CARTA PASTORAL 2006


«Mirad a vuestro Dios y tened los mismos sentimientos de Cristo Jesús»

A LOS PRESBÍTEROS Y DIÁCONOS, A LAS PERSONAS CONSAGRADAS

Y A TODOS LOS FIELES LAICOS DE LA DIÓCESIS TOLEDANA

 

X Antonio Cañizares Llovera

Cardenal Arzobispo de Toledo

Primado de España

1.Introducción

"Mirad a vuestro Dios".

Dios centro de nuestra vida.

El mundo necesita a Dios, que "es Amor"

Hermanos queridísimos:

"¡Mirad a vuestro Dios!", clama el profeta Isaías al pueblo de Israel temeroso, acobardado, débil y vacilante ante la difícil situación que atraviesa (Cf. Is 35, 3-4). También hoy, ante la situación que vivimos, necesitamos acoger esa misma apelación tan apremiante: "¡Mirad a vuestro Dios!". ¡Sí!, hermanos. Necesitamos mirar a Dios, poner a Dios en el centro de todo: Dios como centro de la realidad y Dios como centro de la vida. Dios es necesario para el hombre. Sin Él, el hombre perece y carece de futuro. Este es el drama, el gran problema de nuestro tiempo. No hay ningún otro que se le pueda comparar en su radicalidad y hondura.

Debemos volver a lo esencial, debemos volver a Dios. Con qué lucidez y discernimiento, a este propósito, lo manifestaba el año 93, en una entrevista de máxima actualidad hoy, el cardenal J. Ratzinger, nuestro querido Papa Benedicto XVI: "El problema central de nuestro tiempo es la ausencia de Dios, y por ello el deber prioritario de los cristianos es testimoniar al Dios vivo. Antes de los deberes (morales y sociales) que tenemos, de lo que hemos de dar testimonio con fuerza y claridad es del centro de nuestra fe. Hemos de hacer presente en nuestra fe, en nuestra esperanza y en nuestra caridad la realidad del Dios vivo. Si hoy existe un problema de moralidad, de recomposición moral en la sociedad deriva de la ausencia de Dios en nuestro pensamiento, en nuestra vida. O, para ser más concreto, de la ausencia de la fe en la vida eterna, que es vida con Dios... Hemos dejado de atrevernos a hablar de la vida eterna y del juicio. Dios se ha vuelto para nosotros un Dios lejano, abstracto. Ya no tenemos el valor de creer que esta criatura, el hombre, sea tan importante a los ojos de Dios, que Dios se ocupa y preocupa con nosotros y por nosotros. Pensamos que todas estas cosas que hacemos son en definitiva cosas nuestras, y que para Dios, si es que existe, no pueden tener demasiada importancia. Y así hemos decidido construirnos a nosotros mismos, reconstruir el mundo sin contar realmente con la realidad de Dios, la realidad del juicio y de la vida eterna. Pero si en nuestra vida de hoy y de mañana prescindimos de Dios, de la vida eterna, todo cambia, porque el ser humano pierde su gran honor, su gran dignidad. Y todo se vuelve al final manipulable. Pierde su dignidad esta criatura imagen de Dios, y, por tanto, la consecuencia inevitable es la descomposición moral, la búsqueda de sí mismo en la brevedad de esta vida; hemos de inventar nosotros el mejor modo de construir la vida y la vida en este mundo. Por eso, nuestra tarea fundamental, si realmente queremos contribuir a la vida humana y a la humanización de la vida en este mundo, es la de hacer presente y por así decirlo, casi tangible, esta realidad de un Dios que vive, de un Dios que nos conoce y nos ama, en cuya mirada vivimos, un Dios que reconoce nuestra responsabilidad y de ella espera la respuesta de nuestro amor realizado y plasmado en nuestra vida de cada día" (J. Ratzinger, Ser cristiano en la era neopagana, Madrid 1995, 204).

"Hay quien piensa, decía el Papa Benedicto XVI el pasado septiembre en Munich, que los proyectos sociales deben promoverse con la máxima urgencia, mientras que las cuestiones que atañen a Dios... revisten bastante menor interés y urgencia. Con todo, la experiencia... enseña precisamente que la evangelización ha de ser prioritaria, que el Dios de Jesucristo tiene que ser conocido, creído y amado, debe convertir los corazones para que las cuestiones sociales puedan progresar, para que se emprenda la reconciliación... Si sólo damos a los hombres conocimientos, habilidades, capacidades técnicas e instrumentos, les damos demasiado poco. Y entonces se imponen demasiado pronto los mecanismos de la violencia, y la capacidad de destruir y de matar se vuelve dominante, transformándose en capacidad de alcanzar el poder, un poder que antes o después debería traer consigo el derecho, pero que nunca será capaz de hacerlo. Con ello nos alejamos cada vez más de la reconciliación, del compromiso común con la justicia y el amor. Entonces se extravían los criterios con los que la técnica se pone al servicio del derecho y del amor, criterios de los que precisamente todo depende; criterios que no son meras teorías, sino que alumbran el corazón, encauzando así la razón y la acción por el camino recto" (Benedicto XVI, Homilía en la explanada de la Neue Messe de Munich, 10, 9/2006).

Por ello, no hay prioridad ni imperativo más urgente para los cristianos que se pueda anteponer a ésta: la prioridad del testimonio del Dios vivo; el estar "centrados" en el primer desafío que tenemos de creer realmente y dar testimonio del Dios vivo. Todo lo demás está subordinado a este esencial, apremiante e imprescindible testimonio de Dios vivo. "Si vivimos bajo los ojos de Dios, y si Dios es la prioridad de nuestra vida, de nuestro pensamiento y de nuestro testimonio, lo demás es sólo un corolario. Es decir, de ello resulta el trabajo por la paz, por la criatura, la protección de los débiles, el trabajo por la justicia y el amor" (J. Ratzinger, Ser cristiano, 205).

La enseñanza constante del Papa Benedicto XVI, desde el inicio de su pontificado, es un constante apelar a este testimonio de Dios, a centrar la vida en Dios, a advertir sobre la ruina que le adviene al hombre, a la humanidad, cuando se aleja de Dios o hace que no cuente. Desde su primera homilía en el inicio solemne de su ministerio petrino, hasta su viaje apostólico a Baviera, su tierra natal, pasando por su gran Encíclica "Dios es amor", es una permanente y apremiante llamada a que los hombres vuelvan a Dios. Ahí se juega todo. Eso es lo esencial. En tiempos como los nuestros de grandes cambios y de una complejidad tan enorme en todos los campos no podemos perder el norte, no podemos quedar atrapados por la barahúnda de cosas, ni enredados en miles cosas que no llevan a ningún sitio; las ramas no pueden impedirnos ver el bosque. Es preciso ir a lo esencial y centrarnos en lo que es el centro de todo: la fe en Dios, que se ha revelado plenamente en la existencia histórica de su Hijo único, Jesucristo, nacido de María. En él hemos conocido a Dios, que "es Amor" ( 1 Jn 4, 16). Es plenamente cierto y seguro, "el mundo necesita a Dios. Nosotros necesitamos a Dios. ¿A qué Dios necesitamos?" Al que vemos, palpamos, y contemplamos en Jesús, que murió por nosotros en la cruz, el Hijo de Dios encarnado que aquí nos mira de manera tan penetrante, en quien está el amor hasta el extremo. Este es el Dios que necesitamos: el Dios que a la violencia opuso su sufrimiento; el Dios que ante el mal y su poder esgrime, para detenerlo y vencerlo, su misericordia (Benedicto XVI, Homilía en la explanada de Neu Messe).

Esto es lo fundamental, prioritario e irrenunciable. Al hombre de nuestro tiempo, desgarrado y dividido por tantos fragmentos de verdad, sin encontrar todavía su tan necesitada unidad, es preciso ofrecerle aquello esencial que requiere para dar sentido a su vida y orientar su existencia por el camino certero de la verdad. En la afirmación de Juan: "Dios es amor", tenemos, en efecto, el núcleo de la fe y el fondo de la realidad del hombre. Como nos ha dicho el Papa Benedicto en su Encíclica, el texto de la carta de san Juan, expresa "con claridad meridiana el corazón de la fe cristiana: la imagen cristiana: la imagen cristiana de Dios y también la consiguiente imagen del hombre y de su camino" (n.l). Nos muestra la entraña misma, la esencia o novedad del cristianismo, es cierto; pero inseparablemente ofrece tanto a los cristianos, como a todo hombre de buena voluntad, lo que concierne a todos, lo que es válido y universal, lo que es decisivo a todo hombre y a la comunidad humana en cuanto tal, lo que está en el fundamento: El amor, la verdad que se realiza en el amor, "del cual Dios nos colma y que nosotros debemos comunicar a los demás" (Deus Caritas est, n.l).

En el amor, en el amor cristiano, en el Amor que es Dios está la clave de todo. Nos recuerda el Papa: "Hemos creído en el amor de Dios: así puede expresar el cristiano la opción fundamental de su vida. No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva" (n.l).

No es una idea, no es un conjunto de valores, no son las soluciones de la ciencia y de la técnica, las que nos salven y sean capaces de responder a los grandes desafíos de nuestro tiempo, sino un acontecimiento, una Persona, en quien hemos conocido el amor: "En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene: en que Dios envió al mundo a su Hijo único, para que vivamos por medio de Él" (1 Jn 4, 8) . "Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único, para que todos los que creen en Él tengan vida eterna" (Cf. Jn. 3,16); ahí está le verdad del amor, en esto consiste: "no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó y nos envió a su Hijo como víctima de propiciación por nuestros pecados"; ahí, en en el Hijo único, víctima propiciatoria en la Cruz, se esclarece la verdad de Dios y la verdad del hombre y se nos descubre la grandeza de ser hombre y de nuestra vocación de hombres (Cfr. GS 42).

Ante un mundo tan falto y necesitado de amor -a la vista está- como es el nuestro, con tan grandes problemas de humanidad, el Papa nos dice con toda sencillez y libertad que "el amor de Dios por nosotros es una cuestión fundamental para la vida y plantea preguntas decisivas sobre quién es Dios y quiénes somos nosotros" (n.2). A partir de ahí y en ese Amor que se ha hecho hombre, se nos ha revelado y conocemos que la equivocidad con que se utiliza en nuestros días el término "amor" y a pesar de sus manifestaciones tan diversas, y de las ideas o concepciones abstractas sobre él, el amor, en último término es uno sólo: el amor de Dios encarnado y crucificado, donde radica, a su vez, la originalidad misma del cristianismo, lo que nosotros, cristianos, podemos y debemos aportar a los hombres, la riqueza que debemos ofrecerles: el testimonio de Dios vivo que es amor.

No consiste esta originalidad o novedad en "nuevas ideas, sino en la figura misma de Cristo, que da carne y sangre a los conceptos: un realismo inaudito” (n.12). Dios, Razón creadora, que es Bondad suma y Amor sin límites, "tiene un rostro… Se ha mostrado como hombre. Es tan grande que se puede permitir hacerse pequeñísimo… Dios ha asumido un rostro humano. Nos ama hasta el punto de dejare clavar por nosotros en la Cruz para llevar los sufrimientos de la humanidad hasta el corazón de Dios. Hoy, que conocemos las patologías y las enfermedades de la religión y de la razón, las destrucciones de las imágenes de Dios a causa del odio y del fanatismo, es importante decir con claridad en qué Dios creemos y profesar convencidos el rostro humano de Dios. Sólo esto nos libera del miedo a Dios, un sentimiento del cual, en definitiva, nace el ateísmo moderno. Sólo este Dios nos salva del miedo del mundo y de la ansiedad ante el vacío de la propia existencia. Sólo mirando a Jesucristo, nuestra alegría en Dios alcanza su plenitud, se hace alegría redimida" (Benedicto XVI, Homilía en la celebración de la Santa Misa en la explanada de Islinger Feld de Ratisbona, 12, 9, 2006).

Por eso, poner la mirada en el costado traspasado de Cristo, del que habla Juan, ayuda a comprender la realidad y la verdad de Dios, de "Dios que es amor", y del Hombre, criatura amada por Dios. "Es allí, en la cruz, donde puede contemplarse esta verdad. Y desde esa mirada, el cristiano encuentra la orientación de su vivir y de su amar" (n.12), en el que, en modo alguno, son separables el amor de Dios y el amor a los hombres, como dan testimonio los santos, enseña de la verdad del hombre. "No se trata ya de un 'mandamiento' externo que nos impone lo imposible, sino de una experiencia de amor nacida desde dentro, un amor que por su propia naturaleza ha de ser ulteriormente comunicado a otros. El amor crece a través del amor" (n. 18). "Arriémonos unos

a otros, ya que el amor es de Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios" (1 Jn 4,7) . Por eso mismo nos dice Jesús: "Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos, permaneced en mi amor; lo mismo que yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor (Jn 15, 9-10)".

2. Nuestro Plan Pastoral, para el curso 2006-2007:

"Tener los sentimientos de Cristo Jesús" (Flp. 2,5)

Si os digo todo esto, hermanos queridísimos, es para motivar nuestro Plan Pastoral que, este año, se encamina a potenciar y fortalecer la pastoral de la iniciación cristiana, bajo el lema de San Pablo a los Filipenses: "tened los mismos sentimientos de Cristo Jesús, el cual, siendo de condición divina, se anonadó, ... se rebajó a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte y una muerte de Cruz" (Cf Flp 2, 5, ss); como Hijo cumplió la voluntad del Padre en todo, y así nos amó hasta el extremo entregándose y dando la vida en la cruz por todos. Ahí vemos el rostro de Dios, la verdad del hombre, la plenitud de la salvación y del amor misericordioso de Dios, junto a la máxima cumbre de lo humano: el autorretrato de Jesús que él mismo nos dejó en las bienaventuranzas, -donde tenemos la plenitud de la felicidad del hombre-, alcanza su máxima nitidez en el acontecimiento de la Cruz; en la imagen única de Dios que es Jesucristo, y Éste crucificado, se manifiesta plenamente al hombre su grandeza, su vocación, su identidad: "Ecce Homo" ("He aquí al hombre). Ayudar a "tener los mismos sentimientos de Cristo" y a que se sea el hombre que refleja el himno de Filipenses es algo que siempre hemos de tener presente a la hora de plantear y renovar la pastoral de iniciación cristiana.

Siguiendo el itinerario de nuestro Plan Pastoral quinquenal, tras el fortalecer la experiencia y testimonio de Dios y animar la acción y la conciencia misionera en nuestra diócesis, este curso nos encaminamos a renovar y alentar una acción pastoral que, por obra del Espíritu Santo y de la gracia divina, y con los cauces y acciones pertinentes, se dirija a "hacer cristianos", fuertes y vigorosos en la fe, valientes y animosos en la esperanza, vivos y decididos en la caridad de Cristo. Ser cristiano, decíamos en el viejo Catecismo, es ser "discípulo de Cristo", seguir a Jesucristo, vivir en comunión con Él, tener sus mismos sentimientos, pensar como Él, actuar como Él, vivir sus costumbres y sus mismas actitudes y mentalidad. Para el cristiano, su vida es Cristo; como diría san Pablo, no es el quien vive sino que es Cristo quien vive en Él. Es una nueva criatura, es hombre nuevo con la novedad de la humanidad nueva de Cristo, la que hace posible el Espíritu por el nuevo nacimiento del "agua y del Espíritu". La pastoral de iniciación cristiana, pues, ha de conducir a la identificación de los hombres con Cristo, a que su identidad esté marcada y configurada por ese "identificarse" con Cristo: "Es Cristo quien vive en mí".

3. Algunos puntos concretos a tener en cuenta en la tarea de la iniciación cristiana

No me detengo aquí en la necesidad de replantear nuestra pastoral de la iniciación, o en el por qué de una renovación en este campo; tampoco en trazar unas directrices doctrinales o unas orientaciones prácticas para esta pastoral. Me remito, como ya conocéis a la Instrucción de la Conferencia Episcopal Española "La iniciación cristiana. Reflexiones y orientaciones"; o a mi escrito, actualizado, sobre "La iniciación cristiana. Material para la reflexión y sugerencias de actuación en la diócesis de Toledo", de 2003, en el que ofrezco aplicaciones y sugerencias para nuestra diócesis de Toledo. Ahí tenemos, junto con otros textos citados en el folleto Plan Pastoral diocesano 2006-2007, un material suficiente para la reflexión y la acción pastoral.

Ahora, para no alargarme, me voy a referir tan solo a algunos puntos concretos que conviene tener en cuenta en esta pastoral de iniciación cristiana, como son: algunas exigencias de la identidad cristiana hoy, el uso del Catecismo de la Iglesia católica y del Compendio del Catecismo como instrumentos fundamentales para la iniciación cristiana, la educación cristiana en la familia, y la caridad como ambiente y clima para la iniciación cristiana.

3.1. Pastoral de iniciación e identidad cristiana

Una de las necesidades más serias y una de las urgencias mas apremiantes de nuestros días es, sin duda, que se nos note y distinga a los cristianos que somos cristianos en medio de una sociedad plural, que somos de Cristo, que Él está, vive y actúa en nosotros, que somos imagen cada día más acabada de Él. Una de las cosas más urgentes que hay que hacer en nuestros días es hacer más nítida y transparente nuestra identidad cristiana: ahí es donde habrá de situarse la pastoral de iniciación cristiana. Ser siempre y en toda circunstancia aquello que somos con plena convicción y decidida claridad, es decir "cristianos", y asegurar y consolidar la identidad cristiana de los cristianos es algo que se debe afirmar y confirmar como meta muy primera y propósito, muy principal y empeñativo, en la Iglesia de hoy. Basta leer la reciente Instrucción Pastoral de la Conferencia Episcopal Española "Secularización y Teología" para percatarse de la necesidad de esto.

Hablar de iniciación cristiana o de pastoral para esta iniciación es hablar de identidad cristiana. A este respecto y para que lo tengamos muy en cuenta en nuestra acción pastoral que proyectamos, la identidad cristiana se delinea con tanta mayor evidencia cuanto más crece en nosotros el conocimiento y seguimiento del Señor Jesús, como único Salvador del mundo; cuanto más crece el conocimiento de la realidad santa y santificadora de la Iglesia, su comunión con ella y su pertenencia a ella; y cuanto más crece también, inseparablemente, el conocimiento y realización del hombre y de su dignidad inalienable, a la luz de la verdad evangélica.

Jesús es el único Salvador del mundo. Esto, para nuestra suerte personal, significa que nada puede hacernos dudar jamás que, como está escrito, "no se nos ha dado a los hombres ningún otro nombre bajo el cielo en el que esté la salvación" (He 4,12). Esto significa también que ningún respeto debido a quienes tienen opiniones diversas de las nuestras debería conducirnos poco a poco a la disolución de la fidelidad a Aquel que es el solo Maestro. Significa así mismo que nuestra visión del hombre y de la sociedad no debería estar teñida nunca por las ideologías en contraste con el mensaje de Cristo.

Pero esto, con ser necesario e imprescindible, no basta. Para salvaguardar con rigor y seriedad nuestra identidad es necesario que en nosotros sea siempre preciso y vigoroso el sentido de nuestra pertenencia eclesial. Es una fortuna y una razón para la alegría vivir y actuar dentro del rebaño del único y verdadero Pastor; una fortuna y una razón de gozo que siempre debemos custodiar. Del magisterio de Cristo, infaliblemente custodiado por la Iglesia, deducimos y asumimos una inconfundible concepción del hombre. Sobre esta concepción del hombre se fundan también nuestras irrenunciables opciones solidarias y nuestra operante atención hacia las necesidades de los hombres y de los pueblos. En virtud de esta concepción del hombre actuamos frente a todo ataque o amenaza contra la vida humana inocente, contra la solidez de la familia, contra el relativismo y el permisivismo moral, contra el hombre, imagen viva de Dios, creado en Cristo y redimido por Él.

Otro aspecto que creo que es muy fundamental siempre y en particular en estos momentos a tener en cuenta en orden a la cuestión de la identidad cristiana es la imposibilidad de conciliación entre el creyente, la fe cristiana, que tiene y pone en Dios el origen y el fin del hombre y el juicio último de su vida, y las concepciones inmanentistas o terrestres que consideran alienante toda perspectiva de eternidad y de vida eterna. A quienes mantienen que el hombre debe mirar solo a la vida terrena y que toda atención a la vida futura y eterna carece de sentido y aliena, el cristiano opone la palabra de Aquel que es la verdad: "No de sólo pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios". La identidad cristiana no es conciliable con las concepciones tan extendidas en la mentalidad y la cultura dominante, en diversas ideologías de hoy, que rechaza todo valor más allá de los sentidos o de los horizontes visibles. Es esto un mal que hoy aflige en gran medida a los mismos cristianos.

Siempre el Evangelio de "las tentaciones" ha sido tenido muy en cuenta en el itinerario catecumenal y como criterio para los escrutinios o discernimiento de la verdad del ser cristiano. Por eso, para la iniciación cristiana es bueno y muy recomendable el confrontarse con este Evangelio para los oportunos pasos de este itinerario. En realidad la identidad cristiana se manifiesta en la vida de los fieles cuando se muestra que todos los reinos del mundo no valen lo que la fidelidad a Aquel que es el único Rey del universo, de la historia y de los corazones, el único Señor y Dueño de nuestras vidas.

3.2. El Catecismo de la Iglesia Católica, instrumento al servicio de la iniciación cristiana

Todos sabemos la importancia decisiva y lo imprescindible en la iniciación cristiana que es la catequesis. Es elemento integrante de la iniciación, juntamente con los sacramentos de iniciación. La catequesis, al servicio de la fe, es enseñanza elemental de la fe, entrega de lo esencial de la fe, o lo que es lo mismo de la "regla de la fe", poner los cimientos de la fe, entrega del Evangelio en el Símbolo de la fe, "suma" de todas las Escrituras. En el Símbolo o "Credo de los Apóstoles" es donde se expresa y recoge lo esencial, juntamente con la oración del Padre Nuestro: así era en la catequesis primitiva, en el catecumenado de la Iglesia antigua. El Credo apostólico en su concepción de fondo "no es más que una ampliación de la fórmula bautismal, que el Señor resucitado entregó a los discípulos para todos los tiempos cuando les dijo: 'Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo' (Mt 28, 19). En esta visión se demuestran dos cosas; la fe es sencilla. Creemos en Dios, principio y fin de la vida humana. En ese Dios que se pone en relación con nosotros, seres humanos, que es para nosotros origen y futuro. Así, la fe, al mismo tiempo, es siempre también esperanza, es la esperanza que tenemos un futuro y de que no caeremos en el vacío. Y la fe es amor, porque el amor de Dios quiere 'contagiarnos'. Esto es lo primero: nosotros sencillamente creemos en Dios y esto lleva consigo también la esperanza y el amor" (Benedicto XVI, Homilía en la celebración de la Santa Misa en la explanada de Islinger Feld de Ratisbona, 12, 9, 2006. En esta misma Homilía el Santo padre ofrece unas reflexiones interesantísimas y muy sencillas sobre el Credo que constituyen una gran luz para nuestra labor en la iniciación cristiana; las considero fundamentales para abordar correctamente la iniciación cristiana, centrarse en lo esencial y no perderse por las ramas).

Esto es -así de simple y sencillo- lo que la catequesis entrega y lo que la catequesis, al servicio de la iniciación cristiana, procura. Por eso, quiero y debo, a este respecto, subrayar el papel fundamental del Catecismo de la Iglesia Católica y del Compendio del mismo Catecismo. Ambos, además, tienen todo que ver con la identidad cristiana y constituyen la "entrega por parte de la Iglesia del Evangelio en el Símbolo y en la Oración dominical, junto con los mandamientos divinos.

El Catecismo y el Compendio son instrumentos muy aptos, normativos, para el servicio de la iniciación cristiana. El Catecismo "tiene por fin presentar una exposición orgánica y sintética de los contenidos esenciales y fundamentales de la doctrina católica tanto sobre la fe como sobre la moral, a la luz del Concilio Vaticano II y del conjunto de la Tradición de la Iglesia" (CEC 11), en orden a esa enseñanza peculiar de la fe que es la catequesis, cuyo modelo es el catecumenado bautismal (Cfr. Sínodo de los Obispos, 1977, Mensaje al Pueblo de Dios,8).

Es, además, "texto de referencia seguro y auténtico para la enseñanza de la doctrina católica", "norma segura para la enseñanza de la fe" (Fidei Depositum, 4) , destinado principalmente a los responsables de la catequesis: en primer lugar a los obispos, en cuanto doctores de la fe y pastores de la Iglesia", en la realización de su oficio de enseñar al Pueblo de Dios (CEC 12), de manera particular dentro de su responsabilidad de la iniciación cristiana y del catecumenado bautismal.

La comunión eclesial tiene una expresión sacramental en el ministerio de la sucesión apostólica y su enseñanza; y la iniciación cristiana, por su parte, es espacio privilegiado para integrarse, mediante ella misma, en esa comunión. Por esto, el Catecismo, destinado a los obispos en su oficio de maestros de la fe, es también un instrumento privilegiado para la iniciación cristiana.

El Catecismo de la Iglesia Católica transmite con la autoridad del Sucesor de Pedro lo que la Iglesia es, cree, vive y celebra, en su doctrina, en su vida en su culto. En su conjunto, nos ofrece los elementos indispensables y básicos para una iniciación orgánica, ordenada y sistemática al conocimiento de la revelación, conservada en la memoria profunda de la iglesia y en las Sagradas Escrituras y comunicada mediante la Tradición viva hasta el momento presente. Situar en esta perspectiva de la iniciación cristiana integral es lo que explica su estructura, una estructura, por lo demás que corresponde no solo a una venerable tradición catequética, sino a la misma naturaleza de la fe a la que es iniciado el destinatario último de este Catecismo que es el fiel cristiano.

Hablar de iniciación cristiana es hablar asimismo de identidad cristiana y católica. Este Catecismo trata de ser una ayuda a todas las Iglesias para que, mediante el proceso catequético concreto que de la manera que corresponda se apoye en él, se alcance la identidad cristiana y se viva en la comunión de la misma y única Iglesia. La identidad cristiana se origina en el bautismo.

Y este Catecismo, enteramente, está vinculado al bautismo, a la confesión de fe bautismal, que es el arquetipo de toda profesión de fe, sobre el que se fundamenta cualquiera otra profesión de la fe. "Allá donde se trata de catequesis, esto es de la introducción a la fe y a la vida de comunión de fe de la Iglesia, se debe partir de la profesión de fe bautismal. Esto es así desde los tiempos apostólicos y, por tanto, deberá ser igualmente el camino del Catecismo. El Catecismo desarrolla la fe a partir de la profesión de fe bautismal. Así aparece claramente en qué manera quiere enseñar la fe: catequesis es catecumenado. No es una simple lección de religión, sino el proceso de darse y dejarse dar a la palabra de la fe, en la comunión de destino con Jesucristo. Es propio de la catequesis el itinerario interior hacia Dios familiarizar con el estilo de Dios. No es por una manía arqueológica por lo que el Catecismo desarrolla el contenido de la fe a partir de la profesión de fe bautismal de la Iglesia de Roma, en el llamado Símbolo Apostólico. En esto se manifiesta más bien la verdadera naturaleza del acto de fe y de este modo la verdadera naturaleza de la catequesis como un ejercitarse en el existir con Dios (J. Ratzinger, Intervención en la presentación oficial del Catecismo de la Iglesia católica a la diócesis de Roma).

De esta manera, el Catecismo de la Iglesia Católica, dentro de esta clave catecumenal que acabamos de señalar refleja las dimensiones fundamentales y esenciales de la existencia eclesial y cristiana, en una estructura que se remonta a los orígenes de la Iglesia y propone la verdad íntegra de la experiencia cristiana como horizonte de comprensión de la Iglesia y del mundo. Se trata de la síntesis de aquello que hay que confiar a la memoria, indispensable a la fe, y que, al mismo tiempo, refleja los elementos indispensables a la Iglesia, esto es: el Símbolo de los Apóstoles, los sacramentos, el Decálogo y la Oración del Padre Nuestro; o lo que es lo mismo, de una parte, los misterios de la fe en Dios uno y trino profesados (Símbolo) y celebrados (sacramentos) y, de otra, la existencia humana según la fe -la fe operante mediante la caridad- que se expresa a través de una regla de vida cristiana (Decálogo) y la oración filial (El Padre Nuestro). Estos son los elementos que entran en el proceso de la iniciación y de la maduración en la fe, a cuyo servicio está la catequesis que tiene un proceso dialogal -el que corresponde al catecumenado- : Dios y su obra, que tiene la iniciativa y la primacía, y lo que el hombre hace, que siempre será respuesta a la obra de dios (Cf. Ch. Schóborn, "Algunas observaciones sobre los criterios de redacción del Catecismo", Osservatore Romano - edición castellana-, 22 enero, 1993, p.10).

El Catecismo de la Iglesia católica, en la perspectiva que estamos situados, intenta capacitar a los cristianos para que confiesen y testifiquen ante el mundo su vocación, que es la vocación de todo hombre en Cristo, y, de este modo, ayuden a los demás hombres a que también ellos descubran el sentido de su existencia, la sublimidad de la vocación a la que son llamados y respondan a esa llamada. Así este Catecismo, profundamente teologal y teocéntrico, no puede ser más que profundamente antropológico. Su actualidad y su valor son de gran calado para este tiempo en que vivimos, en los que los hombres parecemos empeñados en eclipsar a Dios, a costa también del hombre, pero sin poder ocultar que estamos necesitados enteramente de genuina y nueva humanidad.

Si he señalado y me he detenido en este tema del Catecismo y del Compendio es porque no sólo son fundamentales en sí mismos y para la catequesis y pastoral de iniciación cristiana, sino también porque los considero así mismo absolutamente imprescindibles para la formación de nuestros catequistas y de todos los, así llamados, "agentes de pastoral". En nuestra diócesis tenemos que hacer todo lo posible -y es mucho-, y dedicar todos los esfuerzos necesarios para conocerlos, utilizarlos y difundirlos. El Catecismo y el Compendio, además de los contenidos que configuran la identidad cristiana, nos proporcionan los fines, las claves, la estructura y el método de la iniciación cristiana. Por eso pido a todos este esfuerzo que será muy fecundo.

3.3. La transmisión y educación de la fe en la familia vinculada a la iniciación cristiana

El pasado mes de julio, en Valencia, tuvimos ocasión de participar de un gran acontecimiento de gracia y salvación: La visita del Santo Padre para clausurar el Encuentro Mundial de las Familias que, en esta ocasión, estaba centrado en la transmisión de la fe en la familia. Además de ser un encuentro gozoso de Iglesia, un paso de Dios entre nosotros, un verdadero regalo de Dios que nos hizo vivir una experiencia inigualable de Iglesia y nos entregó, a través de las enseñanzas del Papa, un riquísimo caudal de doctrina acerca del Evangelio de la Familia y de la vida, este Encuentro presidido por el Papa y precedido de un gran Congreso mundial ha aportado de manera específica y particular un rico caudal de doctrina y reflexión sobre la misión de la familia en la transmisión de la fe.

Nuestra diócesis, al igual que el resto de las diócesis españolas, con el auxilio del Señor y la intercesión protectora de Santa María y los Santos, vamos a intentar llevar a cabo la puesta en práctica de tantísimo como se ha recibido de Dios en este Encuentro, de manera singular en las enseñanzas del Papa. Por lo demás, es providencial que en nuestro Plan Pastoral este curso nos detengamos y nos dirijamos a fortalecer la iniciación cristiana, en la que ha de ocupar un lugar y un papel muy básico la familia.

Entre otras cosas tengamos en cuenta aquellas palabras del Papa en la vigilia festiva del V Encuentro Mundial recordando palabras del Catecismo de la Iglesia Católica: "Como una madre que enseña a sus hijos a hablar y con ello a comprender y comunicar, la Iglesia, nuestra Madre, nos enseña el lenguaje de la fe para introducirnos en la inteligencia y la vida de fe" (171). Y añadió: "Como se simboliza en la liturgia del bautismo, con la entrega del cirio encendido, los padres son asociados al misterio de la nueva vida como hijos de Dios, que se recibe con las aguas bautismales. Transmitir la fe a los hijos, con la ayuda de otras personas e instituciones como la parroquia, la escuela o las asociaciones católicas, es una responsabilidad que los padres no pueden olvidar, descuidar o delegar totalmente. 'La Familia cristiana es llamada Iglesia doméstica, porque manifiesta y realiza la naturaleza comunitaria y familiar de la Iglesia en cuanto familia de Dios. Cada miembro, según su propio papel, ejerce el sacerdocio bautismal, contribuyendo a hacer de la familia una comunidad de gracia y oración, escuela de virtudes humanas y cristianas y lugar del primer anuncio de la fe a los hijos' (Catecismo de la Iglesia católica. Compendio 460). Y además: 'Los padres, partícipes de la paternidad divina, son los primeros responsables de la educación de sus hijos y los primeros anunciadores de la fe. Tienen el deber de amar y de respetar a sus hijos como personas y como hijos de Dios… En especial, tienen la misión de educarlos en la fe cristiana' (Ibid 460). El lenguaje de la fe se aprende en los hogares donde esta fe crece y se fortalece a través de la oración y de la práctica cristiana"(Benedicto XVI, En la vigilia festiva del V Encuentro Mundial de las familias, en Valencia, 8 de julio, 2006).

Aprender a decir "papá y mamá", y al mismo tiempo aprender a decir "Padre Nuestro, Santa María" en el seno de nuestras familias ha sido fundamental para muchos de nosotros para ser cristianos. También hoy sigue siendo fundamental que en el seno de la familia se aprenda el lenguaje de la fe con el lenguaje humano de nuestras relaciones personales con la realidad y las realidades más hondas e importantes. Habremos de esforzarnos en nuestra pastoral por insistir en las familias cristianas en la necesidad que se tiene de esta iniciación cristiana primera y fundamentalísima en el seno de la familia. Esta iniciación tiene su punto básico de apoyo en la oración familiar y en la práctica de la vida cristiana, en el enseñar a orar desde los primeros balbuceos y en la experiencia de vida y en la práctica cristiana por parte de la familia. Que las familias oren, que las familias dediquen un espacio de la jornada a la oración, por ejemplo del Santo Rosario, a la lectura y comentario del Evangelio del día, que recen la oración de la bendición de la mesa, es fundamental para la iniciación cristiana de los niños; el que se les enseñe a rezar al levantarse y al acostarse, o se les lleve con los padres a la Misa dominical es algo sumamente sencillo y de un larguísimo alcance en orden a la iniciación cristiana de los pequeños. Por eso el Papa mismo acaba de recordar a los padres en Munich: "Queridos padres: quisiera invitaros a ayudar a vuestros hijos a creer, invitarlos a acompañarlos en su camino hacia la Primera Comunión, un camino que también prosigue después; a acompañarlos en su camino hacia Jesús y con Jesús. Os ruego que acompañéis a vuestros hijos a misa para la celebración eucarística del domingo. Veréis que lejos de ser tiempo perdido, ello mantiene realmente unida a la familia, centrándola. El domingo se vuelve más hermoso, la semana entera se vuelve más hermosa si participáis juntos en la liturgia dominical. Y, por favor, rezad también juntos en casa, en la mesa y antes de acostaros. La oración no sólo nos acerca a Dios, sino también unos a otros. Es fuerza de paz y alegría. La vida familiar se vuelve más festiva y cobra mayor aliento cuando Dios está presente en ella y se experimenta su cercanía en la oración" (Benedicto XVI, Homilía en las Vísperas celebradas en la catedral de Munich, 10, 9, 2 006). "La familia cristiana transmite la fe cuando los padres enseñan a sus hijos a rezar y rezan con ellos; cuando los acercan a los sacramentos y los van introduciendo en la vida de la Iglesia; cuando todos se reúnen para leer la Biblia, iluminando la vida familiar a la luz de la fe y alabando a Dios como Padre" (Benedicto XVI, Homilía en la celebración eucarística del V Encuentro Mundial de las Familias, en Valencia, 9 de julio, 2006).

Es necesario insistir mucho en estas cosas en la familia, están al alcance de todos y es algo que tiene unas grandísimas consecuencias beneficiosas para las familias y para el futuro de los hijos. Habremos, en este año, de poner máximo empeño en esto con las familias y ayudarles en su labor educativa, que en buena parte encuentra aquí su quicio. Para ayudar a las familias en esta misión tan básica y de tanto alcance en la iniciación cristiana de los niños, en su despertar religioso, la Conferencia Episcopal Española ha editado un pequeño libro para la familia, recogiendo el Catecismo "Padre Nuestro", que lleva por título: “Los primeros pasos en la fe. Despertar a la fe en la familia y en la parroquia"; este libro será una ayuda muy valiosa para las familias y lo deberíamos difundir ampliamente.

No podemos olvidar el papel de los abuelos, que como dijo el Papa son "tan importantes en las familias- Ellos pueden ser -y son tantas veces- los garantes del afecto y la ternura que todo ser humano necesita dar y recibir. Ellos dan a los pequeños la perspectiva del tiempo, son memoria y riqueza de las familias. Ojalá que, bajo ningún concepto, sean excluidos del círculo familiar. Son un tesoro que no podemos arrebatarles a las nuevas generaciones, sobre todo cuando dan testimonio de fe ante la cercanía de la muerte" (Benedicto XVI, En la Vigilia festiva del V Encuentro Mundial de las Familias, en Valencia, 8 de julio, 2006).

Para no alargarme me remito a propósito de este punto a la ponencia que tuve en el Congreso de la Familia en el V Encuentro mundial sobre la transmisión y educación de la fe en la familia, que os ofrezco como anexo a esta carta Pastoral.

3.4. La vida de caridad en la comunidad, ambiente y clima para la iniciación cristiana

En el corazón de la santa madre Iglesia, que engendra cristianos, está la caridad, núcleo mismo del Evangelio, y principio vital de la misma Iglesia y de la vida cristiana. Sin caridad nada somos, ni nada nos aprovecha (Cf. 1 Cor. 13, 23). La práctica de la caridad que ha de vivirse en el seno materno de la Iglesia, de la comunidad cristiana, debe ser, ese, el ámbito activo y concreto que caracteriza la vida cristiana y de la comunidad eclesial, el estilo eclesial, el ambiente en el que se respire la vida cristiana, el alimento que nutra a los nacidos en Cristo y llamados a ser hijos de Dios que viven del amor de Dios, el clima en que se viva el existir cristiano.

Los renacidos en Cristo, los cristianos, los nuevos cristianos que se están iniciando en la vida de hijos, discípulos y seguidores de Jesucristo necesitan, para su crecimiento y afirmación de cristianos, necesitan palpar en los cristianos, es decir, en la misma comunidad, a qué grado de entrega puede llegar la caridad hacia los pobres y necesitados. Los que se inician en la fe y el conocimiento de Jesucristo, tienen que saberlo descubrir a Él no sólo en la catequesis y en la enseñanza sino también y de manera imprescindible en el rostro de aquellos con los que el mismo Jesús ha querido identificarse: los pobres y los últimos (Cf. Mt 25, 35-36).

Para ello necesitan ser llevados de la mano de los cristianos, de la comunidad, de quienes han debido descubrirle ahí, donde está Él, crucificado y despojado, y con los que se identifica. ¿Dónde está Dios, dónde se le encuentra, dónde podemos contemplar su rostro? En su Hijo único que se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo y último, hecho hombre y cargado con nuestros sufrimientos, nacido pobre y reconocido de los pobres, siervo y servidor, siempre al lado de los enfermos y desconsolados curándolos y consolándolos, crucificado con todos los crucificados, y amando, en definitiva, hasta el extremo. Ahí han de ser conducidos los iniciados por el testimonio de aquellos que han descubierto a Cristo y contemplado su rostro en esos rostros escarnecidos y con sufrimientos.

La vida de caridad real y concreta de los cristianos, operativa en medio del panorama de pobreza y de pobrezas que están en nuestro mundo, podrá y deberá ayudar a los cristianos en tiempo de iniciación a aprender a hacer su acto de fe en Cristo interpretando el llamamiento que Dios dirige desde el mundo de las pobrezas. Lo mismo que hay una "tradición de la fe" en el proceso de iniciación cristiana también debe haber una "tradición de la caridad" con las múltiples manifestaciones que puedan tener en nuestras comunidades en el presente y heredada del pasado, o nuevas manifestaciones fruto de la creatividad y de la "imaginación de la caridad" en los tiempos actuales.

La caridad, como bien sabemos, es distintivo de los cristianos, seña de su identidad, forma de vida del cristiano y pilar en el que la Iglesia se sustenta, señal que verifica la verdad del Evangelio: ahí se muestra cómo el Evangelio vivo, el Evangelio de la caridad, Jesucristo, es creíble, porque es la única esperanza, el verdadero amor y la fuente de alegría para todos, para los que pasan hambre, los enfermos, los inmigrantes y los sin techo, los que sufren de tantas formas de sufrimiento, los despojados, los inocentes no nacidos y amenazados de muerte, (…) los más pobres. La caridad es el gran signo de que el Reino de Dios está cerca de nosotros, de que se ha recibido la Buena Nueva del Reino de Dios, y ha arraigado. Sin esta señal de la comunidad eclesial, sin este elemento tan fundamental en la iniciación cristiana, llevada a cabo mediante la caridad y el testimonio de la pobreza cristiana, la misma iniciación cristiana en su conjunto, aun siendo parte de la misma caridad y aun primera caridad, corre el riesgo grande y real de desvirtuarse, de vaciarse de contenido y de ahogarse en el mar de palabras al que la actual sociedad de la comunicación y de consumo nos tiene tan acostumbrados (Cf Juan Pablo II, Novo Millenio ineunte, 50).

La caridad, verdadera enseña de la nueva humanidad, hecha de hombres nuevos con la novedad del Evangelio del amor y de la misericordia, signo de Dios que es Amor, es como la gran matriz de la comunidad eclesial, a la que Cristo amó y ama y se entrega por ella, en la que se gestan los nuevos cristianos. Por eso es tan importante, en estos momentos en que nos apremia la iniciación cristiana para hacer cristianos, que, en la comunidad diocesana y en todas y cada una de las comunidades eclesiales, comenzando por la primera y más inmediata comunidad, la familia.-pequeña y doméstica iglesia- , se conozca, asimile, aplique y viva en toda su extensión la Carta Encíclica del Papa Benedicto XVI Deus caritas est.

La caridad, el amor necesita ser visto, necesita ser palpado, necesita que se ponga en práctica y se traduzca en obras de la Iglesia y de los cristianos que creen como un ambiente y un clima en el que se vive y respire, necesita también que se organice como presupuesto y marco para un servicio comunitario y significativo de la misma comunidad. Como señala el Papa en su Encíclica: "La Iglesia ha sido consciente de que esta tarea ha tenido una importancia constitutiva para ella desde sus comienzos: 'Los creyentes vivían todos unidos y lo tenían todo en común, vendían sus posesiones y bienes y los repartían entre todos, según la necesidad de cada uno' (Hch 2, 44-45) . Lucas nos relata esto relacionándolo con una especie de definición de la Iglesia, entre cuyos elementos constitutivos enumera la adhesión a la 'enseñanza de los Apóstoles, a la 'comunión (koinonía) , a la 'fracción del pan' y a la 'oración' (cf Hch 2,42)… El núcleo central ha permanecido: en la comunidad de los creyentes no debe haber una forma de pobreza en la que se niegue a alguien los bienes necesarios para una vida decorosa" ( Benedicto XVI, Deus Caritas est, 20).

La Iglesia que engendra cristianos, que inicia a la vida cristiana, "no puede descuidar el servicio de la caridad, como no puede omitir los Sacramentos y la Palabra" (Benedicto XVI, Deus caritas est, 22). Los que se inician en la fe y en la vida cristiana necesitan descubrir en la realidad concreta en la que viven y en el conjunto de la Iglesia ese servicio imprescindible de la caridad. Por eso, para hacer cristianos, para la iniciación cristiana, "es muy importante que", en las parroquias y comunidades eclesiales, en la diócesis, "la actividad caritativa mantenga todo su esplendor y no se diluya en una organización asistencial genérica, convirtiéndose simplemente en una de sus variantes" ( Benedicto XVI, Deus caritas est, 31), secundando en todos las orientaciones y directrices que nos ofrece el Papa en su Encíclica, con estilo evangélico, llena de humanidad y siempre actualizando "aquí y ahora el amor que el hombre siempre necesita" (Benedicto XVI, Deus caritas est, 31)

4. Acciones para este curso pastoral

Finalmente quiero glosar algunas acciones señaladas para este curso a propósito de la iniciación cristiana, que se reflejan en el folleto de aplicación del Plan pastoral Diocesano, 2006-2007.

Como se puede apreciar este curso tiene una prioridad grande el que tomemos conciencia de qué es la iniciación cristiana, de su importancia, de las claves para una renovación de la pastoral relacionada con esta iniciación, etc. Exige una nueva mentalidad que es preciso asumir, y para ello habrá que poner mucho interés, pues, en primer lugar en la formación de todos sobre este campo. Es preciso que asumamos todo lo que significa la iniciación cristiana y la pastoral correspondiente. Podemos dar por supuesto que ya lo "sabemos", o que es indiferente el saberlo. Muchas veces estamos fallando porque no hacemos o no cumplimos la naturaleza y las exigencias de esta iniciación. Por eso la importancia de los cursos programados sobre la iniciación cristiana para los sacerdotes, en la formación permanente y en otros instrumentos que se ofrecen; la importancia que también se le concede a esta toma de conciencia del sentido y necesidad de renovar la iniciación cristiana con actividades diversas, sobre todo, entre los catequistas, pero también entre los demás agentes de pastoral y de toda la comunidad cristiana, sin descuidar a las familias.

En segundo lugar debo insistir en la aplicación de cuanto hemos recibido en el V Encuentro Mundial de las Familias y aplicarlo a nuestra diócesis. El Secretariado de Pastoral familiar nos va a ofrecer instrumentos y ayudas en este campo. Nunca insistiremos bastante en el papel de la familia cristiana en cuanto se refiere a la iniciación cristiana; y, por ello, nunca insistiremos suficientemente en la importancia de asumir las enseñanzas del Papa en Valencia y ponerlas en prácticas con las ayudas necesarias que tendremos en nuestras manos.

En tercer lugar habremos de proseguir el esfuerzo y el camino para revitalizar el Domingo. La Conferencia Episcopal ha tomado esto como uno de los objetivos principales tras la Asamblea Extraordinaria del pasado mes de junio en que reflexionó sobre la situación actual que atraviesa España y la Iglesia en ella. Sin duda que todo lo que contribuya a potenciar el Día del Señor, conforme a las enseñanzas y directrices de la Iglesia, contribuirá también a potenciar la iniciación cristiana. En este punto me permito recordar lo que ya dije en mi Carta pastoral de hace tres años, Toledo evangelizada, Toledo evangelizadora: "Es un elemento fundamental para proporcionar el soporte necesario y constante a la iniciación cristiana de las nuevas generaciones el que impulsemos en toda la comunidad cristiana la celebración cristiana del domingo como momento culminante de la vida cristiana. Son muchas las cosas que en este terreno cabe hacer ahondando y sacando las consecuencias de la Carta Apostólica Pies Domini, de Juan Pablo II sobre la santificación del domingo. Soy consciente de las dificultades, pero también estoy convencido de que son muchas las iniciativas que podemos emprender. Lo cierto es que la santificación y recuperación del domingo cristiano es uno de los aspectos que mejor contribuirá, ... a la consolidación de la vida cristiana" (p. 66), y a la iniciación cristiana.

En cuarto lugar quiero destacar la educación cristiana en tiempo libre. Es un campo descuidado y que, sin embargo, tenemos que fortalecer mucho como en otros momentos. Los niños y los jóvenes necesitan ámbitos de experiencia cristiana, y la educación cristiana en tiempo libre es uno de esos ámbitos donde se puede tener la experiencia de vida cristiana y ejercitar las costumbres cristianas. Cuando hablo de este campo, por supuesto, no me refiero tan solo a los campamentos o las así llamadas "convivencias". Hay muchas actividades educativas posibles y es preciso que tengamos una imaginación creadora en las parroquias y movimientos cristianos de infancia y adolescencia.

En quinto lugar llamo la atención sobre cuanto se refiere a la pastoral educativa. La Instrucción Pastoral de la Conferencia Episcopal sobre la Iniciación cristiana contiene orientaciones muy interesantes en este punto. En todo caso, la iniciación cristiana, que conlleva el "aprender a ser cristiano", debe tener una relación cercana con el proceso educativo en virtud del cual se "aprende a ser hombre". A veces parece que son campos paralelos o separados, pero de esa manera se camina por la senda de la escisión de la personalidad que se rompe en fragmentos o compartimentos. La clase de religión y la escuela católica están de manera particular afectadas por la pastoral educativa, pero hay otros campos de esta pastoral que necesitamos, más aún en las actuales circunstancias, alentar y potenciar. El Secretariado de Enseñanza y la parroquia habrán de buscar y abrir cauces en esta pastoral educativa que es indispensable a la hora de plantear el "hacerse cristianos" de quienes se encuentran en edad escolar. Me remito en este punto a un documento de la Comisión episcopal de Enseñanza y catequesis de la década de los 90 que sigue siendo muy válido y sugerente para el presente.

En sexto lugar, la elaboración del Directorio para la Iniciación cristiana y un Proyecto Marco diocesano de la catequesis de iniciación. A lo largo del año una Comisión va a estar trabajando en el proyecto de este Directorio que será visto en el Consejo Diocesano de Pastoral. Va a ser importante contar con este documento en el que se ofrezcan normas y orientaciones precisas sobre el tema que nos ocupa, aunque no pensemos que nos lo va a dar solucionado todo: habrá que aplicarlo y llevarlo a cada parroquia con toda decisión y ánimo.

En séptimo lugar, la instauración del catecumenado de adultos y la aprobación de unas normas para el catecumenado de niños en edad escolar. La Conferencia Episcopal ha dado ya directrices y sugerencias muy precisas que las hacemos nuestras y que se traducirán en normas para nuestra diócesis para su aplicación en el comienzo de la Cuaresma, lo más tarde. El documento, orientativo y normativo, se aprobará con carácter provisional y experimental, y, tras un tiempo prudente de verificación, pasará a la aprobación indefinida.

Y, por último, que no quiere decir último lugar en importancia,, sino reservado a este momento para que se nos quede muy grabado, la atención preferente y el mejoramiento de nuestra catequesis. Para ello ofrezco otro documento anexo a esta Carta Pastoral.

5. Despedida y agradecimiento

Concluyo llamando a todos a la esperanza. Es la hora de Dios y Él no nos deja solos en esta empresa tan fundamental, que, en cierto modo no es nuestra, sino suya, Él nunca nos deja en la estacada. Contamos con su ayuda y con su gracia, que nos fortalece y alienta. No podemos arredrarnos ante las dificultades, ni cruzarnos de brazos. Es posible, es necesario renovar la pastoral de iniciación cristiana en Toledo. Pero, con el auxilio divino, es ponerse a trabajar de manera decidida, con buen ánimo, y con coraje. No nos acobardamos por más difíciles que sean nuestros tiempos, ni nos echemos atrás. Tenemos la certeza de que el Señor está con nosotros, no estamos solos. Contamos con la ayuda de Santa María, la Madre Virgen, y también la de todos los santos que nos acompañan e interceden por nosotros.

En la diócesis de Toledo contamos con la ayuda especial de nuestro Patrón, San Ildefonso, de quien vamos a celebrar, por cierto, el próximo año el mil cuatrocientos aniversario de su nacimiento. Como es sabido él escribió una importantísima obra sobre la iniciación cristiana; él nos ayudará, de él aprenderemos a llevar a cabo esta tarea tan básica de la Iglesia; no es casual que lo que corresponde a este año en el Plan Pastoral Diocesano, la iniciación cristiana, coincida con esta memoria de San Ildefonso, a quien tenemos que invocar más, conocer mejor y seguirle en tantas y tantas cosas que necesitamos tanto hoy.

Hermanos queridísimos, cierro mi carta con las mismas palabras de Isaías con las que la he comenzado: "Fortaleced las manos débiles, y consolidad las rodillas que flaquean. Decid a los pusilánimes: “Cobrad ánimo, no temáis! Aquí está vuestro Dios" (Is 35, 3-4). "Mirad a Dios".

Con mi bendición, oración y afecto para todos

Toledo, 15 de octubre, 2006

Fiesta de Santa Teresa de Jesús