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Año 2003 |
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en
la Archidiócesis de Toledo
Toledo, 25 de mayo de 2003
Queridos
hermanos:
Os
ofrezco para la reflexión en el Consejo Diocesano del Presbiterio este
documento sobre la Iniciación cristiana y la correspondiente acción
pastoral. Es una cuestión de la máxima importancia desde el punto de vista
de la acción eclesial que tiende a "hacer" cristianos. En este
asunto que tanto nos preocupa y que a veces nos hace sufrir es preciso tener
en cuenta que no se trata de unas meras normas sobre edad u otros asuntos,
sino que lo que está en juego es el generar cristianos. Por eso os ofrezco
unas reflexiones o criterios que pueden parecer más teóricos, pero que son
fundamentales, y unas orientaciones de carácter más operativo.
Hay
un asunto que no he tratado en estas páginas de manera directa y explícita,
pero que también habrá que tener presente en su momento oportuno: se trata
del asunto de la iniciación cristiana de adultos, o del catecumenado en su
sentido estricto; para ello me remito al Ritual de Iniciación de Adultos, al
Directorio General de Pastoral Catequética y a las Orientaciones de la Comisión
Episcopal de Enseñanza y Catequesis, aprobadas por la Conferencia Episcopal,
sobre el Catecumenado. Tampoco he abordado el asunto de la reiniciación
cristiana de adultos y jóvenes, que abordaría en una reflexión sobre la
catequesis en nuestra diócesis. Así mismo, para la cuestión del bautismo de
los niños en edad escolar, me remito a las Orientaciones que sobre este tema
ofrece la Comisión Episcopal de Enseñanza y Catequesis.
El
documento que se os ofrece es provisional y está abierto; recoge una
Instrucción Pastoral mía en la diócesis de Granada sobre este tema. Para
elevarlo a definitivo tendré en cuenta vuestras observaciones y sugerencias,
e incorporaré los criterios y normas de nuestro Sínodo Diocesano, así como
vuestra propia reflexión.
Muchas
gracias por vuestra colaboración.
X ANTONIO CAÑIZARES LLOVERA Arzobispo de Toledo
Primado de España
I. Introducción: Importancia de la Iniciación
cristiana. Razón y sentido de esta reflexión
1.
Pocas cosas pueden compararse a la tarea de ayudar a que del seno de la Santa
Madre Iglesia nazcan y crezcan nuevos hijos para Dios y para la vida eterna.
"La Iglesia es la única madre verdadera de todas las gentes, que ofrece
su regazo a los no regenerados y amamanta a los regenerados" (S. Agustín).
Esta maternidad la ejercita en la iniciación cristiana, mediante el anuncio
del Evangelio con palabras y obras y a través de los sacramentos. Por eso
mismo pocas cosas se pueden comparar en importancia a esa unidad inseparable e
inquebrantable de sacramentos y formación que constituye, en su conjunto, la
iniciación cristiana.
La
iniciación cristiana es asunto principalísimo. Ahí se juega el ser
cristiano. Se inicia cristianamente a uno, es decir, se le bautiza, se le
confirma y participa en la Eucaristía, se le forma básicamente en la fe,
vida y misión de la Iglesia, para hacerlo cristiano, esto es, para ser y
vivir en Cristo, para ser modelado conforme a la "imagen de Cristo".
Esto es muy serio y decisivo. Lo más decisivo para la vida del hombre. Por
ello, la iniciación cristiana ha sido, y así ha de ser siempre, objeto
primordial de la solicitud maternal de la Iglesia. Hoy lo es de manera
especial, porque la iniciación cristiana presenta no pequeñas dificultades y
se enfrenta con no pocos y graves problemas. Además, hoy, es muy necesario
que la comunidad cristiana, entre otras cosas, recupere la unidad vivida de la
iniciación sacramental y del proceso catecumenal y asuma claramente la
convicción de que para la iniciación de un cristiano es imprescindible la
colaboración de otros cristianos adultos en el interior de la comunidad
cristiana y en referencia explícita a ella.
2.
Consciente de la suma importancia que por sí misma y en el momento actual
tiene la iniciación cristiana y de lo que, en consecuencia, nos jugamos en
ella, la Conferencia Episcopal Española, en su Asamblea Plenaria de noviembre
de 1999, aprobó un documento de largo alcance sobre este asunto que lleva por
título "La iniciación cristiana. Reflexiones y orientaciones"
(LIC). Apoyándonos particularmente en esta Instrucción Pastoral de los
Obispos, en nuestra Diócesis, queremos renovar y fortalecer la pastoral y la
práctica de la Iniciación cristiana. Atendemos así a una necesidad que se
vive como inquietud pastoral en la generalidad de nuestro presbiterio. La
inquietud o insatisfacción - y hasta en ocasiones malestar - ante la práctica
actual respecto a la iniciación cristiana se manifiesta constantemente en
encuentros sacerdotales de ámbito diocesano o en reuniones de los
arciprestazgos.
3.
Por esto, con el presente escrito, que dirijo, en primer lugar, a los
sacerdotes del presbiterio diocesano - seculares y religiosos, así como a
los educadores de la fe -padres, catequistas, religiosas, religiosos laicales,
maestros y profesores cristianos-, y a las comunidades cristianas y de formación
-parroquias, familias, escuelas cristianas, grupos y movimientos apostólicos-,
pretendo ofrecer unas reflexiones y orientaciones para aplicar en nuestra Diócesis
la Instrucción pastoral de la Conferencia Episcopal sobre la Iniciación
cristiana y establecer unas disposiciones que, con el auxilio de Dios, nos
ayuden a mejorar la pastoral de la iniciación cristiana.
II. Problemática en torno a la iniciación cristiana y a su acción pastoral. Algunos datos de situación
4.
La problemática que actualmente se plantea sobre la iniciación cristiana es
amplia y relativamente nueva. Con frecuencia, sobre todo en ámbitos
sacerdotales nuestros, la problemática que se plantea tiene que ver
principalmente con algunas cuestiones relacionadas con normativas existentes
para la recepción de los sacramentos de iniciación, como la edad, los años
de preparación, situaciones de los padres...; son cuestiones que
desasosiegan, crean tensiones, y producen desazón. No les vamos a quitar
ninguna importancia a estas cuestiones, pero, aun siendo importantes, no
entran aun o de lleno en los grandes problemas de fondo que son los que se
plantean en la citada Instrucción pastoral de la Conferencia Episcopal sobre
la Iniciación Cristiana: qué es la iniciación cristiana, qué es lo que
constituye a un cristiano, cómo se hace un cristiano, cómo hay que plantear
la iniciación cristiana en un mundo como el nuestro que ha cambiado tanto
respecto al de épocas pasadas y en el que se sigue iniciando como hace
cincuenta años como si nada nuevo hubiera pasado.
5.
En una sociedad homogénea, con una cultura y un ambiente social impregnados
de cristianismo, donde la sociedad estaba casi amalgamada con la sociedad
religiosa, la iniciación cristiana real era obra de la socialización espontánea
que ejercía la sociedad y, en ella, la realidad ambiental de la misma
sociedad y la tradición familiar, apoyadas por la catequesis parroquial y la
escuela donde se impartía una formación cristiana. Aquella situación ya no
se da en nuestro tiempo. La aparición del pluralismo, con todas sus raíces e
implicaciones en la cultura de la modernidad; la secularización de nuestra
sociedad y de sus instituciones; la descristianización, el proceso de
alejamiento y hasta el abandono de numerosos bautizados; el fuerte impacto de
los medios de comunicación, principalmente de la televisión, en nuestras
gentes y en nuestros pueblos y ciudades, sobre todo en los niños y jóvenes
indefensos frente al poder y atractivos de esos poderosos medios; el
debilitamiento de la familia -particularmente en su tarea formativa y
educadora -, la crisis del sistema educativo y de la enseñanza religiosa
dentro del mismo..., cuestionan, de hecho, los procesos de iniciación
cristiana, de transmisión de la fe y vida cristiana, y de formación tal y
como en la actualidad, en general, se están planteando.
6.
Durante mucho tiempo, la familia, ayudada grandemente por la escuela, ha sido,
en efecto, la principal responsable de iniciar a sus hijos en la fe. La
Iglesia confió a padres y padrinos el aprendizaje de la fe y de la vida
cristiana; en muchos casos, la familia constituía un ámbito de fe, los hijos
aprendían, viviendo en el seno de la familia, la fe que presidía la vida común,
en ella, sobre todo, aprendían a rezar y a ver a Dios como realidad presente
y fundamental en la vida de cada uno. Hoy, de hecho, raramente, constituye un
ámbito capaz de "formar" a sus hijos en la fe recibida. Su función
educativa, en general, está siendo ocupada por otras instancias netamente
seculares y con frecuencia laicistas. A su vez, la propia sociedad civil,
sociológicamente unida a la Iglesia, llegó a desempeñar de modo espontáneo
la función de "catecumenado social" integrando a todos en un mismo
horizonte de comprensión y de sentido. Sin embargo, hoy no es posible pensar
en una iniciación realizada casi de modo "espontáneo" por influjo
del ambiente.
7.
Por otra parte, hoy vemos cómo un buen número de nuestros bautizados,
adultos y jóvenes, o no están iniciados en la fe, porque nunca tuvieron la
oportunidad de una auténtica catequesis, o lo están de modo deficiente o
incompleto. Con frecuencia, con tales limitaciones y carencias, estos
cristianos tienen que vivir en la intemperie de un mundo fuertemente
descristianizado y permanecer "fieles" ahí. ¿Cómo será posible?
Se han realizado y se están llevando a cabo grandes y generosos esfuerzos en
el campo de la catequesis, se han dado indudables avances en la renovación
catequética, pero, a pesar de todo, las dificultades de la transmisión de la
fe permanecen y el afianzamiento de la fe de muchos de nuestros bautizados
resulta harto dificultoso y, en ocasiones, escaso.
La
catequesis, instrumento hoy casi único para la iniciación cristiana, tal y
como se está llevando -con una hora semanal en el mejor de los casos y
pensada para una época de "cristiandad"- resulta absolutamente
insuficiente, no asegura, reconozcámoslo, el catecumenado necesario como se
aseguró en los tiempos de una sociedad pagana -semejante a la nuestra-
en la que se habría paso la fe cristiana. La catequesis, a mi
entender, no ha realizado todavía los cambios de estructura que exige la
desaparición de la cristiandad y la aparición del laicismo de nuestra
sociedad en el que está llamado a vivir el adulto; nuestra catequesis, en
general, está unida a una situación desaparecida y está concebida para esa
situación, pero se demuestra insuficiente en la situación actual.
8.
La situación, pues, que vivimos está planteando seria y vivamente la
iniciación cristiana como problema pastoral de primera magnitud y suscita en
la Iglesia la necesidad urgente de revisar en profundidad la pastoral de la
iniciación cristiana y restablecer, en toda su originalidad, esta iniciación.
Pero no es sólo la situación problemática la que nos plantea la necesidad
de renovar y fortalecer fuertemente la pastoral de la iniciación cristiana.
El creciente interés por el tema y la nueva sensibilidad y conciencia sobre
la iniciación cristiana es una de las obras del Espíritu Santo en nuestro
siglo, una de las palabras que El dirige a la Iglesia y a nuestras iglesias en
la sólo y única Iglesia de Jesucristo.
9.
Si estamos atentos, en efecto, a los signos del Espíritu Santo, comprobamos
de inmediato que, sobre todo, en la segunda mitad del siglo XX que ahora
finaliza, el Espíritu Santo ha suscitado "numerosas iniciativas que
responden a esta necesidad, cuidando aquellos elementos que componen una
iniciación cristiana de carácter catecumenal. Entre las iniciativas más
notables y difundidas sobresalen el 'camino neocatecumenal' y los procesos de
formación cristiana que tienen algunos movimientos apostólicos y comunidades
eclesiales" (LIC 126).
10.
Como ha señalado con todo acierto un autor de nuestros días, "el nuevo
y vigoroso interés por la iniciación cristiana procede también de otros
factores (asimismo obra del Espíritu Santo que anima y conduce a la Iglesia)
como el conocimiento mayor de la obra catequética de los Padres de la
Iglesia, la renovación catequética y litúrgica posconciliar, los recientes
trabajos de investigación histórica y teológica sobre la iniciación
cristiana, la creciente conciencia misionera y maternal de la Iglesia en
relación con la educación de la fe de los nuevos creyentes, y, en fin, el
impulso dado por el Concilio Vaticano II y por las orientaciones posteriores
del Magisterio de la Iglesia".
11.
"Todo concurre, sigue diciendo este mismo autor, para poner en evidencia
el sentido profundo que tiene la iniciación cristiana y la necesidad para la
Iglesia de otorgar a su ejercicio la prioridad que le corresponde. La iniciación
cristiana remite al corazón mismo de la Iglesia, porque pone en juego las
realidades más profundas de la fe como son la transmisión del Mensaje
revelado, la manifestación en la vida de la Iglesia de la presencia salvadora
de Cristo, la llamada del hombre a la conversión, el abandono del pecado y la
adhesión a Dios, y, finalmente, la incorporación a la vida divina por el
sacramento del Bautismo (de la Confirmación y de la Eucaristía). Todo
confluye, para el bautizado, en una nueva realidad: la vida en Cristo,
verdadero y nuevo nacimiento que exige un tiempo de gestación, es decir, un
proceso de iniciación cristiana. Por eso, en relación con la iniciación
cristiana no es suficiente preguntarse sobre cómo administrar y celebrar los
sacramentos de iniciación, o como prepararse catequéticamente a ellos. Hemos
de preguntarnos, ante todo, cómo impulsar y llevar a buen fin hoy el proceso
de incorporación a Cristo y a la Iglesia; qué debe hacer hoy la comunidad
eclesial para constituir al cristiano, para configurar y establecer su
personalidad como tal. La Iglesia actual no puede renunciar o minimizar el
ejercicio de su responsabilidad propia: la maternidad espiritual, por la que
engendra nuevos hijos, por el Espíritu Santo, en el misterio de Cristo. El
nuevo Directorio General para la Catequesis nos insta y ayuda en este
empeño" (M. del Campo). Este mismo servicio de ayuda y de animación
presta a nuestra Diócesis de Toledo, como al resto de las Diócesis de España
el documento sobre "La Iniciación Cristiana", de la
Conferencia Episcopal.
III. Algunos aspectos de la iniciación cristiana en el Documento de la Conferencia Episcopal
12.
No se trata aquí de repetir las enseñanzas y orientaciones de la
mencionada Instrucción Pastoral de los Obispos; a ella me remito y pido que
sea conocida, estudiada y asimilada por todos. Esta debería ser una primera
conclusión y una línea general y principal de actuación en nuestra Diócesis:
que por parte de los sacerdotes - seculares y religiosos - de nuestro
presbiterio, de los seminaristas mayores, de los catequistas, religiosas,
parroquias, movimientos, etc, se conozca bien, que se estudie personalmente y
por arciprestazgos, que se asimilen las claves y las orientaciones principales
del Documento de los Obispos, que se cree y difunda una mentalidad sobre la
naturaleza y la identidad de la iniciación cristiana conforme a los criterios
que en este Documento se presentan a la Iglesia en España. Es necesario que
acojamos con un espíritu abierto y cordialmente las "orientaciones y
reflexiones" que nos ofrecen los Obispos de la Conferencia
Episcopal Española como "un servicio de ayuda y de orientación a
las iglesias particulares en su cometido propio de establecer un proyecto de
iniciación cristiana bajo la autoridad del Obispo" (LIC 6).
13.
El texto episcopal sobre La Iniciación Cristiana, en conformidad con
las enseñanzas y directrices de la Iglesia - especialmente, Ritual de
Iniciación Cristiana de adultos (RICA), Catecismo de la Iglesia Católica
y Directorio General para la catequesis - ofrece una mirada amplia
sobre el tema, nos lleva a percatarnos de la magnitud e importancia del asunto
y de la necesidad real de replantear hondamente la pastoral de la iniciación
cristiana, hasta donde sea preciso, y adoptar las decisiones que convengan.
Por lo demás, lo que plantea este Documento reclama, sin duda, una profunda y
amplia renovación pastoral - no sólo en el campo específico de la iniciación
cristiana, sino del conjunto de la acción pastoral- que ahora tal vez sólo
vislumbramos y que pide que, con toda prudencia y exigencia al mismo tiempo,
vayamos dando los pasos necesarios. En todo caso reclama una pastoral de misión,
evangelizadora para tiempos de increencia y de paganismo, de llamada a la
conversión, de implantación de la Iglesia donde no está arraigada, y exige,
a su vez, superar una pastoral de mero mantenimiento. Todo un cambio.
14.
Me remito, pues, a la lectura atenta y al estudio sereno y gozoso de
este Documento. Ahora, en el presente escrito, únicamente me voy a fijar en
algunos aspectos y aplicaciones a nuestra Diócesis, secundando, por lo demás,
las inquietudes y preocupaciones pastorales del Presbiterio Diocesano.
15.
Se trata de un Documento que viene a destacar una tarea esencial de la
Iglesia: hacer nuevos cristianos, engendrar, como madre, nuevos hijos en la
fe. En esto consiste la iniciación cristiana: en hacer nuevos cristianos, en
insertar a los candidatos, en el misterio de Cristo, muerto y resucitado, y en
la Iglesia por medio de la fe y de los sacramentos (LIC 19). Así, la iniciación
cristiana, nunca lo olvidemos, es obra de Dios y respuesta del hombre (Cfr.
LIC 9-12), misión de la Iglesia y responsabilidad de cada Iglesia particular
con su Obispo (Cfr. LIC 13-16). La iniciación cristiana es un don de Dios que
recibe la persona humana por la mediación de la Iglesia a quien corresponde
actualizar en el tiempo la obra de la Redención y de la participación de los
hombres en la naturaleza divina. De ahí que la iniciación cristiana se lleve
a cabo en el curso de un proceso divino y humano al mismo tiempo: la inserción
sacramental en el misterio de Cristo -sacramentos de iniciación- (Cfr. LIC
17-19), unida a un itinerario catequético de aprendizaje de la fe y vida
cristiana que comprende varias etapas y diversos elementos -catecumenado- (Cfr.
LIC 20-21). Es fundamental subrayar la acción de Dios y del hombre, así como
la mediación maternal de la Iglesia.
16.
"La iniciación cristiana tiene su origen en la iniciativa divina y
supone la decisión libre de la persona que se convierte al Dios vivo y
verdadero, por la gracia del Espíritu, y pide ser introducida en la Iglesia.
Por otra parte, la iniciación cristiana no se puede reducir a un simple
proceso de enseñanza y formación doctrinal, sino que ha de ser considerada
como una realidad que implica a toda la persona, la cual ha de asumir
existencialmente su condición de hijo de Dios en el Hijo Jesucristo,
abandonando su anterior modo de vivir, mientras realiza el aprendizaje de la
vida cristiana y entra gozosamente en la comunión de la Iglesia, para ser en
ella adorador del Padre y testigo del Dios vivo" (LIC 18). La iniciación
cristiana, así, es en la Iglesia ese proceso prolongado durante el cual,
junto con la catequesis necesaria, se reciben los sacramentos del Bautismo,
Confirmación y Eucaristía, y se vive, en la Iglesia, la experiencia de vida
cristiana.
Tanto
la iniciación sacramental como la catequesis, como la experiencia de vida
cristiana y la participación en la vida de la comunidad eclesial, son parte
integrante de la iniciación cristiana: la liturgia o sacramentos (Cfr LIC
45-60) y la catequesis (Cfr LIC 39-44) son, pues, las dos funciones básicas
que llevan a cabo la mediación de la Iglesia en la iniciación cristiana. En
resumidas cuentas, uno se hace cristiano, por obra y gracia de Dios y la ayuda
maternal de la Iglesia, a través de los sacramentos de iniciación y del
itinerario catecumenal correspondiente. La iniciación cristiana está
ordenada a conducir a los iniciados al desarrollo y despliegue de la semilla
de vida eterna, sembrada en ellos por los sacramentos para que así sean, en
verdad, hijos de Dios, llamados a ejercer la misión del pueblo cristiano en
la Iglesia y en el mundo (Cfr AG 14). Los tres sacramentos de la iniciación
cristiana, entrelazados entre sí y con la finalidad propia de hacer entrar al
hombre en el misterio de Cristo e incorporarlo a la Iglesia, haciéndolo, de
esta manera, cristiano, son inseparables de la catequesis.
17.
Para la iniciación cristiana se necesita desarrollar todas las funciones
eclesiales y las dimensiones de la existencia cristiana. Esto exige, en
nuestra Iglesia, un "Proyecto diocesano de iniciación cristiana".
Esta es otra de las líneas operativas que hay que asumir y poner en marcha en
nuestra Diócesis de Toledo que encomendamos inicialmente a las Delegaciones
Diocesanas Pastorales más directamente afectadas, como son la de Catequesis y
la de Liturgia, la de Pastoral de la Familia y la de Enseñanza.
Para
un proyecto diocesano así de iniciación cristiana, que tal y como pide el
Directorio General para la Catequesis (Cfr. DCG 274) y el Documento de los
Obispos (Cfr. LIC 16), como digo, deberíamos establecer aquí, en nuestra Diócesis,
se debe ofrecer un doble servicio: a) un proceso de iniciación cristiana,
unitario y coherente, para niños, adolescentes y jóvenes, en íntima
conexión con los sacramentos de la iniciación ya recibidos o por recibir y
en relación con la pastoral educativa; b) Un proceso de catequesis para adultos,
ofrecido a aquellos cristianos que necesiten fundamentar su fe, realizando o
completando la iniciación cristiana inaugurada o a inaugurar con el Bautismo.
Al mismo tiempo ha de cuidar la dimensión sacramental de la iniciación
cristiana, cuya celebración está también íntimamente vinculada a la
naturaleza de la Iglesia particular y es moderada por el Obispo" (LIC
16).
18.
¿Qué hace de un hombre un cristiano? Esta es la pregunta clave
siempre, y de manera particular en nuestros días, para orientar adecuadamente
la iniciación cristiana. Siguiendo la Tradición de la Iglesia, apoyándose
en el Ritual de la Iniciación cristiana de Adultos, en el Catecismo de la
Iglesia Católica y en Directorio General para la Catequesis, el Documento de
los Obispos nos remite, en último término al catecumenado tal y como la
Iglesia lo concibió y realizó en los primeros siglos en los que se abrió
paso la fe cristiana dentro del cumplimiento del mandato recibido del Señor
de hacer discípulos de todas las gentes y de una acción misionera,
evangelizadora en su sentido más genuino, en medio de un mundo no cristiano.
El
catecumenado, a partir de la Sagrada Escritura, como es bien sabido ha
recogido los elementos fundamentales que hacen de un hombre un cristiano: la
fe, los sacramentos, los mandamientos, el Padre Nuestro. Correspondiendo a
esto, existía la entrega de la profesión de fe y la repetición por parte
del bautizando; el aprendizaje del Padre Nuestro, la enseñanza moral y la
catequesis mistagógica, es decir, la introducción en la vida sacramental.
Todo eso conduce a la profundidad de lo esencial: para ser cristiano, obra
siempre y primariamente de la gracia de Dios ("Soy cristiano por la
gracia de Dios"), se debe creer y entregarse a Dios, Uno y Trino, que
obra su salvación (la fe, como principio y fundamento de toda la existencia
cristiana); se debe aprender el modo de vivir cristiano, el estilo de vivir
cristiano, y vivir en cristiano (la caridad, como forma de vida del cristiano,
que se despliega en una vida conforme a las bienaventuranzas); se debe ser
capaz de rezar y rezar como cristiano, hijo de Dios, que reconoce el don del
Padre y todo lo espera de El en vigilante anhelo de su Reino eterno (la
esperanza teologal); y se debe, en fin, acceder a los misterios -sacramentos-
y a la liturgia de la Iglesia, en los que se cumple, se actualiza y se
participa hoy la salvación de Dios acaecida en su Hijo Jesucristo Redentor
por el Espíritu Santo, anunciada y creída en el Credo de nuestra fe, resumen
de todas las Escrituras y compendio de la historia de la salvación.
Estos
cuatro elementos -credo, sacramentos, mandamientos, oración- o dimensiones
que constituyen la Iglesia como misterio de comunión - permanecían unidos y
asiduos en la enseñanza de los apóstoles y en la fracción del pan ( fe), en
la oración (esperanza) y todo lo tenían en común (caridad) - pertenecen el
uno al otro: la introducción a la fe no es la transmisión de una teoría; la
profesión de la fe no es otra cosa que el desarrollo de la fórmula
bautismal. La introducción a la fe es esa misma mistagogía, introduciendo al
Bautismo, al proceso de conversión por el que no actuamos sólo por nosotros
mismos, sino que dejamos que Dios actúe en nosotros. La profesión de fe está
estrechamente relacionada con la catequesis litúrgica, es guía para la
celebración de los misterios. La introducción a la liturgia implica también
aprender a rezar y saber rezar significa aprender a vivir, implica como
consecuencia el problema moral y el aprendizaje de las costumbres de Dios.
19.
En todo proceso y proyecto que elaboremos y llevemos a la práctica de
iniciación cristiana todos estos elementos han de estar necesariamente
presentes y articulados entre sí de forma armónica e integrada. No puede
faltar ninguno de ellos. El Catecismo de la Iglesia Católica nos ofrece un
modelo de articulación, no solo para la catequesis sino para todo el conjunto
de lo que constituye la iniciación cristiana. Este Catecismo, en efecto,
refleja las dimensiones fundamentales y esenciales de la existencia eclesial y
cristiana, en una estructura que se remonta a los orígenes de la Iglesia y
propone la verdad y realidad íntegra de la experiencia cristiana, aquello que
hay que confiar a la memoria, indispensable a la fe, y que, al mismo tiempo,
refleja los elementos indispensables de la Iglesia y de la vida cristiana: de
una parte, los misterios de la fe en Dios Uno y Trino profesados (Símbolo) y
celebrados (Sacramentos), y, de otra, la existencia humana según la fe - la
fe operante mediante la caridad - que se expresa a través de una regla de
vida cristiana (Decálogo) y la oración filial (Padre Nuestro). Estos son los
elementos que entran en el proceso de la iniciación y maduración en la fe
cristiana, a cuyo servicio están la catequesis y los sacramentos de iniciación
que tienen un proceso dialogal que corresponde al catecumenado: Dios y su
obra, que tienen la iniciativa y la primacía, y lo que el hombre hace, que
siempre será respuesta a la obra e iniciativa de Dios.
20.
A la luz de esta unidad hay que revisar la pastoral de iniciación
sacramental: unidad de sacramentos de iniciación y catequesis de iniciación
cristiana; unidad de los elementos que constituyen al cristiano y conforman la
Iglesia en la totalidad de sus dimensiones. Unidad también de los tres
sacramentos de la iniciación (Cfr. SC 71): "el Bautismo, que es el
comienzo de la vida nueva; la Confirmación, que es su afianzamiento; y la
Eucaristía, que alimenta el discípulo con el Cuerpo y la Sangre de Cristo,
para ser transformado en El" (CCE 1275); los tres sacramentos se fundan
en la unidad del Misterio de Cristo; son tres ritos significativos y eficaces
de dicho Misterio, destinados a realizar la progresiva y completa configuración
del creyente con Cristo en la Iglesia: a construir, por la gracia de Dios, su
exacta identidad cristiana y eclesial; por eso, hasta que el creyente no haya
sido introducido íntegramente en el Misterio de Cristo no se puede decir que
ha alcanzado la plenitud de la iniciación.
21.
Una conclusión que se nos impone, a partir de aquí, es revisar y orientar
nuestra acción pastoral de iniciación cristiana: Comprobar si se da o no, o
en qué medida, la unidad de los diferentes elementos señalados, si hay
omisiones o deslizamientos abusivos; ver cómo se forman los catequistas en
este mismo orden de cosas o cómo hacerlo para que vivan la unidad de estos
distintos aspectos que venimos indicando; discernir cómo integran estas
dimensiones nuestras comunidades y nuestra misma acción pastoral, donde los
iniciados puedan "ver y palpar", ser escuela de vida para los que se
están iniciando; analizar los materiales catequéticos que utilizamos y
comprobar si en ellos se cumplen adecuadamente estos aspectos, que no son teóricos
ni meramente doctrinales. Estoy convencido de que si avanzamos en este
sentido, en esta unidad que exige el proceso unitario de la iniciación
cristiana, habremos dado pasos muy importantes y grandes en el hacer
cristianos por la gracia de Dios en nuestro tiempo.
IV. La iniciación cristiana en la Iglesia: Funciones y lugares de esta iniciación
1.
Funciones de la iniciación cristiana: catequesis y liturgia
22.
"Desde tiempos apostólicos, para llegar a ser cristiano se sigue un
camino y una iniciación que consta de varias etapas. Este camino puede ser
recorrido rápida o lentamente. Y comprende siempre algunos elementos
esenciales: el anuncio de la Palabra, la acogida del Evangelio que lleva a la
conversión, la profesión de fe, el Bautismo, la efusión del Espíritu
Santo, el acceso a la comunión eucarística" (CEC 1229). Si bien es
verdad que la iniciación cristiana y su itinerario ha variado mucho a lo
largo de los siglos y según las circunstancias, la Iglesia en el decurso de
los tiempos no ha dejado de tener siempre presente que todo este camino de
iniciación tiene a Dios Padre, por Cristo en el Espíritu Santo, como
"origen, guía y meta" de las personas que lo recorren, llamadas,
conducidas y acompañadas por la Iglesia, madre y educadora, a través de una
serie de momentos o etapas y de acciones que siempre se han dado. Hoy, en
concreto, la forma más generalizada del camino de la iniciación cristiana de
las nuevas generaciones - niños, adolescentes y jóvenes- consiste en
introducirlos en los primeros años de su vida en el misterio de Cristo y de
su Iglesia por el Bautismo, educarles en la fe y acompañarlos en la celebración
de los otros sacramentos de iniciación - Penitencia, Eucaristía, Confirmación-
a lo largo de su infancia, adolescencia y juventud. Con todo no podemos
olvidar que, aun con las adaptaciones a destinatarios y situaciones concretas,
es preciso asumir lo que constituye el itinerario típico de la iniciación
cristiana de la tradición de la Iglesia y que nos recuerda el documento de la
Conferencia Episcopal, a saber:
a)
"el anuncio misionero, destinado a proclamar abiertamente y con decisión
al Dios vivo y a Jesucristo, enviado por El para salvar a todos los hombres, a
fin de que, por la acción del Espíritu Santo, crean y se conviertan
libremente al Señor" (DCG 24a);
b)
la entrada en el catecumenado que, "expresa la acogida por parte de la
Iglesia de los que han aceptado el anuncio del Evangelio, y han sido movidos a
la conversión inicial. Los catecúmenos son ya de la casa de Cristo: son
alimentados por la Iglesia con la Palabra de Dios y favorecidos con las ayudas
litúrgicas" (DCG 25);
c)
el tiempo del catecumenado "es un tiempo prolongado en el que la Iglesia
transmite su fe y el conocimiento íntegro y vivo del misterio de la salvación
mediante una catequesis apropiada, gradual e íntegra" (DCG 26);
d)
el tiempo de la "purificación e iluminación" es el que la Iglesia
"pone en manos de Dios, y como Madre se dispone a engendrarlos en Cristo
por la fuerza del Espíritu Santo..., les ayuda con la oración para que se
abran a la acción de Dios que está escrita en los corazones" (DCG 37);
e)
celebración de los sacramentos de la iniciación cristiana en los que la
Iglesia "engendra en Cristo a los catecúmenos por el sacramento del
Bautismo..., son sellados por el don del Espíritu Santo en el sacramento de
la Confirmación... y reciben la comunión del Cuerpo y la Sangre del Señor
resucitada que consuma la unión con El" (DCG 27);
f)
el tiempo de la mistagogía que es "una etapa catequética y sacramental
a la vez"... En ella los iniciados, renovados en su espíritu, asimilan
mas profundamente los misterios de la fe y de los sacramentos en los que se
nutre la Iglesia, experimentando cuán suave es el Señor" (DCG 29).
En
todo este itinerario, en el que están siempre imbricadas de manera
inseparables la misión sacramental - misión de bautizar- y la misión de
evangelizar, "porque el sacramento es preparado por la Palabra de Dios y
por la fe que es consentimiento a esta Palabra (DCG 29), la iniciación
cristiana se lleva a cabo principalmente mediante dos funciones pastorales íntimamente
relacionadas entre sí, en íntima complementariedad, que se apoyan
mutuamente: la catequesis y la liturgia. Como recuerda el Documento de la
Conferencia Episcopal citando, sobre todo, el Catecismo de la Iglesia Católica:
"La catequesis, en efecto, está intrínsecamente unida a toda la acción
litúrgica y sacramental, porque es en los sacramentos y sobre todo en la
Eucaristía, donde Jesucristo actúa en plenitud para la transformación de
los hombres. La liturgia, por su parte, debe ser precedida por la evangelización,
la fe y la conversión; sólo así puede dar sus frutos en la vida de los
fieles: la vida nueva según el Espíritu, el compromiso en la Iglesia y el
servicio de su unidad. La catequesis, en este sentido, prepara para la
celebración de los sacramentos de la fe, los cuales no sólo la suponen, sino
que a la vez la alimentan, la robustecen y la expresan por medio de palabras y
de elementos; y proporciona también un conocimiento adecuado del significado
de los gestos y de las acciones sacramentales. La liturgia inspira además una
peculiar y muy necesaria forma de catequesis, llamada mistagógica, que
pretende introducir en el Misterio de Cristo procediendo de lo visible a lo
invisible, del signo a lo significado, de los 'sacramentos' a los
'misterios'" (LIC 40).
Así
pues, la enseñanza y el conocimiento del misterio de Jesucristo, el
conocimiento vivo de la fe de la Iglesia que comprende la conversión y adhesión
del hombre a Dios, está inseparablemente unido a los sacramentos de la
Iglesia. Ambas acciones constituyen la esencia de la iniciación cristiana y
son inseparables aunque se desarrollen en distintos tiempos y etapas de la
vida del niño, adolescente y joven. Unas orientaciones para la educación de
la fe en estas edades han de ser comprendidas en esta única y misma misión
que resume el mandato del Señor: "Bautizadlos y enseñadles" (Mt
28,19).
23.
A la luz de esto cabría preguntarse si liturgia y catequesis no son, de hecho
en nuestra práctica pastoral, dos caminos que se deslizan separadamente y en
orientaciones divergentes o paralelas; si no damos por supuesta la fe y aun más
la conversión que presuponen los sacramentos y si hacemos todo lo necesario
para evitar esto, de manera que sean en verdad sacramentos de la fe; si no nos
ahorramos una pastoral misionera que suscite la conversión o una pastoral
catequética que sustente y ponga los fundamentos de la fe; si no
desvalorizamos la liturgia, los sacramentos, o le damos poca importancia
pensando que lo importante es la acción del hombre y la moral; si no se
separa o hasta contrapone sacramentos y vida; si no se abusa a veces de una
contraposición entre evangelización y sacramentos; si no vemos y descubrimos
la fuerza catequética e iniciadora de la misma liturgia y acción sacramental
de la Iglesia. En este punto se impone una clarificación y revisión de la
liturgia y de la catequesis y de la relación entre ambas en nuestra vida y práctica
pastoral.
1.1. La catequesis
24.
La catequesis pertenece a la entraña misma de la iniciación cristiana; más
aún, pertenece a la entraña misma de los sacramentos de la iniciación
cristiana, singularmente del Bautismo; la catequesis precede o sigue al
Bautismo, pero en todo caso pertenece a la entraña del Bautismo mismo.
"El eslabón que une la catequesis con el Bautismo, sacramento de la fe,
es la profesión de fe que es, a un tiempo, elemento interior de este
sacramento y meta de la catequesis" (DCG 106): la catequesis parte de la
confesión de fe y conduce a la confesión de fe. Esto tiene unas
consecuencias grandes para la catequesis que ya se señalaban en la Instrucción
de la Comisión Episcopal de Enseñanza y catequesis "La catequesis de
la comunidad", aunque no siempre se han comprendido o tenido
suficientemente en cuenta.
Consecuencias
de esta vinculación es que la catequesis ha de ayudar a descubrir y vivir la
realidad del Bautismo, o lo que es lo mismo, ayudar a descubrir y vivir la
novedad y diferencia respecto del mundo que entraña el ser cristiano,
inseparable de la Iglesia. Una catequesis que lleve a descubrir o redescubrir
y vivir el Bautismo será una catequesis que posibilita, educa, cultiva y
afianza la identidad específica de los catequizandos como miembros de la
Iglesia: la identidad cristiana se origina en el bautismo, el ser cristiano se
origina ahí, nace de ahí. De esta manera la catequesis capacita, al mismo
tiempo, a los catequizandos para que, ante el mundo, confiesen y testifiquen
su vocación; y, de este modo, ayuden a que los demás hombres descubran el
sentido de su existencia, ya que la suerte de todo hombre, la elección, la
llamada, el nacimiento, la muerte, la salvación o la perdición, están
estrecha e indisolublemente unidas a Cristo. Esta relación entre catequesis y
Bautismo, esta catequesis orientada a asumir y vivir la identidad bautismal
que propugna el Documento de la Conferencia Episcopal sobre La iniciación
cristiana, es algo que ya viene siendo tenido muy en cuenta, aunque tal
vez no se hayan parado mientes en ello, por la Conferencia Episcopal Española
al aprobar y promulgar los Catecismos "Padre Nuestro", "Jesús
es el Señor" y "Esta es nuestra fe".
25.
Es necesario que, en nuestra Diócesis, se sigan los itinerarios y contenidos
catequéticos que marcan estos tres catecismos, así como las orientaciones
pedagógicas y metodológicas que ofrecen las Guías correspondientes
publicadas por el Secretariado Nacional de Catequesis. La utilización y
seguimiento de estos Catecismos y de las orientaciones pedagógico-catequéticas
de las Guías serían un instrumento espléndido para mejorar de manera
notable la iniciación cristiana en nuestra Diócesis. Para ello, los
sacerdotes habrán de ayudar muy directamente a los catequistas.
26.
Dada la importancia de la catequesis en la vida y misión de la Iglesia he
preferido dedicar una Instrucción que aborde de manera amplia y por sí misma
la acción catequética en nuestra Diócesis de Toledo. A esa Instrucción me
remito. No obstante no quiero dejar de señalar aquí, en este escrito sobre
la iniciación cristiana en nuestra Iglesia particular, las características y
tareas de la catequesis de iniciación en sintonía con el Directorio General
para la catequesis y el documento de la Conferencia Episcopal sobre la
iniciación cristiana, a saber:
a)
"Una formación orgánica y sistemática de la fe... Indagación vital y
orgánica en el misterio de Cristo que es lo que, principalmente, distingue a
la catequesis de las demás formas de presentar la Palabra de Dios" (DCG
67).
b)
"Una formación básica, esencial, centrada en lo nuclear de la
experiencia cristiana... la catequesis pone los cimientos del edificio
espiritual del cristiano, alimenta las raíces de la vida de fe, capacitándole
para recibir el posterior alimento sólido en la vida ordinaria de la
comunidad cristiana" (DCG 67).
c)
"Un aprendizaje a toda la vida cristiana, una 'iniciación cristiana
integral', que propicia un auténtico seguimiento de Jesucristo e introduce en
la comunidad eclesial" (DCG 67).
d)
La catequesis de iniciación cristiana de niños, adolescentes y jóvenes, a
diferencia de lo que ocurre en el catecumenado de adultos, está definida
también en cierto modo por la mistagógica. En efecto, el camino hacia la
adultez en la fe, abierto y configurado por el sacramento del Bautismo se
desarrolla por medio de los demás sacramentos de la iniciación que dan
sentido y vertebran todo el proceso iniciatorio" (LIC 42). 27. La catequesis de la iniciación, que habrá de tener forzosamente un carácter catecumenal y realizarse conforme a los criterios pedagógicos expuestos sintéticamente en el Documento de la Conferencia Episcopal (Cfr LIC 43), habrá de ser un proceso continuo y no sólo una preparación puntual para recibir cada uno de los sacramentos. Este proceso continuo deberá desarrollarse en las siguientes etapas: a) el despertar religioso; b) la iniciación a la primera confesión y comunión; c) la primera síntesis de la fe en la infancia adulta; y d) el catecumenado de Confirmación. A esas etapas corresponden, precisamente, los mencionados Catecismos de la Conferencia Episcopal Española. Razón de más para seguirlos enteramente y no ser sustituídos en modo alguno en la catequesis de iniciación que se imparta en todos los lugares de nuestra Diócesis. El recorrer las etapas mencionadas sin que haya laguna alguna es necesario para una fundamentación básica de la fe y vida cristiana:
a)
El despertar religioso del niño es la primera "conversión"
de éste a Dios Padre, que requiere un primer anuncio por parte del cristiano
adulto. Los padres tienen la función de procurar este despertar religioso en
sus hijos. La falta de este despertar religioso tendrá sus consecuencias
negativas en todo el proceso catequético y, a veces, en el desarrollo
ulterior de su vida religiosa. Además de los padres, pueden y deben cumplir
esta función de despertar religiosamente al niño los maestros de la etapa
infantil y los catequistas parroquiales. Nunca, pues, debe ser omitido el
catecismo "Padre Nuestro" y todo lo que éste conlleva.
b)
La etapa que precede a la primera confesión y comunión -en algunos casos
también a la Confirmación- es el tiempo del primer encuentro con Jesucristo
dentro de la comunidad cristiana y de sus celebraciones sacramentales. Aquí
juega un papel insustituible la comunidad. Como hace el catecismo "Jesús
es el Señor", se ha de partir del Bautismo recibido y se ha de ayudar a
asumirlo y mostrar la identidad cristiana en él originada conforme a la
persona de Jesucristo.
c)
En la infancia adulta, el niño hace su primera síntesis de fe. Es una etapa
en la que el niño tiene afán por saber. La carencia de la catequesis en esta
etapa llevará consigo, ordinariamente, un vacío doctrinal de graves
consecuencias para el desarrollo de la fe y vida cristiana. Esta catequesis
deberá ir acompañada de espacio y de actividades de educación cristina en
tiempo libre que, juntamente con los otros, implique la vivencia de la
experiencia cristiana y eclesial, vivida en esos espacios.
d)
En la adolescencia, donde habitualmente entre nosotros acaece la Confirmación,
el catecumenado aquí constituye una etapa en la que el catequizando adquirirá,
junto con una profundización en la fe, una conciencia viva de su pertenencia
a la Iglesia y se pondrá a disposición de conocer su vocación cristiana en
la Iglesia y en el mundo. Esta catequesis tratará de suscitar en los
confirmandos una experiencia consciente y global de la dimensión eclesial de
la fe y de la vida cristiana. Este proceso, acompañado de espacio y
actividades que susciten y consoliden la experiencia cristiana y eclesial en
movimientos, grupos o asociaciones, deberá orientarse de manera que, conforme
a su edad, los catequizandos: descubran a Dios Padre, presente en la etapa de
la vida en que se hallan, caracterizada por el crecimiento y afirmación de la
personalidad; se encuentren con Jesucristo que les llama a seguirle; y
respondan a la luz y la fuerza del Espíritu Santo que les guíe en la
necesidad de vencer su inclinación al aislamiento y les mueva a unirse y
colaborar con los demás cristianos. 28. Debo subrayar que, dadas las circunstancias socio-culturales en que hoy viven los cristianos -de manera particular los niños y los adolescentes y jóvenes que reciben la iniciación cristiana-, resulta, de ordinario, insuficiente la sola catequesis que reciben durante el tiempo de la iniciación para esta misma iniciación cristiana. Por ello la catequesis debe ir acompañada - incluso realizada, a veces - de actividades y espacios donde se pueda vivir una experiencia cristiana y eclesial que muestre y haga "experimentar" en concreto lo que quiere decir propiamente ser cristiano en las diferentes facetas de la vida. De ahí la importancia no sólo de prolongar la catequesis en grupos o movimientos juveniles con una pedagogía que responda a las condiciones en que se encuentran los adolescentes y jóvenes, sino de simultanear inseparablemente, y en referencia mutua, la catequesis y la participación en estos grupos o movimientos ya desde la infancia adulta en los que se vive la experiencia cristiana y eclesial de oración y celebraciones litúrgicas, de vida comunitaria y de compartir en amistad y vida, de actividades formativas en tiempo libre y de otras actividades que reflejan lo que es la vida ordinaria del hombre vivida desde la fe.
En
nuestra Diócesis, impulsar estos grupos y movimientos ha de ser prioritario
si queremos renovar y consolidar la iniciación cristiana conforme a las
exigencias que ésta plantea en la actualidad; las convivencias de fines de
semana y en tiempo libre, los campamentos y otras actividades son elementos
preciosos y valiosos que habrán de tenerse en cuenta e incorporarlos a la
pastoral de la iniciación cristiana. Por supuesto, como señalaremos después,
no se puede aislar todo esto de la parroquia -de la liturgia, catequesis y
otras dimensiones y actividades y experiencias eclesiales que sólo ella
suministra- ni se puede separar de la familia -siempre los padres, y más en
estos grupos, movimientos y actividades, han de jugar un papel imprescindible
y decisivo-, y de la pastoral familiar, o de la pastoral educativa y escolar.
Se
trata, en suma, de que los niños mayores y los adolescentes y jóvenes vivan
una auténtica escuela de vida cristiana, una especie de
"catecumenado" y dentro de la "matriz eclesial" donde
todos los elementos de la iniciación cristiana se vivan en una experiencia
integradora y unitaria. Habrá que ver cuales son los más adecuados. No se
trata de imponer ninguno, sino de abrir el campo y la iniciativa y acoger lo
que el Espíritu haya suscitado o suscite en su Iglesia. 29. Aunque hable de ellos en el escrito mencionado sobre la Catequesis en la Diócesis de Toledo, debo recordar en el presente escrito sobre la iniciación cristiana que es esencial contar con catequistas bien preparados tanto en el aspecto doctrinal como en los aspectos pedagógicos y de vivencia cristiana. En este terreno, es muy conveniente ser muy realistas y no esperar a encontrarnos con unas personas cuya formación sea extraordinaria. Hay que contar con el tiempo y con el empeño serio de ir proporcionando constantemente a los catequistas los medios para que puedan cumplir con su misión seria y responsablemente. Lo más importante es que los catequistas sean creyentes, coherentes con su fe y ejemplares en su adhesión a la Iglesia y en su comunión con los pastores. Los catequistas, por su parte, habrán de esmerarse progresivamente por asimilar la síntesis doctrinal que han de impartir, tener un conocimiento y una experiencia vivos de cada uno de los sacramentos de iniciación y de su sentido y significación esencial y profunda, y han de tratar de comprender, cada vez mejor, los rasgos humanos de sus catequizandos en sus diversas etapas (Cfr LIC 44).
1.2. La Liturgia en la iniciación cristiana
30.
No es infrecuente en la práctica de la iniciación cristiana poner todo el
acento y volcar todo el esfuerzo pastoral en la acción catequética, dejando
en un segundo lugar la celebración de los sacramentos y la liturgia que
acompaña todo el proceso de la iniciación. Parece como si lo verdaderamente
importante fuese lo que hacemos nosotros, y no tanto lo que hace Dios, que es,
al fin y al cabo, el agente principal de la iniciación. Como señala, sin
embargo, el Documento de la Conferencia Episcopal, "la iniciación
cristiana comprende esencialmente la celebración de los sacramentos que
consagran los comienzos de la vida cristiana en analogía con las etapas de la
existencia humana, y que por este motivo se llaman sacramentos de la iniciación
(Cfr. CCE 1210, 1212). Como todos los actos litúrgicos, 'por ser obra de
Cristo sacerdote y de su Cuerpo, que es la Iglesia' los sacramentos son
acciones sagradas por excelencia,'cuya eficacia, con el mismo título y con el
mismo grado, no lo iguala ninguna otra acción de la Iglesia' (SC 7). Los
sacramentos del Bautismo, de la Confirmación y de la Eucaristía son, por
eso, 'fuente y cima' de la iniciación, junto con las celebraciones de la
Palabra de Dios y los escrutinios (Cfr. SC 10). En el itinerario de los que
fueron bautizados siendo párvulos, está presente también la Penitencia que
otorga el perdón de los pecados cometidos después del Bautismo. Todas estas
celebraciones litúrgicas ponen de manifiesto la progresiva vinculación a
Jesucristo de los catecúmenos y de los catequizandos, a la vez que les
comunican la salvación que brota del misterio pascual. Del esmero que se
ponga en hacer de ellas verdaderos momentos eclesiales del encuentro salvador
con Dios en Jesucristo, unidos a la acción catequética, dependerá en gran
medida el fruto espiritual de todo el itinerario de la iniciación, y aún el
sentido mismo de toda la vida cristiana" (LIC 45).
Nunca
insistiremos suficientemente en este punto, sobre todo, dada la mentalidad
antropocéntrica de nuestra cultura y las dificultades tan profundas que se
dan en los hombres, en los cristianos, de hoy respecto a la acción de la
gracia y a la mediación sacramental de salvación de la Iglesia que se
realiza y manifiesta a través de los sacramentos. Expresión de esta
mentalidad, por ejemplo, es la dificultad respecto al sacramento de la
Penitencia o la actitud de algunos jóvenes que se confirman, expresada en
algunas moniciones o promesas durante la celebración del sacramento, como si
el signo sacramental fuese un rito simplemente de ratificación de lo que ya
han conseguido por sí mismos en el esfuerzo catequético. Por ello, es
necesario que pongamos todo el esmero en que todo el proceso de la iniciación
cristiana destaque adecuadamente esta centralidad de los mismos sacramentos de
la iniciación.
31.
Igualmente hay que destacar y poner de relieve tanto en la catequesis
correspondiente, como en el conjunto que constituye la pastoral de la iniciación
cristiana, el que los tres sacramentos guardan entre sí una íntima unidad
que nunca debería quedar ensombrecida o desfigurada. Así pues, es preciso
que esta unidad y ordenación mutua de los sacramentos de iniciación,
subrayada siempre por el magisterio de la Iglesia, y más aún a raíz del
Vaticano II (Cfr. LIC 46), "se pongan de manifiesto también en las enseñanzas
que acerca de ellos transmite la catequesis, como en la misma práctica
pastoral. Difícilmente se logrará que la iniciación cristiana aparezca como
un proceso unitario, catecumenal e integrador de todos los aspectos catequéticos
y litúrgicos que comprende, si en la preparación o en la celebración de
alguno de ellos no se pone de relieve su necesaria y progresiva conexión"
(LIC 47).
32.
Tanto en la preparación catequética y litúrgica como en la celebración de
los sacramentos de la iniciación cristiana, se debe atender no sólo a las
condiciones que afectan a la validez sacramental y a la licitud de las
acciones litúrgicas, sino igualmente a todo aquello que está relacionado con
la expresividad, la verdad y la belleza de los signos, y a la participación
consciente, activa y fructuosa de quienes reciben los sacramentos y asisten a
la celebración. No cabe duda que uno de los mejores y principales elementos
para la iniciación cristiana es la participación en la misma liturgia de la
comunidad cristiana. Cuando ésta se cuida verdaderamente en todos sus
aspectos constituye la mejor expresión de lo que es iniciar en la fe. Por
esto es necesario que los niños y adolescentes, y cuantos estén en tiempo de
iniciación cristiana, participen en las celebraciones de la comunidad, que
debemos mejorar y cuidar constantemente.
33.
Insisto, en orden a la iniciación cristiana, además de otras
consideraciones, en la necesidad de que urjamos a quienes se encuentran en el
camino de la iniciación cristiana a que participen en las celebraciones litúrgicas,
singularmente en la Eucaristía dominical. Es un aspecto no secundario, sino
fundamental. No da lo mismo de cara a lo que es ese ser iniciado en la fe y en
la vida cristiana. Pido, además, a todos que creemos la inquietud y la
sensibilidad, y aun la exigencia, en los padres para que participen en la
celebración acompañados de sus hijos, que toda la familia junta tome parte
en la misma celebración; deberíamos hacer una gran campaña en este sentido.
Estoy convencido que esta participación de la familia unida en la celebración
es uno de los medios más eficaces para la iniciación cristiana.
34.
Asimismo insisto en la necesidad que tenemos de "mejorar" nuestras
celebraciones, singularmente las dominicales. Urge una "buena y
digna" celebración de la Eucaristía, singularmente los domingos y
fiestas, en los que se reúne el conjunto de la comunidad, de modo que todos
podamos vivir el misterio eucarístico con toda su riqueza y así se renueve
la vida cristiana de todos. De esta manera, quienes están en proceso de
iniciación "verán" y "palparán", tendrán la
experiencia de lo que es el gozo y la alegría de la presencia del Señor, la
grandeza de la escucha de la Palabra, la belleza de la alabanza y de la oración,
y tantas y tantas cosas que se "ven y palpan" cuando se celebra
bien. Es la mejor introducción al Misterio, el mejor camino para el encuentro
con Dios, la mejor forma de tener la experiencia de la Iglesia. A partir de
una celebración cuidada donde los que son iniciados "vean" se puede
llevar una catequesis adecuada que conduzca a vivir más hondamente cuanto en
la celebración se significa: esto es iniciación.
Necesitamos
y podemos "mejorar" sin duda nuestras celebraciones, cuidar al máximo
su "verdad", prepararlas con la oración personal y comunitaria
sobre la base de los textos bíblicos y litúrgicos. Hay aspectos que todos
deberíamos cuidar, entre otros: la participación y la disposición de los
fieles que han de proclamar las lecturas, hacer las moniciones, o animar los
cantos; es muy importante la proclamación bien hecha de la Palabra de Dios
para la que no hay que olvidar que se requiere una preparación previa y que
no cualquier improvisado o nervioso lector es siempre idóneo para ello; una
Palabra de Dios bien leída y proclamada vale más que muchas catequesis;
ahora bien, cuando, por "participar", se lee a trompicones la
Palabra, se lee mal, se oye peor, etc, se está indicando que lo importante no
es Dios que habla y su palabra, sino nuestra acción, el "actuar o
representar"; se está negando así con los hechos lo que es probable que
se enseñe en la catequesis. Deberíamos cuidar el silencio orante, el respeto
religioso, el sentido de adoración y admiración, el clima profundamente
gozoso y religioso de la celebración. Cuidar asimismo los cantos: que éstos
sean bien seleccionados por el contenido de la letra y su calidad musical; que
no se omita el canto del salmo responsorial con el que nos unimos en la
respuesta a la Palabra de Dios con toda la Iglesia; que los coros no
sustituyan al pueblo fiel. Cuidemos nosotros sacerdotes la homilía, preparada
seriamente con la oración y el estudio y hecha con esmero y
"verdad"; cuidemos igualmente el modo de presidir, de
"estar". Es muy importante el esfuerzo en la unidad eclesial de la
celebración, que entraña fidelidad a las orientaciones y normas litúrgicas
de la Iglesia, signo y pedagogía del misterio de comunión que es la
celebración eucaristía, a cuyo servicio se encuentra también la iniciación
cristiana. Hagamos todos, pues, un esfuerzo en esto: en "mejorar"
las celebraciones. Merece la pena. Hoy es decisivo de cara a la misma iniciación
cristiana.
35.
La iniciación cristiana lleva consigo y exige una iniciación litúrgica o
presacramental, que ha de llevarse a cabo por una adecuada catequesis y por
una participación tanto en celebraciones litúrgicas, como en otras
celebraciones que sin ser litúrgicas introducen en todo el sentido de la
Liturgia de la Iglesia. Esta catequesis "prepara a los sacramentos y
favorece una comprensión y vivencia más profunda de la liturgia... explica
los contenidos de la oración, el sentido de los gestos y de los signos, educa
para la participación activa, para la contemplación y el silencio" (DCG
71).
Esta
catequesis, esencialmente bíblica y litúrgica, "expone la continuidad
entre los acontecimientos de la historia de la salvación y los signos
sacramentales de la Iglesia" (LIC 48). A su vez, reclama de su ejercicio
concreto el que se eduque para la contemplación, el asombro y la admiración,
para la interiorización, para el silencio y la escucha, para la
disponibilidad y la gratuidad, para la comunicación y la alabanza, para la
reconciliación... Asimismo, esta catequesis conduce al conocimiento de las
expresiones litúrgicas - tradición viva de la Iglesia - y a la conciencia de
la salvación de Cristo en la Iglesia, en el hoy y aquí de la celebración.
La catequesis de iniciación cristiana está llamada a ser expresión de lo
que la liturgia significa en la vida de la Iglesia y ayuda a que el creyente
exprese la fe de la Iglesia, su fe, en el culto y en la celebración,
singularmente de la Eucaristía. Esto implica que ha de capacitar a los
creyentes para participar en la liturgia de la Iglesia, aclarando el
significado de los ritos y educando en las actitudes necesarias para una
verdadera celebración litúrgica del acontecimiento salvador de Cristo a través
de la Iglesia: oración, acción de gracias, sentido comunitario, dimensión
simbólica.
"La
vida sacramental se empobrece y se convierte muy pronto en ritualismo vacío,
si no se funda en un conocimiento serio del significado de los sacramentos. Y
la catequesis se intelectualiza, si no cobra vida en la práctica
sacramental" (CT 23). Así, una catequesis en estrechísima relación con
la liturgia, es decir "mistagógica", que ayude a entrar en la
realidad del misterio que se celebra (Cfr LIC 49), se verá preservada de
convertirse en algo meramente doctrinal (Cfr CT 37). Para esta iniciación litúrgica
tenemos un modelo en las orientaciones y sugerencias del "Directorio de
la Misa con Niños", o en las orientaciones del Episcopado Francés
"Celebrar la Misa con los niños".
36.
Al mismo tiempo que se dedica el espacio suficiente a esta catequesis mistagógica,
que "procede siempre de lo visible a
lo invisible, del signo a lo significado, de los 'sacramentos' a los
misterios'", que parte de la experiencia de los mismos dones de Dios, de
las realidades concretas y gestos concretos de la celebración litúrgica de
la Iglesia, y no de ideas y conceptos, el proceso de iniciación cristiana,
como acontecía en el catecumenado primitivo y señala el Ritual de Iniciación
Cristiana de Adultos, ha de acompañarse de celebraciones no sacramentales y
ritos que jalonen los distintos momentos y pasos del itinerario de conversión
y camino de la fe hacia los sacramentos de iniciación. Igualmente son
necesarias otras celebraciones no litúrgicas que vayan educando en la
liturgia, gestos y palabras, que celebra la Iglesia; celebraciones que
introducen en esa misma liturgia que la Iglesia vive y celebra el don de Dios
y expresa la fe que le anima; en todo caso hay que evitar ese tipo de
"celebraciones" que son más espectáculo, "happening",
"celebración de la vida" o celebración de nosotros mismos que
celebración de la acción salvadora de Dios que actúa en medio de nosotros.
37.
La iniciación cristiana, como la catequesis que la acompaña, tiene una
fuente rica para su cometido en el año litúrgico. El año litúrgico, por sí
mismo, ya inicia en los misterios y en la vida cristiana. Como recuerda el
Documento de la Conferencia Episcopal, "cuando se contempla la historia
de la iniciación cristiana en los primeros siglos de la Iglesia, se advierte
la importancia de la celebración del misterio de Cristo en el año litúrgico
como marco de referencia de todas las acciones catequéticas y sacramentales
de la iniciación. Más aún, el ciclo de Pascua que comprende la Cuaresma y
la Cincuentena Pascual, nació y se desarrolló como consecuencia de la
necesidad de organizar la iniciación cristiana y de incorporar a ella a toda
la comunidad eclesial. De hecho, todo el año litúrgico, iluminado por la luz
de la Pascua, es 'año de gracia del señor', y ámbito en el que se hace
realidad la economía de la salvación en el 'hoy' de la liturgia" (LIC
50). Por ello, recuperar el año litúrgico en toda su intensidad, ayudar a
vivirlo y vivirlo en toda su fuerza y significación en el seno de la
comunidad cristiana, beber de su fuente, es algo muy importante para la
iniciación cristiana, máxime en el mundo tan secularizado en el que nos ha
tocado vivir.
38.
Como también es fundamental e importantísimo para la iniciación cristiana,
en medio del actual ambiente social progresivamente secularizado, el promover
recuperar la renovación de la vivencia cristiana del domingo (Cfr LIC 51-52):
se trata de que la comunidad cristiana y cada uno de los fieles vivamos el
domingo como requiere su realidad más profunda, como nos ha recordado el
Santo Padre en su reciente Carta Apostólica "Dies Domini".
En efecto, "la celebración del domingo ocupa un papel clave en la
formación de la identidad cristiana y en la maduración de la fe de quien
avanza en el proceso de la iniciación y se prepara para recibir los
sacramentos de la Confirmación y de la Eucaristía" (LIC 52). Para los
cristianos es un "día irrenunciable" (DD, 21), por ello es muy
necesario que pongamos el máximo empeño en instruir a los fieles y a los que
se inician en la fe y en la vida cristiana en el sentido cristiano del
domingo, "Día del Señor", en el sentido de la Eucaristía y del
descanso dominical, como hace el Papa en la mencionada Carta Apostólica o
como hacen los Obispos de la Conferencia Episcopal Española en su Instrucción
Pastoral "Sentido evangelizador del domingo y de las fiestas",
instrumentos preciosos que sería muy bueno y necesario que conociésemos
bien, estudiásemos y aplicásemos a nuestra Diócesis, en las diferentes
parroquias y arciprestazgos.
2)
Los lugares de la iniciación cristiana
39.
Llamada a evangelizar y a ser madre que engendra unos hijos concebidos por el
Espíritu Santo y nacidos de Dios, al transmitir la fe y la vida nueva (Cfr
DCG 28), la Iglesia, "misterio de comunión en tensión misionera" (PDV
12), difundida por todo el orbe,
se convertiría en una abstracción, si no tomase cuerpo y vida precisamente a
través de las iglesias particulares (EN 26). En efecto, "el anuncio, la
transmisión y la vivencia del Evangelio", la función maternal o de
iniciación cristiana, "se realizan en el seno de una Iglesia particular
o diócesis. La Iglesia particular está constituida por la comunidad de discípulos
de Jesucristo que vive en un espacio sociocultural determinado. En cada
Iglesia particular se hace presente la Iglesia universal con todos sus
elementos esenciales. Realmente, la Iglesia universal, fecundada como primera
célula el día de Pentecostés por el Espíritu Santo, da a luz a las
Iglesias particulares como hijas y se expresa en ellas" (DCG
217)."La Iglesia universal y las Iglesias particulares constituyen la comunidad
cristiana referencial, que se hace cercana y visible en las comunidades
cristianas inmediatas. En ellas los cristianos nacen a la fe, se educan en
ella y la viven" (DCG 253).
Así,
la iniciación cristiana está íntimamente vinculada a la naturaleza de la
Iglesia particular, y, moderada por el Obispo, constituye la expresión más
significativa de su misión maternal de engendrar a la vida a los hijos de
Dios. Esta función maternal la Diócesis la ejerce de manera concreta, además
del catecumenado, a través de las "comunidades cristianas
inmediatas" como son: las parroquias, las familias, la escuela católica,
y los movimientos e instituciones educativas cristianas. En ellas, los niños,
adolescentes y jóvenes son educados en la fe de la Iglesia y constituyen, así,
los lugares de la iniciación cristiana. Cada uno de estos lugares actúa
desde su propia identidad y en complementariedad a los otros que inciden en un
mismo iniciando. Ninguno de estos lugares está llamado a ser el único
educador en la fe, sino a participar con los otros en comunión dentro del
proceso único de la Diócesis.
2.1. La parroquia
40.
La parroquia "es, sin duda, el lugar más significativo en que se forma y
manifiesta la comunidad cristiana. Ella está llamada a ser una casa de
familia fraternal y acogedora, donde los cristianos se hacen conscientes de
ser Pueblo de Dios. La parroquia, en efecto, congrega en la unidad todas las
diversidades humanas que en ella se encuentran y las inserta en la
universalidad de la Iglesia. Ella es, por otra parte, el ámbito ordinario
donde se nace y se crece en la fe. Constituye, por ello, un espacio
comunitario muy adecuado para que el ministerio de la Palabra ejercido en ella
sea, al mismo tiempo, enseñanza, educación y experiencia vital" (DCG
257). La parroquia nace para acercar la Iglesia diocesana a todos sus miembros
y es una comunidad estable y pública, formada por todos los cristianos que
viven en un territorio determinado. Presidida por un presbítero en nombre del
Obispo, asume el conjunto de la acción evangelizadora e iniciadora sobre
todas las personas de ese territorio. Así, aunque la parroquia no incluye
toda la Iglesia diocesana ni como lugar específico tiene la exclusividad de
toda la iniciación cristiana, es sin embargo ámbito privilegiado para
realizar, en comunión con el Obispo, la iniciación cristiana en todas sus
facetas catequéticas y litúrgicas del nacimiento y desarrollo de la fe: es
lugar privilegiado para celebrar los sacramentos de iniciación y desarrollar
la catequesis de iniciación, que, como hemos dicho, son los elementos
esenciales de la educación de la fe o de la iniciación de niños,
adolescentes y jóvenes. De la vitalidad de nuestras parroquias depende mucho
una iniciación cristiana de verdad. Por eso hemos de aprestarnos a
revitalizarlas en todos los órdenes para que la gran urgencia de la iniciación
cristiana sea cumplida.
2.2. La familia
41.
Los padres, por el hecho de haber dado la vida a los hijos, tienen el derecho
originario, primario e inalienable de educarles y deben, por ello, ser
reconocidos como los primeros y principales educadores de sus hijos, también
de la fe. Antes que nadie, los padres tienen el derecho y la obligación de
educar a sus hijos en la fe y en la práctica cristiana, de acompañarlos de
manera efectiva y responsable en la educación cristiana. Más aún, la
familia como estructura básica donde se engendra la persona y se le inicia a
la "vida", es también estructura básica de la iniciación
cristiana, donde se gesta, nace y crece en la vida nueva en Cristo. Su función
es sustancial en la educación humana y cristiana de las nuevas generaciones,
y debe estar presente en todas las etapas de esta educación. Como tal, está
llamada a ser itinerario de fe, escuela de los seguidores de Jesús y lugar,
en cierto modo insustituible, de catequización. La familia "transmite el
Evangelio enraizándolo en un contexto de profundos valores humanos. Sobre
esta base humana es más honda la iniciación en la vida : el despertar al
sentido de Dios, los primeros pasos en la oración, la educación de la
conciencia moral y la formación en el sentido cristiano del amor humano,
concebido como reflejo del amor de Dios Creador y Padre. Se trata, en suma, de
una educación cristiana más testimonial que de instrucción, más ocasional
que sistemática, más permanente y cotidiana que estructurada en períodos"(DCG
255). El hecho de que la familia atraviese hoy por dificultades y
"crisis", no invalida su necesidad en la educación en la fe, al
contrario esto mismo constituye un desafío pastoral para hacer posible que
cumpla con su imprescindible misión, puesto que a nadie le es permitido
expropiar a la familia de su derecho y deber.
2.3. Las asociaciones y movimientos laicales: grupos y movimientos educativos
42.
Las asociaciones y los movimientos laicales, como pueden ser la Acción Católica,
otros nuevos movimientos y realidades eclesiales u otras instituciones y
grupos y movimientos educativas no escolares, donde se facilita la interacción
entre fe y vida, según las edades y circunstancias, y donde se ayuda a vivir
una experiencia eclesial y a crear un ambiente donde se respire en cristiano,
son también lugares complementarios en la iniciación cristiana. Estos
grupos, verdaderos espacios eclesiales, aunque sean a veces incluso
institucionalmente informales, son auténticas estructuras educativas dentro
de las parroquias y colegios, pues están constituídos por una unidad
formativa en la que intervienen educadores, programas y materiales, que han de
estar en comunión con los objetivos diocesanos para la educación e iniciación
cristiana y presencia en los ambientes. Con su estilo propio de vivir como
cristiano en la Iglesia, cada uno de estos movimientos, asociaciones o grupos
deben ser lugar de paso educativo de esta experiencia hasta la integración
del cristiano en una comunidad más amplia donde desarrolle su vocación de
servicio en la Iglesia y en el mundo.
Estos
grupos, asociaciones o movimientos, respetando sus peculiaridades, deben
integrarse y coordinarse, sin embargo, en el proyecto diocesano de iniciación
cristiana, es decir, en un proceso único y global diocesano de iniciación y
educación en la fe; cuando la catequesis se realiza dentro de estas
asociaciones y movimientos "deben ser tenidos en cuenta fundamentalmente
algunos aspectos. En particular: a) Se debe respetar la 'naturaleza propia' de
la catequesis, tratando de desarrollar toda la riqueza de su concepto,
mediante la triple dimensión de palabra, memoria y testimonio (doctrina,
celebración y compromiso en la vida). La catequesis, sea cual sea el 'lugar'
donde ser realice, es, ante todo, formación orgánica y básica de la fe. Ha
de incluir, por tanto, 'un verdadero estudio de la doctrina cristiana' y
constituir una seria formación religiosa, 'abierta a todas las esferas de la
vida'. b) Esto no es óbice para que la finalidad propia de estas asociaciones
y movimientos, a partir de sus propios carismas, pueda expresar, con
determinados acentos, una catequesis que deberá ser fiel a su carácter
propio. La educación en la espiritualidad particular de una asociación o
movimiento, de una gran riqueza para la Iglesia, siempre será más propia de
un momento posterior al de la formación básica cristiana, que inicia en lo
común a todo cristiano. Antes hay que educar en lo que es común a los
miembros de la Iglesia que en lo peculiar o diferenciador. c) Igualmente hay
que afirmar que los movimientos y asociaciones, por lo que se refiere a la
catequesis, no son una alternativa ordinaria a la parroquia, en la medida que
ésta es comunidad educativa de referencia propiamente tal" (DCG 262).
2.4. La Escuela Católica, la Escuela pública, la enseñanza religiosa escolar
43.
La escuela católica, como lugar muy relevante para la formación humana y
cristiana, en cuanto comunidad cristiana, en constante referencia a la Palabra
de Dios y al encuentro siempre renovado con Jesucristo, puede y debe ser también
una mediación eclesial o lugar para la iniciación cristiana de sus alumnos,
colaborando en coordinación con los planes pastorales diocesanos. La escuela
católica, en efecto, "entra de lleno en la misión salvífica de la
Iglesia y particularmente en la exigencia de la educación a la fe... El
proyecto educativo de la escuela católica se define precisamente por su
referencia explícita al Evangelio de Jesucristo, con el intento de arraigarlo
en la conciencia y en la vida de los jóvenes, teniendo en cuenta los
condicionamientos culturales de hoy" (Congregación para Educación Católica, La escuela católica, 9). La escuela católica, con su proyecto
educativo y desarrollo del mismo, está llamada a ser comunidad cristiana
creando un ambiente de la comunidad escolar animado por el espíritu evangélico
de libertad y caridad, ayudando a los niños, adolescentes y jóvenes para que
el desarrollo de la propia persona crezca a un tiempo según la nueva criatura
que han sido hechos por el Bautismo y ordenando toda la cultura humana según
el mensaje de la salvación (Cfr GEM 8).
No
cabe duda que en esta perspectiva como la Iglesia concibe la escuela católica,
ésta es un instrumento y un lugar muy importante, fundamental, que es
necesario tener en cuenta y potenciar para la iniciación cristiana. Es cierto
que no en todos los lugares de nuestra Diócesis contamos con escuelas católicas,
pero allá donde estén es una realidad eclesial que, en relación con la
iniciación cristiana, constituyen un don precioso que es necesario cultivar,
atender e incorporar plenamente a la pastoral diocesana. La escuela católica
en gran parte de los casos será ámbito de acción misionera con alumnos,
padres, profesores, y personal no docente, en todo caso, desde su obra de
humanización conforme a Jesucristo, Hombre nuevo y perfecto, será lugar a
tener muy presente en el proyecto diocesano de iniciación cristiana. La
escuela católica, en nuestra diócesis, en referencia y asunción de dicho
proyecto, ha de ofrecer un proyecto pastoral que atienda a sus alumnos según
el momento de crecimiento de la fe en el que éstos se encuentren y que
contemple la integración de los mismos en comunidades cristianas más amplias
-parroquias- que desarrollen su vocación bautismal.
44.
La misma escuela pública es un ámbito, que aun no siendo un espacio
eclesial, puede contribuir, sin embargo, de una manera decisiva a la iniciación
cristiana : a través de los profesores o maestros cristianos y de los padres
católicos de alumnos, y, de manera especial, a través de la enseñanza
religiosa escolar. Sobre todo en estos momentos de crisis de identidad de la
escuela y de la misma educación, es necesario aumentar la atención hacia la
escuela, difundir una adecuada visión antropológica de la transmisión del
saber, prestar mayor dedicación a la pastoral educativa en relación con las
parroquias, fortalecer la presencia cristiana en ella por medio de los
profesores y padres cristianos, cultivar vocaciones educadoras, relanzar las
asociaciones y movimientos y fortalecer la enseñanza religiosa escolar,
conforme a su propia identidad, tal y como queda explicitada en el documento
de la Comisión Episcopal de Enseñanza Orientaciones pastorales sobre la
enseñanza religiosa escolar.
Esta,
aunque no es propiamente un ámbito de iniciación cristiana como los
anteriores, por su carácter específico y su misión evangelizadora, puede y
debe contribuir decisivamente a los objetivos propios de la iniciación, al
ofrecer algunas dimensiones de carácter ético y moral que nacen de las
relaciones entre la fe y la cultura, y entre la fe y la vida (Cfr. LIC 32-38).
Es enteramente necesario que en el proyecto diocesano y parroquial de iniciación
cristiana se refleje con toda claridad la relación y colaboración entre enseñanza
religiosa escolar y catequesis, entre enseñanza religiosa y pastoral de niños,
adolescentes y jóvenes; son tareas complementarias que han de converger y
coordinarse.
2.5.
Complementariedad de estos lugares en la iniciación cristiana dentro de la Diócesis
45.
Insistimos de nuevo, en que "aunque en todos estos lugares se hace
presente la Iglesia particular, sujeto de la iniciación cristiana, la
parroquia tiene la condición de ser la última localización de la Iglesia en
un lugar y representar a la Iglesia visible establecida por todo el mundo. Es
fundamental que el proyecto de iniciación cristiana establecido por el Obispo
sea asumido, desde el propio ámbito, por todos los 'lugares' mencionados,
dado que es la Iglesia particular como tal la que ejerce la misión
maternal" (LIC 32).
En
el Proyecto diocesano que se establezca habrá que señalar orientaciones y
sugerencias precisas para ayudar a la unidad de esta función maternal de
nuestra Iglesia diocesana a través de estos diversos cauces, que no son
alternativos entre sí, sino complementarios y necesitados mutuamente de su
apoyo e interacción. En todo caso es necesario que nos percatemos del cambio
de mentalidad que esto supone y de las exigencias que para todos comporta.
En
la unidad y complementariedad de todos es donde se percibe de manera palpable
que la Iglesia lleva a cabo su misión de iniciación a través de todo lo que
ella es y allá donde ella se hace presente. Así como la catequesis es
iniciadora cuando, a través suyo, la Iglesia se entrega toda ella en lo que
cree, celebra, vive y ora, así también en el ejercicio concreto de esta
iniciación la Iglesia se entrega toda ella y ejerce su función maternal a
través de los diversos cauces en los que ella, como tal Iglesia, se hace
presente.
Así,
la iniciación cristiana supone la conciencia en la comunidad cristiana de que
todos estamos implicados en la función maternal de iniciar en la fe, que
todos estamos para iniciar, que no podemos desentendernos de la iniciación,
aunque se tengan responsabilidades específicas y diversas respecto de ella,
unidos al Obispo, testigo de la tradición y ministro de la comunión
eclesial. Esto supone, además, la conciencia de que, formando parte todos los
fieles de esa una y única Iglesia que está en las diócesis, todo en la
Iglesia ha de verse desde ese ser suyo de "madre" que engendra
nuevos hijos: todos formamos ese seno único maternal de la Iglesia.
46.
Conviene tener en cuenta, a mayor abundamiento en este orden de cosas, que las
"pastorales especiales o específicas" que podamos diseñar y
realizar en la parroquia a propósito de la preparación y celebración de
cada uno de los sacramentos de iniciación, no pueden desgajarse de las
actividades básicas de la comunidad cristiana; sino que tienen que arraigarse
en ellas y alimentarse de ellas: son más bien un complemento y una adaptación
de estas actividades básicas, pero nunca una sustitución. Esto quiere decir
que los catequizandos tienen que participar en la vida normal de la comunidad
cristiana, principalmente de la Eucaristía, con los ritmos propios de cada
tiempo litúrgico, así como de otras actividades por las que la Iglesia vive
y expresa cuanto es o está llamada a ser: la oración en las comunidades, la
vida de caridad y servicio, la acción misionera, en su sentido más estricto,
y otras expresiones y manifestaciones de la vida de la Iglesia. Las catequesis
y las atenciones que se les ofrecen nacen de este tronco común de la vida
cristiana y tienen como razón de ser que se incorporen a
esta vida común de la comunidad cada vez con mayor conocimiento,
mejores disposiciones y mayores frutos de vida, servicio y actividad
misionera".
V. Orientaciones y normas para la celebración y pastoral de la Iniciación cristiana
47.
En esta última parte, compartiendo de manera muy principal las preocupaciones
pastorales de los hermanos sacerdotes, manifestadas reiteradamente y de forma
muy expresa, recuerdo y presento algunas orientaciones y normas para la
celebración de los sacramentos y la pastoral de la iniciación cristiana en
nuestra diócesis. Además de las disposiciones canónicas y orientaciones de
la Iglesia Universal, aquí se tienen muy presentes y se siguen, a veces
literalmente, las indicaciones y directrices de nuestro Sínodo diocesano, así
como Directorios sobre pastoral de Iniciación cristiana de otras Iglesias
particulares, así como sugerencias ofrecidas en las mencionadas asambleas
sacerdotales, en arciprestazgos y en otros órganos de participación
diocesana.
Con
estas orientaciones y normas se trata de vivir y fortalecer la comunión en la
Iglesia, máxime cuando lo que tenemos entre manos es la iniciación cristiana
que, de suyo, introduce en la comunión con Dios, Uno y Trino, y en la comunión
eclesial: la comunión en toda la acción pastoral es un elemento esencial y
de manera muy principal en la correspondiente a la iniciación cristiana. La
comunión es esencial para la evangelización y para la misión de la Iglesia:
"Que todos sean uno, para que el mundo crea", dice nuestro Señor.
El que caminemos todos en esa misma y única comunión
no significa uniformar e implantar normas rígidas que encorseten, es
la garantía, por el contrario, de atención a las situaciones plurales, de
actuar en libertad, y de vivir la unidad. Necesitamos criterios, orientaciones
y normas comunes, realidades que nos unan a todos en los mismos aspectos básicos
y que no están a disposición o al arbitrio personal o de grupo.
Se
trata de orientaciones y normas para nuestra Diócesis sobre cada uno de los
sacramentos de iniciación y sobre el itinerario pastoral que habremos de
seguir en la acción pastoral que introduce en el misterio de Cristo e
incorpora a la Iglesia, haciendo de verdad cristianos. Esto no anula el
"Proyecto Diocesano de iniciación cristiana" que deberá
elaborarse; al contrario, lo reclama y constituye la base para su elaboración.
1.
El Bautismo
1.1.
Requisitos para la celebración del Bautismo
48.
El párroco, a quien especialmente "se le encomienda la administración
del Bautismo "(CIC 530) y los demás ministros, presbíteros o diáconos,
cuando actúan de acuerdo con el párroco, han de comprobar que quienes piden
el Bautismo para un niño, normalmente sus padres, están seriamente
dispuestos a que, a su tiempo, el bautizado reciba una catequesis que ilustre
su fe y aliente su vida cristiana en la Iglesia.
"Los
párrocos no pueden negar los sacramentos a quienes lo piden de modo oportuno,
estén dispuestos y no les sea prohibido por el derecho" (CIC 843).
Algunas circunstancias nuevas que ocurren hoy piden una reflexión ponderada
por lo que respecta a la aceptación de la petición de los sacramentos y, en
concreto, del Bautismo. En esos casos, téngase en cuenta las presentes
disposiciones que siguen:
a)
Ha de tenerse muy en cuenta que la catequesis, es un elemento integrante de
los sacramentos de la iniciación y, en particular, del Bautismo,
"sacramento de la fe" por antonomasia. Si los que son bautizados son
adultos, reciben la catequesis en el tiempo inmediatamente anterior a su
Bautismo, quienes son bautizados de niños habrán de recibir esa catequesis
bautismal cuando alcancen la edad que les permita vivir conscientemente ese
periodo de formación cristiana, mediante la catequesis del despertar
religioso y la más específica de iniciación cristiana. Al solicitar el
bautismo para un niño pequeño, sus padres u otras personas autorizadas deben
comprometerse a procurar, a su tiempo, al bautizando el acceso a la
correspondiente catequesis.
b)
Los padres que ofrecen esperanzas fundadas de que, en su momento, facilitarán
a sus hijos la asistencia a la catequesis de la iniciación cristiana, merecen
ser tenidos como garantes válidos y, por ello se aceptará su petición del
Bautismo (Cfr IBP 31c).
c)
Por parte de los padres, pueden considerarse signos de la seriedad de sus propósitos
respecto a la educación cristiana de sus hijos :
-
su voluntad o promesa de no impedir la futura educación de sus hijos en la
fe;
-
la aceptación de acudir o participar en las "catequesis prebautismales"
o de mantener con el párroco o un delegado suyo para este menester, una o
varias conversaciones prolongadas (diálogo prebautismal) sobre el ser
cristiano, el sentido del Bautismo y las obligaciones que contraen al pedir el
Bautismo para sus hijos;
-
si tienen otros hijos mayores, en edad catequética, el hecho de que éstos
frecuenten la catequesis parroquial o que soliciten para sus hijos la enseñanza
religiosa católica en la escuela. El que no suceda así será considerado
signo negativo que suscita serias dudas de las promesas que los padres puedan
hacer.
d)
Si se trata de padres de formación cristiana insuficiente, es una señal muy
importante su deseo de incorporarse a alguno de los cauces de catequesis de
adultos que se impartan en la parroquia o en alguna institución que, de
acuerdo, con la parroquia, ofrezca esos medios de formación.
1.2. La petición del Bautismo en casos especiales
49.
En los casos que se van a exponer a continuación, el párroco no procederá
inmediatamente a señalar a los padres el día del Bautismo que solicitan sino
que lo diferirá el tiempo necesario para conocer a fondo la situación y
tratar de iluminar y orientar las conciencias de los interesados.
Pueden
señalarse los siguientes casos : a) Padres creyentes con escasa práctica religiosa. Es muy frecuente la petición del Bautismo por parte de los padres que no cumplen habitualmente los preceptos de la Iglesia, sin que esto signifique un rechazo explícito de ella. Esta actitud es, las más de las veces, consecuencia de un ambiente descreído o religiosamente indiferente, de dejadez o de falta de formación cristiana. En estos casos, el sacerdote, en el clima de un diálogo comprensivo, procurará despertar en esas personas su sentido de responsabilidad hasta que den una esperanza firme de que la educación cristiana de sus hijos quede asegurada.
b) Padres católicos en situación matrimonial irregular. En este
supuesto, pueden darse varios casos:
- Católicos, casados canónicamente que se han divorciado y han vuelto a
contraer nupcias ante la autoridad civil. Bastantes de estas personas
aunque reconozcan su situación matrimonial irregular, se dicen y aún se
sienten católicos. Esa es la razón de que pidan el Bautismo para sus hijos
nacidos del matrimonio civil. Los párrocos, en estas circunstancias, han de
esforzarse por discernir la veracidad de las disposiciones de los solicitantes
y la voluntad de educar católicamente a los bautizados. En este
discernimiento, pueden ayudar al párroco algunos miembros del Consejo
Parroquial, u otros miembros de la comunidad parroquial de solvencia
cristiana, consultados personal y confidencialmente. En ocasiones, por razones
de vecindad, trabajo, amistad, etc., ellos pueden conocer más de cerca la
autenticidad de las promesas de los solicitantes. Pero, en todo caso, la
decisión última corresponde al párroco.
- Padres bautizados en la Iglesia católica, casados civilmente o parejas que
conviven maritalmente, sin vínculo alguno matrimonial. Para resolver
estas situaciones, hay que pensar, en principio, que el hecho de que los
solicitantes hayan rechazado o minusvalorado el sacramento del matrimonio
indica alguna quiebra en la vivencia o profesión de la fe católica de estas
personas que hace dudar que sus promesas de educar a sus hijos en la fe
cristiana sean, de verdad, sinceras y serias. Puede entenderse, sin embargo,
que sus disposiciones son verdaderas y auténticas si eligen o aceptan, como
padrinos, a buenos cristianos, conscientes de su fe y practicantes de la misma
con tal de que éstos se comprometan a velar por la formación cristiana de
los bautizandos. Si las garantías ofrecidas fuesen insuficientes, el bautismo
no deberá ser concedido, haciendo ver a las personas que lo pidieron que no
es la Iglesia quien lo niega sino que el estado inestable, vago, y, sobre
todo, incoherente de su fe y de la práctica de la misma, es la causa de que
su petición no puede ser positivamente acogida. Los párrocos, en estas
situaciones, habrán de explicar con claridad que la negativa del Bautismo no
ha de entenderse como una sanción al hecho de que los solicitantes no se
hayan casado en la Iglesia ni una especie de coacción para que lo hagan, sino
una invitación a que reflexionen sobre la incoherencia de su petición.
- Padres no creyentes. La concesión del bautismo, en estas
circunstancias raras y extremas, impone un examen muy exigente de los motivos
de la petición y de las garantías de una futura educación de los hijos en
la fe de la Iglesia habrán de sopesarse con mucho cuidado. En estos casos se
tendrán particularmente presentes las cualidades de quienes hayan de ser
elegidos como padrinos. Sólo si se garantiza sólidamente la futura educación
cristiana de los niños se podrá acceder a la petición; de lo contrario, no
se podrá proceder al Bautismo.
c)
En todos los casos descritos, el párroco habrá de tener muy en cuenta si los
abuelos o algún otro pariente podrán cumplir el deber de educar
cristianamente al niño y se comprometen a ello. En cualquiera de estos casos
"especiales", si es necesario, habrá que dilatar en el tiempo la
celebración del Bautismo, iniciando y llevando a cabo un diálogo con los
padres hasta garantizar la educación del niño en la fe .
1.3. Tiempo, lugar y celebración del Bautismo
50.
Es necesario recordar a la comunidad cristiana algo que parece que está
siendo olvidado: "los padres tienen obligación de hacer que los hijos
sean bautizados en las primeras semanas, cuando antes después del nacimiento,
e incluso, antes de él, acudan al párroco para pedir el sacramento para su
hijo y prepararse debidamente" (CIC 867). En orden a fijar la fecha hay
que recordar, a través de la correspondiente enseñanza o catequesis lo que
dice el Ritual del Bautismo, que por lo demás está siendo olvidado
frecuentemente por los nuevos matrimonios y que está tan dentro de nuestra
tradición cristiana: "Es necesario tener en cuenta, en primer lugar, la
salvación del niño, a fin de que no sea privado del beneficio del
sacramento; después, el estado de salud de la madre, para que, en lo posible,
pueda estar presente también ella; finalmente, con tal de que no constituya
obstáculo el bien superior del niño, téngase presente la necesidad
pastoral, o sea el tiempo suficiente para la preparación de los padres y la
organización de la ceremonia de tal manera que el carácter del rito pueda
manifestarse adecuadamente (RB 44)". La razón principal que justifica la
dilación del Bautismo de los niños por el espacio de varias semanas, no son
las conveniencias sociales, como la reunión de todos los parientes en la
fiesta familiar, sino la necesidad de que los padres reciban las catequesis
oportunas sobre el sacramento del Bautismo, lo fundamental de la confesión de
fe y las obligaciones que contraen al pedir este sacramento para sus hijos.
Para
manifestar la índole pascual del Bautismo, se encarece la celebración del
sacramento en domingo, día en que la Iglesia conmemora la Resurrección del
Señor (Cfr RB 46). Por lo mismo es sumamente recomendable que los nacidos
durante el tiempo de Cuaresma sean bautizados la Noche de la Vigilia pascual.
La misma índole pascual, puede recomendar que se celebre dentro de la
Eucaristía; esto no es una manera de dar mayor solemnidad externa al acto
sino un modo de significar, en medio de la comunidad reunida, la función del
Bautismo en la edificación de la Iglesia y la estrecha ordenación del
Bautismo a la Eucaristía.
51.
Como norma general, los niños deben bautizarse en la Iglesia parroquial de
sus padres (Cfr CIC 857; DSIC,4.2). La celebración del bautismo en el templo
parroquial o en la catedral significa más claramente la vinculación a la
Iglesia particular y, mediante ésta, a la Iglesia universal. No se
administrará el Bautismo, salvo necesidad extrema, en hospitales, clínicas,
casas particulares, etc. Sólo cuando exista grave inconveniente para que un
niño pueda ser trasladado al templo parroquial podrá celebrarse el Bautismo
en un templo no parroquial. Si no se da esa causa grave, los rectores de esos
templos y santuarios deberán informar, con claridad y corrección, a los
fieles que soliciten el bautismo, exponiéndoles los motivos que existen para
que sólo en caso de grave inconveniente se administre el Bautismo en esos
lugares. Si por causa grave se hace el Bautismo en alguno de estos lugares, el
ministro del bautismo asegurará que la inscripción del mismo se realice únicamente
en la parroquia de origen del bautizado. Ningún párroco debe prestarse a
bautizar en su parroquia a quienes no tienen o no van a tener en fecha próxima
ya fijada alguna clase de residencia en el territorio parroquial. En este
caso, los padres han de presentar testimonio escrito del párroco propio en el
que conste su conformidad y si se ha dado la adecuada preparación. El párroco
receptor deberá encargarse de la preparación de dichos padres, en caso de
que no lo haya hecho el párroco propio. La inscripción de la partida del
Bautismo debe hacerse, siempre y únicamente, en el libro de bautismos de la
parroquia en la que ha tenido lugar el bautismo de que se trate.
52.
Hemos de esforzarnos para que el baptisterio, manteniendo los valores históricos
y artísticos del templo, recupere su dignidad como lugar destacado en el
conjunto del mismo, "de manera que aparezca con claridad que allí los
cristianos renacen del agua y del Espíritu Santo" (RB 40).El baptisterio
deberá recordar a los fieles su propio Bautismo y suscitar en ellos veneración
al misterio pascual en el que han sido regenerados. Si un templo parroquial no
cuenta con baptisterio fijo, habrá de pedirse el conveniente asesoramiento
artístico y litúrgico para instalar debidamente la fuente bautismal. Las
pilas móviles que, en todo momento habrán de ser dignas, sólo podrán
usarse en casos excepcionales.
53.
Ha de cuidarse con esmero la celebración del Bautismo aprovechando toda la
riqueza litúrgica y posibilidades que ofrece el Ritual. La naturaleza del
bautismo y la estructura del rito piden una celebración comunitaria. Esta no
se define tanto por el mayor o menor número de bautizandos, cuanto por la
participación activa de la comunidad parroquial representada no sólo por los
padres, padrinos y parientes, amigos, familiares o vecinos, sino también por
otros miembros de la parroquia, teniendo siempre presente que "una
celebración sin comunidad deberá constituir siempre una excepción" (RB
61). El canto enriquece la celebración del bautismo, aviva la unanimidad de
los asistentes, fomenta la oración comunitaria y expresa la alegría pascual
propia del sacramento; por consiguiente, se recomienda su uso siempre que se
haga de una manera digna y con la participación de los fieles.
1.4. Catequesis prebautismal: preparación de los padres. Papel y preparación de los padrinos
54.
Es fundamental que, en torno al Bautismo, haya un momento de acogida y diálogo
tranquilo y abierto sobre las motivaciones de la petición del Bautismo y un
tiempo de formación cristiana o catequesis dedicado a los padres .
Hay
que dar mucha importancia a ese diálogo cuando llegan los padres. Ver las
motivaciones, sin prisas; no lleguemos a conclusiones precipitadamente. Es un
momento privilegiado para una pastoral de alejados; lo primero que tienen que
ver en esa pastoral de alejados es la capacidad de acogida y de escucha hacia
quienes llegan llamando a la Iglesia, que experimenten la actitud de diálogo
y no de exclusión, la capacidad que hay para interesarse por su propia
situación y sus motivaciones. Es importante incorporar a seglares y a
religiosas que puedan ayudar al sacerdote en esta tarea fundamental de
acogida.
El
párroco, ayudado por miembros competentes de la comunidad parroquial -por
ejemplo, algún matrimonio de los equipos de pastoral familiar, o algunos
catequistas de adultos, especialmente orientados a este menester- prestará a
los padres la ayuda necesaria para que éstos se preparen a la celebración
bautismal, reanimando el conocimiento de la fe que profesan e instruyéndolos
a fin de que, una vez celebrado el sacramento, puedan y sepan despertar la fe
de los neófitos, desde su primera infancia, abriendo sus mentes y afectos al
itinerario de la fe que habrán de seguir durante toda su vida. Esta labor
formativa que prepare a los padres para el Bautismo de sus hijos tendrá como
dos momentos: uno antes, incluso, del matrimonio, en tiempo del noviazgo, como
preparación al mismo matrimonio; y el otro, ya en relación con el Bautismo
próximo de los hijos.
a)
Por lo que respecta a la formación cristiana de los novios, futuros
esposos y padres, es necesario que en los cursos prematrimoniales haya temas
destinados a formarles en el derecho y deber de educar cristianamente a sus
hijos, como consecuencia de la eclesialidad y ministerialidad que arranca de
su matrimonio cristiano. En estos cursos, en consecuencia, se ha de ayudar a
los novios a revisar y profundizar su fe cristiana, a descubrir el sentido e
implicaciones de sacramento del matrimonio, poniendo de manifiesto la realidad
de la familia como "iglesia doméstica", la eclesialidad y
ministerialidad de su tarea, las diversas responsabilidades que contraen, y
ofreciéndoles criterios sobre cómo educar en la fe en el seno de la familia,
particularmente en la infancia, cómo orar en familia, cómo ofrecer un
espacio humano donde se vivan las costumbres evangélicas, y cómo participar
responsablemente en los ámbitos educativos y cómo cultivar una
espiritualidad matrimonial que sea educadora de los hijos.
b)
En lo que respecta a los padres que solicitan el Bautismo hay que
considerar no sólo la preparación inmediata a la recepción del sacramento y
su fructuosa y responsable participación, sino también el ofrecimiento de
unos tiempos y momentos formativos posteriores a la administración del
sacramento que les habiliten para educar el despertar religioso de sus hijos
en el seno familiar. Es necesario, por tanto, que en la parroquia, se tengan
habitualmente catequesis o espacios de formación en la fe para estos padres y
se disponga de libros, folletos, hojas, etc., que sirvan para renovar y
alentar los compromisos bautismales (Cfr RB 15). Estas catequesis o, en su
caso, los diálogos prebautismales correspondientes, suficientemente amplios y
tenidos en un ambiente familiar de seriedad y confianza, habrán de cuidar que
presenten los elementos más sustanciales del Evangelio y del Credo de la fe
católica, así como los aspectos fundamentales de la moral cristiana y del
Bautismo. En muchos casos estas catequesis o los diálogos prebautismales
constituirán casi un primer anuncio del Evangelio, que tiende a la conversión
o a la fe inicial de los "rudos". En todo caso, en las
conversaciones que se tengan con los padres, desde el primer momento que
llegan a pedir el Bautismo, habrá de cuidarse con sumo esmero la acogida y el
talante que siempre habrán de ser de comprensión, cercanía y misericordia;
que se sientan acogidos; que aparezca siempre el rostro misericordioso y las
entrañas de madre de la Iglesia: esto constituirá uno de los elementos más
fundamentales de la evangelización.
55.
Si bien la presencia y la participación activa de los padres en la preparación
y celebración del Bautismo tiene la máxima relevancia, la intervención de
los padrinos sigue siendo requerida, dado que, en el tiempo actual, su
colaboración en la educación cristiana de los niños tiene su importancia y,
a veces, es absolutamente necesaria. Cada niño puede tener padrino y madrina,
o solamente padrino o madrina. Con el fin de revalorizar la misión de los
padrinos, los párrocos, cuando los padres hacen la petición del Bautismo
para sus hijos, les explicarán la función de los padrinos en la formación
cristiana de los bautizados y les ayudarán a elegir los más apropiados.
Los
padrinos han de ser mayores de edad, a no ser que, por justa causa, el párroco
considere admisible una excepción. Al asumir el padrinazgo, deben conocer su
deber de profesar, juntamente con los padres, la fe de la Iglesia en la cual
es bautizado el niño (RB 17) y la obligación que contraen en la transmisión
de la fe a su ahijado e, incluso, de sustituir a los padres, si es preciso, en
su responsabilidad de seguir al niño en el desarrollo y evolución de su fe.
Los
padres, al elegir los padrinos, no se deben guiar sólo por razones de
parentesco, amistad, vecindad o prestigio social sino, sobre todo, por el
deseo sincero de asegurar a sus hijos la ayuda de unas personas que, por su
edad, proximidad, formación cristiana, están capacitadas para influir, en su
día, en la formación cristiana y eclesial de los bautizados. Es necesario
que el padrino elegido por la familia, al menos uno de ellos, reúna, a juicio
de los pastores, las cualidades requeridas, entre otras: la madurez necesaria
para cumplir su misión; pertenecer a la Iglesia católica y haber recibido
los tres sacramentos de la iniciación cristiana.
Habrá
que formar a los padrinos en la responsabilidad, así como en la habilitación
necesaria para el correcto ejercicio del papel que asumen al aceptar ser
padrinos de unos nuevos bautizados: ser testigos de la fe ante sus ahijados y
acompañantes, como educadores, en su itinerario de fe y de vida cristiana. Es
muy importante que los padrinos asistan con los padres a las catequesis
presacramentales; si no fuera posible habrá que suplir con otros medios o
cauces para esta preparación.
2.
La Confirmación
56.
El sacramento de la Confirmación "es un sacramento revalorizado en la
conciencia de nuestras comunidades y es necesario que aparezca con claridad su
lugar en el proceso de iniciación cristiana" (DSIC V.1). Referido
enteramente al Bautismo, origen de la iniciación cristiana, y ordenado a la
Eucaristía, en la que la iniciación cristiana "alcanza su culmen en la
comunión del Cuerpo y de la Sangre de Cristo, con este Sacramento de la
Confirmación los renacidos en el Bautismo reciben el don inefable, el mismo
Espíritu Santo, por el cual son enriquecidos con una fuerza especial y,
marcados con el carácter del mismo Sacramento, quedan más perfectamente
vinculados a la Iglesia, mientras son más estrictamente obligados a difundir
y defender con la palabra y las obras la propia fe, como auténticos testigos
de Cristo (Cfr. LG ll).
La
Constitución Apostólica "Divinae consortium naturae" nos
ofrece una visión orgánica sobre la naturaleza y lugar de dicho sacramento
en el proceso de iniciación cristiana. De aquí surgen los criterios que
deben inspirar tanto la catequesis como la celebración del Sacramento y que
debemos tener totalmente en cuenta en nuestra Diócesis. Asimismo hemos de
tener en cuenta la Nota que la Comisión Episcopal para la Doctrina de la fe,
con la aprobación de la Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal, publicó
hace unos años "sobre algunos aspectos doctrinales del sacramento de
la Confirmación"; nacida de una valoración de la experiencia
concreta de la preparación a la Confirmación y de su celebración, "a
fin de salvaguardar, en todo momento, la verdadera naturaleza de este
sacramento y su lugar propio que le corresponde en la vida de la Iglesia y de
los creyentes", esta Nota constituye para la Iglesia en España una
llamada de atención centrada tanto en el modo de entender el conjunto de esta
acción pastoral, como en los contenidos de la catequesis preparatoria a la
Confirmación; es una invitación a revisar los planteamientos de la
catequesis y los materiales frecuentemente utilizados. La Conferencia
Episcopal, en su documento sobre "La iniciación cristiana" (LIC,
90), también ha tratado ampliamente el sacramento de la Confirmación como
sacramento de la iniciación cristiana; en él ha valorado la pastoral catequética
y litúrgica actual y ha recogido, en síntesis, algunos aspectos doctrinales
más sobresalientes de la mencionada Nota que debemos tener muy presentes,
independientemente del momento y de la edad en la que se celebre el
Sacramento.
Estos
tres documentos fundamentales, de lectura obligada para cuantos tienen
responsabilidades y tareas en la pastoral la Confirmación, junto con las enseñanzas
del Catecismo de la Iglesia Católica, no podemos desconocerlos y constituyen
unos instrumentos imprescindibles para que este sacramento tenga toda su
dignidad y consecuencia tanto en la vida cristiana de los confirmados como en
la vida de toda la comunidad. Hoy, gracias a Dios, la pastoral de la
Confirmación es una realidad en la vida de las parroquias y comunidades, y
precisamente porque es algo vivo es necesario orientarla y mejorarla a fín de
que cumpla con lo que se propone, ayudar a recoger y hacer fructuoso el don
del Espíritu Santo que trae el sacramento de la Confirmación en la vida de
los bautizados.
2.1. Edad de los confirmandos
57.
Uno de los aspectos que, en los planteamientos pastorales, suele ser objeto de
atención y discusión es el de la edad en la que conviene que sean
confirmados los bautizados. "En la actualidad, la normativa canónica
universal señala la administración de la Confirmación 'en torno a la edad
de la discreción, a no ser que la Conferencia Episcopal determine otra edad'
(CIC 899). Tampoco debe olvidarse que los católicos que no hayan recibido el
sacramento de la Confirmación, deben recibirlo antes de ser admitidos al
Matrimonio, con el fin de completar la iniciación cristiana, siempre que
pueda hacerse sin dificultad grave (Cfr CIC 1065). En España la Conferencia
Episcopal Española, por Decreto del
25 de noviembre de 1983, fijó 'como edad para recibir el sacramento de la
Confirmación la situada en torno a los catorce años, salvo el derecho del
Obispo diocesano a seguir la edad de la discreción a que hace referencia el
c.891'" (LIC 85).
Los
Obispos españoles evalúan las dos posibilidades contenidas en su Decreto
General y señalan algunas advertencias pastorales que deben tenerse en
cuenta. En nuestra Diócesis de Toledo, manteniendo como criterio general el
que se reciba el sacramento de la Confirmación en la adolescencia, alrededor
de los 14 años, la celebración y preparación de este sacramento viene
ocupando la última etapa del proceso de la iniciación cristiana; de esta
manera se ha querido remarcar la importancia de la fe personal con que,
normalmente a esa edad, pueden recibir los candidatos la Confirmación; al
actuar de este modo, se ha querido también que la comunidad cristiana
prolongue su atención catequética a los bautizados hasta la adolescencia. No
obstante en nuestra Diócesis también hemos de posibilitar que las
comunidades cristianas, en diálogo con el Arzobispo, puedan celebrar este
Sacramento en la infancia, antes de la Primera Comunión; son muchas las
razones que hay también para ello. En cualquier caso, la preparación a la
celebración del sacramento de la Confirmación deberá, al menos, iniciarse
antes de producirse aquella situación que desvincule al niño o al joven de
la comunidad cristiana en que se está educando, por motivos de estudio o de
trabajo. En cualquiera de los casos y como en todos los sacramentos de la
iniciación cristiana, la celebración del Sacramento deberá ir precedida de
la correspondiente y adecuada preparación y formación catequética que tendrá
sus propias características dependiendo de la edad en que se reciba.
2.2. Preparación al Sacramento de la Confirmación
2.2.1. Criterios comunes y generales
58.
Lo mismo que los otros sacramentos de la iniciación cristiana, la Confirmación
está estrechamente vinculada al proceso catequético y formativo propio de
dicha iniciación. Por eso, sea cual sea la edad en que se reciba, la
preparación para la celebración de este sacramento debe encuadrarse en un
período suficientemente prolongado de formación y experimentación de la fe
con carácter catecumenal. La pastoral que se lleve a cabo para esta preparación
ha de estar muy atenta a ciertos rasgos de la mentalidad moderna, que nos
recuerda la aludida Nota de la Comisión Episcopal para la Doctrina de la Fe
sobre el sacramento de la Confirmación. Estos rasgos "ha de tenerlos en
cuenta, de manera especial, al transmitir la auténtica enseñanza de la
Iglesia que conjuga el carácter gratuito de la iniciativa salvadora de Dios
con la respuesta libre del hombre" (n. 3).
59.
En este sentido es necesario recordar y tener la firme convicción, la
certeza, en todos cuantos intervenimos en este sacramento que es el Espíritu
Santo, la gracia de Dios, quien, de manera especial y principal, actúa en la
preparación y disposición de los candidatos y en los frutos del sacramento;
nada ni nadie puede suplir la acción del Espíritu Santo, todo viene de El,
sin El nada podemos hacer, menos aún, respecto a la preparación de los
candidatos a la Confirmación; necesitamos actuar en fidelidad y docilidad
total al Espíritu Santo, atentos a lo que El obra, sostenidos y guiados por
su presencia en nosotros. La insistencia, nunca suficientemente resaltada y
fortalecida, en la necesaria preparación personal, no debe oscurecer la
afirmación y realidad principal de que el Espíritu Santo es un don de Dios;
incluso las mismas disposiciones con que nos preparamos para recibirlos son de
Dios; el fruto de nuestras catequesis y de nuestros desvelos son también don
de Dios y de su gracia.
Asimismo, hay que tener en cuenta que "la práctica pastoral, en la preparación de los confirmandos, no partirá de cero como si nada le hubiese ocurrido al candidato en su Bautismo y en su primera catequesis" (Id, n. 4). La sustancia del sacramento de la Confirmación consiste en fortalecer los frutos del Bautismo ya recibido y confirmar, dar vigor, vitalidad y firmeza a la iniciación de los cristianos en la vida sobrenatural de la comunidad eclesial que comenzó con el Bautismo. Por ello, es condición básica para admitir a una persona bautizada al sacramento de la Confirmación la "capacidad de renovar las promesas del Bautismo" (CIC 889), esto es: asumir personalmente las exigencias del Bautismo recibido, como la profesión de fe, la participación en la vida litúrgica de la Iglesia, la voluntad sincera de vivir conforme a los mandamientos de Dios y de la Iglesia, el deseo de proseguir el camino de crecimiento en la vida cristiana, el relacionarse con Dios a través de la oració
60.
Al mismo tiempo e inseparablemente, junto a la acción de la gracia y del
Bautismo ya recibido, no debemos perder de vista que el fruto del sacramento
depende también de la sinceridad y autenticidad de nuestras actitudes y
disposiciones que es necesario cultivar. Así, como nos recuerda la aludida
Nota de la Comisión Episcopal para la Doctrina de la Fe, "si en todo
proceso de iniciación cristiana es necesario cultivar la dimensión eclesial
de la fe, en la preparación para la Confirmación, esta necesidad cobra una
importancia singular... Una adecuada preparación a este sacramento exige
disponer a los confirmandos para ser testigos de la fe de la Iglesia; esto
exige, a su vez, transmitir a los confirmandos la fe íntegra de la Iglesia
sin los silencios ni omisiones que, a veces, se encuentran en ciertos libros
de preparación a este sacramento... No sería acertado, por lo demás,
iniciar a los candidatos a este sacramento en la fe cristiana entendida como
una simple 'experiencia' subjetiva, individualista o grupal. La confirmación
crea una vinculación más estrecha con la Iglesia y, por consiguiente,
orienta al confirmando a vivir la plena comunión con ella y hace que
participe plenamente en su misión. Por ello, el fortalecimiento de la adhesión
cordial a la Iglesia así como el sentido de comunión eclesial, el
descubrimiento y educación del sentido misionero como propio de la vocación
cristiana y el cultivo del compromiso evangelizador y apostólico deben quedar
plenamente resaltados y cuidados en la pastoral de confirmación. La preparación
catequética... habrá de iniciar, entre otras cosas, a la oración, como
dimensión fundamental de la existencia cristiana... deberá transmitir la
enseñanza moral de la Iglesia y despertar y fortalecer el sentido de la
conciencia moral y de la necesidad de conversión; conversión que tiene su
expresión culminante en el sacramento de la reconciliación y de la
penitencia. La pastoral de Confirmación tiene como meta, muy en primer término,
llevar al confirmando a participar plena y activamente en el banquete eucarístico,
ya que, como considera la Tradición y la Liturgia, la Confirmación está
específica y directamente ordenada a la Eucaristía. Inseparablemente, ha de
disponer también a los confirmandos para el servicio de la Iglesia y del
mundo con los dones que Dios le concede. En este sentido, esta pastoral habrá
de poner al candidato en disposición de descubrir a qué vocación y servicio
determinados Dios le llama para la edificación de la Iglesia, la evangelización
y la impregnación del mundo con los valores evangélicos. Esta vocación
concreta que cada uno recibe del Espíritu de santidad y amor supone, en todo
caso, una llamada a la santidad y al servicio desinteresado y generoso al prójimo"
(n. 5).
61.
Estas indicaciones nos están poniendo de relieve que se trata de
disposiciones personales, y que, por lo mismo hemos de esforzarnos en
conseguir una buena preparación personal. Necesitamos subrayar esta
perspectiva o dimensión personal de la preparación y recepción del
sacramento: acentuar el aspecto personal del Sacramento y la necesidad de
llegar a una decisión personal seria y sincera. Como se ha dicho, "en
estos últimos años, es posible que hayamos acentuado demasiado la dinámica
de los grupos y estemos dejando excesivamente de lado los aspectos y las
vivencias personales de cada uno, que son esenciales. No podemos actuar como
si el sacramento lo recibiera un 'grupo'. No es así. El Sacramento siempre lo
reciben unas personas determinadas, cada uno a su manera y según sus propias
disposiciones. A veces acentuamos superficialmente la dimensión comunitaria y
no atendemos suficientemente a la dimensión personal que es básica, sin la
cual no hay dimensión comunitaria real ni verdadera. La celebración no puede
ser auténtica ni eficaz si los candidatos no se acercan con unas verdaderas
disposiciones... Sin estas disposiciones comprobadas en cada persona no deberíamos
presentar a nadie al sacramento de la Confirmación".
Se
trata de disposiciones sencillas y elementales del cristiano; nada de
complicaciones, ni de pretensiones utópicas o inalcanzables a los sencillos o
"rudos en la fe", como los llamaba san Agustín a los catecúmenos;
se trata de disposiciones básicas, como son : el conocimiento de los
elementos esenciales de la fe y la vida cristiana, los puntos centrales de la
fe y de la enseñanza de la Iglesia, el Credo con los acontecimientos más
cenitales del designio y de la historia de la salvación, los Mandamientos,
los elementos primordiales de la vida cristiana, los sacramentos, la oración
y el modo de orar que Jesús nos enseñó y la que nos transmite y enseña la
Iglesia (en el caso de adolescentes, jóvenes y adultos, también las enseñanzas
de la Iglesia en las cuestiones de actualidad en las que la opinión pública
dominante no está de acuerdo con esas enseñanzas); la disposición personal
sincera, voluntad y apertura, para cumplir, con claridad y realismo, las
obligaciones básicas de la vida cristiana en el culto y en la vida
comunitaria - participación en la Eucaristía dominical y en la práctica
sacramental, oración personal y litúrgica, inserción básica en las
actividades propias y en las relaciones de la comunidad eclesial -, en la vida
personal, familiar y social, con los fallos y debilidades propias de una
persona, pero con la voluntad de volver a comenzar cuantas veces sea
necesario.
62.
Esta perspectiva personal exige que la pastoral preparatoria para la
Confirmación, además de la catequesis y actividades más de tipo comunitario
o grupal, incorpore también otras actividades que subrayen más este aspecto
personal y tengan asimismo una influencia y una dimensión más personal. En
este orden de cosas, podríamos aludir a la conveniencia de que - sobre todo
cuando se trate de adolescentes, jóvenes o adultos- cada uno de los
confirmandos, al pedir el Sacramento o iniciar el proceso que le llevará al
Sacramento sea recibido por el propio párroco o el sacerdote encargado para
ello, tenga un encuentro personal o el tiempo de conversación oportuno, para
ver sus motivaciones y disposiciones, conocer donde está situado en relación
con la fe, qué espera y anhela, etc., tener ocasión de exponerle de manera
adecuada los objetivos del camino que va a emprender, a lo que se va a
comprometer en este camino, y, también, para poder seguir posteriormente el
itinerario por el que va avanzando y ayudarle en su realidad concreta e
intransferible; en todo caso - sean los candidatos de las edades indicadas o
incluso más tempranas -, el párroco por sí mismo, y ayudado en lo que
corresponda por los catequistas u otros educadores o garantes, deberá tener
un acompañamiento personal, en la forma que se vea más adecuada, para que
esta preparación, las diferentes etapas de avance y crecimiento, la misma
concesión de la Confirmación sea algo verdaderamente personalizado y lo
correspondiente a cada persona: hay que saber cómo va cada uno de los
candidatos, cuáles son sus actitudes, las dificultades reales que cada uno
tiene para vivir cristianamente, poder aconsejarle personalmente qué es lo
que tiene que hacer o en lo que tenga que cambiar, señalar a cada uno
personalizadamente qué es lo que tiene que corregir o conseguir. Por esto, la
dirección espiritual puede ser un valioso instrumento en esta preparación, máxime
si se tiene en cuenta que a la preparación para la Confirmación está muy
ligada la llamada y la respuesta vocacional. La catequesis, además de que por
sí misma ha de incidir en la realidad personal de cada uno de los
catequizandos, habrá de tener en cuenta este carácter personal, y, así, el
catequista no se contentará con el encuentro semanal sino que procurará
tener un contacto personal con cada uno de los miembros de su grupo de
catequesis para la ayuda y acompañamiento correspondiente; el catequista
deberá "invertir" tiempo con los confirmandos más allá de la
catequesis, y convertirse para ellos como el guía, el garante y el acompañante
en el itinerario de fe, de descubrimiento de la Iglesia y de su vida, de la
experiencia cristiana gozosamente vivida y compartida. En toda esta
perspectiva personal, los padres y padrinos están llamados a jugar un
importante papel.
63.
Para esta perspectiva personal que venimos subrayando, conviene recordar que
la fe, aun teniendo una dimensión esencial y profundamente eclesial y
comunitaria - creemos con la fe de la Iglesia -, tiene un carácter personal -
nadie puede creer por mí, nadie puede responder a la llamada en mi lugar,
nadie se convierte en lugar de otro, nadie puede suplantarme en el ejercicio
de la vida cristiana y en el seguimiento de Jesucristo en la Iglesia como El
nos pide a cada uno en su Evangelio-. Esto es muy importante en la pastoral
preparatoria y comporta algunas exigencia concretas; en los confirmandos estas
exigencias, que han de ser posibilitadas, cultivadas y verificadas, son: la
conversión personal, el conocimiento y confesión de fe personal, la
incorporación real y personal a la vida de la comunidad, la práctica
personal de las actividades propias de los cristianos, la decisión personal
de pedir el sacramento; para ello, que el candidato participe con normalidad
en las actividades propias de su iniciación cristiana - catequesis,
celebraciones, momentos de oración...-, en los encuentros y diálogos con los
responsables de esta iniciación, en la vida ordinaria de la comunidad,
principalmente la Eucaristía dominical, la Penitencia, la Semana Santa.
64.
Por lo que se refiere a nuestra actividad pastoral, este carácter personal
exige que introduzcamos o acentuemos aquellas prácticas pastorales que
contribuyan a dar relieve personal al proceso de preparación para el
sacramento y ayude a los candidatos a disponerse a recibirlo con autenticidad
y seriedad. Así, independientemente de la edad en que se celebre la
Confirmación, nuestra pastoral habrá de poner el énfasis en la necesidad de
conversión y formación, de experiencia personal, es decir, en la necesidad
de que los cristianos pasen por un periodo de formación suficientemente
prolongado - conversión, iniciación, aprendizaje personal -, con sus propios
ritmos y etapas, llamado catecumenado o a modo de catecumenado, como período
indispensable de asimilación y asunción personal del Bautismo recibido; se
trata de llegar a adquirir las disposiciones necesarias para poder recibir
fructuosamente el Sacramento: la necesaria conversión personal -nunca
insistiremos suficientemente en ella-, el convencimiento personal
indispensable, el conocimiento elemental de la doctrina cristiana. Asimismo
nuestra pastoral hará muy bien si introduce esa relación y trato personal -
encuentros, diálogos y acompañamiento personal, antes aludidos -del
sacerdote y catequistas con cada uno de los confirmandos. Es muy conveniente,
además, que introduzcamos en nuestra pastoral una labor de discernimiento
personal que responda a un itinerario catecumenal; lo cual reclama, no sólo
una presencia y actuación personal de los sacerdotes, sino toda una actuación
de tipo catecumenal donde se marquen metas y objetivos, tiempos de escrutinios
y verificación: cada uno de los confirmandos debiera iniciar su propio camino
y saber que recibirá el sacramento de la Confirmación cuando esté
personalmente preparado, a juicio de los catequistas y párroco o sacerdote
responsable. Este mismo carácter personal del Sacramento de la Confirmación
y su preparación aconseja el que, con la guía del catequista - que también
debería ejercer su función muy al modo semejante a la del padrinazgo en la
Iglesia primitiva -, se incorporen también ejercicios prácticos de vida
cristiana, que aprendan de manera práctica y no sólo teórica: que los
confirmandos tengan ocasión de rezar con sus sacerdotes y catequistas, con
otros jóvenes, con sus padres, con la comunidad, con religiosas o religiosos
de vida contemplativa; que visiten a enfermos, que vayan a Hospitales, que
atiendan a algunos ancianos o ayuden en residencias de mayores, que ayuden a
incapacitados, que se incorporen a tareas de colaboración con Cáritas, que
conozcan de cerca las situaciones de necesidad, de marginación, y actúen
cristianamente en ellas, que trabajen de alguna manera por los demás, que
entreguen parte de su tiempo a enseñar a otros, etc. Para todo esto, sobre
todo tratándose de adolescentes, jóvenes o adultos - también de niños,
aunque para éstos su ámbito nutricio y personalizado es la familia-, será
muy conveniente la incorporación de los confirmandos
a movimientos y asociaciones apostólicas o de vida cristiana. También
constituyen una gran ayuda para ayudar a que el candidato aprenda a vivir
cristianamente que se cultiven momentos especialmente intensos de encuentros
con el Señor, de experiencia eclesial y espiritual como pueden ser retiros,
convivencias, ejercicios espirituales, cursillos de cristiandad, llamados
particularmente a ahondar en la conversión y en la unión con el Señor. Esta
manera de concebir las cosas en nuestra pastoral contribuirá, en definitiva,
a que se hagan las cosas de manera que cada uno disponga y se decida
personalmente y a que rompamos con esa manera de proceder en la pastoral de
confirmación en la que confirmamos por edades o por grupos, en lugar de
atender a la realidad personal de los confirmandos.
2.2.2. Criterios para distintas edades
65.
En la preparación al Sacramento de la Confirmación en la adolescencia
hay que diferenciar dos situaciones que requieren actuaciones diversas :
a)
los que piden la Confirmación, siguiendo desde pequeños el itinerario de
iniciación cristiana y el proceso catequético correspondiente sin rupturas
ni abandonos de este itinerario, y dentro de la vida parroquial, el movimiento
o asociación, en la escuela católica, y en la familia cristiana, viven un
ambiente cálidamente cristiano y llevan una existencia cristiana de
participación en lo que constituye la vida de la Iglesia. Para ellos se
establecerá un programa intensivo, de seis meses a un año, de catequesis
presacramental centrada en el misterio de Dios, en el Espíritu Santo, en el
misterio de la Iglesia, en la vocación y en el sacramento de la Confirmación;
esta catequesis será, en su estructura y contenidos, continuación de la
catequesis recibida con anterioridad;
b)
los que, habiendo abandonado el proceso de iniciación cristiana, o no habiéndolo
abandonado pero viviendo más o menos alejados de la práctica religiosa y de
la participación en la vida de la Iglesia o viven una vida cristiana con
cierta languidez y superficialidad, piden recibir o prepararse para la
Confirmación. Este suele ser el caso más generalizado, hoy por hoy entre
nosotros. Para estos se establecerá la correspondiente preparación que se
prolongará al menos durante dos años. Esta catequesis, orgánica y sistemática,
bastante elemental por lo demás, presentará la síntesis de la fe cristiana
y las grandes etapas de la Historia de la Salvación centrada en Jesucristo
(Credo), los sacramentos -con particular desarrollo del sacramento de la
Confirmación, así como del Bautismo y Eucaristía, a los que está referido
esencialmente, y de la Penitencia-, la vida moral y la oración (Padre
Nuestro). Esta presentación se hará de manera adecuada a su edad y teniendo
en cuenta la realidad que viven estos adolescentes y de la realidad que
vienen; ofrecerá un sentido último a sus vidas y razones para creer y seguir
a Jesucristo. Desde el punto de vista doctrinal, esta catequesis consistirá
en la profundización sintética del mensaje y acontecimiento cristiano, de
manera que no se limite a repetir lo que se haya visto en otros momentos; se
procurará que los catequizandos conozcan mejor el misterio de Dios que,
revelado en Cristo con la luz y fuerza del Espíritu Santo, ilumina el sentido
de la vida del hombre; se explicará con claridad la doctrina sobre la Iglesia
y los sacramentos y, en general, se explicarán, con la sencillez y amplitud
debidas, los aspectos más salientes de la fe cristiana sin olvidar la enseñanza
relativa al destino final del hombre y a la vida eterna; tendrá un carácter
"apologético", en el sentido de que perciban las razones que hay
para creer ante las dificultades, críticas y problemas que se plantean por el
hombre de hoy o en el ambiente ante aspectos de la fe cristiana y de la enseñanza
de la Iglesia; este mismo sentido apologético exige una catequesis que motive
a los adolescentes, bien porque se recogen esos aspectos "problemáticos"
aludidos, bien porque se les muestra cómo los diferentes aspectos o
realidades de la fe cristiana tienen que ver con su propia realidad y
experiencia personal -anhelos, búsquedas, esperanzas, necesidades, intereses,
sufrimientos, gozos, interrogantes...-. La presentación de la moral cristiana
deberá insistir en los grandes núcleos de la moral fundamental -verdad,
libertad, conciencia, norma, pecado, etc.-, en los mandamientos de la ley Dios
y de la Iglesia, en la vida evangélica conforme a las Bienaventuranzas, en
las cuestiones de actualidad en las que la opinión pública o
"ambiental" se muestra en desacuerdo con las enseñanzas de la
Iglesia y no dejará de transmitir las principales enseñanzas sociales de la
Iglesia. No faltará el dar a conocer los diferentes carismas en la vida de la
Iglesia y se ayudará a descubrir las diferentes vocaciones y a responder
personalmente a la llamada vocacional que el Señor dirija a cada uno.
La
preparación de estos adolescentes familiarizará lo más posible con la
Palabra de Dios y cuidará la iniciación a la lectura de la Sagrada
Escritura, como una especie de lectio divina, e iniciará a la oración
con algunos de los salmos. Esta preparación incluirá, con frecuencia,
momentos de oración en común y ha de conducir a la los confirmandos a la práctica
habitual de la oración personal. Es importante cuidar que los catequizandos,
durante este período se habitúen a participar en la Eucaristía todos los
domingos y "días de precepto", para lo que será necesaria una
catequesis adecuada y pormenorizada de la Eucaristía, de manera que les lleve
a descubrir la centralidad que la Eucaristía en la vida de la Iglesia y de
los cristianos. Es también muy importante que acudan, con la periodicidad
debida, al sacramento de la Penitencia.
Como
se ha indicado en los criterios comunes de preparación a la Confirmación, en
este tiempo se han de proponer a los adolescentes objetivos que les permitan
el contacto inmediato con tareas caritativas y sociales que estén a su
alcance: formar parte de algún voluntariado de caridad, de algún grupo
misional, etc. Estos grupos de preparación a la Confirmación incorporarán
en su programa actividades de llamada a la conversión personal y de educación
en la fe: convivencias, ejercicios, retiros, cursillos de cristiandad,
momentos de oración comunitaria... de manera que a lo largo de ese tiempo
puedan llegar a constituirse en grupos estables que faciliten la continuidad
de los confirmandos. También habrán de fomentarse los encuentros de los
candidatos con sacerdotes, religiosos y religiosas, seminaristas y novicias,
cristianos adultos para que éstos les den a conocer sus formas de vida y sus
vocaciones dentro de la Iglesia y, además, los proyectos, preocupaciones y
necesidades de la comunidad cristiana a la que pertenecen.
Los
contenidos a educar en este tiempo deben ser tomados del catecismo "Esta
es nuestra fe" de la Conferencia Episcopal; este Catecismo se seguirá
en todas las parroquias, grupos, y lugares en los que se prepare a la
Confirmación. En todo caso, los materiales catequéticos que se utilicen
deberán contar con la aprobación expresa del Obispo, como responsable en la
Diócesis de la iniciación cristiana.
66.
Cuando la Confirmación tenga lugar en el tiempo de la infancia, antes de
la Primera Comunión se seguirá el Proyecto De Iniciación cristiana que
la Diócesis establezca para esta edad. La preparación y celebración de este
Sacramento está dentro de los objetivos y contenidos señalados para el
periodo de iniciación sacramental y a la vida de la Iglesia. El Catecismo
"Jesús es el Señor" de la Conferencia Episcopal, con todos
los contenidos de esta etapa, recoge aquellos elementos necesarios para que un
niño pueda recibir conscientemente el sacramento de la Confirmación, a
saber: su dignidad de bautizado, la presentación del Espíritu santo
santificador, la Iglesia como familia de los hijos de Dios y su misión en el
mundo, los sacramentos en general; es necesario añadir a esta propuesta de
contenidos, otros referidos específicamente a la Confirmación, que deben
tomarse del Catecismo "Esta es nuestra fe"; la secuencia
catequética de estos contenidos debe situarse en relación a los referidos al
Espíritu Santo y a los sacramentos de iniciación cristiana.
67. Cuando la Confirmación se reciba en la edad adulta, la Delegación Diocesana de Catequesis ha preparado un material que constituye un instrumento válido y útil para la correspondiente preparación; cuando se reciba en la edad de la juventud habrá que elaborar el correspondiente instrumento. En ambos casos, y hasta tanto no se publiquen otros catecismos por parte de la Conferencia Episcopal, además del Catecismo de la Iglesia, se cuenta con el Catecismo "Esta es nuestra fe"
2.3. Padres y padrinos
68.
Sea en la infancia o en la adolescencia cuando se celebre la Confirmación, es
muy conveniente mantener contacto con los padres de los confirmandos para que
permanezcan más cercanos a sus hijos. Se organizarán algunas reuniones o
conversaciones con los padres, en las que, en un tono evangelizador, se les
ayude a actualizar y renovar su fe y a responsabilizarse e implicarse en el
proceso catequético que están siguiendo sus hijos.
Los
confirmandos tendrán sus padrinos respectivos. Habrá que procurar que éstos
lo sean de verdad y no sólo de nombre, para que puedan cumplir con su misión
de procurar que su apadrinado "se comporte como verdadero testigo de
Cristo y cumpla fielmente las obligaciones inherentes al Sacramento" (CIC
892). Para ello habrá que instruirlos acerca de la misión y de los
compromisos que contraen al aceptar esta encomienda. Es conveniente que se
escoja como padrino a quien asumió esta misión en el Bautismo; así "se
manifiesta más claramente la unión entre el bautismo y la Confirmación y se
hace más eficaz el ministerio y la misión del padrino" (CIC 893/2). En
no pocos casos será aconsejable que el padrino sea quienes les han ayudado en
su preparación como catequistas. Los padres de los confirmandos no pueden
actuar como padrinos de sus hijos, si bien pueden, y es oportuno que lo hagan,
presentarlos junto con el padrino al ministro de la Confirmación en la
celebración de la misma. En cualquier caso, como en el bautismo, el padrino
de la Confirmación debe ser una persona que por su vida y comportamiento
pueda ayudar al confirmando a crecer y madurar como cristiano; por ello, no
debería esperarse hasta el final para escoger al padrino; se debería hacer
la elección al comienzo para que acompañase al candidato en su camino de
preparación, juntamente con el catequista, caso de que éste no vaya a ser su
padrino.
2.4. La celebración de la Confirmación: Liturgia y lugar
69.
La celebración litúrgica de la Confirmación debe ser especialmente cuidada,
sobria y ágil, hondamente religiosa y orientada hacia la intimidad de la
oración y el fervor personal de la participación espiritual, conforme al
Ritual y al desarrollo de las posibilidades que en él se contienen. Si las
normas litúrgicas no exigen otra cosa, se utilizará el formulario de la Misa
de Confirmación, con Prefacio propio y el texto especial de intercesión en
el Canon. La celebración, en la que se debe evitar toda teatralidad y
espectacularidad exterior o hacer cosas sin necesidad, ha de constituir un
signo festivo y solemne en la comunidad eclesial donde acontezca. Para ello
debe estar bien preparada, habiendo ensayado incluso previamente con cuantos
van a intervenir en ella. Conviene escoger bien los cantos, con letras y músicas
de calidad, adecuados a la naturaleza del momento; hay que evitar, en todo
caso, que un grupo de cantores impida la participación de los asistentes; no
se debería cantar en el momento de la crismación, que es el central del
Sacramento: en él la comunidad y los confirmandos deben mantener silencio de
oración, de súplica, de alabanza y acción de gracias por el don del Espíritu,
y dejar oír al ministro que unge a cada uno de los candidatos; que nunca el
salmo interleccional sea sustituido por un canto no sálmico e inadecuado, que
el "Señor ten piedad", el "Santo", el "Cordero de
Dios" o el "Padre Nuestro" no sean sustituídos por un canto
con una letra diferente a la que señala el Misal, que después de la oración
que hace el que preside al "Padre Nuestro" no se introduzca ningún
otro canto diferente a la oración que el mismo Señor nos enseñó, que no se
dé tanto relieve al canto de la paz y que en cualquier caso éste no
interrumpa el ritmo de la celebración que impide contemplar la "fracción
del pan" y que no tenga una letra o una música tan cursi como sucede en
buena parte de los casos. Se debe evitar todo aquello que interrumpe el ritmo
de la celebración o rompe el clima de oración y recogimiento; téngase esto
en cuenta en el momento de la paz. Quien lea o proclame las lecturas de la
Palabra de Dios que lo haga bien: lo importante no es participar o intervenir,
sino la Palabra; que ésta se escuche bien, que se entienda bien, que se pueda
acoger como venida de Dios. Lo mismo hay que decir de las preces en la oración
de los fieles; que no se atropellen las peticiones, que se hagan con verdadero
sentido, que sean verdaderas intercesiones. A veces parece que lo importante
es que salgan muchos al ambón o al altar, que intervengan muchos; no es eso
lo principal: lo principal es el don de Dios, la acción de Dios, el
acontecimiento de gracia y de salvación que allí está sucediendo. En
ocasiones da la impresión de que hay que inventar cosas para que todos puedan
salir a hacer algo, sobre todo cuantos se van a confirmar. No es necesario que
sean los confirmandos quienes "actúen", incluso en muchos casos no
es lo más aconsejable: los nervios del momento o el verse ante la gente les
traicionan, y muchas veces leen deprisa, sin fuerza, o están pensando en lo
que tienen que hacer y no en el sacramento y en el don del Espíritu que van a
recibir... La participación de los confirmandos consiste en seguir con atención
la celebración y recibir religiosa e intensamente el Sacramento; que nada les
distraiga de esta finalidad principal ni del acontecimiento de salvación que
se está celebrando, sino que todo les ayude a centrarse en ello. La
presentación de los confirmandos tiene que hacerla normalmente el párroco,
que es el verdadero responsable de la catequización de sus miembros. La
renovación de las promesas, para la que se recogerá normalmente la primera fórmula
del Ritual que es la verdaderamente bautismal, tendrá su verdadero realce:
que los confirmandos se acerquen a las gradas del altar llevando un cirio
encendido del Cirio Pascual en sus manos; allí mismo pueden seguir durante la
invocación del Espíritu Santo y la imposición general de manos; que en las
promesas respondan con firmeza, convicción y decisión. La unción y la
imposición personal de las manos tiene que ser el signo más realzado en toda
la celebración del sacramento; cuídese que haya abundancia de crisma, para
que se haga bien la unción; que los padrinos presenten a los confirmandos con
claridad, con soltura, con responsabilidad; que los confirmandos respondan con
firmeza. Hay que evitar buscar ofrendas rebuscadas o artificiosas; que éstas
sean expresión de la participación de toda la comunidad en la celebración;
que sean verdaderas ofrendas, algo que los muchachos y la comunidad ofrezcan y
que sean para la celebración o para la comunidad, para sus miembros pobres:
bastaría el pan y el vino, las flores y la colecta; que en ningún caso se
ofrezca la Sagrada Biblia; que tampoco se ofrezcan objetos "simbólicos"
rebuscados que después se vuelven a recoger -por ejemplo una guitarra, un balón,
etc -; que normalmente las ofrendas se acompañen del canto procesional de
ofrendas y no de moniciones. Los confirmandos recibirán la comunión bajo las
dos especies; cuídese el momento de la comunión: que los confirmados no se
acerquen distraídos, que se recojan en acción de gracias una vez recibido el
Cuerpo y la Sangre del Señor, que recen personalmente con cierta intensidad
después de la comunión. Después de la Comunión puede haber alguna
intervención de los padres, de algún catequista, o de los mismos confirmados
dando gracias al Señor y expresando sus compromisos. Antes de la bendición,
la parroquia o el colegio pueden ofrecer algún pequeño recuerdo: una cruz,
el Nuevo Testamento o algo semejante.
70.
Siempre que sea posible, sobre todo en las parroquias menos populosas, la
celebración de este Sacramento se hará coincidir con la Visita Pastoral del
Obispo. Por norma general, el lugar más propio para la Confirmación es la
parroquia, en cuanto que ésta reúne plenamente y de modo estable la condición
de comunidad cristiana de referencia. Sin embargo, no podemos ignorar que para
muchos de los que se confirman "su vida cristiana, sobre todo en las
grandes ciudades, se desarrolla en el ámbito de los colegios, al margen de
las propias parroquias. Esa es su comunidad inmediata. De ahí que pueda ser
conveniente la preparación y celebración de la Confirmación en dichos
Colegios". Cuando se celebre en otras Iglesias abiertas al culto o la
capilla de los mencionados Colegios, tanto la preparación como la celebración
se hará en conexión con la parroquia de los confirmandos y la parroquia
donde esté ubicado dicho templo o Colegio; estos lugares harán dicha
preparación estableciendo en ellos un catecumenado estructurado en su duración
y otros aspectos según los criterios y orientaciones que hemos expuesto
anteriormente dirigidos a toda la Diócesis.
71.
Conviene recordar que "en todas las parroquias se debe llevar el Libro de
Confirmaciones, en el que se inscriben los nombres de los fieles que reciben
este Sacramento en la Iglesia parroquial, o en otras iglesias o capillas
situadas en la demarcación de la parroquia. El responsable de estas
instituciones debe comunicar al Párroco la lista de los confirmados con todos
los datos necesarios para que el Párroco los inscriba en el Libro de
Confirmaciones de la parroquia y comunique el hecho de su Confirmación a la
parroquia del interesado, a fin de que pueda poner la nota adicional al margen
de su inscripción bautismal", haciendo la notificación a través de la
Curia Diocesana, si el confirmado fué bautizado en otra Diócesis (Cfr CIC
895).
3.
Primera Comunión
72.
La Eucaristía es el compendio y la suma de nuestra fe. Constituye el centro
de toda la vida cristiana para la Iglesia, universal y local, y para todos los
fieles individualmente. La iniciación cristiana tiene en ella su fuente y su
cima. La primera comunión constituye un momento muy importante en la iniciación
cristiana del niño; se comprende por ello que sea un acontecimiento de
notable relieve religioso, tanto personal como familiar y eclesial. Para
participar en la mesa de la Eucaristía, es imprescindible que los niños se
hayan incorporado previamente a un proceso formativo, iniciático, cristiano.
"La riqueza que lleva consigo la primera participación eucarística
puede, sin embargo, frustrarse en gran medida, si es considerada como acto
independiente de todo el proceso de iniciación cristiana. Vaya o no precedida
de la Confirmación, es evidente que no significa en modo alguno el final
crecimiento y maduración progresiva en la fe"(LIC 105). La preparación
de los niños al Sacramento de la Eucaristía constituye una fase,
ordinariamente de dos o tres años de duración, integrada en el itinerario de
iniciación cristiana, que seguirá a la fase del despertar religioso, se
apoyará en él, y se prolongará, a través de la etapa de la infancia
adulta, hasta la fase de la iniciación cristiana en la adolescencia. Supuesta
la necesidad de esta preparación, que ha de ser esmerada, la Primera Comunión
se dará, de ordinario, alrededor de los 9 ó 10 años.
3.1. Preparación de los niños que participan en la Primera Comunión
73.
A la hora de proyectar y llevar a cabo esta preparación de los niños que se
acercan por primera vez a la Mesa de la Eucaristía hemos de pensar en tres
momentos a tener en cuenta en el proceso de iniciación cristiana de la
infancia: a) el momento del despertar religioso; b) el de la iniciación
sacramental; y c) el de la infancia adulta. Los tres están relacionados entre
sí y entre los tres deben darse unos lazos que los vinculan: la iniciación
cristiana sacramental reclama el despertar religioso y se abre a la síntesis
y confesión de fe propias de la infancia adulta.
3.1.1. Catequesis del despertar religioso
74.
"Aunque el don del Bautismo es pleno por parte de Dios, sin embargo, por
parte del hombre requiere respuesta y conversión. Esto: fe personal, cuando
el hombre es capaz de ello. Lo que en los adultos es requisito previo al
Bautismo, en los niños es exigencia posterior, de tal manera que si esta
exigencia no se cumple, el Bautismo queda, de alguna manera infructuoso"
(RB 87). Esto ha de ser propiciado desde los comienzos, a partir de la más
corta edad; el ámbito natural y el lugar idóneo e imprescindible es la
familia. Se trata de un momento principalísimo, que debe ser destacado. Es
necesario que, en nuestra acción pastoral, nos volquemos sobre él. Es el
momento en que los niños pequeños habrán de "recibir de sus padres y
del ambiente familiar los primeros rudimentos de la catequesis, que acaso no
serán sino una sencilla revelación del Padre celestial, bueno y providente,
al cual aprende a dirigir su corazón. Las brevísimas oraciones que el niño
aprenderá a balbucir serán el principio de un diálogo cariñoso con ese
Dios oculto, cuya Palabra comenzará a escuchar después" (CT 36).
75.
Creo que la gran mayoría de los cristianos adultos tenemos la experiencia de
haber aprendido a decir "papa" y "mama", al mismo tiempo
que aprendíamos a decir "Padre Nuestro", "Santa María";
para nosotros Dios ha sido real, desde el principio de nuestra vida, en los
primeros balbuceos de nuestra lengua; tan real como nuestros padres y nuestro
entorno; tan real y tan importante como era para ellos; ayudados por nuestros
padres, y apoyados a veces por nuestros abuelos, nos hemos relacionado vital y
personalmente, desde el comienzo, con El como Alguien cercano aunque oculto,
bueno e inmenso, inabarcable y sagrado, como el más importante; nuestra fe ha
dependido, en gran medida de aquellos años: creemos porque creían nuestros
padres y nos enseñaron a relacionarnos con Dios, a creer en El, a conocerle
de una manera viva aunque sin muchas cosas acerca de El, quererle y a
invocarle con confianza de hijos, a verlo en relación con nuestra vida y
nuestras experiencias. Esto es necesario que también se dé hoy. Por eso
"ante los padres cristianos nunca insistiremos demasiado en esta iniciación
temprana, mediante la cual son integradas las facultades del niño en una
relación vital con Dios : obra capital que exige gran amor y profundo respeto
al niño, el cual tiene derecho a una presentación sencilla y verdadera de la
fe cristiana" (CT 36). Soy consciente de las dificultades que hoy se dan
en las familias para que esto sea así; pero hay que confiar en las familias
cristianas, hay que ayudarlas y alentarlas, ofrecerles medios. Pero también
hay que ser realistas, y no cerrar los ojos ante la secularización tan grande
de los matrimonios de los últimos lustros. Por eso es tan sumamente necesario
una pastoral familiar, un acompañamiento de los nuevos matrimonios, un
estimular a los padres con ocasión del Bautismo de sus hijos y tantas y
tantas otras cosas. Hay también una realidad que es muy fundamental: la de
los abuelos, sobre todo las abuelas; hay que contar con ellos, con ellas, y
animarles en esta misión tan suya. ¡Cuantísimo les debemos y cuantísimo
pueden hacer o seguir haciendo!
76.
Durante los tres primeros años, en orden a este despertar religioso dentro
del ámbito familiar, se cultivará lo que constituye la actitud inicial
cristiana del niño -que a su vez es la básica de todo el edificio de la fe-
y se procurará inculcar la primera certeza de su infancia, muy afectiva pero
real -que también es básica en la vida cristiana-: "Dios es mi Padre y
me ama". Para ello será necesario que se cree y viva un ambiente
religioso, sencillo, en la familia; que el niño se vea aceptado y envuelto en
el amor y confianza de los padres; que se eduque su capacidad de admiración y
de una cierta interiorización por la que se pueda familiarizar con Dios y
tener una relación afectiva con El. No se puede olvidar que la inicial
actitud religiosa del niño se creará y alimentará de la vida cristiana que
sus padres manifiesten; por eso, los padres cristianos, deberán cuidar de que
su misma vida familiar sea el primer evangelio vivido por el hijo y el primer
rostro visible de Dios, Padre bueno y misericordioso. Que los hijos vean que
los padres rezan, que leen la palabra de Dios, que hay signos religiosos en la
casa. Los padres sobre todo, pero
también otros miembros familiares como pueden ser los mismos abuelos,
aprovecharán tanto las ocasiones que el mismo hijo les presente, como
aquellas otras de la vida familiar o del entorno para hablarles de Dios y del
mundo religioso y presentárselo de la manera más natural y apropiada a su
edad, con la conciencia e intención de que estar creando continuamente las
condiciones necesarias para que su hijo se familiarice con Dios y con el mundo
religioso. Se trata de que se transmita la fe y se eduque en la fe, al mismo
tiempo que se transmite la vida; que se susciten las experiencias cristianas básicas,
al mismo tiempo que se susciten las experiencias de vida; que se ponga nombre
a Dios y a las "cosas" de Dios al mismo tiempo que se pone nombre al
resto de las cosas; que se aprenda a hablar la lengua de la fe, de la relación
Dios, que la lengua materna, puesto que son inseparables. La comunidad
cristiana apoyará esta misión educativa de los padres ofreciendo periódicamente
encuentros, jornadas, u otros medios de formación como educadores de la fe.
Los
tres años siguientes, de profundización y consolidación, coincidiendo
normalmente ya con la escolarización de la edad infantil hasta los seis años,
la familia sigue siendo el ámbito más propio para esta catequesis del
despertar religioso o del sentido de Dios en los niños. Conviene recomendar,
además, la necesidad de que el niño participe con los padres en la vida litúrgica
de la comunidad. Un instrumento obligado en estos años es el Catecismo de la
comunidad cristiana "Padre Nuestro" que quiere ayudar a los
padres y catequistas en esa misión de transmitir en la fe en el ámbito de la
familia y de la comunidad en estos años tempranos de la vida. En la
Introducción pastoral y Guía pedagógica que acompañan a este Catecismo se
encontrarán indicaciones precisas y muy valiosas sobre cómo llevar a cabo
este despertar religioso en esta edad; a ellas me remito.
77.
Con todo, siendo realistas, la gran mayoría de niños no reciben una educación
en la fe del despertar religioso en su familia. La comunidad cristiana siempre
ha de ser madre para todos, tengan o no ambiente cristiano en su familia. Por
ello, aunque sea por razón de subsidiaridad, ha de dedicar uno o dos años, a
la educación del despertar religioso. Esta catequesis es imprescindible y
necesarísima: si no se hace en la familia, ha de hacerla la parroquia.
Incluso, aunque se haga en la familia, es muy recomendable que también, en la
parroquia, haya, al menos durante un año, actividades que consoliden esta
catequesis del despertar religioso, incorporando siempre a los padres, que
normalmente serán las madres. Por otra parte, la enseñanza religiosa escolar
en la educación infantil y los programas pastorales de los colegios católicos,
están al servicio de este despertar religioso. En consecuencia, en la educación
del despertar religioso, a partir de los 3 años, familia, parroquia y escuela
han de colaborar estrechamente. Habrá que pensar y crear los medios para que
esta colaboración sea real y efectiva. Insisto en que si, por las
circunstancias, no se da esta colaboración, siempre y de manera ineludible,
la comunidad cristiana proporcionará los medios y los cauces adecuados para
que nunca falta esta catequesis del despertar religioso de sus hijos más
pequeños, de la que dependerá la iniciación cristiana posterior. Sin el
despertar religioso, sin el sentido de Dios en los niños es imposible que se
pueda llevar a cabo una catequesis de iniciación cristiana.
3.1.2. Periodo de iniciación sacramental
78.
Esta etapa catequética ha de tener un carácter catecumenal; por eso ha de
ser básica e integral, para entender, celebrar y vivir el Evangelio y
participar activamente en la comunidad eclesial. Tiene como meta el
conocimiento vivo de Jesucristo presente en la Eucaristía que celebra la
Iglesia y el desarrollo de la vida de hijos de Dios recibida ya en el
Bautismo. Por lo que se refiere a los contenidos doctrinales que se han de
proponer en esta etapa catequética, son los recogidos en el Catecismo de la
Conferencia Episcopal "Jesús es el Señor", segundo
catecismo de la comunidad cristiana, preceptivo para nuestra Diócesis de
Toledo, interpretado a la luz de su correspondiente Guía Catequética y
Pastoral, a la que me remito en este escrito; este Catecismo no debe ser
sustituido por ningún otro; cuando se utilice como material de apoyo o como
subsidio otro instrumento debe estar aprobado por el Obispo.
79.
Los contenidos de este Catecismo
están armonizados con los que, propuestos por la Comisión Episcopal de Enseñanza,
se desarrollan en la enseñanza religiosa escolar en los niveles educativos
correspondientes; así, se debe trabajar muy al unísono, armónica y
coordinadamente, entre catequesis y enseñanza religiosa escolar; sería muy
bueno que los profesores de Religión conocieran lo que se está haciendo en
la catequesis, y que los responsables de catequesis conozcan lo que se hace en
la "clase de Religión" para armonizar contenidos, objetivos,
actividades; también sería muy bueno que tanto unos como otros tengan en
cuenta los restantes contenidos de las enseñanzas de la escuela en los
niveles respectivos a fin de poder interpretárselos cristianamente a los niños
y ayudarles a comprenderlos del mismo modo; tanto la catequesis como la misma
enseñanza religiosa escolar se esforzarán en hacerles descubrir a los niños
que el ambiente escolar y los otros ambientes en que ellos viven son un medio
muy importante para el ejercicio y vivencia de la fe, para dar testimonio, a
su medida y manera, en esos lugares; los educadores cristianos harán con
ellos una especie de "lecciones de cosas" y un "poner nombres a
las cosas" desde la fe : así descubrirán, desde los comienzos de su
andadura cristiana, la unidad que hay entre vida y fe. Todo ello,
evidentemente, tendrá una fuerza y una claridad todavía mayor cuando los niños
asistan a la escuela católica; como he señalado en otro momento de este
escrito, la escuela católica entra también dentro de la iniciación
cristiana: las escuelas católicas existentes en nuestra Diócesis son lugares
de catequesis de iniciación; éstas deberán procurar vínculos de relación
pastoral con las parroquias y de conocimiento de las mismas, y al revés; el
Obispo, responsable directo de la catequesis en toda la Diócesis, deberá
conocer y aprobar la catequesis de iniciación que se realice en las escuelas
católicas o que apoyen su enseñanza en la fe de la Iglesia.
80.
Esta etapa catequética no se ha de limitar solamente a proporcionar a los niños
el conocimiento de las verdades fundamentales de nuestra fe, sino que ha de
procurar que éstos adquieran los comportamientos básicos de la vida
cristiana, que sea un tiempo de "adiestramiento" en los mismos
comportamientos, que vaya adquiriendo el "hábito" de las
principales costumbres cristianas que son las de Jesucristo; que los niños
"vean y experimenten" lo que es la comunidad cristiana, su
"vida diaria y común", sus costumbres, de manera que, según sus
posibilidades, puedan familiarizarse con ella y participar en ella de manera
consciente y activa ; aquí también es muy conveniente que los educadores
cristianos - catequistas, padres, sacerdotes, profesores de religión - hagan
como una especie de "lecciones de cosas de la comunidad eclesial" o
como "guías" que les enseñan o muestran gozosos lo que es el
pueblo cristiano -su pueblo- y les hacen ver de manera embrionaria y a su
medida lo que configura a ese pueblo: sus certezas, sus signos y símbolos,
sus costumbres, acontecimientos y realidades centrales de su vida.
81.
Que los niños, en este tiempo catequético, aprendan a hablar el lenguaje básico
que permite a los cristianos hablar un "lenguaje común", ese
lenguaje que es el de su pueblo: el pueblo cristiano al que ellos también
pertenecen; que "pongan nombre a las 'cosas' de la fe y a las realidades
cotidianas desde la fe. Que también, dentro de este "aprender a
hablar", sean iniciados en la oración y encuentren el "gusto"
de hablar con Dios y tener "trato de amistad con Jesús que les
quiere". Que vivan y maduren en las solemnidades y tiempos más señalados
de la comunidad cristiana -muy
importante la vivencia del domingo-, de manera que, poco a poco, vayan
penetrando en los misterios de la fe cristiana no sólo doctrinalmente sino a
través de la experiencia de su celebración litúrgica. Los niños, desde su
entrada en esta catequesis de iniciación, deben participar en celebraciones
con la comunidad cristiana o en celebraciones paralitúrgicas; han de ser
iniciados a la celebración a través de una iniciación en el lenguaje de los
símbolos y de una catequesis litúrgica, como se indicó más arriba a propósito
de la liturgia y la iniciación cristiana (cfr. n.
): mediante esta catequesis litúrgica, los niños podrán ir
asimilando progresivamente el significado de la reunión o asamblea fraterna,
de los saludos, de los gestos, de la oración de agradecimiento, adoración y
perdón, de la Palabra, del silencio sagrado, del convite eucarístico, etc.;
hay que evitar que esta catequesis tenga un carácter excesivamente didáctico
con deterioro de los aspectos celebrativos; por eso la preparación para
participar activamente en la Eucaristía y para descubrir todo su significado
y el lugar central que ocupa en la vida de la Iglesia es necesario que tenga
como base la participación en la Eucaristía y, con la guía espléndida del
Directorio de la Misa con Niños, llevar a cabo una presentación paulatina de
esos gestos, símbolos y realidades señalados, así como del Ordinario de la
Misa, enseñando a los catequizandos el significado de la Liturgia de la
palabra y la Eucarística, así como la estrecha relación entre ambas; la
doctrina de la Iglesia sobre la presencia real de Cristo y la conversión
eucarística se ofrecerá a los catequizandos al explicarles los distintos
elementos de la Plegaria Eucarística consecratoria. El que los niños vivan
el domingo, así como las fiestas o momentos del Año Litúrgico, y se les
explicite lo que está viviendo la comunidad cristiana y se les ayude a vivir
a ello constituye, sin duda, uno de los elementos más valiosos para la
educación en la fe en estas edades y la penetración vivencial y experiencia
en los misterios de la fe y en la vida cristiana.
82.
Para esta educación o iniciación cristiana en este período es fundamental
la familia. La primera comunión de sus hijos es también un momento
importante en la vida de los padres. Es buena ocasión para sensibilizarlos a
su misión educadora de la fe, a fin de que colaboren en la educación
cristiana de sus hijos. Esta misión hay que hacerla posible mediante una
efectiva y real interacción educativa entre comunidad cristiana y padres,
comunidad familiar. La comunidad cristiana ha de ofrecer medios formativos a
los padres, adecuados a su real interés por formarse en la fe y necesidades
de esa misma formación, así como celebraciones conjuntas padres-hijos y
comunidad cristiana, es el momento de insistir a los padres en que sus hijos
les acompañen a las celebraciones dominicales o que ellos "acompañen"
a sus hijos -algunos necesitan como este pequeño "empujón" para
volver a participar en la Eucaristía dominical-. Con todo, conviene que las
comunidades cristianas se vayan planteando algunos objetivos o metas mayores,
como que se lleven a cabo "catequesis familiares", que realmente
antecedan, acompañen y enriquezcan la catequesis de la comunidad cristiana;
esta "catequesis familiar" ha de ofrecer a los padres los contenidos
de la fe que ellos necesitan como adultos y no sólo recursos para volver a
explicar la catequesis en la familia: la catequesis familiar no debe consistir
tanto en la habilitación pedagógica de los padres cuanto en la formación
cristiana que ellos mismos requieren como adultos cristianos; sólo desde ahí
es posible procurar y ofrecer una catequesis familiar; los padres educan la fe
de sus hijos porque en familia y en cuanto familia viven, expresan, celebran y
transmiten la fe. Nuestra Diócesis debe empeñarse en este propósito y
empezar ya, como en algunas parroquias se está haciendo, con esta catequesis
familiar, que será normalmente, primero y en buena parte de los casos, con
las madres: en un tiempo como el que vivimos esta catequesis llevada a cabo
por las madres es un camino abierto de futuro que no podemos ni debemos
ignorar.
3.1.3. La infancia adulta
83.
"En modo alguno la primera participación eucarística clausura la
catequesis, sino que debe ser contemplada como una verdadera iniciación
sacramental en el Misterio eucarístico para quienes, hechos ya hijos de Dios
por el Bautismo, pueden comenzar a percibir ya las realidades de la salvación,
según su capacidad y bajo la acción del Espíritu Santo" (LIC 102). La
catequesis de iniciación sacramental del niño no sólo lo ha capacitado para
participar en la Eucaristía, sino que ha hecho de él un cristiano que,
injertado en Cristo para el Bautismo, renacido por el agua y el Espíritu
Santo y en comunión vital con Cristo le abre a la Iglesia y a los demás, está
llamado a vivir en Cristo y a proseguir su crecimiento cristiano. En su
solicitud maternal, la Iglesia, las comunidades cristianas, tras la esmerada
preparación previa a la Primera Comunión, en conformidad con las características
propias de su edad - la infancia adulta-, ofrecerán a los niños un tiempo de
catequesis que les introduzca en una primera síntesis de fe. Junto a la
catequesis, cuyas características se señalan a continuación, la participación
del niño en la Eucaristía dominical es parte sustantiva de su proceso de
iniciación cristiana: "en la Eucaristía es el mismo Jesucristo
resucitado quien le incorpora a su vida y misión, introduciéndolo como
piedra viva en la construcción de la Iglesia" (LIC 105). Sin menoscabo
del papel, siempre clave, de la familia y de la comunidad parroquial, así
como de la enseñanza religiosa escolar y de la escuela, los movimientos,
grupos y asociaciones educativas cristianas de infancia obran una importancia
singular en la iniciación cristiana de los niños en esta etapa: cuanto se
dijo sobre ellos anteriormente tienen en esta edad una significación
especial; por eso, en nuestra Diócesis, habremos de intensificar la promoción
y desarrollo de estos grupos de experiencia y educación cristiana.
84.
En unidad de familia, parroquia, escuela y movimientos, la iniciación o
educación cristiana que reciban estos niños ha de llevarles a la adquisición
de una personalidad cristiana más adulta proporcionándoles los contenidos de
fe, las actitudes y vida de fe que caracterizan esta etapa: conducir al niño
a la primera sistematización de los contenidos de fe, a la primera
estructuración lógica de las principales verdades de la fe, a la primera
estructuración completa de su personalidad cristiana. Si puede decirse que la
catequesis de iniciación sacramental ha sentado las bases de la fe, le ha
creado sus sólidos fundamentos, la infancia adulta es el momento de la
construcción y consolidación de su personalidad cristiana antes de que
comience el cambio propio de la preadolescencia. Por eso es correcto hablar,
para esta etapa, de catequesis de "síntesis de fe" si por ella
entendemos no sólo una síntesis doctrinal, coherente y orgánica, sino la
creación y consolidación del edificio de la fe que configura, da sentido y
coherencia a su personalidad cristiana.
85.
Así, esta catequesis habrá de tener un carácter eminentemente orgánico,
encaminada a una síntesis de fe. Es el momento apropiado para una presentación
de la Historia de la salvación, en sus grandes etapas, personajes y mensajes
centrales, en su unidad como "economía y designio de salvación" de
Dios, como se hace en el Catecismo "Esta es nuestra fe", en la narratio
que procede a la "explanación" de la fe. La educación del
conocimiento y compromiso de la fe, están exigiendo en estos momentos una
catequesis más sistemática que conduzca a estos niños a una primera síntesis
de fe: así pues, se desarrollará con mayor amplitud que en la fase anterior
el Credo, la liturgia y oración de la Iglesia y la vida cristiana o parte
moral.
Junto
a la comunidad que cada domingo celebra la Eucaristía, los niños de estos años
viven el tiempo de la mistagógica participando activamente en la Misa
dominical. Para subrayar su dimensión mistagógica se podría incorporar en
el proceso celebraciones para la "entrega" y "redditio"
del Símbolo de la fe y de la Oración del Padre Nuestro.
La
experiencia de las comunidades parroquiales que ofrecen este tiempo como
"catequesis de postcomunión" indica que son muchos los niños que
dejan la catequesis, si no se incorporan a grupos o movimientos. El niño, en
estos años, deberá ser incorporado a algún grupo o movimiento eclesial en
su sección de infancia. Se le puede invitar a ello, una vez celebrada la
"primera comunión". Será más difícil que esa incorporación se
produzca posteriormente en un grupo desconocido para él de preadolescentes.
Las comunidades que no puedan ofrecer a los niños movimientos o grupos
eclesiales, convendría que en estos años introduzcan actividades, no específicamente
catequéticas, de carácter lúdico y ambiental, que ayuden a formar grupo de
convivencia. En esto también colaborarán, con actividades complementarias,
las escuelas católicas.
86.
El Catecismo para esta edad es el tercero de la comunidad cristiana, aprobado
por la Conferencia Episcopal: "Esta es nuestra fe". Además
de la Guía pedagógica del Secretariado Nacional de Catequesis, o junto a
ella, la Diócesis necesita contar con materiales y orientaciones precisas
para el uso de este Catecismo en esta edad de la Infancia adulta; el Proyecto
Diocesano de Iniciación Cristiana habrá de programar inteligentemente los
temarios de estas catequesis proponiendo a los catequizandos materias nuevas
que mantengan y despierten su atención, evitando, por consiguiente,
repeticiones de lo ya sabido y asimilado; asimismo habrá de ofrecer subsidios
para llevar a cabo la iniciación cristiana en esta etapa de la vida, tan
fundamental en la consolidación de la personalidad cristiana, y que, por múltiples
razones y dificultades, tal vez tenemos menos atendida.
3.2. Celebración de la Primera Comunión: Liturgia, tiempo y lugar
87.
"La Iglesia celebra con gozo, en las familias y en las parroquias, la
plena incorporación de nuevos hijos a la celebración y participación en la
Eucaristía, que significa y realiza la comunión de vida con Dios y la unidad
del Pueblo de Dios por las que la Iglesia es ella misma" (LIC 104). Esta
celebración ha de prepararse y llevarse a cabo digna y cuidadosamente.
"Hay que cuidar con extraordinario esmero el marco litúrgico de la
Primera Comunión para que ésta tenga su máxima significación. Por ello se
impone una cuidadosa preparación de todos los elementos de la celebración
(ornamentación del templo, colocación de los niños y familiares, homilías,
preces, cantos, fórmulas, etc), evitando todo lo que sea superfluo o resulte
teatral". La liturgia ha de tener un hondo sentido religioso,
comunitario-eclesial, que no es incompatible con un sentido festivo y alegre,
ha de brillar en ella la belleza de la sobriedad y sencillez, evitando tanto
el individualismo como la masificación, la "teatralidad" como el
excesivo ruido o falta de silencio, el "espectáculo" como la
superficialidad o deficiencia religiosa; que no se fuercen las cosas y todo se
haga con naturalidad y dignidad; que la presencia en el templo de familiares y
amigos que muchas veces se hacen presentes más por compromiso social que por
motivos cristianos no convierta la celebración en algo profano o sin fuerza
religiosa. No se puede olvidar, por lo demás, que el "protagonista"
principal, si podemos hablar así, es Jesús y no los niños. "En toda
celebración de la Primera Comunión, que ritualmente no se distingue de
cualquier otra celebración eucarística, se ha de poner todo el énfasis en
destacar, mediante los mismos signos de la Liturgia, la conexión íntima
entre los tres sacramentos de la iniciación, así como con la ulterior vida
cristiana" (LIC 104). Así se puede ver la Primera Comunión como una
"ocasión propicia para que el niño consciente de lo que significa ser
cristiano, haga una profesión personal de su fe; para ello hay que dar un
relieve especial al acto de renovación de las promesas bautismales, que debe
hacerse tras la homilía, en lugar del Credo, ambientándolo
debidamente". En el Directorio para las Misas con Niños de la
Congregación para el Culto Divino se pueden encontrar sugerencias para la
Misa en la que tienen lugar las primeras comuniones, sobre todo en relación
con el canto, el desarrollo de algunos ritos y el uso de las plegarias eucarísticas.
88.
El tiempo de Pascua es el más adecuado para celebrar la primera comunión, y
dentro de este tiempo, el domingo, Día del Señor, en el que los miembros de
la Parroquia se reúnen en mayor número. No obstante esto, "para
intensificar los aspectos personales y familiares verdaderamente religiosos y
luchar contra la tendencia a dar una solemnidad social excesiva, es
conveniente hacerla en grupos pequeños varias veces al año, invitando
siempre a la sencillez y a la sobriedad. Se pueden aprovechar las fiestas más
importantes del Año litúrgico, fiestas del Señor y de la Virgen",
atendiendo siempre al proceso de formación del niño.
89.
El lugar de la celebración debe ser normalmente la parroquia donde se vive,
aunque, por razones justas, pueda tenerse también en otros lugares, por
ejemplo en los colegios de la Iglesia, siempre que se guarden los requisitos
correspondientes. Cuando se haga en la capilla de estos Colegios debe existir
conexión con la parroquia a la que pertenecen los niños. Cuando por razones
especiales y justas los padres pidan que se haga en otra parroquia, o en otros
templos, deben justificarlo y pedir un certificado al párroco propio que
acredite que el niño está preparado; ningún sacerdote admita a un niño
perteneciente a su parroquia, si no presenta dicha certificación.
90.
Debemos hacer una llamada urgente y continuada a evitar el derroche y la
ostentación que son contrarios al mismo de amor que celebramos en la Eucaristía.
Es hoy muy frecuente que, con ocasión de la Primera Comunión, muchos padres,
parientes o amigos de los mismos, conviertan la Primera Comunión de los niños
en un acontecimiento social y pagano, y se dejen absorber por los regalos y
gastos abusivos y absurdos. Hay que insistir a tiempo y a destiempo con los
padres que eviten todo eso y que pongan todo su empeño en centrar su interés
y el de su hijo en la celebración eucarística; que la fiesta inherente se
caracterice por la sobriedad y la sencillez. Por todos los medios se ha de
evitar que los niños identifiquen el día de su primera comunión con una
fiesta profana; los niños son lo que seamos y hagamos los mayores; está en
nuestras manos evitar el que se convierta todo en una fiesta profana, en una
verdadera profanación de ese día; les hacemos un gran daño a los niños si
así sucede. Los padres han de ser conscientes de que esta celebración es un
paso muy importante para sus hijos en su iniciación cristiana que incluye
necesariamente el amor y el servicio al prójimo. En consecuencia, los padres
deberán procurar que sus hijos, con ocasión de la primera comunión, se
interesen de un modo eficaz por la infancia desvalida, por ejemplo entregando
un donativo importante a alguna asociación destinada a atender a niños
necesitados y marginados o teniendo otros gestos hacia los pobres en ese mismo
día de su Primera Comunión, de tal manera que los niños asocien y recuerden
después ese día con la caridad cristiana.
4.
Celebración de la Primera Confesión
91.
Los niños que van a recibir la Primera Comunión deberán acercarse previamente
a la confesión sacramental. La preparación y la celebración de la Primera
Confesión de los niños hay que enmarcarla "como parte integrante de la
iniciación cristiana. Para ello se debe establecer en la catequesis
preparatoria una firme conexión entre el sacramento del bautismo y este
'segundo Bautismo' en el que Jesús nos trae el perdón de Dios Padre y la
Iglesia nos perdona en nombre de Jesús" (LIC 107).
Los niños deben ser instruídos convenientemente sobre este Sacramento;
la catequesis de esta edad introducirá a los niños en el ejercicio real y práctico
de la conversión que, necesariamente lleva a la celebración de la penitencia:
el reconocerse pecadores ante Dios, Padre de la misericordia y Dios de todo
consuelo, y seguir dóciles a la acción del Espíritu Santo en el seguimiento
cada día más pleno de Jesucristo, en el amor a los hermanos. Para ello la
misma catequesis habrá de cuidar la formación de la conciencia moral de los niños,
ateniéndose a lo que piden una pedagogía correcta y una teología pastoral
adecuada: la edad de la iniciación sacramental -7 a 9 ó 10 años- es, por lo
demás, una etapa muy propicia para la formación de la conciencia ya que
coincide con la del "despertar de la conciencia moral". Esta formación
incluye la iniciación en el sentido del pecado y de la penitencia; por la
penitencia el niño se va educando para la contínua lucha contra el pecado y
contra el Maligno, prolongación de las renuncias bautismales (Cfr. LIC 108); no
se improvisa, pues, ni debe precipitarse; necesita un tiempo suficientemente
amplio; como hace el Catecismo "Jesús es el Señor", debe
prolongarse a lo largo de toda la fase de "iniciación sacramental".
La
preparación para el sacramento de la Penitencia tampoco debe improvisarse; no
debe dejarse para unas sesiones previas a la celebración sacramental y menos
para un tiempo inmediatamente anterior a la celebración de la Primera Comunión:
se ha de evitar, por tanto, que el niño se forme el juicio de que la penitencia
es un puro trámite para la comunión; al contrario ha de ver que es un
sacramento para toda la vida cristiana, que lo necesitamos; por ello, "es
muy conveniente que, antes de acceder a la participación eucarística, los niños
hayan celebrado más de una vez el sacramento de la penitencia" (LIC 109).
"Ha de procurarse que la celebración del perdón y de la reconciliación
sea verdaderamente expresiva y eclesial desde el punto de vista litúrgico. La
celebración puede tener carácter iniciático... El modo más apropiado para
realizar esta iniciación son las celebraciones penitenciales no
sacramentales" -cuidando de que no sean artificiosas o rebuscadas-,
"que pueden dar paso a la 'Reconciliación de varios penitentes con confesión
y absolución individual, tal como se describe en el Ritual de la Penitencia.
Pero sin descartar la 'Reconciliación de un solo penitente', que deberá ser
ofrecida y facilitada oportunamente" (LIC 109).
92.
Aunque aquí me he referido directamente a la Primera Confesión, anterior a la
Primera Comunión, debo añadir que, igualmente con ocasión de la Confirmación,
no pueden faltar los temas de reflexión sobre la realidad del mal y del pecado
y sobre el sacramento de la Penitencia; esto es tanto más necesario cuando la
Confirmación tiene lugar en la adolescencia, de manera particular po la
desorientación y falta de sensibilidad que suele darse en nuestros adolescentes
sobre estas cuestiones. No debe faltar nunca la celebración del sacramento de
la Penitencia antes de la Confirmación ni a lo largo del recorrido de preparación
a la misma.
Conclusión
93.
Finalizo esta reflexión y orientaciones, sin duda incompletas y que serán
ampliadas en el correspondiente Proyecto Diocesano, haciendo un llamamiento a
toda la comunidad cristiana -sacerdotes, religiosos, religiosas, fieles
cristianos laicos- a fortalecer la pastoral de iniciación cristiana. No se
trata de introducir grandes novedades en nuestra acción pastoral, sino de
asumir en lo más hondo y vivo lo que está entrañado en esta iniciación a la
vida cristiana: gestación, nacimiento y crecimiento como
hijos de Dios, Padre nuestro, y miembros de la Iglesia, nuestra Madre.
Estoy convencido que ahí se nos abren grandes, nuevos y esperanzadores
horizontes para el futuro, que siempre está en manos de Dios.
En
sus manos, implorando su Espíritu Santo, con la mirada puesta en Jesús, al que
todos buscan, y con el aliento de Santa María, Nuestra Señora, ponemos este
asunto tan crucial como es el que, en el seno de la santa Madre Iglesia que vive
en Toledo, nazcan y crezcan nuevos hijos suyos que viven, por el Espíritu, la
misma vida de su Hijo Predilecto, Camino, Verdad y Vida, en quien está la
salvación y en quien tenemos la esperanza verdadera: Este es nuestro
convencimiento, nuestra confianza y nuestra certeza. Para Dios nada hay
imposible. En su palabra y en su gracia, ¡podemos! Toledo, 25 de mayo de 2003, VI domingo de Pascua
Es
la hora de los seglares en la iglesia
Desde
todas partes se escucha un poderoso llamamiento, un clamor, a la evangelización.
Evangelizar hoy es algo que no podemos dejar para mañana; a todos los
cristianos nos urge y apremia. En manos de los seglares, está muy
principalmente la obra de la nueva evangelización.
Por
su vocación específica, que los coloca en el corazón del mundo y al frente de
las más diversas tareas temporales, los fieles cristianos laicos son
particularmente llamados a llevar a cabo la renovación de nuestro mundo, de la
humanidad: que en eso consiste evangelizar. Si no contamos con un laicado
evangelizado y evangelizador no habrá Iglesia que evangelice. Y esto, no tanto
por la escasez de sacerdotes, cuanto por la propia y específica vocación de
fieles cristianos inmersos en el mundo.
Al
igual que en los primeros tiempos, ahora los seglares están llamados a propagar
la fe en Cristo por todas las partes. Los Apóstoles dirigían la misión, pero
no sólo ellos la llevaron a cabo; los simples cristianos, los «cristianos de a
pie», de la profesión o condición que fuese, llevaron el Evangelio a donde
aun no habían llegado todavía los enviados «oficiales» de las comunidades
establecidas. Sin la mediación de los cristianos laicos, es imposible la obra
de evangelización; ellos llegan con toda naturalidad donde no podemos ni
llegaremos nunca los Obispos o los sacerdotes. Y, sin embargo, en esos lugares
está en juego la evangelización. Hago a todos los fieles cristianos laicos una
llamada apremiante y urgente a que se unan, sin ningún temor, a la obra de la
evangelización. Su tarea primera e inmediata es poner en práctica todas las
posibilidades cristianas y evangélicas escondidas, pero a su vez ya presentes y
activas en las cosas del mundo. El campo propia de su actividad evangelizadora
es el mundo vasto y complejo de la política, de lo social, de la economía y
también de la cultura, de las ciencias y de las artes, de la vida
internacional, de los medios de comunicación de masas, así como de otras
realidades abiertas a la evangelización como el amor, la familia, la educación
de los niños y jóvenes, el trabajo profesional, el sufrimiento.
Cuantos
más seglares haya impregnados del Evangelio, responsables de estas realidades y
claramente comprometidos con ellas, competentes para promoverlas y conscientes
de que es necesario desplegar su plena capacidad cristiana, tantas veces oculta
y asfixiadas, tanto más estas realidades estarán al servicio de la edificación
del Reino de Dios y, por consiguiente, de la salvación en Cristo Jesús (Pablo
VI), y, en consecuencia, de hacer mejor nuestro mundo.
Es
hora de actuar y de aportar la savia renovadora del Evangelio para recomponer el
tejido social y moral de nuestro pueblo. Los seglares tienen la principal parte.
Es su hora. Pido, desde aquí, a toda la Iglesia diocesana que, con la fuerza de
la gracia de Dios, hagamos un esfuerzo decidido por promover la
corresponsabilidad y participación de los seglares dentro de la vida y misión
evangelizadora de la Iglesia en conformidad con sus caracteres específicos de
existencia cristiana.
Es
necesario que con toda claridad y decisión nos propongamos ayudar a que nazca y
se potencie un laicado maduro y comprometido en las realidades temporales, sin
el que la Iglesia no podrá aparecer como luz y sal de la tierra. Apremia el que
los hombres crean. Apremia el que nuestro mundo sea renovado con hombres nuevos.
Por eso, invito con todas mis fuerzas a la comunidad cristiana, especialmente a
los sacerdotes, a que hagan un llamamiento vigoroso a los cristianos laicos a
que se incorporen al apostolado activo.
Primeramente
a un apostolado individual, porque éste es la forma principal de todo el
apostolado de los laicos. Se trata de una irradiación capilar constante y
particularmente incisiva en el entorno en que el laico cristiano desarrolla su
vida: el ámbito familiar, el del trabajo, el de las relaciones sociales, el del
esparcimiento. De este apostolado individual nadie debe sentirse exento. Pero
esto es insuficiente para la obra evangelizadora de la Iglesia. Se necesita un
apostolado asociado, máxime en esta hora tan compleja que estamos viviendo. Por
ello pido y exhorto a las comunidades y a los sacerdotes que inviten a los
cristianos laicos a participar en el apostolado asociado, que es signo de la
comunión y de la unidad de la Iglesia. No tengamos miedo al apostolado
asociado. No veamos en este apostolado ningún riesgo para las parroquias; al
contrario son fermento y acicate para su revitalización.
Debemos
promover el apostolado asociado. Nuestra diócesis debe poner todo su empeño en
ello; la estrecha unión de fuerzas es la única que vale para lograr plenamente
todos los fines del apostolado. Debemos promover y favorecer la inserción de
los cristianos laicos en los diferentes movimientos apostólicos laicales
suscitados por el Espíritu Santo, reconocidos y aprobados por la Iglesia,
acompañarlos y proporcionarles los elementos educativos necesarios. No hacer
esto sería ir contra el mismo Espíritu Santo que es quien suscita los
diferentes carismas de apostolado en la Iglesia. ¿Cómo vamos a ir o actuar
contra el Espíritu?
Es
necesario que nuestra diócesis, a través de la Delegación de Apostolado
Seglar y de los responsables diocesanos de los diferentes movimientos, oriente a
las parroquias, a los sacerdotes, a los seminaristas, sobre la naturaleza y
sentido de los movimientos y asociaciones apostólicas, tanto en la ciudad como
en el resto de los pueblos, los más adecuados a nuestra sociedad. Nuestra
Iglesia diocesana ha de apoyar y fortalecer la Acción Católica conforme a las
actuales orientaciones de los Obispos. Pero también debemos estar atentos a los
nuevos Movimientos y caminos que el Espíritu Santo ha suscitado y suscita
actualmente en la Iglesia como formas de asociación apostólica y que están
siendo una riqueza y un estímulo para la Iglesia; en ellos hay vida. Se trata
de relanzar el apostolado de los laicos y de las asociaciones apostólicas en
nuestra diócesis.
X
Antonio Cañizares Llovera. Arzobispo de Toledo. Primado de España.
Nota de prensa del Arzobispo Presidente de la Comisión Episcopal de Enseñanza y Catequesis de la CEE
Madrid, 18 de julio de 2003
En relación con mis declaraciones hechas ayer en rueda de prensa sobre unos acuerdos con el partido socialista sobre la Enseñanza Religiosa Escolar, he de manifestar lo siguiente:
1. El día 11 de enero del año 2002 tuvo lugar una reunión en la
sede del partido socialista de la calle Ferraz entre D. José Luis Rodríguez
Zapatero, D. José Bono, Dª Carmen Chacón, D. Antonio Cañizares y D.
Fidel Herráez. -La Enseñanza Religiosa en la Escuela no debe ser objeto de confrontación política ni entrar en el debate de la alternancia en el poder de las distintas fuerzas políticas; hay que buscar los puntos de coincidencia. -Estos puntos nos vienen dados por el marco constitucional (art. 27, 2 y 3; art. 16 y art. 96). También en el respeto a los Acuerdos internacionales suscritos por el Estado Español. -Conforme a este marco se estima que habría de constituirse un área cuyo objeto sería el tratamiento del Hecho Religioso por una vía confesional y otra no confesional, a la elección libre de los ciudadanos. 2. Estas coincidencias son a las que ayer denominé acuerdo. No se trata de un acuerdo sobre la base de un documento suscrito por la firma de los presentes, sino de acuerdos o puntos de coincidencia de los asistentes a la reunión. 3. Estos puntos de coincidencia fueron los que se presentaron posteriormente como propuesta al Ministerio de Educación para una futura regulación de esta enseñanza. 4. Reiteramos igualmente el deseo, que es compartido por todos, de no establecer una confrontación sobre esta materia y atender todos a la demanda social y a los derechos que asisten a los ciudadanos expresados en esa demanda.
X
Antonio Cañizares Llovera. Arzobispo de Toledo. Primado de España.
LA NUEVA REGULACIÓN DE LA ENSEÑANZA DE LA RELIGIÓN CONJUGA LA LIBERTAD CON LA CALIDAD
Madrid, 17 de julio de 2003
Según la nueva regulación emanada de la Ley Orgánica de Calidad de la Educación, la formación religiosa católica en la escuela queda integrada en el área curricular denominada Sociedad, Cultura y Religión. Los alumnos, o sus padres, siguen disfrutando de la libertad de optar o no por la enseñanza de la religión y la moral católica. En todo caso, el estudio del hecho religioso, como fenómeno antropológico y cultural, será necesario para todos, bien en la opción confesional católica (o, en su caso, evangélica, judía o islámica), bien en una opción no confesional. Valoramos positivamente esta nueva regulación porque, por una parte, supondrá un avance en el ejercicio de la libertad religiosa y de opinión, y, por otra parte, ofrece un marco más adecuado para que todos los alumnos adquieran una formación de calidad acerca del hecho religioso, realidad humana que, con independencia de la opción personal en este ámbito, no puede ser desconocida sin graves consecuencias negativas para las personas, la cultura y la convivencia. La nueva regulación de la enseñanza de la religión no implica ningún privilegio para la Iglesia Católica. Ciertamente permitirá que la religión católica pueda ser ofrecida con mayores garantías de seriedad académica a ese ochenta por ciento de los padres que la desean y la solicitan para sus hijos. Pero también las demás confesiones o la opción no confesional se beneficiarán del mejor reconocimiento del hecho religioso como objeto de estudio y formación escolar. Se trata, pues, de un mejor reconocimiento de un derecho que beneficiará a toda la sociedad. La Constitución Española, en su artículo 27. 3, establece que los poderes públicos garantizarán el derecho que asiste a los padres para que sus hijos reciban la formación religiosa y moral que esté de acuerdo con sus propias convicciones. Según interpretación del Tribunal Constitucional, este derecho de los padres deriva de la libertad de enseñanza, reconocida también por la Constitución y entendida, a su vez, como proyección de la libertad ideológica y religiosa y de la libertad de expresión. La nueva regulación hace más efectivos para todos estos derechos fundamentales. Además, por lo que toca a la Iglesia Católica, la nueva regulación responde bien a lo establecido en el Acuerdo sobre Enseñanza y Asuntos Culturales entre el Estado y la Santa Sede, que estipula, en su apartado II, que la enseñanza de la religión católica se ofrecerá en condiciones equiparables a las demás asignaturas fundamentales. De este modo se hace más efectiva para los católicos la libertad religiosa en el ámbito de la enseñanza. Pero nuestra valoración positiva de la nueva regulación se basa en un motivo más de fondo aún que el del mejor reconocimiento efectivo de la libertad de religión y de enseñanza para todos, y también para los católicos. La nueva normativa es apta para que se ofrezca a todos los alumnos un conocimiento del hecho religioso sistemático, pedagógicamente adaptado y de calidad. Los niños y los jóvenes tendrán ocasión de conocer, guiados por buenos profesores, lo que significa que la persona sea un ser abierto a la trascendencia, a Dios; lo que las distintas religiones le han aportado y le aportan; la historia, el arte y las doctrinas religiosas, en particular, las del cristianismo. Son conocimientos fundamentales antropológicos, históricos, estéticos y doctrinales que quedan asegurados para todos y que serán impartidos de un modo científico adecuado a las necesarias pautas pedagógicas. Animamos a los padres católicos a inscribir a sus hijos en la opción confesional católica, como lo vienen haciendo la gran mayoría. Es su derecho y su obligación. La opción católica está también abierta a todos los que deseen entender la religión desde esta perspectiva, aunque no profesaran nuestra fe. Los programas elaborados por la Conferencia Episcopal, que hoy se dan a conocer, contienen los elementos fundamentales necesarios para entender el hecho religioso de modo objetivo. De hecho, no tratan menos asuntos ni los abordan con menor rigor académico que los programas de la opción no confesional. Pero la opción católica ofrece algo más. Los alumnos católicos tendrán la oportunidad de adquirir una formación académica sintética de los distintos saberes que van adquiriendo, integrándolos en la visión de la fe. Y a todos, católicos o no, la programación confesional les ayudará a entender el hecho religioso desde el interior de una tradición viva como la cristiana y católica, abierta por su propia naturaleza al diálogo con las culturas y las religiones, y sustrato básico de nuestra cultura española y europea. Esperamos que el consenso acerca de la importancia de la formación escolar en las cuestiones religiosas se vaya abriendo paso en nuestra sociedad. Nadie quiere imponer nada a nadie. Los católicos respetamos la libertad de los demás y pedimos que se respete también la nuestra. ¿Por qué negar o cercenar a los padres de los escolares el ejercicio de su derecho a que sus hijos sean educados de acuerdo con sus convicciones en las cuestiones religiosas? ¿Y quién podría ofrecer dicha educación con más garantías que la respectiva comunidad religiosa, en nuestro caso la Iglesia, a través de un profesorado debidamente cualificado y acreditado para su misión? Es justo que el Estado no ignore esa demanda social y esos derechos y que no relegue la enseñanza religiosa al ámbito privado o eclesiástico. Hacen bien los poderes del Estado en interesarse en que la educación religiosa sea impartida de modo público y responsable, sin convertirse ellos mismos, por otra parte, en controladores unilaterales de una visión supuestamente democrática, correcta o neutra del hecho religioso. La fe personal ciertamente no se evalúa en la escuela. Pero la fe cristiana, como hecho histórico y como realidad objetiva, es un objeto de estudio, cuyos rendimientos sí pueden y deben ser evaluados. Lo demuestra la gran tradición universitaria europea, nacida al calor precisamente de la teología y de la filosofía cultivadas por los grandes maestros cristianos. Esa tradición sigue viva, de distintas formas, en Europa, en América y hoy casi en todo el mundo. La religión, y, en particular, la religión cristiana puede ser objeto de estudio y acicate para la reflexión verdaderamente crítica sobre el ser humano. Su estudio en la nueva área de Sociedad, Cultura y Religión ayudará a nuestros niños y jóvenes a ir entendiendo la compleja relación existente entre estas tres magnitudes. Podrá también salir al paso de las serias carencias que sufre nuestra juventud en su formación y conducta moral, cuestión que preocupa, con razón, a muchos, en particular a no pocos padres. De todo ello saldrá, sin duda, beneficiada la convivencia libre, pacífica y solidaria.
La mayoría de los grupos parlamentarios han instado al Gobierno, mediante una proposición no de ley, a que acelerase la aprobación del mal llamado "matrimonio" de personas del mismo sexo. El propio Gobierno, a través de su Ministro de Justicia, ya ha prometido que antes del próximo enero dicha aprobación será una realidad. Dada la gravedad de lo que esto supone, he considerado imprescindible, en mi responsabilidad de Obispo, ofrecer esta declaración dirigida a favorecer la reflexión ciudadana e iluminar la conciencia cristiana sobre este tema. Nunca, en toda la historia de nuestro país, ni en toda la historia humana de ninguno de los países, se había producido nada semejante ni tan grave: llamar y considerar "matrimonio" a estas uniones. El matrimonio es única y exclusivamente la unión con vínculo indisoluble entre un hombre y una mujer, libremente contraído y públicamente afirmado, cuya misión específica es desarrollar una auténtica comunidad de personas, transmitir la vida y garantizar la educación y la trasmisión de valores culturales, éticos, sociales, espirituales y religiosos. La unión entre personas del mismo sexo no ha sido nunca, ni es, ni puede ser matrimonio. Será otra cosa, pero nunca matrimonio. Admitir estas uniones como matrimonio supone no sólo una perversión del lenguaje, sino también, y sobre todo, una perversión de la verdad de las cosas, y una destrucción, en consecuencia de la verdad de lo que es el matrimonio en su realidad más propia. Se lleva a cabo con esta disposición un grave daño al hombre ya la sociedad, que se sustentan en la verdad del matrimonio. Las palabras del Papa al nuevo Embajador ante la Santa Sede, arrojan una gran luz ante esta situación. Total e inmediato contraste entre sus palabras y lo que se ha decidido. Dijo el Papa: "Es conveniente poner de manifiesto la incoherencia de ciertas tendencias de nuestro tiempo que, mientras por un lado magnifican el bienestar de las personas, por otro cercenan de raíz su dignidad y sus derechos más fundamentales, como ocurre o se instrumentaliza el derecho fundamental a la vida... Algo similar sucede en ocasiones con la familia, núcleo central y fundamental de toda sociedad, ámbito inigualable de solidaridad y escuela de convivencia pacífica, que merece la máxima tutela y ayuda para cumplir sus cometidos. Sus derechos son primarios respecto a cuerpos sociales más amplios. Entre tales derechos no se ha de olvidar el de nacer y crecer en un hogar estable, donde las palabras padre y madre puedan decirse con gozo y sin engaño. Así se prepara también a los más pequeños a abrirse confiadamente a la vida ya la sociedad, que se beneficiará en su conjunto si no cede a ciertas voces que parecen confundir el matrimonio con otras formas de unión del todo diversas, cuando no contrarias al mismo, o que parecen considerar a los hijos como meros objetos para la propia satisfacción" (Juan Pablo II) . Se pueden decir tal vez más cosas, pero no mejor ni más precisas para la cuestión que nos ocupa. No tiene ningún sentido esta Ley que se pide y promete, tampoco hay necesidad alguna para esta nueva legislación, a no ser que lo que se pretenda con ella sea introducir en nuestra sociedad un nuevo marco de valores y referencias con respecto a la persona, la sexualidad, el matrimonio y la familia, con graves consecuencias en el ámbito personal, familiar y social. Lo que se hace en esta iniciativa es atentar, por un lado, al bien común, que prescribe el cuidado de los más necesitados y débiles -los niños- y, por otro, a la libertad de muchas personas a las que se quiere imponer una minoritaria y errónea visión del ser humano y de las relaciones interpersonales. Esta agresión al bien común y a la libertad de las personas es de tal profundidad que su aceptación por parte de la sociedad significaría un verdadero suicidio social. No se puede dejar de tener en cuenta que el matrimonio, expresión de la libertad de los varones y de las mujeres, para entregarse de forma fiel, exclusiva y definitiva, de modo públicamente reconocido, con la apertura a la vida y con el compromiso de educar a los hijos, a lo largo de la historia multisecular, ha sido y es uno de los factores de mayor progreso social de nuestro pueblo. Gracias a la entrega generosa y fiel de nuestros padres, abuelos y demás antepasados, las sucesivas generaciones hemos podido disfrutar de una estabilidad educativa y de una formación de la personalidad que se ha traducido en un éxito de los procesos de desarrollo y crecimiento humano de tantas personas que hoy en nuestra sociedad han podido alcanzar la madurez personal y una auténtica capacidad de servicio. Desconocer, por ello, la bondad del matrimonio -el único verdadero- haciéndolo igual a otras formas de convivencia es un acto de manifiesta ingratitud y de injusticia hacia el bien social suministrado por tantos matrimonios. Así, por la naturaleza misma de las cosas, esta iniciativa, de aprobarse, produciría en consecuencia una injusticia con la familia y con el matrimonio, que aquí se ven efectivamente "mal-tratados". El derecho al matrimonio -siempre entre un hombre y una mujer- comparte la misma génesis que todos los derechos humanos que verdaderamente lo son: es un acto de la genuina libertad de las mujeres y los varones que debe ser reconocido por el poder político justo. Pero el poder político ni lo crea ni lo destruye. Sólo lo reconoce, y al reconocerlo lo potencia y hace más fácil y ventajoso el disfrute de ese derecho. Cuando se buscan equiparar al verdadero matrimonio, esto es, reconocer como análogas o idénticas al matrimonio las uniones del mismo sexo, están contraviniendo gravemente la génesis de los derechos: es una agresión al fundamento de todos los derechos. Para que una unión entre personas del mismo sexo pueda ser considerada análoga al matrimonio hace falta algo totalmente diferente al reconocimiento de un derecho la creación artificial de derechos por parte del Estado. Y si un Estado artificialmente puede crear derechos, también los puede destruir. Lo cual, a nadie se le oculta, es un gravísimo riesgo para el hombre y la sociedad. La promoción artificiosa de semejantes modelos jurídico institucionales tiende cada vez más a disolver el derecho originario de la familia a ser reconocida plenamente como un sujeto social. Paradójicamente, lo que se consigue con las medidas legislativas propuestas es discriminar el verdadero matrimonio, al tender a equipararlo con uniones que no poseen las notas esenciales del matrimonio. El Proyecto discrimina y pone en peligro la protección al matrimonio y a la familia, constitucionalmente reconocida en España, porque discriminatorio es tratar de forma igual a desiguales. Valorar de forma distinta a realidades diferentes es lo justo por cuanto la justicia es dar a cada uno lo suyo. Tratar como iguales realidades desiguales, por el contrario, es una injusticia. Otorgar, por lo demás, a las uniones homosexuales lo que es propio del matrimonio es una injusticia, ya que no pueden aportar estas uniones lo que éste aporta, entre otras cosas, el ámbito idóneo para la sustitución generacional. La adopción de niños por parte de estas parejas no respeta el principio del "bien superior del niño" y conduce a un vacío antropológico . X Antonio Cañizares Llovera Arzobispo de Toledo Primado de España
«TOLEDO
EVANGELIZADA,
-Carta
Pastoral-
I.
Saludo e introducción 1. Queridos hermanos y hermanas : A todos gracia y paz en el Nombre del Señor, que nos ha amado hasta el extremo, y nos ha redimido y salvado. Hoy, fiesta de la Santísima Virgen del Rosario, concluyo esta carta pastoral. Se han cumplido prácticamente diez meses desde que inicié mi ministerio como pastor vuestro, siervo y servidor, de todos. En la homilía de la celebración eucarística con que iniciaba la andadura de mi ministerio pastoral en la sede de Toledo expresaba mi alegría por llegar a servir a esta porción del Pueblo de Dios, que el Señor ha enriquecido tanto a lo largo de los siglos hasta el momento presente: así os ha mostrado, sin interrupción hasta hoy, el amor de predilección con que Él mismo os ha distinguido.
Acción de
gracias
2.-
Trascurridos estos meses iniciales, mi alegría y mi acción de gracias a la
misericordia de Dios se ensancha todavía más, si cabe, que en aquellos primeros
momentos. He empezado a ver y palpar vuestra realidad, a conoceros más, a saber
más de vosotros, a sentirme cada día más entrañado en vuestra vida. Os puedo
asegurar que no dejo de dar gracias a Dios, Padre de toda consolación, por lo
mucho y grande que Él, en su bondad, está haciendo con su muy querida Iglesia
que peregrina por estas tierras nuestras.
Han sido
meses intensos. Apenas si he parado. La verdad es que me sentía urgido a meterme
de lleno en la diócesis y ser uno de vosotros con vosotros, y entregarme así a
todos como vuestro servidor y Pastor. (Cómo me hubiese gustado hablar personal y
sosegadamente con todos y cada uno de los sacerdotes, mis hermanos muy queridos,
y conoceros en ese trato de tú a tú, y haber visitado todas las parroquias y
comunidades de nuestra extensa diócesis! No ha sido así; seguramente no ha sido
posible o no me he ordenado adecuadamente. Y bien que lo siento. Como, sin duda,
también lo sentís vosotros. Algunos, tal vez, hasta pueden sentirse defraudados
por ello: perdonadme, si así fuera; ya veis que tenéis un Obispo limitado.
Perdonadme todos también porque probablemente no he sabido responder, o,
sencillamente, no he respondido a las expectativas que quizá os habíais forjado
sobre mi persona, tan sujeta a desaciertos y omisiones, fallos, errores,
lentitudes, y pecados incluso, en el ejercicio de mi ministerio. Os confieso
que, conforme pasa el tiempo, es cada día para mí más vivo aquello de san Pablo:
"Este tesoro lo llevamos en vasijas de barro, para que se vea que una fuerza tan
extraordinaria es de Dios y no proviene de nosotros" ( 2 Co 4,7).
Una gran esperanza habita en mí 3.- Rogad por mí, que Dios me dé capacidad para llevar la diócesis, que me dé sabiduría, fortaleza y prudencia, para que me deje ayudar por Él, por el auxilio de su gracia, ya que Él nunca falla ni deja de acudir en nuestro socorro, y su ayuda siempre es suficiente, y aun con creces, para lo que necesitamos. Pido a Dios, que es quien lleva en verdad la Iglesia, que secunde por completo su acción y no entorpezca, que no defraude a nadie, ni que por mi causa nadie se sienta desanimado o con desaliento. Vine a vosotros en tiempo de Adviento: toda una llamada y un signo de que Dios me enviaba para alentar y suscitar la esperanza que no defrauda. Por mi parte, me siento y vivo con una gran esperanza. De hecho, la expresión que más repito, una y otra vez, cuando me preguntan cómo me encuentro, es siempre la misma : "muy esperanzado". La verdad es que, para los que nos ha sido concedido creer en Jesucristo, sólo cabe la esperanza; no tenemos motivos para el desaliento, aunque no seamos ajenos a las dificultades y a la dureza de los tiempos que vivimos, y sí, en cambio, para la esperanza por la certeza plena que Él mismo nos infunde: "Estaré con vosotros hasta el fin de los siglos". Como en la Carta a los Hebreos tengo puesta mi mirada en Cristo Jesús.
Dios ha hecho obras
grandes en la diócesis de Toledo
4.- Pero, además, al ver
lo que Dios está haciendo en medio vuestro, )cómo dejar de tener esperanza? Dios
se ha volcado con nuestra diócesis, en favor de ella. Por no referirme nada más
que a los últimos treinta años y a sólo unos pocos signos que aparecen
especialmente sobresalientes : Contamos con un Sínodo diocesano posconciliar que
tanta ilusión despertó y que contiene tanta riqueza de renovación y
fortalecimiento eclesial; ahí tenemos también un seminario cuajado de vocaciones
al ministerio sacerdotal, con tanta fidelidad a las enseñanzas y orientaciones
de la Iglesia; Dios nos ha agraciado con un excelente presbiterio, con
sacerdotes ejemplares y con la edad media menos alta del conjunto de las
diócesis españolas, con aliento sacerdotal y empuje apostólico; contamos al día
de hoy con una gran inquietud misionera, evangelizadora, que se ve en no pocas
de las iniciativas de personas y grupos; ahí mismo tenemos los muchos carismas
con que ha sido enriquecida la Iglesia diocesana en estos últimos tiempos :
carismas de fraternidades sacerdotales o de movimientos de espiritualidad
sacerdotal, carismas para nuevas formas de vida consagrada, carismas para nuevas
asociaciones apostólicas; ahí tenemos también el vigor de una Acción Católica
renovada y con fuerza apostólica u otros movimientos e iniciativas de laicos;
ahí tenemos igualmente todo aquel gran empuje evangelizador que se trató de
impulsar en Talavera. Pero, )para qué seguir si no es para ver cómo Dios está
actuando y qué es lo que Dios quiere de nosotros?
Fijarse en lo que Dios
hace con la Iglesia para secundarlo, escuchar "lo que el Espíritu dice a la
Iglesia" y cumplirlo
5.- Porque, en efecto, a
la hora de actuar y de mirar al futuro que se nos abre delante de nosotros, en
lo que hemos de fijarnos ante todo es en lo que Dios está haciendo con la
Iglesia que está en Toledo, dentro y en comunión con la Iglesia una y única de
Dios. Porque eso es lo que Dios, que es quien lleva a su Iglesia, quiere para
ella y por ella. Con frecuencia, me preguntan, y nos preguntamos, creo, todos:
")qué es lo que va a hacer usted, cuál es su proyecto sobre la diócesis de
Toledo?" A veces, incluso, se oye decir o se encuentra escrito, referido en
general a la Iglesia: "La Iglesia que queremos hacer", o ")qué Iglesia queremos
hacer?". Por mi parte, lo único que quiero es lo que Dios quiere de la Iglesia,
lo que Él está haciendo con la Iglesia; no es mi proyecto, sino el de Dios; y
ése pienso que El nos lo está dictando muy claro desde los comienzos y de manera
particularmente intensa en nuestros días. Por esto, lo primero y principal, en estos momentos, es ver lo que Dios está queriendo, o como dice el libro del Apocalipsis, "lo que el Espíritu dice a las iglesias", lo que está diciendo con su actuar concretamente aquí en Toledo, que no es una isla ni se encuentra al margen -todo lo contrario- de la Iglesia una y universal, ni del contexto de Europa, ni, por supuesto, del contexto del resto de las diócesis españolas.
La voz del Espíritu a la
Iglesia en nuestro tiempo
6.- En este sentido, no
puedo olvidar que el ministerio que se me ha confiado está coincidiendo con el
tiempo de aplicación del Concilio Vaticano II; un Concilio, como el último, no
se asume, se interioriza y se aplica en un espacio corto de tiempo; se requiere,
como estamos viendo, mucho tiempo para ello. El Vaticano II es, sin duda, la
gran voz del Espíritu Santo a la Iglesia al finalizar el Segundo Milenio y
comenzar el Tercero, ha sido y es un nuevo Pentecostés, una irrupción de la
fuerza vivificadora de lo Alto, el Espíritu Santo, Señor y Dador de vida. Ahí
está lo que la Trinidad Santa nos pide hoy, lo que quiere para su Iglesia y lo
que quiere llevar a cabo con ella. Para ayudar a interiorizar, asumir, y aplicar
entre nosotros esta voz del Espíritu no podemos dejar de tener en cuenta los
Papas que Él mismo ha suscitado, sus enseñanzas, su testimonio, su actuación
pastoral que, sin duda son una llamada para toda la Iglesia en orden a secundar
lo que Dios reclama de su Iglesia : a ellos les ha correspondido, en la misión
de guiar a todo el Pueblo de Dios y confirmarlo en la fe, la interpretación fiel
y la justa aplicación de las enseñanzas conciliares. No podemos olvidar en modo
alguno todos los sínodos universales ordinarios celebrados -de manera particular
el Sínodo de 1985 a los veinte años de la clausura del Concilio- y los sínodos
extraordinarios continentales, especialmente los de Europa, con las
correspondientes Exhortaciones Apostólicas postsinodales del Santo Padre.
Inseparable de esta asumpción y aplicación fiel del Vaticano II como Dios
quiere, El suscitó a través del Papa Juan Pablo II el Gran Jubileo del año 2000,
con su preparación inmediata, con su celebración y los otros tiempos jubilares
anteriores, y con su prosecución en el proyecto que Él mismo ha diseñado para
los comienzos de este Tercer Milenio. 7.- En este tiempo en el que la Iglesia me ha enviado a Toledo, especialmente relevantes para nosotros son los viajes del Papa, de modo particular, por su cercanía y por su carácter como de testamento paternal, el último de los realizados por él a nosotros, el pasado mayo, con el que, "como hiciera el Apóstol San Pedro tras la Resurrección del Señor, nos ha dado testimonio con mucho valor, invitándonos a ser sus testigos y proclamando que 'Cristo es la respuesta verdadera a todas las preguntas sobre el hombre y su destino' y que 'vale la pena dedicarse a la causa de Cristo y por amor a Él consagrarse al servicio del hombre' (Discurso a los jóvenes, 4 y 5)" (Comité Ejecutivo de la Conferencia Episcopal). Las cinco visitas que el Papa Juan Pablo II ha hecho a España, desde la primera en 1982, constituyen, por lo demás, fuente de inspiración y animación de las orientaciones de la Conferencia Episcopal y de toda la Iglesia que está en las distintas diócesis de nuestra patria, incluida por completo la nuestra como puede apreciarse en todo el magisterio de mis muy queridos y admirados predecesores En continuidad con la gran labor de mis antecesores. Aplicar el Sínodo diocesano. 8.-A la hora de recorrer y proseguir con vosotros el camino, con la mirada puesta en Jesús "iniciador y consumador de nuestra fe", no puedo dejar de estar atento, escuchar, ver y contemplar lo que Dios ha hecho, la voluntad que Él ha manifestado o promovido como "proyecto" para esta porción del pueblo de Dios, en la actuación y magisterio de mis inmediatos predecesores en esta Sede, nuestro queridos Arzobispos-Cardenales, D. Marcelo González y D. Francisco Álvarez, a los que vosotros mismos, en comunión, les habéis acompañado. Los volúmenes publicados con sus enseñanzas son un gran tesoro que no puedo, ni debemos, relegar al baúl de los recuerdos de ayer. Mención especial merece el Sínodo diocesano, en el que movidos por el Espíritu, con la certera guía de vuestro pastor, el Sr. Cardenal D. Marcelo, hicisteis una camino juntos cuantos formáis esta porción del Pueblo de Dios, y, tras un tiempo de trabajo ilusionado y de una viva experiencia de Iglesia, alumbrasteis las conclusiones, orientaciones y normas, de las que hoy nos sentimos dichosos y hemos de continuar hoy y aplicar en todo su conjunto. Fue el Sínodo diocesano un verdadero acontecimiento eclesial de gracia, cuyos frutos deben proseguir, y cuyos criterios deben orientar nuestro trabajo pastoral en el momento presente. Todos juntos, llevar el proyecto de Dios sobre nosotros 9.- Con la luz esplendorosa, imprescindible y certera, de la Palabra de Dios, lámpara que ilumina siempre nuestros pasos, y dentro de ese momento de gracia que vivimos por lo que Dios hace y el Espíritu "dice a las iglesias", prosigo con vosotros el camino de la iglesia que peregrina en nuestra diócesis. Habré de estar muy atento, escuchar y acoger con toda sencillez y apertura de corazón, este conjunto de signos y llamadas, esta voz plural con que el Señor nos invita a llevar a cabo su designio, que es siempre de gracia y de esperanza. Si hablo en plural y digo "nos invita", es porque la llamada es a todos y para todos, no recorro solo el camino desde el momento en que Dios me envió a vosotros para caminar juntos, en comunión, y porque también vosotros sois voz de Dios que El quiere que escuchemos. En este día, fiesta de la Nuestra Señora del Rosario, "donde se contempla todo el misterio de la salvación, os digo a todos, mis queridos diocesanos -sacerdotes, diáconos, religiosos y religiosas, consagrados y consagradas, fieles cristianos laicos-: (Animo, pues, y adelante, juntos, unidos todos sin fisuras!; y, "teniendo en torno nuestro tan gran nube de testigos espectadores, sacudamos todo lastre y el pecado que nos asedia, y corramos con fortaleza la prueba que se nos propone, fijos los ojos en Jesús, el que inicia y consuma la fe, el cual, en lugar del gozo que se le proponía, soportó la cruz sin miedo a la ignominia, y está sentado a la diestra del trono de Dios. Fijaos en aquel que soportó la contradicción de parte de los pecadores, para que no desfallezcáis faltos de ánimo. No habéis resistido todavía hasta llegar a la sangre en vuestra lucha contra el pecado" (Heb 12, 1-4). II. Caminemos en esperanza : con la mirada en Jesucristo 10.- No tenemos otra manera de caminar que así: con los ojos fijos en Jesús. Todo lo que no sea esto es perder el tiempo y gastar la vida inútilmente, echarla a perder, malograrla. Lo que digo no es fundamentalismo, ni nada que se le parezca; no es fanatismo irracional, ni intransigencia dogmatista. Es la verdad, que nos ha sido dada, de la que, por pura gracia y misericordia de Dios, somos testigos. Vosotros sabéis que no miento, ni exagero. Esto es válido para siempre, en todos los tiempos de la historia y en todos los lugares de la tierra. Pero lo es, si cabe, todavía más en los momentos que corremos. 2.1. En medio de una situación difícil
Tiempos difíciles
11.- Vivimos tiempos
difíciles, los miremos por donde los miremos, para la humanidad; y solamente en
Jesucristo se abre para ella un futuro de esperanza. Cuando el Papa,
refiriéndose a Europa, ámbito en el que estamos y del que somos los que vivimos
en la diócesis de Toledo, apunta al desconcierto de nuestra época, a tantos
hombres y mujeres que parecen desorientados, inseguros, sin esperanza o bajo el
oscurecimiento de la esperanza (Cfr. Ecclesia in Europa, 7), está poniendo el
dedo en la llaga de lo que nos pasa en el viejo Occidente. Cuando se afirma por
parte de algunos que padecemos una profunda quiebra de humanidad que, se
manifiesta, entre otras cosas, en una honda y gravísima crisis de moralidad, que
con ser importante no es con mucho lo más grave que nos está sucediendo, no se
delira ni distorsiona la realidad. Cuando alguien ha escrito que el mal más
grave que aqueja a los hombres de hoy es vivir de espaldas a Dios, vivir y
pensar como si Él no existiera, al margen de Él, incluso contra Él, y esto como
cultura dominante, lo que está haciendo es apuntar con realismo a la fuente y
raíz de una humanidad que camina desorientada, porque pretende pensar, ver y
vivir al hombre sin Dios.
Signos preocupantes :
- Pérdida de la memoria y
de la herencia cristiana 12.- El Papa, en su carta postsinodal sobre la Iglesia en Europa, hace un análisis muy importante y certero que no puede dejarnos tranquilos como si se refiriese a otras latitudes o fuese irreal o meramente conceptual, y que, por el contrario, es preciso tener muy en cuenta si queremos situarnos adecuadamente con realismo ante "lo que Dios dice a la Iglesia" y ante el camino que hemos de seguir en los momentos actuales. El Santo Padre nos habla de que "hay numerosos signos preocupantes que, al principio del tercer milenio, perturban el Continente europeo", como "la pérdida de la memoria y de la herencia cristianas, unida a una especie de agnosticismo práctico y de indiferencia religiosa, por lo cual muchos europeos dan la impresión de vivir sin base espiritual y como herederos que han despilfarrado el patrimonio recibido a lo largo de la historia"; la pretensión o los "intentos de dar a Europa una identidad que excluye su herencia religiosa y, en particular, su arraigada alma cristiana, fundando los derechos de los pueblos que la conforman sin injertarlos en el tronco vivificado por la savia del cristianismo" Los mismos "signos prestigiosos de la presencia cristiana" que perduran en el panorama y en la geografía europeas, "con el lento y progresivo avance del laicismo, corren el riesgo de convertirse en vestigios del pasado. Muchos ya no logran integrar el mensaje evangélico en la experiencia cuotidiana; aumenta la dificultad para vivir la propia fe en Jesús en un contexto social y cultural en el que el proyecto de vida cristiano se ve continuamente desdeñado y amenazado; en muchos ambientes públicos es más fácil declararse agnóstico que creyente; se tiene la impresión de que lo obvio es no creer, mientras que creer requiere una legitimación social que no es indiscutible ni puede darse por descontada".
- Miedo en afrontar el
futuro En su lúcido y grave diagnóstico, el Papa se refiere así mismo como signo preocupante de la realidad en la que nos encontramos, a "un cierto miedo en afrontar el futuro... Del futuro se tiene más temor que deseo. Lo demuestran, entre otros, el vacío interior que atenaza a muchas personas y la pérdida del sentido de la vida...el descenso de la natalidad, la disminución de las vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada, la resistencia, cuando no el rechazo a tomar decisiones definitivas de vida incluso en el matrimonio". - Fragmentación de la existencia También nos hace caer en la cuenta Juan Pablo II que se está dando "una difusa fragmentación de la existencia; prevalece una sensación de soledad; se multiplican las divisiones y las contraposiciones. Entre otros síntomas de este estado de cosas, la situación europea actual experimenta el grave fenómeno de las crisis familiares y el deterioro del concepto mismo de familia,... el egocentrismo que encierra en sí mismos a las personas y los grupos, el crecimiento de una indiferencia ética general y una búsqueda obsesiva de los propios intereses y privilegios". También constata el Papa una globalización que "amenaza con seguir una lógica que margina a los más débiles y aumenta el número de los pobres de la tierra". Añade Juan Pablo II que "junto con la difusión del individualismo se nota un decaimiento creciente de la solidaridad interpersonal ... de manera que muchas personas... se sienten más solas, abandonadas a su suerte, sin lazos de apoyo afectivo" (EE 8). - Secularización ambiental 13.- Lo que dice el Papa refiriéndose al Continente europeo, lo vemos también cercano a nosotros, en nuestro ambiente. Toledo no es ajena a esta realidad, sencillamente porque no es una isla y vivimos en un mundo cada vez más interdependiente en todos los sentidos y, sobre todo, en la cultura dominante que nos envuelve y penetra en los criterios de juicio, de pensamiento, en la forma de vivir y de actuar. Sin duda que, entre nosotros, alguna de estas realidades, gracias a Dios, no tienen la fuerza y aun la virulencia, aparentemente "pacífica", que encontramos en otras partes, incluso no lejanas a nosotros. Pero no podemos cerrar los ojos ante lo evidente. Es preciso ser lúcidos. Esa realidad ambiental que respiramos y que se mete tan subrepticia como poderosamente en nuestras casas por las fuerzas mediáticas y por el "aire social y cultural" que nos circunda, podemos resumirla en ese fenómeno tan complejo como extendido de la secularización. Vivimos, como en nuestro entorno aquí en Toledo, en una cultura fuertemente secularizada donde se desarrolla la increencia, sobre todo en los sectores más dinámicos y jóvenes de la población. Esto, si no nos anticipamos con nuestras repuesta cristiana y eclesial, lúcida y decidida, libre y valiente, seguro que verá un acrecentamiento importante en un inmediato futuro con el crecimiento demográfico que ya estamos viviendo, sobre todo en algunas zonas nuestras como Toledo, Talavera y el Norte de la provincia, con la proximidad de la gran urbe, de los fenómenos migratorios del interior y de fuera, de las nuevas y crecientes urbanizaciones, de la multiplicación y mejora de las vías rápidas de comunicación. La fuerza de este complejo de la secularización, o de la cultura secularizada, es muy poderosa, y fácilmente se sucumbe a ella, sobre todo, cuando no hay reciedumbre en la manera de ser, de pensar, de sentir, de querer y actuar, arraigada en el Evangelio. Hasta dentro de la Iglesia se nos ha metido esa secularización, y sin darnos cuenta estamos padeciendo una secularización interna del cristianismo, de las comunidades, de los cristianos, incluso de quienes estamos consagrados, que es como un cáncer que nos corroe por dentro, nos debilita, y nos hace perder la fuerza para anunciar el Evangelio, en contraste con los criterios de juicio determinantes de la cultura dominante.
- Una antropología sin
Dios y sin Cristo 14.- En un mundo secularizado Dios no cuenta o acaba por no contar, al final y en el medio en ese mundo lo que prevalece es "una antropología sin Dios y sin Cristo", como señala el Papa tan certeramente en su Exhortación sobre la "Iglesia en Europa". En efecto, "esta forma de pensar ha llevado a considerar al hombre como el centro absoluto de la realidad, haciéndolo ocupar así falsamente el lugar de Dios y olvidando que no es el hombre el que hace a Dios, sino que es Dios quien hace al hombre. El olvido de Dios condujo al abandono del hombre, por lo que no es extraño que en este contexto se haya abierto un amplísimo campo para el libre desarrollo del nihilismo, en la filosofía; del relativismo en la gnoseología y en la moral; y del pragmatismo y hasta del hedonismo cínico en la configuración de la existencia diaria. La cultura europea da la impresión de ser una apostasía silenciosa por parte del hombre autosuficiente que vive como si Dios no existiera" (EE 9). Seamos lúcidos. Este silencio o "silenciamiento" de Dios, sin duda por mi parte, es el acontecimiento fundamental de estos "tiempos de indigencia", que vivimos en Occidente. No hay otro que pueda comparársele en la radicalidad y en lo vasto de sus consecuencias deshumanizadoras. Ni siquiera la pérdida del sentido moral, fruto en buena medida de aquél. Durante los veinticinco últimos años, aproximadamente, se ha producido entre nosotros una verdadera "revolución cultural", que fomenta una particular manera de entender al hombre y al mundo, al margen de Dios, como si Dios no existiera. Los peligros que de ahí se derivan son patentes y mortales para el hombre: a pesar de todas las proclamas en contrario, asistimos a una profunda quiebra de humanidad. Si existe una enfermedad grave, es preciso descubrirla y reconocerla. Sólo así habrá sanación. Si no la hemos contraído todavía, gracias a Dios, pongamos los medios para prevenirla, que es la mejor terapia. - Humanismo inmanentista, como nueva cultura La Conferencia Episcopal, en su Plan Pastoral para el trienio 2000-2005, lo ha dicho con palabras lúcidas y claras: "La cultura pública occidental moderna se aleja consciente y decididamente de la fe cristiana y camina hacia un humanismo inmanentista. Insertos como estamos en Europa, después de la caída del muro de Berlín se ha manifestado con más claridad que el complejo cultural, que podemos llamar globalmente 'la cultura moderna, presenta un rostro radicalmente arreligioso, en ocasiones anticristiano y con manifestaciones públicas en contra de la Iglesia... Esta cultura inmanentista que es el contexto actual en el que vive la Iglesia en España, se convierte en causa permanente de dificultades para su vida y misión" ( Conferencia Episcopal Española : Una Iglesia esperanzada.'( Mar adentro!, nn. 7 y 8) Esta es la nueva cultura en la que nos hallamos insertos, con contenidos y características en contraste con el Evangelio y con la dignidad de la persona humana ( Cf. EE 9). Digo "nueva" porque nunca en la historia de la humanidad ha ocurrido algo semejante. Siempre, por razones que solo Dios conoce, a las que no es ajena la libertad, han habido hombres y mujeres que no han creído o han organizado su vida y su pensar al margen de Dios; lo nuevo es que esto ha llegado ser una cultura dominante, influenciada en gran medida por los medios de comunicación social, de la que "forma parte un agnosticismo religioso cada vez más difuso, vinculado a un relativismo moral y jurídico más profundo, que hunde sus raíces en la pérdida de la verdad del hombre como fundamento de los derechos inalienables de cada uno" (EE 9). Basta mirar a nuestro alrededor, al hombre occidental actual y ver la posición tan generalizada que tiene ante el destino y la vida, o ante la verdad y la mentira; basta mirar a sus ideales, a su vida familiar, a sus esperanzas de futuro, para percatarse que ese hombre anda vacío y desorientado, fugitivo de sí mismo y con unas aspiraciones e ideales prevalentes como : el dinero, el sexo, la evasión y el goce narcisista, el vivir "bien" y el "disfrutar", el consumo y el bienestar, el gozar del cuerpo y de la vida en libertad, la pluralidad y la permisividad moral amplia y sin trabas de ningún tipo...La misma trascendencia y la expresión religiosa tienen, con frecuencia, los límites de la corteza de la piel, queda en superficie, en la sensibilidad, en el gusto o en el consumo. Se vive como si Dios propiamente no existiera; por supuesto no se vive en su presencia, ya que Dios es como algo evanescente, relacionado con los sentimientos o los estados anímicos; la fe en Dios deja de configurar la entera realidad de la vida; Dios queda relegado a los márgenes de la vida, lo cual no ocurre, empero, sin gravísimas consecuencias para el hombre.
- Rechazo u olvido de Dios
: quiebra del sentido y verdad del hombre La indiferencia religiosa, el rechazo o el olvido de Dios quiebra interiormente el verdadero sentido del hombre, altera en su raíz la interpretación de la vida humana y debilita y deforma los valores éticos y morales. Una sociedad sin fe es una sociedad más pobre y angosta. Un mundo sin abertura a Dios, carece de aquella holgura que necesitamos los hombres para superar nuestra menesterosidad y dar lo mejor de nosotros mismos. Un hombre sin Dios se priva de aquella Realidad última que funda su dignidad, y de aquel Amor primigenio que es la raíz de su libertad.
No puede extrañarnos que
una cultura de la increencia esté muy unida a una cultura de la insolidaridad y
de la muerte, que un mundo más propenso a la increencia que a la fe en el Dios
vivo sea, al mismo tiempo, más proclive al pragmatismo que a la esperanza, al
egoísmo que al amor y a la generosidad (EE 8 y 9). No es posible devolver al
hombre su auténtica dignidad, abrirle a la esperanza más viva, darle el sentido
más humano y absoluto sin el descubrimiento y aceptación de Dios. Lo que está en juego, por eso, es la manera de entender la vida, con Dios o sin Dios, con esperanza de vida eterna o sin más horizonte que los bienes del mundo, con un código moral objetivo respetado desde dentro o con la afirmación soberana de la propia libertad como norma absoluta de comportamiento hasta donde permitan las reglas externas de juego. No da lo mismo una cosa que otra. Por esto me he detenido en este punto, por eso llamo vigorosamente la atención sobre él y prevengo ante lo que podemos estar en trance de sucedernos pero que, con el auxilio de Dios y la fidelidad y responsabilidad de nuestras vidas y actuación eclesial, podemos evitar, paliar y, todavía más, transformar en signo contrario.
- Secularización al
interior de la Iglesia
15.- Sin dejar de tener
presente esta situación "ambiental" o cultural que nos envuelve, hemos de ser
también muy conscientes de lo que pasa o puede estar pasándonos al interior de
la Iglesia, también en nuestra diócesis. La Conferencia Episcopal lo ha visto
con gran nitidez y ha precavido de sus efectos y ha convocado a adoptar las
respuestas oportunas : "El problema de fondo, al que una pastoral de futuro
tiene que prestar la máxima atención, es la secularización interna. La cuestión
principal a la que la Iglesia ha de hacer frente hoy en España no se encuentra
tanto en la sociedad o en la cultura ambiente como en su propio interior; es un
problema de casa y no sólo de fuera. Es cierto que esta situación eclesial está
influida por la cultura en que nos toca vivir. Pero es preciso mirar con
atención las repercusiones que está teniendo en el interior de la Iglesia para
darle la debida solución. Tomar conciencia de esto no es promover ningún
repliegue al interior...<sino>, más bien, adoptar la postura y la perspectiva
adecuada para la misión. Es decir, que no sea la cultura ambiente la que nos
marque los caminos pastorales, la perspectiva global y los asuntos cruciales de
la vida de la Iglesia" (Una Iglesia esperanzada..., 10).
2.2. Esperanza más allá de
las dificultades y en ellas. Signos de esperanza
Hombres de esperanza,
porque el Señor "estará con nosotros hasta el fin de los siglos"
16.- No soy pesimista;
como hombre de fe, no quiero ni tengo razón alguna para serlo; todo lo
contrario. Tampoco soy un radical ni un amargado de nuestro mundo actual, hecho
de hombres y mujeres concretos, de criaturas suyas, que es el que Dios nos ha
dado, en el que me ha puesto y nos ha puesto como regalo de su bondad dando
pruebas de su misericordia y de su gracia para conmigo y para con nosotros, y al
que amo apasionadamente con toda mi alma, porque sobre todo es querido por Dios.
Cierto, no quisiera en modo alguno inducir al derrotismo o a la decepción. Pero
parece como si se acercasen a los hombres de hoy "aquellos tiempos", a los que
se refería el Señor: "Cuando llegue el Hijo del Hombre, )encontrará todavía fe
en la tierra?".
Si señalo todo esto, que
también nos afecta a nosotros, es para precaveros y advertiros, para que estemos
atentos y como centinelas en la noche de una mañana que está más cerca de lo que
pensamos o adivinamos. Porque hay una certeza de la que vivo y de la que, sin
duda, también vivís vosotros: Jesucristo "no se ha bajado de la barca de la
Iglesia", ni ha la ha dejado y con ella a sus discípulos amados en la soledad de
tenérselas que ver sola con un mar proceloso, bravío y amenazante. Una y mil
veces sigue resonando ante nosotros las palabras del Señor que viene sobre las
aguas de las olas que rompen contra la Iglesia y la humanidad, a la que ha amado
y por la que se ha entregado sin reserva : "Soy yo, estoy aquí, con vosotros,
(no temáis, no os amedrentéis, ni os rindáis!, seguid bregando, (mar adentro! e,
incluso, aunque a algunos en estas circunstancias les resulte absurdo o inútil,
no dejéis de echar una y otra vez las redes; no os preocupéis de la barca, que
no se hunde, que estoy en ella, no os paréis para achicar el agua y resistir los
embates, navegad y seguid faenando".
Vivimos de la mayor de las certezas que es su promesa: "(Yo estoy con vosotros hasta el fin del mundo!". Es la certeza de su presencia lo que nos anima. Es la hora de la fe y de la esperanza que no defrauda. Esta hora que vivimos es la hora de Dios, en la que escuchamos la misma bienaventuranza que la Santísima Virgen María, escuchó de su prima Isabel: "(Dichosa tú que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá!". Y (tanto que se está cumpliendo en nuestros días!. Son muchas las señales que nos están indicando que El no está lejos de nosotros, que viene a nosotros, que nos habla y nos dice, como a Pedro, que vayamos a Él caminando sobre las aguas procelosas, que Él nos agarra de la mano y no deja que nos traguen y destruyan esas olas de la cultura dominante indigente de Dios, indigente de esperanza.
Signos de esperanza entre
nosotros
17.- Al comienzo me
refería a algunos de esos signos entre nosotros, en la diócesis de Toledo; ahí
están, como señal de que el Señor está con nosotros y cumple su promesa; también
entre nosotros, a pesar de nuestros pecados y fragilidades, de nuestras
infidelidades y torpezas, siguen siendo "cuantiosos los signos de fe y
testimonio" (EE 7); también entre nosotros, el Evangelio sige dando frutos en
los sacerdotes, personas consagradas y fieles cristianos laicos, en los
seminarios mayor y menor, en las comunidades parroquiales, en las asociaciones
de laicos, en las diferentes organizaciones apostólicas y, en particular, de la
Acción Católica, en la difusión de nuevos movimientos y nuevas realidades
comunidades eclesiales -algunos surgidos en nuestra propia diócesis-, en los
grupos de oración y apostolado, algunos sin nombres y otros con él, en los
distintos grupos y movimientos juveniles y en la pastoral, tal vez aún tímida,
llevada a cabo entre las familias (Cf EE 15).
Ahí tenemos también esa
muchedumbre de gentes buenas y fieles, cristianas de verdad, de nuestros pueblos
y ciudades, que viven su fe con autenticidad y silenciosamente, con raíces muy
profundas en su existencia, que esperan en Dios por encima de todo, que rezan y
enseñan a rezar; ahí tenemos tantos y tantos enfermos, que llevan su sufrimiento
con verdadero sentido cristiano y ayudan a Cristo a completar su pasión; o esas
monjas contemplativas entregadas en la oscuridad de la clausura por completo al
Señor por nosotros los hombres; o a muchos jóvenes, más de lo que parece,
alegres y dichosos, que buscan a Dios, que siguen a Jesucristo con verdadero
ánimo y esperanza, que te dicen que es el único que les llena, que se agolpan
junto al Papa porque les comprende y les quiere y les anuncia a Jesucristo sin
engaño u ocultamiento, o que van de peregrinaciones consumiendo todo un fin de
semana cuando podrían estar en la "movida" del viernes y sábado noche, o que
engrosan los grupos de parroquias o movimientos, y que encuentran en la Iglesia
lo que andan buscando y les sacia, jóvenes de hoy, modernos y con sus
fragilidades, como sus compañeros que están alejados, y que, sin embargo creen y
siguen con entusiasmo a Jesucristo. Todos esos, y muchos más, en nuestra
diócesis, como en toda la Iglesia, son un grandísimo signo de esperanza, un
aliento grande para todos. Son ellos, los que calladamente, sin hacer ruido a
veces, están llevando en el fondo a la Iglesia, y son garantía de frutos y
fecundidad, como la semilla que cae en tierra y se consume en ella. )Cómo vamos
a estar desesperanzados, si es inmensa la obra que Dios está llevando a cabo en
medio nuestro, aunque las apariencias o realidades emergentes y poderosas puedan
hacernos pensar otra cosa? Esas aparente pequeñas realidades son el fruto del
pequeño grano de mostaza donde crecerá la planta en que aniden las aves, como en
la parábola del Evangelio. En todo ese sustrato más fuerte de lo que creemos,
porque es la fuerza misma de Dios que ahí actúa, es donde tenemos que apoyarnos.
Anhelo de esperanza en el
corazón de todo ser humano. Signos del Evangelio en la vida de la sociedad
actual 18.- El mismo Papa que en su Exhortación sobre la "Iglesia en Europa" nos ofrece el diagnóstico que hemos referido, también nos habla de que es imborrable el anhelo de esperanza en cada hombre, que "el hombre no puede vivir sin esperanza", que su corazón continúa sintiendo dentro de sí una sed de felicidad que sólo Dios puede satisfacer ( Cf. EE.10), que "ningún ser humano puede vivir sin perspectivas de futuro; mucho menos la Iglesia, que vive de la esperanza del Reino que viene y que ya está presente en el mundo. Sería injusto no reconocer los signos de la influencia del Evangelio de Cristo en la vida de la sociedad" (EE 11). Entre otros signos, el Santo Padre nos recuerda "la recuperación de la libertad de la Iglesia en Europa del Este...; el que la Iglesia se concentre en su misión espiritual y en su compromiso de vivir la la evangelización incluso en sus relaciones con la realidad social y política; la creciente toma de conciencia de la misión propia de cada uno de los bautizados, con la variedad y complementariedad de sus dones; la mayor presencia de la mujer en las estructuras y en los diversos ámbitos de la comunidad cristiana" (EE 11). Tampoco en la comunidad civil, añade el Papa, "faltan signos que dan lugar a la esperanza : en ellos, aun entre las contradicciones de la historia, podemos percibir con una mirada de fe la presencia del Espíritu que renueva la faz de la tierra" (EE 12). Testigos de la fe cristiana en nuestra época. Mártires y santos de hoy
Pero "el gran signo de
esperanza <es el> constituido por los numerosos testigos de la fe cristiana que
ha habido en el último siglo, tanto en el Este como el Oeste. Ellos han sabido
vivir el Evangelio en situaciones de hostilidad y persecución frecuentemente
hasta el testimonio supremo de la sangre. Estos testigos especialmente los que
han afrontado el martirio, son un signo elocuente y grandioso que se nos pide
contemplar e imitar. Ellos muestran la vitalidad de la Iglesia; son para ella y
la humanidad como una luz, porque han hecho resplandecer en las tinieblas la luz
de Cristo" (EE 13). La sangre de más de treinta y seis millones de mártires de
la fe en el siglo XX no puede resultar estéril; siempre la sangre de los
mártires es semilla de nuevos y fuertes cristianos; os comparto la certeza y la
esperanza de que el siglo XXI será un siglo de gran vitalidad cristiana : veréis
cómo no me equivoco.
Estos testigos de la fe
cristiana de hoy son señal clara e inequívoca del cumplimiento de la promesa del
Señor, de su presencia viva en medio de nosotros y de la acción del Espíritu
Santo que él nos ha enviado como garantía de su presencia y de lo que el mismo
"Espíritu dice a las iglesias", es la "santidad de tantos hombres y mujeres de
nuestro tiempo. No sólo de los que han sido proclamados oficialmente por la
Iglesia, sino también de los que, con su sencillez y en la existencia
cuotidiana, han dado testimonio de su fidelidad a Cristo. )Cómo no pensar en los
innumerables hijos de la Iglesia que, a lo largo de la historia del Continente
europeo, han vivido una santidad generosa y auténtica de forma oculta en la vida
profesional y social?" (EE 14).
Son, sin duda, entre
nosotros, en nuestra diócesis de Toledo, los numerosos mártires del 36 una de
las señales más del cumplimiento de la promesa del Señor; a veces no sé si la
apreciamos suficientemente y sabemos percibir la voz del Espíritu a nuestra
Iglesia después de casi setenta años de aquel martirio; pero lo cierto es que
constituyen uno de los mayores signos de esperanza, de vitalidad eclesial, de lo
que Dios hace y quiere con su Iglesia hoy. Inseparables de ellos está esa
santidad vivida por tantos y tantos hijos de esta diócesis que, siendo o no
siendo proclamados beatos o santos, han vivido, y viven, "la conversión
realizada por el Evangelio", y, como "piedras vivas", unidas a Cristo "piedra
angular", han construido y construyen Toledo como edificio espiritual y moral,
dejando a la posteridad la herencia más preciosa (Cf . EE 14). 2.3. Tres señales de esperanza relevantes para el momento presente: Santa Teresa del Niño Jesús, Teresa de Calcuta, el Papa Juan Pablo II
2.3.1. Santa Teresita del
Niño Jesús
19.- Y en este sentido de
la santidad, no es para mí casual ni anecdótico, que dentro de un mes, los días
18, 19 y 20 de octubre recibamos en nuestra diócesis las veneradas reliquias de
Santa Teresa del Niño Jesús. Esta visita constituye una "caricia" de Dios a
nuestra iglesia diocesana, una manifestación de su gran misericordia para
nosotros, y una indicación de por donde necesitamos avanzar : por el camino de
la confianza de los hijos de Dios en el Padre de la misericordia, por el del
abandono y consagración a Él, por el de la búsqueda de su rostro en todo y el
del seguimiento de su rastro, por el camino de la caridad, y todo en ello, en
orden a la misión. Dios nos dice con esta visita a Toledo, que como Teresita,
seamos una iglesia misionera, que vayamos a las misiones, que evangelicemos,
que, por estar en el corazón de Dios viviendo su amor, vayamos a donde están los
hombres y les demos a conocer y gustar el amor inmenso con el que Dios nos ama.
"La gran santa de los tiempos modernos", viene a nosotros, en sus reliquias,
para derramar una lluvia de flores de santidad, de fe en Dios, de iniciativas
misioneras. (Un gran signo de esperanza!.
Viene a nosotros como
misionera, el día de las misiones Las reliquias de Santa Teresita, patrona universal de las misiones, -y ella con sus restos venerados-, vendrán a nuestra Catedral el mismo día en que la Iglesia entera celebra la Jornada mundial de las misiones, día del Domund, que, además coincidirá con la beatificación de Madre Teresa de Calcuta. No es casual esta coincidencia, es providencial, y, como tal, es un signo y una llamada de Dios a nuestra diócesis. Santa Teresita es misionera y viene como misionera, y Dios nos quiere una diócesis misionera. La pequeña santa de Lisieux es maestra del anuncio de la primera y de la nueva evangelización que empieza por el anuncio y testimonio gozoso del amor misericordioso y universal de Dios para todos sus hijos, al que ella mismo se ofreció como víctima de holocausto. Es este amor el alma de la misión; el amor que brota del "trato de amistad con Dios", continuado y sereno, y de la contemplación de "la santa Faz" de Jesucristo, en el que vemos y contemplamos el "rostro" de Dios, rico en misericordia y amor. Para animarnos a la misión
Sus reliquias nos visitan
para animarnos a la misión aquí en las tierras de nuestras diócesis, y más allá,
en las misiones, hasta todos los rincones de la tierra a los que somos llamados
y enviados; vienen hasta aquí para continuar siendo, como lo es
para toda la Iglesia,
animadora espiritual de la misión que contagia a todos el amor del Señor. La
pequeña y, al mismo tiempo, la gran Santa del carmelo teresiano de Lisieux, fiel
hija de su Santa Madre, desde el convento en una vida escondida con Cristo
vivida en la contemplación y en las bienaventuranzas, comunica a la Iglesia y al
mundo que Dios es Amor : como nos ha hecho una vez por todas e irrevocablemente
el Hijo único y ha dado testimonio la Iglesia asentada en los apóstoles que "lo
vieron y palparon".
En el centro de la Iglesia
el Amor : para anunciar y entregar el amor misericordioso de Dios Esa ha sido su vocación. Ese es el lugar que ella quiere ocupar en la Iglesia, el del amor; porque, como muy bien intuyó ella, la caridad es el "corazón" de la Iglesia. Y así lo comunica y lo grita a cada hombre : Está a la "mesa amarga" de los pecadores y de los incrédulos, y les comunica que Dios les quiere, que Cristo, amándolos hasta extremo, ha venido, ha muerto, ha resucitado y está junto al Padre con las llagas y el costado abierto intercediendo por ellos -por todos los hombres- y enviándoles el Espíritu de la verdad que los hace libres con la libertad de los hijos de Dios. Santa Teresita ha comprendido que el Amor encierra todas las vocaciones, que el Amor es todo, que abraza todos los tiempos y lugares. La carmelita a la que algunos muros separaban del mundo y a la que una enfermedad ha consumado en joven edad, ha encontrado el centro de la Iglesia, el punto para elevar y renovar la humanidad en una acción apostólica y misionera sin límites, porque la entrega, el testimonio y la difusión del amor, en efecto, no tiene fin. La joven hija de Santa Teresa de Jesús que, fiel a la Regla teresiana, no salió de su convento, ahora, en estos tiempos tan necesitados de misión, de una nueva evangelización, sale a todos los países para anunciar el Amor de Dios, su misericordia para los pecadores, y el camino de ser hijos, de hacerse y ser pequeños niños llenos de confianza en los brazos del Padre, y así en derramar esa "lluvia de rosas" que ella ya predijo. Ella, maestra como niña pequeña de confianza en Dios, joven, contemplativa y misionera, santa y maravilla de la gracia y de la misericordia divina, viene a nosotros, precisamente, unos meses después del Santo Padre que también nos alentó a esa confianza, que nos llamó a la santidad, que nos alentó a la interioridad y a la contemplación llevados de la mano de la Santísima Virgen María, que nos exhortó, una vez más, a la nueva evangelización dejándonos evangelizar, que se reunió especialmente con los jóvenes a los que dedicó toda una tarde y tuvo palabras y gestos inolvidables, y que nos convocó a nuestra gran y única vocación que es la de ser santos. Vendrán frutos fecundos para nuestra diócesis ¿Quién no ve en todo ello lo que Dios nos está diciendo? ¿Quién no percibe que es el mismo mensaje, la misma llamada? ¿Por qué Dios nos insiste de este modo y nos apremia? ¿No será que el momento que vivimos es urgente y apremia?. El viaje del Papa fue para Toledo, particularmente para los jóvenes de nuestra diócesis, un acontecimiento de gracia, cuyos frutos Dios conoce; también, si la acogemos y secundamos, la visita de las reliquias de Santa Teresita -y, con ellas, de ella misma, joven como ellos-serán con el auxilio divino y la intercesión de la pequeña Santa teresiana, un acontecimiento de gracia, "una lluvia de rosas", beneficiosa para toda la diócesis, en especial para los jóvenes. Que Dios nos conceda el que no dejemos pasar por alto este don del cielo, este acontecimiento de gracia, este paso del Señor. Como señaló, en su momento, el Comité Ejecutivo de la Conferencia Episcopal, "la presencia de las reliquias de Santa Teresa del Niño Jesús, va a ser sin duda una fuente de gracias. Ella, que, poco antes de su muerte anunció: " pasaré mi cielo haciendo bien en la tierra", derramará una lluvia de rosas" sobre las personas, comunidades y parroquias que se acercarán, esperamos que en gran número, para venerarlas y para pedir la Gracia. Nadie volverá de vacío, pues, lo mismo, que ocurrió con Jesús, muchas personas que se acercarán a la Santa pidiendo favores materiales, recibirán también otros favores en su espíritu... Estamos seguros de que la presencia entre nosotros de las reliquias de santa Teresa del Niño Jesús y de la Santa faz impulsará con fuerza la obra de la nueva evangelización; nos anunciará de nuevo la buena noticia de la misericordia divina; transmitirá a los jóvenes la sabiduría del Evangelio; renovará en los mayores el ardor primero de su bautismo; animará a los consagrados a profundizar en el seguimiento cercano de Cristo y a todos nos recordará lo único necesario : "amar al señor y hacerlo amar".
2.3.2. Madre Teresa de
Calcuta
20.- A algo muy semejante,
en este mismo comentario sobre los signos actuales de Dios y lo que la presencia
del Señor obra por el Espíritu Vivificador que lleva a la Iglesia, me conduce la
observación del signo de la beatificación de la Madre Teresa de Calcuta el
próximo 19 de octubre, día de las misiones. Sin duda, (otro gran signo de
esperanza!, ciertamente para toda la Iglesia, pero también, en concreto, para
esta Iglesia que está en Toledo, a la que ella fugazmente visitó en un 29 de
septiembre de 1982, y que se siente urgida a trasparentar y testimoniar el
Evangelio de la caridad en una nueva etapa de su historia, singularmente en
lugares de pobreza a través de su obra misionera.
La beatificación de Madre
Teresa una nueva llamada a la santidad Os confieso que, en lectura de fe, no puedo dejar de ver tanto la visita de Santa Teresita, como la beatificación de Madre Teresa, una llamada a nosotros a la santidad, a centrarnos en lo fundamental como ellas: la caridad y la contemplación, la interioridad y el amor, y el sentirnos enviados y ponernos en camino para la misión, en los lugares que Dios pida a esta diócesis -ciertamente Lurín y Toledo- y otros que nos muestre próximamente.
Visita de Madre Teresa a
nuestro seminario : mensaje para hoy Madre Teresa de Calcuta, la gran santa del Pontificado de Juan Pablo II y de la renovación conciliar llevada a cabo por el Espíritu Santo, cuando visitó Toledo sólo fué a un lugar : a nuestro seminario, que es el corazón de nuestra diócesis, y, por supuesto, lo más preciado de ella, su gran señal de renovación conciliar y el gran regalo de Dios a la diócesis de los tiempos actuales. No podemos dejar de recordar en estos momentos que sobre todo se dirigió a los seminaristas, futuros sacerdotes, estuvo con ellos, con los sacerdotes del mañana y, en ellos y con ellos, habló a todo nuestro presbiterio llamado a ser el de los sacerdotes de ese mañana nuevo que reclama la nueva y apremiante evangelización, aquí y donde la Iglesia los requiera.
Dijo cosas como éstas que
hablan hoy por sí solas: "La gente hoy, está tan ocupada que no tiene tiempo
para sonreírse unos a otros. Por eso necesitamos orar unidos, y la oración es el
principio y el comienzo del amor. Enseñad, por favor, a orar a la gente. Cuando
fuimos a México a abrir la casa, visitamos las familias más pobres de la zona.
Ellos, que no tenían absolutamente nada en la casa, lo único que pidieron fue,
todas las familias nos pidieron :'por favor, enséñanos la Palabra de Dios'.
Aunque no tenían nada en la casa nos pidieron la Palabra de Dios. Tenían hambre
de Dios, y esto es lo que descubro por todos los países. Hoy las Hermanas tienen
casas en 52 países y hay esa tremenda hambre de Dios. Por eso vosotros, que vais
a ser sacerdotes, creced en ese profundo ser uno con Jesucristo..., Cuando nos
rendimos completamente a Jesucristo, también nosotros hemos de llegar a ser uno
con Jesucristo. Y eso es la santidad; que es algo para vosotros y para mí. La
grandeza de la santidad que se le pide a los sacerdotes, les exige ser capaces
de perdonar los pecados, de convertir el pan corriente en Pan de Vida.(Qué santo
y qué puro ha de ser el corazón del sacerdote!. En el último Sínodo que asistí
sobre la Familia, le pedí al Santo Padre: 'Deme, por favor, santos sacerdotes,
porque si nos da santos sacerdotes, nosotras religiosas, y las familias que
atendemos, serán santas'. Necesitamos santos sacerdotes que nos lleven a
Jesucristo, que nos enseñen a amar a Jesucristo. Porque si estáis enamorados de
Jesucristo seréis capaces de amaros los unos a los otros, y habrá paz; porque
las obras del amor, son obras de paz... Estad enamorados de Jesucristo en la
Eucaristía. Porque Jesucristo se hizo Pan de Vida para darnos la Vida, para
satisfacer nuestro amor hacia Él. Y entonces Él mismo se hizo hambriento para
que vosotros y yo seamos capaces de satisfacer su hambre de nuestro amor. Por
eso los pobres son el regalo de Dios hacia nosotros. Espero que cuando lleguéis
a ser sacerdotes, profundicéis vuestro amor a Jesucristo amando a los pobres, y
que se sientan reconocidos y amados en toda su dignidad de personas e hijos de
Dios".
Sin comentarios; pero eso
sí: Dios nos llama y alienta nuestra esperanza en estos tiempos precisamente por
Teresa de Calcuta, que será puesta como enseña luminosa para la humanidad
entera, también para nuestra diócesis, a la que ella visitó en este mismo mes de
septiembre hace veintiún años, sobre todo para los sacerdotes y seminaristas en
quien escuchamos la llamada apremiante a ser santos, muy santos, pues así habrá
una Iglesia de la caridad, que no pase de largo de los pobres más pobres.
Llamados a querer y servir a los más pobres
En madre Teresa de Calcuta
la caridad de Cristo, el infinito amor con que El nos ha amado hasta el extremo
ha llegado a nosotros y lo hemos visto de manera palpable. Fue un aire fresco de
vida su paso por esta tierra, calcinada frecuentemente por el hambre, el
desprecio de la vida, la muerte violenta, y la cerrazón de las entrañas ante la
miseria de esa inmensa muchedumbre de hermanos nuestros que son considerados
deshecho de nuestras ciudades. Las gentes extenuadas, los pobres más pobres, los
niños de las calles han visto en ella algo singular. Todo el mundo lo ha visto.
Todo el mundo la admira. Porque hay en ella un rayo de luz y de esperanza, una
frescura de vida, una ternura que levanta. La ternura de Dios, la luz de su
presencia, la esperanza de su amor, la entrega infinita de su vida por nosotros,
por los últimos y desheredados de la tierra. La madre Teresa de Calcuta ha sido y es un don de Dios a la humanidad entera en su Iglesia; es signo y presencia del Evangelio vivo del amor de Dios, que se ha acercado a nosotros en una carne de sufrimiento en su propio Hijo; más aún, que se ha hecho esa carne y ha tomado sobre sí todo sufrimiento y toda pobreza y ha manifestado cómo Dios ama al hombre, hasta el extremo. Esta religiosa, consagrada al Señor -no lo olvidemos-, con una de alta e intensa oración y contemplación es testigo viviente de Jesucristo, el Buen samaritano que no pasa de largo, sino que se acerca a todo hombre maltrecho, tirado en la cuneta y despojado, para curarle y cargarlo sobre su propia cabalgadura y conducirlo donde hay calor y cobijo de hogar. Enraizada en el amor de Dios, conducida por El mismo, ha ido a donde se le puede encontrar: en su Hijo crucificado y pobre, y así, en los leprosos, los hambrientos, los moribundos en las calles, los sin techo, los inocentes eliminados antes de nacer¼, ese larguísimo viacrucis o calvario donde El sigue crucificado. El amor, la caridad, la misericordia, la compasión es señal y presencia de la luz que es Cristo, a quien los hombres buscan a veces sin saberlo, como han buscado a esta mujer que ha vivido con las mismas entrañas de misericordia que su Maestro.
Signo de que Dios es Dios,
de su cercanía, de su amor Esta mujer menuda y grande ha sido y es un indicativo esplendoroso de que Dios es Dios, Dios-con-nosotros; ella ha sido y es recuerdo hecho carne para todos de que al atardecer de la vida seremos juzgados del amor; es afirmación de que la caridad es lo primero y principal que permanece para siempre; es cercanía de Dios que es amor, al que se le conoce cuando se ama a los demás, con amor preferencial por los más pobres y despreciados: como El.
El mundo necesita signos
como Madre Teresa
De estos signos, que todos
entienden, sobre todo los sencillos, necesita la humanidad. Ahí se muestra cómo
el Evangelio vivo, el Evangelio de la caridad, Jesucristo, es creíble, porque es
la única esperanza, el verdadero amor y la fuente de alegría para todos: para
los que pasan hambre, los encarcelados, los enfermos, los que carecen de cobijo,
los desnudos y despojados, los inocentes no nacidos amenazados de muerte en el
seno materno...los más pobres. El es Dios con los hombres y para los hombres: es
Amor. Teresa de Calcuta nos recuerda que nuestra vocación de hombres es ir por
toda la tierra y abrazar los corazones de los hombres, hacer lo que hizo el Hijo
de Dios que vino a traer fuego al mundo para inflamarle con su amor. Ella es un
gran signo por el que se conoce a Jesucristo y a sus discípulos: "En esto
conocerán que sois discípulos míos: en que os amáis unos a otros como yo os he
amado". Verdadera enseña de la nueva humanidad hecha de hombres y mujeres nuevos
con la novedad del bautismo y de la vida conforme al Evangelio. Signo de Dios
que es Amor.
2.3.3. El Papa Juan Pablo
II
Veinticinco años en el
servicio de Pedro. Su debilidad hoy es el signo más elocuente de su pontificado
21.- Pero también, Dios
nos hace presente y nos ofrece ese otro gran signo para nosotros que es el Papa
Juan Pablo II, en todo su prolongado y fecundo pontificado, que el próximo 16 de
octubre verá cumplidos veinticinco años. Ese gran signo Dios nos lo ha hecho
brillar de manera singular, por paradógico que parezca, en el viaje a Eslovaquia
apostólico a Eslovaquia y en el tiempo posterior a este viaje apostólico: uno
viaje más, misionero incansable. Fue impresionante el signo de Dios a través del
Santo Padre a su llegada, en el aeropuerto, a aquel país: su quedarse como mudo,
y sin fuerzas, es para que sólo Dios hablase, para que se vea que la fuerza de
Dios se muestra en la debilidad, para que se vea que es Dios quien lleva a su
Iglesia y la sostiene, que nos basta su gracia. Un hombre testigo de la cruz,
que no se baja de ella, que muestra así el poder del Resucitado. Un Pastor que
ama a su Señor, de verdad le ama, como pocos, y que apacienta a su rebaño hasta
que le quede el último resuello. Un apóstol que le apremia el amor de Cristo y
de los hombres, que es consciente de lo que está pasando en el mundo, en Europa,
y a qué negro futuro se aboca una sociedad que renuncie a las raíces, que le
pueden dar vigor: las raíces de Cristo. Un discípulo responsable de Jesús, que
le sigue con la cruz, que se niega a sí mismo, que lo vende todo por él y por ir
a donde El le envíe, sin alforja y sin ningún poder, con la sola fuerza del
testimonio que afirma que vive y que sólo en El y sólo sobre Él se puede
edificar una humanidad nueva. El signo de aquella escena de su llegada a
Eslovaquia -como los días que le han seguido- nos muestra que es tan grave y
dramática la situación que Europa vive, intentando caminar como si Dios no
contara para su futuro, que el Papa arriesga todo, su vida y su frágil salud,
para recordar y pedir la vuelta a sus raíces cristianas, que Europa, que el
mundo, que todos los hombres vuelvan a Dios, esperanza y futuro único para todos
los pueblos. Su imagen como inmóvil y sin habla ha sido la gran y elocuente
palabra que ha llegado desde allí a todos los rincones. Nos ha dicho lo más
importante: "Sólo Dios basta", "para Dios nada hay imposible".
Su última visita a España
en los primeros días de mayo
Su mismo viaje a España,
en el que de manera tan activa, numerosa, creyente y eclesial, ha participado
nuestra diócesis de Toledo, es otra señal clara e inequívoca de lo que Dios dice
a la Iglesia, y , en concreto, a nosotros que peregrinamos por estas tierras.
Uno de los signos de la presencia Señor entre nosotros y de la acción del
Espíritu es la alegría y la paz, y aquel fin de semana de la última visita del
Santo Padre a España fue una corriente viva y vigorosa de un gozo y una
esperanza que nada ni nadie nos puede arrebatar. Además de ser un grandísimo
regalo de la misericordia de Dios, una jornada histórica, que no quedará
únicamente en nuestro recuerdo, todo el viaje tuvo, así lo veo, un gran valor de
signo para la Iglesia en España, para nosotros.
La vigilia con los jóvenes
en Cuatro Vientos, la canonización de cinco santos españoles en Plaza de Colón
de Madrid - y (qué santos!- , con sus palabras respectivas, el saludo y discurso
de llegada, la despedida en Barajas, su actitud con nuestros Reyes, con los
Obispos, con los gobernantes, sus traslados por las calles de Madrid, ..., todo
tuvo un alto significado religioso y un valor de signo de muy largo alcance. Por
eso la memoria de este viaje apostólico no sólo seguirá viva en nuestro
agradecimiento o en el gran significado religioso que ha tenido, sino también en
el hondo y alentador mensaje que nos ha legado el que ha venido a nosotros como
hombre de fe, testigo de esperanza, heraldo del Evangelio y mensajero de paz,
Vicario de Cristo, signo vivo de la presencia de Jesucristo entre nosotros y del
cumplimiento de su promesa.
Algunos mensajes de esta
visita
El Santo Padre, entre
otras cosas, nos dejó a los católicos españoles la insistente exhortación a
mantener y avivar el rasgo más sobresaliente de nuestra identidad:"(No rompáis
con vuestras raíces cristianas! Sólo así seréis capaces de aportar al mundo y a
Europa la riqueza cultural de vuestra historia"; "así contribuiréis mejor a
hacer realidad un gran sueño: el nacimiento de la nueva Europa del espíritu, una
Europa fiel a sus raíces cristianas"; "sois depositarios de una rica herencia
espiritual que debe ser capaz de dinamizar vuestra vitalidad cristiana".
Cuando el Papa nos hablaba
de esta manera no era para quedarnos ahí en el recuerdo de un ayer que pasó,
sino para evocarnos que esas raíces profundas de nuestra identidad como pueblo
son para el momento presente estímulo para ofrecer a este pueblo el ejemplo a
proseguir y mejorar en el futuro. "Tenemos aquí marcado el camino para una
auténtica renovación de la Iglesia, para una nueva primavera de santidad y de
vida cristiana... La savia del catolicismo que a lo largo de nuestra historia ha
generado tantas vidas heroicas y ha aportado a la Iglesia universal tantos
frutos de cultura, de evangelización y de servicio al hombre, sigue latiendo en
las raíces más profundas de nuestra personalidad e identidad cultural. Preciso
es ahora reconocer esa rica savia, apreciarla y avivarla, de modo que robustezca
la vida interior de nuestras comunidades y produzca en nuestras diócesis frutos
nuevos de dinamismo pastoral y audacia evangelizadora en los inicios de este
nuevo Milenio, para gloria de Dios y plenitud del hombre" (Comité Ejecutivo de
la Conferencia Episcopal).
Por eso, en el momento
preciso que estamos viviendo, en nuestro actual contexto histórico-social no
exento de tensiones y con grandes retos para nuestro porvenir, tienen total
vigencia y recobran si cabe una fuerza especial, aquellas otras palabras que en
el año 1982 nos dirigió el Papa : "es necesario que los católicos españoles
sepáis recobrar el vigor pleno del espíritu, la valentía de una fe vivida, la
lucidez evangélica iluminada por el amor profundo al hermano. Para sacar de ahí
fuerza renovada que os haga siempre infatigables creadores de diálogo y
promotores de justicia, alentadores de cultura y elevación humana y moral del
pueblo. En un clima de respetuosa convivencia con las otras legítimas opciones,
mientras exigís el justo respeto a las vuestras". Es un mensaje de una
actualidad total para todos los católicos españoles.
Toledo, sé tú misma,
vuelve a encontrar tus raíces
Reavivar nuestras raíces
cristianas, cultivar la educación de la fe, que es nuestro mejor patrimonio,
dirigir nuestra mirada a Jesucristo, impulsar una nueva evangelización son un
legado que nos ha dejado el Papa en esta visita. Muy bien podemos resumir este
legado, reasumiendo como dirigido a nosotros el mensaje que dirigió, desde
Santiago de Compostela, a toda Europa, retomando sus palabras; "un grito lleno
de amor" parece que sigue llegándonos hoy a Toledo de parte del Papa : (Toledo,
"vuelve a encontrarte. Sé tú misma. Descubre tus orígenes. Aviva tus raíces.
Revive aquellos valores auténticos que hicieron gloriosa tu historia". Y si no
aquellas palabras en el rezo del "Regina Coeli", al finalizar la Misa de
canonización : "Sois depositarios de una rica herencia espiritual que debe ser
capaz de dinamizar vuestra vitalidad cristiana, unida al gran amor a la Iglesia
y al Sucesor de Pedro".
El camino y la escuela de
María
Para que esto sea posible,
el Papa nos indicó también un camino que no falla, el camino de María. España y
Toledo de manera muy particular por tantos motivos, desde san Ildefonso a
Guadalupe, es "tierra de María". Por eso el Papa, dirigiéndose -nada menos que a
los jóvenes- nos dijo a todos que necesitamos acercarnos y "formar parte de la
Escuela de María. Ella es modelo insuperable de contemplación y ejemplo
admirable de interioridad fecunda, gozosa y enriquecedora". Así es como
contribuiremos al "nacimiento de la nueva Europa del espíritu. Una Europa fiel a
sus raíces cristianas, no encerrada en sí misma, sino abierta al diálogo y a la
colaboración con los demás pueblos de la tierra; una Europa consciente de estar
llamada a ser faro de civilización y estímulo de progreso para el mundo,
decidida a aunar sus esfuerzos y creatividad al servicio de la paz y de la
solidaridad entre los pueblos".
Un camino, una consigna :
"Toledo evangelizada, Toledo evangelizadora"
No podemos dejar de citar
aquí sus últimas palabras en la plaza de Colón : "Nos encontramos en el corazón
de Madrid, cerca de grandes museos, bibliotecas y otros centros de cultura
fundada en la fe cristiana, que España, parte de Europa, ha sabido luego ofrecer
a América con su evangelización y después a otras partes del mundo. España
evangelizada, España evangelizadora ese es el camino. No descuidéis nunca esa
misión que hizo noble a vuestro País en el pasado y es el reto intrépido para el
futuro. Gracias a la juventud española, que ayer vino tan numerosa para
demostrar a la moderna sociedad que se puede ser moderno y profundamente
cristiano. Ellos son la gran esperanza del futuro de España y de la Europa
cristiana. El futuro les pertenece".
Estas palabras, en efecto,
el Papa las dirigió a toda España, pero, )no tienen un eco especial y una fuerza
singular si las vemos dirigidas a Toledo, ciudad e Iglesia que tanto tiene que
ver con la cultura, que cuenta con un patrimonio cultural inigualable y que, a
lo largo, de los siglos ha contribuido tanto en esas raíces cristianas de
nuestra cultura, y que no puede dejar de escuchar su vocación a generar cultura
hoy sobre esas mismas raíces?)No está vinculada Toledo por lazos muy especiales
con la gran gesta de la evangelización de América y escucha en el momento
presente con fuerza irresistible a que la prosiga hoy con nuevas iniciativas?.
Con qué fuerza resuena en mis oídos de Arzobispo de Toledo esas palabras del
Papa, y más después de mi visita a los sacerdotes misioneros de nuestra diócesis
en Lurín, de Perú: "No descuidéis nunca esa misión".)Quién no escucha desde aquí
ese mensaje dirigido a los jóvenes, que no sólo estuvieron presentes en la
visita del Papa en Madrid, sino que se ve cómo Dios hace brotar en nuestra
diócesis una pastoral de los jóvenes a través de diversas iniciativas, que nos
piden a todos que les propiciemos nuevas energías y trabazón? Son los jóvenes,
en efecto nuestra gran esperanza, "el futuro les pertenece"; por eso sentimos la
llamada a hacer posible que ese futuro sea de ellos.
Todo se resume en esa gran
llamada dirigida a nuestra diócesis: "Toledo evangelizada, Toledo
evangelizadora, ése es el camino". Ése es el camino que Dios nos abre en las
puertas del Nuevo Milenio y ante un nuevo curso, con toda su novedad y la
llamada siempre perenne a anunciar la novedad siempre nueva del evangelio y a
que, con la fuerza Espíritu vaya surgiendo y consolidándose una humanidad nueva,
siempre en continuidad con lo que nos ha precedido, y en fidelidad a lo que Dios
nos pide; es el camino que con tanta decisión como confianza está siguiendo el
Papa desde el comienzo de su pontificado y a lo largo de su vida.
La visita del Papa a
Toledo en 1982
)Quién no recuerda detrás
de todo esto aquel otro viaje que él hizo a nosotros cuando nos visitó en 1982,
en Toledo? "La sede de Toledo, dijo en aquellos momentos, es lugar propicio para
este encuentro < de los fieles cristianos laicos de España>, por estar
íntimamente vinculada a momentos importantes de la fe y de la cultura de la
Iglesia en España. No podemos olvidar los concilios Toledanos, que supieron
encontrar fórmulas adecuadas para la profesión de la fe cristiana en sus
fundamentales contenidos trinitarios y cristológicos. Toledo fue un centro de
diálogo y de convivencia entre gentes de raza y religión distintas. Fue también
encrucijada de culturas que desbordaron las fronteras de España, para influir
poderosamente en la cultura del Occidente europeo. Es ciudad de gran tradición
cristiana, reflejada en sus monumentos artísticos y en la expresión pictórica de
artistas de talla universal, como el Greco. Estos valores tradicionales siguen
influyendo positivamente en la vida del pueblo toledano, que mantiene el
recuerdo de sus grandes pastores medievales, como san Eugenio y san Ildefonso.
Es la memoria de una tradición que se alarga a través de muchas generaciones de
cristianos que se han extendido por todo el país y han participado en generosos
movimientos misioneros en otros continentes". Y añadió más adelante, entre otras
cosas referidas a los laicos : "Los laicos católicos, en sus tareas de
intelectuales y de científicos, de educadores y de artistas, están llamados a
crear de nuevo, desde la inmensa riqueza cultural de los pueblos de España, una
auténtica cultura de la verdad y del bien, de la belleza y del progreso, que
pueda contribuir al diálogo fecundo entre ciencia y fe, cultura cristiana y
civilización universal". Finalmente, desde aquí, desde Toledo, hizo la siguiente
llamada : "No existe, no puede existir apostolado alguno (tanto para los
sacerdotes como para los seglares) sin la vida interior, sin la oración, sin una
perseverante aspiración a la santidad...(Estáis llamados todos a la
santidad!...florezcan ahora, en la época de la renovación eclesial del Vaticano
II, nuevos testimonios de santidad, especialmente entre los seglares de España".
)No tiene que ver esta llamada a la santidad dirigida a los seglares con la
necesidad de santidad de los sacerdotes para que los laicos puedan seguir este
camino en el mundo de hoy, como recordábamos antes con palabras de Madre Teresa
de Calcuta?.
Tres signos para hoy, que
marcan el camino a seguir en Toledo
22.- Tres signos para hoy
: Teresa del Niño Jesús, Teresa de Calcuta, el Papa Juan Pablo II. No son
casuales para nosotros ni son unos signos más, en Toledo. Con esta coincidencia
algo, mucho, nos está diciendo el Señor. Tres testigos de esperanza, testigos
del Señor, que el Espíritu nos ofrece hoy para animarnos a que como ellos,
también nosotros, los católicos de Toledo, perdido todo complejo y desechado
todo miedo, con vitalidad y vigor renovados, seamos "testigos de Jesucristo".
Porque Jesucristo que vive, el Hijo de Dios venido en carne, concebido y nacido
de Santa María siempre virgen por obra y gracia del Espiritu Santo, crucificado
y resucitado de entre los muertos, es el gran Signo de Dios, el cumplimiento de
sus promesas, fuente de toda esperanza.
2.4.- La Virgen María,
esperanza nuestra, gran Signo de Dios para nosotros
Al finalizar el Año del
Rosario y en el Año Jubilar Guadalupense
23.- La Virgen María, como
nos recuerda el Papa en su Exhortación sobre la "Iglesia en Europa", evocando el
texto del Apocalipsis de "la mujer, el dragón, y el niño" es también, para
nosotros, al comenzar un nuevo curso en los momentos actuales una gran señal de
esperanza : "María se nos presenta como figura de la Iglesia que, alentada por
la esperanza, reconoce la acción salvadora y misericordiosa de Dios, a cuya luz
comprende el propio camino y toda la historia. Ella nos ayuda a interpretar
también hoy nuestras vicisitudes bajo la guía de su Hijo Jesús. Criatura nueva
plasmada por el Espíritu Santo, María hace crecer en nosotros la virtud de la
esperanza" (EE 125). Si traigo a colación en este lugar a la Santísima Virgen
María, no sólo es en razón de que Ella es, como la invocamos en la oración de la
Salve, "esperanza nuestra", "Madre de la esperanza", sino también en razón de
que vamos a finalizar pronto el Año del Santo Rosario y de que estamos en plena
celebración del Año Jubilar Guadalupense, con ocasión del 75 aniversario de la
coronación canónica de la Virgen de Guadalupe.
El Año del Rosario
Estas celebraciones
marianas, aunque tal vez más de uno piense que me paso de providencialista, no
son para mí algo circunstancial. El Espíritu, a través de esta coincidencia,
también nos está diciendo, nos está hablando a la Iglesia que está en Toledo. El
Santo Rosario, en efecto, "en su sencillez y profundidad sigue siendo también en
este tercer Milenio apenas iniciado una oración de gran significado, destinada a
producir frutos de santidad. Se encuadra bien en el camino espiritual de un
cristianismo que, después de dos mil años, no ha perdido nada de la novedad de
los orígenes, y se siente empujado por el Espíritu de Dios a 'remar mar adentro'
((Duc in altum!), para anunciar, más aún, 'proclamar' a Cristo al mundo como
Señor y Salvador, 'el Camino, la Verdad y la Vida' (Jn 14,6), 'el fin de la
historia humana, el punto en el que convergen los deseos de la historia y de la
civilización'"(RVM, 1)
El Año Jubilar
Guadalupense
Como os decía en nuestra
Carta Pastoral anunciando y convocando a la celebración del Año Jubilar
Guadalupense : "Que la Virgen María nos muestre a Jesús, y eso nos basta; porque
eso es lo que los hombres de todos los tiempos necesitamos, de manera muy
particular en los tiempos difíciles que corremos. Para eso convocamos este Año
Jubilar : para que, acercándonos a María, nos acerquemos a Jesús; para que Ella
nos lleve a conocer, amar y vivir a Jesucristo, su Hijo, a guardar su Palabra,
y, así, Dios, el Padre, y el Hijo, vengan a nosotros y pongan su morada en
nosotros, como la pusieron en la misma Virgen María, con el Espíritu Santo. Que
la Madre de Dios nos lleve y muestre a Jesús, para que en Ella y por Ella
contemplemos el rostro del Hijo de sus entrañas purísimas, pensemos, sintamos y
amemos como Él; que obremos como Él, que conformemos nuestra vida con la suya.
Ahí, y sólo ahí, tendremos la salvación que esperamos, la dicha que anhela
nuestro cansado corazón, el consuelo y el aliento del que andamos tan
necesitados en el camino de la vida. (Necesitamos de Jesús!".
La Virgen de Guadalupe nos
invita a volver a Jesús
De eso se trata con este
Año Jubilar Guadalupense: de volver a Jesús, fruto bendito del bendito vientre
de María, de no apartarnos ni distanciarnos de Él, "el mismo ayer, hoy y
siempre". Como rememorando y actualizando, para que no se pase al olvido todo lo
que significó el Gran Jubileo del 2000 : volver la mirada a Jesús, de nuevo,
siempre, mantenerla fija en Él y proseguir el camino de Jesucristo sin
retirarnos de él, no pararse ni cansarse "en la obra de renovación y
revitalización que el Espíritu Santo está impulsando por doquier, como hemos
podido apreciar, entre otros, en el Concilio Vaticano II, en nuestro Sínodo
diocesano, en el Gran Jubileo del 2000, en el florecimiento de vocaciones
sacerdotales, en los grupos de juventud que están emergiendo con fuerza y
alegría, y en la última visita del Santo Padre a España". Para esto, entre otras
cosas, ha sido convocado providencialmente el Año Jubilar Guadalupense : para
que prosiga y sedimente el paso del Señor entre nosotros en la última visita del
Papa a España, como indicamos en la aludida Carta Pastoral que, juntos, os
dirigimos nuestro muy querido Obispo Auxiliar -ahora Obispo de Córdoba-, D. Juan
José Asenjo, y un servidor (Cf. Carta Pastoral en el 75 aniversario de la
Coronación de Nuestra Señora de Guadalupe, ll de mayo, 2003, nn, 4, 8-10)
La Virgen de Guadalupe nos
evoca nuestras raíces cristianas y nos impulsa a la misma obra de evangelización
del siglo XVI en el Nuevo Mundo, llevada a cabo en nombre de Diosy Santa María La Virgen de Guadalupe nos evoca, por lo demás, nuestras raíces cristianas, las raíces cristianas de España; es el primer santuario mariano nacional, donde desde el siglo XIII toda España, sus reyes y sus gentes sencillas, se ha postrado y acude a lo largo de siglos para venerar la sagrada imagen de la Virgen de Guadalupe; es un signo de la unidad de los pueblos de España en torno a la fe cristiana, como Toledo misma a partir del III, Concilio toledano, y, por ello, una llamada a reavivar las raíces más propias de nuestra tierra. No deja de ser significativo, además, que "el santuario mariano de Guadalupe de la tierra española esté tan ligado a la obra de España y de la Iglesia en América, a la fe de las tierras hermanas de América, a la devoción tan entrañable a la advocación del mismo nombre, "Guadalupe", de las tierras mejicanas; la invocación en tantas partes del mundo, y por parte de tantos pueblos, a la Virgen María en la advocación común de Guadalupe, en unidad de sentimientos y corazones constituye otro hecho más a tener en cuenta, que también nos habla en este Año Jubilar. )No querrá el Señor decirnos algo significativo con esto?)No se tratará, acaso, de una llamada fuerte a la diócesis toledana a renovar en nuestros días la gran empresa misionera y evangelizadora de otros tiempos, a ser cada día más evangelizada y evangelizadora?)No sentimos tal vez ahí la llamada a la unidad con los pueblos de América y a la solicitud por aquellas iglesias hermanas?" (Carta Pastoral en el 75 aniversario..., 11).
La Virgen María, en su
advocación de Guadalupe, ciertamente, fué la estrella de aquella gran epopeya
que llevó la luz de Cristo a las tierras de América. En el nombre de Dios y de
Santa María se inicio aquel venturoso camino para la difusión del Evangelio y en
su nombre se llevó a cabo y se hizo posible. También la gran gesta de
evangelización a la que estamos llamados hoy se realizará en el nombre y con el
auxilio de la Virgen María, contenido, finalidad, estructura y método,
"estrella", de la nueva evangelización, porque por Ella, dócil a Dios, y por
obra del Espíritu Santo se nos ha dado a Jesucristo, Evangelio vivo de Dios.
2.5. El gran signo,
primero y principal, para nuestra esperanza hoy, ayer y siempre : Jesucristo
Mirar y mostrar a
Jesucristo
23.- Todo ha de apuntar a
Jesucristo, no podemos mirar a otro que a Jesucristo, no podemos dejar de
mostrar a Jesucristo. Como señala el Papa, una vez más, en esa reconfortadora
Exhortación sobre la "Iglesia en Europa", "se ha consolidado la certeza, clara y
apasionada, de que la Iglesia ha de ofrecer a Europa el bien más precioso y que
nadie más puede darle : la fe en Jesucristo, fuente de la esperanza que no
defrauda, don que está en el origen de la unidad espiritual y cultural de los
pueblos europeos, y que todavía hoy y en el futuro puede ser una aportación
esencial a su desarrollo e integración. Sí, después de veinte siglos, la Iglesia
se presenta al principio del tercer milenio con el mismo anuncio de siempre, que
es su único tesoro: Jesucristo es el Señor; en Él y no en ningún otro, podemos
salvarnos. La fuente de esperanza, para Europa y el mundo entero, es Cristo, y
la Iglesia es el canal a través del cual pasa y se difunde la ola de gracia que
fluye del Corazón traspasado del Redentor" (EE 18).
Todo debe conducir a
Jesucristo, nuestro único Señor y Salvador
En los tiempos que se nos
ha dado vivir, y siempre, todo debe conducirnos a Jesucristo, a acogerle, a
dejar que su gracia y su salvación, su obra redentora actúen en nosotros, y nos
transformen, y nos cambien, y nos renueven y nos hagan ser hombres y mujeres
nuevos; todo debería conducirnos a contemplar su rostro y escuchar su palabra,
como su Santísima Madre o como María la hermana de Lázaro, y así conocerle y
seguirle en la vida como la pauta inspiradora de nuestra conducta individual,
familiar y social y pública, el único programa válido para la renovación de la
humanidad y de la sociedad de nuestro tiempo. Todo debería conducirnos a unirnos
con él, pues Él es "nuestro único maestro que debe instruirnos, nuestro único
Señor del que debemos depender, nuestra única Cabeza a la que debemos permanecer
unidos, nuestro único modelo al que debemos conformarnos, nuestro único medico
que debe curarnos, nuestro único pastor que debe alimentarnos, nuestro único
camino que debe conducirnos, la única verdad que debemos creer, la única vida
que debe vivificarnos y nuestro único todo, en todas las cosas, que debe
bastarnos" (San Luis María Grignion de Monfort), nuestra única esperanza que
debe alentarnos.
Jesucristo, nuestra
esperanza. (Abrámonos a Él!
"Jesucristo, el Verbo de
Dios que está en el seno del Padre desde siempre, es nuestra esperanza porque
nos ha amado hasta el punto de asumir en todo nuestra naturaleza humana, excepto
el pecado, participando de nuestras vidas para salvarnos" (EE 19). El es la
fuente de agua viva de la que vivimos y de la que vive la vida de la Iglesia, de
lo que es la Iglesia, y de lo que nosotros, en esta hora de la historia y del
mundo, podemos ofrecer y dar al mundo. "La confesión de esta verdad está en el
centro de nuestra fe" (EE 19), porque es el contenido y la sustancia viva de lo
que creemos con fe cierta. Jesucristo, aquél a quien confiamos nuestras vidas
porque somos testigos de que "es el único mediador y portador de la salvación
para la humanidad entera : sólo en Él la humanidad, la historia y el cosmos
encuentran su sentido positivo definitivamente y se realizan totalmente; Él
tiene en sí mismo, en sus hechos y en su persona, las razones definitivas de la
salvación; no sólo es un medidor de salvación, sino la fuente misma de la
salvación" (EE 20).
Abrámonos a Jesucristo,
como nos invita una y mil veces el Papa, abrámonos constantemente con confianza
a Él y dejémonos renovar por él, "anunciando con el vigor de la paz y el amor a
todas las personas de buena voluntad, que quien encuentra al Señor conoce la
Verdad, descubre la Vida y reconoce el Camino que conduce a ella. Por el tenor
de la vida y el testimonio de la palabra de los cristianos, los hombres de hoy,
los que están lejos o alejados de la fe, los que no creen, los que pertenecen a
otras religiones, los indiferentes y los escépticos, podrán descubrir que Cristo
es el futuro del hombre."En efecto, en la fe de la Iglesia, 'no hay bajo el
cielo otro nombre dado a los hombres por el que debamos salvarnos' (He 4,12)"
(EE 20).
Jesucristo, la única
respuesta a las grandes cuestiones del hombre y del mundo
Esto que, tal vez hace
unas décadas se podía dar por supuesto, hoy es necesario afirmarlo una y otra
vez, porque los hombres tendemos a saciar la sed de nuestro corazón y de nuestra
vida en todo aquello a lo que el mundo nos invita como propuesta de felicidad.
La única respuesta a esa sed profunda se llama Jesucristo. La única medicina
para el desconcierto y el desasosiego que muchas veces paraliza, bloquea y llena
de miseria el corazón humano es Jesucristo. "Para los creyentes, Jesucristo es
la esperanza de toda persona porque da la vida eterna < que es donde está la
total, plena y eterna felicidad>. Él es la 'palabra de vida' (Jn 1,1), venido al
mundo para que los hombres 'tengan la vida y la tengan en abundancia' (Jn
10,10). Así nos enseña cómo el verdadero sentido de la vida del hombre no queda
encerrado en el horizonte mundano, sino que se abre a la eternidad" (EE 21).
Mirando a Cristo es como nosotros y todos los hombres, nuestros contemporáneos y
amigos, nuestros familiares y vecinos, nuestros compañeros de trabajo o nuestros
paisanos, "podrán hallar la única esperanza que puede dar plenitud de sentido a
la vida" (EE 22).
Jesucristo, el único y más
firme fundamento para la dignidad del hombre
Jesucristo, cercano a
nosotros, presente entre nosotros, de tantas maneras, en su Iglesia y también en
el mundo, es el único fundamento más firme y total de la afirmación de la
dignidad inviolable de la persona humana, por el hecho de ser persona, imagen de
Dios rescatada y restaurada con su sangre. Para un mundo donde miles de cosas
cuentan antes que el hombre, donde miles de intereses ciegan la mirada para no
ver en el hermano sino un competidor o un objeto para nuestra satisfacción o
dominio, nosotros, por el don de haber conocido a Jesucristo, Hijo único de Dios
que nos ha sido dado por María, podemos ser conscientes de que toda persona es
un sagrario vivo, un portador de Cristo, que se identifica singularmente con los
pobres, los que padecen hambre o sed, los que no tienen techo bajo el que vivir,
carecen de vestido, están enfermos, son extranjeros o inmigrantes, están
privados de libertad o viven en la esclavitud, como leemos en esa página
imborrable de cristología en el capítulo veinticinco del Evangelio según San
Mateo ( Cf NMI). Cristo es "sólido fundamento sobre el cual se ha de edificar
una convivencia más humana y más pacífica porque es respetuosa de todos y de
cada uno" (EE 21).
Jesucristo no ha paso,
vive: es "el mismo ayer, hoy y siempre"
Jesucristo, además, no es
alguien del pasado, que nos dio un ejemplo, que incluso entregó su vida por los
hombres, pero que pertenece sólo a aquel momento de la historia. Cristo ha
vencido en su carne el pecado y la muerte, que es lo que destruye al hombre. Y
ha unido de alguna manera en su carne a todo hombre. Cristo vive. Cristo es una
persona viva frente a la cual mi existencia y mi destino se juegan. No es sólo
alguien que inspira nuestras acciones. Su palabra no es fundamentalmente, ni en
primer lugar una especie de código de comportamiento. Cristo es mi salvación y
mi esperanza, mi vida, el camino, la verdad de los hombres. Cristo es la fuente
de una alegría verdadera, su presencia suscita gozo y alegría; es fuente de una
vida nueva, que anticipa la futura que perdurará siempre, la vida del amor,
cuando Dios sea todo en todos, fuente de un amor universal que no se encierra en
mi pequeño campo, que se abre a todos, que no hace acepción de personas, ni se
enclaustra en particularismos que nos aprisionan. Nuestra esperanza está fundada
Cristo, "el Resucitado, que vendrá de nuevo como Redentor y Juez que nos llama a
la resurrección y al premio eterno" (EE 21). Necesitamos acercarnos a Jesucristo
que es donde está verdadero y pleno futuro del hombre y de la humanidad entera,
y también la raíz de una nueva cultura de la solidaridad y de la vida.
Nadie puede culpablemente
negarlo sin deshumanizarse
"Ningún pueblo y ninguna
cultura puede culpablemente ignorarlo sin deshumanizarse; ninguna época puede
considerarlo superado, aunque la mayoría así lo estime; ningún hombre puede
separarse conscientemente de Él sin perderse como hombre. Cristo no es un lujo,
una opción facultativa, una idea ornamental: su presencia o su ausencia (vale
decir nuestra acogida o nuestro rechazo) tocan lo profundo de nuestro ser y
determinan nuestra suerte. El es el Señor y reclama espacio en nuestros
pensamientos, en nuestras decisiones, en nuestra vida: nuestra inteligencia no
vive sin esta 'memoria'; nuestra voluntad no se rige sino con esta 'obediencia';
nuestra humanidad no se realiza plenamente si no busca crecer en esta
vinculación y en esta conformidad, esto es en su 'comunión'. Es el Señor y no
puede ser enviado fuera de ningún ángulo de la existencia. Es el señor, aunque
no se impone a ninguno, sino que se propone sin cesar a la libre adhesión de
todos. La alegría de que exista vence toda tristeza posible en nuestros días.
Los ojos que lo han contemplado en la fe no pueden mirar más al mundo y a la
historia con desesperanza. El corazón que se ha abierto a Él, se ha abierto al
universo y no puede volver a enclaustrarse en la propia mezquindad. Porque Él
existe, nosotros somos un pueblo salvado; porque existe, somos una Iglesia;
porque existe, todo debe ser renovado; toda reflexión y contemplación sobre
Cristo, todo conocimiento de Él debe dar lugar a la humanidad nueva en Cristo"
(G. Biffi). Esta es nuestra experiencia, esta es nuestra fe y nuestro gozo que
anhelamos ofrecer a todos los hombres y compartir con ellos: que ellos entren en
esta misma experiencia y nuestro gozo esté en todos.
III.
Llamadas fundamentales en esta hora:
Toledo evangelizada, Toledo evangelizadora, Toledo signo de Dios que es Amor
Tres grandes perspectivas
: Afirmar a Dios, evangelizar, ser testigos de la caridad de Dios
24.- Ante la situación
descrita, los signos de Dios y de la presencia de Jesucristo en medio nuestro,
las llamadas o lo que el Espíritu Santo está diciendo a la Iglesia, en general,
y, en particular a Toledo, se nos abren ante nosotros tres grandes perspectivas,
inseparables entre sí, de actuación y de vida : Centrar nuestra vida y nuestra
acción pastoral en Dios como lo único necesario, evangelizar de nuevo, como en
los primeros tiempos, y ofrecer el testimonio de la caridad. Que los hombres
conozcan a Dios Padre y a su Hijo Jesucristo, enviado por Él desde su seno a
nosotros, porque ahí es donde está la vida eterna; que los hombres se conviertan
y crean, que se abran y acojan a Dios; que conozcamos y nos abramos al don de
Dios anteponiéndolo a todo, que busquemos todos por encima de cualquier otra
cosa a Dios y su Reino, y que lo anunciemos y demos testimonio de Él, que lo
puedan palpar en el amor de sus testigos : ahí es donde está nuestro futuro.
3.1. Llamados a ocuparnos
ante todo de Dios
Conocer, amar y dar a
conocer el don de Dios: gran desafío para nosotros, en Toledo, hoy. Nada más
decisivo que hablar a Dios y de Él
25.- Se trata del don
mismo de Dios, del que el mismo Jesús habla a la mujer Samaritana. Si el mundo
conociese a Dios, si conociese su don, todo sería distinto. Por eso, el gran
desafío hoy para los cristianos, de manera concreta para los que formamos esta
diócesis de Toledo, a los que hablo, es conocer, amar y dar a conocer el "don de
Dios", Dios mismo. Este es el reto para nosotros, los cristianos: que los
hombres entiendan y vivan la vida con Dios, desde "el don de Dios", inmersos en
él, y con esperanza, esperanza en la vida eterna. Y para ello necesitamos hablar
de Dios, y, previa y simultáneamente, hablar a Dios. Nada hay tan urgente.
Ningún asunto es tan central y decisivo. En medio del silencio de Dios que nos
envuelve - de tan graves consecuencias -no podemos menos que hacer resonar " a
tiempo y a destiempo", públicamente, la palabra sobre "Dios" y hablarle a Él.
Hablar a Dios y de Dios en tiempos de silencio tan denso sobre Dios, es la tarea
siempre pendiente que nos atormenta como pastores. Por más difícil que sea
encontrar el nuevo lenguaje de la fe, no podemos seguir aquella recomendación de
un insigne escritor para tiempos de secularización consumada: callar, orar y
trabajar por la justicia. Es preciso hablar de El; hablar de El para darle
gloria; hablar de Él desde la contemplación de su rostro, desde la adoración y
desde la plegaria, desde la escucha de Él y dejándole ser Dios.
Ocuparnos ante todo de
Dios y cultivar la experiencia teologal
Todo esto está exigiendo
que nuestra pastoral se ocupe ante todo de Dios y cultive la experiencia
teologal, la experiencia orante, la experiencia de la fe. Necesitamos una
pastoral, en efecto, que sitúe a Dios, su gracia, su amor y su juicio, en el
centro. Una pastoral que hable y dé testimonio de El para darle gloria. Aun con
ser tantas y tan grandes las urgencias de transformación de nuestro mundo en un
mundo más humano y habitable, no podemos abusar de esta urgencia sin mostrar al
"sólo Dios", en expresión querida y reiterada del Hermano Rafael. Nuestra
pastoral ha de ocuparse ante todo de Dios. Hace falta una fuerte dosis de
teocentrismo y superar ciertas pastorales más antropocéntricas y
secularizadoras. Por mucho que nos esforcemos en presentar las exigencias
éticas, sociales o políticas para la vida desde el Evangelio, este Evangelio no
se vive correcta y concretamente si el corazón no descubre a Quien es el origen
primero: Dios Padre y su Hijo Jesucristo por su Espíritu Santo, Señor y Dador de
vida. Nuestra acción pastoral ha de ayudar a descubrir, afirmar, reconocer y
confesar al "sólo Dios" que el Hijo Unigénito nos ha revelado. Es necesario
recentrar la vida de los cristianos en lo teologal y trinitario. Es necesario
revalorizar para los fieles nuestra condición de creyentes en el sólo Dios y
Padre, cuyo camino de acceso y encuentro, por el Espíritu Santo, no es otro que
Jesucristo, fuente de toda sabiduría de Dios.
El mundo necesita que le
hablemos de Dios. )Cómo hacerlo?
El mundo, el hombre de
nuestros días, todo hombre, necesita que le hablemos de Dios; el creyente
necesita proclamarle con sus labios: )Cómo hacerlo?)Cuál puede ser nuestro habla
sobre Dios en esta situación de ocultamiento y silencio?)Cómo hemos de hablar,
en concreto, los cristianos de Dios?. Aunque parezca una perogrullada, es
preciso que hablemos de Dios, sencillamente del Dios vivo, de Dios como Dios,
como lo único necesario; que hablemos de El en y desde el centro y la plenitud
de la vida; que hablemos de Él como El mismo, en el Espíritu Santo, se nos ha
dado a conocer por su Hijo unigénito Jesucristo.
Pero no olvidemos nunca
que la cuestión de cómo hablar de Dios no es nunca, en primer lugar, un problema
de lenguaje. La increencia no nace de un problema de lenguaje, ni puede
afrontarse por medio de una estrategia de lenguaje. De lo que se trata
primariamente no es de hablar un lenguaje sobre Dios más atinado o adaptado a la
sensibilidad del hombre contemporáneo, de modo que ese lenguaje más pertinente
pueda aplicarse a la predicación.
Si lo pensásemos así, por
el mero hecho de plantear el lenguaje de este modo estaríamos dando a entender
que el cristianismo para nosotros es un discurso, una abstracción. Un discurso
abstracto, un sistema abstracto de valores y verdades es lo que queda, por un
cierto tiempo todavía, cuando deja de ser una experiencia que cambia la vida e
incide en la mirada sobre todas las cosas.
Hablar de Dios desde el
testimonio de la experiencia de Él
El lenguaje cristiano no
puede ser un discurso abstracto, sólo puede ser el testimonio de algo que a uno
le ha sucedido en la vida, de la relación personal que se mantiene con Él. Un
testimonio puede ser rechazado o acogido, pero no es algo de lo que pueda
discutirse por mucho tiempo : "Yo sólo sé una cosa : que era ciego y ahora veo".
La Iglesia sólo puede
hablar de Dios como del Abismo de amor y misericordia que ella misma ha
encontrado en Jesucristo y del que vive cada día. El lenguaje cristiano sobre
Dios, insustituible por el más acabado de los discursos, es el testimonio de la
redención de Jesucristo, de la que brota una vida nueva, una mirada nueva sobre
toda la realidad.
Se habla de Dios viviendo,
obrando y hablando de cualquier cosa, porque o Dios tiene que ver con todo o no
tienen que ver con nada. Pero si no tiene que ver con nada, entonces tampoco
tienen ningún interés para el hombre. El primer lenguaje del hombre es su propia
vida. El testimonio cristiano sólo puede evitar ser un discurso vacío si se da
en la vida, y al hilo de la vida; si se habla, por así decir, con toda el alma y
con todo el cuerpo, con todo lo que uno es y hace.
Por esto mismo, frente al
Dios "idea o concepto" hay que recuperar al Dios persona, viviendo frente a El
en la relación que conviene a todo ser personal, y en aquella específica que
conviene al Ser Infinito: la aceptación, que es amorosa confianza y repuesta.
Frente al Dios-moralidad o valor, horizonte de valores y comportamientos, hay
que descubrir al Dios santidad, estando con El con el mismo temor y temblor, con
la misma fascinada adhesión con que estaban los profetas ante el Santo que
siempre atrae y siempre rechaza: la adoración. Frente al Dios abstracto hay que
recuperar al Dios de la historia y de la encarnación, de la cercanía solidaria y
de la muerte en la cruz por nosotros y con nosotros, a cuya exposición sólo
puede responder con el amor complaciente, con la imitación en la vida, con la
acción de gracias incesante, con el vaciamiento de la vida en favor de todos: El
testimonio.
Para hablar de Dios
reconocer y aceptar su primacía y su gracia
Hablar así es hablar, en
primer lugar de la presencia, de la primacía absoluta del Dios vivo. Al
evangelizar, al predicar, al dar catequesis, podemos dar por bueno el
antropocentrismo de nuestra cultura inmanentista y ofrecer únicamente las
respuestas a las preguntas del hombre, que selecciona las cuestiones según el
esquema de sus intereses o preocupaciones. Pero esta manera de proceder olvida
la primacía real y personal del Dios vivo, Creador, salvador y Señor y, aun sin
quererlo, recorta y somete la revelación de Dios a la medida del pensamiento y
de los intereses del hombre contemporáneo.
Esta manera de proceder
olvida, al mismo tiempo, que Dios antes que respuesta al hombre es pregunta al
mismo : "Adán, )dónde estás?". "Caín, )dónde está tu hermano". Porque Dios es
pregunta que nos lleva a descubrirnos en nuestra realidad, en nuestra verdad.
Dios es pregunta que nos lleva a descubrir al hermano. No es la correlación
necesaria de nuestras experiencias; no es sólo la respuesta a las preguntas por
la esperanza. Estando en sintonía con ellas, y mostrando la verdad de los
anhelos y preguntas del hombres , entraña para nosotros el cuestionamiento que
exige el no escandalizarse de El.
Para hablar de Dios en
verdad, es imprescindible orar, hablarle a Él. La oración es decisiva y nos urge Hablar de Dios esa es nuestra misión, pero para ello, es preciso hablar a Dios, orar. La oración es uno de los elementos fundamentales, siempre imprescindible, en los que debemos insistir en estos tiempos en los que resulta tan difícil hablar de Dios a los hombres de nuestro tiempo. Necesitamos acoger hoy aquel sabio consejo de San Agustín en el opúsculo que él dirige al diácono Deogracias, De catechizandis rudibus : "Cuando no puedas hablar a uno de Dios, háblale a Dios de él"; ese es el momento presente que vivimos. Hablar intensamente, sin bajar los brazos como Moisés, a Dios de los hombres de nuestro tiempo, orar sin cesar por ellos, interceder por ellos. Y junto a esto, hablar a Dios sencillamente, buscarle a Él en el sosiego de la oración y del trato coloquial y amistoso, buscarle a El, anhelar contemplar su rostro. Esto es lo primero, sólo de ese trato personal de amistad con quien sabemos nos ama, solo reconociendo que él es el primero y que ante todo nos importa Él, podremos hablar de Él y darlo a los demás que es nuestra gran tarea. Por eso solo una Iglesia de orantes y contemplativos, de interioridad como nos recordaba el Papa, podrá ofrecer a los hombres de hoy lo que necesitan. Todo esto ha de calar muy hondo en nuestra diócesis, comenzando por vuestro Obispo, y siguiendo por los sacerdotes hasta el más pequeño de los fieles y desde el principio.
Ocuparnos ante todo y por
encima de todo de Dios
En nuestra pastoral y en
nuestra vida hemos de ocuparnos, en resumen, ante todo y por encima de todo de
Dios, para que o de tal forma que Dios ocupe todo en nosotros. Buscarle a Él,
que las obras que tenemos que hacer en su nombre ya vendrán, con nosotros o sin
nosotros, o a pesar nuestro. Para ello es preciso que nos abramos más y más a la
iniciativa de Dios, que creamos que es Él quien lleva a la Iglesia, que dejemos
a Dios ser Dios y actuar a Él, que todo es gracia suya; para ello, cultivar la
interioridad y la espiritualidad verdadera, la oración, la contemplación, la
escucha de la Palabra de Dios, participar en los sacramentos, centrarnos en la
Eucaristía, frecuentar el sacramento de la penitencia... Todo cuanto contribuya
a acercarnos a Dios, a teologizar nuestra existencia, a abrirnos a la gracia y a
dejarnos conducir por ella, a buscar en todo la voluntad de Dios y cumplirla,
como la Santísima Virgen, la llena de gracia. Esto es prioritario en un mundo
tan secularizado como el nuestro que se nos mete en la misma Iglesia.
3.2. Llamados a
evangelizar, como en los primeros tiempos
Ante la secularización
interna de la Iglesia, para una pastoral esperanzada, revitalizar la vida
interior
26.- No podemos dejar de
tener en cuenta con la Conferencia episcopal, como ya hemos aludido antes, que
"el problema de fondo, al que una pastoral de futuro tiene que prestar la máxima
atención, es la secularización interna. La cuestión principal a la que la
Iglesia ha de hacer frente hoy en España no se encuentra en la sociedad o en la
cultura ambiental como en su propio interior; es un problema de casa y no sólo
de fuera...Ante un contexto cultural difícil y en ocasiones adverso, y ante la
delicada situación eclesial indicada, la Iglesia, que confía en Jesús, no se
arredra. Descubre que cuenta con las claves justas para una pastoral renovada y
con respuestas evangelizadoras para los retos actuales...Los problemas no son
para perder la esperanza, sino para afrontarlos con acierto y con esperanza. Una
pastoral esperanzada es uno de los principales retos que tenemos como Iglesia".
Ése es en verdad el camino a seguir en estos momentos.
Esto reclama un
convencimiento fundamental: el vigor de la Iglesia, el valor de sus aportaciones
a la humanización del hombre, de la sociedad y de la historia, están en
proporción a su autenticidad religiosa y a su densidad de fe, a su vida teologal
y teocéntrica, a su vivir esa religiosidad y esa fe teologal en los múltiples
terrenos de la vida real y concreta, al fortalecimiento de la identidad que le
es propia, al vivir conforme a la originalidad con que ha aparecido en la
historia por iniciativa de Dios, distinto al mundo. Ni su mensaje, ni sus
objetivos, ni sus procedimientos pueden coincidir con los mensajes, los
objetivos y los procedimientos de ningún grupo humano.
Hay que fundamentar la
experiencia de Dios, la fe, confrontar de verdad a los hombres con el juicio de
Dios, empujarlos hacia la conversión, acompañarlos en este doloroso encuentro
con el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo que destruye los ídolos de la
seguridad y la soberbia, promover verdaderas comunidades de creyentes que luego
sean capaces de asumir por su cuenta la responsabilidad de vivir la fe en un
mundo que no es ni puede ser nunca por sí mismo el mundo de Dios.
Reavivar las raíces
cristianas, fortalecer la misión religiosa
Así, entre nosotros, en
España -y también en Toledo-, para afrontar con decisión y esperanza el reto del
futuro necesitamos reavivar nuestras raíces cristianas, las raíces cristianas de
nuestra sociedad. Recuperar y revitalizar estas raíces es una decisión
insoslayable en una hora en la que está en juego nuestro futuro. Entendería
parcialmente esto quien en los retos viese únicamente los retos políticos y
económicos. Sin negarles importancia, hay otros retos que nos desafían en lo más
profundo de nuestro ser personal y social.
Cuanto más se seculariza
la vida, más se deshumaniza; más se empequeñece el sentido de las relaciones
humanas y se pone en peligro la dignidad y libertad de las personas. En la
crítica sin discernimiento que se ha hecho en los últimos decenios, y que se
viene haciendo de manera radical, a nuestro pasado espiritual y cristiano, o al
sentido religioso de la vida como abarcante de la persona y con toda su
significación vital, "nos quedan como supremos valores y bienes el dinero y la
soledad del sexo y de la droga"; la quiebra moral es manifiesta, y
consiguientemente la quiebra de humanidad, el vacío y el nihilismo adquieren
carta de ciudadanía. "Aunque no todos, por desgracia, la perciban, hoy más que
nunca se puede percibir la necesidad de Dios". Hacia ahí apunto cuando afirmo
que es necesario reavivar nuestras raíces cristianas, o cuando señalo como
fundamental el fortalecer la misión auténtica y estrictamente religiosa de la
Iglesia.
Urgidos a una nueva
evangelización: respuesta al reto de futuro
No faltarán quienes ante
esto se rasguen las vestiduras gritando que pretendo volver al régimen de
cristiandad, la confusión de lo civil y de lo cristiano, del Estado y de la
Iglesia, o que, por otra parte, abogo por una Iglesia espiritualista,
desencarnada y desentendida de los grandes problemas que afectan a nuestra
sociedad. Todo lo contrario. No trato de volver al pasado, sino sencillamente de
reclamar que abordemos una vez por todas y decididamente la gran tarea de la
nueva evangelización dentro de las condiciones de libertad religiosa reconocida
por el Vaticano II -libertad que, por lo demás, algunos y desde diversas
instancias pretenden cercenar, seguramente desde un confesionalismo laicista-.
Dentro del debido respeto a la libertad religiosa, el Evangelio reclama
totalmente al hombre entero.
La nueva evangelización es
la respuesta al reto de futuro que tenemos entre nosotros. Lo que vivimos en
estos días, no sin poco sufrimiento, entiendo que es una llamada y una
purificación para que la Iglesia, siendo Iglesia conforme la ha querido y quiere
su Señor, Jesucristo, fortaleciendo su identidad de fe, reavive las raíces
cristianas de nuestro pueblo, se entregue a la gran labor y el gran servicio a
los hombres y a la sociedad, que es una nueva evangelización. Este es el reto de
futuro, aquí se abre la gran esperanza.
Es importante que, desde
la sinceridad y la humildad, reconozcamos nuestra debilidad y la fragilidad de
nuestra fe. Es el camino para ponernos en movimiento y renovarnos. Necesitamos
esa renovación profunda; necesitamos que nuestra experiencia de Dios y de
Jesucristo se fortalezca para anunciar el Evangelio; necesitamos acoger de nuevo
el Evangelio de Jesucristo, que se haga vida en nosotros, que vivamos de él,
como el justo vive de la fe. De esta manera evangelizaremos, atraeremos a los no
creyentes y alejados. El mundo necesita a Jesucristo El mundo necesita el Evangelio. Necesita a Jesucristo. No podemos quedarnos impasibles ante esa necesidad y petición, a veces no consciente siquiera, que nos llega de los que se han alejado de la fe, de los que no creen en Jesucristo, revelador de Dios y del hombre, de los que padecen la quiebra de humanidad o el vacío del sin sentido, de los que sufren el desamor, injusticia u olvido de los hombres que pasan de largo ante sus propias necesidades y lamentos. Una petición que nos grita a nosotros, los cristianos, aunque seamos flojos : (Ayudadnos!. Vivimos tiempos "recios. Fácilmemte nos lamentamos de ellos. Con una naturalidad pasmosa buscamos culpables o creemos que nada puede hacerse para cambiar la situación difícil, muy difícil, que atravesamos. Vivimos una sociedad típicamente pagana. Lo que en estos momentos está en juego, como he dicho antes, es la manera de entender la vida, con Dios o sin Dios, con esperanza de vida eterna o sin más horizonte que los bienes del mundo, con un código objetivo respetado desde dentro o con la afirmación soberana de la propia libertad como norma absoluta de comportamiento hasta donde permitan las reglas externas de juego. Y esto es muy importante. No da lo mismo una cosa que otra. Este es el reto para nosotros los cristianos : que los hombres entiendan y vivan la vida con Dios y con esperanza en la vida eterna; que los hombres crean en Jesucristo, le sigan y alcancen con El la felicidad, la verdad que nos hace libres, el amor que nos hace hermanos.
No podemos callar
Los cristianos no somos
meros espectadores. No nos podemos cruzar de brazos. Nos sentimos urgidos a
evangelizar. No podemos callar. Pero sólo podemos hablar si creemos : "Creí, por
eso hablé". Hay que volver a comenzar. Hay que volver a evangelizar. Hay que
vivir y anunciar el Evangelio en su realidad más radical y original y en sus
contenidos fundamentales. Anunciar el Evangelio, como si nunca lo hubieran
escuchado, en nuestras casas y hogares, a nuestros vecinos, a las personas con
las que tratamos y convivimos, con las que trabajamos o compartimos tareas e
ilusiones. Como en los primeros tiempos. Como si fuese la primera vez que se
anuncia a Jesucristo en el interior de un pueblo; con toda su fuerza de novedad
y escándalo y con todo su inigualable atractivo; sin complejos, ni temores, con
sencillez ilusionada y entusiasmo vigoroso; con audacia apostólica; con inmenso
amor hacia todos. Y ese anuncio, desde la experiencia gozosa de fe que nos
transforma interiormente y nos hace vivir con una entera confianza y esperanza
en Dios que nos ama.
Vivimos un ambiente
pagano, sin paliativo de ningún tipo, que también nos toca - tal vez más de lo
que nos parece -. Tenemos que aprender a vivir como cristianos en ese ambiente,
siendo levadura en la masa, como el alma en el cuerpo, dando vida y aliento,
fermentando nuestro mundo. Y vivir como cristianos, con todas las consecuencias,
es vivir la autenticidad del Evangelio, dar testimonio de él, anunciarlo, ser lo
que el alma al cuerpo. Esta debería ser nuestra respuesta ante la escasez de
anuncio evangelizador de nuestra Iglesia diocesana a los que no creen o se han
alejado de la fe. Con la ayuda de Dios esto es posible.
Es la hora de Dios, es la
hora de evangelizar : Toledo evangelizada, Toledo evangelizadora
Es posible y Dios nos lo
está pidiendo. Es la hora de Dios, la hora de la evangelización, la hora de una
Iglesia misionera. Siempre, pero dede que he llegado a Toledo con mucha mayor
intensidad todavía, estoy escuchando como una llamada permanente de Dios a la
misión, a evangelizar a los que no creen o se han apartado de la fe. Siento la
urgencia, que me requema por dentro. Es lo que más me apremia. Se trata de la
nueva evangelización en un mundo pagano, que se ha alejado de Dios o ni siquiera
se lo plantea. Pero es también la misión, en su sentido más estricto, "ad
gentes", las misiones; y está intensidad aún se hace más acuciante, aunque más
serena, desde mi visita este verano a Perú, a Lurín y Lima. Nos apremia
evangelizar. Este es nuestro futuro. Esta es la gran llamada de Dios a la
Iglesia que está en Toledo. Todo el enriquecimiento y vitalidad con la que Dios
la adornado y vigorizado en las últimas décadas, en sintonía con su pasado, )no
es también una llamada a la evangelización, a la misión y a las misiones?.
"España evangelizada, España evangelizadora", esa es la consigna que el Papa nos
dejó en su último viaje. Ésa es también la consigna para nuestra diócesis :
"Toledo evangelizada, Toledo evangelizadora".
3.3. Llamados a vivir y
ser el signo de la caridad de Dios
La caridad, gran signo de
la verdad del Evangelio y de su anuncio
26.- La verdad de esta
consigna, la señal de que esta consigna se cumple y verifica entre nosotros, es
el gran signo de la caridad, que, bien sabemos y vivimos peor, es la forma de
vida del cristiano y pilar imprescindible en el que la Iglesia se sustenta. La
señal de que el Mesías, Salvador y esperanza de los hombres, al que los hombres,
pecadores y pobres, enfermos y rotos aguardan, es que los "pobres son
evangelizados", como responde Jesús a los discípulos de Juan ( Cf Mt 10). Es el
gran signo de que el Reino de Dios está cerca de nosotros, de que hemos recibido
la Buena nueva del Reino de Dios, y ha arraigado en nosotros : Dios, Amor, reina
en nosotros. Sin esta señal, "sin esta forma de evangelización, llevada a cabo
mediante la caridad y el testimonio de la pobreza cristiana, el anuncio del
Evangelio, aun siendo la primera caridad, corre el riesgo de ser incomprendido o
de ahogarse en el mar de palabras al que la actual sociedad de la comunicación
nos somete cada día. La caridad de las obras corrobora la caridad de las
palabras" (NMI 50).
Esta es, pues, la
verdadera señal que muestra creíble el Evangelio : la caridad, esto es, el que
nos amemos los unos a los otros como Cristo nos ha amado, el que amemos de
manera viva y efectiva, práctica y concreta, a nuestros hermanos, especialmente
a los más pobres y necesitados. En esto conocerán que somos sus discípulos: en
que nos amamos como Él nos ama y con su mismo amor ( Cfr Jn 13,34-35). La
caridad es lo que constituye el principio vital de la Iglesia, Cuerpo del Señor.
Como nos recuerda el Papa en su carta "Al comenzar el nuevo milenio", "las
palabras del Señor a este respecto son demasiado precisas como para minimizar su
alcance. Muchas cosas serán necesarias para el camino histórico de la Iglesia en
este nuevo siglo; pero si faltara la caridad,(ágape), todo sería inútil" (NMI
42).
Por eso nos recuerda san Pablo: "Si no tengo caridad, nada soy...Si no tengo caridad, nada me aprovecha" ( l Cor l3,23).La caridad es el verdadero "corazón de la Iglesia (Sta. Teresa de Lisieux). "En el atardecer de la vida seremos examinados y juzgados del amor" (San Juan de la Cruz). Al final sólo quedará el amor, el amor a los pobres y a los últimos: "Tuve hambre y me diste de comer, estuve enfermo y preso y viniste a verme" (Mt 25). "Mirad cómo se aman", ése era el distintivo de aquellas comunidades, en las que todo lo compartían y tenían en común (Cf Hech, 2,42-44). Ése ha de seguir siendo también hoy, y siempre, el distintivo, afirmado y fortalecido con la nueva evangelización, de los cristianos y de las comunidades cristianas, para que el mundo crea, para que pueda ver cómo nos ha transformado Jesucristo y su Evangelio, cómo, en verdad, hemos sido hecho creaturas nuevas por el Espíritu Santo que derrama en nuestros corazones el mismo amor de Dios.
Es preciso dar el paso
hacia todo hombre, sobre todo el pobre
Bajo la acción del
Espíritu Santo que está sobre Jesucristo para anunciar la buena noticia a los
pobres y a los que sufren ( Cf Lc 4), siguiendo las huellas de Jesús, Buen
Samaritano que sale a nuestro encuentro despojándose de su condición divina y
haciéndose uno de nosotros, pobre con los pobres, es preciso e inaplazable que
demos el paso hacia todo hombre, en especial hacia quienes están siendo víctimas
de la injusticia o de la marginación, hacia todos los alejados y orillados,
hacia los despojados y heridos en la vida y en su esperanza, hacia los ancianos,
enfermos y desvalidos, hacia los que sufren por cualquier causa, hacia los que
necesitan consuelo y aliento, hacia los nuevos pobres que crea la sociedad
moderna, hacia los pecadores y rotos. Que vean en nosotros la cercanía más
total, la acogida que refleja el Dios único y verdadero que no hace acepción de
personas, que en su Hijo Jesucristo nos ha salido al encuentro de cada uno en su
amor infinito, misericordioso y universal. Que puedan palpar en nuestra
solicitud amorosa y desinteresada, al Dios y Padre de la misericordia, Dios de
todo consuelo, que les quiere sin límite ni ribera alguna, los acoge sin
condiciones y sin esperar nada a cambio, los perdona, los ama, los cura y los
llena de esperanza y restablece en su dignidad. Que por nuestro cercanía y
proximidad a los pobres, que mediante nuestra opción preferencial por ellos,
como opción de Iglesia, se testimonie el estilo del amor de Dios, su providencia
y su misericordia, y se siembren hoy en la historia aquellas semillas del Reino
de Dios que Jesús mismo, rostro del Padre, dejó en su vida terrena atendiendo a
cuantos recurrían a Él para toda clase de necesidades espirituales y materiales
(Cf. NMI 49).
Algunas exigencias de la
caridad
Como Jesús, el Hijo de
Dios hecho hombre, Dios con nosotros, con su propio amor, amor de Dios humanado,
la caridad cristiana nos lleva a compartir cuanto somos y tenemos con quienes lo
reclaman desde cualquier necesidad; nos conduce a establecer unas relaciones
humanas nuevas apoyadas en el amor de Dios y que es Dios; unas relaciones
apoyadas en el respeto a la dignidad de cada ser humano y a la defensa del
débil, del inocente y del indefenso. La caridad nos compromete a los cristianos
a instaurar un mundo nuevo y reclama de nosotros que nos empeñemos auxiliados
por la gracia divina, en las circunstancias actuales, en lograr algo cada vez
más urgente y necesario: la unidad de todos, el trabajar con todos, codo con
codo, en la lucha contra la pobreza y las pobrezas que atenazan y amenazan a
nuestra sociedad. La caridad nos apremia hoy ante tantas y tan variadas
pobrezas, las de siempre y las nuevas, las muchas sensibilidades que interpelan
hoy la sensibilidad cristiana y los grandes retos a los que dirige nuestra
mirada el Papa en su Carta "Novo Millennio Ineunte" (NMI 50-51) y "Ecclesia in
Europa". No podemos dejar de tener muy presente en el actual momento que
vivismos a los inmigrantes, con toda la significación que tienen. Muy en nuestro
corazón también han de estar los enfermos y los ancianos.
El ejercicio de la caridad
reclama la defensa de los derechos fundamentales de la persona humana
La caridad, que actúa el
Espíritu en nosotros, nos proyecta hacia la práctica de un amor activo y
concreto con cada ser humano. Nos urge y apremia apostar por la caridad que, no
lo olvidemos, ha de ser también necesariamente un servicio a la cultura, la
política, la economía y la familia, para que se respeten los principios
fundamentales de los que depende el destino del ser humano, en los que están en
juego su dignidad inviolable y sus derechos fundamentales e inalienables. Esta
dimensión es parte inseparable de la evangelización.
El Nuevo Milenio ha de
caracterizarse por el ejercicio de la caridad No olvidemos jamás aquellas palabras tan vibrantes del Papa en su Carta programática "Al comenzar un Nuevo Milenio" : "Éste es un ámbito que caracteriza de manera decisiva la vida cristiana, el estilo eclesial y la programación pastoral. El siglo y el milenio que comienzan tendrán que ver todavía, y es de desear que lo vean de modo palpable, a qué grado de entrega puede llegar la caridad hacia los más pobres. Si verdaderamente hemos partido de la contemplación de Cristo, tenemos que saberlo descubrir sobre todo en el rostro de aquellos con los que Él mismo ha querido identificarse": los pobres. Ateniéndonos a las indiscutibles palabras del Evangelio, en la persona de los pobres hay una especial presencia de Jesús, que impone una opción preferencial por ellos: "Tuve hambre y me distéis de comer" (Mt 25, 35). Esta página no es simplemente una invitación a ejercitar la virtud de la caridad: es una página de cristología, que ilumina el misterio de Cristo. Aquí la Iglesia comprueba su fidelidad como esposa del Señor, no menos que sobre el ámbito de la ortodoxia. Por eso tenemos que actuar de tal manera que los pobres, en cada comunidad cristiana, se sientan como "en su casa", porque su casa es, ciertamente. "No debe olvidarse que nadie puede ser excluído de nuestro amor, desde el momento que 'con la encarnación el Hijo de Dios se ha unido en cierto modo a todo hombre'" (Cf NMI 49).
Necesidad de la Eucaristía
para el testimonio de la caridad
Esto está pidiendo que los
cristianos nos centremos en la Eucaristía, que hagamos de ella el centro, la
fuente y el culmen de la vida cristiana. Aspirar a la caridad, hacer de ella la
norma de nuestra vida, vivir la caridad, llevar a cabo la instauración de un
mundo nuevo que exige la caridad como la forma propia del vivir cristiano, está
exigiendo que los cristianos vivamos profundamente el misterio de la Eucaristía.
Sólo quien se alimenta de Cristo, caridad de Dios, amor de Dios hecho carne,
puede entregar ese amor a los demás; sólo quien vive a Cristo, quien se une a
El, puede entregarlo a los demás, y con El y como El ser el buen samaritano que
se acerca al malherido y maltrecho para curarlo. Sólo quien participa en la
Eucaristía, quien vive todo lo que significa y es el misterio eucarístico se
capacita para hacer de su vida una entrega de sí mismo y de sus cosas a los
demás, es decir, un darse real y enteramente a todos. Sólo a partir de la
Eucaristía podemos vivir el misterio de la comunión con Dios, de donde brota el
amor a los hermanos, y la comunión con ellos.
La comunión, inseparable
del amor fraterno. La comunión manifiesta la esencia misma de la Iglesia.
Fomentar la espiritualidad de la comunión
La comunión, inseparable
del amor fraterno, de la caridad, fuente y sustento de ese mismo amor, es otro
aspecto importante e imprescindible en que será necesario poner un decidido
empeño programático en nuestra iglesia diocesana, como en toda la Iglesia una y
única, universal, tal y como subraya una y otra vez el Papa. La comunión
"encarna manifiesta la esencia misma del misterio de la Iglesia. La comunión es
el fruto y la manifestación de aquel amor que, surgiendo del corazón del eterno
Padre, se derrama en nosotros por el Espíritu que Jesús nos da (cf Rm 5,5),
para hacer de todos nosotros 'un solo corazón y una sola alma' (Hch 4,32)...
Hacer de la iglesia la casa y la escuela de la comunión: éste es el gran desafío
que tenemos ante nosotros en el milenio que comienza, si queremos ser fieles al
designio de Dios y responder también a las esperanzas del mundo... Antes de
promover iniciativas concretas, hace falta promover una espiritualidad de la
comunión, proponiéndola como principio educativo en todos los lugares donde se
forma el hombre y el cristiano, donde se educan los ministros del altar, las
personas consagradas y los agentes pastorales, donde se construyen las familias
y las comunidades. Espiritualidad de la comunión significa ante todo una mirada
del corazón hacia el misterio de la Trinidad...; significa, además, capacidad de
sentir al hermano de fe en la unidad profunda del Cuerpo místico de Cristo, y,
por tanto, como 'uno que me pertenece'...Espiritualidad de la comunión es
también capacidad para ver ante todo lo que hay de positivo en el otro, para
acogerlo y valorarlo como regalo de Dios... es saber 'dar espacio' al hermano,
llevando mutuamente la carga de los otros. No nos hagamos ilusiones: sin este
camino espiritual, de poco servirían los instrumentos externos de comunión. Se
convertirían en medios sin alma, máscaras de comunión más que sus modos de
expresión y crecimiento" (NMI 42-43).
Toledo una diócesis donde
se vive la comunión
Es cierto - y así hay que
reconocerlo y agradecerlo a la Trinidad Santa- que una de las características de
nuestra diócesis es el vivir la comunión eclesial de una manera gozosa y
espontánea. Pero también es cierto que, -hoy más que nunca, y fortaleciendo el
don que hemos recibido- es preciso que ahondemos y profundicemos en esta
espiritualidad: que los sacerdotes seamos signo y testimonio vivo de la misma en
todos sus aspectos, que se enraice más y más en el pueblo cristiano; a pesar de
lo mucho y bueno que en este terreno se da, es necesario corregir actitudes y
realidades que se introducen entre nosotros. En esto nos va la vida, nos va la
capacidad de vivir la caridad que expresa esta comunión profunda, y nos va la
capacidad de evangelizar que es siempre inseparable de la comunión. Para ello,
también es preciso que nos decidamos a desarrollar aquellos ámbitos e
instrumentos que sirven para asegurar y profundizar la comunión y que nos
comprometamos más que nunca a valorarlos y fortalecerlos.
El servicio a la comunión,
servicio principal de mi ministerio episcopal
El servicio humilde y
perseverante a la comunión es, sin duda, el más exigente y delicado, pero
también el más precioso de mi ministerio episcopal, porque es servir a una
dimensión esencial de la Iglesia y a la misión de la misma en el mundo. En este
servicio, con la ayuda del Espíritu y de la comunión de los santos, habré de
poner mis mejores y mayores esfuerzos, no ignorando que esta comunión es ante
todo unidad en Cristo y en su doctrina, en la fe y en la moral, en los
sacramentos, en la obediencia a la jerarquía, en los medios comunes de santidad
y en las grandes normas de disciplina. Y no ignorando tampoco que la comunión en
la Iglesia tiene sus propias exigencias internas, la primera de las cuales es la
comunión con Dios. Los cristianos están en comunión unos con otros porque
primariamente están en comunión con el Padre y con su Hijo Jesucristo en el
Espíritu Santo. Sólo en el encuentro y comunión con Dios, la Iglesia recibe su
vigor y vitalidad. Hoy el problema mayor con que nos encontramos es el encuentro
con Dios, la vida desde Dios y en Dios. Por eso, renovar la vida interior de la
Iglesia por una revitalización de la comunión con Dios entre los cristianos es
tarea apremiante a la que habremos de dedicar nuestros mejores desvelos. Tengo
el convencimiento, como ya señalé antes, de que todo lo que hagamos para
realizar la misión de la Iglesia ha de tener como base y comenzar por suscitar
en el pueblo cristiano el encuentro con Dios, vivo y verdadero. Y en este
sentido, para promover y alentar la comunión, será necesario recordar, subrayar
y favorecer, a tiempo y a destiempo, la vocación de todos los fieles a la
santidad: porque esa es la voluntad de Dios, nuestra santificación. Desarrollar
en nuestra diócesis una pastoral de santidad. Cuidemos de que los sacerdotes
sobresalgamos en el testimonio de la santidad; fomentemos la renovación de los
institutos de vida consagrada en la unidad diocesana; promovamos la
espiritualidad propia de los laicos, fundada en el bautismo, y de modo
particular la espiritualidad conyugal.
Participación y
corresponsabilidad de los laicos
Especial mención y
atención merecen en este punto la participación y corresponsabilidad de los
laicos. Necesitamos avanzar más en este terreno. Y, de manera muy principal,
habrá que seguir trabajando en buscar formas de presencia, como exige la
situación de hoy, en una nueva sociedad y ofrecer, en ella, con toda libertad y
gozo, sin complejos, el mensaje del Evangelio, como fuente de libertad, de
progreso, de crecimiento en humanidad y de realización de nuestro mundo en paz
solidaria y en justicia. Así mismo, la comunión eclesial se ha de transparentar
en la comunión solidaria con todos los hombres. Los hombres podrán atisbar el
don de la comunión que brota de la Santísima Trinidad si nos ven a los
cristianos del lado del hombre, a su servicio, puestos de manera efectiva al
lado de los pobres y comprometidos en las causas más nobles de la justicia y la
paz en favor de los hermanos. Los cristianos que viven en comunión con Dios
muestran donde está nuestro Dios acercándose a los hombres que padecen
injusticia, aproximándose como buenos samaritanos a tanto sufrimiento y herida
de los hombres. Por eso habremos de promover el compromiso de las comunidades y
de todos los fieles de nuestra diócesis en las causas del hombre, impulsando su
participación en la vida pública. Todo esto supone un notable esfuerzo, del que
no podemos dispensarnos, de formación de laicos, de creación o de potenciación
de instituciones encaminadas a proporcionar esta formación.
Tengamos, por lo demás,
siempre en cuenta que la unidad de la Iglesia no es uniformidad, sino
integración orgánica de las legítimas diversidades. Y todos estamos llamados y
obligados a tomar conciencia de la propia responsabilidad activa en la vida
eclesial. Promocionando las vocaciones al sacerdocio y la vida consagrada,
descubriendo cada vez mejor la vocación propia de los laicos para su presencia
cristiana y pública en el mundo, promoviendo "las diversas realidades de
asociación, que tanto en sus modalidades más tradicionales como en las más
nuevas de los movimientos eclesiales, siguen dando a la Iglesia una viveza que
es don de Dios constituyendo una auténtica primavera del Espíritu" (NMI 46), y
prestando especial atención a la pastoral familiar.
Los Consejos diocesanos,
órganos de comunión
Al hablar de la comunión
en la Iglesia, no puedo omitir una referencia aunque sea breve a la necesidad de
fortalecer y avivar los distintos Consejos Diocesanos : el Consejo del
Presbiterio, el Consejo de laicos, el Consejo de Vida Consagrada y el Consejo de
Pastoral, que, en principio, estará formado por todos los otros Consejos
diocesanos, además del Colegio de Arciprestes y los Delegados y Directores de
Secretariados de Pastoral. Estos Consejos, como muy bien sabemos, son órganos
muy fundamentales para la comunión, y han de ayudar a vivir, alentar y
fortalecer la comunión, así como a una misión en comunión, que parte de la
comunión y tiende a ella. Es éste un asunto al que prestaremos una atención
relevante en este curso.
IV.
Algunas
orientaciones concretas para nuestra actuación
Ante un nuevo curso para
elaborar el programa pastoral, guiados por y en comunión con el magisterio del
Papa y el Plan Pastoral de la Conferencia Episcopal
27.- Con estas
perspectivas reemprendemos el camino de un nuevo curso, que siempre es
esperanza. El programa nos lo ha trazado el Papa en su Carta "Al comenzar un
nuevo milenio", en su Exhortación apostólica "Iglesia en Europa" y en su último
viaje apostólico a España. Es el programa y el camino que habremos de seguir, en
comunión con el resto de las diócesis españolas, con las concreciones propias y
las llamadas concretas que Dios nos dirige a la Archidiócesis de Toledo.
Habremos de repasar, profundizar, conocer mejor, aplicar los mencionados
documentos del Papa, así como el Plan Pastoral de la Conferencia Episcopal
Española en toda la diócesis, en sus órganos de gobierno y en los Consejos
diocesanos, en las Vicarías territoriales y en los Arciprestazgos, en las
parroquias y comunidades, en los distintos grupos apostólicos y de acción
pastoral. Con todo ello, con las reflexiones correspondientes, y, sobre todo,
con la oración y atención a Dios y a lo que el Espíritu dice a esta Iglesia que
está en Toledo elaboráramos a lo largo del año nuestro Plan diocesano de
Pastoral. Entre tanto permitidme algunas insinuaciones de lo que personalmente,
a la luz de Dios y en conformidad con estas enseñanzas de la Iglesia y desde la
comunión eclesial, veo que podríamos impulsar en el futuro, y que,
contrastándolo con vosotros, corregido en lo que convenga y enriquecido por
vosotros, si es de Dios, podríamos llevar a cabo.
Por una pastoral centrada
en lo fundamental
Sí que me gustaría, como
he dicho allá donde Dios me ha llamado a realizar el ministerio de pastor, que
sería muy bueno que, a pesar de la complejidad de la situación y de las
demandas, podamos llevar a cabo una pastoral simplificada. Sería muy bueno que
nos centremos en pocos aspectos pero fundamentales. Como hace el Papa en Novo
Millennio o en Ecclesia in Europa, o como nos resumió en su viaje último a
España: la santidad, la gracia, la oración, la escucha y anuncio de la Palabra,
la Eucaristía, la Penitencia, la caridad, la comunión; o como vemos en esos
signos luminosos de Dios para esta época que hemos recordado: Santa Teresa del
Niño Jesús, Madre Teresa de Calcuta, el mismo Papa Juan Pablo II en todo su
hacer y decir. A veces podemos perdernos en una pastoral muy compleja que nos
abruma y esteriliza. La Iglesia, en el siglo XVI, impulsada por Trento llevó a
cabo, asistida y animada por el Espíritu, una grandísima renovación fijándose en
muy pocas acciones. Santa Teresa de Jesús y sus monjas -ahí tenemos también el
ejemplo de Santa Teresita- han contribuído como pocos a la evangelización de
nuestro mundo y en la renovación y revitalización de la Iglesia con una vida
centrada en la oración y en la respuesta a la la llamada a la santidad desde el
claustro y la contemplación. Hoy tenemos ante nosotros un nuevo reto de
renovación y de evangelización; como aquel entonces nos hallamos, también en
Toledo, en una nueva etapa de la historia que hemos de encauzar cristianamente
con una visión cristiana auténtica, exigente y renovada.
Encaminado todo a que los
hombres crean, a "hacer" cristianos
28.- Todo debe ir
encaminado a esto: a que, con la gracia de Dios y su auxilio, los hombres crean,
a que se conviertan a Jesucristo y le sigan, a hacer cristianos. De eso se
trata: de hacer cristianos, de engendrar y ayudar a crecer nuevos hijos de Dios
que conozcan a Dios Padre y a su Hijo Jesucristo, donde se encuentra la vida
plena y eterna. Todo, pues, como ya he dicho, en orden a una nueva
evangelización, todo encaminado a una pastoral de iniciación cristiana, que, por
obra del Espíritu Santo, se encamine a "hacer cristianos"; ésa ha de ser ante
todo nuestra primera solicitud pastoral. Aunque en nuestra diócesis hay tantos
signos de vitalidad cristiana, no podemos cerrar los ojos a la evidencia de una
secularización fortísima de nuestra sociedad ni a la secularización interna de
la iglesia, como si esto no nos afectase. Las cosas no pueden seguir igual ante
el gran cambio que está experimentando nuestra diócesis y ante el que todavía
mayor va a experimentar en los años venideros, con las comunicaciones, el
crecimiento demográfico, el aumento de la población joven y dinámica y muy
castigada por la cultura secularizada y de la increencia, pagana, que viene de
otras partes, el fenómeno tan singular de la proliferación de las
urbanizaciones,... Lo que está sucediendo en buena parte de la población joven
de España es algo que llena de preocupación por los jóvenes mismos y por el
futuro de la sociedad cuando ellos sean padres y educadores de las nuevas
generaciones : son muchos los que no creen en nada y viven sumidos en el
nihilismo y en el vacío, aunque es justo reconocer, a renglón seguido, que hay
también un sector muy amplio de jóvenes que buscan y encuentran a Jesucristo y
dan testimonio de Él.
Impulsar un fuerte
dinamismo misionero. Así se mantendrá y fortalecerá lo que tenemos
No podemos mirar a otro
sitio y continuar con una pastoral de mero mantenimiento y de conservación, no
podemos conducirnos por las inercias de lo que "siempre" hemos hecho, aunque
esto no debe suponer en modo alguno despreciar nada de la rica y genuina
tradición de esta iglesia toledana, al contrario. Con ser necesario mantener, no
mantendremos ni siquiera lo existente si no impulsamos un fuerte dinamismo
misionero en toda nuestra pastoral. Habrá que promover una acción pastoral
orientada a la conversión y a la fe confesante en el Dios vivo y soberano; no
podemos dar por supuesta ni la fe ni la conversión; muchos de los fallos y de la
falta de fecundidad de la pastoral es no propiciar por encima de todo la
conversión y el encuentro y la relación personal con Jesucristo, como nuestro
único dueño y Señor. Hay que presentar el cristianismo con toda su originalidad
y singularidad, en toda su exigencia y radicalidad, sin eliminar las aristas de
la cruz que a veces tanto se ocultan para hacernos plausibles, pero tras lo que
nada o apenas nada queda. Es preciso ofrecer "la sustancia viva del Evangelio",
en expresión de Pablo VI. Hay que decir y testimoniar claramente que Jesucristo,
Hijo Unigénito de Dios vivo, es el único Salvador, lo pide todo, y si no lo pide
todo, como al joven rico, no es Jesucristo; no podemos escamotear el camino de
las bienaventurannzas, el de la cruz, el de la negación a nosotros mismos, y el
de la vida nueva que en ese camino de la cruz y de las bienaventuranzas se da,
tan en dirección opuesta a los criterios de nuestra cultura deexaltación del
hombre, de negación de Dios, hedonista y pagana.
Decidámonos por una
pastoral misionera y por fortalecer la iniciación cristiana
No tengamos miedo a esta
pastoral y a lo que ella comporta. Pero decidámonos ya a ella, mañana puede ser
tarde, si Dios no lo remedia. Impulsemos una pastoral más diversificada y
acomodada a las situaciones de la fe; demos una orientación misionera a la
pastoral sacramental. Y muy en primer término, renovemos y potenciemos la
iniciación o la "reiniciación cristiana", con atención particular, en este caso,
a los jóvenes y adultos; el estudio y la reflexión sobre lo que es y exige la
iniciación cristiana dentro de la misión evangelizadora de la Iglesia en nuestro
tiempo es algo que debe ocupar nuestra atención a lo largo de este curso, como
ya se ha iniciado en el Consejo diocesano del presbiterio, para sacar las
conclusiones operativas a las que debamos llegar. Cierto que una pastoral de
iniciación cristiana para todos reclama un cambio de mentalidad y de estilo
pastoral, exige una pastoral evangelizadora y de fortalecimiento de la comunidad
eclesial, supera rutinas y nos pone a todos en movimiento. Pero una pastoral así
merece la pena y llena de ilusión y de esperanza.
Renovar las parroquias
29. Es preciso renovar las
parroquias en perspectiva misionera y dar vida a comunidades evangelizadoras. Si
de verdad queremos -y debemos quererla- una pastoral de iniciación cristiana con
todas sus exigencias, habremos de propiciar, en efecto, decididamente la
renovación de nuestras parroquias y de nuestra diócesis, entre otras cosas:
con una liturgia muy
cuidada
a) con una liturgia muy
cuidada en todos sus aspectos y exigencias, "mejorando nuestras celebraciones",
sobre todo de la Eucaristía; la Eucaristía, la celebración y la adoración, han
de ser centro de la diócesis y de las comunidades, fuente y vida de todo;
sigamos para ello la Encíclica del Papa Ecclesia de Eucaristía.Es necesario
recuperar y profundizar en la renovación litúrgica del Vaticano II; tal vez
necesitemos sacudirnos el polvo que se nos ha podido pegar en estos años de
camino en la renovación litúrgica, y necesitemos purificar algunas cosas, avivar
otras, en todo caso revitalizar las celebraciones litúrgicas, fortalecer el
sentido litúrgico en nuestras comunidades con una adecuada formación y con
celebraciones muy cuidadas. Todo lo que se haga en este orden de cosas
contribuirá de manera decidida a potenciar una diócesis evangelizadora en todos
los órdenes, ya que la liturgia, sobre todo de la Eucaristía, es fuente y cumbre
de la evangelización;
con una vida cada vez más
intensa de oración
b) con una
vida cada vez más intensa de oración y ofreciendo espacios para aprender a orar
y para orar ante el Señor personalmente o en forma comunitaria. Hemos de generar
un gran movimiento de oración, poner a toda nuestra diócesis en oración, hemos
de permanecer unidos todos en torno a la oración : orar más y más intensamente y
con verdad vuestro arzobispo, los sacerdotes, las personas consagradas, los
fieles cristianos laicos, las familias; que los sacerdotes no dediquemos menos
de una hora diaria a la oración mental, además del breviario y del Rosario; que
las familias oren juntas al menos en la bendición de la mesa y el santo Rosario;
que los padres y los abuelos enseñen a rezar a los pequeños, a hablarle a Dios
con toda naturalidad; que en todas las parroquias de la diócesis se tengan un
espacio diario para rezar el Rosario, que ofrezcan momentos de adoración al
Santísimo, que promuevan vigilias de oración, escuelas de oración, que se
propicien los grupos de oración particularrente entre los jóvenes; que se
conozcan más y mejor los monasterios de vida contemplativa y se vaya a ellos
para orar con las monjas o los monjes; no tengamos miedo a mantener nuestras
iglesias más tiempo abiertas para que los fieles puedan acercarse a hacer la
visita al Santísimo a orar; que se potencie la oración en los tiempos litúrgicos
fuertes. Si siempre la oración es necesaria y una escuela de evangelización
imprescindible, en un mundo tan secularizado como el nuestro, lo es todavía con
mayor motivo;
con un mayor conocimiento
de la Palabra de Dios
c) con iniciativas propias
y creativas que propicien un conocimiento mayor y una escucha más atenta de la
Palabra de Dios; formar para ello, grupos de lectura orante y reflexión de la
Palabra de Dios, impulsar la lectio divina en la diócesis y en las parroquias;
formar un grupo de animadores bíblicos a viven diocesano y parroquial que
acompañen y sirvan de guías en los grupos de estudio y oración bíblica, crear un
Centro diocesano de difusión de la Biblia y de formación de agentes para este
cometido, ofrecer materiales idóneos para este fin; difundir en las parroquias
las publicaciones del Evangelio de cada día y fomentar que en las familias
cristianas se lea el texto del Evangelio del día correspondiente y se dediquen
unos minutos para comentarlo en familia y orar sobre él; que los sacerdotes
preparemos la homilía dominical con una lectura meditada y orada de los textos
bíblicos del domingo; cuidemos mucho la homilía : tal vez no lleguemos a ver la
importancia que tiene y el mucho bien que se puede hacer con ella, para muchos
será su alimento que les sostenga en la vida cristiana y les aliente a proseguir
su camino. Todo lo que hagamos en este sentido por el conocimiento, difusión y
asimilación de la Palabra de Dios será de gran fecundidad para la comunidad
cristiana;
con la acogida de los
alejados y el ir a los lejanos
d) con
actitudes e iniciativas que propicien la acogida de los alejados. Entre
nosotros, muchos bautizados han perdido el sentido de la fe y de la pertenencia
a la Iglesia; viven alejados, por múltiples y variadas causas, de la comunidad
eclesial; nadie de nosotros puede permanecer insensible ante esta situación; es
necesario un propósito constante de acercamiento a estos bautizados, inspirado
en la actitud de acogida, comprensión y paciencia que tuvo Cristo, reflejo de
la misericordia del Padre, con los alejados de su tiempo, la que tiene con cada
uno de nosotros, pecadores. Las parroquias tienen que asumir decididamente la
tarea de ser auténticos lugares de acogida y experiencia del Evangelio de la
misericordia, abierto a todos, preocupándose, de forma especial de los alejados.
Que todos vean en la Iglesia, en las parroquias, instituciones eclesiales,
curia, en las personas de iglesia, una actitud de acogida, una iglesia madre y
acogedora; que nadie se vea rechazado o no atendido : (podemos hacer tanto en
cuanto a la acogida, y es tan fundamental y sencillo que debemos poner en ello
el máximo esmero y delicadeza; que valoremos el servicio de la acogida, en
sacerdotes y laicos, con todo lo que esto implica; que todos se sientan acogidos
y nadie se sienta excluido. Se nos ofrecen tantas y tantas ocasiones para
ejercer esta acogida, con tantos y tantos momentos para ella, que no podemos
desperdiciarlas y no ofrecer el signo de la verdad del Evangelio de la
misericordia. Y junto a la acogida de los alejados que nos llegan, fomentar
también iniciativa de acercamiento a los sectores lejanos: ante los alejados no
podemos estar esperando que nos lleguen o vengan a nosotros, es necesario
emprender y recorrer caminos de búsqueda, de acercamiento, dar el primer paso,
para ofrecer y testificar la riqueza de Jesucristo, su persona, su mensaje, su
salvación, y allanar los caminos para ello.
Fortalecer la celebración
del domingo
30. En este orden de cosas
estimo que es un elemento fundamental para la renovación de nuestras parroquias
en clave evangelizadora y para proporcionar el soporte necesario y constante a
la iniciación cristiana de las nuevas generaciones, el que impulsemos en toda la
comunidad cristiana la celebración del domingo como momento culminante de la
vida cristiana : son muchas las cosas que en este terreno cabe hacer ahondando y
sacando las consecuencias de la Carta Apostólica Dies Domini de Juan Pablo II
sobre la santificación del domingo; soy consciente de las dificultades, pero
también estoy convencido de que son muchas las iniciativas que podemos
emprender; lo cierto es que la santificación y recuperación del domingo
cristiano es uno de los aspectos que mejor contribuirán a la superación de la
secularización, a la consolidación de la vida cristiana y al impulso
evangelizador y misionero.
Dar prioridad a la
catequesis 31. Uno de los elementos básicos para lanzar a la diócesis por los caminos de la evangelización es la catequesis. He observado cómo en todas las parroquias se lleva a cabo la catequesis, sobre todo con los niños en los años anteriores a la primera comunión, y con los adolescentes con ocasión de la preparación al sacramento de la Confirmación. Pero sin quitar nada a lo mucho de bueno que hay en la catequesis en nuestra diócesis, ni del esfuerzo que se desplegó aquí en favor de la catequesis en momentos que todos tenéis presentes, ni del alto número y de la generosidad e interés de los catequistas, creo que, estaréis conmigo, podemos mejorarla, hacer más por ella, invertir más en ella, conforme a las directrices de la Iglesia para esta función tan vital, expresadas en el Directorio General de Catequesis y en el Catecismo de la Iglesia católica, acompañarla más de la comunidad cristiana, e insertar a su lado otras actividades de educación cristiana en tiempo libre.
Es preciso que pongamos
mucho empeño y que despleguemos grandes y generosas energías en la formación de
catequistas; tendremos que revisar y potenciar nuestras escuelas de catequistas
parroquiales, arciprestales o zonales y ofrecer orientaciones y materiales
adecuados para ello. Habríamos de ofrecer a los catequistas en las parroquias,
arciprestazgos, vicarías, y diócesis actividades de encuentro con Dios: retiros,
ejercicios espirituales, convivencias. Necesitamos instrumentos catequéticos.
Hay que utilizar el Catecismo de la Iglesia católica y los Catecismos de la
Conferencia Episcopal Española o los materiales, por ejemplo para la infancia
adulta o la preadolescencia aprobados en nuestra diócesis: éstos son los únicos
materiales aprobados en nuestra diócesis y éstos han de ser los utilizados en
nuestras catequesis, y no otros.
Necesitamos en nuestra
diócesis una catequesis para una Iglesia en estado de misión y dentro de un
proyecto de iniciación cristiana integral que ayude a los cristianos a asumir el
bautismo y a favorecer la identidad cristiana, que ayude a vivir y confesar la
fe de la Iglesia en nuestro mundo; que lleve a emprender el camino de la misión
al mundo y capacite para una presencia real, efectiva y confesante de los
cristianos en la vida pública. Instituir el catecumenado diocesano en sentido estricto y propiciar otras iniciativas para el catecumenado de adultos y jóvenes bautizados
31.- Con constancia y sin
desaliento, no fijándonos tanto en los números, trabajemos por implantar en la
diócesis el catecumenado bautismal en su sentido estricto como institución
diocesana al servicio de la iniciación cristiana para los no bautizados, o
instaurar el catecumenado en su sentido más amplio en buena parte de las
parroquias para los jóvenes y adultos que abandonaron la fe o la viven
débilmente, donde los cristianos sean conducidos al redescubrimiento integral de
la vida cristiana y a la conversión personal, de manera que se integren de
verdad a la comunidad espiritual y sacramental que es la Iglesia. En este orden
de cosas, sin magnificar ni absolutizar, sí que os pido a todos que no tengáis
reserva, máxime después de la aprobación de sus Estatutos, al Camino
Neocatecumenal que, ciertamente, es un carisma del Espíritu a la Iglesia en
estos tiempos para la reiniciación cristiana. No es el camino, pero sí que es un
camino, al que habremos de ayudar o cuando menos no podemos obstaculizar. Caben,
por supuesto, y habrá que crearlos, secundando la acción del Espíritu, otros
caminos de reiniciación cristiana: pero lo que no podemos es quedarnos cruzados
de brazos o agarrotados.
Iniciativas diversas para
la formación de laicos
32. Pongamos en marcha
iniciativas encaminadas a la formación de laicos, donde, sobre todo los jóvenes,
se preparen para su acción apostólica y misionera en el mundo y por medio de las
instituciones del mundo, como son la familia, la profesión, la intervención en
las responsabilidades sociales, culturales y políticas. El Instituto Superior de
Ciencias Religiosas que acaba de crearse y la renovación de las Escuelas de
teología ya existentes pueden ser un instrumento valioso para este fin. Se
podría también pensar en crear una Escuela Diocesana de Formación Teológica y
Pastoral con diversas sedes. A todas estas iniciativas e instituciones habrá que
darles una fuerte carga evangelizadora.
Impulsar grupos,
movimientos e iniciativas evangelizadoras
33.- Habremos de impulsar
grupos y movimientos que son netamente evangelizadores, por carisma y por
historia : los Cursillos de cristiandad, la Acción Católica, el Camino
Neocatecumenal, la Legión de María, los nuevos movimientos, algunos de ellos muy
propios de nuestra diócesis como el grupo "Peregrinos", o el de "Los Pinos", o "Getsemaní".
No tengamos miedo a estos movimientos, nuevos y tradicionales, pero que son en
su entraña más viva misioneros. En nuestra diócesis están surgiendo iniciativas
evangelizadoras, grupos que se sienten llamados a la evangelización en su
sentido más estricto y a propiciar y ayudar a otros en la misión, como por
ejemplo el que va a tener su centro en la parroquia de Argés y que, en mi
responsabilidad de pastor de la diócesis, aliento y bendigo. Habrá que propiciar
las misiones parroquiales, o la misión en la Universidad o en otros aspectos: lo
que sea, alentado por el Espíritu, pero para imprimir en toda la diócesis como
un gran movimiento y embarcarla a toda ella y en todos sus campos en ese
movimiento de evangelización. Habrá que potenciar iniciativas nuevas para
evangelizar: por ejemplo, peregrinaciones y encuentros de jóvenes, presencia en
los medios de comunicación, en el mundo de la cultura a través de foros,
conversaciones, diálogos, presencias nuevas en el mundo del arte y de la
música... Entre las iniciativas evangelizadora haríamos bien en retomar aquel
intento tan audaz como valioso que se proyectó para Talavera: aquello es posible
llevarlo a cabo hoy; debemos fortalecerlo, incluso con el apoyo de la "Casa de
la Iglesia" cuyas obras hay que culminar cuanto antes y darle el sentido
pastoral que las exigencias de evangelización reclaman hoy de nosotros. Es
necesario que la fe suscite en nosotros la creatividad, pero no podemos
encogernos ni replegarnos a los cuarteles de invierno. Consideramos todo ello
tan importante e imprescindible que, incluso en la organización, el Secretariado
de Misiones se ha ampliado a "Misiones y Evangelización", con el objeto de
potenciar y coordinar en la diócesis iniciativas evangelizadoras y fortalecer en
toda la comunidad diocesana la urgencia de la evangelización.
Pastoral que urja a la
conversión
32.- Aunque resulte
repetitivo y "machacón", quiero subrayar que una nueva evangelización requiere
una pastoral que urja a la conversión. Esto supone que es inaplazable centrar
nuestro esfuerzo pastoral en el anuncio y transmisión de los contenidos más
centrales del Evangelio de Jesucristo : la persona y el misterio de Jesucristo
en toda su integridad, el reconocimiento de la soberanía y de la paternidad de
Dios, la esperanza de la vida eterna, la donación del Espíritu Santo y la
gracia, la redención y el perdón de los pecados, la sabiduría de la Cruz, la
regeneración de la persona y de la vida, la práctica del amor fraterno como
norma y distintivo del comportamiento cristiano, las bienaventuranzas, el
decálogo. Tendríamos que ser capaces de una predicación misionera centrada en lo
esencial, apta par nuestros conciudadanos, sobre todo los jóvenes. Anunciar el
Evangelio de Jesucristo sin componendas ni cesiones a la moda : no se trata de
anunciar lo que a veces los hombres de hoy parecen querer oír y que les halaga,
sino lo que Dios quiere que les digamos y que El mismo nos ha confiado,
precisamente para entregarlo y no silenciarlo.
Desarrollar la conciencia
misionera
29.- Muy relacionado con
lo anterior, inseparable sin duda de todo ello y para que nuestra diócesis en
esta etapa de su historia recobre su fuerza y capacidad evangelizadora, es la
exigencia de desarrollar la conciencia misionera de todos, de los sacerdotes, de
los seminaristas, de las personas consagradas, de los fieles, animar en las
parroquias y comunidades cristianas, en los grupos y asociaciones apostólicas,
el espíritu misionero universal. Es preciso potenciar esta conciencia misionera
eclesial, de la misión ad gentes, en todos, tanto en los sacerdotes y
consagrados como en los laicos. Nos sentimos urgidos a una animación misionera
vigorosa en nuestra diócesis. Es preciso despertar esta responsabilidad en todos
los miembros del Pueblo de Dios y hay que tratar de formarlos para que puedan
asumirla y ejercerla según su vocación y carisma. Sería muy deseable y
recomendable que se crease en cada parroquia, en conexión con el Secretariado de
Misiones y Evangelización, un grupo misionero responsable de la acción misionera
de la comunidad, de promoción de vocaciones misioneras, de oración, de cercanía,
ayuda, apoyo y atención a las misiones y a los misioneros, particularmente
aunque no de manera exclusiva de los que tienen que ver con Toledo, también para
recoger fondos y ayudas económicas para este fin.
Dios llama a la diócesis
de Toledo a las misiones
No podemos dudar que Dios
llama a la Iglesia que está en Toledo de una manera muy fuerte a las misiones.
El número de sacerdotes, consagrados y laicos de nuestra diócesis que están
sirviendo a la Iglesia en las misiones es alto. Pero últimamente Dios nos pide
más. Dios nos ha regalado mucho, sobre todo, en sacerdotes, porque quiere de
nosotros que vayamos donde Él nos pide y envía: a las misiones. Os confieso que,
desde que he llegado a esta diócesis, he sentido esa llamada que se me ha
confirmado tan vivamente con mi visita este verano a la diócesis de Lurín, en
Perú: lo que allí ví y oí, las llamadas exteriores e interiores que experimenté.
Aquellos días pasaron por mí muchas cosas; pero no se trata de lo que pasó
simplemente por mí, sino de lo que todo ello estaba significando como
confirmación de toda una serie de hechos, de signos, de llamadas que venían
sucediéndose en los meses anteriores, contrastadas con no pocas personas de
nuestra diócesis, con los miembros del Consejo del Presbiterio, e, incluso, con
otras personas con especiales responsabilidades en la Iglesia. De todo ello,
surge la llamada a asumir una Prelatura Apostólica, que podría tal vez
encomendársenos también en Perú, sin abandonar para nada nuestra presencia en la
diócesis de Lurín y en otros lugares donde se encuentran nuestros misioneros.
El que la Santa Sede pueda
encomendarnos, tal vez en fecha no lejana, a nuestra diócesis de Toledo una
Prelatura o un Vicariato Apostólico es un gran don de Dios, un regalo más suyo,
que habrá de exigir de todos nosotros generosidad, gran sentido de Iglesia y
amor a ella, valentía y fe, caridad evangélica y anhelo de dar a conocer a
Jesucristo, pasión por el hombre y tantas y tantas cosas que están implicadas en
la misión. Hemos de prepararnos para esto, todos, no solo los sacerdotes; y
hemos de sentir esto como cosa de todos, que a todos nos implica y compromete de
diversas maneras y en diferentes grados. Entre tanto llega esto, oremos, oremos
insistentemente y con todas las fuerzas y llenos de confianza, para que Dios
capacite a esta diócesis para asumir esa responsabilidad, que nos haga
generosos, que nos dé sabiduría y fortaleza para decir, sobre todo los
sacerdotes: "Aquí estoy, mándame donde Tú quieras".
Pidamos que Dios prepare nuestros corazones para esta misión. Acarreará esta misión, sin duda, notables trasformaciones en nuestra diócesis, tendrá repercusiones en nuestro presbiterio, en la distribución de los sacerdotes en las tareas pastorales de aquí, en el seminario y en la formación que éste habrá de proporcionar a los futuros sacerdotes, en la corresponsabilidad de los laicos y de la vida consagrada, en la solidaridad económica con esa porción del pueblo de Dios que se nos encomiende a toda la diócesis, en tantas y tantas cosas. Todo será para nuestro bien, se fortalecerá la comunidad diocesana: la fe se fortalece dándola, la vida de una comunidad se fortalece dándose y comunicándose la comunidad a otras comunidades, habrá un nuevo impulso a una pastoral decididamente misionera, un renovado vigor evangelizador del que saldrán beneficiadas nuestras comunidades de aquí, habrá más vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada : a Dios nunca le ganaremos en generosidad. Hagamos nuestra la llamada de Jesús y roguemos al Dueño de la mies.
Estemos muy cercanos a
nuestros misioneros y ayudémosles
Pero antes y al mismo
tiempo, tengamos muy en cuenta a nuestros misioneros y misioneras que están en
diversos lugares de los distintos continentes. Sintámonos muy cercanos a los
sacerdotes misioneros de la diócesis; no los dejemos: a ninguno. Sintamos como
propios los lugares donde ellos trabajan. Solamente he conocido la misión de
Lurín: es admirable lo que nuestros sacerdotes misioneros están haciendo allí;
uno se siente orgulloso, con sano orgullo, de ellos y de los que han estado
antes; es inmenso el trabajo que allí hay; son grandísimas las necesidades. Todo
desde allí es llamada de Dios para que le ayudemos, porque Él desde aquellas
gentes que carecen de tanto y tan fundamental, es su clamor mismo el que nos
llega a nosotros. Necesita de nosotros para que llevemos allí la Buena Noticia
de su amor misericordioso y de buen samaritano.
Es necesario avivar la
conciencia misionera en toda la diócesis y de vivir la misión como obra propia.
El Secretariado diocesano de Misiones y Evangelización va a poner en marcha
diversas iniciativas encaminadas a esa animación misionera en toda nuestra
diócesis y en los diversos sectores de población. Secundémosla con apertura de
corazón. No nos cerremos ante esta llamada que el Señor nos dirige, y que,
además, es una señal más de su amor.
Jóvenes misioneros Propiciemos también, como ya viene haciéndose, el que jóvenes de nuestra diócesis pasen temporadas en aquellos lugares de misión ad gentes como verdaderos misioneros, con espíritu misionero; no como turistas. Este verano he tenido ocasión de comprobar en Lurín con el grupo de veinticuatro jóvenes, acompañados de cuatro sacerdotes, lo grande y beneficioso que resultan estas experiencias misioneras de un mes, o de más tiempo, tanto para el lugar donde van, como para los propios jóvenes que van allí; me han edificado. Otros grupos de jóvenes, me consta, han ido a otros lugares, con la misma experiencia y con el mismo testimonio y beneficio. Habría que propiciar igualmente que nuestros seminaristas antes de ordenarse sacerdotes dediquen un tiempo a las misiones : su formación se verá enriquecida y fortalecida.
El presbiterio de Toledo,
un verdadero regalo de Dios
30.- No puedo dejar de
referirme en este recorrido rápido sobre algunos aspectos concretos a los
sacerdotes. Lo reconocí al principio: el presbiterio de nuestra diócesis es un
verdadero regalo de Dios, un don de su gracia a la Iglesia que peregrina en
estas tierras castellano-manchegas y extremeñas que conforman nuestra diócesis.
Siempre, todos los días doy y debemos dar gracias todos a Dios por nuestro
presbiterio, no sólo por el número y por la juventud del mismo, sino, ante todo,
por la cualidad sacerdotal y eclesial de todo su conjunto. Aprecio con gozo
agradecido la buena salud de nuestro presbiterio.
Fortalecer la vida
espiritual de los presbíteros
Por ello, justamente,
habrá que intensificar todavía más y fortalecer la espiritualidad de los
presbíteros, el cuidado de los sacerdotes, la atención y solicitud por ellos. La
creación de una Vicaría Episcopal quiere ser un signo y un deber que el
Arzobispo y toda la iglesia diocesana habremos de prestar especialísima
atención, afecto y solicitud por todos los sacerdotes. Se están dando pasos en
la organización de esta Vicaría, que, entre otros, se verá ayudada por los
Vicarios Episcopales, los Arciprestes y formadores del Seminario. El Papa, hace
ya unos años, nos regaló a toda la Iglesia la Exhortación Apostólica Pastores
dabo vobis. Esta Exhortación, explicitación de las enseñanzas del Vaticano II,
junto con el "Directorio para la vida y ministerio de los presbíteros", de la
Congregación del Clero, y el último documento de este Dicasterio sobre "El
ministerio del párroco", de hace dos años, serán las orientaciones que habremos
de seguir en el servicio y atención a los sacerdotes; también las cartas que
todos los años de su pontificado nos ha dirigido el Papa a los sacerdotes el día
de Jueves Santo las tendremos muy en cuenta. Ahí tenemos una fuente
imprescindible para renovar y fortalecer nuestra espiritualidad sacerdotal y, a
su luz, renovar el carisma que el Espíritu Santo ha puesto en nosotros.
La formación permanente y
la atención de los sacerdotes
Entre otras cosas, la
Exhortación apostólica Pastores dabo vobis nos invita a la formación permanente.
Seguir propiciando, como se ha hecho hasta ahora, la interiorización de esta
Exhortación Apostólica y cuidar la formación permanente de todo el presbiterio,
especialmente de los jóvenes sacerdotes ordenados los últimos cinco años es algo
a lo que debemos dedicar todo lo que sea necesario. También nuestra atención
especial y agradecida habrá de volcarse con los sacerdotes mayores en todos los
aspectos que requieran sin escatimar nada; también con la ampliación ya
finalizada de la residencia sacerdotal de Toledo, con la próxima residencia de
Talavera en la ya mencionada Casa de la Iglesia, y otras más pequeñas que puedan
crearse; pero, sobre todo, con la atención y afecto personal a cada uno de ellos
en los que tanto tenemos que mirarnos los sacerdotes por su ejemplaridad y su
entrega sacerdotal.
Se necesitan más
sacerdotes. Potenciar la pastoral vocacional
31. Nuestro presbiterio,
gracias a Dios, es numeroso. Pero la diócesis de Toledo necesita más sacerdotes
: los necesita para atender a lo que tenemos sin que disminuya en efectividad,
para atender a las nuevas necesidades que nos llegan ante los cambios y
trasformaciones demográficas, sociales y culturales de nuestra diócesis, para
poder atender a las demandas que nos llegan de otras diócesis españolas, de la
Conferencia Episcopal o de la Santa Sede, y para atender a las necesidades a las
que vamos a tener que responder en seguida en las misiones y al asumir nuevas
responsabilidades misioneras. Si queremos, por lo demás, que haya un laicado
comprometido en la obra evangelizadora de la Iglesia, es necesario que se
multiplique el número de los sacerdotes.
Por ello, no podemos bajar
la guardia: el que este año, por ejemplo, haya tantos ingresos en el Seminario
Mayor, no debe conducirnos a dormirnos en el terreno de la pastoral vocacional.
Al contrario, hemos de potenciar más y más esta pastoral, que no es algo
sectorial, una parte más de la acción eclesial, sino que tiene que ver, en el
fondo, con todo; habremos de fortalecer el equipo del Secretariado diocesano de
pastoral vocacional, trabajar muy en conjunto con los seminarios, la
subdelegación de juventud, los movimientos de infancia y de jóvenes, con otras
organismos de la Iglesia orientados a la formación cristiana de las nuevas
generaciones, como la catequesis, la escuela, la enseñanza religiosa, las
actividades de educación cristiana de tiempo libre, o con la pastoral familiar.
La vocación hay que
proponerla y ofrecerla de manera explícita : hay que llamar personalmente, sin
ningún complejo, porque algo bueno a lo que llamamos en el nombre del Señor,
esto no coarta la libertad sino que la estimula. Claramente hay que mostrar que
merece la pena ser sacerdote, entregarse al Señor para consagrarse plenamente al
servicio de los hombres como pastores. Confieso que, la alegría sacerdotal con
que viven nuestros sacerdotes su sacerdocio, su esperanza y tantas cosas, es un
aliento insustituìble para los niños y jóvenes; si no fuera por el gozo
sacerdotal que trasparentan nuestros sacerdotes, su decir con obras y palabras
que merece la pena ser sacerdotes, no habría tantas vocaciones sacerdotales;
éste es, quizá uno de los secretos de la pastoral vocacional en nuestra
diócesis; por eso atender a los sacerdotes, cuidar el presbiterio, fortalecer el
presbiterio es una de las realidades en las que todos, desde el Obispo al último
de los fieles, y el propio presbiterio, habremos de poner especial empeño, con
la ayuda y gracia del Señor.
Reconozco que es una de
las cosas que más me ha impresionado al llegar a Toledo; cuando, por ejemplo,
veo en los encuentros de monaguillos -la pastoral con monaguillos es muy
importante y no podemos debilitarla en nada- la alegría con la que acompañan
nuestros sacerdotes jóvenes a sus monaguillos y cómo se sienten gozosos de
traerlos a las convivencias en el Seminario Menor, comprendo que surjan tantas
vocaciones. Prosigamos ese camino.
Habrá de favorecerse
también en la acción pastoral la dirección y el acompañamiento espiritual, la
confesión sacramental, la formación para la oración y la oración personal, el
diálogo con cada uno, porque sólo de ese diálogo tú a tú con Dios, con un
sacerdote, con un formador..., surge la vocación o se alimenta.
Orar por las vocaciones
En esto estamos
comprometidos todos; a todos os pido vuestra ayuda total. En esto nos jugamos
mucho. Un elemento fundamental e imprescindible es la oración constante y
ferviente por las vocaciones sacerdotales : orar en todas y cada una de las
Eucaristías que se celebran diariamente en nuestra diócesis, con preces
especiales en la oración de los fieles, incluidas también en la oración de la
Liturgia de las Horas; con vigilias de oración al menos una vez al mes ante el
Santísimo en las parroquias; es preciso orar mucho por esta intención : la
vocación es un don de Dios y hay que pedirla al Dueño de la mies.
"Por un seminario nuevo y
libre", también hoy
32. Dios nos ha bendecido
con abundantes vocaciones en tiempos de secularización y también nos ha
bendecido con el Seminario que tenemos. Hay que decir que este seminario que
tenemos es también uno de los elementos fundamentales para esta pastoral
vocacional, porque la formación que ahí viene impartiéndose contribuye a que
tengamos el presbiterio que tenemos y, además, por su identidad y claridad en
sus objetivos y contenidos, en su pedagogía, en su eclesialidad, en su formación
espiritual e intelectual, se hace atrayente para quienes se sienten llamados.
Por estas fechas se cumplen los treinta años de aquella carta pastoral de nuestro querido Sr. Cardenal, D. Marcel : "Por un seminario nuevo y libre". Por los frutos los conoceréis; y ahí tenemos los frutos. Por ello queremos y debemos proseguir el camino trazado por aquella Pastoral que, posteriormente ha sido tan fuertemente confirmado por el Papa Juan Pablo II en su Exhortación Apostólica Pastores dabo Vobis.
Ése es el seminario que
queremos : el que quiere la Iglesia y como la Iglesia lo quiere, el que Dios
está bendiciendo. Seguir estas orientaciones y aplicarlas al seminario de hoy es
lo que hemos de hacer sencillamente; esto no es conservadurismo, sino secundar
la acción del Espíritu y lo que Él dice a la Iglesia diocesana. Pido a todos que
sintáis muy cerca al seminario, que roguéis por él, colaboremos con él en todos
los aspectos que necesite con ilusión, afecto y esperanza.
La evangelización de
los jóvenes : cuestión principal y urgente
33. Como en el resto de
las diócesis españolas, como en casi todo el mundo, también en la nuestra, he
podido comprobar la grave cuestión de la evangelización de los jóvenes. Es
cierto, y esto debe llenarnos de gozo y esperanza, que en la diócesis de Toledo
estáis trabajando mucho y bien en este campo : la amplia y meritoria labor,
bendecida por Dios, de la Subdelegación diocesana de Pastoral de juventud
durante ya bastantes años está dando sus frutos; es mucho y bien lo que aquí se
ha trabajado a lo largo de varios lustros. Es necesario proseguir sin desmayo y
con todos los apoyos por ese camino. Hay que también reconocer la espléndida
tarea que se ha desplegado con los jóvenes de Acción Católica, completado con el
trabajo con los niños de la misma Acción católica, o con otros movimientos como
los Jóvenes por el Reino de Cristo, o los Peregrinos, o Los Pinos, o los
Getsemaní, u otros movimientos y grupos en nuestra parroquias, o impulsados por
diversos carismas o en Colegios. Es gozoso comprobar cómo se ha trabajado por
los Encuentros Mundiales de la Juventud con el Papa, o los nacionales en
Santiago de Compostela, o los encuentros y peregrinaciones a Guadalupe, Urda,
Fátima, y la huella que han dejado. Todo esto nos muestra que estamos en buen
camino, y que, aunque difícil, es posible trabajar con los jóvenes, y no podemos
desmayar. Es necesario imprimir un nuevo dinamismo a la pastoral de juventud en
nuestra diócesis.
Vayamos a los jóvenes
alejados. Los jóvenes evangelizadores de los jóvenes
No podemos contentarnos
con lo que tenemos que, como digo, es mucho y bueno. Aquí vale recordar aquellas
palabras de Jesús referidas en general : "Tengo otras ovejas que no están en
este redil". También en Toledo tenemos otros muchos jóvenes que no están dentro
de la Iglesia, que se han alejado de ella o están lejos de ella. No hay
encuentro con matrimonios que no salga su preocupación por sus hijos, el miedo y
pavor que tienen ante el ambiente que devora a sus hijos; no hay reunión con
educadores, con profesores y maestros, que no muestren sus preocupaciones y
perplejidades ante los jóvenes de hoy, como tampoco hay reunión pastoral con los
sacerdotes que no salga el tema de los jóvenes, y casi siempre señalando las
dificultades pastorales que encuentran con ellos. Hay una juventud difícil, pero
también hay una juventud buena, que reclama ser comprendidos, queridos como son,
que se tenga confianza en ellos, que no se les rechace, buscan a Dios, este
mundo no les llena, son frágiles a veces pero saben tienen un corazón grande y
abierto a Jesucristo.
Hay también una porción
amplia de juventud que, en efecto, está alejada y vive inmersa y como dominada
por una cultura y una mentalidad que les va vaciando por dentro. Muchas veces no
sabemos cómo actuar; pero sí somos conscientes que es necesario actuar y
propiciar una pastoral evangelizadora y educativa adecuada a ellos. No cabe
ninguna postura derrotista. Habremos de intensificar en las parroquias la
formación de jóvenes, habremos de propiciar aquellos movimientos y realidades
eclesiales, grupos y comunidades, que tienen fuerza entre los jóvenes y que los
lleva a Jesucristo, a seguirle, que los hace cristianos. Habrá que desarrollar
un ininterrumpido esfuerzo de coordinación pastoral que responda claramente a un
planteamiento evangelizador y de iniciación cristiana. En este sentido pido a
todos los que trabajan en el ámbito de la enseñanza, como profesores de religión
o como escuela católica, a que se apresuren a trabajar y coordinarse, en la
diócesis, en una pastoral de juventud clara y decididamente según los criterios
de la Iglesia, los que con tanta claridad como fuerza evangélica y espiritual
nos ha mostrado el Papa Juan Pablo II, el gran evangelizador de los jóvenes del
siglo XX y del XXI.
Alentar asociaciones,
movimientos y grupos de jóvenes
Habrá que alentar las
asociaciones y movimientos, los grupos de jóvenes cristianos que tanto bien y
tanta fuerza y vida están mostrando con nuestra juventud; suscitar nuevos si
fuera preciso. Siempre desde la comunión eclesial, que es comunión en la
diócesis. El Espíritu está manteniendo movimientos tradicionales en la Iglesia
con renovado vigor y escuchando su voz, como nuestros jóvenes de Acción
católica, o suscitando nuevos movimientos. El es el que lleva la Iglesia;
secundemos su acción; no nos cerremos a su acción. Con ilusión y esperanza, con
fe y confianza en el Señor de la Iglesia y de nuestras vidas, nuestra diócesis
ha de proseguir el camino que lleva, pero también se ha de aprestar a trabajar
con renovadas fuerzas y con todo empeño, con garbo y juventud, en este campo
pastoral tan querido donde está el futuro de la Iglesia y de la sociedad. La
Iglesia, la diócesis de Toledo, necesita contar con la generosidad, el deseo de
justicia y de paz, y la capacidad de entrega de una juventud cristiana libre,
valiente, decidida, esperanza y evangelizadora.
Otro campo prioritario :
la familia. Pastoral familiar
34. Junto al tema de la
juventud no puedo dejar de referirme al de la familia. Mucho depende el futuro
de los jóvenes, de la realidad de la familia; y mucho depende el futuro de la
familia de la realidad actual de los jóvenes. Es éste un campo prioritario. La
familia ha sido siempre, en expresión del Juan Pablo II, el "camino de la
Iglesia" y hoy sigue siendo cauce principal de evangelización; el debilitamiento
cristiano de la familia ha acarreado el debilitamiento de la Iglesia y la
pérdida de fuerza en la transmisión de la fe. Para que siga siendo ese camino y
ese cauce es preciso cuidar y fortalecer la pastoral familiar, la evangelización
de las familias, en nuestra diócesis. Esta pastoral merece una atención
preferente por parte de todas las instituciones de Iglesia. Entre ellas, las
parroquias deben tener en cuenta en todas sus acciones la dimensión familiar.
Doy gracias a Dios por la
fuerza que todavía mantiene la familia cristiana en toda nuestra diócesis; es
una riqueza que debemos mantener y aumentar, en modo alguno dilapidar; aun
estamos a tiempo. Reconozco así mismo todo el peso y la rica trayectoria de los
movimientos familiaristas: Los Equipos de Nuestra Señora, el Movimiento Familiar
Cristiano, los Encuentros Conyugales y otros movimientos, como las Asociaciones
Católicas de Padres de Alumnos y la labor realizada en favor de la familia por
otros movimientos apostólicos que sin tener esa finalidad como rasgo específico,
sin embargo han hecho y están haciendo mucho en favor de la familia.
Es mucho lo que hay que
hacer en este campo, máxime con todo lo que se viene encima y frente a la
familia. La Subdelegación diocesana de Familia y Vida tiene una espléndida
trayectoria y piensa en unos buenos proyectos. Ella ha de ser, junto con las
parroquias y los movimientos, la gran alentadora y coordinadora de la pastoral
familiar en nuestra diócesis. Para eso habrá de aplicar a nuestra diócesis las
orientaciones de ese gran documento, difícilmente mejorable hoy, que es la
Exhortación Apostólica Familiaris Consortio de Juan Pablo II, o su "Carta a las
familias", y otros documentos de la Santa Sede; también habremos seguir y
secundar muy de cerca las orientaciones y directrices de esa espléndida
Instrucción Pastoral de la Conferencia Episcopal, "La Familia, santuario e la
vida", del pasado año, y el próximo Directorio de pastoral Familiar de la
Subcomisión Episcopal para La Familia que, D.m., será aprobado en los próximos
meses.
Entre tanto llegan estas
orientaciones, y se elabora un plan global de actuación diocesana en este campo,
seguiremos potenciando los cursos prematrimoniales, la formación de agentes para
la Pastoral Familiar, la difusión y aplicación de los materiales de la
Subdelegación diocesana, los Movimientos de pastoral familiar. Un campo en el
que hemos de dar pasos importantes y decididos es en la creación de uno o más
Centros diocesanos de Orientación Familiar, como en la creación de Centros para
la paternidad responsable con la difusión de los métodos naturales, de
iniciativas para la defensa de la vida. Ya se ha aceptado por parte del
Instituto Juan Pablo II de Roma la creación de un Master sobre Familia y Vida en
la diócesis de Toledo, lo cual tendrá una gran y fecunda repercusión en toda la
pastoral diocesana.
La nueva evangelización
depende en gran medida de los fieles cristianos laicos: promover la misión de
los laicos
35. La nueva
evangelización que nos urge, a la que Dios nos apremia, está muy en manos de los
fieles cristianos laicos. Por su vocación específica, que los coloca en el
corazón del mundo y al frente de las más diversas tareas temporales, son
particularmente llamados a llevar a cabo la renovación de nuestro mundo, de la
humanidad. Si no contamos con un laicado evangelizado y evangelizador no habrá
Iglesia que evangelice. Y esto, no tanto por la escasez de sacerdotes, cuanto
por la propia y específica vocación de fieles cristianos inmersos en el mundo.
Al igual que en los primeros tiempos, ahora están llamados a propagar la fe en
Cristo por todas las partes. Los Apóstoles dirigían la misión, pero no sólo
ellos la llevaron a cabo; los simples cristianos, los " cristianos de a pie", de
la profesión o condición que fuesen, llevaron el Evangelio a donde aun no habían
llegado todavía los enviados "oficiales" de las comunidades establecidas.
Sin la mediación de los
cristianos laicos es imposible la obra de evangelización; ellos llegan con toda
naturalidad donde no podemos ni llegaremos nunca los Obispos o los sacerdotes.
Y, sin embargo, en esos lugares está en juego la evangelización. Desde aquí hago
a todos los fieles cristianos laicos una llamada apremiante y urgente a que se
unan, sin ningún temor, a la obra de la evangelización. Su tarea primera e
inmediata es poner en práctica todas las posibilidades cristianas y evangélicas
escondidas, pero a su vez ya presentes y activas en las cosas del mundo. El
campo propio de su actividad evangelizadora es el mundo vasto y complejo de la
política, de lo social, de la economía y también de la cultura, de las ciencias
y de las artes, de la vida internacional, de los medios de comunicación de
masas, así como de otras realidades abiertas a la evangelización como el amor,
la familia, la educación de los niños y jóvenes, el trabajo profesional, el
sufrimiento,... Cuanto más seglares haya impregnados del Evangelio, responsables
de estas realidades y claramente comprometidos con ellas, competentes para
promoverlas y conscientes de que es necesario desplegar su plena capacidad
cristiana, tantas veces oculta y asfixiada, tanto más estas realidades estarán
al servicio de la edificación del Reino de Dios y, por consiguiente, de la
salvación en Cristo Jesús (Pablo VI), y, en consecuencia, de hacer mejor nuestro
mundo.
Es hora de actuar y de
aportar la savia renovadora del Evangelio para recomponer el tejido social y
moral de nuestro pueblo. Los seglares tienen la principal parte. Es su hora.
Pido a toda la Iglesia
diocesana a que, con la fuerza de la gracia de Dios, hagamos un esfuerzo
decidido por promover la corresponsabilidad y participación de los seglares
dentro de la vida y misión evangelizadora de la Iglesia en conformidad con sus
caracteres específicos de existencia cristiana. Es necesario que con toda
claridad y decisión nos propongamos ayudar a que nazca y se potencie un laicado
maduro y comprometido en las realidades temporales, sin el que la Iglesia no
podrá aparecer como luz y sal de la tierra. Apremia el que los hombres crean.
Apremia el que mundo nuestro sea renovado con hombres nuevos. Por eso, invito
con todas mis fuerzas a la comunidad cristiana, especialmente a los sacerdotes,
a que hagan un llamamiento vigoroso a los cristianos laicos a que se incorporen
al apostolado activo.
Promover el apostolado
individual de los laicos
Primeramente a un
apostolado individual, porque éste es la forma principal de todo el apostolado
de los laicos. Se trata de una irradiación capilar constante y particularmente
incisiva en el entorno en que el laico cristiano desarrolla su vida: el ámbito
familiar, el del trabajo, el de las relaciones sociales, el del
esparcimiento,...De este apostolado individual nadie debe sentirse exento. Pero
esto es insuficiente para la obra evangelizadora de la Iglesia.
Promover el apostolado
asociado de los laicos
Se necesita un apostolado
asociado, máxime en esta hora tan compleja que estamos viviendo. Por ello pido y
exhorto a las comunidades y a los sacerdotes que inviten a los cristianos laicos
a participar en el apostolado asociado, que es signo de la comunión y de la
unidad de la Iglesia. No tengamos miedo al apostolado asociado. No veamos en
este apostolado ningún riesgo para las parroquias; al contrario son fermento y
acicate para su revitalización.
Debemos promover el
apostolado asociado. Nuestra diócesis debe poner todo su empeño en ello; la
estrecha unión de fuerzas es la única que vale para lograr plenamente todos los
fines del apostolado. Debemos promover y favorecer la inserción de los
cristianos laicos en los diferentes movimientos apostólicos laicales suscitados
por el Espíritu Santo, reconocidos y aprobados por la Iglesia, acompañarlos y
proporcionarles los elementos educativos necesarios. No hacer esto sería ir
contra el mismo Espíritu Santo que es quien suscita los diferentes carismas de
apostolado en la Iglesia. )Cómo vamos a ir o actuar contra el Espíritu?
Es necesario que nuestra
diócesis, a través de la Delegación de Apostolado Seglar y de los responsables
diocesanos de los diferentes movimientos, oriente a las parroquias, a los
sacerdotes, a los seminaristas, sobre la naturaleza y sentido de los movimientos
y asociaciones apostólicas, tanto en la ciudad como en el resto de los pueblos,
los más adecuados a nuestrassociedad. Como ya he indicado en repetidas
ocasiones, nuestra Iglesia diocesana ha de apoyar y fortalecer la Acción
Católica conforme a las actuales orientaciones de los Obispos. Pero también
debemos estar atentos a los nuevos Movimientos y caminos que el Espíritu Santo
ha suscitado y suscita actualmente en la Iglesia como formas de asociación
apostólica y que están siendo una riqueza y un estímulo para la Iglesia; en
ellos hay vida.
La Delegación diocesana de
Apostolado Seglar y el Consejo diocesano de laicos: relanzar el apostolado de
los laicos
A este fin, la Diócesis
por medio de la Delegación de Apostolado Seglar y del Consejo Diocesano de
Laicos, que habrá que crear pronto, habrá de dar un gran y fuerte impulso a la
misión y apostolado de laicos, a su presencia en la vida pública, en el mundo,
donde está su lugar principal. Reconociendo todo lo mucho y bueno que se está
haciendo ya desde la Delegación y desde los distintos movimientos y asociaciones
apostólicas existentes en nuestras diócesis hemos de esforzarnos, con la ayuda
de la gracia, y con todo el empeño de que seamos capaces y las fuerzas que Dios
nos dé en un relanzamiento del apostolado seglar en nuestra diócesis. A ver, sin
con el auxilio del Espíritu Santo y nuestra ilusión y esfuerzo, damos un
"empujón" al apostolado de los laicos entre nosotros. (Nos urge tanto!.
Abundantes iniciativas y
proyectos de los laicos de la diócesis
He escuchado en estos
meses a bastantes seglares, he mantenido encuentros con diversos grupos y
reuniones en las que participaban fieles cristianos laicos de diversas
procedencias, pertenecientes a diversas asociaciones apostólicas, con gran
sentido de comunión eclesial, con madurez humana y cristiana y todavía juventud,
y con muchas ganas de trabajar como cristianos en las realidades temporales y de
que se les impulse y se les dé juego para actuar conforme a su condición de
tales cristianos en la misión evangelizadora de la Iglesia. Les he oído las
interesantes inquietudes, iniciativas y proyectos que traen en el campo
cultural, social, político, mediático, familiar, profesional, y hay que ponerse
manos a la obra; ellos saben que no he echado en saco roto sus aportaciones y
sugerencias. Hay que contar con ellos, les asiste su razón de bautizados, y no
podemos en modo alguno defraudarlos. Es muy esperanzador que haya seglares con
tales ganas, actitudes e iniciativas.
Promover y alentar la
presencia de los católicos en la vida social y pública
36. Muchos fieles
cristianos laicos no quieren engrosar, con toda razón, esa inmensa "cofradía de
los ausentes" de la inserción cristiana en el mundo. Nadie de la Iglesia,
persona o institución debería engrosar esas filas en las que se establece algo
tan anticristiano como es la separación de la fe y de la vida, la reducción de
la fe a la privacidad. Es preciso impulsar la presencia de los católicos en la
sociedad y alentar el testimonio de la caridad cristiana en nuestro mundo. Como
señalé antes, los cristianos estamos llamados a ofrecer y hacer presente el gran
signo de la caridad en las realidades del mundo de hoy, o lo que es lo mismo
mostrar la fuerza trasformadora y renovadora que tiene el Evangelio en las
realidades de nuestro mundo y de nuestra historia. En este terreno son
abundantes y variadas las llamadas a una presencia cristiana en el mundo que
supere la tendencia y la manía a la privatización de la fe a la que se nos
quiere reducir y en la que con tanta facilidad se puede caer.
Formar a los católicos en
una mayor conciencia social y en la doctrina social de la Iglesia
En este sentido, viendo
las necesidades de nuestra diócesis, estimo que es urgente sensibilizar y formar
a los católicos en una mayor conciencia social; se trata de una cierta ausencia
o carencia que debemos superar. Toledo, sin embargo, ha tenido una excelente
tradición e historia en este campo, donde brillan con especial fuerza
cardenales, por ejemplo el Cardenal Ciriaco Sancha. Es preciso que superemos
esto y que impulsemos la formación de los cristianos en la doctrina social de la
Iglesia y que la apliquemos. Hay necesidad de descubrir, conocer, vivir y
aplicar el magisterio social de la Iglesia, tan rico, abundante, riguroso e
importante para la renovación de la humanidad. Se conoce poco esta doctrina
social, y, sin embargo, es imprescindible para el testimonio y presencia pública
de los cristianos en las realidades de nuestro mundo.
Propiciar medios e
instrumentos para formar la conciencia social cristiana conforme al magisterio
de la Iglesia
Hoy han aparecido nuevos
problemas: urge conocerlos y presentar adecuadamente la visión cristiana, la que
se deriva del Evangelio, sobre ellos (las cuestiones relacionadas con la vida,
con la familia, con la paz, con los desequilibrios ecológicos, con la economía,
con la violencia terrorista, con los medios de comunicación social, con la
mujer, con la economía y el trabajo, con la política, con las potencialidades de
la ciencia, con la globalización, con los derechos humanos,...). En este
sentido, tanto el Instituto Superior de Ciencias Religiosas, recién creado, como
la Escuela Diocesana de formación teológica y pastoral que habría que crear,
habrían de ofrecer cursos destinados a esta formación en la doctrina social y en
la capacitación para su aplicación; habría que ofrecer también esta formación en
la doctrina social de la Iglesia, por cauces sencillos de divulgación a través
de cursillos y jornadas en arciprestazgos y parroquias, en los movimientos
apostólicos; tal vez, incluso, poder ofrecer un master en doctrina social, o, en
todo caso, enviar a personas a formarse a través de masters en doctrina social
de la Iglesia que están funcionando en otras partes de España con grandes
posibilidades de participación en ellos; también se podría hacer llegar con
agilidad a los fieles, y especialmente a los sacerdotes, respuestas con los
criterios de la Iglesia sobre problemas que surjan y cuestiones de actualidad
necesitadas de valoración y enfoque cristiano.
Medios de comunicación
para una formación social cristiana
En todo caso habría que
aprovechar nuestros propios medios de comunicación -Canal Diocesano de TV, Radio
Santa María y el semanario "Padre Nuestro"-, y ofrecer espacios habituales para
esta formación e iluminación de las cuestiones con la luz de esta doctrina
social de la Iglesia. En el mismo sentido hay que invitar a que cristianos,
formados en este campo, escriban en las publicaciones periódicas del mundo civil
o se manifiesten a través de los distintos medios de comunicación en los que sea
posible hacerlo. Es preciso generar un gran movimiento de difusión y
conocimiento de la doctrina social de la Iglesia sobre los distintos aspectos de
nuestro mundo, por otra parte tan ignorada y, tal vez, por eso mismo denostada.
Alentar la presencia de
los católicos en la vida pública como parte de la evangelización
A partir de aquí se podrán
y deberán impulsar acciones e iniciativas tendentes a concienciar, apoyar la
presencia y la participación de los católicos en la vida pública como parte de
la misión evangelizadora de la Iglesia e inseparable de ella: la familia, la
educación , la cultura, la política, la economía, la sanidad,...Para ello se
podrían organizar encuentros con profesionales, diversos foros de debate y
diálogo donde se de a conocer la visión cristiana de todas esa gama tan rica y
plural de realidades y situaciones.
Potenciar Cáritas
diocesana y Cáritas parroquial
Todo ello sin disminuir ni
un ápice, más bien todo lo contrario, la obra llevada a cabo por la diócesis a
través de Cáritas diocesana y de las Cáritas parroquiales, en cuanto cauce
institucional por el que la Iglesia despliega el ejercicio de la caridad
teologal. Es necesario potenciar Caritas diocesana, aprobar sus nuevos
Estatutos, perfilar todavía mejor sus fines y su identidad, generar en cuantos
trabajen en ella una gran ilusión que brota de la fe y del sentirse miembro de
la Iglesia y actuar con ella en favor de los más pobres, y para hacer presente
la caridad de Cristo, abrir nuevos campos en la atención a la pobreza y a las
pobrezas. Habrá que intensificar la formación de la conciencia de los
cristianos para que actúen conforme a la caridad teologal y en virtud de ella;
temo que ante una sociedad tan organizada en sus servicios sociales, los
cristianos pierdan de vista que la caridad es el "alma" del actuar de los
cristianos, y que su ejercicio es absolutamente imprescindible. En las
parroquias hay que alentar la conciencia de que todos sus miembros están
llamados a implantar la caridad en nuestro mundo y en las relaciones con los
pobres y marginados, una conciencia que nos tranquilice con la aportación
económica en alguna de las colectas. Habrá que potenciar, o en su caso crear, la
Cáritas en cada una de las parroquias, o asociándose parroquias en Caritas
interparroquiales; son muchas todavía en las que no está Caritas parroquial; no
podemos, por lo demás, dejar toda la vida de caridad de las parroquias en las
manos de unos pocos y generosos cristianos que pertenecen a Caritas. Es preciso
también formar a cuantos colaboren de modo especial y permanente con Caritas en
el espíritu y en la identidad que le son propias.
Cáritas ni puede ni
pretende agotar la atención a los pobres y a las pobrezas. Coordinación de la
acción carititativa y social
Cáritas, por lo demás, no
pretende agotar todo lo que es la atención a los pobres y pobrezas de la
sociedad. Hay también otras instituciones e iniciativas eclesiales que también
se dirigen a servir a Cristo en los más pobres - como Manos Unidas, Conferencias
de San Vicente Paúl, órdenes o carismas de vida consagrada al servicio de los
pobres y de los que sufren-: con todas ellas y Cáritas, la Delegación diocesana
de Caridad y Acción Social, habrá de llevar a cabo una tarea de coordinación y
potenciación mutua, en orden a que la Iglesia, en sus comunidades, parroquias,
grupos e instituciones, se muestre cada día con mayor fortaleza y vigor en la
caridad, como expresión de su vitalidad evangélica. En este orden de cosas no
podemos olvidar que nuestra caridad se ha de extender a todos: a los cercanos y
a los lejanos, a las pobrezas nuevas y viejas que tocamos todos los días entre
nosotros, y a las pobrezas del Tercer y Cuarto Mundo, que tal vez, nos resulte
lejano, pero cuyo clamor nos llega y toca muy cerca.
La pastoral de inmigrantes
37. Una atención especial,
sobre todo teniendo en cuenta la realidad actual y el crecimiento grande que va
a experimentar en el muy inmediato futuro, merece la inmigración. Es un fenómeno
nuevo y complejo que nos ha cogido como desprevenidos y que no se sabe todavía
muy bien qué hacer. No es mero fenómeno asistencial ni reclama únicamente una
actuación en los campos económicos o de legalización de situaciones. Es un
problema humano y pastoral en el que la Iglesia, la diócesis de Toledo, ha de
estar muy presente. Hay que tomar iniciativas de ayuda, promoción e integración
de los inmigrantes. Por ello mismo, hay que ofrecer en este vasto campo de la
inmigración la presencia eclesial y cristiana, siempre evangelizadora, que se
ocupa de las personas en su realidad completa y les ofrece lo que tenemos,
nuestra riqueza que nos es otra que Jesucristo. El Secretariado diocesano para
la pastoral con los inmigrantes está elaborando planes y proyectos que tendremos
que aplicar ya, en seguida. Se van a realizar diversas jornadas y cursos para la
sensibilización y la actuación eclesial de los cristianos con nuestros hermanos
inmigrantes; vamos a contar con la ayuda inapreciable y generosa de la
Delegación diocesana de Madrid en este campo. Quiero hacer, desde aquí, una
llamada a toda la diócesis y a todas las parroquias para que como Iglesia nos
ocupemos claramente y con toda decisión de esta realidad.
Toledo es una ciudad
"cultura”, "patrimonio cultural de la humanidad". Presencia de la Iglesia en el
ámbito de la cultura
38.- En este breve
recorrido por diversas situaciones concretas de nuestra Iglesia diocesana para
sugerir actuaciones pastorales, no puedo dejar de tener en cuenta la historia y
las raíces de Toledo, raíces cristianas-, y el significado histórico y cultural
de Toledo, así como el papel que en ello ha jugado siempre la Iglesia, la
diócesis toledana. Toledo es una sociedad "cultura", es "patrimonio cultural de
la humanidad". En su configuración y en su idiosincrasia, la que ha tenido en el
pasado, la que hemos recibido, la que se proyecta hacia el futuro, la iniciativa
y el protagonismo eclesial han sido fundamentales. La diócesis debe estar muy
presente en todo lo que se refiera a la cultura. Cuenta con una patrimonio
histórico y cultural único y principal : Toledo, como "patrimonio cultural de la
humanidad", es inconcebible sin la Iglesia, sin la fe católica, y sin el
patrimonio histórico y cultural que esta fe ha aportado; sin ella, dejaría de
ser Toledo y la aportación de Toledo a la cultura y a la historia sería de
muchísimo menor relieve y significación. Sus monumentos tan emblemáticos, sus
archivos tan ricos e importantes, sus instituciones, sus obras a lo largo de la
historia han dejado una huella y una herencia que trasciende el lugar y el
tiempo. No es algo que se remite solo al pasado, sino que está llamado a mostrar
todo su vigor y su fuerza de actualidad y su capacidad para generar futuro. La
diócesis de Toledo tiene una grave responsabilidad hoy ante la Iglesia
universal, ante España y ante la sociedad de Occidente y aun de Oriente. Por
eso, una de las tareas que se abren para su camino es su renovada presencia en
el campo de la cultura.
Perspectivas e iniciativas
concretas, algunas ya en marcha, en el campo de la presencia y evangelización de
la Iglesia en relación con la cultura
Muchas son las
perspectivas que se abren ante nosotros y las llamadas a nuestra actuación sin
demora, y buscando las ayudas que nos sean necesarias y podamos alcanzar.
Contamos con los más importantes y amplios archivos eclesiásticos de España: el
Archivo Catedral, el Archivo Diocesano, el Archivo de la Santa Cruzada, y el
Archivo del Cabildo de Párrocos de la Ciudad de Toledo. Habrá que elaborar y
ejecutar proyectos sobre estos archivos, su acondicionamiento conforme a las
exigencias más modernas en la Archivística, sus instalaciones, su adecuada
catalogación, su coordinación, el fomento de investigaciones y publicaciones
sobre sus fondos, la colaboración o asociación a otras instituciones de
investigación. Todo ello está en marcha y pronto, espero, podremos, D.m., contar
con la elaboración y ejecución de estos proyectos. Es una gran empresa en la que
la diócesis va a embarcarse, sumamente necesaria, de gran alcance y que va a
significar muchísimo para la historia de la Iglesia y del cristianismo en
España, y aun en América, para la misma sociedad española.
Junto a los Archivos habrá
que promover estudios de historia de la Iglesia y del cristianismo, en
colaboración con el Instituto Superior de Estudios Teológicos "San Ildefonso", y
con la promoción, incluso, de estudios civiles que cuenten con la aprobación que
corresponda conforme a la legislación española. Es una responsabilidad que la
Iglesia y desde ella se escriba su propia historia, es necesario que se escriba
la historia con verdad y rigor, que no se hagan solo interpretaciones de la
historia y se ofrezcan esas interpretaciones como si de la misma historia se
tratara. Por eso los proyectos que en este campo se están gestando habrán de ser
un gran servicio; se cumplirá aquello de que "la verdad nos hace libres", y de
que "quien escribe la historia hace el futuro".
Otro proyecto, siguiendo
la más pura tradición de las catedrales y, en concreto, de nuestra Catedral, es
hacer en ella, en el lugar correspondiente, un Centro Cultural, donde junto a
sus archivos, haya aulas de investigación, de diálogo, salas de conferencias y
exposiciones. En la misma línea se perfilan proyectos para la utilización con
fines culturales, que son, en nuestro caso, fines genuinamente pastorales, de
parte del Palacio Arzobispal. Todo ello se dará a conocer en su momento
oportuno. Evangelizar a través del arte
Vemos también que hemos de
evangelizar con nuestro riquísimo e importante patrimonio histórico-artístico;
ese patrimonio no es solamente para contemplar como algo perteneciente al
pasado, sino para hacerlo hablar hoy o para que el hombre de hoy, en sintonía
con él, hable y exprese sus sentimientos más profundos que el arte expresa.
Habrá que ver cómo llevamos a cabo esto, pero es sumamente necesario: la
evangelización a través del arte es algo muy fundamental para la evangelización
de la cultura. También habrá que propiciar iniciativas que, al igual que en
otros momentos, hoy la fe se exprese a través del arte : de la pintura, de la
escultura, de la música.
El Instituto Superior de
Estudios Teológicos y otras instituciones e iniciativas culturales de la
diócesis La diócesis de Toledo para esta evangelización de la cultura, para tomar iniciativas en el campo de la cultura y del pensamiento cuenta también con el Instituto Superior de Estudios Teológicos "San Ildefonso", con su ciclo institucional y su licenciatura en Teología, con la especialidad de Historia de la Iglesia. Junto a esta institución de rango universitario, agregada a la Facultad de Teología "San Dámaso", de Madrid, se van a agrupar y aglutinar, y proseguir o emprender sus tareas, otras instituciones como el CETE ( Centro de estudios teológicos y de espiritualidad), el Instituto de Estudios Visigóticos, el Instituto de Estudios del Rito Hispano-Mozárabe (en vinculación con la Vicaría Episcopal para este Rito), el recién creado Instituto Superior de Ciencias Religiosas, o las Conversaciones de Toledo, junto con otras iniciativas de Conferencias, simposios y Congresos. Llamo la atención sobre las "Conversaciones de Toledo" que, entre otras cosas, se alberga para ellas el proyecto de reunir a intelectuales cristianos en orden a suscitar el diálogo y la reflexión -fe y razón en diálogo- desde las distintas disciplinas y ramas del saber que profesen sus participantes y abordar cuestiones importantes para su clarificación y mejor conocimiento. Pastoral Universitaria
Todo ello habrá de estar
también muy en relación con la Pastoral Universitaria, que junto a la atención
espiritual de alumnos y profesores universitarios a través de sus capellanías.
fomente una pastoral del pensamiento, una atención a los profesores y al
encuentro entre profesores, ponga en realidad viva el diálogo de la fe y de la
razón sobre distintos temas y cuestiones y con el rigor universitario. Tengo una
gran esperanza en esta pastoral, y en los proyectos que se están gestando en
este sentido. Hay que potenciar la presencia cristiana en la Universidad, no
para violentar o manejar la Universidad sino para ofrecer lo que desde la fe se
puede aportar a la labor de la Universidad, que, en sus orígenes, salió del
"corazón de la Iglesia". Habrá que poner al día también el Convenio de las
diócesis castellano-manchegas con la Universidad de Castilla-La Mancha y, entre
otras cosas, conveniar cómo se puede dar una presencia de la enseñanza de la
teología en las alas universitaria en una colaboración de Universidad-Campus de
Toledo- y el Instituto Teológico "San Ildefonso".
La escuela católica y la
presencia de la Iglesia en la enseñanza Aunque solo sea como referencia y recuerdo, también en este punto hay que tener en cuenta la presencia de la Iglesia en los Centros de Enseñanza, sobre todo la Escuela Católica, a la que es preciso atender, favorecer y potenciar. La pastoral educativa es una pastoral fundamental para una nueva evangelización, y estimo que debe tener entre nosotros todo el relieve y atención que se merece dado el alcance y el valor que entraña para la realización de hombres nuevos y de una humanidad nueva. También en este campo, con la Delegación Diocesana de enseñanza y con los Colegios de la Iglesia vamos a abordar diversas e importantes iniciativas. Me permito llamar la atención sobre un aspecto que con frecuencia no lo tenemos suficientemente en cuenta : la presencia de los padres en la escuela, las asociaciones de padres, la vinculación de éstas dentro de CONCAPA : es necesario potenciar todo este campo y alentar incluso, desde las parroquias, en los padres la asociación de padres católicos de alumnos tanto en la escuela privada como en la pública.
La Visita Pastoral a las
parroquias
39. Aprovecho esta larga Carta Pastoral, para comunicar también a toda la diócesis que el próximo mes de noviembre iniciaré, si Dios quiere, la Visita pastoral, comenzando por los arciprestazgos de Puebla de Alcocer y de la Sagra-Norte. Os confieso que es grande la ilusión que tengo en iniciar la visita pastoral y no menor la esperanza que he puesto en esta ella, en la que tendré la dicha de compartir con las parroquias y comunidades que visite la fe, la esperanza y el amor con que Dios nos ha bendecido. Es un don de Dios para mí el que, a través de la visita pastoral, os conozca más de cerca, esté con vosotros, sienta el aliento de vuestra fe, goce del consuelo de vuestro amor y compruebe la firmeza de vuestra esperanza. Os invito con esta carta a que consideréis la visita pastoral con los ojos de la fe, ante todo, como un acontecimiento de gracia que, de alguna manera, reproduce aquella singular visita por la cual Cristo, Jesús, Príncipe de los Pastores, ha visitado y redimido a su Pueblo. Se trata de un acto de pastoreo, ciertamente privilegiado, por el que el Obispo, en nombre de Cristo, visita las diversas comunidades locales como maestro fiel de la verdad, sacerdote de los sagrados misterios y guía del pueblo santo a él confiado, para confortar a los discípulos y exhortarles a perseverar firmes en la fe y en la vida cristiana. Urgido por la caridad pastoral, iré a todos los lugares como Pastor de la porción del Pueblo de Dios que me ha sido encomendada. Iré a vosotros, a vuestros pueblos donde os encontráis y vivís para compartir con vosotros, allí mismo, vuestras preocupaciones y vuestros problemas, vuestros proyectos y vuestros deseos, vuestros gozos y esperanzas, las ideas de vuestra mente y las vibraciones de vuestro corazón creyente, la palabra y el mensaje de la Verdad, la alegría común de la fe. Con la Visita Pastoral, como Obispo vuestro y pastor de la Iglesia diocesana debo y quiero acercarme a todos los fieles de la diócesis, como el Buen Pastor, y hacerme próximo a todas las comunidades para conocer a los fieles a mí encomendado, mostrar mi solicitud por todos, especialmente por los más necesitados de misericordia y aliento, escucharos y atenderos solícita y fraternalmente, hacer oír la voz del que es nuestro único Pastor, Jesucristo, y, en su nombre, atraer a los dispersos y reunir a todos en la unidad, por el amor y el vínculo de la paz.
Debo y deseo vivamente
acercarme, con la Visita Pastoral, a todos para ofreceros en la fraternidad
cristiana, la Palabra y la Gracia del Señor Jesús que a todos nos ha hecho hijos
del Dios vivo. Quiero, sencillamente, estar con vosotros como el que sirve,
escucharos y dialogar con vosotros, orar y celebrar juntos los misterios de
nuestra fe que nos anima. Deseo exhortaros y alentaros en vuestros quehaceres y
responsabilidades como miembros gozosos de la Iglesia y peregrinos llenos de
esperanza en camino hacia el Reino de Dios, y animaros en vuestra fe y en la
gozosa tarea de anunciar el Evangelio de Jesucristo en obras y palabras al
hombre de hoy. Como diría san Pablo escribiendo a los Romanos, mi ida a las parroquias es, pues, "para confirmaros o mejor para consolarme con vosotros por la mutua comunicación de la común fe". Pido al Señor que bendiga la Visita Pastoral y los encuentros pastorales que tenga en las comunidades. Que a todos, a vosotros y a mí, esta visita nos ayude a crecer en la fe y, animados por la caridad, a dar razón de la esperanza que nos anima. Rezad a Dios por los frutos de la Visita Pastoral e implorad la intercesión y la protección de nuestra Madre, la Santísima Virgen María, Madre de Dios.
El Plan Pastoral diocesano
40. Todas las indicaciones
de esta última parte son sugerencias para caminar. No se trata de un Plan
Pastoral diocesano. Éste habrá que elaborarlo a lo largo de este curso pastoral
con la participación de todos los miembros de los diferentes Consejos Diocesanos
y el Colegio de Arciprestes, con los Delegados diocesanos y los Directores de
Secretariados, aunados en el Consejo Diocesano de Pastoral al que todos ellos
pertenecen. Son notas o puntes que se pueden aplicar, o que ya se están
aplicando. En todo caso un instrumento que servirá para el trabajo de
elaboración -reflexión, estudio, propuestas- del Plan Pastoral diocesano
2004-2008, ayudado del Sínodo diocesano, de los documentos del Papa Novo
Millennio Ineunte, Ecclesia in Europa, Viaje último del Papa a España, Plan
Pastoral de la Conferencia Episcopal Española, y los textos de la Conferencia
Episcopal y de un servidor sobre la iniciación cristiana.
Como habéis podido
apreciar esta Carta, no siendo un Plan Pastoral, sí que contiene elementos que
habrá que tener en cuenta. En todo caso ha sido y es una comunicación sincera de
vuestro Obispo que quiere compartir con vosotros lo que me anima, que no es otra
cosa que lo que creo que Dios me pide en mi responsabilidad como pastor y
servidor vuestro. Con toda sencillez me dirijo a todos: sacerdotes, personas
consagradas, laicos. Dios quiera que pueda servir de ayuda en el caminar cada
día más vigoroso y en fe de nuestra diócesis. V. Conclusión : hacia una pastoral de la santidad, llamados todos a ser santos 41. Y para concluir, no olvidemos que todo debe conducir a que alcancemos la vocación a la que hemos sido llamados: la vocación a ser santos. Todo nuestro empeño, con el auxilio de la gracia de Dios -y nuestra confianza en esa ayuda de Dios , sin la que nada podemos- debe consistir en avivar esa vocación y en promover una pastoral de santidad. "Hacer hincapié en la santidad es más que nunca una urgencia pastoral" (NMI 30). La santidad, el compromiso por la santidad, don y tarea confiada por Dios a cada uno de nosotros y obra de su gracia con nosotros, "ha de dirigir toda la vida cristiana: 'Esta es la voluntad de Dios: vuestra santificación'. Es un compromiso que no afecta sólo a algunos cristianos: 'Todos los cristianos, de cualquier clase o condición, están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección del amor'...Poner la programación pastoral bajo el signo de la santidad es una opción llena de consecuencias. Significa expresar la convicción de que, si el Bautismo es una verdadera entrada en la santidad de Dios por medio de la inserción en Cristo y la inhabitación de su Espíritu, sería un contrasentido contentarse con una vida mediocre, vivida según una ética minimalista y una religiosidad superficial. Preguntar a un catecúmeno, ')quieres recibir el Bautismo?', significa al mismo tiempo preguntarle, ')quieres ser santo?'. Significa ponerle en el camino del Sermón de la Montaña : 'Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto? (Mt 5,45(" (NMI 30-31). El sacramento de la penitencia imprescindible para una Iglesia de santos, renovada y con aliento de vida y fuerza evangelizadora La santidad es obra de la purificación de Dios, exige una constante purificación. Esta purificación acaece de manera principal en el sacramento de la penitencia; por ello alentar y fortalecer la práctica de este sacramento será un encaminarnos con paso cierto por esas sendas que reclama nuestra vocación. Los monasterios de vida contemplativa Y tratándose de una "pastoral de la santidad", es necesaria la incorporación plena de los monasterios de vida contemplativa a toda la pastoral de la Iglesia diocesana. Desde el Claustro, los monjes y monjas contemplativas están sosteniendo en buena medida nuestra diócesis y están llevando a cabo eficazmente la nueva evangelización, que ha de mostrar a Dios en el centro de todo y ha de conducir a Él por encima de todo, fuente y fundamento, origen de todo bien y de toda dicha. A ellas y ellos, al tiempo que les agradecemos con todo el corazón su vida escondida con Cristo en Dios, deberíamos dedicarles nuestro mejor afecto y atención. Súplica a la Santísima Virgen. Como habéis podido observar no os he traído ni os he dicho cosas nuevas, sino sólo he tratado de atender a aspectos fundantes. Que Dios nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, a la que invoco en este mes con el título de Reina del Santo Rosario, el que en todo cumplamos su voluntad. Con mi agradecimiento y bendición para todos. Cordialmente el Señor En Toledo a 1 de octubre de 2003, fiesta de Santa Teresa del Niño Jesús en el año en que nos visitan sus santas Reliquias.
Por eso nuestra mirada en el comienzo del Adviento, como cruzando el umbral de
la esperanza, se dirige a Jesucristo, aliento único para la esperanza que no se
marchita, a pesar de tantos acontecimientos y situaciones humanas que estamos
viviendo y que parecen invitamos al desaliento violencia, terrorismo, guerra,
muchedumbre inmensa de gentes y de pueblos bajo la opresión, muerte de
inocentes...
Hoy mismo, sentimos en nosotros el profundo dolor de compatriotas nuestros
vilmente asesinados, en acción terrorista, en Irak. Ante todo, quiero expresar
con vosotros nuestra total cercanía a las victimas y a sus familias, también a
las fuerzas de Seguridad del Estado, que tan ejemplarmente sirven a la sociedad
y entregan su vida por la paz y por el establecimiento de los derechos
fundamentales. El dolor de las familias y de los hombres y mujeres de la Defensa
lo hacemos nuestro, y les expresamos nuestra unión y solidaridad plenas: en
sufrimiento, en fe y en esperanza; elevamos a Dios nuestra plegaria por las
victimas y sus familiares, como también por las Fuerzas de seguridad del Estado
y por el establecimiento de una paz justa y duradera en Irak.
Eran hombres que han muerto entregando su vida por los demás, en servicio a una
sociedad en paz y más segura; su misión era difícil y arriesgada, pero de gran
alcance en favor de los demás. Que Dios les premie y los tenga consigo. ¡Que se
acabe tanta violencia, tanto terrorismo, que en modo alguno tiene ninguna
justificación, y merece todo rechazo, como Dios mismo lo rechaza, y envía a su
Hijo al mundo para establecer el amor, la paz, el reconocimiento de la dignidad
e inviolabilidad de todo ser humano!
Vivimos situaciones de oscuridad y de tiniebla envolventes. En medio de estos
signos sombríos hoy resulta difícil la esperanza y confiar en las palabras que a
lo largo de este tiempo litúrgico escuchamos, por ejemplo aquellas del profeta
Isaías: «De la espadas se forjarán arados y de las lanzas podaderas. No alzará
la espada pueblo contra pueblo». ¿Cómo confiar en ellas cuando vemos cómo las
armas de la guerra, de la injusticia y de la violencia siguen destruyendo las
vidas? Por eso precisamente ponemos nuestra mirada en Jesucristo. y por lo
mismo, desde esta situación en la que nos encontramos, partimos pasando esta
puerta única que nos abre a la esperanza viva.
La llamada es a caminar a la luz del Señor, a dejar las obras de las tinieblas y
a pertrechamos de las armas de la luz, de Cristo mismo, que es Luz que viene a
iluminar la oscuridad de nuestro mundo. En este mundo, en este momento, los
cristianos estamos llamados a caminar con nuestra mirada fija en el Evangelio de
Cristo, en Cristo mismo, Evangelio vivo de Dios, Aquel en el que han encontrado
el último y definitivo cumplimiento las promesas de Dios.
En Él, en efecto, encuentran solución los graves problemas que pesan sobre la
humanidad de todos los tiempos, también de los nuestros. En El se halla la
verdadera respuesta a los grandes interrogantes que nos planteamos ante tantos
acontecimientos que ponen de manifiesto la sinrazón de los mismos. En El, el
hombre, ante la grande y profunda quiebra de humanidad y moralidad que
padecemos, encuentra el sentido y la verdad que libera y nos lleva a retomar a
lo más genuino y grande del ser humano. El es la Luz, El nos trae la paz, Él
viene a reunir a los hijos de Dios dispersos y enfrentados, Él ha venido a traer
la salvación, no la condenación, ha venido a servir, no a ser servido, y a dar
su vida en rescate por todos, para que tengamos vida, vida plena, vida eterna.
El es Dios con nosotros, Dios con los hombres.
La esperanza del mundo descansa en Cristo. En Él las expectativas de la
humanidad hallan un fundamento real y firme. Nos ha revelado que Dios es Amor y
nos ha hecho posible acceder. a ese Amor, verlo, tocarlo, vivir de El. Esta es
la Buena Noticia que se nos anuncia en el Adviento. Este es el Evangelio que se
nos entrega para que lo acojamos en el Adviento de este año, con todas las
circunstancias que nos rodean: Dios se ha manifestado, se ha hecho visible,
tangible. y se ha manifestado como amor infinito e incondicional por el hombre y
por la vida del hombre.
La verdad del Adviento es al mismo tiempo seria y gozosa. Es seria: vuelve a
sonar en ella el mismo «velad» que hemos escuchado en la liturgia de los últimos
domingos del año litúrgico. y es, al mismo tiempo gozosa: «Se acerca vuestra
liberación; efectivamente, el hombre no vive en el vació; la vida del hombre no
es sólo un acercarse al término que, junto con la muerte del hombre,
significaría el aniquilamiento de todo el ser humano. El Adviento lleva en sí la
certeza de la indestructibilidad de este ser. Si repite “velad y orad”, lo hace
para que podamos estar preparados a «comparecer ante el Hijo del Hombre».
Arzobispo de Toledo Primado de España
1700
ANIVERSARIO DEL
MARTIRIO DE
SANTA
LEOCADIA, PATRONA DE TOLEDO
-Carta
Pastoral-
1.
Introducción
Muy
queridos diocesanos:
Hoy, 9 de
diciembre, se cumplen diecisiete siglos de la muerte martirial de la joven Santa
Leocadia, patrona de Toledo: La primera santa toledana que, con toda certeza,
conocemos del naciente cristianismo en nuestras tierras.
Un tiempo,
como el nuestro, en el que se celebran tantas efemérides jubilares: veinticinco,
cincuenta, setenta y cinco, cien o varios cientos de años de tal o cual
acontecimiento, nosotros, cristianos de Toledo, no podemos dejar pasar por alto
estos mil setecientos años del martirio de esta joven santa, testigo de Dios y
de nuestras más hondas raíces cristianas a las que la actual Toledo, sin duda
alguna, le debe casi todo. Celebremos como se merece este aniversario, este año jubilar, con memoria agradecida y mirada suplicante y admirada puesta en Santa Leocadia, que a lo largo de siglos ha sido venerada de manera tan honda en la Iglesia, en Toledo, y en otros lugares incluso fuera de España. Ella nos evoca aquellos primeros siglos en los que se va abriendo paso y creciendo, entre dificultades y persecuciones pero con vigor y fortaleza, la fe cristiana. En su vida y en su testimonio, en aquellos hombres y mujeres de toda edad y condición social de los primeros siglos tenemos las raíces de nuestra fe en Jesucristo, que es, con mucho, nuestra mejor herencia, nuestro inigualable patrimonio y nuestra mayor grandeza capaz de generar vida, esperanza y verdadera humanidad. Creer en Cristo, seguirle y servirle es servir al hombre y a toda la humanidad.
Toledo, la
Archidiócesis de Toledo, los cristianos de esta ciudad, conscientes de los
momentos difíciles que atraviesa nuestra sociedad, debe asirse y apoyarse sobre
esta roca firme de la fe en Jesucristo, fresca y vigorosa, que profesaron los
primeros cristianos, como Santa Leocadia, para mirar y afrontar con esperanza
este nuevo milenio, en cuyos primeros pasos aún nos encontramos, y caminar con
esa misma esperanza en este tercer milenio que confiamos y pedimos sea para
nosotros como un nuevo Pentecostés, lleno de la vitalidad primera y del impulso
evangelizador y fortaleza testimonial de los primeros siglos. Necesitamos volver
la mirada a nuestra Santa Toledana, a aquellos momentos primeros de la Iglesia
primitiva, llena de frescura y lozanía de vida nueva por la proximidad a la
encarnación y acontecimientos de Cristo aun con las dificultades de dentro y de
fuera, con el fervor y temple cristianos propios de aquellos momentos, que nos
hacen rejuvenecer al poder beber ahí, en esas fuentes, aguas limpias y
refrigerantes, y encontrar la savia vivificante que necesitamos para nuestra
sociedad de hoy y de siempre. Los cristianos de siempre necesitamos mirar a los santos, como ahora haremos a lo largo de este año, a nuestra Santa Leocadia, porque su persona, como las de los demás santos " son indisociables del Señor para quien vivieron y por el que se desvivieron. Y así lo urgía el libro de la Didaché (s. I), cuando instaba precisamente a aquellos primeros cristianos, que tan fresca tenían la memoria de Jesús y tan próximos les estaban sus testigos oculares, a mirar cada día el rostro de los santos y a encontrar en sus palabras el consuelo luminoso para el camino. Los santos son la verificación, a través de la historia, del don de Dios en Jesucristo, más allá de todos los condicionantes coyunturales. Por eso, en cada generación de la historia de la humanidad, el Espíritu de Dios suscita, elige y envía a nuevos hombres y mujeres que, siendo hijos de su tiempo lo sean también de Dios, y en ellos puedan escuchar sus contemporáneos las maravillas de Dios como en un nuevo y permanente Pentecostés. Los santos de cada época son para su mundo presente y para el venidero, una epifanía de Dios, en los cuales Él habla y actúa, y cuya presencia y Palabra es preciso escuchar, acoger y vivir, porque ya no son las de los santos, sino la de Dios en ellos" (Cardenal Marcelo González). Por eso dirigimos nuestra mirada a Santa Leocadia y celebramos su memoria agradecida, porque al acercarnos a ella tratamos inseparablemente de escuchar lo que Dios nos ha dicho y señalado en esta joven toledana, santa del siglo III y IV.
2. Algunos datos sobre Santa Leocadia
Leocadia
perteneció a una familia hispano romana de buena posición social, de la urbe de
Toledo del siglo III; nació, según la tradición, en el lugar donde actualmente
se asienta la parroquia de su mismo nombre. Desde su juventud se consagró al
Señor, perteneciendo al "orden de las vírgenes", antiquísima institución
cristiana en la que las mujeres abrazaban la forma de vida de Cristo y se
consagraban al servicio de la Iglesia atendiendo especialmente a la oración y la
caridad: entregada al Señor por completo, derramó su vida en caridad por los
pobres.
La
persecución, llamada de Diocleciano, llegó inexorable a España. El Prefecto
Dacio la lleva a realización, escogiendo sus víctimas entre cristianos conocidos
por su posición social y su virtud. Quiere persuadir a éstos, por las buenas o
las malas, para que apostaten; así se sembraría la desilusión y el abandono
entre los cristianos. Cree que niños y mujeres van a ser presa más fácil, pero
no lo consigue: "Dios manifiesta su fuerza en la debilidad".
Leocadia es
conducida al Pretorio. Se intenta reducirla con promesas halagadoras, primero,
luego con amenazas; nada se consigue para doblegar su fe. En este momento se la
entierra en un pozo que servía de mazmorra en la ciudad de Toledo, en las
proximidades al Alcázar. Allí la joven traza una cruz en el muro de piedra y
pasa los días en oración, pero su naturaleza se resiente. Cuando Leocadia sabe
que Eulalia ha sido apresada, como ella, en Mérida y posteriormente martirizada,
no puede con la pena, y entrega su vida a Dios en aquella terrible cárcel.
Desde
entonces los cristianos de Toledo veneran la tumba de la "confesora" Leocadia,
situada en el cementerio romano, donde actualmente se venera el "Cristo de la
Vega".
Cuando la
Iglesia encuentre la paz, pocos años tras su muerte, su memoria comienza a
festejarse el 9 de diciembre. Pero será tras el 589, con la conversión de la
monarquía visigoda al catolicismo, cuando su culto se potencie más y más. A San
Ildefonso se debe el solemnísimo Oficio y Misa que la Santa posee en la Liturgia
Hispana. Su tumba es símbolo de la confesión de la fe católica que ahora une a
la Nación. Una basílica se alza sobre su "memoria", y allí se reúnen algunos de
los Concilios Toledanos más importantes que dan unidad religiosa y conciencia de
nación a España.
Cada año se
acudía a su sepulcro y se abría su tumba para venerar sus preciosos restos entre
los cantos litúrgicos y el fervor del pueblo presidido por sus reyes.
Tras la
invasión musulmana (711), se mantiene el culto a la Santa como un signo de
esperanza. Pero al arreciar la persecución islamista con Almanzor, la comunidad
mozárabe toledana envía al menos una parte de los restos de la Santa a lugar
seguro, a Oviedo. En Oviedo, la cripta de la Cámara Santa catedralicia acogerá
unas reliquias tenidas como emblema de la fe católica española.
Mucho
tiempo y muchas peripecias hacen que hasta tiempo del rey Felipe II no tornen
dichos santos restos a Toledo. Felipe II ve, al fin, cumplido su sueño. A
hombros del Rey y de sus parientes entran en la Ciudad las reliquias de la Santa
por la puerta preparada en su honor, la conocida como del Cambrón, y que cobija
la imagen de Santa Leocadia, y así llegan hasta la Catedral, en cuyo Ochavo
descansan. Cada año el Cabildo recordaba el 9 de diciembre este cortejo con una
procesión por las naves de la Catedral con las preciadas reliquias.
Así pues, de modo
ininterrumpido el culto a la Santa Patrona se ha conservado en Toledo:
reconstruyendo, tras la Reconquista, la Basílica sobre el lugar de su primera
sepultura (Cristo de la Vega); poco después, dedicando a ella una de las nuevas
parroquias de Rito Romano que se fundaron, edificada, como he dicho, sobre la
que la tradición decía ser su casa familiar; y convirtiendo en oratorio el lugar
de su prisión y muerte, conservado hasta principios del siglo XX, cuando por
desgracia se perdió con el convento que lo envolvía junto al Alcázar; en la
Catedral, con una capilla dedicada en la girola, cerca de la sacristía, y con
las solemnes fiestas en su dies natalis; finalmente, y queriendo potenciar su
culto, dedicándole el Seminario para vocaciones adultas en tiempos de mi querido
antecesor el Sr. Cardenal Marcelo González Martín, cerrado desde hace unos años
y asumido por el Seminario Mayor de san Ildefonso.
De la importancia para el
pueblo cristiano de esta joven, santa, virgen, consagrada al Señor, orante,
caritativa, singular en nuestras raíces cristianas, dan fe todos estos datos o
testimonios. Además, (cuántas imágenes y pinturas, en lugares destacados,
cuántas evocaciones de ella en la literatura, cuántos hombres y mujeres han
llevado su propio nombre como signo de su protección a lo largo de los tiempos!.
Y sin embargo, hoy, casi olvidada, reducida al recuerdo de un día, que ni
siquiera tiene el honor de ser considerado como fiesta.
(No podemos olvidarla! Es
necesario que se avive nuestra memoria agradecida por ella y por lo que ella
significa, evoca y testifica. Esta efeméride del 1700 aniversario de su muerte
martirial, podría, debería, ser una ocasión propicia para que dirigiésemos
nuestra mirada a una de las glorias mayores, de las hijas más ilustres y que más
engrandecen a Toledo, y a esta Iglesia en la que ella creció y cuya vida, sangre
y gloria tanto la han enriquecido. Al detener nuestra atención en Santa Leocadia
en este tiempo de conmemoración de su memoria, "lo hacemos con todo el sentido
de gratitud por la obra de Dios realizada en esta mujer, reconociendo en ella
una historia de santidad ejemplar para el pueblo de Dios, un paradigma para
todos nosotros de lo que fue su fidelidad a la gracia de Jesucristo, a la
Iglesia de su tiempo y al tiempo de su Iglesia" (Cardenal Marcelo González).
3. Temas pastorales a propósito de Santa Leocadia
¿En qué aspectos de la
historia y vida de santidad ejemplar de la joven Leocadia podríamos fijarnos en
los tiempos que corremos? ¿Cuál podría ser el paradigma que Dios nos ofrece en
ella a los toledanos de hoy? Pienso que esta efeméride que conmemoramos, con 17
siglos de fecundo testimonio de santidad, es hoy una oportunidad única para
secundar y sumarnos a las invitaciones del Santo Padre a una pastoral y
testimonio de santidad y a la recuperación y conocimiento de nuestras raíces
cristianas. Por eso, en esta Carta pastoral, quiero fijarme en los siguientes
aspectos, como llamadas y paradigma para todos nosotros que Dios nos presenta en
los tiempos que vivimos: Con Santa Leocadia se inician 1700 años de santidad en
la diócesis de Toledo y en ella tenemos una llamada a la santidad para seguir su
propia estela y la dirección del camino que nos trazó y siguió; en nuestra joven
Santa toledana se nos ponen de manifiesto nuestras raíces cristianas y se nos
apremia a reavivarlas; su martirio es hoy una llamada urgente al testimonio de
los cristianos, incluso con el mismo martirio, tan amplio y fecundo, en
extensión e intensidad en el pasado siglo XX; su vida virgen, de consagración al
Señor, de caridad y de oración son un aliento para todos, singularmente para los
que son jóvenes como ella.
Al escribiros esta Carta
Pastoral todos los diocesanos de Toledo, y en especial, a quienes vivís en la
misma ciudad de Santa Leocadia, deseo que pongamos nuestra mirada en ella,
sigamos el camino de santidad y testimonio de Jesucristo que nos legó,
invoquemos su intercesión sobre nosotros, y renovemos, con su ayuda y el auxilio
de la gracia de Dios, aquel vigor y frescura de la fe de la Iglesia primitiva en
la situación actual, en tantos aspectos similar a aquella de los primeros
siglos.
3.1.
1700 años de santidad en la diócesis de Toledo. Hacia una pastoral de la
santidad
3.1.1. Diecisiete siglos,
Toledo bendecida por Dios con la santidad
Con Santa Leocadia, a los
comienzos del siglo IV, aparecen ya abiertos los caminos de santidad en Toledo,
que se originan, por la gracia del Espíritu Santo, en el seguimiento de
Jesucristo. Tras ella, a lo largo de estos diecisiete siglos, esta senda de
santidad ha sido recorrida por innumerables cristianos, muchos de los cuales son
venerados como santos o beatos por la Iglesia, o están en fase de reconocimiento
de su ejemplaridad de vida, en la fidelidad a la vocación a ser santos que
corresponde a todo bautizado.
Así, entre ellos, podemos
contar: en los primeros siglos, además de su primer Obispo San Eugenio y Santa
Leocadia, a los Santos Vicente, Sabina y Cristeta, San Eugenio de Toledo, San
Ildefonso, San Julián de Toledo, San Eladio; en la Edad Media, a San Eulogio,
San Raimundo de Fitero, San Julián de Cuenca, San Cristóbal el Santo Niño de la
Guardia; en la Edad Moderna, a Santa Beatriz de Silva, Santo Tomás de
Villanueva, San Juan de Avila, San Alonso de Orozco, San Juan de Dios, la Beata
Ana de San Bartolomé, los Beatos jesuitas toledanos mártires en Brasil en 1570
-Juan de San Martín Rodríguez, Alfonso de Baena, Francisco Pérez Godoy-, el
Beato Gabriel de la Magdalena, franciscano mártir en Japón en el siglo XVII, la
Beata María de Jesús López Rivas, carmelita también del mismo siglo; y ya muy
próximos a nosotros tenemos a los mártires del 36, los Beatos Pedro Largo y
compañeros pasionistas de Ciudad Real, las Carmelitas Descalzas de Guadalajara
-beatas María del Pilar San Francisco de Borja, Teresa del Niño Jesús, María
Angeles de San José-, los Beatos Mártires de la Orden Hospitalaria -Federico
Rubio, Juan de la Cruz Delgado Pastor, Arturo Donoso Castillo, José de Mora-, la
Beata María del Sagrario San Luis Gonzaga, carmelita, y los Beatos Pedro Ruiz de
los Paños, Guillermo Plaza Hernández, José Sala Picó, de la Hermandad de
sacerdotes Operarios diocesanos. Como es sabido de todos, aún no han sido
proclamados beatos otros muchos mártires del 36, cuyos procesos de canonización
están ya en marcha. Hay otras causas de canonización abiertas: por no citar nada
más que a unos pocos, señalamos a Teresa Henríquez, "La Loca del Sacramento", al
cardenal Sancha y muy cercano a nosotros a D. José Rivera. "padre de los pobres
y maestro y ejemplo de sacerdotes, hombre profético por tantos motivos",
conocido por la mayoría de los que leáis esta carta. Junto a todos ellos
podríamos enumerar así mismo a grandes santos, que sin ser de nuestra diócesis,
pasaron por ella y dejaron gran huella: Santa Teresa y San Juan de la Cruz, San
Ignacio de Loyola..., Santa María Maravillas de Jesús.
Toledo, en efecto, ha sido
bendecida sin duda ninguna por la misericordia de Dios con el don de la
santidad; llama la atención, por otra parte, que la mayor parte de nuestro
santoral está integrado por mártires, pertenecemos a una Iglesia martirial que
tan ejemplarmente refleja la comunidad mozárabe que permanece en Toledo en
tiempos incluso del Islam. )Cómo no cantar eternamente la misericordia de Dios
al contemplarla tan visible y palpable en tantos y tantos testimonios de
santidad, reflejada en estos nombres antedichos, y también en esa multitud
ingente de hombres y mujeres sencillos, que no pasan a ser venerados como tales
santos, pero que han sido, y están siendo hoy, signos de esa común vocación a
ser santos, a ser como el Padre celestial, tal y como Jesús nos insta, a ser
imagen suya, que no se han contentado con una vida mediocre, sino que han
seguido esa senda de las bienaventuranzas, que es la que recorrió el mismo
Cristo, Camino, Verdad y Vida? )Cómo no seguir este camino que es el de la
felicidad y la dicha, el de la verdad y el amor, el de la vida plena y eterna y
de la luz que todo lo ilumina y que no se extingue jamás, el que abre a la
esperanza?
3.1.2. Llamados a la
santidad en Santa Leocadia
En Santa Leocadia, Patrona
de Toledo, la primera santa toledana que conocemos, Dios nos está llamando hoy a
la santidad. Por eso, mirando a nuestra Santa, y escuchando la voz de Dios a
través de ella y este 1700 aniversario de su muerte martirial, como decía en mi
reciente Carta Pastoral "Toledo evangelizada, Toledo evangelizadora", "todo debe
conducir a que alcancemos la vocación a la que hemos sido llamados: la vocación
a ser santos. Todo nuestro empeño, con el auxilio de la gracia de Dios - y
nuestra confianza en esa ayuda de Dios, sin la que nada podemos- debe consistir
en avivar esa vocación y en promover una pastoral de santidad. 'Hacer hincapié
en la santidad es más que nunca una urgencia pastoral' (NMI 30). La santidad, el
compromiso por la santidad, don y tarea confiada por Dios a cada uno de
nosotros, 'ha de dirigir toda la vida cristiana: 'Esta es la voluntad de Dios:
vuestra santificación'. Es un compromiso que no afecta sólo a algunos
cristianos: 'Todos los cristianos de cualquier clase o condición, están llamados
a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección del amor'" ( p.95).
Todos, pues, sin
excepción, podemos y debemos ser santos, por la gracia de Dios; todos, incluso
los jóvenes. Santa Leocadia fue joven como vosotros. Se puede ser joven y ser
santo, como se puede ser muy de hoy y ser santo. Como os dijo, queridos jóvenes
el Papa en la canonización de otro santo español del siglo XIX que se preocupó
mucho de vosotros, de San Enrique de Ossó: "No tengáis miedo a ser santos". Como
nos ha dicho tan diáfanamente el Papa en su último viaje pastoral al venir a
nosotros principalmente a canonizar a cinco santos españoles: Hoy más que nunca
es necesario hacer hincapié en esta urgencia, que es fundamento de toda
programación pastoral, más aún, toda vida cristiana y eclesial. Sin esto todo se
desmorona, nada tiene consistencia.
El Concilio Vaticano II
recordó y proclamó la vocación de todos los fieles cristianos, en la Iglesia, a
la santidad. Aspecto fundamental, aunque a veces demasiado olvidado: "Ésta es la
voluntad de Dios: vuestra santificación", nos recuerda san Pablo. El capítulo V
de la Constitución Lumen Gentium, centro de la enseñanza y de la renovación
conciliar, recuerda la vocación universal a la santidad en la Iglesia: Porque la
Iglesia es un misterio o sacramento en Cristo, debe ser considerada como signo e
instrumento de santidad.
En los momentos cruciales de la Iglesia han sido siempre los santos quienes han aportado luz, vida y caminos de renovación. También hoy que vivimos un tiempo crucial, necesitamos santos, pedir a Dios con asiduidad santos, y ofrecer modelos de santidad. La vida entera de la comunidad eclesial, la de las familias cristianas, la de todos los cristianos, de cualquier clase o condición, debe ir en esta dirección: la que lleva a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección del amor
3.1.3. Nuestro programa:
una pastoral de santidad, hoy
El programa de una
pastoral de santidad es muy amplio y nadie, creo, puede albergar respecto de él
recelo alguno ni tildarlo de escapismo o de fuga hacia un espiritualismo que nos
haga desentendernos de nuestro mundo y de las necesidades que urgen y apremian.
Cuando decimos esto, lo mismo que cuando el Papa, con toda su autoridad y
responsabilidad de confirmarnos en la fe nos señala este camino prioritario en
el comienzo del nuevo milenio, no se nos ocultan los gravísimos problemas que
hoy acechan a la humanidad.
No se nos ocultan por ejemplo, como señala Juan Pablo II, que "son muchas en nuestro tiempo las necesidades que interpelan la sensibilidad cristiana. Nuestro mundo empieza un nuevo milenio cargado de las contradicciones de un crecimiento económico, cultural, tecnológico, que ofrece a pocos afortunados grandes posibilidades, dejando no sólo a millones y millones de personas al margen del progreso, sino a vivir en condiciones de vida muy por debajo del mínimo requerido por la dignidad humana. )Cómo es posible que, en nuestro tiempo, haya todavía quien se muere de hambre, quien está condenado al analfabetismo, quien carece de la asistencia médica más elemental, quien no tiene techo donde cobijarse? El panorama de la pobreza puede extenderse indefinidamente, si a las antiguas añadimos las nuevas pobrezas, que afectan a menudo a ambientes y grupos no carentes de recursos económicos, pero expuestos a la desesperación del sin sentido, a la insidia de la droga, al abandono en la edad avanzada o en la enfermedad, a la marginación o a la discriminación social".
Ante este panorama y a
"estas alturas de modernidad", )se puede salir diciendo que lo prioritario en
estos momentos es una pastoral de la santidad? Sí, precisamente porque este es
el panorama de nuestro mundo, y porque ciertamente una Iglesia de santos será
una Iglesia, cuyos miembros, unidos a Cristo, serán testigos de la caridad que
no tiene límites y de la entrega servicial a los hombres siguiendo el camino que
Cristo recorrió, y es Él mismo: el camino de las bienaventuranzas, retrato que
Jesús nos dejó de sí mismo."En realidad, poner la programación pastoral bajo el
signo de la santidad es una opción llena de consecuencias" (Juan Pablo II).
(Qué torpes somos! Nos
empeñamos en otros muchos aspectos, pero lo único que cuenta de verdad es que
seamos santos y que ayudemos a que los hombres sean santos, porque esa es su
vocación. Si nos diésemos cuenta o, mejor, si estuviésemos convencidos que sólo
se produce una renovación en hondura y extensión de la humanidad si hay
abundancia de frutos de santidad, de mujeres y de hombres santos, de toda
condición y edad. Sólo una Iglesia de santos será fermento verdadero para un
mundo nuevo. Una Iglesia de santos hará cambiar el rostro de nuestra tierra
envejecida y la llenará de juventud y frescura de vida, como la joven Leocadia o
los santos que jalonan tantos siglos de santidad desde los comienzos. Confieso
que, con todas las dificultades que atravesamos el umbral del nuevo milenio,
estoy muy esperanzado porque el pasado siglo XX ha sido el siglo de mayor número
de mártires de toda la historia: esta sangre de millones de cristianos mártires
el siglo pasado que ha regado nuestra tierra hará surgir una humanidad nueva con
la novedad de la fe y de la vida conforme al Evangelio. (Impulsemos sin desmayo
una pastoral de santidad y aspiremos todos, con la ayuda del Espíritu y de la
comunión de los santos, a ser también santos hoy! Será nuestra mejor
contribución.
Todavía resuenan con toda
su fuerza y vibración, frescura y sencillez las paternales palabras del Papa en
la celebración de la Eucaristía de canonización de cinco santos españoles, el
pasado mayo, en la Plaza de Colón de Madrid: "Los nuevos Santos tienen rostros
muy concretos y su historia es bien conocida. )Cuál es su mensaje? Sus obras,
que admiramos y por las que damos gracias a Dios, no se deben a sus fuerzas o a
la sabiduría humana, sino a la acción misteriosa del Espíritu Santo, que ha
suscitado en ellos una adhesión inquebrantable a Cristo crucificado y resucitado
y el propósito de imitarlo. Queridos fieles católicos de España: (Dejaos
interpelar por estos maravillosos ejemplos! Al dar gracias al Señor por tantos
dones que ha derramado en España, os invito a pedir conmigo que en esta tierra
sigan floreciendo nuevos santos. Surgirán otros frutos de santidad si las
comunidades eclesiales mantienen su fidelidad al Evangelio que, según una
venerable tradición, fue predicado desde los primeros tiempos del cristianismo y
se ha conservado a través de los siglos. Surgirán nuevos frutos de santidad si
la familia sabe permanecer unida, como auténtico santuario del amor y de la
vida. 'La fe cristiana y católica constituye la identidad del pueblo español,
dije cuando peregriné a Santiago de Compostela (9, XI, 1982). Conocer y
profundizar el pasado de un pueblo es afianzar y enriquecer su propia
identidad.(No rompáis con vuestras raíces cristianas! Sólo así seréis capaces de
aportar al mundo y a Europa la riqueza cultural de vuestra historia" (Juan Pablo
II, en la homilía de canonización del 4, de mayo de 2003, en Madrid). Conocer y
profundizar estos diecisiete siglos de santidad y proseguirlos nos hará capaces
de aportar lo mejor de nosotros y lo más preciado nuestro para que el mundo se
renueve y se abra a un futuro de esperanza.
3.2. Santa Leocadia evoca
nuestras raíces cristianas
3.2.1. Nuestras raíces cristianas están en la Iglesia: gozo y aliento de ser Iglesia, enraizada en nuestro tiempo.
Cristiana de los primeros
siglos, santa Leocadia nos evoca precisamente los orígenes de nuestra fe, las
raíces cristianas y la identidad católica sobre las que se sustenta nuestro
pueblo. En ellas está lo mejor de nuestra vida, lo que muestra más fecunda
nuestra historia. Como nos dijo el Papa en la Plaza de Colón de Madrid, al rezar
el Regina Coeli: "Sois depositarios de una rica herencia espiritual que debe ser
capaz de dinamizar vuestra vitalidad cristiana, unida al gran amor a la Iglesia
y al sucesor de Pedro". La memoria de esta Santa Toledana, que no es mirada al
pasado sino capacidad y apertura al futuro, al evocarnos nuestras raíces, nos
muestra que éstas y que la historia de hoy, de nuestro pueblo, y su mismo
futuro, no se pueden o no se deberían separar de la Iglesia, de ese amor a la
Iglesia que nos recuerda el Papa. Ella, en efecto, nos hace sentir el gozo de
ser Iglesia.
Es necesario recobrar este
gozo de ser Iglesia, porque sólo así seremos capaces de asumir con
responsabilidad el dinamismo de nuestra condición de cristianos, de discípulos
de Jesús, en esta hora concreta. Por medio de la Iglesia, Cristo se hace vivo
para los hombres de hoy. Dándonos a Jesucristo, haciéndolo presente en medio de
nosotros, la Iglesia da a la humanidad una luz, un apoyo y un criterio sin los
que no podríamos entender el mundo.
Vivimos una hora crucial
en la historia, con peculiaridades muy concretas y apremiantes entre nosotros,
que reclama que la Iglesia sea de verdad la comunidad de los creyentes
convertidos al Evangelio de Jesucristo, una Iglesia de hombres y mujeres que
crean en Dios como origen y garantía de la plena salvación de los hombres y
testifiquen ante la sociedad el valor liberador y humanizante de esta fe. Una
Iglesia que no pretende imponerse al resto de la sociedad ni fortalecerse con
privilegios sociales, pero que sea respetada en su condición. Una Iglesia que
honre el nombre de Dios ante los hombres y contribuya positivamente a acercar la
vida humana al reino de Dios esperado; sin separarse de la historia y sin
confundirse con ella, sin huir del mundo y sin conformarse con él, formando
parte realmente de la sociedad y no dejándose asimilar por nada ni por nadie.
Una Iglesia convertida y sostenida por la esperanza de una humanidad justa y
dichosa que viene de Dios. Una Iglesia que sea la transparencia de Cristo entre
los hombres, oscurecida a veces por la conducta de los cristianos, pecadores
como los demás hombres. Una Iglesia orientada toda ella al anuncio del Evangelio
a los hombres y mujeres de nuestro tiempo, exaltados por la esperanza pero a la
vez perturbados con frecuencia por el temor, la angustia, el desaliento o el
desencanto. Quiero recordar aquí, en esta conmemoración de los diecisiete siglos de la muerte martirial de nuestra Santa Leocadia, aquellas estimulantes palabras del Papa Juan Pablo II en su primera visita apostólica a España, como si estuvieran dirigidas directamente a nosotros: "Es necesario que los católicos españoles sepáis recobrar el vigor pleno del Espíritu, la valentía de una fe vivida, la lucidez evangélica iluminada por el amor profundo al hermano. Para sacar de ahí fuerza renovada que os haga infatigables creadores de diálogo y promotores de justicia, alentadores de cultura y elevación humana y moral del pueblo. En un clima de respetuosa convivencia con las otras legítimas opciones, mientras exigís el respeto a las vuestras"
Vienen también a mi
memoria aquellas otras palabras del Papa en su último viaje a España, cuando,
consciente de que nos hallábamos en aquellos momentos "en el corazón de Madrid,
cerca de grandes museos bibliotecas y otros centros de cultura fundados en la
fe cristiana, que España, parte de Europa, ha sabido luego ofrecer a América con
su evangelización y después a otras partes del mundo", nos evocaban "la vocación
de los católicos españoles a ser constructores de Europa y solidarios con el
resto del mundo", y nos dejaban aquella consigna clave que parte de nuestras
raíces: "España evangelizada, España evangelizadora, ése es el camino. No
descuidéis nunca esa misión que hizo noble a vuestro País en el pasado y es el
reto intrépido para el futuro".
3.2.2. .Algunos aspectos
de la misión de la Iglesia, hoy, en fidelidad a sus raíces
No se nos ocultan todos
los logros de nuestra sociedad, pero no podemos cerrar los ojos a los momentos
singularmente duros que atravesamos. Somos conscientes de las tensiones y de los
problemas, de las crisis y de las amenazas que se ciernen sobre los hombres de
nuestra sociedad y de nuestra Iglesia. Tenemos, como recordaba en la carta
"Toledo evangelizada, Toledo evangelizadora", ante nuestros ojos el rápido
cambio de las condiciones de vida, la transformación cultural operada al margen
de lo que es nuestra historia y cultura, la pérdida de referencias y de valores
morales para el comportamiento personal y social, la crisis económica que tan
fuertemente se ceba en nuestra sociedad con sus consecuencias en el deterioro
moral y social que parece no encontrar caminos de regeneración. Tampoco
olvidamos los problemas de la juventud ni del amplio mundo de los marginados, la
paz siempre frágil y amenazada y las situaciones de extrema pobreza y de hambre
de gran parte del mundo y de cómo se viola la vida humana aun antes de nacida o
por el vil terrorismo, verdadera lacra y amenaza muy principal para nuestro
tiempo. La Iglesia, los católicos no podemos vivir al margen, ni realizar la
misión fuera de este contexto. El secularismo amenaza tristemente los valores
fundamentales de nuestra sociedad y de nuestra cultura, animada aún y a pesar de
todo por una "alma o genio cristianos", pero la Iglesia, fiel a sí misma, a las
raíces que la sustentan, debe trabajar continuamente para mantener la tradición
espiritual y cultural que ha legado a nuestros pueblos y a la humanidad entera.
La sociedad actual tiene
bastante afinidad con aquella en la que se abrió paso la primera predicación del
Evangelio, con la que vivió santa Leocadia, una sociedad muy semejante a aquella
sociedad pagana en la que santa Leocadia vivió el seguimiento de Jesucristo con
gozo y sin complejos, testificó el Evangelio con fortaleza y libertad, con
esperanza y confianza en el Señor. Nos sentimos, como muchos hombres de aquella
época, aprisionados en nuestra impotencia, sumergidos en múltiples ofertas de
salvación que vemos como no definitivas y engañosas. Pero, igual que sucedió a
los hombres y mujeres de aquella antigua generación de nuestra Santa, desde la
experiencia de nuestra limitación, tenemos hoy la experiencia de que un don que
nos desborda, una misericordia sumamente acogedora, el don y la misericordia de
Dios, puede salvarnos en plenitud, ofreciéndonos la gratuidad de su amor. Y de
ello somos portadores gozosos, aunque deficientes y pecadores, en la Iglesia.
3.2.3. Avivar las raíces
cristianas
Vivimos tiempos en que es necesario reavivar las raíces cristianas de nuestro pueblo. Como reconocía el Comité Ejecutivo de la Conferencia Episcopal en su Nota tras la Visita apostólica del Papa Juan Pablo II: como uno de los aspectos más destacables y como "regalo precioso de esta Visita memorable", el Santo Padre nos dejó " a los católicos españoles la exhortación insistente a mantener y avivar el rasgo más sobresaliente de nuestra identidad: '(No rompáis con vuestras raíces cristianas! Sólo así seréis capaces de aportar al mundo y a Europa la riqueza cultural de vuestra historia!' (Homilía en la Eucaristía de Canonizaciones); 'así contribuiréis mejor a hacer realidad un gran sueño: el nacimiento de la nueva Europa del espíritu, una Europa fiel a sus raíces cristianas' (Discurso a los jóvenes); 'sois depositarios de una rica herencia espiritual, que debe ser capaz de dinamizar vuestra vitalidad cristiana' (Regina Coeli). Tenemos aquí marcado el camino para la auténtica renovación de la Iglesia, para una nueva primavera de santidad y de vida cristiana, y para una realización más honda de nuestro Plan Pastoral. La savia del catolicismo que a lo largo de nuestra historia ha generado tantas vidas heroicas y ha aportado a la Iglesia universal tantos frutos de cultura, de evangelización y de servicio al hombre, sigue latiendo en las raíces más profundas de nuestra personalidad e identidad cultural. Preciso es ahora reconocer esa rica savia, apreciarla y avivarla, de modo que robustezca la vida interior de nuestras comunidades y produzca en nuestras diócesis frutos nuevos de dinamismo pastoral y audacia evangelizadora en los inicios de este nuevo Milenio, para gloria de Dios y plenitud del hombre".
Como Obispo de nuestra
querida Toledo, ante la fiesta de santa Leocadia, lanzo un grito lleno de amor:
"( Toledo, vuelve a encontrarte. Sé tú misma. Descubre tus orígenes. Aviva tus
raíces. Revive aquellos valores auténticos que hicieron gloriosa tu historia!"
Toledo tiene unas raíces cristianas, que se remontan a los que anunciaron la fe
cristianas en los orígenes, a quienes siguieron a los testigos inmediatos y
primeros del Señor, fuente de vida y de libertad, verdad y luz, fundamento para
la dignidad de la persona humana y raíz de donde brota el amor que nos hace
convivir fraternamente y trabajar por la paz en la justicia. La figura de santa
Leocadia, la celebración de su fiesta y de este 1700 aniversario de la
coronación de su vida con la gloria martirial, puede ser una ocasión para este
reavivar nuestras raíces, tan necesario para nuestra Iglesia y sociedad en la
que vivimos.
Los católicos, la Iglesia,
podemos y debemos contribuir a la realización humana de la sociedad. Nuestra fe
en Jesucristo nos lleva a la afirmación del hombre y su valor absoluto y a la
exaltación más radical y plena de la dignidad inviolable de la persona humana,
basada en su condición de criatura de Dios, creador y salvador, creada a imagen
y semejanza de El, redimida y renovada por la sangre de Jesucristo. El
reconocimiento efectivo de la dignidad de la persona humana constituye el
fundamento y el valor supremo de convivencia y del ordenamiento social. Nunca
nos es permitido instrumentalizar al hombre como un medio para la consecución de
fines técnicos, políticos o económicos. Todo esto pertenece a nuestras raíces
cristianas y es preciso que recobren nuevo vigor en nosotros.
No habrá una sociedad
éticamente configurada ni la Iglesia evangelizará plenamente si los católicos,
en sus proyectos y actuaciones públicas y privadas, si no reconocemos de modo
efectivo la verdad del hombre, el valor absoluto de cada persona y si no
tratamos de ordenar toda la vida social a la configuración de un proyecto
comunitario en el que cada hombre pueda alcanzar el logro de su humanidad de
acuerdo con las posibilidades históricas. Los católicos toledanos, basados en
esa fe que recibimos de los primeros cristianos, que sigue el testimonio de
santa Leocadia, sellada con su sangre, y que está en nuestras raíces y en la
entraña más propia de nuestra identidad, hemos de mostrar, en la vida cuotidiana
y en la práctica real y social, que el servicio del hombre es el criterio de
autenticidad y de nuestra experiencia de Dios como Dios. Este servicio
respetuoso con la realidad y desde la libertad de los hijos de Dios, ha de
llevar a disipar el malentendido de que Dios solo puede ser afirmado a costa del
hombre o al margen del hombre y de que el hombre sólo puede ser servido al
margen o en contra de Dios.
Que la luz de santa
Leocadia, su testimonio martirial e intercesión, nos alcancen la fortaleza y el
gozo de la fe, y nos impulse, con nuevo ardor, a emprender, fieles a nuestras
raíces y como testigos de santidad, caminos de una nueva evangelización capaz de
alentar la esperanza y edificar una cultura nueva, la de la solidaridad y el
amor.
3.3. El martirio de Santa
Leocadia, semilla de vida nueva en Toledo
3.3.1. La semilla de la
sangre de los mártires
Cuando más antes me he referido al "santoral" toledano he destacado que gran parte de la historia de santidad de nuestra Archidiócesis corresponde a santos que han sellado su fe en Jesucristo y su fidelidad a esas raíces nuestras con la sangre del martirio, y que, en buena medida, la Iglesia toledana es una Iglesia martirial. No podemos olvidar lo que, en el siglo III, afirmaba Tertuliano: "La sangre de los cristianos es como una semilla". Una semilla fecunda, ya que para la fe de la Iglesia nada supera la fertilidad evangelizadora del martirio, conforme a las palabras del Señor: "Os aseguro que si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo, pero si muere, da mucho fruto". No hubiera sido posible, en efecto, el desarrollo de la Iglesia experimentado en el primer milenio si no hubiera sido por aquella siembra de mártires y por aquel patrimonio de santidad que caracterizaron a las primeras generaciones de cristianos.
3.3.2. Necesidad de
cristianos confesantes, de testimonio martirial en nuestra sociedad
Es un testimonio que no
hay que olvidar. Esta sangre martirial constituye como el humus, la tierra
cultivada, en que ahonda sus raíces el viejo árbol de nuestra Iglesia, y su
memoria puede revitalizar la savia del Espíritu que la alimenta. Nuestra moderna
sociedad, permisiva y pluralista, tiende a hacer obsoleto o arcaico el martirio,
y a despojarle de su significación. Los cristianos, tal vez, hemos perdido
disponibilidad para el martirio, para la confesión pública de la fe. Preferimos
el anonimato; que no se nos note demasiado; que no se nos distinga claramente en
este mundo. Falta la fe confesante, el testimonio de unos cristianos que se
gocen de ser y de vivir como cristianos, que se gloríen del nombre de cristiano.
El mundo necesita de testigos del Dios vivo, católicos que en la vida pública y
en la privada dejan en sus obras y en sus palabras el testimonio vivo y real de
la fe en Jesucristo. El mundo de hoy necesita de cristianos que estén prestos a
confesar a Cristo públicamente, y en todo lugar y circunstancia, delante de los
hombres o en la soledad, y a seguirle por el camino de la cruz. Como Pablo, no
queremos ni podemos saber de otro, ni creer en otro o confesar su nombre que
Jesucristo y éste crucificado. Ante un mundo tan difícil para la fe y la vida cristiana, y sin embargo tan necesitado de ella, ante una cultura dominante que parece penalizar la vida de fe en Dios vivo y en su Hijo Jesucristo venido en carne, ante unos poderes y fuerzas tan adversas para la vida en Dios y de obediencia a sus mandamientos, ante una larvada y sorda y a veces clara y explícita persecución de nuestro mundo con medios sutiles incluso sangrientos o de eliminación y descalificación de los cristianos, ante tantos poderes que sientan de miles maneras en sus tan diversos "tribunales" y acusan y condenan a la Iglesia y a los cristianos, y ante la dolorosa y muy triste deserción de nos pocos cristianos que no soportan el embate de las dificultades, o que llegan a "pactos" explícitos o tácitos, para ser considerados plausibles y no rechazados, con realidades incompatibles con el Evangelio, necesitamos que Dios siga concediendo a su Iglesia el don y la gracia del testimonio del martirio que siempre ha acompañado y acompaña su vida y su historia, como muestra esa pléyade inmensa de mártires del pasado siglo XX.
3.3.3. El valor y gracia
del martirio
Desde el comienzo de la fe
cristiana, ya en la Nueva y definitiva Alianza, y a lo largo de toda la historia
eclesial, "se encuentran numerosos testimonios de seguidores de Jesucristo
-comenzando por el diácono Esteban y el apóstol Santiago- que murieron mártires
por confesar su fe y su amor al Maestro y por no renegar de Él. En esto han
seguido al Señor Jesús, que ante Caifás y Pilato, 'rindió tan solemne
testimonio', confirmando la verdad de su mensaje con el don de la vida. Otros
innumerables mártires aceptaron las persecuciones y la muerte antes de hacer el
gesto idolátrico de quemar incienso ante la estatua del Emperador. Incluso
rechazaron el simular semejante culto dando así ejemplo del rechazo también de
un comportamiento concreto contrario al amor de Dios y al testimonio de la fe.
Con la obediencia, ellos confían y entregan, igual que Cristo, su vida al Padre,
que podía liberarlos de la muerte... Elevándolos al honor de los altares, la
Iglesia ha canonizado su testimonio y declaró verdadero su juicio, según el cual
el amor implica obligatoriamente el respeto a sus mandamientos, incluso en las
circunstancias más graves, y el rechazo de traicionarlos, aunque fuera con la
intención de salvar su propia vida" (Juan Pablo II, Veritatis Splendor, 91).
En este mundo nuestro,
cuyas características todos conocemos, con sus luces innegables, pero también
con sus zonas oscuras grandes y con tantas adversidades, de un relativismo moral
tan pronunciado y de eclipse de Dios, y sin embargo tan necesitado de Dios y de
la salvación y vida nueva en Jesucristo, el testimonio martirial es un regalo
preciosísimo que es preciso apreciar en todo su sentido. El martirio es el signo
y la prueba, el testimonio más diáfano, de que Dios es Dios, lo único necesario,
que está por encima de todo y que lo vale todo, que sólo Él basta y que no
tenerle a Él es vivir sumida en la mayor de las pobrezas e indigencias. El
martirio es igualmente el testimonio más vivo de que Cristo vive y nos salva, y
que su salvación es el mayor tesoro al que nada se le puede comparar. Es la
señal manifiesta de que el Reino de Dios ha irrumpido en nuestra historia y es
donde está la dicha y la plenitud que lo supera todo. Es el signo que nos apunta
a donde está la verdad y grandeza del hombre, su sentido, su realización más
auténtica, su libertad más genuina y plena, y el comportamiento más verdadero y
propio del hombre inseparable del amor. Nos dice, en fin, que estamos llamados
al Reino de los cielos, a la vida eterna, a estar con Dios que es amor y
permanece para siempre: y que eso es con mucho no solo lo mejor, sino lo que
únicamente importa; de otra suerte qué significaría o qué sentido tendría la
vida, no dejaría de ser una "pasión inútil"; el martirio nos hace pensar que no
podemos malograr nuestra vida anteponiendo a su logro que es la plenitud de la
vida eterna otras cosas u otros intereses.
El Papa ha escrito en su
encíclica Veritatis Splendor, cuyo décimo aniversario estamos celebrando,
páginas bellísimas y muy importantes que no me resisto a dejar de transcribir,
contemplando precisamente a nuestra Santa Leocadia en este 1700 aniversario de
su muerte martirial; tales palabras del Papa, de alguna manera, nos trazan un
retrato de la propia Leocadia.
"En el martirio, como
confirmación de la inviolabilidad del orden moral, resplandecen la santidad de
la ley de Dios y a la vez la intangibilidad de la dignidad personal del hombre,
creado a imagen y semejanza de Dios. Es una dignidad que nunca se puede
envilecer o contrastar, aunque sea con buenas intenciones, cualesquiera que sean
las dificultades. Jesús nos exhorta con la máxima severidad: ')De qué le sirve
al hombre ganar el mundo entero si arruina su vida?'. "El martirio demuestra como ilusorio y falso todo 'significado humano' que se pretendiese atribuir, aunque fuera en condiciones 'excepcionales', a un acto en sí mismo moralmente malo; más aún, manifiesta abiertamente su verdadero rostro: el de una violación de la 'humanidad' del hombre, antes aún en quien lo realiza que en quien lo padece. El martirio es, pues, también exaltación de la perfecta 'humanidad' y de la verdadera 'vida' de la persona, como atestigua san Ignacio de Antioquía dirigiéndose a los cristianos de Roma, lugar de su martirio: 'Por favor, hermanos, no me privéis de esta vida, no queráis que muera... dejad que pueda contemplar la luz; entonces seré hombre en pleno sentido. Permitid que imite la pasión de mi Dios
"Finalmente, el martirio
es un signo preclaro de la santidad de la Iglesia: la fidelidad a la ley santa
de Dios, atestiguada con la muerte es anuncio solemne y compromiso misionero 'usque
ad sanguinem' para que el esplendor de la verdad moral no sea ofuscado en las
costumbres y en la mentalidad de las personas y de la sociedad. Semejante
testimonio tiene un valor extraordinario a fin de que no sólo en la sociedad
civil sino incluso dentro de las comunidades eclesiales no se caiga en la crisis
más peligrosa que puede afectar al hombre: la confusión del bien y del mal, que
hace imposible construir y conservar el orden moral de los individuos y de las
comunidades. Los mártires, y de manera más amplia todos los santos en la
Iglesia, con el ejemplo elocuente y fascinador de una vida transfigurada
totalmente por el esplendor de la verdad moral, iluminan cada época de la
historia despertando el sentido moral. Dando testimonio del bien, ellos
representan un reproche viviente a cuantos transgreden la ley y hacen resonar
con permanente actualidad las palabras del profeta: '(ay, los que llaman al mal
bien, y al bien mal; que dan oscuridad por luz, y luz por oscuridad; que dan
amargo por dulce, y dulce por amargo!'.
"Si el martirio es el
testimonio culminante de la verdad moral, al que relativamente pocos son
llamados, existe no obstante un testimonio de coherencia que todos los
cristianos deben estar dispuestos a dar cada día, incluso a costa de
sufrimientos y de grandes sacrificios. En efecto, ante las múltiples
dificultades, que incluso en las circunstancias más ordinarias puede exigir la
fidelidad al orden moral, el cristiano, implorando con su oración la gracia de
Dios, está llamado a una entrega a veces heroica. Le sostiene la virtud de la
fortaleza, que -como enseña san Gregorio Magno- le capacita a 'amar las
dificultades de este mundo a la vista del premio eterno'" (VS 92 y 93).
3.3.4. Necesitamos
afianzar la fe y darle solidez con una formación vigorosa
Todos nosotros necesitamos
revitalizar nuestra fe que es inseparable de la moral, manifestarla con
decisión, libertad y confianza; con coraje, osadía y audacia, como santa
Leocadia, como Pedro y Pablo y los demás mensajeros del Evangelio que
presentaban y anunciaban la Buena Nueva ante judíos y paganos, obedeciendo a
Dios antes que a los hombres. Necesitamos de aquella fe sólida, asentada
sobre la roca firme que es Cristo, que llevó a Santa Leocadia al martirio.
Necesitamos alimentarnos de aquellas hondas y vigorosas raíces del testimonio de
la sangre de los mártires como el de la patrona de la ciudad de Toledo. La fe en
el Dios vivo, la plena adhesión a Cristo que es la Palabra hecha carne, la
docilidad al Espíritu Santo conforma existencias sólidas, hombres y mujeres con
profundo sentido de responsabilidad en el orden familiar, profesional, social,
cultural, educativo, económico, político, en la comunidad cristiana y en la
sociedad civil. Así, sobre esa roca sólida de la fe es como edificaremos
sólidamente el edificio de una nueva humanidad, la casa del mundo, el hogar
abrigo de una nueva sociedad, la construcción de la Iglesia asentada sobre la
piedra firme y angular. Al margen de la fe que se apoya en la palabra de Dios,
edificaremos sobre arena en la que nada sólido ni consistente puede asentarse y
perdurar.
Por todo ello, en los
tiempos que corremos, una de las tareas primordiales para la Iglesia es la
formación de cristianos de fe sólida con todas sus consecuencias e implicaciones
morales y sociales. Necesitamos embarcarnos en la tarea urgente y ciertamente
ardua de una formación sólida en la vida de fe que implique la aceptación
consciente y cordial del mensaje moral cristiano. Esta solidez en la vida de fe
es la que hace posible una eficaz acción evangelizadora, es lo que hará que
salgamos del anonimato y de nuestros refugios invernales para ir a la calle, es
decir, a donde están los hombres para comunicarles el gozo inefable de la fe y
la alegría inmensa de que somos queridos por Dios y que Cristo ha muerto y ha
resucitado por nosotros.
3.3.5.Algunas
manifestaciones del testimonio cristiano en nuestro tiempo
Comunicar esta fe,
proclamar la dicha del amor de Dios Padre, manifestado en Jesucristo, lleva
consigo hoy la afirmación de la dignidad de toda vida humana, la afirmación del
valor incondicional de la persona humana, creada a imagen de Dios, redimida por
Cristo, destinada a la vida eterna. Todo ser humano, toda persona, tiene un
valor absoluto. El ser humano es sagrado. Esta afirmación no sólo conduce al
combate en favor de los derechos del hombre, sino que reclama de cada uno para
el prójimo una atención respetuosa, un reconocimiento de lo que cada uno tiene
de irreemplazable, de único, una actitud de verdadera caridad, de amor generoso,
abierto siempre a la comprensión y el perdón. "Parte tu pan con el hambriento,
hospeda al pobre sin techo, viste al que va desnudo y no te cierres a tu propia
carne".
En medio de una sociedad
que padece una profunda quiebra y crisis moral, vivir esa fe y comunicarla
entraña aportar sin complejos ni reduccionismos a los mínimos el vigor y la
originalidad moral que está implicada en el Evangelio, realización de la
humanidad nueva. La fe en Dios que se ha hecho hombre, que nació en una cueva,
que murió en la cruz como maldito, implica para nosotros los creyentes un
compromiso permanente por los pequeños, por los pobres, por los débiles, por los
que sufren. Este compromiso hoy lleva a la acción en el ámbito social,
económico, político y las múltiples formas de atención personal. El cristiano
que es fiel al Crucificado sabe que esta entrega al servicio de los demás no se
reduce a un sentimiento de humanidad sino que es ante todo seguimiento de Cristo
que vino a buscar y salvar lo que estaba perdido.
Es este mismo seguimiento
de Cristo el que habrá de llevar a los creyentes impulsados por su fe, y no a
pesar de ella, a que se apresten a actuar en las amplias zonas de pobreza que
hay entre nosotros; esta fe llevará a sentirse solidarios en las dificultades
que padecen tantos y tantos hombres y mujeres de hoy. Esta fe no es ajena al
sufrimiento de las mujeres y de los niños maltratados o abandonados, y las vidas
- a veces muy jóvenes- destruidas por el alcohol, la prostitución o la droga. No
se puede olvidar, además, que muchos de estos dramas son fruto de la soledad y
la violencia con que deja a las personas una cultura que ignora o censura la
dimensión religiosa y moral del hombre.
La fe viva en Dios que se
ha revelado como Amor en Jesucristo, nos lleva a acoger en nuestro corazón el
don del Espíritu Santo que derrama en nosotros el amor de Dios, un amor que es
perdón y que es reconciliación en un mundo dominado por violencias, por odios,
por egoísmos. Necesitamos esta fe en Dios que obra por el amor reconciliador
para conducirnos a la unidad entre todos, la unidad de nuestra patria, y superar
el antagonismo disgregador entre sus pueblos. Cristo aparece entre los hombres
crucificado, perdonando y amando. Cristo Resucitado se hace presente en medio de
nosotros con su paz y nos otorga su Espíritu de unidad. Estamos llamados a
unirnos a este misterio de la muerte y de la resurrección de Cristo que se hace
presente y actual para nosotros en la Eucaristía. Aquí está el supremo
testimonio: aquí Cristo testifica ante los tribunales del mundo que lo condenan
cómo Dios nos ama, cómo Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al
conocimiento de la verdad, cómo El entrega su vida y su sangre para la
reconciliación, para reunirnos a todos, para que cuantos andamos dispersos
seamos uno y formemos un único pueblo.
Acudamos a Santa Leocadia:
que su intercesión llegue, por medio de Jesucristo, el Testigo fiel y el Amén de
Dios, hasta el Padre. Que nos alcance a todos el don de la fe. Que conceda a
Toledo y a toda nuestra diócesis una fe renovada y vigorosa, sin complejos para
vivirla y anunciarla en medio de los hombres en el gran signo de la caridad, de
la que fué especial testigo Santa Leocadia en su amor y entrega a los pobres e
indigentes. Que nos haga ser testigos martiriales de Jesucristo y de la vida
nueva en Él.
3.4. Santa Leocadia, consagrada al Señor, caritativa, orante y virgen
3.4.1. Consagrada al Señor: El valor y la gracia de la consagración. Necesidad de la vida consagrada
Santa Leocadia se entregó
por completo al Señor, consagrándose a Él en el orden de las vírgenes. Vivió así
la perfecta caridad, que está entrañada en la sustancia misma de la vida de
consagración a Dios. Todo lo sacrificó para seguir a Cristo según lo hicieron
los apóstoles. Mostró así que su vida era propiedad exclusiva de Dios. Su
consagración personal, la vida consagrada entonces como ahora, muestra con
eficacia los valores auténticos y absolutos del Evangelio a un mundo que exalta
con frecuencia los valores relativos y efímeros de este mundo. Llamada por el
Señor a seguirle y con el auxilio de su gracia, en su consagración nos ofreció
el testimonio perenne de una decisión que abarca y totaliza toda la existencia:
se decidió por el Amor que es Dios, que lo llena todo y que nunca muere.
Percibió a Cristo como plenitud de la propia vida, de forma que toda su
existencia fuese entrega sin reserva a Él, hasta la muerte martirial que ella
padeció y con la que selló su propia consagración. No vivió para sí sino para
Aquel que murió y resucitó por todos, por amor; de este modo toda su vida fue,
al mismo tiempo, un entregarse en caridad en servicio de los demás, sobre todo
de los pobres, en la Iglesia.
La vida consagrada ha
estado siempre, de diversas formas, en la vida de la Iglesia, en su corazón y
entraña más íntima, pertenece a lo más propio de ella: a su vida, a su misión, a
su vocación universal a la santidad, que es vocación de todos a la unión con
Dios. Sin duda alguna es una de las mayores riquezas y más imprescindibles de la
Iglesia a lo largo de la historia. Cuando se debilita la vida consagrada, es la
Iglesia misma la que se debilita y pierde el vigor que está animando la
consagración, que no es otro que el seguimiento radical y el testimonio de la
vocación de todos a la santidad. Una Iglesia en la que fallara de alguna manera
la vida consagrada o palideciera su testimonio, estaría gravemente amenazada en
su vocación y misión.
Necesitamos, por ello, de
una manera apremiante de la vida consagrada tan fundamental siempre y sobre todo
en los momentos actuales, necesitados del testimonio de la primacía de Dios, de
que sólo Dios y su Reino es necesario, indigente de los consejos evangélicos que
muestran el seguimiento radical de Jesucristo en donde está la vida eterna y la
alegría que nada ni nadie puede arrebatar, y necesitado asimismo del signo de la
caridad evangélica y del servicio a los pobres.
Nuestra sociedad necesita
cada día más de los consagrados al Señor, porque tiene necesidad por encima de
todo de que, en una vida consagrada, hombres y mujeres den testimonio de Dios
vivo ante un mundo que lo niega, lo olvida o camina de espaldas a Él; necesita
nuestra sociedad personas consagradas que, con sus vidas y su palabra, sin
rodeos ni complejos, afirmen y muestren el amor de Dios a todos y a cada uno,
singularmente a los pobres, a los más pobres; nuestro mundo está necesitando de
abundancia de personas consagradas que muestren los más altos valores
espirituales, a fin de que a nuestro tiempo no le falte la luz de las más altas
conquistas del espíritu; que traigan a la memoria algo que solemos olvidar
fácilmente: que en el mundo venidero "Dios lo será todo en todos". Vidas de
personas consagradas son una de las señales más elocuentes, como en tiempos de
Leocadia, de la presencia y soberanía de Dios en este mundo y de la libertad de
sus hijos. Nuestro mundo tan cerrado sobre sí mismo a Dios necesita como nunca
de estos testigos suyos.
3.4.2. Consagrada para la
perfección de la caridad
La consagración a Dios, la
vida consagrada a Dios es una vocación a vivir la existencia como ejercicio
constante de la caridad, como Santa Leocadia. Las personas consagradas
"constituyen una porción elegida del Pueblo de Dios, llamadas a vivir de una
forma especial y muy significativa la perfección de la caridad, a la que todos
los discípulos de Cristo están llamados. Su opción de vida, especialmente
mediante la práctica de los consejos evangélicos de castidad pobreza y
obediencia, no es más que una gran opción de amor, se podría decir una
'sobreabundancia de amor. Nace de la escucha de la voz de Cristo: 'Si quieres
ser perfecto, anda, vende lo que tienes y dáselo a los pobres, y tendrás un
tesoro en los cielos; luego, ven y sígueme'. La aceptación de esa invitación
coloca a los consagrados en el corazón de la Iglesia" (Juan Pablo II), que es,
en expresión de una consagrada, Santa Teresa del Niño Jesús, el amor.
El amor, la caridad fue la
vida de la joven Leocadia, y esa debiera ser la misma vida de cada uno de
nosotros, consagrados a Dios por el Bautismo. Como os recordaba recientemente en
mi carta "Toledo evangelizada, Toledo evangelizadora", siempre, pero
particularmente en este tiempo estamos "llamados a vivir y ser el signo de la
caridad de Dios: la caridad es el gran signo de la verdad del Evangelio y de su
anuncio.
3.4.3. Mujer orante. La
oración es imprescindible en la vida cristiana
La vida consagrada,
expresión de la fe que exige solidez en esa misma fe, se alimenta y mantiene con
la oración, que, a su vez, es también una expresión de esa "perfección de la
caridad", a la que me he referido. Santa Leocadia fue una joven orante. En la
mazmorra en que la encerraron se entregó a la oración ante la cruz grabada por
ella en la piedra de aquel lugar. Como no puede ser de otra manera, la vida
consagrada es inconcebible sin una vida dedicada a la oración: sería un
contrasentido dedicarse a Dios, que eso es la consagración, y no se tuviera el
trato de amistad con Él. La Oración esté en el centro de la vida cristiana; la
fe se expresa y alimenta de la oración; constituye el "punto crítico" de la
existencia creyente. (Qué bellas páginas dedica, en su cuarta parte, el
Catecismo de la Iglesia Católica a la oración, y qué bien haríamos en releerlas,
asimilarlas, meditarlas, guardarla en nuestro corazón y ponerlas en práctica!.
No me detengo en este punto, porque recientemente en la mencionada carta me he
referido a él con amplitud y profusión. Sin duda, es uno de los puntos en que
debemos insistir con mayor intensidad y constancia.(Lo necesitamos tanto para
ser hombres y mujeres, una Iglesia, con vida! Sin oración nos morimos, sin
oración no respiramos, sin oración nos ahogamos y nada que merezca la pena
podremos aportar a nuestro mundo.
3.4.4. Consagrada virgen.
Sentido y grandeza de la virginidad por el Reino de los cielos. Necesidad del
testimonio de la virginidad.
La persona consagrada,
como Santa Leocadia, no sólo hace de Cristo el centro de la propia vida, sino
que se preocupa de reproducir en sí misma, en cuanto es posible "aquella forma
de vida que escogió el Hijo de Dios al venir al mundo" (LG 44). Abrazando la
virginidad, hace suyo el amor virginal de Cristo y lo confiesa al mundo como
Hijo unigénito, uno con el Padre.
Como enseña el Catecismo
de la Iglesia Católica, "Cristo es el centro de toda la vida cristiana. El
vínculo con Él ocupa el primer lugar entre todos los demás vínculos, familiares
o sociales. Desde los comienzos de la Iglesia ha habido hombres y mujeres que
han renunciado al gran bien del matrimonio para seguir al Cordero dondequiera
que vaya, para ocuparse de las cosas del Señor, para tratar de agradarle, para
ir al encuentro del Esposo que viene. Cristo mismo invitó a algunos a seguirle
de este modo de vida del que Él es el modelo (cfr. Mt 19,12). La virginidad por
el Reino de los cielos es un desarrollo de la gracia bautismal, un signo
poderoso de la preeminencia del vínculo con Cristo, de la ardiente espera de su
retorno" (CEC 1618-1619). La virginidad consagrada es signo de la unión de
Cristo esposo con la Iglesia esposa, es así mismo dedicación a la causa del
Reino de Dios, testimonio de que el "Reino de Dios y su justicia son la perla
preciosa que se debe preferir a cualquier otro valor, aunque sea grande y que
hay que buscarlo como el único valor definitivo" (FC 16)
Quien se consagra Dios en
virginidad por el Reino de los cielos, se consagra a Él con un corazón indiviso,
que, por lo demás, se expresa en un amor concreto hacia cada uno de los hombres.
Cuando el amor de Cristo es asumido con corazón indiviso, en su plenitud, sin
concesiones ni duplicidad, sin desaliento ni compensaciones, la castidad vivida
en virginidad se convierte en una jubilosa afirmación de amor, y no resulta una
limitación o una negación. Así entendida canaliza y da nuevo vigor a la
capacidad infinita de amar que Dios puso en el corazón humano, llevándolo a la
altura del amor divino. )No es eso acaso lo que sucedió en Santa Leocadia?
Es necesario,
imprescindible hoy más que nunca, el prestar atención a este gran signo de la
virginidad, y a su virtud inseparable que es la castidad -presente tanto en la
virginidad como en el matrimonio-. Nos da como una especie de pudor o de grima
hablar hoy de castidad y de virginidad; y es más necesario que nunca por el
ambiente que vivimos tan ajeno a la verdad de la sexualidad y del amor, tan
errado en sus caminos en estas cuestiones vitales para la existencia del hombre.
No proponemos suficientemente y en toda su belleza la virtud de la castidad y no
invitamos a la vocación a la virginidad por el Reino de los cielos. Esto es
grave. Privamos a la Iglesia y al mundo de algo necesario, privamos a los
jóvenes de algo que necesitan para vivir. La fiesta y conmemoración jubilar de
Santa Leocadia, Virgen, puede ser una ocasión para proponerlo de nuevo con toda
claridad, gozo y valentía. (Son tan bellas, tan grandiosas la castidad y la
virginidad!
La virginidad es repuesta
al llamamiento de Dios para amar y servir con un corazón no dividido a Él y a
los hermanos en una soledad abierta a la comunidad, camino hacia un amor y
servicio a todos. Quienes escogen este camino saben tanto o mejor que los demás,
qué es el amor: su absoluta donación llena plenamente su vida y pueden, sin
sentirse disminuidos, renunciar a los valores, derechos y compensaciones que los
demás viven lícita y honestamente, sin renunciar a ellos.
El hombre y el cristiano
están llamados a vivir en el amor, bien el matrimonio, bien en virginidad o
celibato. Estas son las dos formas de vivir la vocación de la persona al
amor."La virginidad y el celibato no sólo no contradicen la dignidad del
matrimonio, sino que la presuponen y la confirman. El matrimonio y la virginidad
son dos modos de expresar y de vivir el único misterio de la Alianza de Dios con
su pueblo. Cuando no se estima el matrimonio, no puede existir tampoco la
virginidad consagrada; cuando la sexualidad humana no se considera un gran valor
donado por el Creador pierde significado la renuncia por el Reino de los cielos"
(FC 16). Y es que en la virginidad se encuentra la "forma suprema del don de uno
mismo, que constituye el sentido mismo de la sexualidad humana" (FC 37).
Cuando la virginidad
cristiana ha irrumpido en la historia humana -los tiempos mismos de Leocadia-,
este hecho ha provocado un replanteamiento muy profundo de la interpretación
dada por el hombre de su sexualidad. No es fácil para nosotros revivir, hoy,
después de dos mil años, el estupor profundo que hombres y mujeres
experimentaron ante esta posibilidad que Cristo les había ofrecido, sólo
comprensible a la luz de la revelación del amor de Dios en Cristo, de su
autodonación en la Cruz que lo introduce en la Vida.
Amando a Dios por encima
de todo, entregándose enteramente a Él, consagrada a su amor, la persona virgen
por el Reino de Dios, participa del amor divino, así vive y ama con las
características del amor divino. Dios ama a cada persona en singular como si
fuese la única. Él no ama a la humanidad, al género humano, en abstracto o en
general. Ha querido a cada persona en sí misma y por sí misma. Sólo una
particular participación del amor divino podría dar al hombre esta posibilidad.
Esta participación sólo puede darse si el amor de Dios se hace también amor
humano, toma carne en el amor humano. Es el acontecimiento de la Encarnación lo
que ha posible al hombre y a la mujer esta nueva capacidad que es la virginidad
cristiana. La persona virgen deja traslucir el esplendor del amor a todos del
Señor. Las personas que aman a Dios con un corazón indiviso sin reservas tienen
capacidad especial para amar al hombre y entregarse a él sin intereses
personales y sin límites.
La vida consagrada en
virginidad, abrazada voluntariamente y vivida fielmente, se opone a la sabiduría
que el mundo acepta sobre el significado de la vida. Pero su testimonio puede
transformar el mundo y sus formas de pensar y actuar precisamente mediante su
amor a todos en concreto. No hay obra más bella y más grande que hacerse
disponibles para todos por amor, el amor que está entrañado en la virginidad
cristiana. Vale la pena vivir a fondo la consagración, la virginidad cristiana,
cuando, por su propio dinamismo, se convierte, día tras día, en entrega total de
sí, expresión del amor mayor, que nos asemeja a Cristo. La virginidad cristiana
es signo y fuerza de libertad interior en el amor: Sólo llega a ser realmente
libre el que, por mediación del seguimiento de Cristo, ha encontrado su justa
dimensión para donarse a sí mismo a Dios en el amor y a su misericordia por el
mundo y los hombres. No hay que tener miedo: quien se entrega en amor, en
virginidad, a Dios, sabe que el amor de Dios lo rodea y lo sostiene.
No tengamos miedo ni
complejo en mostrar y proponer el gran sentido de la virginidad cristiana a los
jóvenes. No dejemos de descubrir la hermosura de esta forma de vida. Llamemos e
invitemos a ella. Santa Leocadia es llamada y provocación en los tiempos que
vivimos. Que ella nos ayude a hacerlo.
4. Conclusión:
sugerencias para este Año Jubilar
Para no alargar esta
carta, que deseaba en principio hubiese sido más breve, voy a concluir
proponiendo algunas sugerencias o iniciativas para la conmemoración de este 1700
aniversario de la muerte martirial de nuestra primera santa y patrona de Toledo,
y arraigar más en nuestro pueblo el conocimiento de nuestra Patrona, la devoción
a ella, y el seguimiento de lo que ella debería ser para nosotros:
a) Solicitar a la Santa
Sede que conceda la gracia especial de un "Año Jubilar", con las gracias e
indulgencias que señale para quienes visiten las iglesias dedicadas a su memoria
o se veneren sus reliquias: Parroquia, Basílica y Catedral.
b) Potenciar el culto en
la Basílica
c) Exponer a la veneración
de los fieles durante todo el año, en la capilla de la Catedral dedicada a Santa
Leocadia, sus venerables reliquias, actualmente en el Ochavo.
d) Dar a conocer más y
mejor la vida de Santa Leocadia, y todo lo que ella significa en el contexto de
su tiempo, así como lo que ese contexto y su testimonio significa para el
nuestro y en el proceso de la historia cristiana toledana. A este respecto, como
ya se hizo con nuestro patrón San Ildefonso, convocar un concurso, cuyas bases
se darán a conocer en fecha próxima, para una biografía sobre Santa Leocadia.
e) Para esta misma
difusión, sobre todo entre los niños, convocar también un concurso escolar con
una redacción sobre la Santa, entre los alumnos de la enseñanza de la Religión y
Moral Católica, de Primaria y Secundaria. Sería bueno a este respecto que los
alumnos pudiesen contar con material asequible a ellos.
f) Promover y realizar una
magna exposición sobre "17 siglos de santidad cristiana en la diócesis de
Toledo", que nos conduzca a la acción de gracias a Dios por la santidad
suscitada por Él y nos anime y aliente a proseguir hoy esta estela de santidad.
g) Proclamar patrona de
los jóvenes de Toledo a Santa Leocadia, joven como ellos de los primeros tiempos
del cristianismo.
h) Revitalizar el día de
su fiesta de la forma que corresponda, dándole el realce que se merece como
Patrona de la ciudad de Toledo.
Y, por encima de todo,
conmemoremos a Santa Leocadia en este 1700 aniversario de su muerte martirial,
tratando de escuchar, acoger, y cumplir lo que Dios nos ha dicho y señala en
esta joven santa de Toledo, con la que nos ha enriquecido y honrado. Que Santa
Leocadia nos ayude e interceda por todos nosotros, singularmente por esta ciudad
de Toledo y por los jóvenes. Que su plegaria nos acompañe. Que nuestra acción de
gracias por ella, por su intercesión, sea para todos fuente de acercamiento al
hontanar de toda gracia y bendición que es Dios. Que Dios os bendiga a todos. Toledo, 9 de diciembre, de 2003,
Fiesta de Santa Leocadia
X
Antonio Cañizares Llovera. Arzobispo de Toledo. Primado de España.
Juan Pablo II y los derechos humanos
Aunque es una obviedad que al vez debería haber señalado con anterioridad, es
preciso situar al Papa como un hombre de fe cristiana, un hombre de Iglesia que
es experta en humanidad, el que la preside para confirmaría en la fe y
mantenerla en fidelidad a lo que ha recibido una vez por todas en Jesucristo,
que nos precede y de lo que no podemos disponer.
Es de sobra conocido que el pensamiento del Papa Juan Pablo II tiene su
concentración y las claves de interpretación del mismo en su primera Encíclica
Redemptor Hominis, y, a su vez, en la Constitución Pastoral Gaudium et Spes,
sobre todo en el número 22, cuando afirma que «Jesucristo al revelar el misterio
de Dios al hombre, le desvela al mismo tiempo el misterio, la verdad del hombre,
y le descubre la grandeza de su vocación». Es a la luz de Jesucristo como se
esclarece el misterio, la verdad, la grandeza, y la dignidad del ser humano.
«Cristo sabe lo que hay en el corazón humano, sólo El lo sabe», diría en los
umbrales mismos de su pontificado. «Jesucristo es el camino principal de la
Iglesia». Es el Camino hacia Dios, pero también es el camino hacia cada hombre.
En este camino por el que Cristo se une a todo hombre, «la Iglesia no puede ser
detenida por nadie». Así la Iglesia «no puede permanecer insensible a todo lo
que sirve al verdadero bien del hombre, como tampoco puede permanecer
indiferente a lo que le amenaza». En las enseñanzas del Concilio, la Iglesia
expresa esta solicitud fundamental «a fin de que ‘la vida en el mundo (sea) más
conforme a la eminente dignidad del hombre’, en todos sus aspectos, para hacerla
cada vez ‘más humana’», ella quiere ser, se considera a sí misma, es «el signo y
la salvaguardia del carácter trascendente de la persona humana’>>. «Aquí se
trata...en su plena dimensión. No se trata del hombre ‘abstracto’ sino real, del
hombre ‘concreto’. Se trata de ‘cada’ hombre, porque cada uno ha sido
comprendido en el misterio de la Redención y con cada uno se ha unido Cristo,
para siempre, por medio de este misterio... Tal solicitud afecta al hombre
entero y está centrada sobre él de manera particular. El objeto de esta premura
es el hombre en su única e irrepetible realidad humana, en la que permanece
intacta la imagen y semejanza con Dios mismo... ‘el hombre es la única creatura
que Dios ha querido por sí misma’» (Redemptor Hominis, 13). «El hombre en la
plena verdad de su existencia, de su ser personal y a la vez de su ser
comunitario y social... este hombre es el primer camino que la Iglesia debe
recorrer en el cumplimiento de su misión, él es el camino primero y fundamental
de la Iglesia, camino trazado por Cristo mismo, vía que inmutablemente conduce a
través del misterio de la Encamación y de la Redención... Siendo pues este
hombre (el concreto, cada uno) el camino de la Iglesia, camino de su vida y
experiencia cotidiana de su misión y de su fatiga, la Iglesia de nuestro tiempo
debe ser, de manera siempre nueva, consciente de la ‘situación’ de él. Es decir
debe ser consciente de sus posibilidades, que toman siempre nueva orientación y
de este modo se manifiestan; la Iglesia, al mismo tiempo, debe ser consciente de
las amenazas que se presentan al hombre. Debe ser consciente también de todo lo
que parece contrario al esfuerzo para que la vida humana sea cada vez más
humana, para que todo lo que compone esta vida responda a la verdadera dignidad
del hombre. En una palabra debe ser consciente de todo lo que es contrario a
aquel proceso» (RH 14).
Estas afirmaciones están apelando a la conciencia de unos derechos del hombre,
de cada uno de ellos, por el hecho mismo de serlo y para que en su respeto el
hombre pueda ser lo que es como hombre, lo que está llamado a ser como tal, en
su totalidad y en el conjunto de sus dimensiones inseparables entre si, lo que
está llamado a ser y a vivir conforme a su dignidad inviolable y eminente que le
corresponde y que nada ni nadie puede arrebatar ni conculcar o impedir.
A este respecto el Papa nos recuerda algo que nadie ignora: «que la Declaración
Internacional de los derechos del Hombre nació al día siguiente de la Segunda
Guerra Mundial... La más trágica experiencia de nuestro siglo -el XX-, con las
crueldades de una guerra llamada ‘total’, el exterminio de docenas de millones
de personas, los horribles experimentos de los campos de exterminio, los
genocidios programados, la explosión de la primera bomba atómica..., esta
terrible experiencia habrá despejado de algún modo el camino para la
codificación de los derechos del hombre...Se habrá comprendido, precisamente
después de esta tragedia, que, en el centro de los peligros que nos amenazan,
está ante todo... el propio hombre. Se habrá comprendido también que, en la base
del retoñar de las naciones y de toda la familia humana, hay que situar al
hombre en toda su verdad y en toda su dignidad. El esfuerzo para reparar el mal,
para restablecer la paz entre las naciones, los continentes, los sistemas, debe
fundar-se en los derechos objetivos que retoman al hombre, por la simple razón
de que es hombre» (Juan Pablo II, en A. Frossard, «No tengáis miedo», p
218-219).
X
ANTONIO CAÑIZARES LLOVERA
Arzobispo de Toledo Primado de España
ESPERAMOS
EL MOMENTO DEL NUEVO NACIMIENTO DE CRISTO
La Iglesia se prepara para la Navidad
de un modo particular. Nos recuerda el día de la venida última de Cristo.
Viviremos de manera justa la Navidad, es decir, la primera venida del Salvador,
cuando seamos conscientes de su última venida con «gran poder y majestad» (Lc
21,27),
En estas semanas previas a la
solemnidad de la Natividad del Señor hemos escuchado una frase sobre la que
quiero llamar vuestra atención: «Los hombres quedarán sin aliento por el miedo y
la ansiedad ante lo que se le viene encima al mundo» (Lc 21,26). Llamo la
atención porque también en nuestra época el miedo «de lo que deberá suceder
sobre la tierra» se comunica a los hombres. El tiempo del mundo nadie lo conoce,
sólo el Padre. Y por esto, de ese miedo que se transmite a los hombres de
nuestro tiempo, no deduzcamos consecuencia alguna por cuanto se refiere al
futuro del mundo.
Para vivir bien el recuerdo del
Nacimiento de Cristo es necesario tener muy clara en la mente dad sobre la
venida última venida de Crito, sobre ese adviento último. Y cuando el Señor
dice: “Tened cuidado: no se os embote con el vicio, la bebida y los agobios de
la vida, y se os eche encima de repente aquel día (Lc 21,34), entonces
justamente nos damos cuenta de que
La verdad de este tiempo de Adviento
que ya termina es al mismo’ tiempo seria y gozosa. Es
Es tiempo de elección; es tiempo para
elegir el sentido principal de toda la vida. Todo lo que sucede entre el día del
nacimiento y de la muerte de cada uno de nosotros constituye, por así decirlo,
una gran prueba el gran examen de nuestra humanidad. Y, por eso, la ardiente
llamada de San Pablo a potenciar el amor, a hacer firmes e irreprensibles
nuestros corazones en la santidad; la invitación a toda nuestra manera de
comportarnos, a la observancia de los mandamientos de Cristo.
El Apóstol enseña: si debemos agradar a
Dios, no podemos permanecer en el estancamiento; debemos ir adelante, esto es,
«para adelantar cada vez más», «seguir adelante». Y efectivamente es así. En el
Evangelio hay
Y por esto esperamos el momento del
nuevo Nacimiento de Cristo en la liturgia. Porque Él es quien enseña el camino a
los pecadores; hace caminar a los
Y, por tanto, hacia Él, que vendrá
—hacia Cristo— nos dirigimos con plena confianza y convicción. y le decimos:
¡Guía! ¡Guíame en la verdad! ¡Guíanos en la verdad! Con mi deseo de una feliz y santa Navidad para todos.
Arzobispo de Toledo Primado de España |
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