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Año 2007
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CORPUS CHRISTI 2007 Alocución del Sr. Cardenal Arzobispo de Toledo en la Plaza de Zocodover Toledo, 10 de junio de 2007 Queridos hermanos y hermanas: En la Liturgia de esta solemnidad de Corpus Christi hemos escuchado el relato de la multiplicación de los panes. Jesús siente compasión de aquella multitud hambrienta y les dice a sus discípulos: "Dadle vosotros de comer11. Nos lo dice a nosotros, ante esa multitud inmensa que carece de lo necesario. No podemos ni debemos inhibirnos, ni encogernos de hombros ante la magnitud del problema. Si creemos en el Cuerpo de Cristo, si lo celebramos, si lo comemos, no podemos cruzarnos de brazos; podemos y debemos hacer lo que está en nuestra mano para que este mundo de hambre se transforme en un mundo de hermanos, donde todos y cada uno de ellos reciba el pan de cada día y sea reconocido y respetado en su dignidad, como les corresponde en justicia. Ahí está la paz futura y firme. La Eucaristía es sacramento de unidad, es comunión y fermento de comunión. Hoy, en la situación que vivimos, al celebrar esta fiesta del Cuerpo de Cristo, que nos hace ser un sólo cuerpo con Él, nos sentimos interpelados a permanecer unidos para hacer más palpable la presencia del Señor entre los hombres. Para ello es primordial conservar y acrecentar el don de la unidad que Jesús pidió para sus discípulos al Padre. Todos estamos llamados a vivir y dar testimonio de la unidad querida por Cristo para su Iglesia, expresada y hecha posible en el sacramento del Cuerpo y Sangre de Cristo. Por el mismo Pan que partimos y entregamos en la mesa del altar tenemos que esforzarnos en "conservar la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz". Por eso en la transición histórica que estamos viviendo debemos cumplir una misión comprometedora: hacer de la Iglesia el lugar donde se viva y la escuela donde se enseñe el misterio del amor divino. ¿Cómo será posible esto sin descubrir una auténtica espiritualidad de comunión? válida para todas las personas y en todos los momentos. Comunión y espiritualidad, unidad, brotan de la Eucaristía. Una unidad sin fisuras e inquebrantable de los cristianos; "como una pina". Así, como una piña, hemos de estar los cristianos en estos momentos; no en una posición numantina, cerrada y acurrucada, sino en una comunión viva, en una unidad que es expresión del amor expansivo, abierto, de mano tendida, hecha para el perdón, la ayuda y el servicio, pero una unidad firme en la verdad. No estamos suficientemente unidos. Es así. Reconozcámoslo: tantas opiniones sobre la fe y la moral, tantos grupos y tendencias en la Iglesia, que parece como desgarrada o hecha jirones; a veces los que con mayor razón deberíamos dar ejemplo de unidad no lo damos suficientemente; cuánta división en nuestra sociedad española, que es sustancialmente católica en su mayoría, no sólo la división mayor o menos de los pueblos de España, sino la división por tantos enfrentamientos actuales o por la reapertura de heridas y divisiones pasadas que nos conducen a la quiebra. España necesita unidad, nuestra Iglesia necesita unidad. Por ello necesitamos de manera urgente y apremiante centrarnos más y más, vivir en toda su verdad el sacramento de la Eucaristía, sacramento de unidad, vínculo de caridad. Es preciso que se revitalice en todo el pueblo cristiano el sentido eucarístico, la fe eucarística, la adoración del Sacramento del Altar, y sobre todo, la participación, activa, consciente, fructuosa, en toda verdad y con todas sus consecuencias, en la Eucaristía dominical, celebrada conforme al sentir y disposición de la Iglesia. Se ha descuidado mucho, muchísimo, la Eucaristía dominical: en nuestra misma diócesis no alcanza el 20 % de los bautizados. Esto no puede dejarnos tranquilos. Y no puede dejarnos tranquilos, además de otras valiosas e importantes razones, porque esto daña en el amor a nuestros hermanos, llamados a creer en Jesucristo, que es con mucho lo más decisivo e importante para el hombre. Hagamos, en consecuencia, todos, sin excluirse nadie, un especial esfuerzo por redescubrir y vivir plenamente el domingo como día del Señor y día de la Iglesia, como día de la Eucaristía. No olvidemos, queridos hermanos y hermanas que la Eucaristía es un modo de ser que pasa de Jesús al cristiano y, por su testimonio, tiende a irradiarse en la sociedad y en la cultura, en un "proyecto" de vida y de sociedad, que "aparece ya en el sentido mismo de la palabra 'eucaristía': acción de gracias. En Jesús, en su sacrificio, en su 'sí' incondicional a la voluntad del Padre, está el 'sí', el 'gracias', el 'amén, de toda la humanidad. La Iglesia está llamada a recordar a los hombres esta gran verdad. Es urgente hacerlo sobre todo en nuestra cultura secularizada, que respira el olvido de Dios y cultiva la vana autosuficiencia del hombre. Encarnar el proyecto eucarístico en la vida cuotidiana, donde se trabaja y se vive -en la familia, la escuela, la fábrica y en las diversas condiciones de vida-, significa, además, testimoniar que la realidad humana no se justifica sin referencia al Creador: 'Sin el Creador la criatura se diluye'. Esta referencia trascendente, que nos obliga a un continuo 'dar gracias' -justamente a una actitud eucarística- por todo lo que tenemos y somos, no perjudica la legítima autonomía de las realidades terrenas, sino que las sitúa en su auténtico fundamento, marcando al mismo tiempo sus propios límites". Por eso que nadie tema ni vea en la Iglesia y la fe cristiana, que se hacen y se alimentan, que crecen y viven por la Eucaristía, ninguna amenaza a la justa autonomía de lo terreno y a la justa y sana laicidad. Pero, precisamente por servicio al mundo, a los hombres y a su propio desarrollo, nunca podremos ni deberemos dejar de ser consecuentes con la presencia de Cristo en el mundo que entraña la Eucaristía; por ello no podemos someternos a una "mentalidad inspirada en el laicismo, ideología que lleva gradualmente, de forma más o menos consciente, a la restricción de la libertad religiosa hasta promover un desprecio o ignorancia de lo religioso, relegando la fe a la esfera de lo privado y oponiéndose a su expresión pública" (Juan Pablo II, Discurso a los Obispos.. 2005, 4). Esto, además, de no formar "parte de la tradición española más noble, pues la impronta que la fe católica ha dejado en la vida y cultura de los españoles es muy profunda para que se ceda a la tentación de silenciarla", es que contradice el misterio de la fe, es decir, el misterio de la Eucaristía, centro de nuestra vida, que es presencia salvadora de Cristo en la historia que afecta al hombre entero, a lo que es fundamental en su vida, a todo lo que es la vida del hombre, entre otros aspectos a su libertad, más aún a la libertad religiosa, que cuando se cercena, priva al hombre de algo fundamental. Siempre la Eucaristía, desde los primeros momentos, fue signo de esa libertad, de una 'cultura de libertad', y de ese afectar a todo lo humano en sus dimensiones más fundamentales, por ser presencia real y viva del Salvador y Redentor, y participación en ella. Los cristianos estamos llamados y urgidos a comprometernos "a dar testimonio de la presencia de Dios en el mundo. No tengamos miedo de hablar de Dios ni de mostrar los signos de la fe con la frente muy alta. La 'cultura de la Eucaristía' promueve una cultura del diálogo, que en ella encuentra fuerza y alimento. Se equivoca quien cree que la referencia pública a la fe menoscaba la auténtica autonomía del Estado y de las instituciones civiles, o que puede fomentar incluso actitudes de intolerancia. Si bien no han faltado en la historia errores, inclusive entre los creyentes..., esto no se debe a las raíces cristianas -que siempre son y serán eucarísticas-, sino a la incoherencia de los cristianos con sus propias raíces -con la Eucaristía-. Quien aprende a decir 'gracias' como lo hizo Cristo en la Cruz, podrá ser un mártir, pero nunca un torturador" (Juan Pablo II). En la Eucaristía, Sacramento del Amor de los amores, está todo el amor y brota todo amor que se expresa, entre otros modos, en diversas e imaginativas formas de solidaridad para toda la humanidad. "El cristiano que participa en la Eucaristía aprende de ella a ser promotor de comunión, de paz, y de solidaridad en todas las circunstancias de la vida. La imagen lacerante de nuestro mundo, que ha comenzado el nuevo Milenio con el espectro del terrorismo y la tragedia de la guerra, interpela más que nunca a los cristianos a vivir la Eucaristía como una gran escuela de paz, donde se forman hombres y mujeres que, en los diversos ámbitos de responsabilidad de la vida social, cultural y política, sean artífices de diálogo y comunión" Así mismo, de la Eucaristía brota una llamada y un fuerte "impulso para un compromiso activo en la edificación de una sociedad más equitativa v fraterna. Nuestro Dios ha manifestado en la Eucaristía la forma suprema del amor, trastocando todos los criterios de dominio, que rigen con demasiada frecuencia las relaciones humanas, y afirmando de modo radical el criterio del servicio... No podemos hacernos ilusiones: por el amor mutuo y, en particular, a los necesitados se nos reconocerá como verdaderos discípulos de Cristo. En base a este criterio se comprobará la autenticidad de nuestras celebraciones eucarísticas" (Juan Pablo II), la celebración del Corpus, de nuestro Corpus, en Toledo. |