|
Año 2007
|
|
DOMINGO DE RAMOS: EL SENTIDO DE LA SEMANA SANTA Homilía del Sr. Cardenal Arzobispo en la Santa Misa del Domingo de Ramos S. I. Catedral Primada, 1 de abril de 2007 l
Un año más, no encontramos de lleno en la Semana, por excelencia, Santa. Con la bendición y procesión de ramos y palmas hemos entrado en los días santos en los que contemplamos y celebramos los Misterios de nuestra Redención. Vivámosla como se debe vivir, con toda intensidad de fe, con profunda religiosidad, con admiración y agradecimiento, con vivo sentido eclesial, con arrepentimiento y firme propósito de renovación en nuestras vidas. Tal vez, en pocas cosas como en la Semana Santa, se nota hasta qué punto la secularización de nuestra sociedad ha hecho mella en las gentes y han desvirtuado su sentido más verdadero. Por eso, los creyentes, al celebrar la Semana Santa, hemos de dar un testimonio de nuestra fe más transparente y convincente. Escuchemos y miremos a Cristo en estos días. Aprendamos de El. Hemos iniciado la celebración con la memoria de la entrada de Jesús en Jerusalén. La entrada de Jesús en Jerusalén manifiesta la venida del Reino de Dios que el Rey-Mesías, recibido en su ciudad por los niños y por los humildes de corazón, va a llevar a cabo mediante la Pascua de su muerte y resurrección. Es aclamado como el que viene en el nombre del Señor y trae la salvación. No conquista Jerusalén, figura de la Iglesia, ni por la astucia ni por la violencia, sino por la humildad que da testimonio de la verdad. Por eso sus súbditos ese día fueron los niños y los "pobres" de Dios, que lo aclaman como los ángeles anunciaron a los pastores. Su aclamación "Bendito el que viene en el nombre del Señor", ha sido recogida en el Sanctus de la Misa para introducir el memorial de la pascua del Señor. Se despojó de su rango, tomó la condición de siervo, rey pacífico. Ya en esta escena de la entrada en Jerusalén se adelanta lo que sucederá en la pasión. Se rebajó. En obediencia. Buscando y cumpliendo la voluntad del Padre. Contemplemos al que entra en Jerusalén y al que esta clavado en la Cruz. Escuchemos al que está colgado del madero de la Cruz. El Padre nos lo ha dicho todo en El y todo nos lo ha dado con El. Quien le ve suspendido de la Cruz, ve al Padre. Su rostro escarnecido, su santa faz que no parecía de hombre pues tan desfigurada estaba, sus espaldas heridas por los azotes, sus rodillas sangrantes por las caídas, sus sienes manantes de sangre, sus manos y sus pies taladrados, su pecho traspasado, su despojo, su desnudez, ese condenado en medio de otros dos condenados, ese es el Predilecto del Padre, ese es la Palabra única de Dios, ese es su única imagen. Tengamos nuestra mirada fija en Jesucristo, nuestros oídos puestos en Él; miremos sus heridas, su soledad, su sed y su inmenso dolor. Y todo ello por nosotros. ¿Hay acaso un amor más grande? "Verdaderamente este Hombre es el Hijo único de Dios, es el justo en el que está la salvación", decimos, como el Centurión de la lanzada; al contemplarlo en su silencio de la cruz donde nos lo dice todo. Ahí nos revela todo el secreto de su persona y de su vida, ahí nos desvela el secreto de Dios: el secreto de un amor infinito que se entrega todo por nosotros para que tengamos vida plena y eterna. En estos días de Semana Santa, "la contemplación del rostro de Cristo nos lleva a acercarnos al aspecto más paradójico de su misterio, como se ve en la hora extrema, la hora de la Cruz. Misterio en el misterio, ante el cual el ser humano ha de postrarse en adoración. Pasa ante nuestra mirada la intensidad de la escena de la agonía en el huerto de los olivos. Jesús, abrumado por la previsión de la prueba que le espera, solo ante Dios, lo invoca con su habitual y tierna expresión de confianza: ‘¡Abba, Padre!’. Le pide que aleje de él, si es posible, la copa del sufrimiento. Pero el Padre parece que no quiere escuchar la voz del Hijo: para devolver al hombre el rostro del Padre. Jesús debió no sólo asumir el rostro del hombre, sino cargarse incluso del 'rostro' del pecado. 'Quien no conoció pecado se hizo pecado por nosotros, para que viniésemos a ser justicia d Dios en él'" (2 Cor 5, 21) II (NMI 25). Muchos cristianos pasan de largo y no se detienen junto al Señor crucificado, o le miran con rostro distraído, o como meros espectadores de un espectáculo o pasatiempo de ayer que hoy se escenifica. Desconocen al Crucificado. No advierten que sin su muerte en cruz por nuestros pecados, Jesús no hubiese resucitado ni estaríamos salvados. Y lo peor del caso es que, a pesar de tanta predicación y catequesis, no parecen haber sido iniciados aún en la fe, en el poder salvador de los padecimientos y muerte de Cristo, es decir, en lo más central del cristianismo que dicen profesar. La verdad es que nunca estuvo tan cerca de nosotros Dios todopoderoso, como cuando en su Hijo querido gustó la debilidad y la miseria más extrema. Únicamente de este modo pudo probar Dios que lo más poderoso, lo que lo sostiene todo, es el amor, su amor, y no el poder con el que soñamos todos. Es imposible, por lo demás, encontrarse con el Crucificado sin empezar una vida nueva fundada en el amor, que es inseparable de la confianza plena puesta en Dios Padre. Ahí está Dios que es Amor: su amor entregado hasta la indefensión suprema o el más atroz de los desvalimientos. Ahí, en el rostro de Jesucristo, se esconde la vida de Dios y se ofrece la salvación del mundo. Pero esta contemplación del rostro de Cristo no puede reducirse a su imagen de crucificado. ¡El es el Resucitado! Si no fuera así, vana sería nuestra predicación y vana nuestra fe. La resurrección fue la respuesta del Padre a la obediencia de Cristo… "La Iglesia mira ahora a Cristo resucitado. Lo hace siguiendo los pasos de Pedro, que lloró por haberle renegado y retomó su camino confesando, con comprensible temor, su amor a Cristo: 'Tú sabes que te quiero'. Lo hace unida a Pablo, que lo encontró en el camino de Damasco y quedó impactado por El 'Para mí la vida es Cristo, y la muerte, una ganancia" (NMI 28). No podemos separar la muerte de Jesucristo de su resurrección, ni ésta de su muerte. No podemos ver estos acontecimientos como algo que está en el pasado, como un vago o mero recuerdo. La Semana Santa nos sitúa ante su perenne actualidad. "Después de dos mil años de estos acontecimientos, la Iglesia los vive como si hubieran sucedido hoy. En rostro de Cristo ella, su Esposa, contempla su tesoro y su alegría: ¡Cuán dulce es el recuerdo de Jesús, fuente de verdadera alegría del corazón! La Iglesia, animada por esta experiencia, retoma hoy su camino para anunciar al mundo, al inicio del tercer milenio: Él es el mismo ayer, hoy y siempre" (Juan Pablo II, NMI 28). Que este sea el sentido de la Semana Santa: reemprender animosos nuestro camino para anunciar a Jesucristo, el Crucificado y Resucitado, que vive para siempre y es nuestra esperanza, nuestra dicha, nuestra gloria. Que sea muy santa esta Semana; que la gracia de Dios y la celebración litúrgica de los misterios nos santifiquen. |