Año 2008 / Semana Santa


DOMINGO DE LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR

Homilía del Sr. Cardenal-Arzobispo de Toledo en la Santa Misa.

Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales

 

Toledo, S. I. Catedral Primada

4 de mayo de 2008

Queridos hermanos y hermanas: Celebramos la Ascensión del Señor, acontecimiento que nos llena de gozo y alegría, y funda y ensancha nuestra esperanza. En la primera lectura hemos escuchado al propio Jesús: "¿Qué hacéis ahí mirando al cielo?". Es una llamada que se nos dirige hoy a todos nosotros. Estamos llamados, en efecto, permaneciendo en la tierra, a mirar fijamente al cielo, a orientar la atención, el pensamiento y el corazón hacia el misterio inefable de Dios. Estamos llamados a mirar la realidad divina, a la que el hombre está orientado desde la creación. En ella se encierra el sentido definitivo de nuestra vida. Al ascender Jesús al cielo, se estaba abriendo ante los hombres, representados en los discípulos, un horizonte/magnífico, infinito, el punto de llegada definitivo de la peregrinación terrena del hombre.

Ante este hecho, ante esta llamada, ante este destino, bien podemos repetir las palabras del Apóstol San Pablo en la lectura de la carta a los Efesios: "Que el Dios de Nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria nos dé espíritu de sabiduría y revelación para conocerlo. Ilumine los ojos de nuestro propio corazón para que comprendamos cual es la esperanza a la que nos llama, cual es la riqueza de gloria que da en herencia a los santos y cual es la grandeza extraordinaria de su poder para nosotros los que creemos". Esta es la gran esperanza, la verdadera esperanza para los hombres. Necesitamos la fe, necesitamos permanecer firmes en la fe, para vivir en esta esperanza sin la que la vida carece de sentido último, con todas las consecuencias morales, vitales, sociales, para nuestro vivir personal y comunitario en la tierra.

Es necesario aceptar lo que Dios nos revela sobre sí mismo, sobre nosotros mismos y sobre la realidad que nos rodea, incluida la invisible, inefable, inimaginable. Este acto de aceptación de la verdad revelada, hermanos, ensancha el horizonte de nuestro conocimiento y nos permite llegar al misterio en el que está inmersa nuestra existencia. A esta limitación no se concede fácilmente el consenso y el asentimiento. Y aquí es donde la fe se manifiesta en su dimensión más honda de fiarse de una persona, no de una persona cualquiera, sino de Cristo. Es importante aquello en lo que creemos, pero más importante aún es Aquel en quien creemos. Creer quiere decir abandonarse en Dios, poner en sus manos nuestro destino. Creer quiere decir entablar una relación muy personal con nuestro Creador y Redentor, en virtud del Espíritu Santo, y hacer que esta relación sea el fundamento de toda la vida.

Hemos escuchado en el libro de los Hechos: "Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros y seréis mis testigos". Estas palabras han constituido y siguen constituyendo un desafío para todos los que admiten pertenecer a Cristo, para los cuales su causa es la más importante. Debemos ser testigos de Jesús, que vive en la Iglesia y en el corazón de los hombres. Es Él quien nos asigna una misión. El día de su ascensión al cielo, como hemos proclamado y escuchado, Jesús dijo a los Apóstoles: "Id por todo el mundo y proclamad la Buena Noticia a toda la creación". Somos nosotros hoy los llamados a dar este testimonio ante el mundo. Esta vocación es siempre actual, y quizá más actual aún en los tiempos que vivimos tan necesitados de Cristo.

No olvidemos que Jesús no se ha ido para desentenderse de este mundo, sino que ha querido precedernos como cabeza nuestra, y para que nosotros, miembros de su cuerpo, vivamos con la ardiente esperanza de seguirle en su reino. La Ascensión implica el misterio de una presencia nueva de Jesús en la Iglesia: "Estaré con vosotros hasta el fin de los siglos". El mismo y único Jesucristo está en la Iglesia y la Iglesia en Jesucristo. Al Misterio de Cristo pertenece la Iglesia. A la totalidad del misterio salvador de Cristo pertenece también la Iglesia, donde Él prolonga su presencia y su obra salvadora: "Seréis mis testigos hasta los confines de la tierra". Los cristianos no solo actuamos en el mundo recordando y secundando las palabras o enseñanzas de Jesús; es Él mismo quien, por su Espíritu, se sirve de la Iglesia para la salvación de los hombres. Cristo vive en ella, actúa en ella; por medio de ella cumple su misión, lleva a cabo su obra de redención por la palabra, los sacramentos, la vida de los cristianos. Cristo enseña a través de su Iglesia; en ella y por ella reina y comunica su santidad. Con la Ascensión del Señor y el envío del Espíritu Santo comienza el tiempo de la Iglesia donde Cristo está presente y actúa. El está unido para siempre con ella.

La Iglesia existe para hacer presente a Cristo en obras y palabras; existe para dar testimonio de Él; para evangelizar, es decir, hacer presente a Cristo en todo. La Iglesia existe para Cristo, es de Cristo, no sería nada sin Cristo. Todo ha de apuntar a Jesucristo; no podemos mirar a otro que a Jesucristo, no podemos dejar de mostrar a Jesucristo en todo. La Iglesia, hoy como ayer y siempre, como en los primeros momentos en que es enviada por el propio Jesús antes de subir a los cielos, se presenta con el mismo anuncio y testimonio de siempre, con la misma y única riqueza y tesoro de siempre: Jesucristo. En Él y no en ningún otro podemos salvarnos. La fuente de esperanza para los hombres, para España, para Toledo, para Europa, para América, para el mundo entero es Cristo; y la Iglesia es el canal a través del cual pasa y se difunde la ola de gracia que fluye del Corazón traspasado del Redentor, que está con sus llagas abiertas intercediendo siempre por nosotros ante el Padre.

En los tiempos que se nos ha dado vivir, y siempre, todo debe conducirnos a Jesucristo, a acogerle, a dejar que su amor y su gracia, su salvación y su luz, su obra redentora actúe en nosotros, y por nosotros en los demás, y nos transformen, nos cambien, nos renueven y nos hagan ser hombres y mujeres nuevos. Todo debería conducir a que los hombres le conozcamos, le amemos y le sigamos como el camino y la pauta inspiradora, la verdad, de nuestra conducta individual, familiar, social y pública, el único programa válido para la renovación de la humanidad y de la sociedad de nuestro tiempo. La fiesta de hoy nos convoca a que Jesucristo sea aquél a quien confiemos nuestras vidas y haga de nosotros testigos de que es el único mediador y portador de la salvación para la humanidad entera; pues sólo en Él la humanidad, la historia y el cosmos encuentran su sentido positivo definitivamente y se realizan totalmente. Él tiene en sí mismo, en sus hechos y en su persona, las razones definitivas de la salvación; no sólo es un mediador de salvación, sino que es la fuente misma de la salvación.

En estos momentos, hermanos, debemos ser fuertes con la fuerza que brota de la fe, obra del Espíritu. Debemos ser fieles. Hoy más que nunca tenemos necesidad de la firmeza de la fe y del Espíritu. Debemos ser fuertes con la fuerza de la esperanza, que lleva consigo la perfecta alegría de vivir y no permitir entristecer al Espíritu Santo. Debemos ser fuertes con la fuerza del amor, de la caridad, que es más fuerte que la muerte. Animados por el Espíritu, debemos ser fuertes con la fuerza de la fe, de la esperanza y de la caridad, consciente y madura, responsable, que nos ayuda a entablar el gran diálogo con el hombre y con el mundo en esta etapa de nuestra historia: diálogo con el hombre y con el mundo, arraigado en el diálogo con Dios mismo -con el Padre, por el Hijo, en el Espíritu Santo-, diálogo de la salvación. Debemos mirar desde la tierra al cielo, fijar nuestra mirada en Aquel a quien hace dos mil años siguen las generaciones que viven y se suceden en nuestra tierra, encontrando en Él el sentido definitivo de la existencia.

Abrámonos a Él, constantemente y con confianza plena, sin ningún miedo ni temor, y dejémonos renovar y conducir enteramente por Él, anunciando con el vigor de la paz y el amor a todas las personas de buena voluntad, que quien encuentra al Señor conoce la verdad, descubre la Vida y recorre el Camino que conduce a ella. Fortalecidos por la fe en Dios, esforcémonos con empeño por consolidar su reino en la tierra: el reino del bien, de la justicia, de la solidaridad y de la misericordia. Testimoniemos con valentía el Evangelio ante el mundo de hoy, llevando la esperanza a los pobres, a los que sufren, a los abandonados, a los despreciados, a los desesperados, a quienes tienen sed de libertad, de verdad y de paz. Haciendo el bien al prójimo y promoviendo el bien común, testimoniemos que Dios es amor, como ha manifestado en la Ascensión de Jesús a los cielos. Por el tenor de la vida y el testimonio nuestro, de los cristianos, los hombres de hoy, los que están lejos 0 alejados de la fe, los que no creen, los que pertenecen a otras religiones, los indiferentes, los escépticos, los agnósticos, habrán de descubrir que Cristo es el futuro del hombre, el rostro de Dios que ama a los hombres. El es la única respuesta a las grandes cuestiones del hombre y del mundo. La única respuesta a la sed insaciable de felicidad se llama Jesucristo; la única medicina para el desconcierto y el desasosiego que muchas veces paraliza, bloquea y llena de miseria el corazón humano es Jesucristo. Él es la esperanza de toda persona porque es y da la Vida eterna; Él es la palabra de vida venida al mundo en carne para que los hombres tengan vida; Él nos enseña cómo el verdadero sentido de la vida del hombre no queda encerrado en el horizonte mundano, sino que se abre a la eternidad. Mirando a Cristo, acogiendo a Cristo, siguiendo a Cristo, siento testigos de Él, siendo presencia suya, es como nosotros y todos los hombres, nuestros familiares y vecinos, nuestros contemporáneos y amigos, nuestros compañeros de trabajo o nuestros paisanos, podrán hallar la única esperanza que pueda dar plenitud de sentido a la vida.

La confesión de fe de este día en la Ascensión del Señor nos apremia a acercarnos a Jesucristo que es donde está el verdadero y pleno futuro del hombre y de la humanidad entera, y también la raíz de la nueva cultura de la vida y de la solidaridad, la nueva civilización del amor y de la unidad entre las gentes, la verdadera paz entre los hombres asentada sobre la verdad, la justicia, la libertad y el amor, que anticipan el reino de los cielos cuando Él sea todo en todos. Ningún pueblo y ninguna cultura puede culpablemente ignorarlo sin deshumanizarse; ninguna época puede considerarlo pasado o superado; ningún hombre puede separarse conscientemente de Él sin perderse como hombre. Cristo no es un lujo, no es una opción facultativa y decorativa, una idea ornamental: su presencia o su ausencia, nuestra acogida o nuestro rechazo, tocan lo profundo de nuestro ser y determinan nuestra suerte. El es el Señor y reclama espacios en nuestros pensamientos, en nuestras decisiones, en nuestra vida; nuestra humanidad no se realiza plenamente si no busca crecer en esta vinculación y en este seguimiento de Cristo. Es el Señor y no puede ser enviado fuera de ningún ángulo de la existencia humana. Es el Señor, aunque no se impone a ninguno, sino que se ofrece y propone sin cesar a la libre adhesión de todos para que la alegría de su amor y de su salvación esté en todos, para que los ojos que lo contemplen y le sigan en la fe no miren más al mundo y a la historia con desesperanza. Por eso queridos hermanos, hoy, esta fiesta, este acontecimiento, y las lecturas de la palabra de Dios nos invitan a que demos testimonio, anunciemos y hagamos discípulos de Jesucristo, porque es donde está el futuro y la vida.

Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales

No quisiera acabar esta homilía sin referirme a la Jornada Mundial para las comunicaciones sociales y decir sencillamente. Todos reconocemos el poder que hoy han alcanzado los MCS: el quinto poder. A las nuevas generaciones cada vez las educan menos la familia, la escuela y otras instituciones tradicionales y cada vez influyen más en ellas los MCS. Los medios, qué duda caben, pueden ser un medio colosal al servicio de la verdad que nos hace libres y de una comunicación que estrecha lazos de convivencia y paz. Pero frecuentemente su poder la falsea y degrada, imponiendo la sumisión a poderes y grandes intereses. A los cristianos y a cualquier hombre de bien ha de preocuparle que estos medios sirvan para la comunicación y la paz entre los hombres y para la verdadera liberación de unos y otros: para ello, es necesario, que sirvan a la verdad, la verdad del hombre y de la persona humana, la verdad de la dignidad inviolable de todo ser humano, la verdad que nos hace libres con la libertad verdadera, incluida la libertad religiosa. En ellos está en juego en buena medida el futuro del hombre. Habremos de mantenernos libres, lúcidos y críticos frente a los mensajes e información de estos medios y no aceptar sin más lo que nos den, como por desgracia puede ocurrir. Es necesario caminar en la verdad para no caer en el pensamiento único, que está conduciendo de hecho a una determinada cultura que implanta el relativismo, verdadero cáncer que destruye al hombre y el tejido social. No es infrecuente que incluso se justifiquen ataques, burlas de la fe, a los valores cristianos y a la Iglesia en los medios de comunicación social y en otras manifestaciones culturales o mejor pseudoculturales, que se presentan como exigencias de la libertad de expresión, necesaria, se dice, en una sociedad pluralista, en una democracia libre. Los medios tienen una fuerza inmensa, que puede conducir a la salvación o a la ruina de individuos y pueblos. De ahí lo mucho que importa no tragarse, sin juicio ni discernimiento, cuanto nos imponen, y sobre todo, poner estos medios al servicio de una sana opinión pública, sobre todo en materias de vital importancia, como el valor de la vida, la estabilidad y fecundidad de la familia, la paz y la guerra, los derechos humanos, la religión y la moral. Los medios al servicio de la verdad, al servicio del hombre, al servicio de la convivencia, al servicio de la libertad, y dentro de la libertad la libertad religiosa sin la que no hay posibilidad de vivir en libertad.

A propósito de la libertad religiosa acaba de decir el Papa en la ONU: "Los derechos humanos deben incluir el derecho a la libertad religiosa, entendido como expresión de una dimensión que al tiempo individual y comunitaria, una visión que manifiesta la unidad de la persona, aun distinguiendo claramente entre la dimensión de ciudadano y la de creyente... Es inconcebible que los creyentes tengan que suprimir una parte de sí mismos -su fe-para ser ciudadanos activos. Nunca debería ser necesario renegar de Dios para poder gozar de los propios derechos. Los derechos asociados con la religión necesitan protección sobre todo si se los considera en conflicto con la ideología secular predominante o con posiciones de una mayoría religiosa de naturaleza exclusiva. No se puede limitar la plena garantía de la libertad religiosa al libre ejercicio del culto, sino que ha de tener la debida consideración pública de la religión y, por tanto, la posibilidad de que los creyentes contribuyan a la construcción del orden social. A decir verdad, ya lo están haciendo, por ejemplo, a través de su implicación influyente y generosa en una red de iniciativas, que van desde las universidades a las instituciones científicas, escuelas, centros de atención médica y a organizaciones caritativas al servicio de los más pobres y marginados. El rechazo a reconocer la contribución a la sociedad que está enraizada en la dimensión religiosa y en la búsqueda del Absoluto -expresión por su propia naturaleza de la comunión entre personas- privilegiaría efectivamente un planteamiento individualista y fragmentaría la unidad de la persona" (Benedicto XVI). Este es el testimonio que Dios nos pide hoy.