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Año 2007
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JUEVES SANTO "IN COENA DOMINI" Homilía del Sr. Cardenal Arzobispo de Toledo en la Catedral Primada, el 5 de abril Muy queridos hermanos sacerdotes, estimadas y dignas autoridades, hermanos y hermanas muy queridos en el Señor: La noche en que iba a ser entregado, la víspera de su Pasión, Jesús, mientras cenaba con sus discípulos la cena Pascual, tomó pan en sus manos, y después de pronunciar la bendición, lo partió, y lo dio a sus discípulos, diciendo: "Esto es mi cuerpo que será entregado por vosotros". Acabada la cena, tomó un cáliz lleno de vino, dio gracias, se lo dio y todos bebieron de él. y dijo: "Ésta es mi sangre de la alianza, que es derramada por muchos". Esto es lo que este atardecer nos congrega en todas las partes del mundo: la celebración de la última Cena en la que Jesús instituyó la Eucaristía, anticipación y aplicación del sacrificio de la Cruz y de la victoria de la resurrección. Aquí, en estas palabras de Jesús, en este acontecimiento que se perenniza en el misterio eucarístico hasta que el Señor vuelva, se concentra y resume toda la historia de Dios con el hombre, toda la historia de la salvación, la entera historia de amor de Dios en favor de los hombres. Lo que Jesús dice es el acontecimiento central de la historia del mundo y de nuestra vida personal. Todo está ahí y todo se resume ahí. Además, no sólo recuerdan y reinterpretan el pasado, sino que también anticipan el futuro, la venida del Reino de Dios. Con toda la Iglesia, pues, al tiempo que celebramos este memorial, hoy meditamos en el decisivo acto de amor con el que Jesús, en aquella imperecedera Cena, anticipó su propia muerte, la aceptó en su interior y la transformó en un acto de amor, en la única revolución realmente capaz de renovar al mundo y de liberar al hombre, venciendo el poder del pecado y de la muerte. En la institución de la Eucaristía en el contexto pascual israelita de la última Cena, ", "Jesús manifiesta el sentido salvífico de su muerte y resurrección, misterio que se convierte en el factor renovador de la historia y del cosmos. En efecto, la institución de la Eucaristía muestra cómo aquella muerte, de por sí violenta y absurda, se ha transformado en Jesús en un supremo acto de amor y liberación definitiva del mal para la humanidad" (Benedicto XVI, Sacramentum Charitatis, 10). Para llevar a cabo esta meditación y adentrarnos en el abismo de grandeza, de belleza y de amor insondable e infinito del misterio eucarístico, para que lo celebremos bien y lo vivamos, el Papa Benedicto XVI nos ha regalado a toda la Iglesia el pasado 22 de febrero la Exhortación Apostólica Postsinodal "Sacramentum Charitatis". Además de invitaros a que la leáis todos, os pido encarecidamente, de rodillas si es preciso, a que la apliquemos a nuestras vidas y comunidades y la pongamos enteramente en práctica en nuestra diócesis. Mirad y escuchad atentos cómo comienza este importantísimo texto del Papa, prolongación de otros textos de Juan Pablo II y de su propia Encíclica "Deus charitas est". Dice así: "Sacramento de caridad, la Santísima Eucaristía es el don que Jesucristo hace de sí mismo revelándonos el amor infinito de Dios por cada hombre. En este admirable Sacramento se manifiesta el amor 'más grande', aquél que impulsa a 'dar la vida por los propios amigos'. En efecto, Jesús 'los amó hasta el extremo'. Con esta expresión el evangelista presenta el gesto de infinita humildad de Jesús: antes de morir por nosotros en la cruz, ciñéndose una toalla, lava los pies a sus discípulos. Del mismo modo, en el Sacramento eucarístico Jesús sigue amándonos 'hasta el extremo', hasta el don de su cuerpo y de su sangre. ¡Qué emoción debió embargar el corazón de los Apóstoles ante los gestos y palabras del Señor durante aquella Cena! ¡Qué admiración ha de suscitar también en nuestro corazón el Misterio Eucarístico! En el Sacramento del altar, el Señor va al encuentro del hombre, creado a imagen y semejanza de Dios, acompañándole en su camino. En efecto, en este Sacramento el Señor se hace comida para el hombre hambriento de libertad. Puesto que sólo la verdad nos hace auténticamente libres, Cristo se convierte para nosotros en alimento de la Verdad… Todo hombre lleva en sí mismo el deseo inevitable de la verdad última y definitiva. Por eso, el Señor Jesús, 'el camino, la verdad y la vida', se dirige al corazón anhelante del hombre que suspira por la fuente de la vida, al corazón que mendiga la Verdad… En particular, Jesús nos enseña en el sacramento de la Eucaristía la verdad del amor, que es la esencia del mismo Dios. Ésta es la verdad evangélica que interesa a cada hombre y a todo el hombre. Por eso la Iglesia, cuyo centro vital es la Eucaristía, se compromete a anunciar a todos, 'a tiempo y a destiempo', que Dios es amor" (SCh, nn. 1-2). La Iglesia lleva a cabo este anuncio, en obras y palabras, sin separarlo de la celebración, participación, adoración y asimilación en la vida de la Eucaristía. La Eucaristía, como proclamamos tras el relato de la Cena en cada santa Misa, es sacramento o "misterio de la fe" por excelencia: es el compendio y la suma de la fe. Porque la Eucaristía es Cristo: Cristo mismo en persona, Cristo que se ofrece al Padre por nosotros para la redención nuestra, Cristo que se nos da enteramente para hacernos partícipes de los dones de Dios y de su salvación, de Él mismo en quien Dios nos lo da todo, para que tengamos vida, la suya, y vivamos en su amor, como Él nos ha amado. "En la Eucaristía, Jesús no da 'algo', sino a sí mismo; ofrece su cuerpo y derrama su sangre. Entrega así toda su vida, manifestando la fuente originaria de este amor divino. Es el Hijo eterno que el Padre ha entregado por nosotros" (SCh,7) La fe y la vida de la Iglesia es esencialmente fe y vida eucarística y se alimenta de modo particular en la mesa de la Eucaristía. "El Sacramento del altar está siempre en el centro de la vida eclesial; 'gracias a la Eucaristía, la Iglesia renace siempre de nuevo'. Cuanto más viva es la fe eucarística en el Pueblo de Dios, más profunda es su participación en la vida eclesial a través de la adhesión consciente a la misión que Cristo ha confiado a sus discípulos. La historia de la Iglesia es testigo de ello. Toda gran reforma está vinculada de algún modo al redescubrimiento de la fe en la presencia eucarística del Señor en medio su pueblo" (SCh, 6). El presente y el futuro de la Iglesia está en la Eucaristía; el presente y el futuro de la aportación propia de la Iglesia a la humanidad está en la Eucaristía. Avivar y fortalecer la fe eucarística y el sentido eucarístico en los fieles y en las comunidades es donde tenemos la garantía de servir a los hombres y hacerles partícipes del don de Dios, siempre presente en la Eucaristía. Esto es clave, queridos hermanos, para la revitalización de la Iglesia. Por ello es tan decisivo para la vida de la Iglesia y del mundo la Eucaristía dominical. Pensad en los mártires de los primeros siglos: no dejaban la celebración eucarística, aunque les costase la vida; porque en la Eucaristía misma les iba la vida. Pensad en Santa Teresa de Jesús, la gran reformadora de todos los tiempos: en el centro de sus carmelos, la Eucaristía, el sagrario. Pensad también en la Beata madre Teresa de Calcuta; ella y sus hijas encuentran la fuente y el sentido de todo el sentido de su actuación de amor con un amor tan gigantesco y heroico en la Eucaristía. (Me ha conmovido que nos hayan pedido a nuestra diócesis, para poder fundar una comunidad en Etiopía, en el lugar más terriblemente pobre del mundo, territorio musulmán, donde no hay cristiano alguno, que les concedamos un sacerdote, porque sin la Eucaristía no podrían estar y servir en medio de los pobres más pobres de la tierra; comprenderéis que haya accedido a su petición). Necesitamos la Eucaristía, necesitamos una Iglesia cada día más intensamente eucarística, si queremos una Iglesia que ame y muestre el amor inconmensurable de Dios en favor de los más necesitados, pues si no ama, si no es testigo de Dios vivo que es amor, ¿qué sentido y papel desempeñaría? Necesitamos una Iglesia, que, en todos y cada uno de sus miembros y comunidades, tenga cada día más en su centro la Eucaristía: que participe en la Misa dominical, que visite al Señor en el sagrario, que adore el Santísimo; sólo así será una Iglesia con proyección misionera, una Iglesia que evangelice, una Iglesia apostólica. La Eucaristía es fuente de amor, de servicio, de apostolado. "En la medida en que nos alimentemos de Cristo y estamos enamorados de Él, sentimos también dentro de nosotros el estímulo de llevar a los demás a Él, pues no podemos guardar para nosotros la alegría de la fe; debemos transmitirla. Esta necesidad resulta aún más fuerte y urgente a causa del extraño olvido de Dios que existe hoy en amplias partes del mundo, y, en cierta medida, aquí <en España>. De este olvido nace mucho ruido efímero, muchas tensiones, una gran insatisfacción y un sentido de vacío" (Benedicto XVI), una gran indigencia en el mundo: la indigencia del amor que sólo en Dios encontramos plenamente y que solamente Él puede llenar hasta saciar. Sin la Eucaristía no habrá vida de caridad en la Iglesia. Debilitar la vida eucarística, es debilitar el testimonio de la caridad. "Cada celebración eucarística actualiza sacramentalmente el don de la propia vida que Jesús ha hecho en la Cruz por nosotros y por el mundo entero. Al mismo tiempo, en la Eucaristía Jesús nos hace testigos de la compasión de Dios por cada hermano y hermana. Nace así, en torno al Misterio eucarístico, el servicio de la caridad para con el prójimo, que consiste en que, en Dios y con Dios, amo también a la persona que no me agrada o ni siquiera conozco. Esto sólo puede llevarse a cabo a partir del encuentro íntimo con Dios, un encuentro que se ha convertido en comunión de voluntad, llegando a implicar el sentimiento. Entonces aprendo a mirar a esta otra persona no ya sólo con mis ojos y sentimientos, sino desde la perspectiva de Jesucristo. De este modo, en las personas que encuentro reconozco a hermanos y hermanas por los que el Señor ha dado su vida amándolas hasta el extremo. Por consiguiente, nuestras comunidades, cuando celebran la Eucaristía han de ser cada vez más conscientes de que el sacrificio de cristo es para todos y que, por eso, la Eucaristía impulsa a todo el que cree en Él a hacerse 'pan partido' para los demás, y, por tanto, a trabajar por un mundo más justo y fraterno. Pensando en la multiplicación de los panes y de los peces, hemos de reconocer que Cristo sigue exhortando también hoy a sus discípulos a comprometerse en primera persona: 'dadles vosotros de comer'. En verdad, la vocación de cada uno de nosotros consiste en ser, junto con Jesús, Pan Partido Para la vida del mundo" (SCh 88). Que Dios nos aumente la fe en la Eucaristía. Que Dios nos conceda vivir de la Eucaristía. Amén |