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Año 2008 / Semana Santa |
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JUEVES SANTO "IN COENA DOMINI"
S. I. Catedral Primada 20 de marzo de 2008 Queridos hermanos sacerdotes, queridos hermanos y hermanas en el Señor: La sabiduría popular de nuestros antepasados hablaba de tres jueves en el año que relucían más que el sol. El primero era el Jueves Santo. Y es verdad. Porque lo que celebramos este día brilla lleno de esplendor y de gloria. Es el brillo de Dios, es el brillo de su amor. "Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo los amó hasta el extremo". En este día santo se conmemora la ofrenda total que Cristo hizo de sí mismo a la humanidad en el sacramento de la Eucaristía: Ahí está Dios, que se entrega por nosotros y para nosotros, Amor de los amores. En la misma noche en que fue entregado, como recuerda la Escritura, antes de iniciar su Pasión y anticipándola, nos dejó el nuevo mandamiento del amor fraterno, realizando el conmovedor y hondamente significativo lavatorio de los pies, cometido propio del humilde servicio de los esclavos: Por nosotros. En este mismo día también Jesús instituye el sacerdocio, crea los sacerdotes, don de Dios, pastores humildes conforme al corazón amoroso y misericordioso de Dios, para que le hagan presente a Él que ha venido a servir y dar la vida por todos. Todo significa negarse a sí mismo, dar y darse, rebajarse, humillación, perder la vida: amar sin medida, porque no hay mayor amor que dar la vida por otros. Todo recuerda, todo evoca el anonadamiento del Hijo de Dios, que "siendo de condición divina, se despojó de sí mismo, y se empequeñeció, haciéndose obediente hasta la muerte y una muerte de Cruz" (Cf Flp 2), para cumplir la voluntad del Padre: que los hombres se salven, sean purificados y tengan vida eterna. La Eucaristía, la institución de los sacerdotes, el lavatorio de los pies, el mandamiento la agonía del huerto o la pasión de aquella noche sólo caben en un amor que no tiene límite. Sólo pueden tener una explicación: Dios que es amor. Esto es lo que podemos tener por más cierto, lo que nos abre a la esperanza grande, verdadera, firme: "Dios ama a su criatura, el hombre; lo ama también en su caída y no lo abandona a sí mismo. Él ama hasta el fin. Lleva su amor hasta el final, hasta el .extremo: baja de su gloria divina. Se despoja de las vestiduras de su gloria divina y se viste con ropa de esclavo. Baja hasta la extrema miseria de nuestra caída. Se arrodilla ante nosotros y desempeña el servicio de esclavo; lava nuestros pies sucios, para que podamos ser admitidos a la mesa de Dios, para hacernos dignos de sentarnos a su mesa, algo que por nosotros mismos no podríamos ni deberíamos hacer jamás... Así se revela el misterio de Jesucristo. Así resulta manifiesto lo que significa redención. El baño que nos lava es su amor dispuesto a afrontar la muerte. Sólo el amor tiene la fuerza purificadora que nos limpia de nuestra impureza y nos eleva a la altura de Dios. El baño o lavatorio que nos purifica es Él mismo, que se entrega totalmente a nosotros 'y por nosotros', desde lo más profundo de su sufrimiento y su muerte... Su amor es inagotable, llega realmente hasta el extremo" (Benedicto XVI, In Coena Domini, 2006). El mismo que, rebajándose a una faena de esclavo, lava los pies, purifica y dignifica, es también el único y supremo sacerdote que se ofrece en sacrificio expiatorio por nosotros en el altar de la pasión, el pan y el cuerpo que se entrega en la cruz y la sangre del Cordero sin mancha derramada como rescate y alianza reconciliadora y liberadora: para que tengamos vida, vida eterna; la suya: la del amor, la del perd6n, la de Dios mismo que es Amor y quiere que el hombre viva en una dignidad de hijo que es puro don de Dios. Ahí vemos a Dios, ahí se nos revela y se nos da: enteramente, sin reservas; ahí se nos concede el amor suyo inagotable, para que nos amemos unos a otros como Él nos ha amado, con su mismo amor, en comuni6n con Él. Así es Jesús: como lo vemos en la cena de aquella noche que anticipaba su Pascua; la que nos dej6 en su perenne memorial de la Eucaristía. Todo está ahí, en la Eucaristía. Ahí esta todo el sentido de su vida y de su pasión: despojarse de su rango, por nosotros; inclinarse ante nuestros sucios pies, es decir, ante la inmundicia de nuestras sucias vidas y de nuestros errados caminos; lavarnos y purificarnos por su amor, que es Él mismo, todo Él que es amor y que ha venido no para condenar sino perdonar ,y liberar, para acondicionarnos como comensales y sentarnos a la mesa con Dios, que nos invita, y con los demás invitados, nuestros hermanos los hombres: lisiados y pobres de los caminos, maltrechos y necesitados por la dureza de la vida de reconstrucción interior, como cualquiera de nosotros. Él no hace acepci6n de nadie, ni siquiera del que le iba a traicionar y entregar, o del que le negaría tres veces, ni de los que, cobardes y miedosos, huirían ante el fracaso aparente del Maestro; no hace acepci6n de nadie, pero dirá, tras haber aceptado Pedro ser lavado: "no todos estáis limpios". Porque, es cierto, "existe el misterio oscuro del rechazo, que con la historia de Judas se hace presente y debe hacernos reflexionar precisamente en el Jueves Santo, el día en que Jesús nos hace el don de si mismo. El amor del Señor no tiene limites, pero el hombre puede ponerle un límite… el rechazo del amor, el no querer ser amado, el no amar" (Benedicto XVI, Ibid.). Todos quedan convocados a la mesa de la unidad. El mismo Jesús, en la sobremesa de esta Cena, poco antes de su Pasión y de la dispersión de los discípulos, dirigirá al Padre aquellas palabras sobrecogedoras: "Que todos sean uno como Tú, Padre, estás en mi y Yo en Ti; que todos sean uno para que el mundo crea que Tú me has enviado". Solo será posible esta unidad si se vuelve a Él, si se entra en la esfera de su Amor, y si amamos con su mismo amor, es decir, como El nos ha amado; solo será posible superar la división originada por la envidia o la ostentaci6n, por la búsqueda de poder o por encerrarse en los propios intereses, si tenemos los mismos sentimientos de Cristo Jesús, que se despojó de su rango, se rebajó y condescendió en un amor hasta el extremo en la obediencia al Padre que quiere a todos los hombres. Con estos sentimientos de Cristo Jesús podemos vivir si participamos en la comunión con el Cuerpo de Cristo entregado por muchos o con su Sangre de reconciliación, si nos dejamos asimilar por Cristo en la comunión eucarística. ¡Qué maravilla y que grandeza lo que aquí se nos hace presente en el lavatorio de los pies, signo también de ese cuerpo entregado, de Cristo que se da! ¡Qué maravilla y qué grandeza la que se nos hace con el sacerdocio ministerial por el que se "nos trae a Dios mismo", recibimos su perdón y su gracia, tomamos parte de la vida de Dios y de su amor hecho Pan de vida! ¡Qué maravilla y qué grandeza lo que en el misterio eucarístico se nos ofrece y se nos da en verdad y realmente: la carne de Cristo, el Hijo de Dios, para la vida del mundo! Quien come esta carne vivirá para siempre, tiene en él la vida eterna; permanece en el Amor, el Amor está en él; da fruto porque tiene vida en él; participa del triunfo glorioso de nuestro Señor crucificado y resucitado sobre el pecado y la muerte. Que Dios nos conceda creer de verdad lo que acontece en el misterio de la Eucaristía; que nos ayude a comprender cada vez más profundamente este misterio maravilloso, a amarlo cada vez más, y, en él, amar más a Dios cada día, cada momento. Pidámosle que nos atraiga cada vez más a Sí mismo con la Sagrada Comunión, y actuemos con Él y como Él. En la Eucaristía está todo. Hermanos, os invito a que contempléis y gocéis con el misterio eucarístico. Nada menos que en él se nos hace comensales de la misma mesa de Dios, somos sentados a su mesa y Él nos sirve: ¿puede haber mayor grandeza y dignidad, mayor elevación, para el hombre que ser invitado a sentarse con Dios y tomar el alimento que Él nos ofrece: la carne de su Hijo, es decir, todo su amor y su vida? ¿Cabe mayor apuesta en favor del hombre, o mayor don que el ser considerado familiar, amigo y compañero de mesa con Dios, anticipo, por lo demás de lo que será eternamente en el Reino de Dios, en el banquete de los cielos? ¿Hay algo que nos pueda hacer vivir con mayor alegría y con mayor esperanza en esta vida? Cada uno de los hombres es convocado aquí y llamado por su propio nombre en este gozo inmenso. Por muy frágil y desgraciado que uno sea es salvado .y redimido por esta fuerte y tenaz misericordia de Dios. En la participación de esta mesa de la Eucaristía; donde se nos entrega el pan de la palabra y el de la vida y la bebida de salvación -alimento en el camino- cada uno puede verse dentro del proyecto de Dios; que tiene su puesto, su sitio, individual e inalienable, en la mesa y familia de Dios que es la Iglesia; que está encargado de cumplir su particular misión en la tierra. La Eucaristía nos ofrece así como un anuncio siempre nuevo y siempre eficaz de recobrar y vivir el gozo y el coraje de vivir. Resulta sobrecogedor: ¡Señor, no soy digno...! Os invito también, hermanos, a que seamos muy conscientes de que, si no queremos ser reprobados, en esta mesa es preciso participar adecuadamente, vestidos de la caridad de Cristo con una coherencia y cumplimiento cada día más grande. En la Eucaristía, el hombre, vestido y transformado por la benevolencia de Dios, se convierte en coprincipio de la inexaurible energía de amor, que irradia sobre el mundo el sacrificio de Jesús, hecho presente para nosotros en los signos del pan y del vino. Aquí encuentran su origen y su razón los prodigios de caridad que conllevan y enriquecen cada época del camino de la Iglesia. Ved cómo los grandes santos -Santa Teresa de Jesús, Beata Madre Teresa de Calcuta, San Vicente de Paúl o San Juan de Dios- es en la Eucaristía donde encuentran la fuente de su caridad inagotable. Aquí comemos la carne de Cristo, entregada por nosotros en supremo y hontanar gesto de amor y caridad, que nos une a su misma caridad, a ese amor suyo con el que ama hasta el extremo a los hombres. Por la Eucaristía ¡podemos! amar con su mismo amor: El Cuerpo partido y entregado, y la Sangre derramada para la vida del mundo ejercen su perenne eficacia en la vida humana a través del crecimiento en nuestros corazones de esta caridad del mismo Cristo. Que consolador para quienes participan en la Eucaristía poder poner sobre la patena del pan y meter en el cáliz del vino, que se convertirán en el Cuerpo y la Sangre del Señor, la ofrenda de nuestras propias vidas, nuestros sufrimientos y dolores, nuestros proyectos y esperanzas, nuestros fracasos y nuestros anhelos, el hambre y la guerra, la violencia y la vida, la enfermedad y la salud, la soledad y la compañía, nuestras búsquedas y caminos..., todo lo nuestro, todo lo humano, todo lo de los hombres y de la humanidad, para que sean transformados en manifestación del amor y de la caridad de Dios, que renueva y redime todo. ¿Dónde se hace posible y real esto, si no es en la Eucaristía? Por la Nueva Alianza del misterio Eucarístico, y por la caridad y el amor que de este manantial fluye, todo el hombre, en todas sus dimensiones de vida (personal, familiar, y social), en todas sus edades (infancia, juventud, madurez o vejez), en todas sus expresiones existenciales (el amor, el dolor, la alegría, el. esparcimiento, la enfermedad, el trabajo, la cooperación, la cultura, la economía, y la política), todo queda transfigurado, todo se rehace en una historia nueva. Así, a partir del misterio eucarístico, viviéndolo en su mas profundo centro con toda verdad e intensidad, la Iglesia, familia unida, sustentada, enriquecida y valorizada por este misterio, por esta mesa eucarística, se hace, se debe hacer, también presencia perceptible, inquietante y reveladora -en todo rincón del universo y en toda forma de agregación o sociedad humana. La Iglesia, afirmada y alimentada por el misterio eucarístico, que se nos entregó en una tarde como esta, en conformidad con su vocación y con lo que aquí celebra, se ve llamada e impulsada con la vocación de Dios y el don de su amor del misterio eucarístico, puede y debe ser, viene a ser por el don, principio y fuerza impulsora de una historia nueva y diversa. Aquí está su fuerza. Aquí encuentra la raíz y razón de su esperanza. Aquí halla cuanto necesita para llenar el mundo de amor de Dios y llevar a cabo la verdadera y necesaria revolución del amor y de la caridad que hace nuevas todas las cosas, y anticipa los cielos nuevos y la tierra nueva donde habite la justicia. Cuanto más eucarística sea la Iglesia, cuanto más eucarísticos seamos y más vivamos este misterio y de él, mayor fuerza tendremos para transformar el mundo conforme al querer de Dios. Este es el camino y este es el futuro. Por eso estamos obligados por caridad a poner en el centro la Eucaristía, a cultivar y fortalecer el domingo, a practicar la oración ante el Sagrario, a adorar al Santísimo. No quiero acabar sin recordar que este Día Santo del Jueves de la Cena del Señor "concluye con la Adoración eucarística, en el recuerdo de la agonía del Señor en el huerto de Getsemaní. Como narra el Evangelio, Jesús, embargado de tristeza y angustia, pidió a sus discípulos que velaran con Él permaneciendo en oración: "Quedaos aquí y velad conmigo" (Mt 26, 38), pero los discípulos se durmieron. También hoy nos dice el Señor a nosotros: "Quedados aquí y velad conmigo". Y también nosotros, discípulos de hoy, a menudo dormimos. Esa fue para Jesús la hora del abandono y de la soledad, a la que siguió, en el corazón de la noche, el prendimiento y el inicio del doloroso camino del Calvario" (Benedicto XVI, Audiencia 12 de abril, 2006).
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