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Año 2007
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HOMILÍA EN LA CLAUSURA DEL JUBILEO DE NTRA. SEÑORA DEL PRADO Talavera de la Reina, 31 de mayo de 2007 Un inmenso y jubiloso Magníficat, como el de la Virgen, se eleva hoy entre nosotros al clausurar este Año Jubilar, en conmemoración de los cincuenta años de la coronación canónica de Nuestra Señora del Prado. Con qué gozo nos acercamos a ella a lo largo de nuestra vida, especialmente en este Jubileo. ¡Cuántas gracias habremos recibido! ¡Qué cercana hemos encontrado su presencia! ¡Cómo nos hemos sentido bajo la mirada amorosa de sus misericordiosos ojos! Por eso con el salmista decimos Cantaremos eternamente las misericordias del Señor. Demos gracias al Señor porque es bueno porque es eterna su misericordia. El Señor ha estado grande con nosotros y estamos alegres". Y con la misma Santísima Virgen María, proclamamos la grandeza del Señor porque ha mirado a nuestro pueblo: Talavera y toda la diócesis de Toledo, porque se ha fijado en estas tierras, y en ellas, como en María, Madre de Jesucristo, ha hecho obras grandes. Su misericordia llega a sus fieles de generación en generación. Es preciso alabar y bendecir a Dios que abrió los caminos de la salvación plena y definitiva por la aceptación gozosa, obediente y humilde, de la humilde Esclava del Señor. Por el sí de "la toda llena de gracia", María, llegó a nosotros, hecho carne, el Evangelio, la buena noticia que llena al mundo de esperanza, la luz que ha alumbrado de vida y aliento el caminar de todos los pueblos de la tierra. La Virgen María nos ha visitado, nos visita, como visitó a su prima Isabel y lo ha hecho para traernos al que es la fuente de donde brota el agua viva que apaga la sed del corazón sediento del hombre, nos ha visitado y ha estado con nosotros para acercarnos a Dios; como cuando llegó a su prima podemos sentir hoy y palpar la alegría del que Ella nos ha traído, el Hijo divino de sus entrañas. Ella ha estado con nosotros, como lo hizo con su prima, sirviendo. El mayor servicio que ha podido hacernos es mostrarnos a Jesús, entregarnos, darnos el Evangelio vivo, que es el Hijo de Dios venido en carne, concebido y nacido de sus entrañas virginales por obra y gracia del Espíritu Santo, luz y salvación, gracia y paz, redención y justicia, esperanza y vida, amor y misericordia. Por esto, ahora no podemos dejar de dar gracias al Dios, Único y verdadero, al Dios oculto y desconocido, cuyas huellas rastrean todos los hombres, a veces sin saberlo, y que nos ha sido revelado y dado en Jesucristo, Sabiduría de Dios y fuerza salvadora de Dios para todo el que cree en Él. No podemos ni debemos callar esto, porque la Santísima Virgen María nos ha entregado el Evangelio vivo de Dios con libertad e intrepidez, sin cálculos sugeridos por astucias humanas. Ella nos ha ofrecido lo mejor que puede ofrecerse, no oro ni plata, sino la Verdad que hace libres, el Camino luminoso que orienta los pasos del hombres por la vereda justa, la Vida que colma y sacia lo que todo hombre hambrea y busca. Nos ha ofrecido a su Hijo único, Jesucristo, con cuya sangre hemos sido comprados. Esa sangre es la de Dios y muestra lo que el hombre cuenta y vale ante los ojos de Dios. Es hora de reconocimiento agradecido por el don y la misericordia de Dios. El mismo Dios que, al crear el mundo, dijo: "Brille de las tinieblas la luz", ha hecho brillar la luz en nuestros corazones. "El Señor es nuestra luz y nuestra salvación, el Señor es la defensa de nuestra vida, ¿a quien temeremos, quién nos hará temblar?" Bendecimos a Dios y proclamamos su misericordia para con nosotros, para con nuestros pueblos de la diócesis de Toledo, singularmente para con Talavera, para con los pobres y humildes de todos los tiempos. Bendecimos a Dios por la gracia inmerecida de haber hecho brillar sobre nosotros la fe verdadera. "Dichosa tú que has creído", escucha María de su prima Isabel. "Dichos los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen", como Ella. Con la fuerza del amor que irradia de la Santísima Virgen dirijo mi llamada a la Iglesia en Talavera, en Toledo, en España entera, "Tierra de María": Renueva en ti la gracia del bautismo, ábrete de nuevo a la luz. Es la hora de Dios, no la dejes pasar. No permitas que la sal se vuelva insípida. ¡Sé hoy una Iglesia, que, en virtud del testimonio de tus fieles que viven en santidad, muestre el camino de la salvación a quienes todavía no lo conocen! Abramos nuestras' vidas a la luz de Jesucristo; busquémosle donde El está vivo: en la fe y en la vida de la Iglesia, en el rostro de María, la madre de la Iglesia, la más singular de sus miembros, donde brilla la plenitud de la gracia y del amor de Dios; sigamos a Santa María, no olvidemos aquellas palabras suyas en Caná: "Haced lo que El os diga". Porque María fue y es la estrella de la evangelización. Ella es la estrella del alba que anuncia el sol de justicia, el Sol radiante que viene de lo alto, Jesucristo resucitado. María nos ayuda a vivir de manera concreta el camino de la fe en nuestro mundo. Ella nos acompaña y nos asiste en este camino, nos ha precedido ejemplarmente en la peregrinación de la fe en la tierra. Ella es la primera evangelizadora. Por la fe trae a Cristo. Lleva a Cristo a su prima Isabel. Salta de alegría la criatura en su vientre. Apoyada en la fe siguió a Jesús y soportó su muerte junto a la cruz; movida por la fe creyó que El resucitaría y esperó la venida del Espíritu Santo, y acompañó a los Apóstoles en oración que invoca la venida del Espíritu Paráclito. Ella es tipo y modelo de la Iglesia. Talavera, Toledo, España, "sé tu misma. Descubre tus orígenes. Aviva tus raíces. Revive aquellos valores auténticos que hicieron gloriosa tu historia y benéfica tu presencia en los demás continentes. Así encontrará tu historia vertebrada. Podrás superarla con la debida apertura hacia metas más altas. Podrás avanzar hacia los desafíos del futuro con savia vital, con creatividad renovada, sin rupturas ni fricciones en los espíritus" (Juan Pablo II). Como otros muchos, observo con gran preocupación el momento que estamos atravesando en nuestra sociedad española; sobre todo me preocupa el momento humano. Este, a mi entender, es muy delicado. Existe un proyecto cultural, una verdadera revolución cultural que se está implantando y llevando a cabo, aunque no se logre, que entraña una nueva visión del hombre, en el fondo separado de Dios, al margen de Dios. Este proyecto comporta, aunque se afirme lo contrario, un grave deterioro moral y una irreparable quiebra de humanidad. Se busca una sociedad "nueva", "moderna", "tolerante", "progresista". Nuestra sociedad se ve afectada por una cierta tendencia hacia el rupturismo y la innovación cultural, con un cierto rechazo o menosprecio del pasado cultural y con una fuerte seducción ante lo nuevo. Pero esta innovación se hace frecuentemente a costa del hombre, a espaldas de la verdad del hombre, criatura creada a imagen y semejanza de Dios con una dignidad inviolable. No es la verdad del hombre lo que está guiando las tendencias culturales dominantes. Hablar de "verdad", incluso, se considera síntoma de intransigencia y dogmatismo. Se ha extendido como una corriente imparable la relativización de todo, la indiferencia, el permisivismo total. Todo se considera como objetivamente indiferente. Había que olvidar nuestras raíces, que lo queramos o no son cristianas. Estas han sido estimadas como retardatarias de la "modernización" de nuestro país. Se ha olvidado, sin embargo, que estas raíces han hecho de nuestras gentes un pueblo creador, capaz de llevar a cabo grandes gestas con influencia decisiva en la historia de la humanidad, o de impulsar una cultura con unas cotas muy altas de humanismo, o de originar un pensamiento y un arte que son nuestro mejor patrimonio. Por parte de grupos muy influyentes se llevado a cabo una verdadera campaña propagandística frente a lo religioso ya lo católico que están, a pesar de todo, en la urdimbre misma de nuestro pueblo. Con frecuencia, incluso, lo religioso y lo católico se silencia o ridiculiza; se le margina o recluye al espacio de lo "privado"; se le pone en el panteón de lo "antiguo" y, en consecuencia, se le rechaza como valedero en la construcción y "modernización" de nuestra sociedad. Todo muy orientado hacia una laicización entera y completa de nuestro pueblo: de su mentalidad, de sus usos y costumbres, de sus convicciones y comportamientos. Se reconozca o no, en la entraña misma de este proyecto está el olvido de Dios, el borrar sus huellas, el silenciar su palabra. Dios, la religión y la moral confesional, son vistas con frecuencia como antagonistas del hombre, de su libertad y de su felicidad. Se está pretendiendo edificar la sociedad desde un humanismo antropocéntrico e intramundano, se cree que eliminando a Dios del horizonte del hombre todo esta solucionado. Se ha pretendido eliminar a Dios y se ha dejado al hombre sólo. En su soledad más extrema. Sin una palabra que le cuestione. Sin una presencia amiga que le acompañe. Ahí están las consecuencias, incluso en el terreno económico y político, en el familiar y social, en las relaciones personales, en los valores éticos. Nos lo recordaba el Papa Juan Pablo II en su viaje de 1993 a España, en Huelva: " Es cierto, decía, que el hombre puede excluir a Dios del ámbito de su vida. Pero esto no curre sin gravísimas consecuencias para el hombre mismo y para su dignidad como persona. Vosotros lo sabéis bien: el alejamiento de Dios lleva consigo la pérdida de aquellos valores morales que son base y fundamento de la convivencia humana. Y su carencia produce un vacío que se pretende llenar con una cultura o más bien, pseudocultura centrada en el consumismo desenfrenado, en el afán de poseer y gozar, y que no ofrece más ideales que la lucha por los propios intereses o el goce narcisista". Todo esto nos ha afectado a los mismos cristianos. Reconozcámoslo y entonemos nuestro mea culpa. Es verdad, no siempre los cristianos hemos estado a la altura de lo que la situación nos estaba exigiendo y sigue exigiéndonos hoy. Pero no es tarde para una nueva presencia nuestra, para que tomemos la iniciativa. No se trata de adoptar ahora, precisamente por no corresponder a la fe cristiana, posturas numantinas ni reaccionarias, de cerrazón, y mucho menos de condena; tampoco se trata de nostalgias. Lo que se nos exige hoy es que vivamos de lleno la fe, como la Virgen María, que con su "he aquí la esclava del Señor", ha hecho posible que nazca para nosotros el Hijo de Dios venido en carne, en quien está toda la esperanza, todo el amor, Dios con nosotros irrevocablemente unido al hombre para siempre. Se nos exige que fortalezcamos, con la ayuda de su gracia, la experiencia de Dios como Dios. Que mostremos, gozosos, la fuerza renovadora y humanizadora de la fe en Dios, del Evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios. Es necesario que volvamos a Dios. Es apremiante e inaplazable, por servicio a nuestra sociedad quebrada en su humanidad, que los cristianos nos convirtamos más honda y enteramente al Dios vivo. Sólo así estaremos en condiciones de servir a nuestra sociedad, a los hombres y mujeres de hoy, a los jóvenes ya las familias, a todos, ofreciendo el mensaje liberador del Evangelio de Dios, Jesucristo, capaz de animar la esperanza y la búsqueda de la más genuina humanidad. A eso nos invita la Virgen María, que hoy sigue diciéndonos como en las bodas de Caná: "Haced lo que Él os diga", lo que mi Hijo, Jesús, os diga. |