Año 2008


AÑO DEL CARDENAL SANCHA

 

Homilía del Sr. Cardenal en la S. I. Catedral Primada,

en el 99 aniversario de la muerte del Cardenal Sancha

Toledo, 24 de febrero de 2008

Queridos hermanos y hermanas en el Señor: Tras haber proclamado, en el primer domingo de Cuaresma, el Evangelio de las tentaciones, y el de la Transfiguración, el domingo pasado, segundo de Cuaresma, con el Evangelio de la Samaritana, este domingo, se abre paso a los llamados evangelios bautismales que nos van a conducir hasta la Semana Santa de la Pascua del Señor: son los evangelios que se refieren al agua y al Espíritu, a la luz y la liberación de la ceguera, y a la resurrección y la vida nueva, superada la muerte y el pecado. Así, como preparación, a los misterios pascuales nos disponemos reavivando nuestro bautismo, vida nueva en Cristo, a lo largo de tres semanas.

                Jesús, cansado, tiene sed; como también tendrá sed en la cruz. Se acerca una samaritana ' le pide de beber. No entiende y ella cómo un judío le pide semejante cosa. Jesús le replica: "Si conocieras el don de Dios…". El "don" o regalo de Dios es la presencia eficaz en medio de nosotros, es Dios-con-nosotros: en la gran familia humana, en la vida de cada uno. La samaritana lo está viendo y lo ignora. Cristo, tan presente y tan ausente en nuestro corazón, en nuestra cultura, en nuestro pueblo, en nuestrO mundo: está con nosotros y es ignorado.

                Añade Jesús: "...tú le pedirías de beber y Él te daría Agua viva". En este diálogo entre Jesús y la mujer samaritana, el evangelista Juan resume todo el mensaje cristiano. A ella, pecadora y sin horizonte, Jesús le ofrece un Manantial interior de felicidad. Si se lo acepta, nunca más tendrá sed. Es decir, esa angustiosa satisfacción que está en la raíz de todos los vicios: la sed de felicidad aunque se ponga esta realidad en cosas que no sacian ni dan la felicidad. Jesús habla de un Manantial de Agua viva, que no se agotará en toda la eternidad. A través de esta página del Evangelio, Jesús nos está diciendo a todos los humanos sedientos quién es el único que puede saciar nuestra sed y que le pidamos el que puede saciarla, es decir el Espíritu Santo. El Espíritu que nos enseña a adorar a Dios, el que clama en nuestro interior por Dios, el que hace sentir la inquietud por Dios hasta que descanse en Él, el que, como tierra reseca, haga que nuestro corazón este sediento de Dios, de Dios vivo, de Dios que es Amor, porque sólo el Amor sacia de verdad el corazón humano que no se contenta con menos que Dios,, con el Cielo, que es la vida con Dios, que es la vida en el Amor que permanece siempre. Jesús nos dice que el hombre, cada uno de nosotros, insatisfechos o astragados por una sed insatisfecha, pidamos el Espíritu Santo para vivir con Dios, para que nos enseñe a vivir en el Amor, a adorarle como Él quiere, adorándole como al Único Señor y participando de su amor y amando. Jesús nos dice que pidamos el Espíritu Santo que nos eleve por encima de las miserias humanas que dividen, como dividían a judíos y samaritanos, y cree unidad, funde y fundamente comunión. Jesús nos dice que pidamos el Espíritu Santo que nos libre de la esclavitud de creer que no somos más que materia y que nos ilumine en la verdad de pensar y sentir como hijos de Dios, como criaturas suyas, hechas por Él con un corazón inquieto que sólo se contenta con Él que es Amor, fuente de todo amor verdadero.

                Cuando llegan los discípulos, les dice algo que necesitamos escuchar hoy con plena y total apertura de corazón: "Contemplad los campos, que ya están dorados para la siega". El Evangelio de la 11samaritanal, es una esperanzada y esperanzadora invitación misional a los discípulos, a la Iglesia, a nosotros. La mayor parte creían entonces que Samaria estaba muy lejos del Evangelio, que faltaba mucho para la siega o que nunca se segaría allí. Jesús, junto al pozo de Jacob, Jesús se despreocupa hasta de la comida por su apasionante misión de evangelizar, de dar a conocer y entregar el don de Dios, que es Dios mismo, que es el Espíritu Santo, que derrama el amor en nuestros corazones, como hemos escuchado en la Carta de San Pablo a los Romanos. Son tal vez muchos los campos de nuestro mundo que están esperando que se les hable del Espíritu, de la Verdad, de Dios. Son muchos, a veces sin saberlo, los que están esperando el don de Dios, el que llena y sacia la sed del hombre, que busca la felicidad, el amor, la plenitud de vida.

                De esta verdad, de este don, dan fe, atestiguan lo cierto de ello, los hombres y mujeres que han bebido en el manantial del Agua de la Vida, el Espíritu Santo, y se han llenado del don del amor que el mismo Espíritu derrama en los corazones del hombres y llega hasta lo más hondo de ellos, haciendo testigos de Dios que es Amor, entre los hombres. Este el caso del que fue Arzobispo de Toledo, de 1898 a 1909, el Cardenal Ciriaco María Sancha y Hervás. Mañana, 25 de febrero, se cumple el noventa y nueve aniversario de su muerte: por eso hoy lo recordamos, en acción de gracias a Dios, uniendo su memoria a la acción de gracias por Jesucristo, por quien hemos sido hecho justos y nos hace estar en paz con Dios, el que murió por nuestros pecados y es prueba de que Dios nos ama aun siendo pecadores. Con esta Eucaristía nos preparamos para la celebración del primer centenario de la muerte de este siervo de Dios, venerable cardenal Sancha, que esperamos y pedimos que pronto, muy pronto, el Santo Padre, Benedicto XVI, dé paso a su beatificación. Sus restos reposan frente a la Capilla de San Pedro, lugar por él elegido para su inhumación: todo un símbolo de lo que fue su vida y ministerio episcopal en comunión plena e inquebrantable con Pedro, con la Sede de Pedro: "Vivió pobremente y pobrísimamemnte murió", reza el epitafio de su tumba.

                Su delicado sentido de comunión eclesial, obra del Espíritu que derrama en nuestros corazones el amor y lleva al culto en verdad, libró a la Iglesia española, en la bisagra del siglo XIX y XX, de derivas cismáticas muy peligrosas. Con el cardenal Sancha Toledo recuperaba el valor y sentido del primado y su relación estrechísima y cordial con la Santa Sede. Fue un pastor conforme al corazón de Dios, en plena comunión con el Papa. Pastor caritativo y humilde, coherente en su modo austero de vivir, fue conocido como el padre de los pobres. Atento a todas las dimensiones del Espíritu, fundó tres familias religiosas e impulsó varios institutos que nacieron o se desarrollaron en las diócesis que pastoreó. De su corazón de buen pastor brotó su apasionado celo por el sacerdocio y las vocaciones sacerdotales: reformó los seminarios y dignificó el estado sacerdotal, elevando el nivel intelectual, moral y espiritual de los sacerdotes. Su propio ejemplo sería decisivo a la hora de transmitir un estilo sacerdotal sencillo y de apasionado amor a la Iglesia.

                Es precisamente este amor a la Iglesia lo que le llevó a estar muy atento a los ataques del laicismo militante, desviviéndose por la unidad de los católicos en los momentos cruciales para la historia de España. Fue el gran impulsor del movimiento católico en España, de lo que hoy llamaríamos la presencia de los católicos en la vida pública, y del catolicismo social. Su influencia benéfica en proyectos de leyes y su atención al bien moral que suponía la unidad de la nación, dieron a su figura una altura moral que incluso en nuestros días marca una dirección a seguir. Sabiendo mantener exquisitas relaciones con la autoridad civil, sin embargo liberó a la Iglesia española de dependencias atávicas como el Patronato Regio; asimismo, desde el mayor de los respetos, supo hacer frente a la ola de anticlericalismo que algunos gobiernos desataron en la legislación y en la calle.

                En Toledo, precisamente, fue recibido como el "padre de los pobres"; y fue aquí, en su entrega a los más menesterosos lo que acabó con su vida. Pastor infatigable, celoso defensor de la libertad de la Iglesia, trabajador incansable por la unidad, siempre en comunión con el Papa, gran valedor de la comunión con él; el obispo que, sin duda, más padeció por la división entre hermanos, y el que apostó por la comunión inquebrantable con Pedro como superación de las divisiones y fundamento de la unidad de todos. Hombre de la Eucaristía, y con una vida espiritual, obra del Espíritu Santo, ejemplar para todos, ofreciendo a Dios, en toda su vida, el verdadero culto que a Él le agrada: el culto en espíritu y en verdad, el de la adoración al sólo Dios, que es Amor, nos llama al Amor, nos concede el de su Amor y nos conduce por esas sendas que son las que nos trazan las lecturas de hoy. Que Dios nos conceda la gracia de verlo pronto en los altares, que nos ayude con su ejemplo e intercesión, para que vivamos la vida bautismal como él la vivió. Que conozcamos mejor esta gran figura, este Buen Pastor: a ello habrán de conducir los diversos actos que se van a celebrar a lo largo del centenario de su muerte, de los que ya daremos noticia. Unamos a nuestra acción de gracias a Jesucristo el don que fue y sigue siendo para esta diócesis de Toledo, a la que el cardenal Sancha sirvió y sigue sirviendo desde el cielo.