Año 2007


LAS RELIQUIAS DE SAN ILDEFONSO VISITAN TOLEDO

23 y 24 de junio de 2007

crónica gráfica de la visita

PALABRAS DEL SR. CARDENAL EN LA LLEGADA A ILLESCAS

            Padre y pastor nuestro, San Ildefonso, bienvenido a esta Iglesia de Toledo, en la que tú naciste, en la que fuiste bautizado, en la que te entregaste a Dios, a la que serviste como obispo y pastor conforme al corazón de Dios. Bienvenido a Illescas, ciudad a la que tú tanto quisiste, pues no sólo fundaste en ella un monasterio para vivir la consagración a Dios y el camino de perfección y señalar el camino de una humanidad nueva y renovada, sino que le entregaste lo más querido para ti, la imagen de Nuestra Señora, de la que tú quisiste ser su esclavo, y que hoy Illescas venera con tan entrañable y significativo título de "Virgen de la Caridad". Es Ella la que te recibe en estos momentos, y con Ella todo este pueblo de Illescas que quiere darte las gracias porque, lo sabes bien, para todos los Illescanos, la Virgen María, Señora nuestra de la Caridad, es lo más rico y precioso, su mejor y mayor tesoro.

            Gracias por estar con nosotros, gracias por venir ahora a nosotros, aunque sabemos que nunca te has ido de nuestro lado; siempre Toledo, tu iglesia querida, se ha visto acompañada por ti en sus caminos y en su historia. Sentimos tu presencia a lo largo de los siglos, también en estos recios tiempos que Dios nos concede vivir. ¡Gracias, bendito y alabado sea Dios por el don inmenso que en tú persona nos ha concedido!

            Tu visita a nosotros nos evoca tantas cosas, tantas llamadas de Dios para hoy, tantos signos de su voluntad. Vienes en el nombre del Señor, enviado por Él. ¿Qué quiere el Señor de nosotros? Dínoslo en estos días. Abre nuestra mente, nuestro corazón, nuestra voluntad, para que, como la fiel Esclava del Señor, siendo sus esclavos, no queramos otra cosa que lo que Dios quiere para este momento de nuestra historia y así dirijamos nuestra senda por el Camino que Él nos traza, sin retirarnos de él: Jesucristo, hijo único de Dios vivo y de María, siempre virgen.

            Entras en tu Iglesia por Illescas, cercana a la gran urbe que también en otro tiempo tú pastoreaste, en la Sagra Norte de esta provincia, cabeza de esta comarca de crecimiento demográfico no conocido hasta hoy, signo del progreso y del desarrollo de nuestros pueblos, así como de un gran cambio cultural en el que tan fuertes y hondas son las marcas de la secularización. Necesitan de Evangelio, necesitan de Jesucristo. Ayúdanos, enséñanos, a sembrar hoy en estas tierras el Evangelio vivo de Dios, Jesucristo, nacido de María siempre Virgen, como tú hiciste en tu tiempo. Es lo que nos urge y apremia.

            Ha salido a recibirte la Santa Madre de los Cielos, la Virgen de la Caridad. Toda una señal para nosotros. En Ella tenemos la estrella de la evangelización, y el contenido, el fin, el método de la misma. Mirando a ella, contemplándola, amándola, siguiéndola, aprendiendo de Ella, evangelizaremos también hoy. ¡Qué bien representa esto la maravillosa pintura que de ti hizo el Greco y que aquí, junto a María, se conserva en esta Iglesia del Hospital de la Caridad de Illescas!. Estás mirando a María, Ella también te mira, con qué dulzura los dos, con qué comunión tan grande. De María aprendes, y junto a ella escribes lo que enseñas. Necesitamos volver a María, aprender en la escuela de María, para conocer el bendito fruto de su bendito vientre, Jesús, que Ella nos muestra y entrega, como en esta imagen que tú regalaste a Illescas. Ese es el camino primero, el camino de siempre por el que alcanza la Buena Noticia que los hombres necesitan. Ayúdanos a ser, como tú, esclavos de la que es Esclava del Señor para llevar al mundo a su Hijo, esperanza única, Salvador único, Amor inabarcable e inenarrable de Dios para los hombres, caridad infinita de Dios hecha carne de nuestra carne en el seno de María.

            No es casual que sea la siempre Virgen María, en esta dulce advocación de Virgen de la Caridad, la que hoy, al llegar a las tierras de Toledo, te recibe. En su corazón, en el corazón de la santa madre Iglesia, está la caridad, núcleo mismo del Evangelio, y principio vital de la misma Iglesia y de la vida de sus hijos. María, Virgen de la Caridad, nos lleva de la mano a su Hijo que nos ha mostrado que Dios es amor y que se le conoce cuando se ama a los pobres y los últimos con los que se identifica. Este primer encuentro con tu diócesis de Toledo nos desvela que sólo por la caridad viva, real y eficaz será creíble y visible el Evangelio de Jesucristo. Desde aquí, desde el Hospital de la Caridad de Illescas, escuchamos la voz de los pobres de siempre -los enfermos, los que tienen hambre y necesitan comer- y los nuevos pobres de nuestra sociedad -los inmigrantes, los que viven en la soledad, las familias rotas, los jóvenes, los que caminan por la vida sin sentido, presos en el materialismo o en la droga-. Con tu parada aquí junto a la Virgen de la Caridad nos dices que sólo en la caridad la Iglesia llevará a cabo la misión que su Señor le encomienda.

            Padre y Pastor de Toledo, San Ildefonso, esclavo de María, intercede por nosotros, por la Iglesia, por tu diócesis, por Illescas. Que, por tu intercesión sacerdotal ante el Señor, Dios nos bendiga copiosamente con tu visita; que estas horas que estarás con nosotros viniendo de Zamora, donde con tanto celo cuidan de tus sagradas reliquias, sean ocasión para fortalecer e intensificar la experiencia cristiana que se expresa en la caridad, que vive de la fe, y que lleva a caminar con esperanza en nuestro mundo, de nada tan necesitado, de nada tan pobre e indigente como de Dios; que en la horas de este sábado y este domingo veamos acrecida y robustecida la valentía para anunciar y vivir el Evangelio de la caridad, del amor infinito de Dios hecho presente de manera irrevocable para siempre en Jesucristo, Hijo único de Dios nacido de María siempre Virgen. Que con la ayuda de la Santísima Virgen maría, Virgen de la Caridad, prosigamos el gran camino, lleno de futuro, que recorriste en nuestras tierras toledanas.

 

DISCURSO DEL SR. ALCALDE DE TOLEDO EN LA RECEPCIÓN DE LAS RELIQUIAS DE SAN ILDEFONSO

Puerta de Bisagra 23 de Junio de 2007, 12,30 horas

Señor Cardenal Arzobispo Primado de Toledo, vecinos y vecinas

Hoy sábado día 23 de junio, la ciudad de Toledo y yo, personalmente, nos sentimos orgullosos de recibir en este Patio de Arnas de la Puerta de Bisagra las reliquias del santo patrón de nuestra capital, de San Ildefonso. En nombre de todos los toledanos doy la bienvenida a este cortejo tan especial que desde Zamora ha transportado sus reliquias 1.200 años después de que fuesen trasladadas a tierras castellanas. Llegan en estos primeros días del verano de 2007, dentro de los actos conmemorativos del XIV Centenario de su nacimiento. Mi satisfacción es doble, por ser éste el primer acto oficial al que como presidente del Ayuntamiento de Toledo acudo acompañado por la Corporación Municipal bajo mazas, quienes desde la Plaza de Zocodover participarán en la procesión que acompañará a las reliquias hasta la Catedral Primada.

La figura de San Ildefonso se corresponde con uno de los personajes históricos más importantes de nuestra ciudad. De noble alcurnia, hijo de nobles visigodos y sobrino de San Eugenio III, pronto se sintió atraído por la vida monástica y no dudó en renunciar a sus bienes. En el año 657, en contra de su voluntad, fue escogido para suceder a su preceptor en la sede metropolitana de Toledo, siendo ungido por el propio rey Recesvinto. Nuestro patrón fue un gran hombre. «Era temeroso de Dios, lleno de piedad y de religión, grave en su andar, venerable en la honestidad de su vida; de presencia singular, fiel en guardar el secreto, sumo en sabiduría; de ingenio penetrante en sus razonamientos, notable por su elocuencia y extraordinario por su oratoria», así retrató a nuestro patrón San Julián, de cuyas manos recibió la consagración como obispo.

Aunque fue admirable en todas sus obras, en lo que más sobresalió San Ildefonso fue en la devoción de Nuestra Señora y en la defensa de la pureza de la Virgen María, destacando en ese empeño su tratado "De la perpetua virginidad de Santa María”. Las tesis de San Ildefonso tuvieron un gran eco en la cultura toledana. El propio Ayuntamiento mantuvo las posiciones del arzobispo y el 15 de diciembre de 1617, en el Monasterio de San Juan de los Reyes, la Corporación de Toledo juró públicamente, en voto y voz a todos sus vecinos, afirmar y defender que la Gloriosísima Virgen Santa María Nuestra Señora fue concebida sin pecado original. Aún hoy, cuatro siglos después ese voto es renovado anualmente durante la festividad de la Inmaculada Concepción y en la entrada de nuestra Sala Capitular una placa de piedra nos lo recuerda a todos cuantos formamos parte de la institución municipal.

De entre las representaciones iconográficas más conocidas para identificar la historia religiosa de la ciudad de Toledo, la escena de la imposición de la casulla a San Ildefonso por la Virgen María es una de las más repetidas y conocidas. Figura esculpida sobre la Puerta de Reyes de nuestra Catedral Primada, también en la Puerta del Sol y en otros rincones de nuestra capital, Durante siglos este milagro ha servido de inspiración para los más importantes y diferentes artistas plásticos. En el Museo de Santa Cruz, actualmente, podernos disfrutar de la extraordinaria exposición "HISPANIA GOTHORUM, SAN ILDEFONSO y EL REINO VISIGODO DE TOLEDO", donde se cuelgan algunas de estas obras iconográficas firmadas por artistas tan grandes como El Greco, Zurbarán o Juan de Borgoña.

Junto a la gran importancia que desde el ámbito religioso tiene esta visita para toda la diócesis de Toledo, la llegada de este cortejo nos obliga también a considerar nuestros sentimientos de fraternidad con la ciudad de Zamora, cuya alcaldesa, doña Rosa Valdeón, está hoy presente en esta Puerta de Bisagra. Son unos sentimientos de amistad arraigados no sólo por nuestro santo, sino también de la figura del rey Alfonso VI, protagonista destacado en la historia de ambas ciudades. En recuerdo de ese pasado común y de las vinculaciones de nuestro patrón, hace unos años la Real Muy Antigua e Ilustre Cofradía de Caballeros Cubicularios de San Ildefonso y San Atilano nombró cofrades de la misma a la Comunidad Mozárabe de Toledo ya nuestro Capítulo de Caballeros del Corpus Christi, cuyos representantes van a tener un protagonismo destacado en los actos que desde este momento se van a desarrollar en Toledo para honrar a estas reliquias. Con su participación, todos los toledanos podremos sentimos orgullosos, una vez más, del gran peso y trascendencia que tienen nuestras tradiciones y nuestras costumbres.

Es posible que en estos momentos algunas de las personas que contemplan el desarrollo de este acto de recibimiento se pregunten si merece la pena el boato y la solemnidad por la llegada de unas reliquias religiosas. Mi respuesta es bien clara: sí. Toledo es una ciudad donde el peso de la historia nos sale al encuentro en cada uno de sus rincones y en cada una de sus piedras. El entorno físico donde se celebra este acto es un buen ejemplo de ello. La ciudad de Toledo no va a prescindir de sus tradiciones. Es imposible tirar por la borda siglos y siglos de historia. La llegada a Toledo de estas reliquias es un gran acontecimiento para todos. Unos lo vivirán desde el gozo profundo de su fe y sus sentimientos religiosos, otros lo harán desde la consideración del recuerdo y la estima de uno de los hombres más singulares y trascendentes que han nacido en Toledo en sus siglos de historia. Hoy, unos y otros deben de sentirse orgullosos pues el espíritu y la gran obra de un toledano excepcional, de nuestro santo patrón, se encuentra más cerca de todos para profundizar en su devoción y su obra.

Al dar la bienvenida a este singular cortejo, invito a todos los toledanos a participar en los diferentes actos que a partir de este momento comenzarán a desarrollarse para honrar a San Ildefonso y a estas reliquias que hoy regresan a Toledo para gozo de nuestra diócesis y de cuantos se acerquen a la Catedral Primada para orar ante ellas con fe y con ánimo de homenajear al gran doctor mariano de la España católica.

Muchas gracias a todos por su atención.

 

PALABRAS EN LA PUERTA DE BISAGRA

            Padre y Pastor nuestro, queridísimo San Ildefonso: Toledo, lleno de júbilo, te recibe con lo mejor de su alma y su corazón, con las puertas abiertas de par en par, simbolizadas en esta puerta de Bisagra, por la que se entra en la ciudad que te vio nacer a la vida y a la fe, que te acogió en su seno y ayudó a crecer, en la que recorriste el camino de la felicidad, el de las bienaventuranzas, el de la santidad, a la que todos estamos llamados. Esta es tu ciudad, este es tu pueblo, al que tú serviste como padre y pastor ejemplar, por el que entregaste tu vida, al que alimentaste con la Palabra de Dios y con los sacramentos, por el que tú intercediste y sigues intercediendo como sacerdote y pontífice. Este es el pueblo al que tú has querido y quieres con todo tu corazón, con el mismo amor de Jesucristo, con tu caridad de Buen Pastor. Este mismo pueblo, heredero de aquellos hombres y mujeres del siglo séptimo en el que tú viviste, te recibe con los brazos abiertos y con corazón henchido de gozo, con cierta curiosidad, pero, sobre todo, con un gran amor. ¡Gracias por tu visita!¡Gracias por venir a nosotros en este día que va a coincidir con la fiesta de san Juan Bautista, precursor del Señor, enviado delante de Él para preparar sus caminos!. Hoy también vienes a nosotros a preparar sus caminos, a dirigir nuestros pasos por las sendas de la paz, esa paz que no es posible al margen de Dios, menos aún contra Él y tampoco en el olvido de Él.

            Vuelves por unas horas -muy pocas- a tu ciudad natal, cuna del esplendor y capital del reino visigótico, donde se forjó la unidad católica de nuestra patria española, donde propiamente nació España. Aquí nació España, como tú, en el Tercer Concilio Toledano. Tú, Ildefonso de Toledo, lo sabes bien lo estás viendo desde los cielos: Hoy se pretende olvidar irresponsablemente aquel esplendor visigótico que nunca, sin embargo, dejará en el olvido Toledo, porque sabemos que ahí está el futuro, allí se creó futuro, se construyó España, y aún Europa, produciendo unidad a partir de la fuerza del espíritu; se quiere prescindir en la lectura de nuestra historia de esta etapa visigótica; se prefiere la época de la "España perdida", y no se quiere recordar la de la "España recuperada", porque empalma con tu época, donde nacimos, donde se asentaron nuestros cimientos, donde crecieron y extendieron sus raíces base de nuestro futuro, ayer, hoy y mañana. ¡Gracias por venir a nosotros!, porque, en esta etapa crítica de nuestra actual historia, nos recuerdas cual es el camino del futuro: el que tú, en tu época, enderezaste, el qué tú recorriste y enseñaste a recorrer entonces y siempre: el de la fe, el de la fe verdadera en Jesucristo Hijo unigénito de Dios que se hizo hombre en el seno virginal de la siempre Virgen María por obra y gracia del Espíritu Santo.

            Con tu visita nos recuerdas y avivas la certeza de que de la fe, del reconocimiento y afirmación de Dios, revelado y dado en Jesucristo, brota el más profundo humanismo. Permíteme, santo y queridísimo Patrón nuestro, que, tan temprana como tal vez poco protocolariamente -acabas de llegar y vienes de visita-, te exponga una preocupación grande; perdona que aquí mismo, nada más llegar a Toledo, en su misma puerta, en el espacio público, sin esperar siquiera a estar en la Catedral, te manifieste una gran cuestión que nos acucia y en la que se juega nuestro futuro. Mira, Protector y Pastor nuestro: Existe un proyecto de erradicar nuestras raíces cristianas, raíces de fe en Dios Padre de Nuestro Señor Jesucristo; se percibe cada día con mayor claridad la implantación de un proyecto laicista en que Dios no cuenta. Como hemos dicho recientemente tus hermanos Obispos de la Conferencia Episcopal Española a este respecto: "No se trata del reconocimiento de la justa autonomía del orden temporal, en sus instituciones y procesos, algo que es enteramente compatible con la fe cristiana y hasta directamente favorecido y exigible por ella. Se trata, más bien, de la voluntad de prescindir de Dios en la visión y la valoración del mundo, en la imagen que el hombre tiene de sí mismo, del origen y término de su existencia, de las normas y los objetivos de sus actividades personales y sociales. Dentro de un cambio cultural muy amplio, España se ve invadida -"dentro de un proyecto bien trazado"- por un modo de vida en el que la referencia a Dios es considerada como una deficiencia en la madurez intelectual y en el pleno ejercicio de la libertad. Vivimos en un mundo en donde se va implantando la comprensión atea de la propia existencia... Este proyecto implica la quiebra de todo un patrimonio espiritual y cultural, enraizado en la memoria y la adoración de Jesucristo y, por tanto, el abandono de valiosas instituciones y tradiciones nacidas y nutridas de esa cultura. Se diría que se pretende construir artificialmente -"totalmente nueva, sin memoria, sin herencia, sin tradición"- sin referencias religiosas, exclusivamente terrena -"con el materialismo y el relativismo elevado a nivel de dogma y con la pretensión de que sean sólo los hombres, la sociedad los constructores de sí mismos, los que deciden lo bueno y lo malo, lo que ha de ser el futuro"-, fundada únicamente en nuestros propios recursos" y decisiones. A este proyecto se unen fuerzas disgregadoras de nuestra unidad como acontecimiento histórico y espiritual, que se juntan para ir en la misma dirección que hace desaparecer lo que aquí en Toledo nació y asentó sobre sólidos fundamentos para el futuro. No son ajenos a este proyecto el retorno de lo que durante siglos pudo romper, sin lograrlo enteramente, lo que constituye nuestra identidad y ser más propio.

            Vienes en este preciso momento a Toledo. Tu visita es todo un símbolo. Tú pusiste sólidos cimientos, que hicieron que la España perdida pudiese ser, en siglos, la España reconquistada, la España renacida, recuperada y renovada. Ayúdanos, en esta visita, a tu diócesis de Toledo, diócesis primada, sede de los Concilios tan decisivos para la profesión de la verdadera y única fe católica, en comunión con la sede de Pedro, así como para toda España, a que prosigamos nuestro camino con la mirada puesta en Jesucristo, iniciador y consumador de nuestra fe. Que tu visita, en el contexto histórico-social-cultural en que nos encontramos, como dijo en otra memorable visita a España, el siervo de Dios Juan Pablo II, nos ayude a "recobrar el vigor pleno del espíritu, la valentía de una fe vivida, la lucidez evangélica iluminada por el amor profundo al hombre hermano. Para sacar de ahí fuerza renovada que nos haga siempre infatigables creadores de justicia, alentadores de cultura y elevación humana y moral del pueblo. En un clima de respetuosa convivencia con las otras legítimas opciones, mientras exigimos el justo respeto a las nuestras". ¡Gracias y bienvenido!

 

A SAN ILDEFONSO, ANTE EL ALTAR DE LA DESCENSIÓN

(Se trata de una oración que transforma en súplica a San Ildefonso las recomendaciones que el Papa Benedicto XVI dirigió a los Obispos de España en el Encuentro Mundial de las familias en julio de 2006, en Valencia).

      San Ildefonso, Pastor y guía nuestro, ¡qué emoción encontrarnos ante el altar, ante la piedra que recuerda la aparición de la Virgen María a tu persona, cuando recibiste de manos de Ella la casulla con que siempre apareces en la iconografía. Hoy deseamos seguir imponiendo esa casulla a muchos, muchos sacerdotes bien preparados y santos, no sólo para Toledo, sino para la Iglesia universal, para Moyobamba, para Lurín, para tantos sitios que nos reclaman. También ahí se construye el futuro. Consíguenos de Dios, con la ayuda intercesora de Santa maría y de todos los santos, muchos y santos sacerdotes; ayuda de manera especial a los que van a ser ordenados sacerdotes y diáconos dentro de veintiún días.

      Ayúdanos a los Obispos que seguimos tus pasos en Toledo como pastores, en este lugar; lleno de emoción te pido que ruegues por nosotros, Carmelo, Ángel, el Obispo de Zamora, y un servidor. Que seamos santos pastores conforme al corazón de Dios. Que estemos muy atentos a los acontecimientos de la Iglesia de nuestra España, de profunda raigambre cristiana y que tanto ha aportado y está llamada a aportar al testimonio de la fe y su difusión en otras muchas partes del mundo.

      Ayúdanos a mantener vivo y vigoroso este espíritu, que ha acompañado la vida de los españoles en su historia, para que siga nutriendo y dando vitalidad a nuestro pueblo. Que, con tu ayuda, la ayuda de María y de todos los santos, con el auxilio y la fortaleza y gracia de Dios sigamos alentando, con gran impulso, la acción apostólica, en un tiempo de rápida secularización que a veces afecta incluso a la vida interna de las comunidades. Que sigamos proclamando a tiempo y destiempo, sin desánimo, que prescindir de Dios, actuar como si no existiera o relegar la fe al ámbito de lo privado, socava la verdad del hombre e hipoteca el futuro de la cultura y de la sociedad. Por el contrario, dirigir la mirada al Dios vivo, garante de nuestra libertad y de la verdad, es una premisa para llegar a una humanidad nueva. El mundo necesita hoy de modo particular que se anuncie y se dé testimonio de Dios que es amor y, por tanto, la única luz que, en el fondo, ilumina la oscuridad del mundo y nos da la fuerza para vivir y actuar.

      En estos momentos o situaciones difíciles, querido San Ildefonso, ayúdanos a recordar y vivir aquellas palabras de la Carta a los Hebreos: "Corramos la carrera que nos toca sin retirarnos, fijos los ojos en el que inició y completa nuestra fe: Jesús, que, renunciando al gozo inmediato, soportó la Cruz sin miedo a la ignominia...y no os canséis ni perdáis el ánimo". Que proclamemos siempre que Jesús es el "Cristo, el Hijo de Dios vivo", "el que tiene palabras de vida eterna", y que no nos cansemos de dar razón de nuestra esperanza".

      Que movidos por nuestra solicitud pastoral y espíritu de plena comunión en el anuncio del Evangelio, sigamos orientando la conciencia de nuestros fieles sobre diversos aspectos de la realidad ante la cual se encuentran y que en ocasiones perturban la vida eclesial y la fe de los sencillos.

      Que pongamos, insistiendo con todo vigor, en el centro de toda la vida de la Iglesia y de su acción, el misterio eucarístico, con el fin de revitalizar la vida cristiana desde su mismo corazón, pues adentrándonos en el misterio eucarístico, entramos en el corazón de Dios. En la Eucaristía se realiza el acto central de transformación, capaz de renovar verdaderamente el mundo.

      Ayúdanos a mantener y acrecentar la comunión fraterna entre nosotros, con los sacerdotes, entre todos los miembros de la Iglesia, testimonio y ejemplo de la comunión eclesial que ha de reinar en todo el pueblo de Dios que se nos ha confiado. Ruega por nosotros, ruega por Toledo, ruega por España, ruega por Zamora. Que te acompañe en tu ruego ante Dios la intercesión de Santa María, madre de Dios y madre nuestra, siempre Virgen.

 

HOMILÍA EN LA VIGILIA DE JÓVENES

       Queridos jóvenes, nos encontramos ante las reliquias de san Ildefonso, Padre y pastor de Toledo. Una figura grande, como grandes queréis ser vosotros: Una figura que nos muestra que no podemos contentarnos con una vida mediocre, como tampoco vosotros queréis contentaros; una figura muy libre, porque fue capaz de seguir a Jesucristo, dejarlo; una vida llena de alegría que resuma alegría e invita a la alegría. También nosotros podemos ser como él: santos, felices, con la felicidad de las bienaventuranzas, libres con la verdad de Jesucristo, dichosos con la alegría de sabernos amados.

      Es cierto que os rodea un mundo que no es fácil, a pesar de todas la apariencias; que no os ayuda en vuestros nobles y no pequeños ideales, ni ofrece las respuestas que verdaderamente os importan e interesan para vivir. No podéis taparos los ojos ante las amenazas que os acechan a vuestra alrededor. La Iglesia, vuestros pastores, como san Ildefonso, os comprendemos y estamos más cercanos a vosotros de lo que os pueda parecer: "Con demasiada frecuencia, el mundo en que vivimos, que os da tanta información, que os ofrece tantos sucedáneos baratos de la felicidad y de la libertad, deja sin respuesta las preguntas más importantes y urgentes. No os ayuda a reconocer el significado de la vida, ni os acompaña a entrar en la vida adulta, que consiste en afrontar la realidad de un modo que no destruya la esperanza. No os facilita el reconocimiento de vuestra dignidad como personas y de vuestra vocación. Os deja solos porque no le interesáis vosotros, ni vuestra esperanza, ni vuestra alegría. A veces, el desinterés se da en la misma familia, ese lugar que Dios ha creado para que el hombre pudiera experimentar lo que vale ser querido por uno mismo, y así adquirir la clave más decisiva para orientarse en la vida, y para reconocer a Dios. Por eso tantos de vosotros, a pesar de vuestros pocos años, vivís ya en la tristeza y en la desesperanza, o tratáis de buscar un alivio a vuestra inquietud en el alcohol o en la droga, o en el sexo irresponsable, o en la violencia, que os terminan destruyendo... A pesar de estas dificultades, o precisamente por ellas, os queremos decir que la vida no tiene por qué consistir en engañarse a uno mismo; que hay una alegría que no hace evadirse de la realidad, y una esperanza que no es ilusión, y un amor que no es interés disfrazado. Que hay una verdad como una roca, sobre la que puede construirse una casa -la vida-, sin que los vendavales, las tormentas o las lluvias que inevitablemente azotan la casa con el tiempo terminen por echarla abajo. Esa roca es Jesucristo. El es 'el Camino", la Verdad y la Vida'".

      Por eso os digo, os lo dice también en esta visita San Ildefonso, queridos jóvenes: Dejad que Cristo sea para vosotros la base de vuestra existencia. Dejad que Cristo que Cristo sea vuestro camino, ¡el único camino!, aunque se abran para vosotros otros caminos que os pueden halagar con metas tan fáciles como ambiguas. Sólo El conduce a la realización plena de las expectativas que lleváis en lo profundo de vuestro joven y grande corazón. Dejad que Cristo sea vuestra medida. No os establezcáis en nadie más que en Cristo. Que El os guíe y os guarde en su amor. Que El sea vuestra alegría. Dejad que El sea vuestra salvación y felicidad, la fuente de donde brote para vosotros la alegría y la paz. En Cristo descubriréis la grandeza de vuestra humanidad. Porque -¿lo sabéis?- es grande ser hombre, ¡muy grande! Porque Dios ama al hombre, porque el Hijo de Dios se ha hecho hombre; porque El mismo nos ha dicho con hechos lo que vale ser hombre, tanto que no hay dinero en el mundo con el que se pueda pagar un rescate por un sólo hombre - cada hombre vale más que todo el dinero del mundo, no es comprable por nada-, por él, por el hombre, por cada hombre, por ti y por mí, Cristo mismo pagó el rescate, "hemos sido, en efecto, comprados no con oro o plata perecederos, sino con la sangre de Cristo", que es la sangre de Dios : eso es lo que vale el hombre - la sangre de Dios- esa es la dignidad de todo ser humano. Así lo quiere Dios.

      Por eso, mis queridos amigos, descubrid vuestra grandeza de hombres, admirad y asombraos ante la dignidad de lo que sois, gozad cómo sois amados y considerados por Dios: ¡Nadie nos considera como El! Amad a Cristo, seguidle, abrid de par en par las puertas de vuestra casa -de vuestra joven y prometedora vida- a Cristo. Como os decimos los Obispos del Sur -de nuevo me remito a nuestra carta- que tanto esperamos de vosotros, recordad una y otra vez, siempre que Cristo "os ama a cada uno, como sois, sin condiciones ni límites. El ha venido por cada uno de vosotros, 'para que tengáis vida, y vida abundante'. El hace que todo tenga sentido, y que las cosas puedan situarse en su lugar adecuado. Hasta el mal y el pecado, y la muerte, que ya son, gracias a El, el destino inevitable de la vida humana. En El se ha revelado el amor infinito de Dios por el hombre, por cada uno de los hombres, por cada uno de vosotros. En El se ha revelado la dignidad de nuestra vida, nuestro verdadero destino, y se nos hace posible realizar ya aquí en la tierra la verdad de nuestra vocación: vocación a la verdad, al bien y a la belleza; vocación a la amistad y al amor que no pasan. Gracias a El, es posible vivir con una razón adecuada a la realidad, a pesar de la fatiga y esfuerzo que la vida lleva consigo. Y es posible estudiar y trabajar con gusto, y luchar con ahínco por un mundo que corresponde más a la verdad del hombre. Gracias a El, la vida entera se convierte en una misión.

      Mis queridos amigos, afianzaros en Jesucristo, vivid desde la alegría del mejor amigo que es El - porque nadie ama más, ni es mejor amigo, que el que da la vida por sus amigos, y ¡El la ha dado por ti, por tus amigos, por los tuyos y cercanos, por mí, por todos-. Como decía aquél hombre que, como pocos tuvo una experiencia tan viva, real y honda de Jesús, aquél hombre tan lleno de esperanza, tan libre y valiente que fue san Pablo: "¿Quién podrá apartarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús?". Ahí, en Jesús, está alegría verdadera de vivir. Todo en Jesús irradia alegría. Todo su Evangelio es proclamación de la dicha y de la felicidad que andáis buscando. Si Jesús irradia alegría, sabedlo bien, es por el amor inefable con que El se sabe amado por Dios, su Padre. El quiere que sintamos y vivamos con esa misma alegría suya; así, en aquella noche memorable en que fue entregado, oró a su Padre y le dijo: "Yo les he revelado tu Nombre, para que el amor con que Tú me has amado, esté en ellos y yo también en ellos; y así su alegría sea completa y cumplida". Es, ¡nada menos!, que la alegría de estar dentro del amor de Dios que nos hace hijos suyos. Con San Ildefonso, con María

 

HOMILÍA EN LA SANTA MISA EN RITO HISPANO-MOZÁRABE

      Hoy Toledo, la ciudad y la diócesis de Toledo, se sienten especialmente dichosas por la visita de las sagradas reliquias de su santo Patrón, Padre y Pastor, San Ildefonso. Hace 1400 años que vivió con nosotros. Hace 1350 años que comenzó a pastorear esta diócesis primada, sede de los Concilios. Hace 1340 años que murió y está en los cielos continuando su sacerdocio eterno y su pastoreo desde la gloria de los cielos, sigue intercediendo por nosotros. Hoy estamos experimentando de manera singular esta intercesión de san Ildefonso por su pueblo, que custodió sus restos y traslado después, hace ya 1200 años a Zamora, donde tan celosamente y con tanto esmero los están custodiando. Muchas gracias diócesis de Zamora, muchas gracias Caballeros Cubicularios por vuestro servicio.

      La visita de las reliquias de san Ildefonso hacen dirigir nuestra mirada al que siempre miró y siguió él mismo, como Buen Pastor: a Jesucristo, en medio de una sociedad que ya se veía necesitada de reconstrucción y fundamentación, de renovación y revigorización tras todo lo que supuso unas décadas antes el Tercer Concilio Toledano.

     Hoy también, nuestra sociedad, Europa, España, la misma Toledo necesita una reconstrucción que exige sabiduría y hondura espiritual. La Iglesia, los cristianos, no podemos estar ausentes, en cuanto cristianos, en cuanto Iglesia, de esta reconstrucción, en último término, humana y espiritual. Ni la Iglesia ni los cristianos podemos omitir nuestro servicio a la nueva sociedad. Es un servicio al hombre que la Iglesia, desde la clave de humanidad que encuentra en Jesucristo, que posee en Él, no puede dejar de hacer en esta encrucijada de la historia. Este servicio se llama Evangelio, y evangelización.

      La Iglesia no tiene otra riqueza, ni otra fuerza que Cristo. No posee ninguna otra palabra que "Cristo": pero ésta ni la puede olvidar, ni la quiere ni debe silenciar, ni la dejará morir; porque, con El, ha apostado enteramente y sin condiciones ni intereses extraños por el hombre. Esa es la riqueza de los cristianos, y hemos de ofrecerla con tanta sencillez como transparencia, sabedores por la propia experiencia de que es un bien inestimable para la vida de las personas. Esta experiencia vivida de Jesucristo, Redentor, es un don, una gracia, y por eso sólo puede ofrecerse humildemente, como un gesto de amistad. No se impone, se muestra. Se ofrece como una invitación a la libertad. Tiene como métodos propios de comunicación el testimonio y el diálogo, y como criterio el amor y la misericordia (Cfr. Juan Pablo I, Redemptoris Missio, cap. V). Busca en todas las circunstancias el bien integral de la persona y trata de cooperar lealmente con todos en el esfuerzo por el bien común. Estos métodos separan al cristianismo de las ideologías; con ellos puede el cristianismo ofrecer una auténtica novedad a los hombres y mujeres de nuestro tiempo.

      Así, anunciar a Cristo, testificar a Cristo, es su mejor y mayor servicio a los hombres. Anunciar a Cristo, ser testigos del Dios vivo, no es "sacralizar" ni "dominar" el mundo: es servirle y dar a Aquel que es la Buena Noticia para los pobres y que nos hace libres y hermanos. Se trata de ser coherentes hoy con la fe y la experiencia de Jesucristo que es paz y esperanza para todos. Lo que los cristianos, la Iglesia, han de hacer y pueden ofrecer a los hombres de la sociedad de hoy, como hizo a los comienzos de todo la Virgen Santa maría, como hizo siglos después su fiel esclavo san Ildefonso, como ha hecho en todos los tiempos, es Jesucristo, Redentor del hombre y del mundo. Hacia él únicamente se ha de orientar su espíritu. El es la única dirección de su entendimiento, de su voluntad y de su corazón. Hacia Él siempre y especialmente en nuestro tiempo, ha de volver su mirada. La Iglesia vive de la certeza, clara y apasionada, de que ella ha de ofrecer a los hombres el bien más precioso y que nadie más puede darle : la fe en Jesucristo, fuente de la esperanza que no defrauda, don que está en el origen de la unidad espiritual y cultural de los pueblos de España y de Europa, y que todavía hoy y en el futuro puede ser una aportación esencial a su desarrollo e integración. La Iglesia se presenta ahora con el mismo anuncio de siempre, que es su único tesoro: Jesucristo es el Señor; en Él, y en ningún otro, podemos salvarnos. La fuente de la esperanza, para Toledo, para España, y para el mundo entero, es Cristo, y la Iglesia es el canal a través del cual pasa y se difunde la ola de gracia que fluye del corazón traspasado del Redentor" (Ecclesia in Europa 18).

      Si quiere la Iglesia -y ciertamente debe- servir a la nueva España, si quiere "ayudarla a reconstruirse a sí misma, revitalizando las raíces que le han dado origen, aquí en Toledo, es preciso que vuelva con renovado vigor a Jesucristo, que reavive la experiencia de Cristo, que profundice en su conversión a Jesucristo y que llame a esa conversión a todos sus miembros e instituciones. Somos nosotros, los cristianos, en primer lugar, así nos lo indica san Ildefonso, en sus obras De cognitione baptismi y de itinere deserti, los que tenemos necesidad de conversión, porque la luz que hay en el cristianismo no es nuestra, sino que la recibimos de Cristo como don y gracia. Y sólo permaneciendo abiertos constantemente a esa gracia podemos ser, para el hombre y la sociedad concreta propuesta de esperanza, testimonio vivo y veraz de una humanidad nueva. "Por el tenor de vida y el testimonio de la palabra de los cristianos, los habitantes de nuestra sociedad española y europea podrán descubrir que Cristo es el futuro del hombre" (Ecclesia in Europa, 21).Así, sólo rehaciendo el tejido cristiano de las comunidades eclesiales, se podrá colaborar en rehacer el tejido cristiano de la sociedad (Cfr. Juan Pablo II, Christi Fidelis Laici, 34) . "El camino de la Iglesia es el hombre" (Juan Pablo II, Redemptor Hominis), y el testimonio más necesario de los cristianos en estos momentos es sin duda el testimonio en favor del hombre y de su esperanza. Ese testimonio debe partir de la certeza de que el hombre está hecho para la verdad y el bien; asimismo debe caracterizarse por el respeto a la vocación de la persona y por el trato justo a su dignidad en todos los ámbitos del obrar humano, y en toda circunstancia. Y ha de expresarse en iniciativas concretas de solidaridad. La misión de la Iglesia no es alimentar conflictos, sino aportar a su solución la luz y la verdad de la Redención de Cristo. Su vocación y su aportación a de ser la unidad, la comunión.

      En San Ildefonso aprendemos y vemos con toda seguridad el programa que con toda certeza y verdad seguimos hoy en la Iglesia, en el que insistimos, con los papas, los Obispos en España, es el programa de siempre, porque el programa permanente de la Iglesia es Jesucristo. Como dijo en Verona el Papa Benedicto XVI, en estos momento seguimos teniendo la gran misión de ofrecer a nuestros hermanos el gran "sí" que en Jesucristo Dios dice al hombre y a su vida, al amor humano, a nuestra libertad y a nuestra inteligencia; haciéndoles ver cómo la fe en el Dios que tiene rostro humano trae la alegría al mundo.

    Es vano contraponer este testimonio, este "sí" en favor del hombre al testimonio de la fe en Dios vivo y de la esperanza en Jesucristo, o al testimonio de la comunión eclesial. El primer fruto del encuentro con Jesucristo es el arraigo del amor de Dios en el corazón del hombre y, consecuentemente, el aprecio por cada hombre concreto en su dignidad única, por encima de cualquier otra identidad racial o nacional, de su condición moral, de su historia o de cualquier circunstancia, que tan fuertemente ha marcado lo mejor de la historia y de la cultura europea.

      La Iglesia, en consecuencia, teniendo en cuenta la "sed de verdad de toda persona y la necesidad de valores auténticos que animen a los pueblos habrá "proponer con renovada energía la novedad que le anima" (Ecclesia in Europa, 21) , esto es, Jesucristo. Y esto siempre desde el respeto exquisito y pleno a las convicciones ajenas, sobre todo a las personas y a su libertad. Nunca desde la imposición, exclusión o avasallamiento. Por eso las palabras del Papa Juan Pablo en Cuatro Vientos ante setecientos mil jóvenes el pasado mayo: "Testimoniad con vuestras vidas que las ideas no se imponen, sino que se proponen" (Juan Pablo II, Encuentro con los Jóvenes en Cuatro Vientos (Madrid), mayo 2003). "¿Cómo podrán quienes son testigos del Evangelio y viven la experiencia del amor de Dios, manifestado en Jesucristo, ser promotores o colaboradores de nacionalismos exasperados, racismos e intolerancias? ¿Cómo podrán no entender que la espiral de la violencia, el terrorismo y la guerra no hace sino provocar odio y muerte?" (A. M. Rouco, A la Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal Española, 16 de junio, 2003, 8).

    Con esta propuesta y este servicio del Evangelio, de una nueva evangelización, no se pretende, como algunos tal vez teman, la restauración del pasado. "El interés que la Iglesia tiene por la sociedad, por Europa, por España y su futuro deriva de su misma naturaleza y misión.(...) En cuanto depositaria del Evangelio, ha contribuido a difundir ya consolidar los valores que han hecho universal nuestra cultura" (Ecclesia in Europa, 25) , impregnada, como todo en ella, "amplia y profundamente por el Evangelio" (Ecclesia in Europa) . La Iglesia, pues, se pone al servicio, como Iglesia, para contribuir a aquellos fines que procuren un auténtico bienestar material, cultural y espiritual a nuestra Nación y a nuestra sociedad. A nuestra sociedad próspera y desarrollada económicamente, pero moral y culturalmente desconcertada, la Iglesia aporta la savia del Evangelio, la riqueza de la humanidad que brota del encuentro con Jesucristo y de la comunión con la Iglesia. Los católicos ante nuestra sociedad tienen el deber de aportar a la vida social, cultural, humana, estos bienes en el marco de las libertades democráticas, promoviendo aquellos valores sociales que derivan del Evangelio.

      Creo sinceramente que urge hoy en Europa hablar del valor social y humanizador de la fe, para que se despierte la conciencia pública respecto a los nuevos pobres, y a los pobres de siempre, a la pobreza extrema del tercer Mundo, y para que se perciba la necesidad de renovación moral, de conversión, de liberación de una vida materialista y hedonista que nos está llevando a un callejón sin salida demográfica. De otro modo, el fantasma de una sociedad dura, cruel, egoísta y violenta pudiera convertirse en dura realidad.

      No deberíamos olvidar, en este sentido, una vez más, como recordaba Juan pablo II en su Exhortación Apostólica Ecclesia in Europa, que son múltiples "las raíces ideales que han contribuido con su savia al reconocimiento del valor de la persona y de su dignidad inalienable, del carácter sagrado de la vida humana y el papel central de la familia, de la importancia de la educación y la libertad de opinión, de palabra, de religión, así como también a la tutela legal de los individuos y los grupos, a la promoción de la solidaridad y el bien común, al reconocimiento de la dignidad del trabajo. Tales raíces han favorecido que el poder político esté sujeto a la ley y al respeto de los derechos de la persona y de los pueblos. A este propósito se han de recordar el espíritu de la Grecia antigua y de la romanidad, las aportaciones de los pueblos celtas, germanos, eslavos, ugrofineses, de la cultura hebrea y del mundo islámico. Sin embargo, se ha de reconocer que estas influencias han encontrado históricamente en la tradición judeocristiana una fuerza capaz de armonizarlas, consolidarlas y promoverlas. Se trata de un hecho que no se puede ignorar; por el contrario, en el proceso de construcción de la 'casa común europea', debe reconocerse que este edificio ha de apoyarse también sobre valores que encuentran en la tradición cristiana su plena manifestación. Tener esto en cuenta beneficia a todos" (Ecclesia in Europa, 19).

      A todo ello nos invitan estas reliquias de san Ildefonso que hoy nos visitan, a todo esto nos convoca la memoria agradecido de nuestro santo patrón, Padre y pastor de Toledo, que tanto contribuyó a la renovación de su sociedad, a todo esto nos compromete la veneración de estas santas reliquias de San Ildefonso, por quien damos gracias a Dios, uniéndolo a la acción de gracias por el don inconmensurable de Jesucristo y que Jesucristo ofrece al padre en el sacrifico eucarístico, donde Dios, que es Amor nos lo da todo para que tengamos vida, anticipemos en la tierra y en la historia el futuro del Amor que permanecerá para siempre en la gloria venidera, que goza para siempre san Ildefonso. Que él interceda por nosotros, para que valientemente y con fortaleza permanezcamos fieles en la fe y demos testimonio valiente de Jesucristo, esperanza y futuro para todos los hombres. Que la siempre Virgen María nos acompañe con su poderosa intercesión.

 

HOMILÍA EN LA SOLEMNIDAD DE LA NATIVIDAD DE SAN JUAN BAUTISTA

 

S. I. Catedral Primada

24 de junio de 2007

¡Qué grande es en medio de nosotros el Señor, nuestro Dios y salvador! Él hace proezas en favor nuestro. Él se ha mostrado grande con Toledo al concedernos que nos visiten las reliquias sagradas de nuestro Padre y Pastor, San Ildefonso. En esta fiesta del nacimiento de San Juan Bautista, bien podemos hacer nuestras, las palabras de su padre, Zacarías: "Por la entrañable misericordia de nuestro Dios nos ha visitado el Sol que nace de lo alto". Porque san Ildefonso está siendo una manifestación entre nosotros de la Luz, la Luz que es Cristo, que ilumina a los que viven en tinieblas y guía nuestros pasos por el camino de la paz. En esta hora, nuestras palabras no deberían ser otras que de pura y gozosa alabanza a Dios, de reconocimiento de Él, de proclamación de su inmensa grandeza, de sencilla confesión de fe y de adoración humilde por la gracia y la bondad, por la delicadeza y la ternura de la que Él colma a la Iglesia en Toledo con el don inmenso de la presencia entre nosotros del que es nuestro santo Patrón. ¡Demos gracias a Dios, el Señor, nuestra fuerza y nuestro poder!

La Providencia ha querido que esta visita coincida con la natividad del Bautista, de Juan, como es su nombre. Todo en Juan remite a Jesucristo, el Mes1as esperado que había de venir. No es la luz sino testigo de la Luz, para llevar a los hombres a la fe. No es la Palabra, sino la voz que lleva la Palabra, que es vehículo de la Palabra y clama en el desierto: "Preparad el Camino al Señor", "convertíos porque está cerca el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo". Juan, para preparar los caminos al que viene en el Nombre del Señor, predicó y realizó un bautismo de penitencia y conversión. Anuncia en el desierto y señala próximo a quien no conoce. Profeta y testigo, precursor de Jesús, forja su personalidad en el desierto, que es escuela de Dios, escuela de la escucha de la Palabra, del silencio, de la oración, del encuentro con Dios, de la penitencia.

En San Ildefonso podemos ver también estos rasgos del que viene a preparar los caminos del Señor. La figura de Juan Bautista unido a la prefiguración del bautismo de Jesús, nos hace ver la semejanza de San Ildefonso con él; no sólo porque escribió uno de los tratados mejores sobre el bautismo y dedicó páginas importantes y espléndidas al Precursor, al Bautista, sino porque todo san Ildefonso tiene una similitud muy grande con el que es enviado a preparar los caminos de a Aquel que trae la paz y la luz de las naciones. La persona y la vida de San Ildefonso, en efecto, es para nosotros la del elegido y enviado por Dios, por pura gracia y bondad suya, para anunciar y señalar presente a aquel que viene y lleva la salvación. El fue testigo de la Luz y dio testimonio de la Luz, no era la Luz, pero la luz que a través de él ha brillado en medio del mundo, llega hasta nosotros, como estamos experimentando en estos dos días de gracia. Él es testigo del Cordero que quita el pecado del mundo para llevar a los hombres a Cristo en orden a que aprendan de El y le sigan. En toda su vida y con todo su ministerio señala a Cristo entre los hombres, presente en medio de ellos, aunque no lo conozcan. Como el Bautista, también él, en la oscuridad de la ignorancia y desconocimiento de Cristo, dio testimonio que se renueva incesantemente, de Aquel que, por desgracia, conocemos tan poco.

No fue la Palabra. La Palabra sólo es Cristo. Pero fue un vehículo de la Palabra, para ayudar a todos los hombres a que abran su corazón para acoger a Cristo. Fue testigo singular de Cristo, transparencia de la Luz, para conducir a los hombres a la fe, a Cristo. Con toda su persona y ministerio no buscó otra cosa que preparar el camino al Señor y enderezar los caminos de los hombres.

Su vida, su mensaje, sus obras fueron siempre, son llamada a la conversión, a la vida nueva, a recorrer el camino del bien y de la perfección conforme a Cristo, para que los hombres puedan recibir y aceptar la presencia de Dios en el mundo, la única puerta abierta al futuro ya la esperanza. El Bautista se hace pequeño, para que el que llega sea grande. San Ildefonso nos muestra también la necesidad que tenemos de hacernos pequeños para que el Señor se muestre grande, en toda su grandeza. Bien pudo hacer suyas las palabras que la lectura del Libro de los Hechos pone en boca del bautista: "Yo no soy quien pensáis, sino que viene detrás de mí uno a quien no merezco desatarle las sandalias". Solamente así se conoce a Aquel que es más grande que nosotros. Llegaremos a conocer a Dios, Enmanuel, en la medida en que dejemos lugar para su presencia.

Como Juan el Bautista, también San Ildefonso llamó y llama a una sincera conversión para acoger el Reino de Dios, que llega con Cristo; esto es, acoger la infinita misericordia de Dios. El envío que el Padre hace de su Hijo al mundo es la manifestación y la esencia misma del amor, es la revelación de la inmensa bondad de Dios y de su amor en favor de los hombres: esa misericordia y ternura de Dios, san Ildefonso la encuentra en toda su verdad y su luz en Aquella que canta y proclama la misericordia de Dios como nadie, la Santísima y siempre Virgen María. Es necesario y urgente llamar a la conversión. Apremia llamar a la conversión, para que Dios, Amor, sea el centro de nuestra vida ya en la tierra, porque la vida que llevamos no es camino para el encuentro con Dios donde está la verdad del hombre. La conversión reclama caminar en la verdad, de cara a la verdad, no de espaldas a la verdad. Cuando el hombre camina en la dirección contraria a Dios, cuando le da la espalda a Dios, o cuando se olvida de Él que es la referencia absoluta de su vida, inmediatamente, surge una profunda ruptura y quiebra de humanidad, como nos sucede ahora. La presencia entre nosotros de las sagradas reliquias de san Ildefonso está siendo una llamada a la conversión. No puede pasar esta visita como algo anecdótico. Dios, que nos visita en estas reliquias, nos llama a una vida conforme al querer de Dios, una vida bautismal, una vida de perfección, una vida que se identifica con el ser todo de María, para ser todo de Dios, ser todo de María para que Dios se haga y se manifieste muy grande en nosotros, porque cuando más vivimos en la pequeñez de ser siervos de María, siervos de Dios, más engrandecidos somos, más caminamos en la conformidad de Dios que es caminar en la misericordia, llevando la misericordia, el amor de Dios a todos; ser todo de María, para que se manifieste la fuerza de Dios en nosotros, su gracia y su amor.

Como en el nacimiento de Juan, de alguna manera en la visita de san Ildefonso podemos decir que nos visita el mismo Señor, como cuando nace el Bautista, porque en nombre del Señor ha venido a nosotros, y lo ha hecho en una situación delicada de nuestra historia, en una época marcada y penetrada, en efecto, por una honda quiebra de humanidad originada en el olvido de Dios y en el intento de relegarlo a la insignificancia en nuestra vida personal y social, que permea todo de la tristeza de lo finito y de la nada, o de miedo al futuro, una situación cultural y social, descrita certeramente por la Conferencia Episcopal en su todavía reciente Instrucción sobre "Orientaciones Morales" en los siguientes términos: se está dando un "desarrollo alarmante del laicismo", caracterizado por "la voluntad de prescindir de Dios en la visión y la valoración del mundo, en la imagen que el hombre tiene de sí mismo, del origen y término de su existencia, de las normas y los objetivos de sus actividades personales y sociales. Dentro de un cambio cultural muy amplio, España se ve invadida de un modo de vida en el que la referencia a Dios es considerada como una deficiencia en la madurez intelectual yen el pleno ejercicio de la libertad. Vivimos en un mundo, donde se va implantando la comprensión atea de la propia existencia… Éste es el problema radical de nuestra cultura: el de la negación de Dios y el de un vivir como si Dios no existiera". Y añade el texto episcopal: "El mal radical del momento consiste en. . . el deseo ilusorio y blasfemo de ser dueños absolutos de todo, de dirigir nuestra vida y la vida de la sociedad a nuestro gusto, sin contar con Dios, como si fuéramos verdaderos creadores del mundo y de nosotros mismos. De ahí la exaltación de la propia libertad como norma suprema del bien y del mal y el olvido de Dios, con el consiguiente menosprecio de la religión y la consideración idolátrica de los bienes del mundo y de la vida terrena como si fueran el bien supremo" (nn. 8-10). Se trata de un verdadero proyecto para nuestra sociedad, un proyecto cultural y político en el que están empeñados fuerzas y poderes sociales, a veces ocultas, y no tan ocultas, pero reales. "Este proyecto -como recordaba ayer en la Puerta de Bisagra y afirman los Obispos en la mencionada Instrucción pastoral- implica la quiebra de todo un patrimonio espiritual y cultural, enraizado en la memoria y adoración de Jesucristo y, por tanto, el abandono de valiosas instituciones y tradiciones nacidas y nutridas de esa cultura. Se diría que se pretende construir artificialmente una sociedad sin referencias religiosas, exclusivamente terrenas, sin culto a Dios ni aspiración ninguna a la vida eterna, fundada únicamente en nuestros propios recursos y orientada exclusivamente hacia el mero goce de los bienes de la tierra" (n. 13). Para ese proyecto y al servicio de él se despliegan muy poderosos medios y se usan grandes recursos e instrumentos, sin que con frecuencia nos percatemos de ello, de forma que se vayan educando las conciencias de los ciudadanos en esa mentalidad envolvente, generadora de relativismo moral y de un laicismo radical, que se pretende como la única compatible y válida para una ciudadanía adulta, libre, y democrática. "Tal parece ser, decimos los Obispos de la Conferencia Episcopal en la mencionada Instrucción pastoral, la interpretación correcta de las dificultades crecientes para incorporar el estudio libre de la religión católica en los currículos de la escuela pública. . . y el anunciado programa de la nueva asignatura, con carácter obligatorio, denominada 'Educación para la ciudadanía', con el riesgo de una inaceptable intromisión del Estado en la educación moral de los alumnos, cuya responsabilidad primera corresponde a la familia". De ello hemos hablado en varias ocasiones los Obispos, últimamente la semana pasada a través de una declaración de la Comisión Permanente que debería ser tenida muy en cuenta. Nos gustaría a los Obispos poder ofrecer otra visión, pero las cosas son así; los hechos son los hechos.

Corremos el riesgo de que en las circunstancias actuales y ante tales constataciones y la magnitud de los hechos cunda entre nosotros la desesperanza. Esto sería, también lo decimos los Obispos en la mencionada Instrucción, una verdadera tentación, una auténtica amenaza. La figura del Bautista, cuyo nacimiento celebramos, y la visita de estas santas Reliquias de san Ildefonso, como la Palabra de Dios que proclamamos en esta Eucaristía, invitan a todo lo contrario. Ahí tenemos, en primer lugar, la lectura del profeta Isaías, que hablando del Siervo de Yahvé nos descubre la grandeza del bautista, la de san Ildefonso, y la nuestra. Nos habla de la elección de Dios; qué importante es lo que dice: "Estaba yo en el vientre, y el Señor me llamó en las entrañas maternas y pronunció mi nombre. Hizo de mi boca una espada afilada, me escondió en la sombra de su mano, me hizo flecha bruñida, me guardó en su aljaba y me dijo: 'Tú eres mi esclavo, de quien estoy orgulloso"'. Con cuánta razón podemos ver en esas palabras a San Ildefonso, el esclavo, el siervo, el que es todo de maría, porque es todo del Señor, porque es su siervo, porque es su esclavo; unido a Ella, su vida entera consiste en ser esclavo, siervo de Dios, cuyo derecho lo lleva Dios, sale garante de Él, su salario es nada menos que Dios mismo. El ha reunido, en el nombre del Señor a los dispersos, ha unido y reunido, ha restablecido y consolidado la unidad del pueblo de Dios en su época, y ahora nos llama a esa consolidación de la unidad bajo la guía del Señor. El, san Ildefonso, sigue siendo luz, faro, que nos ilumina para que la salvación de Dios alcance a todos, porque hay una salvación, Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad.  A través de san Ildefonso, y de cuantos siguen sus enseñanzas y camino, sigue llegándonos a nosotros ese mensaje de salvación, que como decía ayer tarde, no es otro que cristo en persona, el verdadero programa para la humanidad, el gran y único proyecto de Dios para el hombre: el que liberados de nuestros pecados, de los poderes del pecado y de la muerte, por la entrañable misericordia de nuestro Dios, lleguemos a la plenitud de la salvación.

"Al celebrar hoy, cantaremos en el Prefacio de la Misa, la gloria de Juan el bautista, Precursor de tu Hijo y el mayor de los nacidos de mujer, proclamamos tu grandeza. Porque él saltó de alegría en el vientre de su madre, al llegar el Salvador de los hombres y su nacimiento fue motivo de gozo para muchos" . Gozo y alegría porque ha llegado la salvación, porque el señor está en medio de nosotros. Esa alegría y gozo que hoy nos concede vivir también con la visita de San Ildefonso, en sus reliquias que viene en el nombre del Señor, para señalarnos que Dios está entre nosotros. Sí, hermanos queridos, el Señor está en medio de nosotros, o lo que es lo mismo, El Señor nos ama, el que ama nunca está lejos, siempre está presente. Tenemos la certeza de que "Dios nos ama irrevocablemente; que Jesús nos ha prometido su presencia y su asistencia hasta el fin del mundo; que Dios, en su providencia, de los males saca bienes para sus hijos. La Iglesia y la salvación del mundo no son obra nuestra, sino empresa de Dios… No es el momento de mirar atrás añorando tiempos aparente o realmente más fáciles y fecundos. No hay fecundidad sin sufrimiento. Dios nos llama a la humildad ya la confianza, seguros de que en nuestra debilidad actual se manifestará el poder de su gracia y de su misericordia, (Instrucción… n. 24). Si el amado, el amor, el mayor don de mi vida está cerca de mí; si estoy convencido de que Aquel que me ha amado está cerca de mí, incluso en la situaciones de tribulación, en lo hondo del corazón reina una alegría que es mayor que todos los sufrimientos" (Benedicto XVI, 3 de octubre, 2005) . La Iglesia no puede poner, no pone, nunca su esperanza ni encontrar su apoyo en ninguna institución temporal, en ningún poder o éxito de aquí, pues sería poner en duda el señorío de Jesucristo, su único Señor, o la fuerza de su amor y de su presencia que es la única que le da vida y aliento en su camino.

Que san Ildefonso nos ayude.

 

PALABRAS DEL SR. CARDENAL EN LA

CELEBRACIÓN DESPEDIDA DE LAS RELIQUIAS DE SAN ILDEFONSO

 

S. I. Catedral Primada

24 de junio 

Ayer, al llegar las reliquias a Illescas le decía a san Ildefonso que su visita no era casual y anecdótica; él viene a nosotros a algo. Por ello le decía: "Dinos qué es lo que Dios quiere de nosotros en este tiempo, cuál es su voluntad. Providencialmente hoy esta visita coincide con la fiesta del Bautista, a quien también le hicieron la pregunta: "¿Qué tenemos que hacer?" Juan responderá con una respuesta que también es de hoy y para nosotros: Compartid con vuestros hermanos la comida y el vestido. Les descubre el amor, la solidaridad, la caridad, que va más allá todavía, porque es el mismo amor con que Dios ama a los hombres y se ha hecho presente en Jesucristo.

La respuesta nuestra, la respuesta de los cristianos en estos momentos es "la práctica del amor como norma universal de vida. . .  No seríamos discípulos de Jesús, ni la Iglesia podría presentarse como Iglesia, si no reconociéramos en el ejercicio y en el servicio de la caridad la norma suprema de nuestra vida. El amor al prójimo, enraizado en el amor de Dios, es ante todo una tarea para cada fiel, pero lo es también para las instituciones eclesiales, para cada Iglesia particular, y para la Iglesia universal. La Iglesia tiene que ser y aparecer, tiene que vivir y actuar como una verdadera comunidad de amor, como una manifestación y una oferta universal del amor que la humanidad necesita para vivir adecuadamente. . . El amor, vivido y practicado con generosidad y eficacia, es lo único que puede hacernos testigos de la verdad y de la bondad de Dios en nuestro mundo" (n. 78), presente en medio nuestro. . .

La visita de San Ildefonso nos recuerda que estamos llamados a vivir en la unidad inquebrantable del amor. Vivir la comunión eclesial dentro de nuestra España, y en todo el mundo, presididos por la Cabeza, el sucesor de Pedro, el Papa Benedicto XVI. Que la presencia de San Ildefonso entre nosotros fortalezca esta unidad tan necesaria para que el mundo crea.

En cada lugar y en cada época hay necesidades diferentes. En cada momento son distintas las urgencias: los inmigrantes, los que no tienen trabajo, los que están solos, las jóvenes que pueden caer en las redes de los explotadores de la prostitución, las mujeres humilladas y amenazadas por la violencia doméstica, quienes no tienen casa ni familia donde acogerse, los que no creen, los que andan perdidos y sin sentido por la vida, los que están sumidos en la droga… Todos son hermanos. Todos, además, tienen necesidad de signos que les ayuden a descubrir el verdadero rostro de Dios, la presencia de Dios en medio nuestro: El está en medio de nosotros, y se hace manifiesto por nuestro amor.

Hay un aspecto que debo expresar como respuesta a esa pregunta dirigida a Juan, dirigida a nosotros, a la Iglesia. La Iglesia, como en otros momentos, está llamada a ser signo y llamada a la reconciliación y al entendimiento. "Perdón, reconciliación, paz, convivencia, fueron los grandes valores que la Iglesia proclamó y que la mayoría de los católicos españoles en general vivieron intensamente" (n.6) en los momentos de la transición política. En estos momentos "todos debemos procurar que no se deterioren ni dilapiden los bienes alcanzados". Apoyados en Dios, en la certeza de que está en medio nuestro y trae la reconciliación, es necesario –así lo pide la presencia de San Ildefonso- ser factores de reconciliación e instrumentos de su paz, como él lo fue en aquellos momentos.

Que todo el mundo vea nuestra alegría porque el Señor está cerca. Eso sí, sin Dios que está cerca, que está entre nosotros y no podemos relegarlo al olvido, a lo privado o a la intimidad de lo más secreto nuestro, no iremos a ninguna parte. Que Él nos guíe. Que la Santísima Virgen nos ayude. Que san Ildefonso siga protegiéndonos y visitándonos.