Pero ése será, sin duda, uno de los servicios mejores y mayores que prestarán a una sociedad digna del hombre, libre y democrática, éticamente fundada y rearmada moralmente. Esta será una forma imprescindible de contribuir a la humanización de nuestro mundo y a la difusión implícita de Jesucristo en quien se nos ha revelado la verdad del hombre. De todos modos, los comunicadores cristianos, además, habrán de buscar los modos de hablar explícitamente de Jesucristo en formas adecuadas a los medios que se usen y a la capacidad de las gentes. Trabajar en los medios de comunicación social es apasionante, pero no es fácil; puede parecer fácil solo a quien nunca se ha decidido a hacerlo verdaderamente. En efecto, no es fácil servir cada día al hombre con la ayuda de la palabra, porque ésta, por su naturaleza, al indicar la verdad de las cosas, es sagrada. Lo sagrado exige amor y respeto y excluye la manipulación. El que muestra la verdad debe dejarse conducir por ella, más aún debería cambiar continuamente la propia vida. El objeto del trabajo en los medios es el hombre, la historia del hombre, lo vivido por el hombre, la noticia que tiene al hombre como protagonista e interesa e implica al hombre. La verdad del hombre. La verdad de las cosas, de los acontecimientos y la verdad del hombre exige de los comunicadores un trabajo que sólo podrán llevar a cabo siendo libres. Ser libre significa pertenecer a la verdad, más aún, ser capaz de arriesgarlo todo. La búsqueda de la verdad y el servicio a la verdad habría de ser, por parte de los medios, una de las mayores aportaciones y servicios a la sociedad, a la construcción de una sociedad libre y democrática, a una sociedad éticamente fundada, al rearme moral de la misma. «La búsqueda de la verdad indeclinable exige un esfuerzo constante, exige situarse en el adecuado nivel de conocimiento y de selección crítica. No es fácil, lo sabemos bien. Cada hombre lleva consigo sus propias ideas, sus preferencias y hasta sus prejuicios. Pero el responsable de la comunicación no puede escudarse en lo que suele llamarse la imposible objetividad. Si es difícil una objetividad completa y total, no lo es menos la lucha por dar con la verdad, la decisión de proponer la verdad, la praxis de no manipular la verdad, la actitud de ser incorruptibles ante la verdad. Con la sola guía de una recta conciencia ética, y sin claudicaciones por motivos de falso prestigio, de interés personal, político, económico o de grupo». Hay que estar cercanos, ayudar y servir a los profesionales de la comunicación, y ofrecer también nuestro servicio eclesial a las instituciones y empresas de comunicación. Tenemos aquí una tarea de primerísimo orden. Potenciar nuestros propios medios de comunicación: diocesanos, parroquiales... Gracias a Dios contamos con medios diocesanos propios. Es necesario que los potenciemos. Estimo que es necesario que constituyamos un Consejo Diocesano de Medios que programe y planifique una estrategia en el conjunto de esos medios propios, que los coordine y oriente en una perspectiva y como respuesta a las necesidades de evangelización, que idee espacios, programas de diverso orden tendentes a la evangelización en nuestra diócesis: espacios, por ejemplo, bien para conocer y esclarecer dudas sobre la Biblia, la fe de la Iglesia, la moral cristiana, la historia de la Iglesia y nuestra historia cristiana de Toledo, su patrimonio artístico y cultural, la doctrina social de la Iglesia, o bien para abordar cuestiones de actualidad, iluminar hechos y situaciones y ayudar a interpretarlos desde la fe, responder a los problemas de hoy, o bien para conocer la realidad diocesana y apoyar los programas pastorales, etc. Para ello habrá de dotar nuestros medios de personas, instrumentos y medios, desde la austeridad, pero sin escatimar; es mucho lo que nos jugamos en este terreno, es mucho lo que se puede hacer desde ahí para la evangelización, que es la razón de ser de los mismos, y por eso hemos de volcarnos ahí. Habrá también que incorporar, en la medida de las posibilidades y en respeto a su autonomía, a esta estrategia a la misma COPE, cuidar los espacios que nos encomiendan a la diócesis, contar con los espacios locales, ofrecer iniciativas, ayudarle por ejemplo con instalaciones, coordinar los medios diocesanos y esta emisora de la Iglesia. Por supuesto, habrá que colaborar también estrechamente con el resto de los medios de comunicación públicos y privados, hacernos presentes en ellos con toda normalidad. Y no podemos dejar de la mano el cuidado de Internet, de la página Web de la Diócesis u otras paginas Web parroquiales: es éste un campo en el que no estamos actuando a la altura de las necesidades; también Internet habría de entrar en el cuidado, atención y programación del Consejo Diocesano para los medios de comunicación social. Esfuerzo especial en cuanto se refiera a formación 4.2.3. En este año, y de manera continuada, habremos de volcarnos de una manera especialmente intensa en todo lo que sea formación, poner un gran empeño en el esfuerzo de catequización en todos los ámbitos y niveles y en la clase de religión en las escuelas e institutos, como ya he dicho anteriormente, fortalecer el Instituto Superior de Ciencias Religiosas y la Escuela Diocesana de Formación teológica y pastoral en sus diversas sedes, promover las escuelas de padres y el Instituto diocesano de la Familia, dar un fuerte impulso a la Escuela Social con creatividad y diversas iniciativas para dar a conocer la Doctrina Social de la Iglesia, utilizando para ello el gran instrumento que nos ha proporcionado la Santa Sede con la publicación del «Compendio de la Doctrina Social», dar también en nuestra diócesis un gran impulso al conocimiento y asimilación de la Sagrada Escritura mediante la creación del Centro Bíblico Diocesano al que se le encomienda esta importante obra. 5. Pastoral vocacional Vocaciones al ministerio sacerdotal, a la vida consagrada y a la acción misionera de la Iglesia 5.1. La urgencia del cultivo de las vocaciones al sacerdocio ministerial y a la vida consagrada es una de las necesidades más apremiantes de la Iglesia. Lo sabemos bien. Pero es necesario repetírnoslo constantemente. Hacen falta muchas vocaciones sacerdotales y religiosas. El nuevo esfuerzo creador en la nueva evangelización de nuestro mundo es una magna empresa que no puede demorarse; y para ella se necesitan ya, sin aplazamiento de tiempo, muchos más sacerdotes, religiosos y religiosas de los que contamos en estos momentos. Está en juego el futuro de la Iglesia y de la sociedad. Todos los cristianos, por el hecho de serlo, como venimos diciendo a lo largo de esta Carta, estamos comprometidos en la misión evange-lizadora siempre permanente, actual y urgente. Todos así mismo debemos mostrar de manera real y efectiva la disponibilidad de toda nuestra vida para Cristo, en el estado que Él quiera, donde y como Él quiera, en respuesta al don de su amor que está destinado a alcanzar a todos. Pero para que esto sea posible en todos es necesario que algunos, en respuesta a la llamada específica y particular del Señor, le sigan en una intimidad mayor y se consagren enteramente a Él a través del ministerio sacerdotal o de la vida religiosa. Comprometidos todos en la promoción de las vocaciones Promover, cultivar y cuidar las vocaciones para la vida consagrada y para el ministerio sacerdotal -qué duda cabe- es algo a lo que los Obispos hemos de dedicar lo mejor de nuestro esfuerzo y de nuestro tiempo. Es igualmente una exigencia ineludible y principal de la caridad pastoral el que cada presbítero, secundando la gracia del Espíritu, se preocupe de suscitar al menos una vocación sacerdotal que pueda continuar su ministerio y de llamar a los jóvenes a las distintas formas de vida consagrada. Todos los cristianos, «cada uno de nosotros, con su palabra y con su ejemplo, debe convertirse en un 'apóstol de apóstoles', en un promotor de vocaciones». Cristo llama hoy insistentemente a muchos jóvenes; y los sacerdotes, los religiosos y las religiosas, hemos de ser «los portavoces, gozosos y convincentes, de esa llamada del Señor» (Juan Pablo II). La familia cristiana, primer vivero de vocaciones 5.2. Es la familia cristiana el vivero primero, el más ordinario y natural, de las vocaciones. «La fuerza y estabilidad del entramado familiar cristiano representan la condición primera para el crecimiento y maduración de las vocaciones sagradas, y constituyen la respuesta más adecuada a la pastoral vocacional» (Juan Pablo II). Sin un fortalecimiento de la familia, sin una revigorización de la pastoral familiar, sin una atención prioritaria por parte de toda la comunidad cristiana, de los Obispos, de los sacerdotes, de las parroquias, de todas las personas consagradas, de los laicos más comprometidos en las tareas de la evangelización, no podrá haber un resurgir tan necesario como acuciante de las vocaciones. Si los Obispos, los sacerdotes, los religiosos y las religiosas, los consagrados, los misioneros y los laicos comprometidos nos ocupáramos de la familia e intensificáramos las formas de diálogo y de búsqueda evangélica común, la familia se enriquecería de aquellos valores que la ayudarían a ser el primer «seminario» de vocaciones de especial consagración. Hay muchísima necesidad de vocaciones 5.3. En una ocasión, dentro de un curso de verano de una Universidad, le escuché a un gran catedrático universitario, gran intelectual y gran político que uno de los problemas de nuestra sociedad es la escasez de vocaciones. La perplejidad del auditorio fue patente, y el ilustre catedrático, consciente de la perplejidad, repitió que no se había equivocado: que se ratificaba en la afirmación hecha, porque si hubiese más vocaciones, se entregaría más a Cristo a los hombres que es donde está el futuro del hombre y de la sociedad. En este mundo nuestro, en efecto, urge y apremia el que haya nuevas, abundantes y santas vocaciones. Se necesitan sacerdotes santos, que entreguen a Cristo en persona. Se necesitan personas santas que sean testigos del Dios vivo y que sirvan a Dios con un corazón indiviso en una entrega total a los hombres y de modo especial a los más pobres: a los enfermos, a los ancianos, a los jóvenes. Se necesitan misioneros y misioneras santos que lleven a los hombres a Cristo. Para que haya vocaciones se necesita fe. ¿Cómo podrá haber vocaciones si falta en este mundo esa fe? Nos quejamos de que hay pocas vocaciones. ¿Cómo va a haberlas si no hay fe, si no se cultiva suficientemente, si se borra la fe de los jóvenes, si éstos no conocen a Cristo? Ninguno sigue a quien no conoce. La crisis de vocaciones es ante todo crisis de fe. ¿Cómo va a haber vocaciones, que reclaman amar a Jesucristo, e inseparablemente amar a la Iglesia a la que Él y por la que Él se entregó, si se extiende la desafección hacia la Iglesia? La crisis de vocaciones, pasa por la crisis de amor a Cristo que exige la entrega total y sin reservas a Él, y por la crisis de amor a la Iglesia. ¿Cómo va a haber vocaciones, si la llamada al seguimiento lleva unida el ir tras de Cristo con la Cruz, dejándolo todo, en sacrificio, y sin embargo nos encontramos con que hoy se rehuye tanto el sacrificio? La vocación es sacrificio; y la crisis de vocaciones está unida al miedo al sacrificio. Necesita que cambie nuestra sociedad para que surjan más vocaciones. Necesita también renovarse la Iglesia, en todos sus miembros, por una incesante conversión al Señor y por una vigorosa y renovada vida de santidad. Ser una Iglesia de santos: una Iglesia donde cada día quepa menos la mediocridad. En una Iglesia que es fiel a la santidad, surgirán vocaciones a la vida de especial consagración que reclama más el vivir esa vocación a ser santos, perfectos, como el Padre celestial es santo. «Rogad al Dueño de la mies, que envíe obreros a su mies» 5.4. Oremos sin cesar, llenos de confianza y con toda intensidad por esta intención, por las vocaciones, una de las pocas por la que el mismo Señor nos mandó pedir. Necesitamos orar insistentemente, con toda confianza, sin desmayo y llenos de esperanza, por las vocaciones. Si no oramos no habrá vocaciones. Porque la vocación es don siempre de Dios, Dueño de la mies. Necesitan orar las familias para que el Señor les bendiga con vocaciones consagradas que surjan de su seno. Necesitamos orar con las familias y por ellas, pidiendo a Dios que les otorgue esa bendición y que abra el corazón de sus hogares a la fe, a la acogida de la Palabra divina y al testimonio cristiano vivo, para que lleguen a ser manantial de nuevas y santas vocaciones. Hay que llamar a los jóvenes y proponerles las vocaciones de especial consagración Es necesario que, con toda libertad de espíritu y con todo gozo, apelemos explícitamente a la generosidad de los jóvenes para que escuchen la voz de Cristo si les llama a seguirle en una intimidad mayor en la vida sacerdotal o en la vida religiosa. Invitémosle, sin temores ni complejos de ningún tipo, a que, si les llama, no cierren su corazón a Jesucristo, que necesita de ellos, como ellos necesitan de Él. Mostrémosles que la respuesta dócil a la llamada de Jesús en nada mermará la plenitud de sus vidas, sino todo lo contrario: esa plenitud se ensanchará y multiplicará hasta abrazar con su amor hasta los confines del mundo. Para que haya vocaciones a la vida consagrada y a la acción misionera es preciso que haya, previamente, vocaciones al ministerio sacerdotal 5.5. Hay que tener muy en cuenta que sin sacerdotes no habrán otras vocaciones en la Iglesia, entre otras razones, porque sin Eucaristía no hay vida en la Iglesia de donde broten las vocaciones. Por eso, aun teniendo siempre muy presente y sin descuidar para nada las vocaciones a la vida consagrada y a la acción misionera, sin descuidar en modo alguno esta pastoral, es preciso que en nuestra diócesis potenciemos al máximo las vocaciones al sacerdocio ministerial, que sigamos llamando a niños y jóvenes para que vayan al seminario y se formen allí para ser sacerdotes. Faltan sacerdotes. Hoy es una tarea apasionante ser testigo de Dios en el mundo, entregando la vida entera a esta tarea. Es hermoso que podamos hacer presente a dios, la realidad más primordialmente necesaria, porque sin ella pierden sentido las cosas y la totalidad de la vida y de la existencia se quedan sin luz. Los sacerdotes introducen en cada momento de la historia la fuerza renovadora del misterio pascual de Jesucristo, la vida de Dios y el fuego del Espíritu. Colocados al frente del Pueblo de Dios, como siervos autorizados, lo conducen a través de la historia hacia Cristo; y hacen de este pueblo una asamblea sacerdotal llamada a proclamar, en medio de todas las naciones, las grandezas de dios, la sustancia viva del Evangelio: «Dios te quiere, Cristo ha muerto y resucitado por ti». Necesitamos más de cien mil sacerdotes más en el mundo entero para llevar a cabo la misión de evangelizar a todas las gentes, y para que, congregadas en el nombre del Señor, puedan participar en la Eucaristía. No cabe duda que entre las prioridades pastorales hay que colocar el empeño por aumentar las vocaciones sacerdotales. Esto es prioritario también en nuestra diócesis. Cuando hablamos de pastoral vocacional hemos de tenerlo muy presente. Dios viene enriqueciéndonos durante años con un gran seminario y estamos llamados, por fidelidad al don de Dios y a su voluntad, perseverar firmes en el cuidado del seminario y en la llamada a jóvenes y niños al seminario. El Deminario Diocesano, «corazón de la diócesis» 5.6. El Seminario, nuestro Seminario, es el «corazón de la diócesis», como le llamó el Concilio Vaticano II. El Seminario es la institución que la Iglesia utiliza para que siga habiendo sacerdotes. Una institución eclesial verdaderamente entrañable en la que nos sentimos implicados toda la Iglesia diocesana y que debiera constituir una solicitud y una preocupación común de todos: sacerdotes, religiosos, religiosas y fieles cristianos laicos. El porvenir religioso de una diócesis depende en gran parte del seminario diocesano, sencillamente porque la vitalidad espiritual de ella depende de que tenga sacerdotes. Nadie de la Iglesia debería sentirse ajeno al seminario, que tiene la delicadísima responsabilidad de acoger, seleccionar, formar, fructificar las vocaciones sacerdotales, problema capital de la Iglesia de nuestro tiempo. En el Seminario tenemos puestas nuestras esperanzas porque en él se forman los que han sido llamados por Dios al sacerdocio, para que puedan llegar a ser, por el sacramento del Orden, imagen viva, presencia sacramental, de Jesucristo, Sacerdote, Buen Pastor que ha venido al mundo para dar su vida por todos los hombres, para que todos tengan vida. ¿Qué sería del mundo sin Jesucristo, qué sería, en consecuencia, sin sacerdotes? ¿Qué sería del mundo sin Jesucristo? ¿Qué sería del mundo sin sacerdotes, elegidos, llamados y consagrados para llevar a Cristo a los hombres, para que los hombres crean y vivan por Él? «Si desapareciera el sacerdocio, todavía podría seguir existiendo la fe, pero lentamente se extinguiría en una agonía implacable la riqueza espiritual antes existente en una comunidad determinada» (Card. Marcelo González). Los sacerdotes, por ello, son esperanza fundamental para la Iglesia y el mundo de mañana. «Es una tarea demasiado crucial y una prioridad demasiado importante para la vida y futuro de la Iglesia. La Iglesia del mañana pasa a través de los seminarios de hoy. Con el pasar del tiempo, la responsabilidad pastoral ya no será nuestra, pero ahora sí es nuestra y nos obliga. Cumplirla con celo es un gran acto de amor hacia la grey» (Juan Pablo II). Atender con verdadera atención y total solicitud al Seminario y a todo lo relacionado con él, cuidar de que haya vocaciones y cultivarlas es el mejor servicio a la Iglesia de mañana. Promover vocaciones sacerdotales: objetivo siempre prioritario 5.7. Es preciso que se promuevan nuevas vocaciones sacerdotales entre los miembros más jóvenes de nuestra Iglesia y que toda la Diócesis sienta su propia responsabilidad sobre las vocaciones sacerdotales. El problema de las vocaciones sacerdotales es problema fundamental de la Iglesia; es condición esencial para la vida de la Iglesia, de su misión y de su desarrollo; es una comprobación de su vitalidad espiritual y es la condición misma de esta vitalidad, signo inequívoco de su salud interior. Para hacerles acoger con entusiasmo a los jóvenes el don y la gracia de la llamada que Dios les dirige a ser sacerdotes «es necesario, diría a este respecto Pablo VI, que este ideal se les presente en su auténtica realidad y con todas sus severas exigencias como donación total de sí al amor de Cristo (cf. Mt 12,29) y como consagración irrevocable al servicio exclusivo del Evangelio. Y para conseguir esto, el testimonio de un sacerdocio ejemplar vivido, o el valor de una vida religiosa que se muestra en concreto en las distintas instituciones reconocidas por la Iglesia, tiene un peso considerable : más aún, preponderante... Una comunidad que no vive generosamente según el Evangelio no puede ser sino una comunidad pobre en vocaciones». Bastantes vocaciones sacerdotales en nuestra diócesis. Por ello mismo, estamos aún más comprometido a trabajar por las vocaciones 5.8. Nuestra Diócesis, gracias a Dios, ha sido y está siendo bendecida por bastantes vocaciones, al menos relativamente, en un tiempo aparentemente de «sequía» vocacional. Señal de que Dios, al mismo tiempo, la está también enriqueciendo en vida teologal y cristiana, con sacerdotes ejemplares y con comunidades cristianas vivas, donde «se tiene despierta la fe y se mantiene el amor de Dios», donde se hace posible el encuentro con el Señor, se enseña a orar y a mantener el «trato de amistad con Él», el tú a tú que les lleve a los jóvenes a decir: «Señor, ¿qué quieres que haga?» Es esta una responsabilidad grande que tiene nuestra Diócesis : si con tanta generosidad ha sido bendecida por Dios, con no menor responsabilidad estamos llamados todos a continuar fortaleciendo esa vitalidad cristiana de nuestras comunidades y a proseguir mejorando sin cesar la calidad de nuestro Seminario diocesano. No podemos enterrar el «talento» que el Señor nos ha entregado; es necesario que lo hagamos fructificar, que lo acrecentemos con nuevas y abundantes vocaciones al servicio de la Iglesia diocesana, o de otras iglesias, sencillamente, al servicio de la Iglesia una, única y universal. Si recibimos es para dar. Cuanto más demos más estaremos fortalecidos. Nuestra diócesis, como todo en la Iglesia, es ser misionera, compartidora de los bienes que recibe. No podemos quedarnos autocomplacidos porque tengamos muchos y ejemplares sacerdotes, abundantes vocaciones, un gran seminario. Por otra parte, pensando en nuestra Diócesis, es preciso que, sin ser pesimistas, tengamos muy en cuenta los tiempos que se nos avecinan : la secularización y la descristianización ya nos tocan, y con fuerza; vamos a experimentar, sin duda, cambios importantes en la población. Todo ello reclama que estemos preparados para los grandes e importantes retos que se nos avecinan, que vamos a tener delante de nosotros en un futuro tal vez no lejano. ¿Qué haremos entonces si no hemos preparado ese momento con nuevas vocaciones sacerdotales capaces de responder a la urgencia evangelizadora? Orar por las vocaciones sacerdotales 5.9. No puede faltarnos la oración por las vocaciones y por el Seminario Diocesano: Esta es la principal pastoral para las vocaciones sacerdotales. «Sin Él no podemos hacer nada». Todos podemos y debemos orar por las vocaciones sacerdotales, por nuestro seminario, por los seminaristas que en él se están formando y por sus formadores, que con ilusión, entrega y sacrificio están llevando a cabo tan apasionante como dura labor. Que las parroquias dediquen espacios semanales a orar por las vocaciones sacerdotales y nuestro seminario, que promuevan vigilias de oración, que inviten machaconamente a los fieles a orar por esta tan necesaria intención. Que no falte en ninguna de las misas una petición por las vocaciones sacerdotales, que dios nos conceda muchos y santos sacerdotes. No podemos olvidar, por otra parte, que las vocaciones surgen en el encuentro personal con el Señor, en el trato de persona a persona, en el Tú a tú de Dios con el joven. Así han sido las llamadas siempre; así fue en el caso de Pablo y de todos los Apóstoles. Por eso es necesario impulsar una pastoral que conduzca a ese encuentro personal; y de manera particular e imprescindible, que se cultive la oración entre los jóvenes. Es ahí donde se escuchará la llamada y se dará la respuesta personal, no sin auxilio de la gracia; es ahí donde se dará el encuentro personal y la pregunta: «Señor, ¿qué quieres que haga?». Para ello es preciso enseñar a orar; cultivar la oración en la catequesis y en todos los procesos formativos; crear y favorecer los grupos de oración; que se ore en familia, que sea tan normal como el aire que se respira el hablar con Dios, hablarle a Él, escucharle; que se creen escuelas de oración. Ruego encarecido a todos: trabajemos por las vocaciones sacerdotales. Esta pastoral exige la colaboración de todos: las parroquias y la pastoral vocacional 5.10. Os quiero pedir a todos sin excepción que trabajéis en favor de las vocaciones sacerdotales. Toda la Iglesia diocesana es responsable del nacimiento, cultivo, formación y maduración de las vocaciones sacer-dotales, aunque los grados de responsabilidad sean diversos. Me consta que tanto vosotros como yo sentimos una gran preocupación por las vocaciones sacerdotales en nuestra diócesis. Vivimos una hora de gracia, que nos apremia a ponernos manos a la obra y a trabajar por las vocaciones. Conozco vuestro sentido de Iglesia y aprecio vuestro gran amor a la diócesis. Sé que ese amor y ese sentido os van a llevar a colaborar, cada uno en la medida que pueda, en la promoción de las vocaciones sacerdotales. Nos urge crear en nuestras comunidades espacios de fuerte vitalidad cristiana, que contrarreste el impacto de la sociedad paganizada de nuestro tiempo, en la que se debilita o ausenta el sentido cristiano de la vida. Dios, ciertamente, «puede hacer surgir hijos de Abrahán de las piedras», pero no podemos pedir el milagro sin poner de nuestra parte cuanto podemos y debemos hacer. Quisiera que en cada parroquia hubiese, al menos, un grupo de fieles que mantuviese viva la preocupación por suscitar, acoger y acompañar los posibles candidatos al seminario: que se hable de la vocación sacerdotal, que se proponga personalmente esta vocación, que se llame en concreto de tú a tú, por su nombre, a niños y jóvenes. Hago mías enteramente las palabras del Papa Juan Pablo II, cuando decía que «ha llegado el tiempo de hablar valientemente de la vida sacerdotal como de un valor inestimable y una forma espléndida y privilegiada de vida cristiana. Los educadores, especialmente los sacerdotes, no deben temer el proponer de modo explícito y firme la vocación al presbiterado como una posibilidad real para aquellos jóvenes que muestren tener los dones y cualidades necesarias para ello. No hay que tener ningún miedo de condicionarles su libertad; al contrario, una propuesta concreta, hecha en el momento oportuno, puede ser decisiva para provocar en los jóvenes una respuesta libre y auténtica. Por lo demás, la historia de la Iglesia y de tantas vocaciones sacerdotales, surgidas incluso en tierna edad, demuestran ampliamente el valor providencial de la cercanía y de la palabra de un sacerdote; no sólo de la palabra, sino también de la cercanía, o sea, de un testimonio concreto y gozoso, capaz de motivar interrogantes y conducir a decisiones incluso definitivas» (Juan Pablo II, "Pastores dabo vobis", 39). Os animo y os invito de manera especial a vosotros, mis queridos hermanos sacerdotes, mis más queridos e imprescindibles colaboradores, a que pongáis en movimiento a toda la parroquia y a sus grupos para que se interesen y rueguen por el seminario y por las vocaciones sacerdotales. Tened catequesis vocacionales con los niños y con los jóvenes. Haced celebraciones específicas con ellos en particular, y con toda la comunidad en general. Donde haya grupos de adultos, centraos en la catequesis vocacional, descubriéndoles el significado de la vocación sacerdotal en la Iglesia y de la responsabilidad que, ante Dios y ante los hombres, tiene cada miembro del Pueblo de Dios en el surgimiento y maduración de las vocaciones al ministerio sacerdotal. Os pido asimismo a los sacerdotes que intensifiquéis vuestra mirada para ver qué chicos presentan signos de una posible vocación. Realizad con ellos un pequeño camino vocacional. No podemos olvidar que las vocaciones surgen de nuestras familias, de nuestras parroquias, del ambiente en que viven nuestros chicos. Por ello, el Concilio, al referirse a la pastoral vocacional, dice: «La mayor ayuda en este sentido la prestan, por un lado, aquellas familias que animadas del espíritu de fe, caridad y piedad, son como el primer seminario, y, por otro, las parroquias, de cuya fecundidad de vida participan los propios adolescentes» ( OT 2). Os invito, queridas familias, a que, desde vuestra fe y vuestra solidaridad con el mundo que anhela salvación, viváis con plenitud vuestra fe, que la viváis con toda su capacidad de generar vida, que la viváis con generosidad y entrega. Tened por cierto que en la medida que el pueblo cristiano viva la fe y su vocación a la santidad, será capaz de ofrecer a los hombres que reclaman una humanidad nueva la respuesta que esperan. Vivid, queridas familias, con gozo y generosidad, esa fe que dió origen a vuestro matrimonio en Cristo. Vuestros hogares, como iglesias domésticas, son el lugar idóneo para vivir el seguimiento de Cristo con toda alegría y plenitud. Debéis profundizar en el gozo y responsabilidad de la fe. El ejemplo más edificante y conmovedor que los padres podéis dar a los hijos es el de una vida cristiana en la que no falte la referencia permanente a Dios, Padre de Nuestro Señor Jesucristo. Es en la familia de María y de José, donde Jesús crecía, donde deben mirarse todas las familias. Si vivís así no sólo alimentaréis vuestra propia fe, sino que ofreceréis al mundo, ese mundo necesitado, un estilo capaz de seducir a quienes buscan la verdad del hombre y la plena felicidad de la convivencia humana. También los grupos apostólicos de infancia o de juventud tienen una especial responsabilidad en la promoción de vocaciones sacerdotales. Todos estos grupos mostrarán su vitalidad cristiana si de su seno salen jóvenes decididos a emprender el camino vocacional. Ruego encarecidamente a los responsables de estos grupos, sobre todo en tiempo de preparación para recibir el sacramento de la Confirmación, que de manera clara y decidida, con toda libertad y osadía, les hagan a los jóvenes la propuesta vocacional. Es uno de los mejores servicios que pueden hacerles. Que los jóvenes tomen conciencia de que el mundo necesita testigos que anuncien la Buena Noticia de Jesús; que los jóvenes se interroguen sobre la llamada que Dios hace a cada uno para realizar la tarea de ser «Apóstoles»; y que los jóvenes se planteen como «posible para cada uno» la vocación al sacerdocio ministerial. Esta responsabilidad se extiende a las instituciones educativas donde los niños y los jóvenes maduran en su personalidad y se preparan para desarrollar su vida en la sociedad con una misión propia. Pido a los educadores cristianos que pongáis el máximo empeño en plantear la cuestión vocacional, también al sacerdocio, sobre todo en algunos momentos privilegiados del proceso educativo. No renunciéis nunca a proponer a los jóvenes esta forma e ideal de vida. Y de manera muy particular, ruego a los Colegios de la Iglesia a que hagáis de este planteamiento vocacional una de las claves y de los centros de interés de toda vuestra misión escolar en nombre de la Iglesia, cuya vocación e identidad es la evangelización; y no hay evangelización que no lleve a plantear la llamada vocacional. El que de nuestros Colegios de la Iglesia surjan vocaciones al sacerdocio será indicio de que estamos llevando una educación integral cristiana como reclama su propia condición. Ya sé que la pastoral vocacional está en el centro de vuestros proyectos y os animo a que prosigáis en ellos con ilusión y esperanza, llenos de confianza en el Señor. Quiero tener una mención expresa llena de agradecimiento conmovido a todos los monasterios de vida contemplativa de la diócesis porque me consta con qué intensidad, insistencia y confianza estáis orando a Dios, dador de todo bien, por nuestro seminario y por las vocaciones sacerdotales en nuestra diócesis. Que Dios os lo pague: Vuestra oración quedará escuchada. El Seminario tiene sus puertas abiertas a todos. Miradlo como algo vuestro, algo de todos los que formamos la comunidad diocesana. El Seminario es para vosotros y está a vuestro servicio pastoral de manera incondicional. Sentios solidarios de su labor y de su tarea. Estoy convencido que si nos empeñamos, con el auxilio de la gracia de Dios, tendremos vocaciones. La gracia de Dios nunca faltará.
VI. MIRADA A LA SANTÍSIMA VIRGEN, ESTRELLA DE LA EVANGELIZACIÓN A todos invito a que a recibamos este Plan con sencillez y apertura de corazón; a que con espíritu humilde y de colaboración eclesial nos aprestemos a llevarlo cabo, porque esto es lo que el «Espíritu dice a nuestra Iglesia». Que Dios nos dé su gracia, su Espíritu de sabiduría y discernimiento, de fortaleza y de ciencia y de temor del Señor para llevarlo a cabo conforme a su voluntad. Que la Santísima Virgen, que nos entregó a Jesucristo, esperanza del mundo, nos ayude a que, como Ella vivimos esta hora de Dios en la Iglesia, que ante Dios se reconoce como la fiel «esclava del Señor» y pide que se haga en ella «según su palabra». Miremos y contemplemos a la Santísima Virgen María, Estrella de la evangelización, y aprendamos de Ella. María, Estrella de la evangelización A partir de aquí podemos profundizar y entender lo que evoca la expresión «María, Estrella de la Evangelización». María, como Estrella de los Mares, es faro, guía y norte, que conduce la obra evangelizadora de la Iglesia -su razón de ser- hacia el ansiado puerto de la salvación de los hombres, de la humanidad nueva santificada; es la luz que la orienta e ilumina en su caminar por los procelosos mares de la historia y del mundo con la red barredera del Reino echada en el nombre de su Señor. «María, Estrella de la Evangelización» nos evoca a la luz de la aurora naciente que brilla con la luz del Sol que nace de lo alto, presagiando y anticipando la luz rutilante del Sol de mediodía que disipa toda oscuridad, ilumina todo y lo cubre todo con el resplandor de su gloria. Nos remite al que es Luz de las naciones y gloria del pueblo de Dios (ver Lc 2,32), Sol que nace de lo alto, enviado a nosotros por entrañable misericordia de nuestro Dios para iluminar a los que vive en tinieblas y en sombras de muerte, y guiar nuestros pasos por los senderos de la paz, donde se concentran, en esa paz, todos los bienes y promesas de Dios (ver Lc 1,78-79). Sin exageración y sin desmedirnos en nuestras palabras bien podemos afirmar que cuando decimos «María, Estrella de la Evangelización» estamos también diciendo, como acabo de señalar, contenido de la evangelización: Cristo, Hijo de Dios, nacido por obra del Espíritu Santo de sus entrañas, Redentor de los hombres, venido en carne para traernos, darnos y participarnos el amor infinito y misericordioso de Dios que alcanza su máxima y plena revelación en la muerte resurrección de Jesucristo y en el envío del Espíritu de la verdad. Estamos diciendo, pues, Evangelio vivo, sustancia viva del Evangelio; estamos mostrando que este Evangelio no es una idea o un valor, sin la persona de Jesucristo, que en el seno de la Madre Virgen, por obra del Espíritu Santo, se hace carne, se hace historia, se hace uno de los nuestros, toma nuestra condición de esclavo, se hace acontecimiento único e irrepetible, singular y concreto, de alcance decisivo y universal para todos los hombres, para todos los tiempos y lugares. Cuando decimos «María, Estrella de la Evangelización» estamos diciendo fin y meta del anuncio, de la presencia y de la fuerza salvado del Evangelio vivo que es Cristo, del designio de Dios que por Él nos alcanza. Así, estamos diciendo toda santa, llena de gracia, limpia de todo pecado, humanidad salvada, nueva Eva, enriquecida con todos los dones y bendiciones en Dios, humanidad nueva y libre, hija de Dios, morada del Altísimo, sagrario del Hijo, templo del Espíritu, Mujer creyente, esclava del Señor, toda de Dios, fiel a su Palabra, obediente en todo, feliz porque el Poderoso ha hecho obras grandes en Ella y por Ella, bendita entre las mujeres, madre solícita junto a la cruz de los hombres, asunta a los cielos en cuerpo y alma, liberada de la muerte, templadora del rostro del Dios. Todo eso es fin del anuncio del Evangelio, meta donde se expresa ese designio de Dios para con todos hombres. Al ver en María la meta de la evangelización estamos viendo la acogida e implantación del Reino de Dios, cumplimiento de su promesa. Estamos también viendo en Ella, que Dios el Poderoso e obras grandes en favor de los hombres. Al ver en María la meta de la evangelización estamos viendo a aquella que vive de Dios y para Dios: «Aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra» 1, 38). Estamos indicando por eso asimismo dejarse dominar por s en todo, dejar que Dios sea todo absolutamente en nosotros. Eso es, sencillamente, la conversión, eso es la criatura nueva. Cuando decimos «María, Estrella de la Evangelización» estamos también diciendo estructura y método, agentes de la evangelización, pues estamos evocando a la Iglesia Madre como sembrado de Dios donde cae la semilla de la Palabra como pequeño grano de mostaza y brota, arraiga y crece hasta anidar en ella el reino y señorío de Dios (cf Mt 13,3ss). Ella es el campo donde se esconde el tesoro que vale todo, y al que nada ni nadie se le puede comparar (cf Mt 13,44). Ella es la que escucha y acoge (cf Lc 11,28), la que guarda en su corazón y medita la Palabra de Dios (cf Lc 2,19.51), la que como fiel esclava está pendiente de su Señor (cf Sal 123,2; Lc 12,36.43), la que se pliega enteramente a su voluntad como el Hijo de sus entrañas, en cuyos labios el autor de la Carta a los Hebreos pone aquellas palabras: «Aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad» (Heb 10,9). Ahí, en ese plegarse a lo que Dios Padre quiere, es donde está la salvación el reino de Dios, Dios mismo, Dios con los hombres, Dios con nosotros y para nosotros. Ahí se expresa lo que es la búsqueda del hombre a la que sale al paso el acontecimiento del Evangelio. Dios buscado y anhelado por el hombre, Dios que sale al encuentro y sacia y colma, Dios buscado y anhelado por encima de todo. Ella es la dichosa, la feliz porque ha creído, porque ha escuchado la Palabra de Dios y la ha acogido; la que ha sido saludada por el mensaje de alegría, por el anuncio de la presencia de Dios entre nosotros; la que lleva la alegría, y la que henchida de gozo y alegría, canta y proclama; la grandeza de Dios. El anuncio se realiza envuelto de alegría, trae alegría, transmite alegría. La persona del evangelizador vive inmersa en la alegría de las maravillas amorosas de Dios, de sus grandes gestas y da testimonio de ellas: Alégrate, María, dichosa tú que has creído dichosos los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen; la criatura, saltó de alegría en su vientre; Isabel llena de alegría; María canta y se alegra en Dios su Salvador; los pastores se llenaron de alegría; también los magos; todo va acompañado y bañado por la alegría en María. María, la pobre de Yahveh, la que no tiene nada, la que se apoya únicamente en Dios, no en los criterios y medidas del mundo y d, los hombres, sólo en Dios, para quien nada hay imposible, de quien reconoce y proclama que mira la humildad de la esclava, que es poderoso y tiene la iniciativa, hace por sí obras grandes, levanta del polvo a los desvalidos, dispersa a los soberbios de corazón, destrona a lo poderosos y enaltece a los humildes (Cf Lc 1,46ss). Así, sin alforja sin dinero, con el bastón solo de la fe, solamente así se evangelio sólo así se trae la alegría para todo el mundo. Despojada de todo, si nada, esclava, pendiente del querer de su Señor, abierta a lo que Él quiere y le pide, a su designio, dejando a Dios ser Dios, así se abre paso el Evangelio, así se engendra al Hijo en su carne, así se instaura el Reino de Dios. María, Estrella de la Evangelización, estructura y método de la misma, deja a Dios ser Dios en la sencillez, en el ocultamiento, siempre en segundo plano, menguando para que el Hijo aparezca y crezca como la levadura, como la sal, como el pequeño grano de mostaza que casi no se percibe. En la mansedumbre y en la misericordia, entre llanto y sufrimiento, junto a la cruz, con la cruz, sabiéndose unida desde el comienzo a la cruz y al sufrimiento -el sufrimiento que padece por José y con José, el que sufre en Belén, el del destierro, el que le anuncia Simeón, el de la pérdida del Niño, el de la cruz-, su vida es un camino de cruz, de negarse a sí misma. Así es el camino de la evangelización. Remitida y remitiéndose siempre a su Hijo -«Haced lo que él os diga» (Jn 2,5)-, meditando y contemplando el rostro de Cristo, de oración y contemplación, así Ella es Estrella de la Evangelización. Y es que sin vida interior no hay evangelización, sin interioridad hombre pone en peligro su integridad. La evangelización presupone comunicarse a solas con Dios en la escuela de María, ser asiduos de la vida de oración y de la contemplación del misterio de Cristo. Qué bellas páginas, qué luminosas enseñanzas a este respecto encontramos en la carta del Papa Juan Pablo II "Rosarium Virginis Mariae". María orante en la Encarnación, ante su prima Isabel y el precursor, en Caná, junto a la Cruz oferente, Pentecostés. Siempre guardaba y meditaba aquellas cosas en su razón (Cf Lc 2,19.51). María, «Estrella de la Evangelización», porque es la primera evangelizada, y por lo mismo la primera evangelizadora, no sólo, en perspectiva cronológica y de precedencia, sino porque es también en quien de manera principal y plena se cumple el Evangelio, los frutos de la presencia del acontecimiento que trae la dicha y la paz. María evangelizada y evangelizadora, ése es el camino. La misión del Hijo fructifica cuando por la maternidad aceptada de su Santísima Madre arraiga en Ella y se deja transformar por el amor de Dios. Por ello toda María es testimonio, no fuerza avasalladora ni imposición, sino testimonio con su vida y su palabra de lo que ha acaecido en favor de los hombres por Ella y en Ella, la humilde esclava. Toda su vida es un testimonio vivo de una vida entera entregada a Jesucristo ya su obra salvadora. No vive para sí, sino entregada por completo a su Hijo, y por eso comunica y entrega al que es el Evangelio Vivo. Ella es modelo de fe, pregonera y heraldo de las maravillas de Dic capaz de entregar a todos sus energías al servicio de los demás, como vemos a título de ejemplo en casa de su prima Isabel, en las bodas de Caná, sobre todo junto a la Cruz, e inseparable también de esa Iglesia naciente en Pentecostés. «María, Estrella de la Evangelización» como Madre que es de la esperanza, de la esperanza del juicio escatológico del Reino de Dio del cumplimiento de las promesas definitivas de Dios, de vida eterna del triunfo sobre la muerte, de la victoria sobre el mal, de la presencia de Dios en todo, que lo penetra todo y llena todo para siempre. Ella como signo y primicia de la Iglesia, nos es mostrada como la gran señal que apareció en el cielo del libro del Apocalipsis, la mujer vestida de sol (Cf Ap 12,1). Como señalaba Juan Pabl II en "Ecclesia in Europa", «la mujer que da a luz al hijo varón nos recuerda también a la Virgen maría sobre todo en el momento en que, traspasada por el dolor a los pies de la Cruz, engendra de nuevo al Hijo como vencedor del príncipe de este mundo. Es confiada a Juan y éste, a su vez, confiado Ella (Cf Jn 19,26-27), convirtiéndose así en Madre de la Iglesia. Merced al vínculo especial que une a María con la Iglesia y a la Iglesia con María, se aclara mejor el misterio de la mujer: «Pues María, presente en la Iglesia como Madre del Redentor -añadía el Papa-, participa maternalmente en aquella ‘dura batalla contra el poder de las tinieblas ‘ que se desarrolla a lo largo de toda la historia humana. Y por esta identificación suya eclesial con la ‘mujer vestida de sol’ (Ap ,1), se puede afirmar que ‘la Iglesia en la beatísima Virgen ya llegó la perfección, por la que se presenta sin mancha ni arruga’»(Juan Pablo II). No hay obra evangelizadora sin que esté presente en ella, como palabra y testimonio, como anuncio y llamada, como presencia y anticipo, vida eterna, las realidades últimas, el triunfo del Cordero sin mancha le es definitivo y para siempre como plenitud y obra de Dios con su Madre. María, toda santa, inmaculada desde su concepción, Virgen y Madre, asunta a los cielos en cuerpo y alma, muestra no sólo el contenido escatológico del anuncio sino la realización de ese contenido y el signo de esperanza y de camino a la esperanza que ese contenido entraña. María se nos presenta como figura de la Iglesia que, «alentada por la esperanza, reconoce la acción salvadora y misericordiosa de Dios, a cuya luz comprende el propio camino y toda la historia. Ella nos ayuda a interpretar también hoy nuestras vicisitudes bajo la guía su Hijo Jesús. Criatura nueva plasmada por el Espíritu Santo, María hace crecer en nosotros la virtud de la esperanza», que es inseparable de la obra de la evangelización. Camino de esperanza, anuncio y presencia, testimonio de la esperanza ya cumplida y espera de lo que ha de venir, abierta para la esperanza y reclamo y exigencia de la misma, María es Aurora de un mundo nuevo, «Madre de la esperanza», como la llama el Papa, y es así Estrella de la Evangelización. Éste es el horizonte que María nos abre para la Nueva Evangelización. Que Ella nos ayude a llevar a cabo esta gran obra que nos supera, y que interceda por nosotros para que Dios nos fortalezca en la fe y entendamos que para Él no hay nada imposible y aceptemos con docilidad la «maternidad» que se pide a la Iglesia, a nuestra diócesis, mediante la obra evangelizadora. Con mi bendición para todos X Antonio Cañizares LloveraArzobispo de Toledo Primado de España En Guadalupe, a 8 de septiembre de 2005 Fiesta de Nuestra Señora de Guadalupe ANEXO I LA NUEVA EVANGELIZACIÓN Conferencia en el Jubileo de catequistas del 2000 Cardenal Joseph Ratzinger Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe
La vida humana no se realiza por sí misma. Nuestra vida es una cuestión abierta, un proyecto incompleto todavía por completar y realizar. La pregunta fundamental de todos los hombres es: ¿Cómo se realiza este llegar a ser hombre? ¿Cómo se aprende el arte de vivir? ¿Cuál es el camino de la felicidad? Evangelizar quiere decir: mostrar este camino -enseñar el arte de vivir. Jesús dice al comenzar su vida pública: «Él me ha ungido para llevar la buena nueva a los pobres» (Lc 4,18); y esto quiere decir: Yo tengo la respuesta a vuestra pregunta fundamental: os enseño el camino de la vida, el camino de la felicidad, mejor dicho: «Yo soy ese camino». La pobreza más profunda es la incapacidad de alegrarse, el hastío de la vida considerada absurda y contradictoria. Esta pobreza está muy diseminada y se presenta en diferentes formas tanto en las sociedades materialmente ricas como en las sociedades de los países pobres. La incapacidad de alegrarse supone y produce la incapacidad de amar, provoca la envidia, la avaricia -todos los vicios que devastan la vida de cada uno y del mundo. Por este motivo tenemos necesidad de una nueva evangelización, si el arte de vivir permanece desconocido, todo el resto no puede funcionar. Sin embargo, este arte no es objeto de la ciencia, este arte puede ser comunicado sólo por quien tiene la vida, Aquél que es el Evangelio en persona. I. ESTRUCTURA Y MÉTODO EN LA NUEVA EVANGELIZACIÓN 1. La estructura Antes de hablar de los contenidos fundamentales de la nueva evangelización quisiera decir algunas palabras sobre su estructura y su método adecuado. La Iglesia evangeliza siempre y no ha interrumpido jamás el camino de la evangelización. Celebra cada día el misterio eucarístico, administra los sacramentos, anuncia la palabra de la vida, la palabra de Dios, se empeña en la justicia y la caridad. Y esta evangelización conlleva sus frutos: da luz y alegría, da el camino de la vida a muchas personas; muchos viven, frecuentemente sin saberlo, de la luz y el calor resplandeciente de esta evangelización permanente. No obstante, observamos un proceso progresivo de descristianización y de pérdida de los valores humanos esenciales que es preocupante. Gran parte de la humanidad de hoy en día, no encuentra en la evangelización permanente de la Iglesia el Evangelio, es decir, una respuesta que convenza ante la pregunta: ¿Cómo vivir? Por esto buscamos, más allá de la evangelización permanente, que nunca ha sido interrumpida y que jamás debe interrumpirse, una nueva evangelización, capaz de hacerse escuchar por aquel mundo que no encuentra acceso a la evangelización «clásica». Todos tienen necesidad del Evangelio; el Evangelio está hecho para todos y no sólo para un sector determinado de personas, por esto estamos obligados a buscar nuevas vías para llevar el Evangelio a todos. Sin embargo, aquí se esconde una tentación, la tentación de la impaciencia, la tentación de buscar inmediatamente el gran éxito, de buscar los grandes números. Y éste no es el método de Dios. Para el Reino de Dios, y de esta manera, para la evangelización, instrumento y vehículo del Reino de Dios, siempre es válida la parábola del grano de mostaza (Cf Mc 4,31-32). El Reino de Dios siempre vuelve a comenzar bajo este signo. Nueva evangelización no podría significar: atraer inmediatamente con nuevos y más refinados métodos a las grandes masas alejadas de la Iglesia. No, no es esta la promesa de la nueva evangelización. Nueva evangelización quiere decir: no contentarse con el hecho de que del grano de mostaza ha crecido el gran árbol de la Iglesia universal, no pensar que basta el hecho de que en sus ramas puedan encontrar un lugar muy diferentes especies de pájaros, sino atreverse de nuevo con la humildad del pequeño grano dejando a Dios el cuándo y el cómo crecerá (cf Mc 4,26-29). Las grandes cosas empiezan siempre del pequeño grano y los movimientos de masas siempre son efímeros. En su propia visión del proceso de evolución Teilhard de Chardin habla de lo «blanco de los orígenes»: el comienzo de las nuevas especies es invisible e imposible de encontrar a través de la investigación científica. Las fuentes están escondidas, son demasiado pequeñas. En otras palabras: las realidades grandes comienzan con humildad. Dejemos de lado, si y hasta qué punto Teilhard tiene razón en sus tesis evolucionistas; la ley sobre los orígenes invisibles nos dice una verdad, una verdad presente justamente en el actuar de Dios en la historia: «No te elegí porque eres grande; por el contrario, eres el más pequeño de los pueblos; te he elegido porque te amo», dice Dios al pueblo de Israel en el Antiguo Testamento y expresa, de esta manera, la paradoja fundamental de la historia de la salvación. Ciertamente, Dios no cuenta con los grandes números; el poder exterior no es el signo de su presencia. Gran parte de las parábolas de Jesús indican una estructura del actuar divino y responden así a las preocupaciones de los discípulos, los cuales se esperaban más bien otros éxitos y signos del Mesías, éxitos similares a los ofrecidos por Satanás al Señor: «Todo esto, todos los reinos del mundo, te lo doy» (Mt 4,9). En efecto, Pablo, al final de su vida tuvo la impresión de haber llevado el Evangelio a los confines de la tierra, pero los cristianos eran pequeñas comunidades dispersas en el mundo, insignificantes según los criterios seculares. En realidad fueron la semilla que penetra desde el interior de la masa, llevando en sí el futuro del mundo (Mt 13,33). Un viejo proverbio dice: «El éxito no es un nombre de Dios». La nueva evangelización debe someterse al misterio del grano de mostaza y no pretender producir rápidamente el gran árbol. Nosotros, o vivimos demasiado con la seguridad del gran árbol ya existente o con la impaciencia de tener un árbol más grande, más vital; más bien debemos aceptar el misterio que la Iglesia es, al mismo tiempo, un gran árbol y un grano muy pequeño. En la historia de la salvación siempre es contemporáneamente Viernes Santo y Domingo de Pascua. 2. El método De esta estructura de la nueva evangelización también deriva el método justo. Es cierto que debemos utilizar razonablemente los métodos modernos para hacernos escuchar, o mejor dicho: hacer accesible y comprensible la voz del Señor. No es que busquemos ser escuchados nosotros, no queremos aumentar el poder y la extensión de nuestras instituciones, sino queremos servir al bien de las personas y de la humanidad dando espacio a Aquél que es la Vida. Esta expropiación del propio yo que se ofrece a Cristo para la salvación de los hombres, es la condición fundamental para un verdadero empeño por el Evangelio. «Porque he venido en nombre de mi Padre, y vosotros no me recibís. Si algún otro viniera en su propio nombre, a éste sí lo acogeríais», dice el Señor (Jn 5,43). El distintivo del anticristo es su hablar en nombre propio. El signo del Hijo es su comunión con el Padre. El Hijo nos introduce en la comunión trinitaria, en el círculo del eterno amor, cuyas personas son «relaciones puras», el acto puro del donarse y del acogerse. El diseño trinitario, visible en el Hijo que no habla en nombre suyo, muestra la forma de vida del verdadero evangelizador, aún más, evangelización no es simplemente una forma de hablar sino una forma de vivir: vivir en la escucha y hacerse voz del Padre. «Él no viene con un mensaje propio, sino que les dirá lo que escuchó», dice el Señor (Jn 16, 13). Esta forma cristológica y pneumatológica de la evangelización, al mismo tiempo es una forma eclesiológica: El Señor y el Espíritu Santo construyen la Iglesia, se comunican en la Iglesia. El anuncio de Cristo, el anuncio del Reino de Dios, supone escuchar su voz en la voz de la Iglesia. «No hablar en el propio nombre» quiere decir, hablar en la misión de la Iglesia. A esta ley de la expropiación le siguen consecuencias muy prácticas. Todos los métodos razonables y moralmente aceptables deben ser estudiados, es un deber utilizar estas posibilidades de la comunicación. Pero las palabras y todo el arte de la comunicación no pueden ganar a la persona humana en esa profundidad a la que debe llegar el Evangelio. Hace algunos años leí la biografía de un óptimo sacerdote de nuestro siglo, Padre Dídimo, párroco de Basano del Grappo (Véneto). En sus palabras se encuentran palabras de oro, fruto de una vida de oración y meditación. Sobre nuestro tema, Don Dídimo dice, por ejemplo: «Jesús predicaba durante el día y de noche rezaba». Con esta breve reflexión quería decir: Jesús debía adquirir de Dios a los discípulos. Esto mismo es siempre válido. No podemos ganar nosotros los hombres. Debemos obtenerlos de Dios para Dios. Todos los métodos están vacíos si no tienen en su base la oración. La palabra del anuncio siempre debe recubrir una vida de oración. Debemos agregar todavía otro paso. Jesús predicaba durante el día y de noche rezaba, pero esto no es todo. Su vida entera fue, como lo muestra con gran belleza el evangelio de San Lucas, un camino hacia la Cruz, una ascensión hacia Jerusalén. Jesús no ha redimido el mundo con bellas palabras, sino con su sufrimiento y con su muerte. Es ésta, su pasión, la fuente inagotable de vida por el mundo; la pasión da fuerza a su palabra. El Señor mismo, extendiendo y ampliando la parábola del grano de mostaza, ha formulado esta ley de la fecundidad en el pasaje de la semilla que muere, caída en la tierra (Jn 12, 24). También esta ley es válida hasta el fin del mundo y es, junto con el misterio del grano de mostaza, fundamental para la nueva evangelización. Toda la historia lo demuestra. Sería fácil demostrarlo en la historia del cristianismo. Quisiera ahora recordar solamente el comienzo de la evangelización en la vida de San Pablo. El éxito de su misión no fue el fruto de una gran arte retórica o de prudencia pastoral; la fecundidad fué vinculada al sufrimiento, a la comunión en la pasión con Cristo (cf 1 Cor 2,1-5; 2 Cor 5,7; 11, 10s;; 11, 30; Gal 4,12-14). «Ninguna señal será dada sino aquella de Jonás el profeta», ha dicho el Señor. La señal de Jonás es Cristo crucificado, son los testimonios que completan «lo que falta a los sufrimientos de Cristo» (Col 1,24). En todos los periodos de la historia siempre se ha verificado la palabra de Tertuliano: Es una semilla la sangre de los mártires. San Agustín dice lo mismo con palabras muy bellas, interpretando Juan 21, donde la profecía del martirio de Pedro y el mandato de apacentar, lo que sería la institución de su primado, están íntimamente vinculados. San Agustín comenta el texto (Jn 21, 6) en el siguiente modo: «Apacienta mis corderos, es decir, sufre por mis corderos». Una madre no puede dar vida a un niño sin sufrimiento. Todo parto exige sufrimiento, es sufrimiento, y el llegar a ser cristiano es un parto. Digámoslo todavía una vez más con las palabras del Señor. El reino de Dios exige violencia (Mt 11,12; Lc 16,16), pero la violencia de Dios es el sufrimiento, es la cruz. No podemos dar vida a otros, sin dar nuestra vida. El proceso de expropiación, antes mencionado, es la forma concreta (expresada de diferente manera) de dar la propia vida. Y pasamos en las palabras del Salvador: «el que sacrifique su propia vida por mí y por el Evangelio, la salvará» (Mc 8, 35). II. LOS CONTENIDOS ESENCIALES DE LA NUEVA EVANGELIZACIÓN 1. Conversión En relación a los contenidos de la nueva evangelización antes que nada se debe tener presente que no se puede separar el Antiguo del Nuevo Testamento. El contenido fundamental del Antiguo Testamento está resumido en el mensaje de Juan Bautista: ¡Convertíos! No hay acceso a Jesús sin el Bautista; no hay posibilidad de alcanzar a Jesús sin dar respuesta a la llamada del Precursor, más aún: Jesús ha asumido el mensaje de Juan el Bautista en la síntesis de su propio predicar: «Convertíos y creed en el Evangelio» (Mc 1,15). La palabra griega usada para «convertirse» significa: volver a pensar, poner en discusión el propio y el común modo de vivir, dejar entrar a Dios en los criterios de la propia vida; no juzgar más según las opiniones corrientes. Convertirse significa, por lo tanto, no vivir como viven todos, no hacer como hacen todos, no sentirse justificados en acciones dudosas, ambiguas, malvadas por el hecho que otros hacen lo mismo; comenzar a ver la propia vida con los ojos de Dios; buscar, por lo tanto, el bien, aún cuando es incómodo; no hacerlo pensando en el juicio de la mayoría de los hombres, sino en el juicio de Dios, con otras palabras: buscar un nuevo estilo de vida, una vida nueva. Todo esto no implica un moralismo, la reducción del cristianismo a la moralidad pierde de vista la esencia del mensaje de Cristo: el don de una nueva amistad, el don de la comunión con Jesús y, por lo tanto, con Dios. Quien se convierte a Cristo no entiende crearse una autarquía moral suya, no pretende reconstruir con sus propias fuerzas su propia bondad. «Conversión» (Metanoia) significa justamente lo contrario: salir de la propia suficiencia, descubrir y aceptar la propia indigencia, indigencia de los otros y del Otro, de su perdón, de su amistad. La vida no convertida es autojustificación (yo no soy peor que los demás); la conversión es la humildad de confiarse al amor del Otro, amor que se vuelve medida y criterio de mi propia vida. Aquí debemos tener presente el aspecto social de la conversión. En efecto, la conversión es, ante todo, un acto muy personal y es persona-lización. Yo me separo de la fórmula «vivir como todos» (no me siento más justificado por el hecho de que todos hacen cuanto hago yo) y encuentro delante de Dios mi propio yo, mi responsabilidad personal. Pero la verdadera personalización es siempre también una nueva y más profunda socialización. El yo se abre de nuevo al tú, en toda su profundidad, de esta manera nace un nuevo Nosotros. Si el estilo de vida extendido en el mundo implica el peligro de la des-personalización, del vivir no mi propia vida, sino la vida de todos los demás, en la conversión debe realizarse un nuevo Nosotros del camino común con Dios. Anunciando la conversión también debemos ofrecer una comunidad de vida, un espacio común del nuevo estilo de vida. No se puede evangelizar sólo con las palabras; el Evangelio crea vida, crea comunidad de camino; una conversión puramente individual no tiene consistencia. 2. El Reino de Dios En la llamada a la conversión está implícito, como una condición fundamentalmente propia, el anuncio del Dios viviente. El teocentrismo es fundamental en el mensaje de Jesús y también debe ser el corazón de la nueva evangelización. La palabra clave del anuncio de Jesús es: Reino de Dios. Sin embargo, Reino de Dios no es una cosa, una estructura social o política, una utopía. El Reino de Dios es Dios. Reino de Dios quiere decir: Dios existe. Dios vive. Dios está presente y actúa en el mundo, en nuestra vida, en mi vida. Dios no es una lejana «causa última», Dios no es el «gran arquitecto» del deísmo que ha construido la máquina del mundo y ahora estaría fuera, por el contrario Dios es la realidad más presente y decisiva en cada acto de mi vida, en cada momento de la historia. En la conferencia de despedida de su cátedra de la Universidad de Münster, el teólogo J.B. Metz ha dicho cosas que no se esperaban. Metz en el pasado nos había enseñado el antropocentrismo, el verdadero acontecimiento del cristianismo habría sido el giro antropológico, la secularización, el descubrimiento del estado secular del mundo. Después nos ha enseñado la teología política, el carácter político de la fe; más tarde la «memoria subversiva»; finalmente la teología narrativa. Después de haber recorrido este camino largo y difícil, nos dice hoy: «El verdadero problema de nuestro tiempo es la ‘crisis de Dios, la ausencia de Dios, camuflada por una religiosidad vacía. La teología debe volver a ser realmente teología, un hablar de Dios y con Dios». Metz tiene razón: el «unum necessarium» para el hombre es Dios. Todo cambia si hay Dios o no hay Dios. Desgraciadamente también nosotros los cristianos vivimos a veces como si Dios no existiese («si Deus non daretur»). Vivimos según el cliché: No hay Dios y si lo hay, no interesa. Por este motivo, la evangelización, antes que nada, tiene que hablar de Dios, anunciar el único Dios verdadero: el Creador, el Santificador, el Juez (Cf. Catecismo de la Iglesia Católica). También aquí debe tenerse presente el aspecto práctico. Dios no puede hacerse conocido sólo con las palabras. No se conoce a una persona si se sabe de esta persona sólo a través de otra. Anunciar a Dios es introducir en la relación con Dios: enseñar a rezar. La oración es fe en acto. Y sólo en la experiencia de la vida con Dios aparece también la evidencia de su existencia. Por esto son importantes las escuelas de oración, de comunidad de oración. Hay complementariedad entre la oración personal («en el propio aposento», sólo delante de los ojos de Dios), oración común «paralitúrgica» («religiosidad popular») y oración litúrgica. Sí, la liturgia es, antes que nada, oración; su especificidad consiste en el hecho de que su sujeto primario no somos nosotros (como en la oración privada y en la religiosidad popular), sino Dios mismo, la liturgia es actio divina, Dios actúa y nosotros respondemos a la acción divina. Hablar de Dios y hablar con Dios siempre deben marchar conjuntamente. El anuncio de Dios es guía para la comunión con Dios en la comunión fraterna, fundada y vivificada por Cristo. En este contexto quisiera hacer una observación general sobre la cuestión litúrgica. Muchas veces nuestro modo de celebrar la liturgia es demasiado racionalista. La liturgia se vuelve enseñanza, cuyo criterio es: hacerse entender, la consecuencia es con frecuencia hacer banal el misterio, la preponderancia de nuestras palabras, la repetición de la fraseología que parece más accesible y más agradable a la gente. Pero esto es un error no solamente teológico, sino también psicológico y pastoral. La moda del esoterismo, la difusión de las técnicas asiáticas de distensión y de auto-vaciamiento demuestran que en nuestras liturgias falta algo. Justamente en nuestro mundo actual tenemos necesidad del silencio, del misterio por encima del individuo, de la belleza. La liturgia no es la invención del sacerdote que celebra o de su grupo de especialistas; la liturgia («el rito») ha crecido en un proceso orgánico durante los siglos, lleva consigo el fruto de la experiencia de la fe de todas las generaciones. Aunque si los participantes no entienden quizá cada una de las palabras, perciben sin embargo el significado profundo, la presencia del misterio, que trasciende todas las palabras. No es el celebrante el centro de la acción litúrgica; el celebrante no está delante del pueblo en su nombre, no habla de sí para sí, sino «in persona Christi». No cuenta la capacidad personal del celebrante, sino sólo su fe, en la que se hace transparente Cristo. «Es necesario que Él crezca y que yo disminuya» (Jn 3,30). 3. Jesucristo Con esta reflexión el tema de Dios se ha extendido ya y concretizado en el tema de Jesucristo: Sólo en Cristo y a través de Cristo el tema de Dios se vuelve realmente concreto: Cristo es el Enmanuel, el Dios-con-nosotros la concretización del «Yo soy», la respuesta al Deísmo-. Actualmente es grande la tentación de reducir Jesucristo, el Hijo de Dios, sólo a un Jesús histórico, a un puro hombre. No se niega necesariamente la divinidad de Jesús, sino que con ciertos métodos se destila de la Biblia un Jesús a nuestra medida, un Jesús posible y comprensible en el marco de nuestra historiografía. Pero este «Jesús histórico» no es sino un artefacto, la imagen de sus autores y no la imagen del Dios viviente (Cf 2 Cor 4,4s; Col 1,15). El Cristo de la fe no es sino un mito: el así llamado «Jesús histórico» es una figura mitológica, aunque inventada por los diferentes intérpretes. Los doscientos años del «Jesús histórico» reflejan fielmente la historia de las filosofías y de las ideologías de este período. No puedo, en el marco de esta conferencia, entrar en los contenidos del anuncio del Salvador. Quisiera brevemente aludir a dos aspectos importantes. El primero es el seguimiento de Cristo, Cristo se ofrece como camino de mi vida. «Secuela» de Cristo no significa imitar al hombre Jesús. Una tentativa similar necesariamente fracasa, sería un anacronismo. La secuela de Cristo tiene una meta mucho más alta: asimilarse a Cristo, y, en este modo, llegar a la unión con Dios. Una palabra como ésta quizás suena extraña a los oídos del hombre moderno. Pero, en realidad, todos tenemos sed del infinito: de una libertad infinita, de una felicidad sin límites. Toda la historia de las revoluciones de los últimos doscientos años se explica sólo así. La droga se explica así. El hombre no se contenta con soluciones bajo el nivel de la divinización. Pero todos los caminos ofrecidos por la «serpiente» (Gen 3,5), es decir, por la sabiduría mundana, fracasan. El único camino es la comunión con Cristo, realizable en la vida sacramental. Secuela de Cristo no es un argumento moral, sino un tema «mistérico», un conjunto de acción divina y de respuesta nuestra. De esta manera, encontramos presente en el tema de la secuela el otro centro de la cristología, del cual quisiera decir algo: el misterio pascual, la cruz y la resurrección. En las reconstrucciones del «Jesús histórico» normalmente el tema de la Cruz no tiene significado. En una interpretación «burguesa» se vuelve un incidente, por sí mismo evitable, sin valor teológico; en una interpretación revolucionaria se vuelve en la muerte heroica de un rebelde. La verdad es otra. La cruz pertenece al misterio divino, es expresión de su amor hasta el fin (Jn 13,1). La secuela de Cristo es participación en su cruz, unirse a su amor, a la transformación de nuestra vida, que se convierte en el nacimiento del hombre nuevo, creado según Dios (Cf Ef 4,24). Quien omite la cruz, omite la esencia del cristianismo (Cf 1 Cor 2,2). 4. La vida eterna Un último elemento central de toda evangelización verdadera es la vida eterna. Actualmente debemos con nueva fuerza anunciar en la vida diaria nuestra fe. Quisiera mencionar aquí solamente un aspecto muchas veces descuidado de la predicación de Jesús: el anuncio del Reino de Dios es anuncio del Dios presente, del Dios que nos conoce y nos escucha; del Dios que entra en la historia para hacer justicia. Esta predicación es, por lo tanto, anuncio del juicio, anuncio de nuestra responsabilidad. El hombre no puede hacer o no hacer lo que quiere. Él será juzgado. Él debe dar cuenta de sus actos. Esta certeza tiene valor para los poderosos así como para los simples. Donde ésta sea respetada, están trazados los límites de todo poder de este mundo. Dios hace justicia y sólo Él puede hacerlo al final de cuentas. Esto podremos lograrlo mejor, cuanto más estemos en capacidad de vivir bajo los ojos de Dios y de comunicar al mundo la verdad del juicio. De esta manera, el artículo de fe del juicio, su fuerza de formación de las conciencias, es un contenido central del Evangelio y es verdaderamente una buena nueva. Lo es para todos aquellos que sufren por la injusticia y buscan la justicia. De este modo se comprende también la conexión entre el «Reino de Dios» y los «pobres», los que sufren y todos aquellos de los cuales hablan las bienaventuranzas del discurso de la montaña. Estos están protegidos por la certeza del juicio, por la certeza de que hay justicia. Este es el verdadero contenido del artículo sobre el juicio, sobre Dios Juez: hay justicia. Las injusticias del mundo no son la última palabra de la historia. Hay justicia. Sólo quien no quiere que haya justicia puede oponerse a esta verdad. Si tomamos en serio el juicio y la seriedad de la responsabilidad que nos implica, comprendemos bien el otro aspecto de este anuncio, es decir, la redención, el hecho de que Jesús en la cruz asuma nuestros pecados; que el mismo Dios en la pasión de su Hijo se haga abogado de nosotros pecadores, y haga así posible la penitencia, la esperanza del pecador arrepentido, esperanza expresada de modo maravilloso en las palabras de san Juan: «Tranquilizaremos nuestra conciencia delante de Dios, en caso de que nos condene nuestra conciencia. Dios es más grande que nuestra conciencia y lo conoce todo» (1 Jn 3,19). La bondad de Dios es infinita, pero no debemos reducir esta bondad a una melindrosa zalamería sin verdad. Sólo creyendo en el justo juicio de Dios; sólo teniendo hambre de esta justicia (Cf Mt 5,6) abriremos nuestro corazón y nuestra vida a la misericordia divina. Está claro que la fe en la vida eterna no hace insignificante la vida terrenal; antes al contrario, la medida de nuestra vida es solamente la eternidad, aunque la vida sobre nuestra tierra sea grande y de inmenso valor. Dios no es un competidor de nuestra vida, sino la garantía de nuestra grandeza. Así volvemos al punto de partida: Dios. Si consideramos debidamente el mensaje cristiano, no hablaremos de informe montón de cosas. El mensaje cristiano es en realidad mucho más sencillo: hablamos de Dios y del hombre, y así lo decimos todo.
ANEXO II JESUCRISTO, EL MISMO, AYER, HOY Y SIEMPRE Instrucción Pastoral
Antonio Cañizares Llovera Arzobispo de Toledo Primado de España 1. Introducción. Razón de ser de este escrito. La confesión de fe en Jesucristo Queridos diocesanos, queridos hermanos obispos, sacerdotes y diáconos, personas consagradas, fieles cristianos laicos: este curso, nuestra diócesis, secundando la llamada del Señor, nos sentimos especialmente urgidos a la misión para llevar a cabo la urgente y nueva evangelización en nuestra sociedad. Esto conlleva, por encima de otras cosas, el anuncio explicito de Jesucristo, la confesión pública de fe en Él y el testimonio de Él. Pertenece, por lo demás, a la entraña más viva y sustancial del ministerio episcopal el confesar, conservar y entregar (confessio, custodia et traditio) la misma y única fe que la Iglesia profesa y, a su vez, ha recibido de los Apóstoles, así como dar razón de ella a quien en todo tiempo y lugar pidiere alguna explicación. El Obispo ha de preceder al pueblo a él encomendado en esta confesión de fe, en la proclamación pública de la fe, en el anuncio explícito de Jesucristo, en el dar razón de la esperanza que nos anima. Por eso con esta Instrucción, en orden a confirmaros en esa fe que hemos de anunciar y testificar, lo que he recibido eso entrego (Cf 1 Cor 11,23), y así recuerdo entre vosotros el Evangelio que se nos ha transmitido y en el que queremos permanecer firmes y ser salvados ( Cf 1 Cor 15, 1-2). Por ello, ante la pregunta siempre actual y siempre inquietante proveniente del mismo Señor y repetida sin cesar a lo largo del tiempo también por «las gentes»: «¿Quién decís vosotros que es Jesucristo?» (Cfr Mt 16,15), ante vosotros, guiado por Pedro y unido a Pedro, confieso la única fe de la Iglesia: «Jesús es el Cristo, el Mesías, el Hijo del Viviente, el Hijo de Dios, venido en carne como el Salvador de los hombres» (Cf Mt 16,18). Es la respuesta de Pedro, la respuesta de todos: la única que como Iglesia damos y podemos dar; no hay otra. Esta es la fe de la Iglesia, la Iglesia apostólica, cuya fe es normativa para la Iglesia de hoy y de siempre; la fe de la Iglesia que cada uno de nosotros por el Bautismo posee indeleblemente inscrita en su corazón. No cabe pluralismo de opiniones o de respuestas a propósito de Jesucristo en la Iglesia. Este es el conocimiento eclesial que tenemos de Jesús, sabiendo muy bien y siendo muy conscientes además de que solamente permaneciendo dentro de la Iglesia -más aún, permaneciendo Iglesia- estamos en condiciones de alcanzar el misterio de Cristo, esto es su realidad auténtica y verdadera; aquella realidad que no puede ser comprendida por «la carne» y «la sangre» (esto es, por el conocimiento mundano), sino sólo revelada por el Padre, o lo que es lo mismo, percibida con los ojos de la fe. Mientras las «opiniones» mundanas acerca de Jesús de Nazaret, múltiples y variadas según los hombres y sus situaciones, tienden a hacerlo clasificable y a ser muy plurales conforme a las aproximaciones desde «la carne y la sangre» -desde los criterios o parámetros humanos del mundo-, la fe eclesial, que se expresa por boca de Pedro, subraya su absoluta unicidad: Jesús de Nazaret es «el Cristo, el Hijo del Dios vivo». Jesús de Nazaret es «el»: Un caso único y sin parangón alguno, en modo alguno clasificable, irrepetible, realidad singular, y acontecimiento irrevocable, acaecido una vez para siempre. Como dice el Catecismo de la Iglesia Católica, también aquí con Pedro: «Nosotros creemos y confesamos que Jesús de Nazaret, nacido judío de una hija de Israel, en Belén en tiempo del rey Herodes y del Emperador César Augusto; de oficio carpintero, muerto, crucificado en Jerusalén, bajo el procurador Poncio Pilatos, durante el reinado del emperador Tiberio, es el Hijo eterno de Dios hecho hombre, que ‘ha salido de Dios’ ( Jn 13,3), ‘bajó del cielo’ (Jn 3,13; 6, 33), ‘ha venido en carne’ (1 Jn 4,2), porque ‘la Palabra se hizo carne, y puso su morada entre nosotros, y hemos visto su gloria, gloria que recibe del Padre, como Hijo único, lleno de gracia y de verdad...Pues de su plenitud hemos recibido todos, y gracia por gracia’ (Jn 1,14.16)» (CEC 423). Jesús, el Hijo de Dios, «nacido de una mujer, nacido bajo la Ley» (Gal 4,4), es uno de los nuestros, hombre de dolores y esperanza, en todo semejante a nosotros excepto en el pecado (Cf Heb 4,15): «Trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, obró con voluntad de hombre, amó con corazón de hombre» (GS 22). Pasó haciendo el bien, predicando la llegada del Reino y realizando signos y prodigios (Cf Hch 10, 38; 2,22). Su absoluta y soberana libertad frente a todo poder de este mundo para acercarse al hombre caído y curarlo y para ofrecer la salvación a los pecadores y repudiados; su amor incondicionado y su servicio y entrega hasta el fin en favor de todos, especialmente de los enfermos, de los marginados, de los pobres y de los que no cuentan; o su relación singular y su intimidad filial con Dios, su Padre, particularmente manifestada en su oración confiada; la vinculación del reino de Dios a su persona, vinculación que El mismo establece con autoridad y libertad incomparables; su asumir como cumplimiento en su persona y en sus obras de las profecías mesiánicas, como respuesta divina a todas las fundamentales esperanzas de los hombres y de las eternas aspiraciones que hierven en los corazones humanos (Cf Mt 11,2-6); su ponerse sobre o por encima del mismo plano del Legislador del Sinaí ( Cf Mt 5-7), o su arrogarse el derecho divino de perdonar los pecados ( Cf Mt 9,2; Lc 7,36-50), o su proclamarse a sí mismo como «Señor del sábado» y más grande que el templo (Mt 12,6.8), su decir de sí mismo que es el único Maestro, más aún que «es la Verdad»; sus palabras y su comportamiento todo, en suma, le llevan a la muerte «por nosotros», aplastado bajo los poderes injustos de este mundo y nos dan la prueba elocuente del amor de Dios a los hombres que no tiene límite y lo llena todo hasta el abismo de la nada -la muerte-, al tiempo que dejan traslucir y revelar el misterio de su persona: Hijo del Dios viviente hecho hombre, Dios y hombre verdadero, por nosotros los hombres y por nuestra salvación, Mesías y Redentor, Salvador único de los hombres ayer, hoy y siempre. Así, «a través de sus gestos, sus milagros y sus palabras, se ha revelado que ‘en él reside toda la plenitud de la divinidad corporalmente’ (Col 2,9). Su humanidad aparece así como ‘el sacramento’, es decir, el signo y el instrumento de su divinidad y de la salivación que trae consigo : lo que había de visible en su vida terrena conduce al misterio invisible de su filiación divina y de su misión redentora» (CEC 515). El Hijo del Dios viviente, por otra parte, no podía permanecer prisionero de la muerte y de la corrupción: mataron al Autor de la vida, pero Dios lo ha resucitado de entre los muertos, y de esto somos testigos (Cf Hch 3,14-15): al que los hombres habían matado colgándolo de la cruz, Dios lo ha exaltado con su diestra haciéndolo Señor (Cabeza) y Salvador para conceder a Israel la gracia de la conversión y el perdón de los pecados (Cf Hch 5,31); fué entregado a la muerte por nuestros pecados y resucitado para nuestra justificación (Rm 4,25); y así, «no hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el que nosotros debamos salvarnos» (Hch 4,12). Todo en Jesucristo es salvífico, desde la encarnación: la redención de la humanidad, en efecto, está ya en acto con la sola venida al mundo de la Palabra eterna, que se hace carne y habita entre nosotros (Cf Jn 1,14), y se continúa en esa presencia suya que cobra especial intensidad en los numerosos milagros, signos y primeros beneficios de una presencia salvadora, y en sus mismas palabras que son escuchadas y acogidas como «palabras de vida eterna» (Cf Jn 6,68), como la luz que disipa la oscuridad o como manifestación de la verdad que nos hace libres. Cristo Jesús nos ha salvado, pues, por lo que ha hecho y dicho, por lo que es. Todo El es nuestra salvación, todo en El es salvífico: Cristo Jesús, hombre también, que se entregó a sí mismo en rescate por todos, es el único mediador entre Dios y los hombres, el único Mediador de la salvación universal y del conocimiento de la verdad que Dios quiere alcance a todos los hombres (1 Tm 2,4-5). El misterio del hombre y el logro del hombre sólo se esclarecen y alcanzan, por tanto, en el misterio del Verbo encarnado, nuestro Señor y Redentor (Cf GS 22). El, cumpliendo en obediencia la voluntad de Dios, ha entrado una vez para siempre en el santuario ofreciendo el sacrificio de su vida por nosotros, «consiguiéndonos así una redención eterna» (Heb 9, 12) y está sentado a la derecha del Padre eternamente, con las llagas y el costado abierto, intercediendo por los hombres, a los que no desdeña llamar hermanos. Jesús de Nazaret, un hombre muerto hace casi dos mil años sobre la cruz, hoy está verdadera, real y corporalmente vivo: no en su mensaje, ni en su ejemplo, ni en su influjo ideal sobre la historia humana; no en la mera continuación de su «causa»; no en los pobres, en los hermanos o en la comunidad; todas estas presencias son inmanencias de Cristo verdaderas, admirables y decisivas para la vida eclesial, pero posteriores a la verdad primordial y fontal del Cristo corporalmente vivo en su personal identidad. Aquí está el núcleo de nuestra fe: Jesús no es «uno de los profetas, o de los maestros, o de los hijos de Dios, o de los ‘salvadores’; no es uno más, que podamos clasificar con nuestras medidas y criterios humanos, o situarle como un caso más de nuestra historia: por el contrario es el Mesías, el Maestro, el Salvador, el Viviente, el Hijo único de Dios vivo que se ha hecho hombre, por nosotros los hombres y por nuestra salvación. Ser cristiano, por ello, significa haber acogido y aceptado, haber comprendido, que Jesús es «el», que no tenemos calificaciones adecuadas para El, que tiene una singularidad absoluta. Al afirmar que «Jesús es el Hijo de Dios hecho hombre» estamos reconociendo el acontecimiento de la encarnación del Hijo de Dios (se ha hecho carne), y afirmando que Jesucristo es un hecho en la historia de los hombres: «es un acontecimiento y no un pretexto», es un acontecimiento singular, un hecho que sucede en la historia de manera irrepetible e irrevocable, que sucede en un tiempo preciso y, sin embargo, continúa en el tiempo y llega hasta nosotros y vuelve a acontecer aquí y ahora: Jesucristo es contemporáneo, en efecto, del hombre de todos los tiempos. «La humanidad de Jesucristo es una humanidad singular: la humanidad del Hijo de Dios muerto y resucitado. En virtud de esta singularidad de su humanidad resucitada, Jesús de Nazaret, su persona y su obra, ligada a un tiempo preciso, afecta sin embargo a todos los momentos de la historia: se trata de un acontecimiento universal y definitivo. Jesucristo es verdaderamente hombre: murió hace dos mil años y, sin embargo, hoy sigue vivo. Por esta razón se trata de alguien único y original, singular. Ha vencido a la muerte y, por tanto, es el Señor de la vida. Jesucristo es el fundamento absoluto y único de la salvación en todo tiempo y para todo hombre. Concretamente la forma de la presencia ‘de la contemporaneidad’ de Jesucristo en el presente de cada hombre, la manifestación de su singularidad se llama ‘sacramento’. A través de la realidad sacramental de su Cuerpo (la Iglesia), signo e instrumento de la salvación del género humano, el Señor sale al encuentro del hombre como hace 2000 años, como salió al encuentro de la Samaritana, de Juan y Andrés, del joven rico, de Nicodemo... Realidad sacramental que expresa la lógica de la encarnación: participamos de la Vida divina, somos hechos conformes a Jesucristo a través de la incorporación a su Iglesia que se realiza en el Bautismo y culmina en la Eucaristía» (A. SCOLA, Jesucristo, fuente y modelo de vida cristiana, en COMITE PARA EL JUBILEO DEL AÑO 2000, "Jesucristo, la Buena Noticia. Congreso de pastoral evangelizadora", Madrid 1997, 168-169; "Jesucristo: evento, no pretexto", en DELEGACIÓN DE PASTORAL UNIVERSITARIA, ARZOBISPADO DE MADRID, "Jesucristo: ¿mito, reliquia o verdad?", Madrid, 1999, 87-109; "El acontecimiento de Jesucristo hoy", Communio, 17 ( 1995) 4o2-423). En la comunión de vida que es la Iglesia, por tanto, Cristo se hace, por así decirlo, contemporáneo de todos y de cada uno de los hombres y mujeres de esta tierra, y la novedad que El ha traído, que El es, se hace experiencia histórica concreta, en la fe, la esperanza y el amor que constituyen la «nueva creación». esto es, un modo nuevo de vivir la vida y la muerte, un sentido nuevo de todas las cosas, ya desde ahora. Es la misma naturaleza del acontecimiento de Cristo la que implica la realidad de la Iglesia. Pues esa «vida nueva» no es nunca una realidad desvinculada de Cristo, a la que el hombre pudiera acceder por sí mismo una vez conocida. Es una relación con Cristo, que se encuentra y vive en el grupo humano -histórico, contingente, concreto- que ha recibido su Espíritu, en el que vive y actúa Cristo resucitado. Sólo en Cristo, por gracia de Cristo, accede el hombre a la libertad de la filiación divina y a la vida eterna, es decir, a la salvación. Si Cristo es único -el Mesías, el Hijo de Dios, el Resucitado, el Señor que vive- es también el Salvador, y su salvación es universal, todos deben salvarse en y por Él. Sólo Él puede llegar a la verdad y a la intimidad de las criaturas y renovarlas, y todas las cosas están de suyo abiertas a Él, conexas y vinculadas originariamente con Él; Él da valor, sentido y consistencia a la realidad, nada se puede separar de Él sin que quede sin alterar su verdad: Es el primogénito de toda criatura, «cabeza de la Iglesia», «cabeza de todo el universo creado» (Col 1,18). Su singularidad absoluta implica su relevancia y concernimiento universal y decisivo: «Ningún pueblo y ninguna cultura puede culpablemente ignorarlo sin deshumanizarse; ninguna época puede considerarlo superado, aunque la mayoría así lo estime; ningún hombre puede conscientemente separarse de El sin perderse como hombre. Cristo no es un lujo, una opción facultativa, una idea ornamental: su presencia o su ausencia (vale decir: nuestra acogida o nuestro rechazo) tocan lo profundo de nuestro ser y determinan nuestra suerte. El es el Señor y reclama espacio en nuestros pensamientos, en nuestras decisiones, en nuestra vida: nuestra inteligencia no vive sin esta ‘memoria’; nuestra voluntad no se rige sin esta ‘obediencia’; nuestra humanidad no se realiza plenamente si no busca crecer en esta vinculación y en esta conformidad, esto es en su ‘comunión’. Es el Señor y no puede ser enviado fuera de ningún ángulo de la existencia. Es el Señor, aunque no se impone a ninguno, sino que se propone sin cesar a la libre adhesión de todos. La alegría de que exista vence toda tristeza posible de nuestros días. Los ojos que lo han contemplado en la fe no pueden mirar más al mundo y a la historia con desesperanza. El corazón que se ha abierto a Él, se ha abierto al universo y no puede volver a enclaustrase en la propia certeza. Porque Él existe, nosotros somos un pueblo salvado; porque existe, somos una Iglesia; porque existe, todo debe ser renovado; toda reflexión sobre Cristo debe dar lugar a la humanidad nueva en Cristo» (G. BIZZI, "Gesú di Nazaret, centro del cosmo e della storia", Leumann-Torino 2000, 151-152; cf. Id: "Approccio al Cristocentrismo", Milano 1994). Esta es nuestra experiencia, esta es nuestra fe y nuestro gozo que anhelamos compartir con todos los hombres : que ellos entren en esta misma experiencia para que nuestra alegría y nuestro gozo esté en todos. 2. «Ayer, hoy y siempre» Leemos en la primera carta del apóstol San Juan: «Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros propios ojos, lo que hemos contemplado y han tocado nuestras manos acerca del Verbo de la Vida -pues la Vida se ha manifestado, y nosotros la hemos visto, y damos testimonio, y os anunciamos la Vida eterna, que estaba junto al Padre, y que se nos ha manifestado-, os lo anunciamos, para que también vosotros estéis en comunión con nosotros. Y nosotros estamos en comunión con el Padre y con su Hijo Jesucristo. Os escribimos esto para que vuestro gozo sea completo» (1 Jn 1,1). Este es el testimonio y la confesión, la convicción y la certeza, de aquellos que, como Juan Evangelista y los demás Apóstoles, han conocido a Jesucristo en su existencia terrena y lo han visto resucitado. «Han visto y tocado» al mismo Jesús en su existencia terrena y resucitado, y lo testifican, lo viven y anuncian para que otros también, como ellos, puedan entrar en la misma experiencia real y verdadera de «ver y tocar» al Verbo de la Vida, de encontrarle y de encontrarse con Él, de vivir con Él, y por Él, con el Padre. Y éste es también nuestro testimonio y nuestra confesión, la convicción y la certeza de los cristianos, porque Jesucristo es el mismo, ayer, hoy y siempre (Heb 13,8). En efecto, también nosotros, como Juan y los demás Apóstoles, con ellos, «hemos oído», «hemos visto con nuestros propios ojos», y «hemos tocado con nuestras propias manos» al Verbo de la Vida. Y lo anunciamos hoy porque en El hemos encontrado para nuestras vidas el gozo pleno y la razón de una esperanza verdadera. Nos hemos encontrado, nos encontramos, con Él hoy, y lo anunciamos hoy, para que también hoy los hombres puedan entrar en comunión con nosotros en este encuentro real y verdadero, y en esta dicha y esperanza de salvación y plenificación. Ahora bien, «esto significa que nosotros hoy a Jesucristo lo podremos conocer adecuadamente sólo si lo entendemos en continuidad ‘y en identidad’ con el Cristo del ‘ayer’ y si a través del Cristo del ‘ayer’ y de ‘hoy’, somos capaces de percibir al Cristo eterno. Todo encuentro con Cristo supone siempre las tres dimensiones del tiempo, así como la superación del tiempo hacia aquello que constituye a la vez su origen y su destino» (J. RATZINGER, «Jesucristo, hoy», en O. GONZÁLEZ DE CARDEDAL, J. I. GONZÁLEZ FAUS, "Salvador del mundo. Historia y actualidad de Jesucristo. Cristología fundamental", Salamanca, 1997, p. 305). Afirmar que hemos encontrado, que hemos «visto» y «tocado» la Vida es escandaloso. Lo es hoy, y lo ha sido siempre. ¿Cómo podía decir san Juan, y cómo podemos decir nosotros, que «hemos visto» y «tocado» «el Verbo de la Vida», y que lo anunciamos para que participen los hombres en esa Vida y en el gozo que esa Vida genera? ¿Dónde está el Verbo de la Vida? ¿Cómo puede ser, de hecho, encontrado? «A Dios nadie lo ha visto jamás», es cierto. Pero en un momento de la historia -un momento radiante, único, que da sentido a todos los demás momentos, que los rescata de su banalidad mortal-, ha sucedido algo nuevo. Algo inaudito. El mismo san Juan confiesa: «su Hijo Único, que está en el seno del Padre, El nos lo ha dado a conocer» (Jn 1,18).¿Cómo? «El Verbo se ha hecho carne, y ha puesto su morada entre nosotros» (Jn 1,14). En una carne como la nuestra, que recibió de la Virgen María, el Hijo de Dios se ha implicado en nuestra historia para darnos la Vida, esto es, para darse a nosotros y comunicarnos su Vida divina. En una carne como la nuestra, ha gustado el abismo de la injusticia y de la traición, de la soledad y de la muerte, en tiempo de Poncio Pilatos. Pero hasta eso ha servido para revelar el «amor más fuerte que la muerte» (Cf. Ct 8,6), y «permanece siempre», siendo el mismo (Cf 1 Cor, 13). Pues Jesucristo ha vencido en su carne al pecado y la muerte, y nos ha hecho partícipes de su Espíritu Santo, y así nos ha revelado que «Dios es Amor» (1 Jn 4,8, 4,16) y nos ha hecho posible acceder a ese Amor, y al comunicarnos ese Amor que es la Vida de Dios, el Hijo de Dios nos ha desvelado la verdad grande de nuestro destino como hombres y la dignidad de nuestro ser de hombres. Este es el Evangelio. Dios se ha manifestado, se ha hecho visible, tangible. Y se ha manifestado como amor infinito e incondicional por el hombre y por la vida del hombre. Dios, el Misterio que da consistencia a todas las cosas, ¡se ha revelado como amigo de los hombres! Pero no es sólo que Dios, en un gesto de condescencencia, haya querido «mostrarse» a unos hombres privilegiados, que tuvieron la suerte inmensa de estar con Él, de comer con Él, y de vivir con Él en un momento concreto de la historia, que ya pertenecería para siempre e indefectiblemente al pasado. Sino que, además, al comunicar el Espíritu Santo a los suyos, el Hijo de Dios se ha quedado para siempre entre nosotros, y sigue manifestándose y dándose a los hombres en la Iglesia, que es hoy «su cuerpo» ( Cf 1 Cor 12,12-30; Ef 1,23; Col 1, 18.24). En esta carne, en esta realidad humana que es la Iglesia, sigue siendo patente el poder de Dios que habita en ella. Ese poder de Dios hace que unos hombres y mujeres frágiles, llenos de debilidades, puedan vivir en la verdad, con gozo y gratitud, y puedan formar un pueblo de hombres libres, de hermanos, en cuya vida se pone de manifiesto esa humanidad que sólo Dios puede realizar, pero que todo hombre desea. Dios se ha manifestado en Jesucristo, el Señor, que ha vencido en nuestra carne al pecado y la muerte, y nos ha entregado su Espíritu Santo, para que en Él recuperemos nuestra condición original, para la que la vida nos ha sido dada : ser hijos de Dios, vivir en «la gloriosa libertad de los hijos de Dios» (Rm 8,21), y heredar la Vida eterna. Por eso, Jesucristo, resucitado y vivo para siempre, y contemporáneo de cada hombre y de cada mujer por su presencia en la Iglesia, es el «único nombre bajo el cielo que nos ha sido dado a los hombres para que podamos ser salvos» (Cf He 4,12). El es el «Redentor del hombre, centro del cosmos y de la historia» (RH 1), pues «todo ha sido creado por Él y para Él», y «todo tiene en Él su consistencia» (Col 1,17). Es «el Alfa y la Omega, el Principio y el Fin» (Apo 21,6), el único Salvador, «el mismo, ayer, hoy y siempre» (Heb 13,8). Estas palabras de la Carta a los Hebreos, que el Papa destaca al convocar hace unos años en "Tertio Millenio Adveniente" el Gran Jubileo, nos enseñan lo fuertes y permanentes que son las relaciones del Señor con la historia. Con su propia realidad, y en ella, Cristo vincula tanto la historia entera y universal como la particular de cada uno -toda ella tan voluble y perecedera en sí misma- al Reino que no conoce ocaso. De este modo la historia se salva. Se salva de la insignificancia, porque en Cristo cada cosa que sucede no está condenada a disolverse en la nada, sino que permanece y construye la vida eterna. Jesucristo,»ayer, hoy y siempre», por ello, reclama una adhesión total de la mente y del corazón, precisamente porque Él es la revelación definitiva de la sabiduría y de la misericordia del Padre. Jesús se presenta como el único capaz de «salvar», es decir, de satisfacer, de dar cumplimiento, de «hacer perfecta» la vida del hombre : «Todo aquél que haya dejado casa, hermanos, hermanas, padre, madre, hijos, mujer o hacienda por mi nombre, recibirá el ciento por uno, y heredará la vida eterna» (Cf Mt 19,28-29). El Evangelio de San Juan dice lo mismo de otro modo: «Esta es la vida eterna, que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo» (Jn 17,3). La vida eterna no es sólo «la otra vida». La vida eterna empieza aquí, con «el ciento por uno». No que desaparezca el dolor, o las circunstancias adversas, o el mal que hay que hay en el corazón. Pero uno ha encontrado y tiene algo infinitamente más grande que el mal y que el dolor, algo definitivo y verdadero, y con Él «la esperanza que no defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado» (Rm 5,5), precisamente, en y por Jesucristo. El testimonio del carácter absoluto y definitivo para el hombre del encuentro con Cristo llena el Nuevo Testamento. Es, para ser más exactos, el contenido de la experiencia humana que comunica el Nuevo Testamento, y lo único que lo explica adecuadamente. El Libro de los Hechos, como ya hemos recordado, lo formula así: «No hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el que hayamos de ser salvos» (Hch 4,12). Los pasajes podrían multiplicarse sin fin. Como dirá san Pablo a los Corintios : «El ha muerto por todos, para que los que viven no vivan ya para sí mismos, sino para Aquél que ha muerto y ha resucitado por ellos» ( 2 Cor 5,15). La historia que se inició con Juan y Andrés, con Pedro y los demás discípulos, y la Samaritana y Zaqueo, no ha dejado desde entonces de estar presente en el mundo, de ser para los hombres una posibilidad real, un hecho identificable. Jesús unía a sus discípulos consigo y los hacía partícipes de su Espíritu de santidad, de tal modo, que ellos hacían los mismos signos que el Señor. Luego, tras su victoria sobre la muerte, nos «entregó» el Espíritu, definitivamente y para siempre: «Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28,20). El acontecimiento de Cristo, la irrupción del Hijo de Dios en la historia, nos alcanza en el presente a través del signo eficaz de su presencia en el mundo: la unidad visible de aquellos que El ha reunido mediante la fe y el Bautismo, la Iglesia. Signo eficaz, es decir, sacramento. La Iglesia es el sacramento de Cristo, el lugar donde Cristo actúa la salvación del hombre, y donde puede ser encontrado. Esto es lo que significa también la imagen de la Iglesia como «cuerpo» de Cristo: esta «carne», esta realidad humana, totalmente humana, incluso excesivamente humana, es portadora de Cristo, como lo fué María («tipo» de la Iglesia), y como lo fué su propio cuerpo. La novedad que supone en la historia -y al decir historia decimos todos los aspectos de la vida humana- la aparición de esta comunidad nueva que es la Iglesia, radica precisamente en haber sido constituida por el don del Espíritu Santo, el mismo Espíritu que vivificaba la humanidad de Cristo. La novedad no radica, por tanto, en un esquema ideológico nuevo en oposición a otros, ni en las cualidades de un grupo de personas extraordinarias, sino en la iniciativa de Dios que suscita en hombres y mujeres de todas clases una novedad imprevista, una plenitud fuera de los esquemas, que sólo puede ser fruto de su don: «Yo rogaré al Padre y os dará otro Consolador para que permanezca con vosotros para siempre» (Jn 14,16), y así esté Él mismo, Jesucristo, presente en medio de nosotros por siempre, en su cuerpo, donde se hace visible y tangible. «Jesucristo es el mismo ayer, hoy y siempre» (Heb 13, 8). El punto clave de esta sugerente frase de la Carta a los Hebreos es la palabra «hoy». La frase evoca ciertamente aquello que ya se ha cumplido («ayer») y se asoma a la eternidad que nos espera («siempre»). Pero lo que determina la originalidad y da espesor a la afirmación es la clara certeza de que nosotros podemos ahora entrar en comunión con cuanto ha sido y que podemos ahora anticipar lo que será. 3. Vinculación a la historia : Jesucristo acontecimiento de la historia A diferencia de cualquier sistema de sabiduría ética o religiosa, de cualquier gnosticismo o de cualquier filosofía, la fe cristiana que proclama a Cristo «el mismo ayer, hoy y siempre», se caracteriza por su esencial e inseparable vinculación a la historia. Jesucristo «padeció bajo el poder de Poncio Pilatos», confesamos en el Credo. Con esta mención de Poncio Pilatos en el Credo, los cristianos recuerdan que su fe y su modo de vida están estrechamente ligados con algo que ha sucedido en un lugar y una fecha precisos : en una provincia del Imperio Romano, de la que fué procurador, del 26 al 36 d. C, Poncio Pilatos. Así, nosotros no creemos y confesamos una idea, un valor aunque sea el más grande, una doctrina o una moral, sino que creemos y confesamos una persona concretísima de nuestra historia, acontecimiento único e irrepetible, irrevocable, acaecido una vez para siempre: Jesucristo. La afirmación, y, en su caso, la recuperación del Jesús terreno, el retorno a su humanidad histórica es siempre necesario e imprescindible para liberar al misterio de Cristo de ciertos modos «monofisitas» de comprenderlo y vivirlo. Es la única manera de acercarnos y participar en el «hoy» de Jesucristo. Por ello, sin duda, uno de los méritos y aportaciones más relevantes de la renovación cristológica contemporánea ha sido el destacar lo histórico de la figura de Jesús de Nazaret, los acontecimientos de su existencia terrena, sus actitudes, el proceso de su vida y de su muerte, esto es : el «ayer» de Jesucristo. Es preciso reconocer que «este necesario e imprescindible reconocimiento de Jesús en su historia no siempre se está llevando a cabo como corresponde a la realidad del misterio mismo de Jesús, reconocido y confesado en la fe de la Iglesia. En efecto, algunas presentaciones que, a veces, se ofrecen de Jesús en la literatura teológica, la predicación o la enseñanza catequética, se reducen a recoger los resultados de la reconstrucción de la vida de Jesús mediante la sola investigación histórica. Aunque en algunos casos sea sin pretenderlo explícitamente, dichas ‘reconstrucciones’ caen en los viejos prejuicios de la teología protestante liberal. Como aquella teología, también estas interpretaciones pretenden descubrir y ‘recuperar’ la imagen de Jesús de Nazaret ‘tal como realmente fue’, libre de adherencias que, según esta manera de pensar, estarían impidiendo el acercamiento a Jesús y su aceptación por parte del hombre de hoy; y, por tanto, pretenden descubrir a Jesús despojado también de todo revestimiento de las confesiones de la fe de la Iglesia» (COMISIÓN EPISCOPAL PARA LA DOCTRINA DE LA FE, "Jesucristo presente en la Iglesia. Nota doctrinal sobre algunas cuestiones de cristología", Madrid 1991, n. 4); piensan que sólo el «Cristo ayer» nos devuelven al Cristo verdadero, singular, único e irrepetible. Es éste, sin duda, uno de los peligros que la teología en la época moderna ha ido asumiendo progresivamente. En efecto, «la teología moderna comienza con la Ilustración orientándose hacia el Cristo ‘ayer’. Lutero ya había dicho que la Iglesia había subyugado a la Escritura y que así ya no pertenecía más al ‘ayer’, a aquella ‘única vez’, históricamente irrepetible; que la Iglesia no reflejaba más que su propio ‘hoy’ falsificando así al Cristo verdadero y proclamando a un mero Cristo del «hoy» (‘el Cristo, con otras palabras, de la fe’), a un Cristo despojado de su pasado esencial; más aún, que la Iglesia se arrogaba asimismo el derecho de ser Cristo. El siglo de las luces hace suya esta idea de manera sistemática y radical: El Cristo real lo es sólo el Cristo de ayer, el Cristo histórico, todo el resto es fantasía posterior. Cristo es sólo y nada más que lo que era. La búsqueda del Jesús histórico reduce evidentemente a Cristo al pasado. Le niega el ‘hoy’ y la eternidad. No es necesario que describa ahora el proceso a través del cual la pregunta acerca de quien fué Cristo fué relegando paulatinamente al Cristo paulino y al Cristo joáneo hasta terminar finalmente por desacreditar al Cristo de los Sinópticos, para ir hacia atrás, cada vez más hacia atrás, con la pretensión de dibujar al Cristo que realmente fue y que paradójicamente aparecía tanto más ficticio cuanto más auténtico debía ser gracias a su rigurosa fijación en el pasado. Quien pretenda ver a Cristo sólo en el pasado no lo hallará, y quien lo quiera tener sólo hoy tampoco lo encontrará. Ya desde su mismo origen le pertenece el era, es y vendrá. Siempre fue como viviente también el ‘viniente’. El mensaje de su venida y de su permanencia es elemento esencial de su figura. Esta prerrogativa sobre todas las dimensiones del tiempo descansa una vez más en su conciencia de que su vida terrena era una salida del Padre y al mismo tiempo una permanencia en El; en otras palabras, por haber introducido y unido la eternidad con el tiempo. Si nos rehusamos a una existencia que abarque todas estas dimensiones no lo podremos encontrar» (J. RATZINGER, Jesucristo, hoy... 306-307). Sólo la fe de la Iglesia, que es testimonio y confesión de lo que ha visto y oído en comunión con los Apóstoles, nos devuelve la verdad de Jesús, lo que Jesús es, lo que El significa, actúa y obra, su salvación; sólo ahí es posible y real el encuentro salvador con El. Por eso, «en todo caso, reconocer a Jesús tal como realmente fue, en su realidad histórica y en la realidad plena de su misterio, no es posible sin la aceptación, en la fe, de los evangelios tal como los ofrece la Iglesia. Con el pretexto de hacer historia ‘exacta’ como conjunto de hechos desnudos, en realidad, algunos someten, sobre todo el material sinóptico, a una especie de filtro y, de este modo, seleccionan y aceptan sólo determinados dichos y hechos de Jesús, al tiempo que dejan otros en la penumbra o en el olvido... Buscando, así, la imagen auténtica de Jesús de Nazaret, cada uno, en última instancia, proyecta sobre Jesús el ideal del hombre religioso, del maestro de moral, del romántico, del humanista o del revolucionario. Este procedimiento de reconstrucción histórica conduce a considerar a Cristo sólo como modelo de conducta para los hombres o como fuente de posibilidades humanas pero no como el Salvador enviado por Dios ‘Omiten, de hecho, el hoy y el siempre de Jesucristo’. De este modo, como ocurrió en la teología liberal, esta reconstrucción mediante la sola investigación histórico-crítica del ‘Jesús histórico’, ofrecida por el teólogo o el catequista como el único o el principal medio de aproximarse a Jesús tal como fué presentado no el mismo Jesús que realmente existió, sino una imagen, fragmentaria, incierta y condicionada de El. Esta manera de ver las cosas nos deja, de hecho, en nuestra soledad y desamparo, sin la presencia de Jesús; o sea, nos deja con una imagen suya, condicionada frecuentemente por los prejuicios del momento histórico y cultural. Este ‘Jesús reconstruido’ pasa de largo, no se queda con nosotros, deja atrás nuestro tiempo y se queda en el suyo. Ese ‘Jesús histórico’ no se nos muestra desde sí mismo presente en medio de nosotros como el Viviente que salva» (COMISIÓN EPISCOPAL ESPAÑOLA PARA LA DOCTRINA DE LA FE, "Jesucristo presente en la Iglesia. Nota doctrinal sobre algunas cuestiones cristológicas". Madrid 1991, nn 4-6). Este esfuerzo por destacar, con razón lo histórico de Jesús es fundamental para encontrarse hoy con el Viviente y es decisivo para comprender la naturaleza del cristianismo. El cristianismo es, en efecto, el anuncio y el testimonio de un hecho, de un acontecimiento. Se trata de un hecho único, absolutamente sin parangón en la historia humana. Como escribe Romano Guardini, «el cristianismo no es, en último término, ni una doctrina de la verdad ni una interpretación de la vida. Es eso también, pero nada de ello constituye su esencia nuclear. Su esencia está constituida por Jesús de Nazaret, por su existencia, su obra y su destino concretos ("La esencia del cristianismo", Madrid 1977, p. 19). El encuentro inicial que tuvieron los Apóstoles con Cristo, aquel encuentro de Juan y Andrés, de Simón, de Santiago, de Tomás o Mateo, de todos y cada uno de ellos se realiza en el «hoy» de nuestro tiempo. A Cristo, en efecto, «sólo se lo puede encontrar porque Él es un ‘hoy’ para muchas personas y por lo mismo tiene verdaderamente un ‘hoy’. Pero para que yo pueda acceder al Cristo total y no sólo a una parte captada más o menos accidentalmente, debo prestar oídos al Cristo de ‘ayer’ tal y como se manifiesta en las fuentes particularmente en la Sagrada Escritura. Luego si le presto la debida atención, sin que un visión dogmática del mundo cualquiera me lleve a mutilar su figura en un aspecto esencial, entonces lo veré abierto al futuro, lo veré viniendo de la eternidad que abraza al mismo tiempo pasado, presente y futuro. Siempre donde se tuvo y vivió esta visión integral Cristo fue siempre y cabalmente un ‘hoy’. Poder efectivo sobre el ‘hoy’ y en el ‘hoy’ lo tiene sólo lo que echa raíces en el ‘ayer’ y posee fuerzas de crecimiento hacia el ‘mañana’ y está, por encima de todo tiempo, en relación con lo eterno. Así fue como plasmaron las grandes épocas de la historia de la fe su propia imagen de Cristo. Así fue como pudieron verlo siempre nuevo a partir del propio ‘hoy’ y precisamente así han conocido al ‘Cristo ayer, hoy y siempre’» ( J. RATZINGER, "Jesucristo, hoy...", 307), el mismo. Esta Persona y el acontecimiento que supone su aparición en la historia constituye el fundamento y el objeto central de la fe. Por ello precisamente el cristianismo no puede ser reducido a ideología o a un sistema de pensamiento, ni puede prescindir de Poncio Pilatos en su Credo. El hoy y el siempre de Cristo no sería : su salvación no sería real. Por ello, el cristianismo no puede prescindir de su vinculación con la historia ni puede dejar de estar presente en ella, incidiendo en ella como un hecho que vive en ella. Si un día prescindiera de esto, ya no sería cristianismo. Aunque se le pareciera mucho y llevara el mismo nombre, aunque utilizase incluso el mismo vocabulario religioso, ya que no sería aquello que «comenzó en Galilea» (Hch 10,37), y de lo que dan testimonio los autores del Nuevo Testamento y la Tradición viva de la Iglesia a lo largo de los siglos. Toda la fe y la vida cristiana tienen, pues, como premisa la aceptación de este acontecimiento único: que la plenitud y el sentido de la historia se han «revelado» en la persona de Jesucristo. Cristo ha realizado arquetí-picamente en su destino humano la perfección de la vocación humana, y se ha mostrado así como Hijo de Dios encarnado, como Aquél «en quien habita corporalmente la plenitud de la divinidad» (Col 2,9), y, precisamente por ello, como Redentor del hombre. Para aquellos que le encontraron y le reconocieron ya no existe «otro nombre bajo el cielo» por el que los hombres podamos salvarnos (Cf Hch 4,12). En El se revela, en efecto, el abismo sin fondo del ser de Dios, que es Amor trinitario, y en El se revela el sentido de la vida humana y de la creación. Cristo constituye así el fin y la plenitud de todo, «el centro del cosmos y de la historia» (RH 1; RM 6), la referencia objetiva y universal de la plenitud para todo hombre en cualquier tiempo, de cualquier cultura. Como ya decía Pascal: «No sólo no conocemos a Dios si no es por Jesucristo; tampoco nos conocemos a nosotros mismos sino por Jesucristo. No conocemos la vida ni la muerte sino por Cristo. Fuera de Jesucristo no sabemos qué es nuestra vida, ni nuestra muerte, ni qué es Dios, ni qué somos nosotros mismos» ("Pensamientos", 729). Es lo mismo que expresa bellamente el Pregón de la Vigilia Pascual: «¿De qué nos serviría haber nacido, si no hubiéramos sido rescatados?» Este es el hoy de Jesucristo, que es presencia viva y real del ayer suyo en el que se anticipa ya el futuro definitivo. 4. Cristo presente en la Iglesia : «hoy» de Jesucristo No todo consiste en recordar lo que hace dos mil años sucedió en un hombre que realizó plenamente nuestro destino, porque era el Hijo de Dios hecho hombre. Sino en reconocer que, inseparablemente de ello, Cristo, resucitado, vive para siempre y que por su Espíritu Santo está en medio nuestro y actúa su salvación, su obra redentora y reveladora en favor de todos los hombres : Cristo es el único mediador entre Dios y los hombres en el que se concreta la voluntad salvífica universal de Dios (Cf 1 Tm 2,4ss). Como ya hemos dicho anteriormente, la fe cristiana es fe, sencillamente, en la persona de Jesús, y esa fe depende tanto e inseparablemente del acontecimiento del Hijo de Dios ‘venido en carne’ como de su resurrección entre los muertos (Cf Hch 13,33; 17,31; Rm 4,24; 8, 11; 2 Cor 4,14; Gal 1,1; Ef 1,20; Col 2,12); Heb 13,20) : «Si Cristo no ha resucitado vana es nuestra fe» (1 Cor, 15, 14). «Por la resurrección, Jesús es entronizado como el Señor: sólo en El está la salvación y la vida para los hombres (Cf Hch 4,12). Jesús resucitado permanece, por su Espíritu, en medio de sus discípulos y es Señor del mundo a través de su señorío en la Iglesia. En todo el Nuevo Testamento, la comunidad cristiana original atestigua una conciencia viva de la presencia del Señor en ella. No da testimonio de Jesús como de una persona ausente, sino como de alguien vivo y presente. Por eso puede decir san Pablo que el designio del plan divino, su ‘Misterio’ oculto y revelado en los últimos tiempos, ‘es Cristo entre vosotros’ (Col 1,27). Y, por lo mismo, desde su origen, la comunidad cristiana lo testifica presente en ella, lo celebra en el culto, le invoca, vive y muere por Él y ante Él, y con su Espíritu se siente perdonada y vivificada. El Resucitado recoge en sí, por la acción del Espíritu divino, todo lo acontecido en Jesús y por Él y lo eleva a un estado de perennidad. La resurrección no suprime, pues, el pasado de Jesús y mucho menos su entrega sacrificial al Padre por la redención del mundo, sino que la asume y le confiere un estado de perennidad y de presencia inagotable en favor nuestro... Toda la historia de Jesús, su vida y su muerte, queda así iluminada y entendida en su hondura reveladora y salvadora desde lo acontecido en su resurrección. Sólo desde la resurrección y desde los testigos de ella podemos ver toda la realidad, significación y eficiencia de la vida de Jesús de Nazaret y, consiguientemente, todo eso sólo lo podemos alcanzar desde la fe eclesial y en el interior de la Iglesia. Jesús de Nazaret es anunciado y predicado por la comunidad cristiana, precisamente porque vive y su ‘causa’ continúa porque está vivo. Por ello, a partir de la resurrección, la historia de Jesús le interesa al cristiano y a la Iglesia sobremanera y es imprescindible para su fe. Los escritos del Nuevo Testamento... nos ofrecen la totalidad y la unidad del misterio de Jesucristo y nos muestran cómo no se puede separar la vida terrena de Jesús de su vida pascual, y que tampoco se puede captar el sentido y el alcance la resurrección si no es a la luz de la Encarnación y del acontecimiento de su muerte redentora, ni comprender el sentido de esa muerte sino a la luz de la vida, acción y mensaje del mismo Jesús» (COMISIÓN EPISCOPAL ESPAÑOLA PARA LA DOCTRINA DE LA FE, "Jesucristo presente en la Iglesia", n.11). Así pues, no hay otro Jesús sino el Resucitado o el Crucificado ya resucitado. Cristo no es sino Jesús de Nazaret, y Este es el Verbo de Dios hecho hombre para la salvación de todos. La supresión de esa unidad nos lleva a la mera abstracción sin incidencia en la historia. Es preciso añadir, al mismo tiempo, que el mismo y único Jesucristo está en la Iglesia, que la Iglesia está en Jesucristo (Cf Jn 15,1 y ss; Ef 4,15-16), y que a la totalidad del misterio salvador de Jesucristo pertenece también la Iglesia, donde Él prolonga su presencia y su obra salvadora (Cf Col 1,26-27) y anticipa la realidad futura. Así, a partir de Cristo Viviente y en El se nos da la posibilidad, por gracia, de realizar la vocación humana, «la libertad gloriosa de los hijos de Dios « (Rom 8,21) que implica la unión con Dios y conduce a la unidad de todo el género humano. Se trata, en verdad, de una posibilidad concreta para todos y cada uno de los hombres y mujeres de este mundo, mediante la fe en Él y la acogida del Don de su redención, esto es, el Espíritu Santo. El espacio humano, histórico, en que esa posibilidad se realiza es la Iglesia. La Iglesia, dice el Concilio, «es en Cristo como un sacramento o señal» de la plena realización del destino humano, revelado en Cristo: «la íntima unión con Dios, y la unidad de todo el género humano» (LG 1). En ella, los hombres de todas las épocas pueden encontrar la misma e insuperable novedad que ha introducido Cristo en la historia humana; en ella, por el Espíritu Santo, el mismo acontecimiento de Jesucristo se prolonga en el espacio y en el tiempo. Es cierto que éste es uno de los aspectos más silenciados, cuando no negado, en algunas presentaciones actuales de Jesús y en algunas formas de vivir la realidad cristiana, que entrañan, en el fondo, una separación y una discontinuidad real entre Jesucristo y la Iglesia, entre el «ayer» de Jesucristo y el «hoy» de Cristo en la Iglesia: no se concede un papel significativo o incluso se silencia sistemáticamente a Cristo presente y actuante reveladora y salvadoramente en la Iglesia. Se da en nuestro tiempo una manera de pensar que, al situar a Cristo prevalente y casi exclusivamente en el pasado, en el ‘ayer’ que fué, puede conducir de manera insensible a la separación de Cristo y la Iglesia, a abrir un foso entre ambos y a un oponerlos mutuamente, acusando a la Iglesia de encubrir y desfigurar el auténtico rostro de Jesús, de serle infiel y de constituir un obstáculo para acercarse al mismo Jesucristo, con lo que se opta por abandonarla y quedarse únicamente con el Evangelio; así, no resulta extraño que en este clima se alimente la creencia que para ser fieles a Cristo y a su Evangelio haya que distanciarse de la Iglesia. «De la confluencia de una cristología que reduce a Jesús a un personaje del pasado y de una actitud sistemáticamente crítica respecto de la Iglesia brota esa conciencia religiosa que, en los últimos decenios, ha separado dos realidades que en la gran tradición cristiana han sido y son siempre inseparables: Cristo y la Iglesia; al mismo tiempo que ha diluido la presencia de Cristo, el Señor, en la Iglesia y en el mundo. Esta separación afecta no sólo al aprecio y amor a la Iglesia, sino a la sustancia misma de la fe en Jesucristo, cuya realidad separada de la Iglesia queda esfumada en un pasado con todas sus incertidumbres. Ya no sería ni el Señor ni el Viviente que salva, ni lo acontecido en Él sería la intervención última y definitiva de Dios en la historia y, por consiguiente, también en nuestro tiempo; y su mediación salvífica única y universal quedaría desvirtuada en su misma raíz. Separada de Cristo y contrapuesta a Él, la Iglesia, por su parte, se vería reducida a un grupo humano que debe orientarse en el mundo a la luz de su lectura particular de la historia de Jesús o a una simple asociación religiosa encargada a lo sumo de prolongar su ‘causa’... En consecuencia, la Iglesia dejaría de ser sacramento de Cristo en el mundo y el cristianismo no pasaría de ser una ideología religiosa o una religión más entre las muchas existentes o posibles; se debilitaría la consideración de la Iglesia como medio de la acción salvadora del Señor que se hace presente en ella y por ella (Cf SC 7); los sacramentos se verían desprovistos de su realidad más propia y profunda, y el mismo ministerio apostólico perdería su realidad sacramental» (COMISIÓN EPISCOPAL ESPAÑOLA PARA LA DOCTRINA DE LA FE, "Jesucristo presente en la Iglesia", n. 10). Relegar a Jesucristo a mero hecho del pasado, como hace el pensamiento filosófico de la modernidad, entraña reducirlo progresivamente a un simple ejemplo o a una inspiración del comportamiento moral, a un «mito» o a una fábula que inspira hoy una buena conducta. «Reduciendo a Jesucristo a mera inspiración, el riesgo es evidente: se construye un cristianismo sin Cristo, como si Cristo no hubiera venido, no se hubiera encarnado» ( A. SCOLA, Jesucristo : evento no pretexto... 97), y se despoja la vida cristiana de su verdadera originalidad : ser participación de la vida divina, vivir hoy la vida de Cristo, «ser en Cristo», «vivir en Cristo» -como dice san Pablo, «no soy yo quien vive, es Cristo quien vive en mí», «para mí la vida es Cristo»; los cristianos somos seguidores de Cristo, seguimos a Cristo, imitamos a Cristo, porque hemos sido incorporados a Él, porque hemos sido conformados con Él, porque hemos sido hechos miembros suyos, miembros de su Cuerpo. Relegando, pues, a Jesucristo al pasado no existe cristianismo. El acontecimiento de Cristo permanece en la historia humana con toda su potencia en la carne, frágil y miserable, de aquellos que le reconocen. «Los cristianos no sólo actuamos en el mundo recordando las palabras de Jesús y tratando de secundar sus actitudes; es el mismo Cristo quien, por su Espíritu, se sirve de la Iglesia para la salvación de los hombres. ‘Cristo vive en ella; es su esposo; fomenta su crecimiento; por medio de ella cumple su misión’ (RM 9). Para realizar su obra, ‘Cristo está siempre presente en su Iglesia, de modo especial por las acciones litúrgicas’ (SC 7). Es Cristo mismo quien enseña a través de su Iglesia, quien en ella y por ella reina y comunica la santidad. Cristo actúa en el Bautismo y en la Eucaristía, en la palabra de Dios y en la asamblea de los cristianos, en el ministerio apostólico y en su testimonio, en el servicio de los pobres y en el apostolado (COMISIÓN EPISCOPAL ESPAÑOLA PARA LA DOCTRINA DE LA FE, "Jesucristo presente en la Iglesia", n. 14). Por ello, a lo largo de los siglos, los cristianos no sólo anuncian el acontecimiento de Cristo, sino que, en cierto modo, lo generan una y otra vez de nuevo en la historia de los hombres. Así, la Iglesia accede siempre de nuevo a la novedad que Cristo ha introducido en la historia, y hace cercana y accesible esa novedad a cada hombre concreto. Esa es la única razón de ser y la única misión de la Iglesia: vivir la vida que Cristo le da, y ofrecer esa vida, acercarla a todos los hombres. Naturalmente, eso sólo es posible porque Cristo, en su persona, asume y salva la historia entera de todos los hombres y de cada hombre. Y porque Cristo ha dotado a la Iglesia de una estabilidad última, en medio de las vicisitudes del tiempo, es decir, porque El vive en ella por medio de su Espíritu. Gracias a ello, nos es posible la esperanza, que se funda en Cristo «el mismo, ayer, hoy y siempre». En la comunión de vida que es la Iglesia, Cristo se hace, por así decirlo, contemporáneo de todos y de cada uno de los hombres y mujeres de esta tierra, y la novedad que Él ha traído, que Él es, se hace experiencia histórica concreta, en la fe, la esperanza y el amor que constituyen la «nueva creación». Esto es, un modo nuevo de vivir la vida y la muerte, un sentido nuevo de todas las cosas, ya desde ahora. Es la misma naturaleza del acontecimiento de Cristo la que implica la realidad de la Iglesia. Pues esa «vida nueva» no es nunca una realidad desvinculada de Cristo, a la que el hombre pudiera acceder por sí mismo una vez conocida. Es una relación con Cristo, que se encuentra y vive en el grupo humano -histórico, contingente, concreto- que ha recibido su Espíritu, en el que vive y actúa Cristo resucitado. Y sólo en Cristo, por gracia de Cristo, accede el hombre a la libertad de la filiación divina y a la vida eterna. Esto no quiere decir que Dios no actúe también fuera de la Iglesia, ni que las personas que no forman parte de la Iglesia estén excluida de la salvación final. Quiere decir sólo que la fe en Jesucristo es inseparable de la fe en la iglesia, y que el acceso a la vida que Cristo nos ha obtenido se halla en la plena comunión de la Iglesia. El escándalo que provoca el que la plenitud pueda darse en un grupo humano, en unas personas frágiles, incluso defectuosas, no es mayor que el provocaba la Encarnación : también allí «un hombre de Nazaret», «un hijo del carpintero», era «la resurrección y la vida». En conocerle a Él, lo mismo entonces que ahora, ayer que hoy, y siempre, en su cuerpo de entonces como en su humanidad de ahora, está la salvación y la vida eterna. Sólo cuando la conciencia que brota del encuentro con Cristo se expresa en la trama de la historia y se plasma en hechos concretos, en ámbitos reales de vida, pueden los cristianos verificar la verdad encontrada, en la confrontación con las múltiples situaciones que la ponen a prueba. Sólo entonces es posible el diálogo real con los hombres y mujeres que tienen una percepción distinta de las cosas, «con pleno respeto por todas las creencias», pero también afirmando «con sencillez nuestra fe en Cristo único Salvador» (RM 11). Y sólo entonces los hombres pueden encontrarse con Cristo no de una manera abstracta, sino como una posibilidad concreta y real para la vida. Es decir, el acontecimiento cristiano, Cristo mismo, vuelve a suceder en nosotros, hoy: «No soy yo quien vive, es Cristo que vive en mí», «soy una criatura nueva». Este «hoy» de Jesucristo -esta presencia suya en la Iglesia, este reconocer, en la fe y por el Espíritu, que Jesucristo está en ella, actúa en ella y ella vive de esta presencia suya hasta el fin de los tiempos- no puede conducirnos a identificar este «hoy» con lo que será el futuro definitivo, cuando todo sea definitivamente sometido bajo el Señor y Él lo sea todo en todos (Cf 1 Cor 15,27). Un día, que desconocemos, Cristo resucitado y glorioso aparecerá con gloria y majestad para consumar definitivamente el reinado de Dios y llevar a su última plenitud la entera historia humana. «La Iglesia que peregrina lleva marcada en sus sacramentos e instituciones pertenecientes a este tiempo, la imagen de este mundo que pasa, y ella misma vive entre las criaturas que gimen con dolores de parto en espera de la manifestación de los hijos de Dios (cf Rm 8,19-22)» (LG 48). Así, la Iglesia, desde sus orígenes, ora para adelantar la venida última de Cristo : «¡Ven, Señor Jesús!» ( Ap 22, 17-20), porque reconoce en El y sólo en El está la salvación y la plenitud i de El las espera de manera definitiva. 5. Jesucristo Salvador y Mediador único y universal La Iglesia, presidida y confirmada en la fe por Pedro, como ya hemos recordado, confiesa, en efecto, que Jesucristo, que ha venido a salvar a los pecadores, es el Salvador único y universal: «No se nos ha dado otro Nombre en el que podamos ser salvos» (Cf Hch 4, 26). En El se concreta y cumple el designio de salvación y revelación universal que Dios tiene y ofrece a todos los hombres (1 Tm 2,4): así lo «vieron» y «palparon», así «comprendieron» los discípulos a Jesús como el hombre al que Dios había elegido como cumplimiento de su voluntad salvífica universal en el curso de la historia. A partir del encuentro totalmente concreto con Jesús de Nazaret, los Apóstoles y por ellos y con ellos la Iglesia apostólica fundada sobre su cimiento reconocemos que en Jesús de Nazaret, hombre histórico, Dios ha actuado definitivamente para la salvación de todos los hombres. «Porque uno es Dios, uno también el mediador entre Dios y los hombres, el hombre Cristo Jesús, que se entregó a sí mismo para redención de todos. Este es el testimonio dado en tiempo oportuno ‘testimonio verdadero que no miente ni engaña’» (1 Tm 2, 5-7). Cristo es el Mediador único entre Dios y los hombres. No hay otro Mediador ni otro Salvador; no es un Salvador más, no es un Mediador más; al igual que, como ya dijimos antes, tampoco es uno más, como Hijo, como Resucitado, como Mesías, como Palabra. Nadie se salva ni salvará al margen de Jesucristo. O Jesús es el Único Mediador o no es nada, tampoco el Mesías, tampoco el Hijo Unigénito de Dios venido en carne, tampoco el Salvador. Si no es el Único Mediador no hay tampoco salvación para los hombres. Su existencia y su figura quedaría reducida a un excepcional maestro de moral, a un gran ejemplo, a un genial inspirador de comportamientos nobles y justos, el más grande de todos incluso, pero no sería Salvador universal, no concerniría de manera decisiva y total a todos los hombres de todos los tiempos y lugares, no sería salvador en el momento presente y en el futuro, siempre, nos habría dejado en la estacada con la imposible obligación de imitarle y asimismo nos habría dejado en nuestra soledad y con el pesado fardo -insoportable e inalcanzable- de salvarnos por nosotros mismos -tarea imposible-. Jesucristo es real y verdaderamente el acontecimiento de salvación de Dios, es el Enmanuel -Dios-con-nosotros-, el cumplimiento de la promesa de Dios : «Yo estaré con vosotros, yo seré vuestro Dios, y vosotros seréis míos, seréis mi propiedad, mi pueblo, estaréis incorporados enteramente a mi propia realidad y vida, amor, de Dios». Esta singularidad y esta absolutez chocan frontalmente con la mentalidad de nuestra época, constituyen una gran piedra de escándalo para la modernidad: la cultura moderna tropieza en ella y la considera necedad. En esta cultura de la modernidad no se admite esto, al igual que no se admite tampoco a Jesús en su singularidad de Hijo único de Dios vivo, venido en carne, ni por tanto el acontecimiento de su Encarnación, y al igual que también se rechaza que un hombre del pasado, un hecho del pasado, tenga que ver contigo y conmigo hoy, aquí y ahora, de manera decisiva, de tal manera que en ello vaya nuestro «logro», o que un acontecimiento ocurrido hace ya dos mil años pueda aspirar a sobrepasar el ser un ejemplo o ir más allá de una inspiración para el comportamiento moral y ser el criterio válido y universal de mi existencia aquí y ahora. Nos hallamos, por otra parte en el proceso de formación de una sociedad y cultura global en nuestro mundo, además de una cultura pluralista. «En este proceso, a diferencia de lo que sucedía en las grandes iniciativas misioneras de la cristiandad europea, la fe en el Dios de Jesucristo y en su voluntad de salvación universal ya no se contempla como el principio que confiere unidad a todo lo demás. Sobre una imagen de hombre preponderantemente funcional, se configura una civilización secular cuyos factores técnicos, científicos y económicos conducen a la intercomunicación de la humanidad como sociedad universal, global. Frente a la consiguiente tendencia dentro de ella a la unificación y a la nivelación de todas las peculiaridades históricas y regionales, a las religiones les compete la función de la conservación de la identidad cultural...De acuerdo con este reparto de funciones..., al cristianismo le correspondería la función de, dentro de una civilización multirreligiosa, es decir en una sociedad marcada en diversos grados por el pluralismo cultural, conservar el ‘status quo’ conseguido hasta el siglo XX por las culturas cristianas particulares...Una religión que no se contenta con el lugar que se le asigna en una sociedad multirreligiosa «como es el caso, por propia naturaleza, de la religión cristiana y de su comunidad de fe» y que quiere ser algo más «signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano» que la mera realización histórico-particular de un comportamiento religioso general en el marco de una cultura regional, tendrá que hacer frente a reproches morales como éstos : que perturba la paz entre las religiones; que favorece el expansionismo cultural europeo so capa de cristianismo; que absolutiza el propio punto de vista religioso, subjetivo, y niega a otras religiones tanto el derecho a la experiencia de la trascendencia y al conocimiento de la verdad. |