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Año 2007
ORDENACIONES DE PRESBÍTEROS Y DIÁCONOS Homilía del Sr. Cardenal Arzobispo S. I. Catedral Primada, 8 de julio Queridos hermanos Festejad a Jerusalén, gozad con ella todos los que la amáis, alegraos de su alegría, porque la mano del Señor se ha manifestado a nosotros, en su Hijo Jesucristo. Hoy se manifiesta de manera especialmente grande en la ordenación de estos seis nuevos sacerdotes y estos catorce nuevos diáconos. Maestro en parábolas, Jesús contempla la humanidad como un inmenso sembradío de Gracia. La mies es abundante, ilimitada la disponibilidad del mundo al Evangelio; pero yermo en gran parte por ser tan pocos los que se dan al trabajo de colaborar decididamente con Cristo en la salvación de los hombres. Jesús nos dice ante este mundo que él contempla: Rogad al Señor de la mies… La falta de vocaciones a continuar con la misión apostólica ¿no podría acusar una falta o una crisis de oración? La ordenación de presbíteros y diáconos, que el Señor nos concede, nos llena de consuelo porque a la llamada permanente del Señor, han habido estos veinte jóvenes que han dicho: "Aquí estoy". Jóvenes aquí presentes, no tengáis miedo de responder también vosotros: "Aquí estoy". ¿Qué mejor y mayor servicio se puede hacer en favor de los hombres que entregarles a Jesucristo? Queridos ordenandos, habéis sido elegidos y llamados para ser enviados, para que el Señor os mande donde sea su designio y llevéis el amor de Dios que no tiene medida. Ya no os llama siervos, os llama amigos, para que vayáis y deis fruto abundante. No sois vosotros los que le elegís; Él os ha elegido, os ha amado, ha tenido confianza en vosotros. Todo es gracia en vosotros. Todo es obra de su amor y amistad singular. Vosotros, como los discípulos sois llamados y enviados para estar siempre en camino, como Jesús es el hombre del camino, como el pueblo de Dios es el pueblo del camino: siempre avanzando. "¡Levantaos, vamos!", fue una de las obras autobiográficas del siempre recordado Papa Juan Pablo II. Sois enviados de dos en dos, nunca aislados: sois parte de la fraternidad sacramental, sois enviados en comunidad y para formar comunidad, para reunir a los hijos de Dios dispersos. Mirad las disposiciones que señala el Evangelio en este envío: con la premura consciente de la salvación de los hombres y de que no se puede perder tiempo, el tiempo urge (caminad, no os detengáis en saludos inútiles, en interminables evasiones divergentes de la misión). Con la libertad del que no necesita apoyar su confianza en provisiones y, por ello, sin afán de provisiones, aceptando con noble pobreza, sin rebuscarla, la generosidad de los que los reciban, y reconociendo que el éxito no es uno de los nombres de Dios y que no es cristiano codiciar el éxito público y el número por hacernos grandes y exitosos Aceptando con la misma sencillez y sin merodear, la mesa generosa como la noble austeridad; aceptando con la misma sencillez la abundancia y la escasez de los frutos, la gloria y el brillo que la humillación o el descrédito, el bienestar que el sacrificio y la carencia, la riqueza de recursos o la escasez y la indigencia de los mismos. La Iglesia sin alforjas; que no nos amedrenten con la amenaza de que nos puedan quitar las alforjas; la Iglesia sabe vivir en pobreza. Como no sabe o no debe saber vivir es no anunciando a Jesucristo y el único Señorío de Dios, o vendiéndose por riquezas. Los discípulos en misión, y vosotros enviados como siervos y servidores, como presencia de Cristo, el Buen Pastor conforme al corazón de Dios, también sois enviados como mansos y humildes de corazón: No violentos ni impositivos, poderosos o liados a los poderes, como corderos, pero tampoco ingenuos, sabiendo que los lobos son lobos, y con la debilidad invencible de los dispuestos al martirio. Sin complejo de cobardía. Sencillos, seguros, felices. Haciendo el bien como Jesús: atendiendo a los enfermos, signo de la presencia del Salvador y Mesías entre los hombres. ¡Qué bien lo han entendido los misioneros y misioneras de todos los tiempos! Proclamando la palabra y comunicando la paz. Siempre inseparables las obras de asistencia y la predicación de la Palabra. Sin alforja y sin bastón, sin otra riqueza que Jesucristo: "No tengo oro ni plata, lo que tengo te doy: en nombre de Jesucristo Nazareno, ¡levántate y anda!" Con la única apoyatura de Dios, con la confianza puesta en Él, como el niño pequeño en brazos de su madre. Urge proclamar la palabra, anunciar la buena nueva de Jesucristo. El mensaje que hay que proclamar es el mismo de Cristo y que es Cristo. "El Reino de Dios ya llega a vosotros". Dios está muy cerca que los hombres lo oigan con toda claridad, aunque tal vez algunos prefieran no saberlo: Dios está muy cerca y en su mano la justicia eterna. El Reino en labios de Jesús abarca y resume todo el Evangelio: Dios aceptado como centro de la vida: feliz y cercana eternidad ya desde ahora. y con él la paz. Los misioneros del Evangelio lo son de la paz, que significa y es la plenitud de todos los bienes, caricia de la ternura de Dios, derramamiento de la misericordia infinita de Dios. ¡Qué mayor regalo que la paz, fruto y presencia del Espíritu, que sólo viene de lo alto! . Si este anuncio vuestro encuentra acogida, habréis realizado la obra más grande que se puede concebir en el orden social: la de dar al hermano la felicidad. Sólo en aceptar a Dios está la paz. Los que con absoluta voluntad se cierran a aceptar el mensaje de la fe son ciertamente libres; pero en su decisión queda comprometida su temible responsabilidad ante Dios. Anunciar la Paz es anunciar a Cristo. Cristo es nuestra paz. pero Cristo es el de la cruz, que crucificándonos con él nos libera del mundo y de nosotros mismos. Su paz es la del Crucificado que nos ha reconciliado. Quien entienda la cruz descubrió la paz, inseparable de la verdad, del amor, de la justicia y el perdón. Anunciar el Reino de Dios y seguir a Jesucristo es inseparable de la Cruz de Jesucristo, pero esta Cruz es la que salva, es la total cercanía de Dios con nosotros, y el Señorío de su amor y de su misericordia. Que Dios nos "libre de gloriarnos si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, en la cual el mundo está crucificado para nosotros, y nosotros para el mundo". Que cuanto hagamos y digamos, queridos ordenandos, queridos hermanos, lo hagamos con todo amor, y que sea con la misma mirada de Jesucristo, que mira el mundo con entrañas de misericordia, como mira a ese gran campo del mundo para que Dios envíe trabajadores a él. Por eso, inseparable del anuncio del Reino de Dios y de su querer sobre el hombre que siempre es de bondad, libertad y comprensión misericordiosa, es necesario hacer presente, con el auxilio de Dios, a través de nuestras obras de esta cercanía de Dios misericordioso, que quiere hacer de todos los hombres, sus hijos, una familia de hermanos donde tengamos seguros cada día el Pan que necesitamos como el perdón y el perdón que necesitamos todos como el pan. Amemos y sirvamos a los más débiles y necesitados que esto es lo que reclama la misión que se nos encomienda. Amemos y sirvamos a los más necesitados que esto es lo que reclama la misión a la que se os llama; queridos ordenandos, que sobresalgáis por la caridad en todo. Estamos atravesando tiempos nada fáciles, los miremos por donde los miremos. Estamos pasando una época en que la fe está siendo sometida a pruebas extremas. En esta marcha oscura por el desierto de nuestros tiempos de increencia, Cristo sigue viviendo en nosotros la tentación que pone a prueba la fidelidad a Dios. Pero estamos seguros de que Dios no abandonará a los hombres. Esta es la suprema razón que nos sostiene en nuestro combate, el empeño de Dios en favor del hombre, del que sale fiador el sacerdocio de Cristo, al que no podemos dejar de hacer presente en nuestro mundo. La garantía y el fundamento no es otro, pues, que Jesucristo que permanece, "el mismo ayer, hoy y siempre, que actúa a través de su ministerio. La celebración de hoy, a nosotros sacerdotes nos invita "a redescubrir el 'don' y el 'misterio' que hemos recibido; ya los que hoy vais a ser ordenados os invita a reavivar incesantemente en este don y permaneced fieles. Para entenderlo desde su raíz, hemos de reflexionar sobre el sacerdocio". Se nos pide ahondar en la naturaleza de nuestro sacerdocio y atemperar a ella nuestro estilo de vida, a fin de arrostrar nuestra imprescindible misión con confianza, libertad, audacia y alegría. De una manera particular, necesitamos profundizar en nuestra relación con la Eucaristía, misterio de comunión, puesto que es en ella donde nuestro ministerio se sostiene y apoya. Surge espontáneo en el corazón el gozo inefable de la específica comunión que nos une hoya todos nuestros hermanos en el sacerdocio. ¿Qué mayor amor podía demostrarnos Jesús a nosotros que llamarnos, a todos ya cada uno, sus amigos (Jn 15,14.15) y encomendarnos a cada uno la asombrosa potestad de consagrar la Eucaristía? ¿Podía darnos mayor prueba de confianza? ¿Cómo podremos poner en cuestión nuestra elección de tan gran ministerio? ¡Qué alegría se experimenta cuando oímos a un hermano sacerdote, tal vez extenuado, como tantos hoy por los afanes, los trabajos y aun las dudas de las contestaciones de nuestro tiempo, decir: "Soy feliz y si volviera a nacer no querría ser otra cosa que sacerdote"! Es preciso soplar en las brasas, avivar la llama, reavivar el carisma que Dios ha puesto en nosotros, llenarnos de la alegría , de la audacia y de la plenitud del don recibido, nuestro sacerdocio. Y como dijo el Papa Juan Pablo II en una de sus cartas sacerdotales, que firmó en Jerusalén en el lugar, según la tradición, de la Ultima Cena: "Permanezcamos fieles a esta 'entrega' del Cenáculo. Celebremos siempre con fervor la Santa Eucaristía. Postrémonos con frecuencia y prolongadamente en adoración delante de Cristo Eucaristía. Entremos, de algún modo, en la 'escuela' de la Eucaristía. Muchos sacerdotes, a través de los siglos (nuestro San Juan de Ávila o el Santo Cura de Ars) han encontrado en ella el consuelo prometido por Jesús la noche de la Última Cena, el secreto para vencer su soledad, el apoyo para soportar sus sufrimientos, el alimento para retomar el camino después de cada desaliento, la energía interior para confirmar la propia elección de fidelidad. El testimonio que daremos al pueblo de Dios en la celebración Eucarística depende mucho de nuestra relación personal con la Eucaristía. ¡Volvamos a descubrir nuestro sacerdocio a la luz de la Eucaristía! Hagamos redescubrir este tesoro a nuestras comunidades en la celebración diaria de la santa Misa y, en especial, en la más solemne de la asamblea dominical. Que crezca, gracias a vuestro trabajo apostólico, el amor a Cristo presente en la Eucaristía" (Juan Pablo II) . Como María, Madre de Cristo sacerdote, cantemos siempre, y especialmente hoy en esta ordenación de diáconos y presbíteros, para la Eucaristía, para el anuncio del Reino de Dios, nuestro "Magníficat" por la infinita misericordia que Dios ha desplegado sobre nosotros, y, al mismo tiempo, pidamos su auxilio, para que El, para quien nada le es imposible, nos ayude a mantener siempre vivo el don que El ha puesto en nosotros.
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