Año 2007


 

PASCUA DE RESURRECCIÓN DEL SEÑOR

 

Homilía del Sr. Cardenal Arzobispo en la Santa Misa, en la S. I. Catedral Primada

8 de abril de 2007

Queridos hermanos y hermanas en el Señor: Jesucristo, Hijo único de Dios hecho hombre, nacido de María por obra del Espíritu Santo, "padeció bajo el poder de Poncio Pilato, fue crucificado, muerto y sepultado, descendió a los infiernos, al tercer día resucitó de entre los muertos". Esta es nuestra fe, esta es la fe de la Iglesia que nos gloriamos de profesar en Cristo Jesús, Señor nuestro. Nos hemos acostumbrado a esta profesión de fe, a los hechos que en ella proclamamos y confesamos, y, tal vez, se nos ha embotado la mente y se ha rutinizado nuestra vida sin que nos percatemos de lo que estamos diciendo y de cuanto todo esto significa. La conciencia de estos hechos parece languidecida en la conciencia común, no sin consecuencias: también, en efecto, ha languidecido a la par el impulso vital que en otras épocas ha hecho superar a nuestro pueblo momentos verdaderamente difíciles; estamos, por esta pérdida, tal vez, sumidos en la atonía y faltos de coraje, cansados y sin recursos, para responder con decisión y confianza a los grandes desafíos de nuestra época. Pero estos hechos es lo que ha cambiado el mundo, la historia, todo, Ahí, en efecto, está todo el sentido de nuestra vida y de la historia humana; ahí está toda la fuerza y la fe que se necesita para transformar y renovar la historia de los hombres; ahí tenemos la victoria que vence al mundo: esta fe, que es la fe de la Iglesia, la fe y la vida, la herencia moral, que hemos recibido de nuestros padres. La fe eclesial que, confrontada con los hechos y desde el realismo que el mensaje cristiano exige verdaderamente, confiesa que "¡Jesucristo, muerto y sepultado, ha resucitado!" Cristo está verdadera, real y corporalmente vivo, y si ha entrado en la gloria invisible del Padre, no está, sin embargo, lejos de nosotros.

      ¿Qué significa esto? ¿Qué significa la resurrección? Cierto que es distinto, mucho más, que la vuelta de un muerto a la vida. Veamos. Jesús experimentó realmente la muerte en su totalidad, fue depositado en la fosa de la muerte, pero vive. No es el caso de un muerto que ha vuelto a la vida, como sucede, por ejemplo, con la hija de Jairo, con el joven de Naím o con Lázaro, que un día fueron devueltos a una vida terrena destinada a terminar más tarde con una muerte definitiva. Significa que Jesús, después de la resurrección, pertenece a una esfera de la realidad que, normalmente, se sustrae a nuestros sentidos. Significa que Jesús ya no pertenece al mundo perceptible por los sentidos, sino al mundo de Dios. El mismo Jesús, la misma persona que había sido ajusticiada dos días antes, vuelve a la vida de un modo nuevo, no al modo de un muerto reanimado. En su resurrección acontece "el salto más decisivo en absoluto hacia una dimensión totalmente nueva, que jamás se ha producido en la larga historia de la vida: un salto de un orden completamente nuevo, que nos afecta y que atañe a toda la historia".

      El Papa Benedicto XVI, con la claridad, belleza y hondura que le caracterizan, nos explica qué es lo que sucedió y qué es lo que significa. Escuchemos sus palabras: "Ante todo: ¿Qué sucedió? Jesús ya no está en el sepulcro. Está en una vida nueva del todo. Pero, ¿cómo pudo ocurrir esto? ¿Qué fuerzas han intervenido? Es decisivo que este hombre, Jesús, no fuera Él sólo, no fuera un yo cerrado en sí mismo. Él era uno con el Dios vivo; estaba de tal modo unido a Él que formaba con Él una sola persona. Se encontraba, por así decir, en un mismo abrazo con Aquél que es la vida misma, un abrazo no solamente emotivo, sino que abarcaba y penetraba su ser. Su propia vida no era solamente suya, era una comunión existencial con Dios y un estar insertado en Dios, y por eso no se podía quitar realmente. Él pudo dejarse matar por amor, pero justamente así destruyó el carácter definitivo de la muerte, porque en Él estaba el carácter definitivo de la vida. Él era una sola cosa con la vida indestructible, de manera que ésta brotó de nuevo a través de la muerte". Esto mismo, lo expresa el mismo Papa desde otro punto de vista diciendo: "Su muerte fue un acto de amor. En la última cena, Él anticipó la muerte y la transformó en el don de sí mismo. Su comunión existencial con Dios era concretamente una comunión existencial con el amor de Dios, y este amor es la verdadera potencia contra la muerte. La resurrección fue como un estallido de luz, una explosión del amor que desató el vínculo hasta entonces indisoluble del 'morir y devenir'. Inauguró una nueva dimensión del ser, de la vida, en la que también ha sido integrada la materia, de manera transformada, ya través de esa nueva dimensión surge un mundo nuevo" (Benedicto XVI).

      En la resurrección de Jesús tenemos la certeza de que, como Él mismo había anticipado ya en la Cena y en la Cruz, el amor es más fuerte que la muerte, ha superado la muerte. Esta superación ha acontecido únicamente en virtud de la potencia creadora de la palabra y del amor de Dios, cuyo poder lo abraza y penetra todo, incluso hasta el fondo último del cuerpo, se extiende a todo y a todos. Así, la fe en la resurrección es, inseparablemente, una profesión en la existencia real de Dios, es también una verdadera profesión de su creación, del "Sí" con que Dios se sitúa frente a la creación: En la Pascua Dios se revela a Sí mismo, revela su fuerza -superior a las fuerzas de la muerte-, revela la fuerza de su amor.

      "Cristo ha resucitado y nosotros hemos resucitado con Él": Esta es la gran noticia en la que se compendia el cristianismo, en la que se resumen todas las Escrituras y en la que desembocan los caminos de la historia, como se nos recordaba en las lecturas de la noche santa de la Vigilia Pascual. La Pascua de Jesús, su resurrección, es el acontecimiento más elevado y misterioso de la historia, donde se halla su centro y se encuentra su plenitud; y, al mismo tiempo por paradójico que parezca, es la realidad que está más próxima a nosotros, la que más íntimamente nos alcanza y cambia la vida del hombre; la que más profundamente nos toca, porque nos da la victoria más deseada por el hombre: la victoria de la vida sobre la muerte, de la alegría sobre el sufrimiento y la tristeza, del amor sobre el odio, la violencia y el miedo. Quien llore ante el destino del hombre, como ante un fracaso sin remedio, puede, a partir de este acontecimiento único, singular y universal, saltar de gozo y de asombro, porque la meta última y verdadera es la vida, el amor que no perece y permanece para siempre. Sería espantosa la vida humana si el silencio sepulcral del sábado hubiese durado para siempre y si la tumba de Cristo permaneciese todavía con la losa que la sellaba o con los restos corporales de Jesús. Entonces la muerte sería el abismo de la nada, y el amor no pasaría de ser una mera ilusión.

      Si Cristo no hubiese resucitado todo resultaría vano, vana nuestra fe y nuestra vida: nuestros pecados seguirían sin perdonar, y nadie podría liberarnos de los instintos de mal que pululan dentro de nosotros. Si no hubiésemos sido, si no somos incorporados a esta resurrección de Cristo, a la victoria sobre la muerte y la participación en su misma vida y en su gracia y amor, tampoco Jesús habría resucitado. Seguiríamos entonces siendo hombres sumidos en la miseria de la muerte y del pecado, y sin esperanza. No habría perspectiva de ver premiado el bien, tendrían razón los pícaros y los injustos, dispuestos a sacar el máximo provecho del momento para los intereses propios, por bastardos que fuesen. ¡Ay del pobre, del indefenso, del débil!, si no hubiese acaecido la resurrección de Cristo: no habría para ellos defensa que valga. Si no hubiese acaecido la Pascua de Cristo, ante el futuro o ante la muerte, no cabría más que la triste resignación sin esperanza o la rebelión inútil. Pero Cristo ha resucitado, su Pascua y nuestra Pascua han acontecido, nosotros podemos vivir y caminar en la esperanza.

      Por la fe y el Bautismo, por nuestra inserción consciente en la Iglesia, el Cristo total, entramos en contacto verdadero con Cristo resucitado. En Él y, por Él somos hecho un sujeto nuevo y trasladados, transformados, en nuevas criaturas; porque Jesús sigue viviendo, nosotros vivimos y viviremos; vivimos y viviremos la misma vida de Cristo, por la comunión existencial con Él, por estar insertos en Él, que es la vida misma. La Pascua, creída y vivida, reclama de nosotros que purifiquemos la conciencia de las obras muertas y vivamos y caminemos como hijos de la luz guiados y conducidos por el que es la Luz que permanece hasta el fin de los tiempos. El está con nosotros para hacernos partícipes de su vida divina, con el nuevo nacimiento del Bautismo, y hacernos capaces de amar y de obrar para el bien de los hermanos. Él está con nosotros todos los días hasta el fin del mundo, y nada ni nadie podrá separarnos de su presencia, de su vida y de su amor; por eso, ¿por qué tener miedo? ¿Qué nos puede pasar? ¿Qué mal nos van a hacer las cosas, qué daño nos va a hacer lo que pase en el mundo o las hostilidades e incomprensiones de los hombres que nos sucedan? El amor y la fuerza del Señor resucitado, tenedlo por seguro, vencerán en nosotros todo miedo, todo temor o debilidad que nos embargue.

      No podemos callar esta esperanza, no podemos silenciar este acontecimiento en el que le va el futuro al mundo entero. La fe en Cristo resucitado es algo tan decisivo y tan grande para todo hombre, para la sociedad, los pueblos, el cosmos mismo, que es preciso que lo demos a conocer, sobre todo, con la fuerza del testimonio de unas vidas transformadas por Él, de una nueva forma de vivir y de pensar, de una vida nueva bautismal, propias del mundo nuevo que con su Resurrección se ha inaugurado. Quien cree en la Pascua, esto es, en la Resurrección de Jesucristo, debe dejarla irradiar en todas las fibras de su ser y saberla anunciar a los otros con la fuerza de su voz y la energía de su espíritu. Esto es tan decisivo, tan fundamental para el futuro del hombre y para la renovación de la humanidad que es preciso y apremiante lanzarse a mostrarlo con obras y palabras, con todo ardor y con total decisión, sin cortapisas, con toda la confianza y fuerza de los testigos, con la valentía y libertad de quien sabe y ha experimentado en carne propia que es cierto que ahí se juega la vida y el futuro del hombre, de cada hombre, y de la sociedad.

      Nuestro testimonio, si es íntegro y operativo, no dejará de suscitar inquietudes saludables en muchos que disipan sus días persiguiendo valores que parecen de progreso y son, sin embargo, deshumanizadores. La Pascua, la fe pascual nos impulsa a los cristianos a mostrar con fuerza que es posible y estamos a tiempo de reconstruir una sociedad basada en la verdadera convivencia de las gentes y los pueblos donde justicia y libertad encuentren un auténtico equilibrio, donde la solidaridad no sea conflictiva, donde se afirme la verdad porque se cree en ella, donde los intereses de las partes sociales no atenúen en modo alguno la solicitud por el bien común.

      Todos, sin excepción, tenemos una gran necesidad, dramática necesidad, del Resucitado y de la misma Resurrección, porque nuestra civilización que, o bien la ha querido olvidar o bien la niega, está quebrándose y deshaciendo por todas las partes. Por este olvido se niega también la creación y la verdad. Así, en nuestros días, estamos asistiendo, impasibles y ciegos, ante el emerger de una nueva antropología que se alza contra la realidad de las cosas, que es fruto del uso de la libertad humana, llevada ésta a límites abismales, y que se expresa, por ejemplo, en la llamada "ideología de género", o en la reinterpretación que, desde organismos internacionales y desde legislaciones o nuevas concepciones del derecho, se hacen de los mismos derechos fundamentales del hombre. Cuando se olvida o niega la Resurrección surge y se extiende, como ahora ya está ocurriendo sin darnos cuenta de sus consecuencias, una visión del mundo, una visión del hombre, una visión de Dios, un concepto del mundo y de la realidad completamente diferente de la revelación cristiana, válida y universal para todos. Esto está siendo uno de los acontecimientos más graves del momento que vivimos. Por eso, entre otros aspectos, hoy la Pascua nos pone de relieve un don y un compromiso. El don que el hombre de nuestros días espera y necesita no obstante toda su ceguera y toda la oscuridad en la que se le impide ver. Y un compromiso que debemos asumir los cristianos seriamente si queremos ser dignos de llamarnos con este nombre de "cristianos": Hacer presente el hombre nuevo y renovar la humanidad con la verdad del Evangelio de Cristo, con la luz del esplendor de la Verdad de la Pascua.

      Que la Pascua de Cristo nos libere de toda propensión al escepticismo y al relativismo o a la negación de la verdad, como si éstos fuesen valores y logros; que nos libere así mismo de la superficialidad de pensar que todas las visiones de las cosas son aceptables, que valen lo mismo y son indiferentes todos los modos de concebir al hombre y al mundo, que todas las antropologías y cosmovisiones son válidas, que todas las religiones son iguales o que toda manera de vivir y actuar merece igual consideración. Que nos haga apasionados buscadores de lo que es verdadero, de lo que es, de lo que salva. Que nos haga comprender que quien "realiza la verdad viene y está en la luz", la luz que es Cristo. Que la Pascua de Cristo, que la fe en la Resurrección, nos impulse a reafirmar la preciosidad y grandeza del hombre frente a Dios ya su dignidad. Que reavive nuestra esperanza, porque sabemos que, por Jesús resucitado, la humanidad no puede andar perdida, y que una gran novedad ha invadido la tierra desde aquella mañana de primavera en que, primero María Magdalena, y después Pedro y Juan encontraron el sepulcro vacío. ¡Feliz Pascua!