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CARTA PASTORAL 2005
«ID, ENSEÑAD, Y HACED DISCÍPULOS»
Carta pastoral al comenzar el curso 2005-2006
X Antonio Cañizares LloveraArzobispo de Toledo Primado de España I. SALUDO A LOS DIOCESANOS Queridos hermanos y hermanas: Gracia y paz en el nombre del Señor que nos ha amado. Os saludo a todos con todo mi afecto y gratitud, a todos y a cada uno quisiera saludaros; a todos y cada uno os deseo lo mejor en el Nombre del Señor. A los Obispos Auxiliares 1. Saludo a mis queridos hermanos, los Obispos Auxiliares, D. Ángel y D. Carmelo, que tanto estáis suponiendo en mi ministerio pastoral y en la edificación de la iglesia diocesana con vuestra ayuda, amor fraterno, testimonio, consejo, aliento, y entrega episcopal. A los sacerdotes, diáconos y seminaristas 2. Saludo a mis queridos hermanos y amigos sacerdotes, inestimables e imprescindibles colaboradores, a quienes os tengo especialmente presentes en esta Carta, y que junto a vuestro trabajo y dedicación pastoral ofrecéis el bello y ejemplar testimonio sacerdotal de vuestras vidas. Os tengo muy presentes a vosotros, diáconos, que acabáis prácticamente de dar un paso tan decisivo y valiente en vuestras vidas para testimonio y ánimo de todos. Un saludo muy especial lleno de gratitud, aliento y cercanía hacia los formadores y profesores del seminario mayor y menor, en esa labor tan nuclear y difícil que lleváis a cabo espléndidamente, a mis queridos seminaristas, que sois el futuro y la esperanza de la iglesia diocesana, y a quienes trabajáis en la pastoral vocacional, tan imprescindible y urgente. Y también mi saludo entrañable para todos los que estáis trabajando en la primera línea de la Iglesia en las tierras de misión en América, en Asia, o en África. A los religiosos y religiosas y personas consagradas 3. Saludo de todo corazón a los religiosos y religiosas de vida contemplativa, que con vuestra vida escondida con Cristo en Dios, en el claustro, tanto y tanto os debemos todos por vuestra oración, caridad, penitencia y testimonio vivo de que sólo Dios es necesario. Saludo a todos los religiosos y religiosas de vida activa y a todas las personas consagradas en otras formas de consagración -institutos seculares, vírgenes consagradas, sociedades de vida apostólica- que, en medio de la Iglesia y ante el mundo, sois signo de la presencia del Reino de Dios entre nosotros y estímulo para una dedicación plena y total a los asuntos de Dios. A las familias, a los enfermos, a los ancianos, a los jóvenes, a los niños, a los que sufren y a los pobres 4. Mi saludo entrañable y particular a los padres y madres de familia, a los esposos unidos en santo e indisoluble matrimonio, que, en estos tiempos, permanecéis fieles a lo que Dios quiere de la familia y del matrimonio y lleváis a cabo la primera e imprescindible evangelización y educación cristiana de vuestros hijos. Saludo con todo mi amor, cercanía, agradecimiento y admiración, a los enfermos e impedidos, que, con vuestras vidas puestas en las manos del Señor y disponibles a su voluntad y con vuestra unión con Cristo crucificado, representáis lo mejor de la Iglesia y completáis la pasión redentora y salvadora del Señor Jesucristo. Mi saludo se dirige también expresamente a los ancianos, a quienes os debemos tanto y de quienes, junto a vuestro amor y entrega sacrificial por nosotros, hemos recibido la mejor de las herencias y de las riquezas: la fe en Jesucristo, en la que permanecéis con firmeza admirable. No puede faltar mi saludo y la expresión de mi cercanía, amistad y afecto grande hacia vosotros, jóvenes, que sois primavera de la Iglesia y esperanza para la misma Iglesia y la humanidad, en medio de situaciones que no os son, por cierto, fáciles ni propicias. ¿Y cómo voy a dejar de saludar con todo cariño a mis queridos amigos, los niños, amigos, además, especialmente de Jesús, que tanto os quiere, que no permite que nadie impida que os acerquéis a Él, y que os puso como modelo y os colocó los primeros en el Reino de Dios. Acercaos a Él, os quiere como nadie y se alegra con vosotros. Finalmente, aunque no los últimos, os saludo a los pobres, a los que sufrís, a los que no tenéis trabajo, a los emigrantes, a los presos, a los que estáis solos, a los afligidos, a los que la vida os está zarandeando fuertemente, y que sois los preferidos del Señor, presencia suya en medio de nosotros con quienes se identifica. A los fieles cristianos laicos y a cuantos trabajan en los distintos campos pastorales 5. En este saludo, quiero y debo saludar explícitamente, con agradecimiento, a tantos y tantos -más de lo que parece a simple vista- que estáis trabajando con verdadera entrega y ánimo en la viña del Señor y tomando parte en las labores de la Iglesia como catequistas, profesores de religión, educadores cristianos, colaboradores en la formación de los agentes pastorales en la Escuela diocesana y en el Instituto Superior de Ciencias Religiosas, animadores misioneros, miembros de la Acción Católica o de otros movimientos eclesiales antiguos y nuevos y asociaciones de apostolado y de cofradías; o como colaboradores en la pastoral familiar, o en la pastoral de la salud y visita a los enfermos, o en la pastoral universitaria y de la cultura, o en los medios de comunicación diocesanos, o que estáis trabajando en Cáritas parroquial, interparroquial o diocesana, o en la atención a los presos, o en el Consejo diocesano de economía, o como animadores de la celebración litúrgica -lectores, cantores, monitores, acólitos-, o contribuyendo al ornato y limpieza de nuestros templos, o en grupos de oración o de adoración eucarística. Al Consejo Diocesano de Pastoral. Agradecimiento y aliento a todos 6. Para todos, representados de una u otra manera en el Consejo diocesano de Pastoral, que tan estupendamente está trabajando al servicio de la Iglesia diocesana, mis mejores deseos, mi plegaria y mi agradecimiento por lo que sois, por vuestra fe, por permanecer fieles en esta fe en tiempos de inclemencia, y por tomar parte generosamente en los duros trabajos del Evangelio para la firme edificación de la Iglesia que está en Toledo. ¡Gracias por el ánimo con el que Dios me fortalece valiéndose de vosotros para proseguir, sin desfallecer, en el combate de la fe y en la lucha por el Evangelio, y seguir caminando con la mirada puesta en Jesucristo, crucificado y resucitado, iniciador y consumador de nuestra, guía y pastor de nuestras almas!
II. MIRADA AGRADECIDA POR LO QUE DIOS HACE CON NOSOTROS Motivo de esta Carta al comienzo del curso pastoral, en unos momentos apasionantes y también arduos, de gracia y esperanza 1. Al comienzo del curso pastoral, desde que llegué a Toledo como servidor vuestro, os he dirigido año tras año una Carta, extensa sin duda, en la que, abriéndoos mi corazón, trato de animaros y exhortaros en vuestra fe, la fe de la Iglesia, compartir con vosotros las inquietudes e iniciativas pastorales, así como los fines, objetivos, acciones y metas para el año en este terreno, según el Plan Diocesano de Pastoral; y encareceros vuestra colaboración y entrega a lo que Dios nos pide en la Iglesia. Vuelvo a hacerlo de nuevo, este año, con la perspectiva que este curso nos abre y con la atención puesta en los objetivos que el Plan Pastoral de la Diócesis nos señala, como voz del Espíritu dirigida a nuestra Iglesia. Lo hago en unos momentos apasionantes, siempre gozosos, porque se trata de la hora de Dios y de la esperanza que no defrauda, pero también arduos, como arduos y duros son, desde el comienzo, los trabajos del Evangelio. Hemos vivido, a lo largo de este año, acontecimientos muy importantes dentro de la Iglesia y del mundo, experiencias de gracia grande tanto en el conjunto de la Iglesia universal como en el de esta Iglesia diocesana, y nos hallamos envueltos como inmersos en una situación histórica en nuestro país que engendra no pocos sufrimientos y no menos numerosas y hondas preocupaciones. La muerte del Papa Juan Pablo II y la elección de Benedicto XVI, especiales e intensos momentos de gracia y esperanza 1.1. En marzo y abril pasado Dios, en su entrañable misericordia, visitó a su Iglesia llamando junto a Sí al Papa Juan Pablo II, el «Grande», y suscitó un nuevo Pastor conforme a su corazón para suceder a Pedro: el Papa Benedicto XVI. ¡Cuánto nos ha dicho y hecho el Señor en estos acontecimientos! ¡Qué luz y qué fuerza ha desplegado su brazo en favor de los hombres! Acontecimientos de gracia en nuestra diócesis: 1.2. En esta misma providencia que Dios tiene de nosotros, por la bondad y ternura inmensas con las que Él nos cuida, el Señor, a lo largo del año trascurrido desde mi última carta pastoral, ha estado grande con la diócesis de Toledo y estamos alegres. Miremos, en efecto, con sencillez y gozo a cuanto ha acaecido entre nosotros y palparemos su misericordia desbordante para con este pueblo suyo de las tierras castellano-manchegas y extremeñas. Los Obispos Auxiliares y el nuevo Obispo de Tarazona 1.2.1. Él ha enriquecido a nuestra diócesis con dos nuevos Obispos Auxiliares, muy queridos, D. Carmelo y D. Ángel, para hacer más palpable su cercanía y solicitud de Pastor para con todo su rebaño. Ha sido un don de su gracia y signo de la especial benevolencia que tiene para con esta diócesis primada: así podrá estar mejor atendida en todos los aspectos, verse más fortalecida y cuidada, y crecer en su vida cristiana, que es lo que Dios quiere. También ha suscitado, de entre los miembros de su presbiterio, además de D. Ángel Rubio, un nuevo pastor conforme a su corazón, D. Demetrio, para que rija y sirva a la iglesia hermana de Tarazona. Así nos ha mostrado que se complace en este presbiterio, lo que nos llena de alegría y de esperanza. Con todo ello, además, Dios nos ha hecho percibir de modo cercano la importancia del ministerio apostólico en la comunión y catolicidad de la Iglesia, reavivar el sentido y la verdad de la sucesión apostólica, recordar que la Iglesia se edifica sobre el cimiento de los Apóstoles, los testigos de su resurrección, aquellos que comieron y bebieron con Él, y que nos han trasmitido lo que han visto y oído, lo que han palpado sus propias manos acerca del Verbo de la vida para que estemos en comunión con ellos y, en esa comunión, estemos también con el Padre y su Hijo Jesucristo. También Dios ha querido que veamos tan de cerca que la Iglesia es apostólica y enviada a los hombres para anunciarles el Evangelio y hacer discípulos de todas las gentes, y que nosotros participamos hoy de su misma misión. La Visita «ad Limina» 1.2.2. Pocos días antes de ser hospitalizado el Papa Juan Pablo II, en la última y luminosa etapa de su vida, los Obispos de la Provincia Eclesiástica de Toledo, junto a otros Obispos de diversas Provincias Eclesiásticas de España, fuimos en «Visita ad Limina» a Roma, para reavivar nuestra comunión con el Santo Padre y orar ante las tumbas de los Apóstoles para fortalecer la misma comunión eclesial y reavivar el carisma que Dios ha puesto en nosotros de la sucesión apostólica. Momento de gracia, no sólo para quienes hicimos esta Visita, sino también para nuestras respectivas diócesis que también se benefician de los dones recibidos en ella. El Papa, en sus últimas palabras a Obispos españoles, nos dejó como una especie de testamento y de encomienda, de misión, de gran alcance para todos. Misioneros en Perú: Moyobamba y Lurín, familias en misión, iniciativas misioneras en parroquias 1.2.3. El Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, habiendo elegido y llamado, y dado fortaleza y gracia para responder a su llamada a siete sacerdotes de este mismo presbiterio, en el curso que finaliza, los ha enviado desde nuestra diócesis a la iglesia hermana y tan necesitada de Moyobamba en Perú; y ha dispuesto a otros nueve sacerdotes para que, en el otoño próximo, se incorporen a la misma misión de la Prelatura de Moyobamba o sirvan en la de Lurín (Perú). No podemos olvidar, en este orden del mandato y urgencia misionera, las nuevas familias en misión de las comunidades neocatecumenales que parten para Boston y Santo Domingo, dejándolo todo, dejando sus profesiones, y tantas cosas aquí, para ponerse al servicio de la misión en aquellos lugares donde el amor de Dios los reclama. Y aunque sea modesta en su aportación, sin embargo relevante en su significación, debo así mismo mencionar las iniciativas de nuevas misiones parroquiales con nuevo método llevadas a cabo en varias parroquias, como en Villafranca de los Caballeros, Casas de D. Pedro, Escalona, y Burguillos. Sin duda, todo esto está siendo un acontecimiento de gracia con el que Dios nos ha visitado y bendecido, y una llamada para indicarnos cual es el camino que Él quiere que sigamos. Tanto estos sacerdotes, como las mismas familias, como las misiones en parroquias. Ordenación de catorce nuevos presbíteros y doce diáconos 1.2.4. ¿Qué decir de la ordenación de trece nuevos sacerdotes y doce diáconos el pasado mes de julio, y uno, anteriormente, de la Hermandad de Operarios Diocesanos? Todos hemos visto ahí la gran benevolencia de Dios para con nosotros. ¡Qué regalo y qué esperanza para la diócesis en este Año de la Eucaristía, y qué responsabilidad ante esta señal de la predilección de Dios y de su gracia! Dios nos enriquece de manera muy importante y significativa, por pura bondad y misericordia suya. Los sacerdotes son necesarios. Sois necesarios, queridos hermanos sacerdotes. Hacen falta sacerdotes para que haya eucaristía, para que haya Iglesia, para que haya laicos entregados a la implantación del Reino de Dios en el mundo, para que haya vocaciones a la vida consagrada y a la acción misionera, para gustar y ver qué bueno es el Señor y cómo nos ama. Sin ellos -sin vosotros-, sin sacerdotes buenos y santos, pastores conforme al corazón de Dios, no habrá futuro para la Iglesia y la misma sociedad. Por ello, lo que hemos recibido en nuestra diócesis con estas ordena-ciones, es un don inmenso, que nos llama a ser fieles en el itinerario de formación que se sigue en nuestro seminario secundando aquellas directrices maestras de D. Marcelo tan arraigadas y originadas en los criterios del concilio Vaticano II. Nuevas vocaciones sacerdotales 1.2.5. Una señal de esperanza es, también, que Dios suscita vocaciones sacerdotales entre nosotros para responder a los grandes retos que la Iglesia tiene hoy en Toledo y a las necesidades nuevas que se le avecinan en su crecimiento, sin ignorar las demandas misioneras y el deber de compartir los bienes recibidos con otras iglesias hermanas que llaman a su puerta. Y signo de que Dios se complace en este suscitar nuevos pastores conforme a su corazón precisamente en esta diócesis de Toledo, sin duda por pura magnanimidad suya y seguramente también por la fidelidad de su presbiterio, y de su Seminario, y de sus gentes y familias, es el número alto de nuevos ingresos para el nuevo curso tanto en el Seminario Mayor como en el Menor. Dios nos sigue diciendo que cuidemos las vocaciones sacerdotales, que trabajemos por ellas, que cuidemos muy mucho nuestros Seminarios y su formación, como Dios y la Iglesia nos dicen. Sin duda la mejor promoción vocacional sois vosotros, los sacerdotes, que con vuestro testimonio, ejemplo, identidad, alegría y ánimo sacerdotal animáis a las nuevas generaciones de niños y jóvenes para seguir este camino que merece la pena realizar. En esta promoción vocacional un lugar imprescindible lo ocupa la oración. Creo que este año se ha orado mucho por esta intención, las monjas contemplativas lo han hecho, se ha hecho también en muchas parroquias y comunidades que han dedicado momentos especiales de adoración eucarística por este mismo motivo y han elevado preces en la Eucaristía con esta súplica; hay que seguir orando y reduplicando esta oración, que nunca falla. También la pastoral que se está llevando a cabo en bastantes grupos de jóvenes de algunas parroquias y de algunas espiritualidades muestran, por los frutos vocacionales, que su camino es correcto, que están en el buen camino: sigan por ahí. Y no digamos de los grupos de monaguillos, donde se está realizando una labor tan buena, que siempre podemos extender e intensificar. En todo caso, están siendo las familias cristianas en nuestra diócesis un instrumento valiosísimo para este surgir vocaciones por el que damos gracias a Dios, y sentimos la responsabilidad de avanzar sin desmayo y con ilusión esperanzada. Ese es otro de los signos que Dios apunta para secundar lo que Él pide y regala a su Iglesia que está en Toledo. El primer año de nuestro Plan Pastoral diocesano: «Favorecer el cultivo de la experiencia de Dios en Cristo». Año de la Eucaristía y de la Inmaculada 1.2.6. Sólo Dios sabe lo que el curso pasado ha supuesto como acontecimiento de gracia para nuestra diócesis que, de manera tan relevante, se ha unido al Año universal de la Eucaristía, y que ha tenido como gran objetivo pastoral: «Favorecer el cultivo de la experiencia de Dios en Cristo», fomentando «la vida de oración y el trato con Dios a nivel personal, familiar y comunitario en nuestras parroquias y comunidades»; revitalizando «nuestras celebraciones litúrgicas y, en especial, la Eucaristía dominical, en este Año de la Eucaristía»; difundiendo «el conocimiento de la Sagrada Escritura, para penetrar más en el conocimiento de Cristo»; y cultivando «la espiritualidad cristiana militante». Como digo, sólo Dios conoce lo que ha pasado en el favorecer e intensificar la experiencia de Él en nuestra diócesis: si hemos orado más, si hemos orado mejor, si le hemos conocido mejor en el trato personal y de amistad diario y en todo momento. Seguro que hemos fallado y mucho; pero más seguro aún, que Él se ha volcado con su gracia y se ha acercado a nosotros, y segurísimo también que la comunión de los santos es una realidad viva y que toda la diócesis se habrá visto revitalizada en su experiencia de Dios. Si hemos fallado, si no hemos llegado a todo el alcance de este objetivo, -cosa totalmente cierta- Dios, en su gran misericordia, habrá suplido nuestra deficiencia, cortedad e insensatez; pero, en todo caso, la siembra se ha hecho, la semilla ha sido depositada en el sembradío de nuestra diócesis: personas, comunidades, grupos, parroquias; dará su fruto; ahí queda para fructificar cuando el terreno esté más propicio, porque habrá de fructificar sin duda alguna. Todos seguimos escuchando la llamada que Dios nos ha hecho y nos hace a entrar más dentro de su intimidad, a tener ese trato de amistad con Él, singularmente por la Eucaristía, la oración y la escucha de su Palabra. Los objetivos pastorales no son equiparables a la cuenta de resultados de una empresa, ni cuantificables con pesos y medidas humanas, ni son conclusiones lógicas e inexorables de cuentas matemáticas, ni resultados eficaces y exitosos previstos de la producción de una máquina. Dios, por otra parte, no sabe o no le interesan los números ni tiene por nombre o atributo «éxito». Por eso insisto en que, a pesar de nuestra negligencia o pereza, de nuestra debilidad e incluso del pecado que hayamos podido tener en nuestra respuesta, Dios sabe lo que ha pasado, lo que ha quedado en el corazón del hombre y de nuestra diócesis y comunidades, y que ahí queda como recuerdo permanente y como meta necesaria que nos interpela y llama para no abandonarlo ni relegarlo al olvido. En cualquier caso, con nosotros, e incluso quizá a veces a pesar nuestro, ¿no es cierto que sí que ha ayudado este curso a tomar conciencia más viva entre los sacerdotes y los seglares de la necesidad de la oración, y que en no pocas parroquias se ha intensificado la oración, que se ha predicado sobre la oración y enseñado a orar, que se han propiciado momentos para la adoración y para vigilias, que se ha promovido la oración de las Horas, se ha difundido más o recuperado el rezo del Santo Rosario, y que algunas familias han vuelto a la oración en su seno? Miremos, por ejemplo, las reuniones sacerdotales, los encuentros del presbiterio diocesano, ¿no se ha orado más ahí? ¿No ha aumentado, aunque sea posiblemente aún insuficiente, el número de sacerdotes que hacen ejercicios espirituales? ¿No han respondido, acaso, al objetivo de fortalecer la experiencia de Dios y la vida interior y de oración la Carta pastoral de vuestros Obispos «Orar sin desfallecer», o las celebraciones del comienzo de curso con procesión de las reliquias de Santa Leocadia desde la basílica de su nombre a la Catedral, al comienzo de año, o la fiesta de la misma Santa Leocadia como final del Año Jubilar, o la reinstauración del Sermón de las Siete Palabras el Viernes Santo, o las «nuevas» procesiones del Corpus este año en Toledo con los enfermos, los niños y las familias, con los jóvenes, o la celebración de final de curso en el campo de fútbol del «Salto del caballo», en Toledo, con la presencia de casi cincuenta imágenes de la Virgen María de las distintas partes de la diócesis, o la magna peregrinación diocesana a Tierra Santa con cuatrocientos cincuenta peregrinos? Tengamos en cuenta, además, que han surgido algunos grupos de oración, algunas iglesias están más tiempo abiertas para facilitar la visita al Santísimo. Por lo que respecta a la difusión del conocimiento de la Palabra de Dios, se han dado algunos cursos bíblicos, -sin duda menos de los necesarios, pero se han dado-, y se ha extendido todavía más de lo que estaba la difusión de la lectura del «Evangelio de cada día», a través de diversos instrumentos. Y, por lo que se refiere a la Eucaristía, debemos señalar como relevante y emblemático todo lo que ha supuesto el Congreso Eucarístico Diocesano con sus diversas fases -parroquial, de Vicaría territorial y diocesana- la celebración del Corpus particularmente en Toledo, la adoración del Santísimo, semanal o mensualmente, en no pocas parroquias siguiendo lo que ya se venía haciendo o comenzando de nuevo, el inicio y continuación de la adoración permanente del Santísimo en la Capilla Arzobispal de la Inmaculada en Toledo -espero que pronto se animen en Talavera y se tenga allí también y que, así mismo, si no es posible todo el día y noche a lo largo del año, se pueda tener la adoración del Santísimo durante todo el día en otras poblaciones y lugares de culto-. No puedo pasar por alto ni silenciar, porque tanto tiene que ver con la Eucaristía, la inauguración del «Hogar 2000» dedicado a la Beata Teresa de Calcuta, para enfermos de SIDA, en las fiestas de Corpus: Eucaristía y caridad van unidas, la Eucaristía es fuente de la caridad. Alguna iniciativa más ha habido en lo que se refiere a la Eucaristía dominical. Es mucho lo que nos queda y algo lo que hemos hecho, ahí siguen los «deberes» y ahí la gracia de Dios que nos auxilia y la comunión de los santos. ¡Prosigamos con buen ánimo, sin abandonarlo, este camino y estos objetivos que el año pasado nos propusimos! Permitidme que, dentro de este apartado referido al objetivo pastoral para el curso trascurrido, comunique la nueva iniciativa -bien sabe Dios que no es obra de laboratorio ni ningún ensayo, sino de alguna manera indicación suya- de la nueva comunidad sacerdotal de sacerdotes seculares que se ha formado en la zona de Robledo del Mazo-Piedraescrita, integrada por tres sacerdotes, que será un espacio abierto a la oración y contemplación, a la dirección espiritual, a días de retiro y encuentro en el Señor, un lugar de acogida y de misión para intensificar la vida espiritual necesaria para evangelizar. Un lugar parecido, de alguna manera, a Buenafuente, que muchos de vosotros conocéis o habéis oído hablar. Tengo mucha esperanza en esta iniciativa que, sinceramente creo, dará abundantes frutos. Tampoco quiero omitir la mención de la encomienda que he hecho a un sacerdote de promover, alentar, fomentar y coordinar iniciativas en nuestra diócesis encaminadas al fortalecimiento de la vida espiritual en ella. En estos tiempos que vivimos, tan secularizados, Dios sigue hablando y despertando nuevos caminos. ¡Todo ello nos abre a la esperanza! Los jóvenes: la pastoral con jóvenes. El Encuentro Mundial de la Juventud con el Papa 1.2.7. Uno de los campos que más me preocupa y que, a veces, casi me angustia, es el de lo jóvenes. Lo tienen muy difícil y lo tenemos muy difícil con ellos. El momento que vivimos les es muy adverso. Todo, en el ambiente en que nos encontramos y que respiramos, parece invitarles a no seguir a Jesucristo, alejarse de la Iglesia y vivir una vida de libertad omnímoda y permisiva, cargada de relativismo, de exaltación del sujeto y dominada por el goce efímero y el disfrute en experiencias que pasan, en las que se dice «pasarlo bien». También en este campo, a pesar de apariencias en contrario, no podemos ni debemos desanimarnos en nuestra diócesis y dejar de considerar lo significativo de lo que se ha llevado a cabo el curso pasado para el fortalecimiento de su experiencia cristiana. Son emblemáticas las peregrinaciones de diferentes grupos y convocatorias a Guadalupe, Urda, Fátima, Santiago de Compostela, El Pilar o Lourdes; las vigilias de la Inmaculada y de Pentecostés; la procesión nocturna con el Santísimo en las fiestas de Corpus de Toledo; las reacciones espontáneas o programadas de los mismos jóvenes ante la muerte del Papa Juan II, «su Papa», y lo que se ha visto que significa para ellos su persona y su mensaje, la huella que les ha dejado; el amor y la esperanza que han puesto en el nuevo Papa, Benedicto XVI, también para ellos «su Papa». Cuánta esperanza para nuestra diócesis suscita en especial la peregrinación y el encuentro mundial de jóvenes este verano en Colonia con el Papa: ha sido un acontecimiento de gracia para todos, también para el numeroso grupo de jóvenes de Toledo, que han vivido intensamente como peregrinos las etapas del camino o itinerario espiritual hasta llegar a Colonia, y después, en Colonia, adorando al Señor con el resto de los jóvenes, con los Obispos de todo el mundo, y, sobre todo, con el Papa. Tenemos unos jóvenes y unos sacerdotes que trabajan con jóvenes que son una verdadera esperanza; he venido de Colonia con el ánimo ensanchado y dando gracias al Señor por su inmensa bondad. Esperanza también suscita el ver cómo está trabajando el Secretariado diocesano de pastoral de juventud, lo que se está realizando en los diferentes grupos y movimientos: en la Acción Católica de Jóvenes y niños, en el Camino Neocatecumenal, en los Cursillos de Cristiandad, en los Jóvenes por el Reino de Cristo, en los Peregrinos de María, en «Getsemaní», en «Oasis», en grupos parroquiales, en «Los Pinos», en los grupos universitarios, o en otras iniciativas. El trabajo es paulatino, el avance paso a paso, pero ahí está, los frutos ahí están también y sólo Dios los conoce enteramente. Se están poniendo cimientos. Es necesario trabajar sin descanso, sin desmayo, y sin desánimo. Para Dios no hay nada imposible. ¡Adelante, jóvenes! ¡Adelante, familias, no arrojéis la toalla, no os rindáis! ¡Adelante, comunidad diocesana, sacerdotes, personas consagradas, profesores de Religión, agentes de pastoral de juventud, no tengáis miedo a trabajar con ellos! ¡Son el futuro! Formación de agentes de pastoral: iniciativas y cauces 1.2.8. Otro terreno en el que también se han dado algunos pasos y se están poniendo las piedras para edificar un sólido edificio eclesial diocesano con capacidad de convocatoria y de vida de Evangelio, es el de la formación de agentes de pastoral, en particular de laicos. Me refiero, en concreto, a la Escuela Diocesana de Formación Teológica y Pastoral y al Instituto Superior de Ciencias Religiosas «Santa María», que ha sido ya aprobado y erigido por la Santa Sede el día 11 de julio, pasado, fiesta de San Benito, patrono de Europa. Estos dos instrumentos, muy jóvenes y tiernos aún en su andadura, están llamados a ser dos elementos claves para nuestra diócesis y para su obra evangelizadora: sin formación y sin difusión de la verdadera y sana doctrina de la Iglesia, nunca se llevará a cabo la urgente y apremiante obra evangelizadora que reclama el anuncio explícito de Jesucristo, el Hijo de Dios vivo venido en carne, y dar razón de la esperanza que nos anima. Ahí los fieles cristianos laicos van a encontrar uno de los medios necesarios para su testimonio y presencia cristiana pública en el mundo y para su aportación específica a la obra evangelizadora de la Iglesia. Es necesario que apoyemos estas iniciativas. Dios nos las regala y nos pide que las secundemos en esta hora en que apremia dar testimonio del Evangelio y evangelizar, como en los primeros tiempos, como en otros tiempos nuevos e incluso de inclemencia y crisis. Presencia de los cristianos en el campo de la cultura y en la vida pública 1.2.9. También veo como signos de moderada esperanza y acontecimientos de gracia en este año, que son como otras tantas señales que Dios nos pone para encaminarnos hacia el futuro, varias iniciativas llevadas a cabo en el campo de la cultura y de la presencia de los cristianos en la vida pública. En febrero pasado, la plataforma «Presencia cristiana» celebró un simposio sobre el tema «Fe y razón» con participación de un numeroso grupo de intelectuales y profesores, precedido de una exposición en la Universidad sobre los «Padres de Europa», y seguido de otra exposición de pintura moderna religiosa en la Iglesia de San Ildefonso de la Compañía de Jesús, con obras de un pintor talaverano sobre «El Apocalipsis, símbolo de la nueva Europa»: ambas intentaban transmitir un mensaje sobre las raíces e identidad de Europa ante el inminente referéndum para el Tratado Constitucional europeo. Al mismo tiempo en la nueva sala de exposiciones del Arzobispado podía verse la exposición «A imagen y semejanza» sobre Santa Leocadia y los 1300 años de santidad en nuestra diócesis a partir del martirio de la primera santa toledana. También los «cafés universitarios», organizados por el Secretariado de Pastoral Universitaria, han sido una sencilla, pero esperanzadora experiencia para hacer presente el Evangelio en el campo de la cultura. Finalmente, la diócesis de Toledo, uniéndose a la conmemoración del V Centenario de la muerte de la Reina Isabel «la Católica», ha celebrado un ciclo de conferencias y una magna exposición -«Isabel, la Reina Católica: Una mirada desde la catedral de Toledo»-, con las que no sólo ha hecho memoria agradecida esta gran mujer, grande esposa y madre, grande reina, y gran cristiana, sino que ha querido también mostrar su verdad y transmitir los grandes mensajes y legado que nos trasmitió, tan válidos y actuales para el momento concreto que estamos viviendo en España, y que tanto tienen que ver con Toledo, sus raíces, su historia y su vocación de siempre. En el terreno de la presencia de los cristianos en la vida pública, además del testimonio y de la acción de cristianos y de grupos cristianos que están actuando como tales en el campo de la familia, o de la política, o de la economía, o de los medios, quiero recordar tres acciones en las que los laicos de nuestra diócesis habéis dicho claramente que no queréis estar ausentes en cuanto cristianos de la vida pública, que queréis y estáis decididos a implicaros con compromiso público en aquellos campos donde se está jugando el futuro de la sociedad o que tocan a los derechos fundamentales de la persona humana. Me refiero en concreto a la recogida de muchos miles firmas, promovida particularmente por CONCAPA y Profesores de Religión, para reclamar los derechos que corresponden a los padres en la educación religiosa y moral de vuestros hijos en el ámbito de la escuela; o la iniciativa del Foro de la Familia y de varios grupos de cristianos laicos para la recogida, también de miles, de firmas, éstas acreditadas notarialmente, para promover una iniciativa legislativa popular sobre la verdad del matrimonio; o la convocatoria por parte del Consejo Diocesano de Laicos y posterior participación numerosa de toledanos en la manifestación del 15 de junio en Madrid reivindicando la verdad del matrimonio y de la familia, ante leyes injustas que la contradicen y vulneran. También esto es parte del cumplimiento de nuestro Plan Pastoral de este año que tenía como uno de sus objetivos concretos el «cultivar la espiritualidad cristiana militante». Otros acontecimientos. El conjunto del año nos prepara para el nuevo curso pastoral: «Hacer de Toledo una diócesis misionera» 1.2.10. Con toda certeza han ocurrido muchas más cosas, y hasta probablemente de más calado, en nuestra diócesis a lo largo de este año. Pero, en todo lo que he recordado con agradecimiento a Dios y con confianza en su Providencia, se puede ver como unos indicativos, unos signos por los que Dios nos encamina y que tienen que ver, en su conjunto, con aquel camino que señaló el Papa Juan Pablo II para España en el último viaje de mayo de 2003: «España Evangelizada, España evangelizadora», que nosotros hemos traducido para nuestra diócesis: «Toledo evangelizada, Toledo evangelizadora». El pontificado de Juan Pablo II, todo lo vivido en los últimos días de su enfermedad y en su muerte, la elección del Papa Benedicto XVI, la primavera que hemos vivido en aquellos días y la manifestación de una «Iglesia joven» en todos estos acontecimientos, la sucesión apostólica, la edificación sobre los Apóstoles, la comunión con la Iglesia católica y apostólica y con Pedro, la fidelidad a sus enseñanzas y al envío apostólico, la empresa misionera abierta en diferentes «frentes», la Eucaristía y la celebración de este Año Eucarístico, los sacerdotes y las vocaciones sacerdotales, el seminario, la vida de oración y el cultivo de la experiencia de Dios, la escucha y conocimiento de la Palabra de Dios contenida en la Sagrada Escritura, la formación de laicos y de agentes de pastoral, la atención a los jóvenes y la pastoral con ellos, la presencia evangelizadora en el campo de la cultura con diversas iniciativas: en fin, a través de todo ese conjunto Dios nos ha estado preparando para entrar en este nuevo curso donde nos espera promover con todas nuestras fuerzas, ayudados con el auxilio de la gracia divina, la misión. Porque ése va a ser el objetivo de la diócesis, conforme al Plan que elaboramos y aprobamos el año anterior siguiendo la voz del Espíritu a nuestra Iglesia: «Hacer de Toledo una diócesis misionera», secundando el mandato recibido del Señor, que constituye nuestra dicha e identidad más profunda: «Id por todo el mundo y anunciad la buena noticia»; «Id, enseñad y haced discípulos de todas las gentes»; «seréis mis testigos hasta los confines de la tierra». En todo ello nos ha acompañado y seguirá acompañando, la Virgen María, Estrella de la evangelización, a la que este año hemos contemplado especialmente en su Concepción Inmaculada, en diversos actos y con distintas iniciativas, como toda Santa y llena de gracia, modelo de santidad, base ineludible para impulsar una verdadera y sólida pastoral misionera.
III. ALGUNOS DATOS PREOCUPANTES DE LA SITUACIÓN ACTUAL Honda preocupación 1. Al mismo tiempo que esto y otras muchas más cosas sucedían como acontecimientos de gracia y bendición de Dios, nos hemos hallado envueltos en una serie de hechos y situaciones que nos hacen vivir el momento actual con una honda preocupación. Pienso que se asemeja bastante a la tempestad que azota la barca de Pedro en los evangelios o a los vientos contrarios de aquella noche del Evangelio en que Jesús anduvo sobre las aguas inquietas del lago de Genesaret. Pero allí se vio -y se verá siempre- la presencia del Señor que apacigua los mares procelosos y amaina los vientos contrarios que le obedecen, salva, y no deja que perezcan ni se hundan ni Pedro ni el resto de sus discípulos ni la barca de Pedro. Situaciones y actuaciones políticas y sociales que provocan preocupación Algunas legislaciones aprobadas o en curso 2. No acuso a nadie ni voy contra nadie. No pretendo ningún juicio político de nada. Simplemente trato de constatar unas situaciones que reflejan unas realidades de fondo que nos inquietan. Situaciones para una honda y grave preocupación, adversas a la voluntad de Dios y contrarias a la verdad y el bien del hombre, son, en efecto, las legislaciones aprobadas, o en curso de aprobarse, sobre algunos aspectos que atañen a realidades fundamentales como es el matrimonio y la familia, la vida o la educación. Tras estas legislaciones hay una realidad común que no puede pasar desapercibida. Leyes contrarias al matrimonio y la familia 2.1. La ley que tan ampliamente favorece, agiliza y abrevia el divorcio, o la que modifica el Código Civil para anular la verdad del matrimonio como unión única e indisoluble de un hombre y de una mujer en comunión de amor y de vida y abierta a la vida, son ataques a lo más básico del hombre y de la sociedad, de nuestra historia y de nuestra cultura, asentada sobre la base firme de la verdad de la familia y de cuanto ella representa. Se está socavando de este modo, dígase lo que se diga, lo que es el «núcleo central y fundamental de toda sociedad, ámbito ini-gualable de solidaridad y escuela natural de convivencia pacífica, que merece toda tutela y ayuda para cumplir sus cometidos». Se están, de hecho, postergando derechos primarios respecto a otros cuerpos sociales, entre los que se encuentra «el de nacer y crecer en un hogar estable, donde las palabras padre y madre puedan decirse con gozo y sin engaño». Con alguna de estas legislaciones, además, no se permite a los más pequeños prepararse «a abrirse confiadamente a la vida y a la sociedad, que se beneficiará en su conjunto si no cede a ciertas voces que parecen confundir el matrimonio con otras formas de unión del todo diversas, cuando no contrarias al mismo, o que parecen considerar a los hijos como meros objetos para la propia satisfacción» (Juan Pablo II, Al Embajador de España ante la Santa Sede, 18, junio, 2004). Es toda una concepción antropológica, una visión del hombre y del matrimonio, la que está en juego y en trance de desmoronarse. Esto es muy grave y de muy amplias y radicales consecuencias. Leyes contrarias a la vida y al derecho fundamental a la vida 2.2. Otras legislaciones y proyectos tendentes a aprobar la experimentación con células madre de embriones vivos, a pesar de todo lo que se quiera edulcorar con falsedad, o la ampliación que se propone para un futuro un poco más tardío de los supuestos y facilitación del aborto, o la extensión del uso de la píldora abortiva poscoital o del día siguiente, facilitándola incluso a los niños o preadolescentes, son nuevos y terribles atentados contra la vida de seres humanos inocentes e indefensos. Una vez más nos encontramos con estas leyes, además de otras cosas, con un cambio antropológico total, con una visión del hombre donde su verdad se desvanece y donde la persona humana desaparece. Resulta una grandísima «incoherencia de ciertas tendencias de nuestro tiempo que, mientras por un lado magnifican el bienestar de las personas, por otro cercenan de raíz su dignidad y sus derechos más fundamentales, como ocurre cuando se limita o instrumentaliza el derecho fundamental a la vida, como es el caso del aborto <o de la manipulación de embriones>»; con estas legislaciones, además, se está desoyendo e ignorando a «la conciencia humana que aspira a la verdad y se preocupa por la suerte de la humanidad»; legislando así, los responsables públicos, por lo demás, incumplen en cuanto garantes de los derechos de todos -que no «origen de los derechos innatos de todos»-, la obligación de defender la vida, en particular de los más débiles e indefensos, y de alcanzar las verdaderas «conquistas sociales» que son «las que promueven y tutelan la vida de cada uno y, al mismo tiempo, el bien común de la sociedad» y no el bien para algunos «a costa del sacrificio de otros» (Cfr. Juan Pablo II, Al Embajador de España). Proyectos legislativos que cercenan la libertad de enseñanza e impiden el verdadero derecho a recibir con todo el rango y garantías académicas una formación religiosa y moral en la escuela, conforme a las propias convicciones 2.3. El Proyecto de Ley Orgánica de Educación aprobado en Consejo de Ministros, en la lógica de la promoción de una escuela única, pública y laica, inaceptable como está, además de un recorte de derechos y libertades fundamentales, es un paso más hacia la desaparición o al menos debilitamiento en su rango académico, y desnaturalización de la formación religiosa y moral -uno de los derechos fundamentales de los padres, garantizado en la Constitución Española- y hacia la laicización de la sociedad, con graves consecuencias para el futuro de los actuales alumnos y de la misma sociedad. Es el hombre, una vez más, y el bien común de la sociedad, los derechos fundamentales, que son fundamentales independientemente del «status» jurídico que se les otorgue, la familia, y la gran cuestión de la verdad lo que está en juego. Otras campañas 2.4. Habría que añadir a estas leyes o a estos proyectos, las campañas subliminales -y no tan subliminales- favorecidas por instancias de poder en favor de la eutanasia, en favor de la calidad de vida como única vida merecedora de vivirse, o del «sexo seguro» y sin apertura a la vida, que denotan toda una mentalidad que se cierra sobre el hombre, cada día más incapaz de futuro. La desfiguración del Derecho. Parece que ya no hay Derecho. Se crean derechos inexistentes, y no se cumplen los verdaderos derechos 3. Me es duro decirlo, pero creo con toda sinceridad, que estamos entrando o inmersos en un mundo en el que parece que se cuestiona la existencia misma del Derecho -con mayúscula-. Parecería que ya no hay Derecho. Literal y sencillamente quiero decir que, en la práctica, se anula la posibilidad del Derecho al convertirse éste en la decisión del poder u obra del consenso. Lo que son verdaderos derechos -los referentes a la vida, la familia o la educación- no se asumen en su verdadera identidad, ni se acatan, más bien se hace propaganda en contrario y hasta se legisla, a veces, contra ellos; y sin embargo «se crean» derechos inexistentes como el «derecho al aborto», o a «acortar la vida», o a unirse personas del mismo sexo y a considerar matrimonio a esa unión. El Derecho siempre ha estado al servido del bien común, que pasa por el bien de la persona, para implantar la justicia y defender lo justo, para proteger al débil y al indefenso, lo que es fundamental e inalienable para el bien común y el bien de la persona humana: la vida, la familia, la justicia, la verdad... Hoy entre nosotros, sin embargo, se aprueban leyes, expresión de lo que debería ser aplicación y garantía del Derecho, que van precisamente contra la vida, la familia, lo justo, lo verdadero y lo bueno. Es más, ahora parece incluso, insisto, que se quieran inventar y reconocer derechos inexis-tentes, actuando de un modo arbitrario que excede a las capacidades de los Estados, lo cual dañará, sin duda muy seriamente, al hombre y al bien común. De la negación de la verdad al totalitarismo. La dictadura del relativismo Se nos está instando a asumir un horizonte de vida y de sentido en el que ya nada hay en sí y por sí mismo verdadero, bueno, justo en sí y por sí mismo, porque ya no tiene cabida la existencia de una verdad última. Hemos entrado en una mentalidad relativista, escéptica, y subjetivista, que niega la posibilidad y la realidad de principios estables y universales, de la verdad, en definitiva, o de acceder a ella, paso ineludible hacia cualquier forma de totalitarismo. «De la negación de la verdad al Estado totalitario», titula un excelente trabajo de investigación uno de nuestros sacerdotes sobre un autor de nuestro tiempo de gran influencia en la actual situación política de España, del que cito alguna de sus conclusiones. «La negación de la verdad y del bien -dice- es el motor que impulsa el proceso de expulsión de la religión del ámbito público. Si el bien y la verdad no pueden conocerse entonces sólo puede ligarse la ley a un sentido procedimental. Es una manera de entenderse los hombres, de vivir en comunidad sin matarse, de garantizar un marco donde cada individuo pueda realizar su ‘plan de vida’ sin causar daño a los otros. Gracias a este primer paso -relativista a pesar de afirmaciones que pretenden matizarlo o negarlo- la religión queda reducida al ámbito de lo privado. Hay un segundo paso. La visión contractualista de la sociedad se vuelve absoluta. Porque el Estado no tiene límites. No hay Dios, no hay ley natural, no hay ninguna verdad sobre el bien que esté encima de la voluntad del Estado. Es un Estado absoluto. La libertad del individuo es ilimitada según esta concepción filosófica. Cada hombre es libre para hacer lo que quiera. No hay ninguna ley superior que indique lo que se puede o no realizar. Sin embargo, para hacer posible la vida en la sociedad se realiza un pacto, a través del cual cedemos nuestros ilimitados derechos al Estado. Él velará para que estos ilimitados derechos se puedan cumplir asegurando al mismo tiempo solidaridad y seguridad. El Estado por tanto aparece sin límites morales, sólo procedimentales (...). El Papa Juan Pablo II alerta en la encíclica Centessimus annus del peligro: ‘Si no existe una verdad última, la cual guía y orienta la acción política, entonces las ideas y las convicciones humanas pueden ser instrumentalizadas para fines de poder. Una democracia sin principios se convierte con facilidad en un totalitarismo visible o encubierto, como demuestra la historia’ (CA 46) (...) La conclusión es clara: una democracia sin principios se convierte en un estado totalitario porque es ilimitado su poder moral y bajo la apariencia de defensa de la libertad y de lo plural lo que hay es una imposición de un monismo naturalista. Si ninguna concepción del bien y de la verdad tiene cabida en el Derecho, entonces lo que hay es -bajo apariencia de libertad- la imposición de unas leyes cuyo único principio es que no hay ningún principio trascendente. El pluralismo supuestamente es aceptado, pero con la excepción de aquellos que creen conocer la verdad. Estos no pueden ser aceptados porque son un peligro para la democracia» (L. Petit). Un mundo sin Dios o con Él. Dios lo verdaderamente y más decisivo para el hombre 4. Esta situación no es imaginaria o virtual, es real, es la que está instalada en ciertos ámbitos del poder, y que se va extendiendo y afianzando en la sociedad, sobre todo entre los sectores jóvenes, ante la pasividad o la resignación, como si nada ocurriera. Pero esto es grave. Y unido a esto, la irrupción de una pretendida nueva revolución cultural y social en la que Dios sobra y hay que eliminarlo. No anda muy lejos de ahí, incluso con mucha mayor radicalidad, un Nobel de Literatura, quien, en un reciente artículo aboga por la desaparición de Dios y la erradicación de su nombre de la esfera humana y de la sociedad porque constituye, para él, el problema capital que impide la paz y el entendimiento entre las gentes y los pueblos. Esta manera atea de pensar sustenta la opinión de poderes que crean o imponen una mentalidad que se va extendiendo más de lo que pueda parecernos. Lo que está en juego detrás de todo, lo digo una vez más, es un mundo con Dios o sin Dios: es Dios mismo. Esto es lo más grave que le puede pasar al hombre y a nuestra civilización. Es lo más decisivo. La suerte del hombre está en Dios. Somos de Dios, creación suya, estamos en sus manos; Él nos ha redimido, nos salva y nos ama con amor perpetuo y sin límites; en Él está la vida eterna, nuestra vida plena, el futuro y la meta. Somos de Él y para Él. El corazón humano trata en vano de extraer vida de otras fuentes, pero en realidad se destruye, como demuestran tantos signos de nuestro tiempo, en los que son evidentes las consecuencias trágicas de la ausencia de Dios. En esta ausencia de Dios se funda la crisis de nuestra cultura, y tenemos que confesar que también la crisis de la Iglesia es en buena parte la consecuencia de una cierta marginación de la realidad de Dios. Por lo mismo, sólo se superará tal crisis y se devolverá a nuestra Iglesia diocesana y a nuestras parroquias toda su vitalidad, si desparece ese «silencio o ausencia» de Dios, si volvemos a Dios, si se le devuelve a Dios el lugar vital y central que le corresponde en el corazón, en el pensamiento y en la vida del hombre. El Papa Benedicto XVI en la vigilia con los Jóvenes del Encuentro Mundial de Colonia, ha hablado directamente de aquello que salvará siempre a la humanidad: «Sólo de Dios proviene la verdadera revolución, el cambio decisivo del mundo. En el siglo pasado hemos vivido revoluciones cuyo programa común fue no esperar nada de Dios, sino tomar totalmente en las propias manos la causa del mundo para transformar sus condiciones. Y hemos visto que, de este modo, un punto de vista humano y parcial se tomó como criterio absoluto de orientación. La absolutización de lo que no es absoluto, sino relativo, se llama totalitarismo. No libera al hombre, sino que le priva de su dignidad y lo esclaviza. No son las ideologías las que salvan el mundo, sino sólo dirigir la mirada al Dios viviente, que es nuestro creador, el garante de nuestra libertad, el garante de lo que es realmente bueno y auténtico. La revolución verdadera consiste en mirar a Dios, que es la medida de lo que es justo y, al mismo tiempo, es el amor eterno. Y, ¡qué puede salvarnos, si no es el amor!» (Benedicto XVI). Esta es la situación que vivimos y ésta es la respuesta que necesitamos hoy en España, en nuestra sociedad, en nuestra diócesis. Un laicismo esencial e ideológico con sus consecuencias y expresiones Todo esto encaja perfectamente dentro del laicismo esencial e ideológico que viene expresado en las leyes o los proyectos legislativos a los que me he referido. Dios no cuenta, Dios queda relegado a la esfera de lo privado, aún más, Dios no tiene que ver con el mundo, no es real, no es el origen, guía y meta de todo el universo. Todo está sujeto al hombre y a la decisión del hombre, a su libertad. Así tampoco cuenta la verdad que nos precede y de la que no podemos disponer. No hay verdad. Dejará de ser cierto que «la verdad nos hará libres» (Jn 8, 32), para pasar a la certeza de que «la libertad nos hace verdaderos», según una desafortunada expresión que parece pretender enmendar la plana al mismo Jesucristo. La realidad de la naturaleza obra del Creador y a Él referida deja de tener valor. Deja de existir lo bueno y lo malo en sí mismo, porque ya no hay bueno ni malo por sí mismo, en toda circunstancia y lugar, siempre. Dependerá de las circunstancias, de los intereses, de los fines que se persigue. El fin justifica los medios. Todo es cálculo y estrategia, todo se mide por la proporción de los efectos. Todo queda, en fin, sometido a la elección y decisión del hombre, en su individualidad del sujeto, en la individualidad de la mayoría, en la individualidad del que detenta el poder. Pero eso es una dictadura, la «dictadura del relativismo», a la que se refirió al comienzo del Cónclave quien después sería elegido Papa Benedicto XVI. Estamos, pues, ante un cambio epocal, ante el impulso de una ideología que pretende hegemonizar todo, ante una verdadera revolución cultural, reflejo de un mundo sin Dios, que se vuelve contra el hombre, se diga lo que se quiera. En eso estamos y a eso vamos. Es a lo que se llama «modernidad o modernización», la gran meta a la que, nos dicen, hay que aspirar, cuyo ingrediente imprescindible habrá de ser el laicismo, como ideología, y la mundanización de todo, sin mirada a lo alto, o la preocupación exclusiva por la tierra y por las metas de esta tierra sin apuntar más allá de este horizonte, porque estorbaría para su progreso y desarrollo. Así se está construyendo una «sociedad de arqueros» que apuntando con su flecha a la tierra nada más, se quedan cortos, a un paso de sí mismos o en sí mismos, sin horizontes amplios, sin vuelos, y con el riesgo de que su misma flecha rebote sobre ellos y los hiera y hasta los aniquile; no miran al cielo, a lo lejos, no tienen una mirada de amplios horizontes, y así tampoco pueden poner las metas en un gran futuro, menos aún en la vida eterna, que es el grande, verdadero y único futuro al que todo hombre está llamado. Un proyecto cultural que conlleva la erradicación de las raíces cristianas 5. A esta situación se refirió amplia y constantemente el siempre querido y recordado Papa Juan Pablo II. Su diagnóstico ha sido siempre certero; me remito, por ejemplo, a las encíclicas «Veritatis Splendor», «Evangelium Vitae» y «Fides et Ratio» y a la Exhortación Apostólica «Ecclesia in Europa». Es un clima, pudiéramos decir, general en Occidente, que en España está teniendo una intensidad especial y se está impulsando con una aceleración inusual, lo cual nos indica que nos hallamos ante un gran proyecto político y cultural, apoyado por fuerzas poderosas y anónimas, que tratan de impregnar y configurar todo y en todas las esferas de la vida; que tratan de penetrar los criterios de juicio y de pensamiento, con esta mentalidad desde los medios de comunicación a la escuela, desde la familia a la política, todo. En este proyecto y como algo inherente al mismo entra, así se palpa en muchísimas manifestaciones y acciones políticas y sociales, la erradicación de nuestras raíces más propias, de la tradición más genuina y noble que hemos recibido y en la que hemos nacido y vivido, y de la base religiosa y cristiana que la sustenta, con el consiguiente y paulatino cercenamiento de la misma libertad religiosa. Entiéndase todo esto referido de manera clara a la fe católica que es la de nuestro pueblo, la que es tan frecuentemente, zaherida y atacada, en nuestros días, en medios de comunicación y en otras actuaciones. Reducción de la fe a la esfera de lo privado y restricción de la libertad religiosa 6. A eso, con toda lucidez, naturalidad y valentía se refería el Papa Juan Pablo II en el último de sus discursos a Obispos españoles en la «Visita ad Limina» del pasado enero, ya mencionada. «En el ámbito social, decía, se va difundiendo una mentalidad inspirada en el laicismo, ideología que lleva gradualmente, de forma más o menos consciente, a la restricción de la libertad religiosa, hasta promover un desprecio o ignorancia de lo religioso, relegando la fe a la esfera de lo privado y oponiéndose a su expresión pública. Esto no forma parte de la tradición española más noble, pues la impronta que la fe católica ha dejado en la vida y en la cultura de los españoles es muy profunda para que se ceda la tentación de silenciarla. Un recto concepto de libertad religiosa no es compatible con esta ideología, que a veces se presenta como la única voz de la racionalidad. No se puede cercenar la libertad religiosa sin privar al hombre de algo fundamental». Extensión de la mentalidad laicista y su repercusión en las nuevas generaciones 7. Esta mentalidad ha calado, está calando, en nuestra sociedad, de manera particularmente intensa, aunque no exclusivamente, entre la nuevas generaciones de niños y de jóvenes, totalmente inermes, débiles e indefensos frente a toda la gran fuerza y el inmenso poder de las enseñanzas y mensajes que se trasmiten en medios de comunicación, sobre todo en ciertos programas, en algunas enseñanzas escolares, en el ambiente que nos rodea y con la fuerza de la propaganda en favor de medidas legislativas o modelos de sociedad que se están adoptando. El deterioro de la familia, al que se la intenta llevar y que la va minando desde dentro, frecuentemente también indefensa ante el poder y la avalancha de esa ideología y sistema de vida, incapaz por lo mismo de educar, es otro factor de difusión y caldo de cultivo para que toda esa mentalidad y forma de ver las cosas cale en el alma y en el pensamiento de los pequeños y jóvenes. A eso hay que añadir el actual proyecto escolar que de manera aparentemente inocua ha ido inculcando, sutil y eficazmente, el predominio de la razón instrumental, del subjetivismo y del relativismo, la ausencia de la pregunta por el sentido de la vida y el valor de la verdad. Hoy nos encontramos con no pocos jóvenes inmersos, mental y vitalmente, en esta mentalidad dominante, lejos de los criterios de pensamiento y del juicio de valor que entraña la fe en Jesucristo, y aun la misma recta razón. Repercusiones en la educación y para la enseñanza religiosa escolar 8. Por eso, el mismo Papa Juan Pablo II, en el mencionado discurso re-ferido a España, se refería a la educación y a la escuela y, en concreto, a la enseñanza religiosa escolar como algo fundamental a mantener y tutelar. Decía: «En el contexto social actual, están creciendo las nuevas generaciones de españoles, influenciadas por el indiferentismo religioso, la ignorancia de la tradición cristiana con su rico patrimonio espiritual y expuestas a la tentación de un permisivismo moral. La juventud tiene derecho, desde el inicio de su proceso formativo, a ser educada en la fe. La educación integral de los más jóvenes no puede prescindir de la enseñanza religiosa también en la escuela, cuando lo pidan los padres, con una valoración académica acorde con su importancia. Los poderes públicos, por su parte, tienen el deber de garantizar este derecho de los padres y asegurar las condiciones reales de su efectivo ejercicio, como está recogido en los Acuerdos parciales entre España y la Santa Sede de 1979, actualmente en vigor». Esto se ve amenazado por el intento de llevar a cabo el modelo de escuela pública, impuesto por una ideología, aunque esté en contra del sentir de los ciudadanos que, en su inmensa mayoría, como se demuestra año tras año -así hasta veinticinco años ya- piden para sus hijos formación religiosa y moral católica, porque la consideran básica y fundamental para su educación. Campañas contra la Iglesia como reaccionaria y contraria a la modernidad, y de descrédito de la religión y de la moral de la Iglesia. Incidencia de estas campañas 9. Al mismo tiempo se va trasmitiendo de modo incisivo y sembrando en las mentes de muchos la idea de que todo ese conjunto de normas y de criterios de actuación y de vida son propios de un mundo moderno, progresista y de futuro, conquista de la modernidad y obra de la democracia, a la que se exalta y se la identifica con esa ideología y ese conjunto de criterios permisivos y relativistas. En la siembra de esas ideas se presenta a la Iglesia como enemiga de la modernidad y de la democracia, lo cual resulta alta y absolutamente intolerable. Así cada día se va incidiendo más en el rechazo a la Iglesia y el arrinconamiento de lo religioso a lo íntimo y privado del hombre. Se agravará esa posición hostil y de rechazo, si a esto se añade que lo que Iglesia propugna es una pervivencia del pasado y una vuelta a posiciones inquisitoriales propias de otros tiempos. Asimismo esta ideología y propaganda muestra a la Iglesia como reaccionaria ante la ciencia y al progreso; como contraria y adversa de la libertad; como enemiga del disfrute y bienestar; como misógina, homófoba y represiva del sexo; como dictadora de las conciencias y ávida de poder; como insolidaria ante la realidad y consecuencias de ciertas enfermedades, como el SIDA. La cosa se empeora, si en ciertos ámbitos escolares, en lecturas que se recomiendan o en programas de TV, se muestra lo religioso, y, más en concreto, al cristianismo como factor de división, de hostilidad, o de violencia. (Por lo demás, así eran presentadas las religiones en el libro de las «Propuestas para un debate», del Ministerio de Educación para una reforma educativa). La consecuencia es que hoy nos encontramos, en buena parte de los casos, con adolescentes y jóvenes que son, por un lado, hijos de nuestro tiempo, dominados por la mentalidad imperante que antes he descrito y, por otro, que tienen todo ese peso de la ideología y de la propaganda contraria a la Iglesia. No es extraño que no pocos vivan alejados de la Iglesia, incluso con hostilidad hacia ella, manteniendo una distancia tan enorme que les hará difícil escuchar y aceptar lo que la Iglesia propone. Eliminación de lo católico en este proyecto cultural y social 10. En esta situación, personas y grupos influyentes que configuran ciertas esferas de poder tratan de implantar un proyecto cultural y social donde queda eliminada la realidad católica, «propugnan la laicización del Estado y pretenden configurar una sociedad laica, sin ninguna referencia religiosa ni moral, sin otra norma objetiva que el pleno reconocimiento de una omnímoda y quimérica libertad que termina siendo un auténtico nihilismo moral» (F. Sebastián). Esto lleva aparejado en el proyecto de sociedad que propugnan, la eliminación deliberada de lo católico en la vida pública, su reducción al ámbito de lo privado, o su equiparación o equivalencia a otras religiones muy minoritarias en nuestro país. A esto se añade que «en nuestra sociedad está apareciendo con fuerza una corriente de pensamiento que considera que la democracia crece solamente cuando la religión ha sido eliminada de la vida pública. Para quienes opinan así, la democracia solamente puede realizarse en un clima de estricto laicismo, en el que las instituciones públicas desconocen la vida religiosa de los ciudadanos y ésta pasa a ser una actividad estrictamente privada» (F. Sebastián). La desmembración de la unidad dentro de este proyecto no resulta casual 11. A todo este cambio cultural, social, político y religioso, que conlleva la erradicación de lo católico en la vida de las gentes de nuestra sociedad y el intento de eliminación de nuestras raíces, no resultaría tal vez extraño el movimiento por parte de algunos de desmembración de la unidad de los pueblos de España. La pérdida de la unidad de España podría contribuir también a la superación de aquellos principios y valores que la sustentan y aquellas raíces que la alimentan. La negación y pérdida de éstos podría representar la negación de la identidad de aquélla. Estamos viviendo un momento difícil y delicado para España. Los católicos españoles sabemos que la fe católica y sus raíces en España, que constituye uno de los primeros patrimonios de nuestro pueblo, y la suerte de la Iglesia católica corren ciertos riesgos. Es necesario ser muy conscientes de ello, ser muy lúcidos ante su importancia y su alcance. Hoy se nos llama a creer y a mostrar con obras y palabras, en el corazón de esta sociedad y en medio de los pueblos de España, la verdad del Evangelio, la salvación de Jesucristo y la esperanza de la vida eterna. Los diagnósticos de Juan Pablo II y de Benedicto XVI sobre el momento presente y los de la Conferencia Episcopal: dificultades fuera y dificultades dentro 12. A esta descripción podríamos añadir aún alguna palabra de definición y determinación de la situación humana y cultural del momento que vivimos. Me remito a los diagnósticos del Papa Juan Pablo II, en numerosos documentos e intervenciones, y también del Papa Benedicto XVI, en diversos escritos. También son muy importantes los diagnósticos de la Conferencia Episcopal Española, en bastantes de sus documentos y declaraciones. Me remito, así mismo, a las afirmaciones que en este sentido he hecho en otras cartas pastorales de años anteriores. En todos estos diagnósticos, que nos afectan de lleno a nosotros, los diocesanos de Toledo, advertimos una realidad complicada. Dificultades, incluso hasta descalificaciones, y aun ciertas formas de «persecución» desde fuera; pero también dificultades desde dentro, por la secularización interna que atravesamos, por la dificultad, y hasta la incapacidad, de evangelizar, de llegar al hombre de hoy, de hacernos comprender y sintonizar por nuestros jóvenes. Lo más arduo y sobresaliente hoy es, sin duda, esa cultura de la increencia, tan alejada y opuesta al Evangelio y a la dignidad verdadera del hombre, que genera nuevos modos de pensar y valorar; ese «intento de hacer prevalecer una antropología sin Dios y sin Cristo. Esta forma de pensar ha llevado a considerar al hombre como el ‘centro absoluto de la realidad, haciéndolo ocupar así falsamente el lugar de Dios y olvidando que no es el hombre el que hace a Dios, sino que es Dios quien hace al hombre. El olvido de Dios condujo al olvido del hombre’, por lo que, ‘no es extraño que en este contexto de haya abierto un amplísimo campo para el libre desarrollo del nihilismo, en la filosofía; del relativismo en la gnoseología y en la moral; y del pragmatismo y hasta el hedonismo cínico en la configuración de la existencia diaria’»; una cultura que «da la impresión de ser una apostasía silenciosa por parte del hombre autosuficiente que vive como si Dios no existiera» (Juan Pablo II, "Ecclesia in Europa", 9). Esta realidad también afecta a los cristianos, y, aunque parezca contradictorio, se traduce en una vida en la que Dios no cuenta, en la que se intenta compatibilizar el vivir diario con la cultura dominante; más aún, se vive sin Iglesia o en distancia real hacia ella, con una fe que no configura todo nuestro ser y las esferas de la vida en su totalidad. Debilidades y miserias en los hombres que formamos la Iglesia: trigo y cizaña en el campo de la Iglesia Ni Juan Pablo II, ni Benedicto XVI, ni la Conferencia Episcopal -basta leer sus escritos para percatarse de ello- niegan nuestras debilidades y miserias a lo largo de los tiempos y en la situación actual. A todos nos estremecieron las palabras sobre la Iglesia del todavía Cardenal J. Ratzinger en el «Vía Crucis» de la Semana Santa de Roma de este año, donde se preguntaba: «¿Qué puede decirnos la tercera caída de Jesús bajo el peso de la cruz? Quizá nos hace pensar en la caída de los hombres, en que muchos se alejan de Cristo, en la tendencia a un secularismo sin Dios. Pero, ¿no deberíamos pensar también en lo que debe sufrir Cristo en su propia Iglesia? En cuántas veces se abusa del sacramento de su presencia, y en el vacío y la maldad de corazón donde se entra a menudo. ¡Cuántas veces celebramos sólo nosotros sin darnos cuenta de Él! ¡Cuántas veces se deforma y abusa de su Palabra! ¡Qué poca fe hay en muchas teorías, cuántas palabras vacías! ¡Cuánta suciedad en la Iglesia y entre los que, por su sacerdocio, deberían estar completamente entregados a Él! ¡Cuánta soberbia, cuánta autosuficiencia! ¡Qué poco respetamos el sacramento de la Reconciliación, en el cual Él nos espera para levantarnos de nuestras caídas! También esto está presente en su pasión. La traición de los discípulos, la recepción indigna de su Cuerpo y de su Sangre, es ciertamente el mayor dolor del redentor, el que traspasa el corazón. No nos queda más que gritarle desde lo profundo del alma: kyrie, eléison - Señor, sálvanos» (cf Mt 8, 25). El mismo Cardenal añadía a continuación en la plegaria que dirigía al Señor: «Frecuentemente tu Iglesia nos parece una barca a punto de hundirse, que hace aguas por todas partes. Y también en tu campo vemos más cizaña que trigo. Nos abruman su atuendo y su rostro tan sucios. Pero los empañamos nosotros mismos. Nosotros quienes te traicionamos, no obstante los gestos ampulosos y las palabras altisonantes. Ten piedad de tu Iglesia: también en ella Adán, el hombre, cae una y otra vez. Al caer quedamos en tierra y Satanás se alegra, porque espera que ya nunca podemos levantarnos; espera que Tú, siendo arrastrado en la caída de tu Iglesia, quedes abatido para siempre». Es preciso reconocer nuestros pecados y ponerlos ante el Señor, e invocar su misericordia. Es necesario pedir perdón y purificarnos; y, al tiempo, estamos proclamando de esta manera que Él puede y que no nos deja solos, que Él se ha levantado resucitando de entre los muertos, permanece con nosotros, en su Iglesia, en ella «se manifiesta viviente, siempre con nosotros y al mismo tiempo ante nosotros», hasta el fin de los siglos, y puede levantarnos, salvar y santificar a su Iglesia en nuestros días, como lo viene haciendo a lo largo de su historia. Por eso, como acaba de decir el propio Benedicto XVI en Colonia, «se puede criticar mucho a la Iglesia. Lo sabemos, y el Señor mismo nos lo ha dicho: es una red con peces buenos y malos, un campo con trigo y cizaña». Sin perder la esperanza Los problemas y las contrariedades están ahí, pero no son para perder la esperanza, sino para afrontarlos con acierto y esperanza. Las dificultades de fuera, el acoso al que se ve sometida la fe y la Iglesia desde el exterior y las que puedan venir no debieran darnos ningún miedo; tampoco las dificultades internas, las deserciones incluso y las debilidades y fragilidad de nuestra fe, de nuestro cristianismo de hoy, incapaz de comunicar a nuestros hermanos de hoy el inmenso tesoro que llevamos dentro. El Señor está con nosotros hasta el fin de los siglos: ésa es su promesa que se cumple hoy. Él no se baja de la barca, la Iglesia, ni la abandona, ni deja de andar sobre las aguas procelosa por contrarios y fuertes que sean los vientos adversos ni por la duda o temor de los suyos. La historia de la Iglesia, desde Jesucristo mismo, se ha visto envuelta en persecuciones, adversidades, traiciones, negaciones, abandonos, y no ha caído, ni caerá. Los poderes de este mundo pasan. La Palabra de Dios, Dios mismo, no pasan ni pasarán, Cristo es el mismo ayer, hoy y siempre. La Iglesia ha sido edificada sobre la roca firme de Pedro, y de la fe que confiesa Pedro; los poderes del infierno no prevalecerán sobre ella. «En el fondo, consuela que exista la cizaña en la Iglesia. Así, no obstante nuestros defectos y debilidades, podemos esperar estar aún entre los que siguen a Jesús, que ha llamado precisamente a los pecadores. La Iglesia es como una familia humana, pero es también al mismo tiempo la gran familia de Dios, mediante la cual Él establece un espacio de comunión y unidad en todos los continentes, culturas y naciones. Por eso nos alegramos de pertenecer a esta gran familia; de tener hermanos y amigos en todo el mundo. Justamente aquí experimentamos lo hermoso que es pertenecer a una familia tan grande como el mundo, que comprende el cielo y la tierra. En esta gran comitiva de peregrinos, caminamos junto con Cristo, caminamos con la estrella que ilumina la historia» (Benedicto XVI). La estrella de la fe. La gran cuestión del mundo y de nuestra sociedad española en esta encrucijada de la historia, y la gran cuestión de la Iglesia, es, como siempre, la fe, el vivir la vida con Dios o sin Él, el estar guiados o no por esa luz, por esa estrella, que es la que en la noche del mundo al que no le atrae ni interesa Dios, orienta y conduce al encuentro dichoso de la alegría grande en el Enmanuel, Dios-con-nosotros. A esta gran cuestión habremos de responder.
IV. «HACER DE TOLEDO UNA DIÓCESIS MISIONERA» Poner nuestra diócesis en estado de misión, en pie de misión: ése es nuestro objetivo 1. Esta situación, con todas sus consecuencias, detalles y circunstancias, lo mismo que cuanto vemos que Dios ha suscitado entre nosotros y ha hecho posible a lo largo del curso pasado como signos e indicativos de su llamada, apuntan a una misma respuesta: la que está contemplada como objetivo del año para estos próximos doce meses, es decir: hacer de Toledo una diócesis misionera, evangelizar, poner toda nuestra diócesis en estado de misión. Porque de eso se trata: poner a toda la diócesis en estado de misión, a punto para la misión, y misionando y evangelizando en todo y por todos. Impulsar una nueva y decisiva evangelización, intensamente, a lo largo de todo el año, a tiempo y a destiempo, buscando que todo sea misionero y evangelizador, con actividades específicas y especiales que habremos también de procurar con capacidad creadora. Una gran misión en nuestra diócesis, una nueva evangelización es la respuesta que Dios reclama de nosotros y a la que nos urge y apremia el amor por nuestros hermanos. Purificación de la Iglesia en esta situación: para evangelizar Lo que estamos viviendo en este tiempo, cierto que con no pocos sufrimientos, entiendo que es una purificación de la Iglesia y, como en toda purificación, una llamada a cumplir la voluntad de Dios que quiere hacer llegar su salvación a todos. Una purificación, pues, de la Iglesia que está aquí, para que siendo Iglesia conforme la ha querido y quiere su Señor, Jesucristo, fortalezca su identidad de fe, y se entregue llena de confianza, gastándose y desgastándose, a la gran labor y al gran servicio a los hombres y a la sociedad de nuestro tiempo, que es la misión a cumplir con una nueva evangelización. Para ello será preciso que nos armemos de unas actitudes y que nos dispongamos con unos sentimientos y unas certezas. También es preciso que lleguemos a una aclaración precisa de lo que es y representa en concreto esta nueva evangelización con sus contenidos, fines y método. Y por último, también será preciso, que indiquemos y sugiramos algunas actividades que este curso nos pueden ayudar a poner nuestra diócesis en verdadero estado de misión y que llegue a ser, en verdad, misionera. Identidad y entraña de la evangelización Conviene para todo ello que recordemos y tengamos muy en cuenta lo que pertenece a la entraña, naturaleza, fines, contenido y método de la evangelización. De posiciones e ideas diferentes sobre lo que es la evangelización surgen a menudo disensiones y aun posturas encontradas o divergentes que nos pueden llevar a una estéril disgregación. Me remito para ello a los fundamentales y clarificadores documentos del Magisterio de la Iglesia, en concreto dos de los Papas, Pablo VI: la Exhortación Apostólica «Evangelii Nuntiandi», y Juan Pablo II: la Encíclica «Redemptoris Missio»; ambos juntos e inseparables. También me remito a la intervención del entonces Cardenal J. Ratzinger, hoy Benedicto XVI, en el Jubileo de los Catequistas y Educadores cristianos del año 2000, sobre «La nueva evangelización», que publico con esta misma Carta Pastoral como anexo de la misma. Así mismo, tened muy presentes, las sobrias y precisas indicaciones que se nos ofrecen a todos en el «Desarrollo del Plan Pastoral Diocesano» para este próximo curso. 2. Actitudes, sentimientos y certezas para impulsar una nueva evangelización en nuestra diócesis Evangelizar: algo más que unas actividades y métodos programados 2.1. Poner a la Iglesia diocesana, toda ella, en estado de misión, «hacer de Toledo una diócesis misionera», impulsar una nueva evangelización entre nosotros no significa, en primer término, planear un amplio o reducido número de actividades; programar y llevar a cabo muchas o pocas, acciones de alguna manera llamativas o extraordinarias; comenzar enteramente de nuevo como si nada hubiese acaecido antes en nuestra diócesis o en nuestras parroquias y en nuestras gentes o poner entre paréntesis las cosas que se vienen haciendo. Es verdad que habrá que programar, sugerir acciones, más aún tendremos que llevar a cabo algunas acciones «especiales» y, si queremos, que se salgan de algún modo de lo ordinario. Pero es más que eso, exige más que eso. Reclama unas actitudes que son previas y concomitantes, pide vivir de unas certezas básicas o reavivarlas en nosotros, convoca a tener unos sentimientos -en el fondo, los mismos de Jesús-, exige avanzar en el camino de crecimiento en la amistad y amor a Jesucristo; sin esto no habrá una nueva evangelización, ni podremos desplegar algunas de esas acciones que podemos llamar extraordinarias. A todo ello me refiero ahora sin que la mención cronológica, suponga necesariamente una prelación sobre el conjunto; todo está concatenado y mutuamente referido. Hacer la voluntad de Dios. Buscar lo que Dios quiere. Los criterios de Dios 2.2. Cuando nos disponemos a secundar lo que el Espíritu nos dice a nuestra Iglesia, expresado también en el Plan Pastoral de la Diócesis para el próximo curso pastoral, traemos una vez más a la memoria, lo que el Papa Benedicto XVI dijo sobre sí mismo y su «programa» en orden a orientar el ejercicio de su ministerio y su actividad futura en el gobierno de la Iglesia: «Mi verdadero programa de gobierno -nos dijo Benedicto XVI en la homilía de la inauguración del Pontificado- es no hacer mi voluntad, no aferrarme a mis ideas, sino ponerme a la escucha, con toda la Iglesia, de la palabra y de la voluntad del Señor y dejarme guiar por Él, de tal manera que sea Él mismo quien guíe a la Iglesia en esta hora de la historia». Ahí tenemos el núcleo y lo básico para este «programa» que Dios traza para Toledo: con Cristo, no buscar, ni imponer ni aferrarse a la propia voluntad o las ideas de cada cual o de los diferentes grupos, sino, como Él, buscar la voluntad de Dios en todo, hacer lo que Dios quiere y piensa, no lo que nosotros opinamos y queremos, no seguir nuestras propias ideas y nuestros propios criterios sino los de Dios, los que Jesús nos nuestra y lo que Jesús hace: porque Él ha venido a cumplir la voluntad del Padre en todo y no la suya, porque toda su vida es cumplimiento de lo que el Padre quiere, porque viéndole a Él hasta la cruz vemos en carne humana y en la cercanía de esta carne el querer de Dios, los criterios de Dios, sus costumbres, por los que hace presente la Buena Noticia de su amor y de su querer, de su perdón y salvación, su obra de evangelización y redención. Dejarnos guiar por Cristo es imprescindible para llevar a cabo su obra entre nosotros, que no es otra que evangelizar: para esto ha venido Él al mundo, para anunciar el Evangelio del Reino de Dios y hacer presente el amor inconmensurable con el que Dios ama a los hombres, su querer, su voluntad. Así es como Él también guiará, seguirá guiando, nuestra Iglesia diocesana, como el único y Buen Pastor de nuestras almas, el único dueño de este rebaño que peregrina por nuestras tierras, como solamente Él sabe hacerlo, por las sendas de los buenos pastos y de las aguas que sacian; defendiendo a las ovejas atacadas, curando a las heridas y maltrechas, reuniendo a las dispersas: que eso es, de hecho, evangelizar. Ponernos a la escucha de lo que Dios quiere y dice en Jesucristo Para ello, subrayo, es imprescindible que toda la Iglesia diocesana, desde los obispos hasta el último de los fieles, nos pongamos, con toda la Iglesia, a la escucha de Cristo, de su palabra, de su voluntad. Vamos a vivir un año en el que toda la diócesis nos pongamos a la escucha de Cristo, con la Iglesia entera; así, «habremos de estar con Él», habremos de estar más y más cercana e intensamente con Él, para que le podamos escuchar en la suavidad de su presencia, entremos en su misterio de Hijo único de Dios vivo venido en carne, y nos veamos trasformados y como trasfigurados por Él, asumamos su misma vida, sus mismos criterios, sus mismos sentimientos y actúe en nosotros con su celo por la gloria de Dios que es que los hombres vivan. No lo olvidemos nunca, buscar y entregarse a la voluntad de Dios, es buscar y entregarse por completo a Cristo, en quien se nos hace palpable y vemos cumplida la voluntad divina. Ahí está, como en su núcleo, todo cuanto corresponde a la evangelización y a una Iglesia en estado de misión. De aquí surgirá el nuevo ardor que Juan Pablo II reclamó para la nueva evangelización: como los caminantes de Emaús, así nosotros, al escucharle, acompañados por Él en el camino, en aquella cercanía tan grande, sintieron que su corazón ardía, y tras comer el Pan de la Vida, no pudieron más que ir a donde estaban los otros, volver a la comunidad de los discípulos, a comunicar con todo gozo y esperanza lo que les había pasado en el camino. Así, guiados por Él, entregados a Él, iluminados y encendidos por su Palabra, por su presencia, y por el Pan de la Vida, llevaremos a cabo el querer de Dios que es que nuestra diócesis de Toledo sea en verdad y en todo «misionera». Poner a nuestra diócesis en estado de misión en el quinto centenario de la muerte de San Francisco Javier: estímulo, aliento, ejemplo y patrono de la obra misionera. Invocar su intercesión, la de otros santos misioneros o impulsores de la misión 2.3. Es providencial, además, que nuestra diócesis tenga como objetivo pastoral el hacer de ella una «diócesis misionera», coincida precisamente en el año en que en la Iglesia vamos a celebrar el quinto centenario de la muerte de San Francisco Javier, el gran santo misionero, el «nuevo Pablo» del siglo XVI, el Patrón de las misiones, devorado por el celo apostólico para evangelizar hasta los confines de la tierra. Un hombre apasionado por Cristo y por darlo a conocer a todas las gentes, «Divino impaciente» que recorre a pie el mundo entero, sin escatimar esfuerzo alguno, por que el Evangelio fuese acogido por los hombres de los confines de la tierra. Que Dios nos conceda este año, como pide la Iglesia el día de la fiesta de San Francisco Javier, la gracia de que nuestros corazones ardan en el mismo celo apostólico, que nos devore ese celo por la gloria de Dios y la salvación de los hombres, que nos consuma la pasión por evangelizar, que nos desvivamos por dar a conocer a Jesucristo por amor a los hombres, y que cuando no podamos hablarles de Él, de Dios, que será muchas veces, no nos abandonemos en esta pasión evangelizadora y le hablemos de ellos, con nombres y rostros concretos a Jesucristo, a Dios. Como Jesús hizo hasta la muerte, en la soledad orante del encuentro del Padre, o como sigue haciendo ahora, glorioso, con las llagas y el costado abierto intercediendo por todos y cada uno de los hombres. A san Francisco Javier encomendamos «la misión» de Toledo y su diócesis en este año, sin olvidarnos de Santa Teresa del Niño Jesús, cuyas reliquias nos visitaron en el año en que comenzábamos el Plan Pastoral Diocesano bajo el lema y la consigna de Juan Pablo II: «Toledo evan-gelizada, Toledo evangelizadora». Tampoco olvidaremos, aunque no haya sido aún proclamada santa, a la Reina Isabel, que impulsó hace más de quinientos años la gran empresa evangelizadora de América. Reconocer nuestras carencias humanas y cristianas y las dificultades que nos encontramos: Llamada de Dios a identificarnos con Cristo 2.4. Es preciso que humildemente, como ya hemos insinuado o hecho en el apartado anterior, reconozcamos nuestras carencias y pobrezas humanas y cristianas, y las no pocas dificultades que hay en nosotros para evangelizar, para comunicar y transmitir la fe, para que nos entiendan y acepten las nuevas generaciones y los hombres y mujeres, marcados por todo ese mundo complejo que nos domina y que se muestra impermeable, aunque sólo aparentemente, a Dios. Es el camino para ponernos en movimiento y purificarnos, que es donde radica la genuina renovación que precisamos. Porque es verdad, lo primero que necesitamos en nuestra Iglesia, en nuestra diócesis y comunidades, es una renovación profunda, a la que se apuntaba en los objetivos y acciones pastorales del año anterior, siempre necesaria, sólo iniciada, nunca acabada. «Necesitamos, en efecto, que nuestra experiencia de Dios y de Jesucristo, nuestra fe viva, se fragüe, se sedimente y fortalezca para anunciar el Evangelio; necesitamos acoger de nuevo el Evangelio de Jesucristo, que se haga vida en nosotros, que vivamos de él, como el justo vive de la fe» (De la Carta Pastoral «Toledo evangelizada, Toledo evangelizadora»). Que Cristo nos gane Necesitamos que «nos gane» Jesucristo para Él; que «nos neguemos a nosotros mismos», que «nos perdamos» a nosotros y lo nuestro, para que sea Él y lo «suyo», que es lo de su Padre; que nos gane, se adueñe de nosotros, y viva en nosotros, de forma que su pensamiento, su querer, su sentir y su actuar actúe en nosotros: sea Cristo nuestra vida. Que no nos importe otra cosa que Él, que vivamos para Él y desde Él, que Él sea para nosotros ese tesoro escondido o esa perla fina que lo merece todo, y que reclama que nuestro corazón sea ganado enteramente para Él, y nuestros criterios de juicio y de pensamiento sean los suyos. Que como Andrés y Simón, Juan y Santiago, Mateo o Zaqueo, Francisco Javier, san Juan de Ávila y tantos y tantos a lo largo de la historia, lo dejemos todo; que no seamos como el joven rico que no fue capaz de dejarlo todo por Jesús y seguirle, y así se fue entristecido, no encontró la alegría y la plenitud de la vida. De esta manera evangelizaremos, así es como en este tiempo podremos ser signos significativos y atraer, con la gracia de Dios, a los no creyentes y alejados. Tener conciencia clara de que el mundo necesita a Dios. Nosotros le necesitamos 2.5. El mundo necesita el Evangelio, porque necesita a Dios. Necesita a Jesucristo, porque necesita a Dios. Sin Dios el hombre se pierde, camina sin sentido, carece de esperanza ante el vivir y el morir. El mundo necesita de Dios, revelado, presente, entregado en Jesucristo, para que resplandezca la verdad de la creación y del hombre, se instaure la justicia, haya paz entre las gentes y los pueblos. No nos sintamos, porque no lo somos, espectadores pasivos ante esta necesidad No podemos quedarnos impasibles ante esa necesidad tan grande, a veces ni siquiera caemos en la cuenta, pero, con más frecuencia de lo que queremos imaginar, muy explícita y consciente, que vemos en los que se han alejado de la fe, en los que no creen, en los que padecen la quiebra y vacío que acarrea esta no fe o su pérdida; en los que sufren el desamor, la injusticia o el olvido de los hombres que pasan de largo ante sus propias necesidades y lamentos. No podemos sentirnos espectadores pasivos de esta dramática situación; es preciso que la sintamos como en carne propia con todo el dolor que entraña y la compasión que debiera suscitar. Situación dramática del hombre de hoy, que, como hombre, no se contenta con menos que con Dios y que sin Él, se diga lo que se diga, no vive Al final se trata de una gran necesidad e indigencia que llama insistentemente y con fuerza a nuestras puertas, que nos grita hoy. Es verdad que, en principio, parece existir una gran distancia entre lo que muchos hombres de hoy, sobre todo en los sectores más jóvenes reclaman, y lo que desde la Iglesia les estamos ofreciendo o comunicando, o lo que ellos están entendiendo que les ofrecemos; es verdad que parece tener los oídos cegados para oír, o los ojos embotados para ver; es cierto que muchos sienten una casi «alergia» o una notable indiferencia a lo que viene de nosotros, miembros de la Iglesia. Lo advertimos y lo vemos reflejado en medios audiovisuales de comunicación y de ocio que crean opinión más de lo que pensamos, y que expresan, con diversos registros y lenguajes, el odio a Dios, el odio a Jesucristo, su rechazo más pleno, al que desearían eliminar del horizonte de la humanidad. Pero no menos cierto, y más verdadero aún, es que «donde desaparece Dios, el hombre no se convierte en algo más grande, sino que pierde la dignidad y pasa a ser el fruto de una evolución ciega» (Benedicto XVI). E igual de cierto y verdadero es que también el hombre de nuestro tiempo, como el hombre de siempre, quiere encontrar sentido a la vida y a la muerte, quiere ser feliz, descubre en el fondo de su corazón, el anhelo de «más», el deseo de absoluto, quiere llenar su pobre corazón que, en expresión teresiana, «no se contenta con menos que Dios». Es totalmente seguro que en el corazón de todo hombre, también el de hoy, está inquieto, como diría san Agustín, hasta que descanse en Él; que el hombre, el hombre en cuanto hombre, sea de la condición que sea y viva en las circunstancias que viva, anhela y aspira a verse lleno de lo que le colme plenamente. Sólo Cristo responde a esta radical demanda del hombre, también hoy. Anunciarle, siguiéndole junto a los que nos han precedido ¿Quién puede responder a esa demanda sino Jesucristo, el que tiene palabras de vida eterna, y es camino, verdad y vida? Sólo Él llena, sólo Él satisface y sacia. A nuestros amigos, a nuestros familiares, a nuestros paisanos, a nuestros jóvenes y niños que no lo han descubierto o están escépticos o atrapados por esta civilización o por un estado de opinión ateo y pagano, cristofóbico, presentémosles la persona de Jesucristo, hecho carne de nuestra carne, como «encarnado» en nuestras propias vidas; y ayudémosles a descubrirle en su verdad y su riqueza y a abrirle su corazón; veremos cómo sí le siguen. «En Jesucristo, que por nosotros permitió que su corazón fuera traspasado, en Él se ha manifestado el verdadero rostro de Dios. Le seguiremos junto con la muchedumbre de los que nos han precedido. Entonces iremos por el camino justo» (Benedicto XVI). No un sucedáneo, sino el Cristo real y verdadero También los cristianos hoy hemos de preguntarnos al contemplar a nuestros hermanos tan alejados de la fe, ¿no será que les estamos presentando un sucedáneo de Jesucristo, o un Cristo no hecho vida de nuestra vidas en el fondo, un «fantasma» o una reproducción aprendida de memoria sin que haya tomado carne de nuestra propia y personal carne, o sin que tengamos de Él una experiencia viva, salvadora y sanante, fruto del encuentro con Él y de la experiencia de su amor y bondad conmigo? Para ello, para evangelizar, para que nos escuchen y entiendan -otra cosa será que le acojan y le sigan- es necesario que, como decía antes, Cristo se haya hecho vida nuestra y que para nosotros la vida sea Cristo; y que se palpe y vea que nos importa por encima de todo, que nos ha trasformado y hecho hombres nuevos, por una vida y novedad que merece vivirse. Dios, revelado en Jesucristo, es la paz y no da lugar a violencia. Testimoniar a Jesucristo 2.6. El mundo de hoy está sufriendo mucho a causa de la violencia, y el terrorismo; se siente amenazado, y desearía que toda eso acabase y apareciese la paz, la concordia, la integración, el entendimiento y el encuentro entre las gentes y los pueblos. Algunos se permiten afirmar que Dios es un estorbo para ello, cuando sólo Él podrá traer la paz a los corazones y a los pueblos. Cuando hoy, en el nombre de Dios, se predica el odio y se practica la violencia, es necesario descubrir el verdadero rostro de Dios, el rostro de Dios que se nos ha desvelado en Jesucristo, que cargó sobre sí nuestros crímenes y pecados, nos amó hasta el extremo, y trajo el perdón y la reconciliación y la paz. Es preciso que viviendo en Dios, y ante Él, mostremos testimonialmente la verdad de Jesucristo. Pararse a contemplar el rostro de Cristo para evangelizar 2.7. Como veis, resulta enteramente necesario para llevar el Evangelio, hoy, que nos paremos y pasemos largo tiempo, muchas horas contemplando el rostro de Cristo, que es el «rostro de Dios mismo», su imagen, como nos indicaba el Papa Juan Pablo en «Novo Millenio Ineunte», o en su Carta Apostólica sobre el Santo Rosario. Necesitamos, en efecto, contemplar su rostro, el que nos ofrece cada página del Evangelio, el que se nos muestra en esa página tan bella de las Bienaventuranzas en la que Jesús mismo nos ofreció su propio autorretrato, o en la cruz y llagado donde le vemos con su rostro más genuino, el de Dios mismo inclinado a lo más escarnecido del hombre y a los más humillados, a tantos y tantos pobres, afligidos, hambrientos, enfermos, crucificados de la historia con los que Él mismo se identifica, en esa página tan única y bella del capítulo 25 de san Mateo. También vemos su rostro en esos miles y miles, miríadas, de santos y testigos suyos en los que ha quedado plasmado su rostro y las cotas más altas de la verdadera humanidad, o en la comunidad humilde de sus discípulos, a lo largo de la historia, que es la Iglesia. Acercarnos a Él para contemplar su rostro donde se le puede encontrar Para contemplar su rostro hemos de acercarnos a Él en persona. Desde la lejanía lo veremos borroso y desdibujado: por eso debemos acercarnos hasta donde podamos ver y contemplar de cerca no como espectadores lejanos, sino al igual que Zaqueo, interesados verdaderamente en su persona. Contemplar, pues, su rostro, y dejarse penetrar de él; copiar en nosotros como en el velo de la Verónica o en la vida de los santos, ese mismo rostro suyo. Y, como en el Tabor, dejarse iluminar por el brillo de su gloria, de su verdad: la verdad de Dios y del hombre inseparables, en la que confluye y se esclarece toda la historia de los hombres, todas las esperanzas, todos los caminos; y se disipan todas las oscuridades que nos envuelven, pero más allá de las cuales, se atisba, como horizonte, también la realidad de la Cruz. Y, en esa contemplación del rostro de Cristo, escucharle a Él, como el Hijo de Dios bien amado, predilecto suyo en quien el Padre plenamente se complace. En la escucha y en la contemplación entraremos dentro de su verdad que será luz para nosotros, nos hará libres y trasfigurará en hombres nuevos; también entonces, como en un nuevo Caná de Galilea, al escucharle y hacer lo que Él nos dice, gustaremos del vino nuevo de la «hora» de Dios, de Dios entre nosotros y con nosotros, del vino del que carecen los hombres y que es Dios mismo, derramando su sangre en favor nuestro como bebida de salvación para que la bebamos, para que saciemos nuestra sed de verdadera humanidad y de amor y nos llene de alegría desbordante, la cual ya no puede ser contenida sin hacer partícipes de ella a los demás. Entonces seremos misioneros, entonces evangelizaremos como san Pablo o san Francisco Javier, san Juan de Ávila, o el mismo Juan Pablo II. Así seremos una diócesis misionera y pondremos nuestra diócesis y sus gentes en un verdadero estado de misión. Convertirnos a Dios y llamar a la conversión en una sociedad pagana 2.8. No podemos negar que vivimos tiempos «recios», lo hemos visto antes. Podemos gemir y deshacernos en lamentos, como tentación, tal vez, a propósito de lo que he afirmado sobre la situación que atravesamos, pero esto, además de estéril, no se corresponde con la fe cristiana. Quizá podamos incurrir en el error de buscar culpables de esta situación o, sencillamente, «ver la mota en ojo ajeno»; incluso podemos sentir ante todo lo que está pasando, fuera y dentro de nuestra sociedad y de la Iglesia, una sensación grande de impotencia frente a la magnitud y las dificultades del momento. Vivimos, cierto, una sociedad típicamente pagana, en la que se percibe un gran eclipse de Dios, en la que Dios no cuenta o en la que una parte amplia vive de espaldas a Él, incluso contra Él; una situación donde se quiere ver a Dios como un problema, «el problema» de nuestra sociedad avanzada; una sociedad, en todo caso, en la que como he dicho antes y me habéis escuchado ya tantas y tantas veces: lo que está en juego en ella es la manera de entender la vida con Dios o sin Dios, con fe o sin ella, con esperanza de vida eterna o sin más horizonte que los bienes del mundo; la preeminencia del progreso material y la coexistencia sin amor; una sociedad con un código moral objetivo valedero por sí mismo y respetado desde dentro o una vida con la afirmación soberana de la propia libertad como norma absoluta de comportamiento hasta donde permitan las reglas externas de juego. Y esto es muy importante y decisivo. No da lo mismo una cosa que otra. Este es el reto para nosotros los cristianos: que los hombres entendamos y vivamos la vida con Dios y con esperanza en la vida eterna; que los hombres creamos en Jesucristo, le sigamos y alcancemos con Él la felicidad, la verdad que nos hace libres, el amor que nos hace hermanos, porque solo el amor de Dios puede hacer hermanos; hacer nacer aquella verdadera fraternidad de los hijos «nacidos» de Dios porque sin Dios no habrá hermanos que vivan con aquel amor y caridad, que propone san Pablo en la primera carta a los Corintios, y que es también retrato y rostro del amor de Cristo. Por eso se trata de volver a Dios, y encontrar, de nuevo, la plena comunión con Él, en quien está la dicha y felicidad del hombre, la vida y la esperanza, la paz y el amor que lo llena todo y sacia los anhelos más vivos del corazón humano. Convertirse significa repensar la vida y la manera de situarse ante ella desde Dios, donde está la verdad; poner en cuestión el propio y el común modo de vivir, dejar entrar a Dios en los criterios de la propia vida, no juzgar ni ver, sin más, conforme a las opiniones corrientes que se dan en el ambiente, sino en conformidad con el juicio y la visión de Dios mismo, como vemos en Jesús. Convertirse es dejar que el pensamiento de Dios sea el nuestro, asumir, por tanto, «su mentalidad y sus costumbres», como comprobamos y palpamos en Jesucristo. Convertirse significa en consecuencia: no vivir como viven todos, ni obrar como obran todos, no sentirse tranquilos en acciones dudosas, ambiguas o malas por el mero hecho de que otros hacen lo mismo; comenzar a ver la propia vida con los ojos de Dios; buscar por consiguiente el bien, aunque resulte incómodo y dificultoso; no apoyarse en el criterio o en el juicio de muchos de los hombres - y aun de la mayoría-, sino sólo en el criterio y juicio de Dios, sólo en Dios, en la comunión con Él; es decir, convertirnos o volvernos a Dios, auxiliados por su gracia, para que nuestro pensar y nuestro querer, nuestros deseos y nuestras obras, se identifiquen con el querer y el pensar de Dios, y nuestro actuar no sea sino la realización de su voluntad, de su designio de amor y de gracia. El pensar, el querer y el actuar de Dios lo encontramos hecho carne palpable, acontecimiento y realidad de nuestra historia, en su Hijo Jesucristo. Por esto la conversión es volver a Jesucristo, es dejar que su pensamiento penetre en el nuestro y que nuestro obrar sea seguirle en todo. Así, ofrecer al mundo el testimonio de una vida nueva, animada en el seguimiento de Jesucristo, Camino, Verdad y Vida. En otras palabras: convertirse implica buscar un nuevo estilo de vida, una vida nueva en el seguimiento de Jesucristo, que entraña aceptar el don de Dios, la amistad y el amor suyo, dejar que Cristo viva en nosotros y que su amor y su querer actúen en nosotros; se trata de, como Zaqueo, acoger a Jesús y dejarle que entre en nuestra casa y con Él llegará la salvación, una vida nueva, y el cambio de pensar, de querer, de sentir y actuar conforme a Dios. Convertirse es tener la humildad de entregarse al amor de Dios, entregado en su Hijo Jesucristo, amor que viene a ser medida y criterio de la propia vida. «Amaos como yo os he amado»: amar con el mismo amor con que Cristo nos ama a todos y a cada uno de los hombres. Reconocer y arrepentirse de los pecados Esto reclama, por ello, la conversión de todos, nosotros los cristianos, los primeros. Decir conversión es decir también reconocimiento y arrepentimiento de nuestros pecados, volver a Dios. Porque hemos pecado, todos. Porque pecamos y pecamos mucho, porque hoy, aunque a algunos les pueda resultar chocante, se peca de muchas maneras, entre otras, olvidando o rechazando Dios. Es ahí donde está el pecado mismo, extendido en múltiples actos y manifestaciones: vivir sin Dios o de espaldas a Él, sustituyendo a Dios o reviviendo, en tantas manifestaciones, el grito del príncipe de la mentira: non serviam (no serviré), de una cultura que se pretende «oficial». Quien dice que no peca es un mentiroso, y hoy se miente cuando no se reconocen los propios pecados. Es preciso sentir la llamada a la conversión, nosotros los primeros, llamar a la conversión de los pecados, predicar a tiempo y destiempo la conversión: sin esto no habrá misión. Por eso poner a nuestra diócesis en estado de misión exige la conversión de los evangelizadores que somos todos y cada uno de los cristianos, que la formamos. Los cristianos no somos meros espectadores. No nos podemos cruzar de brazos. Nos sentimos urgidos a evangelizar. No podemos callar, ni dejar de denunciar los pecados, ni de anunciar la gracia y la conversión. Pero sólo podemos hablar si nos convertimos, sólo podemos hablar si creemos: «Creí, por eso hablé». «Si no creemos, tampoco subsistiremos». Es preciso que ahondemos más y más en la conversión, en el sentido y exigencias de la conversión; para ello me remito a las dos anteriores Cartas pastorales de comienzo de curso. Volver a comenzar y evangelizar de nuevo: como en los primeros tiempos, como los Apóstoles 2.9. En nuestro tiempo se impone una realidad nueva respecto a la evangelización. Hay que volver a comenzar. Hay que volver de nuevo a evangelizar. Hay que vivir y anunciar el Evangelio así: en su realidad más radical y original, en su sustancia viva y en sus contenidos fundamentales. Como lo vive y anuncia la Iglesia de los santos, en comunión con ella, en comunión con los Apóstoles; hay que vivir y anunciar el Evangelio como les ha sido confiado y dado a conocer a los Apóstoles por la revelación del Padre, y no por las opiniones de «la carne y la sangre» de la cultura, o de los poderes oficiales, o de los pregoneros de los «poderes de este mundo», o de los pronunciamientos y fabricaciones al uso en cada momento. Anunciar el Evangelio de la Cruz, no querer saber otra cosa ni anunciar a otro que a Cristo y Éste crucificado, aunque se considere una estupidez o una necedad a los ojos y oídos de los «bienpensantes» de la época o de ciertas instancias, aunque esto sea despreciado como políticamente incorrecto, aunque ni cultural ni socialmente tenga cabida, eco y altavoz en ciertos canales mediáticos. Anunciar la sabiduría de la Cruz, la única que ilumina, salva y libera, es decir, el Evangelio, Jesucristo en persona, como si nunca lo hubieran escuchado, en nuestras casas y hogares; anunciar el Evangelio de Jesucristo a nuestros vecinos, a las personas con las que tratamos y convivimos, con las que trabajamos o compartimos tareas e ilusiones. Como en los primeros tiempos. Como si fuese la primera vez que se anuncia a Jesucristo en el interior de un pueblo; con toda su fuerza de novedad, escándalo y provocación, sin quitarle ninguna «arista» y con todo su inigualable atractivo; con toda la fidelidad a su persona, inseparable de la Iglesia, sin ninguna desfiguración, arreglo o acomodo, sin mirar al tendido buscando el aplauso y la anuencia; sin hurtar nada de lo que es propio de Él y pertenece a «su entraña»; sin ignorar que, como le pasó a Pablo en el Areópago de Atenas, seguramente también hoy nos dirán con oídos escépticos, cerrados, agnósticos o incrédulos: «En otra ocasión os escucharemos, ahora dejadnos tranquilos y no nos creéis problemas» (Cf He 17, 22-33). Nos toca anunciar a Jesucristo, oculto a los sabios y entendidos de este mundo, sin complejos, ni temores, con sencillez ilusionada y entusiasmo vigoroso; con audacia apostólica; con inmenso amor hacia todos. Y ese anuncio, desde la experiencia gozosa de fe que nos transforma interiormente y nos hace vivir la vida con una entera confianza y esperanza en Dios que nos ama. Así estará nuestra diócesis en estado de misión, en cuanto haga, enseñe, viva, testimonie y celebre. Aprender a vivir y anunciar el Evangelio en un mundo pagano y secularizado, siendo levadura en la masa y sal de la tierra 2.10. Vivimos, como dije, un ambiente pagano, sin paliativo de ningún tipo, que también nos toca -tal vez más de lo que nos parece a los diocesanos de Toledo-. Tenemos que aprender a vivir como cristianos en ese ambiente, siendo levadura en la masa, como el alma en el cuerpo, como luz puesta en lo alto para que alumbre en la oscuridad de nuestra «noche del ateísmo colectivo» actual, como sal que sazona y preserva los alimentos, como levadura que fermenta la masa de nuestro mundo insípido y dañado, dando vida y aliento a nuestros hermanos de hoy. Y vivir como cristianos, con todas las consecuencias, es vivir la autenticidad del Evangelio, dar testimonio de él, anunciarlo, ser lo que el alma al cuerpo. Esta debería ser nuestra respuesta ante la escasez de anuncio evangelizador de nuestra Iglesia diocesana a los que no creen o se han alejado de la fe o están en contra de ella. Para ello es preciso, diría que imprescindible, crear ámbitos de vida cristiana, donde se viva en concreto lo que es y significa el cristianismo; ámbitos y comunidades donde poder pensar, vivir, orar, celebrar, orientar la vida entera conforme al Evangelio. Es posible con la ayuda de Dios Con la ayuda de Dios esto es posible. No lo dudemos. Seamos humildes para reconocer que el auxilio nos viene del Señor que hizo el cielo y la tierra, que para Él nada hay imposible, y que nos basta su gracia y la fe capaz de mover montañas. No tengamos miedo alguno, aunque la «empresa» nos supere, aunque esté por encima de nuestras fuerzas, y el camino se presente largo. Por ello, como se lee de Elías (Cf 1 Re 17 ss), en su dolorosa y difícil travesía contracorriente de los poderes y de la oficialidad, es necesario «alimentarse» del alimento que no perece, el que sacia y da vigor, y que sin embargo se nos da gratis: Cristo, en su palabra, Cristo hecho Eucaristía, pan de vida. Como peregrinos, con la mirada fija en el Rostro de Cristo, nuestro camino y nuestro «programa» 2.11. Para «hacer de Toledo una diócesis misionera», es preciso que nos unamos a toda la Iglesia peregrina, y, con ella, prosigamos nuestro camino con nuestra mirada fija en el Rostro, en la persona, de Aquel que es el iniciador y consumador de nuestra fe: Cristo Jesús, Puerta siempre abierta de par en par a la esperanza para las nuevas generaciones de este Tercer Milenio. Es evidente que se está abriendo una nueva etapa en la vida del mundo y de toda la Iglesia, por lo mismo también en la vida de nuestra Diócesis; y lo que Dios nos pide en esta hora y en esta situación social y cultural que estamos viviendo, tan distinta a la de hace pocos lustros, «cada vez más variada y comprometida» (NMI 40), es que encaminemos nuestros pasos por el único camino que conduce a la meta de la esperanza. El camino, en efecto, nos lo traza el mismo Cristo: Él mismo es la meta y el camino, la verdadera fuente y el término de nuestra esperanza; Él es el presente y el futuro del hombre, un futuro que es posible, porque en el presente está Jesucristo. No busquemos, pues, otra respuesta a los grandes retos que se nos abren en los pasos de esta nueva etapa de la historia. Como dijo el Papa Juan Pablo II, en «Novo Millenio», y nos recuerda el Papa Benedicto XVI desde el comienzo mismo de su pontificado: «No se trata de inventar un nuevo programa. El programa ya existe. El de siempre. Se centra en Cristo mismo al que hay que conocer, amar e imitar para vivir en Él la vida trinitaria y transformar con Él la historia» (NMI 29). Por mucho empeño que pongamos en dar ingenuamente con «fórmulas mágicas» y proyectos fabulosos no hallaremos otro camino verdadero que no sea éste ante los grandes desafíos de nuestro tiempo. Así nos encaminaremos por las sendas de una diócesis misionera.Con todo el corazón puesto en Cristo 2.12. No busquemos, pues, un programa bien trabado de objetivos y acciones, como fabricado en laboratorio pastoral, ni nos preocupemos tanto por los métodos, los procedimientos o las organizaciones. Todo ello es obra humana. Lo que debe importarnos por encima de todo y antes de cualquier programación, como indicó Benedicto XVI al comenzar su ministerio petrino, es escuchar y buscar la voluntad del Señor. Es lo que también dijo el Papa Juan Pablo II, y que tanta veces habremos repetido: «No será una fórmula lo que nos salve, pero sí una Persona y la certeza que ella nos infunde: ¡Yo estoy con vosotros!» (NMI 29). Por eso se trata ahora de buscarle de todo corazón y seguirle, de oírlo y contemplarlo, adorarlo, vivirlo, y darlo a conocer con obras y palabras. Cultivar el encuentro con El y la configuración con Él en una vida de gracia y santidad en seguimiento suyo es la clave para una apasionante renovación de nuestro mundo, y de un renacimiento pastoral en nuestras comunidades, en la Iglesia universal, y en nuestra Diócesis. Se trata de enamorarnos enteramente de Jesucristo, con verdadera pasión por Él, con confianza plena y sin fisura puesta en Él, sin dudar de Él, dejándonos agarrar de la mano por Él que no nos dejará que nos hundamos y nos devore el «mar proceloso» de nuestro tiempo. De esta renovada experiencia de fe y de amor a Jesucristo podrá nacer un nuevo ímpetu en la misión de la Iglesia. Dar testimonio de lo que hemos «visto y oído» 2.13. A partir de ese encuentro y de esa experiencia renovada de Jesucristo, no dejaremos de comunicar y testificar lo que «hemos visto y oído» acerca de Él. Nadie que haya recibido la gracia de la fe en Él puede eximirse de dar testimonio del Evangelio de la Encarnación y Nacimiento de Jesucristo, del Evangelio de la Cruz y de la Redención, del Evangelio de la Esperanza que descansa en la victoria de su Resurrección. En Cristo las expectativas de la Humanidad hallan su fundamento más real y firme. La salvación y la vida están en Cristo, Hijo Único de Dios que «se encarnó por obra del Espíritu Santo, nació de María la Virgen, y así compartió nuestra condición humana menos en el pecado; anunció la salvación a los pobres, la liberación a los oprimidos y a los afligidos el consuelo. Para cumplir los designios de Dios, él mismo se entregó a la muerte y, resucitando, destruyó la muerte y nos dio nueva vida. Y porque no vivamos ya para nosotros mismos, sino para Él, que por nosotros murió y resucitó, envió al Espíritu Santo, como primicia para los creyentes, a fin de santificar todas las cosas, llevando a plenitud su obra en el mundo» (Plegaria Eucarística IV). Dar razón de la esperanza hallada y palpada en Cristo: nadie nos puede separar de su amor La esperanza de todo ser humano se colma en Cristo por su victoria del amor sobre el odio, del perdón sobre la venganza, de la verdad sobre la mentira, de la solidaridad sobre el egoísmo, de la libertad sobre toda forma de esclavitud y de dominio opresivo. En Cristo está todo el amor, Dios nos ha amado hasta el extremo en Él, no se ha reservado nada, lo ha entregado todo, se ha dado todo, nos ha comprado con su propia sangre que es la de Dios mismo. En Él tenemos la suprema y total cercanía de Dios, Dios con nosotros, que no pasa de largo en el camino de la vida ante el hombre tirado y despojado, herido y maltrecho, y se acerca a él, y se apiada de él, y carga con él sobre sus hombres, como ha cargado con nuestros pecados y ha sufrido en sus heridas todo lo terrible y condenable que hay en el pecado, en los pecados innumerables, de los hombres. Quien ha sentido tal cercanía de Cristo, este amor suyo, como san Pablo y todos los misioneros y evangelizadores del mundo no puede menos que testificar: ¿Quién puede apartarnos del amor de Cristo? ¿La espada, la aflicción, la guerra, la burla, la descalificación, el odio del mundo, la persecución, la propaganda adversa, las legislaciones contrarias, las privaciones de medios, los poderes mediáticos, políticos o económicos...? En todo eso venceremos fácilmente por Aquél que nos ha amado y ha vencido en Cristo, resucitado de entre los muertos. Nada ni nadie, pues, podrá apartarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús (Cfr. Rom 8). Este testimonio del amor de Cristo Jesús sí que llena al hombre perdido, al hombre necesitado de amor, al hombre afligido. Por eso necesitamos palpar y ganarnos por completo por este amor de Cristo. Así sí que llegaremos al hombre de hoy que tanto amor necesita. Vivamos este amor, abrámonos y acerquémonos a él, gustemos y veamos su inmensa consolación trasformadora, que podemos palpar y gozar en la Iglesia, donde Él, Cristo, está presente; acerquémonos a la Eucaristía donde encontramos el Amor de los amores y digamos: «Venid y veréis». Esto es lo que reclama de nosotros el ser una diócesis misionera. Ningún cristiano se exima de este sagrado deber 2.14. Nadie, ningún cristiano en Toledo, en consecuencia, debería eximirse del sagrado deber de comunicar este anuncio gozoso y salvífico a los hombres y mujeres de nuestro tiempo. A esta tarea, por la misma caridad que nos urge y configura, estamos llamados y obligados todos, porque todos hemos sido liberados por Cristo de la esclavitud del pecado y de la muerte. Se abre el gran tiempo de la misión, como en los primeros momentos del cristianismo. No hay tiempo que perder. Ni vuestros Obispos, ni los sacerdotes, ni los religiosos, religiosas o laicos, ni los niños, ancianos, adultos o jóvenes, ni los enfermos o los sanos..., nadie de los cristianos, estamos eximidos de esta urgencia de evangelizar, de mostrar al hombre de hoy el rostro de Cristo, el Redentor; nadie de nosotros debiera esperar, o dejarlo para mañana. A veces da la impresión de que nos estamos preocupando en exceso de los problemas «internos», de nuestros propios «problemas domésticos», mientras muchos de nuestros hermanos necesitan respuestas verdaderas que les ayude a vivir con plenitud y esperanza. El hombre de hoy tiene sed y hambre de felicidad, amor, verdad, justicia, paz... Y hay que darle el Evangelio para que no muera su verdadera identidad y dignidad. Sabemos que si el hombre acogiera el Evangelio sus verdaderos problemas internos terminarían. Mirad, en símil teresiano, el mundo se está quemando, el fuego devorador, contrario al evangelio, lo está destruyendo, y es preciso apagar el fuego; todos nos tenemos que implicar en apagar ese fuego, cada cual con sus capacidades: unos echando el agua restauradora de Evangelio con un gran cubo, otros con un pequeño vaso, otros disponiendo de un caudal mayor, unos en primera línea, otros llenado esos cubos, otros animando y orando, como sea, de mil maneras y de mil cometidos, pero todos, unidos todos, haciendo «espaldas» y «cadena» entre todos, sin entretenernos en demasiados planteamientos y planificaciones perfeccionistas, ni en burocracias eclesiales estériles, porque esto se quema. Es preciso que tengamos ese convencimiento: si no estamos convencidos de que el mu |