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AÑO 2007
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HOMILÍA EN LA SOLEMNIDAD DE LA EPIFANÍA DEL SEÑOR S. I. Catedral Primada 5 de enero de 2007
Queridos hermanos y hermanas: En este día de la Epifanía del Señor, día en que la Iglesia celebra la manifestación de Jesús como el Salvador de todos los hombres, demos gracias al Dios misericordioso, quien, como dice san Pablo, "nos ha hecho capaces de compartir la herencia del pueblo santo en la luz; Él nos ha sacado del dominio de las tinieblas y nos ha trasladado al reino de su Hijo querido". Demos gracias a Dios, porque, como profetizó Isaías, "el pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande; habitaban en tierras de sombras, y una luz les brilló". En los Magos de Oriente, las naciones que no le conocían le invocan y caminan hacia Él. "En el corazón de los Magos ardía una pregunta: '¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido?'. Su búsqueda era el motivo por el cual emprendieron un largo viaje hasta Jerusalén. Por eso soportaron fatigas y sacrificios, sin ceder al desaliento y a la tentación de volver atrás. Esta era la única pregunta que hacían cuando estaban cerca de la meta". También nosotros, también los hombres de hoy, "si bien de forma diversa", sentimos en el corazón, "la misma pregunta que inducía a los hombres de Oriente a ponerse en camino, es cierto que hoy ya no buscamos a un rey; pero estamos preocupado por la situación del mundo y nos preguntamos: ¿Dónde encuentro los criterios para mi vida, los criterios para colaborar de modo responsable en la edificación del presente y del futuro de nuestro mundo? ¿De quién puedo fiarme? ¿A quién confiarme? ¿Dónde está el que puede darme respuesta satisfactoria a los anhelos del corazón? Plantearse dichas cuestiones significa reconocer, ante todo, que el camino no termina hasta que se ha encontrado a Aquel que tiene el poder de instaurar el Reino universal de justicia y de paz, al que los hombres aspiran, aunque no lo sepan construir por sí solos. Hacerse esta pregunta significa además buscar a Alguien que ni se engaña ni puede engañar, y que por eso es capaz de ofrecer una certidumbre tan firme, que merece la pena vivir por ella" (Benedicto XVI) . Ese Alguien es Jesús, el Salvador de los hombres, el Niño que está con su madre, María, al que encontraron los Magos en la casa, y al que cayendo de rodillas adoraron. Ese rey que buscaban es el Mesías que esperaba Israel, es decir, el Salvador que todos los hombres, también los de nuestro tiempo, buscan y esperan, aunque parezca lo contrario. Pero, como se preguntaba el Papa Benedicto XVI el pasado día de Navidad, "¿tiene todavía valor y sentido un 'Salvador' para el hombre del tercer milenio? ¿Es aún necesario un 'Salvador' para el hombre que ha alcanzado la Luna y Marte, y se dispone a conquistar el universo; para el hombre que investiga sin límites los secretos de la naturaleza y logra descifrar hasta los fascinantes códigos del genoma humano...? Este hombre del siglo veintiuno, artífice autosuficiente y seguro de la propia suerte, se presenta como productor entusiasta de éxitos indiscutibles, le parece, pero no es así. Se muere todavía de hambre y de sed, de enfermedad y de pobreza en este tiempo de abundancia y de consumismo desenfrenado. Todavía hay quienes están esclavizados, explotados y ofendidos en su dignidad, quienes son víctimas del odio racial y religioso, y se ven impedidos a profesar libremente su fe por intolerancias y discriminaciones, por ingerencias políticas y coacciones físicas o morales. Hay quienes ven su cuerpo y el de los propios seres queridos, especialmente niños, destrozado por el uso de las armas, por el terrorismo o por cualquier tipo de violencia en una época en que se invoca y proclama por doquier el progreso, la solidaridad y la paz para todos. ¿Qué se puede decir de quienes, sin esperanza, se ven obligados a dejar su casa y su patria para buscar en otros lugares condiciones de vida dignas del hombre? ¿Qué se puede hacer para ayudar a los que, engañados por fáciles profetas de felicidad, a los que son frágiles en sus relaciones e incapaces de asumir responsabilidades estables ante su presente y ante su futuro, se encaminan por el túnel de la soledad y abandono, frecuentemente esclavizados por el alcohol y la droga? ¿Qué se puede pensar de quien elige la muerte creyendo que ensalza la vida?¿Cómo no darse cuenta de que, precisamente desde el fondo de esta humanidad placentera, surge una desgarradora petición de ayuda?" (Benedicto XVI). Hoy precisamente, en la celebración de la Epifanía, tenemos la respuesta, la luz verdadera que alumbra a todo hombre que viene a este mundo, la Luz a la que apunta esa estrellas, tantos signos que nos hacen mirar al futuro de luz y buscar esa luz que se respuesta y salvación para los anhelos más hondos de amor y de verdad, de felicidad y libertad, de esperanza y de plenitud. Esa Luz es Jesucristo. Nunca nos cansaremos de repetir y de apuntar las miradas hacia Él y de señalar los caminos que nos conducen hacia Él. Es lo que vemos en los Magos de Oriente: en su búsqueda, en su decisión de ponerse en camino, en su caminar, en sus preguntas, en su llegar hasta el encuentro en esa casa donde se encuentra Cristo: la Iglesia, en su brazos de madre, simbolizada en esa Madre Virgen, que es María. Ahí, en ese niño, en ese pequeñín, en la sencillez de ese niño nacido en un establo, nacido en pobreza y necesitado de ayuda. Ahí está el Emmanuel, Dios con nosotros; ahí se nos manifiesta, se nos revela Dios. La señal de Dios es la sencillez; la señal de Dios, su manifestación universal, para todos, es ese Niño en brazos de su Madre; su señal es que El se hace pequeño y pobre por nosotros. Éste es su modo de ser Rey, de reinar. Él no viene con poderío y grandiosidad externos, no se le encuentra en el poderío y en la prepotencia, sino en la humildad y el ocultamiento. Viene y se le encuentra como Niño inerme y necesitado de nuestra ayuda. No quiere abrumarnos con la fuerza. Todo en Él es amor, porque en esto hemos conocido el amor: en Él, Dios de Dios, se nos ha dado todo, se ha despojado de todo, para enriquecernos con su pobreza en la entrega de su amor. Ahí está todo el Amor. Pero también en este Niño, está toda la necesidad de ser ayudado, de ser amado. ¿Quién puede salvar al hombre, quién puede defender al hombre de nuestro tiempo, tan poderoso pero tan débil y tan amenazado, sino Aquél que lo ama hasta despojarse de todo y hacerse lo más frágil sobre la faz de la tierra por nosotros, Aquél que lo ama hasta sacrificar en la cruz a su Hijo Unigénito como Salvador del mundo?. "Podemos imaginar el asombro de los magos ante el Niño en pañales. Sólo la fe les permitió reconocer en la figura de aquel Niño al rey que buscaban, al Dios al que la estrella les había guiado" (Benedicto XVI). Por ese en este día de Reyes, día de regalos en memoria de los regalos de los propios Magos a Jesús de oro, incienso y mirra, reconociéndole como Rey, Como Dios y como Hombre, quiero pedir para todos que Dios nos aumente la fe. En las circunstancias que atravesamos pido que sepamos vivir, como los Magos de Oriente, el vigor pleno del espíritu, la valentía de una fe vivida, la lucidez evangélica iluminada por un profundo amor al hermano. El mayor don que puedo pedir hoy es que se fortalezca la fe y el testimonio de todos los fieles cristianos, y que los que están alejados o viven con una fe debilitada o sin fe crean: porque no da lo mismo creer que no creer para el futuro y el logro del hombre y de la Humanidad, no da lo mismo para hallar respuesta ante tanta pregunta por el hombre, por su felicidad, su dicha, su destino particular y universal. ¿No os parece que si creyésemos más hondamente nos acercaríamos más al hombre, a todo hombre sea cual sea su condición, sobre todo al caído, despojado, orillado y maltrecho, como el Buen samaritano, el Hijo de Dios, por el que los Magos se pusieron en camino?. Como ese incienso, que los Magos entregaron a Jesús, en reconocimiento de que es Dios, pido en este día de Reyes para toda la comunidad diocesana que también nosotros reconozcamos a Jesús como Dios; que le adoremos como a Dios, que adoremos a Dios. Sólo de Dios viene el cambio decisivo del mundo. En el siglo pasado, y hoy perdura, se ha extendido una mentalidad para la que el gran programa común para un cambio decisivo de la historia a mejor, sería el no esperar nada de Dios, el silenciarlo o reducirlo al olvido o a la esfera de lo privado, para tomar totalmente en la propias manos la causa del mundo para transformar sus condiciones. Y vemos que, de este modo, se toma un punto de vista humano y parcial como criterio absoluto de orientación. Pero la absolutización de lo que no es absoluto, sino relativo, se llama totalitarismo. No libera al hombre, sino que lo priva de su dignidad y lo esclaviza. Sólo salva dirigir la mirada al Dios vivo, que es nuestro creador y redentor, el garante de nuestra libertad, el garante de lo que es realmente bueno y auténtico, el Amor que plenifica. Por eso pido para esta comunidad diocesana que dejemos todos entrar a cristo en nuestra vidas, que entremos todos en su casa donde está Él, porque "Quien deja entrar a Cristo en propia vida no pierde nada, nada, absolutamente nada de lo que hace la vida libre, bella y grande. Sólo desde este encuentro y amistad con Él se abren de par en par las puertas de la vida. Sólo con este encuentro y amistad se abren realmente las grandes e inmensas potencialidades de la condición humana, sólo así se abre la grandeza de ser hombre, base para la paz auténtica. Que Dios conceda a nuestra diócesis que, permaneciendo muy unida en la misma fe y robustecida por el amor mutuo, se nos quiten los complejos y los miedos de aparecer como cristianos, que se nos note que lo somos y que, sin temor, salgamos a donde están los hombres y se juega su suerte y su futuro para allí evangelizar y hacer presente, en obras y palabras, el Evangelio de Jesucristo que es fuerza de salvación y fuente de esperanza y de humanización verdadera. Que vivamos de verdad las exigencias del Evangelio para contribuir decididamente a la renovación de la sociedad, a la creación de una nueva cultura de la vida y de la fraternidad y de una nueva civilización del amor. Que se dé, en suma una revitalización y trabazón cristiana de nuestras comunidades para hacer posible un nuevo tejido de nuestra sociedad. Para esta sociedad nuestra pido a Dios, por intercesión de los Magos que buscaron al rey de Israel y Príncipe de la paz, que nos conceda paz, que no golpee el terrorismo en nuestras tierras de España -ni en ninguna parte del mundo-; que todos seamos una "piña" frente a él. Que crezca en todos los ciudadanos un verdadero amor al hombre, a todo hombre sin excepción ni marginación. Que, en todo se trabaje al servicio del hombre, singularmente de los más pobres y desheredados. Que la dignidad inviolable de todo ser humano se respete. Que se respete, de manera muy principal, a los niños, y que no se les "robe el alma" con un ambiente social o una pseudocultura hedonista, alienante y vacía. Que crezca el desarrollo y el bienestar para todos, y que este desarrollo y bienestar no vaya acompañado de una cultura vacía de propuestas verdaderas de sentido para la vida, porque la falta de una razón para vivir adecuada a la verdad termina siempre generando violencia y conflictos. Por eso pido que nos ayude a mejorar la educación, a educar en la verdad que nos hace libres. Quiero mucho a los jóvenes. Por esto no puedo olvidarlos en esta carta. Sobre todo pido para ellos que no caminen como ovejas sin pastor, que encuentren quien les lleve a Jesucristo, porque es en El donde encontrarán la felicidad que andan buscando, la raíz y la fuerza para ser verdaderamente libres, la razón de la esperanza que les impulse con sentido hacia el futuro, y la escuela donde hallar el verdadero, pleno, el profundo significado de palabras tan queridas por ellos, como son "paz, amor, justicia". Que crean en Jesucristo para que su vida se llene de sentido. Si conocieran el don de Dios, si conocieran a Jesucristo. . . También me atrevo a pedir algo para mí. Que sea un Obispo, pastor, conforme al corazón de Dios: fiel, santo, compasivo, sencillo, cordial, cercano a todos, singularmente a los últimos y a los que sufren. Que trabaje incansablemente por reunir y unir a todos en la Iglesia de Jesucristo. Que, a tiempo y a destiempo, en toda ocasión, no me eche atrás en el anuncio del Evangelio, que evangelice sin desmayar, que a todos y en todas partes les entregue el verdadero tesoro, la única riqueza que la Iglesia ha recibido : Jesucristo. Que sea instrumento dócil para alentar en la esperanza, animar la caridad y confirmar en la fe del pueblo suyo que Dios me ha confiado.
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