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Año 2008 / Semana Santa |
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"SACRAMENTUM CHARITATIS"
Alocución del Sr. Cardenal Arzobispo en la Plaza de Zocodover con ocasión de la Jornada Eucarística del jueves, 22 de junio Cada año, Toledo reaviva en un esplendor inigualable lo que lleva en su entraña más propia y profunda: la fiesta del Corpus Christi, y, así, su fe eucarística. Es nuestro mejor y más inabarcable tesoro, nuestra más grande riqueza. En el misterio que, con tan grande devoción e inigualable belleza celebra Toledo estos días de Corpus, se concentra y resume toda la historia de Dios con el hombre, la entera historia de amor de Dios en favor de los hombres, ahí como la grandeza y dignidad de todo hombre así querido y amado. En ese Cuerpo que se pone a la adoración y contemplación de todos en la custodia de Arfe está el acontecimiento central de la historia del mundo y que atañe de manera tan decisiva como única a cada hombre. Todo está ahí y todo se resume ahí. Toledo sabe que esto es así, así lo ha conservado lleno de vida a lo largo de siglos, y así quiere reavivarlo con mayor intensidad de fe año tras año, como lo muestra en testimonio irrefutable esta manifestación de fe de esta misma mañana. Porque de manifestación de fe se trata. De fe en la presencia real de Jesucristo vivo en el pan eucarístico, el mismo que nació de María Virgen, en tiempos de Augusto; el mismo que fue crucificado en tiempos de Poncio Pilato; el que es el Hijo de Dios venido en carne, en gesto supremo de amor por los hombres. Él está aquí. Dios está aquí. Es posible que algunos, tal vez muchos se pregunten: "¿cómo puede ser eso, cómo puede ser así? ¿Cómo puede ser tal cosa, que nos lleva fuera de toda experiencia ordinaria, de todo conocimiento habitual del mundo físico, de toda posibilidad de control sensible?". La educación mental de nuestro tiempo, en efecto, habitúa el pensamiento a certezas concretas y no superiores a su capacidad cognoscitiva; la duda y la crítica negativa que viene después, con una cierta mentalidad agnóstica y escéptica que se origina o la facilidad para la negación tanto especulativa como práctica frente a la religión, conducen con frecuencia a aquella misma situación de indiferencia o negación de los interlocutores de Jesús ante su afirmación de ser Él Pan de Vida en Cafarnaum: "Este discurso es duro? ¿Quién lo puede aceptar?" (Jn 6, 60). Nosotros los creyentes, también somos hombres de nuestro tiempo, con la mentalidad propia de nuestra cultura, y sin embargo creemos, sabemos con la certeza de la fe, que no es menor que cualquier otra certeza, de que es así la verdad eucarística. Por eso estamos aquí; por eso siglos y siglos adoramos, como esta mañana en Zocodover, al Santísimo, Hijo de Dios vivo. Cierto, es un misterio; es decir, una verdad de otro orden que el de la lógica común y del conocimiento derivado de la experiencia sensible; pero es una verdad, garantizada por la palabra del maestro, Jesucristo, una palabra que tiene a poner en función, en nuestro espíritu, un particular modo de aprender y de adherirse a verdades superiores a su inteligencia normal; un particular modo de aceptar y de vivir una palabra, que por sí se justifica y lleva consigo una secreta atractiva garantía de seguridad, sostenida por argumentos plausibles y razonables; un particular modo de empeñar y comprometer nuestro ser para acoger una verdad que se afirma equivalente a la Vida; este modo se llama fe. La fe que necesitamos para abrirnos al don de Dios, que es amor, centro y fundamento de toda la existencia humana, firmeza para una esperanza grande. La Eucaristía es el misterio de la fe. Luz vivísima, luz dulcísima, luz ciertísima para el que cree. Quien la acoge, elige. Elige con la vigorosa expresión de Pedro: "Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú eres el santo de Dios, Tú tienes palabras de vida eterna". Hermanos queridísimos, hoy es ocasión para renovar esta elección, la elección de Cristo que ponche delante de nosotros, no sólo la confesión de fe en esta verdad eucarística, sino la elección por Él mismo, por toda su persona, por todo su mensaje: Él es el camino, la Verdad y la Vida. El es el amor y la misericordia. El es la verdad y el futuro del hombre, de la humanidad y de todos los pueblos; una verdad trascendente y profundamente apta para iluminar el camino de la humanidad, esta es la riqueza de la Iglesia que ofrece a la humanidad para que se ponga en camino hacia una esperanza grande, inseparable del amor, y de la realización de la verdad en el amor. Se trata de una oferta libre y liberadora hecha a hombres libres: la verdad que nos hace libres. Se trata de una oferta gratuita y desinteresada, como aquella que de un Amor infinito saca su principio y su fin; es oferta que no humilla la mente del hombre, si bien la eleva a una visión superior; es oferta que no molesta el ejercicio de su propio pensamiento humano ni impide en su natural y honesta fatiga el trabajo, ni disminuye la actividad temporal en sus conquistas seculares, sino que más bien ilumina y conforta al hombre que llena su jornada de la vida de obras dignas; es oferta que no disminuye o paraliza el desarrollo social, ni aliena al hombre de sus legítimas aspiraciones vitales, sino que trae consigo el eterno y gozoso mensaje evangélico, de consuelo y esperanza para todo humano dolor, y de estímulo para todo compromiso debido de justicia, de paz, de convivencia entre los hombres, de defensa de la vida, de empeño por garantizar y promover los derechos inalienables del ser humano que le corresponden por su dignidad inviolable, de compromiso total por una nueva cultura de la vida y de la solidaridad, y por una nueva civilización del amor. La celebración de esta fiesta invita a recordar, avivar, meditar, contemplar y adorar esos días de Corpus -y siempre- el decisivo acto de amor con el que Jesús, en aquella imperecedera Cena, la noche antes de su Pasión, anticipó su propia muerte, la aceptó en su interior y la transformó en un acto de amor, en la única revolución realmente capaz de renovar al mundo y de liberar al hombre. En el Cuerpo de Cristo su muerte en cruz, de por sí violenta y absurda, se ha transformado en un supremo acto de amor y liberación definitiva del mal para la humanidad. Por eso la singularísima belleza de sus procesiones y la extraordinaria obra de arte, incomparable y única, de la custodia de su catedral: Para Dios lo mejor, para expresar los sentimientos de fe lo más bello, para que todos nos adentremos en el Misterio que se expone en el recorrido de nuestras calles. Se trata de lo más grande y un pueblo de fe como es el toledano lo expresa como en pocos sitios se hace: lo más grande es el Sacramento del Amor de los Amores."Sacramento de caridad, la Santísima Eucaristía es el don que Jesucristo hace de sí mismo revelándonos el amor infinito de Dios por cada hombre. En este admirable Sacramento se manifiesta el amor 'más grande', aquél que impulsa a 'dar la vida por los propios amigos'. En efecto, Jesús 'los amó hasta el extremo'. En el Sacramento del altar, el Señor va al encuentro del hombre, creado a imagen y semejanza de Dios, acompañándole en su camino: el camino de nuestras esperanzas y de nuestros gozos, de nuestras alegrías y de nuestras tristezas, de nuestros trabajos y de nuestros sufrimientos. El pasa por nuestras calles, por nuestras sendas, nuestras vías y como en galilea o en judea, pasa haciendo el bien, y curando al hombre necesitado de curación. En efecto, en este Sacramento el Señor se hace comida para el hombre hambriento: hambriento de amor, de salud, de felicidad, de esperanza, de vida, de Dios, de libertad."Así, como afirmó el Papa el pasado año en la fiesta de Corpus en Roma, para toda generación cristiana la Eucaristía es el alimento indispensable que la sostiene mientras atraviesa el desierto de este mundo, aridecido por sistemas ideológicos y económicos, que no promueven la vida, sino que más bien la mortifican; un mundo donde domina la lógica del poder y del tener, más que la del servicio y del amor; un mundo donde no raramente triunfa la cultura de la violencia y de la muerte. Pero Jesús sale al encuentro y nos infunde seguridad: Él mismo es el 'pan de vida' ", para todos y que nos lleva a dar pan a todos como ocurrió en la multiplicación de los panes, anticipación de la Eucaristía. Y puesto que sólo la verdad nos hace auténticamente libres, Cristo, Pan de Vida, se convierte para nosotros en alimento de la Verdad... Todo hombre lleva en sí mismo el deseo inevitable de la verdad última y definitiva. Por eso, el Señor Jesús, 'el camino, la verdad y la vida', se dirige al corazón anhelante del hombre que suspira por la fuente de la vida, al corazón que mendiga la Verdad... En particular, Jesús nos enseña en el sacramento de la Eucaristía la verdad del amor, que es la esencia del mismo Dios. Ésta es la verdad evangélica que interesa a cada hombre y a todo el hombre... Por eso la Iglesia, cuyo centro vital es la Eucaristía, se compromete a anunciar a todos, 'a tiempo y a destiempo', que Dios es amor" (Benedicto XVI). Por esto es tan importante la fiesta del Corpus Christi. Por eso la comunidad cristiana toledana quiere e invita celebrarla con la máxima verdad. Por ello mismo y por el bien de todos no quiere dejare que se trivialice, mundanice o pierda su sentido más propio, siempre religioso. Por eso, como pueblo de Dios, como Iglesia que es, busca que cada año esta fiesta sea más grande, más religiosa, más intensa y extensamente vivida, más honda, más interiorizada, y más esplendorosa. El presente y el futuro de la Iglesia está en la Eucaristía; y no disparato al decir que el presente y el futuro del mundo así mismo está en la Eucaristía, en el Cuerpo de Cristo entregado por nosotros; el presente y el futuro de la aportación propia de la Iglesia a la humanidad está en la Eucaristía. Avivar y fortalecer la fe eucarística y el sentido eucarístico, es un gran servicio por el que todo toledano de bien, todo hombre que sienta la Iglesia y ame a los hombres, se congratula, como me congratulo lleno de gozo, admiración, y esperanza.
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