|
Año 2008 JORNADA ORACIÓN POR LA PAZ
Homilía del Sr. Cardenal Arzobispo en la S. I. Catedral Primada
Querido hermano, D. Carmelo, Obispo Auxiliar de Toledo, queridos sacerdotes, queridos hermanos y hermanas del Consejo Diocesano de Laicos y de los diferentes movimientos y asociaciones apostólicas, queridos todos en el Señor: Comenzamos el año con la fiesta de Santa María, Madre de Dios. La maternidad divina de la siempre Virgen María por obra y gracia del Espíritu Santo, nos conduce al centro de toda la historia, es decir, nos conduce al acontecimiento de la encarnación y nacimiento de Hijo de Dios de la que la que es toda santa, llena de gracia, inmaculada, virgen. Comenzamos el año con la mirada puesta en Jesucristo, Dios con nosotros, y en su Madre, María. No podemos comenzarlo mejor porque Jesucristo es lo mejor que ha pasado a la humanidad. Porque en Cristo accede el hombre a la libertad de la filiación divina y a la vida eterna; porque en El tenemos acceso a la verdad que nos hace libres; porque en El tenemos la salvación definitiva e irrevocable que andamos buscando. El es el Salvador y su salvación es universal. Es el Camino, la Verdad y la Vida. El da valor, sentido y consistencia a la realidad, nada se puede separar de El sin que se quede sin alterar su verdad. Desechada por los constructores de este mundo, se ha convertido en la piedra angular sobre la que se puede edificar una humanidad verdadera y enteramente nueva, con la novedad de la verdad y del amor, la paz y la justicia verdaderas; sobre esta piedra angular podemos edificar sólidamente un año nuevo. Cristo sabe lo que hay en el corazón del hombre; sólo El lo sabe. El es nuestra esperanza. Jesucristo ha desvelado el misterio del Dios inefable, que se ha mostrado en El como Amor sin medida, como amigo de los hombres. Y así ha desvelado también el misterio que es nuestra propia vida, que somos nosotros, y ha introducido en la historia la posibilidad de vivir la vida humana de un modo nuevo, conforme al designio original de Dios y a los deseos más profundos que, a pesar del pecado, permanecen inextirpables en el corazón de los hombres. En Cristo tenemos la verdadera afirmación del hombre, su grandeza y su dignidad inviolable. Es el rostro humano de Dios, que nos muestra a Dios que es amor: que Dios nos ilumine este rostro suyo, para que, a su Luz, queden iluminados también los rostros de los hombres. Esta fe se propone a todos y no se impone a nadie; siempre es oferta de gracia y salvación a la libertad del hombre. La Iglesia, por servicio y amor a los hombres, no puede dejar morir esta riqueza, no puede silenciarla, no puede dejar de ofrecerla; si no lo hiciese, cosa imposible, traicionaría a la misma humanidad a la que se debe. "Ningún pueblo y ninguna cultura puede culpablemente ignorarlo sin deshumanizarse; ninguna época puede considerarlo superado, aunque la mayoría así lo estime; ningún hombre puede conscientemente separarse de El sin perderse como hombre". Con la mirada puesta en el mismo Jesús, esperanza y salvación de todos los hombres, en los brazos de su Madre, y con el auxilio materno de la Virgen María, la Iglesia se esfuerza en proseguir su camino hacia una nueva etapa de su servicio a la humanidad al comenzar un nuevo año. La Iglesia se siente hoy bendecida por Dios y llena de dicha por la fe que le anima y le alienta; vive con alegría la fiesta mariana de este día porque contempla en la Virgen Madre abrazando a su pequeño, Jesús, la ternura y la cercanía de Dios que lo ha apostado todo y lo ha dado todo, hasta el extremo de un rebajamiento y de un despojamiento total por el hombre. En el Niño -pequeño y pobre, desvalido y desamparado-, que la Virgen-Madre besa y tiernamente aprieta, advertimos una bondad que no es de aquí y que lo inunda todo; en ese Hijo de sus entrañas, Dios empieza a estar con nosotros para siempre: nada, en efecto, ni nadie podrá separarlo de nosotros, ni a nosotros de El. Dios no quiere ser sin el hombre, sin participar en su desamparo: se ha comprometido irrevocablemente con el hombre, con todos y cada uno. Ha entrado con el silencio de la noche en nuestro abandono; ha entrado con ese llanto de la criatura humana que llega al mundo; ahí nos aceptó y ahí nos aguarda incansable su amor escondido. No cabe mayor cercanía de Dios al hombre. Nada hace tan presente lo largo, ancho y profundo del misterio de Dios como este niño callado y desvalido en el regazo de su santísima Madre. Ni el Niño, ni la Madre, provocan miedo; provocan, al contrario, amor y ternura. En Él, Dios mismo nos muestra su voluntad de paz: paz a todos los hombres a los que Él ama. La nueva relación con Dios, iniciada en el acontecimiento de la cueva de pastores de Belén, de la Virgen Madre, seguida con fe, es decir, con fidelidad y sencillez, da un significado nuevo a lo que el hombre es y a todo lo que hace, y cambia en el tiempo el corazón del hombre, ensanchándolo y vivificándolo a la medida del Espíritu de Dios, que nos hace clamar: "Abba, Padre". El hombre comienza como a despertar: su razón se abre más a la realidad y a su misterio, y empieza a comprender mejor el significado de la vida y de las cosas. Adquiere una conciencia positivamente crítica del mundo en que vive, y empieza a crecer en libertad. Ya no depende de la suerte, o de las circunstancias, o del afecto de los demás o del halago del poder. Igualmente, empieza a ser capaz de tener misericordia, consigo mismo y con todos, y a amar todas las cosas. Esta fe en Jesucristo es nuestro mejor patrimonio, la mejor de las riquezas que hemos recibido, precisamente, por medio de la Iglesia que acoge a todos, que no echa ni desprecia a nadie, que no borra a nadie de sus listas o de sus libros donde han sido inscritos sus hijos. La Iglesia Católica en general, y particularmente la que está en España y peregrina en las distintas tierras de su diferentes diócesis, la que está en Toledo, fiel a la herencia de fe recibida, fiel a su Señor, el Hijo de Dios vivo humanado, no cejará ni cesará en su empeño por el hombre en los diversos campos donde se apueste por el hombre; como de hecho está sucediendo, no faltará su presencia del primero de sus campos donde se apuesta por el hombre que es el de la familia, como pudimos ver y comprobar en el gozosísimo e importante/inolvidable, encuentro de las familias el domingo pasado en Madrid. Tampoco faltará su presencia, a través de sus miembros e instituciones, en las labores educativas y asistenciales, cuyas necesidades se han visto tan fuertemente acentuadas por el crecimiento de los sectores de marginación, por el incremento de los nuevos pobres que las sociedades del desarrollo crean, y el gran número de emigrantes venidos de todas partes. Tampoco faltará esa presencia de la Iglesia a través de sus miembros, aunque a algunos contrarios al hombre les pese, en los diferentes campos de la vida pública tan decisivos para el futuro de la sociedad. En ese inclinarse y volcarse en favor del hombre, como su Señor Jesús que se ha inclinado y despojado de su rango en favor nuestro, la Iglesia en España, la Iglesia en Toledo, seguirá ofreciendo el mejor de sus servicios que es el anuncio de Jesucristo, que ha nacido en Belén, de María Virgen, su Madre, y así ha engrandecido hasta lo inimaginable al hombre. Incorporamos a esta celebración de la eucaristía a este mundo nuestro, el de nuestros días, que, amenazado por la guerra y la violencia, por la injusticia y el odio, necesita urgentemente la paz. Por eso, con toda la Iglesia y todos los hombres de bien, al comenzar un nuevo año, ponemos en manos de Dios y le confiamos nuestro mundo, amenazado por la violencia y la guerra, y le encomendamos la causa de la paz. Las situaciones de violencia inhumana, de guerra, de injusticias, de violación de derechos humanos fundamentales que padecemos, nos hacen percibir algo que tal vez no queremos ni saber: que a pesar de tantas proclamas en contrario, nos encontramos en una época en la que de muy diversas maneras se olvida, y se pisotea, la sagrada dignidad de todo ser humano, y se cierne un horizonte lleno de incertidumbres y de amenazas para el futuro de la Humanidad. Lo que está en juego, sencilla y llanamente es el hombre, su vida, su futuro, su grandeza inigualable, su dignidad inviolable; lo que está en juego, en estos momentos, por más que se diga, es la pervivencia del hombre, de la humanidad. El futuro del hombre es inseparable de la familia; así, en consecuencia, así la paz estará en la familia. El Papa Benedicto XVI, en su mensaje para este primero de año, nos recuerda e insta a algo muy importante: "La familia humana, comunidad de paz". De la familia nace la paz de la familia humana. Anhelamos la paz y tenemos necesidad de la paz. La paz es posible. La armonía y la paz están inscritas de manera indeleble en el proyecto originario de Dios sobre el hombre. Aunque los hombres rompamos una y otra vez ese proyecto. ¡La paz parece, a veces, una meta inalcanzable! En un clima hostil por la indiferencia y envenenado por el odio, ¿cómo esperar que venga una era de paz, que sólo los sentimientos de solidaridad y amor, que sólo el volcarnos en favor del hombre, de cada hombre, pueden hacer posible?. Sí podemos esperar una verdadera paz en el mundo: habrá un futuro de paz en la tierra, si creemos en la familia, si fortalecemos la familia, si hacemos posible que la familia sea hogar de comunión y de paz, comunidad de vida y amor. "De hecho, la primera forma de comunión entre las personas es la que el amor suscita entre un hombre y una mujer decididos a unirse establemente para construir una nueva familia" (Benedicto XVI) . Además, porque está "fundada en el amor y abierta al don de la vida, la familia lleva consigo el porvenir mismo de la sociedad; su papel especialísimo es el de contribuir eficazmente a un futuro de paz" (Juan Pablo II). La familia, "fundada en el la unión indisoluble entre un hombre y una mujer, constituye el ámbito privilegiado en el que la vida humana es acogida y protegida, desde su inicio hasta su fin natural", nos dijo el Papa el domingo pasado en su mensaje a las familias españolas. Es el ámbito, único y privilegiado, donde el hombre se gesta, nace, crece como hombre, donde es querido, amado y respetado por sí mismo, donde aprende la grandeza de ser hombre por el hecho de serlo. No hay paz, sin que el hombre sea respetado en sí y por sí mismo. Por eso la familia es inseparable y necesaria para la paz: sin el apoyo a ella, no hay paz. Es el lugar básico y primordial para el amor, la base absolutamente necesaria de una civilización del amor. Cuando no se edifica o cuando se destruye la civilización del amor, se va contra el hombre, no es posible la paz. "iVale la pena trabajar por la familia; vale la pena trabajar por el ser humano!" (Benedicto XVI): eso es trabajar por la paz. Por eso contribuye a la paz de la gran familia que formamos todos los hombres, conforme al designio de Dios Creador y Redentor, mediante al amor recíproco de los esposos, llamados a una comunión de vida total, plena, fiel e indisoluble; mediante el adecuado cumplimiento de la tarea educativa, que obliga a los padres a formar a los hijos en el respeto de la dignidad de cada persona y en los valores de la paz. "La familia natural, en cuanto comunión íntima de vida y amor, fundada en el matrimonio entre un hombre y una mujer, es el 'lugar primario de humanización de la persona y de la sociedad, la cuna de la vida y del amor... En una vida familiar 'sana' se experimentan algunos elementos esenciales de la paz: la justicia y el amor entre hermanos y hermanas, la función de la autoridad manifestada por los padres, el servicio afectuoso a los miembros más débiles, porque son pequeños, ancianos o están enfermos, la ayuda mutua en las necesidades de la vida, la disponibilidad para acoger a otro y, si fuera necesario, para perdonarlo. Por eso la familia es la primera e insustituible educadora de la paz. No ha de sorprender, pues, que se considere particularmente intolerable la violencia cometida dentro de la familia. Por tanto cuando se afirma que la familia es 'la célula primera y vital de la sociedad', se dice algo esencial. La familia es también fundamento de la sociedad porque permite tener experiencias determinantes de paz. Por consiguiente no puede prescindir de del servicio que presta la familia" (Benedicto XVI) . Si se quiere la paz, es necesario trabajar por la familia, "trabajar por la familia es trabajar por el ser humano", es trabajar por la sociedad, es trabajar por la nueva cultura de la vida y de la verdad, es trabajar por la nueva civilización del amor, es trabajar por la paz. Sólo si salvamos la familia, salvaremos la paz. "Quien obstaculiza la institución familiar, aunque sea inconscientemente, hace que la paz de toda la comunidad, nacional e internacional, sea frágil, porque debilita lo que, de hecho, es la principal 'agencia' de paz... Cuando la sociedad y la política no se esfuerzan en ayudar a la familia... se privan de un recurso esencial para el servicio de la paz" (Benedicto XVI) La construcción de una sociedad en paz comienza por la comunidad familiar, donde se ha de vivir la primera, la fundamental e imprescindible experiencia de paz. Si quieres la paz, construye la familia sobre la base del respeto profundo de la vida y de la dignidad del ser humano. Si quieres la paz, haz realidad en la familia las virtudes domésticas de la comprensión, la paciencia, el mutuo estímulo, el perdón recíproco, el verdadero amor, "acompañado siempre de la justicia, tan necesaria para la paz", un amor con puertas abiertas y manos generosas a cuantos nos necesiten. "Una civilización de paz no es posible si falta el amor", cuya escuela básica e imprescindible es la familia. Si queremos la paz, hagamos posible que las familias vivan abiertas a Dios y le reconozcan. El alejamiento de Dios contribuye, de hecho, "al deterioro de la vida familiar, hoy profundamente desgarrada por el aumento se separaciones y divorcios, por la sistemática exclusión de la natalidad -incluso a través del abominable crimen del aborto-, por el creciente abandono de los ancianos, tantas veces privados del calor familiar y de la necesaria comunión intergeneracional" (Juan pablo II, en Huelva, junio 1993). El reconocimiento de Dios nos lleva a la afirmación del hombre y su dignidad. Sólo una experiencia viva y gozosa de la dignidad y de la vocación de la existencia humana permitirá ofrecer caminos alentadores de futuro a la familia. Sólo desde ahí se abren caminos de esperanza para la sociedad, sendas prometedoras de paz para todos, "iQue la familia pueda vivir en paz, de tal manera que de ella brote la paz para toda la familia humana" (Juan Pablo II).
X Antonio Cañizares Llovera Cardenal Arzobispo de Toledo
|
|
|