Año 2008


DIA DEL SEMINARIO DIOCESANO

El SEMINARIO, LA CASA DE NUESTRA ESPERANZA

 

La vitalidad de una diócesis, su capacidad para afrontar con esperanza el futuro, y aun su misma posibilidad de supervivencia dependen de que tenga fuerza y vigor para suscitar vocaciones al sacerdocio. Sin sacerdotes no hay futuro para la Iglesia ni para la misma sociedad. Todos los años por estas fechas recordamos la importancia del seminario y pedimos que nuestra mirada se dirija hacia él.

Podemos tener la certeza plena de que Dios no abandona a su Iglesia. Lo que pide Él es nuestra fidelidad. El Señor de la mies esparce a manos llenas la semilla de la vocación al sacerdocio, también hoy aunque parezca lo contrario dadas las dificultades del momento que atravesamos. Estas semillas brotan y crecen donde hay terreno propicio para su crecimiento. El Señor nos pide a todos confianza para preparar y abonar el terreno, y libertad para proponer a jóvenes y niños esta vocación, para llamarlos a seguir a Jesús por este camino.

Los hombres tienen necesidad urgente de Jesucristo. No hay que tener miedo ni sentir rubor a proponer una y otra vez a los jóvenes, en contraste con la mentalidad y estilo de vida dominante en nuestro mundo, el camino de seguimiento de Jesús como el camino de verdadera y plena felicidad, de libertad verdadera, de amor que sacia y llena; no hay que temer a proponer los valores cristianos del sacrificio, de la renuncia, del dominio de sí, del espíritu de oración, del hábito de la meditación, de la donación total e irrevocable, de la bella aventura de las bienaventuranzas.

Nos corresponde esto de manera especial a los sacerdotes; sin duda alguna, un sacerdote contento y feliz en su estado de vida propio, que ama con corazón indiviso a su Señor, que sirve gozosamente y sin complicaciones a la Iglesia de Cristo, es una ayuda preciosísima para que surjan vocaciones. Pero también el que haya comunidades, grupos cristianos, que muestren de manera atrayente y palpable la verdad y la belleza de ser cristianos es un terreno ya abonado y propicio para la vocación sacerdotal; se intensifica esta ayuda de las comunidades cristianas -sin olvidar la familia, pequeña comunidad eclesial-, cuando en ellas se aprecia y ama, se valora a los sacerdotes y cuanto éstos significan para la vida de la Iglesia y de los cristianos.

Los sacerdotes hemos de trabajar de manera particularmente intensa por las vocaciones sacerdotales. Toda la comunidad diocesana, todas las parroquias, todos los colegios católicos, todos los educadores cristianos debemos sentir la responsabilidad compartida por las vocaciones. Todas las parroquias han de introducir entre sus acciones semanales un tiempo de oración por las vocaciones sacerdotales, tan necesarias e imprescindibles. En todas las parroquias, en todos los grupos cristianos, se ha de cultivar un gran amor hacia el Seminario diocesano, puesto de relieve en la Jornada anual del Seminario.

El Seminario -Mayor y Menor- es la casa de nuestra esperanza: por nuestro Seminario diocesano nuestras esperanzas pueden seguir abiertas; en él la comunidad diocesana tiene las premisas necesarias para su futuro; en él la esperanza del pueblo cristiano, que quiere permanecer arraigado en la fe recibida como la mejor de sus riquezas, encuentra las razones principales para su confianza. Para que nuestra esperanza siga viva Dios nos pide a todos, con el Obispo a la cabeza, que nos sintamos empeñados y corresponsables con la misión y la obra eclesial de nuestro Seminario: ayudémosle con nuevas vocaciones, con la oración y con nuestra ayuda económica. Esto será señal de que amamos en verdad a los hombres y que nos preocupamos de ellos. Será la prueba de que es auténtico nuestro amor a Jesucristo y a la Iglesia.

 

X Antonio Cañizares Llovera

Cardenal Arzobispo de Toledo

Primado de España