|
Año 2007
|
|
EL SACERDOTE, INSTRUMENTO DÓCIL DE CRISTO Homilía del Sr. Cardenal Arzobispo en la Misa Crismal, en la S. I. Catedral Primada Toledo, 3 de abril de 2007
Muy queridos hermanos y hermanas en el Señor. Saludo con un afecto muy especial en este día a los Obispos y sacerdotes que hoy nos reunimos para conmemorar, dentro de la Misa Crismal, el día en el que el Señor encomendó a los Doce la tarea sacerdotal de celebrar, con el pan y el vino, el sacramento de su Cuerpo y de su Sangre, hasta que vuelva. Un saludo muy singular a los hermanos sacerdotes que, como excepción este año, en este día, con todos los demás hermanos, dan gracias a Dios por sus cincuenta o veinticinco años de ordenación; para vosotros: nuestra felicitación, nuestro cariño fraterno, nuestra gratitud, nuestra plegaria y nuestros mejores deseos. Hoy, como presbiterio diocesano, Dios nos concede renovar juntos las promesas sacerdotales. ¡Cuántos sentimientos se agolpan en todos nosotros! ¡Cuántas cosas os diría y compartiría hoy con vosotros! Ante todo, hermanos sacerdotes, doy gracias a Dios por todos vosotros; y ruego y suplico, desde lo más hondo, al que es Dador de todo bien que os fortalezca a todos, y renueve y vigorice en cada uno el don del sacerdocio que Él ha puesto en nuestras sencillas personas. A vuestro lado siento el mutuo consuelo de la común fe, y la compañía amiga del Señor y de cada uno de los hermanos del presbiterio que muestra que no estamos solos y que en tal compañía nada podemos temer. El que cree nunca está sólo: vosotros creéis. No olvidamos que Jesús nos ha dicho, "no os llamo siervos, sino amigos"; por eso, no nos deja, nos acompaña siempre; Cristo está con nosotros, y nosotros con Él. Pero, además, estando en comunión con Jesús, estamos unidos con los hermanos en el sacerdocio. Esto que es teológicamente así -hemos sido insertados en una fraternidad sacramental de sacerdotes con el obispo-, gracias a Dios se cumple también en la experiencia concreta de nuestro presbiterio diocesano. Que Dios siga concediéndonos el que nos mantengamos en esta comunión sacerdotal entre todos los miembros de nuestro presbiterio con sus obispos, porque de este modo también experimentaremos mucho más, y más gozosamente la comunión con Jesucristo. Hemos proclamado el texto evangélico que evoca la presencia de Jesús en la sinagoga de Nazaret. Allí se aplica a sí mismo la profecía de Isaías que dice: "El Espíritu del Señor está sobre mí; Él me ha ungido"; Él es el Cristo, el Ungido, que actúa por misión del Padre y en la unidad del Espíritu Santo, y que, de esta manera, dona al mundo un nuevo sacerdocio, una nueva realeza, un nuevo modo de ser profeta. La unción del Espíritu Santo, el día de nuestra ordenación sacerdotal, nos asoció sacramentalmente al mismo Jesucristo, ungido sacerdote único, sumo y definitivo de la nueva y eterna Alianza en la sangre del Cordero, que se actualiza en la Eucaristía. Como nos recuerda el Papa Benedicto XVI, en su primera Exhortación Apostólica postsinodal, Sacramentum Charitatis, cuya lectura, asimilación, y aplicación es tan importante para nuestro futuro y nuestra vida: "La víspera de su muerte, Jesús instituyó la Eucaristía y fundó al mismo tiempo el sacerdocio de la nueva Alianza. Él es sacerdote, víctima y altar: mediador entre Dios y el pueblo, víctima de expiación que se ofrece a sí mismo en el altar de la cruz. Nadie puede decir 'esto es mi cuerpo' y 'éste es el cáliz de mi sangre' si no es en el nombre y en la persona de Cristo, único sacerdote de la nueva y eterna Alianza" (Benedicto XVI, Sacramentum Charitatis, 23). Así, hermanos queridos de este presbiterio, "el misterio del sacerdocio de la Iglesia radica en el hecho de que nosotros, seres humanos miserables, en virtud del Sacramento podemos hablar con su 'yo' in Persona Christi. Jesucristo quiere ejercer el sacerdocio por medio de nosotros. Este conmovedor misterio, que en cada celebración del Sacramento nos vuelve a impresionar, lo recordamos de modo particular", en esta precisa celebración eucarística, en la que nos encontramos, de la "Misa Crismal". "Para que la rutina diaria no estropee algo tan grande y misterioso, necesitamos ese recuerdo específico, necesitamos volver al momento en que Él nos impuso sus manos, y nos hizo partícipes de este misterio" (Benedicto XVI). Necesitamos volver a aquel momento en que instituyó el sacerdocio al tiempo que la Eucaristía -"haced esto en memoria mía"-, y aquel otro momento en que se nos impusieron las manos y nuestras manos fueron ungidas. Con aquellos gestos, el mismo Jesucristo tomó posesión nuestra, y el Espíritu Santo, aún con toda nuestra carga de fragilidad y miseria, "nos hizo ser signo que, como dócil instrumento en sus manos, se refiere a Cristo" (Sacramentum Charitatis): sacramento de la presencia sacerdotal única y definitiva de Cristo. Como dijo el Papa en la Misa Crismal del año pasado, con la hondura, belleza y sencillez que le caracteriza, "nuestras manos han sido ungidas con el óleo, que es el signo del Espíritu Santo y su fuerza. ¿Por qué precisamente las manos? La mano del hombre es el instrumento de su acción, es el símbolo de su capacidad de afrontar el mundo, de 'dominarlo'. El Señor nos impuso las manos y ahora quiere nuestras manos para que, en el mundo, se transformen en las suyas. Quieren que ya no sean instrumentos para tomas las cosas, los hombres, el mundo para nosotros, para tomar posesión de él, sino que transmitan su toque divino poniéndose al servicio de su amor. Quieren que sean instrumentos para servir y, por tanto, expresión de la misión de toda la persona que se hace garante de él y lo lleva a los hombres". Ha tomado, en primer lugar, nuestras manos y ha puesto en ellas su propio Cuerpo entregado por los hombres, como vida del mundo, amor de los amores, para que lo traigamos a este mundo y lo llenemos de su amor desbordante en favor de todos. En la sagrada Eucaristía se da a sí mismo mediante nuestras manos, se da a nosotros. El gran y supremo servicio que Jesús nos presta a todos, como buen pastor que da la vida por sus ovejas, está en la cruz: se entrega a sí mismo y no sólo en el pasado. "Por eso, con razón, en el centro de la vida sacerdotal está la sagrada eucaristía, en la que el sacrificio de Jesús en la cruz está realmente presente entre nosotros. A partir de esto aprendemos también qué significa celebrar la Eucaristía de modo adecuado: es encontrarnos con el Señor, que por nosotros se despoja de su propia gloria divina, se deja humillar hasta la muerte en la cruz y así se entrega a cada uno de nosotros. Es muy importante para el sacerdote la Eucaristía diaria, en la que se expone siempre de nuevo a este misterio; se pone siempre de nuevo a sí mismo en las manos de Dios, experimentando al mismos tiempo la alegría de saber que Él esta presente, me acoge, me levanta y me lleva siempre de nuevo, me da la mano, se da a sí mismo. La Eucaristía debe llegar a ser para nosotros una escuela de vida, en la que aprendamos a entregar nuestra vida. La vida no se da sólo en el momento de la muerte, y no solamente en el modo del martirio. Debemos darla día a día. Debo aprender día a día que yo no poseo mi vida para mí mismo. Día a día debo aprender a desprenderme de mí mismo, a estar a disposición del Señor para lo que necesite de mí en cada momento, aunque otras cosas me parezcan más bellas y más importantes. Dar la vida, no tomarla. Precisamente así experimentaremos la libertad. La libertad de nosotros mismos, la amplitud del ser. Precisamente así, siendo útiles, siendo personas necesarias para el mundo, nuestra vida llega a ser importante y bella. Sólo quien da su vida la encuentra" (Benedicto XVI, En la ordenación de Presbíteros, 7 de mayo, 2006). En este día, en que, unidos en la fraternidad sacramental del presbiterio con los obispos, rememoramos el misterio del don que hemos recibido por la imposición y unción de las manos inseparable de la Eucaristía, no podemos dejar de recordar aquellas consoladoras y alentadoras palabras de Jesús tras haber instituido la Eucaristía y el sacerdocio: "Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su amo; a vosotros os he llamado amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer" (Jn 15, 15). El Señor se pone en nuestras manos, nos transmite a cada uno de nosotros, sacerdotes, y pone en nuestras manos su misterio más profundo y personal: quiere que participemos de su poder de salvación, hagamos presente en medio de los hombres y para los hombres aquello que conmemoramos, es decir el misterio redentor, salvífico, de amor y reconciliación de la cruz para todos los hombres. Pero esto, como es obvio, requiere que nosotros, por nuestra parte, correspondamos a su amistad, es decir, seamos de verdad amigos del Señor, estemos unidos a Él, le escuchemos, hablemos con Él, le conozcamos día a día mejor en el trato de amistad de la oración, le busquemos y le encontremos donde se encuentra: en el sagrario donde está presente realmente Él, y en los pobres y los que sufren con los que se identifica; requiere que nosotros, por nuestra parte, como exhorta san Pablo, tengamos los mismos sentimientos de Jesús, el cual siendo de condición divina se despojó de su rango tomó la condición de esclavo, se rebajó y obedeció al Padre hasta la muerte y una muerte de cruz (Cf. Flp. 2). Ser amigos de verdad de Jesús requiere, pues, que nuestros sentimientos se conformen con sus sentimientos, y que nuestra voluntad se conforme con la suya, que en todo estuvo plegada a la de Dios, el Padre: ser de Dios es la manera única de ser enteramente, por completo, para los hombres. Este es y debiera ser nuestro camino de cada día: Conformarnos con Él, tener sus mismos sentimientos, intensificar la amistad con Él. Tener los mismos sentimientos y ser amigos de Jesús son dos realidades que se exigen y reclaman mutuamente. Vivir en comunión de pensamiento, de sentimiento, de voluntad y de obra es vivir en la amistad con Jesús; para ello, no lo olvidemos, es preciso conocer a Jesús de un modo cada vez más personal, escuchándolo, viviendo con Él, estando con Él. "El núcleo del sacerdocio es ser amigo de Jesucristo. Sólo así podemos hablar verdaderamente in persona Christi, aunque nuestra lejanía interior de Cristo no puede poner en peligro la validez del sacramento. Ser amigo de Jesús, ser sacerdote, significa, por tanto, ser hombre de oración. Así lo reconocemos y salimos de la ignorancia de los simples siervos. Así aprendemos a vivir, a sufrir ya obrar con Él y por Él. . . Ser sacerdote significa convertirse en amigo de Jesucristo, y esto cada vez más con toda nuestra existencia. El mundo tiene necesidad de Dios. . . del Dios de Jesucristo, del Dios que se hizo carne y sangre, que nos amó hasta morir por nosotros, que resucitó y creó en sí mismo un espacio para el hombre. Este Dios debe vivir en nosotros y nosotros con Él. Esta es nuestra vocación sacerdotal: sólo así nuestro ministerio sacerdotal puede dar fruto" (Benedicto XVI, Misa Crismal, 2006) . Avivar y tener los sentimientos de Cristo, mantener y avivar la amistad con Él, es una llamada que hoy, en esta Misa Crismal, se nos dirige a todos. Para ello es necesario, imprescindible, fortalecer y avivar nuestra comunión con la Iglesia, Cuerpo de Cristo, esposa de Cristo, sacramento de su presencia, inseparable de su Cabeza y su Señor, que es Jesucristo. Hermanos, "el horizonte, además, de los sentimientos y de la amistad en la que Jesús nos introduce es la humanidad entera, pues quiere ser para todos el Buen pastor que da su vida, y lo subraya con fuerza en el discurso del buen Pastor que vino para reunir a todos, no sólo al pueblo elegido, sino a todos los hijos de Dios dispersos. Por eso nuestra solicitud pastoral no puede menos de ser universal", de ser misionera para salir siempre de nuevo a los caminos y, de parte de Dios, invitar a su banquete a todos los que hasta ahora no han oído hablar nada de Él, o no han sido tocados interiormente por Él, o se han alejado voluntaria o involuntariamente de Él y andan extraviados. Permitidme por último, queridos hermanos sacerdotes, queridos seminaristas, queridos hermanos y hermanas en el Señor, que comparta con todos la gran preocupación por las vocaciones al sacerdocio ministerial. Está siendo ya angustiosa en algunas diócesis, con las que nos sentimos solidarios, la escasez de sacerdotes, sin los que no hay Eucaristía, y sin la que no hay Iglesia. El Papa en su Exhortación Apostólica nos apremia ante esta urgencia a todos. "La pastoral vocacional, dice, tiene que implicar a toda la comunidad cristiana en todos sus ámbitos. En este trabajo pastoral capilar se incluye también la acción de sensibilización de las familias, a menudo indiferentes si no contrarias incluso a la hipótesis de la vocación sacerdotal… Hace falta sobre todo tener la valentía de proponer a los jóvenes la radicalidad del seguimiento de Cristo, mostrando su atractivo… Aunque en algunas regiones haya escasez de clero, nunca debe faltar la confianza de que Cristo sigue suscitando hombres que, dejando cualquier otra ocupación, se dediquen totalmente a la celebración de los sagrados misterios, a la predicación del Evangelio y al ministerio pastoral" (Sacramentum Charitatis, 2526). Concluyo. Queridísimos hermanos sacerdotes: "Jesús asumió nuestra carne. Démosle nosotros la nuestra, para que de este modo pueda venir al mundo y transformarlo" (Benedicto XVI). Una vez más os repito el texto de la Carta a los Hebreos que hoy leemos en el Oficio de Lecturas, no lo olvidemos, tengámoslo siempre muy presente, particularmente en los tiempos que vivimos: "Una nube ingente de testigos nos rodea: por tanto quitémonos lo que nos estorba y el pecado que nos ata, y corramos la carrera que nos toca, sin retirarnos, fijos los ojos en el que inició y completa nuestra fe: Jesús, que, renunciando al gozo inmediato, soportó la cruz, despreciando la ignominia, y ahora está sentado a la derecha del trono de Dios. Recordad al que soportó la oposición de los pecadores, y no os canséis ni perdáis el ánimo. Todavía no habéis llegado a la sangre en vuestra pelea contra el pecado" (Heb 12). Que la Virgen María, en cuyo seno Cristo tomó nuestra carne, os proteja y guíe. Nos ayude y auxilie a todos. Amén. |