Año 2008


HOMILÍA EN LA ORDENACIÓN SACERDOTES Y DIÁCONOS

S. I. Catedral Primada

6 de junio de 2008

Queridos hermanos y hermanas: Todos nosotros, toda la Iglesia diocesana, se une esta mañana a la alegría y a la acción de gracias de Jesús ante el Padre de los Cielos en el relato evangélico proclamado. Con Jesús, damos gracias a Dios y le bendecimos porque aquí, en medio nuestro, hoy está haciendo también grandes maravillas. Por pura benevolencia suya, porque así le ha parecido mejor en la inmensidad de su gracia, se ha querido manifestar a estos veinticuatro jóvenes por diversos medios y caminos, en la Iglesia y en diversas experiencias de vida, les ha salido a su encuentro en la persona de Jesús, y en Él y por Él se les ha dado a conocer. Ellos han seguido a Jesús, se han ido con Él, lo han escuchado, han estado con Él a lo largo de años de formación. Él mismo los ha elegido y llamado a estos veinticuatro jóvenes para que estuvieran con Él y para ser enviados a manifestar la misericordia desbordante del Señor mediante un ministerio de curación y de proclamación del venturoso anuncio de la gracia y de la salvación. Damos gracias a Dios y, con gozo inmenso, le alabamos porque han sido sencillos de corazón y han escuchado la voz de Jesús: "Venid a mí, aprended de mí". Han ido junto a Él con un corazón abierto. Y Él, esta mañana, por su Espíritu Santo los constituye sacerdotes y diáconos, presencia sacramental suya, con la misión de invitar a los hombres y hacerles posible que vayan, se acerquen a Jesús, aprendan de Él, gusten de Él, hallen en Él el descanso y el sosiego, encuentren a Dios, participen de su perdón y misericordia, gocen de la su salvación, y así hallen la paz y la dulzura de su amor, de su ternura de la plenitud de la verdad que nos devuelve la libertad y llena de felicidad y alegría, en medio de los dolores y pobreza de este mundo. ¿Cómo callar hoy y no dar gracias por el don de estos doce diáconos y doce sacerdotes?  Porque son don, regalo de Dios. Uno no es sacerdote por sí mismo, ni gracias a su propio poder o capacidad, sino en virtud de un don del Señor, que siempre sigue siendo un don y nunca se convierte en propiedad suya o en un poder personal. El nuevo sacerdote acepta el don y el cometido del sacerdocio como un don que proviene de otro, de Cristo, y sabe que sólo puede y debe ser un administrador de los misterios de Dios, un buen administrador de las gracias de Dios, poner sus manos en las de cristo, confiándose a Él y ofreciéndole sus propias manos para que sean las suyas. Los entendidos de este mundo no entiende esto. Los sencillos conforme al corazón y la mira de Dios, los de sencillez evangélica, sí lo entienden. Por eso damos gracias, infinitas gracias a Dios

                En el Evangelio proclamado este domingo, providencialmente en esta ordenación, Jesús nos invita a que vayamos a Él, invita a todos, pero de modo muy particular a vosotros jóvenes que vais a recibir el sacramento del Orden, en el grado de diáconos o de presbíteros. En Él está el sosiego del corazón del hombre, su verdadero descanso. Por eso, jóvenes ordenandos, no queráis ir a otro que a Jesús: "Sólo Él tiene palabras de vida eterna". A Jesús humilde, que se despojó de su rango y se rebajó hasta la muerte y una muerte de Cruz en obediencia; a Jesús manso de corazón, como el Cordero sin mancha que quita el pecado del mundo, el Cordero degollado por nuestros delitos que es inmolado por todos los hombres.

                Recordad por ello, en este año paulino, a San Pablo, y, con él no queráis ir a otro ni saber otra cosa que a Cristo y a Éste crucificado: rebajado en obediencia hasta lo último de una cruz redentora. Que siempre podáis decir con Pablo: "Para mí la vida es Cristo; todo lo estimo pérdida y basura comparado con el conocimiento de Jesucristo, mi Señor"; que sea El quien viva en vosotros; que os gane su amor enteramente, que os seduzca por completo. Vuestra condición particular, individual, debe desaparecer para dar cabida a Cristo: en nombre de cristo. No somos los sacerdotes los que importamos, sino Cristo, y nada más que Cristo. No somos nosotros los que nos comunicamos, sino que hemos de comunicar a Cristo, convertirnos en instrumentos de cristo: no actuamos por nosotros mismos, sino como mensajeros, como presencia de otro, de cristo, in persona Christi. El misterio de Cristo es, en efecto, el fundamento absoluto de todo nuestro ser y de nuestro quehacer como ministros ordenados, de nuestra persona y vida sacerdotal.

                Esto es lo fundamental y primero en estos momentos nuestros como sacerdotes y en el mundo que vivimos: conocer, amar, seguir y vivir a Cristo con la Cruz; y, así, hacer que sea conocido y amado por los demás; ayudarnos nosotros, sacerdotes, mutuamente a esto, como hermanos. Si de verdad nos hemos sentido llamados a evangelizar, ser animadores y guías-pastores de nuestras comunidades, todo en nosotros, como en la Iglesia, en el cristianismo, habría de estar marcado por la centralidad de la persona viva y real de Jesucristo. Sin Él nada somos, y nada podemos hacer.

                En el cristianismo, y más aún en nuestra existencia sacerdotal -por la ordenación presencia sacramental de Cristo sacerdote, cabeza y pastor de la Iglesia- todo se cifra en la relación de fe y de amor con Cristo, el Hijo de Dios encarnado, que murió y venció a la muerte y vive para siempre. Es preciso recordarnos y decirnos una y otra vez que el cristianismo no es un sistema de ideas, ni una mera serie de obligaciones morales que se actualizan, seleccionan, y "aggiornan" en el sucederse de los tiempos. No, no es eso. Es la irrupción y aparición en la historia de esta Persona divina, Jesús, Salvador y Mesías de Dios, en la que se revelan las profundidades de Dios, su Verdad, y la verdad del hombre, la grandeza de ser hombre, la sublimidad de su vocación. En Él, nos revela las entrañas de su intimidad y de su misericordia, los secretos de su amor, nos habla como amigos, y nos dice: "Venid a mí, y encontraréis consuelo y contento". En Él, hoy, como hace dos mil años, se siente una presencia singular siempre consoladora para los cansados y agobiados, para los pecadores necesitados de misericordia que acabamos de escuchar con gozo: "Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde corazón, y encontraréis vuestro descanso. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera" (Mt 11, 30).

                No olvidéis, queridos ordenandos, las palabras de San Pablo cuando introduce el himno de Filipenses: "Tened los mismos sentimientos de Cristo Jesús". Esto es: "Pensad, sentid, amad como Cristo Jesús; obrad, conversad y hablad como Él; conformad, en una palabra, toda vuestra vida con la de Cristo; revestíos de Cristo Jesús ha de ser vuestra ocupación esencial". Adherirnos enteramente y vincularnos por completo a la persona de Jesús, nuestro único y sólo Señor y maestro, es nuestra mayor dicha y nuestra identidad más propia. Si uno se queda detenido en ideales y valores por muy atractivos que sean, y no se encuentra con la persona misma de Jesucristo, la ama por encima de todo, y se confía enteramente a Él, como a su Señor y Dueño, como a su Salvador, no es en sentido estricto un cristiano. Pero, ¡cuánto más aún nosotros sacerdotes!. Todo cristiano tiene en esto una llamada y responsabilidad propia; pero nosotros sacerdotes tenemos y sentimos una llamada y responsabilidad aún más grande y singular. El amor a Cristo tiene que ser el centro de nuestra vida y de nuestra obra: un amor a Cristo que cautive y arrebate a los hombres ganándolos para el Evangelio.

                A nosotros, sacerdotes, más que a ningún otro se nos pide a Cristo, que les mostremos a Cristo, que los llevemos a Cristo, que les entreguemos a Cristo. "Queremos ver a Jesús' (Jn 12, 21), le piden unos peregrinos en Jerusalén al apóstol Felipe. Como aquellos peregrinos de hace dos mil años, los hombres de nuestro tiempo, quizá no siempre conscientemente, piden hoy a los sucesores de los apóstoles, como a Felipe, es decir a los sacerdotes, no sólo 'hablar' de Cristo, sino en cierto modo hacérselo 'ver', llevarlos a él para que junto a Él, aprendan a vivir y encuentren el descanso, la paz, la dicha. "¿No es quizá cometido de la Iglesia reflejar la luz de Cristo en cada época de la historia y hacer resplandecer también su rostro ante las generaciones del nuevo milenio?" (NMI 16). Sólo acudiendo a Cristo, estando con Él, se puede ser testigos de Jesucristo, que sigue presente, vivo, operante en la historia, a través nuestro, y quiere encontrarse con los hombres y mujeres de nuestro tiempo por medio nuestro.

                Es necesario, queridos hijos que vais a ser ordenados sacerdotes y diáconos, es necesario, queridos hermanos sacerdotes, que vayamos a Jesús y aprendamos de Él, que nos configuremos cada día más con Él hasta la identificación con El, de tal manera que cuando los hombres nos oigan sigan oyendo a Cristo, y cuando nos vean sigan viviendo al mismo Cristo. Los sacerdotes deberíamos ser vistos siempre como presencia de Cristo, servidores suyos; nuestra misión es la misión de Cristo; nuestro mensaje es el mensaje de Cristo; lo que los sacerdotes tenemos que decir y hacer es lo que Cristo vino a decir y hacer en favor nuestro. Somos Cristo en medio de los hombres. Nuestra vida sacerdotal es, en la fuerza del Espíritu, un continuo camino de configuración con Cristo, sacerdote, cabeza y pastor de la Iglesia, humilde y manso de corazón. De nuestra configuración con El brotará la eficacia de nuestro ministerio, y no de ninguna otra parte.

                El Espíritu Santo en virtud de la fuerza del sacramento del orden, nos configura con Jesucristo Sacerdote, Cabeza y Pastor de la Iglesia. El Paráclito nos hace semejantes a Cristo para que, con su fuerza vivificadora y santificadora, nos vayamos identificando dócilmente con el Señor. Recibimos el Espíritu Santo para ser hombres del Espíritu, que siguen a Jesucristo, configurados con El por el Espíritu: con su persona y con su misión.

                El sacerdote, por la acción del Espíritu, está llamado y es ungido para identificarse con Cristo, Hijo de Dios,  en su confianza,- en su obediencia, en su identificación con el querer del Padre, que quiere que alcance a todos su amor y que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad. Ser Hijo de Dios es ser de Dios; los sacerdotes estamos llamados a ser primariamente "hombres de Dios", "amigos fuertes de Dios", y así cultivar la experiencia de Dios, la vida teologal, la interioridad, la oración. El Espíritu Santo actúa en nosotros, sacerdotes, para que nos unamos y conformemos con Cristo humilde: se despojó de su rango, pasó por uno de tantos, se rebajó hasta lo último, vino como siervo y servidor: lo nuestro es servir; pasar por uno de tantos, insertos en el mundo, solidarios de los hombres, sin desdeñar el llamar hermanos a los hombres y sin buscar ningún brillo o "relumbre" mundano. Es el mismo Espíritu el que ha ungido a Cristo pobre, el que siendo rico se hizo pobre por nuestro amor, el que fue ungido para traer la buena noticia a los pobres y hacer de ellos el objeto de su predilección, el que manifestó que el bien supremo es Dios y su Reino; por eso, los sacerdotes, configurados con Cristo por el Espíritu, somos ungidos para que, viviendo la pobreza evangélica, sigamos el camino que proclama dichosos a los pobres, a los últimos, a los desheredados de la tierra, a los marginados de todo tipo. El Señor, además, yendo en contra de la que se puede considerar cultura dominante de su tiempo, ha elegido libremente vivir célibe: en su seguimiento, nosotros sacerdotes, lo dejamos todo para cumplir su misión, nos unimos enteramente a El con un corazón indiviso para dedicarnos más libremente al servicio de Dios y de los hombres, entregarnos enteramente a la Iglesia, a la que Cristo amó y por la que se entregó hasta el extremo; recibimos este carisma del celibato por el Reino de los cielos para vivir consagrados enteramente a la Iglesia, amarla y entregarnos a ella. Con Cristo, Buen Pastor, que ha venido a servir y dar la vida por todos, somos llamados a servir, motivados exclusivamente por la caridad pastoral; el servicio de Jesús llega a su plenitud con la muerte de cruz. Por esto nuestra fidelidad a Cristo, y a semejanza de El, nuestra misión es servir, ser servidores y administradores de los dones de Dios Servicio, de manera muy principal, y servir a los pobres: somos llamados a estar al lado de los más débiles y desvalidos, a defender la vida en todas las fases de su existencia, ser solidarios con los esfuerzos por lograr una sociedad más justa y respetuosa de la dignidad de todo ser humano, cercanos a los que sufren y lloran, defensores de los que no tienen voz, inclinados ante los pequeños, ante los pecadores y marginados de cualquier clase, según el modelo ofrecido por Jesús en su ministerio profético y sacerdotal. Servir, como Cristo Pastor, que siente compasión de las gentes, porque están cansadas y abatidas, como ovejas sin pastor, que busca a las dispersas y descarriadas y se alegra al encontrarlas, las recoge y defiende, las conoce y las llama una a una, las conduce a los pastos frescos y a las aguas tranquilas, y prepara para ellas una mesa alimentándolas con su propia vida: su palabra, sus sacramentos, singularmente de la Eucaristía, su amor. Servir, como el Buen Samaritano, a todo hombre herido, despojado, abandonado y necesitado. Servidores así, los sacerdotes hemos de estar atentos a esa gran pobreza y herida de nuestro tiempo -la más cruel y mayor indigencia- que es la falta de sentido, el vacío y la desesperanza, el alejamiento de Dios y el rechazo por parte de tantos contemporáneos nuestros, especialmente entre los más jóvenes de nuestra sociedad; no hay mayor pobreza que no tener a Dios. No tenemos oro ni plata pero se nos ha confiado una gran riqueza: Cristo; y en nombre de Cristo, hemos de ayudar a los caídos y "tullidos" de nuestro tiempo a que se levanten con esperanza y ánimo. Servir, de manera principal, con el anuncio y la entrega del Evangelio, como el mismo Cristo, cuya misión es la de anunciar el Evangelio en su persona, en sus hechos, en su palabra: evangelizar es el servicio y la misión del sacerdote por excelencia, urgida de manera especial hoy. Entregar a los hombres a Cristo, ésa es nuestra misión: entregarlo con la Palabra de la predicación, de la catequesis y las diversas formas de anuncio del Evangelio; entregarlo con los sacramentos, ya que en todos ellos es Cristo mismo quien actúa y hace presente su obra salvadora y redentora; entregarlo con nuestro amor generoso, con nuestra caridad pastoral, y entregarlo, sobre todo -ahí está toda la razón de ser de nuestro ministerio-, en la Eucaristía: entregarlo enteramente, en persona -su carne- para la vida del mundo.