Año 2008


ASUNCIÓN DE LA VIRGEN MARÍA

NUESTRA SEÑORA DEL SAGRARIO

 

Homilía en el S. I. Catedral Primada

15 de agosto de 2008

Querido hermano Obispo de Guadix, D. Juan García Santacruz, hermanos sacerdotes, muy queridos sacerdotes del Cabildo Catedral y del presbiterio diocesano; estimados Sr. Alcalde y miembros de la Corporación Municipal de Toledo, muy apreciadas autoridades; hermanos y hermanas de la Cofradía de Nuestra Señora del Sagrario, muy queridos todos en el Señor: Un año más, con gozo y acción de gracias, celebramos la fiesta de Nuestra Patrona, la Virgen del Sagrario, en el día en que la Iglesia celebra la solemnidad de la Asunción de Nuestra Señora en cuerpo y alma al cielo. Ella, una de nuestro linaje, está completamente con Dios, Ella ha entrado ya en la total comunión con Cristo, su Hijo resucitado, vencedor para siempre de la muerte. A esa comunión le corresponde una nueva corporalidad que nos resulta difícil de imaginar, aunque es muy real. En Ella tenemos el gran signo de consolación y de esperanza para todos, es el signo de la victoria del amor, de la victoria del bien, de la victoria de Dios; en Ella contemplamos ya nuestro futuro anticipado en Cristo, el futuro de los que Dios ama y de los que, fieles, aman a Dios; así se nos abre la gran esperanza, don de Dios inseparable de todo hombre, y que a todo hombre se ofrece. Día para la esperanza: por un lado, la protección cierta de nuestra Madre María, madre de la vida, madre del Amor, madre de Dios, que nunca nos deja y que nos lleva a las entrañas y a las fuentes de la misericordia divina; por otro, la Virgen María, unida íntimamente a su Hijo, aparece estrechamente asociada con Él en la lucha contra el enemigo infernal hasta la plena victoria sobre él, con la derrota del pecado y de la muerte que acechan al hombre, desde el primer pecado; finalmente, las lecturas que nos ofrece la liturgia del día nos hablan de la victoria total sobre los poderes del mal, de la resurrección y la vida, de la alegría que suscita el fruto bendito de María, Jesús, y de la grandeza, poder y misericordia inenarrable de Dios salvador de los hombres, que, de generación en generación, levanta a los caídos y humillados de la tierra y derriba del trono a los poderosos que se oponen al amor de Dios, cuyos predilectos son los últimos y que se hace pequeño para engrandecer la humillación del hombre caído.

La primera lectura, del libro del Apocalipsis, nos presenta la imagen de una mujer vestida de sol, con la luna, bajo sus pies y coronada con doce estrellas: se refiere a la Virgen María, tipo de la Iglesia, vestida totalmente de sol, esto es, de Dios, María "vive totalmente en Dios, rodeada y penetrada por la luz de Dios" porque es la toda santa, la llena de gracia, la colmada por el Espíritu Santo, invadida por completo y llena del amor de Dios. "Está coronada por doce estrellas, es decir por las doce tribus de Israel, esto es, por todo el pueblo de Dios", el antiguo y el nuevo pueblo de Dios, la Iglesia, edificada sobre el cimiento de los doce apóstoles, acompañada "por toda la comunión de los santos"; "y tiene bajo sus pies la luna, imagen de la muerte y de la mortalidad", que vino por la instigación del Maligno, representado en la serpiente del primer pecado, que Ella aplasta con su descendencia. "María superó la muerte", unida íntimamente con su Hijo único y a imitación de Él, triunfó sobre la muerte y ha sido glorificada en cuerpo y alma en el cielo; "está totalmente vestida de vida, elevada en cuerpo y alma a la gloria de Dios, así, en la gloria, habiendo superado la muerte, nos dice: ' ¡Ánimo, al final vence el amor! En mi vida dije: ¡He aquí la esclava del Señor! En mi vida me entregué a Dios y al prójimo. Y esta vida de servicio llega ahora a la vida verdadera. Tened confianza; tened también vosotros la valentía de vivir así contra todas las amenazas del dragón" (Benedicto XVI, Fiesta de la Asunción, 2007) .

El dragón es la otra figura que muestra la lectura del libro del Apocalipsis. Cuando san Juan escribió el Apocalipsis, para él este dragón significaba todo el poder omnipresente del Imperio Romano, casi ilimitado y tan grande que "ante él la fe, la Iglesia, parecía una mujer inerme, sin posibilidad de sobrevivir, y mucho menos de vencer... Y, sin embargo, sabemos, venció la mujer inerme... venció el amor de Dios y el Imperio romano se abrió a la fe cristiana". Así ha sido a lo largo de la historia hasta nuestros días: "Parecía imposible que, a largo plazo, la fe pudiera sobrevivir ante este dragón tan fuerte, que quería devorar al Dios hecho niño y a la mujer, la Iglesia". Y siempre, al final, el amor de Dios ha sido más fuerte, ha vencido frente al odio, la violencia el querer eliminar a Dios y devorar el Amor que se ha hecho carne de nuestra carne en una criatura que nace de la Madre, llena de Dios.

"También hoy el dragón existe en formas nuevas, diversas", decía el Papa Benedicto el año pasado este mismo día; y añadía: "Existe en la forma de ideologías materialistas, que nos dicen: es absurdo pensar en Dios; es absurdo cumplir los mandamientos de Dios; es algo del pasado. Lo único que importa es vivir la vida para sí mismo, tomar en este breve momento de la vida todo lo que nos es posible tomar. Sólo importa el consumo, el egoísmo, la diversión. Esta es la vida. Así debemos vivir. Y, de nuevo, parece absurdo, parece imposible oponerse a esta mentalidad dominante, con toda su fuerza mediática, propagandística. Parece imposible aún hoy pensar en un Dios que ha creado al hombre, que se ha hecho niño y que sería el futuro dominador del mundo. También ahora este dragón parece invencible, pero también ahora sigue siendo verdad que Dios es más fuerte que el dragón, que triunfa el amor y no el egoísmo. . .Ciertamente, vemos cómo también hoy el dragón quiere devorar a Dios que se hizo niño. No temáis por este Dios aparentemente débil. La lucha es algo ya superado. También este Dios débil es fuerte: es la verdadera fuerza. Así la fiesta de la Asunción de María es una invitación a tener confianza en Dios y también una invitación a imitar a María en lo que Ella misma dijo: ' ¡He aquí la esclava del Señor!, me pongo a disposición del Señor'. Esta es la lección: seguir su camino; dar nuestra vida y no tomar la vida. Precisamente así estamos en el camino del amor, que consiste en perderse, pero en realidad este perderse es el único camino para encontrarse verdaderamente, para encontrar la verdadera vida" (Benedicto XVI).

"Dichosa, Tú, que has creído", le dice Isabel a su prima María. ¡Dichosos nosotros, si creemos, como Ella!. Porque es en la fe donde está la victoria, es por la fe como somos unidos a Dios y estamos con Él. Estar con Dios, tener a Dios, es tenerlo todo; nada falta cuando a Él se tiene y con Él se vive. Vivir en Él y con Él es el cielo, es tener contento pleno. Sólo desde de Dios, a partir de Él, la tierra llegará a ser plenamente humana; la tierra será habitable por la luz y el amor de Dios, su gloria; allí donde se cumple la voluntad de Dios, está Dios, está el cielo, puede la tierra convertirse en cielo. Por el contrario, "donde no hay Dios surge el infierno, que consiste sencillamente en la ausencia de Dios" (J. Ratzinger). En la ausencia de Dios se funda la crisis de nuestra cultura; en esa ausencia se gesta una sociedad y una cultura que padece una profunda quiebra moral y humana, una grave caída de referencias y de valores morales universales, de lo que es bueno y malo, o verdadero, por sí y ante sí más allá de la decisión para el comportamiento personal y social, como se señala, por el contrario, por el relativismo moral de nuestra época en Occidente. "El alejamiento de Dios lleva consigo la pérdida de aquellos valores morales que son base y fundamento de la convivencia humana", nos dijo el Papa Juan Pablo II en uno de sus últimos viajes a España, i No sabemos, hermanos, lo que tenemos con la fe que reconoce a Dios como Dios, creador, salvador y remunerador. Urge, como vemos, en María, la fe, la fe para vivir en la dicha y en la felicidad de estar, de ir, caminar y vivir con Dios, conforme a su querer o voluntad. Urge y apremia afirmar a Dios, dar testimonio de Él, que es vida y amor, misericordia sin límites, fuente y fundamento de dignidad y grandeza humana, esperanza cierta de que puede ser es levantado lo que está caído y derribado en el hombre. Así lo hace la Virgen María en el canto del Magníficat. Es hora de vivir y proponer la fe: ése es nuestro futuro, el futuro del hombre, el futuro de la Iglesia, que está para servir a los hombres. La Iglesia, -así nos lo recuerda la fiesta que celebramos-, existe para que Dios pueda ser dado a conocer y ayudar a vivir desde Él y en El: esta es su tarea para nuestro tiempo. La fe se propone, no se impone: se proclama en libertad y gozo, como hace María. Por eso su tarea principal, nuestra tarea como cristianos, no es otra que avivar y alimentar la experiencia de Dios, propiciar el encuentro con Dios, el estar con Él, y, así, anticipar entre nosotros, el Reino de Dios, el cielo, donde estaremos siempre con Él, donde permanece para siempre y sin fin el Amor, que es vida y fuente de vida.

Por Cristo, hemos leído en la segunda lectura de hoy, ha venido la resurrección, la vida. "Por Cristo todos volverán a la vida": ahí está la esperanza grande. Con su Señor, Jesucristo, y como su Señora, la Virgen María, en la Iglesia por la gracia y la misericordia de Dios es anticipada la resurrección, la vuelta a la vida, la vida misma que no perece, la vida divina que no muere, la vida del amor, que es Dios. La Iglesia es signo y garantía de esa esperanza grande, la que da razones para vivir dentro de la historia. En y por la Iglesia, creación nueva, la misericordia de Dios garantiza nuestra regeneración, nuestro nuevo nacimiento, la transformación de lo que es viejo en realidades nuevas. Sobre este fondo hemos de colocar la esperanza y podemos preparar a mirar la vida desde y con la fuerza misma de la misericordia de Dios. La resurrección de Cristo, de cuya plenitud participa entera y totalmente la Virgen Asunta a los cielos, nos da la certeza de que la victoria sobre la muerte funda nuestra esperanza, pero la funda en Dios, en su acción misericordiosa y de gracia. La esperanza cristiana, así, está en condiciones de comportamientos nuevos y sorprendentes en los cristianos. Tal vez la Iglesia pueda parecer vieja o envejecida, puede parecer cargada de años y formada por personas de años, pero sabe la Iglesia que puede desear y la novedad de Dios y de su amor antes de obtenerla, sabe que puede amar y esperar contra toda esperanza y más allá de triunfos y de prestigios humanos, cree que Dios introduce en la historia un movimiento nuevo de vida sorprendente: sabe que Él llega y hace nuevas todas las cosas (Cf. Ap 21, 5). Esta es la paradoja de la esperanza, a la que nos invita la fiesta de hoy: podemos tener una Iglesia vieja de edad, pero que es capaz todavía de desear y de obrar en términos de futuro, de actuar para la propia renovación incesante de sí misma y del mundo. Esta Iglesia, aparentemente o realmente envejecida, puede todavía, con la fuerza del Espíritu que resucitó a Jesús, construir su mañana si tiene fe suficiente para hacerlo. Animada con la fe sabe que para Dios no hay nada imposible, como escuchó María del Ángel de la Anunciación. Se trata de una prospectiva, de un futuro, animados por la fe, que tiene necesidad de confianza y de amor en Dios, que hace nuevas todas las cosas. Si tenemos esta juventud de corazón, este ardor, todo es posible. La fuerza renovadora de la Iglesia surge de la gran esperanza que nos habita cuando apoyamos en Dios nuestra vida. Si apoyamos en Dios nuestra vida seremos, somos, capaces de dar vida y vigor nuevo a las relaciones entre los hombres, de generar en el mundo, anticipando el futuro definitivo que ya ha comenzado en Cristo resucitado, una verdadera revolución: la revolución de Dios, la revolución del Amor, de la vida en Dios. La novedad del Evangelio, su grandeza y su belleza se expresarán en las nuevas relaciones que provienen de la vida con Dios. De ese apoyarse en Dios nace la sabiduría, la conciencia, la apertura cultural que son raíz de grandes y fecundos cambios en la sociedad. Las sociedades cambian, cuando las personas cambian sus proyectos, sus corazones, sus mentes; los verdaderos cambios nacen en los corazones y en las mentes de las personas. Apoyarse en Dios, como hace María, la fiel esclava del Señor que dice: "Hágase en mí, según tu Palabra", es la gran fuente de esperanza y de renovación que necesitamos. A eso nos invita lo que hoy celebramos. Apoyémonos en Dios, avivemos la fe, renovemos la esperanza y habrá una gran renovación en la Iglesia, se llenará de juventud y de fuerza para renovar nuestro mundo tan pobre y tan necesitado de esperanza, de esperanza verdadera y grande.

Virgen del Sagrario, Reina y Madre de misericordia, vida, dulzura y esperanza nuestra, vuelve a nosotros tus ojos misericordiosos, y muéstranos a Jesús, fruto bendito de tu vientre, que anhelemos y esperemos su triunfo y su venida, que vivamos con y de la esperanza firme en su venida. Ayúdanos en la fe, para que seamos dichosos, como Tú, y esperemos en el Dios de la misericordia que tanto quiere a los hombres que nos ha hecho para que, como Tú, estemos y vivamos con Él en el cielo donde reina el Amor que es Él y la felicidad plena que no se puede dar al margen de ese Amor. Virgen del Sagrario, Asunta a los cielos, llena de Dios, clementísima y piadosa, ruega por nosotros, ruega por Toledo, ruega la diócesis, ruega por España, pionero en la celebración de tu asunción a los cielos, para que seamos dignos de alcanzar y gozar las promesas de tu Hijo Jesucristo, de las que Tú gozas para siempre y nos muestran nuestra vocación y nuestro camino. Así sea.