Año 2007


 

CORPUS CHRISTI 2007

Homilía del Sr. Cardenal Arzobispo de Toledo S. I. Catedral Primada

Toledo, 10 de junio

Queridísimos hermanos Obispos; saludo lleno de afecto a Mons. Hubert Herbreteau, Obispo de Agen, con cuya diócesis esperamos estrechar lazos de hermanamiento y colaboración. Queridos sacerdotes y diáconos, estimadas y dignas autoridades, seminaristas y personas consagradas, Capítulos, Hermandades, Cofradías, Movimientos de Apostolado seglar, Asociaciones eucarísticas, amados todos, hermanos y hermanas en el Señor:

Un año más, con fe y adoración agradecida, celebramos la solemnidad del Corpus Christi, día del amor de Cristo llevado hasta el extremo. Ocasión excelente para tomar conciencia del tesoro inagotable que Cristo ha confiado a la Iglesia, y para acoger con renovado vigor la invitación a participar con mayor intensidad y fervor en el sacrificio y banquete de la Eucaristía y que ello se traduzca en una vida cristiana transformada por el amor.

Hemos escuchado, en san Pablo, lo que él ha recibido como tradición "que procede del Señor", en la que nos narra la institución de la Eucaristía por Cristo "la noche en que iba a ser entregado". Este misterio de fe por excelencia y misterio primordial de luz, gracias al cual se introduce al creyente en las profundidades de la vida divina, es el mismo Cristo en persona, es el misterio de su presencia "real" por antonomasia: "Cristo se hace sustancialmente presente en la realidad de su cuerpo y de su sangre" y realiza, así, su promesa de estar con nosotros hasta el fin del mundo. Esta es la certeza de nuestra fe que nos pide que "ante la Eucaristía, seamos conscientes de que estamos ante Cristo mismo" (MND 16), el Hijo único de Dios vivo que se encarnó en el seno virginal de Santa María por obra y gracia del Espíritu Santo, en tiempo del emperador Augusto, vivió en el ocultamiento de Nazareth y trabajó con manos de hombre y quiso con corazón de hombre, pasó haciendo el bien y curando, y, amando a los suyos hasta el extremo, murió crucificado en tiempo de Poncio Pilato, resucitado, está glorioso a la derecha del Padre, con las llagas y costado abierto de su Cuerpo intercediendo como Sacerdote eterno por nosotros los hombres y por nuestra salvación.

La Eucaristía no recuerda un simple hecho. ¡Recuerda a Él! En ella se hace Él presente. ¡Qué maravilla de misericordia de Dios para con nosotros, verdadero "prodigio que sólo los ojos de la fe pueden percibir! Los elementos naturales no pierden sus características externas, ya que las especies siguen siendo las del pan y las del vino; pero su sustancia, por el poder de las palabras de Cristo y la acción del Espíritu Santo, se convierte en la sustancia del cuerpo y la sangre de Cristo. Por eso, sobre el altar está presente 'verdadera, real, sustancialmente' Cristo muerto y resucitado en toda su humanidad y divinidad" (Juan Pablo II).

Por eso, en este convite que el Señor nos hace en su Iglesia -"tomad y comed, tomad y bebed"- como verdadero y sagrado banquete, definitivo y decisivo, se nos da a comer como alimento de vida eterna y plena el propio Cuerpo de Cristo, su carne para la vida del mundo, y se nos da a beber su propia sangre como bebida de salvación. Así entramos en comunión con Cristo, nos hacemos uno con Él, y, en Él y por Él, con el Padre. Recibir la Eucaristía es entrar en profunda comunión con Jesús. "Permaneced en mí y yo en vosotros". Esta relación de íntima y recíproca "permanencia" nos permite anticipar en cierto modo el cielo en la tierra. ¿No es quizás éste el mayor anhelo del hombre? ¿No es esto lo que Dios se ha propuesto realizando en la historia el designio de salvación? Él ha puesto en el corazón del hombre el "hambre" de su Palabra, un hambre que sólo se satisfará en la plena unión con Él. Se nos da la comunión eucarística para 'saciarnos' de Dios en esta tierra, a la espera de la plena satisfacción en el cielo.

¡Qué fuerza y qué profundo mensaje de esperanza tiene esto para el momento presente, recio, que atravesamos! En un mundo como el nuestro, en que el hombre trata de prescindir de Dios y saciarse de bienes efímeros y tantos "panes terrenos", el hombre perece, se quiebra, se debilita porque le falta el Pan vivo de Dios, la Carne, la persona, de Cristo que sólo puede saciarle. El hombre se rompe, la humanidad se cuartea por pretender vivir sólo de esos panes que no llenan. Sólo Dios sacia, sólo Cristo en persona llena; sin Él, además, nada podemos; sin Él no daremos frutos abundantes de verdadera humanidad, como Dios la quiere: justa, pacífica, misericordiosa, compasiva, capaz de amar sin límite y de perdonar, de decir la verdad, de defender la vida, con la libertad de los hijos de Dios, basada en la verdad que se realiza en el amor. Necesitamos de la Eucaristía, queridos hermanos; necesitamos permanecer en Cristo, para que su vida esté en nosotros; necesitamos que Él viva en nosotros, que Él sea nuestra vida, como en Pablo, y que todo lo consideremos pérdida y basura comparado con Cristo, ¡Esto sí que cambia el mundo! ¡Esto sí que es una verdadera revolución con futuro para el hombre! ¡El futuro está en la Eucaristía, porque Cristo es el único futuro!, el centro de todo, "no sólo centro de la historia de la Iglesia, sino también de la historia de la humanidad. Todo se recapitula en Él, 'es el fin de la historia humana, punto en el que convergen los deseos de la historia y de la civilización, centro del género humano, gozo de todos los corazones y plenitud de sus aspiraciones'" (Juan Pablo II).

Daos cuenta de lo que os digo y de la seriedad que esto entraña: sin la Eucaristía no somos cristianos, ni permaneceremos cristianos. Sólo una Iglesia fuertemente eucarística, sólo unos fieles cristianos que se alimenten de la Eucaristía, que vivan de la Eucaristía, es decir, de Cristo y permanezcan en Él, unidos a Él, serán una Iglesia y unos cristianos vivos y valientes con capacidad para aportar lo verdaderamente importante de verdad, de amor, de libertad, de paz, de defensa del hombre y de su dignidad, de humanidad, de Dios, en definitiva, que es lo que necesita este mundo que languidece, perece y muere precisamente sin Dios. "En el sacramento de la Eucaristía el Salvador, encarnado en el seno de María hace veinte siglos, continúa ofreciéndose a la humanidad como fuente de vida divina" que es la que el hombre necesita para vivir.

Hagamos, pues, de nuestra diócesis, de nuestras parroquias, de nuestros fieles, de los sacerdotes y personas consagradas, de vuestros Obispos, de todos en suma, una Iglesia que vive de la Eucaristía. Una Iglesia comunión, misterio de comunión, porque, en efecto, "en el misterio eucarístico Jesús edifica la Iglesia como comunión, según el supremo modelo expresado en la oración sacerdotal: "Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros para que el mundo crea que tú me has enviado". La celebración de la Eucaristía posibilita e invita a que seamos una sola Iglesia con un sólo corazón y una sola alma. Esta unidad es absolutamente necesaria e imprescindible en estos momentos, nada menos que para que el mundo crea. Es muy decisivo para este mundo, para esta sociedad nuestra. No nos quejemos de lo que hay a nuestro alrededor y vayamos a nosotros mismos, a esa unidad y comunión eclesial, cuya fuente es la Eucaristía.

En esta liturgia del Corpus Christi hemos escuchado el relato de la multiplicación de los panes, que anticipa simbólicamente el Pan de Vida, la Eucaristía. Hemos escuchado lo que Jesús dijo en aquella ocasión a sus discípulos y nos repite hoy: "Dadles vosotros de comer". Son palabras inseparables de la Eucaristía; no las podemos considerar aparte del Pan de la Vida que es Cristo, y de la comunión con Él. Jesús dice estas palabras Jesús a cada uno de nosotros, discípulos suyos, que comemos su Pan y estamos con Él y vivimos en Él por la Eucaristía, las dice ante esa multitud ingente sin qué comer y aguardando que les llegue el pan suyo de cada día que en justicia les corresponde. Las palabras del Señor son muy precisas y concretas como para minimizar su alcance y su urgencia. Es la urgencia de la caridad que nos apremia. Y caridad es Cristo: en Él es hemos conocido lo que es la caridad, el amor que es Dios: en El se da esa caridad que ama sin límites y que no pasa nunca. Todo sería inútil si faltase esa caridad que es Cristo. Nos lo recuerda san Pablo en el "himno de la caridad": aunque habláramos las lenguas de los hombres y de los ángeles, y tuviéramos una fe que mueve montañas, y aún diésemos todo cuanto tenemos en limosnas, si no tenemos caridad, si faltásemos a la caridad todo sería nada (Cf. 1 Cor. 13). Y esa caridad brota de la Eucaristía, celebrada en comunión con la Iglesia, y conforme a lo que la Iglesia, en la que está Cristo, dispone.

La práctica de la caridad, de un amor activo y concreto con cada ser humano, es algo que caracteriza de manera decisiva la vida cristiana, el estilo eclesial, la acción pastoral. "El siglo y el milenio que comienzan tendrán que ver todavía, y es de desear que lo vean de modo palpable, a qué grado de entrega puede llegar la caridad hacia los más pobres", decía el siempre recordado Siervo de Dios, el Papa Juan pablo II. Si tomamos y comemos su Cuerpo, su carne, en el pan Eucarístico, hemos de saber descubrir también ese cuerpo, esa carne suya y ese rostro suyo sobre todo en el rostro, en la carne, en la persona de aquellos con los que El mismo ha querido identificarse: "He tenido hambre y me habéis dado de comer, he tenido sed y me habéis dado que beber, fui forastero y me habéis venido a verme" (Mt. 25). Esta página no es una simple invitación a caridad: es una página de cristología, que ilumina el misterio de Cristo. Sobre esta página, la Iglesia comprueba su fidelidad a Cristo, su identificación con Él, su participación en el Cuerpo de Cristo. No debe olvidarse, ciertamente, que nadie puede ser excluido de nuestro amor, desde el momento que 'con la encarnación el Hijo de Dios se ha unido en cierto modo a cada hombre'. Ateniéndonos a las indiscutibles palabras del Evangelio, en la persona de los pobres hay una presencia especial suya, que impone a la Iglesia una opción preferencial por los pobres. Mediante esta opción, se testimonia el estilo del amor de Dios (Cfr. Juan Pablo II). Pero no hagamos una ideología de los pobres, ni en una pretendido y falsa función de ellos instrumentalizamos la verdad del sacramento del Cuerpo de Cristo, que reclama la comunión con su Cuerpo que es la Iglesia.

A esto nos invita cada Eucaristía, el Cuerpo de Cristo, la fiesta que hoy celebramos: a que asumamos "el estilo del amor de Dios" en la atención a los millones y millones de pobres, cuyas necesidades de todo tipo, interpelan la sensibilidad cristiana y nos urgen a actuar en justicia, apremiados por la caridad. ¿Cómo es posible que a la altura de nuestra historia la mayoría de la población en el mundo viva muy por debajo del mínimo requerido por la dignidad humana? ¿Cómo es posible que, en nuestro tiempo con todos sus avances y progresos, "haya todavía quien se muere de hambre, quien esté condenado al analfabetismo, quien carece de la asistencia médica más elemental, quien no tiene techo para cobijarse?" (Juan Pablo II). Hemos de tener presente ante nuestros ojos la pobreza estremecedora que aflige de manera radical a tantas partes del mundo y dejarnos preguntar, sin ninguna clase de retórica: ¿Cómo juzgará la historia a una generación que cuenta con todos los medios necesarios para alimentar a la población entera del planeta y que rechaza el hacerlo con una ceguera fratricida? ¿Qué paz pueden esperar unos pueblos que no ponen en práctica el deber de solidaridad?

Una mayoría de la humanidad no tiene lo mínimo necesario, que les corresponde en justicia; la mayoría pasa hambre. Se trata de un problema que se plantea a la conciencia de la humanidad. Semejante situación, en la que viven sumidas poblaciones enteras, no constituye solamente una ofensa a la dignidad humana, sino que representa también una indudable amenaza para la paz. Toda la humanidad debe reconocer en conciencia sus responsabilidades ante el grave problema del hambre que no ha conseguido resolver. Se trata de la urgencia de las urgencias. "¡Nunca, nunca más el hambre! Este objetivo puede ser alcanzado. La amenaza del hambre y el peso de la insuficiente alimentación no son una fatalidad ineluctable. La naturaleza no es infiel al hombre en esta crisis" (Pablo VI). No podemos ser infieles los hombres, menos aún los cristianos que se alimentan del Pan de la Vida, del Cuerpo de Cristo para la vida de todos los hombres ante esta necesidad primerísima y urgente que llama a nuestra conciencia para obrar conforme a la caridad que se contiene y se nos da en la Eucaristía es todavía más exigente, y construir un mundo en una paz verdadera. Se trata muy fundamentalmente de asumir una actitud y una mentalidad, una forma de entender y vivir la vida, que es la encontramos en el Cuerpo de Cristo que se nos da comida para que a partir de ahí hagamos nosotros lo mismo: darnos como Él se nos da, darlo todo como Él lo da todo, amar a todos con un amor real y eficaz, amarnos como Él mismo nos ama. "Es la hora de una nueva 'imaginación de la caridad', que promueva no tanto y no sólo la eficacia de las ayudas prestadas, sino la capacidad de hacerse cercanos y solidarios con quien sufre, para que el gesto de ayuda sea sentido no como limosna humillante, sino como un compartir fraterno" (Juan Pablo II). Esto pide y hace posible la participación de la Eucaristía; en el amor del Cuerpo de Cristo tenemos lo necesario para renovar el mundo por el amor.