Año 2008 / Semana Santa


VIGILIA PASCUAL EN LA NOCHE SANTA

 

S. I. Catedral Primada

22 de marzo de 2008

En verdad, hermanos y hermanas, ¡qué noche tan dichosa! esta de la Vigilia Pascual. No es sólo ni tanto por la belleza de los ritos litúrgicos, que, sin duda, están cargados de gran hermosura y ensanchan el corazón del hombre, lo llenan de alegría y de paz serena. Sino, sobre todo, porque como se ha cantado en el Pregón Pascual es una "noche santa", "en la que se une el cielo con la tierra, lo humano y lo divino". Junto al nuevo fuego bendito y la luz del cirio, que representa a Cristo, Luz de los hombres, hemos escuchado y meditado la gran promesa, contenida en el Antiguo y en el Nuevo Testamento: la nueva creación, la gran e irrevocable liberación de la esclavitud del pecado y de la muerte y la donación de un corazón y de un espíritu nuevo que nos haga caminar junto a Dios cumpliendo sus preceptos y secundando sus costumbres, siempre de amor y de misericordia.

      Toda esta promesa se ha cumplido con creces en el anuncio del gran acontecimiento, en el hecho real acaecido, que llena de luz y de esperanza toda la tierra: el hecho de que Jesús ha resucitado glorioso y vive para siempre triunfador de la muerte. Cristo, luz de la humanidad, despeja las tinieblas del corazón y del espíritu e ilumina a cada hombre que viene a este mundo. Cristo ha resucitado verdaderamente, la muerte ya no tiene poder sobre Él. Con su muerte ha vencido el mal para siempre y ha donado a todos la vida misma de Dios, que no sólo no perece jamás, sino que, sobre todo, está llena de su amor.

      Ahora podemos comprender en verdad el misterio de la Cruz: "Dios crea prodigios incluso en lo imposible, para que sepamos que sólo Él lo puede hacer; de su muerte procede nuestra vida, de su caída nuestra resurrección, de su descenso nuestra elevación". Las divisiones, los sufrimientos y los dramas de la injusticia, el odio y la violencia, la mentira, la oscuridad que existe en el mundo, el mal y el pecado que nos dominan, en definitiva, no tienen la última palabra. Porque quien vence es Cristo, crucificado y resucitado. Y su triunfo se muestra con la fuerza de su amor misericordioso. La resurrección de Jesucristo nos da esta certeza. Sostenidos por ella, vivificados por ella, podremos andar en una vida nueva, con un corazón nuevo, como hombres nuevos, y así comprometernos con más decisión y valentía, con mayor entusiasmo y confianza, para que nazca un mundo nuevo, un mundo más justo.

      En esta noche santa escuchamos el relato evangélico -este año en la versión de san Mateo- en el que un ángel les dice a las mujeres que iban al sepulcro de Jesús. Y también nos lo dice a los hombres de hoy, a sus discípulos: "No temáis; ya sé que buscáis a Jesús, el crucificado. No está aquí. Ha resucitado, como había dicho. Venid a ver el sitio donde yacía e id aprisa a decir a sus discípulos: Ha resucitado de entre los muertos, y va por delante de vosotros a Galilea. Allí lo veréis". Jesús no está en el sepulcro. La losa con la que habían sellado su tumba para que ya no se hablase más de Él, para que todo acabase allí, para que todo quedase en un pasado que se lo lleva el olvido con el tiempo, esa losa ha sido corrida y el sepulcro, la tierra, que lo aprisiona y sujeta se ha abierto, no ha podido contener al que es la Vida, al que es el Amor, al que es la Verdad, al que vive, al que es el "si" de Dios al hombre.

      Jesús no ha quedado en el sepulcro, ni su cuerpo ha visto la corrupción; pertenece al mundo de los vivos, no de los muertos. Jesús no es un personaje del pasado. Vive y como ser viviente camina delante de nosotros en ese espacio universal de nuestro mundo, de las gentes que son la historia humana; nos llama a seguirlo a El, el viviente, y a encontrar también nosotros el camino de la vida.

      ¿En que consiste eso de "resucitar"? ¿Que sucedió allí? "La resurrección de Cristo no es un retorno a la vida terrena -leemos en el Compendio del Catecismo de la Iglesia católica-. Su cuerpo resucitado es el mismo que fue crucificado, y lleva las huellas de su Pasión, pero ahora participa ya de la vida divina, con las propiedades de un cuerpo glorioso". Es decir, el cuerpo de Jesús, su humanidad, "era uno con el Dios vivo, unido talmente a El que formaba con El una sola persona.... Su propia vida no era solamente suya, era una comunión existencial con Dios y un estar insertado en Dios, y por eso no se le podía quitar realmente. Él pudo dejarse matar por amor, pero justamente así destruy6 el carácter definitivo de la muerte, porque en Él estaba presente el carácter definitivo de la Vida. El era una sola cosa con la Vida indestructible, de manera que esta brotó de nuevo a través de la muerte... Su comunión existencial con Dios era concretamente una comunión existencial con el amor de Dios, y este amor es la verdadera potencia contra la muerte, es más fuerte que la muerte. La resurrección fue como un estallido de luz, una explosión del amor que desató el vínculo hasta entonces indisoluble del morir y devenir. Inauguró una nueva dimensión del ser, de la vida, en la que también ha sido integrada la materia, de manera transformada, y a través de la cual surge un mundo nuevo" (Benedicto XVI): El mundo de Dios, que es Vida y fuente de vida, que es Amor y hontanar de amor, que es fuerza creadora y manantial de gracia que vivifica y santifica todo.

      Esto que sucedía en Jesucristo, que vive glorioso y camina delante y con nosotros, tiene que ver con cada uno, tiene que ver con todos, es lo que más nos afecta a todos, no se queda en El solo. Su resurrección es la plenitud y la síntesis de todo el designio salvífico del Padre: la victoria de la vida sobre la muerte, de la alegría sobre el sufrimiento, del amor sobre el miedo. Terrible seria la vida humana, si el silencio sepulcral del sábado hubiese durado para siempre y si la tumba de Cristo hubiese permanecido sellada. Entonces la muerte seria el abismo de la nada, donde ya muchos de los que amamos habrían caído, donde un día también nosotros habríamos de caer. El amor, que es lo que hace que la vida sea digna de ser vivida, no seria más que una ilusión. Si el Señor no hubiese resucitado, nuestros pecados seguirían sin perdonar, y nada podría liberarnos de los instintos de mal que bullen en nosotros. Si la Pascua de Cristo no hubiese ocurrido y no tuviese que ver con nosotros en modo alguno, no habría razón para una justicia equilibrada, ni perspectiva de ver premiado el bien, al menos en la otra vida. Si no fuese por la Pascua, por la resurrección ¡ay del pobre, del débil, del indefenso!, no habría para ellos defensa que valga. Y para quien sufre en el cuerpo o en el espíritu no cabria más que la resignación desesperada o la insurrección   si no fuese por la Pascua. Pero la Pascua de Cristo es real, es verdadera, y nosotros, cada uno de los hombres puede vivir en la esperanza.

      Más aún, lo que ha sucedido en Jesús, la nueva vida, la nueva forma de ser, el mundo nuevo que vemos en el Resucitado, ya también es posible que lo vivamos nosotros en nuestra historia, en nuestro mundo. La Pascua de Cristo, su resurrección, su victoria, la novedad que entraña, entra continuamente en este mundo nuestro, lo transforma y lo atrae hacia sí. Dicho acontecimiento nos llega por la fe y el Bautismo. Por eso el Bautismo es parte de la Vigilia pascual. El Bautismo significa precisamente que lo que acontece en Jesús no es algo que pertenezca sólo a Él, a Jesús, o que sea un asunto del pasado, sino que es un salto cualitativo de la historia que llega hasta mí, tomándome para atraerme, para identificarme con Él, para que pueda vivir su misma vida, para que Él esté en mí, y yo en El. Por el bautismo podemos decir con San Pablo: "Para mí la vida es Cristo", o, "no soy yo quien vive, es Cristo quien vive en mí". El Bautismo es realmente muerte y resurrección, como hoy leemos en San Pablo, es ser incorporados a la vida de Cristo, es nuevo nacimiento, es transformación en una nueva vida, y fuerza de vida introducida en el mundo para que este mundo de muerte sea transformado en mundo de vida, para que esta historia nuestra envejecida por el odio y la mentira se transforme en una historia de una humanidad nueva, hecha de hombres nuevos, que vive en la paz, en la justicia, en la verdad; y para que este mundo, en definitiva, que camina a oscuras de espaldas a Dios, como si no existiera, en contra de Él, viva en la luz de su presencia y en la grandeza de que en Él los hombres encuentran la verdadera medida que Dios quiere: la de Jesucristo, Hijo de Dios, Salvación, Camino, Verdad y Vida. Esta es nuestra responsabilidad. Por eso, con gozo, al tiempo que con sentido de nuestro compromiso, renovamos esta noche las promesas de nuestro Bautismo. Tengamos muy presente que, si vivimos nuestro bautismo, el mundo será realmente nuevo, se mostrará la fuerza y la verdad de la resurrección de Jesucristo.

      Feliz Pascua de Resurrección.