Año 2007


Mensaje de Navidad del Sr. Cardenal Primado

 

LA TERNURA DE DIOS

 

Muy queridos hermanos y hermanas de la diócesis de Toledo: ¡Alegría, gozo, esperanza y paz!, en esta Navidad. Que Dios os colme de toda suerte de bendiciones con las que Él ha bendecido a toda la tierra al enviar su Hijo al mundo. ¡Santa y feliz Navidad a todos y en todos los hogares!
       Todo converge ahí; todo adquiere sentido desde ahí. Ahí está la gran esperanza y la luz que todo lo ilumina. En Belén la noche oscura se hace día radiante y la fragilidad de un Niño recién nacido en la más radical pobreza de un establo se convierte en fuerza de todos los débiles y esperanza para todos los hombres y todos los pueblos. Ahí, en ese pequeño cuerpo, en esa carne frágil, en ese rostro tierno, humano, de un recién nacido vemos a Dios: y lo vemos como lo que es, Amor. Ha sido un verdadero derroche de amor el que el Hijo de Dios se haga carne de nuestra carne, nazca en condiciones dignas del último de los pobres e identificándose con lo más frágil, inocente y puro, como es este Niño de Belén en brazos de su Madre. Se nos ha aproximado hasta el extremo la cercanía suprema de Dios. El hombre deja de ser incomprensible para sí mismo por esta cercanía inefable, porque se le ha revelado el Amor, se ha encontrado con el Amor, Dios mismo, Enmanuel, lo experimenta y lo hace propio.
       A pesar de que el consumismo, el paganismo rampante de hoy y la increyente pretensión de quedarse con las formas bellas y arrojar fuera su contenido religioso, parece que quieran "robarnos o secuestrarnos" la Navidad -y casi diría que lo consiguen-, estos días tan entrañables y santos siguen conservando su fondo que nos apunta a lo más verdadero: la ternura de un Dios que ama al hombre y no "pasa" de largo de su desgracia, de su abandono o de su soledad.
      En un mundo roto y malherido por la violencia y por la guerra, por la división y el enfrentamiento, por el desprecio de la vida y envuelto en la oscuridad de una cultura de la muerte y del "eclipse" de Dios, nos encontramos en estos días con el acontecimiento irrevocable, "el mismo hoy, ayer y siempre", que llena la Tierra de luz y la abre a la esperanza: Cristo Jesús, Hijo de Dios venido en carne, Dios con nosotros, rostro humano de Dios, que "siendo de condición divina se despoja de su rango, toma la condición de esclavo, se rebaja hasta lo último", por puro amor, y para levantarnos con El sobre toda postración y muerte, para reponernos en nuestra dignidad robada y establecernos en la abundancia de la reconciliación y la paz.
       El cristiano que lo es de veras sabe que Dios el Padre nos ofrece un hogar en un mundo de aspereza tan terrible que para muchos es como un simple cruce de sendas perdidas en un bosque sin claros. Ese hogar es Dios mismo. El cristiano vive su experiencia de Dios como su hogar, particularmente en los días de la Navidad. Entonces goza de la ternura y de la cercanía de Dios en el Niño en brazos de su Madre. Esa luz que brota de tal ternura y cercanía del Niño nos conduce a la gran esperanza del Enmanuel, Dios-con-nosotros, Dios en favor del hombre de una vez para siempre y sin vuelta atrás.
      Así esta Luz grande disipa la oscuridad del miedo y del temor ante el futuro, que parece ensombrecerse ante la amenaza de la inhumana violencia terrorista, de acciones belicosas que no se sabe cómo y dónde terminan, de la incertidumbre de un mañana que parece írsele de las manos a los poderosos que creían controlarlo, o de la soledad y engaño de quienes piensan que Dios no existe, o que, incluso, es nocivo para el hombre, y que es mejor para la Humanidad el ateísmo que la fe en Dios, considerada por algunos como "el enemigo más corrosivo para el espíritu humano".
       La Encarnación y Nacimiento de Jesús en Belén de Judá hacen desvanecer todos esos temores. Ahí el hombre vuelve a encontrar la dignidad y el valor propio de su humanidad. ¡Qué valor debe tener el hombre a los ojos de Dios, el Creador, si le ha dado a su Hijo para que tenga vida, plena y eterna! ¡Qué grandeza la suya "si el Hijo ha descendido de aquella Altura a la que el hombre no alcanza, para que puedan llegar a Él los pequeños publicanos como Zaqueo! (San Efrén). Dios lo ha apostado todo por el hombre; se lo ha jugado todo por él; se ha identificado enteramente con él: ha querido levantar y engrandecer al hombre; nuestra humanidad es la humanidad de Dios. A partir de ahí se recupera e ilumina por completo la verdad radical del hombre y del mundo, que evidentemente no tienen en sí mismos su última consistencia. La certeza de la fe, de modo escondido y misterioso, vivifica todo aspecto del humanismo auténtico, lo ensancha y le abre las sendas de un futuro cargado de esperanza y abierto a la paz.
       La Iglesia, los cristianos en ella y con ella, en la Navidad que celebramos mira al futuro, sin duda con dolor y preocupación por el realismo de la fe y de la esperanza, pero con la paz y el aliento que sólo Dios, Enmanuel, puede darnos y que ahuyenta todo temor y miedo. En el Niño que nace vemos a Dios, fundamento de la esperanza; pero un Dios cualquiera, lejano y abstracto, dios idea o fetiche, creación humana, sino "Dios que tiene un rostro humano que nos ha amado y ama hasta el extremo, a cada uno en particular y a la humanidad en su conjunto" (Benedicto XVI). Desde la misma Encarnación tenemos, de parte de Dios, la gran palabra consoladora cargada de ánimo y alentadora de esperanza:
       "¡No temas, María!", le dice el Arcángel en la Anunciación". "¡No tengáis miedo!", escuchan los Pastores pobres y marginados que velan su ganado en la noche fría. "¡No tengas miedo!", le dice Jesús a Pedro caminando sobre las aguas procelosas del lago. "¡No temáis!", les dice El mismo, resucitado, a sus discípulos. "¡No tengáis miedo!", nos repite una y otra vez, desde el primer día, a lo largo de su pontificado el Papa Benedicto XVI, como lo hiciera también su venerable antecesor, el querido Siervo de Dios, Juan Pablo II.
       Sólo Dios-con-nosotros puede librarnos de todo temor que nos amenaza y encoge. Sólo El abre la historia y su futuro, también hoy, a la victoria del amor sobre el odio, de la paz sobre la violencia y la guerra, o de la vida sobre la muerte. Sólo Él, sólo la condescendencia y la misericordia de Dios, que verdaderamente existe y está por el hombre como nada ni nadie, sólo su infinita benignidad que ha aparecido y se nos ha hecho palpable en la fragilidad y pobreza de un Niño, en brazos de santa María, su Madre, y reconocido por los pobres y marginados pastores, puede devolver al mundo de nuestros días el gozo y la paz, la reconciliación de una humanidad que vuelve a encontrarse a sí misma y a saborear la alegría y la verdad de vivir como hermanos que caminan juntos al hogar de todos, en la casa del Padre. "Este impulso, 'que de suyo brota de la Navidad', hacia el futuro, iluminado por la esperanza debe ser la base del actuar de toda la Iglesia en los tiempos que vivimos" (Juan Pablo II). Ese ha de ser nuestro anuncio, nuestra aportación, y nuestro regalo a esta Humanidad que nos lo pide y necesita.
 

X Antonio Cañizares Llovera

Cardenal Arzobispo de Toledo

Primado de España