Año 2007


HOMILÍA DEL SR. CARDENAL ARZOBISPO EN LA

FIESTA DE NUESTRA SEÑORA DE GUADALUPE

Guadalupe, 8 de septiembre

            Queridos hermanos en el episcopado y en el sacerdocio, venerada comunidad de franciscanos, estimadas y dignas autoridades, Caballeros y Damas de Nuestra Señora de Guadalupe, queridos extremeños, queridos todos hermanos y hermanas en el Señor: Es para mí motivo de gran alegría presidir esta concelebración con los Obispos y sacerdotes que sirven a la Iglesia en Extremadura en la fiesta de Nuestra Señora de Guadalupe dentro de este primer centenario de la proclamación de su patronazgo sobre las queridísimas tierras extremeñas. Aún resuena en nuestros corazones el gozo grande que el Señor nos concedió con la visita al Santo Padre, el pasado mayo, para agradecer al sucesor de Pedro el inmenso regalo de dicho patronazgo y de la imagen venerada en este lugar, regalo de otro Papa, San Gregorio Magno, al Arzobispo de Sevilla, cuya copia le entregamos al Papa, al tiempo que evocábamos ante Benedicto XVI la visita que nos hizo su siempre recordado antecesor, el siervo de Dios Juan Pablo II, el 4 de noviembre de 1982, ahora hace 25 años.

            El Evangelio proclamado ilumina este gran día y el alcance del patronazgo de la Virgen de Guadalupe. La joven María, Virgen siempre, viene de Nazareth. Muy poco antes había acontecido allí la Anunciación del Señor y la Encarnación del Hijo de Dios en su seno virginal. A ella se dirigió el anuncio angélico; ella lo acogió y, cuando desde lo más hondo del corazón le respondió: "He aquí la Esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra", en ese momento el Verbo eterno comenzó a existir en el tiempo. De allí proviene todo. Allí Dios se volcó, con un amor indescriptible, en favor de la humanidad, conforme a su designio, y nos dio todo en su Hijo, nos amó con un amor infinito e inquebrantable, nos bendijo con toda suerte de bienes en Él. Ya no es Dios sin el hombre, ni el hombre puede ser sin Él. Nada ni nadie podrá apartarnos del amor de Dios dado y manifestado enteramente en el Hijo de Dios que ha tomado carne de la Virgen María, la llena de gracia, la llena por completo del amor infinito de Dios, la que desde siempre y para siempre es la "amada" por el Señor. María reconoce y "proclama la grandeza del Señor y se alegra en Dios, su salvador". Ha acogido con absoluta y plena disponibilidad la ola del amor de Dios que se derrama en ella y alcanza a todos los hombres. Al obedecer en total libertad la humilde sierva ha llegado a la historia humana la plenitud de los tiempos para que los hombres llegásemos a ser hijos de Dios.

            Agraciada por el don de Dios, llena del Amor de Dios, con el Amor de Dios hecho carne de su carne en su vientre purísimo por obra del Espíritu Santo, la fiel esclava del Señor emprende un largo y dificultoso camino para ayudar a su prima Isabel, como ella, encinta por gracia de la misericordia de Dios. Su presencia y la presencia del Hijo que lleva en sus entrañas llenan de gozo y alegría a la criatura que se gesta en Isabel, mayor y estéril, y a la misma Isabel que, llena "del Espíritu Santo dijo a voz en grito: 'Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre'". Sí hermanos, ella es bendita, porque es la Madre de nuestro Señor; ella es bendita y dichosa porque ha creído; ella es grande y feliz por su "sí" incondicional a la voluntad de Dios, porque se ha rebajado y ha obedecido en fidelidad plena e inquebrantable al querer de Dios; ella es felicitada porque en ese "sí", "aquí está la esclava del Señor" se encuentra el valor supremo de la caridad, el camino "superior", el camino "más excelente", como muestra el Evangelio de la Visitación. En este Evangelio, ella lleva a Cristo, hace presente a Cristo, entrega a Cristo, y todo se llena de gozo y de alegría: es el Dios-con-nosotros. No lo olvidemos, hermanos, lo primero que hizo María después de acoger el mensaje del Ángel fue ir "con prontitud" a casa de su prima Isabel para prestarle su servicio. La iniciativa de la Virgen brotó de una caridad auténtica, humilde y valiente, movida por la fe en la palabra de Dios y por el impulso interior del Espíritu Santo. Quien ama se olvida de sí mismo y se pone al servicio del prójimo" (Benedicto XVI), y, en su gesto de amor, de caridad divina, lleva y entrega a Dios mismo que es amor y trae la alegría y la felicidad a los hombres.

            La Virgen María, en esta imagen bizantina regalo de san Gregorio Magno hallada en el paraje de Las Villuercas en el siglo XIII, ha visitado nuestras tierras, como visitó a su prima, y se ha quedado en ellas como Patrona suya para ayudarle. Nos visita, igual que en Aim-Karem, para traernos al que es la fuente de donde brota el agua viva que apaga la sed del corazón sediento del hombre, sediento del Dios vivo. Como Patrona que nos visita, protege y ayuda, nos lleva y nos hace remontarnos como canal privilegiado que conduce al Manantial del Amor divino, a Cristo, Hijo de Dios hecho hombre, Emmanuel, Dios-con-nosotros, por medio del cual se ha cumplido la voluntad salvífica de Dios Padre; nos visita y está con nosotros para acercarnos a Dios. Como cuando llegó ante su prima, hoy nosotros podemos sentir y palpar la alegría de Aquel que ella lleva en su vientre y nos lo trae, el Hijo divino de sus entrañas purísimas. Está con nosotros, como lo hizo con su prima, esto es, sirviendo, siempre sirviendo, siempre solícita y atenta. El mayor servicio que ha podido, y puede hacernos es mostrarnos a Jesús, entregarnos el Evangelio vivo de Dios que es luz y salvación, gracia y paz, perdón y reconciliación, redención y justicia, esperanza y vida, amor y misericordia. Por esto, en este día, no podemos dejar de dar gracias al Dios único y verdadero, al Dios oculto y desconocido, cuyas huellas rastrean todos los hombres aún sin saberlo, y que nos ha sido revelado y dado en Jesucristo, rostro y sabiduría de Dios, fuerza de salvación para todo el que cree en Él, enviado de Dios para que recibiéramos el ser hijos adoptivos, libres con la libertad de los hijos de Dios, herederos suyos.

            No podemos ni debemos dejar de dar gracias, porque la santísima. Virgen María nos ha entregado al fruto bendito de su bendito vientre; porque con libertad e intrepidez, sin cálculos sugeridos por astucias humanas, se puso en camino y nos visita en cualquier momento necesitado de su ternura y de su consuelo. Ella nos ha ofrecido y ofrece lo mejor que puede ofrecerse: no oro ni plata, sino la Verdad que nos hace libres, el Camino luminoso que orienta los pasos del hombre por la vereda justa, la Vida que colma y sacia lo que todo hombre hambrea y busca. Nos ofrece a su Hijo con cuya sangre hemos sido comprados y rescatados. Es hora de reconocimiento agradecido por el don y la misericordia de Dios que nos alcanza por María, la humilde esclava suya. Ante el "sí" de María a la voluntad de amor de Dios quedamos llenos de gratitud. Por la presencia maternal de María de Guadalupe en nuestra vida personal y en la Iglesia de Dios que está en Extremadura, que nos acompaña en los momentos importantes y extraordinarios, o en la trama ordinaria de la vida de nuestras comunidades o de nuestras propias vidas. La Virgen de Guadalupe, la imagen suya que aquí veneramos desde hace tantos siglos, nos hace percibir que todo en la Iglesia nos remite a la maternidad de la siempre Virgen, es decir, a Jesucristo, en quien Dios nos ama hasta el extremo. Todo en la Iglesia, todos los miembros de la Iglesia, y, en particular, sus hijos extremeños está puesto bajo el manto de la Virgen, Madre de amores, en el espacio lleno de gracia de su "sí" a la voluntad de Dios. Se trata de un vínculo que en todos nosotros tiene una fuerte resonancia afectiva y un valor en sí mismo que nadie puede negar, de modo particular en quienes nos ha sido dada por Patrona.

            Y junto al agradecimiento, nuestra súplica al Señor, por medio de la intercesión de su humilde Esclava, para que aumente y fortalezca con todo vigor una fe viva en las cuatro diócesis extremeñas, la fe que llena de dicha y obra por la caridad. Todo pasa en este mundo. En la eternidad, sólo el Amor permanece. Por eso supliquemos ante el Señor con la Virgen María, su Madre, que nos conceda la ayuda para esforzarnos por verificar que todas las cosas, tanto en la vida personal, como en la vida y en la actividad eclesial de nuestras cuatro diócesis que están en Extremadura, estén impulsadas por la caridad y tiendan a la caridad, por el amor a los más pobres, a los que sufren o a los que necesitan cualquier tipo de ayuda. Ahí, en la caridad que tanto brilla en María, como vemos en el Evangelio proclamado y en cuanto experimentamos bajo el manto guadalupano, tenemos la imagen y el modelo de la Iglesia: la Iglesia de la caridad, alimentada siempre por el "sacramento de la caridad", la Eucaristía. Toda comunidad eclesial, nuestras cuatro diócesis están llamadas a acoger con plena disponibilidad el misterio de Dios Amor que viene a estar con nosotros y nos impulsa por las sendas del amor. Este es el camino por el que, de manera tan insistente, el Papa Benedicto XVI nos invita a seguir a todos, y a edificar todos juntos, con la protección de María, la Iglesia de la caridad como comunidad de amor, la Iglesia que irradie el amor de Cristo en el mundo como hizo, por ejemplo, la Beata Teresa de Calcuta cuyo décimo aniversario celebramos estos días; o como nos ofrecieron en testimonio supremo los mártires de la persecución española que serán beatificados el día 28 del próximo octubre: ellos perdieron la vida por amor y prueba del amor de Dios y la entregaron para el perdón y la reconciliación de todos; o como hicieron y hacen los evangelizadores que llevan el Evangelio a todas las partes del mundo. Que, por intercesión de la Virgen de Guadalupe, Dios nos conceda vivir de esta caridad suya y dar testimonio de ella para curar las nuevas pobrezas y las nuevas heridas de nuestro tiempo. Mostremos esa caridad, que constituye nuestra seña de identidad, evangelizando, ofreciendo y proponiendo a todos la fe que llena de dicha; defendiendo al hombre y sus derechos fundamentales e inviolables; promoviendo una educación verdaderamente humanizadora y rechazando cualquier tipo de enseñanza que sea contraria al hombre; buscando con anhelo y llevando a cabo la unidad de todos los pueblos y todas las gentes. La Virgen María une a millones y millones de estas tierras de España, de otros continentes, "acomunados" en torno a ella, a Guadalupe, en muchas partes del mundo. "Y así, como nos dijo Juan Pablo II en las últimas palabras de su alocución aquí, María no es sólo la Madre solícita de los hombres, de los pueblos, de los emigrantes. Es también el modelo en la fe y en las virtudes que hemos de imitar durante nuestra peregrinación terrena" (Juan Pablo II). Que ella os bendiga y os proteja, que ella escuche vuestras súplicas, que guíe siempre a Extremadura.