Año 2007


 

LA VIRGEN DE GUADALUPE, PATRONA DE EXTREMADURA

Homilía en la Santa Misa de Peregrinación a Roma

Basílica de San Pedro, 29 de mayo de 2007

Permitidme que mis primeras palabras sean para felicitaros por vuestro gran afecto filial, por vuestra cordial veneración y profunda devoción que tenéis hacia la Santísima Virgen María, en su advocación tan entrañable de Nuestra Señora Guadalupe, la Madre de Jesús, nuestro Dios y Señor, Patrona de Extremadura y Reina de las Españas. Por eso estáis aquí como peregrinos de la fe ante la tumba de San Pedro, presididos por la sagrada imagen de la Virgen de Guadalupe, réplica exacta de la que queda en el santuario y que, si Dios quiere, entregaremos mañana al Santo Padre. La Santísima Virgen María fue saludada por su prima Isabel con estas Palabras: “Dichosa Tú que has creído”; Ella es Madre de los creyentes; la mujer fiel que vive de la fe: II Aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra". Nosotros con Ella, todos, nos sentimos también inmensamente dichosos porque creemos. ¡Qué dicha, qué felicidad tan grande la de la fe! ¡Qué don tan grande el ser parte de la Iglesia! ¿Qué sería de nosotros, qué sería de Extremadura, de España, de la Humanidad entera sin la fe? ¿Qué sería de nosotros sin la Iglesia? No sabemos bien lo que tenemos con la fe! . Por eso hemos venido a Roma: para vivir e intensificar el gozo de ser Iglesia y reavivar en comunión con ella, para ratificar nuestra fe, la fe de la Iglesia, y ser confirmados en ella por quien nos preside a toda la Iglesia en la fe y en la caridad, el Papa Benedicto XVI. Damos gracias a Dios, junto a Pedro, porque nos ha concedido creer y nos ha dado la gracia de mantenernos en la comunión con la única fe que recibimos de los Apóstoles. Se lo debemos a María, a la que invocamos con el dulce nombre de "Virgen de Guadalupe”. Seríamos, con toda certeza, otra cosa sin la fe; e igualmente seríamos otra cosa sin la Virgen María. En 1907 el Papa San Pío X nos concedió el regalo de proclamarla Patrona de Extremadura; y ahora, cien años más tarde, las gentes extremeñas y los fieles hijos de la Virgen de Guadalupe queremos agradecer al actual Papa, Benedicto XVI, aquella gracia que sigue siendo aliento, esperanza y ánimo en nuestro camino. Muchos más años, cerca de mil quinientos, según la tradición, otro Papa, san Gregorio Magno, regaló a san Leandro, la imagen venerada en Guadalupe: queremos con el gesto de la entrega de la copia que entregaremos al Papa, agradecer todo lo que ha significado la Virgen de Guadalupe para España, Extremadura y América. ¡Cuántas gracias, Dios mío, en tantísimos años; cuántas gracias hemos recibido de Dios por María! En noviembre, se cumplirán los 25 años, de la visita del admirado, querido y siempre recordado Juan Pablo II a Guadalupe; allí rezó él, allí alentó a nuestras gentes extremeñas ya los emigrantes que tanto tienen que ver con nuestra tierra; nosotros le devolvemos la visita, y rezaremos agradecidos ante su tumba, con la certeza de que él nos va a acompañar con su súplica ante María, y nos va a bendecir.

      ¡Cómo lleva Extremadura, España entera en su corazón el amor a María! No en balde es tierra de María. ¡Cómo la queremos todos! A pesar de la secularización imperante, permanece en lo más vivo y hondo de este noble pueblo un sentido religioso y una confianza grande en la protección materna de María. Acudís a Ella porque brilla en nuestro camino, como signo de consuelo y de esperanza. Ella es la Madre de Jesús, y todo su gozo, gozo de madre nuestra, está en llevarnos hasta Jesús. En el fondo no se acude a María si no es para encontrar en Ella a Jesús y su salvación. Cuando le cantamos le rezamos la popular Salve le pedimos que nos muestre a Jesús, en quien está la salvación.

      Desde lo más hondo de nuestro ser, ésa es la salvación que esperamos: Jesucristo. La imagen venerada de la Virgen de Guadalupe tiene en sus brazos a su Hijo. Quien se acerca a María que nos muestra a Jesús, fruto bendito de su vientre, se acerca también al Salvador, y si lo hace movido por una necesidad grave se acerca a Jesús como se le acercaban durante su existencia terrena tantos enfermos y agobiados por la vida. Quien tiene la fe que pedía Jesús, puede con toda verdad escuchar de Jesús las mismas palabras de entonces: "Tu fe te ha salvado". Quien agobiado por una necesidad, en sus súplicas a María encuentra a Jesús, encuentra al único que puede salvarlo y Dios lo pone en el camino de la salvación total.

      Por todo esto, acompañar la imagen de la Virgen de Guadalupe hasta Roma para entregársela al Papa, como señal de comunión y deseo de fortalecer la comunión con él en la Iglesia, aquí en la Basílica de san Pedro, junto a su tumba, es una ocasión más que privilegiada para volver nuestra mirada al nombre, a la persona de Jesucristo, Redentor único de todos los hombres y el único en el que podemos ser salvos, el único que tiene palabras de vida eterna. Es preciso que la Iglesia hoy dé un gran paso en el acercamiento a Jesucristo, en su amor a Él, en su identificación con Él, en el seguimiento de Él, en el anuncio de su Redención.

      Es necesario, mis queridos hermanos y hermanas, que abramos de par en par nuestro corazón y lo dispongamos para acoger al Hijo de Dios, Enmanuel, Dios-con-nosotros, que, nacido de la Virgen María, se hizo verdaderamente uno de los nuestros, semejante en todo a nosotros excepto en el pecado. El está en el centro de todo, pues Él es aquel que revela y realiza el plan de Dios sobre toda la creación y, en particular, sobre el hombre. El es la palabra, que, encarnándose, renueva todo; el que siendo verdadero Dios y verdadero hombre, Señor del universo, es también señor de la historia, el principio y el fin de toda ella.

      Esta persuasión y certeza es lo que ha de constituir el eje sobre el que se debe articular nuestro proyecto de vida y de sociedad. Mirar a Jesucristo, identificarnos con Él, conocerle, amarle, seguirle, poner todo en relación con Él, hacer que Él esté en el centro, y que Él dé vida e ilumine todo: ése es precisamente el sentido de nuestro existir cristiano.

      El camino de los hombres y de la Iglesia no es otro que Cristo. La vía de la renovación de la Iglesia y del mundo no puede ser otra que Cristo. Nuestro camino, el de cada uno, no puede ser otro distinto al que es Cristo. La atención al acontecimiento de la encarnación y de la Redención, la atención a la persona de Cristo y el centrarnos en El, síntesis y fundamento de todo y de cuanto vale y existe, debe ocupar el primer lugar en toda nuestra visión de la realidad y en el ejercicio de nuestra existencia.

      Es una necesidad verdaderamente urgente que nos adentremos en el Misterio y en la Verdad de Jesucristo, Único Mediador entre Dios y los hombres, el único redentor del mundo. En Él está la esperanza única para todos los pueblos y todas las gentes. Cristo no decepciona nunca. Es la piedra angular sobre la que se puede construir y edificar. Sí, Jesucristo, el Hijo de Dios venido en carne crucificado y resucitado, es el único salvador del hombre, irreducible a una serie de buenos propósitos e inspiraciones homologables con la mentalidad moderna. Es el camino, la verdad y la vida. ¿A quién vamos a acudir sino a Él que es el único que tiene palabras de vida eterna?

      Hay que volver a la escuela de Cristo para hallar el verdadero, el pleno, el profundo sentido de palabras como paz, amor, justicia, libertad. Se hace urgente, mis queridos hermanos, un continuo esfuerzo por volver a esta escuela de Cristo, para que podamos tener el valor de decir sí a la vida, a la familia, al trabajo honrado para todos, al sacrificio intenso para promover el bien común, al hombre. Necesitamos volver a esta escuela de Cristo, que es conocimiento de El, que es escucha de su palabra, que es trato de amigo con El, para poder decirle sí a Él que es el camino, la verdad y la vida. Para que sea posible la edificación de la nueva civilización del amor y la construcción de la paz, sólo existe un camino: ponerse a la escucha de Cristo, dejándose empapar por la fuerza de su gracia; sólo existe una vía: volver a la escuela de Cristo.

      Acerquémonos, una vez más, a la Virgen María, Nuestra Señora de Guadalupe y escucharemos aquellas palabras que dijo a los criados en las bodas de Caná: "Haced lo que Él os diga". Que es lo mismo que decirnos: "acoged la palabra de Cristo en la fe, seguidla en la vida, haced de ella la pauta de vuestra conducta individual, familiar, social y pública". Toda Ella nos remite a Jesucristo que es el único programa válido para la gran renovación de la humanidad y de la sociedad de nuestro tiempo. Que se haga realidad cada día más viva aquella máxima tan profunda de espiritualidad: "A Jesús por María".

      La centralidad de Cristo no puede, por lo demás, ser separada del papel desempeñado por su santísima Madre. Su culto, siempre valioso, en modo alguno menoscaba la dignidad y la eficacia de Cristo, único Mediador. Al contrario, unida estrechamente a su Hijo Jesús, señala la senda que ha de seguir el cristiano tras su Señor. Una verdadera devoción a la Virgen llevará consigo una constante voluntad de recibir sugerencias e impulsos del modo cómo María siguió a Jesús, su Hijo y Señor.

      María dedicada constantemente a su divino Hijo, se nos propone a todos como modelo de fe, como modelo de existencia que mira constantemente a Jesucristo. Como María, el cristiano se abandona confiado y esperanzado en las manos de Dios, vive dichoso, como ella, de la fe: nada hay tan apreciable como la fe que se traduce en amor.

      No olvidemos nunca esto, queridos hermanos: que la Virgen María es proclamada "dichosa porque ha creído", porque es la mujer de la fe y de la confianza en Dios. No olvidemos jamás que Ella se autodefine como la "humilde esclava del Señor", y así proclama la verdad de Dios, de Dios que es grande. "María desea que Dios sea grande en su vida, que esté presente en todos nosotros. No tiene miedo de que Dios sea un 'competidor' en nuestra vida, de que con su grandeza pueda quitarnos algo de nuestra libertad, de nuestro espacio vital. Ella sabe que, si Dios es grande, también nosotros somos grandes. No oprime nuestra vida, sino que la eleva y la hace grande: precisamente se hace grande con el esplendor de Dios" (Benedicto XVI).

      El reconocimiento de Dios engrandece al hombre, lo enriquece; y su negación u olvido lo empequeñece y empobrece. El asunto fundamental del hombre, siempre y particularmente en nuestro tiempo, es reconocer a Dios. "Debemos redescubrir a Dios, no a un Dios cualquiera, sino al Dios con rostro humano, porque cuando vemos a Jesucristo vemos a Dios". El verdadero drama de nuestro tiempo y la gran cuestión con la que se encuentra el hombre de Occidente es el olvido de Dios (Benedicto XVI).

      En una fe como la de María es donde está el futuro del hombre, de la humanidad entera. Su confesión de fe, su entrega de fe a Dios en la Encarnación es lo que ha abierto a la humanidad entera a la gran esperanza. Ciertamente que "creer se ha vuelto más difícil, porque en el mundo en que nos encontramos está hecho completamente por nosotros mismos y en el que, por decirlo así, Dios ya no aparece directamente. Los hombres se han construido su propio mundo, y encontrarle a Él en este mundo se ha convertido en algo muy difícil" (Benedicto XVI). Por esto mismo es necesario que acudamos a María, que nos fijemos en María, la mujer creyente para descubrir la grandeza y la maravilla de la fe, cómo el creer nos engrandece. Creer es algo bello, es algo grande, es gozoso, llena de esperanza, nos abre a una humanidad nueva hecha de hombres nuevos precisamente con el don de la fe.

      A partir de la fe en Dios, “debemos encontrar los caminos para encontrarnos en la familia, entre las generaciones y también entre las culturas y los pueblos, entre los caminos de la reconciliación y de la convivencia pacífica en este mundo, y los caminos que conducen hacia el futuro. y estos caminos hacia el futuro no los encontraremos si no recibimos la luz desde lo alto” la que viene de Dios (Benedicto XVI).

     Que la Virgen de Guadalupe os arraigue en la fe, que os proteja y ayude en vuestras necesidades y sufrimientos, que os haga mantener vivas las raíces cristianas de vuestro pueblo, que interceda ante su Hijo para que seáis bendecidos por Él con toda suerte de bienes espirituales y celestiales, singularmente la gracia de que en nuestras diócesis de Toledo, Mérida-Badajoz, Coria-Cáceres y Plasencia, en toda España se revitalice cada vez más la experiencia y el seguimiento de Cristo, fuente de eclesial y social renovación, y surja así una nueva primavera en la santa y madre Iglesia Católica que, animada y vivificada por el Santo Espíritu, guiada por Santa María y presidida en la comunión y en la caridad por el Papa, sucesor de Pedro, peregrina a lo largo de la historia hasta la consumación de los siglos cuando el Señor vuelva.