Año 2003


 

La Iniciación Cristiana

en la Archidiócesis de Toledo  

 

Toledo, 25 de mayo de 2003

 

Queridos hermanos:

Os ofrezco para la reflexión en el Consejo Diocesano del Presbiterio este documento sobre la Iniciación cristiana y la correspondiente acción pastoral. Es una cuestión de la máxima importancia desde el punto de vista de la acción eclesial que tiende a "hacer" cristianos. En este asunto que tanto nos preocupa y que a veces nos hace sufrir es preciso tener en cuenta que no se trata de unas meras normas sobre edad u otros asuntos, sino que lo que está en juego es el generar cristianos. Por eso os ofrezco unas reflexiones o criterios que pueden parecer más teóricos, pero que son fundamentales, y unas orientaciones de carácter más operativo.

Hay un asunto que no he tratado en estas páginas de manera directa y explícita, pero que también habrá que tener presente en su momento oportuno: se trata del asunto de la iniciación cristiana de adultos, o del catecumenado en su sentido estricto; para ello me remito al Ritual de Iniciación de Adultos, al Directorio General de Pastoral Catequética y a las Orientaciones de la Comisión Episcopal de Enseñanza y Catequesis, aprobadas por la Conferencia Episcopal, sobre el Catecumenado. Tampoco he abordado el asunto de la reiniciación cristiana de adultos y jóvenes, que abordaría en una reflexión sobre la catequesis en nuestra diócesis. Así mismo, para la cuestión del bautismo de los niños en edad escolar, me remito a las Orientaciones que sobre este tema ofrece la Comisión Episcopal de Enseñanza y Catequesis.

El documento que se os ofrece es provisional y está abierto; recoge una Instrucción Pastoral mía en la diócesis de Granada sobre este tema. Para elevarlo a definitivo tendré en cuenta vuestras observaciones y sugerencias, e incorporaré los criterios y normas de nuestro Sínodo Diocesano, así como vuestra propia reflexión.

Muchas gracias por vuestra colaboración.

 

X ANTONIO CAÑIZARES LLOVERA

Arzobispo de Toledo

Primado de España 

 

I. Introducción: Importancia de la Iniciación cristiana. Razón y sentido de esta reflexión

 

1. Pocas cosas pueden compararse a la tarea de ayudar a que del seno de la Santa Madre Iglesia nazcan y crezcan nuevos hijos para Dios y para la vida eterna. "La Iglesia es la única madre verdadera de todas las gentes, que ofrece su regazo a los no regenerados y amamanta a los regenerados" (S. Agustín). Esta maternidad la ejercita en la iniciación cristiana, mediante el anuncio del Evangelio con palabras y obras y a través de los sacramentos. Por eso mismo pocas cosas se pueden comparar en importancia a esa unidad inseparable e inquebrantable de sacramentos y formación que constituye, en su conjunto, la iniciación cristiana.

La iniciación cristiana es asunto principalísimo. Ahí se juega el ser cristiano. Se inicia cristianamente a uno, es decir, se le bautiza, se le confirma y participa en la Eucaristía, se le forma básicamente en la fe, vida y misión de la Iglesia, para hacerlo cristiano, esto es, para ser y vivir en Cristo, para ser modelado conforme a la "imagen de Cristo". Esto es muy serio y decisivo. Lo más decisivo para la vida del hombre. Por ello, la iniciación cristiana ha sido, y así ha de ser siempre, objeto primordial de la solicitud maternal de la Iglesia. Hoy lo es de manera especial, porque la iniciación cristiana presenta no pequeñas dificultades y se enfrenta con no pocos y graves problemas. Además, hoy, es muy necesario que la comunidad cristiana, entre otras cosas, recupere la unidad vivida de la iniciación sacramental y del proceso catecumenal y asuma claramente la convicción de que para la iniciación de un cristiano es imprescindible la colaboración de otros cristianos adultos en el interior de la comunidad cristiana y en referencia explícita a ella.

2. Consciente de la suma importancia que por sí misma y en el momento actual tiene la iniciación cristiana y de lo que, en consecuencia, nos jugamos en ella, la Conferencia Episcopal Española, en su Asamblea Plenaria de noviembre de 1999, aprobó un documento de largo alcance sobre este asunto que lleva por título "La iniciación cristiana. Reflexiones y orientaciones" (LIC). Apoyándonos particularmente en esta Instrucción Pastoral de los Obispos, en nuestra Diócesis, queremos renovar y fortalecer la pastoral y la práctica de la Iniciación cristiana. Atendemos así a una necesidad que se vive como inquietud pastoral en la generalidad de nuestro presbiterio. La inquietud o insatisfacción - y hasta en ocasiones malestar - ante la práctica actual respecto a la iniciación cristiana se manifiesta constantemente en encuentros sacerdotales de ámbito diocesano o en reuniones de los arciprestazgos.

3. Por esto, con el presente escrito, que dirijo, en primer lugar, a los sacerdotes del presbiterio diocesano - seculares y religiosos, así como a los educadores de la fe -padres, catequistas, religiosas, religiosos laicales, maestros y profesores cristianos-, y a las comunidades cristianas y de formación -parroquias, familias, escuelas cristianas, grupos y movimientos apostólicos-, pretendo ofrecer unas reflexiones y orientaciones para aplicar en nuestra Diócesis la Instrucción pastoral de la Conferencia Episcopal sobre la Iniciación cristiana y establecer unas disposiciones que, con el auxilio de Dios, nos ayuden a mejorar la pastoral de la iniciación cristiana.

 

II. Problemática en torno a la iniciación cristiana y a su acción pastoral. Algunos datos de situación

 

4. La problemática que actualmente se plantea sobre la iniciación cristiana es amplia y relativamente nueva. Con frecuencia, sobre todo en ámbitos sacerdotales nuestros, la problemática que se plantea tiene que ver principalmente con algunas cuestiones relacionadas con normativas existentes para la recepción de los sacramentos de iniciación, como la edad, los años de preparación, situaciones de los padres...; son cuestiones que desasosiegan, crean tensiones, y producen desazón. No les vamos a quitar ninguna importancia a estas cuestiones, pero, aun siendo importantes, no entran aun o de lleno en los grandes problemas de fondo que son los que se plantean en la citada Instrucción pastoral de la Conferencia Episcopal sobre la Iniciación Cristiana: qué es la iniciación cristiana, qué es lo que constituye a un cristiano, cómo se hace un cristiano, cómo hay que plantear la iniciación cristiana en un mundo como el nuestro que ha cambiado tanto respecto al de épocas pasadas y en el que se sigue iniciando como hace cincuenta años como si nada nuevo hubiera pasado.

5. En una sociedad homogénea, con una cultura y un ambiente social impregnados de cristianismo, donde la sociedad estaba casi amalgamada con la sociedad religiosa, la iniciación cristiana real era obra de la socialización espontánea que ejercía la sociedad y, en ella, la realidad ambiental de la misma sociedad y la tradición familiar, apoyadas por la catequesis parroquial y la escuela donde se impartía una formación cristiana. Aquella situación ya no se da en nuestro tiempo. La aparición del pluralismo, con todas sus raíces e implicaciones en la cultura de la modernidad; la secularización de nuestra sociedad y de sus instituciones; la descristianización, el proceso de alejamiento y hasta el abandono de numerosos bautizados; el fuerte impacto de los medios de comunicación, principalmente de la televisión, en nuestras gentes y en nuestros pueblos y ciudades, sobre todo en los niños y jóvenes indefensos frente al poder y atractivos de esos poderosos medios; el debilitamiento de la familia -particularmente en su tarea formativa y educadora -, la crisis del sistema educativo y de la enseñanza religiosa dentro del mismo..., cuestionan, de hecho, los procesos de iniciación cristiana, de transmisión de la fe y vida cristiana, y de formación tal y como en la actualidad, en general, se están planteando.

6. Durante mucho tiempo, la familia, ayudada grandemente por la escuela, ha sido, en efecto, la principal responsable de iniciar a sus hijos en la fe. La Iglesia confió a padres y padrinos el aprendizaje de la fe y de la vida cristiana; en muchos casos, la familia constituía un ámbito de fe, los hijos aprendían, viviendo en el seno de la familia, la fe que presidía la vida común, en ella, sobre todo, aprendían a rezar y a ver a Dios como realidad presente y fundamental en la vida de cada uno. Hoy, de hecho, raramente, constituye un ámbito capaz de "formar" a sus hijos en la fe recibida. Su función educativa, en general, está siendo ocupada por otras instancias netamente seculares y con frecuencia laicistas. A su vez, la propia sociedad civil, sociológicamente unida a la Iglesia, llegó a desempeñar de modo espontáneo la función de "catecumenado social" integrando a todos en un mismo horizonte de comprensión y de sentido. Sin embargo, hoy no es posible pensar en una iniciación realizada casi de modo "espontáneo" por influjo del ambiente.

7. Por otra parte, hoy vemos cómo un buen número de nuestros bautizados, adultos y jóvenes, o no están iniciados en la fe, porque nunca tuvieron la oportunidad de una auténtica catequesis, o lo están de modo deficiente o incompleto. Con frecuencia, con tales limitaciones y carencias, estos cristianos tienen que vivir en la intemperie de un mundo fuertemente descristianizado y permanecer "fieles" ahí. ¿Cómo será posible? Se han realizado y se están llevando a cabo grandes y generosos esfuerzos en el campo de la catequesis, se han dado indudables avances en la renovación catequética, pero, a pesar de todo, las dificultades de la transmisión de la fe permanecen y el afianzamiento de la fe de muchos de nuestros bautizados resulta harto dificultoso y, en ocasiones, escaso.

La catequesis, instrumento hoy casi único para la iniciación cristiana, tal y como se está llevando -con una hora semanal en el mejor de los casos y pensada para una época de "cristiandad"- resulta absolutamente insuficiente, no asegura, reconozcámoslo, el catecumenado necesario como se aseguró en los tiempos de una sociedad pagana -semejante a la nuestra-  en la que se habría paso la fe cristiana. La catequesis, a mi entender, no ha realizado todavía los cambios de estructura que exige la desaparición de la cristiandad y la aparición del laicismo de nuestra sociedad en el que está llamado a vivir el adulto; nuestra catequesis, en general, está unida a una situación desaparecida y está concebida para esa situación, pero se demuestra insuficiente en la situación actual.

8. La situación, pues, que vivimos está planteando seria y vivamente la iniciación cristiana como problema pastoral de primera magnitud y suscita en la Iglesia la necesidad urgente de revisar en profundidad la pastoral de la iniciación cristiana y restablecer, en toda su originalidad, esta iniciación. Pero no es sólo la situación problemática la que nos plantea la necesidad de renovar y fortalecer fuertemente la pastoral de la iniciación cristiana. El creciente interés por el tema y la nueva sensibilidad y conciencia sobre la iniciación cristiana es una de las obras del Espíritu Santo en nuestro siglo, una de las palabras que El dirige a la Iglesia y a nuestras iglesias en la sólo y única Iglesia de Jesucristo.

9. Si estamos atentos, en efecto, a los signos del Espíritu Santo, comprobamos de inmediato que, sobre todo, en la segunda mitad del siglo XX que ahora finaliza, el Espíritu Santo ha suscitado "numerosas iniciativas que responden a esta necesidad, cuidando aquellos elementos que componen una iniciación cristiana de carácter catecumenal. Entre las iniciativas más notables y difundidas sobresalen el 'camino neocatecumenal' y los procesos de formación cristiana que tienen algunos movimientos apostólicos y comunidades eclesiales" (LIC 126).

10. Como ha señalado con todo acierto un autor de nuestros días, "el nuevo y vigoroso interés por la iniciación cristiana procede también de otros factores (asimismo obra del Espíritu Santo que anima y conduce a la Iglesia) como el conocimiento mayor de la obra catequética de los Padres de la Iglesia, la renovación catequética y litúrgica posconciliar, los recientes trabajos de investigación histórica y teológica sobre la iniciación cristiana, la creciente conciencia misionera y maternal de la Iglesia en relación con la educación de la fe de los nuevos creyentes, y, en fin, el impulso dado por el Concilio Vaticano II y por las orientaciones posteriores del Magisterio de la Iglesia".  

11. "Todo concurre, sigue diciendo este mismo autor, para poner en evidencia el sentido profundo que tiene la iniciación cristiana y la necesidad para la Iglesia de otorgar a su ejercicio la prioridad que le corresponde. La iniciación cristiana remite al corazón mismo de la Iglesia, porque pone en juego las realidades más profundas de la fe como son la transmisión del Mensaje revelado, la manifestación en la vida de la Iglesia de la presencia salvadora de Cristo, la llamada del hombre a la conversión, el abandono del pecado y la adhesión a Dios, y, finalmente, la incorporación a la vida divina por el sacramento del Bautismo (de la Confirmación y de la Eucaristía). Todo confluye, para el bautizado, en una nueva realidad: la vida en Cristo, verdadero y nuevo nacimiento que exige un tiempo de gestación, es decir, un proceso de iniciación cristiana. Por eso, en relación con la iniciación cristiana no es suficiente preguntarse sobre cómo administrar y celebrar los sacramentos de iniciación, o como prepararse catequéticamente a ellos. Hemos de preguntarnos, ante todo, cómo impulsar y llevar a buen fin hoy el proceso de incorporación a Cristo y a la Iglesia; qué debe hacer hoy la comunidad eclesial para constituir al cristiano, para configurar y establecer su personalidad como tal. La Iglesia actual no puede renunciar o minimizar el ejercicio de su responsabilidad propia: la maternidad espiritual, por la que engendra nuevos hijos, por el Espíritu Santo, en el misterio de Cristo. El nuevo Directorio General para la Catequesis nos insta y ayuda en este empeño" (M. del Campo). Este mismo servicio de ayuda y de animación presta a nuestra Diócesis de Toledo, como al resto de las Diócesis de España el documento sobre "La Iniciación Cristiana", de la Conferencia Episcopal.

 

III.    Algunos aspectos de la iniciación cristiana en el Documento de la Conferencia Episcopal

 

12.  No se trata aquí de repetir las enseñanzas y orientaciones de la mencionada Instrucción Pastoral de los Obispos; a ella me remito y pido que sea conocida, estudiada y asimilada por todos. Esta debería ser una primera conclusión y una línea general y principal de actuación en nuestra Diócesis: que por parte de los sacerdotes - seculares y religiosos - de nuestro presbiterio, de los seminaristas mayores, de los catequistas, religiosas, parroquias, movimientos, etc, se conozca bien, que se estudie personalmente y por arciprestazgos, que se asimilen las claves y las orientaciones principales del Documento de los Obispos, que se cree y difunda una mentalidad sobre la naturaleza y la identidad de la iniciación cristiana conforme a los criterios que en este Documento se presentan a la Iglesia en España. Es necesario que acojamos con un espíritu abierto y cordialmente las "orientaciones y reflexiones" que nos ofrecen los Obispos de la Conferencia  Episcopal Española como "un servicio de ayuda y de orientación a las iglesias particulares en su cometido propio de establecer un proyecto de iniciación cristiana bajo la autoridad del Obispo" (LIC 6).

13. El texto episcopal sobre La Iniciación Cristiana, en conformidad con las enseñanzas y directrices de la Iglesia - especialmente, Ritual de Iniciación Cristiana de adultos (RICA), Catecismo de la Iglesia Católica y Directorio General para la catequesis - ofrece una mirada amplia sobre el tema, nos lleva a percatarnos de la magnitud e importancia del asunto y de la necesidad real de replantear hondamente la pastoral de la iniciación cristiana, hasta donde sea preciso, y adoptar las decisiones que convengan. Por lo demás, lo que plantea este Documento reclama, sin duda, una profunda y amplia renovación pastoral - no sólo en el campo específico de la iniciación cristiana, sino del conjunto de la acción pastoral- que ahora tal vez sólo vislumbramos y que pide que, con toda prudencia y exigencia al mismo tiempo, vayamos dando los pasos necesarios. En todo caso reclama una pastoral de misión, evangelizadora para tiempos de increencia y de paganismo, de llamada a la conversión, de implantación de la Iglesia donde no está arraigada, y exige, a su vez, superar una pastoral de mero mantenimiento. Todo un cambio.

14.  Me remito, pues, a la lectura atenta y al estudio sereno y gozoso de este Documento. Ahora, en el presente escrito, únicamente me voy a fijar en algunos aspectos y aplicaciones a nuestra Diócesis, secundando, por lo demás, las inquietudes y preocupaciones pastorales del Presbiterio Diocesano.

15. Se trata de un Documento que viene a destacar una tarea esencial de la Iglesia: hacer nuevos cristianos, engendrar, como madre, nuevos hijos en la fe. En esto consiste la iniciación cristiana: en hacer nuevos cristianos, en insertar a los candidatos, en el misterio de Cristo, muerto y resucitado, y en la Iglesia por medio de la fe y de los sacramentos (LIC 19). Así, la iniciación cristiana, nunca lo olvidemos, es obra de Dios y respuesta del hombre (Cfr. LIC 9-12), misión de la Iglesia y responsabilidad de cada Iglesia particular con su Obispo (Cfr. LIC 13-16). La iniciación cristiana es un don de Dios que recibe la persona humana por la mediación de la Iglesia a quien corresponde actualizar en el tiempo la obra de la Redención y de la participación de los hombres en la naturaleza divina. De ahí que la iniciación cristiana se lleve a cabo en el curso de un proceso divino y humano al mismo tiempo: la inserción sacramental en el misterio de Cristo -sacramentos de iniciación- (Cfr. LIC 17-19), unida a un itinerario catequético de aprendizaje de la fe y vida cristiana que comprende varias etapas y diversos elementos -catecumenado- (Cfr. LIC 20-21). Es fundamental subrayar la acción de Dios y del hombre, así como la mediación maternal de la Iglesia.

16. "La iniciación cristiana tiene su origen en la iniciativa divina y supone la decisión libre de la persona que se convierte al Dios vivo y verdadero, por la gracia del Espíritu, y pide ser introducida en la Iglesia. Por otra parte, la iniciación cristiana no se puede reducir a un simple proceso de enseñanza y formación doctrinal, sino que ha de ser considerada como una realidad que implica a toda la persona, la cual ha de asumir existencialmente su condición de hijo de Dios en el Hijo Jesucristo, abandonando su anterior modo de vivir, mientras realiza el aprendizaje de la vida cristiana y entra gozosamente en la comunión de la Iglesia, para ser en ella adorador del Padre y testigo del Dios vivo" (LIC 18). La iniciación cristiana, así, es en la Iglesia ese proceso prolongado durante el cual, junto con la catequesis necesaria, se reciben los sacramentos del Bautismo, Confirmación y Eucaristía, y se vive, en la Iglesia, la experiencia de vida cristiana.

Tanto la iniciación sacramental como la catequesis, como la experiencia de vida cristiana y la participación en la vida de la comunidad eclesial, son parte integrante de la iniciación cristiana: la liturgia o sacramentos (Cfr LIC 45-60) y la catequesis (Cfr LIC 39-44) son, pues, las dos funciones básicas que llevan a cabo la mediación de la Iglesia en la iniciación cristiana. En resumidas cuentas, uno se hace cristiano, por obra y gracia de Dios y la ayuda maternal de la Iglesia, a través de los sacramentos de iniciación y del itinerario catecumenal correspondiente. La iniciación cristiana está ordenada a conducir a los iniciados al desarrollo y despliegue de la semilla de vida eterna, sembrada en ellos por los sacramentos para que así sean, en verdad, hijos de Dios, llamados a ejercer la misión del pueblo cristiano en la Iglesia y en el mundo (Cfr AG 14). Los tres sacramentos de la iniciación cristiana, entrelazados entre sí y con la finalidad propia de hacer entrar al hombre en el misterio de Cristo e incorporarlo a la Iglesia, haciéndolo, de esta manera, cristiano, son inseparables de la catequesis.

17. Para la iniciación cristiana se necesita desarrollar todas las funciones eclesiales y las dimensiones de la existencia cristiana. Esto exige, en nuestra Iglesia, un "Proyecto diocesano de iniciación cristiana". Esta es otra de las líneas operativas que hay que asumir y poner en marcha en nuestra Diócesis de Toledo que encomendamos inicialmente a las Delegaciones Diocesanas Pastorales más directamente afectadas, como son la de Catequesis y la de Liturgia, la de Pastoral de la Familia y la de Enseñanza.

Para un proyecto diocesano así de iniciación cristiana, que tal y como pide el Directorio General para la Catequesis (Cfr. DCG 274) y el Documento de los Obispos (Cfr. LIC 16), como digo, deberíamos establecer aquí, en nuestra Diócesis, se debe ofrecer un doble servicio: a) un proceso de iniciación cristiana, unitario y coherente, para niños, adolescentes y jóvenes, en íntima conexión con los sacramentos de la iniciación ya recibidos o por recibir y en relación con la pastoral educativa; b) Un proceso de catequesis para adultos, ofrecido a aquellos cristianos que necesiten fundamentar su fe, realizando o completando la iniciación cristiana inaugurada o a inaugurar con el Bautismo. Al mismo tiempo ha de cuidar la dimensión sacramental de la iniciación cristiana, cuya celebración está también íntimamente vinculada a la naturaleza de la Iglesia particular y es moderada por el Obispo" (LIC 16).

18. ¿Qué hace de un hombre un cristiano? Esta es la pregunta clave siempre, y de manera particular en nuestros días, para orientar adecuadamente la iniciación cristiana. Siguiendo la Tradición de la Iglesia, apoyándose en el Ritual de la Iniciación cristiana de Adultos, en el Catecismo de la Iglesia Católica y en Directorio General para la Catequesis, el Documento de los Obispos nos remite, en último término al catecumenado tal y como la Iglesia lo concibió y realizó en los primeros siglos en los que se abrió paso la fe cristiana dentro del cumplimiento del mandato recibido del Señor de hacer discípulos de todas las gentes y de una acción misionera, evangelizadora en su sentido más genuino, en medio de un mundo no cristiano.

El catecumenado, a partir de la Sagrada Escritura, como es bien sabido ha recogido los elementos fundamentales que hacen de un hombre un cristiano: la fe, los sacramentos, los mandamientos, el Padre Nuestro. Correspondiendo a esto, existía la entrega de la profesión de fe y la repetición por parte del bautizando; el aprendizaje del Padre Nuestro, la enseñanza moral y la catequesis mistagógica, es decir, la introducción en la vida sacramental. Todo eso conduce a la profundidad de lo esencial: para ser cristiano, obra siempre y primariamente de la gracia de Dios ("Soy cristiano por la gracia de Dios"), se debe creer y entregarse a Dios, Uno y Trino, que obra su salvación (la fe, como principio y fundamento de toda la existencia cristiana); se debe aprender el modo de vivir cristiano, el estilo de vivir cristiano, y vivir en cristiano (la caridad, como forma de vida del cristiano, que se despliega en una vida conforme a las bienaventuranzas); se debe ser capaz de rezar y rezar como cristiano, hijo de Dios, que reconoce el don del Padre y todo lo espera de El en vigilante anhelo de su Reino eterno (la esperanza teologal); y se debe, en fin, acceder a los misterios -sacramentos- y a la liturgia de la Iglesia, en los que se cumple, se actualiza y se participa hoy la salvación de Dios acaecida en su Hijo Jesucristo Redentor por el Espíritu Santo, anunciada y creída en el Credo de nuestra fe, resumen de todas las Escrituras y compendio de la historia de la salvación.

Estos cuatro elementos -credo, sacramentos, mandamientos, oración- o dimensiones que constituyen la Iglesia como misterio de comunión - permanecían unidos y asiduos en la enseñanza de los apóstoles y en la fracción del pan ( fe), en la oración (esperanza) y todo lo tenían en común (caridad) - pertenecen el uno al otro: la introducción a la fe no es la transmisión de una teoría; la profesión de la fe no es otra cosa que el desarrollo de la fórmula bautismal. La introducción a la fe es esa misma mistagogía, introduciendo al Bautismo, al proceso de conversión por el que no actuamos sólo por nosotros mismos, sino que dejamos que Dios actúe en nosotros. La profesión de fe está estrechamente relacionada con la catequesis litúrgica, es guía para la celebración de los misterios. La introducción a la liturgia implica también aprender a rezar y saber rezar significa aprender a vivir, implica como consecuencia el problema moral y el aprendizaje de las costumbres de Dios.

19.  En todo proceso y proyecto que elaboremos y llevemos a la práctica de iniciación cristiana todos estos elementos han de estar necesariamente presentes y articulados entre sí de forma armónica e integrada. No puede faltar ninguno de ellos. El Catecismo de la Iglesia Católica nos ofrece un modelo de articulación, no solo para la catequesis sino para todo el conjunto de lo que constituye la iniciación cristiana. Este Catecismo, en efecto, refleja las dimensiones fundamentales y esenciales de la existencia eclesial y cristiana, en una estructura que se remonta a los orígenes de la Iglesia y propone la verdad y realidad íntegra de la experiencia cristiana, aquello que hay que confiar a la memoria, indispensable a la fe, y que, al mismo tiempo, refleja los elementos indispensables de la Iglesia y de la vida cristiana: de una parte, los misterios de la fe en Dios Uno y Trino profesados (Símbolo) y celebrados (Sacramentos), y, de otra, la existencia humana según la fe - la fe operante mediante la caridad - que se expresa a través de una regla de vida cristiana (Decálogo) y la oración filial (Padre Nuestro). Estos son los elementos que entran en el proceso de la iniciación y maduración en la fe cristiana, a cuyo servicio están la catequesis y los sacramentos de iniciación que tienen un proceso dialogal que corresponde al catecumenado: Dios y su obra, que tienen la iniciativa y la primacía, y lo que el hombre hace, que siempre será respuesta a la obra e iniciativa de Dios.

20. A la luz de esta unidad hay que revisar la pastoral de iniciación sacramental: unidad de sacramentos de iniciación y catequesis de iniciación cristiana; unidad de los elementos que constituyen al cristiano y conforman la Iglesia en la totalidad de sus dimensiones. Unidad también de los tres sacramentos de la iniciación (Cfr. SC 71): "el Bautismo, que es el comienzo de la vida nueva; la Confirmación, que es su afianzamiento; y la Eucaristía, que alimenta el discípulo con el Cuerpo y la Sangre de Cristo, para ser transformado en El" (CCE 1275); los tres sacramentos se fundan en la unidad del Misterio de Cristo; son tres ritos significativos y eficaces de dicho Misterio, destinados a realizar la progresiva y completa configuración del creyente con Cristo en la Iglesia: a construir, por la gracia de Dios, su exacta identidad cristiana y eclesial; por eso, hasta que el creyente no haya sido introducido íntegramente en el Misterio de Cristo no se puede decir que ha alcanzado la plenitud de la iniciación.

21. Una conclusión que se nos impone, a partir de aquí, es revisar y orientar nuestra acción pastoral de iniciación cristiana: Comprobar si se da o no, o en qué medida, la unidad de los diferentes elementos señalados, si hay omisiones o deslizamientos abusivos; ver cómo se forman los catequistas en este mismo orden de cosas o cómo hacerlo para que vivan la unidad de estos distintos aspectos que venimos indicando; discernir cómo integran estas dimensiones nuestras comunidades y nuestra misma acción pastoral, donde los iniciados puedan "ver y palpar", ser escuela de vida para los que se están iniciando; analizar los materiales catequéticos que utilizamos y comprobar si en ellos se cumplen adecuadamente estos aspectos, que no son teóricos ni meramente doctrinales. Estoy convencido de que si avanzamos en este sentido, en esta unidad que exige el proceso unitario de la iniciación cristiana, habremos dado pasos muy importantes y grandes en el hacer cristianos por la gracia de Dios en nuestro tiempo.

 

IV.    La iniciación cristiana en la Iglesia: Funciones y lugares de esta iniciación

 

1. Funciones de la iniciación cristiana: catequesis y liturgia

22. "Desde tiempos apostólicos, para llegar a ser cristiano se sigue un camino y una iniciación que consta de varias etapas. Este camino puede ser recorrido rápida o lentamente. Y comprende siempre algunos elementos esenciales: el anuncio de la Palabra, la acogida del Evangelio que lleva a la conversión, la profesión de fe, el Bautismo, la efusión del Espíritu Santo, el acceso a la comunión eucarística" (CEC 1229). Si bien es verdad que la iniciación cristiana y su itinerario ha variado mucho a lo largo de los siglos y según las circunstancias, la Iglesia en el decurso de los tiempos no ha dejado de tener siempre presente que todo este camino de iniciación tiene a Dios Padre, por Cristo en el Espíritu Santo, como "origen, guía y meta" de las personas que lo recorren, llamadas, conducidas y acompañadas por la Iglesia, madre y educadora, a través de una serie de momentos o etapas y de acciones que siempre se han dado. Hoy, en concreto, la forma más generalizada del camino de la iniciación cristiana de las nuevas generaciones - niños, adolescentes y jóvenes- consiste en introducirlos en los primeros años de su vida en el misterio de Cristo y de su Iglesia por el Bautismo, educarles en la fe y acompañarlos en la celebración de los otros sacramentos de iniciación - Penitencia, Eucaristía, Confirmación- a lo largo de su infancia, adolescencia y juventud. Con todo no podemos olvidar que, aun con las adaptaciones a destinatarios y situaciones concretas, es preciso asumir lo que constituye el itinerario típico de la iniciación cristiana de la tradición de la Iglesia y que nos recuerda el documento de la Conferencia Episcopal, a saber:

            a) "el anuncio misionero, destinado a proclamar abiertamente y con decisión al Dios vivo y a Jesucristo, enviado por El para salvar a todos los hombres, a fin de que, por la acción del Espíritu Santo, crean y se conviertan libremente al Señor" (DCG 24a);

            b) la entrada en el catecumenado que, "expresa la acogida por parte de la Iglesia de los que han aceptado el anuncio del Evangelio, y han sido movidos a la conversión inicial. Los catecúmenos son ya de la casa de Cristo: son alimentados por la Iglesia con la Palabra de Dios y favorecidos con las ayudas litúrgicas" (DCG 25);

            c) el tiempo del catecumenado "es un tiempo prolongado en el que la Iglesia transmite su fe y el conocimiento íntegro y vivo del misterio de la salvación mediante una catequesis apropiada, gradual e íntegra" (DCG 26);

            d) el tiempo de la "purificación e iluminación" es el que la Iglesia "pone en manos de Dios, y como Madre se dispone a engendrarlos en Cristo por la fuerza del Espíritu Santo..., les ayuda con la oración para que se abran a la acción de Dios que está escrita en los corazones" (DCG 37);

            e) celebración de los sacramentos de la iniciación cristiana en los que la Iglesia "engendra en Cristo a los catecúmenos por el sacramento del Bautismo..., son sellados por el don del Espíritu Santo en el sacramento de la Confirmación... y reciben la comunión del Cuerpo y la Sangre del Señor resucitada que consuma la unión con El" (DCG 27);

            f) el tiempo de la mistagogía que es "una etapa catequética y sacramental a la vez"... En ella los iniciados, renovados en su espíritu, asimilan mas profundamente los misterios de la fe y de los sacramentos en los que se nutre la Iglesia, experimentando cuán suave es el Señor" (DCG 29).

En todo este itinerario, en el que están siempre imbricadas de manera inseparables la misión sacramental - misión de bautizar- y la misión de evangelizar, "porque el sacramento es preparado por la Palabra de Dios y por la fe que es consentimiento a esta Palabra (DCG 29), la iniciación cristiana se lleva a cabo principalmente mediante dos funciones pastorales íntimamente relacionadas entre sí, en íntima complementariedad, que se apoyan mutuamente: la catequesis y la liturgia. Como recuerda el Documento de la Conferencia Episcopal citando, sobre todo, el Catecismo de la Iglesia Católica: "La catequesis, en efecto, está intrínsecamente unida a toda la acción litúrgica y sacramental, porque es en los sacramentos y sobre todo en la Eucaristía, donde Jesucristo actúa en plenitud para la transformación de los hombres. La liturgia, por su parte, debe ser precedida por la evangelización, la fe y la conversión; sólo así puede dar sus frutos en la vida de los fieles: la vida nueva según el Espíritu, el compromiso en la Iglesia y el servicio de su unidad. La catequesis, en este sentido, prepara para la celebración de los sacramentos de la fe, los cuales no sólo la suponen, sino que a la vez la alimentan, la robustecen y la expresan por medio de palabras y de elementos; y proporciona también un conocimiento adecuado del significado de los gestos y de las acciones sacramentales. La liturgia inspira además una peculiar y muy necesaria forma de catequesis, llamada mistagógica, que pretende introducir en el Misterio de Cristo procediendo de lo visible a lo invisible, del signo a lo significado, de los 'sacramentos' a los 'misterios'" (LIC 40).

Así pues, la enseñanza y el conocimiento del misterio de Jesucristo, el conocimiento vivo de la fe de la Iglesia que comprende la conversión y adhesión del hombre a Dios, está inseparablemente unido a los sacramentos de la Iglesia. Ambas acciones constituyen la esencia de la iniciación cristiana y son inseparables aunque se desarrollen en distintos tiempos y etapas de la vida del niño, adolescente y joven. Unas orientaciones para la educación de la fe en estas edades han de ser comprendidas en esta única y misma misión que resume el mandato del Señor: "Bautizadlos y enseñadles" (Mt 28,19).

23. A la luz de esto cabría preguntarse si liturgia y catequesis no son, de hecho en nuestra práctica pastoral, dos caminos que se deslizan separadamente y en orientaciones divergentes o paralelas; si no damos por supuesta la fe y aun más la conversión que presuponen los sacramentos y si hacemos todo lo necesario para evitar esto, de manera que sean en verdad sacramentos de la fe; si no nos ahorramos una pastoral misionera que suscite la conversión o una pastoral catequética que sustente y ponga los fundamentos de la fe; si no desvalorizamos la liturgia, los sacramentos, o le damos poca importancia pensando que lo importante es la acción del hombre y la moral; si no se separa o hasta contrapone sacramentos y vida; si no se abusa a veces de una contraposición entre evangelización y sacramentos; si no vemos y descubrimos la fuerza catequética e iniciadora de la misma liturgia y acción sacramental de la Iglesia. En este punto se impone una clarificación y revisión de la liturgia y de la catequesis y de la relación entre ambas en nuestra vida y práctica pastoral.

 

1.1. La catequesis

 

24. La catequesis pertenece a la entraña misma de la iniciación cristiana; más aún, pertenece a la entraña misma de los sacramentos de la iniciación cristiana, singularmente del Bautismo; la catequesis precede o sigue al Bautismo, pero en todo caso pertenece a la entraña del Bautismo mismo. "El eslabón que une la catequesis con el Bautismo, sacramento de la fe, es la profesión de fe que es, a un tiempo, elemento interior de este sacramento y meta de la catequesis" (DCG 106): la catequesis parte de la confesión de fe y conduce a la confesión de fe. Esto tiene unas consecuencias grandes para la catequesis que ya se señalaban en la Instrucción de la Comisión Episcopal de Enseñanza y catequesis "La catequesis de la comunidad", aunque no siempre se han comprendido o tenido suficientemente en cuenta.

Consecuencias de esta vinculación es que la catequesis ha de ayudar a descubrir y vivir la realidad del Bautismo, o lo que es lo mismo, ayudar a descubrir y vivir la novedad y diferencia respecto del mundo que entraña el ser cristiano, inseparable de la Iglesia. Una catequesis que lleve a descubrir o redescubrir y vivir el Bautismo será una catequesis que posibilita, educa, cultiva y afianza la identidad específica de los catequizandos como miembros de la Iglesia: la identidad cristiana se origina en el bautismo, el ser cristiano se origina ahí, nace de ahí. De esta manera la catequesis capacita, al mismo tiempo, a los catequizandos para que, ante el mundo, confiesen y testifiquen su vocación; y, de este modo, ayuden a que los demás hombres descubran el sentido de su existencia, ya que la suerte de todo hombre, la elección, la llamada, el nacimiento, la muerte, la salvación o la perdición, están estrecha e indisolublemente unidas a Cristo. Esta relación entre catequesis y Bautismo, esta catequesis orientada a asumir y vivir la identidad bautismal que propugna el Documento de la Conferencia Episcopal sobre La iniciación cristiana, es algo que ya viene siendo tenido muy en cuenta, aunque tal vez no se hayan parado mientes en ello, por la Conferencia Episcopal Española al aprobar y promulgar los Catecismos "Padre Nuestro", "Jesús es el Señor" y "Esta es nuestra fe".

25. Es necesario que, en nuestra Diócesis, se sigan los itinerarios y contenidos catequéticos que marcan estos tres catecismos, así como las orientaciones pedagógicas y metodológicas que ofrecen las Guías correspondientes publicadas por el Secretariado Nacional de Catequesis. La utilización y seguimiento de estos Catecismos y de las orientaciones pedagógico-catequéticas de las Guías serían un instrumento espléndido para mejorar de manera notable la iniciación cristiana en nuestra Diócesis. Para ello, los sacerdotes habrán de ayudar muy directamente a los catequistas.

26. Dada la importancia de la catequesis en la vida y misión de la Iglesia he preferido dedicar una Instrucción que aborde de manera amplia y por sí misma la acción catequética en nuestra Diócesis de Toledo. A esa Instrucción me remito. No obstante no quiero dejar de señalar aquí, en este escrito sobre la iniciación cristiana en nuestra Iglesia particular, las características y tareas de la catequesis de iniciación en sintonía con el Directorio General para la catequesis y el documento de la Conferencia Episcopal sobre la iniciación cristiana, a saber:

            a) "Una formación orgánica y sistemática de la fe... Indagación vital y orgánica en el misterio de Cristo que es lo que, principalmente, distingue a la catequesis de las demás formas de presentar la Palabra de Dios" (DCG 67).

            b) "Una formación básica, esencial, centrada en lo nuclear de la experiencia cristiana... la catequesis pone los cimientos del edificio espiritual del cristiano, alimenta las raíces de la vida de fe, capacitándole para recibir el posterior alimento sólido en la vida ordinaria de la comunidad cristiana" (DCG 67).

            c) "Un aprendizaje a toda la vida cristiana, una 'iniciación cristiana integral', que propicia un auténtico seguimiento de Jesucristo e introduce en la comunidad eclesial" (DCG 67).

            d) La catequesis de iniciación cristiana de niños, adolescentes y jóvenes, a diferencia de lo que ocurre en el catecumenado de adultos, está definida también en cierto modo por la mistagógica. En efecto, el camino hacia la adultez en la fe, abierto y configurado por el sacramento del Bautismo se desarrolla por medio de los demás sacramentos de la iniciación que dan sentido y vertebran todo el proceso iniciatorio" (LIC 42).

27. La catequesis de la iniciación, que habrá de tener forzosamente un carácter catecumenal y realizarse conforme a los criterios pedagógicos expuestos sintéticamente en el Documento de la Conferencia Episcopal (Cfr LIC 43), habrá de ser un proceso continuo y no sólo una preparación puntual para recibir cada uno de los sacramentos. Este proceso continuo deberá desarrollarse en las siguientes etapas: a) el despertar religioso; b) la iniciación a la primera confesión y comunión; c) la primera síntesis de la fe en la infancia adulta; y d) el catecumenado de Confirmación. A esas etapas corresponden, precisamente, los mencionados Catecismos de la Conferencia Episcopal Española. Razón de más para seguirlos enteramente y no ser sustituídos en modo alguno en la catequesis de iniciación que se imparta en todos los lugares de nuestra Diócesis.

El recorrer las etapas mencionadas sin que haya laguna alguna es necesario para una fundamentación básica de la fe y vida cristiana:

            a) El despertar religioso del niño es la primera "conversión" de éste a Dios Padre, que requiere un primer anuncio por parte del cristiano adulto. Los padres tienen la función de procurar este despertar religioso en sus hijos. La falta de este despertar religioso tendrá sus consecuencias negativas en todo el proceso catequético y, a veces, en el desarrollo ulterior de su vida religiosa. Además de los padres, pueden y deben cumplir esta función de despertar religiosamente al niño los maestros de la etapa infantil y los catequistas parroquiales. Nunca, pues, debe ser omitido el catecismo "Padre Nuestro" y todo lo que éste conlleva.

            b) La etapa que precede a la primera confesión y comunión -en algunos casos también a la Confirmación- es el tiempo del primer encuentro con Jesucristo dentro de la comunidad cristiana y de sus celebraciones sacramentales. Aquí juega un papel insustituible la comunidad. Como hace el catecismo "Jesús es el Señor", se ha de partir del Bautismo recibido y se ha de ayudar a asumirlo y mostrar la identidad cristiana en él originada conforme a la persona de Jesucristo.

            c) En la infancia adulta, el niño hace su primera síntesis de fe. Es una etapa en la que el niño tiene afán por saber. La carencia de la catequesis en esta etapa llevará consigo, ordinariamente, un vacío doctrinal de graves consecuencias para el desarrollo de la fe y vida cristiana. Esta catequesis deberá ir acompañada de espacio y de actividades de educación cristina en tiempo libre que, juntamente con los otros, implique la vivencia de la experiencia cristiana y eclesial, vivida en esos espacios.

            d) En la adolescencia, donde habitualmente entre nosotros acaece la Confirmación, el catecumenado aquí constituye una etapa en la que el catequizando adquirirá, junto con una profundización en la fe, una conciencia viva de su pertenencia a la Iglesia y se pondrá a disposición de conocer su vocación cristiana en la Iglesia y en el mundo. Esta catequesis tratará de suscitar en los confirmandos una experiencia consciente y global de la dimensión eclesial de la fe y de la vida cristiana. Este proceso, acompañado de espacio y actividades que susciten y consoliden la experiencia cristiana y eclesial en movimientos, grupos o asociaciones, deberá orientarse de manera que, conforme a su edad, los catequizandos: descubran a Dios Padre, presente en la etapa de la vida en que se hallan, caracterizada por el crecimiento y afirmación de la personalidad; se encuentren con Jesucristo que les llama a seguirle; y respondan a la luz y la fuerza del Espíritu Santo que les guíe en la necesidad de vencer su inclinación al aislamiento y les mueva a unirse y colaborar con los demás cristianos.

28. Debo subrayar que, dadas las circunstancias socio-culturales en que hoy viven los cristianos -de manera particular los niños y los adolescentes y jóvenes que reciben la iniciación cristiana-, resulta, de ordinario, insuficiente la sola catequesis que reciben durante el tiempo de la iniciación para esta misma iniciación cristiana. Por ello la catequesis debe ir acompañada - incluso realizada, a veces -  de actividades y espacios donde se pueda vivir una experiencia cristiana y eclesial que muestre y haga "experimentar" en concreto lo que quiere decir propiamente ser cristiano en las diferentes facetas de la vida. De ahí la importancia no sólo de prolongar la catequesis en grupos o movimientos juveniles con una pedagogía que responda a las condiciones en que se encuentran los adolescentes y jóvenes, sino de simultanear inseparablemente, y en referencia mutua, la catequesis y la participación en estos grupos o movimientos ya desde la infancia adulta en los que se vive la experiencia cristiana y eclesial de oración y celebraciones litúrgicas, de vida comunitaria y de compartir en amistad y vida, de actividades formativas en tiempo libre y de otras actividades que reflejan lo que es la vida ordinaria del hombre vivida desde la fe.

En nuestra Diócesis, impulsar estos grupos y movimientos ha de ser prioritario si queremos renovar y consolidar la iniciación cristiana conforme a las exigencias que ésta plantea en la actualidad; las convivencias de fines de semana y en tiempo libre, los campamentos y otras actividades son elementos preciosos y valiosos que habrán de tenerse en cuenta e incorporarlos a la pastoral de la iniciación cristiana. Por supuesto, como señalaremos después, no se puede aislar todo esto de la parroquia -de la liturgia, catequesis y otras dimensiones y actividades y experiencias eclesiales que sólo ella suministra- ni se puede separar de la familia -siempre los padres, y más en estos grupos, movimientos y actividades, han de jugar un papel imprescindible y decisivo-, y de la pastoral familiar, o de la pastoral educativa y escolar.

Se trata, en suma, de que los niños mayores y los adolescentes y jóvenes vivan una auténtica escuela de vida cristiana, una especie de "catecumenado" y dentro de la "matriz eclesial" donde todos los elementos de la iniciación cristiana se vivan en una experiencia integradora y unitaria. Habrá que ver cuales son los más adecuados. No se trata de imponer ninguno, sino de abrir el campo y la iniciativa y acoger lo que el Espíritu haya suscitado o suscite en su Iglesia.

29. Aunque hable de ellos en el escrito mencionado sobre la Catequesis en la Diócesis de Toledo, debo recordar en el presente escrito sobre la iniciación cristiana que es esencial contar con catequistas bien preparados tanto en el aspecto doctrinal como en los aspectos pedagógicos y de vivencia cristiana. En este terreno, es muy conveniente ser muy realistas y no esperar a encontrarnos con unas personas cuya formación sea extraordinaria. Hay que contar con el tiempo y con el empeño serio de ir proporcionando constantemente a los catequistas los medios para que puedan cumplir con su misión seria y responsablemente. Lo más importante es que los catequistas sean creyentes, coherentes con su fe y ejemplares en su adhesión a la Iglesia y en su comunión con los pastores. Los catequistas, por su parte, habrán de esmerarse progresivamente por asimilar la síntesis doctrinal que han de impartir, tener un conocimiento y una experiencia vivos de cada uno de los sacramentos de iniciación y de su sentido y significación esencial y profunda, y han de tratar de comprender, cada vez mejor, los rasgos humanos de sus catequizandos en sus diversas etapas (Cfr LIC 44).

 

1.2. La Liturgia en la iniciación cristiana

 

30. No es infrecuente en la práctica de la iniciación cristiana poner todo el acento y volcar todo el esfuerzo pastoral en la acción catequética, dejando en un segundo lugar la celebración de los sacramentos y la liturgia que acompaña todo el proceso de la iniciación. Parece como si lo verdaderamente importante fuese lo que hacemos nosotros, y no tanto lo que hace Dios, que es, al fin y al cabo, el agente principal de la iniciación. Como señala, sin embargo, el Documento de la Conferencia Episcopal, "la iniciación cristiana comprende esencialmente la celebración de los sacramentos que consagran los comienzos de la vida cristiana en analogía con las etapas de la existencia humana, y que por este motivo se llaman sacramentos de la iniciación (Cfr. CCE 1210, 1212). Como todos los actos litúrgicos, 'por ser obra de Cristo sacerdote y de su Cuerpo, que es la Iglesia' los sacramentos son acciones sagradas por excelencia,'cuya eficacia, con el mismo título y con el mismo grado, no lo iguala ninguna otra acción de la Iglesia' (SC 7). Los sacramentos del Bautismo, de la Confirmación y de la Eucaristía son, por eso, 'fuente y cima' de la iniciación, junto con las celebraciones de la Palabra de Dios y los escrutinios (Cfr. SC 10). En el itinerario de los que fueron bautizados siendo párvulos, está presente también la Penitencia que otorga el perdón de los pecados cometidos después del Bautismo. Todas estas celebraciones litúrgicas ponen de manifiesto la progresiva vinculación a Jesucristo de los catecúmenos y de los catequizandos, a la vez que les comunican la salvación que brota del misterio pascual. Del esmero que se ponga en hacer de ellas verdaderos momentos eclesiales del encuentro salvador con Dios en Jesucristo, unidos a la acción catequética, dependerá en gran medida el fruto espiritual de todo el itinerario de la iniciación, y aún el sentido mismo de toda la vida cristiana" (LIC 45).

Nunca insistiremos suficientemente en este punto, sobre todo, dada la mentalidad antropocéntrica de nuestra cultura y las dificultades tan profundas que se dan en los hombres, en los cristianos, de hoy respecto a la acción de la gracia y a la mediación sacramental de salvación de la Iglesia que se realiza y manifiesta a través de los sacramentos. Expresión de esta mentalidad, por ejemplo, es la dificultad respecto al sacramento de la Penitencia o la actitud de algunos jóvenes que se confirman, expresada en algunas moniciones o promesas durante la celebración del sacramento, como si el signo sacramental fuese un rito simplemente de ratificación de lo que ya han conseguido por sí mismos en el esfuerzo catequético. Por ello, es necesario que pongamos todo el esmero en que todo el proceso de la iniciación cristiana destaque adecuadamente esta centralidad de los mismos sacramentos de la iniciación.

31. Igualmente hay que destacar y poner de relieve tanto en la catequesis correspondiente, como en el conjunto que constituye la pastoral de la iniciación cristiana, el que los tres sacramentos guardan entre sí una íntima unidad que nunca debería quedar ensombrecida o desfigurada. Así pues, es preciso que esta unidad y ordenación mutua de los sacramentos de iniciación, subrayada siempre por el magisterio de la Iglesia, y más aún a raíz del Vaticano II (Cfr. LIC 46), "se pongan de manifiesto también en las enseñanzas que acerca de ellos transmite la catequesis, como en la misma práctica pastoral. Difícilmente se logrará que la iniciación cristiana aparezca como un proceso unitario, catecumenal e integrador de todos los aspectos catequéticos y litúrgicos que comprende, si en la preparación o en la celebración de alguno de ellos no se pone de relieve su necesaria y progresiva conexión" (LIC 47).

32. Tanto en la preparación catequética y litúrgica como en la celebración de los sacramentos de la iniciación cristiana, se debe atender no sólo a las condiciones que afectan a la validez sacramental y a la licitud de las acciones litúrgicas, sino igualmente a todo aquello que está relacionado con la expresividad, la verdad y la belleza de los signos, y a la participación consciente, activa y fructuosa de quienes reciben los sacramentos y asisten a la celebración. No cabe duda que uno de los mejores y principales elementos para la iniciación cristiana es la participación en la misma liturgia de la comunidad cristiana. Cuando ésta se cuida verdaderamente en todos sus aspectos constituye la mejor expresión de lo que es iniciar en la fe. Por esto es necesario que los niños y adolescentes, y cuantos estén en tiempo de iniciación cristiana, participen en las celebraciones de la comunidad, que debemos mejorar y cuidar constantemente.

33. Insisto, en orden a la iniciación cristiana, además de otras consideraciones, en la necesidad de que urjamos a quienes se encuentran en el camino de la iniciación cristiana a que participen en las celebraciones litúrgicas, singularmente en la Eucaristía dominical. Es un aspecto no secundario, sino fundamental. No da lo mismo de cara a lo que es ese ser iniciado en la fe y en la vida cristiana. Pido, además, a todos que creemos la inquietud y la sensibilidad, y aun la exigencia, en los padres para que participen en la celebración acompañados de sus hijos, que toda la familia junta tome parte en la misma celebración; deberíamos hacer una gran campaña en este sentido. Estoy convencido que esta participación de la familia unida en la celebración es uno de los medios más eficaces para la iniciación cristiana.

34. Asimismo insisto en la necesidad que tenemos de "mejorar" nuestras celebraciones, singularmente las dominicales. Urge una "buena y digna" celebración de la Eucaristía, singularmente los domingos y fiestas, en los que se reúne el conjunto de la comunidad, de modo que todos podamos vivir el misterio eucarístico con toda su riqueza y así se renueve la vida cristiana de todos. De esta manera, quienes están en proceso de iniciación "verán" y "palparán", tendrán la experiencia de lo que es el gozo y la alegría de la presencia del Señor, la grandeza de la escucha de la Palabra, la belleza de la alabanza y de la oración, y tantas y tantas cosas que se "ven y palpan" cuando se celebra bien. Es la mejor introducción al Misterio, el mejor camino para el encuentro con Dios, la mejor forma de tener la experiencia de la Iglesia. A partir de una celebración cuidada donde los que son iniciados "vean" se puede llevar una catequesis adecuada que conduzca a vivir más hondamente cuanto en la celebración se significa: esto es iniciación.

Necesitamos y podemos "mejorar" sin duda nuestras celebraciones, cuidar al máximo su "verdad", prepararlas con la oración personal y comunitaria sobre la base de los textos bíblicos y litúrgicos. Hay aspectos que todos deberíamos cuidar, entre otros: la participación y la disposición de los fieles que han de proclamar las lecturas, hacer las moniciones, o animar los cantos; es muy importante la proclamación bien hecha de la Palabra de Dios para la que no hay que olvidar que se requiere una preparación previa y que no cualquier improvisado o nervioso lector es siempre idóneo para ello; una Palabra de Dios bien leída y proclamada vale más que muchas catequesis; ahora bien, cuando, por "participar", se lee a trompicones la Palabra, se lee mal, se oye peor, etc, se está indicando que lo importante no es Dios que habla y su palabra, sino nuestra acción, el "actuar o representar"; se está negando así con los hechos lo que es probable que se enseñe en la catequesis. Deberíamos cuidar el silencio orante, el respeto religioso, el sentido de adoración y admiración, el clima profundamente gozoso y religioso de la celebración. Cuidar asimismo los cantos: que éstos sean bien seleccionados por el contenido de la letra y su calidad musical; que no se omita el canto del salmo responsorial con el que nos unimos en la respuesta a la Palabra de Dios con toda la Iglesia; que los coros no sustituyan al pueblo fiel. Cuidemos nosotros sacerdotes la homilía, preparada seriamente con la oración y el estudio y hecha con esmero y "verdad"; cuidemos igualmente el modo de presidir, de "estar". Es muy importante el esfuerzo en la unidad eclesial de la celebración, que entraña fidelidad a las orientaciones y normas litúrgicas de la Iglesia, signo y pedagogía del misterio de comunión que es la celebración eucaristía, a cuyo servicio se encuentra también la iniciación cristiana. Hagamos todos, pues, un esfuerzo en esto: en "mejorar" las celebraciones. Merece la pena. Hoy es decisivo de cara a la misma iniciación cristiana.

35. La iniciación cristiana lleva consigo y exige una iniciación litúrgica o presacramental, que ha de llevarse a cabo por una adecuada catequesis y por una participación tanto en celebraciones litúrgicas, como en otras celebraciones que sin ser litúrgicas introducen en todo el sentido de la Liturgia de la Iglesia. Esta catequesis "prepara a los sacramentos y favorece una comprensión y vivencia más profunda de la liturgia... explica los contenidos de la oración, el sentido de los gestos y de los signos, educa para la participación activa, para la contemplación y el silencio" (DCG 71).

Esta catequesis, esencialmente bíblica y litúrgica, "expone la continuidad entre los acontecimientos de la historia de la salvación y los signos sacramentales de la Iglesia" (LIC 48). A su vez, reclama de su ejercicio concreto el que se eduque para la contemplación, el asombro y la admiración, para la interiorización, para el silencio y la escucha, para la disponibilidad y la gratuidad, para la comunicación y la alabanza, para la reconciliación... Asimismo, esta catequesis conduce al conocimiento de las expresiones litúrgicas - tradición viva de la Iglesia - y a la conciencia de la salvación de Cristo en la Iglesia, en el hoy y aquí de la celebración. La catequesis de iniciación cristiana está llamada a ser expresión de lo que la liturgia significa en la vida de la Iglesia y ayuda a que el creyente exprese la fe de la Iglesia, su fe, en el culto y en la celebración, singularmente de la Eucaristía. Esto implica que ha de capacitar a los creyentes para participar en la liturgia de la Iglesia, aclarando el significado de los ritos y educando en las actitudes necesarias para una verdadera celebración litúrgica del acontecimiento salvador de Cristo a través de la Iglesia: oración, acción de gracias, sentido comunitario, dimensión simbólica.

"La vida sacramental se empobrece y se convierte muy pronto en ritualismo vacío, si no se funda en un conocimiento serio del significado de los sacramentos. Y la catequesis se intelectualiza, si no cobra vida en la práctica sacramental" (CT 23). Así, una catequesis en estrechísima relación con la liturgia, es decir "mistagógica", que ayude a entrar en la realidad del misterio que se celebra (Cfr LIC 49), se verá preservada de convertirse en algo meramente doctrinal (Cfr CT 37). Para esta iniciación litúrgica tenemos un modelo en las orientaciones y sugerencias del "Directorio de la Misa con Niños", o en las orientaciones del Episcopado Francés "Celebrar la Misa con los niños".

36. Al mismo tiempo que se dedica el espacio suficiente a esta catequesis mistagógica, que "procede siempre de lo visible  a lo invisible, del signo a lo significado, de los 'sacramentos' a los misterios'", que parte de la experiencia de los mismos dones de Dios, de las realidades concretas y gestos concretos de la celebración litúrgica de la Iglesia, y no de ideas y conceptos, el proceso de iniciación cristiana, como acontecía en el catecumenado primitivo y señala el Ritual de Iniciación Cristiana de Adultos, ha de acompañarse de celebraciones no sacramentales y ritos que jalonen los distintos momentos y pasos del itinerario de conversión y camino de la fe hacia los sacramentos de iniciación. Igualmente son necesarias otras celebraciones no litúrgicas que vayan educando en la liturgia, gestos y palabras, que celebra la Iglesia; celebraciones que introducen en esa misma liturgia que la Iglesia vive y celebra el don de Dios y expresa la fe que le anima; en todo caso hay que evitar ese tipo de "celebraciones" que son más espectáculo, "happening", "celebración de la vida" o celebración de nosotros mismos que celebración de la acción salvadora de Dios que actúa en medio de nosotros.

37. La iniciación cristiana, como la catequesis que la acompaña, tiene una fuente rica para su cometido en el año litúrgico. El año litúrgico, por sí mismo, ya inicia en los misterios y en la vida cristiana. Como recuerda el Documento de la Conferencia Episcopal, "cuando se contempla la historia de la iniciación cristiana en los primeros siglos de la Iglesia, se advierte la importancia de la celebración del misterio de Cristo en el año litúrgico como marco de referencia de todas las acciones catequéticas y sacramentales de la iniciación. Más aún, el ciclo de Pascua que comprende la Cuaresma y la Cincuentena Pascual, nació y se desarrolló como consecuencia de la necesidad de organizar la iniciación cristiana y de incorporar a ella a toda la comunidad eclesial. De hecho, todo el año litúrgico, iluminado por la luz de la Pascua, es 'año de gracia del señor', y ámbito en el que se hace realidad la economía de la salvación en el 'hoy' de la liturgia" (LIC 50). Por ello, recuperar el año litúrgico en toda su intensidad, ayudar a vivirlo y vivirlo en toda su fuerza y significación en el seno de la comunidad cristiana, beber de su fuente, es algo muy importante para la iniciación cristiana, máxime en el mundo tan secularizado en el que nos ha tocado vivir.

38. Como también es fundamental e importantísimo para la iniciación cristiana, en medio del actual ambiente social progresivamente secularizado, el promover recuperar la renovación de la vivencia cristiana del domingo (Cfr LIC 51-52): se trata de que la comunidad cristiana y cada uno de los fieles vivamos el domingo como requiere su realidad más profunda, como nos ha recordado el Santo Padre en su reciente Carta Apostólica "Dies Domini". En efecto, "la celebración del domingo ocupa un papel clave en la formación de la identidad cristiana y en la maduración de la fe de quien avanza en el proceso de la iniciación y se prepara para recibir los sacramentos de la Confirmación y de la Eucaristía" (LIC 52). Para los cristianos es un "día irrenunciable" (DD, 21), por ello es muy necesario que pongamos el máximo empeño en instruir a los fieles y a los que se inician en la fe y en la vida cristiana en el sentido cristiano del domingo, "Día del Señor", en el sentido de la Eucaristía y del descanso dominical, como hace el Papa en la mencionada Carta Apostólica o como hacen los Obispos de la Conferencia Episcopal Española en su Instrucción Pastoral "Sentido evangelizador del domingo y de las fiestas", instrumentos preciosos que sería muy bueno y necesario que conociésemos bien, estudiásemos y aplicásemos a nuestra Diócesis, en las diferentes parroquias y arciprestazgos.

 

2) Los lugares de la iniciación cristiana

 

39. Llamada a evangelizar y a ser madre que engendra unos hijos concebidos por el Espíritu Santo y nacidos de Dios, al transmitir la fe y la vida nueva (Cfr DCG 28), la Iglesia, "misterio de comunión en tensión misionera" (PDV 12),  difundida por todo el orbe, se convertiría en una abstracción, si no tomase cuerpo y vida precisamente a través de las iglesias particulares (EN 26). En efecto, "el anuncio, la transmisión y la vivencia del Evangelio", la función maternal o de iniciación cristiana, "se realizan en el seno de una Iglesia particular o diócesis. La Iglesia particular está constituida por la comunidad de discípulos de Jesucristo que vive en un espacio sociocultural determinado. En cada Iglesia particular se hace presente la Iglesia universal con todos sus elementos esenciales. Realmente, la Iglesia universal, fecundada como primera célula el día de Pentecostés por el Espíritu Santo, da a luz a las Iglesias particulares como hijas y se expresa en ellas" (DCG 217)."La Iglesia universal y las Iglesias particulares constituyen la comunidad cristiana referencial, que se hace cercana y visible en las comunidades cristianas inmediatas. En ellas los cristianos nacen a la fe, se educan en ella y la viven" (DCG 253).

Así, la iniciación cristiana está íntimamente vinculada a la naturaleza de la Iglesia particular, y, moderada por el Obispo, constituye la expresión más significativa de su misión maternal de engendrar a la vida a los hijos de Dios. Esta función maternal la Diócesis la ejerce de manera concreta, además del catecumenado, a través de las "comunidades cristianas inmediatas" como son: las parroquias, las familias, la escuela católica, y los movimientos e instituciones educativas cristianas. En ellas, los niños, adolescentes y jóvenes son educados en la fe de la Iglesia y constituyen, así, los lugares de la iniciación cristiana. Cada uno de estos lugares actúa desde su propia identidad y en complementariedad a los otros que inciden en un mismo iniciando. Ninguno de estos lugares está llamado a ser el único educador en la fe, sino a participar con los otros en comunión dentro del proceso único de la Diócesis.

 

2.1. La parroquia

 

40. La parroquia "es, sin duda, el lugar más significativo en que se forma y manifiesta la comunidad cristiana. Ella está llamada a ser una casa de familia fraternal y acogedora, donde los cristianos se hacen conscientes de ser Pueblo de Dios. La parroquia, en efecto, congrega en la unidad todas las diversidades humanas que en ella se encuentran y las inserta en la universalidad de la Iglesia. Ella es, por otra parte, el ámbito ordinario donde se nace y se crece en la fe. Constituye, por ello, un espacio comunitario muy adecuado para que el ministerio de la Palabra ejercido en ella sea, al mismo tiempo, enseñanza, educación y experiencia vital" (DCG 257). La parroquia nace para acercar la Iglesia diocesana a todos sus miembros y es una comunidad estable y pública, formada por todos los cristianos que viven en un territorio determinado. Presidida por un presbítero en nombre del Obispo, asume el conjunto de la acción evangelizadora e iniciadora sobre todas las personas de ese territorio. Así, aunque la parroquia no incluye toda la Iglesia diocesana ni como lugar específico tiene la exclusividad de toda la iniciación cristiana, es sin embargo ámbito privilegiado para realizar, en comunión con el Obispo, la iniciación cristiana en todas sus facetas catequéticas y litúrgicas del nacimiento y desarrollo de la fe: es lugar privilegiado para celebrar los sacramentos de iniciación y desarrollar la catequesis de iniciación, que, como hemos dicho, son los elementos esenciales de la educación de la fe o de la iniciación de niños, adolescentes y jóvenes. De la vitalidad de nuestras parroquias depende mucho una iniciación cristiana de verdad. Por eso hemos de aprestarnos a revitalizarlas en todos los órdenes para que la gran urgencia de la iniciación cristiana sea cumplida.

 

2.2. La familia

 

41. Los padres, por el hecho de haber dado la vida a los hijos, tienen el derecho originario, primario e inalienable de educarles y deben, por ello, ser reconocidos como los primeros y principales educadores de sus hijos, también de la fe. Antes que nadie, los padres tienen el derecho y la obligación de educar a sus hijos en la fe y en la práctica cristiana, de acompañarlos de manera efectiva y responsable en la educación cristiana. Más aún, la familia como estructura básica donde se engendra la persona y se le inicia a la "vida", es también estructura básica de la iniciación cristiana, donde se gesta, nace y crece en la vida nueva en Cristo. Su función es sustancial en la educación humana y cristiana de las nuevas generaciones, y debe estar presente en todas las etapas de esta educación. Como tal, está llamada a ser itinerario de fe, escuela de los seguidores de Jesús y lugar, en cierto modo insustituible, de catequización. La familia "transmite el Evangelio enraizándolo en un contexto de profundos valores humanos. Sobre esta base humana es más honda la iniciación en la vida : el despertar al sentido de Dios, los primeros pasos en la oración, la educación de la conciencia moral y la formación en el sentido cristiano del amor humano, concebido como reflejo del amor de Dios Creador y Padre. Se trata, en suma, de una educación cristiana más testimonial que de instrucción, más ocasional que sistemática, más permanente y cotidiana que estructurada en períodos"(DCG 255). El hecho de que la familia atraviese hoy por dificultades y "crisis", no invalida su necesidad en la educación en la fe, al contrario esto mismo constituye un desafío pastoral para hacer posible que cumpla con su imprescindible misión, puesto que a nadie le es permitido expropiar a la familia de su derecho y deber.

2.3. Las asociaciones y movimientos laicales: grupos y movimientos educativos

42. Las asociaciones y los movimientos laicales, como pueden ser la Acción Católica, otros nuevos movimientos y realidades eclesiales u otras instituciones y grupos y movimientos educativas no escolares, donde se facilita la interacción entre fe y vida, según las edades y circunstancias, y donde se ayuda a vivir una experiencia eclesial y a crear un ambiente donde se respire en cristiano, son también lugares complementarios en la iniciación cristiana. Estos grupos, verdaderos espacios eclesiales, aunque sean a veces incluso institucionalmente informales, son auténticas estructuras educativas dentro de las parroquias y colegios, pues están constituídos por una unidad formativa en la que intervienen educadores, programas y materiales, que han de estar en comunión con los objetivos diocesanos para la educación e iniciación cristiana y presencia en los ambientes. Con su estilo propio de vivir como cristiano en la Iglesia, cada uno de estos movimientos, asociaciones o grupos deben ser lugar de paso educativo de esta experiencia hasta la integración del cristiano en una comunidad más amplia donde desarrolle su vocación de servicio en la Iglesia y en el mundo.

Estos grupos, asociaciones o movimientos, respetando sus peculiaridades, deben integrarse y coordinarse, sin embargo, en el proyecto diocesano de iniciación cristiana, es decir, en un proceso único y global diocesano de iniciación y educación en la fe; cuando la catequesis se realiza dentro de estas asociaciones y movimientos "deben ser tenidos en cuenta fundamentalmente algunos aspectos. En particular: a) Se debe respetar la 'naturaleza propia' de la catequesis, tratando de desarrollar toda la riqueza de su concepto, mediante la triple dimensión de palabra, memoria y testimonio (doctrina, celebración y compromiso en la vida). La catequesis, sea cual sea el 'lugar' donde ser realice, es, ante todo, formación orgánica y básica de la fe. Ha de incluir, por tanto, 'un verdadero estudio de la doctrina cristiana' y constituir una seria formación religiosa, 'abierta a todas las esferas de la vida'. b) Esto no es óbice para que la finalidad propia de estas asociaciones y movimientos, a partir de sus propios carismas, pueda expresar, con determinados acentos, una catequesis que deberá ser fiel a su carácter propio. La educación en la espiritualidad particular de una asociación o movimiento, de una gran riqueza para la Iglesia, siempre será más propia de un momento posterior al de la formación básica cristiana, que inicia en lo común a todo cristiano. Antes hay que educar en lo que es común a los miembros de la Iglesia que en lo peculiar o diferenciador. c) Igualmente hay que afirmar que los movimientos y asociaciones, por lo que se refiere a la catequesis, no son una alternativa ordinaria a la parroquia, en la medida que ésta es comunidad educativa de referencia propiamente tal" (DCG 262).

 

2.4. La Escuela Católica, la Escuela pública, la enseñanza religiosa escolar

 

43. La escuela católica, como lugar muy relevante para la formación humana y cristiana, en cuanto comunidad cristiana, en constante referencia a la Palabra de Dios y al encuentro siempre renovado con Jesucristo, puede y debe ser también una mediación eclesial o lugar para la iniciación cristiana de sus alumnos, colaborando en coordinación con los planes pastorales diocesanos. La escuela católica, en efecto, "entra de lleno en la misión salvífica de la Iglesia y particularmente en la exigencia de la educación a la fe... El proyecto educativo de la escuela católica se define precisamente por su referencia explícita al Evangelio de Jesucristo, con el intento de arraigarlo en la conciencia y en la vida de los jóvenes, teniendo en cuenta los condicionamientos culturales de hoy" (Congregación para Educación Católica, La escuela católica, 9). La escuela católica, con su proyecto educativo y desarrollo del mismo, está llamada a ser comunidad cristiana creando un ambiente de la comunidad escolar animado por el espíritu evangélico de libertad y caridad, ayudando a los niños, adolescentes y jóvenes para que el desarrollo de la propia persona crezca a un tiempo según la nueva criatura que han sido hechos por el Bautismo y ordenando toda la cultura humana según el mensaje de la salvación (Cfr GEM 8).

No cabe duda que en esta perspectiva como la Iglesia concibe la escuela católica, ésta es un instrumento y un lugar muy importante, fundamental, que es necesario tener en cuenta y potenciar para la iniciación cristiana. Es cierto que no en todos los lugares de nuestra Diócesis contamos con escuelas católicas, pero allá donde estén es una realidad eclesial que, en relación con la iniciación cristiana, constituyen un don precioso que es necesario cultivar, atender e incorporar plenamente a la pastoral diocesana. La escuela católica en gran parte de los casos será ámbito de acción misionera con alumnos, padres, profesores, y personal no docente, en todo caso, desde su obra de humanización conforme a Jesucristo, Hombre nuevo y perfecto, será lugar a tener muy presente en el proyecto diocesano de iniciación cristiana. La escuela católica, en nuestra diócesis, en referencia y asunción de dicho proyecto, ha de ofrecer un proyecto pastoral que atienda a sus alumnos según el momento de crecimiento de la fe en el que éstos se encuentren y que contemple la integración de los mismos en comunidades cristianas más amplias -parroquias- que desarrollen su vocación bautismal.

44. La misma escuela pública es un ámbito, que aun no siendo un espacio eclesial, puede contribuir, sin embargo, de una manera decisiva a la iniciación cristiana : a través de los profesores o maestros cristianos y de los padres católicos de alumnos, y, de manera especial, a través de la enseñanza religiosa escolar. Sobre todo en estos momentos de crisis de identidad de la escuela y de la misma educación, es necesario aumentar la atención hacia la escuela, difundir una adecuada visión antropológica de la transmisión del saber, prestar mayor dedicación a la pastoral educativa en relación con las parroquias, fortalecer la presencia cristiana en ella por medio de los profesores y padres cristianos, cultivar vocaciones educadoras, relanzar las asociaciones y movimientos y fortalecer la enseñanza religiosa escolar, conforme a su propia identidad, tal y como queda explicitada en el documento de la Comisión Episcopal de Enseñanza Orientaciones pastorales sobre la enseñanza religiosa escolar.

Esta, aunque no es propiamente un ámbito de iniciación cristiana como los anteriores, por su carácter específico y su misión evangelizadora, puede y debe contribuir decisivamente a los objetivos propios de la iniciación, al ofrecer algunas dimensiones de carácter ético y moral que nacen de las relaciones entre la fe y la cultura, y entre la fe y la vida (Cfr. LIC 32-38). Es enteramente necesario que en el proyecto diocesano y parroquial de iniciación cristiana se refleje con toda claridad la relación y colaboración entre enseñanza religiosa escolar y catequesis, entre enseñanza religiosa y pastoral de niños, adolescentes y jóvenes; son tareas complementarias que han de converger y coordinarse.

 

2.5. Complementariedad de estos lugares en la iniciación cristiana dentro de la Diócesis

 

45. Insistimos de nuevo, en que "aunque en todos estos lugares se hace presente la Iglesia particular, sujeto de la iniciación cristiana, la parroquia tiene la condición de ser la última localización de la Iglesia en un lugar y representar a la Iglesia visible establecida por todo el mundo. Es fundamental que el proyecto de iniciación cristiana establecido por el Obispo sea asumido, desde el propio ámbito, por todos los 'lugares' mencionados, dado que es la Iglesia particular como tal la que ejerce la misión maternal" (LIC 32).

En el Proyecto diocesano que se establezca habrá que señalar orientaciones y sugerencias precisas para ayudar a la unidad de esta función maternal de nuestra Iglesia diocesana a través de estos diversos cauces, que no son alternativos entre sí, sino complementarios y necesitados mutuamente de su apoyo e interacción. En todo caso es necesario que nos percatemos del cambio de mentalidad que esto supone y de las exigencias que para todos comporta.

En la unidad y complementariedad de todos es donde se percibe de manera palpable que la Iglesia lleva a cabo su misión de iniciación a través de todo lo que ella es y allá donde ella se hace presente. Así como la catequesis es iniciadora cuando, a través suyo, la Iglesia se entrega toda ella en lo que cree, celebra, vive y ora, así también en el ejercicio concreto de esta iniciación la Iglesia se entrega toda ella y ejerce su función maternal a través de los diversos cauces en los que ella, como tal Iglesia, se hace presente.

Así, la iniciación cristiana supone la conciencia en la comunidad cristiana de que todos estamos implicados en la función maternal de iniciar en la fe, que todos estamos para iniciar, que no podemos desentendernos de la iniciación, aunque se tengan responsabilidades específicas y diversas respecto de ella, unidos al Obispo, testigo de la tradición y ministro de la comunión eclesial. Esto supone, además, la conciencia de que, formando parte todos los fieles de esa una y única Iglesia que está en las diócesis, todo en la Iglesia ha de verse desde ese ser suyo de "madre" que engendra nuevos hijos: todos formamos ese seno único maternal de la Iglesia.

46. Conviene tener en cuenta, a mayor abundamiento en este orden de cosas, que las "pastorales especiales o específicas" que podamos diseñar y realizar en la parroquia a propósito de la preparación y celebración de cada uno de los sacramentos de iniciación, no pueden desgajarse de las actividades básicas de la comunidad cristiana; sino que tienen que arraigarse en ellas y alimentarse de ellas: son más bien un complemento y una adaptación de estas actividades básicas, pero nunca una sustitución. Esto quiere decir que los catequizandos tienen que participar en la vida normal de la comunidad cristiana, principalmente de la Eucaristía, con los ritmos propios de cada tiempo litúrgico, así como de otras actividades por las que la Iglesia vive y expresa cuanto es o está llamada a ser: la oración en las comunidades, la vida de caridad y servicio, la acción misionera, en su sentido más estricto, y otras expresiones y manifestaciones de la vida de la Iglesia. Las catequesis y las atenciones que se les ofrecen nacen de este tronco común de la vida cristiana y tienen como razón de ser que se incorporen a  esta vida común de la comunidad cada vez con mayor conocimiento, mejores disposiciones y mayores frutos de vida, servicio y actividad misionera".

 

V.      Orientaciones y normas para la celebración y pastoral de la Iniciación cristiana

 

47. En esta última parte, compartiendo de manera muy principal las preocupaciones pastorales de los hermanos sacerdotes, manifestadas reiteradamente y de forma muy expresa, recuerdo y presento algunas orientaciones y normas para la celebración de los sacramentos y la pastoral de la iniciación cristiana en nuestra diócesis. Además de las disposiciones canónicas y orientaciones de la Iglesia Universal, aquí se tienen muy presentes y se siguen, a veces literalmente, las indicaciones y directrices de nuestro Sínodo diocesano, así como Directorios sobre pastoral de Iniciación cristiana de otras Iglesias particulares, así como sugerencias ofrecidas en las mencionadas asambleas sacerdotales, en arciprestazgos y en otros órganos de participación diocesana.

Con estas orientaciones y normas se trata de vivir y fortalecer la comunión en la Iglesia, máxime cuando lo que tenemos entre manos es la iniciación cristiana que, de suyo, introduce en la comunión con Dios, Uno y Trino, y en la comunión eclesial: la comunión en toda la acción pastoral es un elemento esencial y de manera muy principal en la correspondiente a la iniciación cristiana. La comunión es esencial para la evangelización y para la misión de la Iglesia: "Que todos sean uno, para que el mundo crea", dice nuestro Señor. El que caminemos todos en esa misma y única comunión  no significa uniformar e implantar normas rígidas que encorseten, es la garantía, por el contrario, de atención a las situaciones plurales, de actuar en libertad, y de vivir la unidad. Necesitamos criterios, orientaciones y normas comunes, realidades que nos unan a todos en los mismos aspectos básicos y que no están a disposición o al arbitrio personal o de grupo.

Se trata de orientaciones y normas para nuestra Diócesis sobre cada uno de los sacramentos de iniciación y sobre el itinerario pastoral que habremos de seguir en la acción pastoral que introduce en el misterio de Cristo e incorpora a la Iglesia, haciendo de verdad cristianos. Esto no anula el "Proyecto Diocesano de iniciación cristiana" que deberá elaborarse; al contrario, lo reclama y constituye la base para su elaboración.

 

1. El Bautismo

 

1.1. Requisitos para la celebración del Bautismo

 

48. El párroco, a quien especialmente "se le encomienda la administración del Bautismo "(CIC 530) y los demás ministros, presbíteros o diáconos, cuando actúan de acuerdo con el párroco, han de comprobar que quienes piden el Bautismo para un niño, normalmente sus padres, están seriamente dispuestos a que, a su tiempo, el bautizado reciba una catequesis que ilustre su fe y aliente su vida cristiana en la Iglesia.

"Los párrocos no pueden negar los sacramentos a quienes lo piden de modo oportuno, estén dispuestos y no les sea prohibido por el derecho" (CIC 843). Algunas circunstancias nuevas que ocurren hoy piden una reflexión ponderada por lo que respecta a la aceptación de la petición de los sacramentos y, en concreto, del Bautismo. En esos casos, téngase en cuenta las presentes disposiciones que siguen:

a) Ha de tenerse muy en cuenta que la catequesis, es un elemento integrante de los sacramentos de la iniciación y, en particular, del Bautismo, "sacramento de la fe" por antonomasia. Si los que son bautizados son adultos, reciben la catequesis en el tiempo inmediatamente anterior a su Bautismo, quienes son bautizados de niños habrán de recibir esa catequesis bautismal cuando alcancen la edad que les permita vivir conscientemente ese periodo de formación cristiana, mediante la catequesis del despertar religioso y la más específica de iniciación cristiana. Al solicitar el bautismo para un niño pequeño, sus padres u otras personas autorizadas deben comprometerse a procurar, a su tiempo, al bautizando el acceso a la correspondiente catequesis.

b) Los padres que ofrecen esperanzas fundadas de que, en su momento, facilitarán a sus hijos la asistencia a la catequesis de la iniciación cristiana, merecen ser tenidos como garantes válidos y, por ello se aceptará su petición del Bautismo (Cfr IBP 31c).

c) Por parte de los padres, pueden considerarse signos de la seriedad de sus propósitos respecto a la educación cristiana de sus hijos :

- su voluntad o promesa de no impedir la futura educación de sus hijos en la fe;

            - la aceptación de acudir o participar en las "catequesis prebautismales" o de mantener con el párroco o un delegado suyo para este menester, una o varias conversaciones prolongadas (diálogo prebautismal) sobre el ser cristiano, el sentido del Bautismo y las obligaciones que contraen al pedir el Bautismo para sus hijos;

            - si tienen otros hijos mayores, en edad catequética, el hecho de que éstos frecuenten la catequesis parroquial o que soliciten para sus hijos la enseñanza religiosa católica en la escuela. El que no suceda así será considerado signo negativo que suscita serias dudas de las promesas que los padres puedan hacer.

d) Si se trata de padres de formación cristiana insuficiente, es una señal muy importante su deseo de incorporarse a alguno de los cauces de catequesis de adultos que se impartan en la parroquia o en alguna institución que, de acuerdo, con la parroquia, ofrezca esos medios de formación.

 

1.2. La petición del Bautismo en casos especiales

 

49. En los casos que se van a exponer a continuación, el párroco no procederá inmediatamente a señalar a los padres el día del Bautismo que solicitan sino que lo diferirá el tiempo necesario para conocer a fondo la situación y tratar de iluminar y orientar las conciencias de los interesados.

Pueden señalarse los siguientes casos :

a) Padres creyentes con escasa práctica religiosa. Es muy frecuente la petición del Bautismo por parte de los padres que no cumplen habitualmente los preceptos de la Iglesia, sin que esto signifique un rechazo explícito de ella. Esta actitud es, las más de las veces, consecuencia de un ambiente descreído o religiosamente indiferente, de dejadez o de falta de formación cristiana. En estos casos, el sacerdote, en el clima de un diálogo comprensivo, procurará despertar en esas personas su sentido de responsabilidad hasta que den una esperanza firme de que la educación cristiana de sus hijos quede asegurada.

b) Padres católicos en situación matrimonial irregular. En este supuesto, pueden darse varios casos:

- Católicos, casados canónicamente que se han divorciado y han vuelto a contraer nupcias ante la autoridad civil. Bastantes de estas personas aunque reconozcan su situación matrimonial irregular, se dicen y aún se sienten católicos. Esa es la razón de que pidan el Bautismo para sus hijos nacidos del matrimonio civil. Los párrocos, en estas circunstancias, han de esforzarse por discernir la veracidad de las disposiciones de los solicitantes y la voluntad de educar católicamente a los bautizados. En este discernimiento, pueden ayudar al párroco algunos miembros del Consejo Parroquial, u otros miembros de la comunidad parroquial de solvencia cristiana, consultados personal y confidencialmente. En ocasiones, por razones de vecindad, trabajo, amistad, etc., ellos pueden conocer más de cerca la autenticidad de las promesas de los solicitantes. Pero, en todo caso, la decisión última corresponde al párroco.

- Padres bautizados en la Iglesia católica, casados civilmente o parejas que conviven maritalmente, sin vínculo alguno matrimonial. Para resolver estas situaciones, hay que pensar, en principio, que el hecho de que los solicitantes hayan rechazado o minusvalorado el sacramento del matrimonio indica alguna quiebra en la vivencia o profesión de la fe católica de estas personas que hace dudar que sus promesas de educar a sus hijos en la fe cristiana sean, de verdad, sinceras y serias. Puede entenderse, sin embargo, que sus disposiciones son verdaderas y auténticas si eligen o aceptan, como padrinos, a buenos cristianos, conscientes de su fe y practicantes de la misma con tal de que éstos se comprometan a velar por la formación cristiana de los bautizandos. Si las garantías ofrecidas fuesen insuficientes, el bautismo no deberá ser concedido, haciendo ver a las personas que lo pidieron que no es la Iglesia quien lo niega sino que el estado inestable, vago, y, sobre todo, incoherente de su fe y de la práctica de la misma, es la causa de que su petición no puede ser positivamente acogida. Los párrocos, en estas situaciones, habrán de explicar con claridad que la negativa del Bautismo no ha de entenderse como una sanción al hecho de que los solicitantes no se hayan casado en la Iglesia ni una especie de coacción para que lo hagan, sino una invitación a que reflexionen sobre la incoherencia de su petición.

- Padres no creyentes. La concesión del bautismo, en estas circunstancias raras y extremas, impone un examen muy exigente de los motivos de la petición y de las garantías de una futura educación de los hijos en la fe de la Iglesia habrán de sopesarse con mucho cuidado. En estos casos se tendrán particularmente presentes las cualidades de quienes hayan de ser elegidos como padrinos. Sólo si se garantiza sólidamente la futura educación cristiana de los niños se podrá acceder a la petición; de lo contrario, no se podrá proceder al Bautismo.

c) En todos los casos descritos, el párroco habrá de tener muy en cuenta si los abuelos o algún otro pariente podrán cumplir el deber de educar cristianamente al niño y se comprometen a ello. En cualquiera de estos casos "especiales", si es necesario, habrá que dilatar en el tiempo la celebración del Bautismo, iniciando y llevando a cabo un diálogo con los padres hasta garantizar la educación del niño en la fe .

 

1.3. Tiempo, lugar y celebración del Bautismo

 

50. Es necesario recordar a la comunidad cristiana algo que parece que está siendo olvidado: "los padres tienen obligación de hacer que los hijos sean bautizados en las primeras semanas, cuando antes después del nacimiento, e incluso, antes de él, acudan al párroco para pedir el sacramento para su hijo y prepararse debidamente" (CIC 867). En orden a fijar la fecha hay que recordar, a través de la correspondiente enseñanza o catequesis lo que dice el Ritual del Bautismo, que por lo demás está siendo olvidado frecuentemente por los nuevos matrimonios y que está tan dentro de nuestra tradición cristiana: "Es necesario tener en cuenta, en primer lugar, la salvación del niño, a fin de que no sea privado del beneficio del sacramento; después, el estado de salud de la madre, para que, en lo posible, pueda estar presente también ella; finalmente, con tal de que no constituya obstáculo el bien superior del niño, téngase presente la necesidad pastoral, o sea el tiempo suficiente para la preparación de los padres y la organización de la ceremonia de tal manera que el carácter del rito pueda manifestarse adecuadamente (RB 44)". La razón principal que justifica la dilación del Bautismo de los niños por el espacio de varias semanas, no son las conveniencias sociales, como la reunión de todos los parientes en la fiesta familiar, sino la necesidad de que los padres reciban las catequesis oportunas sobre el sacramento del Bautismo, lo fundamental de la confesión de fe y las obligaciones que contraen al pedir este sacramento para sus hijos.

Para manifestar la índole pascual del Bautismo, se encarece la celebración del sacramento en domingo, día en que la Iglesia conmemora la Resurrección del Señor (Cfr RB 46). Por lo mismo es sumamente recomendable que los nacidos durante el tiempo de Cuaresma sean bautizados la Noche de la Vigilia pascual. La misma índole pascual, puede recomendar que se celebre dentro de la Eucaristía; esto no es una manera de dar mayor solemnidad externa al acto sino un modo de significar, en medio de la comunidad reunida, la función del Bautismo en la edificación de la Iglesia y la estrecha ordenación del Bautismo a la Eucaristía.

51. Como norma general, los niños deben bautizarse en la Iglesia parroquial de sus padres (Cfr CIC 857; DSIC,4.2). La celebración del bautismo en el templo parroquial o en la catedral significa más claramente la vinculación a la Iglesia particular y, mediante ésta, a la Iglesia universal. No se administrará el Bautismo, salvo necesidad extrema, en hospitales, clínicas, casas particulares, etc. Sólo cuando exista grave inconveniente para que un niño pueda ser trasladado al templo parroquial podrá celebrarse el Bautismo en un templo no parroquial. Si no se da esa causa grave, los rectores de esos templos y santuarios deberán informar, con claridad y corrección, a los fieles que soliciten el bautismo, exponiéndoles los motivos que existen para que sólo en caso de grave inconveniente se administre el Bautismo en esos lugares. Si por causa grave se hace el Bautismo en alguno de estos lugares, el ministro del bautismo asegurará que la inscripción del mismo se realice únicamente en la parroquia de origen del bautizado. Ningún párroco debe prestarse a bautizar en su parroquia a quienes no tienen o no van a tener en fecha próxima ya fijada alguna clase de residencia en el territorio parroquial. En este caso, los padres han de presentar testimonio escrito del párroco propio en el que conste su conformidad y si se ha dado la adecuada preparación. El párroco receptor deberá encargarse de la preparación de dichos padres, en caso de que no lo haya hecho el párroco propio. La inscripción de la partida del Bautismo debe hacerse, siempre y únicamente, en el libro de bautismos de la parroquia en la que ha tenido lugar el bautismo de que se trate.

52. Hemos de esforzarnos para que el baptisterio, manteniendo los valores históricos y artísticos del templo, recupere su dignidad como lugar destacado en el conjunto del mismo, "de manera que aparezca con claridad que allí los cristianos renacen del agua y del Espíritu Santo" (RB 40).El baptisterio deberá recordar a los fieles su propio Bautismo y suscitar en ellos veneración al misterio pascual en el que han sido regenerados. Si un templo parroquial no cuenta con baptisterio fijo, habrá de pedirse el conveniente asesoramiento artístico y litúrgico para instalar debidamente la fuente bautismal. Las pilas móviles que, en todo momento habrán de ser dignas, sólo podrán usarse en casos excepcionales.

53. Ha de cuidarse con esmero la celebración del Bautismo aprovechando toda la riqueza litúrgica y posibilidades que ofrece el Ritual. La naturaleza del bautismo y la estructura del rito piden una celebración comunitaria. Esta no se define tanto por el mayor o menor número de bautizandos, cuanto por la participación activa de la comunidad parroquial representada no sólo por los padres, padrinos y parientes, amigos, familiares o vecinos, sino también por otros miembros de la parroquia, teniendo siempre presente que "una celebración sin comunidad deberá constituir siempre una excepción" (RB 61). El canto enriquece la celebración del bautismo, aviva la unanimidad de los asistentes, fomenta la oración comunitaria y expresa la alegría pascual propia del sacramento; por consiguiente, se recomienda su uso siempre que se haga de una manera digna y con la participación de los fieles.

 

1.4. Catequesis prebautismal: preparación de los padres. Papel y preparación de los padrinos

 

54. Es fundamental que, en torno al Bautismo, haya un momento de acogida y diálogo tranquilo y abierto sobre las motivaciones de la petición del Bautismo y un tiempo de formación cristiana o catequesis dedicado a los padres .

Hay que dar mucha importancia a ese diálogo cuando llegan los padres. Ver las motivaciones, sin prisas; no lleguemos a conclusiones precipitadamente. Es un momento privilegiado para una pastoral de alejados; lo primero que tienen que ver en esa pastoral de alejados es la capacidad de acogida y de escucha hacia quienes llegan llamando a la Iglesia, que experimenten la actitud de diálogo y no de exclusión, la capacidad que hay para interesarse por su propia situación y sus motivaciones. Es importante incorporar a seglares y a religiosas que puedan ayudar al sacerdote en esta tarea fundamental de acogida.

El párroco, ayudado por miembros competentes de la comunidad parroquial -por ejemplo, algún matrimonio de los equipos de pastoral familiar, o algunos catequistas de adultos, especialmente orientados a este menester- prestará a los padres la ayuda necesaria para que éstos se preparen a la celebración bautismal, reanimando el conocimiento de la fe que profesan e instruyéndolos a fin de que, una vez celebrado el sacramento, puedan y sepan despertar la fe de los neófitos, desde su primera infancia, abriendo sus mentes y afectos al itinerario de la fe que habrán de seguir durante toda su vida. Esta labor formativa que prepare a los padres para el Bautismo de sus hijos tendrá como dos momentos: uno antes, incluso, del matrimonio, en tiempo del noviazgo, como preparación al mismo matrimonio; y el otro, ya en relación con el Bautismo próximo de los hijos.

a) Por lo que respecta a la formación cristiana de los novios, futuros esposos y padres, es necesario que en los cursos prematrimoniales haya temas destinados a formarles en el derecho y deber de educar cristianamente a sus hijos, como consecuencia de la eclesialidad y ministerialidad que arranca de su matrimonio cristiano. En estos cursos, en consecuencia, se ha de ayudar a los novios a revisar y profundizar su fe cristiana, a descubrir el sentido e implicaciones de sacramento del matrimonio, poniendo de manifiesto la realidad de la familia como "iglesia doméstica", la eclesialidad y ministerialidad de su tarea, las diversas responsabilidades que contraen, y ofreciéndoles criterios sobre cómo educar en la fe en el seno de la familia, particularmente en la infancia, cómo orar en familia, cómo ofrecer un espacio humano donde se vivan las costumbres evangélicas, y cómo participar responsablemente en los ámbitos educativos y cómo cultivar una espiritualidad matrimonial que sea educadora de los hijos.

b) En lo que respecta a los padres que solicitan el Bautismo hay que considerar no sólo la preparación inmediata a la recepción del sacramento y su fructuosa y responsable participación, sino también el ofrecimiento de unos tiempos y momentos formativos posteriores a la administración del sacramento que les habiliten para educar el despertar religioso de sus hijos en el seno familiar. Es necesario, por tanto, que en la parroquia, se tengan habitualmente catequesis o espacios de formación en la fe para estos padres y se disponga de libros, folletos, hojas, etc., que sirvan para renovar y alentar los compromisos bautismales (Cfr RB 15). Estas catequesis o, en su caso, los diálogos prebautismales correspondientes, suficientemente amplios y tenidos en un ambiente familiar de seriedad y confianza, habrán de cuidar que presenten los elementos más sustanciales del Evangelio y del Credo de la fe católica, así como los aspectos fundamentales de la moral cristiana y del Bautismo. En muchos casos estas catequesis o los diálogos prebautismales constituirán casi un primer anuncio del Evangelio, que tiende a la conversión o a la fe inicial de los "rudos". En todo caso, en las conversaciones que se tengan con los padres, desde el primer momento que llegan a pedir el Bautismo, habrá de cuidarse con sumo esmero la acogida y el talante que siempre habrán de ser de comprensión, cercanía y misericordia; que se sientan acogidos; que aparezca siempre el rostro misericordioso y las entrañas de madre de la Iglesia: esto constituirá uno de los elementos más fundamentales de la evangelización.

55. Si bien la presencia y la participación activa de los padres en la preparación y celebración del Bautismo tiene la máxima relevancia, la intervención de los padrinos sigue siendo requerida, dado que, en el tiempo actual, su colaboración en la educación cristiana de los niños tiene su importancia y, a veces, es absolutamente necesaria. Cada niño puede tener padrino y madrina, o solamente padrino o madrina. Con el fin de revalorizar la misión de los padrinos, los párrocos, cuando los padres hacen la petición del Bautismo para sus hijos, les explicarán la función de los padrinos en la formación cristiana de los bautizados y les ayudarán a elegir los más apropiados.

Los padrinos han de ser mayores de edad, a no ser que, por justa causa, el párroco considere admisible una excepción. Al asumir el padrinazgo, deben conocer su deber de profesar, juntamente con los padres, la fe de la Iglesia en la cual es bautizado el niño (RB 17) y la obligación que contraen en la transmisión de la fe a su ahijado e, incluso, de sustituir a los padres, si es preciso, en su responsabilidad de seguir al niño en el desarrollo y evolución de su fe.

Los padres, al elegir los padrinos, no se deben guiar sólo por razones de parentesco, amistad, vecindad o prestigio social sino, sobre todo, por el deseo sincero de asegurar a sus hijos la ayuda de unas personas que, por su edad, proximidad, formación cristiana, están capacitadas para influir, en su día, en la formación cristiana y eclesial de los bautizados. Es necesario que el padrino elegido por la familia, al menos uno de ellos, reúna, a juicio de los pastores, las cualidades requeridas, entre otras: la madurez necesaria para cumplir su misión; pertenecer a la Iglesia católica y haber recibido los tres sacramentos de la iniciación cristiana.

Habrá que formar a los padrinos en la responsabilidad, así como en la habilitación necesaria para el correcto ejercicio del papel que asumen al aceptar ser padrinos de unos nuevos bautizados: ser testigos de la fe ante sus ahijados y acompañantes, como educadores, en su itinerario de fe y de vida cristiana. Es muy importante que los padrinos asistan con los padres a las catequesis presacramentales; si no fuera posible habrá que suplir con otros medios o cauces para esta preparación.

 

2. La Confirmación

 

56. El sacramento de la Confirmación "es un sacramento revalorizado en la conciencia de nuestras comunidades y es necesario que aparezca con claridad su lugar en el proceso de iniciación cristiana" (DSIC V.1). Referido enteramente al Bautismo, origen de la iniciación cristiana, y ordenado a la Eucaristía, en la que la iniciación cristiana "alcanza su culmen en la comunión del Cuerpo y de la Sangre de Cristo, con este Sacramento de la Confirmación los renacidos en el Bautismo reciben el don inefable, el mismo Espíritu Santo, por el cual son enriquecidos con una fuerza especial y, marcados con el carácter del mismo Sacramento, quedan más perfectamente vinculados a la Iglesia, mientras son más estrictamente obligados a difundir y defender con la palabra y las obras la propia fe, como auténticos testigos de Cristo (Cfr. LG ll). 

La Constitución Apostólica "Divinae consortium naturae" nos ofrece una visión orgánica sobre la naturaleza y lugar de dicho sacramento en el proceso de iniciación cristiana. De aquí surgen los criterios que deben inspirar tanto la catequesis como la celebración del Sacramento y que debemos tener totalmente en cuenta en nuestra Diócesis. Asimismo hemos de tener en cuenta la Nota que la Comisión Episcopal para la Doctrina de la fe, con la aprobación de la Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal, publicó hace unos años "sobre algunos aspectos doctrinales del sacramento de la Confirmación"; nacida de una valoración de la experiencia concreta de la preparación a la Confirmación y de su celebración, "a fin de salvaguardar, en todo momento, la verdadera naturaleza de este sacramento y su lugar propio que le corresponde en la vida de la Iglesia y de los creyentes", esta Nota constituye para la Iglesia en España una llamada de atención centrada tanto en el modo de entender el conjunto de esta acción pastoral, como en los contenidos de la catequesis preparatoria a la Confirmación; es una invitación a revisar los planteamientos de la catequesis y los materiales frecuentemente utilizados. La Conferencia Episcopal, en su documento sobre "La iniciación cristiana" (LIC, 90), también ha tratado ampliamente el sacramento de la Confirmación como sacramento de la iniciación cristiana; en él ha valorado la pastoral catequética y litúrgica actual y ha recogido, en síntesis, algunos aspectos doctrinales más sobresalientes de la mencionada Nota que debemos tener muy presentes, independientemente del momento y de la edad en la que se celebre el Sacramento.

Estos tres documentos fundamentales, de lectura obligada para cuantos tienen responsabilidades y tareas en la pastoral la Confirmación, junto con las enseñanzas del Catecismo de la Iglesia Católica, no podemos desconocerlos y constituyen unos instrumentos imprescindibles para que este sacramento tenga toda su dignidad y consecuencia tanto en la vida cristiana de los confirmados como en la vida de toda la comunidad. Hoy, gracias a Dios, la pastoral de la Confirmación es una realidad en la vida de las parroquias y comunidades, y precisamente porque es algo vivo es necesario orientarla y mejorarla a fín de que cumpla con lo que se propone, ayudar a recoger y hacer fructuoso el don del Espíritu Santo que trae el sacramento de la Confirmación en la vida de los bautizados.

 

2.1. Edad de los confirmandos

 

57. Uno de los aspectos que, en los planteamientos pastorales, suele ser objeto de atención y discusión es el de la edad en la que conviene que sean confirmados los bautizados. "En la actualidad, la normativa canónica universal señala la administración de la Confirmación 'en torno a la edad de la discreción, a no ser que la Conferencia Episcopal determine otra edad' (CIC 899). Tampoco debe olvidarse que los católicos que no hayan recibido el sacramento de la Confirmación, deben recibirlo antes de ser admitidos al Matrimonio, con el fin de completar la iniciación cristiana, siempre que pueda hacerse sin dificultad grave (Cfr CIC 1065). En España la Conferencia Episcopal Española, por Decreto  del 25 de noviembre de 1983, fijó 'como edad para recibir el sacramento de la Confirmación la situada en torno a los catorce años, salvo el derecho del Obispo diocesano a seguir la edad de la discreción a que hace referencia el c.891'" (LIC 85).

Los Obispos españoles evalúan las dos posibilidades contenidas en su Decreto General y señalan algunas advertencias pastorales que deben tenerse en cuenta. En nuestra Diócesis de Toledo, manteniendo como criterio general el que se reciba el sacramento de la Confirmación en la adolescencia, alrededor de los 14 años, la celebración y preparación de este sacramento viene ocupando la última etapa del proceso de la iniciación cristiana; de esta manera se ha querido remarcar la importancia de la fe personal con que, normalmente a esa edad, pueden recibir los candidatos la Confirmación; al actuar de este modo, se ha querido también que la comunidad cristiana prolongue su atención catequética a los bautizados hasta la adolescencia. No obstante en nuestra Diócesis también hemos de posibilitar que las comunidades cristianas, en diálogo con el Arzobispo, puedan celebrar este Sacramento en la infancia, antes de la Primera Comunión; son muchas las razones que hay también para ello. En cualquier caso, la preparación a la celebración del sacramento de la Confirmación deberá, al menos, iniciarse antes de producirse aquella situación que desvincule al niño o al joven de la comunidad cristiana en que se está educando, por motivos de estudio o de trabajo. En cualquiera de los casos y como en todos los sacramentos de la iniciación cristiana, la celebración del Sacramento deberá ir precedida de la correspondiente y adecuada preparación y formación catequética que tendrá sus propias características dependiendo de la edad en que se reciba.

 

2.2. Preparación al Sacramento de la Confirmación

 

2.2.1. Criterios comunes y generales

 

58. Lo mismo que los otros sacramentos de la iniciación cristiana, la Confirmación está estrechamente vinculada al proceso catequético y formativo propio de dicha iniciación. Por eso, sea cual sea la edad en que se reciba, la preparación para la celebración de este sacramento debe encuadrarse en un período suficientemente prolongado de formación y experimentación de la fe con carácter catecumenal. La pastoral que se lleve a cabo para esta preparación ha de estar muy atenta a ciertos rasgos de la mentalidad moderna, que nos recuerda la aludida Nota de la Comisión Episcopal para la Doctrina de la Fe sobre el sacramento de la Confirmación. Estos rasgos "ha de tenerlos en cuenta, de manera especial, al transmitir la auténtica enseñanza de la Iglesia que conjuga el carácter gratuito de la iniciativa salvadora de Dios con la respuesta libre del hombre" (n. 3).

59. En este sentido es necesario recordar y tener la firme convicción, la certeza, en todos cuantos intervenimos en este sacramento que es el Espíritu Santo, la gracia de Dios, quien, de manera especial y principal, actúa en la preparación y disposición de los candidatos y en los frutos del sacramento; nada ni nadie puede suplir la acción del Espíritu Santo, todo viene de El, sin El nada podemos hacer, menos aún, respecto a la preparación de los candidatos a la Confirmación; necesitamos actuar en fidelidad y docilidad total al Espíritu Santo, atentos a lo que El obra, sostenidos y guiados por su presencia en nosotros. La insistencia, nunca suficientemente resaltada y fortalecida, en la necesaria preparación personal, no debe oscurecer la afirmación y realidad principal de que el Espíritu Santo es un don de Dios; incluso las mismas disposiciones con que nos preparamos para recibirlos son de Dios; el fruto de nuestras catequesis y de nuestros desvelos son también don de Dios y de su gracia.

Asimismo, hay que tener en cuenta que "la práctica pastoral, en la preparación de los confirmandos, no partirá de cero como si nada le hubiese ocurrido al candidato en su Bautismo y en su primera catequesis" (Id, n. 4). La sustancia del sacramento de la Confirmación consiste en fortalecer los frutos del Bautismo ya recibido y confirmar, dar vigor, vitalidad y firmeza a la iniciación de los cristianos en la vida sobrenatural de la comunidad eclesial que comenzó con el Bautismo. Por ello, es condición básica para admitir a una persona bautizada al sacramento de la Confirmación la "capacidad de renovar las promesas del Bautismo" (CIC 889), esto es: asumir personalmente las exigencias del Bautismo recibido, como la profesión de fe, la participación en la vida litúrgica de la Iglesia, la voluntad sincera de vivir conforme a los mandamientos de Dios y de la Iglesia, el deseo de proseguir el camino de crecimiento en la vida cristiana, el relacionarse con Dios a través de la oració

60. Al mismo tiempo e inseparablemente, junto a la acción de la gracia y del Bautismo ya recibido, no debemos perder de vista que el fruto del sacramento depende también de la sinceridad y autenticidad de nuestras actitudes y disposiciones que es necesario cultivar. Así, como nos recuerda la aludida Nota de la Comisión Episcopal para la Doctrina de la Fe, "si en todo proceso de iniciación cristiana es necesario cultivar la dimensión eclesial de la fe, en la preparación para la Confirmación, esta necesidad cobra una importancia singular... Una adecuada preparación a este sacramento exige disponer a los confirmandos para ser testigos de la fe de la Iglesia; esto exige, a su vez, transmitir a los confirmandos la fe íntegra de la Iglesia sin los silencios ni omisiones que, a veces, se encuentran en ciertos libros de preparación a este sacramento... No sería acertado, por lo demás, iniciar a los candidatos a este sacramento en la fe cristiana entendida como una simple 'experiencia' subjetiva, individualista o grupal. La confirmación crea una vinculación más estrecha con la Iglesia y, por consiguiente, orienta al confirmando a vivir la plena comunión con ella y hace que participe plenamente en su misión. Por ello, el fortalecimiento de la adhesión cordial a la Iglesia así como el sentido de comunión eclesial, el descubrimiento y educación del sentido misionero como propio de la vocación cristiana y el cultivo del compromiso evangelizador y apostólico deben quedar plenamente resaltados y cuidados en la pastoral de confirmación. La preparación catequética... habrá de iniciar, entre otras cosas, a la oración, como dimensión fundamental de la existencia cristiana... deberá transmitir la enseñanza moral de la Iglesia y despertar y fortalecer el sentido de la conciencia moral y de la necesidad de conversión; conversión que tiene su expresión culminante en el sacramento de la reconciliación y de la penitencia. La pastoral de Confirmación tiene como meta, muy en primer término, llevar al confirmando a participar plena y activamente en el banquete eucarístico, ya que, como considera la Tradición y la Liturgia, la Confirmación está específica y directamente ordenada a la Eucaristía. Inseparablemente, ha de disponer también a los confirmandos para el servicio de la Iglesia y del mundo con los dones que Dios le concede. En este sentido, esta pastoral habrá de poner al candidato en disposición de descubrir a qué vocación y servicio determinados Dios le llama para la edificación de la Iglesia, la evangelización y la impregnación del mundo con los valores evangélicos. Esta vocación concreta que cada uno recibe del Espíritu de santidad y amor supone, en todo caso, una llamada a la santidad y al servicio desinteresado y generoso al prójimo" (n. 5).

61. Estas indicaciones nos están poniendo de relieve que se trata de disposiciones personales, y que, por lo mismo hemos de esforzarnos en conseguir una buena preparación personal. Necesitamos subrayar esta perspectiva o dimensión personal de la preparación y recepción del sacramento: acentuar el aspecto personal del Sacramento y la necesidad de llegar a una decisión personal seria y sincera. Como se ha dicho, "en estos últimos años, es posible que hayamos acentuado demasiado la dinámica de los grupos y estemos dejando excesivamente de lado los aspectos y las vivencias personales de cada uno, que son esenciales. No podemos actuar como si el sacramento lo recibiera un 'grupo'. No es así. El Sacramento siempre lo reciben unas personas determinadas, cada uno a su manera y según sus propias disposiciones. A veces acentuamos superficialmente la dimensión comunitaria y no atendemos suficientemente a la dimensión personal que es básica, sin la cual no hay dimensión comunitaria real ni verdadera. La celebración no puede ser auténtica ni eficaz si los candidatos no se acercan con unas verdaderas disposiciones... Sin estas disposiciones comprobadas en cada persona no deberíamos presentar a nadie al sacramento de la Confirmación".

Se trata de disposiciones sencillas y elementales del cristiano; nada de complicaciones, ni de pretensiones utópicas o inalcanzables a los sencillos o "rudos en la fe", como los llamaba san Agustín a los catecúmenos; se trata de disposiciones básicas, como son : el conocimiento de los elementos esenciales de la fe y la vida cristiana, los puntos centrales de la fe y de la enseñanza de la Iglesia, el Credo con los acontecimientos más cenitales del designio y de la historia de la salvación, los Mandamientos, los elementos primordiales de la vida cristiana, los sacramentos, la oración y el modo de orar que Jesús nos enseñó y la que nos transmite y enseña la Iglesia (en el caso de adolescentes, jóvenes y adultos, también las enseñanzas de la Iglesia en las cuestiones de actualidad en las que la opinión pública dominante no está de acuerdo con esas enseñanzas); la disposición personal sincera, voluntad y apertura, para cumplir, con claridad y realismo, las obligaciones básicas de la vida cristiana en el culto y en la vida comunitaria - participación en la Eucaristía dominical y en la práctica sacramental, oración personal y litúrgica, inserción básica en las actividades propias y en las relaciones de la comunidad eclesial -, en la vida personal, familiar y social, con los fallos y debilidades propias de una persona, pero con la voluntad de volver a comenzar cuantas veces sea necesario.

62. Esta perspectiva personal exige que la pastoral preparatoria para la Confirmación, además de la catequesis y actividades más de tipo comunitario o grupal, incorpore también otras actividades que subrayen más este aspecto personal y tengan asimismo una influencia y una dimensión más personal. En este orden de cosas, podríamos aludir a la conveniencia de que - sobre todo cuando se trate de adolescentes, jóvenes o adultos- cada uno de los confirmandos, al pedir el Sacramento o iniciar el proceso que le llevará al Sacramento sea recibido por el propio párroco o el sacerdote encargado para ello, tenga un encuentro personal o el tiempo de conversación oportuno, para ver sus motivaciones y disposiciones, conocer donde está situado en relación con la fe, qué espera y anhela, etc., tener ocasión de exponerle de manera adecuada los objetivos del camino que va a emprender, a lo que se va a comprometer en este camino, y, también, para poder seguir posteriormente el itinerario por el que va avanzando y ayudarle en su realidad concreta e intransferible; en todo caso - sean los candidatos de las edades indicadas o incluso más tempranas -, el párroco por sí mismo, y ayudado en lo que corresponda por los catequistas u otros educadores o garantes, deberá tener un acompañamiento personal, en la forma que se vea más adecuada, para que esta preparación, las diferentes etapas de avance y crecimiento, la misma concesión de la Confirmación sea algo verdaderamente personalizado y lo correspondiente a cada persona: hay que saber cómo va cada uno de los candidatos, cuáles son sus actitudes, las dificultades reales que cada uno tiene para vivir cristianamente, poder aconsejarle personalmente qué es lo que tiene que hacer o en lo que tenga que cambiar, señalar a cada uno personalizadamente qué es lo que tiene que corregir o conseguir. Por esto, la dirección espiritual puede ser un valioso instrumento en esta preparación, máxime si se tiene en cuenta que a la preparación para la Confirmación está muy ligada la llamada y la respuesta vocacional. La catequesis, además de que por sí misma ha de incidir en la realidad personal de cada uno de los catequizandos, habrá de tener en cuenta este carácter personal, y, así, el catequista no se contentará con el encuentro semanal sino que procurará tener un contacto personal con cada uno de los miembros de su grupo de catequesis para la ayuda y acompañamiento correspondiente; el catequista deberá "invertir" tiempo con los confirmandos más allá de la catequesis, y convertirse para ellos como el guía, el garante y el acompañante en el itinerario de fe, de descubrimiento de la Iglesia y de su vida, de la experiencia cristiana gozosamente vivida y compartida. En toda esta perspectiva personal, los padres y padrinos están llamados a jugar un importante papel.

63. Para esta perspectiva personal que venimos subrayando, conviene recordar que la fe, aun teniendo una dimensión esencial y profundamente eclesial y comunitaria - creemos con la fe de la Iglesia -, tiene un carácter personal - nadie puede creer por mí, nadie puede responder a la llamada en mi lugar, nadie se convierte en lugar de otro, nadie puede suplantarme en el ejercicio de la vida cristiana y en el seguimiento de Jesucristo en la Iglesia como El nos pide a cada uno en su Evangelio-. Esto es muy importante en la pastoral preparatoria y comporta algunas exigencia concretas; en los confirmandos estas exigencias, que han de ser posibilitadas, cultivadas y verificadas, son: la conversión personal, el conocimiento y confesión de fe personal, la incorporación real y personal a la vida de la comunidad, la práctica personal de las actividades propias de los cristianos, la decisión personal de pedir el sacramento; para ello, que el candidato participe con normalidad en las actividades propias de su iniciación cristiana - catequesis, celebraciones, momentos de oración...-, en los encuentros y diálogos con los responsables de esta iniciación, en la vida ordinaria de la comunidad, principalmente la Eucaristía dominical, la Penitencia, la Semana Santa.

64. Por lo que se refiere a nuestra actividad pastoral, este carácter personal exige que introduzcamos o acentuemos aquellas prácticas pastorales que contribuyan a dar relieve personal al proceso de preparación para el sacramento y ayude a los candidatos a disponerse a recibirlo con autenticidad y seriedad. Así, independientemente de la edad en que se celebre la Confirmación, nuestra pastoral habrá de poner el énfasis en la necesidad de conversión y formación, de experiencia personal, es decir, en la necesidad de que los cristianos pasen por un periodo de formación suficientemente prolongado - conversión, iniciación, aprendizaje personal -, con sus propios ritmos y etapas, llamado catecumenado o a modo de catecumenado, como período indispensable de asimilación y asunción personal del Bautismo recibido; se trata de llegar a adquirir las disposiciones necesarias para poder recibir fructuosamente el Sacramento: la necesaria conversión personal -nunca insistiremos suficientemente en ella-, el convencimiento personal indispensable, el conocimiento elemental de la doctrina cristiana. Asimismo nuestra pastoral hará muy bien si introduce esa relación y trato personal - encuentros, diálogos y acompañamiento personal, antes aludidos -del sacerdote y catequistas con cada uno de los confirmandos. Es muy conveniente, además, que introduzcamos en nuestra pastoral una labor de discernimiento personal que responda a un itinerario catecumenal; lo cual reclama, no sólo una presencia y actuación personal de los sacerdotes, sino toda una actuación de tipo catecumenal donde se marquen metas y objetivos, tiempos de escrutinios y verificación: cada uno de los confirmandos debiera iniciar su propio camino y saber que recibirá el sacramento de la Confirmación cuando esté personalmente preparado, a juicio de los catequistas y párroco o sacerdote responsable. Este mismo carácter personal del Sacramento de la Confirmación y su preparación aconseja el que, con la guía del catequista - que también debería ejercer su función muy al modo semejante a la del padrinazgo en la Iglesia primitiva -, se incorporen también ejercicios prácticos de vida cristiana, que aprendan de manera práctica y no sólo teórica: que los confirmandos tengan ocasión de rezar con sus sacerdotes y catequistas, con otros jóvenes, con sus padres, con la comunidad, con religiosas o religiosos de vida contemplativa; que visiten a enfermos, que vayan a Hospitales, que atiendan a algunos ancianos o ayuden en residencias de mayores, que ayuden a incapacitados, que se incorporen a tareas de colaboración con Cáritas, que conozcan de cerca las situaciones de necesidad, de marginación, y actúen cristianamente en ellas, que trabajen de alguna manera por los demás, que entreguen parte de su tiempo a enseñar a otros, etc. Para todo esto, sobre todo tratándose de adolescentes, jóvenes o adultos - también de niños, aunque para éstos su ámbito nutricio y personalizado es la familia-, será muy conveniente la incorporación de los confirmandos  a movimientos y asociaciones apostólicas o de vida cristiana. También constituyen una gran ayuda para ayudar a que el candidato aprenda a vivir cristianamente que se cultiven momentos especialmente intensos de encuentros con el Señor, de experiencia eclesial y espiritual como pueden ser retiros, convivencias, ejercicios espirituales, cursillos de cristiandad, llamados particularmente a ahondar en la conversión y en la unión con el Señor. Esta manera de concebir las cosas en nuestra pastoral contribuirá, en definitiva, a que se hagan las cosas de manera que cada uno disponga y se decida personalmente y a que rompamos con esa manera de proceder en la pastoral de confirmación en la que confirmamos por edades o por grupos, en lugar de atender a la realidad personal de los confirmandos.

 

2.2.2. Criterios para distintas edades

 

65. En la preparación al Sacramento de la Confirmación en la adolescencia hay que diferenciar dos situaciones que requieren actuaciones diversas :

a) los que piden la Confirmación, siguiendo desde pequeños el itinerario de iniciación cristiana y el proceso catequético correspondiente sin rupturas ni abandonos de este itinerario, y dentro de la vida parroquial, el movimiento o asociación, en la escuela católica, y en la familia cristiana, viven un ambiente cálidamente cristiano y llevan una existencia cristiana de participación en lo que constituye la vida de la Iglesia. Para ellos se establecerá un programa intensivo, de seis meses a un año, de catequesis presacramental centrada en el misterio de Dios, en el Espíritu Santo, en el misterio de la Iglesia, en la vocación y en el sacramento de la Confirmación; esta catequesis será, en su estructura y contenidos, continuación de la catequesis recibida con anterioridad;

b) los que, habiendo abandonado el proceso de iniciación cristiana, o no habiéndolo abandonado pero viviendo más o menos alejados de la práctica religiosa y de la participación en la vida de la Iglesia o viven una vida cristiana con cierta languidez y superficialidad, piden recibir o prepararse para la Confirmación. Este suele ser el caso más generalizado, hoy por hoy entre nosotros. Para estos se establecerá la correspondiente preparación que se prolongará al menos durante dos años. Esta catequesis, orgánica y sistemática, bastante elemental por lo demás, presentará la síntesis de la fe cristiana y las grandes etapas de la Historia de la Salvación centrada en Jesucristo (Credo), los sacramentos -con particular desarrollo del sacramento de la Confirmación, así como del Bautismo y Eucaristía, a los que está referido esencialmente, y de la Penitencia-, la vida moral y la oración (Padre Nuestro). Esta presentación se hará de manera adecuada a su edad y teniendo en cuenta la realidad que viven estos adolescentes y de la realidad que vienen; ofrecerá un sentido último a sus vidas y razones para creer y seguir a Jesucristo. Desde el punto de vista doctrinal, esta catequesis consistirá en la profundización sintética del mensaje y acontecimiento cristiano, de manera que no se limite a repetir lo que se haya visto en otros momentos; se procurará que los catequizandos conozcan mejor el misterio de Dios que, revelado en Cristo con la luz y fuerza del Espíritu Santo, ilumina el sentido de la vida del hombre; se explicará con claridad la doctrina sobre la Iglesia y los sacramentos y, en general, se explicarán, con la sencillez y amplitud debidas, los aspectos más salientes de la fe cristiana sin olvidar la enseñanza relativa al destino final del hombre y a la vida eterna; tendrá un carácter "apologético", en el sentido de que perciban las razones que hay para creer ante las dificultades, críticas y problemas que se plantean por el hombre de hoy o en el ambiente ante aspectos de la fe cristiana y de la enseñanza de la Iglesia; este mismo sentido apologético exige una catequesis que motive a los adolescentes, bien porque se recogen esos aspectos "problemáticos" aludidos, bien porque se les muestra cómo los diferentes aspectos o realidades de la fe cristiana tienen que ver con su propia realidad y experiencia personal -anhelos, búsquedas, esperanzas, necesidades, intereses, sufrimientos, gozos, interrogantes...-. La presentación de la moral cristiana deberá insistir en los grandes núcleos de la moral fundamental -verdad, libertad, conciencia, norma, pecado, etc.-, en los mandamientos de la ley Dios y de la Iglesia, en la vida evangélica conforme a las Bienaventuranzas, en las cuestiones de actualidad en las que la opinión pública o "ambiental" se muestra en desacuerdo con las enseñanzas de la Iglesia y no dejará de transmitir las principales enseñanzas sociales de la Iglesia. No faltará el dar a conocer los diferentes carismas en la vida de la Iglesia y se ayudará a descubrir las diferentes vocaciones y a responder personalmente a la llamada vocacional que el Señor dirija a cada uno.

La preparación de estos adolescentes familiarizará lo más posible con la Palabra de Dios y cuidará la iniciación a la lectura de la Sagrada Escritura, como una especie de lectio divina, e iniciará a la oración con algunos de los salmos. Esta preparación incluirá, con frecuencia, momentos de oración en común y ha de conducir a la los confirmandos a la práctica habitual de la oración personal. Es importante cuidar que los catequizandos, durante este período se habitúen a participar en la Eucaristía todos los domingos y "días de precepto", para lo que será necesaria una catequesis adecuada y pormenorizada de la Eucaristía, de manera que les lleve a descubrir la centralidad que la Eucaristía en la vida de la Iglesia y de los cristianos. Es también muy importante que acudan, con la periodicidad debida, al sacramento de la Penitencia.

Como se ha indicado en los criterios comunes de preparación a la Confirmación, en este tiempo se han de proponer a los adolescentes objetivos que les permitan el contacto inmediato con tareas caritativas y sociales que estén a su alcance: formar parte de algún voluntariado de caridad, de algún grupo misional, etc. Estos grupos de preparación a la Confirmación incorporarán en su programa actividades de llamada a la conversión personal y de educación en la fe: convivencias, ejercicios, retiros, cursillos de cristiandad, momentos de oración comunitaria... de manera que a lo largo de ese tiempo puedan llegar a constituirse en grupos estables que faciliten la continuidad de los confirmandos. También habrán de fomentarse los encuentros de los candidatos con sacerdotes, religiosos y religiosas, seminaristas y novicias, cristianos adultos para que éstos les den a conocer sus formas de vida y sus vocaciones dentro de la Iglesia y, además, los proyectos, preocupaciones y necesidades de la comunidad cristiana a la que pertenecen.

Los contenidos a educar en este tiempo deben ser tomados del catecismo "Esta es nuestra fe" de la Conferencia Episcopal; este Catecismo se seguirá en todas las parroquias, grupos, y lugares en los que se prepare a la Confirmación. En todo caso, los materiales catequéticos que se utilicen deberán contar con la aprobación expresa del Obispo, como responsable en la Diócesis de la iniciación cristiana.

66. Cuando la Confirmación tenga lugar en el tiempo de la infancia, antes de la Primera Comunión se seguirá el Proyecto De Iniciación cristiana que la Diócesis establezca para esta edad. La preparación y celebración de este Sacramento está dentro de los objetivos y contenidos señalados para el periodo de iniciación sacramental y a la vida de la Iglesia. El Catecismo "Jesús es el Señor" de la Conferencia Episcopal, con todos los contenidos de esta etapa, recoge aquellos elementos necesarios para que un niño pueda recibir conscientemente el sacramento de la Confirmación, a saber: su dignidad de bautizado, la presentación del Espíritu santo santificador, la Iglesia como familia de los hijos de Dios y su misión en el mundo, los sacramentos en general; es necesario añadir a esta propuesta de contenidos, otros referidos específicamente a la Confirmación, que deben tomarse del Catecismo "Esta es nuestra fe"; la secuencia catequética de estos contenidos debe situarse en relación a los referidos al Espíritu Santo y a los sacramentos de iniciación cristiana.

67. Cuando la Confirmación se reciba en la edad adulta, la Delegación Diocesana de Catequesis ha preparado un material que constituye un instrumento válido y útil para la correspondiente preparación; cuando se reciba en la edad de la juventud habrá que elaborar el correspondiente instrumento. En ambos casos, y hasta tanto no se publiquen otros catecismos por parte de la Conferencia Episcopal, además del Catecismo de la Iglesia, se cuenta con el Catecismo "Esta es nuestra fe"

 

2.3. Padres y padrinos

 

68. Sea en la infancia o en la adolescencia cuando se celebre la Confirmación, es muy conveniente mantener contacto con los padres de los confirmandos para que permanezcan más cercanos a sus hijos. Se organizarán algunas reuniones o conversaciones con los padres, en las que, en un tono evangelizador, se les ayude a actualizar y renovar su fe y a responsabilizarse e implicarse en el proceso catequético que están siguiendo sus hijos.

Los confirmandos tendrán sus padrinos respectivos. Habrá que procurar que éstos lo sean de verdad y no sólo de nombre, para que puedan cumplir con su misión de procurar que su apadrinado "se comporte como verdadero testigo de Cristo y cumpla fielmente las obligaciones inherentes al Sacramento" (CIC 892). Para ello habrá que instruirlos acerca de la misión y de los compromisos que contraen al aceptar esta encomienda. Es conveniente que se escoja como padrino a quien asumió esta misión en el Bautismo; así "se manifiesta más claramente la unión entre el bautismo y la Confirmación y se hace más eficaz el ministerio y la misión del padrino" (CIC 893/2). En no pocos casos será aconsejable que el padrino sea quienes les han ayudado en su preparación como catequistas. Los padres de los confirmandos no pueden actuar como padrinos de sus hijos, si bien pueden, y es oportuno que lo hagan, presentarlos junto con el padrino al ministro de la Confirmación en la celebración de la misma. En cualquier caso, como en el bautismo, el padrino de la Confirmación debe ser una persona que por su vida y comportamiento pueda ayudar al confirmando a crecer y madurar como cristiano; por ello, no debería esperarse hasta el final para escoger al padrino; se debería hacer la elección al comienzo para que acompañase al candidato en su camino de preparación, juntamente con el catequista, caso de que éste no vaya a ser su padrino.

 

2.4. La celebración de la Confirmación: Liturgia y lugar

 

69. La celebración litúrgica de la Confirmación debe ser especialmente cuidada, sobria y ágil, hondamente religiosa y orientada hacia la intimidad de la oración y el fervor personal de la participación espiritual, conforme al Ritual y al desarrollo de las posibilidades que en él se contienen. Si las normas litúrgicas no exigen otra cosa, se utilizará el formulario de la Misa de Confirmación, con Prefacio propio y el texto especial de intercesión en el Canon. La celebración, en la que se debe evitar toda teatralidad y espectacularidad exterior o hacer cosas sin necesidad, ha de constituir un signo festivo y solemne en la comunidad eclesial donde acontezca. Para ello debe estar bien preparada, habiendo ensayado incluso previamente con cuantos van a intervenir en ella. Conviene escoger bien los cantos, con letras y músicas de calidad, adecuados a la naturaleza del momento; hay que evitar, en todo caso, que un grupo de cantores impida la participación de los asistentes; no se debería cantar en el momento de la crismación, que es el central del Sacramento: en él la comunidad y los confirmandos deben mantener silencio de oración, de súplica, de alabanza y acción de gracias por el don del Espíritu, y dejar oír al ministro que unge a cada uno de los candidatos; que nunca el salmo interleccional sea sustituido por un canto no sálmico e inadecuado, que el "Señor ten piedad", el "Santo", el "Cordero de Dios" o el "Padre Nuestro" no sean sustituídos por un canto con una letra diferente a la que señala el Misal, que después de la oración que hace el que preside al "Padre Nuestro" no se introduzca ningún otro canto diferente a la oración que el mismo Señor nos enseñó, que no se dé tanto relieve al canto de la paz y que en cualquier caso éste no interrumpa el ritmo de la celebración que impide contemplar la "fracción del pan" y que no tenga una letra o una música tan cursi como sucede en buena parte de los casos. Se debe evitar todo aquello que interrumpe el ritmo de la celebración o rompe el clima de oración y recogimiento; téngase esto en cuenta en el momento de la paz. Quien lea o proclame las lecturas de la Palabra de Dios que lo haga bien: lo importante no es participar o intervenir, sino la Palabra; que ésta se escuche bien, que se entienda bien, que se pueda acoger como venida de Dios. Lo mismo hay que decir de las preces en la oración de los fieles; que no se atropellen las peticiones, que se hagan con verdadero sentido, que sean verdaderas intercesiones. A veces parece que lo importante es que salgan muchos al ambón o al altar, que intervengan muchos; no es eso lo principal: lo principal es el don de Dios, la acción de Dios, el acontecimiento de gracia y de salvación que allí está sucediendo. En ocasiones da la impresión de que hay que inventar cosas para que todos puedan salir a hacer algo, sobre todo cuantos se van a confirmar. No es necesario que sean los confirmandos quienes "actúen", incluso en muchos casos no es lo más aconsejable: los nervios del momento o el verse ante la gente les traicionan, y muchas veces leen deprisa, sin fuerza, o están pensando en lo que tienen que hacer y no en el sacramento y en el don del Espíritu que van a recibir... La participación de los confirmandos consiste en seguir con atención la celebración y recibir religiosa e intensamente el Sacramento; que nada les distraiga de esta finalidad principal ni del acontecimiento de salvación que se está celebrando, sino que todo les ayude a centrarse en ello. La presentación de los confirmandos tiene que hacerla normalmente el párroco, que es el verdadero responsable de la catequización de sus miembros. La renovación de las promesas, para la que se recogerá normalmente la primera fórmula del Ritual que es la verdaderamente bautismal, tendrá su verdadero realce: que los confirmandos se acerquen a las gradas del altar llevando un cirio encendido del Cirio Pascual en sus manos; allí mismo pueden seguir durante la invocación del Espíritu Santo y la imposición general de manos; que en las promesas respondan con firmeza, convicción y decisión. La unción y la imposición personal de las manos tiene que ser el signo más realzado en toda la celebración del sacramento; cuídese que haya abundancia de crisma, para que se haga bien la unción; que los padrinos presenten a los confirmandos con claridad, con soltura, con responsabilidad; que los confirmandos respondan con firmeza. Hay que evitar buscar ofrendas rebuscadas o artificiosas; que éstas sean expresión de la participación de toda la comunidad en la celebración; que sean verdaderas ofrendas, algo que los muchachos y la comunidad ofrezcan y que sean para la celebración o para la comunidad, para sus miembros pobres: bastaría el pan y el vino, las flores y la colecta; que en ningún caso se ofrezca la Sagrada Biblia; que tampoco se ofrezcan objetos "simbólicos" rebuscados que después se vuelven a recoger -por ejemplo una guitarra, un balón, etc -; que normalmente las ofrendas se acompañen del canto procesional de ofrendas y no de moniciones. Los confirmandos recibirán la comunión bajo las dos especies; cuídese el momento de la comunión: que los confirmados no se acerquen distraídos, que se recojan en acción de gracias una vez recibido el Cuerpo y la Sangre del Señor, que recen personalmente con cierta intensidad después de la comunión. Después de la Comunión puede haber alguna intervención de los padres, de algún catequista, o de los mismos confirmados dando gracias al Señor y expresando sus compromisos. Antes de la bendición, la parroquia o el colegio pueden ofrecer algún pequeño recuerdo: una cruz, el Nuevo Testamento o algo semejante.

70. Siempre que sea posible, sobre todo en las parroquias menos populosas, la celebración de este Sacramento se hará coincidir con la Visita Pastoral del Obispo. Por norma general, el lugar más propio para la Confirmación es la parroquia, en cuanto que ésta reúne plenamente y de modo estable la condición de comunidad cristiana de referencia. Sin embargo, no podemos ignorar que para muchos de los que se confirman "su vida cristiana, sobre todo en las grandes ciudades, se desarrolla en el ámbito de los colegios, al margen de las propias parroquias. Esa es su comunidad inmediata. De ahí que pueda ser conveniente la preparación y celebración de la Confirmación en dichos Colegios". Cuando se celebre en otras Iglesias abiertas al culto o la capilla de los mencionados Colegios, tanto la preparación como la celebración se hará en conexión con la parroquia de los confirmandos y la parroquia donde esté ubicado dicho templo o Colegio; estos lugares harán dicha preparación estableciendo en ellos un catecumenado estructurado en su duración y otros aspectos según los criterios y orientaciones que hemos expuesto anteriormente dirigidos a toda la Diócesis.

71. Conviene recordar que "en todas las parroquias se debe llevar el Libro de Confirmaciones, en el que se inscriben los nombres de los fieles que reciben este Sacramento en la Iglesia parroquial, o en otras iglesias o capillas situadas en la demarcación de la parroquia. El responsable de estas instituciones debe comunicar al Párroco la lista de los confirmados con todos los datos necesarios para que el Párroco los inscriba en el Libro de Confirmaciones de la parroquia y comunique el hecho de su Confirmación a la parroquia del interesado, a fin de que pueda poner la nota adicional al margen de su inscripción bautismal", haciendo la notificación a través de la Curia Diocesana, si el confirmado fué bautizado en otra Diócesis (Cfr CIC 895).

 

3. Primera Comunión

 

72. La Eucaristía es el compendio y la suma de nuestra fe. Constituye el centro de toda la vida cristiana para la Iglesia, universal y local, y para todos los fieles individualmente. La iniciación cristiana tiene en ella su fuente y su cima. La primera comunión constituye un momento muy importante en la iniciación cristiana del niño; se comprende por ello que sea un acontecimiento de notable relieve religioso, tanto personal como familiar y eclesial. Para participar en la mesa de la Eucaristía, es imprescindible que los niños se hayan incorporado previamente a un proceso formativo, iniciático, cristiano. "La riqueza que lleva consigo la primera participación eucarística puede, sin embargo, frustrarse en gran medida, si es considerada como acto independiente de todo el proceso de iniciación cristiana. Vaya o no precedida de la Confirmación, es evidente que no significa en modo alguno el final crecimiento y maduración progresiva en la fe"(LIC 105). La preparación de los niños al Sacramento de la Eucaristía constituye una fase, ordinariamente de dos o tres años de duración, integrada en el itinerario de iniciación cristiana, que seguirá a la fase del despertar religioso, se apoyará en él, y se prolongará, a través de la etapa de la infancia adulta, hasta la fase de la iniciación cristiana en la adolescencia. Supuesta la necesidad de esta preparación, que ha de ser esmerada, la Primera Comunión se dará, de ordinario, alrededor de los 9 ó 10 años.

 

3.1. Preparación de los niños que participan en la Primera Comunión

 

73. A la hora de proyectar y llevar a cabo esta preparación de los niños que se acercan por primera vez a la Mesa de la Eucaristía hemos de pensar en tres momentos a tener en cuenta en el proceso de iniciación cristiana de la infancia: a) el momento del despertar religioso; b) el de la iniciación sacramental; y c) el de la infancia adulta. Los tres están relacionados entre sí y entre los tres deben darse unos lazos que los vinculan: la iniciación cristiana sacramental reclama el despertar religioso y se abre a la síntesis y confesión de fe propias de la infancia adulta.

 

3.1.1. Catequesis del despertar religioso

74. "Aunque el don del Bautismo es pleno por parte de Dios, sin embargo, por parte del hombre requiere respuesta y conversión. Esto: fe personal, cuando el hombre es capaz de ello. Lo que en los adultos es requisito previo al Bautismo, en los niños es exigencia posterior, de tal manera que si esta exigencia no se cumple, el Bautismo queda, de alguna manera infructuoso" (RB 87). Esto ha de ser propiciado desde los comienzos, a partir de la más corta edad; el ámbito natural y el lugar idóneo e imprescindible es la familia. Se trata de un momento principalísimo, que debe ser destacado. Es necesario que, en nuestra acción pastoral, nos volquemos sobre él. Es el momento en que los niños pequeños habrán de "recibir de sus padres y del ambiente familiar los primeros rudimentos de la catequesis, que acaso no serán sino una sencilla revelación del Padre celestial, bueno y providente, al cual aprende a dirigir su corazón. Las brevísimas oraciones que el niño aprenderá a balbucir serán el principio de un diálogo cariñoso con ese Dios oculto, cuya Palabra comenzará a escuchar después" (CT 36).

75. Creo que la gran mayoría de los cristianos adultos tenemos la experiencia de haber aprendido a decir "papa" y "mama", al mismo tiempo que aprendíamos a decir "Padre Nuestro", "Santa María"; para nosotros Dios ha sido real, desde el principio de nuestra vida, en los primeros balbuceos de nuestra lengua; tan real como nuestros padres y nuestro entorno; tan real y tan importante como era para ellos; ayudados por nuestros padres, y apoyados a veces por nuestros abuelos, nos hemos relacionado vital y personalmente, desde el comienzo, con El como Alguien cercano aunque oculto, bueno e inmenso, inabarcable y sagrado, como el más importante; nuestra fe ha dependido, en gran medida de aquellos años: creemos porque creían nuestros padres y nos enseñaron a relacionarnos con Dios, a creer en El, a conocerle de una manera viva aunque sin muchas cosas acerca de El, quererle y a invocarle con confianza de hijos, a verlo en relación con nuestra vida y nuestras experiencias. Esto es necesario que también se dé hoy. Por eso "ante los padres cristianos nunca insistiremos demasiado en esta iniciación temprana, mediante la cual son integradas las facultades del niño en una relación vital con Dios : obra capital que exige gran amor y profundo respeto al niño, el cual tiene derecho a una presentación sencilla y verdadera de la fe cristiana" (CT 36). Soy consciente de las dificultades que hoy se dan en las familias para que esto sea así; pero hay que confiar en las familias cristianas, hay que ayudarlas y alentarlas, ofrecerles medios. Pero también hay que ser realistas, y no cerrar los ojos ante la secularización tan grande de los matrimonios de los últimos lustros. Por eso es tan sumamente necesario una pastoral familiar, un acompañamiento de los nuevos matrimonios, un estimular a los padres con ocasión del Bautismo de sus hijos y tantas y tantas otras cosas. Hay también una realidad que es muy fundamental: la de los abuelos, sobre todo las abuelas; hay que contar con ellos, con ellas, y animarles en esta misión tan suya. ¡Cuantísimo les debemos y cuantísimo pueden hacer o seguir haciendo!

76. Durante los tres primeros años, en orden a este despertar religioso dentro del ámbito familiar, se cultivará lo que constituye la actitud inicial cristiana del niño -que a su vez es la básica de todo el edificio de la fe- y se procurará inculcar la primera certeza de su infancia, muy afectiva pero real -que también es básica en la vida cristiana-: "Dios es mi Padre y me ama". Para ello será necesario que se cree y viva un ambiente religioso, sencillo, en la familia; que el niño se vea aceptado y envuelto en el amor y confianza de los padres; que se eduque su capacidad de admiración y de una cierta interiorización por la que se pueda familiarizar con Dios y tener una relación afectiva con El. No se puede olvidar que la inicial actitud religiosa del niño se creará y alimentará de la vida cristiana que sus padres manifiesten; por eso, los padres cristianos, deberán cuidar de que su misma vida familiar sea el primer evangelio vivido por el hijo y el primer rostro visible de Dios, Padre bueno y misericordioso. Que los hijos vean que los padres rezan, que leen la palabra de Dios, que hay signos religiosos en la casa.  Los padres sobre todo, pero también otros miembros familiares como pueden ser los mismos abuelos, aprovecharán tanto las ocasiones que el mismo hijo les presente, como aquellas otras de la vida familiar o del entorno para hablarles de Dios y del mundo religioso y presentárselo de la manera más natural y apropiada a su edad, con la conciencia e intención de que estar creando continuamente las condiciones necesarias para que su hijo se familiarice con Dios y con el mundo religioso. Se trata de que se transmita la fe y se eduque en la fe, al mismo tiempo que se transmite la vida; que se susciten las experiencias cristianas básicas, al mismo tiempo que se susciten las experiencias de vida; que se ponga nombre a Dios y a las "cosas" de Dios al mismo tiempo que se pone nombre al resto de las cosas; que se aprenda a hablar la lengua de la fe, de la relación Dios, que la lengua materna, puesto que son inseparables. La comunidad cristiana apoyará esta misión educativa de los padres ofreciendo periódicamente encuentros, jornadas, u otros medios de formación como educadores de la fe.

Los tres años siguientes, de profundización y consolidación, coincidiendo normalmente ya con la escolarización de la edad infantil hasta los seis años, la familia sigue siendo el ámbito más propio para esta catequesis del despertar religioso o del sentido de Dios en los niños. Conviene recomendar, además, la necesidad de que el niño participe con los padres en la vida litúrgica de la comunidad. Un instrumento obligado en estos años es el Catecismo de la comunidad cristiana "Padre Nuestro" que quiere ayudar a los padres y catequistas en esa misión de transmitir en la fe en el ámbito de la familia y de la comunidad en estos años tempranos de la vida. En la Introducción pastoral y Guía pedagógica que acompañan a este Catecismo se encontrarán indicaciones precisas y muy valiosas sobre cómo llevar a cabo este despertar religioso en esta edad; a ellas me remito.

77. Con todo, siendo realistas, la gran mayoría de niños no reciben una educación en la fe del despertar religioso en su familia. La comunidad cristiana siempre ha de ser madre para todos, tengan o no ambiente cristiano en su familia. Por ello, aunque sea por razón de subsidiaridad, ha de dedicar uno o dos años, a la educación del despertar religioso. Esta catequesis es imprescindible y necesarísima: si no se hace en la familia, ha de hacerla la parroquia. Incluso, aunque se haga en la familia, es muy recomendable que también, en la parroquia, haya, al menos durante un año, actividades que consoliden esta catequesis del despertar religioso, incorporando siempre a los padres, que normalmente serán las madres. Por otra parte, la enseñanza religiosa escolar en la educación infantil y los programas pastorales de los colegios católicos, están al servicio de este despertar religioso. En consecuencia, en la educación del despertar religioso, a partir de los 3 años, familia, parroquia y escuela han de colaborar estrechamente. Habrá que pensar y crear los medios para que esta colaboración sea real y efectiva. Insisto en que si, por las circunstancias, no se da esta colaboración, siempre y de manera ineludible, la comunidad cristiana proporcionará los medios y los cauces adecuados para que nunca falta esta catequesis del despertar religioso de sus hijos más pequeños, de la que dependerá la iniciación cristiana posterior. Sin el despertar religioso, sin el sentido de Dios en los niños es imposible que se pueda llevar a cabo una catequesis de iniciación cristiana.

 

3.1.2. Periodo de iniciación sacramental

 

78. Esta etapa catequética ha de tener un carácter catecumenal; por eso ha de ser básica e integral, para entender, celebrar y vivir el Evangelio y participar activamente en la comunidad eclesial. Tiene como meta el conocimiento vivo de Jesucristo presente en la Eucaristía que celebra la Iglesia y el desarrollo de la vida de hijos de Dios recibida ya en el Bautismo. Por lo que se refiere a los contenidos doctrinales que se han de proponer en esta etapa catequética, son los recogidos en el Catecismo de la Conferencia Episcopal "Jesús es el Señor", segundo catecismo de la comunidad cristiana, preceptivo para nuestra Diócesis de Toledo, interpretado a la luz de su correspondiente Guía Catequética y Pastoral, a la que me remito en este escrito; este Catecismo no debe ser sustituido por ningún otro; cuando se utilice como material de apoyo o como subsidio otro instrumento debe estar aprobado por el Obispo.

79. Los  contenidos de este Catecismo están armonizados con los que, propuestos por la Comisión Episcopal de Enseñanza, se desarrollan en la enseñanza religiosa escolar en los niveles educativos correspondientes; así, se debe trabajar muy al unísono, armónica y coordinadamente, entre catequesis y enseñanza religiosa escolar; sería muy bueno que los profesores de Religión conocieran lo que se está haciendo en la catequesis, y que los responsables de catequesis conozcan lo que se hace en la "clase de Religión" para armonizar contenidos, objetivos, actividades; también sería muy bueno que tanto unos como otros tengan en cuenta los restantes contenidos de las enseñanzas de la escuela en los niveles respectivos a fin de poder interpretárselos cristianamente a los niños y ayudarles a comprenderlos del mismo modo; tanto la catequesis como la misma enseñanza religiosa escolar se esforzarán en hacerles descubrir a los niños que el ambiente escolar y los otros ambientes en que ellos viven son un medio muy importante para el ejercicio y vivencia de la fe, para dar testimonio, a su medida y manera, en esos lugares; los educadores cristianos harán con ellos una especie de "lecciones de cosas" y un "poner nombres a las cosas" desde la fe : así descubrirán, desde los comienzos de su andadura cristiana, la unidad que hay entre vida y fe. Todo ello, evidentemente, tendrá una fuerza y una claridad todavía mayor cuando los niños asistan a la escuela católica; como he señalado en otro momento de este escrito, la escuela católica entra también dentro de la iniciación cristiana: las escuelas católicas existentes en nuestra Diócesis son lugares de catequesis de iniciación; éstas deberán procurar vínculos de relación pastoral con las parroquias y de conocimiento de las mismas, y al revés; el Obispo, responsable directo de la catequesis en toda la Diócesis, deberá conocer y aprobar la catequesis de iniciación que se realice en las escuelas católicas o que apoyen su enseñanza en la fe de la Iglesia.

80. Esta etapa catequética no se ha de limitar solamente a proporcionar a los niños el conocimiento de las verdades fundamentales de nuestra fe, sino que ha de procurar que éstos adquieran los comportamientos básicos de la vida cristiana, que sea un tiempo de "adiestramiento" en los mismos comportamientos, que vaya adquiriendo el "hábito" de las principales costumbres cristianas que son las de Jesucristo; que los niños "vean y experimenten" lo que es la comunidad cristiana, su "vida diaria y común", sus costumbres, de manera que, según sus posibilidades, puedan familiarizarse con ella y participar en ella de manera consciente y activa ; aquí también es muy conveniente que los educadores cristianos - catequistas, padres, sacerdotes, profesores de religión - hagan como una especie de "lecciones de cosas de la comunidad eclesial" o como "guías" que les enseñan o muestran gozosos lo que es el pueblo cristiano -su pueblo- y les hacen ver de manera embrionaria y a su medida lo que configura a ese pueblo: sus certezas, sus signos y símbolos, sus costumbres, acontecimientos y realidades centrales de su vida.

81. Que los niños, en este tiempo catequético, aprendan a hablar el lenguaje básico que permite a los cristianos hablar un "lenguaje común", ese lenguaje que es el de su pueblo: el pueblo cristiano al que ellos también pertenecen; que "pongan nombre a las 'cosas' de la fe y a las realidades cotidianas desde la fe. Que también, dentro de este "aprender a hablar", sean iniciados en la oración y encuentren el "gusto" de hablar con Dios y tener "trato de amistad con Jesús que les quiere". Que vivan y maduren en las solemnidades y tiempos más señalados de la comunidad cristiana  -muy importante la vivencia del domingo-, de manera que, poco a poco, vayan penetrando en los misterios de la fe cristiana no sólo doctrinalmente sino a través de la experiencia de su celebración litúrgica. Los niños, desde su entrada en esta catequesis de iniciación, deben participar en celebraciones con la comunidad cristiana o en celebraciones paralitúrgicas; han de ser iniciados a la celebración a través de una iniciación en el lenguaje de los símbolos y de una catequesis litúrgica, como se indicó más arriba a propósito de la liturgia y la iniciación cristiana (cfr. n.   ): mediante esta catequesis litúrgica, los niños podrán ir asimilando progresivamente el significado de la reunión o asamblea fraterna, de los saludos, de los gestos, de la oración de agradecimiento, adoración y perdón, de la Palabra, del silencio sagrado, del convite eucarístico, etc.; hay que evitar que esta catequesis tenga un carácter excesivamente didáctico con deterioro de los aspectos celebrativos; por eso la preparación para participar activamente en la Eucaristía y para descubrir todo su significado y el lugar central que ocupa en la vida de la Iglesia es necesario que tenga como base la participación en la Eucaristía y, con la guía espléndida del Directorio de la Misa con Niños, llevar a cabo una presentación paulatina de esos gestos, símbolos y realidades señalados, así como del Ordinario de la Misa, enseñando a los catequizandos el significado de la Liturgia de la palabra y la Eucarística, así como la estrecha relación entre ambas; la doctrina de la Iglesia sobre la presencia real de Cristo y la conversión eucarística se ofrecerá a los catequizandos al explicarles los distintos elementos de la Plegaria Eucarística consecratoria. El que los niños vivan el domingo, así como las fiestas o momentos del Año Litúrgico, y se les explicite lo que está viviendo la comunidad cristiana y se les ayude a vivir a ello constituye, sin duda, uno de los elementos más valiosos para la educación en la fe en estas edades y la penetración vivencial y experiencia en los misterios de la fe y en la vida cristiana.

82. Para esta educación o iniciación cristiana en este período es fundamental la familia. La primera comunión de sus hijos es también un momento importante en la vida de los padres. Es buena ocasión para sensibilizarlos a su misión educadora de la fe, a fin de que colaboren en la educación cristiana de sus hijos. Esta misión hay que hacerla posible mediante una efectiva y real interacción educativa entre comunidad cristiana y padres, comunidad familiar. La comunidad cristiana ha de ofrecer medios formativos a los padres, adecuados a su real interés por formarse en la fe y necesidades de esa misma formación, así como celebraciones conjuntas padres-hijos y comunidad cristiana, es el momento de insistir a los padres en que sus hijos les acompañen a las celebraciones dominicales o que ellos "acompañen" a sus hijos -algunos necesitan como este pequeño "empujón" para volver a participar en la Eucaristía dominical-. Con todo, conviene que las comunidades cristianas se vayan planteando algunos objetivos o metas mayores, como que se lleven a cabo "catequesis familiares", que realmente antecedan, acompañen y enriquezcan la catequesis de la comunidad cristiana; esta "catequesis familiar" ha de ofrecer a los padres los contenidos de la fe que ellos necesitan como adultos y no sólo recursos para volver a explicar la catequesis en la familia: la catequesis familiar no debe consistir tanto en la habilitación pedagógica de los padres cuanto en la formación cristiana que ellos mismos requieren como adultos cristianos; sólo desde ahí es posible procurar y ofrecer una catequesis familiar; los padres educan la fe de sus hijos porque en familia y en cuanto familia viven, expresan, celebran y transmiten la fe. Nuestra Diócesis debe empeñarse en este propósito y empezar ya, como en algunas parroquias se está haciendo, con esta catequesis familiar, que será normalmente, primero y en buena parte de los casos, con las madres: en un tiempo como el que vivimos esta catequesis llevada a cabo por las madres es un camino abierto de futuro que no podemos ni debemos ignorar.

 

3.1.3. La infancia adulta

 

83. "En modo alguno la primera participación eucarística clausura la catequesis, sino que debe ser contemplada como una verdadera iniciación sacramental en el Misterio eucarístico para quienes, hechos ya hijos de Dios por el Bautismo, pueden comenzar a percibir ya las realidades de la salvación, según su capacidad y bajo la acción del Espíritu Santo" (LIC 102). La catequesis de iniciación sacramental del niño no sólo lo ha capacitado para participar en la Eucaristía, sino que ha hecho de él un cristiano que, injertado en Cristo para el Bautismo, renacido por el agua y el Espíritu Santo y en comunión vital con Cristo le abre a la Iglesia y a los demás, está llamado a vivir en Cristo y a proseguir su crecimiento cristiano. En su solicitud maternal, la Iglesia, las comunidades cristianas, tras la esmerada preparación previa a la Primera Comunión, en conformidad con las características propias de su edad - la infancia adulta-, ofrecerán a los niños un tiempo de catequesis que les introduzca en una primera síntesis de fe. Junto a la catequesis, cuyas características se señalan a continuación, la participación del niño en la Eucaristía dominical es parte sustantiva de su proceso de iniciación cristiana: "en la Eucaristía es el mismo Jesucristo resucitado quien le incorpora a su vida y misión, introduciéndolo como piedra viva en la construcción de la Iglesia" (LIC 105). Sin menoscabo del papel, siempre clave, de la familia y de la comunidad parroquial, así como de la enseñanza religiosa escolar y de la escuela, los movimientos, grupos y asociaciones educativas cristianas de infancia obran una importancia singular en la iniciación cristiana de los niños en esta etapa: cuanto se dijo sobre ellos anteriormente tienen en esta edad una significación especial; por eso, en nuestra Diócesis, habremos de intensificar la promoción y desarrollo de estos grupos de experiencia y educación cristiana.

84. En unidad de familia, parroquia, escuela y movimientos, la iniciación o educación cristiana que reciban estos niños ha de llevarles a la adquisición de una personalidad cristiana más adulta proporcionándoles los contenidos de fe, las actitudes y vida de fe que caracterizan esta etapa: conducir al niño a la primera sistematización de los contenidos de fe, a la primera estructuración lógica de las principales verdades de la fe, a la primera estructuración completa de su personalidad cristiana. Si puede decirse que la catequesis de iniciación sacramental ha sentado las bases de la fe, le ha creado sus sólidos fundamentos, la infancia adulta es el momento de la construcción y consolidación de su personalidad cristiana antes de que comience el cambio propio de la preadolescencia. Por eso es correcto hablar, para esta etapa, de catequesis de "síntesis de fe" si por ella entendemos no sólo una síntesis doctrinal, coherente y orgánica, sino la creación y consolidación del edificio de la fe que configura, da sentido y coherencia a su personalidad cristiana.

85. Así, esta catequesis habrá de tener un carácter eminentemente orgánico, encaminada a una síntesis de fe. Es el momento apropiado para una presentación de la Historia de la salvación, en sus grandes etapas, personajes y mensajes centrales, en su unidad como "economía y designio de salvación" de Dios, como se hace en el Catecismo "Esta es nuestra fe", en la narratio que procede a la "explanación" de la fe. La educación del conocimiento y compromiso de la fe, están exigiendo en estos momentos una catequesis más sistemática que conduzca a estos niños a una primera síntesis de fe: así pues, se desarrollará con mayor amplitud que en la fase anterior el Credo, la liturgia y oración de la Iglesia y la vida cristiana o parte moral.

Junto a la comunidad que cada domingo celebra la Eucaristía, los niños de estos años viven el tiempo de la mistagógica participando activamente en la Misa dominical. Para subrayar su dimensión mistagógica se podría incorporar en el proceso celebraciones para la "entrega" y "redditio" del Símbolo de la fe y de la Oración del Padre Nuestro.

La experiencia de las comunidades parroquiales que ofrecen este tiempo como "catequesis de postcomunión" indica que son muchos los niños que dejan la catequesis, si no se incorporan a grupos o movimientos. El niño, en estos años, deberá ser incorporado a algún grupo o movimiento eclesial en su sección de infancia. Se le puede invitar a ello, una vez celebrada la "primera comunión". Será más difícil que esa incorporación se produzca posteriormente en un grupo desconocido para él de preadolescentes. Las comunidades que no puedan ofrecer a los niños movimientos o grupos eclesiales, convendría que en estos años introduzcan actividades, no específicamente catequéticas, de carácter lúdico y ambiental, que ayuden a formar grupo de convivencia. En esto también colaborarán, con actividades complementarias, las escuelas católicas.

86. El Catecismo para esta edad es el tercero de la comunidad cristiana, aprobado por la Conferencia Episcopal: "Esta es nuestra fe". Además de la Guía pedagógica del Secretariado Nacional de Catequesis, o junto a ella, la Diócesis necesita contar con materiales y orientaciones precisas para el uso de este Catecismo en esta edad de la Infancia adulta; el Proyecto Diocesano de Iniciación Cristiana habrá de programar inteligentemente los temarios de estas catequesis proponiendo a los catequizandos materias nuevas que mantengan y despierten su atención, evitando, por consiguiente, repeticiones de lo ya sabido y asimilado; asimismo habrá de ofrecer subsidios para llevar a cabo la iniciación cristiana en esta etapa de la vida, tan fundamental en la consolidación de la personalidad cristiana, y que, por múltiples razones y dificultades, tal vez tenemos menos atendida.

 

3.2. Celebración de la Primera Comunión: Liturgia, tiempo y lugar

 

87. "La Iglesia celebra con gozo, en las familias y en las parroquias, la plena incorporación de nuevos hijos a la celebración y participación en la Eucaristía, que significa y realiza la comunión de vida con Dios y la unidad del Pueblo de Dios por las que la Iglesia es ella misma" (LIC 104). Esta celebración ha de prepararse y llevarse a cabo digna y cuidadosamente. "Hay que cuidar con extraordinario esmero el marco litúrgico de la Primera Comunión para que ésta tenga su máxima significación. Por ello se impone una cuidadosa preparación de todos los elementos de la celebración (ornamentación del templo, colocación de los niños y familiares, homilías, preces, cantos, fórmulas, etc), evitando todo lo que sea superfluo o resulte teatral". La liturgia ha de tener un hondo sentido religioso, comunitario-eclesial, que no es incompatible con un sentido festivo y alegre, ha de brillar en ella la belleza de la sobriedad y sencillez, evitando tanto el individualismo como la masificación, la "teatralidad" como el excesivo ruido o falta de silencio, el "espectáculo" como la superficialidad o deficiencia religiosa; que no se fuercen las cosas y todo se haga con naturalidad y dignidad; que la presencia en el templo de familiares y amigos que muchas veces se hacen presentes más por compromiso social que por motivos cristianos no convierta la celebración en algo profano o sin fuerza religiosa. No se puede olvidar, por lo demás, que el "protagonista" principal, si podemos hablar así, es Jesús y no los niños. "En toda celebración de la Primera Comunión, que ritualmente no se distingue de cualquier otra celebración eucarística, se ha de poner todo el énfasis en destacar, mediante los mismos signos de la Liturgia, la conexión íntima entre los tres sacramentos de la iniciación, así como con la ulterior vida cristiana" (LIC 104). Así se puede ver la Primera Comunión como una "ocasión propicia para que el niño consciente de lo que significa ser cristiano, haga una profesión personal de su fe; para ello hay que dar un relieve especial al acto de renovación de las promesas bautismales, que debe hacerse tras la homilía, en lugar del Credo, ambientándolo debidamente". En el Directorio para las Misas con Niños de la Congregación para el Culto Divino se pueden encontrar sugerencias para la Misa en la que tienen lugar las primeras comuniones, sobre todo en relación con el canto, el desarrollo de algunos ritos y el uso de las plegarias eucarísticas.

88. El tiempo de Pascua es el más adecuado para celebrar la primera comunión, y dentro de este tiempo, el domingo, Día del Señor, en el que los miembros de la Parroquia se reúnen en mayor número. No obstante esto, "para intensificar los aspectos personales y familiares verdaderamente religiosos y luchar contra la tendencia a dar una solemnidad social excesiva, es conveniente hacerla en grupos pequeños varias veces al año, invitando siempre a la sencillez y a la sobriedad. Se pueden aprovechar las fiestas más importantes del Año litúrgico, fiestas del Señor y de la Virgen", atendiendo siempre al proceso de formación del niño.

89. El lugar de la celebración debe ser normalmente la parroquia donde se vive, aunque, por razones justas, pueda tenerse también en otros lugares, por ejemplo en los colegios de la Iglesia, siempre que se guarden los requisitos correspondientes. Cuando se haga en la capilla de estos Colegios debe existir conexión con la parroquia a la que pertenecen los niños. Cuando por razones especiales y justas los padres pidan que se haga en otra parroquia, o en otros templos, deben justificarlo y pedir un certificado al párroco propio que acredite que el niño está preparado; ningún sacerdote admita a un niño perteneciente a su parroquia, si no presenta dicha certificación.

90. Debemos hacer una llamada urgente y continuada a evitar el derroche y la ostentación que son contrarios al mismo de amor que celebramos en la Eucaristía. Es hoy muy frecuente que, con ocasión de la Primera Comunión, muchos padres, parientes o amigos de los mismos, conviertan la Primera Comunión de los niños en un acontecimiento social y pagano, y se dejen absorber por los regalos y gastos abusivos y absurdos. Hay que insistir a tiempo y a destiempo con los padres que eviten todo eso y que pongan todo su empeño en centrar su interés y el de su hijo en la celebración eucarística; que la fiesta inherente se caracterice por la sobriedad y la sencillez. Por todos los medios se ha de evitar que los niños identifiquen el día de su primera comunión con una fiesta profana; los niños son lo que seamos y hagamos los mayores; está en nuestras manos evitar el que se convierta todo en una fiesta profana, en una verdadera profanación de ese día; les hacemos un gran daño a los niños si así sucede. Los padres han de ser conscientes de que esta celebración es un paso muy importante para sus hijos en su iniciación cristiana que incluye necesariamente el amor y el servicio al prójimo. En consecuencia, los padres deberán procurar que sus hijos, con ocasión de la primera comunión, se interesen de un modo eficaz por la infancia desvalida, por ejemplo entregando un donativo importante a alguna asociación destinada a atender a niños necesitados y marginados o teniendo otros gestos hacia los pobres en ese mismo día de su Primera Comunión, de tal manera que los niños asocien y recuerden después ese día con la caridad cristiana.

 

4. Celebración de la Primera Confesión

 

91. Los niños que van a recibir la Primera Comunión deberán acercarse previamente a la confesión sacramental. La preparación y la celebración de la Primera Confesión de los niños hay que enmarcarla "como parte integrante de la iniciación cristiana. Para ello se debe establecer en la catequesis preparatoria una firme conexión entre el sacramento del bautismo y este 'segundo Bautismo' en el que Jesús nos trae el perdón de Dios Padre y la Iglesia nos perdona en nombre de Jesús" (LIC 107).  Los niños deben ser instruídos convenientemente sobre este Sacramento; la catequesis de esta edad introducirá a los niños en el ejercicio real y práctico de la conversión que, necesariamente lleva a la celebración de la penitencia: el reconocerse pecadores ante Dios, Padre de la misericordia y Dios de todo consuelo, y seguir dóciles a la acción del Espíritu Santo en el seguimiento cada día más pleno de Jesucristo, en el amor a los hermanos. Para ello la misma catequesis habrá de cuidar la formación de la conciencia moral de los niños, ateniéndose a lo que piden una pedagogía correcta y una teología pastoral adecuada: la edad de la iniciación sacramental -7 a 9 ó 10 años- es, por lo demás, una etapa muy propicia para la formación de la conciencia ya que coincide con la del "despertar de la conciencia moral". Esta formación incluye la iniciación en el sentido del pecado y de la penitencia; por la penitencia el niño se va educando para la contínua lucha contra el pecado y contra el Maligno, prolongación de las renuncias bautismales (Cfr. LIC 108); no se improvisa, pues, ni debe precipitarse; necesita un tiempo suficientemente amplio; como hace el Catecismo "Jesús es el Señor", debe prolongarse a lo largo de toda la fase de "iniciación sacramental".

La preparación para el sacramento de la Penitencia tampoco debe improvisarse; no debe dejarse para unas sesiones previas a la celebración sacramental y menos para un tiempo inmediatamente anterior a la celebración de la Primera Comunión: se ha de evitar, por tanto, que el niño se forme el juicio de que la penitencia es un puro trámite para la comunión; al contrario ha de ver que es un sacramento para toda la vida cristiana, que lo necesitamos; por ello, "es muy conveniente que, antes de acceder a la participación eucarística, los niños hayan celebrado más de una vez el sacramento de la penitencia" (LIC 109). "Ha de procurarse que la celebración del perdón y de la reconciliación sea verdaderamente expresiva y eclesial desde el punto de vista litúrgico. La celebración puede tener carácter iniciático... El modo más apropiado para realizar esta iniciación son las celebraciones penitenciales no sacramentales" -cuidando de que no sean artificiosas o rebuscadas-, "que pueden dar paso a la 'Reconciliación de varios penitentes con confesión y absolución individual, tal como se describe en el Ritual de la Penitencia. Pero sin descartar la 'Reconciliación de un solo penitente', que deberá ser ofrecida y facilitada oportunamente" (LIC 109).

92. Aunque aquí me he referido directamente a la Primera Confesión, anterior a la Primera Comunión, debo añadir que, igualmente con ocasión de la Confirmación, no pueden faltar los temas de reflexión sobre la realidad del mal y del pecado y sobre el sacramento de la Penitencia; esto es tanto más necesario cuando la Confirmación tiene lugar en la adolescencia, de manera particular po la desorientación y falta de sensibilidad que suele darse en nuestros adolescentes sobre estas cuestiones. No debe faltar nunca la celebración del sacramento de la Penitencia antes de la Confirmación ni a lo largo del recorrido de preparación a la misma.

 

Conclusión

 

93. Finalizo esta reflexión y orientaciones, sin duda incompletas y que serán ampliadas en el correspondiente Proyecto Diocesano, haciendo un llamamiento a toda la comunidad cristiana -sacerdotes, religiosos, religiosas, fieles cristianos laicos- a fortalecer la pastoral de iniciación cristiana. No se trata de introducir grandes novedades en nuestra acción pastoral, sino de asumir en lo más hondo y vivo lo que está entrañado en esta iniciación a la vida cristiana: gestación, nacimiento y crecimiento como  hijos de Dios, Padre nuestro, y miembros de la Iglesia, nuestra Madre. Estoy convencido que ahí se nos abren grandes, nuevos y esperanzadores horizontes para el futuro, que siempre está en manos de Dios.

En sus manos, implorando su Espíritu Santo, con la mirada puesta en Jesús, al que todos buscan, y con el aliento de Santa María, Nuestra Señora, ponemos este asunto tan crucial como es el que, en el seno de la santa Madre Iglesia que vive en Toledo, nazcan y crezcan nuevos hijos suyos que viven, por el Espíritu, la misma vida de su Hijo Predilecto, Camino, Verdad y Vida, en quien está la salvación y en quien tenemos la esperanza verdadera: Este es nuestro convencimiento, nuestra confianza y nuestra certeza. Para Dios nada hay imposible. En su palabra y en su gracia, ¡podemos!

Toledo, 25 de mayo de 2003, VI domingo de Pascua

 

 

Es la hora de los seglares en la iglesia


 

Desde todas partes se escucha un poderoso llamamiento, un clamor, a la evangelización. Evangelizar hoy es algo que no podemos dejar para mañana; a todos los cristianos nos urge y apremia. En manos de los seglares, está muy principalmente la obra de la nueva evangelización.

Por su vocación específica, que los coloca en el corazón del mundo y al frente de las más diversas tareas temporales, los fieles cristianos laicos son particularmente llamados a llevar a cabo la renovación de nuestro mundo, de la humanidad: que en eso consiste evangelizar. Si no contamos con un laicado evangelizado y evangelizador no habrá Iglesia que evangelice. Y esto, no tanto por la escasez de sacerdotes, cuanto por la propia y específica vocación de fieles cristianos inmersos en el mundo.

Al igual que en los primeros tiempos, ahora los seglares están llamados a propagar la fe en Cristo por todas las partes. Los Apóstoles dirigían la misión, pero no sólo ellos la llevaron a cabo; los simples cristianos, los «cristianos de a pie», de la profesión o condición que fuese, llevaron el Evangelio a donde aun no habían llegado todavía los enviados «oficiales» de las comunidades establecidas. Sin la mediación de los cristianos laicos, es imposible la obra de evangelización; ellos llegan con toda naturalidad donde no podemos ni llegaremos nunca los Obispos o los sacerdotes. Y, sin embargo, en esos lugares está en juego la evangelización. Hago a todos los fieles cristianos laicos una llamada apremiante y urgente a que se unan, sin ningún temor, a la obra de la evangelización. Su tarea primera e inmediata es poner en práctica todas las posibilidades cristianas y evangélicas escondidas, pero a su vez ya presentes y activas en las cosas del mundo. El campo propia de su actividad evangelizadora es el mundo vasto y complejo de la política, de lo social, de la economía y también de la cultura, de las ciencias y de las artes, de la vida internacional, de los medios de comunicación de masas, así como de otras realidades abiertas a la evangelización como el amor, la familia, la educación de los niños y jóvenes, el trabajo profesional, el sufrimiento.

Cuantos más seglares haya impregnados del Evangelio, responsables de estas realidades y claramente comprometidos con ellas, competentes para promoverlas y conscientes de que es necesario desplegar su plena capacidad cristiana, tantas veces oculta y asfixiadas, tanto más estas realidades estarán al servicio de la edificación del Reino de Dios y, por consiguiente, de la salvación en Cristo Jesús (Pablo VI), y, en consecuencia, de hacer mejor nuestro mundo.

Es hora de actuar y de aportar la savia renovadora del Evangelio para recomponer el tejido social y moral de nuestro pueblo. Los seglares tienen la principal parte. Es su hora. Pido, desde aquí, a toda la Iglesia diocesana que, con la fuerza de la gracia de Dios, hagamos un esfuerzo decidido por promover la corresponsabilidad y participación de los seglares dentro de la vida y misión evangelizadora de la Iglesia en conformidad con sus caracteres específicos de existencia cristiana.

Es necesario que con toda claridad y decisión nos propongamos ayudar a que nazca y se potencie un laicado maduro y comprometido en las realidades temporales, sin el que la Iglesia no podrá aparecer como luz y sal de la tierra. Apremia el que los hombres crean. Apremia el que nuestro mundo sea renovado con hombres nuevos. Por eso, invito con todas mis fuerzas a la comunidad cristiana, especialmente a los sacerdotes, a que hagan un llamamiento vigoroso a los cristianos laicos a que se incorporen al apostolado activo.

Primeramente a un apostolado individual, porque éste es la forma principal de todo el apostolado de los laicos. Se trata de una irradiación capilar constante y particularmente incisiva en el entorno en que el laico cristiano desarrolla su vida: el ámbito familiar, el del trabajo, el de las relaciones sociales, el del esparcimiento. De este apostolado individual nadie debe sentirse exento. Pero esto es insuficiente para la obra evangelizadora de la Iglesia. Se necesita un apostolado asociado, máxime en esta hora tan compleja que estamos viviendo. Por ello pido y exhorto a las comunidades y a los sacerdotes que inviten a los cristianos laicos a participar en el apostolado asociado, que es signo de la comunión y de la unidad de la Iglesia. No tengamos miedo al apostolado asociado. No veamos en este apostolado ningún riesgo para las parroquias; al contrario son fermento y acicate para su revitalización.

Debemos promover el apostolado asociado. Nuestra diócesis debe poner todo su empeño en ello; la estrecha unión de fuerzas es la única que vale para lograr plenamente todos los fines del apostolado. Debemos promover y favorecer la inserción de los cristianos laicos en los diferentes movimientos apostólicos laicales suscitados por el Espíritu Santo, reconocidos y aprobados por la Iglesia, acompañarlos y proporcionarles los elementos educativos necesarios. No hacer esto sería ir contra el mismo Espíritu Santo que es quien suscita los diferentes carismas de apostolado en la Iglesia. ¿Cómo vamos a ir o actuar contra el Espíritu?

Es necesario que nuestra diócesis, a través de la Delegación de Apostolado Seglar y de los responsables diocesanos de los diferentes movimientos, oriente a las parroquias, a los sacerdotes, a los seminaristas, sobre la naturaleza y sentido de los movimientos y asociaciones apostólicas, tanto en la ciudad como en el resto de los pueblos, los más adecuados a nuestra sociedad. Nuestra Iglesia diocesana ha de apoyar y fortalecer la Acción Católica conforme a las actuales orientaciones de los Obispos. Pero también debemos estar atentos a los nuevos Movimientos y caminos que el Espíritu Santo ha suscitado y suscita actualmente en la Iglesia como formas de asociación apostólica y que están siendo una riqueza y un estímulo para la Iglesia; en ellos hay vida. Se trata de relanzar el apostolado de los laicos y de las asociaciones apostólicas en nuestra diócesis.

 

X Antonio Cañizares Llovera.

Arzobispo de Toledo.

Primado de España.

 

Nota de prensa del Arzobispo Presidente de la

Comisión Episcopal de Enseñanza y Catequesis de la CEE


 

Madrid, 18 de julio de 2003

 

En relación con mis declaraciones hechas ayer en rueda de prensa sobre unos acuerdos con el partido socialista sobre la Enseñanza Religiosa Escolar, he de manifestar lo siguiente:

1. El día 11 de enero del año 2002 tuvo lugar una reunión en la sede del partido socialista de la calle Ferraz entre D. José Luis Rodríguez Zapatero, D. José Bono, Dª Carmen Chacón, D. Antonio Cañizares y D. Fidel Herráez.
La reunión, que fue muy cordial, abierta y franca, duró dos horas. Al final de la conversación llegamos a los siguientes puntos de coincidencia:

-La Enseñanza Religiosa en la Escuela no debe ser objeto de confrontación política ni entrar en el debate de la alternancia en el poder de las distintas fuerzas políticas; hay que buscar los puntos de coincidencia.

-Estos puntos nos vienen dados por el marco constitucional (art. 27, 2 y 3; art. 16 y art. 96). También en el respeto a los Acuerdos internacionales suscritos por el Estado Español.

-Conforme a este marco se estima que habría de constituirse un área cuyo objeto sería el tratamiento del Hecho Religioso por una vía confesional y otra no confesional, a la elección libre de los ciudadanos.

2. Estas coincidencias son a las que ayer denominé acuerdo. No se trata de un acuerdo sobre la base de un documento suscrito por la firma de los presentes, sino de acuerdos o puntos de coincidencia de los asistentes a la reunión.

3. Estos puntos de coincidencia fueron los que se presentaron posteriormente como propuesta al Ministerio de Educación para una futura regulación de esta enseñanza.

4. Reiteramos igualmente el deseo, que es compartido por todos, de no establecer una confrontación sobre esta materia y atender todos a la demanda social y a los derechos que asisten a los ciudadanos expresados en esa demanda.

X Antonio Cañizares Llovera.

Arzobispo de Toledo.

Primado de España.

 

 

LA NUEVA REGULACIÓN DE LA ENSEÑANZA DE LA RELIGIÓN

CONJUGA LA LIBERTAD CON LA CALIDAD

 

Madrid, 17 de julio de 2003


Según la nueva regulación emanada de la Ley Orgánica de Calidad de la Educación, la formación religiosa católica en la escuela queda integrada en el área curricular denominada Sociedad, Cultura y Religión. Los alumnos, o sus padres, siguen disfrutando de la libertad de optar o no por la enseñanza de la religión y la moral católica. En todo caso, el estudio del hecho religioso, como fenómeno antropológico y cultural, será necesario para todos, bien en la opción confesional católica (o, en su caso, evangélica, judía o islámica), bien en una opción no confesional.

Valoramos positivamente esta nueva regulación porque, por una parte,  supondrá un avance en el ejercicio de la libertad religiosa y de opinión, y, por otra parte, ofrece un marco más adecuado para que todos los alumnos adquieran una formación de calidad acerca del hecho religioso, realidad humana que, con independencia de la opción personal en este ámbito, no puede ser desconocida sin graves consecuencias negativas para las personas, la cultura y la convivencia.

La nueva regulación de la enseñanza de la religión no implica ningún privilegio para la Iglesia Católica. Ciertamente permitirá que la religión católica pueda ser ofrecida con mayores garantías de seriedad académica a ese ochenta por ciento de los padres que la desean y la solicitan para sus hijos. Pero también las demás confesiones o la opción no confesional se beneficiarán del mejor reconocimiento del hecho religioso como objeto de estudio y formación escolar. Se trata, pues, de un mejor reconocimiento de un derecho que beneficiará a toda la sociedad.

La Constitución Española, en su artículo 27. 3, establece que “los poderes públicos garantizarán el derecho que asiste a los padres para que sus hijos reciban la formación religiosa y moral que esté de acuerdo con sus propias convicciones”. Según interpretación del Tribunal Constitucional, este derecho de los padres deriva de la libertad de enseñanza, reconocida también por la Constitución y entendida, a su vez, como proyección de la libertad ideológica y religiosa y de la libertad de expresión. La nueva regulación hace más efectivos para todos estos derechos fundamentales.

Además, por lo que toca a la Iglesia Católica, la nueva regulación responde bien a lo establecido en el Acuerdo sobre Enseñanza y Asuntos Culturales entre el Estado y la Santa Sede, que estipula, en su apartado II, que la enseñanza de la religión católica se ofrecerá “en condiciones equiparables a las demás asignaturas fundamentales”. De este modo se hace más efectiva para los católicos la libertad religiosa en el ámbito de la enseñanza.

Pero nuestra valoración positiva de la nueva regulación se basa en un motivo más de fondo aún que el del mejor reconocimiento efectivo de la libertad de religión y de enseñanza para todos, y también para los católicos. La nueva normativa es apta para que se ofrezca a todos los alumnos un conocimiento del hecho religioso sistemático, pedagógicamente adaptado y de calidad. Los niños y los jóvenes tendrán ocasión de conocer, guiados por buenos profesores, lo que significa que la persona sea un ser abierto a la trascendencia, a Dios; lo que las distintas religiones le han aportado y le aportan; la historia, el arte y las doctrinas religiosas, en particular, las del cristianismo. Son conocimientos fundamentales antropológicos, históricos, estéticos y doctrinales que quedan asegurados para todos y que serán impartidos de un modo científico adecuado a las necesarias pautas pedagógicas.

Animamos a los padres católicos a inscribir a sus hijos en la opción confesional católica, como lo vienen haciendo la gran mayoría. Es su derecho y su obligación. La opción católica está también abierta a todos los que deseen entender la religión desde esta perspectiva, aunque no profesaran nuestra fe. Los programas elaborados por la Conferencia Episcopal, que hoy se dan a conocer, contienen los elementos fundamentales necesarios para entender el hecho religioso de modo objetivo. De hecho, no tratan menos asuntos ni los abordan con menor rigor académico que los programas de la opción no confesional. Pero la opción católica ofrece algo más. Los alumnos católicos tendrán la oportunidad de adquirir una formación académica sintética de los distintos saberes que van adquiriendo, integrándolos en la visión de la fe. Y a todos, católicos o no, la programación confesional les ayudará a entender el hecho religioso desde el interior de una tradición viva como la cristiana y católica, abierta por su propia naturaleza al diálogo con las culturas y las religiones, y sustrato básico de nuestra cultura española y europea.

Esperamos que el consenso acerca de la importancia de la formación escolar en las cuestiones religiosas se vaya abriendo paso en nuestra sociedad. Nadie quiere imponer nada a nadie. Los católicos respetamos la libertad de los demás y pedimos que se respete también la nuestra. ¿Por qué negar o cercenar a los padres de los escolares el ejercicio de su derecho a que sus hijos sean educados de acuerdo con sus convicciones en las cuestiones religiosas? ¿Y quién podría ofrecer dicha educación con más garantías que la respectiva comunidad religiosa, en nuestro caso la Iglesia, a través de un profesorado debidamente cualificado y acreditado para su misión? Es justo que el Estado no ignore esa demanda social y esos derechos y que no relegue la enseñanza religiosa al ámbito privado o eclesiástico. Hacen bien los poderes del Estado en interesarse en que la educación religiosa sea impartida de modo público y responsable, sin convertirse ellos mismos, por otra parte, en controladores unilaterales de una visión supuestamente “democrática”, “correcta” o “neutra” del hecho religioso.

La fe personal ciertamente no se evalúa en la escuela. Pero la fe cristiana, como hecho histórico y como realidad objetiva, es un objeto de estudio, cuyos rendimientos sí pueden y deben ser evaluados. Lo demuestra la gran tradición universitaria europea, nacida al calor precisamente de la teología y de la filosofía cultivadas por los grandes maestros cristianos. Esa tradición sigue viva, de distintas formas, en Europa, en América y hoy casi en todo el mundo. La religión, y, en particular, la religión cristiana puede ser objeto de estudio y acicate para la reflexión verdaderamente crítica sobre el ser humano. Su estudio en la nueva área de Sociedad, Cultura y Religión ayudará a nuestros niños y jóvenes a ir entendiendo la compleja relación existente entre estas tres magnitudes. Podrá también salir al paso de las serias carencias que sufre nuestra juventud en su formación y conducta moral, cuestión que preocupa, con razón, a muchos, en particular a no pocos padres. De todo ello saldrá, sin duda, beneficiada la convivencia libre, pacífica y solidaria.

 

 

EN DEFENSA DEL MATRIMONIO

 

La mayoría de los grupos parlamentarios han instado al Gobierno, mediante una proposición no de ley, a que acelerase la aprobación del mal llamado "matrimonio" de personas del mismo sexo. El propio Gobierno, a través de su Ministro de Justicia, ya ha prometido que antes del próximo enero dicha aprobación será una realidad. Dada la gravedad de lo que esto supone, he considerado imprescindible, en mi responsabilidad de Obispo, ofrecer esta declaración dirigida a favorecer la reflexión ciudadana e iluminar la conciencia cristiana sobre este tema.

Nunca, en toda la historia de nuestro país, ni en toda la historia humana de ninguno de los países, se había producido nada semejante ni tan grave: llamar y considerar "matrimonio" a estas uniones. El matrimonio es única y exclusivamente la unión con vínculo indisoluble entre un hombre y una mujer, libremente contraído y públicamente afirmado, cuya misión específica es desarrollar una auténtica comunidad de personas, transmitir la vida y garantizar la educación y la trasmisión de valores culturales, éticos, sociales, espirituales y religiosos.

La unión entre personas del mismo sexo no ha sido nunca, ni es, ni puede ser matrimonio. Será otra cosa, pero nunca matrimonio. Admitir estas uniones como matrimonio supone no sólo una perversión del lenguaje, sino también, y sobre todo, una perversión de la verdad de las cosas, y una destrucción, en consecuencia de la verdad de lo que es el matrimonio en su realidad más propia. Se lleva a cabo con esta disposición un grave daño al hombre ya la sociedad, que se sustentan en la verdad del matrimonio.

Las palabras del Papa al nuevo Embajador ante la Santa Sede, arrojan una gran luz ante esta situación. Total e inmediato contraste entre sus palabras y lo que se ha decidido. Dijo el Papa: "Es conveniente poner de manifiesto la incoherencia de ciertas tendencias de nuestro tiempo que, mientras por un lado magnifican el bienestar de las personas, por otro cercenan de raíz su dignidad y sus derechos más fundamentales, como ocurre o se instrumentaliza el derecho fundamental a la vida... Algo similar sucede en ocasiones con la familia, núcleo central y fundamental de toda sociedad, ámbito inigualable de solidaridad y escuela de convivencia pacífica, que merece la máxima tutela y ayuda para cumplir sus cometidos. Sus derechos son primarios respecto a cuerpos sociales más amplios. Entre tales derechos no se ha de olvidar el de nacer y crecer en un hogar estable, donde las palabras padre y madre puedan decirse con gozo y sin engaño. Así se prepara también a los más pequeños a abrirse confiadamente a la vida ya la sociedad, que se beneficiará en su conjunto si no cede a ciertas voces que parecen confundir el matrimonio con otras formas de unión del todo diversas, cuando no contrarias al mismo, o que parecen considerar a los hijos como meros objetos para la propia satisfacción" (Juan Pablo II) . Se pueden decir tal vez más cosas, pero no mejor ni más precisas para la cuestión que nos ocupa.

No tiene ningún sentido esta Ley que se pide y promete, tampoco hay necesidad alguna para esta nueva legislación, a no ser que lo que se pretenda con ella sea introducir en nuestra sociedad un nuevo marco de valores y referencias con respecto a la persona, la sexualidad, el matrimonio y la familia, con graves consecuencias en el ámbito personal, familiar y social.

Lo que se hace en esta iniciativa es atentar, por un lado, al bien común, que prescribe el cuidado de los más necesitados y débiles -los niños- y, por otro, a la libertad de muchas personas a las que se quiere imponer una minoritaria y errónea visión del ser humano y de las relaciones interpersonales. Esta agresión al bien común y a la libertad de las personas es de tal profundidad que su aceptación por parte de la sociedad significaría un verdadero suicidio social.

No se puede dejar de tener en cuenta que el matrimonio, expresión de la libertad de los varones y de las mujeres, para entregarse de forma fiel, exclusiva y definitiva, de modo públicamente reconocido, con la apertura a la vida y con el compromiso de educar a los hijos, a lo largo de la historia multisecular, ha sido y es uno de los factores de mayor progreso social de nuestro pueblo. Gracias a la entrega generosa y fiel de nuestros padres, abuelos y demás antepasados, las sucesivas generaciones hemos podido disfrutar de una estabilidad educativa y de una formación de la personalidad que se ha traducido en un éxito de los procesos de desarrollo y crecimiento humano de tantas personas que hoy en nuestra sociedad han podido alcanzar la madurez personal y una auténtica capacidad de servicio.

Desconocer, por ello, la bondad del matrimonio -el único verdadero- haciéndolo igual a otras formas de convivencia es un acto de manifiesta ingratitud y de injusticia hacia el bien social suministrado por tantos matrimonios. Así, por la naturaleza misma de las cosas, esta iniciativa, de aprobarse, produciría en consecuencia una injusticia con la familia y con el matrimonio, que aquí se ven efectivamente "mal-tratados".

El derecho al matrimonio -siempre entre un hombre y una mujer- comparte la misma génesis que todos los derechos humanos que verdaderamente lo son: es un acto de la genuina libertad de las mujeres y los varones que debe ser reconocido por el poder político justo. Pero el poder político ni lo crea ni lo destruye. Sólo lo reconoce, y al reconocerlo lo potencia y hace más fácil y ventajoso el disfrute de ese derecho.

Cuando se buscan equiparar al verdadero matrimonio, esto es, reconocer como análogas o idénticas al matrimonio las uniones del mismo sexo, están contraviniendo gravemente la génesis de los derechos: es una agresión al fundamento de todos los derechos. Para que una unión entre personas del mismo sexo pueda ser considerada análoga al matrimonio hace falta algo totalmente diferente al reconocimiento de un derecho la creación artificial de derechos por parte del Estado. Y si un Estado artificialmente puede crear derechos, también los puede destruir. Lo cual, a nadie se le oculta, es un gravísimo riesgo para el hombre y la sociedad.

La promoción artificiosa de semejantes modelos jurídico institucionales tiende cada vez más a disolver el derecho originario de la familia a ser reconocida plenamente como un sujeto social. Paradójicamente, lo que se consigue con las medidas legislativas propuestas es discriminar el verdadero matrimonio, al tender a equipararlo con uniones que no poseen las notas esenciales del matrimonio.

El Proyecto discrimina y pone en peligro la protección al matrimonio y a la familia, constitucionalmente reconocida en España, porque discriminatorio es tratar de forma igual a desiguales. Valorar de forma distinta a realidades diferentes es lo justo por cuanto la justicia es dar a cada uno lo suyo. Tratar como iguales realidades desiguales, por el contrario, es una injusticia. Otorgar, por lo demás, a las uniones homosexuales lo que es propio del matrimonio es una injusticia, ya que no pueden aportar estas uniones lo que éste aporta, entre otras cosas, el ámbito idóneo para la sustitución generacional. La adopción de niños por parte de estas parejas no respeta el principio del "bien superior del niño" y conduce a un vacío antropológico .

X Antonio Cañizares Llovera

Arzobispo de Toledo

Primado de España

 

 

«TOLEDO EVANGELIZADA,  TOLEDO EVANGELIZADORA»


-Carta Pastoral-  

I. Saludo e introducción

1. Queridos hermanos y hermanas : A todos gracia y paz en el Nombre del Señor, que nos ha amado hasta el extremo, y nos ha redimido y salvado.

Hoy, fiesta de la Santísima Virgen del Rosario, concluyo esta carta pastoral. Se han cumplido prácticamente diez meses desde que inicié mi ministerio como pastor vuestro, siervo y servidor, de todos. En la homilía de la celebración eucarística con que iniciaba la andadura de mi ministerio pastoral en la sede de Toledo expresaba mi alegría por llegar a servir a esta porción del Pueblo de Dios, que el Señor ha enriquecido tanto a lo largo de los siglos hasta el momento presente: así os ha mostrado, sin interrupción hasta hoy, el amor de predilección con que Él mismo os ha distinguido.

Acción de gracias

2.- Trascurridos estos meses iniciales, mi alegría y mi acción de gracias a la misericordia de Dios se ensancha todavía más, si cabe, que en aquellos primeros momentos. He empezado a ver y palpar vuestra realidad, a conoceros más, a saber más de vosotros, a sentirme cada día más entrañado en vuestra vida. Os puedo asegurar que no dejo de dar gracias a Dios, Padre de toda consolación, por lo mucho y grande que Él, en su bondad, está haciendo con su muy querida Iglesia que peregrina por estas tierras nuestras.

Han sido meses intensos. Apenas si he parado. La verdad es que me sentía urgido a meterme de lleno en la diócesis y ser uno de vosotros con vosotros, y entregarme así a todos como vuestro servidor y Pastor. (Cómo me hubiese gustado hablar personal y sosegadamente con todos y cada uno de los sacerdotes, mis hermanos muy queridos, y conoceros en ese trato de tú a tú, y haber visitado todas las parroquias y comunidades de nuestra extensa diócesis! No ha sido así; seguramente no ha sido posible o no me he ordenado adecuadamente. Y bien que lo siento. Como, sin duda, también lo sentís vosotros. Algunos, tal vez, hasta pueden sentirse defraudados por ello: perdonadme, si así fuera; ya veis que tenéis un Obispo limitado. Perdonadme todos también porque probablemente no he sabido responder, o, sencillamente, no he respondido a las expectativas que quizá os habíais forjado sobre mi persona, tan sujeta a desaciertos y omisiones, fallos, errores, lentitudes, y pecados incluso, en el ejercicio de mi ministerio. Os confieso que, conforme pasa el tiempo, es cada día para mí más vivo aquello de san Pablo: "Este tesoro lo llevamos en vasijas de barro, para que se vea que una fuerza tan extraordinaria es de Dios y no proviene de nosotros" ( 2 Co 4,7).

Una gran esperanza habita en mí

3.- Rogad por mí, que Dios me dé capacidad para llevar la diócesis, que me dé sabiduría, fortaleza y prudencia, para que me deje ayudar por Él, por el auxilio de su gracia, ya que Él nunca falla ni deja de acudir en nuestro socorro, y su ayuda siempre es suficiente, y aun con creces, para lo que necesitamos. Pido a Dios, que es quien lleva en verdad la Iglesia, que secunde por completo su acción y no entorpezca, que no defraude a nadie, ni que por mi causa nadie se sienta desanimado o con desaliento. Vine a vosotros en tiempo de Adviento: toda una llamada y un signo de que Dios me enviaba para alentar y suscitar la esperanza que no defrauda.

Por mi parte, me siento y vivo con una gran esperanza. De hecho, la expresión que más repito, una y otra vez, cuando me preguntan cómo me encuentro, es siempre la misma : "muy esperanzado". La verdad es que, para los que nos ha sido concedido creer en Jesucristo, sólo cabe la esperanza; no tenemos motivos para el desaliento, aunque no seamos ajenos a las dificultades y a la dureza de los tiempos que vivimos, y sí, en cambio, para la esperanza por la certeza plena que Él mismo nos infunde: "Estaré con vosotros hasta el fin de los siglos". Como en la Carta a los Hebreos tengo puesta mi mirada en Cristo Jesús.

Dios ha hecho obras grandes en la diócesis de Toledo

4.- Pero, además, al ver lo que Dios está haciendo en medio vuestro, )cómo dejar de tener esperanza? Dios se ha volcado con nuestra diócesis, en favor de ella. Por no referirme nada más que a los últimos treinta años y a sólo unos pocos signos que aparecen especialmente sobresalientes : Contamos con un Sínodo diocesano posconciliar que tanta ilusión despertó y que contiene tanta riqueza de renovación y fortalecimiento eclesial; ahí tenemos también un seminario cuajado de vocaciones al ministerio sacerdotal, con tanta fidelidad a las enseñanzas y orientaciones de la Iglesia; Dios nos ha agraciado con un excelente presbiterio, con sacerdotes ejemplares y con la edad media menos alta del conjunto de las diócesis españolas, con aliento sacerdotal y empuje apostólico; contamos al día de hoy con una gran inquietud misionera, evangelizadora, que se ve en no pocas de las iniciativas de personas y grupos; ahí mismo tenemos los muchos carismas con que ha sido enriquecida la Iglesia diocesana en estos últimos tiempos : carismas de fraternidades sacerdotales o de movimientos de espiritualidad sacerdotal, carismas para nuevas formas de vida consagrada, carismas para nuevas asociaciones apostólicas; ahí tenemos también el vigor de una Acción Católica renovada y con fuerza apostólica u otros movimientos e iniciativas de laicos; ahí tenemos igualmente todo aquel gran empuje evangelizador que se trató de impulsar en Talavera. Pero, )para qué seguir si no es para ver cómo Dios está actuando y qué es lo que Dios quiere de nosotros?

Fijarse en lo que Dios hace con la Iglesia para secundarlo, escuchar "lo que el Espíritu dice a la Iglesia" y cumplirlo

5.- Porque, en efecto, a la hora de actuar y de mirar al futuro que se nos abre delante de nosotros, en lo que hemos de fijarnos ante todo es en lo que Dios está haciendo con la Iglesia que está en Toledo, dentro y en comunión con la Iglesia una y única de Dios. Porque eso es lo que Dios, que es quien lleva a su Iglesia, quiere para ella y por ella. Con frecuencia, me preguntan, y nos preguntamos, creo, todos: ")qué es lo que va a hacer usted, cuál es su proyecto sobre la diócesis de Toledo?" A veces, incluso, se oye decir o se encuentra escrito, referido en general a la Iglesia: "La Iglesia que queremos hacer", o ")qué Iglesia queremos hacer?". Por mi parte, lo único que quiero es lo que Dios quiere de la Iglesia, lo que Él está haciendo con la Iglesia; no es mi proyecto, sino el de Dios; y ése pienso que El nos lo está dictando muy claro desde los comienzos y de manera particularmente intensa en nuestros días.

Por esto, lo primero y principal, en estos momentos, es ver lo que Dios está queriendo, o como dice el libro del Apocalipsis, "lo que el Espíritu dice a las iglesias", lo que está diciendo con su actuar concretamente aquí en Toledo, que no es una isla ni se encuentra al margen -todo lo contrario- de la Iglesia una y universal, ni del contexto de Europa, ni, por supuesto, del contexto del resto de las diócesis españolas.

La voz del Espíritu a la Iglesia en nuestro tiempo

6.- En este sentido, no puedo olvidar que el ministerio que se me ha confiado está coincidiendo con el tiempo de aplicación del Concilio Vaticano II; un Concilio, como el último, no se asume, se interioriza y se aplica en un espacio corto de tiempo; se requiere, como estamos viendo, mucho tiempo para ello. El Vaticano II es, sin duda, la gran voz del Espíritu Santo a la Iglesia al finalizar el Segundo Milenio y comenzar el Tercero, ha sido y es un nuevo Pentecostés, una irrupción de la fuerza vivificadora de lo Alto, el Espíritu Santo, Señor y Dador de vida. Ahí está lo que la Trinidad Santa nos pide hoy, lo que quiere para su Iglesia y lo que quiere llevar a cabo con ella. Para ayudar a interiorizar, asumir, y aplicar entre nosotros esta voz del Espíritu no podemos dejar de tener en cuenta los Papas que Él mismo ha suscitado, sus enseñanzas, su testimonio, su actuación pastoral que, sin duda son una llamada para toda la Iglesia en orden a secundar lo que Dios reclama de su Iglesia : a ellos les ha correspondido, en la misión de guiar a todo el Pueblo de Dios y confirmarlo en la fe, la interpretación fiel y la justa aplicación de las enseñanzas conciliares. No podemos olvidar en modo alguno todos los sínodos universales ordinarios celebrados -de manera particular el Sínodo de 1985 a los veinte años de la clausura del Concilio- y los sínodos extraordinarios continentales, especialmente los de Europa, con las correspondientes Exhortaciones Apostólicas postsinodales del Santo Padre. Inseparable de esta asumpción y aplicación fiel del Vaticano II como Dios quiere, El suscitó a través del Papa Juan Pablo II el Gran Jubileo del año 2000, con su preparación inmediata, con su celebración y los otros tiempos jubilares anteriores, y con su prosecución en el proyecto que Él mismo ha diseñado para los comienzos de este Tercer Milenio.

7.- En este tiempo en el que la Iglesia me ha enviado a Toledo, especialmente relevantes para nosotros son los viajes del Papa, de modo particular, por su cercanía y por su carácter como de testamento paternal, el último de los realizados por él a nosotros, el pasado mayo, con el que, "como hiciera el Apóstol San Pedro tras la Resurrección del Señor, nos ha dado testimonio con mucho valor, invitándonos a ser sus testigos y proclamando que 'Cristo es la respuesta verdadera a todas las preguntas sobre el hombre y su destino' y que 'vale la pena dedicarse a la causa de Cristo y por amor a Él consagrarse al servicio del hombre' (Discurso a los jóvenes, 4 y 5)" (Comité Ejecutivo de la Conferencia Episcopal). Las cinco visitas que el Papa Juan Pablo II ha hecho a España, desde la primera en 1982, constituyen, por lo demás, fuente de inspiración y animación de las orientaciones de la Conferencia Episcopal y de toda la Iglesia que está en las distintas diócesis de nuestra patria, incluida por completo la nuestra como puede apreciarse en todo el magisterio de mis muy queridos y admirados predecesores

En continuidad con la gran labor de mis antecesores. Aplicar el Sínodo diocesano.

8.-A la hora de recorrer y proseguir con vosotros el camino, con la mirada puesta en Jesús "iniciador y consumador de nuestra fe", no puedo dejar de estar atento, escuchar, ver y contemplar lo que Dios ha hecho, la voluntad que Él ha manifestado o promovido como "proyecto" para esta porción del pueblo de Dios, en la actuación y magisterio de mis inmediatos predecesores en esta Sede, nuestro queridos Arzobispos-Cardenales, D. Marcelo González y D. Francisco Álvarez, a los que vosotros mismos, en comunión, les habéis acompañado. Los volúmenes publicados con sus enseñanzas son un gran tesoro que no puedo, ni debemos, relegar al baúl de los recuerdos de ayer.

Mención especial merece el Sínodo diocesano, en el que movidos por el Espíritu, con la certera guía de vuestro pastor, el Sr. Cardenal D. Marcelo, hicisteis una camino juntos cuantos formáis esta porción del Pueblo de Dios, y, tras un tiempo de trabajo ilusionado y de una viva experiencia de Iglesia, alumbrasteis las conclusiones, orientaciones y normas, de las que hoy nos sentimos dichosos y hemos de continuar hoy y aplicar en todo su conjunto. Fue el Sínodo diocesano un verdadero acontecimiento eclesial de gracia, cuyos frutos deben proseguir, y cuyos criterios deben orientar nuestro trabajo pastoral en el momento presente.

Todos juntos, llevar el proyecto de Dios sobre nosotros

9.- Con la luz esplendorosa, imprescindible y certera, de la Palabra de Dios, lámpara que ilumina siempre nuestros pasos, y dentro de ese momento de gracia que vivimos por lo que Dios hace y el Espíritu "dice a las iglesias", prosigo con vosotros el camino de la iglesia que peregrina en nuestra diócesis. Habré de estar muy atento, escuchar y acoger con toda sencillez y apertura de corazón, este conjunto de signos y llamadas, esta voz plural con que el Señor nos invita a llevar a cabo su designio, que es siempre de gracia y de esperanza. Si hablo en plural y digo "nos invita", es porque la llamada es a todos y para todos, no recorro solo el camino desde el momento en que Dios me envió a vosotros para caminar juntos, en comunión, y porque también vosotros sois voz de Dios que El quiere que escuchemos.

En este día, fiesta de la Nuestra Señora del Rosario, "donde se contempla todo el misterio de la salvación, os digo a todos, mis queridos diocesanos -sacerdotes, diáconos, religiosos y religiosas, consagrados y consagradas, fieles cristianos laicos-: (Animo, pues, y adelante, juntos, unidos todos sin fisuras!; y, "teniendo en torno nuestro tan gran nube de testigos espectadores, sacudamos todo lastre y el pecado que nos asedia, y corramos con fortaleza la prueba que se nos propone, fijos los ojos en Jesús, el que inicia y consuma la fe, el cual, en lugar del gozo que se le proponía, soportó la cruz sin miedo a la ignominia, y está sentado a la diestra del trono de Dios. Fijaos en aquel que soportó la contradicción de parte de los pecadores, para que no desfallezcáis faltos de  ánimo. No habéis resistido todavía hasta llegar a la sangre en vuestra lucha contra el pecado" (Heb 12, 1-4).

II. Caminemos en esperanza : con la mirada en Jesucristo

10.- No tenemos otra manera de caminar que así: con los ojos fijos en Jesús. Todo lo que no sea esto es perder el tiempo y gastar la vida inútilmente, echarla a perder, malograrla. Lo que digo no es fundamentalismo, ni nada que se le parezca; no es fanatismo irracional, ni intransigencia dogmatista. Es la verdad, que nos ha sido dada, de la que, por pura gracia y misericordia de Dios, somos testigos. Vosotros sabéis que no miento, ni exagero. Esto es válido para siempre, en todos los tiempos de la historia y en todos los lugares de la tierra. Pero lo es, si cabe, todavía más en los momentos que corremos.

2.1. En medio de una situación difícil

Tiempos difíciles

11.- Vivimos tiempos difíciles, los miremos por donde los miremos, para la humanidad; y solamente en Jesucristo se abre para ella un futuro de esperanza. Cuando el Papa, refiriéndose a Europa, ámbito en el que estamos y del que somos los que vivimos en la diócesis de Toledo, apunta al desconcierto de nuestra época, a tantos hombres y mujeres que parecen desorientados, inseguros, sin esperanza o bajo el oscurecimiento de la esperanza (Cfr. Ecclesia in Europa, 7), está poniendo el dedo en la llaga de lo que nos pasa en el viejo Occidente. Cuando se afirma por parte de algunos que padecemos una profunda quiebra de humanidad que, se manifiesta, entre otras cosas, en una honda y gravísima crisis de moralidad, que con ser importante no es con mucho lo más grave que nos está sucediendo, no se delira ni distorsiona la realidad. Cuando alguien ha escrito que el mal más grave que aqueja a los hombres de hoy es vivir de espaldas a Dios, vivir y pensar como si Él no existiera, al margen de Él, incluso contra Él, y esto como cultura dominante, lo que está haciendo es apuntar con realismo a la fuente y raíz de una humanidad que camina desorientada, porque pretende pensar, ver y vivir al hombre sin Dios.

Signos preocupantes :

 - Pérdida de la memoria y de la herencia cristiana

12.- El Papa, en su carta postsinodal sobre la Iglesia en Europa, hace un análisis muy importante y certero que no puede dejarnos tranquilos como si se refiriese a otras latitudes o fuese irreal o meramente conceptual, y que, por el contrario, es preciso tener muy en cuenta si queremos situarnos adecuadamente con realismo ante "lo que Dios dice a la Iglesia" y ante el camino que hemos de seguir en los momentos actuales. El Santo Padre nos habla de que "hay numerosos signos preocupantes que, al principio del tercer milenio, perturban el Continente europeo", como "la pérdida de la memoria y de la herencia cristianas, unida a una especie de agnosticismo práctico y de indiferencia religiosa, por lo cual muchos europeos dan la impresión de vivir sin base espiritual y como herederos que han despilfarrado el patrimonio recibido a lo largo de la historia"; la pretensión o los "intentos de dar a Europa una identidad que excluye su herencia religiosa y, en particular, su arraigada alma cristiana, fundando los derechos de los pueblos que la conforman sin injertarlos en el tronco vivificado por la savia del cristianismo"

Los mismos "signos prestigiosos de la presencia cristiana" que perduran en el panorama y en la geografía europeas, "con el lento y progresivo avance del laicismo, corren el riesgo de convertirse en vestigios del pasado. Muchos ya no logran integrar el mensaje evangélico en la experiencia cuotidiana; aumenta la dificultad para vivir la propia fe en Jesús en un contexto social y cultural en el que el proyecto de vida cristiano se ve continuamente desdeñado y amenazado; en muchos ambientes públicos es más fácil declararse agnóstico que creyente; se tiene la impresión de que lo obvio es no creer, mientras que creer requiere una legitimación social que no es indiscutible ni puede darse por descontada".

- Miedo en afrontar el futuro

En su lúcido y grave diagnóstico, el Papa se refiere así mismo como signo preocupante de la realidad en la que nos encontramos, a "un cierto miedo en afrontar el futuro... Del futuro se tiene más temor que deseo. Lo demuestran, entre otros, el vacío interior que atenaza a muchas personas y la pérdida del sentido de la vida...el descenso de la natalidad, la disminución de las vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada, la resistencia, cuando no el rechazo a tomar decisiones definitivas de vida incluso en el matrimonio".

- Fragmentación de la existencia

También nos hace caer en la cuenta Juan Pablo II que se está dando "una difusa fragmentación de la existencia; prevalece una sensación de soledad; se multiplican las divisiones y las contraposiciones. Entre otros síntomas de este estado de cosas, la situación europea actual experimenta el grave fenómeno de las crisis familiares y el deterioro del concepto mismo de familia,... el egocentrismo que encierra en sí mismos a las personas y los grupos, el crecimiento de una indiferencia ética general y una búsqueda obsesiva de los propios intereses y privilegios". También constata el Papa una globalización que "amenaza con seguir una lógica que margina a los más débiles y aumenta el número de los pobres de la tierra". Añade Juan Pablo II que "junto con la difusión del individualismo se nota un decaimiento creciente de la solidaridad interpersonal ... de manera que muchas personas... se sienten más solas, abandonadas a su suerte, sin lazos de apoyo afectivo" (EE 8).

- Secularización ambiental

13.- Lo que dice el Papa refiriéndose al Continente europeo, lo vemos también cercano a nosotros, en nuestro ambiente. Toledo no es ajena a esta realidad, sencillamente porque no es una isla y vivimos en un mundo cada vez más interdependiente en todos los sentidos y, sobre todo, en la cultura dominante que nos envuelve y penetra en los criterios de juicio, de pensamiento, en la forma de vivir y de actuar. Sin duda que, entre nosotros, alguna de estas realidades, gracias a Dios, no tienen la fuerza y aun la virulencia, aparentemente "pacífica", que encontramos en otras partes, incluso no lejanas a nosotros. Pero no podemos cerrar los ojos ante lo evidente. Es preciso ser lúcidos. Esa realidad ambiental que respiramos y que se mete tan subrepticia como poderosamente en nuestras casas por las fuerzas mediáticas y por el "aire social y cultural" que nos circunda, podemos resumirla en ese fenómeno tan complejo como extendido de la secularización. Vivimos, como en nuestro entorno aquí en Toledo, en una cultura fuertemente secularizada donde se desarrolla la increencia, sobre todo en los sectores más dinámicos y jóvenes de la población.

Esto, si no nos anticipamos con nuestras repuesta cristiana y eclesial, lúcida y decidida, libre y valiente, seguro que verá un acrecentamiento importante en un inmediato futuro con el crecimiento demográfico que ya estamos viviendo, sobre todo en algunas zonas nuestras como Toledo, Talavera y el Norte de la provincia, con la proximidad de la gran urbe, de los fenómenos migratorios del interior y de fuera, de las nuevas y crecientes urbanizaciones, de la multiplicación y mejora de las vías rápidas de comunicación. La fuerza de este complejo de la secularización, o de la cultura secularizada, es muy poderosa, y fácilmente se sucumbe a ella, sobre todo, cuando no hay reciedumbre en la manera de ser, de pensar, de sentir, de querer y actuar, arraigada en el Evangelio. Hasta dentro de la Iglesia se nos ha metido esa secularización, y sin darnos cuenta estamos padeciendo una secularización interna del cristianismo, de las comunidades, de los cristianos, incluso de quienes estamos consagrados, que es como un cáncer que nos corroe por dentro, nos debilita, y nos hace perder la fuerza para anunciar el Evangelio, en contraste con los criterios de juicio determinantes de la cultura dominante.

- Una antropología sin Dios y sin Cristo

14.- En un mundo secularizado Dios no cuenta o acaba por no contar, al final y en el medio en ese mundo lo que prevalece es "una antropología sin Dios y sin Cristo", como señala el Papa tan certeramente en su Exhortación sobre la "Iglesia en Europa". En efecto, "esta forma de pensar ha llevado a considerar al hombre como el centro absoluto de la realidad, haciéndolo ocupar así falsamente el lugar de Dios y olvidando que no es el hombre el que hace a Dios, sino que es Dios quien hace al hombre. El olvido de Dios condujo al abandono del hombre, por lo que no es extraño que en este contexto se haya abierto un amplísimo campo para el libre desarrollo del nihilismo, en la filosofía; del relativismo en la gnoseología y en la moral; y del pragmatismo y hasta del hedonismo cínico en la configuración de la existencia diaria. La cultura europea da la impresión de ser una apostasía silenciosa por parte del hombre autosuficiente que vive como si Dios no existiera" (EE 9).

Seamos lúcidos. Este silencio o "silenciamiento" de Dios, sin duda por mi parte, es el acontecimiento fundamental de estos "tiempos de indigencia", que vivimos en Occidente. No hay otro que pueda comparársele en la radicalidad y en lo vasto de sus consecuencias deshumanizadoras. Ni siquiera la pérdida del sentido moral, fruto en buena medida de aquél. Durante los veinticinco últimos años, aproximadamente, se ha producido entre nosotros una verdadera "revolución cultural", que fomenta una particular manera de entender al hombre y al mundo, al margen de Dios, como si Dios no existiera. Los peligros que de ahí se derivan son patentes y mortales para el hombre: a pesar de todas las proclamas en contrario, asistimos a una profunda quiebra de humanidad. Si existe una enfermedad grave, es preciso descubrirla y reconocerla. Sólo así habrá sanación. Si no la hemos contraído todavía, gracias a Dios, pongamos los medios para prevenirla, que es la mejor terapia.

- Humanismo inmanentista, como nueva cultura

La Conferencia Episcopal, en su Plan Pastoral para el trienio 2000-2005, lo ha dicho con palabras lúcidas y claras: "La cultura pública occidental moderna se aleja consciente y decididamente de la fe cristiana y camina hacia un humanismo inmanentista. Insertos como estamos en Europa, después de la caída del muro de Berlín se ha manifestado con más claridad que el complejo cultural, que podemos llamar globalmente 'la cultura moderna, presenta un rostro radicalmente arreligioso, en ocasiones anticristiano y con manifestaciones públicas en contra de la Iglesia... Esta cultura inmanentista que es el contexto actual en el que vive la Iglesia en España, se convierte en causa permanente de dificultades para su vida y misión" ( Conferencia Episcopal Española : Una Iglesia esperanzada.'( Mar adentro!, nn. 7 y 8)

Esta es la nueva cultura en la que nos hallamos insertos, con contenidos y características en contraste con el Evangelio y con la dignidad de la persona humana ( Cf. EE 9). Digo "nueva" porque nunca en la historia de la humanidad ha ocurrido algo semejante. Siempre, por razones que solo Dios conoce, a las que no es ajena la libertad, han habido hombres y mujeres que no han creído o han organizado su vida y su pensar al margen de Dios; lo nuevo es que esto ha llegado ser una cultura dominante, influenciada en gran medida por los medios de comunicación social, de la que "forma parte un agnosticismo religioso cada vez más difuso, vinculado a un relativismo moral y jurídico más profundo, que hunde sus raíces en la pérdida de la verdad del hombre como fundamento de los derechos inalienables de cada uno" (EE 9). Basta mirar a nuestro alrededor, al hombre occidental actual y ver la posición tan generalizada que tiene ante el destino y la vida, o ante la verdad y la mentira; basta mirar a sus ideales, a su vida familiar, a sus esperanzas de futuro, para percatarse que ese hombre anda vacío y desorientado, fugitivo de sí mismo y con unas aspiraciones e ideales prevalentes como : el dinero, el sexo, la evasión y el goce narcisista, el vivir "bien" y el "disfrutar", el consumo y el bienestar, el gozar del cuerpo y de la vida en libertad, la pluralidad y la permisividad moral amplia y sin trabas de ningún tipo...La misma trascendencia y la expresión religiosa tienen, con frecuencia, los límites de la corteza de la piel, queda en superficie, en la sensibilidad, en el gusto o en el consumo. Se vive como si Dios propiamente no existiera; por supuesto no se vive en su presencia, ya que Dios es como algo evanescente, relacionado con los sentimientos o los estados anímicos; la fe en Dios deja de configurar la entera realidad de la vida; Dios queda relegado a los márgenes de la vida, lo cual no ocurre, empero, sin gravísimas consecuencias para el hombre. 

- Rechazo u olvido de Dios : quiebra del sentido y verdad del hombre

La indiferencia religiosa, el rechazo o el olvido de Dios quiebra interiormente el verdadero sentido del hombre, altera en su raíz la interpretación de la vida humana y debilita y deforma los valores éticos y morales. Una sociedad sin fe es una sociedad más pobre y angosta. Un mundo sin abertura a Dios, carece de aquella holgura que necesitamos los hombres para superar nuestra menesterosidad y dar lo mejor de nosotros mismos. Un hombre sin Dios se priva de aquella Realidad última que funda su dignidad, y de aquel Amor primigenio que es la raíz de su libertad. 

No puede extrañarnos que una cultura de la increencia esté muy unida a una cultura de la insolidaridad y de la muerte, que un mundo más propenso a la increencia que a la fe en el Dios vivo sea, al mismo tiempo, más proclive al pragmatismo que a la esperanza, al egoísmo que al amor y a la generosidad (EE 8 y 9). No es posible devolver al hombre su auténtica dignidad, abrirle a la esperanza más viva, darle el sentido más humano y absoluto sin el descubrimiento y aceptación de Dios.

Lo que está en juego, por eso, es la manera de entender la vida, con Dios o sin Dios, con esperanza de vida eterna o sin más horizonte que los bienes del mundo, con un código moral objetivo respetado desde dentro o con la afirmación soberana de la propia libertad como norma absoluta de comportamiento hasta donde permitan las reglas externas de juego. No da lo mismo una cosa que otra. Por esto me he detenido en este punto, por eso llamo vigorosamente la atención sobre él y prevengo ante lo que podemos estar en trance de sucedernos pero que, con el auxilio de Dios y la fidelidad y responsabilidad de nuestras vidas y actuación eclesial, podemos evitar, paliar y, todavía más, transformar en signo contrario.

- Secularización al interior de la Iglesia

15.- Sin dejar de tener presente esta situación "ambiental" o cultural que nos envuelve, hemos de ser también muy conscientes de lo que pasa o puede estar pasándonos al interior de la Iglesia, también en nuestra diócesis. La Conferencia Episcopal lo ha visto con gran nitidez y ha precavido de sus efectos y ha convocado a adoptar las respuestas oportunas : "El problema de fondo, al que una pastoral de futuro tiene que prestar la máxima atención, es la secularización interna. La cuestión principal a la que la Iglesia ha de hacer frente hoy en España no se encuentra tanto en la sociedad o en la cultura ambiente como en su propio interior; es un problema de casa y no sólo de fuera. Es cierto que esta situación eclesial está influida por la cultura en que nos toca vivir. Pero es preciso mirar con atención las repercusiones que está teniendo en el interior de la Iglesia para darle la debida solución. Tomar conciencia de esto no es promover ningún repliegue al interior...<sino>, más bien, adoptar la postura y la perspectiva adecuada para la misión. Es decir, que no sea la cultura ambiente la que nos marque los caminos pastorales, la perspectiva global y los asuntos cruciales de la vida de la Iglesia" (Una Iglesia esperanzada..., 10).

2.2. Esperanza más allá de las dificultades y en ellas. Signos de esperanza

Hombres de esperanza, porque el Señor "estará con nosotros hasta el fin de los siglos"

16.- No soy pesimista; como hombre de fe, no quiero ni tengo razón alguna para serlo; todo lo contrario. Tampoco soy un radical ni un amargado de nuestro mundo actual, hecho de hombres y mujeres concretos, de criaturas suyas, que es el que Dios nos ha dado, en el que me ha puesto y nos ha puesto como regalo de su bondad dando pruebas de su misericordia y de su gracia para conmigo y para con nosotros, y al que amo apasionadamente con toda mi alma, porque sobre todo es querido por Dios. Cierto, no quisiera en modo alguno inducir al derrotismo o a la decepción. Pero parece como si se acercasen a los hombres de hoy "aquellos tiempos", a los que se refería el Señor: "Cuando llegue el Hijo del Hombre, )encontrará todavía fe en la tierra?".

Si señalo todo esto, que también nos afecta a nosotros, es para precaveros y advertiros, para que estemos atentos y como centinelas en la noche de una mañana que está más cerca de lo que pensamos o adivinamos. Porque hay una certeza de la que vivo y de la que, sin duda, también vivís vosotros: Jesucristo "no se ha bajado de la barca de la Iglesia", ni ha la ha dejado y con ella a sus discípulos amados en la soledad de tenérselas que ver sola con un mar proceloso, bravío y amenazante. Una y mil veces sigue resonando ante nosotros las palabras del Señor que viene sobre las aguas de las olas que rompen contra la Iglesia y la humanidad, a la que ha amado y por la que se ha entregado sin reserva : "Soy yo, estoy aquí, con vosotros, (no temáis, no os amedrentéis, ni os rindáis!, seguid bregando, (mar adentro! e, incluso, aunque a algunos en estas circunstancias les resulte absurdo o inútil, no dejéis de echar una y otra vez las redes; no os preocupéis de la barca, que no se hunde, que estoy en ella, no os paréis para achicar el agua y resistir los embates, navegad y seguid faenando".

Vivimos de la mayor de las certezas que es su promesa: "(Yo estoy con vosotros hasta el fin del mundo!". Es la certeza de su presencia lo que nos anima. Es la hora de la fe y de la esperanza que no defrauda. Esta hora que vivimos es la hora de Dios, en la que escuchamos la misma bienaventuranza que la Santísima Virgen María, escuchó de su prima Isabel: "(Dichosa tú que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá!". Y (tanto que se está cumpliendo en nuestros días!. Son muchas las señales que nos están indicando que El no está lejos de nosotros, que viene a nosotros, que nos habla y nos dice, como a Pedro, que vayamos a Él caminando sobre las aguas procelosas, que Él nos agarra de la mano y no deja que nos traguen y destruyan esas olas de la cultura dominante indigente de Dios, indigente de esperanza.

Signos de esperanza entre nosotros

17.- Al comienzo me refería a algunos de esos signos entre nosotros, en la diócesis de Toledo; ahí están, como señal de que el Señor está con nosotros y cumple su promesa; también entre nosotros, a pesar de nuestros pecados y fragilidades, de nuestras infidelidades y torpezas, siguen siendo "cuantiosos los signos de fe y testimonio" (EE 7); también entre nosotros, el Evangelio sige dando frutos en los sacerdotes, personas consagradas y fieles cristianos laicos, en los seminarios mayor y menor, en las comunidades parroquiales, en las asociaciones de laicos, en las diferentes organizaciones apostólicas y, en particular, de la Acción Católica, en la difusión de nuevos movimientos y nuevas realidades comunidades eclesiales -algunos surgidos en nuestra propia diócesis-, en los grupos de oración y apostolado, algunos sin nombres y otros con él, en los distintos grupos y movimientos juveniles y en la pastoral, tal vez aún tímida, llevada a cabo entre las familias (Cf EE 15).

Ahí tenemos también esa muchedumbre de gentes buenas y fieles, cristianas de verdad, de nuestros pueblos y ciudades, que viven su fe con autenticidad y silenciosamente, con raíces muy profundas en su existencia, que esperan en Dios por encima de todo, que rezan y enseñan a rezar; ahí tenemos tantos y tantos enfermos, que llevan su sufrimiento con verdadero sentido cristiano y ayudan a Cristo a completar su pasión; o esas monjas contemplativas entregadas en la oscuridad de la clausura por completo al Señor por nosotros los hombres; o a muchos jóvenes, más de lo que parece, alegres y dichosos, que buscan a Dios, que siguen a Jesucristo con verdadero ánimo y esperanza, que te dicen que es el único que les llena, que se agolpan junto al Papa porque les comprende y les quiere y les anuncia a Jesucristo sin engaño u ocultamiento, o que van de peregrinaciones consumiendo todo un fin de semana cuando podrían estar en la "movida" del viernes y sábado noche, o que engrosan los grupos de parroquias o movimientos, y que encuentran en la Iglesia lo que andan buscando y les sacia, jóvenes de hoy, modernos y con sus fragilidades, como sus compañeros que están alejados, y que, sin embargo creen y siguen con entusiasmo a Jesucristo. Todos esos, y muchos más, en nuestra diócesis, como en toda la Iglesia, son un grandísimo signo de esperanza, un aliento grande para todos. Son ellos, los que calladamente, sin hacer ruido a veces, están llevando en el fondo a la Iglesia, y son garantía de frutos y fecundidad, como la semilla que cae en tierra y se consume en ella. )Cómo vamos a estar desesperanzados, si es inmensa la obra que Dios está llevando a cabo en medio nuestro, aunque las apariencias o realidades emergentes y poderosas puedan hacernos pensar otra cosa? Esas aparente pequeñas realidades son el fruto del pequeño grano de mostaza donde crecerá la planta en que aniden las aves, como en la parábola del Evangelio. En todo ese sustrato más fuerte de lo que creemos, porque es la fuerza misma de Dios que ahí actúa, es donde tenemos que apoyarnos.

Anhelo de esperanza en el corazón de todo ser humano. Signos del Evangelio en la vida de la sociedad actual

18.- El mismo Papa que en su Exhortación sobre la "Iglesia en Europa" nos ofrece el diagnóstico que hemos referido, también nos habla de que es imborrable el anhelo de esperanza en cada hombre, que "el hombre no puede vivir sin esperanza", que su corazón continúa sintiendo dentro de sí una sed de felicidad que sólo Dios puede satisfacer ( Cf. EE.10), que "ningún ser  humano puede vivir sin perspectivas de futuro; mucho menos la Iglesia, que vive de la esperanza del Reino que viene y que ya está presente en el mundo. Sería injusto no reconocer los signos de la influencia del Evangelio de Cristo en la vida de la sociedad" (EE 11). Entre otros signos, el Santo Padre nos recuerda "la recuperación de la libertad de la Iglesia en Europa del Este...; el que la Iglesia se concentre en su misión espiritual y en su compromiso de vivir la la evangelización incluso en sus relaciones con la realidad social y política; la creciente toma de conciencia de la misión propia de cada uno de los bautizados, con la variedad y complementariedad de sus dones; la mayor presencia de la mujer en las estructuras y en los diversos ámbitos de la comunidad cristiana" (EE 11). Tampoco en la comunidad civil, añade el Papa, "faltan signos que dan lugar a la esperanza : en ellos, aun entre las contradicciones de la historia, podemos percibir con una mirada de fe la presencia del Espíritu que renueva la faz de la tierra" (EE 12). 

Testigos de la fe cristiana en nuestra época. Mártires y santos de hoy

Pero "el gran signo de esperanza <es el> constituido por los numerosos testigos de la fe cristiana que ha habido en el último siglo, tanto en el Este como el Oeste. Ellos han sabido vivir el Evangelio en situaciones de hostilidad y persecución frecuentemente hasta el testimonio supremo de la sangre. Estos testigos especialmente los que han afrontado el martirio, son un signo elocuente y grandioso que se nos pide contemplar e imitar. Ellos muestran la vitalidad de la Iglesia; son para ella y la humanidad como una luz, porque han hecho resplandecer en las tinieblas la luz de Cristo" (EE 13). La sangre de más de treinta y seis millones de mártires de la fe en el siglo XX no puede resultar estéril; siempre la sangre de los mártires es semilla de nuevos y fuertes cristianos; os comparto la certeza y la esperanza de que el siglo XXI será un siglo de gran vitalidad cristiana : veréis cómo no me equivoco.

Estos testigos de la fe cristiana de hoy son señal clara e inequívoca del cumplimiento de la promesa del Señor, de su presencia viva en medio de nosotros y de la acción del Espíritu Santo que él nos ha enviado como garantía de su presencia y de lo que el mismo "Espíritu dice a las iglesias", es la "santidad de tantos hombres y mujeres de nuestro tiempo. No sólo de los que han sido proclamados oficialmente por la Iglesia, sino también de los que, con su sencillez y en la existencia cuotidiana, han dado testimonio de su fidelidad a Cristo. )Cómo no pensar en los innumerables hijos de la Iglesia que, a lo largo de la historia del Continente europeo, han vivido una santidad generosa y auténtica de forma oculta en la vida profesional y social?" (EE 14).

Son, sin duda, entre nosotros, en nuestra diócesis de Toledo, los numerosos mártires del 36 una de las señales más del cumplimiento de la promesa del Señor; a veces no sé si la apreciamos suficientemente y sabemos percibir la voz del Espíritu a nuestra Iglesia después de casi setenta años de aquel martirio; pero lo cierto es que constituyen uno de los mayores signos de esperanza, de vitalidad eclesial, de lo que Dios hace y quiere con su Iglesia hoy. Inseparables de ellos está esa santidad vivida por tantos y tantos hijos de esta diócesis que, siendo o no siendo proclamados beatos o santos, han vivido, y viven, "la conversión realizada por el Evangelio", y, como "piedras vivas", unidas a Cristo "piedra angular", han construido y construyen Toledo como edificio espiritual y moral, dejando a la posteridad la herencia más preciosa (Cf . EE 14).

2.3. Tres señales de esperanza relevantes para el momento presente: Santa Teresa del Niño Jesús, Teresa de Calcuta, el Papa Juan Pablo II

2.3.1. Santa Teresita del Niño Jesús

19.- Y en este sentido de la santidad, no es para mí casual ni anecdótico, que dentro de un mes, los días 18, 19 y 20 de octubre recibamos en nuestra diócesis las veneradas reliquias de Santa Teresa del Niño Jesús. Esta visita constituye una "caricia" de Dios a nuestra iglesia diocesana, una manifestación de su gran misericordia para nosotros, y una indicación de por donde necesitamos avanzar : por el camino de la confianza de los hijos de Dios en el Padre de la misericordia, por el del abandono y consagración a Él, por el de la búsqueda de su rostro en todo y el del seguimiento de su rastro, por el camino de la caridad, y todo en ello, en orden a la misión. Dios nos dice con esta visita a Toledo, que como Teresita, seamos una iglesia misionera, que vayamos a las misiones, que evangelicemos, que, por estar en el corazón de Dios viviendo su amor, vayamos a donde están los hombres y les demos a conocer y gustar el amor inmenso con el que Dios nos ama. "La gran santa de los tiempos modernos", viene a  nosotros, en sus reliquias, para derramar una lluvia de flores de santidad, de fe en Dios, de iniciativas misioneras. (Un gran signo de esperanza!.

Viene a nosotros como misionera, el día de las misiones

Las reliquias de Santa Teresita, patrona universal de las misiones, -y ella con sus restos venerados-, vendrán a nuestra Catedral el mismo día en que la Iglesia entera celebra la Jornada mundial de las misiones, día del Domund, que, además coincidirá con la beatificación de Madre Teresa de Calcuta. No es casual esta coincidencia, es providencial, y, como tal, es un signo y una llamada de Dios a nuestra diócesis. Santa Teresita es misionera y viene como misionera, y Dios nos quiere una diócesis misionera. La pequeña santa de Lisieux es maestra del anuncio de la primera y de la nueva evangelización que empieza por el anuncio y testimonio gozoso del amor misericordioso y universal de Dios para todos sus hijos, al que ella mismo se ofreció como víctima de holocausto. Es este amor el alma de la misión; el amor que brota del "trato de amistad con Dios", continuado y sereno, y de la contemplación de "la santa Faz" de Jesucristo, en el que vemos y contemplamos el "rostro" de Dios, rico en misericordia y amor. 

Para animarnos a la misión

Sus reliquias nos visitan para animarnos a la misión aquí en las tierras de nuestras diócesis, y más allá, en las misiones, hasta todos los rincones de la tierra a los que somos llamados y enviados; vienen hasta aquí para continuar siendo, como lo es

para toda la Iglesia, animadora espiritual de la misión que contagia a todos el amor del Señor. La pequeña y, al mismo tiempo, la gran Santa del carmelo teresiano de Lisieux, fiel hija de su Santa Madre, desde el convento en una vida escondida con Cristo vivida en la contemplación y en las bienaventuranzas, comunica a la Iglesia y al mundo que Dios es Amor : como nos ha hecho una vez por todas e irrevocablemente el Hijo único y ha dado testimonio la Iglesia asentada en los apóstoles que "lo vieron y palparon".

En el centro de la Iglesia el Amor : para anunciar y entregar el amor misericordioso de Dios

Esa ha sido su vocación. Ese es el lugar que ella quiere ocupar en la Iglesia, el del amor; porque, como muy bien intuyó ella, la caridad es el "corazón" de la Iglesia. Y así lo comunica y lo grita a cada hombre : Está a la "mesa amarga" de los pecadores y de los incrédulos, y les comunica que Dios les quiere, que Cristo, amándolos hasta extremo, ha venido, ha muerto, ha resucitado y está junto al Padre con las llagas y el costado abierto intercediendo por ellos -por todos los hombres- y enviándoles el Espíritu de la verdad que los hace libres con la libertad de los hijos de Dios. Santa Teresita ha comprendido que el Amor encierra todas las vocaciones, que el Amor es todo, que abraza todos los tiempos y lugares. La carmelita a la que algunos muros separaban del mundo y a la que una enfermedad ha consumado en joven edad, ha encontrado el centro de la Iglesia, el punto para elevar y renovar la humanidad en una acción apostólica y misionera sin límites, porque la entrega, el testimonio y la difusión del amor, en efecto, no tiene fin. 

La joven hija de Santa Teresa de Jesús que, fiel a la Regla teresiana, no salió de su convento, ahora, en estos tiempos tan necesitados de misión, de una nueva evangelización, sale a todos los países para anunciar el Amor de Dios, su misericordia para los pecadores, y el camino de ser hijos, de hacerse y ser pequeños niños llenos de confianza en los brazos del Padre, y así en derramar esa "lluvia de rosas" que ella ya predijo. Ella, maestra como niña pequeña de confianza en Dios, joven, contemplativa y misionera, santa y maravilla de la gracia y de la misericordia divina, viene a nosotros, precisamente, unos meses después del Santo Padre que también nos alentó a esa confianza, que nos llamó a la santidad, que nos alentó a la interioridad y a la contemplación llevados de la mano de la Santísima Virgen María, que nos exhortó, una vez más, a la nueva evangelización dejándonos evangelizar, que se reunió especialmente con los jóvenes a los que dedicó toda una tarde y tuvo palabras y gestos inolvidables, y que nos convocó a nuestra gran y única vocación que es la de ser santos.

Vendrán frutos fecundos para nuestra diócesis

¿Quién no ve en todo ello lo que Dios nos está diciendo? ¿Quién no percibe que es el mismo mensaje, la misma llamada? ¿Por qué Dios nos insiste de este modo y nos apremia? ¿No será que el momento que vivimos es urgente y apremia?. El viaje del Papa fue para Toledo, particularmente para los jóvenes de nuestra diócesis, un acontecimiento de gracia, cuyos frutos Dios conoce; también, si la acogemos y secundamos, la visita de las reliquias de Santa Teresita -y, con ellas, de ella misma, joven como ellos-serán con el auxilio divino y la intercesión de la pequeña Santa teresiana, un acontecimiento de gracia, "una lluvia de rosas", beneficiosa para toda la diócesis, en especial para los jóvenes.

Que Dios nos conceda el que no dejemos pasar por alto este don del cielo, este acontecimiento de gracia, este paso del Señor. Como señaló, en su momento, el Comité Ejecutivo de la Conferencia Episcopal, "la presencia de las reliquias de Santa Teresa del Niño Jesús, va a ser sin duda una fuente de gracias. Ella, que, poco antes de su muerte anunció: " pasaré mi cielo haciendo bien en la tierra", derramará una lluvia de rosas" sobre las personas, comunidades y parroquias que se acercarán, esperamos que en gran número, para venerarlas y para pedir la Gracia. Nadie volverá de vacío, pues, lo mismo, que ocurrió con Jesús, muchas personas que se acercarán a la Santa pidiendo favores materiales, recibirán también otros favores en su espíritu... Estamos seguros de que la presencia entre nosotros de las reliquias de santa Teresa del Niño Jesús y de la Santa faz impulsará con fuerza la obra de la nueva evangelización; nos anunciará de nuevo la buena noticia de la misericordia divina; transmitirá a los jóvenes la sabiduría del Evangelio; renovará en los mayores el ardor primero de su bautismo; animará a los consagrados a profundizar en el seguimiento cercano de Cristo y a todos nos recordará lo único necesario : "amar al señor y hacerlo amar".

2.3.2. Madre Teresa de Calcuta  

20.- A algo muy semejante, en este mismo comentario sobre los signos actuales de Dios y lo que la presencia del Señor obra por el Espíritu Vivificador que lleva a la Iglesia, me conduce la observación del signo de la beatificación de la Madre Teresa de Calcuta el próximo 19 de octubre, día de las misiones. Sin duda, (otro gran signo de esperanza!, ciertamente para toda la Iglesia, pero también, en concreto, para esta Iglesia que está en Toledo, a la que ella fugazmente visitó en un 29 de septiembre de 1982, y que se siente urgida a trasparentar y testimoniar el Evangelio de la caridad en una nueva etapa de su historia, singularmente en lugares de pobreza a través de su obra misionera.

La beatificación de Madre Teresa una nueva llamada a la santidad

Os confieso que, en lectura de fe, no puedo dejar de ver tanto la visita de Santa Teresita, como la beatificación de Madre Teresa, una llamada a nosotros a la santidad, a centrarnos en lo fundamental como ellas: la caridad y la contemplación, la interioridad y el amor, y el sentirnos enviados y ponernos en camino para la misión, en los lugares que Dios pida a esta diócesis -ciertamente Lurín y Toledo- y otros que nos muestre próximamente.

Visita de Madre Teresa a nuestro seminario : mensaje para hoy

Madre Teresa de Calcuta, la gran santa del Pontificado de Juan Pablo II y de la renovación conciliar llevada a cabo por el Espíritu Santo, cuando visitó Toledo sólo fué a un lugar : a nuestro seminario, que es el corazón de nuestra diócesis, y, por supuesto, lo más preciado de ella, su gran señal de renovación conciliar y el gran regalo de Dios a la diócesis de los tiempos actuales. No podemos dejar de recordar en estos momentos que sobre todo se dirigió a los seminaristas, futuros sacerdotes, estuvo con ellos, con los sacerdotes del mañana y, en ellos y con ellos, habló a todo nuestro presbiterio llamado a ser el de los sacerdotes de ese mañana nuevo que reclama la nueva y apremiante evangelización, aquí y donde la Iglesia los requiera. 

Dijo cosas como éstas que hablan hoy por sí solas: "La gente hoy, está tan ocupada que no tiene tiempo para sonreírse unos a otros. Por eso necesitamos orar unidos, y la oración es el principio y el comienzo del amor. Enseñad, por favor, a orar a la gente. Cuando fuimos a México a abrir la casa, visitamos las familias más pobres de la zona. Ellos, que no tenían absolutamente nada en la casa, lo único que pidieron fue, todas las familias nos pidieron :'por favor, enséñanos la Palabra de Dios'. Aunque no tenían nada en la casa nos pidieron la Palabra de Dios. Tenían hambre de Dios, y esto es lo que descubro por todos los países. Hoy las Hermanas tienen casas en 52 países y hay esa tremenda hambre de Dios. Por eso vosotros, que vais a ser sacerdotes, creced en ese profundo ser uno con Jesucristo..., Cuando nos rendimos completamente a Jesucristo, también nosotros hemos de llegar a ser uno con Jesucristo. Y eso es la santidad; que es algo para vosotros y para mí. La grandeza de la santidad que se le pide a los sacerdotes, les exige ser capaces de perdonar los pecados, de convertir el pan corriente en Pan de Vida.(Qué santo y qué puro ha de ser el corazón del sacerdote!. En el último Sínodo que asistí sobre la Familia, le pedí al Santo Padre: 'Deme, por favor, santos sacerdotes, porque si nos da santos sacerdotes, nosotras religiosas, y las familias que atendemos, serán santas'. Necesitamos santos sacerdotes que nos lleven a Jesucristo, que nos enseñen a amar a Jesucristo. Porque si estáis enamorados de Jesucristo seréis capaces de amaros los unos a los otros, y habrá paz; porque las obras del amor, son obras de paz... Estad enamorados de Jesucristo en la Eucaristía. Porque Jesucristo se hizo Pan de Vida para darnos la Vida, para satisfacer nuestro amor hacia Él. Y entonces Él mismo se hizo hambriento para que vosotros y yo seamos capaces de satisfacer su hambre de nuestro amor. Por eso los pobres son el regalo de Dios hacia nosotros. Espero que cuando lleguéis a ser sacerdotes, profundicéis vuestro amor a Jesucristo amando a los pobres, y que se sientan reconocidos y amados en toda su dignidad de personas e hijos de Dios".

Sin comentarios; pero eso sí: Dios nos llama y alienta nuestra esperanza en estos tiempos precisamente por Teresa de Calcuta, que será puesta como enseña luminosa para la humanidad entera, también para nuestra diócesis, a la que ella visitó en este mismo mes de septiembre hace veintiún años, sobre todo para los sacerdotes y seminaristas en quien escuchamos la llamada apremiante a ser santos, muy santos, pues así habrá una Iglesia de la caridad, que no pase de largo de los pobres más pobres.        

Llamados a querer y servir a los más pobres

En madre Teresa de Calcuta la caridad de Cristo, el infinito amor con que El nos ha amado hasta el extremo ha llegado a nosotros y lo hemos visto de manera palpable. Fue un aire fresco de vida su paso por esta tierra, calcinada frecuentemente por el hambre, el desprecio de la vida, la muerte violenta, y la cerrazón de las entrañas ante la miseria de esa inmensa muchedumbre de hermanos nuestros que son considerados deshecho de nuestras ciudades. Las gentes extenuadas, los pobres más pobres, los niños de las calles han visto en ella algo singular. Todo el mundo lo ha visto. Todo el mundo la admira. Porque hay en ella un rayo de luz y de esperanza, una frescura de vida, una ternura que levanta. La ternura de Dios, la luz de su presencia, la esperanza de su amor, la entrega infinita de su vida por nosotros, por los últimos y desheredados de la tierra.  

La madre Teresa de Calcuta ha sido y es un don de Dios a la humanidad entera en su Iglesia; es signo y presencia del Evangelio vivo del amor de Dios, que se ha acercado a nosotros en una carne de sufrimiento en su propio Hijo; más aún, que se ha hecho esa carne y ha tomado sobre sí todo sufrimiento y toda pobreza y ha manifestado cómo Dios ama al hombre, hasta el extremo. Esta religiosa, consagrada al Señor -no lo olvidemos-, con una de alta e intensa oración y contemplación es testigo viviente de Jesucristo, el Buen samaritano que no pasa de largo, sino que se acerca a todo hombre maltrecho, tirado en la cuneta y despojado, para curarle y cargarlo sobre su propia cabalgadura y conducirlo donde hay calor y cobijo de hogar.

Enraizada en el amor de Dios, conducida por El mismo, ha ido a donde se le puede encontrar: en su Hijo crucificado y pobre, y así, en los leprosos, los hambrientos, los moribundos en las calles, los sin techo, los inocentes eliminados antes de nacer¼, ese larguísimo viacrucis o calvario donde El sigue crucificado. El amor, la caridad, la misericordia, la compasión es señal y presencia de la luz que es Cristo, a quien los hombres buscan a veces sin saberlo, como han buscado a esta mujer que ha vivido con las mismas entrañas de misericordia que su Maestro. 

Signo de que Dios es Dios, de su cercanía, de su amor

Esta mujer menuda y grande ha sido y es un indicativo esplendoroso de que Dios es Dios, Dios-con-nosotros; ella ha sido y es recuerdo hecho carne para todos de que al atardecer de la vida seremos juzgados del amor; es afirmación de que la caridad es lo primero y principal que permanece para siempre; es cercanía de Dios que es amor, al que se le conoce cuando se ama a los demás, con amor preferencial por los más pobres y despreciados: como El.

El mundo necesita signos como Madre Teresa

De estos signos, que todos entienden, sobre todo los sencillos, necesita la humanidad. Ahí se muestra cómo el Evangelio vivo, el Evangelio de la caridad, Jesucristo, es creíble, porque es la única esperanza, el verdadero amor y la fuente de alegría para todos: para los que pasan hambre, los encarcelados, los enfermos, los que carecen de cobijo, los desnudos y despojados, los inocentes no nacidos amenazados de muerte en el seno materno...los más pobres. El es Dios con los hombres y para los hombres: es Amor. Teresa de Calcuta nos recuerda que nuestra vocación de hombres es ir por toda la tierra y abrazar los corazones de los hombres, hacer lo que hizo el Hijo de Dios que vino a traer fuego al mundo para inflamarle con su amor. Ella es un gran signo por el que se conoce a Jesucristo y  a sus discípulos: "En esto conocerán que sois discípulos míos: en que os amáis unos a otros como yo os he amado". Verdadera enseña de la nueva humanidad hecha de hombres y mujeres nuevos con la novedad del bautismo y de la vida conforme al Evangelio. Signo de Dios que es Amor.

2.3.3. El Papa Juan Pablo II

Veinticinco años en el servicio de Pedro. Su debilidad hoy es el signo más elocuente de su pontificado

21.- Pero también, Dios nos hace presente y nos ofrece ese otro gran signo para nosotros que es el Papa Juan Pablo II, en todo su prolongado y fecundo pontificado, que el próximo 16 de octubre verá cumplidos veinticinco años. Ese gran signo Dios nos lo ha hecho brillar de manera singular, por paradógico que parezca, en el viaje a Eslovaquia apostólico a Eslovaquia y en el tiempo posterior a este viaje apostólico: uno viaje más, misionero incansable. Fue impresionante el signo de Dios a través del Santo Padre a su llegada, en el aeropuerto, a aquel país: su quedarse como mudo, y sin fuerzas, es para que sólo Dios hablase, para que se vea que la fuerza de Dios se muestra en la debilidad, para que se vea que es Dios quien lleva a su Iglesia y la sostiene, que nos basta su gracia. Un hombre testigo de la cruz, que no se baja de ella, que muestra así el poder del Resucitado. Un Pastor que ama a su Señor, de verdad le ama, como pocos, y que apacienta a su rebaño hasta que le quede el último resuello. Un apóstol que le apremia el amor de Cristo y de los hombres, que es consciente de lo que está pasando en el mundo, en Europa, y a qué negro futuro se aboca una sociedad que renuncie a las raíces, que le pueden dar vigor: las raíces de Cristo. Un discípulo responsable de Jesús, que le sigue con la cruz, que se niega a sí mismo, que lo vende todo por él y por ir a donde El le envíe, sin alforja y sin ningún poder, con la sola fuerza del testimonio que afirma que vive y que sólo en El y sólo sobre Él se puede edificar una humanidad nueva. El signo de aquella escena de su llegada a Eslovaquia -como los días que le han seguido- nos muestra que es tan grave y dramática la situación que Europa vive, intentando caminar como si Dios no contara para su futuro, que el Papa arriesga todo, su vida y su frágil salud, para recordar y pedir la vuelta a sus raíces cristianas, que Europa, que el mundo, que todos los hombres vuelvan a Dios, esperanza y futuro único para todos los pueblos. Su imagen como inmóvil y sin habla ha sido la gran y elocuente palabra que ha llegado desde allí a todos los rincones. Nos ha dicho lo más importante: "Sólo Dios basta", "para Dios nada hay imposible".

Su última visita a España en los primeros días de mayo

Su mismo viaje a España, en el que de manera tan activa, numerosa, creyente y eclesial, ha participado nuestra diócesis de Toledo, es otra señal clara e inequívoca de lo que Dios dice a la Iglesia, y , en concreto, a nosotros que peregrinamos por estas tierras. Uno de los signos de la presencia Señor entre nosotros y de la acción del Espíritu es la alegría y la paz, y aquel fin de semana de la última visita del Santo Padre a España fue una corriente viva y vigorosa de un gozo y una esperanza que nada ni nadie nos puede arrebatar. Además de ser un grandísimo regalo de la misericordia de Dios, una jornada histórica, que no quedará únicamente en nuestro recuerdo, todo el viaje tuvo, así lo veo, un gran valor de signo para la Iglesia en España, para nosotros.

La vigilia con los jóvenes en Cuatro Vientos, la canonización de cinco santos españoles en Plaza de Colón de Madrid - y (qué santos!- , con sus palabras respectivas, el saludo y discurso de llegada, la despedida en Barajas, su actitud con nuestros Reyes, con los Obispos, con los gobernantes, sus traslados por las calles de Madrid, ..., todo tuvo un alto significado religioso y un valor de signo de muy largo alcance. Por eso la memoria de este viaje apostólico no sólo seguirá viva en nuestro agradecimiento o en el gran significado religioso que ha tenido, sino también en el hondo y alentador mensaje que nos ha legado el que ha venido a nosotros como hombre de fe, testigo de esperanza, heraldo del Evangelio y mensajero de paz, Vicario de Cristo, signo vivo de la presencia de Jesucristo entre nosotros y del cumplimiento de su promesa.

Algunos mensajes de esta visita

El Santo Padre, entre otras cosas, nos dejó a los católicos españoles la insistente exhortación a mantener y avivar el rasgo más sobresaliente de nuestra identidad:"(No rompáis con vuestras raíces cristianas! Sólo así seréis capaces de aportar al mundo y a Europa la riqueza cultural de vuestra historia"; "así contribuiréis mejor a hacer realidad un gran sueño: el nacimiento de la nueva Europa del espíritu, una Europa fiel a sus raíces cristianas"; "sois depositarios de una rica herencia espiritual que debe ser capaz de dinamizar vuestra vitalidad cristiana".

Cuando el Papa nos hablaba de esta manera no era para quedarnos ahí en el recuerdo de un ayer que pasó, sino para evocarnos que esas raíces profundas de nuestra identidad como pueblo son para el momento presente estímulo para ofrecer a este pueblo el ejemplo a proseguir y mejorar en el futuro. "Tenemos aquí marcado el camino para una auténtica renovación de la Iglesia, para una nueva primavera de santidad y de vida cristiana... La savia del catolicismo que a lo largo de nuestra historia ha generado tantas vidas heroicas y ha aportado a la Iglesia universal tantos frutos de cultura, de evangelización y de servicio al hombre, sigue latiendo en las raíces más profundas de nuestra personalidad e identidad cultural. Preciso es ahora reconocer esa rica savia, apreciarla y avivarla, de modo que robustezca la vida interior de nuestras comunidades y produzca en nuestras diócesis frutos nuevos de dinamismo pastoral y audacia evangelizadora en los inicios de este nuevo Milenio, para gloria de Dios y plenitud del hombre" (Comité Ejecutivo de la Conferencia Episcopal).

Por eso, en el momento preciso que estamos viviendo, en nuestro actual contexto histórico-social no exento de tensiones y con grandes retos para nuestro porvenir, tienen total vigencia y recobran si cabe una fuerza especial, aquellas otras palabras que en el año 1982 nos dirigió el Papa : "es necesario que los católicos españoles sepáis recobrar el vigor pleno del espíritu, la valentía de una fe vivida, la lucidez evangélica iluminada por el amor profundo al hermano. Para sacar de ahí fuerza renovada que os haga siempre infatigables creadores de diálogo y promotores de justicia, alentadores de cultura y elevación humana y moral del pueblo. En un clima de respetuosa convivencia con las otras legítimas opciones, mientras exigís el justo respeto a las vuestras". Es un mensaje de una actualidad total para todos los católicos españoles.

Toledo, sé tú misma, vuelve a encontrar tus raíces

Reavivar nuestras raíces cristianas, cultivar la educación de la fe, que es nuestro mejor patrimonio, dirigir nuestra mirada a Jesucristo, impulsar una nueva evangelización son un legado que nos ha dejado el Papa en esta visita. Muy bien podemos resumir este legado, reasumiendo como dirigido a nosotros el mensaje que dirigió, desde Santiago de Compostela, a toda Europa, retomando sus palabras; "un grito lleno de amor" parece que sigue llegándonos hoy a Toledo de parte del Papa : (Toledo, "vuelve a encontrarte. Sé tú misma. Descubre tus orígenes. Aviva tus raíces. Revive aquellos valores auténticos que hicieron gloriosa tu historia". Y si no aquellas palabras en el rezo del "Regina Coeli", al finalizar la Misa de canonización : "Sois depositarios de una rica herencia espiritual que debe ser capaz de dinamizar vuestra vitalidad cristiana, unida al gran amor a la Iglesia y al Sucesor de Pedro".

El camino y la escuela de María

Para que esto sea posible, el Papa nos indicó también un camino que no falla, el camino de María. España y Toledo de manera muy particular por tantos motivos, desde san Ildefonso a Guadalupe, es "tierra de María". Por eso el Papa, dirigiéndose -nada menos que a los jóvenes- nos dijo a todos que necesitamos acercarnos y "formar parte de la Escuela de María. Ella es modelo insuperable de contemplación y ejemplo admirable de interioridad fecunda, gozosa y enriquecedora". Así es como contribuiremos al "nacimiento de la nueva Europa del espíritu. Una Europa fiel a sus raíces cristianas, no encerrada en sí misma, sino abierta al diálogo y a la colaboración con los demás pueblos de la tierra; una Europa consciente de estar llamada a ser faro de civilización y estímulo de progreso para el mundo, decidida a aunar sus esfuerzos y creatividad al servicio de la paz y de la solidaridad entre los pueblos".

Un camino, una consigna : "Toledo evangelizada, Toledo evangelizadora"

No podemos dejar de citar aquí sus últimas palabras en la plaza de Colón : "Nos encontramos en el corazón de Madrid, cerca de grandes museos, bibliotecas y otros centros de cultura fundada en la fe cristiana, que España, parte de Europa, ha sabido luego ofrecer a América con su evangelización y después a otras partes del mundo. España evangelizada, España evangelizadora ese es el camino. No descuidéis nunca esa misión que hizo noble a vuestro País en el pasado y es el reto intrépido para el futuro. Gracias a la juventud española, que ayer vino tan numerosa para demostrar a la moderna sociedad que se puede ser moderno y profundamente cristiano. Ellos son la gran esperanza del futuro de España y de la Europa cristiana. El futuro les pertenece".

Estas palabras, en efecto, el Papa las dirigió a toda España, pero, )no tienen un eco especial y una fuerza singular si las vemos dirigidas a Toledo, ciudad e Iglesia que tanto tiene que ver con la cultura, que cuenta con un patrimonio cultural inigualable y que, a lo largo, de los siglos ha contribuido tanto en esas raíces cristianas de nuestra cultura, y que no puede dejar de escuchar su vocación a generar cultura hoy sobre esas mismas raíces?)No está vinculada Toledo por lazos muy especiales con la gran gesta de la evangelización de América y escucha en el momento presente con fuerza irresistible a que la prosiga hoy con nuevas iniciativas?. Con qué fuerza resuena en mis oídos de Arzobispo de Toledo esas palabras del Papa, y más después de mi visita a los sacerdotes misioneros de nuestra diócesis en Lurín, de Perú: "No descuidéis nunca esa misión".)Quién no escucha desde aquí ese mensaje dirigido a los jóvenes, que no sólo estuvieron presentes en la visita del Papa en Madrid, sino que se ve cómo Dios hace brotar en nuestra diócesis una pastoral de los jóvenes a través de diversas iniciativas, que nos piden a todos que les propiciemos nuevas energías y trabazón? Son los jóvenes, en efecto nuestra gran esperanza, "el futuro les pertenece"; por eso sentimos la llamada a hacer posible que ese futuro sea de ellos.

Todo se resume en esa gran llamada dirigida a nuestra diócesis: "Toledo evangelizada, Toledo evangelizadora, ése es el camino". Ése es el camino que Dios nos abre en las puertas del Nuevo Milenio y ante un nuevo curso, con toda su novedad y la llamada siempre perenne a anunciar la novedad siempre nueva del evangelio y a que, con la fuerza Espíritu vaya surgiendo y consolidándose una humanidad nueva, siempre en continuidad con lo que nos ha precedido, y en fidelidad a lo que Dios nos pide; es el camino que con tanta decisión como confianza está siguiendo el Papa desde el comienzo de su pontificado y a lo largo de su vida.

La visita del Papa a Toledo en 1982

)Quién no recuerda detrás de todo esto aquel otro viaje que él hizo a nosotros cuando nos visitó en 1982, en Toledo? "La sede de Toledo, dijo en aquellos momentos, es lugar propicio para este encuentro < de los fieles cristianos laicos de España>, por estar íntimamente vinculada a momentos importantes de la fe y de la cultura de la Iglesia en España. No podemos olvidar los concilios Toledanos, que supieron encontrar fórmulas adecuadas para la profesión de la fe cristiana en sus fundamentales contenidos trinitarios y cristológicos. Toledo fue un centro de diálogo y de convivencia entre gentes de raza y religión distintas. Fue también encrucijada de culturas que desbordaron las fronteras de España, para influir poderosamente en la cultura del Occidente europeo. Es ciudad de gran tradición cristiana, reflejada en sus monumentos artísticos y en la expresión pictórica de artistas de talla universal, como el Greco. Estos valores tradicionales siguen influyendo positivamente en la vida del pueblo toledano, que mantiene el recuerdo de sus grandes pastores medievales, como san Eugenio y san Ildefonso. Es la memoria de una tradición que se alarga a través de muchas generaciones de cristianos que se han extendido por todo el país y han participado en generosos movimientos misioneros en otros continentes". Y añadió más adelante, entre otras cosas referidas a los laicos : "Los laicos católicos, en sus tareas de intelectuales y de científicos, de educadores y de artistas, están llamados a crear de nuevo, desde la inmensa riqueza cultural de los pueblos de España, una auténtica cultura de la verdad y del bien, de la belleza y del progreso, que pueda contribuir al diálogo fecundo entre ciencia y fe, cultura cristiana y civilización universal". Finalmente, desde aquí, desde Toledo, hizo la siguiente llamada : "No existe, no puede existir apostolado alguno (tanto para los sacerdotes como para los seglares) sin la vida interior, sin la oración, sin una perseverante aspiración a la santidad...(Estáis llamados todos a la santidad!...florezcan ahora, en la época de la renovación eclesial del Vaticano II, nuevos testimonios de santidad, especialmente entre los seglares de España". )No tiene que ver esta llamada a la santidad dirigida a los seglares con la necesidad de santidad de los sacerdotes para que los laicos puedan seguir este camino en el mundo de hoy, como recordábamos antes con palabras de Madre Teresa de Calcuta?.

Tres signos para hoy, que marcan el camino a seguir en Toledo

22.- Tres signos para hoy : Teresa del Niño Jesús, Teresa de Calcuta, el Papa Juan Pablo II. No son casuales para nosotros ni son unos signos más, en Toledo. Con esta coincidencia algo, mucho, nos está diciendo el Señor. Tres testigos de esperanza, testigos del Señor, que el Espíritu nos ofrece hoy para animarnos a que como ellos, también nosotros, los católicos de Toledo, perdido todo complejo y desechado todo miedo, con vitalidad y vigor renovados, seamos "testigos de Jesucristo". Porque Jesucristo que vive, el Hijo de Dios venido en carne, concebido y nacido de Santa María siempre virgen por obra y gracia del Espiritu Santo, crucificado y resucitado de entre los muertos, es el gran Signo de Dios, el cumplimiento de sus promesas, fuente de toda esperanza.

2.4.- La Virgen María, esperanza nuestra, gran Signo de Dios para nosotros

Al finalizar el Año del Rosario y en el Año Jubilar Guadalupense

23.- La Virgen María, como nos recuerda el Papa en su Exhortación sobre la "Iglesia en Europa", evocando el texto del Apocalipsis de "la mujer, el dragón, y el niño" es también, para nosotros, al comenzar un nuevo curso en los momentos actuales una gran señal de esperanza : "María se nos presenta como figura de la Iglesia que, alentada por la esperanza, reconoce la acción salvadora y misericordiosa de Dios, a cuya luz comprende el propio camino y toda la historia. Ella nos ayuda a interpretar también hoy nuestras vicisitudes bajo la guía de su Hijo Jesús. Criatura nueva plasmada por el Espíritu Santo, María hace crecer en nosotros la virtud de la esperanza" (EE 125). Si traigo a colación en este lugar a la Santísima Virgen María, no sólo es en razón de que Ella es, como la invocamos en la oración de la Salve, "esperanza nuestra", "Madre de la esperanza", sino también en razón de que vamos a finalizar pronto el Año del Santo Rosario y de que estamos en plena celebración del Año Jubilar Guadalupense, con ocasión del 75 aniversario de la coronación canónica de la Virgen de Guadalupe.

El Año del Rosario

Estas celebraciones marianas, aunque tal vez más de uno piense que me paso de providencialista, no son para mí algo circunstancial. El Espíritu, a través de esta coincidencia, también nos está diciendo, nos está hablando a la Iglesia que está en Toledo. El Santo Rosario, en efecto, "en su sencillez y profundidad sigue siendo también en este tercer Milenio apenas iniciado una oración de gran significado, destinada a producir frutos de santidad. Se encuadra bien en el camino espiritual de un cristianismo que, después de dos mil años, no ha perdido nada de la novedad de los orígenes, y se siente empujado por el Espíritu de Dios a 'remar mar adentro' ((Duc in altum!), para anunciar, más aún, 'proclamar' a Cristo al mundo como Señor y Salvador, 'el Camino, la Verdad y la Vida' (Jn 14,6), 'el fin de la historia humana, el punto en el que convergen los deseos de la historia y de la civilización'"(RVM, 1)

El Año Jubilar Guadalupense

Como os decía en nuestra Carta Pastoral anunciando y convocando a la celebración del Año Jubilar Guadalupense : "Que la Virgen María nos muestre a Jesús, y eso nos basta; porque eso es lo que los hombres de todos los tiempos necesitamos, de manera muy particular en los tiempos difíciles que corremos. Para eso convocamos este Año Jubilar : para que, acercándonos a María, nos acerquemos a Jesús; para que Ella nos lleve a conocer, amar y vivir a Jesucristo, su Hijo, a guardar su Palabra, y, así, Dios, el Padre, y el Hijo, vengan a nosotros y pongan su morada en nosotros, como la pusieron en la misma Virgen María, con el Espíritu Santo. Que la Madre de Dios nos lleve y muestre a Jesús, para que en Ella y por Ella contemplemos el rostro del Hijo de sus entrañas purísimas, pensemos, sintamos y amemos como Él; que obremos como Él, que conformemos nuestra vida con la suya. Ahí, y sólo ahí, tendremos la salvación que esperamos, la dicha que anhela nuestro cansado corazón, el consuelo y el aliento del que andamos tan necesitados en el camino de la vida. (Necesitamos de Jesús!".

La Virgen de Guadalupe nos invita a volver a Jesús

De eso se trata con este Año Jubilar Guadalupense: de volver a Jesús, fruto bendito del bendito vientre de María, de no apartarnos ni distanciarnos de Él, "el mismo ayer, hoy y siempre". Como rememorando y actualizando, para que no se pase al olvido todo lo que significó el Gran Jubileo del 2000 : volver la mirada a Jesús, de nuevo, siempre, mantenerla fija en Él y proseguir el camino de Jesucristo sin retirarnos de él, no pararse ni cansarse "en la obra de renovación y revitalización que el Espíritu Santo está impulsando por doquier, como hemos podido apreciar, entre otros, en el Concilio Vaticano II, en nuestro Sínodo diocesano, en el Gran Jubileo del 2000, en el florecimiento de vocaciones sacerdotales, en los grupos de juventud que están emergiendo con fuerza y alegría, y en la última visita del Santo Padre a España". Para esto, entre otras cosas, ha sido convocado providencialmente el Año Jubilar Guadalupense : para que prosiga y sedimente el paso del Señor entre nosotros en la última visita del Papa a España, como indicamos en la aludida Carta Pastoral que, juntos, os dirigimos nuestro muy querido Obispo Auxiliar -ahora Obispo de Córdoba-, D. Juan José Asenjo, y un servidor (Cf. Carta Pastoral en el 75 aniversario de la Coronación de Nuestra Señora de Guadalupe, ll de mayo, 2003, nn, 4, 8-10)  

La Virgen de Guadalupe nos evoca nuestras raíces cristianas y nos impulsa a la misma obra de evangelización del siglo XVI en el Nuevo Mundo, llevada a cabo en nombre de Diosy Santa María

La Virgen de Guadalupe nos evoca, por lo demás, nuestras raíces cristianas, las raíces cristianas de España; es el primer santuario mariano nacional, donde desde el siglo XIII toda España, sus reyes y sus gentes sencillas, se ha postrado y acude a lo largo de siglos para venerar la sagrada imagen de la Virgen de Guadalupe; es un signo de la unidad de los pueblos de España en torno a la fe cristiana, como Toledo misma a partir del III, Concilio toledano, y, por ello, una llamada a reavivar las raíces más propias de nuestra tierra. No deja de ser significativo, además, que "el santuario mariano de Guadalupe de la tierra española esté tan ligado a la obra de España y de la Iglesia en América, a la fe de las tierras hermanas de América, a la devoción tan entrañable a la advocación del mismo nombre, "Guadalupe", de las tierras mejicanas; la invocación en tantas partes del mundo, y por parte de tantos pueblos, a la Virgen María en la advocación común de Guadalupe, en unidad de sentimientos y corazones constituye otro hecho más a tener en cuenta, que también nos habla en este Año Jubilar. )No querrá el Señor decirnos algo significativo con esto?)No se tratará, acaso, de una llamada fuerte a la diócesis toledana a renovar en nuestros días la gran empresa misionera y evangelizadora de otros tiempos, a ser cada día más evangelizada y evangelizadora?)No sentimos tal vez ahí la llamada a la unidad con los pueblos de América y a la solicitud por aquellas iglesias hermanas?" (Carta Pastoral en el 75 aniversario..., 11). 

La Virgen María, en su advocación de Guadalupe, ciertamente, fué la estrella de aquella gran epopeya que llevó la luz de Cristo a las tierras de América. En el nombre de Dios y de Santa María se inicio aquel venturoso camino para la difusión del Evangelio y en su nombre se llevó a cabo y se hizo posible. También la gran gesta de evangelización a la que estamos llamados hoy se realizará en el nombre y con el auxilio de la Virgen María, contenido, finalidad, estructura y método, "estrella", de la nueva evangelización, porque por Ella, dócil a Dios, y por obra del Espíritu Santo se nos ha dado a Jesucristo, Evangelio vivo de Dios.

2.5. El gran signo, primero y principal, para nuestra esperanza hoy, ayer y siempre : Jesucristo

Mirar y mostrar a Jesucristo

23.- Todo ha de apuntar a Jesucristo, no podemos mirar a otro que a Jesucristo, no podemos dejar de mostrar a Jesucristo. Como señala el Papa, una vez más, en esa reconfortadora Exhortación sobre la "Iglesia en Europa", "se ha consolidado la certeza, clara y apasionada, de que la Iglesia ha de ofrecer a Europa el bien más precioso y que nadie más puede darle : la fe en Jesucristo, fuente de la esperanza que no defrauda, don que está en el origen de la unidad espiritual y cultural de los pueblos europeos, y que todavía hoy y en el futuro puede ser una aportación esencial a su desarrollo e integración. Sí, después de veinte siglos, la Iglesia se presenta al principio del tercer milenio con el mismo anuncio de siempre, que es su único tesoro: Jesucristo es el Señor; en Él y no en ningún otro, podemos salvarnos. La fuente de esperanza, para Europa y el mundo entero, es Cristo, y la Iglesia es el canal a través del cual pasa y se difunde la ola de gracia que fluye del Corazón traspasado del Redentor" (EE 18).

Todo debe conducir a Jesucristo, nuestro único Señor y Salvador

En los tiempos que se nos ha dado vivir, y siempre, todo debe conducirnos a Jesucristo, a acogerle, a dejar que su gracia y su salvación, su obra redentora actúen en nosotros, y nos transformen, y nos cambien, y nos renueven y nos hagan ser hombres y mujeres nuevos; todo debería conducirnos a contemplar su rostro y escuchar su palabra, como su Santísima Madre o como María la hermana de Lázaro, y así conocerle y seguirle en la vida como la pauta inspiradora de nuestra conducta individual, familiar y social y pública, el único programa válido para la renovación de la humanidad y de la sociedad de nuestro tiempo. Todo debería conducirnos a unirnos con él, pues Él es "nuestro único maestro que debe instruirnos, nuestro único Señor del que debemos depender, nuestra única Cabeza a la que debemos permanecer unidos, nuestro único modelo al que debemos conformarnos, nuestro único medico que debe curarnos, nuestro único pastor que debe alimentarnos, nuestro único camino que debe conducirnos, la única verdad que debemos creer, la única vida que debe vivificarnos y nuestro único todo, en todas las cosas, que debe bastarnos" (San Luis María Grignion de Monfort), nuestra única esperanza que debe alentarnos.

Jesucristo, nuestra esperanza. (Abrámonos a Él!

"Jesucristo, el Verbo de Dios que está en el seno del Padre desde siempre, es nuestra esperanza porque nos ha amado hasta el punto de asumir en todo nuestra naturaleza humana, excepto el pecado, participando de nuestras vidas para salvarnos" (EE 19). El es la fuente de agua viva de la que vivimos y de la que vive la vida de la Iglesia, de lo que es la Iglesia, y de lo que  nosotros, en esta hora de la historia y del mundo, podemos ofrecer y dar al mundo. "La confesión de esta verdad está en el centro de nuestra fe" (EE 19), porque es el contenido y la sustancia viva de lo que creemos con fe cierta. Jesucristo, aquél a quien confiamos nuestras vidas porque somos testigos de que "es el único mediador y portador de la salvación para la humanidad entera : sólo en Él la humanidad, la historia y el cosmos encuentran su sentido positivo definitivamente y se realizan totalmente; Él tiene en sí mismo, en sus hechos y en su persona, las razones definitivas de la salvación; no sólo es un medidor de salvación, sino la fuente misma de la salvación" (EE 20).

Abrámonos a Jesucristo, como nos invita una y mil veces el Papa, abrámonos constantemente con confianza a Él y dejémonos renovar por él, "anunciando con el vigor de la paz y el amor a todas las personas de buena voluntad, que quien encuentra al Señor conoce la Verdad, descubre la Vida y reconoce el Camino que conduce a ella. Por el tenor de la vida y el testimonio de la palabra de los cristianos, los hombres de hoy, los que están lejos o alejados de la fe, los que no creen, los que pertenecen a otras religiones, los indiferentes y los escépticos, podrán descubrir que Cristo es el futuro del hombre."En efecto, en la fe de la Iglesia, 'no hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el que debamos salvarnos' (He 4,12)" (EE 20).

Jesucristo, la única respuesta a las grandes cuestiones del hombre y del mundo

Esto que, tal vez hace unas décadas se podía dar por supuesto, hoy es necesario afirmarlo una y otra vez, porque los hombres tendemos a saciar la sed de nuestro corazón y de nuestra vida en todo aquello a lo que el mundo nos invita como propuesta de felicidad. La única respuesta a esa sed profunda se llama Jesucristo. La única medicina para el desconcierto y el desasosiego que muchas veces paraliza, bloquea y llena de miseria el corazón humano es Jesucristo. "Para los creyentes, Jesucristo es la esperanza de toda persona porque da la vida eterna < que es donde está la total, plena y eterna felicidad>. Él es la 'palabra de vida' (Jn 1,1), venido al mundo para que los hombres 'tengan la vida y la tengan en abundancia' (Jn 10,10). Así nos enseña cómo el verdadero sentido de la vida del hombre no queda encerrado en el horizonte mundano, sino que se abre a la eternidad" (EE 21). Mirando a Cristo es como nosotros y todos los hombres, nuestros contemporáneos y amigos, nuestros familiares y vecinos, nuestros compañeros de trabajo o nuestros paisanos, "podrán hallar la única esperanza que puede dar plenitud de sentido a la vida" (EE 22).

Jesucristo, el único y más firme fundamento para la dignidad del hombre

Jesucristo, cercano a nosotros, presente entre nosotros, de tantas maneras, en su Iglesia y también en el mundo, es el único fundamento más firme y total de la afirmación de la dignidad inviolable de la persona humana, por el hecho de ser persona, imagen de Dios rescatada y restaurada con su sangre. Para un mundo donde miles de cosas cuentan antes que el hombre, donde miles de intereses ciegan la mirada para no ver en el hermano sino un competidor o un objeto para nuestra satisfacción o dominio, nosotros, por el don de haber conocido a Jesucristo, Hijo único de Dios que nos ha sido dado por María, podemos ser conscientes de que toda persona es un sagrario vivo, un portador de Cristo, que se identifica singularmente con los pobres, los que padecen hambre o sed, los que no tienen techo bajo el que vivir, carecen de vestido, están enfermos, son extranjeros o inmigrantes, están privados de libertad o viven en la esclavitud, como leemos en esa página imborrable de cristología en el capítulo veinticinco del Evangelio según San Mateo ( Cf NMI). Cristo es "sólido fundamento sobre el cual se ha de edificar una convivencia más humana y más pacífica porque es respetuosa de todos y de cada uno" (EE 21).

Jesucristo no ha paso, vive: es "el mismo ayer, hoy y siempre"

Jesucristo, además, no es alguien del pasado, que nos dio un ejemplo, que incluso entregó su vida por los hombres, pero que pertenece sólo a aquel momento de la historia. Cristo ha vencido en su carne el pecado y la muerte, que es lo que destruye al hombre. Y ha unido de alguna manera en su carne a todo hombre. Cristo vive. Cristo es una persona viva frente a la cual mi existencia y mi destino se juegan. No es sólo alguien que inspira nuestras acciones. Su palabra no es fundamentalmente, ni en primer lugar una especie de código de comportamiento. Cristo es mi salvación y mi esperanza, mi vida, el camino, la verdad de los hombres. Cristo es la fuente de una alegría verdadera, su presencia suscita gozo y alegría; es fuente de una vida nueva, que anticipa la futura que perdurará siempre, la vida del amor, cuando Dios sea todo en todos, fuente de un amor universal que no se encierra en mi pequeño campo, que se abre a todos, que no hace acepción de personas, ni se enclaustra en particularismos que nos aprisionan. Nuestra esperanza está fundada Cristo, "el Resucitado, que vendrá de nuevo como Redentor y Juez que nos llama a la resurrección y al premio eterno" (EE 21). Necesitamos acercarnos a Jesucristo que es donde está verdadero y pleno futuro del hombre y de la humanidad entera, y también la raíz de una nueva cultura de la solidaridad y de la vida.

Nadie puede culpablemente negarlo sin deshumanizarse

"Ningún  pueblo y ninguna cultura puede culpablemente ignorarlo sin deshumanizarse; ninguna época puede considerarlo superado, aunque la mayoría así lo estime; ningún hombre puede separarse conscientemente de Él sin perderse como hombre. Cristo no es un lujo, una opción facultativa, una idea ornamental: su presencia o su ausencia (vale decir nuestra acogida o nuestro rechazo) tocan lo profundo de nuestro ser y determinan nuestra suerte. El es el Señor y reclama espacio en nuestros pensamientos, en nuestras decisiones, en nuestra vida: nuestra inteligencia no vive sin esta 'memoria'; nuestra voluntad no se rige sino con esta 'obediencia'; nuestra humanidad no se realiza plenamente si no busca crecer en esta vinculación y en esta conformidad, esto es en su 'comunión'. Es el Señor y no puede ser enviado fuera de ningún ángulo de la existencia. Es el señor, aunque no se impone a ninguno, sino que se propone sin cesar a la libre adhesión de todos. La alegría de que exista vence toda tristeza posible en nuestros días. Los ojos que lo han contemplado en la fe no pueden mirar más al mundo y a la historia con desesperanza. El corazón que se ha abierto a Él, se ha abierto al universo y no puede volver a enclaustrarse en la propia mezquindad. Porque Él existe, nosotros somos un pueblo salvado; porque existe, somos una Iglesia; porque existe, todo debe ser renovado; toda reflexión y contemplación sobre Cristo, todo conocimiento de Él debe dar lugar a la humanidad nueva en Cristo" (G. Biffi). Esta es nuestra experiencia, esta es nuestra fe y nuestro gozo que anhelamos ofrecer a todos los hombres y compartir con ellos: que ellos entren en esta misma experiencia y nuestro gozo esté en todos.

III. Llamadas fundamentales en esta hora: Toledo evangelizada, Toledo evangelizadora, Toledo signo de Dios que es Amor

Tres grandes perspectivas : Afirmar a Dios, evangelizar, ser testigos de la caridad de Dios

24.- Ante la situación descrita, los signos de Dios y de la presencia de Jesucristo en medio nuestro, las llamadas o lo que el Espíritu Santo está diciendo a la Iglesia, en general, y, en particular a Toledo, se nos abren ante nosotros tres grandes perspectivas, inseparables entre sí, de actuación y de vida : Centrar nuestra vida y nuestra acción pastoral en Dios como lo único necesario, evangelizar de nuevo, como en los primeros tiempos, y ofrecer el testimonio de la caridad. Que los hombres conozcan a Dios Padre y a su Hijo Jesucristo, enviado por Él desde su seno a nosotros, porque ahí es donde está la vida eterna; que los hombres se conviertan y crean, que se abran y acojan a Dios; que conozcamos y nos abramos al don de Dios anteponiéndolo a todo, que busquemos todos por encima de cualquier otra cosa a Dios y su Reino, y que lo anunciemos y demos testimonio de Él, que lo puedan palpar en el amor de sus testigos : ahí es donde está nuestro futuro.  

3.1. Llamados a ocuparnos ante todo de Dios

Conocer, amar y dar a conocer el don de Dios: gran desafío para nosotros, en Toledo, hoy. Nada más decisivo que hablar a Dios y de Él  

25.- Se trata del don mismo de Dios, del que el mismo Jesús habla a la mujer Samaritana. Si el mundo conociese a Dios, si conociese su don, todo sería distinto. Por eso, el gran desafío hoy para los cristianos, de manera concreta para los que formamos esta diócesis de Toledo, a los que hablo, es conocer, amar y dar a conocer el "don de Dios", Dios mismo. Este es el reto para nosotros, los cristianos: que los hombres entiendan y vivan la vida con Dios, desde "el don de Dios", inmersos en él, y con esperanza, esperanza en la vida eterna. Y para ello necesitamos hablar de Dios, y, previa y simultáneamente, hablar a Dios. Nada hay tan urgente. Ningún asunto es tan central y decisivo. En medio del silencio de Dios que nos envuelve - de tan graves consecuencias -no podemos menos que hacer resonar " a tiempo y a destiempo", públicamente, la palabra sobre "Dios" y hablarle a Él. Hablar a Dios y de Dios en tiempos de silencio tan denso sobre Dios, es la tarea siempre pendiente que nos atormenta como pastores. Por más difícil que sea encontrar el nuevo lenguaje de la fe, no podemos seguir aquella recomendación de un insigne escritor para tiempos de secularización consumada: callar, orar y trabajar por la justicia. Es preciso hablar de El; hablar de El para darle gloria; hablar de Él desde la contemplación de su rostro, desde la adoración y desde la plegaria, desde la escucha de Él y dejándole ser Dios.

Ocuparnos ante todo de Dios y cultivar la experiencia teologal

Todo esto está exigiendo que nuestra pastoral se ocupe ante todo de Dios y cultive la experiencia teologal, la experiencia orante, la experiencia de la fe. Necesitamos una pastoral, en efecto, que sitúe a Dios, su gracia, su amor y su juicio, en el centro. Una pastoral que hable y dé testimonio de El para darle gloria. Aun con ser tantas y tan grandes las urgencias de transformación de nuestro mundo en un mundo más humano y habitable, no podemos abusar de esta urgencia sin mostrar al "sólo Dios", en expresión querida y reiterada del Hermano Rafael. Nuestra pastoral ha de ocuparse ante todo de Dios. Hace falta una fuerte dosis de teocentrismo y superar ciertas pastorales más antropocéntricas y secularizadoras. Por mucho que nos esforcemos en presentar las exigencias éticas, sociales o políticas para la vida desde el Evangelio, este Evangelio no se vive correcta y concretamente si el corazón no descubre a Quien es el origen primero: Dios Padre y su Hijo Jesucristo por su Espíritu Santo, Señor y Dador de vida. Nuestra acción pastoral ha de ayudar a descubrir, afirmar, reconocer y confesar al "sólo Dios" que el Hijo Unigénito nos ha revelado. Es necesario recentrar la vida de los cristianos en lo teologal y trinitario. Es necesario revalorizar para los fieles nuestra condición de creyentes en el sólo Dios y Padre, cuyo camino de acceso y encuentro, por el Espíritu Santo, no es otro que Jesucristo, fuente de toda sabiduría de Dios.

El mundo necesita que le hablemos de Dios. )Cómo hacerlo?

El mundo, el hombre de nuestros días, todo hombre, necesita que le hablemos de Dios; el creyente necesita proclamarle con sus labios: )Cómo hacerlo?)Cuál puede ser nuestro habla sobre Dios en esta situación de ocultamiento y silencio?)Cómo hemos de hablar, en concreto, los cristianos de Dios?. Aunque parezca una perogrullada, es preciso que hablemos de Dios, sencillamente del Dios vivo, de Dios como Dios, como lo único necesario; que hablemos de El en y desde el centro y la plenitud de la vida; que hablemos de Él como El mismo, en el Espíritu Santo, se nos ha dado a conocer por su Hijo unigénito Jesucristo.

Pero no olvidemos nunca que la cuestión de cómo hablar de Dios no es nunca, en primer lugar, un problema de lenguaje. La increencia no nace de un problema de lenguaje, ni puede afrontarse por medio de una estrategia de lenguaje. De lo que se trata primariamente no es de hablar un lenguaje sobre Dios más atinado o adaptado a la sensibilidad del hombre contemporáneo, de modo que ese lenguaje más pertinente pueda aplicarse a la predicación.

Si lo pensásemos así, por el mero hecho de plantear el lenguaje de este modo estaríamos dando a entender que el cristianismo para nosotros es un discurso, una abstracción. Un discurso abstracto, un sistema abstracto de valores y verdades es lo que queda, por un cierto tiempo todavía, cuando deja de ser una experiencia que cambia la vida e incide en la mirada sobre todas las cosas.

Hablar de Dios desde el testimonio de la experiencia de Él  

El lenguaje cristiano no puede ser un discurso abstracto, sólo puede ser el testimonio de algo que a uno le ha sucedido en la vida, de la relación personal que se mantiene con Él. Un testimonio puede ser rechazado o acogido, pero no es algo de lo que pueda discutirse por mucho tiempo : "Yo sólo sé una cosa : que era ciego y ahora veo".

La Iglesia sólo puede hablar de Dios como del Abismo de amor y misericordia que ella misma ha encontrado en Jesucristo y del que vive cada día. El lenguaje cristiano sobre Dios, insustituible por el más acabado de los discursos, es el testimonio de la redención de Jesucristo, de la que brota una vida nueva, una mirada nueva sobre toda la realidad.

Se habla de Dios viviendo, obrando y hablando de cualquier cosa, porque o Dios tiene que ver con todo o no tienen que ver con nada. Pero si no tiene que ver con nada, entonces tampoco tienen ningún interés para el hombre. El primer lenguaje del hombre es su propia vida. El testimonio cristiano sólo puede evitar ser un discurso vacío si se da en la vida, y al hilo de la vida; si se habla, por así decir, con toda el alma y con todo el cuerpo, con todo lo que uno es y hace.

Por esto mismo, frente al Dios "idea o concepto" hay que recuperar al Dios persona, viviendo frente a El en la relación que conviene a todo ser personal, y en aquella específica que conviene al Ser Infinito: la aceptación, que es amorosa confianza y repuesta. Frente al Dios-moralidad o valor, horizonte de valores y comportamientos, hay que descubrir al Dios santidad, estando con El con el mismo temor y temblor, con la misma fascinada adhesión con que estaban los profetas ante el Santo que siempre atrae y siempre rechaza: la adoración. Frente al Dios abstracto hay que recuperar al Dios de la historia y de la encarnación, de la cercanía solidaria y de la muerte en la cruz por nosotros y con nosotros, a cuya exposición sólo puede responder con el amor complaciente, con la imitación en la vida, con la acción de gracias incesante, con el vaciamiento de la vida en favor de todos: El testimonio.

Para hablar de Dios reconocer y aceptar su primacía y su gracia

Hablar así es hablar, en primer lugar de la presencia, de la primacía absoluta del Dios vivo. Al evangelizar, al predicar, al dar catequesis, podemos dar por bueno el antropocentrismo de nuestra cultura inmanentista y ofrecer únicamente las respuestas a las preguntas del hombre, que selecciona las cuestiones según el esquema de sus intereses o preocupaciones. Pero esta manera de proceder olvida la primacía real y personal del Dios vivo, Creador, salvador y Señor y, aun sin quererlo, recorta y somete la revelación de Dios a la medida del pensamiento y de los intereses del hombre contemporáneo.

Esta manera de proceder olvida, al mismo tiempo, que Dios antes que respuesta al hombre es pregunta al mismo : "Adán, )dónde estás?". "Caín, )dónde está tu hermano". Porque Dios es pregunta que nos lleva a descubrirnos en nuestra realidad, en nuestra verdad. Dios es pregunta que nos lleva a descubrir al hermano. No es la correlación necesaria de nuestras experiencias; no es sólo la respuesta a las preguntas por la esperanza. Estando en sintonía con ellas, y mostrando la verdad de los anhelos y preguntas del hombres , entraña para nosotros el cuestionamiento que exige el no escandalizarse de El.

Para hablar de Dios en verdad, es imprescindible orar, hablarle a Él. La oración es decisiva y nos urge

Hablar de Dios esa es nuestra misión, pero para ello, es preciso hablar a Dios, orar. La oración es uno de los elementos fundamentales, siempre imprescindible, en los que debemos insistir en estos tiempos en los que resulta tan difícil hablar de Dios a los hombres de nuestro tiempo. Necesitamos acoger hoy aquel sabio consejo de San Agustín en el opúsculo que él dirige al diácono Deogracias, De catechizandis rudibus : "Cuando no puedas hablar a uno de Dios, háblale a Dios de él"; ese es el momento presente que vivimos. Hablar intensamente, sin bajar los brazos como Moisés, a Dios de los hombres de nuestro tiempo, orar sin cesar por ellos, interceder por ellos. Y junto a esto, hablar a Dios sencillamente, buscarle a Él en el sosiego de la oración y del trato coloquial y amistoso, buscarle a El, anhelar contemplar su rostro. Esto es lo primero, sólo de ese trato personal de amistad con quien sabemos nos ama, solo reconociendo que él es el primero y que ante todo nos importa Él, podremos hablar de Él y darlo a los demás que es nuestra gran tarea. Por eso solo una Iglesia de orantes y contemplativos, de interioridad como nos recordaba el Papa, podrá ofrecer a los hombres de hoy lo que necesitan. Todo esto ha de calar muy hondo en nuestra diócesis, comenzando por vuestro Obispo, y siguiendo por los sacerdotes hasta el más pequeño de los fieles y desde el principio.

Ocuparnos ante todo y por encima de todo de Dios

En nuestra pastoral y en nuestra vida hemos de ocuparnos, en resumen, ante todo y por encima de todo de Dios, para que o de tal forma que Dios ocupe todo en nosotros. Buscarle a Él, que las obras que tenemos que hacer en su nombre ya vendrán, con nosotros o sin nosotros, o a pesar nuestro. Para ello es preciso que nos abramos más y más a la iniciativa de Dios, que creamos que es Él quien lleva a la Iglesia, que dejemos a Dios ser Dios y actuar a Él, que todo es gracia suya; para ello, cultivar la interioridad y la espiritualidad verdadera, la oración, la contemplación, la escucha de la Palabra de Dios, participar en los sacramentos, centrarnos en la Eucaristía, frecuentar el sacramento de la penitencia... Todo cuanto contribuya a acercarnos a Dios, a teologizar nuestra existencia, a abrirnos a la gracia y a dejarnos conducir por ella, a buscar en todo la voluntad de Dios y cumplirla, como la Santísima Virgen, la llena de gracia. Esto es prioritario en un mundo tan secularizado como el nuestro que se nos mete en la misma Iglesia.

3.2. Llamados a evangelizar, como en los primeros tiempos

Ante la secularización interna de la Iglesia, para una pastoral esperanzada, revitalizar la vida interior

26.- No podemos dejar de tener en cuenta con la Conferencia episcopal, como ya hemos aludido antes, que "el problema de fondo, al que una pastoral de futuro tiene que prestar la máxima atención, es la secularización interna. La cuestión principal a la que la Iglesia ha de hacer frente hoy en España no se encuentra en la sociedad o en la cultura ambiental como en su propio interior; es un problema de casa y no sólo de fuera...Ante un contexto cultural difícil y en ocasiones adverso, y ante la delicada situación eclesial indicada, la Iglesia, que confía en Jesús, no se arredra. Descubre que cuenta con las claves justas para una pastoral renovada y con respuestas evangelizadoras para los retos actuales...Los problemas no son para perder la esperanza, sino para afrontarlos con acierto y con esperanza. Una pastoral esperanzada es uno de los principales retos que tenemos como Iglesia". Ése es en verdad el camino a seguir en estos momentos.

Esto reclama un convencimiento fundamental: el vigor de la Iglesia, el valor de sus aportaciones a la humanización del hombre, de la sociedad y de la historia, están en proporción a su autenticidad religiosa y a su densidad de fe, a su vida teologal y teocéntrica, a su vivir esa religiosidad y esa fe teologal en los múltiples terrenos de la vida real y concreta, al fortalecimiento de la identidad que le es propia, al vivir conforme a la originalidad con que ha aparecido en la historia por iniciativa de Dios, distinto al mundo. Ni su mensaje, ni sus objetivos, ni sus procedimientos pueden coincidir con los mensajes, los objetivos y los procedimientos de ningún grupo humano.

Hay que fundamentar la experiencia de Dios, la fe, confrontar de verdad a los hombres con el juicio de Dios, empujarlos hacia la conversión, acompañarlos en este doloroso encuentro con el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo que destruye los ídolos de la seguridad y la soberbia, promover verdaderas comunidades de creyentes que luego sean capaces de asumir por su cuenta la responsabilidad de vivir la fe en un mundo que no es ni puede ser nunca por sí mismo el mundo de Dios.

Reavivar las raíces cristianas, fortalecer la misión religiosa

Así, entre nosotros, en España -y también en Toledo-, para afrontar con decisión y esperanza el reto del futuro necesitamos reavivar nuestras raíces cristianas, las raíces cristianas de nuestra sociedad. Recuperar y revitalizar estas raíces es una decisión insoslayable en una hora en la que está en juego nuestro futuro. Entendería parcialmente esto quien en los retos viese únicamente los retos políticos y económicos. Sin negarles importancia, hay otros retos que nos desafían en lo más profundo de nuestro ser personal y social.

Cuanto más se seculariza la vida, más se deshumaniza; más se empequeñece el sentido de las relaciones humanas y se pone en peligro la dignidad y libertad de las personas. En la crítica sin discernimiento que se ha hecho en los últimos decenios, y que se viene haciendo de manera radical, a nuestro pasado espiritual y cristiano, o al sentido religioso de la vida como abarcante de la persona y con toda su significación vital, "nos quedan como supremos valores y bienes el dinero y la soledad del sexo y de la droga"; la quiebra moral es manifiesta, y consiguientemente la quiebra de humanidad, el vacío y el nihilismo adquieren carta de ciudadanía. "Aunque no todos, por desgracia, la perciban, hoy más que nunca se puede percibir la necesidad de Dios". Hacia ahí apunto cuando afirmo que es necesario reavivar nuestras raíces cristianas, o cuando señalo como fundamental el fortalecer la misión auténtica y estrictamente religiosa de la Iglesia.

Urgidos a una nueva evangelización: respuesta al reto de futuro

No faltarán quienes ante esto se rasguen las vestiduras gritando que pretendo volver al régimen de cristiandad, la confusión de lo civil y de lo cristiano, del Estado y de la Iglesia, o que, por otra parte, abogo por una Iglesia espiritualista, desencarnada y desentendida de los grandes problemas que afectan a nuestra sociedad. Todo lo contrario. No trato de volver al pasado, sino sencillamente de reclamar que abordemos una vez por todas y decididamente la gran tarea de la nueva evangelización dentro de las condiciones de libertad religiosa reconocida por el Vaticano II -libertad que, por lo demás, algunos y desde diversas instancias pretenden cercenar, seguramente desde un confesionalismo laicista-. Dentro del debido respeto a la libertad religiosa, el Evangelio reclama totalmente al hombre entero.

La nueva evangelización es la respuesta al reto de futuro que tenemos entre nosotros. Lo que vivimos en estos días, no sin poco sufrimiento, entiendo que es una llamada y una purificación para que la Iglesia, siendo Iglesia conforme la ha querido y quiere su Señor, Jesucristo, fortaleciendo su identidad de fe, reavive las raíces cristianas de nuestro pueblo, se entregue a la gran labor y el gran servicio a los hombres y a la sociedad, que es una nueva evangelización. Este es el reto de futuro, aquí se abre la gran esperanza.

Es importante que, desde la sinceridad y la humildad, reconozcamos nuestra debilidad y la fragilidad de nuestra fe. Es el camino para ponernos en movimiento y renovarnos. Necesitamos esa renovación profunda; necesitamos que nuestra experiencia de Dios y de Jesucristo se fortalezca para anunciar el Evangelio; necesitamos acoger de nuevo el Evangelio de Jesucristo, que se haga vida en nosotros, que vivamos de él, como el justo vive de la fe. De esta manera evangelizaremos, atraeremos a los no creyentes y alejados.

El mundo necesita a Jesucristo

El mundo necesita el Evangelio. Necesita a Jesucristo. No podemos quedarnos impasibles ante esa necesidad y petición, a veces no consciente siquiera, que nos llega de los que se han alejado de la fe, de los que no creen en Jesucristo, revelador de Dios y del hombre, de los que padecen la quiebra de humanidad o el vacío del sin sentido, de los que sufren el desamor, injusticia u olvido de los hombres que pasan de largo ante sus propias necesidades y lamentos. Una petición que nos grita a nosotros, los cristianos, aunque seamos flojos : (Ayudadnos!.

Vivimos tiempos "recios. Fácilmemte nos lamentamos de ellos. Con una naturalidad pasmosa buscamos culpables o creemos que nada puede hacerse para cambiar la situación difícil, muy difícil, que atravesamos. Vivimos una sociedad típicamente pagana. Lo que en estos momentos está en juego, como he dicho antes, es la manera de entender la vida, con Dios o sin Dios, con esperanza de vida eterna o sin más horizonte que los bienes del mundo, con un código objetivo respetado desde dentro o con la afirmación soberana de la propia libertad como norma absoluta de comportamiento hasta donde permitan las reglas externas de juego. Y esto es muy importante. No da lo mismo una cosa que otra. Este es el reto para nosotros los cristianos : que los hombres entiendan y vivan la vida con Dios y con esperanza en la vida eterna; que los hombres crean en Jesucristo, le sigan y alcancen con El la felicidad, la verdad que nos hace libres, el amor que nos hace hermanos.

No podemos callar

Los cristianos no somos meros espectadores. No nos podemos cruzar de brazos. Nos sentimos urgidos a evangelizar. No podemos callar. Pero sólo podemos hablar si creemos : "Creí, por eso hablé". Hay que volver a comenzar. Hay que volver a evangelizar. Hay que vivir y anunciar el Evangelio en su realidad más radical y original y en sus contenidos fundamentales. Anunciar el Evangelio, como si nunca lo hubieran escuchado, en nuestras casas y hogares, a nuestros vecinos, a las personas con las que tratamos y convivimos, con las que trabajamos o compartimos tareas e ilusiones. Como en los primeros tiempos. Como si fuese la primera vez que se anuncia a Jesucristo en el interior de un pueblo; con toda su fuerza de novedad y escándalo y con todo su inigualable atractivo; sin complejos, ni temores, con sencillez ilusionada y entusiasmo vigoroso; con audacia apostólica; con inmenso amor hacia todos. Y ese anuncio, desde la experiencia gozosa de fe que nos transforma interiormente y nos hace vivir con una entera confianza y esperanza en Dios que nos ama.

Vivimos un ambiente pagano, sin paliativo de ningún tipo, que también nos toca - tal vez más de lo que nos parece -. Tenemos que aprender a vivir como cristianos en ese ambiente, siendo levadura en la masa, como el alma en el cuerpo, dando vida y aliento, fermentando nuestro mundo. Y vivir como cristianos, con todas las consecuencias, es vivir la autenticidad del Evangelio, dar testimonio de él, anunciarlo, ser lo que el alma al cuerpo. Esta debería ser nuestra respuesta ante la escasez de anuncio evangelizador de nuestra Iglesia diocesana a los que no creen o se han alejado de la fe. Con la ayuda de Dios esto es posible.

Es la hora de Dios, es la hora de evangelizar : Toledo evangelizada, Toledo evangelizadora

Es posible y Dios nos lo está pidiendo. Es la hora de Dios, la hora de la evangelización, la hora de una Iglesia misionera. Siempre, pero dede que he llegado a Toledo con mucha mayor intensidad todavía, estoy escuchando como una llamada permanente de Dios a la misión, a evangelizar a los que no creen o se han apartado de la fe. Siento la urgencia, que me requema por dentro. Es lo que más me apremia. Se trata de la nueva evangelización en un mundo pagano, que se ha alejado de Dios o ni siquiera se lo plantea. Pero es también la misión, en su sentido más estricto, "ad gentes", las misiones; y está intensidad aún se hace más acuciante, aunque más serena, desde mi visita este verano a Perú, a Lurín y Lima. Nos apremia evangelizar. Este es nuestro futuro. Esta es la gran llamada de Dios a la Iglesia que está en Toledo. Todo el enriquecimiento y vitalidad con la que Dios la adornado y vigorizado en las últimas décadas, en sintonía con su pasado, )no es también una llamada a la evangelización, a la misión y a las misiones?. "España evangelizada, España evangelizadora", esa es la consigna que el Papa nos dejó en su último viaje. Ésa es también la consigna para nuestra diócesis : "Toledo evangelizada, Toledo evangelizadora".

3.3. Llamados a vivir y ser el signo de la caridad de Dios

La caridad, gran signo de la verdad del Evangelio y de su anuncio

26.- La verdad de esta consigna, la señal de que esta consigna se cumple y verifica entre nosotros, es el gran signo de la caridad, que, bien sabemos y vivimos peor, es la forma de vida del cristiano y pilar imprescindible en el que la Iglesia se sustenta. La señal de que el Mesías, Salvador y esperanza de los hombres, al que los hombres, pecadores y pobres, enfermos y rotos aguardan, es que los "pobres son evangelizados", como responde Jesús a los discípulos de Juan ( Cf Mt 10). Es el gran signo de que el Reino de Dios está cerca de nosotros, de que hemos recibido la Buena nueva del Reino de Dios, y ha arraigado en nosotros : Dios, Amor, reina en nosotros. Sin esta señal, "sin esta forma de evangelización, llevada a cabo mediante la caridad y el testimonio de la pobreza cristiana, el anuncio del Evangelio, aun siendo la primera caridad, corre el riesgo de ser incomprendido o de ahogarse en el mar de palabras al que la actual sociedad de la comunicación nos somete cada día. La caridad de las obras corrobora la caridad de las palabras" (NMI 50).

Esta es, pues, la verdadera señal que muestra creíble el Evangelio : la caridad, esto es, el que nos amemos los unos a los otros como Cristo nos ha amado, el que amemos de manera viva y efectiva, práctica y concreta, a nuestros hermanos, especialmente a los más pobres y necesitados. En esto conocerán que somos sus discípulos: en que nos amamos como Él nos ama y con su mismo amor ( Cfr Jn 13,34-35). La caridad es lo que constituye el principio vital de la Iglesia, Cuerpo del Señor. Como nos recuerda el Papa en su carta "Al comenzar el nuevo milenio", "las palabras del Señor a este respecto son demasiado precisas como para minimizar su alcance. Muchas cosas serán necesarias para el camino histórico de la Iglesia en este nuevo siglo; pero si faltara la caridad,(ágape), todo sería inútil" (NMI 42).

Por eso nos recuerda san Pablo: "Si no tengo caridad, nada soy...Si no tengo caridad, nada me aprovecha" ( l Cor l3,23).La caridad es el verdadero "corazón de la Iglesia (Sta. Teresa de Lisieux). "En el atardecer de la vida seremos examinados y juzgados del amor" (San Juan de la Cruz). Al final sólo quedará el amor, el amor a los pobres y a los últimos: "Tuve hambre y me diste de comer, estuve enfermo y preso y viniste a verme" (Mt 25). "Mirad cómo se aman", ése era el distintivo de aquellas comunidades, en las que todo lo compartían y tenían en común (Cf Hech, 2,42-44). Ése ha de seguir siendo también hoy, y siempre, el distintivo, afirmado y fortalecido con la nueva evangelización, de los cristianos y de las comunidades cristianas, para que el mundo crea, para que pueda ver cómo nos ha transformado Jesucristo y su Evangelio, cómo, en verdad, hemos sido hecho creaturas nuevas por el Espíritu Santo que derrama en nuestros corazones el mismo amor de Dios. 

Es preciso dar el paso hacia todo hombre, sobre todo el pobre

Bajo la acción del Espíritu Santo que está sobre Jesucristo para anunciar la buena noticia a los pobres y a los que sufren ( Cf Lc 4), siguiendo las huellas de Jesús, Buen Samaritano que sale a nuestro encuentro despojándose de su condición divina y haciéndose uno de nosotros, pobre con los pobres, es preciso e inaplazable que demos el paso hacia todo hombre, en especial hacia quienes están siendo víctimas de la injusticia o de la marginación, hacia todos los alejados y orillados, hacia los despojados y heridos en la vida y en su esperanza, hacia los ancianos, enfermos y desvalidos, hacia los que sufren por cualquier causa, hacia los que necesitan consuelo y aliento, hacia los nuevos pobres que crea la sociedad moderna, hacia los pecadores y rotos. Que vean en nosotros la cercanía más total, la acogida que refleja el Dios único y verdadero que no hace acepción de personas, que en su Hijo Jesucristo nos ha salido al encuentro de cada uno en su amor infinito, misericordioso y universal. Que puedan palpar en nuestra solicitud amorosa y desinteresada, al Dios y Padre de la misericordia, Dios de todo consuelo, que les quiere sin límite ni ribera alguna, los acoge sin condiciones y sin esperar nada a cambio, los perdona, los ama, los cura y los llena de esperanza y restablece en su dignidad. Que por nuestro cercanía y proximidad a los pobres, que mediante nuestra opción preferencial por ellos, como opción de Iglesia, se testimonie el estilo del amor de Dios, su providencia y su misericordia, y se siembren hoy en la historia aquellas semillas del Reino de Dios que Jesús mismo, rostro del Padre, dejó en su vida terrena atendiendo a cuantos recurrían a Él para toda clase de necesidades espirituales y materiales (Cf. NMI 49).

Algunas exigencias de la caridad

Como Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre, Dios con nosotros, con su propio amor, amor de Dios humanado, la caridad cristiana nos lleva a compartir cuanto somos y tenemos con quienes lo reclaman desde cualquier necesidad; nos conduce a establecer unas relaciones humanas nuevas apoyadas en el amor de Dios y que es Dios; unas relaciones apoyadas en el respeto a la dignidad de cada ser humano y a la defensa del débil, del inocente y del indefenso. La caridad nos compromete a los cristianos a instaurar un mundo nuevo y reclama de nosotros que nos empeñemos auxiliados por la gracia divina, en las circunstancias actuales, en lograr algo cada vez más urgente y necesario: la unidad de todos, el trabajar con todos, codo con codo, en la lucha contra la pobreza y las pobrezas que atenazan y amenazan a nuestra sociedad. La caridad nos apremia hoy ante tantas y tan variadas pobrezas, las de siempre y las nuevas, las muchas sensibilidades que interpelan hoy la sensibilidad cristiana y los grandes retos a los que dirige nuestra mirada el Papa en su Carta "Novo Millennio Ineunte" (NMI 50-51) y "Ecclesia in Europa". No podemos dejar de tener muy presente en el actual momento que vivismos a los inmigrantes, con toda la significación que tienen. Muy en nuestro corazón también han de estar los enfermos y los ancianos.

El ejercicio de la caridad reclama la defensa de los derechos fundamentales de la persona humana

La caridad, que actúa el Espíritu en nosotros, nos proyecta hacia la práctica de un amor activo y concreto con cada ser humano. Nos urge y apremia apostar por la caridad que, no lo olvidemos, ha de ser también necesariamente un servicio a la cultura, la política, la economía y la familia, para que se respeten los principios fundamentales de los que depende el destino del ser humano, en los que están en juego su dignidad inviolable y sus derechos fundamentales e inalienables. Esta dimensión es parte inseparable de la evangelización.

El Nuevo Milenio ha de caracterizarse por el ejercicio de la caridad

No olvidemos jamás aquellas palabras tan vibrantes del Papa en su Carta programática "Al comenzar un Nuevo Milenio" : "Éste es un ámbito que caracteriza de manera decisiva la vida cristiana, el estilo eclesial y la programación pastoral. El siglo y el milenio que comienzan tendrán que ver todavía, y es de desear que lo vean de modo palpable, a qué grado de entrega puede llegar la caridad hacia los más pobres. Si verdaderamente hemos partido de la contemplación de Cristo, tenemos que saberlo descubrir sobre todo en el rostro de aquellos con los que Él mismo ha querido identificarse": los pobres. Ateniéndonos a las indiscutibles palabras del Evangelio, en la persona de los pobres hay una especial presencia de Jesús, que impone una opción preferencial por ellos: "Tuve hambre y me distéis de comer" (Mt 25, 35). Esta página no es simplemente una invitación a ejercitar la virtud de la caridad: es una página de cristología, que ilumina el misterio de Cristo. Aquí la Iglesia comprueba su fidelidad como esposa del Señor, no menos que sobre el ámbito de la ortodoxia. Por eso tenemos que actuar de tal manera que los pobres, en cada comunidad cristiana, se sientan como "en su casa", porque su casa es, ciertamente. "No debe olvidarse que nadie puede ser excluído de nuestro amor, desde el momento que 'con la encarnación el Hijo de Dios se ha unido en cierto modo a todo hombre'" (Cf NMI 49).

Necesidad de la Eucaristía para el testimonio de la caridad

Esto está pidiendo que los cristianos nos centremos en la Eucaristía, que hagamos de ella el centro, la fuente y el culmen de la vida cristiana. Aspirar a la caridad, hacer de ella la norma de nuestra vida, vivir la caridad, llevar a cabo la instauración de un mundo nuevo que exige la caridad como la forma propia del vivir cristiano, está exigiendo que los cristianos vivamos profundamente el misterio de la Eucaristía. Sólo quien se alimenta de Cristo, caridad de Dios, amor de Dios hecho carne, puede entregar ese amor a los demás; sólo quien vive a Cristo, quien se une a El, puede entregarlo a los demás, y con El y como El ser el buen samaritano que se acerca al malherido y maltrecho para curarlo. Sólo quien participa en la Eucaristía, quien vive todo lo que significa y es el misterio eucarístico se capacita para hacer de su vida una entrega de sí mismo y de sus cosas a los demás, es decir, un darse real y enteramente a todos. Sólo a partir de la Eucaristía podemos vivir el misterio de la comunión con Dios, de donde brota el amor a los hermanos, y la comunión con ellos.

La comunión, inseparable del amor fraterno. La comunión manifiesta la esencia misma de la Iglesia. Fomentar la espiritualidad de la comunión

La comunión, inseparable del amor fraterno, de la caridad, fuente y sustento de ese mismo amor, es otro aspecto importante e imprescindible en que será necesario poner un decidido empeño programático en nuestra iglesia diocesana, como en toda la Iglesia una y única, universal, tal y como subraya una y otra vez el Papa. La comunión "encarna manifiesta la esencia misma del misterio de la Iglesia. La comunión es el fruto y la manifestación de aquel amor que, surgiendo del corazón del eterno Padre, se derrama en nosotros por el Espíritu que Jesús nos da (cf  Rm 5,5), para hacer de todos nosotros 'un solo corazón y una sola alma' (Hch 4,32)... Hacer de la iglesia la casa y la escuela de la comunión: éste es el gran desafío que tenemos ante nosotros en el milenio que comienza, si queremos ser fieles al designio de Dios y responder también a las esperanzas del mundo... Antes de promover iniciativas concretas, hace falta promover una espiritualidad de la comunión, proponiéndola como principio educativo en todos los lugares donde se forma el hombre y el cristiano, donde se educan los ministros del altar, las personas consagradas y los agentes pastorales, donde se construyen las familias y las comunidades. Espiritualidad de la comunión significa ante todo una mirada del corazón hacia el misterio de la Trinidad...; significa, además, capacidad de sentir al hermano de fe en la unidad profunda del Cuerpo místico de Cristo, y, por tanto, como 'uno que me pertenece'...Espiritualidad de la comunión es también  capacidad para ver ante todo lo que hay de positivo en el otro, para acogerlo y valorarlo como regalo de Dios... es saber 'dar espacio' al hermano, llevando mutuamente la carga de los otros. No nos hagamos ilusiones: sin este camino espiritual, de poco servirían los instrumentos externos de comunión. Se convertirían en medios sin alma, máscaras de comunión más que sus modos de expresión y crecimiento" (NMI 42-43).

Toledo una diócesis donde se vive la comunión

Es cierto - y así hay que reconocerlo y agradecerlo a la Trinidad Santa- que una de las características de nuestra diócesis es el vivir la comunión eclesial de una manera gozosa y espontánea. Pero también es cierto que, -hoy más que nunca, y fortaleciendo el don que hemos recibido- es preciso que ahondemos y profundicemos en esta espiritualidad: que los sacerdotes seamos signo y testimonio vivo de la misma en todos sus aspectos, que se enraice más y más en el pueblo cristiano; a pesar de lo mucho y bueno que en este terreno se da, es necesario corregir actitudes y realidades que se introducen entre nosotros. En esto nos va la vida, nos va la capacidad de vivir la caridad que expresa esta comunión profunda, y nos va la capacidad de evangelizar que es siempre inseparable de la comunión. Para ello, también es preciso que nos decidamos a desarrollar aquellos ámbitos e instrumentos que sirven para asegurar y profundizar la comunión y que nos comprometamos más que nunca a valorarlos y fortalecerlos.

El servicio a la comunión, servicio principal de mi ministerio episcopal  

El servicio humilde y perseverante a la comunión es, sin duda, el más exigente y delicado, pero también el más precioso de mi ministerio episcopal, porque es servir a una dimensión esencial de la Iglesia y a la misión de la misma en el mundo. En este servicio, con la ayuda del Espíritu y de la comunión de los santos, habré de poner mis mejores y mayores esfuerzos, no ignorando que esta comunión es ante todo unidad en Cristo y en su doctrina, en la fe y en la moral, en los sacramentos, en la obediencia a la jerarquía, en los medios comunes de santidad y en las grandes normas de disciplina. Y no ignorando tampoco que la comunión en la Iglesia tiene sus propias exigencias internas, la primera de las cuales es la comunión con Dios. Los cristianos están en comunión unos con otros porque primariamente están en comunión con el Padre y con su Hijo Jesucristo en el Espíritu Santo. Sólo en el encuentro y comunión con Dios, la Iglesia recibe su vigor y vitalidad. Hoy el problema mayor con que nos encontramos es el encuentro con Dios, la vida desde Dios y en Dios. Por eso, renovar la vida interior de la Iglesia por una revitalización de la comunión con Dios entre los cristianos es tarea apremiante a la que habremos de dedicar nuestros mejores desvelos. Tengo el convencimiento, como ya señalé antes, de que todo lo que hagamos para realizar la misión de la Iglesia ha de tener como base y comenzar por suscitar en el pueblo cristiano el encuentro con Dios, vivo y verdadero. Y en este sentido, para promover y alentar la comunión, será necesario recordar, subrayar y favorecer, a tiempo y a destiempo, la vocación de todos los fieles a la santidad: porque esa es la voluntad de Dios, nuestra santificación. Desarrollar en nuestra diócesis una pastoral de santidad. Cuidemos de que los sacerdotes sobresalgamos en el testimonio de la santidad; fomentemos la renovación de los institutos de vida consagrada en la unidad diocesana; promovamos la espiritualidad propia de los laicos, fundada en el bautismo, y de modo particular la espiritualidad conyugal.  

Participación y corresponsabilidad de los laicos

Especial mención y atención merecen en este punto la participación y corresponsabilidad de los laicos. Necesitamos avanzar más en este terreno. Y, de manera muy principal, habrá que seguir trabajando en buscar formas de presencia, como exige la situación de hoy, en una nueva sociedad y ofrecer, en ella,  con toda libertad y gozo, sin complejos, el mensaje del Evangelio, como fuente de libertad, de progreso, de crecimiento en humanidad y de realización de nuestro mundo en paz solidaria y en justicia. Así mismo, la comunión eclesial se ha de transparentar en la comunión solidaria con todos los hombres. Los hombres podrán atisbar el don de la comunión que brota de la Santísima Trinidad si nos ven a los cristianos del lado del hombre, a su servicio, puestos de manera efectiva al lado de los pobres y comprometidos en las causas más nobles de la justicia y la paz en favor de los hermanos. Los cristianos que viven en comunión con Dios muestran donde está nuestro Dios acercándose a los hombres que padecen injusticia, aproximándose como buenos samaritanos a tanto sufrimiento y herida de los hombres. Por eso habremos de promover el compromiso de las comunidades y de todos los fieles de nuestra diócesis en las causas del hombre, impulsando su participación en la vida pública. Todo esto supone un notable esfuerzo, del que no podemos dispensarnos, de formación de laicos, de creación o de potenciación de instituciones encaminadas a proporcionar esta formación.

Tengamos, por lo demás, siempre en cuenta que la unidad de la Iglesia no es uniformidad, sino integración orgánica de las legítimas diversidades. Y todos estamos llamados y obligados a tomar conciencia de la propia responsabilidad activa en la vida eclesial. Promocionando las vocaciones al sacerdocio y la vida consagrada, descubriendo cada vez mejor la vocación propia de los laicos para su presencia cristiana y pública en el mundo, promoviendo "las diversas realidades de asociación, que tanto en sus modalidades más tradicionales como en las más nuevas de los movimientos eclesiales, siguen dando a la Iglesia una viveza que es don de Dios constituyendo una auténtica primavera del Espíritu" (NMI 46), y prestando especial atención a la pastoral familiar.

Los Consejos diocesanos, órganos de comunión

Al hablar de la comunión en la Iglesia, no puedo omitir una referencia aunque sea breve a la necesidad de fortalecer y avivar los distintos Consejos Diocesanos : el Consejo del Presbiterio, el Consejo de laicos, el Consejo de Vida Consagrada y el Consejo de Pastoral, que, en principio, estará formado por todos los otros Consejos diocesanos, además del Colegio de Arciprestes y los Delegados y Directores de Secretariados de Pastoral. Estos Consejos, como muy bien sabemos, son órganos muy fundamentales para la comunión, y han de ayudar a vivir, alentar y fortalecer la comunión, así como a una misión en comunión, que parte de la comunión y tiende a ella. Es éste un asunto al que prestaremos una atención relevante en este curso.

IV. Algunas orientaciones concretas para nuestra actuación

Ante un nuevo curso para elaborar el programa pastoral, guiados por y en comunión con el magisterio del Papa y el Plan Pastoral de la Conferencia Episcopal

27.- Con estas perspectivas reemprendemos el camino de un nuevo curso, que siempre es esperanza. El programa nos lo ha trazado el Papa en su Carta "Al comenzar un nuevo milenio", en su Exhortación apostólica "Iglesia en Europa" y en su último viaje apostólico a España. Es el programa y el camino que habremos de seguir, en comunión con el resto de las diócesis españolas, con las concreciones propias y las llamadas concretas que Dios nos dirige a la Archidiócesis de Toledo. Habremos de repasar, profundizar, conocer mejor, aplicar los mencionados documentos del Papa, así como el Plan Pastoral de la Conferencia Episcopal Española en toda la diócesis, en sus órganos de gobierno y en los Consejos diocesanos, en las Vicarías territoriales y en los Arciprestazgos, en las parroquias y comunidades, en los distintos grupos apostólicos y de acción pastoral. Con todo ello, con las reflexiones correspondientes, y, sobre todo, con la oración y atención a Dios y a lo que el Espíritu dice a esta Iglesia que está en Toledo elaboráramos a lo largo del año nuestro Plan diocesano de Pastoral. Entre tanto permitidme algunas insinuaciones de lo que personalmente, a la luz de Dios y en conformidad con estas enseñanzas de la Iglesia y desde la comunión eclesial, veo que podríamos impulsar en el futuro, y que, contrastándolo con vosotros, corregido en lo que convenga y enriquecido por vosotros, si es de Dios, podríamos llevar a cabo.

Por una pastoral centrada en lo fundamental

Sí que me gustaría, como he dicho allá donde Dios me ha llamado a realizar el ministerio de pastor, que sería muy bueno que, a pesar de la complejidad de la situación y de las demandas, podamos llevar a cabo una pastoral simplificada. Sería muy bueno que nos centremos en pocos aspectos pero fundamentales. Como hace el Papa en Novo Millennio o en Ecclesia in Europa, o como nos resumió en su viaje último a España: la santidad, la gracia, la oración, la escucha y anuncio de la Palabra, la Eucaristía, la Penitencia, la caridad, la comunión;  o como vemos en esos signos luminosos de Dios para esta época que hemos recordado: Santa Teresa del Niño Jesús, Madre Teresa de Calcuta, el mismo Papa Juan Pablo II en todo su hacer y decir. A veces podemos perdernos en una pastoral muy compleja que nos abruma y esteriliza. La Iglesia, en el siglo XVI, impulsada por Trento llevó a cabo, asistida y animada por el Espíritu, una grandísima renovación fijándose en muy pocas acciones. Santa Teresa de Jesús y sus monjas -ahí tenemos también el ejemplo de Santa Teresita- han contribuído como pocos a la evangelización de nuestro mundo y en la renovación y revitalización de la Iglesia con una vida centrada en la oración y en la respuesta a la la llamada a la santidad desde el claustro y la contemplación. Hoy tenemos ante nosotros un nuevo reto de renovación y de evangelización; como aquel entonces nos hallamos, también en Toledo, en una nueva etapa de la historia que hemos de encauzar cristianamente con una visión cristiana auténtica, exigente y renovada.

Encaminado todo a que los hombres crean, a "hacer" cristianos

28.- Todo debe ir encaminado a esto: a que, con la gracia de Dios y su auxilio, los hombres crean, a que se conviertan a Jesucristo y le sigan, a hacer cristianos. De eso se trata: de hacer cristianos, de engendrar y ayudar a crecer nuevos hijos de Dios que conozcan a Dios Padre y a su Hijo Jesucristo, donde se encuentra la vida plena y eterna. Todo, pues, como ya he dicho, en orden a una nueva evangelización, todo encaminado a una pastoral de iniciación cristiana, que, por obra del Espíritu Santo, se encamine a "hacer cristianos"; ésa ha de ser ante todo nuestra primera solicitud pastoral. Aunque en nuestra diócesis hay tantos signos de vitalidad cristiana, no podemos cerrar los ojos a la evidencia de una secularización fortísima de nuestra sociedad ni a la secularización interna de la iglesia, como si esto no nos afectase. Las cosas no pueden seguir igual ante el gran cambio que está experimentando nuestra diócesis y ante el que todavía mayor va a experimentar en los años venideros, con las comunicaciones, el crecimiento demográfico, el aumento de la población joven y dinámica y muy castigada por la cultura secularizada y de la increencia, pagana, que viene de otras partes, el fenómeno tan singular de la proliferación de las urbanizaciones,... Lo que está sucediendo en buena parte de la población joven de España es algo que llena de preocupación por los jóvenes mismos y por el futuro de la sociedad cuando ellos sean padres y educadores de las nuevas generaciones : son muchos los que no creen en nada y viven sumidos en el nihilismo y en el vacío, aunque es justo reconocer, a renglón seguido, que hay también un sector muy amplio de jóvenes que buscan y encuentran a Jesucristo y dan testimonio de Él.

Impulsar un fuerte dinamismo misionero. Así se mantendrá y fortalecerá lo que tenemos

No podemos mirar a otro sitio y continuar con una pastoral de mero mantenimiento y de conservación, no podemos conducirnos por las inercias de lo que "siempre" hemos hecho, aunque esto no debe suponer en modo alguno despreciar nada de la rica y genuina tradición de esta iglesia toledana, al contrario. Con ser necesario mantener, no mantendremos ni siquiera lo existente si no impulsamos un fuerte dinamismo misionero en toda nuestra pastoral. Habrá que promover una acción pastoral orientada a la conversión y a la fe confesante en el Dios vivo y soberano; no podemos dar por supuesta ni la fe ni la conversión; muchos de los fallos y de la falta de fecundidad de la pastoral es no propiciar por encima de todo la conversión y el encuentro y la relación personal con Jesucristo, como nuestro único dueño y Señor. Hay que presentar el cristianismo con toda su originalidad y singularidad, en toda su exigencia y radicalidad, sin eliminar las aristas de la cruz que a veces tanto se ocultan para hacernos plausibles, pero tras lo que nada o apenas nada queda. Es preciso ofrecer "la sustancia viva del Evangelio", en expresión de Pablo VI. Hay que decir y testimoniar claramente que Jesucristo, Hijo Unigénito de Dios vivo, es el único Salvador, lo pide todo, y si no lo pide todo, como al joven rico, no es Jesucristo; no podemos escamotear el camino de las bienaventurannzas, el de la cruz, el de la negación a nosotros mismos, y el de la vida nueva que en ese camino de la cruz y de las bienaventuranzas se da, tan en dirección opuesta a los criterios de nuestra cultura deexaltación del hombre, de negación de Dios, hedonista y pagana.

Decidámonos por una pastoral misionera y por fortalecer la iniciación cristiana

No tengamos miedo a esta pastoral y a lo que ella comporta. Pero decidámonos ya a ella, mañana puede ser tarde, si Dios no lo remedia. Impulsemos una pastoral más diversificada y acomodada a las situaciones de la fe; demos una orientación misionera a la pastoral sacramental. Y muy en primer término, renovemos y potenciemos la iniciación o la "reiniciación cristiana", con atención particular, en este caso, a los jóvenes y adultos; el estudio y la reflexión sobre lo que es y exige la iniciación cristiana dentro de la misión evangelizadora de la Iglesia en nuestro tiempo es algo que debe ocupar nuestra atención a lo largo de este curso, como ya se ha iniciado en el Consejo diocesano del presbiterio, para sacar las conclusiones operativas a las que debamos llegar. Cierto que una pastoral de iniciación cristiana para todos reclama un cambio de mentalidad y de estilo pastoral, exige una pastoral evangelizadora y de fortalecimiento de la comunidad eclesial, supera rutinas y nos pone a todos en movimiento. Pero una pastoral así merece la pena y llena de ilusión y de esperanza.

Renovar las parroquias

29. Es preciso renovar las parroquias en perspectiva misionera y dar vida a comunidades evangelizadoras. Si de verdad queremos -y debemos quererla- una pastoral de iniciación cristiana con todas sus exigencias, habremos de propiciar, en efecto, decididamente la renovación de nuestras parroquias y de nuestra diócesis, entre otras cosas:

con una liturgia muy cuidada

a) con una liturgia muy cuidada en todos sus aspectos y exigencias, "mejorando nuestras celebraciones", sobre todo de la Eucaristía; la Eucaristía, la celebración y la adoración, han de ser centro de la diócesis y de las comunidades, fuente y vida de todo; sigamos para ello la Encíclica del Papa Ecclesia de Eucaristía.Es necesario recuperar y profundizar en la renovación litúrgica del Vaticano II; tal vez necesitemos sacudirnos el polvo que se nos ha podido pegar en estos años de camino en la renovación litúrgica, y necesitemos purificar algunas cosas, avivar otras, en todo caso revitalizar las celebraciones litúrgicas, fortalecer el sentido litúrgico en nuestras comunidades con una adecuada formación y con celebraciones muy cuidadas. Todo lo que se haga en este orden de cosas contribuirá de manera decidida a potenciar una diócesis evangelizadora en todos los órdenes, ya que la liturgia, sobre todo de la Eucaristía, es fuente y cumbre de la evangelización;  

 

con una vida cada vez más intensa de oración

                b) con una vida cada vez más intensa de oración y ofreciendo espacios para aprender a orar y para orar ante el Señor personalmente o en forma comunitaria. Hemos de generar un gran movimiento de oración, poner a toda nuestra diócesis en oración, hemos de permanecer unidos todos en torno a la oración : orar más y más intensamente y con verdad vuestro arzobispo, los sacerdotes, las personas consagradas, los fieles cristianos laicos, las familias; que los sacerdotes no dediquemos menos de una hora diaria a la oración mental, además del breviario y del Rosario; que las familias oren juntas al menos en la bendición de la mesa y el santo Rosario; que los padres y los abuelos enseñen a rezar a los pequeños, a hablarle a Dios con toda naturalidad; que en todas las parroquias de la diócesis se tengan un espacio diario para rezar el Rosario, que ofrezcan momentos de adoración al Santísimo, que promuevan vigilias de oración, escuelas de oración, que se propicien los grupos de oración particularrente entre los jóvenes; que se conozcan más y mejor los monasterios de vida contemplativa y se vaya a ellos para orar con las monjas o los monjes; no tengamos miedo a mantener nuestras iglesias más tiempo abiertas para que los fieles puedan acercarse a hacer la visita al Santísimo a orar; que se potencie la oración en los tiempos litúrgicos fuertes. Si siempre la oración es necesaria y una escuela de evangelización imprescindible, en un mundo tan secularizado como el nuestro, lo es todavía con mayor motivo;

con un mayor conocimiento de la Palabra de Dios

c) con iniciativas propias y creativas que propicien un conocimiento mayor y una escucha más atenta de la Palabra de Dios; formar para ello, grupos de lectura orante y reflexión de la Palabra de Dios, impulsar la lectio divina en la diócesis y en las parroquias; formar un grupo de animadores bíblicos a viven diocesano y parroquial que acompañen y sirvan de guías en los grupos de estudio y oración bíblica, crear un Centro diocesano de difusión de la Biblia y de formación de agentes para este cometido, ofrecer materiales idóneos para este fin; difundir en las parroquias las publicaciones del Evangelio de cada día y fomentar que en las familias cristianas se lea el texto del Evangelio del día correspondiente y se dediquen unos minutos para comentarlo en familia y orar sobre él; que los sacerdotes preparemos la homilía dominical con una lectura meditada y orada de los textos bíblicos del domingo; cuidemos mucho la homilía : tal vez no lleguemos a ver la importancia que tiene y el mucho bien que se puede hacer con ella, para muchos será su alimento que les sostenga en la vida cristiana y les aliente a proseguir su camino. Todo lo que hagamos en este sentido por el conocimiento, difusión y asimilación de la Palabra de Dios será de gran fecundidad para la comunidad cristiana;

con la acogida de los alejados y el ir a los lejanos

                d) con actitudes e iniciativas que propicien la acogida de los alejados. Entre nosotros, muchos bautizados han perdido el sentido de la fe y de la pertenencia a la Iglesia; viven alejados, por múltiples y variadas causas, de la comunidad eclesial; nadie de nosotros puede permanecer insensible ante esta situación; es necesario un propósito constante de acercamiento a estos bautizados, inspirado en la actitud  de acogida, comprensión y paciencia que tuvo Cristo, reflejo de la misericordia del Padre, con los alejados de su tiempo, la que tiene con cada uno de nosotros, pecadores. Las parroquias tienen que asumir decididamente la tarea de ser auténticos lugares de acogida y experiencia del Evangelio de la misericordia, abierto a todos, preocupándose, de forma especial de los alejados. Que todos vean en la Iglesia, en las parroquias, instituciones eclesiales, curia, en las personas de iglesia, una actitud de acogida, una iglesia madre y acogedora; que nadie se vea rechazado o no atendido : (podemos hacer tanto en cuanto a la acogida, y es tan fundamental y sencillo que debemos poner en ello el máximo esmero y delicadeza; que valoremos el servicio de la acogida, en sacerdotes y laicos, con todo lo que esto implica; que todos se sientan acogidos y nadie se sienta excluido. Se nos ofrecen tantas y tantas ocasiones para ejercer esta acogida, con tantos y tantos momentos para ella, que no podemos desperdiciarlas y no ofrecer el signo de la verdad del Evangelio de la misericordia. Y junto a la acogida de los alejados que nos llegan, fomentar también iniciativa de acercamiento a los sectores lejanos: ante los alejados no podemos estar esperando que nos lleguen o vengan a nosotros, es necesario emprender y recorrer caminos de búsqueda, de acercamiento, dar el primer paso, para ofrecer y testificar la riqueza de Jesucristo, su persona, su mensaje, su salvación, y allanar los caminos para ello.

Fortalecer la celebración del domingo

30. En este orden de cosas estimo que es un elemento fundamental para la renovación de nuestras parroquias en clave evangelizadora y para proporcionar el soporte necesario y constante a la iniciación cristiana de las nuevas generaciones, el que impulsemos en toda la comunidad cristiana la celebración del domingo como momento culminante de la vida cristiana : son muchas las cosas que en este terreno cabe hacer ahondando y sacando las consecuencias de la Carta Apostólica Dies Domini de Juan Pablo II sobre la santificación del domingo; soy consciente de las dificultades, pero también estoy convencido de que son muchas las iniciativas que podemos emprender; lo cierto es que la santificación y recuperación del domingo cristiano es uno de los aspectos que mejor contribuirán a la superación de la secularización, a la consolidación de la vida cristiana y al impulso evangelizador y misionero.

Dar prioridad a la catequesis

31. Uno de los elementos básicos para lanzar a la diócesis por los caminos de la evangelización es la catequesis. He observado cómo en todas las parroquias se lleva a cabo la catequesis, sobre todo con los niños en los años anteriores a la primera comunión, y con los adolescentes con ocasión de la preparación al sacramento de la Confirmación. Pero sin quitar nada a lo mucho de bueno que hay en la catequesis en nuestra diócesis, ni del esfuerzo que se desplegó aquí en favor de la catequesis en momentos que todos tenéis presentes, ni del alto número y de la generosidad e interés de los catequistas, creo que, estaréis conmigo, podemos mejorarla, hacer más por ella, invertir más en ella, conforme a las directrices de la Iglesia para esta función tan vital, expresadas en el Directorio General de Catequesis y en el Catecismo de la Iglesia católica, acompañarla más de la comunidad cristiana, e insertar a su lado otras actividades de educación cristiana en tiempo libre. 

Es preciso que pongamos mucho empeño y que despleguemos grandes y generosas energías en la formación de catequistas; tendremos que revisar y potenciar nuestras escuelas de catequistas parroquiales, arciprestales o zonales y ofrecer orientaciones y materiales adecuados para ello. Habríamos de ofrecer a los catequistas en las parroquias, arciprestazgos, vicarías, y diócesis actividades de encuentro con Dios: retiros, ejercicios espirituales, convivencias. Necesitamos instrumentos catequéticos.  Hay que utilizar el Catecismo de la Iglesia católica y los Catecismos de la Conferencia Episcopal Española o los materiales, por ejemplo para la infancia adulta o la preadolescencia aprobados en nuestra diócesis: éstos son los únicos materiales aprobados en nuestra diócesis y éstos han de ser los utilizados en nuestras catequesis, y no otros.

Necesitamos en nuestra diócesis una catequesis para una Iglesia en estado de misión y dentro de un proyecto de iniciación cristiana integral que ayude a los cristianos a asumir el bautismo y a favorecer la identidad cristiana, que ayude a vivir y confesar la fe de la Iglesia en nuestro mundo; que lleve a emprender el camino de la misión al mundo y capacite para una presencia real, efectiva y confesante de los cristianos en la vida pública.

Instituir el catecumenado diocesano en sentido estricto y propiciar otras iniciativas para el catecumenado de adultos y jóvenes bautizados

31.- Con constancia y sin desaliento, no fijándonos tanto en los números, trabajemos por implantar en la diócesis el catecumenado bautismal en su sentido estricto como institución diocesana al servicio de la iniciación cristiana para los no bautizados, o instaurar el catecumenado en su sentido más amplio en buena parte de las parroquias para los jóvenes y adultos que abandonaron la fe o la viven débilmente, donde los cristianos sean conducidos al redescubrimiento integral de la vida cristiana y a la conversión personal, de manera que se integren de verdad a la comunidad espiritual y sacramental que es la Iglesia. En este orden de cosas, sin magnificar ni absolutizar, sí que os pido a todos que no tengáis reserva, máxime después de la aprobación de sus Estatutos, al Camino Neocatecumenal que, ciertamente, es un carisma del Espíritu a la Iglesia en estos tiempos para la reiniciación cristiana. No es el camino, pero sí que es un camino, al que habremos de ayudar o cuando menos no podemos obstaculizar. Caben, por supuesto, y habrá que crearlos, secundando la acción del Espíritu, otros caminos de reiniciación cristiana: pero lo que no podemos es quedarnos cruzados de brazos o agarrotados.  

Iniciativas diversas para la formación de laicos

32. Pongamos en marcha iniciativas encaminadas a la formación de laicos, donde, sobre todo los jóvenes, se preparen para su acción apostólica y misionera en el mundo y por medio de las instituciones del mundo, como son la familia, la profesión, la intervención en las responsabilidades sociales, culturales y políticas. El Instituto Superior de Ciencias Religiosas que acaba de crearse y la renovación de las Escuelas de teología ya existentes pueden ser un instrumento valioso para este fin. Se podría también pensar en crear una Escuela Diocesana de Formación Teológica y Pastoral con diversas sedes. A todas estas iniciativas e instituciones habrá que darles una fuerte carga evangelizadora.

Impulsar grupos, movimientos e iniciativas evangelizadoras

33.- Habremos de impulsar grupos y movimientos que son netamente evangelizadores, por carisma y por historia : los Cursillos de cristiandad, la Acción Católica, el Camino Neocatecumenal, la Legión de María, los nuevos movimientos, algunos de ellos muy propios de nuestra diócesis como el grupo "Peregrinos", o el de "Los Pinos", o "Getsemaní". No tengamos miedo a estos movimientos, nuevos y tradicionales, pero que son en su entraña más viva misioneros. En nuestra diócesis están surgiendo iniciativas evangelizadoras, grupos que se sienten llamados a la evangelización en su sentido más estricto y a propiciar y ayudar a otros en la misión, como por ejemplo el que va a tener su centro en la parroquia de Argés y que, en mi responsabilidad de pastor de la diócesis, aliento y bendigo. Habrá que propiciar las misiones parroquiales, o la misión en la Universidad o en otros aspectos: lo que sea, alentado por el Espíritu, pero para imprimir en toda la diócesis como un gran movimiento y embarcarla a toda ella y en todos sus campos en ese movimiento de evangelización. Habrá que potenciar iniciativas nuevas para evangelizar: por ejemplo, peregrinaciones y encuentros de jóvenes, presencia en los medios de comunicación, en el mundo de la cultura a través de foros, conversaciones, diálogos, presencias nuevas en el mundo del arte y de la música... Entre las iniciativas evangelizadora haríamos bien en retomar aquel intento tan audaz como valioso que se proyectó para Talavera: aquello es posible llevarlo a cabo hoy; debemos fortalecerlo, incluso con el apoyo de la "Casa de la Iglesia" cuyas obras hay que culminar cuanto antes y darle el sentido pastoral que las exigencias de evangelización reclaman hoy de nosotros. Es necesario que la fe suscite en nosotros la creatividad, pero no podemos encogernos ni replegarnos a los cuarteles de invierno. Consideramos todo ello tan importante e imprescindible que, incluso en la organización, el Secretariado de Misiones se ha ampliado a "Misiones y Evangelización", con el objeto de potenciar y coordinar en la diócesis iniciativas evangelizadoras y fortalecer en toda la comunidad diocesana la urgencia de la evangelización.

Pastoral que urja a la conversión

32.- Aunque resulte repetitivo y "machacón", quiero subrayar que una nueva evangelización requiere una pastoral que urja a la conversión. Esto supone que es inaplazable centrar nuestro esfuerzo pastoral en el anuncio y transmisión de los contenidos más centrales del Evangelio de Jesucristo : la persona y el misterio de Jesucristo en toda su integridad, el reconocimiento de la soberanía y de la paternidad de Dios, la esperanza de la vida eterna, la donación del Espíritu Santo y la gracia, la redención y el perdón de los pecados, la sabiduría de la Cruz, la regeneración de la persona y de la vida, la práctica del amor fraterno como norma y distintivo del comportamiento cristiano, las bienaventuranzas, el decálogo. Tendríamos que ser capaces de una predicación misionera centrada en lo esencial, apta par nuestros conciudadanos, sobre todo los jóvenes. Anunciar el Evangelio de Jesucristo sin componendas ni cesiones a la moda : no se trata de anunciar lo que a veces los hombres de hoy parecen querer oír y que les halaga, sino lo que Dios quiere que les digamos y que El mismo nos ha confiado, precisamente para entregarlo y no silenciarlo.

Desarrollar la conciencia misionera

29.- Muy relacionado con lo anterior, inseparable sin duda de todo ello y para que nuestra diócesis en esta etapa de su historia recobre su fuerza y capacidad evangelizadora, es la exigencia de desarrollar la conciencia misionera de todos, de los sacerdotes, de los seminaristas, de las personas consagradas, de los fieles, animar en las parroquias y comunidades cristianas, en los grupos y asociaciones apostólicas, el espíritu misionero universal. Es preciso potenciar esta conciencia misionera eclesial, de la misión ad gentes, en todos, tanto en los sacerdotes y consagrados como en los laicos. Nos sentimos urgidos a una animación misionera vigorosa en nuestra diócesis. Es preciso despertar esta responsabilidad en todos los miembros del Pueblo de Dios y hay que tratar de formarlos para que puedan asumirla y ejercerla según su vocación y carisma.  Sería muy deseable y recomendable que se crease en cada parroquia, en conexión con el Secretariado de Misiones y Evangelización, un grupo misionero responsable de la acción misionera de la comunidad, de promoción de vocaciones misioneras, de oración, de cercanía, ayuda, apoyo y atención a las misiones y a los misioneros, particularmente aunque no de manera exclusiva de los que tienen que ver con Toledo, también para recoger fondos y ayudas económicas para este fin.

Dios llama a la diócesis de Toledo a las misiones

No podemos dudar que Dios llama a la Iglesia que está en Toledo de una manera muy fuerte a las misiones. El número de sacerdotes, consagrados y laicos de nuestra diócesis que están sirviendo a la Iglesia en las misiones es alto. Pero últimamente Dios nos pide más. Dios nos ha regalado mucho, sobre todo, en sacerdotes, porque quiere de nosotros que vayamos donde Él nos pide y envía: a las misiones. Os confieso que, desde que he llegado a esta diócesis, he sentido esa llamada que se me ha confirmado tan vivamente con mi visita este verano a la diócesis de Lurín, en Perú: lo que allí ví y oí, las llamadas exteriores e interiores que experimenté. Aquellos días pasaron por mí muchas cosas; pero no se trata de lo que pasó simplemente por mí, sino de lo que todo ello estaba significando como confirmación de toda una serie de hechos, de signos, de llamadas que venían sucediéndose en los meses anteriores, contrastadas con no pocas personas de nuestra diócesis, con los miembros del Consejo del Presbiterio, e, incluso, con otras personas con especiales responsabilidades en la Iglesia. De todo ello, surge la llamada a asumir una Prelatura Apostólica, que podría tal vez encomendársenos también en Perú, sin abandonar para nada nuestra presencia en la diócesis de Lurín y en otros lugares donde se encuentran nuestros misioneros.

El que la Santa Sede pueda encomendarnos, tal vez en fecha no lejana, a nuestra diócesis de Toledo una Prelatura o un Vicariato Apostólico es un gran don de Dios, un regalo más suyo, que habrá de exigir de todos nosotros generosidad, gran sentido de Iglesia y amor a ella, valentía y fe, caridad evangélica y anhelo de dar a conocer a Jesucristo, pasión por el hombre y tantas y tantas cosas que están implicadas en la misión. Hemos de prepararnos para esto, todos, no solo los sacerdotes; y hemos de sentir esto como cosa de todos, que a todos nos implica y compromete de diversas maneras y en diferentes grados. Entre tanto llega esto, oremos, oremos insistentemente y con todas las fuerzas y llenos de confianza, para que Dios capacite a esta diócesis para asumir esa responsabilidad, que nos haga generosos, que nos dé sabiduría y fortaleza para decir, sobre todo los sacerdotes: "Aquí estoy, mándame donde Tú quieras".

Pidamos que Dios prepare nuestros corazones para esta misión. Acarreará esta misión, sin duda, notables trasformaciones en nuestra diócesis, tendrá repercusiones en nuestro presbiterio, en la distribución de los sacerdotes en las tareas pastorales de aquí, en el seminario y en la formación que éste habrá de proporcionar a los futuros sacerdotes, en la corresponsabilidad de los laicos y de la vida consagrada, en la solidaridad económica con esa porción del pueblo de Dios que se nos encomiende a toda la diócesis, en tantas y tantas cosas. Todo será para nuestro bien, se fortalecerá la comunidad diocesana: la fe se fortalece dándola, la vida de una comunidad se fortalece dándose y comunicándose la comunidad a otras comunidades, habrá un nuevo impulso a una pastoral decididamente misionera, un renovado vigor evangelizador del que saldrán beneficiadas nuestras comunidades de aquí, habrá más vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada : a Dios nunca le ganaremos en generosidad. Hagamos nuestra la llamada de Jesús y roguemos al Dueño de la mies.

Estemos muy cercanos a nuestros misioneros y ayudémosles

Pero antes y al mismo tiempo, tengamos muy en cuenta a nuestros misioneros y misioneras que están en diversos lugares de los distintos continentes. Sintámonos muy cercanos a los sacerdotes misioneros de la diócesis; no los dejemos: a ninguno. Sintamos como propios los lugares donde ellos trabajan. Solamente he conocido la misión de Lurín: es admirable lo que nuestros sacerdotes misioneros están haciendo allí; uno se siente orgulloso, con sano orgullo, de ellos y de los que han estado antes; es inmenso el trabajo que allí hay; son grandísimas las necesidades. Todo desde allí es llamada de Dios para que le ayudemos, porque Él desde aquellas gentes que carecen de tanto y tan fundamental, es su clamor mismo el que nos llega a nosotros. Necesita de nosotros para que llevemos allí la Buena Noticia de su amor misericordioso y de buen samaritano.

Es necesario avivar la conciencia misionera en toda la diócesis y de vivir la misión como obra propia. El Secretariado diocesano de Misiones y Evangelización va a poner en marcha diversas iniciativas encaminadas a esa animación misionera en toda nuestra diócesis y en los diversos sectores de población. Secundémosla con apertura de corazón. No nos cerremos ante esta llamada que el Señor nos dirige, y que, además, es una señal más de su amor.

Jóvenes misioneros

Propiciemos también, como ya viene haciéndose, el que jóvenes de nuestra diócesis pasen temporadas en aquellos lugares de misión ad gentes como verdaderos misioneros, con espíritu misionero; no como turistas. Este verano he tenido ocasión de comprobar en Lurín con el grupo de veinticuatro jóvenes, acompañados de cuatro sacerdotes, lo grande y beneficioso que resultan estas experiencias misioneras de un mes, o de más tiempo, tanto para el lugar donde van, como para los propios jóvenes que van allí; me han edificado. Otros grupos de jóvenes, me consta, han ido a otros lugares, con la misma experiencia y con el mismo testimonio y beneficio. Habría que propiciar igualmente que nuestros seminaristas antes de ordenarse sacerdotes dediquen un tiempo a las misiones : su formación se verá enriquecida y fortalecida.

El presbiterio de Toledo, un verdadero regalo de Dios

30.- No puedo dejar de referirme en este recorrido rápido sobre algunos aspectos concretos a los sacerdotes. Lo reconocí al principio: el presbiterio de nuestra diócesis es un verdadero regalo de Dios, un don de su gracia a la Iglesia que peregrina en estas tierras castellano-manchegas y extremeñas que conforman nuestra diócesis. Siempre, todos los días doy y debemos dar gracias todos a Dios por nuestro presbiterio, no sólo por el número y por la juventud del mismo, sino, ante todo, por la cualidad sacerdotal y eclesial de todo su conjunto. Aprecio con gozo agradecido la buena salud de nuestro presbiterio.

Fortalecer la vida espiritual de los presbíteros

Por ello, justamente, habrá que intensificar todavía más y fortalecer la espiritualidad de los presbíteros, el cuidado de los sacerdotes, la atención y solicitud por ellos. La creación de una Vicaría Episcopal quiere ser un signo y un deber que el Arzobispo y toda la iglesia diocesana habremos de prestar especialísima atención, afecto y solicitud por todos los sacerdotes. Se están dando pasos en la organización de esta Vicaría, que, entre otros, se verá ayudada por los Vicarios Episcopales, los Arciprestes y formadores del Seminario. El Papa, hace ya unos años, nos regaló a toda la Iglesia la Exhortación Apostólica Pastores dabo vobis. Esta Exhortación, explicitación de las enseñanzas del Vaticano II, junto con el "Directorio para la vida y ministerio de los presbíteros", de la Congregación del Clero, y el último documento de este Dicasterio sobre "El ministerio del párroco", de hace dos años, serán las orientaciones que habremos de seguir en el servicio y atención a los sacerdotes; también las cartas que todos los años de su pontificado nos ha dirigido el Papa a los sacerdotes el día de Jueves Santo las tendremos muy en cuenta. Ahí tenemos una fuente imprescindible para renovar y fortalecer nuestra espiritualidad sacerdotal y, a su luz, renovar el carisma que el Espíritu Santo ha puesto en nosotros.

La formación permanente y la atención de los sacerdotes

Entre otras cosas, la Exhortación apostólica Pastores dabo vobis nos invita a la formación permanente. Seguir propiciando, como se ha hecho hasta ahora, la interiorización de esta Exhortación Apostólica y cuidar la formación permanente de todo el presbiterio, especialmente de los jóvenes sacerdotes ordenados los últimos cinco años es algo a lo que debemos dedicar todo lo que sea necesario. También nuestra atención especial y agradecida habrá de volcarse con los sacerdotes mayores en todos los aspectos que requieran sin escatimar nada; también con la ampliación ya finalizada de la residencia sacerdotal de Toledo, con la próxima residencia de Talavera en la ya mencionada Casa de la Iglesia, y otras más pequeñas que puedan crearse; pero, sobre todo, con la atención y afecto personal a cada uno de ellos en los que tanto tenemos que mirarnos los sacerdotes por su ejemplaridad y su entrega sacerdotal.

Se necesitan más sacerdotes. Potenciar la pastoral vocacional

31. Nuestro presbiterio, gracias a Dios, es numeroso. Pero la diócesis de Toledo necesita más sacerdotes : los necesita para atender a lo que tenemos sin que disminuya en efectividad, para atender a las nuevas necesidades que nos llegan ante los cambios y trasformaciones demográficas, sociales y culturales de nuestra diócesis, para poder atender a las demandas que nos llegan de otras diócesis españolas, de la Conferencia Episcopal o de la Santa Sede, y para atender a las necesidades a las que vamos a tener que responder en seguida en las misiones y al asumir nuevas responsabilidades misioneras. Si queremos, por lo demás, que haya un laicado comprometido en la obra evangelizadora de la Iglesia, es necesario que se multiplique el número de los sacerdotes.

Por ello, no podemos bajar la guardia: el que este año, por ejemplo, haya tantos ingresos en el Seminario Mayor, no debe conducirnos a dormirnos en el terreno de la pastoral vocacional. Al contrario, hemos de potenciar más y más esta pastoral, que no es algo sectorial, una parte más de la acción eclesial, sino que tiene que ver, en el fondo, con todo; habremos de fortalecer el equipo del Secretariado diocesano de pastoral vocacional, trabajar muy en conjunto con los seminarios, la subdelegación de juventud, los movimientos de infancia y de jóvenes, con otras organismos de la Iglesia orientados a la formación cristiana de las nuevas generaciones, como la catequesis, la escuela, la enseñanza religiosa, las actividades de educación cristiana de tiempo libre, o con la pastoral familiar.

La vocación hay que proponerla y ofrecerla de manera explícita : hay que llamar personalmente, sin ningún complejo, porque algo bueno a lo que llamamos en el nombre del Señor, esto no coarta la libertad sino que la estimula. Claramente hay que mostrar que merece la pena ser sacerdote, entregarse al Señor para consagrarse plenamente al servicio de los hombres como pastores. Confieso que, la alegría sacerdotal con que viven nuestros sacerdotes su sacerdocio, su esperanza y tantas cosas, es un aliento insustituìble para los niños y jóvenes; si no fuera por el gozo sacerdotal que trasparentan nuestros sacerdotes, su decir con obras y palabras que merece la pena ser sacerdotes, no habría tantas vocaciones sacerdotales; éste es, quizá uno de los secretos de la pastoral vocacional en nuestra diócesis; por eso atender a los sacerdotes, cuidar el presbiterio, fortalecer el presbiterio es una de las realidades en las que todos, desde el Obispo al último de los fieles, y el propio presbiterio, habremos de poner especial empeño, con la ayuda y gracia del Señor.

Reconozco que es una de las cosas que más me ha impresionado al llegar a Toledo; cuando, por ejemplo, veo en los encuentros de monaguillos -la pastoral con monaguillos es muy importante y no podemos debilitarla en nada- la alegría con la que acompañan nuestros sacerdotes jóvenes a sus monaguillos y cómo se sienten gozosos de traerlos a las convivencias en el Seminario Menor, comprendo que surjan tantas vocaciones. Prosigamos ese camino.

Habrá de favorecerse también en la acción pastoral la dirección y el acompañamiento espiritual, la confesión sacramental, la formación para la oración y la oración personal, el diálogo con cada uno, porque sólo de ese diálogo tú a tú con Dios, con un sacerdote, con un formador..., surge la vocación o se alimenta.

Orar por las vocaciones

En esto estamos comprometidos todos; a todos os pido vuestra ayuda total. En esto nos jugamos mucho. Un elemento fundamental e imprescindible es la oración constante y ferviente por las vocaciones sacerdotales : orar en todas y cada una de las Eucaristías que se celebran diariamente en nuestra diócesis, con preces especiales en la oración de los fieles, incluidas también en la oración de la Liturgia de las Horas; con vigilias de oración al menos una vez al mes ante el Santísimo en las parroquias; es preciso orar mucho por esta intención : la vocación es un don de Dios y hay que pedirla al Dueño de la mies.

"Por un seminario nuevo y libre", también hoy

32. Dios nos ha bendecido con abundantes vocaciones en tiempos de secularización y también nos ha bendecido con el Seminario que tenemos. Hay que decir que este seminario que tenemos es también uno de los elementos fundamentales para esta pastoral vocacional, porque la formación que ahí viene impartiéndose contribuye a que tengamos el presbiterio que tenemos y, además, por su identidad y claridad en sus objetivos y contenidos, en su pedagogía, en su eclesialidad, en su formación espiritual e intelectual, se hace atrayente para quienes se sienten llamados.

Por estas fechas se cumplen los treinta años de aquella carta pastoral de nuestro querido Sr. Cardenal, D. Marcel : "Por un seminario nuevo y libre". Por los frutos los conoceréis; y ahí tenemos los frutos. Por ello queremos y debemos proseguir el camino trazado por aquella Pastoral que, posteriormente ha sido tan fuertemente confirmado por el Papa Juan Pablo II en su Exhortación Apostólica Pastores dabo Vobis. 

Ése es el seminario que queremos : el que quiere la Iglesia y como la Iglesia lo quiere, el que Dios está bendiciendo. Seguir estas orientaciones y aplicarlas al seminario de hoy es lo que hemos de hacer sencillamente; esto no es conservadurismo, sino secundar la acción del Espíritu y lo que Él dice a la Iglesia diocesana. Pido a todos que sintáis muy cerca al seminario, que roguéis por él, colaboremos con él en todos los aspectos que necesite con ilusión, afecto y esperanza.

 La evangelización de los jóvenes : cuestión principal y urgente

33. Como en el resto de las diócesis españolas, como en casi todo el mundo, también en la nuestra, he podido comprobar la grave cuestión de la evangelización de los jóvenes. Es cierto, y esto debe llenarnos de gozo y esperanza, que en la diócesis de Toledo estáis trabajando mucho y bien en este campo : la amplia y meritoria labor, bendecida por Dios, de la Subdelegación diocesana de Pastoral de juventud durante ya bastantes años está dando sus frutos; es mucho y bien lo que aquí se ha trabajado a lo largo de varios lustros. Es necesario proseguir sin desmayo y con todos los apoyos por ese camino. Hay que también reconocer la espléndida tarea que se ha desplegado con los jóvenes de Acción Católica, completado con el trabajo con los niños de la misma Acción católica, o con otros movimientos como los Jóvenes por el Reino de Cristo, o los Peregrinos, o Los Pinos, o los Getsemaní, u otros movimientos y grupos en nuestra parroquias, o impulsados por diversos carismas o en Colegios. Es gozoso comprobar cómo se ha trabajado por los Encuentros Mundiales de la Juventud con el Papa, o los nacionales en Santiago de Compostela, o los encuentros y peregrinaciones a Guadalupe, Urda, Fátima, y la huella que han dejado. Todo esto nos muestra que estamos en buen camino, y que, aunque difícil, es posible trabajar con los jóvenes, y no podemos desmayar. Es necesario imprimir un nuevo dinamismo a la pastoral de juventud en nuestra diócesis.

Vayamos a los jóvenes alejados. Los jóvenes evangelizadores de los jóvenes

No podemos contentarnos con lo que tenemos que, como digo, es mucho y bueno. Aquí vale recordar aquellas palabras de Jesús referidas en general : "Tengo otras ovejas que no están en este redil". También en Toledo tenemos otros muchos jóvenes que no están dentro de la Iglesia, que se han alejado de ella o están lejos de ella. No hay encuentro con matrimonios que no salga su preocupación por sus hijos, el miedo y pavor que tienen ante el ambiente que devora a sus hijos; no hay reunión con educadores, con profesores y maestros, que no muestren sus preocupaciones y perplejidades ante los jóvenes de hoy, como tampoco hay reunión pastoral con los sacerdotes que no salga el tema de los jóvenes, y casi siempre señalando las dificultades pastorales que encuentran con ellos. Hay una juventud difícil, pero también hay una juventud buena, que reclama ser comprendidos, queridos como son, que se tenga confianza en ellos, que no se les rechace, buscan a Dios, este mundo no les llena, son frágiles a veces pero saben tienen un corazón grande y abierto a Jesucristo.

Hay también una porción amplia de juventud que, en efecto, está alejada y vive inmersa y como dominada por una cultura y una mentalidad que les va vaciando por dentro. Muchas veces no sabemos cómo actuar; pero sí somos conscientes que es necesario actuar y propiciar una pastoral evangelizadora y educativa adecuada a ellos. No cabe ninguna postura derrotista. Habremos de intensificar en las parroquias la formación de jóvenes, habremos de propiciar aquellos movimientos y realidades eclesiales, grupos y comunidades, que tienen fuerza entre los jóvenes y que los lleva a Jesucristo, a seguirle, que los hace cristianos. Habrá que desarrollar un ininterrumpido esfuerzo de coordinación pastoral que responda claramente a un planteamiento evangelizador y de iniciación cristiana. En este sentido pido a todos los que trabajan en el ámbito de la enseñanza, como profesores de religión o como escuela católica, a que se apresuren a trabajar y coordinarse, en la diócesis, en una pastoral de juventud clara y decididamente según los criterios de la Iglesia, los que con tanta claridad como fuerza evangélica y espiritual nos ha mostrado el Papa Juan Pablo II, el gran evangelizador de los jóvenes del siglo XX y del XXI.

Alentar asociaciones, movimientos y grupos de jóvenes

Habrá que alentar las asociaciones y movimientos, los grupos de jóvenes cristianos que tanto bien y tanta fuerza y vida están mostrando con nuestra juventud; suscitar nuevos si fuera preciso. Siempre desde la comunión eclesial, que es comunión en la diócesis. El Espíritu está manteniendo movimientos tradicionales en la Iglesia con renovado vigor y escuchando su voz, como nuestros jóvenes de Acción católica, o suscitando nuevos movimientos. El es el que lleva la Iglesia; secundemos su acción; no nos cerremos a su acción. Con ilusión y esperanza, con fe y confianza en el Señor de la Iglesia y de nuestras vidas, nuestra diócesis ha de proseguir el camino que lleva, pero también se ha de aprestar a trabajar con renovadas fuerzas y con todo empeño, con garbo y juventud, en este campo pastoral tan querido donde está el futuro de la Iglesia y de la sociedad. La Iglesia, la diócesis de Toledo, necesita contar con la generosidad, el deseo de justicia y de paz, y la capacidad de entrega de una juventud cristiana libre, valiente, decidida, esperanza y evangelizadora.

Otro campo prioritario : la familia. Pastoral familiar

34. Junto al tema de la juventud no puedo dejar de referirme al de la familia. Mucho depende el futuro de los jóvenes, de la realidad de la familia; y mucho depende el futuro de la familia de la realidad actual de los jóvenes. Es éste un campo prioritario. La familia ha sido siempre, en expresión del Juan Pablo II, el "camino de la Iglesia" y hoy sigue siendo cauce principal de evangelización; el debilitamiento cristiano de la familia ha acarreado el debilitamiento de la Iglesia y la pérdida de fuerza en la transmisión de la fe. Para que siga siendo ese camino y ese cauce es preciso cuidar y fortalecer la pastoral familiar, la evangelización de las familias, en nuestra diócesis. Esta pastoral merece una atención preferente por parte de todas las instituciones de Iglesia. Entre ellas, las parroquias deben tener en cuenta en todas sus acciones la dimensión familiar.

Doy gracias a Dios por la fuerza que todavía mantiene la familia cristiana en toda nuestra diócesis; es una riqueza que debemos mantener y aumentar, en modo alguno dilapidar; aun estamos a  tiempo. Reconozco así mismo todo el peso y la rica trayectoria de los movimientos familiaristas: Los Equipos de Nuestra Señora, el Movimiento Familiar Cristiano, los Encuentros Conyugales y otros movimientos, como las Asociaciones Católicas de Padres de Alumnos y la labor realizada en favor de la familia por otros movimientos apostólicos que sin tener esa finalidad como rasgo específico, sin embargo han hecho y están haciendo mucho en favor de la familia.

Es mucho lo que hay que hacer en este campo, máxime con todo lo que se viene encima y frente a la familia. La Subdelegación diocesana de Familia y Vida tiene una espléndida trayectoria y piensa en unos buenos proyectos. Ella ha de ser, junto con las parroquias y los movimientos, la gran alentadora y coordinadora de la pastoral familiar en nuestra diócesis. Para eso habrá de aplicar a nuestra diócesis las orientaciones de ese gran documento, difícilmente mejorable hoy, que es la Exhortación Apostólica Familiaris Consortio de Juan Pablo II, o su "Carta a las familias", y otros documentos de la Santa Sede; también habremos seguir y secundar muy de cerca las orientaciones y directrices de esa espléndida Instrucción Pastoral de la Conferencia Episcopal, "La Familia, santuario e la vida", del pasado año, y el próximo Directorio de pastoral Familiar de la Subcomisión Episcopal para La Familia que, D.m., será aprobado en los próximos meses.

Entre tanto llegan estas orientaciones, y se elabora un plan global de actuación diocesana en este campo, seguiremos potenciando los cursos prematrimoniales, la formación de agentes para la Pastoral Familiar, la difusión y aplicación de los materiales de la Subdelegación diocesana, los Movimientos de pastoral familiar. Un campo en el que hemos de dar pasos importantes y decididos es en la creación de uno o más Centros diocesanos de Orientación Familiar, como en la creación de Centros para la paternidad responsable con la difusión de los métodos naturales, de iniciativas para la defensa de la vida. Ya se ha aceptado por parte del Instituto Juan Pablo II de Roma la creación de un Master sobre Familia y Vida en la diócesis de Toledo, lo cual tendrá una gran y fecunda repercusión en toda la pastoral diocesana.

La nueva evangelización depende en gran medida de los fieles cristianos laicos: promover la misión de los laicos

35. La nueva evangelización que nos urge, a la que Dios nos apremia, está muy en manos de los fieles cristianos laicos. Por su vocación específica, que los coloca en el corazón del mundo y al frente de las más diversas tareas temporales, son particularmente llamados a llevar a cabo la renovación de nuestro mundo, de la humanidad. Si no contamos con un laicado evangelizado y evangelizador no habrá Iglesia que evangelice. Y esto, no tanto por la escasez de sacerdotes, cuanto por la propia y específica vocación de fieles cristianos inmersos en el mundo. Al igual que en los primeros tiempos, ahora están llamados a propagar la fe en Cristo por todas las partes. Los Apóstoles dirigían la misión, pero no sólo ellos la llevaron a cabo; los simples cristianos, los " cristianos de a pie", de la profesión o condición que fuesen, llevaron el Evangelio a donde aun no habían llegado todavía los enviados "oficiales" de las comunidades establecidas.

Sin la mediación de los cristianos laicos es imposible la obra de evangelización; ellos llegan con toda naturalidad donde no podemos ni llegaremos nunca los Obispos o los sacerdotes. Y, sin embargo, en esos lugares está en juego la evangelización. Desde aquí hago a todos los fieles cristianos laicos una llamada apremiante y urgente a que se unan, sin ningún temor, a la obra de la evangelización. Su tarea primera e inmediata es poner en práctica todas las posibilidades cristianas y evangélicas escondidas, pero a su vez ya presentes y activas en las cosas del mundo. El campo propio de su actividad evangelizadora es el mundo vasto y complejo de la política, de lo social, de la economía y también de la cultura, de las ciencias y de las artes, de la vida internacional, de los medios de comunicación de masas, así como de otras realidades abiertas a la evangelización como el amor, la familia, la educación de los niños y jóvenes, el trabajo profesional, el sufrimiento,... Cuanto más seglares haya impregnados del Evangelio, responsables de estas realidades y claramente comprometidos con ellas, competentes para promoverlas y conscientes de que es necesario desplegar su plena capacidad cristiana, tantas veces oculta y asfixiada, tanto más estas realidades estarán al servicio de la edificación del Reino de Dios y, por consiguiente, de la salvación en Cristo Jesús (Pablo VI), y, en consecuencia, de hacer mejor nuestro mundo.

Es hora de actuar y de aportar la savia renovadora del Evangelio para recomponer el tejido social y moral de nuestro pueblo. Los seglares tienen la principal parte. Es su hora.

Pido a toda la Iglesia diocesana a que, con la fuerza de la gracia de Dios, hagamos un esfuerzo decidido por promover la corresponsabilidad y participación de los seglares dentro de la vida y misión evangelizadora de la Iglesia en conformidad con sus caracteres específicos de existencia cristiana. Es necesario que con toda claridad y decisión nos propongamos ayudar a que nazca y se potencie un laicado maduro y comprometido en las realidades temporales, sin el que la Iglesia no podrá aparecer como luz y sal de la tierra. Apremia el que los hombres crean. Apremia el que mundo nuestro sea renovado con hombres nuevos. Por eso, invito con todas mis fuerzas a la comunidad cristiana, especialmente a los sacerdotes, a que hagan un llamamiento vigoroso a los cristianos laicos a que se incorporen al apostolado activo.

Promover el apostolado individual de los laicos

Primeramente a un apostolado individual, porque éste es la forma principal de todo el apostolado de los laicos. Se trata de una irradiación capilar constante y particularmente incisiva en el entorno en que el laico cristiano desarrolla su vida: el ámbito familiar, el del trabajo, el de las relaciones sociales, el del esparcimiento,...De este apostolado individual nadie debe sentirse exento. Pero esto es insuficiente para la obra evangelizadora de la Iglesia.

Promover el apostolado asociado de los laicos

Se necesita un apostolado asociado, máxime en esta hora tan compleja que estamos viviendo. Por ello pido y exhorto a las comunidades y a los sacerdotes que inviten a los cristianos laicos a participar en el apostolado asociado, que es signo de la comunión y de la unidad de la Iglesia. No tengamos miedo al apostolado asociado. No veamos en este apostolado ningún riesgo para las parroquias; al contrario son fermento y acicate para su revitalización.

Debemos promover el apostolado asociado. Nuestra diócesis debe poner todo su empeño en ello; la estrecha unión de fuerzas es la única que vale para lograr plenamente todos los fines del apostolado. Debemos promover y favorecer la inserción de los cristianos laicos en los diferentes movimientos apostólicos laicales suscitados por el Espíritu Santo, reconocidos y aprobados por la Iglesia, acompañarlos y proporcionarles los elementos educativos necesarios. No hacer esto sería ir contra el mismo Espíritu Santo que es quien suscita los diferentes carismas de apostolado en la Iglesia. )Cómo vamos a ir o actuar contra el Espíritu?

Es necesario que nuestra diócesis, a través de la Delegación de Apostolado Seglar y de los responsables diocesanos de los diferentes movimientos, oriente a las parroquias, a los sacerdotes, a los seminaristas, sobre la naturaleza y sentido de los movimientos y asociaciones apostólicas, tanto en la ciudad como en el resto de los pueblos, los más adecuados a nuestrassociedad. Como ya he indicado en repetidas ocasiones, nuestra Iglesia diocesana ha de apoyar y fortalecer la Acción Católica conforme a las actuales orientaciones de los Obispos. Pero también debemos estar atentos a los nuevos Movimientos y caminos que el Espíritu Santo ha suscitado y suscita actualmente en la Iglesia como formas de asociación apostólica y que están siendo una riqueza y un estímulo para la Iglesia; en ellos hay vida.

La Delegación diocesana de Apostolado Seglar y el Consejo diocesano de laicos: relanzar el apostolado de los laicos

A este fin, la Diócesis por medio de la Delegación de Apostolado Seglar y del Consejo Diocesano de Laicos, que habrá que crear pronto, habrá de dar un gran y fuerte impulso a la misión y apostolado de laicos, a su presencia en la vida pública, en el mundo, donde está su lugar principal. Reconociendo todo lo mucho y bueno que se está haciendo ya desde la Delegación y desde los distintos movimientos y asociaciones apostólicas existentes en nuestras diócesis hemos de esforzarnos, con la ayuda de la gracia, y con todo el empeño de que seamos capaces y las fuerzas que Dios nos dé en un relanzamiento del apostolado seglar en nuestra diócesis. A ver, sin con el auxilio del Espíritu Santo y nuestra ilusión y esfuerzo, damos un "empujón" al apostolado de los laicos entre nosotros. (Nos urge tanto!.

Abundantes iniciativas y proyectos de los laicos de la diócesis

He escuchado en estos meses a bastantes seglares, he mantenido encuentros con diversos grupos y reuniones en las que participaban fieles cristianos laicos de diversas procedencias, pertenecientes a diversas asociaciones apostólicas, con gran sentido de comunión eclesial, con madurez humana y cristiana y todavía juventud, y con muchas ganas de trabajar como cristianos en las realidades temporales y de que se les impulse y se les dé juego para actuar conforme a su condición de tales cristianos en la misión evangelizadora de la Iglesia. Les he oído las interesantes inquietudes, iniciativas y proyectos que traen en el campo cultural, social, político, mediático, familiar, profesional, y hay que ponerse manos a la obra; ellos saben que no he echado en saco roto sus aportaciones y sugerencias. Hay que contar con ellos, les asiste su razón de bautizados, y no podemos en modo alguno defraudarlos. Es muy esperanzador que haya seglares con tales ganas, actitudes e iniciativas.

Promover y alentar la presencia de los católicos en la vida social y pública

36. Muchos fieles cristianos laicos no quieren engrosar, con toda razón, esa inmensa "cofradía de los ausentes" de la inserción cristiana en el mundo. Nadie de la Iglesia, persona o institución debería engrosar esas filas en las que se establece algo tan anticristiano como es la separación de la fe y de la vida, la reducción de la fe a la privacidad. Es preciso impulsar la presencia de los católicos en la sociedad y alentar el testimonio de la caridad cristiana en nuestro mundo. Como señalé antes, los cristianos estamos llamados a ofrecer y hacer presente el gran signo de la caridad en las realidades del mundo de hoy, o lo que es lo mismo mostrar la fuerza trasformadora y renovadora que tiene el Evangelio en las realidades de nuestro mundo y de nuestra historia. En este terreno son abundantes y variadas las llamadas a una presencia cristiana en el mundo que supere la tendencia y la manía a la privatización de la fe a la que se nos quiere reducir y en la que con tanta facilidad se puede caer.

Formar a los católicos en una mayor conciencia social y en la doctrina social de la Iglesia

En este sentido, viendo las necesidades de nuestra diócesis, estimo que es urgente sensibilizar y formar a los católicos en una mayor conciencia social; se trata de una cierta ausencia o carencia que debemos superar. Toledo, sin embargo, ha tenido una excelente tradición e historia en este campo, donde brillan con especial fuerza cardenales, por ejemplo el Cardenal Ciriaco Sancha. Es preciso que superemos esto y que impulsemos la formación de los cristianos en la doctrina social de la Iglesia y que la apliquemos. Hay necesidad de descubrir, conocer, vivir y aplicar el magisterio social de la Iglesia, tan rico, abundante, riguroso e importante para la renovación de la humanidad. Se conoce poco esta doctrina social, y, sin embargo, es imprescindible para el testimonio y presencia pública de los cristianos en las realidades de nuestro mundo.

Propiciar medios e instrumentos para formar la conciencia social cristiana conforme al magisterio de la Iglesia

Hoy han aparecido nuevos problemas: urge conocerlos y presentar adecuadamente la visión cristiana, la que se deriva del Evangelio, sobre ellos (las cuestiones relacionadas con la vida, con la familia, con la paz, con los desequilibrios ecológicos, con la economía, con la violencia terrorista, con los medios de comunicación social, con la mujer, con la economía y el trabajo, con la política, con las potencialidades de la ciencia, con la globalización, con los derechos humanos,...). En este sentido, tanto el Instituto Superior de Ciencias Religiosas, recién creado, como la Escuela Diocesana de formación teológica y pastoral que habría que crear, habrían de ofrecer cursos destinados a esta formación en la doctrina social y en la capacitación para su aplicación; habría que ofrecer también esta formación en la doctrina social de la Iglesia, por cauces sencillos de divulgación a través de cursillos y jornadas en arciprestazgos y parroquias, en los movimientos apostólicos; tal vez, incluso, poder ofrecer un master en doctrina social, o, en todo caso, enviar a personas a formarse a través de masters en doctrina social de la Iglesia que están funcionando en otras partes de España con grandes posibilidades de participación en ellos; también se podría hacer llegar con agilidad a los fieles, y especialmente a los sacerdotes, respuestas con los criterios de la Iglesia sobre problemas que surjan y cuestiones de actualidad necesitadas de valoración y enfoque cristiano.

Medios de comunicación para una formación social cristiana

En todo caso habría que aprovechar nuestros propios medios de comunicación -Canal Diocesano de TV, Radio Santa María y el semanario "Padre Nuestro"-, y ofrecer espacios habituales para esta formación e iluminación de las cuestiones con la luz de esta doctrina social de la Iglesia. En el mismo sentido hay que invitar a que cristianos, formados en este campo, escriban en las publicaciones periódicas del mundo civil o se manifiesten a través de los distintos medios de comunicación en los que sea posible hacerlo. Es preciso generar un gran movimiento de difusión y conocimiento de la doctrina social de la Iglesia sobre los distintos aspectos de nuestro mundo, por otra parte tan ignorada y, tal vez, por eso mismo denostada.

Alentar la presencia de los católicos en la vida pública como parte de la evangelización

A partir de aquí se podrán y deberán impulsar acciones e iniciativas tendentes a concienciar, apoyar la presencia y la participación de los católicos en la vida pública como parte de la misión evangelizadora de la Iglesia e inseparable de ella: la familia, la educación , la cultura, la política, la economía, la sanidad,...Para ello se podrían organizar encuentros con profesionales, diversos foros de debate y diálogo donde se de a conocer la visión cristiana de todas esa gama tan rica y plural de realidades y situaciones.

Potenciar Cáritas diocesana y Cáritas parroquial

Todo ello sin disminuir ni un ápice, más bien todo lo contrario, la obra llevada a cabo por la diócesis a través de Cáritas diocesana y de las Cáritas parroquiales, en cuanto cauce institucional por el que la Iglesia despliega el ejercicio de la caridad teologal. Es necesario potenciar Caritas diocesana, aprobar sus nuevos Estatutos, perfilar todavía mejor sus fines y su identidad, generar en cuantos trabajen en ella una gran ilusión que brota de la fe y del sentirse miembro de la Iglesia y actuar con ella en favor de los más pobres, y para hacer presente la caridad de Cristo, abrir nuevos campos en la atención a la pobreza y a las pobrezas. Habrá que intensificar la  formación de la conciencia de los cristianos para que actúen conforme a la caridad teologal y en virtud de ella; temo que ante una sociedad tan organizada en sus servicios sociales, los cristianos pierdan de vista que la caridad es el "alma" del actuar de los cristianos, y que su ejercicio es absolutamente imprescindible. En las parroquias hay que alentar la conciencia de que todos sus miembros están llamados a implantar la caridad en nuestro mundo y en las relaciones con los pobres y marginados, una conciencia que nos tranquilice con la aportación económica en alguna de las colectas. Habrá que potenciar, o en su caso crear, la Cáritas en cada una de las parroquias, o asociándose parroquias en Caritas interparroquiales; son muchas todavía en las que no está Caritas parroquial; no podemos, por lo demás, dejar toda la vida de caridad de las parroquias en las manos de unos pocos y generosos cristianos que pertenecen a Caritas. Es preciso también formar a cuantos colaboren de modo especial y permanente con Caritas en el espíritu y en la identidad que le son propias.

Cáritas ni puede ni pretende agotar la atención a los pobres y a las pobrezas. Coordinación de la acción carititativa y social

Cáritas, por lo demás, no pretende agotar todo lo que es la atención a los pobres y pobrezas de la sociedad. Hay también otras instituciones e iniciativas eclesiales que también se dirigen a servir a Cristo en los más pobres - como Manos Unidas, Conferencias de San Vicente Paúl, órdenes o carismas de vida consagrada al servicio de los pobres y de los que sufren-: con todas ellas y Cáritas, la Delegación diocesana de Caridad y Acción Social, habrá de llevar a cabo una tarea de coordinación y potenciación mutua, en orden a que la Iglesia, en sus comunidades, parroquias, grupos e instituciones, se muestre cada día con mayor fortaleza y vigor en la caridad, como expresión de su vitalidad evangélica. En este orden de cosas no podemos olvidar que nuestra caridad se ha de extender a todos: a los cercanos y a los lejanos, a las pobrezas nuevas y viejas que tocamos todos los días entre nosotros, y a las pobrezas del Tercer y Cuarto Mundo, que tal vez, nos resulte lejano, pero cuyo clamor nos llega y toca muy cerca.

La pastoral de inmigrantes

37. Una atención especial, sobre todo teniendo en cuenta la realidad actual y el crecimiento grande que va a experimentar en el muy inmediato futuro, merece la inmigración. Es un fenómeno nuevo y complejo que nos ha cogido como desprevenidos y que no se sabe todavía muy bien qué hacer. No es mero fenómeno asistencial ni reclama únicamente una actuación en los campos económicos o de legalización de situaciones. Es un problema humano y pastoral en el que la Iglesia, la diócesis de Toledo, ha de estar muy presente. Hay que tomar iniciativas de ayuda, promoción e integración de los inmigrantes. Por ello mismo, hay que ofrecer en este vasto campo de la inmigración la presencia eclesial y cristiana, siempre evangelizadora, que se ocupa de las personas en su realidad completa y les ofrece lo que tenemos, nuestra riqueza que nos es otra que Jesucristo. El Secretariado diocesano para la pastoral con los inmigrantes está elaborando planes y proyectos que tendremos que aplicar ya, en seguida. Se van a realizar diversas jornadas y cursos para la sensibilización y la actuación eclesial de los cristianos con nuestros hermanos inmigrantes; vamos a contar con la ayuda inapreciable y generosa de la Delegación diocesana de Madrid en este campo. Quiero hacer, desde aquí, una llamada a toda la diócesis y a todas las parroquias para que como Iglesia nos ocupemos claramente y con toda decisión de esta realidad.

Toledo es una ciudad "cultura”, "patrimonio cultural de la humanidad". Presencia de la Iglesia en el ámbito de la cultura

38.- En este breve recorrido por diversas situaciones concretas de nuestra Iglesia diocesana para sugerir actuaciones pastorales, no puedo dejar de tener en cuenta la historia y las raíces de Toledo, raíces cristianas-, y el significado histórico y cultural de Toledo, así como el papel que en ello ha jugado siempre la Iglesia, la diócesis toledana. Toledo es una sociedad "cultura", es "patrimonio cultural de la humanidad". En su configuración y en su idiosincrasia, la que ha tenido en el pasado, la que hemos recibido, la que se proyecta hacia el futuro, la iniciativa y el protagonismo eclesial han sido fundamentales. La diócesis debe estar muy presente en todo lo que se refiera a la cultura. Cuenta con una patrimonio histórico y cultural único y principal : Toledo, como "patrimonio cultural de la humanidad", es inconcebible sin la Iglesia, sin la fe católica, y sin el patrimonio histórico y cultural que esta fe ha aportado; sin ella, dejaría de ser Toledo y la aportación de Toledo a la cultura y a la historia sería de muchísimo menor relieve y significación. Sus monumentos tan emblemáticos, sus archivos tan ricos e importantes, sus instituciones, sus obras a lo largo de la historia han dejado una huella y una herencia que trasciende el lugar y el tiempo. No es algo que se remite solo al pasado, sino que está llamado a mostrar todo su vigor y su fuerza de actualidad y su capacidad para generar futuro. La diócesis de Toledo tiene una grave responsabilidad hoy ante la Iglesia universal, ante España y ante la sociedad de Occidente y aun de Oriente. Por eso, una de las tareas que se abren para su camino es su renovada presencia en el campo de la cultura.

Perspectivas e iniciativas concretas, algunas ya en marcha, en el campo de la presencia y evangelización de la Iglesia en relación con la cultura

Muchas son las perspectivas que se abren ante nosotros y las llamadas a nuestra actuación sin demora, y buscando las ayudas que nos sean necesarias y podamos alcanzar. Contamos con los más importantes y amplios archivos eclesiásticos de España: el Archivo Catedral, el Archivo Diocesano, el Archivo de la Santa Cruzada, y el Archivo del Cabildo de Párrocos de la Ciudad de Toledo. Habrá que elaborar y ejecutar proyectos sobre estos archivos, su acondicionamiento conforme a las exigencias más modernas en la Archivística, sus instalaciones, su adecuada catalogación, su coordinación, el fomento de investigaciones y publicaciones sobre sus fondos, la colaboración o asociación a otras instituciones de investigación. Todo ello está en marcha y pronto, espero, podremos, D.m., contar con la elaboración y ejecución de estos proyectos. Es una gran empresa en la que la diócesis va a embarcarse, sumamente necesaria, de gran alcance y que va a significar muchísimo para la historia de la Iglesia y del cristianismo en España, y aun en América, para la misma sociedad española.

Junto a los Archivos habrá que promover estudios de historia de la Iglesia y del cristianismo, en colaboración con el Instituto Superior de Estudios Teológicos "San Ildefonso", y con la promoción, incluso, de estudios civiles que cuenten con la aprobación que corresponda conforme a la legislación española. Es una responsabilidad que la Iglesia y desde ella se escriba su propia historia, es necesario que se escriba la historia con verdad y rigor, que no se hagan solo interpretaciones de la historia y se ofrezcan esas interpretaciones como si de la misma historia se tratara. Por eso los proyectos que en este campo se están gestando habrán de ser un gran servicio; se cumplirá aquello de que "la verdad nos hace libres", y de que "quien escribe la historia hace el futuro".

Otro proyecto, siguiendo la más pura tradición de las catedrales y, en concreto, de nuestra Catedral, es hacer en ella, en el lugar correspondiente, un Centro Cultural, donde junto a sus archivos, haya aulas de investigación, de diálogo, salas de conferencias y exposiciones. En la misma línea se perfilan proyectos para la utilización con fines culturales, que son, en nuestro caso, fines genuinamente pastorales, de parte del Palacio Arzobispal. Todo ello se dará a conocer en su momento oportuno.

Evangelizar a través del arte

Vemos también que hemos de evangelizar con nuestro riquísimo e importante patrimonio histórico-artístico; ese patrimonio no es solamente para contemplar como algo perteneciente al pasado, sino para hacerlo hablar hoy o para que el hombre de hoy, en sintonía con él, hable y exprese sus sentimientos más profundos que el arte expresa. Habrá que ver cómo llevamos a cabo esto, pero es sumamente necesario: la evangelización a través del arte es algo muy fundamental para la evangelización de la cultura. También habrá que propiciar iniciativas que, al igual que en otros momentos, hoy la fe se exprese a través del arte : de la pintura, de la escultura, de la música.

El Instituto Superior de Estudios Teológicos y otras instituciones e iniciativas culturales de la diócesis

La diócesis de Toledo para esta evangelización de la cultura, para tomar iniciativas en el campo de la cultura y del pensamiento cuenta también con el Instituto Superior de Estudios Teológicos "San Ildefonso", con su ciclo institucional y su licenciatura en Teología, con la especialidad de Historia de la Iglesia. Junto a esta institución de rango universitario, agregada a la Facultad de Teología "San Dámaso", de Madrid, se van a agrupar y aglutinar, y proseguir o emprender sus tareas, otras instituciones como el CETE ( Centro de estudios teológicos y de espiritualidad), el Instituto de Estudios Visigóticos, el Instituto de Estudios del Rito Hispano-Mozárabe (en vinculación con la Vicaría Episcopal para este Rito), el recién creado Instituto Superior de Ciencias Religiosas, o las Conversaciones de Toledo, junto con otras iniciativas de Conferencias, simposios y Congresos. Llamo la atención sobre las "Conversaciones de Toledo" que, entre otras cosas, se alberga para ellas el proyecto de reunir a intelectuales cristianos en orden a suscitar el diálogo y la reflexión -fe y razón en diálogo- desde las distintas disciplinas y ramas del saber que profesen sus participantes y abordar cuestiones importantes para su clarificación y mejor conocimiento.

Pastoral Universitaria

Todo ello habrá de estar también muy en relación con la Pastoral Universitaria, que junto a la atención espiritual de alumnos y profesores universitarios a través de sus capellanías. fomente una pastoral del pensamiento, una atención a los profesores y al encuentro entre profesores, ponga en realidad viva el diálogo de la fe y de la razón sobre distintos temas y cuestiones y con el rigor universitario. Tengo una gran esperanza en esta pastoral, y en los proyectos que se están gestando en este sentido. Hay que potenciar la presencia cristiana en la Universidad, no para violentar o manejar la Universidad sino para ofrecer lo que desde la fe se puede aportar a la labor de la Universidad, que, en sus orígenes, salió del "corazón de la Iglesia". Habrá que poner al día también el Convenio de las diócesis castellano-manchegas con la Universidad de Castilla-La Mancha y, entre otras cosas, conveniar cómo se puede dar una presencia de la enseñanza de la teología en las alas universitaria en una colaboración de Universidad-Campus de Toledo- y el Instituto Teológico "San Ildefonso".

La escuela católica y la presencia de la Iglesia en la enseñanza

Aunque solo sea como referencia y recuerdo, también en este punto hay que tener en cuenta la presencia de la Iglesia en los Centros de Enseñanza, sobre todo la Escuela Católica, a la que es preciso atender, favorecer y potenciar. La pastoral educativa es una pastoral fundamental para una nueva evangelización, y estimo que debe tener entre nosotros todo el relieve y atención que se merece dado el alcance y el valor que entraña para la realización de hombres nuevos y de una humanidad nueva. También en este campo, con la Delegación Diocesana de enseñanza y con los Colegios de la Iglesia vamos a abordar diversas e importantes iniciativas. Me permito llamar la atención sobre un aspecto que con frecuencia no lo tenemos suficientemente en cuenta : la presencia de los padres en la escuela, las asociaciones de padres, la vinculación de éstas dentro de CONCAPA : es necesario potenciar todo este campo y alentar incluso, desde las parroquias, en los padres la asociación de padres católicos de alumnos tanto en la escuela privada como en la pública.

La Visita Pastoral a las parroquias

39. Aprovecho esta larga Carta Pastoral, para comunicar también a toda la diócesis que el próximo mes de noviembre iniciaré, si Dios quiere, la Visita pastoral, comenzando por los arciprestazgos de Puebla de Alcocer y de la Sagra-Norte. Os confieso que es grande la ilusión que tengo en iniciar la visita pastoral y no menor la esperanza que he puesto en esta ella, en la que tendré la dicha de compartir con las parroquias y comunidades que visite la fe, la esperanza y el amor con que Dios nos ha bendecido. 

Es un don de Dios para mí el que, a través de la visita pastoral, os conozca más de cerca, esté con vosotros, sienta el aliento de vuestra fe, goce del consuelo de vuestro amor y compruebe la firmeza de vuestra esperanza. Os invito con esta carta a que consideréis la visita pastoral con los ojos de la fe, ante todo, como un acontecimiento de gracia que, de alguna manera, reproduce aquella singular visita por la cual Cristo, Jesús, Príncipe de los Pastores, ha visitado y redimido a su Pueblo.

Se trata de un acto de pastoreo, ciertamente privilegiado, por el que el Obispo, en nombre de Cristo, visita las diversas comunidades locales como maestro fiel de la verdad, sacerdote de los sagrados misterios y guía del pueblo santo a él confiado, para confortar a los discípulos y exhortarles a perseverar firmes en la fe y en la vida cristiana. Urgido por la caridad pastoral, iré a todos los lugares como Pastor de la porción del Pueblo de Dios que me ha sido encomendada. Iré a vosotros, a vuestros pueblos donde os encontráis y vivís para compartir con vosotros, allí mismo, vuestras preocupaciones y vuestros problemas, vuestros proyectos y vuestros deseos, vuestros gozos y esperanzas, las ideas de vuestra mente y las vibraciones de vuestro corazón creyente, la palabra y el mensaje de la Verdad, la alegría común de la fe.

Con la Visita Pastoral, como Obispo vuestro y pastor de la Iglesia diocesana debo y quiero acercarme a todos los fieles de la diócesis, como el Buen Pastor, y hacerme próximo a todas las comunidades para  conocer a los fieles a mí encomendado, mostrar mi solicitud por todos, especialmente por los más necesitados de misericordia y aliento, escucharos y atenderos solícita y fraternalmente, hacer oír la voz del que es nuestro único Pastor, Jesucristo, y, en su nombre, atraer a los dispersos y reunir a todos en la unidad, por el amor y el vínculo de la paz.

Debo y deseo vivamente acercarme, con la Visita Pastoral, a todos para ofreceros en la fraternidad cristiana, la Palabra y la Gracia del Señor Jesús que a todos nos ha hecho hijos del Dios vivo. Quiero, sencillamente, estar con vosotros como el que sirve, escucharos y dialogar con vosotros, orar y celebrar juntos los misterios de nuestra fe que nos anima. Deseo exhortaros y alentaros en vuestros quehaceres y responsabilidades como miembros gozosos de la Iglesia y peregrinos llenos de esperanza en camino hacia el Reino de Dios, y animaros en vuestra fe y en la gozosa tarea de anunciar el Evangelio de Jesucristo en obras y palabras al hombre de hoy.

Como diría san Pablo escribiendo a los Romanos, mi ida a las parroquias es, pues, "para confirmaros o mejor para consolarme con vosotros por la mutua comunicación de la común fe". Pido al Señor que bendiga la Visita Pastoral y los encuentros pastorales que tenga en las comunidades. Que a todos, a vosotros y a mí, esta visita nos ayude a crecer en la fe y, animados por la caridad, a dar razón de la esperanza que nos anima. Rezad a Dios por los frutos de la Visita Pastoral e implorad la intercesión y la protección de nuestra Madre, la Santísima Virgen María, Madre de Dios.

El Plan Pastoral diocesano

40. Todas las indicaciones de esta última parte son sugerencias para caminar. No se trata de un Plan Pastoral diocesano. Éste habrá que elaborarlo a lo largo de este curso pastoral con la participación de todos los miembros de los diferentes Consejos Diocesanos y el Colegio de Arciprestes, con los Delegados diocesanos y los Directores de Secretariados, aunados en el Consejo Diocesano de Pastoral al que todos ellos pertenecen. Son notas o puntes que se pueden aplicar, o que ya se están aplicando. En todo caso un instrumento que servirá para el trabajo de elaboración -reflexión, estudio, propuestas- del Plan Pastoral diocesano 2004-2008, ayudado del Sínodo diocesano, de los documentos del Papa Novo Millennio Ineunte, Ecclesia in Europa, Viaje último del Papa a España, Plan Pastoral de la Conferencia Episcopal Española, y los textos de la Conferencia Episcopal y de un servidor sobre la iniciación cristiana.

Como habéis podido apreciar esta Carta, no siendo un Plan Pastoral, sí que contiene elementos que habrá que tener en cuenta. En todo caso ha sido y es una comunicación sincera de vuestro Obispo que quiere compartir con vosotros lo que me anima, que no es otra cosa que lo que creo que Dios me pide en mi responsabilidad como pastor y servidor vuestro. Con toda sencillez me dirijo a todos: sacerdotes, personas consagradas, laicos. Dios quiera que pueda servir de ayuda en el caminar cada día más vigoroso y en fe de nuestra diócesis.

V. Conclusión : hacia una pastoral de la santidad, llamados todos a ser santos

41. Y para concluir, no olvidemos que todo debe conducir a que alcancemos la vocación a la que hemos sido llamados: la vocación a ser santos. Todo nuestro empeño, con el auxilio de la gracia de Dios -y nuestra confianza en esa ayuda de Dios , sin la que nada podemos- debe consistir en avivar esa vocación y en promover una pastoral de santidad. "Hacer hincapié en la santidad es más que nunca una urgencia pastoral" (NMI 30). La santidad, el compromiso por la santidad, don y tarea confiada por Dios a cada uno de nosotros y obra de su gracia con nosotros, "ha de dirigir toda la vida cristiana: 'Esta es la voluntad de Dios: vuestra santificación'. Es un compromiso que no afecta sólo a algunos cristianos: 'Todos los cristianos, de cualquier clase o condición, están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección del amor'...Poner la programación pastoral bajo el signo de la santidad es una opción llena de consecuencias. Significa expresar la convicción de que, si el Bautismo es una verdadera entrada en la santidad de Dios por medio de la inserción en Cristo y la inhabitación de su Espíritu, sería un contrasentido contentarse con una vida mediocre, vivida según una ética minimalista y una religiosidad superficial. Preguntar a un catecúmeno, ')quieres recibir el Bautismo?', significa al mismo tiempo preguntarle, ')quieres ser santo?'. Significa ponerle en el camino del Sermón de la Montaña : 'Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto? (Mt 5,45(" (NMI 30-31). 

El sacramento de la penitencia imprescindible para una Iglesia de santos, renovada y con aliento de vida y fuerza evangelizadora

La santidad es obra de la purificación de Dios, exige una constante purificación. Esta purificación acaece de manera principal en el sacramento de la penitencia; por ello alentar y fortalecer la práctica de este sacramento será un encaminarnos con paso cierto por esas sendas que reclama nuestra vocación.

Los monasterios de vida contemplativa

Y tratándose de una "pastoral de la santidad", es necesaria la incorporación plena de los monasterios de vida contemplativa a toda la pastoral de la Iglesia diocesana. Desde el Claustro, los monjes y monjas contemplativas están sosteniendo en buena medida nuestra diócesis y están llevando a cabo eficazmente la nueva evangelización, que ha de mostrar a Dios en el centro de todo y ha de conducir a Él por encima de todo, fuente y fundamento, origen de todo bien y de toda dicha. A ellas y ellos, al tiempo que les agradecemos con todo el corazón su vida escondida con Cristo en Dios, deberíamos dedicarles nuestro mejor afecto y atención.

Súplica a la Santísima Virgen.

Como habéis podido observar no os he traído ni os he dicho cosas nuevas, sino sólo he tratado de atender a aspectos fundantes. Que Dios nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, a la que invoco en este mes con el título de Reina del Santo Rosario, el que en todo cumplamos su voluntad.

Con mi agradecimiento y bendición para todos. Cordialmente el Señor

En Toledo a 1 de octubre de 2003, fiesta de Santa Teresa del Niño Jesús en el año en que nos visitan sus santas  Reliquias.

 

TIEMPO DE ADVIENTO


 

 El tiempo de Adviento, periodo litúrgico que precede a la Navidad, significa expectativa, preparación, deseo, esperanza de la presencia en el mundo de Aquel que viene a traer la misericordia y la paz. Se abre la puerta del Adviento y nos invita a cruzar sus umbrales una vez más para proclamar ante nuestro mundo que la esperanza, desde que el Hijo de Dios se ha hecho hombre, está en El, en Jesucristo.

Por eso nuestra mirada en el comienzo del Adviento, como cruzando el umbral de la esperanza, se dirige a Jesucristo, aliento único para la esperanza que no se marchita, a pesar de tantos acontecimientos y situaciones humanas que estamos viviendo y que parecen invitamos al desaliento violencia, terrorismo, guerra, muchedumbre inmensa de gentes y de pueblos bajo la opresión, muerte de inocentes...

Hoy mismo, sentimos en nosotros el profundo dolor de compatriotas nuestros vilmente asesinados, en acción terrorista, en Irak. Ante todo, quiero expresar con vosotros nuestra total cercanía a las victimas y a sus familias, también a las fuerzas de Seguridad del Estado, que tan ejemplarmente sirven a la socie­dad y entregan su vida por la paz y por el establecimiento de los derechos fundamentales. El dolor de las familias y de los hombres y mujeres de la Defensa lo hacemos nuestro, y les expresamos nuestra unión y solidaridad plenas: en sufrimiento, en fe y en esperanza; elevamos a Dios nuestra plegaria por las victimas y sus familiares, como también por las Fuerzas de seguridad del Estado y por el establecimiento de una paz justa y duradera en Irak.

Eran hombres que han muerto entregando su vida por los demás, en servicio a una sociedad en paz y más segura; su misión era difícil y arriesgada, pero de gran alcance en favor de los demás. Que Dios les premie y los tenga consigo. ¡Que se acabe tanta violencia, tanto terrorismo, que en modo alguno tiene ninguna justificación, y merece todo rechazo, como Dios mismo lo rechaza, y envía a su Hijo al mundo para establecer el amor, la paz, el reconocimiento de la dignidad e inviolabilidad de todo ser humano!

Vivimos situaciones de oscuridad y de tiniebla envolventes. En medio de estos signos sombríos hoy resulta difícil la esperanza y confiar en las palabras que a lo largo de este tiempo litúrgico escuchamos, por ejemplo aquellas del profeta Isaías: «De la espadas se forjarán arados y de las lanzas podaderas. No alzará la espada pueblo contra pueblo». ¿Cómo confiar en ellas cuando vemos cómo las armas de la guerra, de la injusticia y de la violencia siguen destruyendo las vidas? Por eso precisamente ponemos nuestra mirada en Jesucristo. y por lo mismo, desde esta situación en la que nos encontramos, partimos pasando esta puerta única que nos abre a la esperanza viva.

La llamada es a caminar a la luz del Señor, a dejar las obras de las tinieblas y a pertrechamos de las armas de la luz, de Cristo mismo, que es Luz que viene a iluminar la oscuridad de nuestro mundo. En este mundo, en este momento, los cristianos estamos llamados a caminar con nuestra mirada fija en el Evangelio de Cristo, en Cristo mismo, Evangelio vivo de Dios, Aquel en el que han encontrado el último y definitivo cumplimiento las promesas de Dios.

En Él, en efecto, encuentran solución los graves problemas que pesan sobre la humanidad de todos los tiempos, también de los nuestros. En El se halla la verdadera respuesta a los grandes interrogantes que nos planteamos ante tantos acontecimientos que ponen de manifiesto la sin­razón de los mismos. En El, el hombre, ante la grande y profunda quiebra de humanidad y moralidad que padecemos, encuentra el sentido y la verdad que libera y nos lleva a retomar a lo más genuino y grande del ser humano. El es la Luz, El nos trae la paz, Él viene a reunir a los hijos de Dios dispersos y enfrentados, Él ha venido a traer la salvación, no la condenación, ha venido a servir, no a ser servido, y a dar su vida en rescate por todos, para que tengamos vida, vida plena, vida eterna. El es Dios con nosotros, Dios con los hombres.

La esperanza del mundo descansa en Cristo. En Él las expectativas de la humanidad hallan un fundamento real y firme. Nos ha revelado que Dios es Amor y nos ha hecho posible acceder. a ese Amor, verlo, tocarlo, vivir de El. Esta es la Buena Noticia que se nos anuncia en el Adviento. Este es el Evangelio que se nos entrega para que lo acojamos en el Adviento de este año, con todas las circunstancias que nos rodean: Dios se ha manifestado, se ha hecho visible, tangible. y se ha manifestado como amor infinito e incondicional por el hombre y por la vida del hombre.

La verdad del Adviento es al mismo tiempo seria y gozosa. Es seria: vuelve a sonar en ella el mismo «velad» que hemos escuchado en la liturgia de los últimos domingos del año litúrgico. y es, al mismo tiempo gozosa: «Se acerca vuestra liberación; efectivamente, el hombre no vive en el vació; la vida del hombre no es sólo un acercarse al término que, junto con la muerte del hombre, significaría el aniquilamiento de todo el ser humano. El Adviento lleva en sí la certeza de la indestructibilidad de este ser. Si repite “velad y orad”, lo hace para que podamos estar preparados a «comparecer ante el Hijo del Hombre».  

 

X ANTONIO CAÑIZARES LLOVERA

Arzobispo de Toledo

Primado de España

 

1700 ANIVERSARIO DEL MARTIRIO DE

SANTA LEOCADIA,  PATRONA DE TOLEDO


 

-Carta  Pastoral-

 

1. Introducción

 

Muy queridos diocesanos:  

Hoy, 9 de diciembre, se cumplen diecisiete siglos de la muerte martirial de la joven Santa Leocadia, patrona de Toledo: La primera santa toledana que, con toda certeza, conocemos del naciente cristianismo en nuestras tierras.

Un tiempo, como el nuestro, en el que se celebran tantas efemérides jubilares: veinticinco, cincuenta, setenta y cinco, cien o varios cientos de años de tal o cual acontecimiento, nosotros, cristianos de Toledo, no podemos dejar pasar por alto estos mil setecientos años del martirio de esta joven santa, testigo de Dios y de nuestras más hondas raíces cristianas a las que la actual Toledo, sin duda alguna, le debe casi todo.

Celebremos como se merece este aniversario, este año jubilar, con memoria agradecida y mirada suplicante y admirada puesta en Santa Leocadia, que a lo largo de siglos ha sido venerada de manera tan honda en la Iglesia, en Toledo, y en otros lugares incluso fuera de España. Ella nos evoca aquellos primeros siglos en los que se va abriendo paso y creciendo, entre dificultades y persecuciones pero con vigor y fortaleza, la fe cristiana. En su vida y en su testimonio, en aquellos hombres y mujeres de toda edad y condición social de los primeros siglos tenemos las raíces de nuestra fe en Jesucristo, que es, con mucho, nuestra mejor herencia, nuestro inigualable patrimonio y nuestra mayor grandeza capaz de generar vida, esperanza y verdadera humanidad. Creer en Cristo, seguirle y servirle es servir al hombre y a toda la humanidad. 

Toledo, la Archidiócesis de Toledo, los cristianos de esta ciudad, conscientes de los momentos difíciles que atraviesa nuestra sociedad, debe asirse y apoyarse sobre esta roca firme de la fe en Jesucristo, fresca y vigorosa, que profesaron los primeros cristianos, como Santa Leocadia, para mirar y afrontar con esperanza este nuevo milenio, en cuyos primeros pasos aún nos encontramos, y caminar con esa misma esperanza en este tercer milenio que confiamos y pedimos sea para nosotros como un nuevo Pentecostés, lleno de la vitalidad primera y del impulso evangelizador y fortaleza testimonial de los primeros siglos. Necesitamos volver la mirada a nuestra Santa Toledana, a aquellos momentos primeros de la Iglesia primitiva, llena de frescura y lozanía de vida nueva por la proximidad a la encarnación y acontecimientos de Cristo aun con las dificultades de dentro y de fuera, con el fervor y temple cristianos propios de aquellos momentos, que nos hacen rejuvenecer al poder beber ahí, en esas fuentes, aguas limpias y refrigerantes, y encontrar la savia vivificante que necesitamos para nuestra sociedad de hoy y de siempre.

Los cristianos de siempre necesitamos mirar a los santos, como ahora haremos a lo largo de este año, a nuestra Santa Leocadia, porque su persona, como las de los demás santos " son indisociables del Señor para quien vivieron y por el que se desvivieron. Y así lo urgía el libro de la Didaché (s. I), cuando instaba precisamente a aquellos primeros cristianos, que tan fresca tenían la memoria de Jesús y tan próximos les estaban sus testigos oculares, a mirar cada día el rostro de los santos y a encontrar en sus palabras el consuelo luminoso para el camino. Los santos son la verificación, a través de la historia, del don de Dios en Jesucristo, más allá de todos los condicionantes coyunturales. Por eso, en cada generación de la historia de la humanidad, el Espíritu de Dios suscita, elige y envía a nuevos hombres y mujeres que, siendo hijos de su tiempo lo sean también de Dios, y en ellos puedan escuchar sus contemporáneos las maravillas de Dios como en un nuevo y permanente Pentecostés. Los santos de cada época son para su mundo presente y para el venidero, una epifanía de Dios, en los cuales Él habla y actúa, y cuya presencia y Palabra es preciso escuchar, acoger y vivir, porque ya no son las de los santos, sino la de Dios en ellos" (Cardenal Marcelo González). Por eso dirigimos nuestra mirada a Santa Leocadia y celebramos su memoria agradecida, porque al acercarnos a ella tratamos inseparablemente de escuchar lo que Dios nos ha dicho y señalado en esta joven toledana, santa del siglo III y IV.

 

2. Algunos datos sobre Santa Leocadia

 

Leocadia perteneció a una familia hispano romana de buena posición social, de la urbe de Toledo del siglo III; nació, según la tradición, en el lugar donde actualmente se asienta la parroquia de su mismo nombre. Desde su juventud se consagró al Señor, perteneciendo al "orden de las vírgenes", antiquísima institución cristiana en la que las mujeres abrazaban la forma de vida de Cristo y se consagraban al servicio de la Iglesia atendiendo especialmente a la oración y la caridad: entregada al Señor por completo, derramó su vida en caridad por los pobres.

La persecución, llamada de Diocleciano, llegó inexorable a España. El Prefecto Dacio la lleva a realización, escogiendo sus víctimas entre cristianos conocidos por su posición social y su virtud. Quiere persuadir a éstos, por las buenas o las malas, para que apostaten; así se sembraría la desilusión y el abandono entre los cristianos. Cree que niños y mujeres van a ser presa más fácil, pero no lo consigue: "Dios manifiesta su fuerza en la debilidad".

Leocadia es conducida al Pretorio. Se intenta reducirla con promesas halagadoras, primero, luego con amenazas; nada se consigue para doblegar su fe. En este momento se la entierra en un pozo que servía de mazmorra en la ciudad de Toledo, en las proximidades al Alcázar. Allí la joven traza una cruz en el muro de piedra y pasa los días en oración, pero su naturaleza se resiente. Cuando Leocadia sabe que Eulalia ha sido apresada, como ella, en Mérida y posteriormente martirizada, no puede con la pena, y entrega su vida a Dios en aquella terrible cárcel.

Desde entonces los cristianos de Toledo veneran la tumba de la "confesora" Leocadia, situada en el cementerio romano, donde actualmente se venera el "Cristo de la Vega".

Cuando la Iglesia encuentre la paz, pocos años tras su muerte, su memoria comienza a festejarse el 9 de diciembre. Pero será tras el 589, con la conversión de la monarquía visigoda al catolicismo, cuando su culto se potencie más y más. A San Ildefonso se debe el solemnísimo Oficio y Misa que la Santa posee en la Liturgia Hispana. Su tumba es símbolo de la confesión de la fe católica que ahora une a la Nación. Una basílica se alza sobre su "memoria", y allí se reúnen algunos de los Concilios Toledanos más importantes que dan unidad religiosa y conciencia de nación a España.

Cada año se acudía a su sepulcro y se abría su tumba para venerar sus preciosos restos entre los cantos litúrgicos y el fervor del pueblo presidido por sus reyes.

Tras la invasión musulmana (711), se mantiene el culto a la Santa como un signo de esperanza. Pero al arreciar la persecución islamista con Almanzor, la comunidad mozárabe toledana envía al menos una parte de los restos de la Santa a lugar seguro, a Oviedo. En Oviedo, la cripta de la Cámara Santa catedralicia acogerá unas reliquias tenidas como emblema de la fe católica española.

Mucho tiempo y muchas peripecias hacen que hasta tiempo del rey Felipe II no tornen dichos santos restos a Toledo. Felipe II ve, al fin, cumplido su sueño. A hombros del Rey y de sus parientes entran en la Ciudad las reliquias de la Santa por la puerta preparada en su honor, la conocida como del Cambrón, y que cobija la imagen de Santa Leocadia, y así llegan hasta la Catedral, en cuyo Ochavo descansan. Cada año el Cabildo recordaba el 9 de diciembre este cortejo con una procesión por las naves de la Catedral con las preciadas reliquias.

Así pues, de modo ininterrumpido el culto a la Santa Patrona se ha conservado en Toledo: reconstruyendo, tras la Reconquista, la Basílica sobre el lugar de su primera sepultura (Cristo de la Vega); poco después, dedicando a ella una de las nuevas parroquias de Rito Romano que se fundaron, edificada, como he dicho, sobre la que la tradición decía ser su casa familiar; y convirtiendo en oratorio el lugar de su prisión y muerte, conservado hasta principios del siglo XX, cuando por desgracia se perdió con el convento que lo envolvía junto al Alcázar; en la Catedral, con una capilla dedicada en la girola, cerca de la sacristía, y con las solemnes fiestas en su dies natalis; finalmente, y queriendo potenciar su culto, dedicándole el Seminario para vocaciones adultas en tiempos de mi querido antecesor el Sr. Cardenal Marcelo González Martín, cerrado desde hace unos años y asumido por el Seminario Mayor de san Ildefonso.

De la importancia para el pueblo cristiano de esta joven, santa, virgen, consagrada al Señor, orante, caritativa, singular en nuestras raíces cristianas, dan fe todos estos datos o testimonios. Además, (cuántas imágenes y pinturas, en lugares destacados, cuántas evocaciones de ella en la literatura, cuántos hombres y mujeres han llevado su propio nombre como signo de su protección a lo largo de los tiempos!. Y sin embargo, hoy, casi olvidada, reducida al recuerdo de un día, que ni siquiera tiene el honor de ser considerado como fiesta.

(No podemos olvidarla! Es necesario que se avive nuestra memoria agradecida por ella y por lo que ella significa, evoca y testifica. Esta efeméride del 1700 aniversario de su muerte martirial, podría, debería, ser una ocasión propicia para que dirigiésemos nuestra mirada a una de las glorias mayores, de las hijas más ilustres y que más engrandecen a Toledo, y a esta Iglesia en la que ella creció y cuya vida, sangre y gloria tanto la han enriquecido. Al detener nuestra atención en Santa Leocadia en este tiempo de conmemoración de su memoria, "lo hacemos con todo el sentido de gratitud por la obra de Dios realizada en esta mujer, reconociendo en ella una historia de santidad ejemplar para el pueblo de Dios, un paradigma para todos nosotros de lo que fue su fidelidad a la gracia de Jesucristo, a la Iglesia de su tiempo y al tiempo de su Iglesia" (Cardenal Marcelo González).

 

3. Temas pastorales a propósito de Santa Leocadia 

 

¿En qué aspectos de la historia y vida de santidad ejemplar de la joven Leocadia podríamos fijarnos en los tiempos que corremos? ¿Cuál podría ser el paradigma que Dios nos ofrece en ella a los toledanos de hoy? Pienso que esta efeméride que conmemoramos, con 17 siglos de fecundo testimonio de santidad, es hoy una oportunidad única para secundar y sumarnos a las invitaciones del Santo Padre a una pastoral y testimonio de santidad y a la recuperación y conocimiento de nuestras raíces cristianas. Por eso, en esta Carta pastoral, quiero fijarme en los siguientes aspectos, como llamadas y paradigma para todos nosotros que Dios nos presenta en los tiempos que vivimos: Con Santa Leocadia se inician 1700 años de santidad en la diócesis de Toledo y en ella tenemos una llamada a la santidad para seguir su propia estela y la dirección del camino que nos trazó y siguió; en nuestra joven Santa toledana se nos ponen de manifiesto nuestras raíces cristianas y se nos apremia a reavivarlas; su martirio es hoy una llamada urgente al testimonio de los cristianos, incluso con el mismo martirio, tan amplio y fecundo, en extensión e intensidad en el pasado siglo XX; su vida virgen, de consagración al Señor, de caridad y de oración son un aliento para todos, singularmente para los que son jóvenes como ella.

Al escribiros esta Carta Pastoral todos los diocesanos de Toledo, y en especial, a quienes vivís en la misma ciudad de Santa Leocadia, deseo que pongamos nuestra mirada en ella, sigamos el camino de santidad y testimonio de Jesucristo que nos legó, invoquemos su intercesión sobre nosotros, y renovemos, con su ayuda y el auxilio de la gracia de Dios, aquel vigor y frescura de la fe de la Iglesia primitiva en la situación actual, en tantos aspectos similar a aquella de los primeros siglos.

 

3.1. 1700 años de santidad en la diócesis de Toledo. Hacia una pastoral de la santidad

 

3.1.1. Diecisiete siglos, Toledo bendecida por Dios con la santidad

Con Santa Leocadia, a los comienzos del siglo IV, aparecen ya abiertos los caminos de santidad en Toledo, que se originan, por la gracia del Espíritu Santo, en el seguimiento de Jesucristo. Tras ella, a lo largo de estos diecisiete siglos, esta senda de santidad ha sido recorrida por innumerables cristianos, muchos de los cuales son venerados como santos o beatos por la Iglesia, o están en fase de reconocimiento de su ejemplaridad de vida, en la fidelidad a la vocación a ser santos que corresponde a todo bautizado.

Así, entre ellos, podemos contar: en los primeros siglos, además de su primer Obispo San Eugenio y Santa Leocadia, a los Santos Vicente, Sabina y Cristeta, San Eugenio de Toledo, San Ildefonso, San Julián de Toledo, San Eladio; en la Edad Media, a San Eulogio, San Raimundo de Fitero, San Julián de Cuenca, San Cristóbal el Santo Niño de la Guardia; en la Edad Moderna, a Santa Beatriz de Silva, Santo Tomás de Villanueva, San Juan de Avila, San Alonso de Orozco, San Juan de Dios, la Beata Ana de San Bartolomé, los Beatos jesuitas toledanos mártires en Brasil en 1570 -Juan de San Martín Rodríguez, Alfonso de Baena, Francisco Pérez Godoy-, el Beato Gabriel de la Magdalena, franciscano mártir en Japón en el siglo XVII, la Beata María de Jesús López Rivas, carmelita también del mismo siglo; y ya muy próximos a nosotros tenemos a los mártires del 36, los Beatos Pedro Largo y compañeros pasionistas de Ciudad Real, las Carmelitas Descalzas de Guadalajara -beatas María del Pilar San Francisco de Borja, Teresa del Niño Jesús, María Angeles de San José-, los Beatos Mártires de la Orden Hospitalaria -Federico Rubio, Juan de la Cruz Delgado Pastor, Arturo Donoso Castillo, José de Mora-, la Beata María del Sagrario San Luis Gonzaga, carmelita, y los Beatos Pedro Ruiz de los Paños, Guillermo Plaza Hernández, José Sala Picó, de la Hermandad de sacerdotes Operarios diocesanos. Como es sabido de todos, aún no han sido proclamados beatos otros muchos mártires del 36, cuyos procesos de canonización están ya en marcha. Hay otras causas de canonización abiertas: por no citar nada más que a unos pocos, señalamos a Teresa Henríquez, "La Loca del Sacramento", al cardenal Sancha y muy cercano a nosotros a D. José Rivera. "padre de los pobres y maestro y ejemplo de sacerdotes, hombre profético por tantos motivos", conocido por la mayoría de los que leáis esta carta. Junto a todos ellos podríamos enumerar así mismo a grandes santos, que sin ser de nuestra diócesis, pasaron por ella y dejaron gran huella: Santa Teresa y San Juan de la Cruz, San Ignacio de Loyola..., Santa María Maravillas de Jesús.

Toledo, en efecto, ha sido bendecida sin duda ninguna por la misericordia de Dios con el don de la santidad; llama la atención, por otra parte, que la mayor parte de nuestro santoral está integrado por mártires, pertenecemos a una Iglesia martirial que tan ejemplarmente refleja la comunidad mozárabe que permanece en Toledo en tiempos incluso del Islam. )Cómo no cantar eternamente la misericordia de Dios al contemplarla tan visible y palpable en tantos y tantos testimonios de santidad, reflejada en estos nombres antedichos, y también en esa multitud ingente de hombres y mujeres sencillos, que no pasan a ser venerados como tales santos, pero que han sido, y están siendo hoy, signos de esa común vocación a ser santos, a ser como el Padre celestial, tal y como Jesús nos insta, a ser imagen suya, que no se han contentado con una vida mediocre, sino que han seguido esa senda de las bienaventuranzas, que es la que recorrió el mismo Cristo, Camino, Verdad y Vida? )Cómo no seguir este camino que es el de la felicidad y la dicha, el de la verdad y el amor, el de la vida plena y eterna y de la luz que todo lo ilumina y que no se extingue jamás, el que abre a la esperanza?

 

3.1.2. Llamados a la santidad en Santa Leocadia

 

En Santa Leocadia, Patrona de Toledo, la primera santa toledana que conocemos, Dios nos está llamando hoy a la santidad. Por eso, mirando a nuestra Santa, y escuchando la voz de Dios a través de ella y este 1700 aniversario de su muerte martirial, como decía en mi reciente Carta Pastoral "Toledo evangelizada, Toledo evangelizadora", "todo debe conducir a que alcancemos la vocación a la que hemos sido llamados: la vocación a ser santos. Todo nuestro empeño, con el auxilio de la gracia de Dios - y nuestra confianza en esa ayuda de Dios, sin la que nada podemos- debe consistir en avivar esa vocación y en promover una pastoral de santidad. 'Hacer hincapié en la santidad es más que nunca una urgencia pastoral' (NMI 30). La santidad, el compromiso por la santidad, don y tarea confiada por Dios a cada uno de nosotros, 'ha de dirigir toda la vida cristiana: 'Esta es la voluntad de Dios: vuestra santificación'. Es un compromiso que no afecta sólo a algunos cristianos: 'Todos los cristianos de cualquier clase o condición, están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección del amor'" ( p.95).

Todos, pues, sin excepción, podemos y debemos ser santos, por la gracia de Dios; todos, incluso los jóvenes. Santa Leocadia fue joven como vosotros. Se puede ser joven y ser santo, como se puede ser muy de hoy y ser santo. Como os dijo, queridos jóvenes el Papa en la canonización de otro santo español del siglo XIX que se preocupó mucho de vosotros, de San Enrique de Ossó: "No tengáis miedo a ser santos". Como nos ha dicho tan diáfanamente el Papa en su último viaje pastoral al venir a nosotros principalmente a canonizar a cinco santos españoles: Hoy más que nunca es necesario hacer hincapié en esta urgencia, que es fundamento de toda programación pastoral, más aún, toda vida cristiana y eclesial. Sin esto todo se desmorona, nada tiene consistencia.

El Concilio Vaticano II recordó y proclamó la vocación de todos los fieles cristianos, en la Iglesia, a la santidad. Aspecto fundamental, aunque a veces demasiado olvidado: "Ésta es la voluntad de Dios: vuestra santificación", nos recuerda san Pablo. El capítulo V de la Constitución Lumen Gentium, centro de la enseñanza y de la renovación conciliar, recuerda la vocación universal a la santidad en la Iglesia: Porque la Iglesia es un misterio o sacramento en Cristo, debe ser considerada como signo e instrumento de santidad.

En los momentos cruciales de la Iglesia han sido siempre los santos quienes han aportado luz, vida y caminos de renovación. También hoy que vivimos un tiempo crucial, necesitamos santos, pedir a Dios con asiduidad santos, y ofrecer modelos de santidad. La vida entera de la comunidad eclesial, la de las familias cristianas, la de todos los cristianos, de cualquier clase o condición, debe ir en esta dirección: la que lleva a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección del amor

 

3.1.3. Nuestro programa: una pastoral de santidad, hoy

 

El programa de una pastoral de santidad es muy amplio y nadie, creo,  puede albergar respecto de él recelo alguno ni tildarlo de escapismo o de fuga hacia un espiritualismo que nos haga desentendernos de nuestro mundo y de las necesidades que urgen y apremian. Cuando decimos esto, lo mismo que cuando el Papa, con toda su autoridad y responsabilidad de confirmarnos en la fe nos señala este camino prioritario en el comienzo del nuevo milenio, no se nos ocultan los gravísimos problemas que hoy acechan a la humanidad.

No se nos ocultan por ejemplo, como señala Juan Pablo II, que "son muchas en nuestro tiempo las necesidades que interpelan la sensibilidad cristiana. Nuestro mundo empieza un nuevo milenio cargado de las contradicciones de un crecimiento económico, cultural, tecnológico, que ofrece a pocos afortunados grandes posibilidades, dejando no sólo a millones y millones de personas al margen del progreso, sino a vivir en condiciones de vida muy por debajo del mínimo requerido por la dignidad humana. )Cómo es posible que, en nuestro tiempo, haya todavía quien se muere de hambre, quien está condenado al analfabetismo, quien carece de la asistencia médica más elemental, quien no tiene techo donde cobijarse? El panorama de la pobreza puede extenderse indefinidamente, si a las antiguas añadimos las nuevas pobrezas, que afectan a menudo a ambientes y grupos no carentes de recursos económicos, pero expuestos a la desesperación del sin sentido, a la insidia de la droga, al abandono en la edad avanzada o en la enfermedad, a la marginación o a la discriminación social".

Ante este panorama y a "estas alturas de modernidad", )se puede salir diciendo que lo prioritario en estos momentos es una pastoral de la santidad?  Sí, precisamente porque este es el panorama de nuestro mundo, y porque ciertamente una Iglesia de santos será una Iglesia, cuyos miembros, unidos a Cristo, serán testigos de la caridad que no tiene límites y de la entrega servicial a los hombres siguiendo el camino que Cristo recorrió, y es Él mismo: el camino de las bienaventuranzas, retrato que Jesús nos dejó de sí mismo."En realidad, poner la programación pastoral bajo el signo de la santidad es una opción llena de consecuencias" (Juan Pablo II).

(Qué torpes somos! Nos empeñamos en otros muchos aspectos, pero lo único que cuenta de verdad es que seamos santos y que ayudemos a que los hombres sean santos, porque esa es su vocación. Si nos diésemos cuenta o, mejor, si estuviésemos convencidos que sólo se produce una renovación en hondura y extensión de la humanidad si hay abundancia de frutos de santidad, de mujeres y de hombres santos, de toda condición y edad. Sólo una Iglesia de santos será fermento verdadero para un mundo nuevo. Una Iglesia de santos hará cambiar el rostro de nuestra tierra envejecida y la llenará de juventud y frescura de vida, como la joven Leocadia o los santos que jalonan tantos siglos de santidad desde los comienzos. Confieso que, con todas las dificultades que atravesamos el umbral del nuevo milenio, estoy muy esperanzado porque el pasado siglo XX ha sido el siglo de mayor número de mártires de toda la historia: esta sangre de millones de cristianos mártires el siglo pasado que ha regado nuestra tierra hará surgir una humanidad nueva con la novedad de la fe y de la vida conforme al Evangelio. (Impulsemos sin desmayo una pastoral de santidad y aspiremos todos, con la ayuda del Espíritu y de la comunión de los santos, a ser también santos hoy! Será nuestra mejor contribución.

Todavía resuenan con toda su fuerza y vibración, frescura y sencillez las paternales palabras del Papa en la celebración de la Eucaristía de canonización de cinco santos españoles, el pasado mayo, en la Plaza de Colón de Madrid: "Los nuevos Santos tienen rostros muy concretos y su historia es bien conocida. )Cuál es su mensaje? Sus obras, que admiramos y por las que damos gracias a Dios, no se deben a sus fuerzas o a la sabiduría humana, sino a la acción misteriosa del Espíritu Santo, que ha suscitado en ellos una adhesión inquebrantable a Cristo crucificado y resucitado y el propósito de imitarlo. Queridos fieles católicos de España: (Dejaos interpelar por estos maravillosos ejemplos! Al dar gracias al Señor por tantos dones que ha derramado en España, os invito a pedir conmigo que en esta tierra sigan floreciendo nuevos santos. Surgirán otros frutos de santidad si las comunidades eclesiales mantienen su fidelidad al Evangelio que, según una venerable tradición, fue predicado desde los primeros tiempos del cristianismo y se ha conservado a través de los siglos. Surgirán nuevos frutos de santidad si la familia sabe permanecer unida, como auténtico santuario del amor y de la vida. 'La fe cristiana y católica constituye la identidad del pueblo español, dije cuando peregriné a Santiago de Compostela (9, XI, 1982). Conocer y profundizar el pasado de un pueblo es afianzar y enriquecer su propia identidad.(No rompáis con vuestras raíces cristianas! Sólo así seréis capaces de aportar al mundo y a Europa la riqueza cultural de vuestra historia" (Juan Pablo II, en la homilía de canonización del 4, de mayo de 2003, en Madrid). Conocer y profundizar estos diecisiete siglos de santidad y proseguirlos nos hará capaces de aportar lo mejor de nosotros y lo más preciado nuestro para que el mundo se renueve y se abra a un futuro de esperanza.

 

3.2. Santa Leocadia evoca nuestras raíces cristianas

 

3.2.1. Nuestras raíces cristianas están en la Iglesia: gozo y aliento de ser Iglesia, enraizada en nuestro tiempo.

 

Cristiana de los primeros siglos, santa Leocadia nos evoca precisamente los orígenes de nuestra fe, las raíces cristianas y la identidad católica sobre las que se sustenta nuestro pueblo. En ellas está lo mejor de nuestra vida, lo que muestra más fecunda nuestra historia. Como nos dijo el Papa en la Plaza de Colón de Madrid, al rezar el Regina Coeli: "Sois depositarios de una rica herencia espiritual que debe ser capaz de dinamizar vuestra vitalidad cristiana, unida al gran amor a la Iglesia y al sucesor de Pedro". La memoria de esta Santa Toledana, que no es mirada al pasado sino capacidad y apertura al futuro, al evocarnos nuestras raíces, nos muestra que éstas y que la historia de hoy, de nuestro pueblo, y su mismo futuro, no se pueden o no se deberían separar de la Iglesia, de ese amor a la Iglesia que nos recuerda el Papa. Ella, en efecto, nos hace sentir el gozo de ser Iglesia.

Es necesario recobrar este gozo de ser Iglesia, porque sólo así seremos capaces de asumir con responsabilidad el dinamismo de nuestra condición de cristianos, de discípulos de Jesús, en esta hora concreta. Por medio de la Iglesia, Cristo se hace vivo para los hombres de hoy. Dándonos a Jesucristo, haciéndolo presente en medio de nosotros, la Iglesia da a la humanidad una luz, un apoyo y un criterio sin los que no podríamos entender el mundo.

Vivimos una hora crucial en la historia, con peculiaridades muy concretas y apremiantes entre nosotros, que reclama que la Iglesia sea de verdad la comunidad de los creyentes convertidos al Evangelio de Jesucristo, una Iglesia de hombres y mujeres que crean en Dios como origen y garantía de la plena salvación de los hombres y testifiquen ante la sociedad el valor liberador y humanizante de esta fe. Una Iglesia que no pretende imponerse al resto de la sociedad ni fortalecerse con privilegios sociales, pero que sea respetada en su condición. Una Iglesia que honre el nombre de Dios ante los hombres y contribuya positivamente a acercar la vida humana al reino de Dios esperado; sin separarse de la historia y sin confundirse con ella, sin huir del mundo y sin conformarse con él, formando parte realmente de la sociedad y no dejándose asimilar por nada ni por nadie. Una Iglesia convertida y sostenida por la esperanza de una humanidad justa y dichosa que viene de Dios. Una Iglesia que sea la transparencia de Cristo entre los hombres, oscurecida a veces por la conducta de los cristianos, pecadores como los demás hombres. Una Iglesia orientada toda ella al anuncio del Evangelio a los hombres y mujeres de nuestro tiempo, exaltados por la esperanza pero a la vez perturbados con frecuencia por el temor, la angustia, el desaliento o el desencanto.

Quiero recordar aquí, en esta conmemoración de los diecisiete siglos de la muerte martirial de nuestra Santa Leocadia, aquellas estimulantes palabras del Papa Juan Pablo II en su primera visita apostólica a España, como si estuvieran dirigidas directamente a nosotros: "Es necesario que los católicos españoles sepáis recobrar el vigor pleno del Espíritu, la valentía de una fe vivida, la lucidez evangélica iluminada por el amor profundo al hermano. Para sacar de ahí fuerza renovada que os haga infatigables creadores de diálogo y promotores de justicia, alentadores de cultura y elevación humana y moral del pueblo. En un clima de respetuosa convivencia con las otras legítimas opciones, mientras exigís el respeto a las vuestras"

Vienen también a mi memoria aquellas otras palabras del Papa en su último viaje a España, cuando, consciente de que nos hallábamos en aquellos momentos "en el corazón de Madrid, cerca de grandes museos  bibliotecas y otros centros de cultura fundados en la fe cristiana, que España, parte de Europa, ha sabido luego ofrecer a América con su evangelización y después a otras partes del mundo", nos evocaban "la vocación de los católicos españoles a ser constructores de Europa y solidarios con el resto del mundo", y nos dejaban aquella consigna clave que parte de nuestras raíces: "España evangelizada, España evangelizadora, ése es el camino. No descuidéis nunca esa misión que hizo noble a vuestro País en el pasado y es el reto intrépido para el futuro".

 

3.2.2.  .Algunos aspectos de la misión de la Iglesia, hoy, en fidelidad a sus raíces

 

No se nos ocultan todos los logros de nuestra sociedad, pero no podemos cerrar los ojos a los momentos singularmente duros que atravesamos. Somos conscientes de las tensiones y de los problemas, de las crisis y de las amenazas que se ciernen sobre los hombres de nuestra sociedad y de nuestra Iglesia. Tenemos, como recordaba en la carta "Toledo evangelizada, Toledo evangelizadora", ante nuestros ojos el rápido cambio de las condiciones de vida, la transformación cultural operada al margen de lo que es nuestra historia y cultura, la pérdida de referencias y de valores morales para el comportamiento personal y social, la crisis económica que tan fuertemente se ceba en nuestra sociedad con sus consecuencias en el deterioro moral y social que parece no encontrar caminos de regeneración. Tampoco olvidamos los problemas de la juventud ni del amplio mundo de los marginados, la paz siempre frágil y amenazada y las situaciones de extrema pobreza y de hambre de gran parte del mundo y de cómo se viola la vida humana aun antes de nacida o por el vil terrorismo, verdadera lacra y amenaza muy principal para nuestro tiempo. La Iglesia, los católicos no podemos vivir al margen, ni realizar la misión fuera de este contexto. El secularismo amenaza tristemente los valores fundamentales de nuestra sociedad y de nuestra cultura, animada aún y a pesar de todo por una "alma o genio cristianos", pero la Iglesia, fiel a sí misma, a las raíces que la sustentan, debe trabajar continuamente para mantener la tradición espiritual y cultural que ha legado a nuestros pueblos y a la humanidad entera.

La sociedad actual tiene bastante afinidad con aquella en la que se abrió paso la primera predicación del Evangelio, con la que vivió santa Leocadia, una sociedad muy semejante a aquella sociedad pagana en la que santa Leocadia vivió el seguimiento de Jesucristo con gozo y sin complejos, testificó el Evangelio con fortaleza y libertad, con esperanza y confianza en el Señor. Nos sentimos, como muchos hombres de aquella época, aprisionados en nuestra impotencia, sumergidos en múltiples ofertas de salvación que vemos como no definitivas y engañosas. Pero, igual que sucedió a los hombres y mujeres de aquella antigua generación de nuestra Santa, desde la experiencia de nuestra limitación, tenemos hoy la experiencia de que un don que nos desborda, una misericordia sumamente acogedora, el don y la misericordia de Dios, puede salvarnos en plenitud, ofreciéndonos la gratuidad de su amor. Y de ello somos portadores gozosos, aunque deficientes y pecadores, en la Iglesia.

 

3.2.3. Avivar las raíces cristianas

 

Vivimos tiempos en que es necesario reavivar las raíces cristianas de nuestro pueblo. Como reconocía el Comité Ejecutivo de la Conferencia Episcopal en su Nota tras la Visita apostólica del Papa Juan Pablo II: como uno de los aspectos más destacables y como "regalo precioso de esta Visita memorable", el Santo Padre nos dejó " a los católicos españoles la exhortación insistente a mantener y avivar el rasgo más sobresaliente de nuestra identidad: '(No rompáis con vuestras raíces cristianas! Sólo así seréis capaces de aportar al mundo y a Europa la riqueza cultural de vuestra historia!' (Homilía en la Eucaristía de Canonizaciones); 'así contribuiréis mejor a hacer realidad un gran sueño: el nacimiento de la nueva Europa del espíritu, una Europa fiel a sus raíces cristianas' (Discurso a los jóvenes); 'sois depositarios de una rica herencia espiritual, que debe ser capaz de dinamizar vuestra vitalidad cristiana' (Regina Coeli). Tenemos aquí marcado el camino para la auténtica renovación de la Iglesia, para una nueva primavera de santidad y de vida cristiana, y para una realización más honda de nuestro Plan Pastoral. La savia del catolicismo que a lo largo de nuestra historia ha generado tantas vidas heroicas y ha aportado a la Iglesia universal tantos frutos de cultura, de evangelización y de servicio al hombre, sigue latiendo en las raíces más profundas de nuestra personalidad e identidad cultural. Preciso es ahora reconocer esa rica savia, apreciarla y avivarla, de modo que robustezca la vida interior de nuestras comunidades y produzca en nuestras diócesis frutos nuevos de dinamismo pastoral y audacia evangelizadora en los inicios de este nuevo Milenio, para gloria de Dios y plenitud del hombre".

Como Obispo de nuestra querida Toledo, ante la fiesta de santa Leocadia, lanzo un grito lleno de amor: "( Toledo, vuelve a encontrarte. Sé tú misma. Descubre tus orígenes. Aviva tus raíces. Revive aquellos valores auténticos que hicieron gloriosa tu historia!" Toledo tiene unas raíces cristianas, que se remontan a los que anunciaron la fe cristianas en los orígenes,  a quienes siguieron a los testigos inmediatos y primeros del Señor, fuente de vida y de libertad, verdad y luz, fundamento para la dignidad de la persona humana y raíz de donde brota el amor que nos hace convivir fraternamente y trabajar por la paz en la justicia. La figura de santa Leocadia, la celebración de su fiesta y de este 1700 aniversario de la coronación de su vida con la gloria martirial, puede ser una ocasión para este reavivar nuestras raíces, tan necesario para nuestra Iglesia y sociedad en la que vivimos.

Los católicos, la Iglesia, podemos y debemos contribuir a la realización humana de la sociedad. Nuestra fe en Jesucristo nos lleva a la afirmación del hombre y su valor absoluto y a la exaltación más radical y plena de la dignidad inviolable de la persona humana, basada en su condición de criatura de Dios, creador y salvador, creada a imagen y semejanza de El, redimida y renovada por la sangre de Jesucristo. El reconocimiento efectivo de la dignidad de la persona humana constituye el fundamento y el valor supremo de convivencia y del ordenamiento social. Nunca nos es permitido instrumentalizar al hombre como un medio para la consecución de fines técnicos, políticos o económicos. Todo esto pertenece a nuestras raíces cristianas y es preciso que recobren nuevo vigor en nosotros.

No habrá una sociedad éticamente configurada ni la Iglesia evangelizará plenamente si los católicos, en sus proyectos y actuaciones públicas y privadas, si no reconocemos de modo efectivo la verdad del hombre, el valor absoluto de cada persona y si no tratamos de ordenar toda la vida social a la configuración de un proyecto comunitario en el que cada hombre pueda alcanzar el logro de su humanidad de acuerdo con las posibilidades históricas. Los católicos toledanos, basados en esa fe que recibimos de los primeros cristianos, que sigue el testimonio de santa Leocadia, sellada con su sangre, y que está en nuestras raíces y en la entraña más propia de nuestra identidad, hemos de mostrar, en la vida cuotidiana y en la práctica real y social, que el servicio del hombre es el criterio de autenticidad y de nuestra experiencia de Dios como Dios. Este servicio respetuoso con la realidad y desde la libertad de los hijos de Dios, ha de llevar a disipar el malentendido de que Dios solo puede ser afirmado a costa del hombre o al margen del hombre y de que el hombre sólo puede ser servido al margen o en contra de Dios.

Que la luz de santa Leocadia, su testimonio martirial e intercesión, nos alcancen la fortaleza y el gozo de la fe, y nos impulse, con nuevo ardor, a emprender, fieles a nuestras raíces y como testigos de santidad, caminos de una nueva evangelización capaz de alentar la esperanza y edificar una cultura nueva, la de la solidaridad y el amor.

 

3.3. El martirio de Santa Leocadia, semilla de vida nueva en Toledo

 

3.3.1. La semilla de la sangre de los mártires

 

Cuando más antes me he referido al "santoral" toledano he destacado que gran parte de la historia de santidad de nuestra Archidiócesis corresponde a santos que han sellado su fe en Jesucristo y su fidelidad a esas raíces nuestras con la sangre del martirio, y que, en buena medida, la Iglesia toledana es una Iglesia martirial. No podemos olvidar lo que, en el siglo III, afirmaba Tertuliano: "La sangre de los cristianos es como una semilla". Una semilla fecunda, ya que para la fe de la Iglesia nada supera la fertilidad evangelizadora del martirio, conforme a las palabras del Señor: "Os aseguro que si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo, pero si muere, da mucho fruto". No hubiera sido posible, en efecto, el desarrollo de la Iglesia experimentado en el primer milenio si no hubiera sido por aquella siembra de mártires y por aquel patrimonio de santidad que caracterizaron a las primeras generaciones de cristianos.

 

3.3.2. Necesidad de cristianos confesantes, de testimonio martirial en nuestra sociedad

 

Es un testimonio que no hay que olvidar. Esta sangre martirial constituye como el humus, la tierra cultivada, en que ahonda sus raíces el viejo árbol de nuestra Iglesia, y su memoria puede revitalizar la savia del Espíritu que la alimenta. Nuestra moderna sociedad, permisiva y pluralista, tiende a hacer obsoleto o arcaico el martirio, y a despojarle de su significación. Los cristianos, tal vez, hemos perdido disponibilidad para el martirio, para la confesión pública de la fe. Preferimos el anonimato; que no se nos note demasiado; que no se nos distinga claramente en este mundo. Falta la fe confesante, el testimonio de unos cristianos que se gocen de ser y de vivir como cristianos, que se gloríen del nombre de cristiano. El mundo necesita de testigos del Dios vivo, católicos que en la vida pública y en la privada dejan en sus obras y en sus palabras el testimonio vivo y real de la fe en Jesucristo. El mundo de hoy necesita de cristianos que estén prestos a confesar a Cristo públicamente, y en todo lugar y circunstancia, delante de los hombres o en la soledad, y a seguirle por el camino de la cruz. Como Pablo, no queremos ni podemos saber de otro, ni creer en otro o confesar su nombre que Jesucristo y éste crucificado.

Ante un mundo tan difícil para la fe y la vida cristiana, y sin embargo tan necesitado de ella, ante una cultura dominante que parece penalizar la vida de fe en Dios vivo y en su Hijo Jesucristo venido en carne, ante unos poderes y fuerzas tan adversas para la vida en Dios y de obediencia a sus mandamientos, ante una larvada y sorda y a veces clara y explícita persecución de nuestro mundo con medios sutiles incluso sangrientos o de eliminación y descalificación de los cristianos, ante tantos poderes que sientan de miles maneras en sus tan diversos "tribunales" y acusan y condenan a la Iglesia y a los cristianos, y ante la dolorosa y muy triste deserción de nos pocos cristianos que no soportan el embate de las dificultades, o que llegan a "pactos" explícitos o tácitos, para ser considerados plausibles y no rechazados, con realidades incompatibles con el Evangelio, necesitamos que Dios siga concediendo a su Iglesia el don y la gracia del testimonio del martirio que siempre ha acompañado y acompaña su vida y su historia, como muestra esa pléyade inmensa de mártires del pasado siglo XX.

 

3.3.3. El valor y gracia del martirio

 

Desde el comienzo de la fe cristiana, ya en la Nueva y definitiva Alianza, y a lo largo de toda la historia eclesial, "se encuentran numerosos testimonios de seguidores de Jesucristo -comenzando por el diácono Esteban y el apóstol Santiago- que murieron mártires por confesar su fe y su amor al Maestro y por no renegar de Él. En esto han seguido al Señor Jesús, que ante Caifás y Pilato, 'rindió tan solemne testimonio', confirmando la verdad de su mensaje con el don de la vida. Otros innumerables mártires aceptaron las persecuciones y la muerte antes de hacer el gesto idolátrico de quemar incienso ante la estatua del Emperador. Incluso rechazaron el simular semejante culto dando así ejemplo del rechazo también de un comportamiento concreto contrario al amor de Dios y al testimonio de la fe. Con la obediencia, ellos confían y entregan, igual que Cristo, su vida al Padre, que podía liberarlos de la muerte... Elevándolos al honor de los altares, la Iglesia ha canonizado su testimonio y declaró verdadero su juicio, según el cual el amor implica obligatoriamente el respeto a sus mandamientos, incluso en las circunstancias más graves, y el rechazo de traicionarlos, aunque fuera con la intención de salvar su propia vida" (Juan Pablo II, Veritatis Splendor, 91).

En este mundo nuestro, cuyas características todos conocemos, con sus luces innegables, pero también con sus zonas oscuras grandes y con tantas adversidades, de un relativismo moral tan pronunciado y de eclipse de Dios, y sin embargo tan necesitado de Dios y de la salvación y vida nueva en Jesucristo, el testimonio martirial es un regalo preciosísimo que es preciso apreciar en todo su sentido. El martirio es el signo y la prueba, el testimonio más diáfano, de que Dios es Dios, lo único necesario, que está por encima de todo y que lo vale todo, que sólo Él basta y que no tenerle a Él es vivir sumida en la mayor de las pobrezas e indigencias. El martirio es igualmente el testimonio más vivo de que Cristo vive y nos salva, y que su salvación es el mayor tesoro al que nada se le puede comparar. Es la señal manifiesta de que el Reino de Dios ha irrumpido en nuestra historia y es donde está la dicha y la plenitud que lo supera todo. Es el signo que nos apunta a donde está la verdad y grandeza del hombre, su sentido, su realización más auténtica, su libertad más genuina y plena, y el comportamiento más verdadero y propio del hombre inseparable del amor. Nos dice, en fin, que estamos llamados al Reino de los cielos, a la vida eterna, a estar con Dios que es amor y permanece para siempre: y que eso es con mucho no solo lo mejor, sino lo que únicamente importa; de otra suerte qué significaría o qué sentido tendría la vida, no dejaría de ser una "pasión inútil";  el martirio nos hace pensar que no podemos malograr nuestra vida anteponiendo a su logro que es la plenitud de la vida eterna otras cosas u otros intereses.

El Papa ha escrito en su encíclica Veritatis Splendor, cuyo décimo aniversario estamos celebrando, páginas bellísimas y muy importantes que no me resisto a dejar de transcribir, contemplando precisamente a nuestra Santa Leocadia en este 1700 aniversario de su muerte martirial; tales palabras del Papa, de alguna manera, nos trazan un retrato de la propia Leocadia.

"En el martirio, como confirmación de la inviolabilidad del orden moral, resplandecen la santidad de la ley de Dios y a la vez la intangibilidad de la dignidad personal del hombre, creado a imagen y semejanza de Dios. Es una dignidad que nunca se puede envilecer o contrastar, aunque sea con buenas intenciones, cualesquiera que sean las dificultades. Jesús nos exhorta con la máxima severidad: ')De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si arruina su vida?'.

"El martirio demuestra como ilusorio y falso todo 'significado humano' que se pretendiese atribuir, aunque fuera en condiciones 'excepcionales', a un acto en sí mismo moralmente malo; más aún, manifiesta abiertamente su verdadero rostro: el de una violación de la 'humanidad' del hombre, antes aún en quien lo realiza que en quien lo padece. El martirio es, pues, también exaltación de la perfecta 'humanidad' y de la verdadera 'vida' de la persona, como atestigua san Ignacio de Antioquía dirigiéndose a los cristianos de Roma, lugar de su martirio: 'Por favor, hermanos, no me privéis de esta vida, no queráis que muera... dejad que pueda contemplar la luz; entonces seré hombre en pleno sentido. Permitid que imite la pasión de mi Dios

"Finalmente, el martirio es un signo preclaro de la santidad de la Iglesia: la fidelidad a la ley santa de Dios, atestiguada con la muerte es anuncio solemne y compromiso misionero 'usque ad sanguinem' para que el esplendor de la verdad moral no sea ofuscado en las costumbres y en la mentalidad de las personas y de la sociedad. Semejante testimonio tiene un valor extraordinario a fin de que no sólo en la sociedad civil sino incluso dentro de las comunidades eclesiales no se caiga en la crisis más peligrosa que puede afectar al hombre: la confusión del bien y del mal, que hace imposible construir y conservar el orden moral de los individuos y de las comunidades. Los mártires, y de manera más amplia todos los santos en la Iglesia, con el ejemplo elocuente y fascinador de una vida transfigurada totalmente por el esplendor de la verdad moral, iluminan cada época de la historia despertando el sentido moral. Dando testimonio del bien, ellos representan un reproche viviente a cuantos transgreden la ley y hacen resonar con permanente actualidad las palabras del profeta: '(ay, los que llaman al mal bien, y al bien mal; que dan oscuridad por luz, y luz por oscuridad; que dan amargo por dulce, y dulce por amargo!'.

"Si el martirio es el testimonio culminante de la verdad moral, al que relativamente pocos son llamados, existe no obstante un testimonio de coherencia que todos los cristianos deben estar dispuestos a dar cada día, incluso a costa de sufrimientos y de grandes sacrificios. En efecto, ante las múltiples dificultades, que incluso en las circunstancias más ordinarias puede exigir la fidelidad al orden moral, el cristiano, implorando con su oración la gracia de Dios, está llamado a una entrega a veces heroica. Le sostiene la virtud de la fortaleza, que -como enseña san Gregorio Magno- le capacita a 'amar las dificultades de este mundo a la vista del premio eterno'" (VS 92 y 93).

 

3.3.4. Necesitamos afianzar la fe y darle solidez con una formación vigorosa

 

Todos nosotros necesitamos revitalizar nuestra fe que es inseparable de la moral, manifestarla con decisión, libertad y confianza; con coraje, osadía y audacia, como santa Leocadia, como Pedro y Pablo y los demás mensajeros del Evangelio que presentaban y anunciaban la Buena Nueva ante judíos y paganos, obedeciendo a Dios antes que a los hombres.    Necesitamos de aquella fe sólida, asentada sobre la roca firme que es Cristo, que llevó a Santa Leocadia al martirio. Necesitamos alimentarnos de aquellas hondas y vigorosas raíces del testimonio de la sangre de los mártires como el de la patrona de la ciudad de Toledo. La fe en el Dios vivo, la plena adhesión a Cristo que es la Palabra hecha carne, la docilidad al Espíritu Santo conforma existencias sólidas, hombres y mujeres con profundo sentido de responsabilidad en el orden familiar, profesional, social, cultural, educativo, económico, político, en la comunidad cristiana y en la sociedad civil. Así, sobre esa roca sólida de la fe es como edificaremos sólidamente el edificio de una nueva humanidad, la casa del mundo, el hogar abrigo de una nueva sociedad, la construcción de la Iglesia asentada sobre la piedra firme y angular. Al margen de la fe que se apoya en la palabra de Dios, edificaremos sobre arena en la que nada sólido ni consistente puede asentarse y perdurar.

Por todo ello, en los tiempos que corremos, una de las tareas primordiales para la Iglesia es la formación de cristianos de fe sólida con todas sus consecuencias e implicaciones morales y sociales. Necesitamos embarcarnos en la tarea urgente y ciertamente ardua de una formación sólida en la vida de fe que implique la aceptación consciente y cordial del mensaje moral cristiano. Esta solidez en la vida de fe es la que hace posible una eficaz acción evangelizadora, es lo que hará que salgamos del anonimato y de nuestros refugios invernales para ir a la calle, es decir, a donde están los hombres para comunicarles el gozo inefable de la fe y la alegría inmensa de que somos queridos por Dios y que Cristo ha muerto y ha resucitado por nosotros.

 

3.3.5.Algunas manifestaciones del testimonio cristiano en nuestro tiempo

 

Comunicar esta fe, proclamar la dicha del amor de Dios Padre, manifestado en Jesucristo, lleva consigo hoy la afirmación de la dignidad de toda vida humana, la afirmación del valor incondicional de la persona humana, creada a imagen de Dios, redimida por Cristo, destinada a la vida eterna. Todo ser humano, toda persona, tiene un valor absoluto. El ser humano es sagrado. Esta afirmación no sólo conduce al combate en favor de los derechos del hombre, sino que reclama de cada uno para el prójimo una atención respetuosa, un reconocimiento de lo que cada uno tiene de irreemplazable, de único, una actitud de verdadera caridad, de amor generoso, abierto siempre a la comprensión y el perdón. "Parte tu pan con el hambriento, hospeda al pobre sin techo, viste al que va desnudo y no te cierres a tu propia carne".

En medio de una sociedad que padece una profunda quiebra y crisis moral, vivir esa fe y comunicarla entraña aportar sin complejos ni reduccionismos a los mínimos el vigor y la originalidad moral que está implicada en el Evangelio, realización de la humanidad nueva. La fe en Dios que se ha hecho hombre, que nació en una cueva, que murió en la cruz como maldito, implica para nosotros los creyentes un compromiso permanente por los pequeños, por los pobres, por los débiles, por los que sufren. Este compromiso hoy lleva a la acción en el ámbito social, económico, político y las múltiples formas de atención personal. El cristiano que es fiel al Crucificado sabe que esta entrega al servicio de los demás no se reduce a un sentimiento de humanidad sino que es ante todo seguimiento de Cristo que vino a buscar y salvar lo que estaba perdido.

Es este mismo seguimiento de Cristo el que habrá de llevar a los creyentes impulsados por su fe, y no a pesar de ella, a que se apresten a actuar en las amplias zonas de pobreza que hay entre nosotros; esta fe llevará a sentirse solidarios en las dificultades que padecen tantos y tantos hombres y mujeres de hoy. Esta fe no es ajena al sufrimiento de las mujeres y de los niños maltratados o abandonados, y las vidas - a veces muy jóvenes- destruidas por el alcohol, la prostitución o la droga. No se puede olvidar, además, que muchos de estos dramas son fruto de la soledad y la violencia con que deja a las personas una cultura que ignora o censura la dimensión religiosa y moral del hombre.

La fe viva en Dios que se ha revelado como Amor en Jesucristo, nos lleva a acoger en nuestro corazón el don del Espíritu Santo que derrama en nosotros el amor de Dios, un amor que es perdón y que es reconciliación en un  mundo dominado por violencias, por odios, por egoísmos. Necesitamos esta fe en Dios que obra por el amor reconciliador para conducirnos a la unidad entre todos, la unidad de nuestra patria, y superar el antagonismo disgregador entre sus pueblos. Cristo aparece entre los hombres crucificado, perdonando y amando. Cristo Resucitado se hace presente en medio de nosotros con su paz y nos otorga su Espíritu de unidad. Estamos llamados a unirnos a este misterio de la muerte y de la resurrección de Cristo que se hace presente y actual para nosotros en la Eucaristía. Aquí está el supremo testimonio: aquí Cristo testifica ante los tribunales del mundo que lo condenan cómo Dios nos ama, cómo Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad, cómo El entrega su vida y su sangre para la reconciliación, para reunirnos a todos, para que cuantos andamos dispersos seamos uno y formemos un único pueblo.

Acudamos a Santa Leocadia: que su intercesión llegue, por medio de Jesucristo, el Testigo fiel y el Amén de Dios, hasta el Padre. Que nos alcance a todos el don de la fe. Que conceda a Toledo y a toda nuestra diócesis una fe renovada y vigorosa, sin complejos para vivirla y anunciarla en medio de los hombres en el gran signo de la caridad, de la que fué especial testigo Santa Leocadia en su amor y entrega a los pobres e indigentes. Que nos haga ser testigos martiriales de Jesucristo y de la vida nueva en Él.

 

3.4. Santa Leocadia, consagrada al Señor, caritativa, orante y virgen

 

3.4.1. Consagrada al Señor: El valor y la gracia de la consagración. Necesidad de la vida consagrada

          

Santa Leocadia se entregó por completo al Señor, consagrándose a Él en el orden de las vírgenes. Vivió así la perfecta caridad, que está entrañada en la sustancia misma de la vida de consagración a Dios. Todo lo sacrificó para seguir a Cristo según lo hicieron los apóstoles. Mostró así que su vida era propiedad exclusiva de Dios. Su consagración personal, la vida consagrada entonces como ahora, muestra con eficacia los valores auténticos y absolutos del Evangelio a un mundo que exalta con frecuencia los valores relativos y efímeros de este mundo. Llamada por el Señor a seguirle y con el auxilio de su gracia, en su consagración nos ofreció el testimonio perenne de una decisión que abarca y totaliza toda la existencia: se decidió por el Amor que es Dios, que lo llena todo y que nunca muere. Percibió a Cristo como plenitud de la propia vida, de forma que toda su existencia fuese entrega sin reserva a Él, hasta la muerte martirial que ella padeció y con la que selló su propia consagración. No vivió para sí sino para Aquel que murió y resucitó por todos, por amor; de este modo toda su vida fue, al mismo tiempo, un entregarse en caridad en servicio de los demás, sobre todo de los pobres, en la Iglesia.

La vida consagrada ha estado siempre, de diversas formas, en la vida de la Iglesia, en su corazón y entraña más íntima, pertenece a lo más propio de ella: a su vida, a su misión, a su vocación universal a la santidad, que es vocación de todos a la unión con Dios. Sin duda alguna es una de las mayores riquezas y más imprescindibles de la Iglesia a lo largo de la historia. Cuando se debilita la vida consagrada, es la Iglesia misma la que se debilita y pierde el vigor que está animando la consagración, que no es otro que el seguimiento radical y el testimonio de la vocación de todos a la santidad. Una Iglesia en la que fallara de alguna manera la vida consagrada o palideciera su testimonio, estaría gravemente amenazada en su vocación y misión.

Necesitamos, por ello, de una manera apremiante de la vida consagrada tan fundamental siempre y sobre todo en los momentos actuales, necesitados del testimonio de la primacía de Dios, de que sólo Dios y su Reino es necesario, indigente de los consejos evangélicos que muestran el seguimiento radical de Jesucristo en donde está la vida eterna y la alegría que nada ni nadie puede arrebatar, y necesitado asimismo del signo de la caridad evangélica y del servicio a los pobres.

Nuestra sociedad necesita cada día más de los consagrados al Señor, porque tiene necesidad por encima de todo de que, en una vida consagrada, hombres y mujeres den testimonio de Dios vivo ante un mundo que lo niega, lo olvida o camina de espaldas a Él; necesita nuestra sociedad personas consagradas que, con sus vidas y su palabra, sin rodeos ni complejos, afirmen y muestren el amor de Dios a todos y a cada uno, singularmente a los pobres, a los más pobres; nuestro mundo está necesitando de abundancia de personas consagradas que muestren los más altos valores espirituales, a fin de que a nuestro tiempo no le falte la luz de las más altas conquistas del espíritu; que traigan a la memoria algo que solemos olvidar fácilmente: que en el mundo venidero "Dios lo será todo en todos". Vidas de personas consagradas son una de las señales más elocuentes, como en tiempos de Leocadia, de la presencia y soberanía de Dios en este mundo y de la libertad de sus hijos. Nuestro mundo tan cerrado sobre sí mismo a Dios necesita como nunca de estos testigos suyos.

 

3.4.2. Consagrada para la perfección de la caridad

 

La consagración a Dios, la vida consagrada a Dios es una vocación a vivir la existencia como ejercicio constante de la caridad, como Santa Leocadia. Las personas consagradas "constituyen una porción elegida del Pueblo de Dios, llamadas a vivir de una forma especial y muy significativa la perfección de la caridad, a la que todos los discípulos de Cristo están llamados. Su opción de vida, especialmente mediante la práctica de los consejos evangélicos de castidad pobreza y obediencia, no es más que una gran opción de amor, se podría decir una 'sobreabundancia de amor. Nace de la escucha de la voz de Cristo: 'Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes y dáselo a los pobres, y tendrás un tesoro en los cielos; luego, ven y sígueme'. La aceptación de esa invitación coloca a los consagrados en el corazón de la Iglesia" (Juan Pablo II), que es, en expresión de una consagrada, Santa Teresa del Niño Jesús, el amor.

El amor, la caridad fue la vida de la joven Leocadia, y esa debiera ser la misma vida de cada uno de nosotros, consagrados a Dios por el Bautismo. Como os recordaba recientemente en mi carta "Toledo evangelizada, Toledo evangelizadora", siempre, pero particularmente en este tiempo estamos "llamados a vivir y ser el signo de la caridad de Dios: la caridad es el gran signo de la verdad del Evangelio y de su anuncio.

 

3.4.3. Mujer orante. La oración es imprescindible en la vida cristiana

 

La vida consagrada, expresión de la fe que exige solidez en esa misma fe, se alimenta y mantiene con la oración, que, a su vez, es también una expresión de esa "perfección de la caridad", a la que me he referido. Santa Leocadia fue una joven orante. En la mazmorra en que la encerraron se entregó a la oración ante la cruz grabada por ella en la piedra de aquel lugar. Como no puede ser de otra manera, la vida consagrada es inconcebible sin una vida dedicada a la oración: sería un contrasentido dedicarse a Dios, que eso es la consagración, y no se tuviera el trato de amistad con Él. La Oración esté en el centro de la vida cristiana; la fe se expresa y alimenta de la oración; constituye el "punto crítico" de la existencia creyente. (Qué bellas páginas dedica, en su cuarta parte, el Catecismo de la Iglesia Católica a la oración, y qué bien haríamos en releerlas, asimilarlas, meditarlas, guardarla en nuestro corazón y ponerlas en práctica!. No me detengo en este punto, porque recientemente en la mencionada carta me he referido a él con amplitud y profusión. Sin duda, es uno de los puntos en que debemos insistir con mayor intensidad y constancia.(Lo necesitamos tanto para ser hombres y mujeres, una Iglesia, con vida! Sin oración nos morimos, sin oración no respiramos, sin oración nos ahogamos y nada que merezca la pena podremos aportar a nuestro mundo.

 

3.4.4. Consagrada virgen. Sentido y grandeza de la virginidad por el Reino de los cielos. Necesidad del testimonio de la virginidad.

 

La persona consagrada, como Santa Leocadia, no sólo hace de Cristo el centro de la propia vida, sino que se preocupa de reproducir en sí misma, en cuanto es posible "aquella forma de vida que escogió el Hijo de Dios al venir al mundo" (LG 44). Abrazando la virginidad, hace suyo el amor virginal de Cristo y lo confiesa al mundo como Hijo unigénito, uno con el Padre.

Como enseña el Catecismo de la Iglesia Católica, "Cristo es el centro de toda la vida cristiana. El vínculo con Él ocupa el primer lugar entre todos los demás vínculos, familiares o sociales. Desde los comienzos de la Iglesia ha habido hombres y mujeres que han renunciado al gran bien del matrimonio para seguir al Cordero dondequiera que vaya, para ocuparse de las cosas del Señor, para tratar de agradarle, para ir al encuentro del Esposo que viene. Cristo mismo invitó a algunos a seguirle de este modo de vida del que Él es el modelo (cfr. Mt 19,12). La virginidad por el Reino de los cielos es un desarrollo de la gracia bautismal, un signo poderoso de la preeminencia del vínculo con Cristo, de la ardiente espera de su retorno" (CEC 1618-1619). La virginidad consagrada es signo de la unión de Cristo esposo con la Iglesia esposa, es así mismo dedicación a la causa del Reino de Dios, testimonio de que el "Reino de Dios y su justicia son la perla preciosa que se debe preferir a cualquier otro valor, aunque sea grande y que hay que buscarlo como el único valor definitivo" (FC 16)

Quien se consagra Dios en virginidad por el Reino de los cielos, se consagra a Él con un corazón indiviso, que, por lo demás, se expresa en un amor concreto hacia cada uno de los hombres. Cuando el amor de Cristo es asumido con corazón indiviso, en su plenitud, sin concesiones ni duplicidad, sin desaliento ni compensaciones, la castidad vivida en virginidad se convierte en una jubilosa afirmación de amor, y no resulta una limitación o una negación. Así entendida canaliza y da nuevo vigor a la capacidad infinita de amar que Dios puso en el corazón humano, llevándolo a la altura del amor divino. )No es eso acaso lo que sucedió en Santa Leocadia?

Es necesario, imprescindible hoy más que nunca, el prestar atención a este gran signo de la virginidad, y a su virtud inseparable que es la castidad -presente tanto en la virginidad como en el matrimonio-. Nos da como una especie de pudor o de grima hablar hoy de castidad y de virginidad; y es más necesario que nunca por el ambiente que vivimos tan ajeno a la verdad de la sexualidad y del amor, tan errado en sus caminos en estas cuestiones vitales para la existencia del hombre. No proponemos suficientemente y en toda su belleza la virtud de la castidad y no invitamos a la vocación a la virginidad por el Reino de los cielos. Esto es grave. Privamos a la Iglesia y al mundo de algo necesario, privamos a los jóvenes de algo que necesitan para vivir. La fiesta y conmemoración jubilar de Santa Leocadia, Virgen, puede ser una ocasión para proponerlo de nuevo con toda claridad, gozo y valentía. (Son tan bellas, tan grandiosas la castidad y la virginidad!

La virginidad es repuesta al llamamiento de Dios para amar y servir con un corazón no dividido a Él y a los hermanos en una soledad abierta a la comunidad, camino hacia un amor y servicio a todos. Quienes escogen este camino saben tanto o mejor que los demás, qué es el amor: su absoluta donación llena plenamente su vida y pueden, sin sentirse disminuidos, renunciar a los valores, derechos y compensaciones que los demás viven lícita y honestamente, sin renunciar a ellos.

El hombre y el cristiano están llamados a vivir en el amor, bien el matrimonio, bien en virginidad o celibato. Estas son las dos formas de vivir la vocación de la persona al amor."La virginidad y el celibato no sólo no contradicen la dignidad del matrimonio, sino que la presuponen y la confirman. El matrimonio y la virginidad son dos modos de expresar y de vivir el único misterio de la Alianza de Dios con su pueblo. Cuando no se estima el matrimonio, no puede existir tampoco la virginidad consagrada; cuando la sexualidad humana no se considera un gran valor donado por el Creador pierde significado la renuncia por el Reino de los cielos" (FC 16). Y es que en la virginidad se encuentra la "forma suprema del don de uno mismo, que constituye el sentido mismo de la sexualidad humana" (FC 37).

Cuando la virginidad cristiana ha irrumpido en la historia humana -los tiempos mismos de Leocadia-, este hecho ha provocado un replanteamiento muy profundo de la interpretación dada por el hombre de su sexualidad. No es fácil para nosotros revivir, hoy, después de dos mil años, el estupor profundo que hombres y mujeres experimentaron ante esta posibilidad que Cristo les había ofrecido, sólo comprensible a la luz de la revelación del amor de Dios en Cristo, de su autodonación en la Cruz que lo introduce en la Vida.

Amando a Dios por encima de todo, entregándose enteramente a Él, consagrada a su amor, la persona virgen por el Reino de Dios, participa del amor divino, así vive y ama con las características del amor divino. Dios ama a cada persona en singular como si fuese la única. Él no ama a la humanidad, al género humano, en abstracto o en general. Ha querido a cada persona en sí misma y por sí misma. Sólo una particular participación del amor divino podría dar al hombre esta posibilidad. Esta participación sólo puede darse si el amor de Dios se hace también amor humano, toma carne en el amor humano. Es el acontecimiento de la Encarnación lo que ha posible al hombre y a la mujer esta nueva capacidad que es la virginidad cristiana. La persona virgen deja traslucir el esplendor del amor a todos del Señor. Las personas que aman a Dios con un corazón indiviso sin reservas tienen capacidad especial para amar al hombre y entregarse a él sin intereses personales y sin límites.

La vida consagrada en virginidad, abrazada voluntariamente y vivida fielmente, se opone a la sabiduría que el mundo acepta sobre el significado de la vida. Pero su testimonio puede transformar el mundo y sus formas de pensar y actuar precisamente mediante su amor a todos en concreto. No hay obra más bella y más grande que hacerse disponibles para todos por amor, el amor que está entrañado en la virginidad cristiana. Vale la pena vivir a fondo la consagración, la virginidad cristiana, cuando, por su propio dinamismo, se convierte, día tras día, en entrega total de sí, expresión del amor mayor, que nos asemeja a Cristo. La virginidad cristiana es signo y fuerza de libertad interior en el amor: Sólo llega a ser realmente libre el que, por mediación del seguimiento de Cristo, ha encontrado su justa dimensión para donarse a sí mismo a Dios en el amor y a su misericordia por el mundo y los hombres. No hay que tener miedo: quien se entrega en amor, en virginidad, a Dios, sabe que el amor de Dios lo rodea y lo sostiene.

No tengamos miedo ni complejo en mostrar y proponer el gran sentido de la virginidad cristiana a los jóvenes. No dejemos de descubrir la hermosura de esta forma de vida. Llamemos e invitemos a ella. Santa Leocadia es llamada y provocación en los tiempos que vivimos. Que ella nos ayude a hacerlo.

 

4. Conclusión: sugerencias para este Año Jubilar

 

Para no alargar esta carta, que deseaba en principio hubiese sido más breve, voy a concluir proponiendo algunas sugerencias o iniciativas para la conmemoración de este 1700 aniversario de la muerte martirial de nuestra primera santa y patrona de Toledo, y arraigar más en nuestro pueblo el conocimiento de nuestra Patrona, la devoción a ella, y el seguimiento de lo que ella debería ser para nosotros:

a) Solicitar a la Santa Sede que conceda la gracia especial de un "Año Jubilar", con las gracias e indulgencias que señale para quienes visiten las iglesias dedicadas a su memoria o se veneren sus reliquias: Parroquia, Basílica y Catedral.

b) Potenciar el culto en la Basílica

c) Exponer a la veneración de los fieles durante todo el año, en la capilla de la Catedral dedicada a Santa Leocadia, sus venerables reliquias, actualmente en el Ochavo.

d) Dar a conocer más y mejor la vida de Santa Leocadia, y todo lo que ella significa en el contexto de su tiempo, así como lo que ese contexto y su testimonio significa para el nuestro y en el proceso de la historia cristiana toledana. A este respecto, como ya se hizo con nuestro patrón San Ildefonso, convocar un concurso, cuyas bases se darán a conocer en fecha próxima, para una biografía sobre Santa Leocadia.

e) Para esta misma difusión, sobre todo entre los niños, convocar también un concurso escolar con una redacción sobre la Santa, entre los alumnos de la enseñanza de la Religión y Moral Católica, de Primaria y Secundaria. Sería bueno a este respecto que los alumnos pudiesen contar con material asequible a ellos.

f) Promover y realizar una magna exposición sobre "17 siglos de santidad cristiana en la diócesis de Toledo", que nos conduzca a la acción de gracias a Dios por la santidad suscitada por Él y nos anime y aliente a proseguir hoy esta estela de santidad.

g) Proclamar patrona de los jóvenes de Toledo a Santa Leocadia, joven como ellos de los primeros tiempos del cristianismo.

h) Revitalizar el día de su fiesta de la forma que corresponda, dándole el realce que se merece como Patrona de la ciudad de Toledo.

Y, por encima de todo, conmemoremos a Santa Leocadia en este 1700 aniversario de su muerte martirial, tratando de escuchar, acoger, y cumplir lo que Dios nos ha dicho y señala en esta joven santa de Toledo, con la que nos ha enriquecido y honrado. Que Santa Leocadia nos ayude e interceda por todos nosotros, singularmente por esta ciudad de Toledo y por los jóvenes. Que su plegaria nos acompañe. Que nuestra acción de gracias por ella, por su intercesión, sea para todos fuente de acercamiento al hontanar de toda gracia y bendición que es Dios. Que Dios os bendiga a todos.

Toledo, 9 de diciembre, de 2003,

Fiesta de Santa Leocadia

 

X Antonio Cañizares Llovera.

Arzobispo de Toledo.

Primado de España.

 

 

Juan Pablo II y los derechos humanos


    

Aunque es una obviedad que al vez debería haber señalado con anterioridad, es preciso situar al Papa como un hombre de fe cristiana, un hombre de Iglesia que es experta en humanidad, el que la preside para confirmaría en la fe y mantenerla en fidelidad a lo que ha recibido una vez por todas en Jesucristo, que nos precede y de lo que no podemos disponer.

Es de sobra conocido que el pensamiento del Papa Juan Pablo II tiene su concentración y las claves de interpretación del mismo en su primera Encíclica Redemptor Hominis, y, a su vez, en la Constitución Pastoral Gaudium et Spes, sobre todo en el número 22, cuando afirma que «Jesucristo al revelar el misterio de Dios al hombre, le desvela al mismo tiempo el misterio, la verdad del hombre, y le descubre la grandeza de su vocación». Es a la luz de Jesucristo como se esclarece el misterio, la verdad, la grandeza, y la dignidad del ser humano. «Cristo sabe lo que hay en el corazón humano, sólo El lo sabe», diría en los umbrales mismos de su pontificado. «Jesucristo es el camino principal de la Iglesia». Es el Camino hacia Dios, pero también es el camino hacia cada hombre. En este camino por el que Cristo se une a todo hombre, «la Iglesia no puede ser detenida por nadie». Así la Iglesia «no puede permanecer insensible a todo lo que sirve al verdadero bien del hombre, como tampoco puede permanecer indiferente a lo que le amenaza». En las enseñanzas del Concilio, la Iglesia expresa esta solicitud fundamental «a fin de que ‘la vida en el mundo (sea) más conforme a la eminente dignidad del hombre’, en todos sus aspectos, para hacerla cada vez ‘más humana’», ella quiere ser, se considera a sí misma, es «el signo y la salvaguardia del carácter trascendente de la persona humana’>>. «Aquí se trata...en su plena dimensión. No se trata del hombre ‘abstracto’ sino real, del hombre ‘concreto’. Se trata de ‘cada’ hombre, porque cada uno ha sido comprendido en el misterio de la Redención y con cada uno se ha unido Cristo, para siempre, por medio de este misterio... Tal solicitud afecta al hombre entero y está centrada sobre él de manera particular. El objeto de esta premura es el hombre en su única e irrepetible realidad humana, en la que permanece intacta la imagen y semejanza con Dios mismo... ‘el hombre es la única creatura que Dios ha querido por sí misma’» (Redemptor Hominis, 13). «El hombre en la plena verdad de su existencia, de su ser personal y a la vez de su ser comunitario y social... este hombre es el primer camino que la Iglesia debe recorrer en el cumplimiento de su misión, él es el camino primero y fundamental de la Iglesia, camino trazado por Cristo mismo, vía que inmutablemente conduce a través del misterio de la Encamación y de la Redención... Siendo pues este hombre (el concreto, cada uno) el camino de la Iglesia, camino de su vida y experiencia cotidiana de su misión y de su fatiga, la Iglesia de nuestro tiempo debe ser, de manera siempre nueva, consciente de la ‘situación’ de él. Es decir debe ser consciente de sus posibilidades, que toman siempre nueva orientación y de este modo se manifiestan; la Iglesia, al mismo tiempo, debe ser consciente de las amenazas que se presentan al hombre. Debe ser consciente también de todo lo que parece contrario al esfuerzo para que la vida humana sea cada vez más humana, para que todo lo que compone esta vida responda a la verdadera dignidad del hombre. En una palabra debe ser consciente de todo lo que es contrario a aquel proceso» (RH 14).

Estas afirmaciones están apelando a la conciencia de unos derechos del hombre, de cada uno de ellos, por el hecho mismo de serlo y para que en su respeto el hombre pueda ser lo que es como hombre, lo que está llamado a ser como tal, en su totalidad y en el conjunto de sus dimensiones inseparables entre si, lo que está llamado a ser y a vivir conforme a su dignidad inviolable y eminente que le corresponde y que nada ni nadie puede arrebatar ni conculcar o impedir.

A este respecto el Papa nos recuerda algo que nadie ignora: «que la Declaración Internacional de los derechos del Hombre nació al día siguiente de la Segunda Guerra Mundial... La más trágica experiencia de nuestro siglo -el XX-, con las crueldades de una guerra llamada ‘total’, el exterminio de docenas de millones de personas, los horribles experimentos de los campos de exterminio, los genocidios programados, la explosión de la primera bomba atómica..., esta terrible experiencia habrá despejado de algún modo el camino para la codificación de los derechos del hombre...Se habrá comprendido, precisamente después de esta tragedia, que, en el centro de los peligros que nos amenazan, está ante todo... el propio hombre. Se habrá comprendido también que, en la base del retoñar de las naciones y de toda la familia humana, hay que situar al hombre en toda su verdad y en toda su dignidad. El esfuerzo para reparar el mal, para restablecer la paz entre las naciones, los continentes, los sistemas, debe fundar-se en los derechos objetivos que retoman al hombre, por la simple razón de que es hombre» (Juan Pablo II, en A. Frossard, «No tengáis miedo», p 218-219).

 

X ANTONIO CAÑIZARES LLOVERA

Arzobispo de Toledo

Primado de España

 

 

ESPERAMOS EL MOMENTO DEL NUEVO NACIMIENTO DE CRISTO


 

         «Mirad que llegan días, —oráculo del Señor— en que yo cumpliré la promesa que hice a la casa de Israel ya la casa de Judá» (Jer 33, 14). Leemos estas palabras del libro del profeta Jeremías, y sabemos que anuncian ya el momento inminente de la venida del Hijo de Dios, que nace de la Virgen. Cada año nos preparamos para esta solemnidad grande y gozosa.

        La Iglesia se prepara para la Navidad de un modo particular. Nos recuerda el día de la venida última de Cristo. Viviremos de manera justa la Navidad, es decir, la primera venida del Salvador, cuando seamos conscientes de su última venida con «gran poder y majestad» (Lc 21,27), como se nos ha recordado durante este tiempo pre vio a la Navidad.

        En estas semanas previas a la solemnidad de la Natividad del Señor hemos escuchado una frase sobre la que quiero llamar vuestra atención: «Los hombres quedarán sin aliento por el miedo y la ansiedad ante lo que se le viene encima al mundo» (Lc 21,26). Llamo la atención porque también en nuestra época el miedo «de lo que deberá suceder sobre la tierra» se comunica a los hombres. El tiempo del mundo nadie lo conoce, sólo el Padre. Y por esto, de ese miedo que se transmite a los hombres de nuestro tiempo, no deduzcamos consecuencia alguna por cuanto se refiere al futuro del mundo.

        Para vivir bien el recuerdo del Nacimiento de Cristo es necesario tener muy clara en la mente dad sobre la venida última venida de Crito, sobre ese adviento último. Y cuando el Señor dice: “Tened cuidado: no se os embote con el vicio, la bebida y los agobios de la vida, y se os eche  encima de repente aquel día (Lc 21,34), entonces justamente nos damos cuenta de que Él habla no sólo del último día de todo el mundo humano, sino también del último día de cada hombre. Ese día que cierra el tiempo de nuestra vida sobre la tierra y abre ante nosotros la dimensión de la eternidad. En ese día vendrá el Señor a nosotros como Redentor y Juez.

        La verdad de este tiempo de Adviento que ya termina es al mismo’ tiempo seria y gozosa. Es seria: vuelve a sonar en ella el mismo «velad» que hemos escuchado en la liturgia de los últimos domingos. Y es, al mismo tiempo, gozosa: «Se acerca vuestra liberación”. Efectivamente, el hombre no vive en el vacío; la vida del hombre no es sólo un acercarse al término que, junto con la muerte del hombre, significaría el aniquilamiento de todo el ser humano. El Adviento lleva en sí la certeza de la indestructibilidad de este ser. Si repite «velad y orad», lo hace para que podamos estar preparados a «comparecer ante el Hijo del Hombre».

        Es tiempo de elección; es tiempo para elegir el sentido principal de toda la vida. Todo lo que sucede entre el día del nacimiento y de la muerte de cada uno de nosotros constituye, por así decirlo, una gran prueba el gran examen de nuestra humanidad. Y, por eso, la ardiente llamada de San Pablo a potenciar el amor, a hacer firmes e irreprensibles nuestros corazones en la santidad; la invitación a toda nuestra manera de comportarnos, a la observancia de los mandamientos de Cristo.  

        El Apóstol enseña: si debemos agradar a Dios, no podemos permanecer en el estancamiento; debemos ir adelante, esto es, «para adelantar cada vez más», «seguir adelante». Y efectivamente es así. En el Evangelio hay una invitación al progreso. Hoy, todo el mundo está lleno de invitaciones al progreso. Nadie quiere ser «no-progresista». Sin embargo se trata de saber de qué modo se debe y se puede ser «progresista» y en qué consiste el verdadero progreso. No podemos pasar por alto estas preguntas. El Adviento comporta el significado más profundo del progreso. El Adviento nos ha recordado también este año que la vida no puede ser un estancamiento El Adviento nos ha indicado en qué consiste este progreso.

        Y por esto esperamos el momento del nuevo Nacimiento de Cristo en la liturgia. Porque Él es quien enseña el camino a los pecadores; hace caminar a los humildes  enseña su camino a los humildes.

        Y, por tanto, hacia Él, que vendrá —hacia Cristo— nos dirigimos con plena confianza y convicción. y le decimos: ¡Guía! ¡Guíame en la verdad! ¡Guíanos en la verdad!

    Con mi deseo de una feliz y santa Navidad para todos.

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X ANTONIO CAÑIZARES LLOVERA

Arzobispo de Toledo

Primado de España

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