Año 2007


El signo más creíble de la fe es el martirio

EXHORTACIÓN PASTORAL DEL SR. CARDENAL ARZOBISPO

A TODA LA COMUNIDAD DIOCESANA DE TOLEDO

 

(Para leer en todas las Misas el domingo 28 de octubre)

 

Queridos hermanos y hermanas en el Señor: Gracia y paz. A punto casi de partir para Roma, en el día en que celebramos la fiesta de la dedicación de la Santa Iglesia Catedral de Toledo, que representa y simboliza a toda la Iglesia Diocesana, tengo el gozo de dirigirme a vosotros para exhortaros a todos a que estéis muy unidos este domingo a la beatificación de cuatrocientos noventa y ocho mártires españoles de la persecución religiosa de los años treinta, de los cuales cincuenta y cinco pertenecen a la diócesis de Toledo, doce de ellos Sacerdotes seculares, un Subdiácono, veintidós Franciscanos, cuatro Hermanos de La Salle y dieciséis Carmelitas Descalzos.

            De lo más hondo de nuestros corazones debería brotar una plegaria de alabanza y acción de gracias a Dios por el gran don de la beatificación de estos mártires de la persecución religiosa en España de los años treinta. En todas las celebraciones de la Eucaristía este domingo se ha de incorporar a ellas la acción de gracias por este motivo. Ha de ser un día de júbilo y de gozo en todas las comunidades cristianas, un día de especial fiesta para todos los cristianos. Se deben tocar las campanas en todas las iglesias, con repiques de gloria, cuando sean proclamados beatos estos mártires de Jesucristo, que marcan para todos un camino de esperanza. Esta beatificación es un nuevo y grandísimo regalo que el Señor nos ofrece a la Iglesia en España, en general, y a nuestra Iglesia diocesana, en particular. Qué duda cabe que es para la Iglesia y para España un acontecimiento de gracia. No lo dudéis, el Señor va a derramar sobre todos una lluvia de gracia que desconocemos ahora. El Señor está muy grande con nosotros, por eso estamos alegres. Esta beatificación constituye, además, una llamada gozosa a la fidelidad y al testimonio del Evangelio de Jesucristo.

            El nombre de estos hermanos nuestros queda inscrito en esa gran siembra de martirio y persecución que ha sufrido y sufre la Iglesia, a lo largo de los tiempos, donde tantos y tantos creyentes, de nuestra propia carne y con nuestra misma fragilidad, han dado y darán el supremo testimonio; con su muerte nos han dicho y nos están diciendo a todos que Jesucristo es un don más precioso que la vida, porque la vida sin Jesucristo, después de haberle conocido, no podría llamarse vida.

            El signo más creíble de la fe es el martirio: la entrega, el sacrificio y la cruz que entrañan son, en efecto, el signo más elocuente y creíble de la fe en Jesucristo Salvador. La memoria de los mártires por eso nunca debe desaparecer de la conciencia de los cristianos, aunque, como ocurre en nuestra sociedad actual, se tienda a hacer obsoleto y arcaico el martirio y a despojarle de su significación más propia. Esa memoria viva es nuestro mejor tesoro, acicate y aliento para confesar hoy a Cristo en la Cruz, Redentor Único de todos los hombres. El martirio es testimonio del mártir, pero sobre todo es testimonio de Cristo, que, a través de los mártires, actúa y vence a las potencias del mal.            Necesitamos de este testimonio para confesar y testificar a Jesucristo en estos momentos, en los que se sofoca la fe cristiana con la indiferencia, la paganización de la vida o la agresión directa o indirecta por diversos conductos y a través de algunos medios de comunicación y opinión pública. Falta, además, con frecuencia esa fe confesante por parte nuestra que no se acompleja, ni se avergüenza, ni se echa atrás en el anuncio del Evangelio; tal vez prefiramos que no se nos note demasiado que somos cristianos y preferimos refugiarnos en el anonimato o no crearnos "problemas". Debemos aprender de nuestros mártires la necesidad de una confesión pública de la fe, aun en medio de dificultades y persecuciones; una fe más martirial, más confesante, para que el mundo crea y participe del gozo de los mártires.

            Estos mártires dieron su vida en testimonio del Dios vivo que es Amor. Su sangre derramada por amor a Dios es el mejor signo y el mayor grito en favor del amor entre los hombres, queridos por Dios hasta el extremo. Ellos constituyen una llamada apremiante a la unidad, a la paz, al reconocimiento y respeto de cada ser humano, al diálogo, a la mano tendida, al perdón, a la reconciliación; porque así Dios lo quiere; y ellos entregaron su vida en obediencia y cumplimiento de la voluntad de Dios que es misericordioso y nos llama a la misericordia y al perdón.

            Que el testimonio de nuestros Mártires nos fortalezca y nos estimule, nos anime y nos conduzca por la misma senda que ellos siguieron de Evangelio, de fe, de esperanza, de amor y entrega servicial hasta dar la vida, de caridad, manifestación de la suprema caridad que es Dios.

            Demos gracias a Dios por estos Mártires, cuya sangre derramada, como la de Cristo, para confesar su Nombre, manifiesta las maravillas de su poder; pues, en su martirio, el Señor, ha sacado fuerza de lo débil, haciendo de la fragilidad, su propio testimonio (Cf. Prefacio de Mártires). Elevemos a Dios nuestro Magnificat porque ha hecho obras grandes y su misericordia nos llega de generación en generación.

            Os comunico también que el domingo, 4 de noviembre, D.m., tendremos en la catedral, a las seis de la tarde una Misa de Acción de gracias por los nuevos beatos. Os invito a todos y os pido que os volquéis con vuestra presencia y participación. Ese domingo debería acudir tanta gente que no quepamos en la Catedral. El acontecimiento de gracia no es para menos. ¡Gracias!

            Con mi bendición y mi abrazo fraterno a todos.

 

X Antonio Cañizares Llovera

Cardenal Arzobispo de Toledo

Primado de España