Año 2007


 

SAN ILDEFONSO DE TOLEDO

XIV Centenario de su nacimiento

Carta Pastoral

 

I. Memoria agradecida por Toledo, sus raíces y su historia

 

Queridos hermanos y hermanas de la Archidiócesis de Toledo:

1. Con verdadero gozo y lleno de agradecimiento a Dios, dador de todo bien, me dirijo a vosotros en la fiesta de san Ildefonso, nuestro patrón. Este año se cumplen los mil cuatrocientos del nacimiento de este Santo Arzobispo, uno de los hombres más insignes de la grande historia de Toledo.

2. Permitidme este atrevimiento -no se trata de un halago fácil, sino de la verdad-: ser toledano es un don. También otras ciudades y regiones tienen motivos, más que sobrados, para afirmar algo parecido de sí mismas: sin duda, igualmente es un don ser de esos otros lugares tan queridos y meritorios. Pero Toledo tiene sus singulares y propias razones para ratificar esta afirmación y estimar una verdadera gracia y fortuna el pertenecer a este gran pueblo -la ciudad que seguramente vio nacer a san Ildefonso-, o a esta Iglesia diocesana -a la que sirvió y servirá para siempre como pastor nuestro santo Patrón-.

Su gran y decisiva historia, sus muy nobles y buenas gentes de siglos y siglos, su inmenso patrimonio espiritual, artístico y cultural, por tantos motivos rico y admirable como pocos, hacen de Toledo un lugar apasionante, no sólo por su glorioso y sugerente pasado, sino también, y sobre todo, por el futuro y la fuerza fecundante y generadora que tal pasado lleva en su entraña. Es una herencia de siglos llegada hasta nosotros como un inmenso legado de vida, de valores, de frutos de humanidad, de realizaciones y vida del espíritu, de proyectos no cerrados, amasados con sacrificios y fatigas, no exento de dificultades y fracasos, y animado por una pasión generosa que ni ha venido ni puede venir a menos. Esta herencia recibida -de la que es preciso guardar una viva memoria agradecida- ha configurado el "rostro", la fisonomía e identidad de Toledo, su propia vocación en el conjunto de pueblos de España y en el interior de la Iglesia, y, por ello, la marca con el sello indeleble y con el compromiso y responsabilidad inalienables de entregar esta herencia, renovada, avivada, acrecida y enriquecida, a las generaciones futuras.

3. La herencia toledana y el rostro que la identifica, se quiera o no, son inseparables de la fe cristiana, de la cristianía que la ha hecho posible. Esta es una verdad histórica que desgraciadamente tal vez la cultura dominante del momento trata de relegar al olvido y fuerza a ignorarla. Recuperar esta memoria agradecida resulta indispensable para mirar y dirigir nuestros pasos al futuro, valientemente, sin complejos y con toda decisión. Nuestra historia es "nuestra" historia, y nuestras raíces somos nosotros; olvidar esta historia o desfigurarla, erradicar o dejar morir nuestras raíces, es dejar de ser lo que somos, es desaparecer, y carecer, por tanto, de futuro.

 

II. Memoria agradecida de san Ildefonso, en el décimo cuarto centenario de su nacimiento. Semblanza de san Ildefonso

 

4. En la recuperación de la memoria agradecida, este año, Dios nos concede celebrar el décimo cuarto centenario del nacimiento de san Ildefonso, uno de los más grandes de los "nuestros más nuestros", de entre los toledanos y de nuestra entrañable Toledo, en toda su trayectoria histórica. San Ildefonso es uno de esos muchos que, a lo largo de los siglos, han nacido o vivido en esta tierra, han amado profundamente a sus hombres y han gastado su vida por ellos, anunciando y dando testimonio de Jesucristo, y ayudando a sus hermanos a vivir una vida más plena. Pertenece a esa estela de hombres y mujeres que, desde santa Leocadia, en los albores del siglo IV, hasta nuestros días, han dejado una huella de santidad y han hecho ese pueblo resplandeciente de humanidad que nos encontramos todavía hoy. Los santos no pasan nunca en vano por nuestra historia. Alabemos y bendigamos a Dios, tan inmensamente admirable en sus santos, tan admirable y tan cercano en san Ildefonso.

5. Evoco aquí algunos rasgos de la semblanza que de él trazó su sucesor, san Julián de Toledo: "Ildefonso, famoso en su tiempo, proveyó al nuestro con la abundancia refrescante de su elocuencia (...), varón tan digno de alabanza como rico en virtudes. Estuvo dotado de la presencia del temor de Dios, de profundo sentido religioso, pródigo en compunción, de andar digno, notable por su honestidad, único por la paciencia, callado en la guarda del secreto, el más elevado en sabiduría (...), elocuente por la riqueza del lenguaje y por su estilo, que, al disponer extensamente el discurso de sus disputas, con razón podía creer que no era un hombre el que hablaba, sino Dios, quien se servía copiosamente del hombre (...), fue notable en el pontificado durante nueve años y casi dos meses por los méritos de su vida y lo acertado de su gobierno".

"Capellán de la Virgen", en expresión de Lope de Vega, y "fiel notario de María", como le aclama el Medioevo, defensor de la virginidad perpetua de María, Ildefonso fue un hombre de Dios, que buscó a Dios y su voluntad en el desierto de la soledad y de la oración del monasterio, prefirió y antepuso la sabiduría escondida en Dios a todos los honores y riquezas de la tierra, edificó sobre la roca firme de Jesucristo, Palabra única, plena y definitiva del Padre, tomó parte con fortaleza en los duros combates del Evangelio; mantuvo, sin regatear esfuerzos, el depósito de la fe recibido de los antiguos, dentro y en unidad de la Tradición de la Católica; y vivió, por la fe, para comunicar incansablemente el Evangelio de Jesucristo, en el que nos sumergimos por el Bautismo. Fue un hombre fiel a la común vocación a la que todos los bautizados en la Iglesia hemos sido llamados: la de ser santos e inmaculados en Jesucristo ante Dios por el amor.

6. Dios, en su infinita bondad y por obra de su gracia, hizo confesor, por su fe y por su amor, a san Ildefonso y no defraudó la esperanza que manifestaba en sus ruegos, de ver gozoso en el cielo al que confesaba en la tierra con el corazón y los labios. El Señor concedió a san Ildefonso la corona de la perfección y de la santidad a la que todos hemos sido llamados. En uno, como nosotros, vemos brillar la fortaleza y la sabiduría, la gracia y la benignidad de Dios que nos muestra cómo es posible seguir esa senda de perfección que Él nos ha trazado.

 

III. La santidad y enseñanzas de san Ildefonso nos recuerda que estamos llamados a ser santos en este tiempo, como bautizados en Cristo

 

7. En san Ildefonso se nos ha ofrecido por parte de Dios y tenemos para nuestro ejemplo y aliento, en consecuencia, al hombre santo que nos conduce certeramente hoy en la apasionante tarea de renovación eclesial y pastoral. Hoy más que nunca la acción de la Iglesia tiene como urgencia prioritaria la pastoral de la santidad. Hoy más que nunca es necesario y apremiante hacer hincapié en esta urgencia, que es fundamento de toda programación y presencia eclesial. Sin esto todo se desmorona, nada tiene consistencia. En los momentos cruciales de la Iglesia, como el nuestro, han sido siempre los santos quienes han aportado luz, vida y caminos de renovación, como San Ildefonso, que también vivió unos años de una situación decisiva para la historia de la Iglesia, de la fe en España, no exenta de dificultades, internas y exteriores.

8. La Iglesia y el mundo necesitan santos; se necesita ofrecer modelos de santidad. La vida entera de la comunidad eclesial debe ir en esta dirección: la que lleva a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección del amor. Insistir en esto -¡y qué bien nos viene celebrar a lo largo de un año el testimonio de san Ildefonso!- no es escapismo o huida de los grandes problemas que nos acechan. Todo lo contrario. Precisamente porque nos hallamos inmersos en el mundo de hoy, en la sociedad española de hoy, con tantísimos y tan gravísimos problemas, es por lo que es preciso insistir en esta llamada a ser santos, como Dios es santo. La figura de san Ildefonso, en este año jubilar suyo, nos va a recordar a lo largo de él, que, precisamente porque vivimos tiempos complicados y difíciles y nos hallamos en una situación muy fragmentada y dispersa, es preciso impulsar entre nosotros una pastoral que va a lo esencial, a lo que es sustancial en la vida cristiana y en la vida del hombre: ser testigos de la caridad que no tiene límites y de la entrega servicial a los hombres siguiendo el camino que Cristo recorrió, y es Él mismo, el camino de las "bienaventuranzas", que son retrato que Jesús nos dejó de sí mismo, dibujo de su rostro -rostro de Dios-, descripción concreta de su infinita caridad, la muestra más auténtica de la verdad del hombre.

9. Poner toda nuestra programación pastoral bajo el signo de la santidad, entre otras cosas, significa poner en el centro de la misma el Bautismo, que es una verdadera entrada en la santidad de Dios por medio de la inserción en Cristo y de la inhabitación del Espíritu Santo. Por eso, en este curso pastoral en el que la diócesis de Toledo trata de profundizar en cuanto significa la iniciación cristiana, para renovarla, fortalecerla, llevarla a cabo con todas sus consecuencias y exigencias, Dios nos sale al paso y nos pone delante como guía y maestro a san Ildefonso de Toledo, que escribió uno de los más importantes tratados de la antigüedad sobre el Bautismo -puerta por la que se entra en la vida cristiana- y sobre la iniciación cristiana. Habremos de escucharle a Él, aprender de Él, y sacar todas las consecuencias que se derivan del Bautismo, y de los otros dos sacramentos de la iniciación cristiana: Confirmación y Eucaristía. Como sucedió en nuestro Santo, los bautizados no podemos contentarnos hoy con una vida mediocre, vivida según una ética minimalista y una religiosidad superficial y tibia. Juan Pablo II nos lo recordaba en su carta Al comenzar el nuevo milenio: "Preguntar al catecúmeno, '¿quieres recibir el Bautismo?', significa al mismo tiempo preguntarle, '¿quieres ser santo?'. Significa ponerle en el camino del Sermón de la Montaña: 'Sed perfectos, como es vuestro Padre celestial' (Mt 5,48)". Por eso también san Ildefonso a su obra "El conocimiento del bautismo", añadió otra inseparable de ésta que refleja ese camino de santidad, "El camino del desierto". Pastoral de la santidad y pastoral de la iniciación cristiana son, pues, inseparables, como nos muestra nuestro santo Arzobispo.

10. Es en los santos donde podemos "ver" de alguna manera a Cristo, en sus discípulos y testigos, en los bautizados en los que Él vive, donde tenemos la experiencia de Él en toda su cercanía, en toda su obra transformadora y redentora de la vida de los hombres, como signo y presencia del Dios vivo que es Amor. Los santos, vida ordinaria de los renacidos en Cristo por el Bautismo, hombres y mujeres de nuestro mismo barro, reflejan precisamente la vida que Cristo mismo encarnó y vivió históricamente, aquella que los primeros discípulos vieron con sus propios ojos y palparon con sus manos. Sólo una vida de santos -como de aquellos tres grandes arzobispo del siglo VII del esplendor visigótico -san Eugenio, san Ildefonso, san Julián-dará a conocer a Jesucristo, origen y meta de una humanidad y verdadera; sólo con santos será creíble, visible y "seguible" el Evangelio. Por eso en este año, mil cuatrocientos aniversario del nacimiento de san Ildefonso, en el que nuestra diócesis se siente urgida por una renovación de la pastoral de iniciación cristiana, sentimos una llamada especial a no tener miedo a ser santos, a seguir a Jesucristo que es fuente de libertad y amor, a abrirse al Señor, para que Él ilumine todos nuestros pasos. De la mano, de los labios, del testimonio y de la enseñanza de san Ildefonso, cobran actualidad y fuerza las palabras de Jesús: "Sed santos, sed perfectos, sed misericordiosos, como mi Padre celestial es santo, perfecto y misericordioso". Aquí está el futuro. Este es el camino, el único y verdadero camino del futuro, que se abre ante nosotros en los precisos momentos que vivimos cargados de incertidumbre pero abiertos a la luz de la esperanza.

 

IV. San Ildefonso, maestro y defensor de la fe, nos anima vivir la fe en toda su verdad, en total comunión con la Iglesia y con plena valentía

 

11. Ese camino es inseparable de la fe en Jesucristo, hijo de Dios vivo, que con tanta fortaleza como vigor vivió y defendió san Ildefonso, frente a las asechanzas todavía presentes de las herejías arriana o adopcionista. Genuino y fiel intérprete de la fe, no se le ocurre a san Ildefonso trocar el oro de la Revelación por el lodo de las nuevas ideologías. En estos tiempos, tan marcados por un nuevo gnosticismo ambiental e ideológico, en que se niega la divinidad o la humanidad de Jesucristo o se silencia la virginidad de su Santísima Madre, o en los que se destruye el misterio de la Encarnación, y del misterio y persona divina de Jesucristo, el Hijo de Dios que se ha hecho hombre por obra del Espíritu Santo en el seno de la siempre Virgen María, o en el que, como consecuencia, no se acepta que Jesucristo sea el Salvador único y universal de los hombres, necesitamos acudir al magisterio claro e inequívoso, lúcido e iluminador, de san Ildefonso, a su testimonio de exposición fiel e íntegra de la de la fe de la Iglesia, dentro de la gran Tradición de la católica, sin salirse de esa Tradición ni un ápice, en comunión consciente y expresa con la Traición, la Traditio Eclesiae. Hoy, ante el panorama doctrinal que estamos viviendo, -ese panorama no muy halagüeño y a veces oscuro que con tanta lucidez han descrito y puesto al descubierto los Obispos de la Conferencia Episcopal Española este mismo año, en su Instrucción Pastoral titulada "Secularización y Teología"-, necesitamos de hombres y maestros como San Ildefonso que expongan, defiendan y testimonien la verdadera fe de la Iglesia, la que acoge la revelación de Dios que nos alcanza por la Tradición. Necesitamos así mismo acudir, para aprender de ahí, a la incansable labor de san Ildefonso de fortalecer la iniciación y la formación cristiana de la fe.

12. Necesitamos confesar la fe cierta y verdadera de la Iglesia, de la Tradición que nos une a la Iglesia, no nuestras opiniones o las opiniones o teorías al uso, marcadas más por el pensamiento subjetivo o el determinado por la cultura de nuestra época, pero que nos separa de esa Tradición, la única que nos asegura permanecer en la verdad y en la fe de la Iglesia, con todas las consecuencias que esto comporta aun incluso para la vida social y pública de nuestro pueblo, que se ha hecho y se ha identificado a partir de ella.

13. Es preciso revitalizar nuestra fe, mantenerla fiel y viva, manifestarla con decisión, libertad y confianza; con coraje y osadía, obedeciendo a Dios antes que a los hombres. Necesitamos de aquella fe sólida, asentada sobre la roca firme que es Cristo, presente e inseparable de su Iglesia, que nos alcanza dentro de la Tradición de la Católica, y que llevó a san Ildefonso a la santidad. Como nos dijo Juan Pablo II en su primer viaje a España -y debería ser una de las consignas para este año jubilar de San Ildefonso-, es necesario que los católicos españoles, que los católicos toledanos, sepamos "recobrar el vigor pleno del espíritu, la valentía de una fe vivida, la lucidez evangélica iluminada por un profundo amor al hombre hermano. Para sacar de ahí fuerza renovada que nos haga incansables creadores de diálogo y promotores de justicia, alentadores de cultura y elevación humana y moral del pueblo. En un clima de respetuosa convivencia con las otras legítimas opciones, mientras exigimos el justo respeto a las nuestras".

14. La formación de cristianos de fe sólida y esclarecida, con todas sus consecuencias morales y sociales es una de las tareas más prioritarias y apremiantes para la Iglesia de hoy, como hemos señalado, ante nuestra realidad social y cultural, los Obispos de la Conferencia Episcopal en nuestra en nuestra, todavía muy reciente, Instrucción Pastoral que lleva por título "Orientaciones Morales de la Iglesia ante la actual situación de España".

Necesitamos embarcarnos con decisión y generosidad, sin reservas, comodidades, perezas o miedos, en la tarea, urgente como nunca y sin duda ardua, de una formación sólida en la fe, en la vida de fe, que implique la aceptación consciente del mensaje moral cristiano. No podemos caer ni en el relativismo doctrinal ni en el relativismo moral de nuestro tiempo, como tantas veces nos recuerda el Papa Benedicto XVI, desde el comienzo de su Pontificado. Esta solidez en la formación y en la vida de fe es lo que hará que llevemos una vida santa en medio del mundo y al servicio de su transformación, lo que propiciará una eficaz acción evangelizadora, y lo que hará que salgamos del anonimato y de los refugios invernales para ir a donde están los hombres y comunicarles el gozo inefable de la fe en Jesucristo, el Hijo de Dios vivo hecho hombre en las purísimas entrañas, por siempre virginales, de María, y la alegría inmensa de que somos queridos por Dios, y que Cristo ha muerto y ha resucitado por nosotros, y por nuestra salvación para la vida eterna. Esto es lo que puede vencer -y vencerá- al laicismo excluyente e ideológico, que no tiene ningún futuro aunque pueda hacer sufrir no poco. Lo que vence al mundo, lo que vence el laicismo que se impone es la victoria de nuestra fe, la fe que no se impone sino que se ofrece como don y como gracia, como fuerza que nos saca de la pusilanimidad y el amedrentamiento miedoso de las fuerzas que no son de luz, sino de oscuridad de este mundo.

 

V. San Ildefonso, el más antiguo testigo de la esclavitud mariana, nos muestra que para ser de Cristo hemos de ser María

 

15. San Ildefonso de Toledo, "el más antiguo testigo de esa forma de devoción que se llama esclavitud mariana" (Juan Pablo II) , guiado por la santísima Virgen María, el gran amor de su vida, como Pablo, no quiso otra cosa en su vida que ser de Jesucristo, conocerlo, amarlo y darlo a conocer. Este ser de Cristo, este vivir en Cristo, con Él y por Él, que es donde radica la vida nueva del bautizado, san Ildefonso lo vivió de una forma muy propia que es la de la esclavitud de la Virgen María, que él mismo expresa con estas tan hondas y vivas palabras: "Te ruego, te ruego, santa Virgen, que yo posea a Jesús de aquel Espíritu por el que tu carne concibió al mismo Jesús; que yo pueda conocer a Jesús en virtud de aquel Espíritu por el que te fue dado a Tí conocer, tener y alumbrar a Jesús. Hable yo sobre Jesús cosas humildes y sublimes en aquel Espíritu en el que Tú te confiesas esclava del Señor, deseando que se realice en Tí la palabra del Ángel. En aquel Espíritu ame yo a Jesús en el que le adoras como Señor, le contemplas como Hijo. Tan realmente rinda yo vasallaje a este Jesús como realmente se sometió Él mismo a sus padres, siendo Dios".

16. En san Ildefonso se nos ha abierto el camino de la "esclavitud de María", que posteriormente asumiría san Luis María Grignon de Monfort y que tan hondamente incorporó a su propia espiritualidad el Papa Juan Pablo II, con la expresión de su lema episcopal: Totus tuus. Este camino Ildefonsiano de la "esclavitud mariana" es por el que recorre el seguimiento de Cristo, que es lo que pretendió a lo largo de su vida. Toda la vida de San Ildefonso está marcada por la centralidad de la persona de Jesucristo: pensó, sintió, amó como Cristo Jesús; conversó y habló como Él; conformó, en una palabra, su vida con Cristo; so ocupación esencial fue revestirse de Jesucristo, como corresponde al que ha recibido el Bautismo. Por eso precisamente - y esta es la razón y no otra- vivió una piedad y una devoción hondamente mariana de total abandono en María, cuyo nombre y virginidad defendió con tanta fuerza como verdad y hondura teológica.

17. Por eso mismo, todo su vivir fue asimismo profundamente cristocéntrico. Siglos más tarde, san Luis María Grignon de Monfort, siguió ese mismo camino de perfección y de vida cristiana que es el de la "esclavitud mariana"; y por ello este santo francés dijo aquellas palabras tan hondas y nucleares, que bien haría suyas enteramente nuestro santo Arzobispo, san Ildefonso de Toledo: "Nuestro único maestro que debe instruirnos, nuestro único Señor del que debemos depender, nuestra única cabeza a la que debemos permanecer unidos, nuestro único modelo al que debemos conformarnos, nuestro único médico que debe curarnos, nuestro único pastor que debe alimentarnos, nuestro único camino que debe conducirnos, la única verdad que debemos creer, la única vida que debe vivificarnos y nuestro único todo, en todas las cosas, que ha de bastarnos". La devoción a la Madre de Dios, si es verdadera, es siempre cristocéntrica, está radicada profundamente en el Misterio Trinitario de Dios, y en los misterios de la Encarnación y de la Redención.

No es posible separar la fe en Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre, de la fe en María Santísima, verdadera Madre de Dios, siempre Virgen, en expresión precisa de san Ildefonso, "virgen antes de la venida del Hijo, virgen después de la generación del Hijo, virgen con el nacimiento del Hijo, virgen después de nacido el Hijo". No hay que temer la devoción, al contrario, nos llevará siempre a Cristo, porque es inseparable de su Santísima y Virgen Madre; nos lleva a nuestro ser más auténtico. Por eso también sus enseñanzas acerca a cerca del Bautismo y de la iniciación cristiana; su doctrina sobre el Bautismo pone ante nuestros ojos lo central de nuestra vida cristiana: ser cristianos, sencillamente.

18. Debemos recobrar, llevados de la mano de san Ildefonso, el gran tema de la Virgen María, lo que se ha venido en llamar el "principio mariano", tan originario y fundamental, que tan bellamente expuso el Papa Benedicto XVI en la solemne celebración de la imposición del anillo cardenalicio en la última creación de cardenales, cuando tuve el honor inmerecido de recibir el capelo de cardenal. Como recordó Benedicto XVI aquella memorable jornada, "la importancia del principio mariano en la Iglesia fue puesta de relieve de modo particular, después del Concilio, coherentemente con su lema "Totus tuus", por Juan Pablo II, cuya visita hace veinticinco años en noviembre, recordamos con hondo agradecimiento y cariño emocionado.

 

VI.San Ildefonso, en nuestras raíces más propias; acicate y garantía para nuestro futuro

 

19. La memoria de san Ildefonso, no es sólo mirada al pasado sino capacidad y apertura al futuro; al tiempo que nos evoca nuestro ser más propio, -bautizados en Cristo-, y nuestras raíces inseparables de la Iglesia, nos hace sentir el gozo de ser Iglesia. La celebración de este mil cuatrocientos aniversario del nacimiento de san Ildefonso, el más grande arzobispo toledano, patrono de esta "diócesis de los Concilios", entre los que destacamos el Tercero de ellos por su importancia para nuestra historia patria, nos aviva el gozo de ser Iglesia, en donde tenemos nuestras raíces y fundamentos más propios.

20. No es el momento de detenerme ahora en este punto sobre nuestras raíces toledanas, las que nos evoca la memoria de san Ildefonso, las que nos alimentan y configuran, las que nos hacen ser lo que somos, inseparable de la Iglesia y que en ella están -lo haré, si Dios quiere, a lo largo de este año en un escrito monográfico-. Pero creo que no podemos dejar pasar por alto sin una referencia fugaz a ello. Este centenario ildefonsiano también es ocasión propicia, más aún en estos momentos, para evocar el esplendor visigótico del siglo al que nuestro santo Patrón perteneció, sobre las bases y raíces cristianas que tanto han supuesto no sólo para nuestra fe, sino también para nuestra cultura, para nuestro patrimonio humano y social, para nuestro futuro y nuestra unidad. No lo olvidemos: en la base, la fe.

21. Considerando y valorando de manera objetiva aquel esplendor visigótico, cimiento y generador de tanto futuro, del que somos deudores, es conveniente recordar aquellas palabras del papa Juan Pablo II en Santiago de Compostela. Así, como Arzobispo de esta querida Sede Toledana, en la memoria agradecida de san Ildefonso, lanzo un grito lleno de amor, como el de Juan Pablo II a Europa: "¡Toledo, vuelve a encontrarte!. Sé tú misma. Descubre tus orígenes. Aviva tus raíces. Revive aquellos valores auténticos que hicieron gloriosa tu historia!"

Toledo tiene unas raíces cristianas, que se remontan a los que anunciaron la fe cristiana en los orígenes, a quienes siguieron a los testigos inmediatos y primeros del Señor, como santa Leocadia, o san Ildefonso, o los santos Eugenio, y san Julián: Cristo es la fuente de vida y de libertad, verdad y luz, fundamento para la dignidad de la persona humana y raíz de donde brota el amor que nos hace convivir fraternamente y trabajar por la paz en la justicia, por la unidad de los pueblos, de Europa, de España. La figura de san Ildefonso, este catorce centenario de su nacimiento, puede ser una ocasión para este reavivar nuestras raíces.

22. Los cristianos no podemos ser la cofradía de los ausentes ante las necesidades y problemas de nuestra sociedad. Los católicos, la Iglesia, podemos y debemos contribuir a la realización humana de la sociedad. Nuestra fe en Jesucristo nos lleva a la afirmación del hombre y su valor absoluto, y a la exaltación más radical y plena de la dignidad inviolable de la persona humana, basada en su condición de criatura de Dios, creador y salvador, creada a imagen y semejanza de Él, redimida y renovada por la sangre de Jesucristo. El reconocimiento efectivo de la dignidad de la persona humana constituye el fundamento y el valor supremo de convivencia y del ordenamiento social. Nunca nos es permitido instrumentalizar al hombre como un medio para la consecución de fines técnicos, políticos o económicos.

23. No habrá una sociedad éticamente configurada ni la Iglesia cumplirá su misión si, en nuestros proyectos y actuaciones públicas y privadas, no reconocemos de modo efectivo la verdad del hombre, el valor absoluto de cada persona y si no tratamos de ordenar toda la vida social a la configuración de un proyecto comunitario en el que cada hombre pueda alcanzar el logro de su humanidad de acuerdo con las posibilidades históricas. Los católicos toledanos, basados en esa fe que recibimos del testimonio de San Ildefonso, hemos de mostrar, en la vida cuotidiana y en la práctica real y social, que el servicio del hombre es el criterio de autenticidad y de nuestra experiencia de Dios como Dios. Este servicio respetuoso con la realidad y desde la libertad de los hijos de Dios, ha de llevar a disipar el malentendido de que Dios solo puede ser afirmado a costa del hombre o al margen del hombre y de que el hombre sólo puede ser servido al margen o en contra de Dios. En esto Toledo, fiel a sus raíces, ha de asumir un protagonismo comprometido, como lo ha sido en otras épocas desde sus orígenes y como es su vocación.

24. No quiero que pase inadvertido, al menos por mi parte, que cuando nace san Ildefonso aún no habían transcurrido veinte años de la celebración del Concilio de Toledo, donde se lleva a cabo la unidad en la fe católica de España, en comunión y continuidad con la Tradición de la fe católica, tras abjurar los visigodos de la fe arriana, y superada toda sombra de adopcionismo, y se reorienta y fortalece la vida cristiana, renovada y purificada, como base de la unidad del espíritu alcanzada. Aquel Concilio, "es un dato histórico, eclesiástico, y europeo ‘hispano, en primer término’, de primer orden..., ha creado futuro, ha construido Europa ‘ha construido principalmente España, produciendo unidad a partir de la fuerza del espíritu" (J. Ratzinger). "Frutos preciados de aquel acontecimiento eclesial fueron la armonización profunda de perspectivas entre la Iglesia y la sociedad, entre fe cristiana y cultura humana, entre inspiración evangélica y servicio al hombre" (Juan Pablo II). Ahí nació con toda propiedad España. Por eso España, de alguna manera, es volver a las fuentes y llevar a cabo lo que el cristianismo primero ha intentado.

25. Aquella unidad había sido algo muy fundamental. Por eso, cuando hacia la mitad del siglo VII en pleno esplendor visigótico, vive san Ildefonso y desarrolla su ministerio, primero abacial y después arzobispal, surgen brotes de arrianismo, o no están suficientemente asentadas la fe de la Tradición de la Católica, cuando, además, se mueven o se cree que se están agitando las aguas de influencia judaizantes, y el vigor de la vida cristiana consonante con la verdadera fe católica y la gran Tradición que une a la Iglesia y la sociedad hispana con la Católica denota una cierta dejación y debilidad, la figura de san Ildefonso surge con fuerza para defender la verdadera fe, afirmando la virginal maternidad de María, siempre Virgen y verdadera madre de Dios. Así, particularmente con su tratado sobre la Virginidad de María, nuestro Santo sale al paso frente a arrianos o judíos, que ponían en juego el don precioso de la unidad alcanzada y en trance de consolidarse. Al mismo tiempo, san Ildefonso, se alza, apelando a la identidad bautismal y a la vida nueva consonante con el Bautismo, con sus otras dos obras sobre el Bautismo y sobre el itinerario de perfección; lo mismo habría que decir acerca de su obra sobre Los varones ilustres, de los que destaca sobre todo su vida evangélica y modélica, su santidad.

26. De este manera vemos que todo cuanto conocemos, pues, de san Ildefonso, cuanto escribió está dirigido a mantener con vigor la fe católica y la identidad cristiana, base de la unidad de aquel pueblo. Siglos posteriores, tras la "España perdida", toda la Reconquista será el gran esfuerzo de una nación por volver a esas raíces, base de su unidad e identidad como pueblo, que son la de la fe católica, en comunión fiel con la Iglesia de Roma.

27. San Ildefonso nos enseña con su vida y su enseñanza, con su testimonio y con su doctrina, que el futuro de España, se quiera o no, está en la fe, no puede estarlo en modo alguno en una "cultura de la nada", del vacío, de la libertad sin límites y sin contenido, del relativismo vendido como conquista, como parece ser la actitud fundamental de muchos en nuestros días. Sólo, a mi entender, el redescubrimiento del acontecimiento cristiano, en su sustancia viva, en lo nuclear del mismo, como hace san Ildefonso, con toda la carga que comporta, como decidida y decisiva resurrección de la antigua alma española, la que la constituye en su ser más propio, en su unidad histórica, en la unidad del espíritu. Para el futuro de España, la fe católica no debería quedar relegada a la esfera de lo privado, la fe en Dios vivo, revelado y comunicado en Jesucristo, hijo de Dios hecho hombre de las entrañas virginales de la siempre Virgen María; ni tampoco, si queremos que haya un futuro, la existencia originada en el bautismo, puede quedar reducida a la privacidad. No proseguiremos nuestro camino, el camino del verdadero humanismo, al margen de esto. Si bien es verdad que España y cristianismo no coinciden, ni han coincidido nunca del todo, ni siquiera en el esplendor visigótico como vemos por san Ildefonso, también lo es con evidencia que la matriz cristiana ha sido lo que ha dado su impronta peculiar a la "humanitas" española. No se puede dudar que la fe cristiana es parte, de manera radical y determinante, de los fundamentos de lo que somos, de nuestra identidad, de nuestra unidad y de nuestra cultura. El cristianismo es la forma de nuestra España. Si abandonamos esto, seremos otra cosa, pero ya no seremos España, esta es también una de las grandes lecciones y de la gran luz que arroja sobre nuestro hoy el santo Arzobispo, san Ildefonso de Toledo.

28. ¡Qué gran actualidad tiene el mensaje y el testimonio de san Ildefonso para nuestros días, tan dominados por la ideología y el sucedáneo sustituto de la verdadera religión por el producto al uso propiciado por fuerzas muy poderosas de la "Nueva Era" (New Age), o por ese "pensamiento" débil de una visión de una cierta "modernidad" que se nos quiere imponer, tan basado en el relativismo, en la negación de la revelación cristiana, en la oposición entre razón y fe, en una visión distorsionada del hombre sin Dios, o de un dios inexistente que es pura creación humana! Llama la atención la sintonía tan grande que se encuentra en lo nuclear del mensaje del santo Arzobispo, con lo que viene diciendo y repitiendo hasta la saciedad el Papa actual como respuesta a este mundo. Pienso que es providencial para Toledo y para España esta celebración de san Ildefonso en los precisos momentos que vivimos, y haríamos bien en ver a san Ildefonso como un signo clarificador y de orientación que Dios nos ofrece de cara a nuestro presente y nuestro futuro.

 

VII. Conclusión

 

29. Concluyo esta Carta Pastoral al comenzar el año jubilar de la memoria agradecida por el décimo cuarto centenario del nacimiento en Toledo de san Ildefonso, su Patrón, con una exhortación a todos. Queridos diocesanos de Toledo, en esta hora de la historia del mundo, de nuestra historia española y toledana, guiados por el testimonio, enseñanza y aliento de san Ildefonso, que intercede, además, por nosotros, tengamos una gran esperanza. San Ildefonso nos abre e invita a ella. Él es testigo del amor de Dios a los hombres y de que este amor de Dios al hombre ha vencido ya en Cristo al pecado y a la muerte; y esta victoria se hace patente en la humanidad nueva glorificada de san Ildefonso, como de tantos y tantos otros, que acogieron mediante la fe la salvación de Jesucristo. La desorientación cultural y moral que tantas veces y con tal poderío domina nuestro tiempo, así como los signos de muerte que en él se manifiestan, no pueden oscurecer esta certeza que la Iglesia presenta hoy y siempre al mundo, y que brilla con especial luminosidad en san Ildefonso.

San Ildefonso nos llama a la fe, a renovar nuestra vida cristiana, a ser santos, a fortalecer la iniciación cristiana para hacer cristianos, a robustecer la formación sólida de los cristianos para que sigamos un camino de desierto sin contentarnos con una vida mediocre sino de perfección evangélica, por el auxilio, la mirada y el ejemplo de santa María, Madre de Dios siempre Virgen. En ella, como aconteció en san Ildefonso, descubriremos la plenitud del amor de Dios que nos ha sido entregado en su Hijo; en ella encontraremos la clave de la verdadera sabiduría humana, la que reconoce al Dios de la vida y no se resiste a su abrazo; en ella reconocemos la verdadera libertad que engrandece al hombre, porque diciendo "sí" a la iniciativa de Dios, comprueba las maravillas que Él hace en su vida. Como nuestro santo patrón vivamos la "esclavitud de maría", para que encontremos, sigamos y vivamos en Jesús, seamos de verdad cristianos, bautizados en Cristo.

Que, con la intercesión de la siempre Virgen María y de su "esclavo" san Ildefonso, vivamos este año jubilar, en memoria de su nacimiento, con espíritu de fe, con fuerzas para el combate y la superación, con la ayuda de la gracia. Este tiempo es un tiempo de gracia no endurezcamos el corazón; no dejemos pasar este año. Que todas las celebraciones y actos -señalados en el programa adjunto- sean aprovechados al máximo y nos ayuden a conocer más y a seguir mejor a san Ildefonso.

Que san Ildefonso, patrón y cimiento de esta Iglesia que está en Toledo, interceda por nosotros, por su Iglesia por toda la diócesis y la ciudad de Toledo, y que Dios colme con su bendición este año y lo llene de fecundidad evangélica; que nos conceda que sea muy rico en experiencia cristiana; que sirva singularmente para dar vigor y valentía para proseguir el gran camino, lleno de futuro, que recorrió en nuestras tierras toledanas, san Ildefonso de Toledo. Que él nos alcance de Dios la bendición sobre todos, la fortaleza y el gozo de la fe y la gracia de impulsar, con nuevo ardor, y emprender caminos de una nueva evangelización y de una pastoral renovada de la iniciación cristiana capaz de alentar la esperanza y dar consistencia a la caridad, testimonio y obra de Dios, que es amor.

Con mi bendición y afecto para todos.

X Antonio Cañizares Llovera

Cardenal Arzobispo de Toledo

Primado de España

En Toledo, a 23 de enero de 2007

Fiesta de San Ildefonso