Año 2007
ASUNCIÓN DE NUESTRA
SEÑORA
Homilía del Sr.
Cardenal Arzobispo
S. I. Catedral
Primada, el 15 de agosto
Muy querido hermano Obispo, D. Ángel Rubio, muy queridos hermanos sacerdotes del
Cabildo Catedral Metropolitano de Toledo y del resto del presbiterio diocesano,
querido Sr. Alcalde de la ciudad de Toledo, respetadas y dignas autoridades
civiles y militares, queridos hermanos y hermanas de la muy ilustre Cofradía de
Nuestra Señora del Sagrario, muy queridos hermanos toledanos, que, como es
tradicional en vosotros, venís, un año más, con piedad filial ante la imagen de
Nuestra Señora del Sagrario, Patrona de nuestra ciudad, para mostrar todo
vuestro afecto y abrirle vuestro corazón a la que es Madre de Dios y Madre
Nuestra, asunta en alma y cuerpo al Reino de los cielos.
La mirada y el corazón de todos nosotros están puestos, una vez más, en nuestra
Madre del Cielo que hoy contemplamos triunfante con su Hijo Jesucristo en la
gloria de Dios. "Como Jesús resucitó de entre los muertos y está sentado a la
diestra del Padre, así también María, terminado el curso de su existencia en la
tierra, fue elevada al cielo". Hoy, en efecto, celebramos "la glorificación,
también corporal, de la criatura que Dios se escogió como Madre y que Jesús, en
la Cruz, dio como Madre a toda la humanidad" (Benedicto XVI). A Ella se refiere
la lectura del Apocalipsis cuando dice: "Una gran señal apareció en el cielo:
una mujer vestida del sol, con la luna bajo sus pies y una corona de doce
estrellas sobre su cabeza". En el triunfo y glorificación de esta Mujer la
Iglesia, nosotros, vislumbramos el cumplimiento de las expectativas y la señal
de la esperanza cierta y segura. Es cierto, "la Asunción evoca un misterio que
nos afecta a cada uno de nosotros porque, como afirma el Concilio Vaticano II,
María 'brilla ante el pueblo de Dios en marcha como señal de esperanza cierta y
de consuelo'. Ahora bien estamos tan inmersos en las vicisitudes de cada día,
que a veces olvidamos esta consoladora realidad espiritual; que constituye una
importante verdad de fe" (Benedicto XVI).
Sin duda alguna, uno de los problemas más importantes de la sociedad actual, de
nuestra cultura y de nuestra Iglesia, es la debilidad en la esperanza, la falta
de fe y de esperanza en las realidades últimas: en la vida eterna, en el cielo,
en nuestra glorificación, en nuestra futura resurrección, en las promesas de
Dios, que son Dios mismo: realidades, por lo demás, que evoca la fiesta que
estamos celebrando. En estas realidades, "las cosas de arriba", como dice san
Pablo, que evoca consoladoramente la Asunción de María, está el núcleo de
nuestra fe: "¿Cómo dicen algunos que los muertos no resucitan? Si los muertos no
resucitan tampoco Cristo ha resucitado… Y si Cristo no ha resucitado nuestra fe
no tiene sentido… si nuestra esperanza en Cristo acaba con esta vida, somos los
hombres más desgraciados. ¡Pero no! Cristo resucitó de entre los muertos: el
primero de todos" (1 Cor, 15). "Os habéis convertido a Dios, alejándoos de los
ídolos para servir al Dios vivo y verdadero, para esperar a su Hijo, al que
resucitó de entre los muertos, Jesús, al que nos librará en el juicio futuro" (1
Tes 1,9-10) .
Si esta fe y esta esperanza se oscurecieran o se disiparan, ya no podríamos
llamarnos de verdad cristianos; nos faltaría el frescor de vida y la vitalidad
evangelizadora; y perderíamos el mordiente y el sabor que nos convierte en sal
para una tierra amenazada de insipidez y de falta de sentido verdaderamente
humano para vivir. sin esa fe en la resurrección y en nuestra llamada
esperanzadora a entrar en el Reino de los cielos, como maría Asunta,
perderíamos, así mismo, el mordiente y la fuerza para mostrar la novedad de
vida, un hombre nuevo frente a ese hombre ligth de la civilización de nuestros
días, que vive a ras de tierra y para el momento presente, superficial producto
de nuestros días que no ha experimentado la felicidad ni la paz interior, "que
lleva por bandera una tetralogía nihilista:
hedonismo-consumismo-permisividad-relativismo. Todos ellos enhebrados por el
materialismo… un hombre sin sustancia, sin contenido, entregado al dinero, al
poder, al éxito y al gozo ilimitado y sin restricciones. El hombre ligth carece
de referentes, tiene un gran vacío moral y: no es feliz, aun teniendo
materialmente casi todo" (E. Rojas). Ese hombre tiene, como digo, casi todo,
pero le falta lo principal, le falta Dios, le falta el cielo, le falta la
esperanza que anticipa ya aquí el Reino de los cielos.
Al proclamar y testificar como hacemos en el día de la Asunción de Santa María,
siempre Virgen, nuestra fe de la Iglesia que cree en la resurrección de los
muertos y en la vida eterna, estamos ofreciendo también a todos motivos
fundamentales para la renovación de la vida personal, -una vida con hondura,
asentada en el firme cimiento del bien y del amor, de miras altas y de grandeza
de ánimo, libre verdaderamente, verdadera-; al proclamar esta fe, como hacemos
en la Asunción de la Virgen, en las realidades últimas estamos ofreciendo así
mismo motivos fundamentales para la regeneración de la convivencia social, y el
establecimiento de la paz, de la tierra nueva en la que habite el bien, la
verdad, el amor, la justicia, la libertad. Porque el don supremo de sí mismo al
hombre por parte de Dios, pleno y definitivo, en la vida eterna, es lo que da su
justo valor a la vida presente, jerarquiza todos los bienes de la tierra y evita
que alguno de estos pase a ocupar el lugar de Dios, como realidad última y bien
supremo.
La grandeza de María, la criatura llevada a la perfección, fidelísima al
proyecto de Dios en todo, y por eso asunta a los cielos en toda su humanidad,
nos evoca la perfección y la altura, la grandeza y dignidad a la que está
llamado el hombre, que no se contenta con menos que Dios, con menos que el
cielo, donde está Dios y que es el mismo Dios para siempre. Por eso, María
asunta a los cielos, "es ejemplo y apoyo para todos los creyentes… Nos asegura
su ayuda y nos recuerda que lo esencial es buscar y pensar en 'las cosas de
arriba, no en las de la tierra'. En efecto, inmersos en las ocupaciones diarias,
corremos el riesgo de creer que aquí, en este mundo, en el que estamos solo de
paso, se encuentra el fin último de la existencia humana. En cambio, el cielo es
la meta verdadera de nuestra peregrinación terrena. ¡Cuán diferentes serían
nuestros días si estuvieran animados por esta perspectiva! Así lo estuvieron
para los santos 'singularmente para María, la toda santa': su vida testimonia
que cuando se vive con el corazón constantemente dirigido a Dios, las realidades
terrenas se viven en su justo valor, porque están iluminadas por la verdad
eterna del amor divino" (Benedicto XVI).
Traigo también a colación en este día otro texto del libro del Apocalipsis:
"Enjugará las lágrimas de sus ojos, y ya no habrá más muerte, ni luto ni llanto,
ni dolor. Es todo un mundo viejo el que pasó" (Ap 21,4). Las palabras del libro
del Apocalipsis apuntan a una paz que ya no es de este viejo mundo. La muerte,
el dolor, el llanto tienen su lugar propio en este viejo mundo y mientras éste
dure, no habrán de faltar ni muerte, ni dolor, ni llanto. Con lo dicho no se
menosprecian naturalmente los esfuerzos por apagar el odio y la guerra, y
establecer la paz. Todo lo contrario: los esfuerzos en ese sentido pueden ser
anticipaciones, todo lo precarias y provisionales que se quiera, de la paz
perpetua que anuncia el Apocalipsis. Por lo pronto, quien enjugará las lágrimas
de los ojos, será Dios mismo, y no otro. Dios los librará del sufrimiento y de
la muerte, porque pondrá su morada entre los hombres: "Habitará con ellos; ellos
serán su pueblo y Dios mismo estará con ellos" (Ap 21,3). Dios en medio de ellos
los llenará de su paz, de su luz, de su fuerza, de su libertad, de su vida
inmortal, de su dicha y de su amor como a hijos muy queridos en su Hijo. Dios
estará con los hombres para siempre en una creación transfigurada y renovada,
sin que nada se interponga entre El y ellos, ni injusticia ni violencia, ni
desgracia, ni muerte: "Y así Dios será todo en todas las cosas" (1 Cor 15, 28).
En estos años se ha debilitado la fe en la resurrección y en la vida eterna. Se
han producido demasiados silencios sobre estas afirmaciones del Credo en la
enseñanza de la catequesis y en la predicación. Con todo ello se ha mutilado la
fe cristiana; se le ha reducido a una moral más. Es un contrasentido declararse
cristiano y negar o dejar a un lado la fe en la resurrección y en la vida
eterna. Quien cree en Dios tal como se nos ha dado en su Hijo Jesucristo, habrá
de creer, lógicamente, que nos salvará de la muerte y nos llenará de su vida
inmortal. Dios en su Hijo Jesús ya es definitivamente Dios-con-nosotros y no se
volverá atrás. Su amor no tiene retorno. Esta es la garantía de que lo es ya
plenamente en la resurrección de Jesús, en la Asunción de María, y lo será en la
nuestra cuando nos introduzca en la vida divina como introdujo a su Hijo Jesús
en quien Dios, el Padre, trazó nuestro destino (Rom 8, 28ss), o como ha llevado
a la Virgen María a la gloria de los cielos.
Quien no acepta o deja en la penumbra la victoria sobre la muerte y los cielos
nuevos y la tierra nueva, no cree en el Dios y Padre de Nuestro Señor
Jesucristo, en su amor todopoderoso. Conserva quizá una vaga idea de Dios,
origen de todas las cosas. Pero Dios para él no está comprometido por amor con
su creación: o le es indiferente o se le ha escapado sin remedio de sus manos.
El Apocalipsis, cuando anuncia que Dios establecerá definitiva y plenamente su
morada entre los hombres, pone en su boca estas palabras: "He aquí que yo hago
nuevas todas las cosas" (Ap 21, 5). Con la palabra "nuevas" quiere decir
maravillosas, capaces de reverberar la gloria de Dios. Sólo entonces será verdad
que lo viejo ha pasado.
Todo hombre vive de esperanzas. Cuando la esperanza se apaga, al hombre se le
cierra el camino, se le acaba la vida aunque su corazón siga latiendo. El gran
anuncio de la Iglesia siempre, y particularmente en la Asunción de María, para
el hombre es que el Señor Resucitado, está para llegar y trae el amor y la vida
inmortal. Y así "Dios será todo en todos". Dios es la razón última de nuestra
existencia. Es una esperanza que no decepciona. Dios no retirará su amor, como
no se recoge el agua derramada. Dios lo ha empeñado para siempre al entregarnos
por amor a su propio Hijo y resucitarlo de entre los muertos. El amor de Dios en
su Hijo llevará a término lo que por el Espíritu ya ha comenzado, como nos
atestigua la asunción en cuerpo y alma a los cielos de la Virgen María.
Con la caída de las ideologías utópicas en las últimas décadas, se ha producido
en la historia un cambio muy importante: la esperanza puesta en los logros de
aquellas ideologías utópicas ha muerto en el corazón de muchos hombres. Se ha
producido una gran decepción. Muchos no creen que las cosas puedan ser de otro
modo a como son, han sido y serán. Se contentan, resignados unos y satisfechos
otros, con disfrutar las pequeñas cosas y las pequeñas satisfacciones de cada
día y con tratar de resolver los problemas que van llegando, y sortear y
aguantar, como se pueda, los sufrimientos de la vida. Para muchos la historia
parece ya terminada: no avanza hacia una justicia, una igualdad, una fraternidad
y libertad completas. Estamos empantanados, dirán, en lo de siempre. Mientras se
proclama con un cierto orgullo que al fin nos hemos liberado de falsas
ilusiones, la mayor parte de la humanidad muere de injusticia y de hambre. El
último siglo, heredero del anterior, ha estado marcado por la voluntad de llegar
a una sociedad perfecta, liberada de toda injusticia y explotación, a una
humanidad nueva. Parecía ya llegado el tiempo en que el hombre iba a ser dueño
de su propia historia: podía y quería dominar la naturaleza y ordenar las
relaciones humanas con un orden plenamente racional. Pero este gran experimento
fracasó, se volvió contra el propio hombre: dejó tras de sí matanzas espantosas,
sufrimientos infinitos, negación de la libertad, oscurecimiento casi total de
"'la verdad, devastación de la naturaleza. Este gran experimento, que no sólo
fue propio de una ideología utopista, ha probado que el hombre sólo en parte es
dueño de la historia y de su vida y que no puede pretender ser como Dios. Y sin
embargo el hombre no puede dejar de esperar. No puede vivir resignado o
satisfecho simplemente con lo que hay; no se puede vivir como si todo se acabara
con la muerte, ni podemos comportarnos como si el hombre fuera el único artífice
de su propio destino, como si Dios no existiera, llegando en ocasiones incluso a
negar que haya espacio para Él en nuestro mundo; no se puede volver a caer en la
falsa ilusión de construir por nuestras propias fuerzas y dentro de la historia
una humanidad o una sociedad enteramente reconciliada. "Los grandes progresos de
la técnica y de la ciencia, que han mejorado notablemente la condición de la
humanidad, dejan sin resolver los interrogantes más profundos del alma humana",
ni son capaces de saciar la insaciable sed del hombre, ni de llenar la gran
esperanza que anida en el corazón del hombre que no se contenta con menos que
Dios. "Sólo la apertura al misterio de Dios, que es Amor, puede colmar la sed de
verdad y felicidad de nuestro corazón. Sólo la perspectiva de la eternidad puede
dar valor a los acontecimientos históricos y sobre todo al misterio de la
fragilidad humana, del sufrimiento y de la muerte" (Benedicto XVI).
En este contexto humano proclamamos hoy nuestra fe y nuestra esperanza: la que
brilla en esa señal luminosa de esperanza que es la asunción de Nuestra Señora a
los cielos. "Contemplando a María en la gloria celestial, comprendemos que
tampoco para nosotros la tierra es una patria definitiva y que, si vivimos
orientados hacia los bienes eternos, un día compartiremos su misma gloria y así
se hace más hermosa también la tierra. Por esto, aun entre numerosas
dificultades diarias, no debemos perder la serenidad y la paz. La señal luminosa
de la Virgen María elevada al cielo brilla aún más cuando parecen acumularse en
el horizonte sombras tristes de dolor y violencia. Tenemos la certeza de que
desde lo alto María sigue nuestros pasos con dulce preocupación, nos tranquiliza
en los momentos de oscuridad y tempestad, nos serena con su mano maternal.
Sostenidos con esta certeza, prosigamos nuestro camino de compromiso cristiano
adonde nos lleva la Providencia. Sigamos adelante en nuestra vida guiados por
María" (Benedicto XVI) , a la que en Toledo invocamos y apelamos con el dulce y
entrañable título de "Virgen del Sagrario", nuestra Patrona. A Ella nos
confiamos, Ella es nuestro auxilio, y en Ella nos apoyamos en nuestra
peregrinación terrena. ¡Gracias, Santa María, siempre Virgen, Asunta a los
cielos, Señora del Sagrario, Reina de Toledo!