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Año 2008 / Semana Santa |
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HOMBRES LIBRES ASENTADOS EN LA VERDAD El Sr. Cardenal comenta el discurso de Benedicto XVI en las Naciones Unidas
Homilía en el V Domingo de Pascua S. I. Catedral Primada Queridos hermanos y hermanas en el Señor: Ayer se cumplió el tercer año de la elección de Benedicto XVI como sucesor de Pedro; Unos días antes, el jueves cumplió ochenta y un años. Toda la diócesis de Toledo nos unimos en la acción de gracias por este inmenso don de Dios a la Iglesia y a la humanidad entera en los momentos cruciales que estamos viviendo en todas las partes del mundo. Nos unimos también en la plegaria ante el Señor para que le conserve y le proteja, le conceda la fuerza del Espíritu para guiar al pueblo cristiano y a todos los hombres por el Camino, que es la verdad que nos hace libres y se realiza en la caridad, y que conduce a la Vida, una vida plena, eterna, llena de la luz de Dios, que es amor y fuente inagotable de misericordia. También queremos manifestarle y hacerle llegar todo nuestro amor y afecto entrañable de hijos que tan unidos y cercanos se sienten a él. Estos días de sus aniversarios el Papa los está celebrando en Estados Unidos, como pastor y apóstol, como testigo de Dios vivo, como otro Pedro que confirma a sus hermanos en la fe, les entrega la única riqueza que tiene la Iglesia, su tesoro para todos los hombres que es Jesucristo, y los alienta a levantarse y caminar en esperanza. El queridísimo y sencillo Papa Benedicto XVI está dando un testimonio conmovedor del Evangelio, de la pasión de Dios por el hombre que es el Evangelio, y Al finalizar su importantísimo y alentador discurso en la ONU, ratificado por el fortísimo aplauso de toda la Asamblea de representantes de todos los países puestos en pie, dijo: "En mi reciente Encíclica Spe salvi, he subrayado 'que la búsqueda, siempre nueva y fatigosa, de rectos ordenamientos para las realidades humanas es una tarea de cada generación' (n. 25). Para los cristianos, esta tarea está motivada por la esperanza que proviene de la obra salvadora de Jesucristo". Esa es la motivación más profunda del Papa, este es el fundamento de cuanto ha ofrecido a todos los países en la ONU, también al nuestro, que es válido para todos y donde se abre un gran futuro para la humanidad entera en esta época marcada por la globalización y por una complejidad grande y en tantos frentes y situaciones. Es la piedra angular sobre la que se puede basar y edificar el futuro. Jesucristo, aunque no se le de la fe ni se le siga, tiene que ver con todos, encuentra eco en todo corazón de hombre porque sólo Él sabe lo que hay en ese corazón humano, y arroja luz en la búsqueda universal por parte de la razón de la verdad, de la verdad del hombre, de las relaciones humanas y de la construcción de la sociedad humana solidaria, en paz, sobre los cimientos de los derechos humanos. El Papa no tiene otra palabra que Cristo, porque Cristo es nuestra esperanza, Cristo es la esperanza de toda la humanidad. Es esa esperanza que hoy nos abre Jesucristo en las lecturas de la Palabra de Dios proclamadas este domingo: "Me voy a prepararos un sitio, dice. Luego de haberos preparado un sitio, volveré, y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo estéis también vosotros". Estar con Cristo es cielo en la tierra, es estar con Dios que no abandona al hombre, creado y redimido por Él, es estar con el hombre al que Dios ama hasta el infinito. ¡Qué Evangelio tan luminoso y esperanzador el de hoy!, del que está siendo testigo singular Benedicto XVI. ¡Cuántos no saben a dónde vamos, y menos el camino! La respuesta de Jesús ante las dudas del pesimista y pragmático Tomás, es definitiva, programática: "Yo soy el camino, la Verdad y la Vida". Cristo, Verdad y Vida, es el Camino. El camino del que habla Jesús no es una línea trazado en el campo, que debamos recorrer. Es su misma Persona donde todo se ilumina, se recrea, y se llena de vida por la verdad de su amor. Dejar que Él viva, piensa, siente y actúe en nosotros es nuestro caminar, que es nuestro vivir. La meta y el camino es Dios mismo, sin que el hombre no puede vivir ni encontrar plenitud ni base y fundamento para su actuar en la vida. Quien ve a Jesucristo, ve a Dios y ve al hombre y le señala el camino. El mundo necesita una reconstrucción que exige sabiduría y hondura espiritual. La Iglesia, los cristianos, no podemos estar ausentes, en cuanto cristianos, en cuanto Iglesia, de esta reconstrucción, en último término, humana y espiritual. Ni la Iglesia ni los cristianos podemos omitir nuestro servicio a la nueva humanidad. Es un servicio al hombre que la Iglesia, desde la clave de humanidad que encuentra en Jesucristo, que posee en Él, no puede dejar de hacer en esta encrucijada de la historia. Este servicio se llama Evangelio, se llama Jesucristo. La Iglesia no tiene otra riqueza, ni otra fuerza que Cristo. No posee ninguna otra palabra que "Cristo": pero ésta ni la puede olvidar, ni la quiere ni debe silenciar, ni la dejará morir; porque, con El, ha apostado enteramente y sin condiciones ni intereses extraños por el hombre. Esa es la riqueza de los cristianos, y hemos de ofrecerla con tanta sencillez como transparencia, sabedores por la propia experiencia de que es un bien inestimable para la vida de las personas. Esta experiencia vivida de Jesucristo, Redentor, es un don, una gracia, y por eso sólo puede ofrecerse humildemente, como un gesto de amistad. No se impone, se muestra. Se ofrece como una invitación a la libertad. Tiene como métodos propios de comunicación el testimonio y el diálogo, y como criterio el amor y la misericordia (Cfr. Juan Pablo I, Redemptoris Missio, cap. V). Busca en todas las circunstancias el bien integral de la persona y trata de cooperar lealmente con todos en el esfuerzo por el bien común. Estos métodos separan al cristianismo de las ideologías; con ellos puede el cristianismo ofrecer una auténtica novedad a los hombres y mujeres de nuestro tiempo. Así, anunciar a Cristo, testificar a Cristo, es su mejor y mayor servicio a los hombres. Anunciar a Cristo, ser testigos del Dios vivo, no es "sacralizar" ni "dominar" el mundo: es servirle y dar a Aquel que es la Buena Noticia para los pobres y que nos hace libres y hermanos. Se trata de ser coherentes hoy con la fe y la experiencia de Jesucristo que es paz y esperanza para todos. Lo que los cristianos, la Iglesia, han de hacer y pueden ofrecer a los hombres del mundo de hoy, como en todos los tiempos, es Jesucristo, Redentor del hombre y del mundo. Hacia él únicamente se ha de orientar su espíritu. El es la única dirección de su entendimiento, de su voluntad y de su corazón. Hacia Él siempre y especialmente en nuestro tiempo, ha de volver su mirada. La Iglesia vive de la certeza, clara y apasionada, de que ella ha de ofrecer al mundo el bien más precioso y que nadie más puede darle: la fe en Jesucristo, fuente de la esperanza que no defrauda, don que está en el origen de la unidad espiritual y cultural de los pueblos, y que todavía hoy y en el futuro puede ser una aportación esencial a su desarrollo e integración. Sí, después de veinte siglos, la Iglesia se presenta al principio del tercer milenio con el mismo anuncio de siempre, que es su único tesoro: Jesucristo es el Señor; en Él, y en ningún otro, podemos salvarnos. La fuente de la esperanza, para el mundo entero, es Cristo, y la Iglesia es el canal a través del cual pasa y se difunde la ola de luz y de verdad, de Razón y de amor, de aliento y vida que de Él proceden. Si quiere la Iglesia -y ciertamente debe- servir a la nueva humanidad, si quiere ayudarla a reconstruirse a sí misma es preciso que vuelva con renovado vigor a Jesucristo, que reavive el seguirle como camino, verdad y vida. Sólo asentándolo todo sobre esta piedra angular, permaneciendo abiertos a Jesucristo podemos ser, para el hombre y la sociedad concreta propuesta de esperanza, testimonio vivo y veraz de una humanidad nueva. Por el tenor de vida y el testimonio de la palabra de los cristianos, los habitantes del mundo podrán descubrir que Cristo es el futuro del hombre .Así, sólo rehaciendo el tejido cristiano de las comunidades eclesiales, se podrá colaborar en rehacer el tejido cristiano de la sociedad (Cfr. Juan Pablo II, Christi Fidelis Laici, 34). "El camino de la Iglesia es el hombre", y el testimonio más necesario de los cristianos en estos momentos es sin duda el testimonio en favor del hombre y de su esperanza. Ese testimonio debe partir de la certeza de que el hombre está hecho, conforme a la imagen de Dios, para la verdad y el bien; asimismo debe caracterizarse por el respeto a la vocación de la persona y por el trato justo a su dignidad en todos los ámbitos del obrar humano, y en toda circunstancia. Y ha de expresarse siempre en favor del bien común, en iniciativas concretas de solidaridad. La misión de la Iglesia no es alimentar conflictos, sino aportar a su solución la luz y la verdad de la Redención de Cristo. Su vocación y su aportación ha de ser la unidad, la paz, la convivencia y el encuentro, el diálogo y el perdón, el amor y la pasión por el hombre, el inclinarse ante todo ser humano desde el momento de sus gestación hasta su muerte natural. Esto cambia el mundo. Los cambios urgentes que el mundo necesita para solucionar los grandes problemas con que se enfrenta no vendrán de quienes, en nombre del realismo político, quieren eliminar del ruedo de la política el derecho y la moral. En nombre de la verdad y el bien, y con los métodos propios de la verdad y el bien, tratando de despertar el sentido de la común dignidad humana, es posible orientar la historia hacia una sociedad mejor, y mostrar en la práctica la falsedad de la idea de que la lucha por la destrucción del adversario, la contradicción y la guerra misma sean factores de progreso y de avance de la historia. Es vano contraponer este testimonio en favor del hombre al testimonio de la fe en Dios vivo y de la esperanza en Jesucristo. El primer fruto del encuentro con Jesucristo es el arraigo del amor de Dios en el corazón del hombre y, consecuentemente, el aprecio por cada hombre concreto en su dignidad única, por encima de cualquier otra identidad racial o nacional, de su condición moral, de su historia o de cualquier circunstancia, que tan fuertemente ha marcado lo mejor de la historia y de la cultura. La Iglesia, en consecuencia, teniendo en cuenta la sed de verdad de toda persona y la necesidad de valores auténticos que animen a los pueblos, habrá de proponer con renovada energía la novedad que le anima, esto es, Jesucristo. Y esto siempre desde el respeto exquisito y pleno a las convicciones ajenas, sobre todo a las personas y a su libertad, al bien común de las personas y de los pueblos, sobre la base de los derechos humanos fundamentales, no inventados o creador por el hombre, sino reconocidos por el, porque están en su misma entraña, en la verda de de lo que es. La Iglesia, pues, se pone al servicio, como Iglesia, para contribuir a aquellos fines que procuren un auténtico bienestar material, cultural y espiritual a las naciones. Al mundo, en general, y en particular al mundo próspero y desarrollado económicamente, pero moral y culturalmente desconcertado, la Iglesia aporta la savia del Evangelio, la riqueza de la humanidad que brota del encuentro con Jesucristo, la razón que en Él se encuentra, la verdad que en Él ilumina todas las realidades humanas. Los católicos ante el mundo tienen el deber de aportar a la vida social estos bienes en el marco de las libertades democráticas, promoviendo aquellos valores sociales que derivan del Evangelio. Creo sinceramente que urge hoy hablar del valor social y humanizador de la fe, para que se despierte la conciencia pública respecto a los nuevos pobres, y a los pobres de siempre, a la pobreza extrema del tercer Mundo, y para que se perciba la necesidad de renovación moral, de liberación de una vida materialista y hedonista que nos está llevando a un callejón sin salida demográfica. De otro modo, el fantasma de una sociedad dura, cruel, egoísta y violenta pudiera convertirse en dura realidad. No deberíamos olvidar, en este sentido, la aportación propia que desde Jesucristo encuentran el reconocimiento del valor de la persona y de su dignidad inalienable, el carácter sagrado de la vida humana y el papel central de la familia, la importancia de la educación y la libertad de opinión, de palabra, de religión, así como también la tutela legal de los individuos y los grupos, la promoción de la solidaridad y el bien común, el reconocimiento de la dignidad del trabajo. Todo esto favorece y reclama que todo poder esté sujeto a la ley y al respeto de los derechos de la persona y de los pueblos. Tener esto en cuenta beneficia a todos. No podemos, precisamente por servicio a los hombres, dejar de aportar la riqueza del Evangelio. No podemos olvidar o silenciar nuestro rico patrimonio espiritual obra de la aceptación y experiencia enraizada del Evangelio.¡No podemos romper con nuestras raíces cristianas! Sólo así seréis capaces de aportar al mundo la riqueza que de ahí se ha derivado y deriva para nuestra historia; así contribuiremos mejor a hacer realidad un gran sueño: el nacimiento de una nueva humanidad. Es lo que ha hecho Benedicto XVI, en su discurso, de tan larguísimo alcance, en la sede de las Naciones Unidas: un mundo libre y hombres libres, sobre la verdad. Y ayer mismo, dirigiéndose a los jóvenes, decía también unas palabras que son fundamentales para recordarlas en estos momentos. Decía: "¿Han notado que, con frecuencia, se reivindica la libertad sin hacer jamás referencia a la verdad de la persona humana? Hay quien afirma hoy que el respeto a la libertad del individuo hace que sea erróneo buscar la verdad, incluida la verdad sobre lo que es el bien. En algunos ambientes, hablar de la verdad se considera como una fuente de discusiones o de divisiones y, por tanto, es mejor relegar este tema al ámbito privado. En lugar de la verdad -o mejor, de su ausencia- se ha difundido la idea de que, dando un valor indiscriminado a todo, se asegura la libertad y se libera la conciencia. A esto llamamos relativismo. Pero, ¿qué objeto tiene una "libertad" que, ignorando la verdad, persigue lo que es falso o injusto? ¿A cuántos jóvenes se les ha tendido una mano que, en nombre de la libertad o de una experiencia, los ha llevado al consumo habitual de estupefacientes, a la confusión moral o intelectual, a la violencia, a la pérdida del respeto por sí mismos, a la desesperación incluso y, de este modo, trágicamente, al suicidio? Queridos amigos, la verdad no es una imposición. Tampoco es un mero conjunto de reglas. Es el descubrimiento de Alguien que jamás nos traiciona; de Alguien del que siempre podemos fiarnos. Buscando la verdad llegamos a vivir basados en la fe porque, en definitiva, la verdad es una persona: Jesucristo. Ésta es la razón por la que la auténtica libertad no es optar por "desentenderse de". Es decidir "comprometerse con"; nada menos que salir de sí mismos y ser incorporados en el "ser para los otros" de Cristo" (cf. Spe salvi, 28). Así también podemos confesar hoy, proclamar llenos de esperanza, que la Verdad nos hace libres. ¡Tú eres la verdad que nos hace libres! ¡Tú eres el camino que nos conduce a la verdad! La libertad no nos hace verdaderos. La verdad es la que nos hace conducir por las sendas del amor, que son las sendas de la verdadera vida, la que lleva a la verdad entre todas las gentes y abre una senda llena de esperanza, que es la que Cristo nos ha abierto, yendo al Padre para prepararnos un camino para que estemos con Él.
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