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Año 2008 / Semana Santa |
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PASCUA DE RESURRECCIÓN
S. I. Catedral Primada 23 de marzo de 2008 ¡Alegría!, hermanos y hermanas: "Este es el día en que actuó el Señor!" Cristo ha resucitado de entre los muertos, ha sido ya vencida de manera irrevocable la muerte, ha sido derrotado el Príncipe del mal, ha sido destruido el poder del pecado. Dios, su inmenso amor, es más fuerte que los poderes adversos al hombre. Ha vencido el Amor, ha vencido Dios, que es Amor y fuente de vida. Dios existe. No tienen razón los picaros ni los que obran contra Dios. La cruz y la muerte injusta con la que se pretendía eliminar para siempre a Jesús, Palabra eterna de Dios, venida en carne, y la losa concia que se pretendía callarla para siempre no ha podido con Él. Ha resucitado. Dios lo ha acreditado. Es verdad todo lo que Él dijo e hizo. Se ha cumplido todo. Ha resucitado, y, al resucitar, vemos y palpamos que es cierto: "Ha venido para dar testimonio de la verdad"; esa verdad que Él ha realizado en el amor, entregado hasta el extremo. "Intentaron -y se sigue intentando- matar al Autor de la vida. Pero Dios lo ha resucitado de los muertos", afirma Pedro, "y de esto somos testigos nosotros". El anuncio de la Pascua: "Ha resucitado", dice que Jesús de Nazaret, un muerto hace dos mil años en la cruz, hoy está real, corporal y verdaderamente vivo. Vivo en Él mismo: no en su mensaje, en su ejemplo, en su influjo ideal sobre la historia humana; no en los pobres, en los hermanos en la comunidad, que son, sin duda, verdaderas, admirables, decisivas inmanencias de Jesucristo para la vida eclesial, pero posteriores a la verdad primordial y fontal de Jesucristo corporalmente vivo en su personal identidad. Este acontecimiento hace de Cristo una persona incomparable e inclasificable, y le confiere una singularidad a quienes acogen este anuncio y creen en Él. Cristo ha resucitado y todo ha cambiado para el hombre: la muerte, la última dominadora del hombre, ha sido vencida y no tiene su última palabra sobre él. Esto es lo que hace de Cristo en verdad "revolucionario" total. Esto es lo que constituye el "sí" más pleno de Dios al hombre, a la humanidad; es el "sí" de Dios a su creación y a sus criaturas, y su "no" a cuanto la destruye. La resurrección de Jesús, la persona de Jesús, que es el viviente resucitado, el Hijo de Dios hecho hombre, el Logos eterno encarnado en el tiempo, es el gran "sí" que Dios dice al hombre y a su vida, al amor humano, a nuestra libertad y a nuestra inteligencia; así se nos hace ver que la fe en Dios, que tiene rostro humano, trae la alegría al mundo, y está abierta a todo lo que hay de justo y de bueno, de verdadero y puro en las culturas y civilizaciones; a lo que alegra, consuela y fortalece nuestra existencia. Aquí está la salvación para el mundo entero. Jesucristo, al resucitar de entre los muertos, se convierte en la piedra angular sobre la que únicamente puede ser edificada una humanidad nueva, una nueva historia del hombre donde se viva el amor, la paz, la concordia verdadera. Al ser acreditado Jesús por la resurrección y en ella culminar su obra de salvación nos muestra que en Jesús todo es salvador. Él nos ha salvado por lo que ha hecho y ha dicho a lo largo de sus días terrenos, sobre todo en su pasión, muerte, resurrección y entrada en los cielos donde ha penetrado su humanidad para presentar la ofrenda de su entrega por nosotros, procurándonos una redención eterna (Heb 9, 12). "Él es en todo nuestra vida. Su divinidad es vida, su eternidad es vida, su carne es vida, su pasión es vida… Su muerte es vida, su sepultura es vida, sus heridas son vida, su sangre es vida, su sepultura es vida, su resurrección es vida para todos... Todo cuanto ha sido hecho en Él y por Él es vida… Mira cuántas cosas son hechas en Él y por Él: todo es vida. De ellas se ha producido un cambio para nuestra existencia que estaba arruinada y ha vuelto a la vida" (S. Ambrosio). Con la resurrección, recordaba anoche en la Vigilia Pascual tomando palabras del Papa Benedicto XVI, "no se trata de un simple regreso a nuestra vida terrena; al contrario es la mayor 'mutación' acontecida en la historia, el 'salto' decisivo hacia una dimensión de vida profundamente nueva, el ingreso en un orden totalmente diverso, que atañe ante todo a Jesús de Nazaret, pero con Él, también a nosotros, a toda la familia humana, a la historia y al universo entero. Por eso la resurrección de Cristo es el centro de la predicación y del testimonio cristiano, desde el inicio y hasta el fin de los tiempos. Jesucristo resucita de entre los muertos, porque todo su ser está unido a Dios, que es el amor realmente más fuerte que la muerte. Su resurrección fue como una explosión de luz, una explosión de amor que rompió las cadenas del pecado y de la muerte. Su resurrección inauguró una nueva dimensión de la vida y de la realidad, de la que brota una creación nueva, que penetra continuamente en nuestro mundo, lo transforma y lo atrae hacia sí. Esta es nuestra fe, esta es nuestra vida, como cristianos, como bautizados en cristo que han sido insertados en la vida misma de Cristo, en su persona, en su victoria sobre el pecado y la muerte. "Nosotros somos testigos de esto", de que es verdad, y se nos encarga anunciarlo al pueblo, dando testimonio de que Jesús, resucitado, el Hijo de Dios viviente, la palabra eterna hecha carne, es juez de vivos y de muertos, es decir, es el sentido de todo, es el sí de Dios a la verdad del hombre, es el amor irrevocable hasta el extremo, es el criterio y la medida de todo lo humano: es Enmanuel, Dios con nosotros. Al proclamar y testificar nuestra fe en Él, proclamamos y testificamos lo más esencial: Dios existe. Dios no es una quimera, no es un producto del hombre. Dios existe y ha resucitado a Jesús y somos testigos. Esto es lo esencial que es preciso descubrir y es urgente testificar. Si no hablamos de Dios, si no testificamos a Dios en todo, nos quedaremos siempre en cosas secundarias. Existe Dios, no podemos vivir sin Dios: la vida sin Dios se vuelve contra el hombre, porque Él es la afirmación del hombre, como se nos manifiesta y hace presente en la resurrección de Jesús, acontecimiento vivo y siempre actual. La fe confirma la razón, la razón con mayúscula, no la razón empequeñecida y chata del pensamiento débil o del cientifismo. Dios es la cuestión fundamental del hombre, y Jesucristo, que en su resurrección se resume y reasume todo, es la respuesta fundamental a la cuestión del hombre, inseparable de la de Dios. La fe en la resurrección, como vemos en el Papa, nos lleva a aprender y hacer comprensible este sí de Dios al hombre, que es la resurrección, su sí por tanto a la verdad de la razón y a una ética racional clave para la convivencia entre las gentes y los pueblos. A la luz de la resurrección de Jesús, pues, queremos y debemos aprender y hacer comprensible la importancia que tiene para la convivencia humana esta ética racional que luego, -si se vive de modo consecuente-, se abre interiormente a la pregunta de Dios, a la responsabilidad ante Dios. Esto nos lleva a algo muy concreto que no querría omitir: a la educación en unos principios fundamentales éticos del hombre por el hecho de serlo y abrirla a la gran cuestión de Dios, que es el único que puede dar luz al hombre y llevarlo a su realización más propia. Pero, no olvidemos nunca, lo que se nos manifiesta en la resurrección: que en Dios está la vida para el hombre, que es la vida del hombre. Que necesitamos escoger el camino de Dios que es el camino de la vida. Así será posible una nueva humanidad, una nueva cultura, que ame al hombre, que confíe en el hombre. Para escoger a Dios, que es afirmar el hombre, necesitamos encontrarle: en Jesús resucitado, tenemos la respuesta, el lugar de encuentro. Cuando las expectativas se cuartean, cuando no se encuentra sentido a la vida, cuando todo parece que sea vacío y nada, Jesús, como en Emaús, sale al encuentro del hombre, y en Él sale al encuentro Dios. Dios no es un desconocido, una hipótesis. Dios tiene carne y hueso, es uno de nosotros. Lo conocemos con su rostro, con su nombre, es Jesucristo, que nos habla en el Evangelio, es hombre y Dios. Siendo Dios, escogió ser hombre para que nosotros pudiéramos elegir a Dios. Hay que entrar en el conocimiento y en la amistad de Jesús para caminar con Él y descubrir que Dios vive y quiere al hombre. Esto es algo básico y fundamental, sobre todo, para los jóvenes: ahí está vida. Pero para esto necesitan testigos: testigos de Jesús, que nos es un personaje del pasado, bajo la losa de la tumba; sino alguien que vive y ha cambiado, renovado y engrandecido nuestra vida. A través nuestro, a través de nuestra vida nueva podrá ver el mundo alejado de Dios que Dios existe. Se trata de hacer presente en nuestra vida familiar, social, política, laboral, en todo cuanto somos y hacemos a Jesucristo, vida nuestra y vida nueva. A través de nuestra vida y de nuestra experiencia de Dios en Jesucristo, dentro de la comunidad de la Iglesia, debemos tratar de que la presencia de cristo entre también en este mundo alejado de Dios. No lo dudemos, hay sed d Dios; todos tienen sed de Dios, por paradójico y ajeno que parezca a lo que son los hechos de nuestra sociedad. En lo más profundo existe esta sed, que se nos llena en la resurrección. Por eso comencemos primero nosotros, con los jóvenes que podamos encontrar. Formemos comunidades en la se refleje la presencia de Jesús, que es la Iglesia, aprendamos la amistad con Jesús. Así, llenos de esta alegría y de esta experiencia, también hoy podremos hacer presente a Dios en este mundo, como se muestra en la resurrección de Jesucristo, y en la vida de los testigos de su resurrección. "La vida y la muerte se trabaron en duelo", decimos en la liturgia cristiana. Pero bien sabemos, como nos muestra el acontecimiento que celebramos, que este duelo secular que acompaña toda la historia Iglesia y del peregrinar de los hombres, desemboca en el triunfo del Señor de la vida, de Dios cuya gloria es que el hombre viva, de Dios que ha resucitado a Jesucristo, vencedor de la muerte porque Él mismo es la vida y ha venido para que los hombres vivan, vivan en plenitud de vida eterna. Esto tiene que ver con la vida, con algo tan ordinario y natural como es el nacer y el morir. "El hecho de que está naciendo un hombre constituye un signo pascual; el nacimiento de un nuevo hombre se corresponde plenamente con la victoria de la vida sobre la muerte en la resurrección del Señor. Igual que la resurrección de Cristo es la manifestación de la Vida más allá del umbral de la muerte, así también el nacimiento de un niño es manifestación de la vida, destinada siempre, por medio de Cristo, a la plenitud de la vida, que está en Dios mismo"(CF 11). Esta es la verdad del hombre, cuya identidad es ser gloria de Dios, para quien todo hombre vive. Por eso, contra el pesimismo y el egoísmo, que ofuscan el mundo, la Iglesia que es presencia de Jesús resucitado está en favor de la vida: y en cada vida humana sabe descubrir el esplendor de aquel "sí" a la vida y a 1 hombre, de aquel "amén" al amor en favor del hombre, que es Cristo mismo. Al "no" a la vida que invade y aflige el mundo, la fe en el Resucitado, que es afirmación del hombre por parte de Dios, contrapone este "Sí" viviente, defendiendo de este modo al hombre y al mundo de cuantos acechan y rebajan la vida. No es una mera cuestión de un caso moral; es afirmación de la misma fe en el Dios de la vida, en el hombre querido por dios, en la razón humana y en lo bueno que hay en el hombre, como es la vida. Los cristianos no podemos estar ausentes en la batalla por la vida, ya tan dura y cruel en estos momentos, pero que aún se prevé que sea mayor en los años sucesivos con normativas o formas de actuar que favorezcan el aborto, la eutanasia, la investigación con embriones. Y porque somos el pueblo que ha nacido del triunfo del amor sobre el egoísmo, y de la vida sobre la muerte, del hombre sobre su destrucción, lucharemos los cristianos con igual energía contra la lacra terrible del terrorismo, singularmente en España el terrorismo de ETA. La resurrección de Cristo derrota la violencia injusta. La fe, la apuesta por el hombre y la vida que surge de la Resurrección llevará a derrotar todos estos signos de una cultura de muerte, que no tiene futuro alguno. Hermanos y hermanas, por el bautismo hemos sido incorporados a la resurrección de Cristo, a la vida divina, a la vida de hijos de Dios y herederos de la vida eterna. Por el bautismo llegamos a ser uno en cristo, un único sujeto nuevo: Nuestra vida es cristo, no soy yo quien vive, es Cristo quien vive en mí. Aquí está la novedad cristiana llamada a transformar el mundo. Aquí radica nuestra alegría pascual. Nuestra vocación y nuestra misión de cristianos consisten en cooperar para que se realice efectivamente, en nuestra vida diaria, lo que ha acontecido en nuestro bautismo: estamos llamados a ser hombres y mujeres nuevos, para poder ser auténticos testigos del resucitado, y de este modo, portadores de la alegría y de la esperanza cristiana en el mundo, concretamente en la comunidad en la que vivimos. Como levadura en la mesa, como fermento del mundo, como los primeros cristianos estamos llamados a colaborar con los hombres de buena voluntad en todo lo que contribuya al bien del hombre, al desarrollo del hombre rectamente entendido, verdadero; estamos llamados a cooperar con el bien común, y valoramos grandemente la labor de quienes, al servicio del hombre, se consagran al bien de la cosa pública y aceptan el peso de las correspondientes posibilidades. Nuestra condición de bautizados, resucitados en cristo, testigos del sí de Dios a la humanidad nos sentimos urgidos a colaborar en la defensa y la promoción del bien del conjunto de los ciudadanos, respetando los derechos humanos fundamentales no creados por nosotros, favoreciendo el ejercicio responsable de la libertad, protegiendo las instituciones fundamentales de la vida humana, como la familia, las asociaciones cívicas y todas aquellas realidades sociales que promuevan el bienestar material y espiritual de los ciudadanos, entre las cuales ocupan un lugar importante las comunidades religiosas. Una de las quiebras y derrotas de la humanidad de nuestros días es la quiebra moral donde ya no se sabe qué es lo bueno y lo malo, donde la verdad es algo meramente opinable, donde el relativismo y el escepticismo recomen como una carcoma lo mejor del hombre y del tejido social. Ahí habremos dar testimonio de la verdad del hombre, y aportar la savia de la moral cristiana, que no se sitúa contra ni al margen de la razón, sino que la completa y eleva. En esos momentos en los que vemos con gran preocupación el debilitamiento de las convicciones morales de muchas personas, especialmente de los jóvenes,; cuando crecen muchas prácticas tan inhumanas como la promiscuidad y los abusos sexuales, el recurso al aborto -especialmente, entre adolescentes y jóvenes- así como la drogadicción o el alcoholismo y la delincuencia entre los menores de edad; o cuando observamos con pena cómo crece la violencia en la escuela y en el seno de las mismas familias -ahí quedan tantísimos crímenes en los hogares, no se entiende el rechazo y la intolerancia con la religión católica que manifiestan entre nosotros algunas personas e instituciones, cuando nosotros no queremos ni debemos otra cosa que dar testimonio de una vida nueva y de una humanidad nueva. Sin moral vamos a la quiebra del hombre: nosotros apostamos por el hombre libre apoyado en la verdad que se realiza en el amor. "Buscad los bienes de allá arriba", hemos escuchado en la segunda lectura. Aunque está muy bien que los cristianos hemos de comprometernos en la tierra no podemos olvidar otra dimensión en la que ésta se fundamenta. Si no la tuviésemos en cuenta no trabajaríamos bien por la tierra. Es la dimensión que nos descubre la resurrección de Jesucristo: es la afirmación de Dios, Cuando no se conoce a Dios, no se conoce a sí mismo el hombre, y destruye la tierra. Feliz pascua de resurrección
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