Año 2007


 

SOLEMNE VIGILIA DE PASCUA

DE LA RESURRECCIÓN DEL SEÑOR

 

Homilía del Sr. Cardenal Arzobispo en la S. I. Catedral Primada,

el 7 de abril

Queridos hermanos y hermanas en el Señor: La gran Vigilia Pascual de esta noche nos hace revivir el acontecimiento más decisivo, el verdaderamente decisivo e irrevocable, siempre actual, de la Resurrección de Jesucristo. Misterio central de la fe cristiana: "Si Cristo no ha resucitado vana es nuestra fe, vana es nuestra predicación". Pero también es clave y decisivo para todo hombre que viene a este mundo y para el cosmos entero: porque si Cristo no ha resucitado vana sería la vida del hombre, vana sería toda la historia humana, vano sería, aún, el desarrollo del cosmos.

      Noche dichosa, de luz gozosa que brilla en la oscuridad de de este mundo, entenebrecido por la oscuridad de la muerte, consecuencia del pecado del hombre. Como aquí, en todas las iglesias del mundo, en medio de la noche, se ha encendido el fuego del que se han prendido innumerables cirios pascuales para simbolizar la luz de Cristo que ilumina a toda la humanidad sumida bajo las tinieblas del mal y las ha vencido para siempre. Ha brillado sobre el mundo entero la Luz eterna que ha vencido a la muerte: Jesucristo. La profunda noche del pecado y la separación de Dios en que los hombres hemos caído, y caemos todavía, es vencida por Jesucristo, la Luz que alumbra a todo hombre, luz que disipa las tinieblas del corazón y del espíritu. Es la luz del Señor del tiempo, que está por encima de todo tiempo: El mismo ayer, hoy y siempre.

      Toda la noche, como toda la historia, queda dominada por esta noticia: "¡Ha resucitado!" La misma noticia que asombró a las dos mujeres que muy de madrugada iban al sepulcro donde había sido puesto, con prisas, el cuerpo de Jesús para darle el bálsamo y los aromas que no habían podido darle al bajarlo de la cruz. Acudían tristes, desconsoladas y cariacontecidas, sin esperanza, al sepulcro; encontraron movida la piedra y el sepulcro vacío; perplejas y confusas, despavoridas, les salen al encuentro dos hombres con vestidos refulgentes y les dicen: "¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado". Desde aquella madrugada, estas palabras siguen resonando por todas las partes, en todas las épocas y en todos los lugares de la tierra, hasta hoy, y seguirán resonando como anuncio insólito, alentador como ningún otro, cargado de toda la esperanza como jamás se pudiera pensar, impregnado siempre de nuevos e infinitos ecos que abren un sentido siempre renovado y revitalizador para el mundo y los hombres. El mundo no sería lo que es sin este acontecimiento, aunque se empeñe en negarlo y rechazarlo. ¿De qué le serviría al hombre haber nacido si Cristo no hubiese resucitado? Seguiría, hermanos, en la más grande de las miserias, sujeto al imperio de la muerte y del pecado.

      Los hombres, entonces, también ahora, han querido eliminar al que es el Autor de la Vida; han querido que desapareciese el Hijo de Dios de entre los hombres. Sellaron su sepulcro con una gran losa. Pensando que todo había acabado. Pero el sepulcro no puede retenerlo, ni la losa de la muerte y de la tumba va a poder mantenerlo bajo su dominio. Dios no ha muerto, el Hijo de Dios vive. El Hijo de Dios no ha quedado en el sepulcro, porque no podía permanecer bajo el dominio de la muerte, y la tumba no podía retener al que vive, al que es la fuente misma de la vida; Dios no deja a su Hijo, a su fiel que aprendió sufriendo a obedecer, bajo el dominio de la corrupción. El cuerpo exánime de Jesús no ha quedado en el sepulcro, no ha conocido la corrupción, pertenece al mundo de los vivos, "ha sido traspasado por el aliento vital de Dios y, rotas las barreras del sepulcro, ha resucitado glorioso. Por esto, los ángeles proclaman: 'No está aquí'; ya no se le puede encontrar en la tumba. Ha peregrinado en la tierra de los hombres, ha terminado su camino en la tumba, como todos, pero ha vencido a la muerte y, de modo absolutamente nuevo, por un puro acto de amor, ha abierto la tierra de par en par hacia el Cielo" (Benedicto XVI). "¡Qué noche tan dichosa, hermanos, en que se une el cielo con la tierra, lo humano y lo divino!"

      Por la realidad de la Pascua de Cristo, por su resurrección gloriosa, gracias al Bautismo, somos incorporados al mismo Jesucristo que vive vencedor de la muerte: Él es nuestra resurrección; su vida está en nosotros; también nosotros participamos de la vida nueva en Dios y con Él. El Bautismo significa que la resurrección de Jesucristo no es un asunto del pasado, sino un salto cualitativo de la historia que llega hasta mí, tomándome para atraerme. El Bautismo es algo muy diverso de socialización eclesial, de un ritual para acoger a las personas en la Iglesia. También es más que una simple limpieza, una especie de purificación y embellecimiento del alma. Es realmente muerte y resurrección, renacimiento, transformación en una nueva vida" (Benedicto XVI), incorporación a Cristo que vive, a su vida a su amor que es Él y en Él está. Por el Bautismo, Cristo que vive, Cristo vencedor de la muerte y del pecado, Cristo Señor, está en nosotros, vive en nosotros. Somos bautizados, somos en Cristo: el bautizado puede decir con toda verdad, al igual que Pablo, "no soy yo quien vive es Cristo quien vive en mí"; "para mí la vida es Cristo"; por el Bautismo mi propio yo es insertado en un sujeto más grande: Cristo; mi yo, mi persona, queda transformada, abierta por la inserción en Cristo, unida a la de Cristo; mi vida, unida a la de Cristo, queda entroncada en la inmensidad de Dios, y trasladada al Reino de Dios, en la que Dios actúa, en la que se vive por su amor y para amar en una vida nueva con el amor mismo de Dios. Por el bautismo han sido disipadas en nosotros las tinieblas de la vida vieja del pecado y de las obras según la carne; hemos renacido a la vida nueva del Resucitado, luz de los hombres, la vida en Dios y con Dios, la vida nueva de los cielos, la vida en unión con el querer divino, con el Amor que es Dios, la vida nueva del Espíritu que ha resucitado a Jesús de entre los muertos. "Quedamos así asociados a una nueva dimensión de la vida en la que, en medio de las tribulaciones de nuestro tiempo, estamos ya de algún modo inmerso… Al Señor resucitado nos sujetamos, y sabemos que Él nos sostiene firmemente cuando nuestras manos se debilitan. Nos agarramos a su mano, y así nos damos la mano unos a otros, nos convertimos en un sujeto único, y no solamente en una sola cosa Si vivimos de este modo, transformamos el mundo. Es la fórmula de contraste con todas las ideologías de la violencia y el programa que se opone a la corrupción ya las aspiraciones del poder y del poseer" (Benedicto XVI), porque se rige por Dios, que es Amor, por el amor mismo de Dios. Vivamos, pues, dichosos, como bautizados en Cristo, vivamos como hijos de la luz, vivamos la vida nueva de Cristo. Somos criaturas nuevas, vivamos conforme a esta verdad. Todo cambia cuando es así.

      Hoy se cumple la promesa del Creador: "Abriré vuestros sepulcros, y os haré salir de vuestros sepulcros". "Hoy, también en esta época nuestra marcada por la inquietud, la incertidumbre, ‘y a veces el vacío de la nada’, revivimos el acontecimiento de la resurrección, que ha cambiado el rostro de nuestra vida, ha cambiado la historia de la humanidad. Cuantos permanecen todavía bajo las tinieblas del sufrimiento y la muerte, aguardan, a veces de modo inconsciente, la esperanza de Cristo resucitado" (Benedicto XVI). Seamos testigos de esta esperanza, seamos testigos y anunciadores, en obras y palabras, de la vida nueva que se nos ha otorgado en Jesucristo, seamos, con la fuerza del que ha resucitado a Jesucristo de entre los muertos, testigos y edificadores de una humanidad nueva, hecha de hombres y mujeres nuevos, conforme a Jesucristo, que vive y reina, glorioso, por los siglos de los siglos.

      A todos, queridos hermanos y hermanas, os deseo toda la felicidad que surge de la resurrección de Jesucristo, os felicito en la Pascua de Resurrección con el deseo de que la paz y la vida, la esperanza, que surge con Él esté con cada uno de vosotros y con vuestras familias. Que el infinito misterio de amor, que el Amor que ha brillado de manera insuperable en la resurrección de Jesucristo, y que se nos ha otorgado por la fe y el Bautismo, reine en vosotros. Así habrá un nuevo renacer, un nuevo amanecer de una humanidad nueva y renovada donde reine la paz, saludo, por lo demás, con el que saluda el Resucitado, y que yo, en esta Noche santa y feliz, os deseo de todo corazón: Que la paz sea con vosotros. Amén.