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Año 2007
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VIERNES SANTO CELEBRACIÓN DE LA PASIÓN DEL SEÑOR
Homilía del Sr. Cardenal Arzobispo de Toledo, en S. I. Catedral Primada, el 6 de abril Queridos hermanos y hermanas en el Señor: La mirada y el corazón de la Iglesia están fijos en el Señor Crucificado. Hemos escuchado el relato de la Pasión según san Juan. Ha llegado y se ha cumplido la “hora" de Jesús. Ha sido levantado el Hijo del Hombre. Tras una parodia de proceso, el Justo ha sido condenado por leyes humanas: lo han condenado a muerte; han ajusticiado a Dios. Como tantos condenados a lo largo de los siglos: inocentes, indefensos, en el desvalimiento más total. En Jesús, como nos muestra este relato estremecedor de la Pasión, palpamos y vemos la gravedad de la miseria, del vacío y del pecado del hombre. En Jesús, humillado, destrozado y colgado del madero ignominioso de la cruz, como un "varón de dolores", contemplamos a Dios que, porque ama tanto a los hombres, ha entregado su vida en su Hijo, ha entregado a su único Hijo. La sangre de la cruz es la sangre de Dios. Ahí está la verdad de Dios, ahí está Dios: Dios es amor. Ahí está la verdad del hombre: amado por Dios hasta el infinito, más no se puede dar; rescatado por la Sangre del Cordero degollado y sin mancha; es la "sangre de Dios: eso es lo que vale el hombre. "He aquí al hombre", dice Pilato; "he aquí a Dios", podríamos añadir hoy nosotros. Ha venido para ser Rey, ha venido para dar testimonio de la verdad. "Rey de los judíos", reza la tablilla en latín griego y hebreo de la sentencia. Esa es su realeza: dar testimonio de la verdad de Dios, Creador y Redentor, y de la verdad del hombre, creado y redimido, dignificado en su creación, humillado y roto por el pecado, liberado por el amor redentor. "Este es el madero de la Cruz, donde cuelga la salvación del mundo entero: Venid, adoradle", diremos dentro de un momento en la siempre estremecedora adoración de la Cruz. ¿Pero es que se puede adorar algo semejante, tan vejatorio y humillante? ¿Qué sentido tiene adorar, exaltar la"'cruz?"¿Acaso no es escandaloso venerar un patíbulo infamante? Dice el Apóstol san Pablo: 'Nosotros predicamos a Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los gentiles'. Pero los cristianos no exaltan ni adoran una cruz cualquiera, sino la cruz que Jesús santificó con su sacrificio, fruto y testimonio de inmenso amor. Cristo en la cruz derramó toda su sangre para librar a la humanidad de la esclavitud del pecado y de la muerte. Por tanto, de signo de maldición la cruz se ha transformado en signo de bendición, de símbolo de muerte en símbolo del Amor que vence el odio y la violencia y engendra la vida inmortal. ¡Oh Cruz, esperanza única!, como canta la liturgia" (Benedicto XVI) La Iglesia guarda y custodia celosamente le memoria de este acontecimiento único de la crucifixión de Jesucristo, de la cruz de Cristo. En el Credo, tras haber confesado que el Hijo de Dios "se encarnó en el seno de María, la Virgen, y se hizo hombre", confiesa inmediatamente: "Fue crucificado por nosotros en tiempo de Poncio Pilato, murió y fue sepultado". Muriendo, Jesús se ha metido de lleno en la experiencia dramática de la muerte como ha sido construida por nuestros pecados. Pero, muriendo, Jesús ha llenado y colmado de Amor el morir, y, además, lo ha llenado de la presencia de Dios, que es amor: con la muerte de Cristo la muerte, entonces, ha sido vencida, porque Cristo ese vacío y esa nada de la muerte la ha llenado hasta el colmo de la fuerza opuesta al pecado que la ha originado: Jesús la ha colmado del Amor. He aquí a Dios, he aquí al Hombre. Nos encontramos en plena pasión de Cristo, como hemos escuchado en el relato de san Juan. Ha sido traicionado y entregado. Ha sido llevado ante los sumos sacerdotes. De Anás y Caifás a Pilatos. Se va a dar la sentencia, sin defensa. Ya está predeterminada la condena: Reo es de muerte. Los acusadores intuyen la debilidad de Pilato y por eso no ceden. Con determinación reclaman la muerte de cruz, la más cruel y más ignominiosa, la reservada para los casos de mayor delito. Las medias medidas, a las que Pilatos recurre, no lo ayudan. No es suficiente la cruel pena de la flagelación infligida al Acusado. Cuando el Procurador Romano presenta a la muchedumbre a Jesús flagelado coronado de espinas parece buscar una palabra, que, a su entender, debería doblegar la intransigencia de la plaza. Señalando a Jesús dice: "Ecce homo", "He aquí al hombre" . Con estas palabras presenta Pilato a Jesús ante la multitud. Está lleno de golpes por la flagelación y coronado de espinas. Humillado, maltratado, vejado, lleno de salivazos, despreciado, herido, ensangrentado, burlado: ése es su rostro. Ese es el rostro del hombre, que El asume. El rostro desfigurado del hombre. Sin saberlo, Pilato pronunció una palabra profética: Jesús, el Hombre; la verdad del hombre, vejado y destruido, pero asumido por Dios en su Hijo, amado hasta el extremo, no desamparado, vinculado sin posibilidad de rompimiento a Dios por parte de Dios mismo. Ahí, en esa humanidad de Jesús, que es la nuestra, tenemos la impotencia humana, está reducido a la impotencia, pero ahí mismo en esa comparecencia, con ese rostro doliente y condenado, está actuando ya la omnipotencia del amor de Dios. He aquí al Hombre: El Hombre nuevo que, a través del camino de la obediencia hasta la cruz cargada sobre sus hombros, restituye la dignidad y la imagen perdidas. El Hombre verdadero que se entrega sin reservas por los demás; desfigurado por la maldad del pecado y por el egoísmo de los hombres, pero confiando al mismo tiempo en la fuerza del amor de Dios, fiel a su voluntad, entregado a su querer divino. Ahora aparece como un Hombre abandonado, condenado y ultrajado, va a ser clavado en la cruz, a merced de sus enemigos. Los poderosos unidos contra El. Es la hora de las tinieblas, del silencio de la muerte. Pero es también la hora de Dios: la hora en la que cargando con nuestros pecados y miserias, la hora en que identificándose con todos los que sufren, Dios muestra su cercanía al hombre. Nunca hemos visto a Dios tan cercano a los últimos y miserables, como ahora, cuando sufre esta pasión, cuando se da la sentencia, cuando es condenado a muerte por los hombres. Convenía que uno muriese, que El muriese, por todo el pueblo, para que el pueblo se salve. El es nuestra salvación. Jesús, manso y humilde de corazón, que se despojó de su rango, se humilló hasta la ignominia y rebajamiento de una pasión tan ultrajante, vejatoria y cruel, y una muerte de Cruz, Él es la salvación. El que cuelga del madero es nuestra salvación. En Él, además, tenemos la respuesta a la inquietante pregunta: ¿Quién es Dios? ¿A Dios le es indiferente el destino humano? Un obstáculo para la adhesión de bastantes, incluso de bautizados, de cristianos, al mensaje de la cruz, sabiduría y poder de Dios, es pensar que a Dios le es indiferente el destino de los hombres, que El está tan fuera y tan por encima y al margen de los hombres y de sus asuntos y sufrimientos que ni se ocupa de ellos, ni le importan, ni mucho menos, se compromete con ellos. A esta manera de pensar suele unirse la negación o el desconocimiento del estado de la miseria extrema en que se encuentra la humanidad, y del que piensan pueden salir sin la intervención de Dios; piensan que el hombre no tiene necesidad de redención: sus deficiencias son, unas connaturales a su finitud, y otras son poco a poco remediables por la propia intervención del hombre. A propósito de esto, Juan Pablo II nos dijo en su obra "Cruzando el umbral de la esperanza": "Dios no es solamente alguien que está fuera del mundo, feliz de ser en sí mismo el más sabio y omnipotente. Su sabiduría y omnipotencia se ponen por libre elección al servicio de las criaturas. Si en la historia humana está presente el sufrimiento, se entiende entonces por qué su omnipotencia se manifestó con la omnipotencia de la humillación mediante la cruz. El escándalo de la cruz sigue siendo la clave para la interpretación del gran misterio del sufrimiento, que pertenece de modo tan integral a la historia del hombre. En eso concuerdan incluso los críticos contemporáneos del cristianismo. Incluso esos ven que Cristo crucificado es una prueba de la solidaridad de Dios con el hombre que sufre… Si no hubiese existido la agonía (de Jesús) en la cruz, la verdad de que Dios es Amor estaría por demostrar". Ahí, pues, tenemos la verdad de Dios, porque ahí está la prueba de su amor. Su Hijo único, muy amado, aceptó sobre sus hombros los trabajos de la salvación. Siervo doliente e inocente que se dejó llevar en silencio al patíbulo, abrumado por el pesado fardo de nuestros crímenes. Cordero inocente, sin mancha, que cargó con el peso de los pecados de las multitudes, de nuestros pecados, de los míos y los tuyos, los de todos, que tanto pesan, fatigan y destruyen. ¡Cuán humano es en este su dolor, qué lejano de todo sueño de grandeza y qué cercano, sin embargo, de la fragilidad de nuestros naufragios, qué hermano y amigo en las experiencias diarias de nuestros sufrimientos y de nuestros límites! Nada en Él corresponde al mito del héroe, a las insensatas pretensiones de la supremacía de una raza, de un pueblo o de un grupo, que no han dejado de producir a lo largo de la historia tragedias irremediables de violencia, opresión y muerte. En su pasión y su cruz nos ayuda a no avergonzarnos de nuestros cansancios, ya tomar fuerzas con El para no renunciar a amar ya esperar cuando el peso del fracaso o la amargura de la prueba parecen negar todo nuestro futuro. Donde el corazón querría huir, Cristo, Señor humillado, camina todavía con nosotros y nos hace capaces de esperanza más allá de todo cansancio, para abrirnos con Él a la imposible posibilidad de Dios, fiel garante del futuro, incluso de la esperanza que muere. En la Cruz se revela el abismo sin fondo del ser de Dios, que es Amor, el sentido de la vida humana y de la creación. Por eso no queremos saber otra realidad que a Cristo y Éste crucificado, y no podemos gloriarnos si no es en la cruz de Cristo, ni recobrar la esperanza si no es en su Pasión. |