Año 2008 / Semana Santa


EL MISTERIO SUPREMO DE NUESTRA FE

 

Homilía en la Jornada Eucarística del Jueves, 22 de junio

S. I. Catedral Primada

      Muy querido Sr. Arzobispo de Morelia (Méjico), D. Alberto Suárez, bien venido, muchas gracias por su presencia; Sr. Obispo Auxiliar de Toledo, muy querido D. Carmelo. Queridos Sr. Deán y miembros del Cabildo Catedral; queridos hermanos sacerdotes y diáconos. Muy estimadas y dignas autoridades civiles y militares, muchas gracias por participar en esta celebración tan entrañada en el pueblo toledano. Saludo con todo afecto y deferencia también a los religiosos y religiosas, a los miembros de las distintas asociaciones de fieles, Hermandades, Capítulos, Cofradías, movimientos eucarísticos y apostólicos. Un saludo lleno de gozo al Seminario Mayor y Menor, tan vinculados a la Eucaristía, y esperanza de nuestra diócesis. ¿Cómo dejar de saludaros singularmente con especial afecto y cariño a vosotros los enfermos, los niños y los jóvenes, preferidos del Señor, en este día suyo? Muy queridos todos, hermanos y hermanas en este día de fiesta en que Toledo, dentro de su tradición, que anticipa la solemnidad litúrgica del Corpus Christi.

      Hoy, mañana, el domingo, estos días de Corpus, reafirmamos con gran gozo nuestra fe en la Eucaristía, el Misterio que constituye el corazón de la Iglesia, en el que se contiene "el don que Jesucristo hace de sí mismo, revelándonos el amor infinito de Dios por cada hombre" (SC 1). Cumpliendo el mandato de Jesús, los cristianos proclamamos hoy en nuestras calles ante la mirada de las gentes, como si fuese desde los terrados -en frase de Jesús- y a los cuatro vientos, lo que vivimos y escuchamos en el interior: el misterio eucarístico de la Cena del Señor. No podemos silenciarlo ni podemos ocultarlo; seríamos de otra suerte infieles a los hombres. Porque el sacramento eucarístico es para todos, la Iglesia quiere, los cristianos queremos con ella, que todos los hombres participen de él y se alimenten de él, porque es el Amor de los amores, Dios con nosotros, y así entren en nuestra alegría. De aquí brota la alegría cristiana, la alegría del amor y de ser amados. Sí, hermanos, el misterio eucarístico "alimenta en los creyentes de todas las épocas la alegría profunda, que está íntimamente relacionada con el amor y la paz y tiene su origen en la comunión con Dios y los hermanos" (Benedicto XVI, Ángelus IV Domingo de Cuaresma, 18  de marzo, 2007). Por eso su paso en la procesión por nuestras casas, nuestras plazas y nuestras calles, para todos los que viven aquí, en Toledo, o nos visiten será un ofrecimiento de vida inmortal, de alegría verdadera, de paz y de amor. Este pasar suyo por nuestra ciudad entraña la certeza de fe -sin duda, la mayor de todas las certezas- de que tenemos al Señor a nuestro lado, que no nos deja, que camina entre nosotros y que nosotros estamos con Él, caminamos con Él sostenidos por la esperanza de poderlo ver un día cara a cara en el encuentro definitivo y plenificador de la gloria eterna.

      Con admiración, asombro y alegría incontenible la comunidad cristiana, la Iglesia, este día, y siempre, adora y contempla el misterio supremo de nuestra fe, la presencia real de nuestro Señor Jesucristo en el Sacramento del altar. Él ha querido quedarse con nosotros y ser el corazón latente de la Iglesia. En este sacramento está todo y de él brota todo. Esta fiesta que, por otra parte, está en lo más hondo, más propio e identificador de Toledo "es singular y constituye -por encima de todo- una importante cita de fe y de alabanza para toda comunidad cristiana". Como bien sabéis, "nació con la finalidad precisa de reafirmar abiertamente la fe del pueblo de Dios en Jesucristo vivo y realmente presente en el Santísimo Sacramento de la Eucaristía. Es una fiesta instituida para adorar, alabar y dar públicamente las gracias al Señor, que en el Sacramento eucarístico sigue amándonos hasta el extremo, hasta el don de su cuerpo y de su sangre" (Benedicto XVI, Homilía en la solemnidad del Corpus Christi, 7 de junio, 2007).

      Por eso se adornan y se embellecen nuestras calles, con esa galanura incomparable que recrea y enamora, estos días tan únicos y singulares; por eso los caballeros de los distintos capítulos y hermandades se visten con esos trajes tan admirables; por eso fueron hechos y por eso se sacan una vez al año, estos días, esos tapices admirables de la catedral primada; por eso el entoldado del recorrido procesional como un ininterrumpido palio de honor al Señor; por eso nuestros queridos militares le rinden armas y custodian; por eso mismo esa custodia de Arfe, inigualable: porque pasa el Señor, porque se muestra al Señor, Dios mismo entre nosotros. La fiesta de Corpus es el Señor, es el "día del Señor", es la fe en Jesucristo. Todo carecería de sentido, todo sería espectáculo que acaba en el vacío, sin Jesucristo sacramentado, sin su presencia real y verdadera. Esta es la verdad del Corpus. Subrayo, es fiesta de fe, fiesta del Misterio de nuestra fe, que reclama el vivirla con fe e invita a reavivar y fortalecer gozosamente la alegría de la fe. La solemnidad de Corpus, los signos externos estéticos, la convocatoria de tantas gentes que se agolpan en nuestras calles, la maravillosa liturgia de la Catedral, la intensidad de los sentimientos, todo, invita a que los creyentes reflexionemos sobre la divina presencia en la Eucaristía, celebrada y custodiada, y exhorta a dejarnos envolver y asombrar por esta realidad.

¡Dios está con nosotros! ¡Porque Cristo está con nosotros! Porque los signos sacrosantos de la Eucaristía no son sólo símbolos y figuras evocadoras de Cristo, o modos indicativos de su afecto y de su acción con aquellos comensales de la última y venerable Cena en Jerusalén, sino que aquí y ahora lo contienen a Él mismo en persona, contienen a Cristo, vivo y verdadero, y lo muestran presente como Él está vivo en la gloria eterna, pero aquí hecho presente en el acto de su sacrificio y de su inmolación por los hombres, a los que hace partícipes por él, hoy, de los dones de la redención. Sé que enunciando tal realidad, estoy enunciando un misterio. Afirmando la verdad que la Iglesia católica profesa acerca de la Eucaristía se está tocando una realidad misteriosa que rebasa nuestra comprensión, pero que es real y verdadera, que es algo que nos trasciende y maravilla, y que es el nudo, el núcleo de la fe y de la vida: Cristo realmente presente en el sacramento eucarístico.

      Hoy, estos días de Corpus renovemos y, con la ayuda del Señor, fortalezcamos nuestra fe, que es la fe de la Iglesia. Hermanos, os invito a todos, hombres y mujeres de nuestro siglo, a fijar vuestra atención en este antiguo y siempre nuevo mensaje, que la Iglesia repite a todas horas: Jesucristo, vivo y oculto en el signo sacramental que nos lo ofrece,  está realmente presente. No es una palabra vana, no es sugestión supersticiosa, o fantasía mística; es la verdad, no menos real, si bien colocada en un plano diverso de aquellas que todos nosotros, educados en la cultura moderna, andamos explorando, conquistando y afirmando acerca de las cosas que nos rodean, y que, conocidas, dan el sentido de las verdades seguras, positivas, y, por lo demás, útiles: las verdades científicas.

      Se puede comprender que algunos, como hijos de nuestro tiempo y de una mentalidad cientifista e instrumental, sólo se queden en ese plano del conocimiento, y se encuentren perplejos y hasta contrariados por esta realidad que reconoce y profesa la fe católica. "Precisamente porque se trata de una realidad misteriosa que rebasa nuestra comprensión, no nos ha de sorprender que también hoy a muchos les cueste aceptar la presencia real de Cristo en la Eucaristía. No puede ser de otra manera. Así ha sucedido desde el día en que, en la sinagoga de Cafarnaum, Jesús declaró abiertamente que había venido para darnos en alimento su carne y su sangre (Cf Jn 6, 26-58). Ese lenguaje pareció 'duro' y muchos se volvieron a atrás. Ahora, como entonces, a Eucaristía sigue siendo 'signo de contradicción' y no puede menos de serlo, porque un Dios que se hace carne y se sacrifica por la vida del mundo pone en crisis la sabiduría de los hombres. Pero con humilde confianza la Iglesia hace suya la fe de Pedro y de los demás Apóstoles, y con ellos proclama, y proclamamos nosotros: 'Señor, ¿a quién vamos a ir? Tú tienes palabras de vida eterna' (Jn 6,68). Renovemos también nosotros estos días de Corpus la profesión de fe en cristo vivo y presente en la Eucaristía. Sí, es certeza para los cristianos: el pan se convierte en carne, y el vino en sangre" (Benedicto XVI, Homilía en la solemnidad del Corpus Christi, 7 de junio, 2007) de Cristo. La Eucaristía es alimento que sostiene a los bautizados en Cristo, hijos de Dios en el largo camino del éxodo a través del desierto de la existencia humana. Que Dios nos conceda avivar y fortalecer esta fe y alimentarnos de este Pan, el Cuerpo de Cristo, para la vida eterna. Ahí está nuestro futuro, nuestra gran esperanza. ¡Ven, Señor Jesús!