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Año 2008 / Semana Santa |
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EL CARDENAL TARANCÓN, UN HOMBRE DE IGLESIA Palabras del Sr. Cardenal en la Sala Capitular del Excmo. Ayuntamiento de Toledo, el 29 de abril, en el acto de homenaje de la Ciudad, con motivo del centenario de su nacimiento
Todos tenemos una deuda de gratitud con el Cardenal Enrique y Tarancón, con D. Vicente, como le llamábamos cariñosamente en el trato personal, quienes tuvimos la dicha y el regalo de colaborar estrechamente con él. Una deuda histórica tiene con él España entera, sobre todo, la que convivió con él en años muy importantes de nuestra historia, y la que ha heredado su legado tan importante. Tenemos esa deuda de gratitud la Iglesia en España, los Obispos españoles, a los que ayudó tanto en su obra de pastor en años claves. También la tenemos en Toledo, diócesis a la que sirvió, amó y se entregó en los tres cortos años de su servicio como pastor en el trienio 1969-1972. Hoy, con este cálido homenaje, pasados los 100 años de su nacimiento, la ciudad de Toledo, presidida por su Alcalde y su Ayuntamiento, quiere dejar un recuerdo del agradecimiento hacia esta gran figura eclesial, pastor conforme al corazón de Dios, que abrió tantos caminos de esperanza que hoy siguen abiertos. Los casi tres años de pontificado entre nosotros fueron intensos, llenos de aliento apostólico y de impulso renovador. Tiempo breve pero suficiente para mostrar el aire fresco y la savia de vida nueva y eclesial, bebida en las fuentes del Vaticano II, cuatro años antes finalizado, y de los hontanares de lo genuino de la gran Tradición eclesial en los que bebió toda su vida. Fue, sin duda, una figura excepcional en la vida de la Iglesia y de España. Una personalidad arrolladora, pero que no abatía, sino al contrario, engrandecía a quien estaba a su lado y colaboraba en las tareas que él mismo encomendaba; su trato exquisito, abierto, acogedor hacía que nunca con él te sintieras extraño ni apagado; sabía sacar lo mejor de cada uno. La mirada penetrante con que miraba a las personas, nunca juzgadora, era la misma mirada con la que veía los signos de los tiempos y sabía interpretarlos; miraba al corazón del hombre, y miraba al corazón de la historia: mirada de verdad que no oprime, sino al contrario respeta, deja ser, y secunda los que ahí se descubre. Aquella mirada suya no era sólo la de un hombre inteligente, listo, hábil -que lo era y en grado muy elevado-, era, sobre todo, la mirada de un hombre de fe, que llega donde sólo la fe puede llegar: a la hondura de las cosas. Siempre aprecié en él su fe y su eclesialidad. Era un hombre de fe recia, sencilla y bien fundada, como los cimientos que se basan en roca firme, tan sencillos pero tan sólidos. Una fe que le hacía ser un hombre piadoso: sí, era un hombre de piedad viva y arraigada, hasta, si quieren, tradicional, que amaba con pasión a Jesucristo, inseparable de su Iglesia. Esa misma fe, apoyada en el cimiento de Dios, de la verdad, le hizo ser un hombre libre y testigo valiente. Aún hoy, llama la atención aquella libertad, que no siempre se le ha apreciado, a mi entender, en el sentido que él mismo la vivía; en él pudimos apreciar a un hombre de verdad libre, ante quien uno se sentía libre: cosa no fácil incluso en los que tanto hablan de libertad. Fue un hombre de Iglesia; permítanme que lo diga así: no era, en modo alguno, un eclesiástico, o un clerical, absorbido por los asuntos internos eclesiásticos o clericales de la Iglesia: sino de la Iglesia, que, como su Señor, está para ser servidora de los hombres. Era un hombre de comunión y de fidelidad total, plena, inquebrantable a la Iglesia, a su Magisterio, al Papa, fuese quien fuese el Papa del momento. Puedo decir que él me enseñó muchísimo a amar a la Iglesia y a sentir con ella. Las indicaciones que me daba en mi tarea siempre iban en la misma dirección: la de la comunión eclesial más firme. Si yo contase hechos e indicaciones acaecidas con él, alguno seguro que se sorprendería. Como hombre de Iglesia, se movió siempre en la fidelidad a lo recibido, la Tradición, y en la creatividad que supone la entrega de lo recibido que está siembre lleno de vida y de luz. Por eso fue un pastor profundamente tradicional en el sentido más genuino de la palabra, hombre de la Gran Tradición católica; y al mismo tiempo fue honda y atrevidamente renovador como reclama eso recibido, la riqueza que tiene la Iglesia, que no es otra que Jesucristo, la fe en Jesucristo, la verdad que en Él se ofrece a todos. Así se comprende lo que supuso en la Iglesia en España en cuanto se refiere a la asumpción y aplicación del Vaticano II. Asumió, como se ha dicho de él, sin vacilaciones la ardua y delicada tarea de la aplicación del Vaticano II, tanto en la Conferencia, como en las diócesis a las que sirvió en la etapa posconciliar: Oviedo, Toledo, Madrid. "Y con una sensibilidad pastoral humanísima, signada por el optimismo de la esperanza y el amor cristianos abrió nuevos cauces para las relaciones seculares de la Iglesia y de la sociedad española, que pedía en los años cruciales de la transición política, renovación y cambio. Jugó, sin duda, un papel decisivo en aquellos momentos; pero también en los actuales, su orientación y actuación tienen una notable vigencia: esperanza, mirada al futuro, encuentro de Iglesia y sociedad, encuentro con la cultura, promoción de diálogo, de reconciliación, de paz, respeto a las personas y a las convicciones ajenas, firmeza en la verdad, generosidad grande en el amor, son palabras que deberían decirnos mucho a todos en las presentes circunstancias. No fue un hábil político, -aunque también lo habría hecho muy bien, tal vez con pocos votos-, sino un hombre de fe, un gran pastor que hizo presente al Buen Pastor, que dio su vida por los suyos, y los suyos eran todos. Todo esto trasciende, sin duda, a la diócesis y a la ciudad de Toledo. Pero de todo esto nos beneficiamos en Toledo en aquel intenso trienio vivido en el desarrollo y extensión de su gran caridad pastoral. Pero además, Toledo, como sede del Primado, es y quiere ser testigo, más allá de los límites de la ciudad o diocesanos, de lo que fue este gran hombre, muy grande hombre, que por eso, a pesar de lo que pudiera parecer, fue sencillo, no encumbrado ni distante, hasta tímido. Por eso hoy Toledo se siente gozosa de cumplir esta deuda que todos teníamos. Agradezco, por ello, de todo corazón este gesto, este recuerdo, y este homenaje de nuestro querido Ayuntamiento, al que todos nos unimos.
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