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Año 2008 / Semana Santa |
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VIERNES SANTO
Homilía en la celebración de la Pasión del Señor S. I. Catedral Primada, 21 de marzo de 2008 Este día santo, queridos hermanos y hermanas en el Señor, día de ayuno y de penitencia, de oración y de caridad, está centrado en el misterio de la Pasión, crucifixión y muerte de Jesús; es un día totalmente orientado a la contemplación de Cristo en la Cruz como nos evoca la sagrada Liturgia que estamos celebrando. Como dice el relato de la pasión proclamado, nuestras miradas se dirigen "al que traspasaron por nuestros delitos", al corazón atravesado del Redentor, en quien "están ocultos todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia" (Col 2, 3) y "reside corporalmente la plenitud de la divinidad". En la pasión y en la Cruz de Cristo se condensa la historia larga y dramática de las infidelidades de los hombres al designio divino; la pasión nos lleva a meditar el gran misterio del mal y del pecado que oprimen a la humanidad a lo largo de su historia -no menos hoy, al contrario-. Pero los sufrimientos de Cristo expían este mal, tantísimo mal; por la Cruz resplandece, en la oscuridad de la historia humana y en nuestros días, la victoria y la luz de un Amor, el de Dios, que es más fuerte que el pecado del hombre, que la muerte o que el "príncipe de la mentira" que ha instigado tanto mal y ha anegado el mundo de ese mal. Es verdad, la cruz de Cristo revela "la anchura y la longitud, la altura y la profundidad" -las dimensiones cósmicas y de la totalidad de la historia, ése es su sentido-, de un amor que supera todo conocimiento -el amor va más allá de todo cuanto se conoce- y nos "llena hasta la total plenitud de Dios" (Cf Ef. 3, 18-19). Si en la Cruz, es cierto, contemplamos y palpamos el amor sin medida de Dios, no menos cierto es que también, a su luz, contemplamos la gravedad y la tragedia de nuestros pecados ¿Quién nos podrá librar de la iniquidad que pesa sobre nosotros? ¿Quién podrá salvarnos de nuestro pecado? Sólo uno puede salvarnos, sólo el amor y el poder de Dios pueden arrancarnos de las raíces de la culpa y de la muerte; sólo el Hijo de Dios, "Cristo, que ha muerto por nuestros pecados", según las Escrituras. Sí, hermanos, esta es la Buena Nueva que escucha el hombre, tú y yo, necesitado de redención: Dios no nos ha abandonado al poder de la muerte sino que compadecido, ha tendido la mano a todos. En el hecho de la Cruz de Cristo se ha operado un giro decisivo en la historia de los hombres; ha comenzado el tiempo del perdón, es decir, de la compasión y de la misericordia, de la salvación. Dios, en efecto, entregó a su propio Hijo por todos nosotros para que "fuésemos reconciliados con Él por su muerte" en cruz. Él nos ha liberado de nuestra conducta necia y pecadora que hemos heredado y hecho nuestra; Él nos ha rescatado, "no con algo caduco, oro o plata, sino con una sangre preciosa, como de cordero sin tacha y sin mancilla, Cristo". ¡Qué precio tan caro ha tenido que pagar por nosotros Dios: su propia sangre, pues la sangre de Cristo es la misma sangre de Dios! Cristo, por nosotros, se sometió a la muerte y una muerte tan cruel e ignominiosa como la de la cruz; por todos los hombres, con quienes se solidarizó en la muerte, cargando con la maldición del pecado; por todos nosotros que con nuestras malas acciones le hemos hecho sufrir el suplicio de la Cruz: por todos, sin excepción alguna, por ti y por mí, ha muerto Jesús clavado en el madero; por todos, puesto que no hay, ni hubo, ni habrá hombre alguno por quien no haya padecido Cristo. Hoy es día para una conmovida y sentida acción de gracias. No debería ser nuestra vida mas que una acci6n de gracias; y que esta acci6n de gracias fuese volvernos a El, para que su amor este en nosotros, y nosotros demos testimonio de Él en una vida entregada a los demos, donde no quepa ninguna violencia ni odio alguno; donde solo quepa el amor fraterno, el perdón. Llenos de esperanza, miramos el árbol de la cruz, donde se abre una gran aurora de luz: la aurora, el nuevo día que este marcado por su perdón. ¡Mirad de par en par el paraíso abierto por la fuerza de un Cordero, victima de reconciliación! Mirad al que traspasaron, pues de su costado abierto brota el agua viva que nos purifica, que nos trae el perdón vivificador; de su costado abierto brota la sangre, derramada para el perdón de nuestros pecados, de todo odio y de toda violencia. De ese costado brota la Iglesia, coma una nueva Eva, Sacramento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el genera humano. La infinita piedad de Dios ha penetrado hasta las raíces más escondidas de nuestra iniquidad y nos ha rescatado. "Cuando éramos enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo". Dios nos ha reconciliado en Cristo, sin pedirnos cuentas de nuestros pecados. Acerquémonos a este trono de gracia del madero donde está el Señor crucificado. Venid, adorémosle. "Cantemos la nobleza de esta guerra, el triunfo de la sangre y del madero, y un Redentor, que en trance de Cordero, sacrificado en cruz salvó la tierra". La inundó de su perdón. Jesús, manso y humilde de corazón se humilló hasta la ignominia y rebajamiento de una pasion tan ultrajante, vejatoria y cruel, y una muerte de Cruz. En esta humillación de Jesús, que contemplamos y palpamos en el Señor humillado, tenemos la respuesta a esa inquietante pregunta: "¿A Dios le es indiferente el destino humano?" Un obstáculo para la adhesión de bastantes personas, incluso de bautizados, de cristianos, al mensaje de la cruz, sabiduría y poder de Dios, es pensar que a Dios le es indiferente el destino de los hombres, que Él esté tan fuera y tan por encima y al margen de los hombres y de sus asuntos y sufrimientos que ni se ocupa de ellos, ni le importan, ni mucho menos, se compromete con ellos. A esta manera de pensar suele unirse la negaci6n o el desconocimiento del estado de la miseria extrema en que se encuentra la humanidad, y del que, piensan, pueden salir sin la intervención de Dios; piensan que el hombre no tiene necesidad de redención: sus deficiencias son, unas connaturales a su finitud, y otras son poco a poco remediables por la propia intervenci6n del hombre. A propósito de esto, Juan Pablo II nos dijo en su obra "Cruzando el umbral de la esperanza": "Dios no es solamente alguien que está fuera del mundo, feliz de ser en sí mismo el más sabio y omnipotente. Su sabiduría y omnipotencia se ponen por libre elección al servicio de las criaturas. Si en la historia humana está presente el sufrimiento, se entiende entonces por qué su omnipotencia se manifestó con la omnipotencia de la humillación mediante la cruz. El escándalo de la cruz sigue siendo la clave para la interpretación del gran misterio del sufrimiento, que pertenece de modo tan integral a la historia del hombre. En eso concuerdan incluso los críticos contemporáneos del cristianismo. Incluso esos ven que Cristo crucificado es una prueba de la solidaridad de Dios con el hombre que sufre… Si no hubiese existido esa agonía (de Jesús) en la cruz, la verdad de que Dios es Amor estaría por demostrar". Ahí tenemos la prueba de su amor. Su Hijo único, muy amado, aceptó sobre sus hombros los trabajos de la salvación. Siervo doliente e inocente que se dejó llevar en silencio al patíbulo, abrumado por el pesado fardo de nuestros crímenes; Cordero inocente, sin mancha, que cargó con el peso de los pecados de las multitudes, de nuestros pecados, de los míos y los tuyos, los de todos, que tanto pesan, fatigan y destruyen. ¡Cuán humano es en este su dolor, qué lejano de todo sueño de grandeza y qué cercano, sin embargo, de la fragilidad de nuestros naufragios, qué hermano y amigo en las experiencias diarias de nuestros sufrimientos y de nuestros límites! Cargado por los pecados que abaten a los hombres, llega extenuado hasta el lugar de la Calavera, y muere en la cruz. Nada en Él corresponde al mito del héroe, a las insensatas pretensiones de la supremacía de una raza, de un pueblo o de un grupo, que no han dejado de producir a lo largo de la historia tragedias irremediables de violencia, opresión y muerte. Clavado en la cruz, ignominiado y vilipendiado, herido, destrozado y humillado, agotado nos ayuda y alienta a no avergonzarnos de nuestros cansancios, y a tomar fuerzas con Él para no renunciara amar y a esperar cuando el peso del fracaso o la amargura de la prueba parecen negar todo nuestro futuro. Donde el corazón querría huir, Cristo, Señor humillado, nos hace capaces de esperanza más allá de todo desaliento, para abrirnos con Él a la imposible posibilidad de Dios, fiel garante del futuro, incluso de la esperanza que muere. En el misterio del Crucificado se realiza "ese ponerse Dios contra sí mismo, al entregarse para dar nueva vida al hombre y salvarlo: es amor en su forma más radical" (Benedicto XVI, Deus cáritas est, n. 12). La Cruz de Cristo es esperanza única, fuente de todas las bendiciones y causa de todas las gracias. Por eso mismo, antes de la adoración de la Cruz y de consumar las especies del Pan Eucarístico conservadas de la misa en la Cena del Señor, Memorial de la Pasión y de la Cruz, elevaremos a Dios nuestras súplicas, la plegaria universal, por las necesidades de la Iglesia, y de la humanidad entera, para que la gracia redentora de la pasión y muerte de Cristo se extienda a todas esa necesidades y se vean inundadas por el amor redentor de Cristo. Vivificados por esta gracia redentora del Señor, como antesdeayer mismo exhortaba el Papa Benedicto XVI en su habitual audiencia general de los miércoles, "orientemos decididamente la vida hacia una adhesión generosa y convencida de los designios del Padre celestial; renovemos nuestro 'sí' a la voluntad divina, como hizo Jesús con el sacrificio de la Cruz. Los sugerentes ritos de la Liturgia nos ofrecen la oportunidad de profundizar en el sentido y en el valor de nuestra vocación cristiana, que surge del Misterio Pascual, y concretizarla en el fiel seguimiento de Cristo en toda circunstancia, como hizo Él, hasta la entrega generosa de nuestra existencia. Hacer memoria de los misterios de Cristo significa también vivir en adhesión profunda y solidaria con el hoy de la historia, convencidos de que lo que celebramos es realidad viva y actual. Llevemos, por tanto, en nuestra oración el carácter dramático de los hechos y de las situaciones que en estos días afligen a muchos hermanos y hermanas nuestros de todas las partes del mundo. Nosotros sabemos que el odio, las divisiones, las violencias no tienen nunca la última palabra en los acontecimientos de la historia. Estos días vuelven a alentar en nosotros la gran esperanza: Cristo crucificado ha resucitado y ha vencido al mundo. El amor es más fuerte que el odio, ha vencido, y tenemos que asociarnos a esta victoria del amor. Por tanto, tenemos que volver a comenzar a partir de Cristo y trabajar en comunión con Él por un mundo basado en la paz, en la justicia y en el amor. En este compromiso, que involucra a todos, dejémonos guiar por María, quien acompañó al Hijo divino por el camino de la Pasión y de la Cruz, y que participó, con la fuerza de la fe, en la aplicación de su designio salvifico" (Benedicto XVI, Audiencia general, 19, 3, 8). Que así sea.
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