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Año 2007
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«VIRGEN DE GUADALUPE, AQUÍ TIENES A TU QUERIDA Y NOBLE EXTREMADURA» Homilía en la Santa Misa de apertura del Año Jubilar, con motivo del I Centenario de la proclamación de la Virgen de Guadalupe como Patrona de Extremadura. Guadalupe, 24 de marzo de 2007 Q ueridos hermanos en el Episcopado: Arzobispos titular y emérito de Mérida-Badajoz, Obispo de Plasencia, y Obispos Auxiliares de Toledo; querido Sr. Administrador Diocesano de Coria-Cáceres. Queridos hermanos franciscanos: Provincial, Guardián de este convento, párroco, miembros de la comunidad que sirve este santuario o de otras comunidades franciscanas. Queridos hermanos sacerdotes de las diócesis de Toledo, Mérida-Badajoz, Plasencia y Coria Cáceres. Estimados y respetados Sr. Presidente de la Junta de Comunidades de Extremadura, y demás autoridades civiles y militares de Extremadura, Sr. Alcalde de Guadalupe y representantes de los ayuntamientos. Muy queridos todos, hermanos y hermanas de los Caballeros y Damas de Nuestra Señora de Guadalupe, Religiosos, religiosas, miembros de Institutos seculares, vírgenes consagradas, seminaristas y fieles cristianos venidos de Extremadura y de toda España a esta celebración en este día grande para todos, porque todos queremos hasta lo indecible a la Santísima Virgen, Madre del Hijo único de Dios, y madre nuestra, en su advocación tan entrañable de Virgen, Señora de Guadalupe.Hace cien años que el Venerable Cardenal Ciriaco Sancha y Hervás, a la sazón, Arzobispo de Toledo, tras la gran peregrinación de las diócesis compartes de Extremadura, hizo la petición al Santo Padre de que pudiera proclamarse a Santa María de Guadalupe patrona de Extremadura. El 20 de marzo de 1907 San Pío X firmó el decreto declarando a Santa María de Guadalupe Patrona de Extremadura. Gran alegría entonces. No menor ahora por este don que se concedió a nuestra querida Extremadura de tener tal Patrona como nuestra queridísima Señora y Madre de Guadalupe, a la que queremos y veneramos como reflejo de su maternidad divina en esta imagen, regalo, según la tradición, del Papa, san Gregorio Magno, al Arzobispo de Sevilla, San Leandro. Nos acercamos jubilosos a este santuario para agradecer, suplicar y desagraviar a la Santísima Virgen. Quienes no saben lo que hacen han podido infamarla, ofenderla, maltratarla con composiciones fotográficas horrendas, blasfemas, expuestas en tierras extremeñas. Pero eso, tan rechazable y grave, no representa a Extremadura; los extremeños sois nobles, amantes como pocos de María Santísima: Sí, la queremos como a nada ni a nadie en el mundo. Es lo más entrañable, lo más sagrado, lo más grande para nosotros; también en toda España, tierra de María, se la quiere como la más precisa. Y por eso, hoy, en este día, los extremeños, y también españoles de tantas partes, le venimos a decir que le queremos con toda nuestra alma: que es nuestra madre, que le damos gracias por todo lo que ella es, obra entera de la maravillosa misericordia del Señor, que la ha hecho la más santa, toda santa, llena de gracia y hermosura, de las criaturas humanas; la ha hecho, nada menos, que la madre de Dios y Salvador nuestro, Jesucristo, Hijo de Dios vivo, Amor de los amores, fuente de todo amor, redentor de los hombres, perdón y propiciación por nuestros pecados. ¡Que no nos toque nadie a la Madre de Dios, nuestra Madre! ¡Nos pueden injuriar a nosotros, pero jamás, jamás, a la Virgen y a su Hijo Jesucristo, nuestro Señor! Son lo más santo. Cuando esto ocurre, además se degrada el hombre, se rompe la convivencia, se nos humilla. Hoy, por el contrario, en este día de acción de gracias, en esta magna asamblea de fieles cristianos extremeños, sale de nuestros labios un gozoso e inmenso Magníficat, un canto de alabanza a Dios por la misericordia que se ha mostrado en favor nuestro al darnos a María, como madre y especial protectora de Extremadura. Somos parte de todas las generaciones que felicitan a María, porque el Poderoso ha hecho obras grandes en Ella y por Ella. Hoy damos gracias por las grandes hazañas que Dios ha llevado a cabo en María y por Ella; hoy proclamamos la grandeza del Señor contemplando a la Virgen. Donde se proclama la grandeza de Dios, su inmensa grandeza, sus obras grandes por encima de nosotros, se deja entrar a Dios en nuestra historia y se le deja que actúe; entonces el hombre no queda empequeñecido: todo lo contrario, allí también el hombre queda engrandecido y el mundo resulta luminoso. En esta proclamación que hacemos de la grandeza de Dios en la engrandecida por Él, María, nosotros mismos quedamos engrandecidos y todo se hace más luminoso. Así es Dios, como Ella lo proclama: grande, salvador, señor de la historia: de modo permanente presente en la historia, "hace proezas, dispersa a los soberbios, derriba del trono a los poderosos, enaltece a los humildes, colma de bienes a los hambrientos, despide vacíos a los ricos y poderosos, auxilia a Israel, su siervo; se pone, pues, de parte de los últimos, y su proyecto, a menudo, está oculto bajo el terreno opaco de las vicisitudes humanas, en las que triunfan, por un tiempo, los soberbios, los poderosos y los que acumulan riquezas; pero su proyecto tiene la última palabra y muestra quiénes son sus predilectos, para los que será la victoria y su elevación: los que le temen, los humildes, su siervo Israel, María, su fiel esclava. Hoy, podemos y debemos alabar a María, venerar a María porque es dichosa, porque es feliz para siempre, porque está unida a Dios, porque vive con Dios y en Dios, porque es morada de Dios en la tierra y puerta por la que Dios abrió la tierra al cielo, y porque es abogada nuestra, defensora nuestra, guía nuestra. Viendo el rostro de María podemos ver mejor que de otras maneras la belleza de Dios, su santidad, su bondad, su ternura, su infinita misericordia; viendo a María, como en un espejo, podemos contemplar la luz inmarcesible de Dios que todo lo deja marcado de verdad y hermosura; viendo a María podemos palpar, por su ternura materna, la cercanía de Dios que mira a los sencillos, se aproxima a ellos, los eleva y engrandece. Nosotros hoy nos sentimos dichosos, muy dichosos con Ella y como Ella. Daos cuenta cómo la saluda su prima Isabel: "Feliz y dichosa tú porque has creído". Feliz porque, por su fe, se ha convertido en la morada del Señor, en la casa del Dios-con-nosotros, Dios con los hombres irrevocablemente y para siempre. En la acción de la gracia del Señor, en el dejar actuar a Dios en Ella, en obedecer a Dios como humilde esclava, en fiarse de Dios con una fe que es pura entrega al querer divino, es donde radica su grandeza y la felicidad que le invade, desborda y comunica. María nos muestra que es en el creer donde podemos encontrar la felicidad definitiva; creer, creer en Dios vivo y verdadero manifestado en Jesucristo, es el primer paso, como vemos en Ella, para alcanzar la felicidad que de verdad llena y permanece. "Creer no es añadir una opinión a otras. Y la convicción, la fe en que Dios existe, no es una información como otras. Muchas informaciones no nos importa si son verdaderas o falsas, pues no cambian nuestra vida. Pero, si Dios no existe, la vida es vacía, el futuro es vacío. En cambio, si Dios existe, todo cambia, la vida es luz, nuestro futuro es luz y tenemos una orientación para saber cómo vivir. Por eso, creer constituye la orientación fundamental de nuestra vida. Creer, decir: 'Sí, creo que Tú eres Dios, creo que en el Hijo encarnado estás presente entre nosotros, orienta mi vida, me impulsa a adherirme a Dios, unirme a Dios y a encontrar así el lugar donde vivir, y el modo como debo vivir. Y creer no es sólo una forma de pensamiento, una idea; es una acción, una forma de vivir. Creer quiere decir seguir la senda señalada por la Palabra de Dios" (Benedicto XVI), como la siguió María. Creer es fiarse de Dios que es Amor: Sólo el Amor es digno de fe. Ahí cambia todo. Quien cree no puede vivir sino en el amor, como la Santísima Virgen siempre solícita: solícita por servir en la escena de la Visitación, solícita por ayudar y sacar de apuros en Caná, solícita junto al pie de la Cruz donde nos es dada como madre, madre que ama y sufre por el Hijo. ¡Qué grande es su afectuosa solicitud por los hombres! ¡Qué penetrante y eficaz su atención maternal que le lleva a percibir los problemas de los demás: siempre se anticipa y sale al paso de ellos! ¡Qué delicada y cordial bondad y disponibilidad la suya siempre presta a ayudar! Esta es la Madre, a la que tantas y tantas personas a lo largo de generaciones y generaciones, durante siglos acuden aquí, invocada como Virgen de Guadalupe, Patrona de Extremadura, Reina de las Españas. Porque ha creído, Dios Amor está en Ella, actúa en Ella, el Amor obra por Ella. El amor permanece eternamente y tiene el futuro en la mano: vence el amor y no el odio, al final vence la paz. Porque ha creído es dichosa, porque no hay otra dicha que no esté en el amar, con ese amor que vemos y palpamos en el Hijo único suyo, nacido de sus entrañas de mujer por obra y gracia del Espíritu Santo. Si acudimos a la Virgen, invocada por todos los extremeños, por los pueblos de España y de América, seguros y con la certeza de su solicitud amorosa y llena de piedad, es porque en Ella hemos palpado el amor que no falla, no lo olvidemos, es porque Ella se pliega por completo a la voluntad de Dios, que entera y eternamente está por el hombre. En Nazaret, entregó su voluntad sumergiéndola en la de Dios: 'Aquí está la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra'. El máximo gesto de amor y solicitud por los hombres, donde más hizo por los hombres y los amó sin medida, es ahí, en abrirse por completo a la decisión de Dios, en dejar a Dios ser Dios, en someterse a su juicio. Esa es la actitud de María, la madre del amor hermoso y de misericordia. "Así nos enseña a no querer afirmar ante Dios nuestra voluntad y nuestros deseos, por muy importantes y razonables que nos parezcan, sino presentárselos a Él y dejar que Él decida lo que quiera hacer. De María aprendemos la bondad y la disposición a ayudar, pero también la humildad y la generosidad para aceptar la voluntad de Dios, confiando en Él, convencidos de que su respuesta, sea cual sea, será lo mejor para nosotros" (Benedicto XVI), porque Él es amor y misericordia. En María vemos y palpamos que Dios es amor. Junto a Ella experimentaremos que Dios es amor. A quienes les resulta difícil creer en Dios, les digo y repito: "Dios es amor". Necesitamos acercarnos a Ella, y aprender en la escuela de María. Lo primero que hizo María después de acoger el anuncio del Ángel fue ir con prontitud a la casa de su prima Isabel para auxiliarla y servirla. La iniciativa de la Virgen brotó de una caridad auténtica, humilde y valiente, movida por la fe en la Palabra de Dios y por el impulso del Espíritu Santo. Necesitamos aprender en la escuela de María a creer, a abrirnos a Dios, a ser dóciles a Él, a acoger su Palabra, a abandonarnos al Dios vivo, para que la luz de su bondad resplandezca en nosotros, para que la fuerza de su amor actúe en nosotros, para que su vida nos invada interiormente como un torrente de vida que se traduce en amor. La fe hace que nuestra vida esté impregnada de la fuerza de Dios mismo, de su mismo amor, como en María. Ella nos guía, nos señala el camino de la vida, cómo podemos amar, cómo podemos servir, cómo podemos ser dichosos, cómo encontrar el camino de la felicidad que está en el amar siempre, en perdonar siempre, en servir siempre. Al finalizar esta homilía me dirijo a la Santísima Virgen María, Señora y Madre nuestra de Guadalupe, Patrona de los pueblos y gentes de Extremadura, Reina de España para decirle sencillamente: Virgen de Guadalupe, aquí tienes a tu querida y noble Extremadura, escucha sus súplicas, vela por ellos, atiende a sus necesidades como atendiste a los novios que no tienen vino para que Jesús adelante en medio de ellos y para ellos su hora suprema, la hora de su amor hasta el extremo y sin límites. En este año Jubilar, muestra a Jesús, fruto bendito de tu bendito vientre, a las buenas gentes, de corazón grande, de estas tierras extremeñas. Ayúdales, como ayudaste a los criados de Caná, a hacer lo que tu Hijo les diga, porque es ahí donde encontrarán la alegría grande que necesitan en todos los momentos de su vida. Sobre todo, Virgen María, Madre de Guadalupe, patrona de Extremadura, ayúdales a creer para que todo extremeño encuentre la gran felicidad por la que Tú misma has sido proclamada dichosa: la felicidad de la fe. Es lo mejor que puedo desear para las buenas y nobles gentes de Extremadura que tanto quiero y admiro, a las que tanto la Iglesia debe: porque fueron ellas las que llevaron a América el Evangelio, la fe, la esperanza, el asombro y la grandeza de ser hombres. Que descubran la fe, que asuman la fe, que sigan el camino de la fe, donde se abre la gran y segura senda de la verdad que se realiza en el amor. Santa María de Guadalupe, ruega por Extremadura, ruega por las cuatro diócesis extremeñas, ruega por España, ruega por América, ruega por nosotros. Queridísimos hermanos y hermanas, hoy nos encontramos aquí con la Virgen; el 29 y 30 de mayo, si Dios quiere, acompañaremos a la Virgen a Roma, para darle gracias al sucesor de Pedro, sucesor también tras siglos de san Gregorio Magno en la sede de Pedro, por esta imagen de la Virgen de Guadalupe y entregarle una réplica de ella; y, también para expresar nuestra comunión plena y total con la Iglesia, con quien es vínculo de comunión eclesial, y agradecerle su visita, en noviembre hará veinticinco años, a este lugar santo de la Virgen Guadalupense y reunirse con los emigrantes, símbolo, por otra parte, de nuestra suerte extremeña. Os espero a todos. ¡Viva la Virgen de Guadalupe, patrona de Extremadura! |