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Año 2007
HOMILÍA EN LA SANTA MISA DE APERTURA DEL XIV CENTENARIO DEL NACIMIENTO DE SAN ILDEFONSO
En Rito Hispano-Mozárabe S. I. Catedral Primada 23 de enero de 2007
Queridos hermanos Obispos, D. Carmelo y D. Ángel, queridos hermanos sacerdotes y diáconos. Estimadas y dignas autoridades. Queridos todos hermanos y hermanas en el Señor: Con una alegría inmensa, especial, estamos celebrando la Eucaristía, en la fiesta de san Ildefonso. Se cumplen los mil cuatrocientos años de su nacimiento. Ha sido un inmenso regalo de Dios, una muestra de la singular elección y designio que Dios tiene sobre esta Iglesia de Toledo, una gracia especial, que reconocemos, alabamos y por la que nunca dejaremos de dar gracias al Altísimo, Dios de toda misericordia. Permitidme que me atreva a advertir que no estamos ante un santo más. En todos los santos vemos el rostro de Dios, en todos ellos palpamos las maravillas de la gracia y de la misericordia de Dios. Pero en San Ildefonso, fiel y prudentísimo siervo del Señor, hay algo, si cabe decir, más, algo singular, unos rasgos que hacen de él un signo particularmente luminoso en los tiempos que vivimos. Veo en él, así lo expreso con toda sencillez, un indicador puesto por Dios para nuestra diócesis que nos orienta en el camino que hemos de seguir en estos precisos momentos. Es como una luz, un faro, con el que, en medio de la noche, de la desorientación y de lo gélido del momento, Dios quiere iluminarnos. Cuando, haciendo la tesis, estudiaba a santo Tomás Villanueva, me encontré con dos sermones suyos pronunciados en la ciudad de Toledo en el siglo XVI sobre san Ildefonso. Si bien ambos son espléndidos y de largo alcance, por ejemplo, en el tema de la fe, y me llamaron mucho la atención por diversos motivos, abordaban, sin embargo, temas que no tocaban mucho el objeto de mi estudio y no entré a fondo en ellos. Por eso no había vuelto sobre los mismos, hasta hace un mes. Ahora, con ocasión del décimo cuarto centenario, me he interesado y los he leído de nuevo. Me he encontrado que, en uno de ellos, lo llama, nada menos, que doctor illuminatissimus, es decir, maestro, doctor especialmente lleno de luz y sabiduría. ¿Por qué? No se trata, cierto, de un calificativo retórico. El santo manchego quiere expresar algo relevante de nuestro santo Arzobispo, "valentísimo Arzobispo", dice de él también. Además de aludir a la antorcha de su sabiduría brillantísima, patente en sus libros, con los que iluminó a la Iglesia tanto en su tiempo como en los siglos posteriores, santo Tomás de Villanueva señala también que, como se dice de Juan el Bautista, san Ildefonso era antorcha que no sólo luce e ilumina, sino que arde y luce: arde con el amor de Dios y el celo de la fe, luce con la palabra de la doctrina y el ejemplo de las obras. No era, añade, de los que se preocupan más de lucir, que de arder, es decir, no fue de aquellos que, teniendo lámparas, no toman consigo el aceite y merecen las duras palabras del Señor: "No os conozco". San Ildefonso, por el contrario, buen amigo del Señor por el amor y la sabiduría, siervo fiel suyo y lleno del óleo de la caridad pastoral, vigiló y cuidó con gran solicitud sobre el rebaño del Señor; de esta solicitud, dice santo Tomás de Villanueva, es testigo toda España, de la que, por su predicación y su fortaleza de ánimo, hizo huir los terribles acechos y amargas dentelladas de los lobos, en este caso, de las herejías. ¿Quién no recuerda en esto, de alguna manera, las palabras del Papa Benedicto XVI en la homilía de la Eucaristía con la que iniciaba su ministerio petrino en la Plaza de san Pedro? "Una de las características fundamentales del pastor -dijo el Papa- debe ser amar a los hombres que le han sido confiados, tal como Cristo, a cuyo servicio está… Apacentar quiere decir amar, y amar quiere decir estar dispuesto a sufrir. Amar significa dar el verdadero bien a las ovejas, el alimento de la verdad de Dios, de la palabra de Dios; el alimento de su presencia… Rogad por mí, para que, por miedo, no huya ante los lobos" (Benedicto XVI). San Ildefonso no sólo no huyó, y, por ello tuvo que sufrir, defender y luchar, sino que hizo huir al lobo de la mentira que con la desfiguración de la verdad de la fe intentaba de nuevo desarticular la unidad y la paz alcanzada en España. Amó a su pueblo y, por eso, le entregó la verdad de Dios y su palabra. Unos años antes del nacimiento de san Ildefonso, dieciocho concretamente, se había celebrado el III Concilio de Toledo, dato histórico, eclesial, hispano y europeo de primer orden. La España del tiempo de este III Concilio "estaba dividida internamente en un doble sentido. Al enfrentamiento étnico entre la población románica y la germánica -los latinos y los visigodos- se sumaba la correspondiente oposición entre las versiones católica y arriana del cristianismo. Las contraposiciones de la sangre sólo podían ser salvadas por la unidad del espíritu; ambos pueblos podían crecer y caminar juntos, por la senda de la unidad de la fe". Leovigildo lo intentó políticamente por la línea arriana y fracasó. "Su hijo Recaredo recorrió, por convicción interna, el camino inverso. El Concilio de Toledo vino a sellar solemnemente el paso del pueblo visigodo a la religión católica… El Concilio de Toledo ha creado futuro, ha construido España, ha construido Europa a partir de la fuerza del espíritu"(J. Ratzinger). Aquel día nacía la España actual. No se entiende nuestra patria común, nuestra unidad histórica y cultural, nuestra historia común, en sus vicisitudes múltiples y en su organización diversa a lo largo de siglos, sin aquella unidad. Certeras fueron las palabras del Papa Juan Pablo II cuando dijo a los Obispos de la Provincia Eclesiástica de Toledo: "A distancia de siglos nadie puede dudar del valor de este hecho y de los frutos que se han seguido en la profesión y transmisión de la fe católica, en la actividad misionera, en el testimonio de los santos, de los fundadores de órdenes religiosas, de los teólogos que honran con su memoria el nombre de España. La fe católica ha desarrollado una idiosincrasia propia, ha dejado una huella imborrable en la cultura, ha impulsado los mejores esfuerzos de vuestra historia" (Juan Pablo II). Lo que en este Concilio se logró tuvo una repercusión muy honda sobre la España cristiana que entonces nacía y, desde España, en toda Europa, a la que se adelantó en tantas cosas y en la que tan beneficiosamente influyó para ser sencillamente "Europa", con todo lo que ella significa. San Ildefonso ejerció el servicio abacial y el ministerio arzobispal unas décadas más tarde del tercer Concilio Toledano. Era todavía frágil la unidad alcanzada, y se veía amenazada por propensiones de vuelta al arrianismo y al adopcionismo; sus costumbres cristianas no estaban totalmente consolidadas. El esplendor visigótico no tenía todos los asientos ni los apoyos necesarios para mantenerse en aquella unidad base. Los riesgos, a juzgar por la crítica interna de los escritos de san Ildefonso, eran evidentes. Por ello, nuestro santo patrón insiste en su predicación en la defensa de la fe, en la autenticidad de la vida cristiana, en la solidez de una vida recia en el seguimiento de Jesucristo, conforme a las exigencias del bautismo. No es casual su tratado sobre la "Virginidad Perpetua de María", que más que un tratado de mariología -que lo es- es un tratado de cristología y de profesión de la sustancia de la fe católica frente al arrianismo y el adopcionismo que destruyen toda la fe. No es casual tampoco, su obra sobre el "Conocimiento del Bautismo", que más que un tratado teológico sacramental, es una orientación para la iniciación cristiana y para profesar el Credo de la Católica en conformidad con la Tradición apostólica; como tampoco es casual su obra sobre el "Camino del desierto", que más que un tratado de espiritualidad -que también lo es- constituye una catequesis moral para caminar en el seguimiento de Cristo no contentándose con los mínimos, sino por el camino de la perfección. Como reconoce santo Tomás de Villanueva, España entera es testigo de lo que supuso el ministerio de buen Pastor ejercido por san Ildefonso. Su predicación, sus escritos, su solicitud pastoral fueron un instrumento puesto por la Providencia para evitar que la España que había nacido y que estaba creciendo y consolidándose se viniese abajo, se debilitase, se apoderase de ella de nuevo la tentación arriana y adopcionista, y se cuartease en sus nuevas costumbres evangélicas. Se hubiese derrumbado aquella unidad del espíritu del III Concilio Toledano. No hubiese sido posible que la "España perdida" un siglo más tarde, se hubiese mantenido sin sucumbir a la invasión, ni hubiese luchado durante ocho siglos para afianzarse en la fe y en la vida católica que la había hecho nacer, siendo España el único país de la historia que se ha hecho, precisamente, en la afirmación de la fe, en la recuperación de la fe, en el mantenimiento de la misma. El papel y la obra, la predicación y la enseñanza, el testimonio y la caridad pastoral de san Ildefonso contribuyó a mantener aquella unidad del espíritu, la que era la España naciente, y no sucumbió ante la invasión de un siglo posterior que hubiese encontrado en una debilidad de la fe, en una tentación arriana, su mejor aliado para perpetuarse en nuestras tierras con las repercusiones que esto hubiera tenido para la historia de Europa y más allá aún de la misma Europa. Fue providencial esta figura toledana, en la que, como decía antes, tenemos una luz que ilumina nuestra identidad y nuestra vocación en el conjunto de la historia, de la Iglesia y de los pueblos de nuestra península. ¿Cuál fue la aportación de san Ildefonso? Cierto que, como acabo de señalar, su aportación radicó en la proclamación de la verdad de la fe, del Credo en su sustancia viva que nos une, en la Gran Tradición, con la Católica, con la sede de Pedro. Pero hay un aspecto, entre otros en los que podríamos detenernos, que me llama particularmente la atención: la búsqueda y afirmación de la verdad. Esto es muy importante en los momentos presentes de un relativismo doctrinal y moral feroz, inseparable de una debilidad de la fe cristológica; esto es de suma importancia en una situación invadida por la dictadura del relativismo como la nuestra; esto es capital ante una cultura dominante, laicista, en la que no cuentan ni la verdad, ni Dios, y en la que se puede llegar a afirmar -como se ha hecho- que lo que nos hace verdaderos es la libertad, mientras que la verdad no nos hace libres. En el comienzo de del Tratado sobre la Virginidad perpetua de María encontramos esta luz esplendente que guía también hoy nuestro camino. Dice san Ildefonso: "La verdad subsiste eternamente. Vive lo que es verdadero. No deja de subsistir lo que procede de la verdad. Por la falsedad no sucumbe la verdad. Con falacia no se vence a la verdad. Con falsedades no se cambia lo que es verdadero y, aunque con las sombras de las falacias se cubra la verdad, las cosas que son verdaderas revelarán los secretos de la verdad. Lo que es falso no subsistirá y, en cambio, lo que es verdadero no faltará; lo que permanece fuera de la verdad será anulado, lo que está lejos de la verdad se disipará, porque Dios es la misma verdad, y lo que es de Dios es verdadero, y lo que de Dios procede, por su sola verdad subsiste. De aquí se sigue que quien anuncia a Dios da a conocer la verdad; quien dice la verdad acerca de Dios, difunde el conocimiento de la verdad; quien asienta a la verdad, defiende los derechos de la verdad; quien abraza a la verdad, ama a Dios; quien practica la verdad, cumple la voluntad de Dios… Felices los que de Él dicen la verdad, felices los que no desprecian la verdad, felices los que cumplen la justicia dentro de la verdad, felices los que guardan su juicio en la verdad y, felices, en fin, todos los que en Dios confían" (San Ildefonso). Mayor actualidad imposible, y mayor luz difícil de encontrar o recibir en los tiempos que corremos. No puedo dejar pasar por alto la sintonía que encuentro entre este proceder de san Ildefonso con los últimos Papas, Juan Pablo II y Benedicto XVI. Como tampoco puedo dejar de apuntar a la sintonía que observo entre este modo de actuar y decir de nuestro santo Arzobispo y las dos últimas Instrucciones pastorales de la Conferencia Episcopal: En una nos referimos a la verdad de la fe, y en la otra a la verdad de los comportamientos morales ante una situación de relativismo, de ofuscación de la verdad. Las dos Instrucciones son inseparables. Los tiempos que vivimos, el garantizar el futuro de lo que somos no puede dar la espalda a estas enseñanzas, a nuestras raíces, a la verdad. Son tiempos complicados los que estamos viviendo y necesitamos la misericordia de Dios. San Ildefonso es también un gran testigo y un gran cantor de la divina misericordia como no podía ser de otra manera en un hombre como Él, identificado, como pocos en la historia, con la Santísima Virgen María, que canta como nadie la misericordia de Dios en su Magnificat, y cuya maternidad virginal es manifestación y obra del amor de Dios, entrega de su amor en favor de todos, como proclama a lo largo de sus escritos. Hace unos años, en su último viaje a Polonia, el anciano Papa Juan Pablo II, consagrando el templo dedicado a la Misericordia de Dios y en otras ocasiones, expresaba la necesidad de misericordia que tenemos nosotros y el mundo entero. Repito textualmente sus palabras: "¡Cuanta necesidad de la misericordia de Dios tiene el mundo de hoy! En todos los continentes, desde lo profundo del sufrimiento humano, parece elevarse la invocación de la misericordia. Donde dominan el odio y la sed de venganza, donde la guerra conduce al dolor y a la muerte de inocentes, es necesaria la gracia de la misericordia que aplaque las mentes y los corazones, y haga brotar la paz. Donde falta el respeto por la vida y la dignidad del hombre es necesario el amor misericordioso de Dios, a cuya luz se manifiesta el inexpresable valor de todo ser humano. Es necesaria la misericordia para asegurar que toda injusticia en el mundo encuentre su término en el esplendor de la verdad". El anciano Papa, posando su mirada más allá de las fronteras de su patria polaca, habló también de los "nuevos peligros" que acosan al origen y al fin de la vida, a través de las "manipulaciones genéticas", la eutanasia, el debilitamiento de la familia. "A menudo –dice- el hombre de hoy vive como si no existiese, e incluso se pone a sí mismo en el lugar de Dios. Se arroga el derecho del Creador de interferir en el misterio de la vida humana. Quiere decidir, mediante manipulaciones genéticas, la vida del hombre, y determinar los límites de la muerte". Las denuncias del Papa fueron más allá: denunció en la sociedad de hoy el querer eliminar la religión tanto de la vida pública como de la privada: "al rechazar las leyes divinas y los principios morales, atenta abiertamente contra la familia. De diversas formas trata de amordazar la voz de Dios en el corazón de los hombres; quiere hacer de Dios el gran ausente en la cultura y en la conciencia de los pueblos. Todo ello ha condicionado sobre todo al siglo XX, un siglo "marcado de forma particular por el misterio de la iniquidad, que sigue marcando la realidad del mundo en este nuevo siglo, todavía dentro de su primera década". ¿Quién no ve en este diagnóstico, un discernimiento muy parecido, aun con sus notas propias, al que hemos hecho los Obispos de la Conferencia Episcopal española en las Instrucciones Pastorales del año 2006, "Secularización y Teología" y "Orientaciones morales ante la actual situación de España", sintetizable en que nuestro problema más radical es el de la negación de Dios y el de un vivir como si Dios no existiera, puesto de relieve y propugnado en la difusión alarmante del laicismo ideológico y excluyente en nuestra sociedad? Estamos viviendo momentos muy complicados. Con toda honestidad, y con una fe viva, es preciso reconocer que estamos necesitados de la misericordia de Dios para reemprender el camino con esperanza. Estoy perfectamente en mis cabales, cuando mirando la situación de España, de Europa, del mundo, hago mías las palabras del Papa Juan Pablo II en Polonia, y desarrolladas antes ampliamente en su Encíclica "Dives in misericordia": Para nosotros, en la situación que vivimos, para el mundo y para el hombre "sólo existe una fuente de esperanza: la misericordia de Dios". En este día de san Ildefonso, testigo de la divina misericordia, queremos repetir con fe: "¡Jesús confío en Ti! De este anuncio, que expresa la confianza en el amor omnipotente de Dios, tenemos particular necesidad en nuestro tiempo, en el cual el hombre experimenta el desconcierto ante las múltiples manifestaciones del mal. Es necesario que la invocación de la misericordia de Dios brote de lo profundo de los corazones llenos de sufrimiento, de inquietud y de incertidumbre, pero al mismo tiempo de una fuente inefable de esperanza". El manantial de esa fuente que es Cristo, el Hijo único del Padre, rico en misericordia, lo encontramos en la siempre Virgen María, Madre de Dios, que mostró tan agudamente san Ildefonso en sus enseñanzas y en su vida de esclavo de María. En el día de su fiesta, y al comienzo de este año Jubilar suyo, tras meditarlo mucho y orarlo más, he querido consagrar a la misericordia divina a nuestra diócesis de Toledo y a nuestra España, ante la mirada como testigo de san Ildefonso, que tanto hizo por ella, la de su época y la futura, también la nuestra. Nos ponemos en pie para hacer esta consagración usando la misma fórmula, la misma oración, que usó Juan Pablo II en la consagración del mundo, en el santuario de la Divina misericordia, en Cracovia: "¡Dios, Padre misericordioso, que has revelado tu amor en tu Hijo Jesucristo, y lo has derramado sobre nosotros en el Espíritu, Consolador, te confiamos hoy el destino de la diócesis de Toledo, de España, y de todo hombre. Inclínate hacia nosotros pecadores, sana nuestra debilidad, vence todo mal, haz que todos los habitantes de esta tierra toledana y de todas las tierras de España experimenten tu misericordia, para que en ti, Dios Uno y Trino, encuentren siempre la fuente de esperanza. Eterno Padre, por la dolorosa pasión y la resurrección de tu Hijo, ten misericordia de nosotros y del mundo entero! Amén.
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