Año 2008 / Semana Santa


TRES AÑOS DE PONTIFICADO

      

Se cumplen tres años de la elección del Papa Benedicto XVI. Sus ochenta y un años y este tercer aniversario los está celebrando con un viaje apostólico, claramente pastoral, a los Estados Unidos, nación emblemática en el mundo de hoy, donde visitará también la sede de la ONU y desde donde hablará al orbe entero, en el sesenta aniversario de la proclamación de la Carta Universal de los Derechos Humanos.

El Cardenal elegido para suceder a Juan Pablo II adoptó el nombre de Benedicto. Este nombre evoca a otro Benito, el de Nursia, que nació y vivió en medio de los escombros de una sociedad y de un mundo, entre las cenizas del Imperio Romano, buscando ante todo el Reino de Dios y, quizá sin darse cuenta, sembró así la semilla de una nueva civilización, que se desarrollaría integrando los valores cristianos con la herencia clásica, por una parte, y con las culturas germánica y eslava, por otra parte.

Benedicto XVI, el Papa de la razón y de lo esencial, como Benito de Nursia, en estos tres años, nos muestra como objetivo fundamental de la existencia -más aún, el único- el buscar a Dios. Él sabe, por la experiencia de su vida y la razón misma, que cuando el creyente entra en relación profunda con Dios, no puede contentarse con vivir de modo mediocre según una ética minimalista y una religiosidad superficial. Ahí está el secreto de Benedicto XVI y la fuerza y el núcleo de la verdadera revolución que el mundo necesita en nuestros días: la revolución de Dios; porque ahí está la verdad del hombre, donde se asienta la verdadera civilización, la del amor.

El gran mensaje del Papa, su nuclear y esencial mensaje, el gran testimonio de su vida que va proclamando en todo momento y en todo lugar, la gran renovación que ofrece al mundo de hoy y la esperanza grande que le abre no es otro que el encuentro con Dios. Acaba de decirlo a los Obispos de Estados Unidos: "el encuentro con el Dios vivo, es fuente de aquella esperanza que transforma la vida de la que habla el Evangelio". Es lo que también ofreció a los jóvenes, esperanza de un mundo nuevo, en Colonia hace poco más de dos años: "La revolución verdadera consiste únicamente en mirar a Dios, que es la medida de lo que es justo y, al mismo tiempo, es el amor eterno. ¿Y qué puede salvarnos sino el amor?". Cuando los cristianos, los hombres, queden impregnados por el reconocimiento de Dios, por la fe en El, su vida se abrirá a la fuerza transformadora del Evangelio e irá emergiendo con fuerza una humanidad nueva y renovada por la verdad y el amor.

La mirada de Benedicto XVI es de las más lúcidas del momento presente y su pensamiento, tan fuertemente asentado en la razón, porque precisamente está asentado en la fe, es de los más rigurosos y bien fundados de nuestro tiempo. Él acaba de afirmar que "las personas necesitan hoy ser llamadas de nuevo al objetivo último de su existencia. Necesitan reconocer que en su interior hay una profunda sed de Dios. Necesitan tener la oportunidad de enriquecerse del pozo de su amor infinito. Es fácil ser atraídas por las posibilidades casi ilimitadas que la ciencia y la técnica nos ofrecen; es fácil cometer el error de creer que se puede conseguir con nuestros propios esfuerzos saciar las necesidades más profundas. Ésta es una ilusión. Sin Dios, el cual nos da lo que nosotros por sí solo no podemos alcanzar, nuestras vidas están realmente vacías".

Las situaciones que vivimos en el mundo de hoy, constataba el Papa hace unos meses, son difíciles. Para la Iglesia revisten, añado, sin duda, una propia y particular dificultad. Es necesario ir, buscar, encontrar y ofrecer lo esencial. Y lo esencial es Dios afirma una y otra vez Benedicto XVI, el gran defensor y testigo del valor de la razón y de la fe, y del encuentro y armonía entre ambas. "Si no se descubre a Dios, nos quedaremos siempre en las cosas secundarias".

A los jóvenes, reunidos en Colonia, les decía: "En el siglo pasado vivimos revoluciones cuyo programa común fue no esperar nada de Dios, sino tomar totalmente en las propias manos la causa del mundo para transformar sus condiciones. Y hemos visto que, de este modo, siempre se tomó un punto de vista humano y parcial como criterio absoluto de orientación. La absolutización de lo que no es absoluto, sino relativo, se llama totalitarismo. No libera al hombre, sino que lo priva de su dignidad y lo esclaviza. No son las ideologías las que salvan al mundo, sino sólo dirigir la mirada al Dios viviente, que es nuestro creador, el garante de nuestra libertad, el garante de lo que es bueno y auténtico". Con Benedicto XVI, y tantos con él, ya se está tratando de responder al desafío del ambiente laico con Dios, como la cuestión fundamental, y luego con Jesucristo, como la respuesta de Dios.

Esta está siendo la gran aportación del Papa Benedicto XVI, el Papa del amor y el Papa de la esperanza, y, por eso, el Papa que nos abre a un gran futuro, el Papa que ofrece los fundamentos prepolíticos de la democracia y de la paz, que no son otros, que los derechos humanos fundamentales, correspondientes a la verdad misma del hombre, criatura de Dios. Ojalá escuchemos su voz.