Año 2008 / Semana Santa


HOMILÍA EN LA SANTA MISA CRISMAL

 

Santa Iglesia Catedral Primada

18 de marzo de 2008

      Muy querido hermano Obispo, don Carmelo; muy queridos hermanos sacerdotes y diáconos; religiosos y religiosas; fieles cristianos laicos; seminaristas; muy queridos todos, hermanos y hermanas en el Señor. Esta Eucaristía, en la que se van a bendecir los óleos de catecúmenos y enfermos y consagrar el santo Crisma, es una manifestación privilegiada de la unidad misteriosa de la Iglesia diocesana, una bella e intensa expresión de ella, una hermosa imagen de la Iglesia del Señor, reunida y alentada por el Espíritu Santo, vivificada y santificada por Él. Es éste un buen momento, queridos hermanos y hermanas, para descubrir la Iglesia, pueblo sacerdotal, en su interioridad; y tomar conciencia de ella, para contemplarla, amarla, gozar de ella y servirla cada uno de nosotros desde nuestra propia vocación y misión. Esta Misa Crismal es la fiesta del sacerdocio cristiano, tanto del sacerdocio común de todo el pueblo de Dios, significado en el crisma del Bautismo y de la Confirmación, como del sacerdocio ministerial que se confiere por el sacramento del Orden con la imposición de manos y la unción del santo Crisma. Cristo, único y sumo Sacerdote, actualiza su único sacerdocio por el ministerio sacerdotal de hombres del pueblo santo a los que elige para que participen de su misión. Como Cristo, muy queridos hermanos en la fraternidad sacerdotal que somos, hemos sido ungidos por el Espíritu Santo.

      Unción quiere decir consagración, dedicación, pertenencia. Hemos sido segregados para pertenecer a Dios enteramente: Él es nuestro lote y nuestra heredad, no tenemos otro bien ni otra riqueza que Él; hemos sido dedicados por completo en cuerpo y alma a Dios: para dedicarnos a Él, para que Él actúe en nosotros y a través nuestro, para entregarnos a su voluntad, para darnos sin reservas a su obra, para confiarnos con cuanto somos y tenemos a lo que Él nos encomienda, para que su amor se manifieste a los hombres, dándonos a ellos sin medida como prueba de que Dios los quiere así. Somos de Dios para los hombres; todo, en nosotros, es de Él y para que Él, infinito Amor, se muestre a los hombres .y éstos puedan vivir de ese Amor. No nos pertenecemos. Miremos lo que esto significa; no nos pertenece ni nuestro tiempo, ni nuestras dotes, ni siquiera nuestra vida: son de Dios y de los hermanos, los hombres, a los, que hemos sido enviados y entregados en nombre de Dios y por Él, para hacerle presente a Él, que se da todo, nos lo da todo y no se reserva nada para sí. Sacerdotes de Dios en todo y en todo momento, siempre dispuestos, pobres, gastándonos y desgastándonos siempre, perdiendo nuestra vida, dejándola a jirones: por Dios y por los hombres a los que Él ama. No buscamos honores, ni nos rodeamos de comodidades o seguridades, no nos importa pobreza o abundancia; no nos arredran dificultades, insultos, desprecios, calumnias o persecuciones; no nos hunden los fracasos, ni, por arduos que sean, escatimamos trabajos y sufrimientos necesarios. El Espíritu del Señor nos ha ungido para ser propiedad de Dios, sus siervos, dispensadores de sus misterios, servidores de los hombres y, en todo, prestos y atentos para servirles y dar gratis lo que gratis hemos recibido. Esta es nuestra paga: servir a Dios, dar el don de Dios a los hombres. No podemos tener miedo, nada ni nadie puede asustarnos porque el Señor, nuestro Dios, va con nosotros.

      Solo Dios, solo Él y nada más que Él, queridos sacerdotes y seminaristas, puede llenarlo todo y hacernos experimentar el sentido pleno de nuestra existencia. No tengamos miedo de darnos por completo a El y a su obra. Al desaparecer el miedo, crece a la par la confianza en Dios, su fuerza y fortaleza en nosotros, la alegría de ser suyos, estar con El, entregarnos de lleno a la misión. El gustar la alegría y la fuerza de la vida con Dios, nos hace percibir con vigor la gran urgencia de convertirnos en mensajeros del Evangelio vivo, que es su Hijo, y de echar las redes aunque la pesca hasta entonces haya sido escasa y estemos cansados hasta casi la extenuación. Así vamos a lo esencial que es Dios; así también estaremos en condiciones de conducir a los hombres a lo esencial, a Dios con rostro humano que es Jesús, y con Él buscaremos, anunciaremos y testificaremos, por encima de todo, a Dios.

      Para nuestra vida sacerdotal, que con frecuencia se muestra tan compleja y cargada de cosas y acciones y que tanta dificultad encuentra en el mundo de hoy alejado intelectual y afectivamente de la fe y de la Iglesia, es necesario centrarnos en lo esencial. Aquí vuelvo a repetir lo de siempre: lo esencial es Dios. Si no hablamos de Dios, si no vivimos de Él y para Él nos quedaremos siempre en las cosas secundarias. Cristo nos ha traído a Dios. Nosotros no podemos llevar y entregar nada más que a Dios, dado a conocer y gustar en Jesús, su Hijo venido en carne. No tenemos otro camino, ni otra aportación que esta. El contexto cultural, el contexto mediático, sin embargo, ofrece un camino muy diferente e este. Parece incluso que hace imposible ver a Cristo como camino cierto y válido o como centro de la vida, y vivir la vida como Él nos la muestra en fidelidad a Dios: Los hombres de hoy, sobre todo los jóvenes, deben percibir que no decimos palabras, ni hacemos ofrecimientos que no hayamos vivido antes nosotros mismos; sino que hablamos y actuamos porque hemos encontrado y tratamos de encontrar de nuevo cada día la verdad, la verdad de Dios como verdad para nuestra vida. Para que nuestras palabras sean creíbles y tengan una lógica visible y convincente, es preciso que nosotros mismos sigamos ese camino, que nosotros mismos tratemos de que nuestra vida corresponda a la del Señor, a una vida conforme a Dios, que seamos testimonio real y fehaciente de Dios. Además, cuando se vive a Dios, cuando se vive de Él y en Él, cuando se vive desde Dios, uno no puede callarlo, más aun siente la necesidad de comunicarlo, de hacerles participes a otros de esta vida tan gozosa, tan llena, tan con sentido y cargada de esperanza; cuando uno vive arraigado en Dios, en sus manos, siente que se desborda en si mismo un amor grande a los demás y desearía que los demás no se vean privados de esta gran dicha, esperanza y razón que nos embarga. Este es el camino que es necesario escoger: escoger a Dios, consagrarnos a Él. Quien avanza por el camino de la vida sin Dios, lo sabemos bien, al final se encuentra en la oscuridad, aunque pueda haber momentos en que le parezca haber hallado la vida. Avanzar el camino con Dios es fuente inagotable de alegría sacerdotal, manantial vivo de fortaleza en momentos oscuros, hontanar de aliento apostólico y de caridad pastoral, garantía cierta de fecundidad en el ministerio.

      Para esto, queridísimos hermanos sacerdotes y seminaristas, es preciso repetir una y otra vez, aunque me llaméis cansino, lo que en tantas ocasiones os he recordado: Cuidemos mucho la oración diaria, asidua, cuidemos mucho la liturgia, la meditación de la Palabra de Dios y la adoración eucarística, frecuentemos, como penitentes, el sacramento de la Penitencia, cultivemos la lucha ascética, no dejemos los retiros espirituales, practiquemos los ejercicios espirituales anuales. Además de la Eucaristía y de la Liturgia de las Horas de cada día, del rezo del Santo Rosario, no deberíamos dedicar menos de una hora a la oración personal, estar ante el Sagrario, y contar con un tiempo suficientemente prolongado para la lectura y estudio de la palabra de Dios, de la Tradición y del magisterio de la Iglesia. Orando y estudiando, con el auxilio del Espíritu Defensor que viene en nuestra ayuda, podremos edificar y consolidar en nosotros el hombre de Dios que debemos ser y que la gente espera que sea el sacerdote.

      Tened en cuenta que digo esto en medio de un mundo que olvida a Dios, que vive como si no existiera, que pretende que desaparezca del espacio y horizonte de la vida que con frecuencia incluso lo rechaza, y que busca edificarse a si mismo solo por el, sin Dios, a quien ve como superfluo o como antagonista del hombre y de su madurez, y retardatario de su progreso. Así el hombre y el mundo es más pobre, vive sin futuro y sin esperanza. Esta es la revolución cultural y social que padecemos en Occidente.

      Hermanos sacerdotes, amigos seminaristas, seamos realistas y pongamos pie en tierra: nos hallamos inmersos en una profunda revolución Cultural en Occidente, que viene gestándose desde hace décadas: en España este cambio tiene unas connotaciones muy especiales, de todos conocidas. Pero esa revolución es real; no es imaginaria; tiene graves consecuencias. No se oculta ya el "proyecto"; porque es cierto: estamos ante un gran proyecto de cambio y de innovación de la sociedad; una gran obra de ingeniería social aspira a crear una sociedad propiciada por una nueva cultura, diferente radicalmente en sus principios y fundamentos, de donde venimos. Esta revolución cuenta con muchos medios e instrumentos puestos al servicio de los que la promueven y can alianzas de poderes muy influyentes. Los efectos los estamos ya palpando y sufriendo; los notamos en nuestra acción pastoral diaria en todas partes, especialmente en las zonas y poblaciones más secularizadas, o en sectores de población más sensibles o más inermes y débiles ante el torrente galopante de secularización y laicismo envolventes. El ambiente que vivimos ofrece una constante influencia laicista, pagana y, con gran frecuencia, anticristiana.

      Como se nos dice en la lectura de Isaías, y sobre todo, en el Evangelio, hemos sido ungidos para evangelizar. Conozco y aliento, animo con mi plegaria y mi apoyo, vuestros anhelos evangelizadores, cuanto estáis impulsando para llevar a cabo una nueva evangelización, en medio de una sociedad y una cultura, como acabo de decir, frecuentemente impregnada de una honda secularización que afecta incluso internamente a la vida de las comunidades cristianas. El laicismo imperante en tantos países, que pretende reducir la fe a la esfera de lo privado e intimo e inducir a una actuación social y pública como si Dios no existiera, opera con algunas características singulares entre nosotros. Aquí esta la clave de lo que está sucediendo, aquí se juega el ser o no ser del hombre, aquí se decide la verdad y futuro de nuestra cultura y de la sociedad, su logro o su fracaso. Es por ello muy apremiante, así nos lo dice el Espíritu a través de la enseñanza de los últimos Papas, el evangelizar la cultura, superar la ruptura entre la cultura y el Evangelio, que es el drama de nuestro tiempo.

      Mostrad, por ello, en toda vuestra actuación pastoral, como sin duda lo queréis y estáis intentando, que, donde desaparece Dios, el hombre no se convierte en algo más grande, sino que pierde la dignidad y pasa a ser el fruto de una evolución ciega. Dirigir nuestra mirada a Dios viviente, que es nuestro creador, el garante de nuestra libertad, el garante de lo que es bueno y auténtico, es lo que verdaderamente salva al mundo y hace surgir una humanidad nueva. Poned todo vuestro empeño en que los fieles que se os han confiado pongan su mirada en Dios, que es la medida de lo que es justo y, al mismo tiempo, es el amor eterno. Esta es la respuesta que el mundo de hoy necesita por encima de todo: anunciar y dar testimonio de Dios que es amor, como proclama el Papa Benedicto XVI en su primera Carta Encíclica, y subraya en la segunda sobre la esperanza. Que el Espíritu nos inunde y nos llene de ímpetu y fuerza misionera para evangelizar aquí donde estamos, con esta sociedad tan secularizada, o evangelizar en la misión ad gentes, de donde nos llega ese grito angustioso: "¡Ayudadnos!"; ese grito nos llega hoy al presbiterio de Toledo, a la diócesis toledana desde Moyobamba, desde Lurín, desde Cuba, desde otras naciones hermanas de América, desde China, desde África, y también desde otras diócesis hermanas en España. No hagamos oídos sordos. Escuchemos la voz del Señor que nos dice a todos: "¡Ayudadme!"

      En estos tiempos en que asedia con tanta fuerza la indiferencia religiosa, el laicismo o el insidioso y destructivo relativismo moral, con sus graves consecuencias para el hombre y la sociedad y para la vida cristiana, no olvidéis aquellas palabras, que hoy leemos en el Oficio de Lecturas, de la carta a los Hebreos, gran texto para la esperanza que no defrauda: "teniendo en torno nuestro una gran nube de testigos espectadores, sacudamos todo lastre y el pecado que nos asedia, y corramos con fortaleza la prueba que se nos propone, sin retirarnos, fijos los ojos en Jesús, el que inicia y consuma la fe, el cual, en lugar del gozo que se le proponía, soportó la cruz sin miedo a la ignominia, y está sentado a la diestra del trono de Dios. Fijaos en aquel que soportó la contradicción de parte de los pecadores, para que no desfallezcáis faltos de ánimo. No habéis resistido todavía hasta llegar a la sangre en vuestra lucha contra el pecado" (Heb 12, 1-4). No tenemos otra manera de caminar que así: con los ojos fijos en Jesús, el "testigo fiel", al que "atravesaron por nuestros delitos".

      Proseguid con buen ánimo el combate de la fe, dad razón de la esperanza que nos anima (1 Pe 3 ), y responded diciendo ante los hombres quién es Jesús, "el Cristo, el Hijo de Dios vivo" (Mt 16, 16), "el que tiene palabras de vida eterna" (Jn 6), la piedra angular en que se asienta el edificio de una nueva humanidad (Cf He), el que ha sido ungido, como dice el Evangelio de esta Misa Crismal, "para evangelizar a los pobres, anunciar a los cautivos la libertad, y a los ciegos la vista, para dar libertad a los oprimidos, para anunciar el aria de gracia del Señor" (Lc 4, 1819). Trabajemos hasta que nos queden fuerzas, con la fortaleza y sabiduría del Espíritu Santo, para que los hombres de hoy, en especial los niños y los jóvenes, con sus familias, participen del don de Dios. Para ello, es preciso, es urgente, es apremiante, que renovemos y fortalezcamos la iniciación cristiana, conforme a las directrices que estamos elaborando en nuestra diócesis fieles a las orientaciones de la Iglesia; que, dentro de la iniciación cristiana, apostemos por la catequesis, que es, en expresión de Juan Pablo II, "la mejor inversión para el futuro". Insistamos en la pastoral con las familias, en la evangelización de los jóvenes, en la pastoral educativa, en las vocaciones cristianas al sacerdocio, a la vida consagrada, al matrimonio conforme al querer de Dios, a la acción misionera, al compromiso apostólico y militante. Esforcémonos en preparar y formar bien a nuestras gentes: necesitamos gente formada, bien formada, catequistas bien formados, militantes bien formados, padres bien formados; hagámoslo en cada parroquia, donde se pueda, o uniéndose varias parroquias y aun arciprestazgos enteros; pero formemos. Para ello, es fundamental, imprescindible acudir al "Catecismo de la Iglesia Católica" y su "Compendio", así como al "Compendio de Doctrina Social de la Iglesia"; la formación en la Doctrina Social es particularmente importante en estos momentos, como expresión, además, de la vida de caridad. Si somos ungidos por el Espíritu es necesario que estemos atentos a "lo que el Espíritu dice a las iglesias": Él ha suscitado y sigue suscitando movimientos apostólicos, nuevas realidades eclesiales; hemos de apoyar a estas iniciativas del Espíritu, hemos de apoyarnos en ellas; ¿quienes somos nosotros para no secundar lo que Él suscita? Esta es acción segura y cierta para animar nuestras comunidades.

      Movidos de solicitud pastoral, para custodiar y difundir la fe de la Iglesia en Cristo que salva, ahondemos en el conocimiento y asimilación de la Instrucción pastoral de la Conferencia Episcopal, "Teología y secularización en España. A los cuarenta años de la clausura del Concilio Vaticano II". En ella, como sabéis bien, se ofrece una luminosa "palabra de orientación y discernimiento ante determinados planteamientos doctrinales" que perturban "la vida eclesial y la fe de los sencillos". Ciertamente que ni la nueva evangelización, ni la iniciación cristiana, podrán llevarse a cabo sin una honda comunión eclesial y sin el anuncio de la recta fe que la Iglesia profesa (Cf n. 3). También os pido, queridos hermanos sacerdotes, que entremos de lleno en el conocimiento, asimilación y aplicación de la Instrucción Pastoral de la Conferencia Episcopal: "Orientaciones morales ante la situación actual de  España"; es una guía imprescindible en estos momentos para el quehacer de la Iglesia, de los pastores y de los' fieles cristianos en España.

      Asimismo pongamos el Misterio de la Eucaristía en el centro de nuestra vida sacerdotal, de nuestra actuación y solicitud pastoral, de nuestra caridad de pastores, como fuente de la misión apostólica. Cuidemos la Misa dominical, de modo exquisito, cultivemos el sentido del domingo, con tantas y tan buenas indicaciones que la Iglesia nos ofrece para ello. Así revitalizaremos la vida cristiana desde su mismo corazón, pues adentrándonos en el misterio eucarístico entramos en el corazón de Dios, como nos recuerda el Papa en su Encíclica Deus Caritas est (cf nn. 13 y 14). En la Eucaristía, por lo demás, se da "el acto central de transformación capaz de renovar verdaderamente el mundo" (Benedicto XVI, Homilía en la Santa Misa celebrada en la explanada de Marienfeld, Colonia, 21 de agosto, 2005).

      De la Eucaristía brota también para la Iglesia con fuerza su compromiso indeclinable en la promoción y defensa de los derechos humanos. Con la Iglesia hemos de proclamar "sin reservas el derecho primordial a la vida, desde su concepción hasta su ocaso natural, el derecho a nacer, a formar y vivir en familia, sin que ésta se vea suplantada u ofuscada por otras formas o instituciones diversas". Hemos de insistir también, con la Iglesia, "en el derecho inalienable de las personas a. profesar sin obstáculos, tanto pública como privadamente, la propia fe religiosa, así como el derecho de los padres a que sus hijos reciban una educación acorde con sus propios valores y creencias, sin discriminación o exclusión implícita o encubierta". Es para todos, a pesar de las dificultades innegables, un motivo de satisfacción constatar la gran demanda de la enseñanza de la religión católica en las escuelas públicas de nuestra diócesis, "lo cual significa que la población reconoce la importancia de dicha asignatura para el crecimiento y formación personal y cultural de los jóvenes" (Benedicto XVI, Discurso entregado al Embajador de España ante la Santa Sede en la presentación de Cartas. credenciales, Roma, 20 de mayo,,2006).

      Finalmente, queridos hermanos sacerdotes, hemos sido ungidos por el Espíritu. Santo para ser ministros de la comunión eclesial, para vivir en comunión, para constituir la fraternidad sacramental presidida por los obispos en el presbiterio diocesano en comunión con la Iglesia universal, con Pedro y bajo Pedro. Debemos vivir y actuar unidos como un cuerpo, el de los presbíteros, que con el Obispo atienden como pastores a la comunidad cristiana. Mantengámonos muy unidos en una comunión sin fisuras; que ningún asunto debilite esta unidad entre nosotros, porque nuestra unidad será garantía y aliento para el pueblo fiel, que se nos ha confiado, a perseverar en la fe y en la comunión eclesial, y promover decididamente el anuncio y testimonio del Evangelio de Jesucristo, fuente y raíz de toda esperanza y de la caridad que es vínculo de unidad entre todos. Unidad para que el mundo crea. Unidad de todos los carismas. Unidad de todos, unidad de los movimientos apostólicos. Unidad muy primariamente de la vida consagrada dentro de la diócesis. Unidad para secundar, apoyar y llevar a cabo con todo empeño los planes pastorales diocesanos; no podemos defraudar a nuestras comunidades no uniéndonos a estos planes; tienen derecho a ellos; no somos dueños de nuestra parcela, sino servidores de comunión. En estos momentos de España, la Iglesia, los Obispos, los sacerdotes, estamos especialmente llamados a ser vínculo de unidad, llamada a la superación de los enfrentamientos, manos tendidas y puentes para el entendimiento, vínculos y artífices de convivencia. "Las diferencias no tienen por qué degenerar en conflictos". La Iglesia, los Obispos y los sacerdotes, todos los católicos sentimos sinceramente la responsabilidad de contribuir a la verdadera democracia y a su grandeza, que "consiste en facilitar la convivencia de personas y grupos con distintas maneras de entender las cosas, con igualdad de derechos y en un clima de respeto y tolerancia" (Conferencia Episcopal, "Orientaciones morales ante la situación actual de España, n. 25) Recordamos, por lo demás que "hay que estar prevenidos contra la tendencia de las instituciones políticas a ampliar el ámbito de sus competencias a todos los órdenes de la vida, con el riesgo de invadir ámbitos familiares personales que corresponden a las decisiones de las familias y de los ciudadanos, desarrollando un intervencionismo injustificado" (Orientaciones Morales... n. 61). Esta comunión y este servicio a la convivencia es manifestación y exigencia de la Iglesia que "tiene que ser y aparecer, tiene que vivir y actuar como una verdadera comunidad de amor, como una manifestación y una oferta universal del amor que la humanidad necesita para vivir adecuadamente" (Orientaciones morales... n. 78). Todo ello tiene que ver con nuestro ministerio de comunión, es exigencia de haber sido u idos por el Espíritu de unidad, cuyo vínculo de la caridad. De esta manera es como estaremos anunciando "el sí de Dios a la humanidad en Jesucristo" (Orientaciones morales... nn. 27-29), anunciando la esperanza y caminos de futuros, y a pesar de las dificultades en contra, superando las tentaciones de "la desesperanza, el enfrentamiento y el sometimiento" (Orientaciones morales... nn. 23-26), que tanto nos dañan y que tan injustificados están ante el misterio insondable de amor y de esperanza que brotan con fuerza de la Cruz y de la Resurrección de Jesucristo, de Dios amor que nos ha amado hasta el extremo en su Hijo venido en carne y ha derramado su amor por el Espíritu.

      Ruego por vosotros, queridísimos hermanos sacerdotes y diáconos, queridísimos miembros del Pueblo sacerdotal de Dios. Rogad por mí y por toda la Iglesia universal. Que Santa María, Madre de la Iglesia, os ayude y oriente en todo.